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viernes, 21 de marzo de 2025

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL (1939-1945)

La Segunda Guerra Mundial fue el conflicto bélico más importante del siglo XX. Entre 1939 y 1945, Europa vivió el enfrentamiento de dos grandes alianzas: las potencias del Eje, con Alemania, Italia y Japón como principales protagonistas, y los Aliados, con Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Rusia, entre otros. Desde el comienzo de la guerra con la invasión de Polonia y las posteriores guerras relámpago desarrolladas por los nazis hasta el Día de la Victoria, tuvieron lugar batallas de relevancia como Dunkerque, Stalingrado, Iwo Jima o Berlín, así como asesinatos masivos como el Holocausto o el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki. La pérdida en vidas humanas se cifra entre 50 y 70 millones de personas, al tiempo que el Viejo Continente quedó dividido en dos bloques antagónicos. Descubre cómo la mayor alianza militar de la historia fue capaz de frenar el ascenso del nazismo y el fascismo y aprende más sobre personajes decisivos como Churchill, Stalin, Hitler, Mussolini o Goebbels.


Guerra total, guerra mundial 

El 1 de septiembre de 1939 el ejército alemán cruzaba la frontera con Polonia. El 3 GB y Francia declaraban la guerra a Alemania. Comenzaba la IIGM. Se originó en Europa y, en sus primeros compases, fue un conflicto interno, después extendió por todo el planeta y alcanzó a la mayoría de la población mundial. Fue una guerra de gran duración, en parte por las victorias iniciales alemanas y su control en toda Europa, lo que obligó a una larga etapa de recuperación. Fue una guerra total ya que afectó a soldados y población civil. Los bombardeos aéreos sobre ciudades y las actuaciones de los ejércitos de ocupación provocaron una sangría de la población civil sin precedentes. A diferencia de la anterior, puede ser considerada más una guerra ideológica que entre estados; en más de un país hubo fuertes divisiones y enfrentamientos internos, cuando no una guerra civil entre simpatizantes del fascismo y antifascistas, que agrupaban desde liberales a comunistas.


La guerra condicionó la economía de los países, cuyos recursos se emplearon con un objetivo bélico. Además, impulsó la investigación en la industria de guerra y en aquella cuyo objetivo era producir materiales para el frente, como los productos sintéticos. El Estado, de nuevo, tomó las riendas de la economía, y la mujer volvió a ocupar puestos de trabajo en fábricas y oficinas, esta vez sin la pretensión de abandonarlos luego. 

En innovaciones técnicas en materia militar, la más importante fue la aviación. Aparecieron los bombarderos cuatrimotores, capaces de transportar gran número de bombas. Antes de la guerra ya se pensaba en el uso de bombarderos para la destrucción de la industria enemiga o debilitar psicológicamente a la población. Alemania ya lo había probado en la Guerra Civil. Fue usado con cautela en los primeros momentos, pero con la Batalla de Inglaterra, ambos contendientes atacaron ciudades enemigas. En ataque de centros industriales, los bombardeos fueron ganando, según avanzaba el conflicto, en táctica y exactitud, aumentando los daños. La superioridad aliada se evidenció con los B-17, capaces de transportar bombas a gran distancia. Tanto las potencias del Eje como los aliados mantuvieron una carrera por conseguir la bomba atómica. Los primeros fueron los estadounidenses, con ayuda de científicos huidos de Alemania. 

En tierra lo más destacado fue el uso masivo de carros de combate. En principio Alemania utilizó los tanques en situaciones en las que había una superioridad del enemigo. Esta táctica fue clave en la guerra relámpago durante los primeros meses. En años siguientes los aliados perfeccionaron carros y su uso, y terminaron siendo superiores. Aparecieron armamentos individuales como armas anticarro y fusiles de asalto, que aumentaban la capacidad de fuego. 

Los alemanes continuaron fabricando cañones de grandes dimensiones, aunque sin efectividad. 

En el mar, los submarinos volvieron a destacar, al igual que los grandes buques. Más novedosos fueron los portaaviones. Otros barcos y lanchas para el traslado de tropas y desembarcos cumplieron una misión fundamental. El radar fue importante para la guerra aérea y marítima. Las armas químicas y bacteriológicas apenas se utilizaron a diferencia de la anterior contienda. 

El desarrollo de la contienda 

“Blitzkrieg” (1939-1941) 

El avance de las fuerzas armadas alemanas —Wehrmacht— en Polonia fue rápido. Las divisiones acorazadas con el apoyo de la aviación —Luftwaffe— facilitaron la penetración de los soldados alemanes que invadieron en poco más de un mes el territorio polaco. Era la guerra relámpago (Blitzkrieg). Alemania no podía permitirse una guerra de desgaste. El Estado nazi no pensaba entrar en guerra hasta 1944, por lo que al inicio del conflicto el ejército no estaba completamente preparado. 

Necesitaba una victoria rápida para ganar tiempo. A los pocos días del ataque alemán, el 17 de septiembre, la URSS había penetrado en la Polonia oriental, de acuerdo al pacto firmado en agosto. El 28 de septiembre Varsovia era ocupada y el 6 de octubre desaparecía la resistencia. Alemania se anexionaba Danzig, Posnania y Alta Silesia, y la URSS volvía a ocupar los territorios arrebatados el fin de la IGM. El estado polaco quedó como un pequeño territorio alrededor de Varsovia y Cracovia. A su frente se situó al nazi Hans Frank, como gobernador al servicio del Reich. 


Guerra de Invierno (1939-1940)

A las puertas de una nueva guerra total en Europa, tanto la Unión Soviética, como la Alemania Nazi vieron la necesidad de cubrir sus territorios para estar preparados para la contienda. De este modo, los soviéticos quisieron proteger su territorio en el norte, próximo a Finlandia. Así, la URSS exigió al gobierno finlandés que replegara la frontera 25 kilómetros para que el Ejército Rojo pudiese fortificar la zona ante una posible incursión enemiga.

A diferencia de Suecia, Finlandia nunca intentó fingir neutralidad. Durante la guerra, 8.000 soldados finlandeses lucharon junto a los nazis contra la URSS. Muchos sirvieron en las divisiones Panzer SS nazis entre 1941 y 1943. Un informe de 248 páginas publicado por el gobierno finlandés en 2019 documentó que al menos 1.408 voluntarios finlandeses sirvieron en la división Panzer SS y llevaron a cabo atrocidades masivas, incluido el exterminio de soviéticos y otros crímenes de guerra.

Finlandia compartía una frontera de más de 1.300 kilómetros con la URSS, que incluye un área a 40 kilómetros de distancia de lo que entonces era Leningrado y hoy San Petersburgo, un objetivo muy goloso para los nazis.

Los dirigentes soviéticos habían estado observando la preparación de la maquinaria de guerra nazi, que se dirigía hacia ellos desde el momento en que se alcanzó el Acuerdo de Munich de 1938, que vio la destrucción de Checoslovaquia con el beneplácito de las potencias occidentales.

El rechazo de Finlandia al acuerdo de cooperación dio lugar a que en noviembre de 1939 la URSS tomara la iniciativa atacando primero, lo que provocó la pérdida de 20.000 soldados finlandeses, el 11 por cien de su territorio, que representaba la tercera parte de su potencial económico. La “guerra de invierno”, que duró cuatro meses, terminó en marzo de 1940 con una Finlandia reducida y humillada por la URSS.  

El 30 de noviembre de 1939, los soviéticos atacaban y los finlandeses se refugiaban tras la línea Mannerheim. URSS era expulsada de la Sociedad de Naciones en diciembre por ello. A pesar de la ayuda que ingleses y franceses enviaron a finlandeses, la guerra concluyó en marzo de 1940. Por el tratado de Moscú, URSS ocupaba Hango, las islas Åland, Carelia y Besarabia, aunque Finlandia mantenía su independencia. 

Después de casi 5 meses luchando, la Guerra de Invierno concluyó con el “Tratado de Paz de Moscú” en el que los dos países acordaron terminar con la guerra bajo unas condiciones. Finlandia acabó cediendo cerca del 10 % de su territorio, un 20 % de su capacidad industrial y el 33 % de sus instalaciones productoras de energía hidroeléctrica, a la Unión Soviética. 

Aunque, objetivamente la URSS logró satisfacer sus demandas iniciales en tierras finlandesas, la Guerra de Invierno fue un duro golpe para la URSS y el Ejército Rojo, puesto que la contienda fue un desastre militar para los soviéticos. De esta manera, el odio que Finlandia cogió a la URSS sirvió para que los finlandeses se aliaran con los nazis y comenzaran la “Guerra de Continuación” año y medio más tarde.


Frente occidental

El frente occidental se había convertido en una guerra de posiciones. Los franceses detrás de la línea Maginot, mientras los alemanes tras la de Sigfrido. Ambas se consideraban seguras contra el ataque de carros de combate. 

Este estancamiento sin enfrentamientos supuso que se hablara de “guerra de pega” o “guerra en broma”. Todavía se pensaba que el conflicto se podía solucionar sin lucha. Hitler realizó una oferta de paz a las dos potencias occidentales que fue rechazada. Ambas partes intentaban ganar tiempo. 

Pasado el invierno los alemanes reiniciaron su política de expansión. El 9 de abril atacaban Noruega. Esgrimían que los ingleses intentaban cortar la llegada de hierro sueco a la industria alemana mediante minas en aguas noruegas. A principios de mayo el sur del país escandinavo estaba ocupado. El Rey Haakon huyó a Inglaterra, mientras se instauraba un gobierno provisional presidido por Vidkun Quisling, militar noruego fundador del partido nazi en su país. 

Al mismo tiempo, los alemanes invadían Dinamarca. Debido a la superioridad alemana y a la política de neutralidad danesa, el país capituló en apenas seis horas, convirtiéndose en la campaña militar más corta de los alemanes en la Segunda Guerra Mundial.

El 10 de mayo, el ejército alemán atacaba el frente occidental. La guerra relámpago con ataque masivo de carros de combate combinado con bombardeos y paracaidistas surtió efecto demoledor. En dos días los alemanes ocupaban Países Bajos y Bélgica. Los holandeses capitularon. Los aliados esperaban el ataque por Bélgica, pero el avance se produjo en las Ardenas, que los franceses consideraban imposible de traspasar con carros de combate. El 27 el rey belga, Leopoldo III, pidió el armisticio. El ejército aliado quedaba en situación comprometida y se retiraron a Dunquerque para evacuar a Inglaterra el mayor número de soldados, embarcando más de 330.000 hombres, aunque 40.000 franceses que cubrían la retirada fueron hechos prisioneros. 

Las divisiones de carros blindados alemanes cruzaron la línea Maginot en el extremo noroccidental, donde no había terminado de construirse. Avanzaban hacia el sur de Francia, mientras el gobierno de Paul Reynaud se instalaba en Burdeos. El 13 de junio el ejército alemán desfilaba por París. Reynaud dimitió, sustituido por el mariscal Petain, que firmó el armisticio el 22 de junio. El III Reich ocupó 2/3 del territorio, quedando el restante en manos del gobierno colaboracionista ubicado en Vichy, bajo presidencia de Petain. 


Mussolini también atacó Francia, pero cuando las posibilidades de defensa eran mínimas. El 10 de junio invadía territorios fronterizos y luego se dirigió a Grecia y el norte de África. La entrada de Italia en la guerra implicaba que el Mediterráneo se convertía en lugar de conflicto. En este punto la ayuda de España era fundamental. Dos días después de la entrada de Italia, Franco abandonaba la neutralidad y se declaraba “no beligerante”. El 14 ocupaba la ciudad internacional de Tánger y planificaba invadir Gibraltar, lo que supondría la entrada de España en guerra. Pero el agotamiento de España por la guerra civil y la falta de buen equipamiento del ejército no lo facilitaba. 

En la reunión entre Hitler y Franco en Hendaya, el 23 de octubre de 1940, el Führer se mostró dispuesto a ayudar a España, y Franco expresó su interés por participar en la guerra al lado del Eje, convencido de la victoria fascista, y admitió la futura adhesión al Pacto Tripartito, pero no fijó el momento de la incorporación a las operaciones bélicas. En los meses siguientes, Hitler presionó para la incorporación de España a la guerra, pero entre los dirigentes franquistas se imponía la prudencia. 


La Batalla de Inglaterra 

Tras caer Francia, los alemanes consideraron invadir GB. Allí, el conservador Winston Churchill era primer ministro en un gobierno de Unidad Nacional tras la salida de Neville Chamberlain, quien continuó vacilando incluso tras la ocupación alemana de Noruega. Churchill en su primer discurso dijo que no tenía nada más que ofrecer que “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”, y se comprometió a luchar hasta el final.

Tras la evacuación de las tropas británicas en Dunkerque y la derrota francesa, era evidente que el siguiente paso que adoptaría Hitler sería la conquista de las Islas británicas. Sin embargo, la superioridad de la marina británica sobre la alemana, alejaba el peligro de un desembarco inmediato. 

El julio de 1940 se iniciaba el “Blitz”, una batalla fundamentalmente aérea en la que grandes formaciones de aviones alemanes llevaron a cabo constantes incursiones en territorio británico. Las principales ciudades del Reino Unido, especialmente Londres, fueron bombardeadas, a pesar de la contundente oposición de la RAF (Royal Air Force) británica.

La Batalla comenzó el 10 de julio de 1940. Hitler, en un último intento de conseguir la desunión entre las potencias aliadas lanzó una proposición de paz a los ingleses el 19 de julio, que fue rechazada. La invasión no podría realizarse sin dominar antes el espacio aéreo, así que la Luftwaffe bombardeó intensamente ciudades y fábricas (Blitz). Los objetivos no eran solo militares, sino también y, esencialmente, civiles. Los bombardeos se desarrollaron con la pretensión de desmoralizar a los británicos y forzar la capitulación del gobierno. Londres, Coventry, Liverpool, Portsmouth y otras importantes ciudades sufrieron graves desperfectos, la población civil cuantiosas bajas. Muchos niños fueron evacuados a las áreas rurales para ponerlos a salvo de las bombas.

Pero los alemanes nunca controlaron el mar y el aire como para ocupar Inglaterra. En octubre de 1940, tras la grave derrota sufrida el 15 de septiembre por la mayor concentración de aparatos alemanes que volaban hacia Londres, el Alto Mando Alemán dio por concluidas las misiones aéreas. La invasión de Inglaterra quedó aplazada sine die. Hitler decidió posponer la invasión y avanzar hacia el este. 


Otros frentes: Norte de África

La entrada de Italia en la guerra vaticinaba un enfrentamiento en el Norte de África. Los italianos, con sus colonias de Libia y Abisinia, entraron en colisión con los ingleses, asentados en Egipto y África Oriental. El 13 de septiembre, penetraron en Egipto con objetivo de avanzar al Canal de Suez, lo que implicaba el control del Mediterráneo. El ejército italiano contó con la ayuda del Afrika Korps alemán, dirigido por el mariscal Erwin Rommel, y con colaboracionistas franceses de Vichy, que aportaron suministros a través de Túnez. 



En el sur de Europa el avance italiano sobre Grecia coincidió con el ataque alemán sobre Yugoslavia, lo que provocó la retirada de más de 10.000 soldados ingleses hacia el mar. Países de la zona como Hungría, Rumanía y Bulgaria se adhirieron a la alianza militar de las potencias del Eje. En los meses siguientes nuevos países como Yugoslavia y Croacia entraban en la órbita de los dominadores de Europa. 

La “Operación Barbarroja”: el ataque a la Unión Soviética

El pacto germano-soviético de 1939 nunca fue entendido por las potencias occidentales y seguramente tampoco gozó de plena confianza entre los firmantes. El avance de la URSS hacia los Balcanes y los intereses alemanes en la zona, con la incorporación de parte de estos territorios, llenaba de interrogantes el mantenimiento del pacto. Hitler, consciente de las riquezas naturales de la URSS, inició el 22 de junio de 1941 el plan Barbarroja. Más de 3 millones de soldados atacaron la URSS. El avance fue espectacular. En otoño, los alemanes se habían apoderado de la Rusia Blanca, ocupaban parte de Ucrania, Leningrado estaba sitiado y sus tropas estaban a 35 km de Moscú. Pero el invierno y la resistencia rusa detuvieron el avance a principios de diciembre. 



Mientras, los japoneses bombardeaban la base norteamericana de Pearl Harbor (7 de diciembre de 1941), en las Islas Hawái. Japón llevaba a cabo una política expansionista en Asia y reclamaba su “gran espacio oriental”. 

En China, había colocado un gobierno títere en Nan-Kin, en verano de 1937, y habían ocupado Indochina en julio de 1941. EE.UU. reaccionó embargando exportaciones de productos importantes para la economía japonesa (hierro y acero), y en noviembre de 1941 exigió el fin de ambas ocupaciones. 

A pesar de que los intereses de ambas naciones terminarían chocando en el Pacífico y que sus relaciones estaban deterioradas, el ataque a Pearl Harbor fue una sorpresa. Al día siguiente, EE.UU. y GB declaraban la guerra a Japón. El 11 de diciembre, Alemania e Italia hacían lo propio con EE.UU. 

1942, el dominio del Eje 

Las potencias del Eje consiguieron durante 1942 la máxima extensión de su dominio. Cuatro zonas van a marcar el fuerte empuje de sus ejércitos: el Pacífico, el Norte de África, el Atlántico y la Unión Soviética. 

En enero de 1942, 26 países, entre ellos las principales potencias, GB, URSS y EE.UU., decidieron no acabar la contienda hasta la derrota total del Eje. EE.UU. y GB coordinaron sus actuaciones bélicas en un Estado Mayor 

Combinado y dieron prioridad a la guerra en Europa postergando el Pacífico. Así, los japoneses lograron importantes avances tras Pearl Harbor. En los primeros 5 meses de 1942 ocuparon: Malasia, Indonesia, Filipinas, Birmania, Hong Kong, Guam, Nueva Guinea y amenazaban Australia. 

En el Norte de África, tras el avance italiano, los ingleses, a comienzos de 1941, habían entrado en Libia y Etiopía, poniendo fin al dominio italiano en la zona. El protagonismo pasó a manos del Afrika Korps de Rommel, que a mediados de 1942 había penetrado en Egipto. Los panzer alemanes lograron avanzar, a finales de agosto, hasta El Alamein, a 100km de Alejandría, con lo que la amenaza se cernía sobre el Canal de Suez. 

Los submarinos alemanes controlaban las aguas del Atlántico. A principios de 1942, EE.UU. no estaba completamente preparado para la guerra y pasaba por un momento de movilización y producción de material bélico. 

Así que buena parte de ese año, barcos ingleses y norteamericanos sufrieron ataques incluso cerca del continente americano, imposibilitando la salida de tropas estadounidenses a Europa. 


La ofensiva alemana en la URSS tuvo su punto álgido en 1942. Hitler destituyó al general Von Brauchtisch y tomó el mando de las operaciones. En mayo de 1942, intensificó el ataque sobre Crimea. En los meses siguientes dirigió sus fuerzas a los campos petrolíferos del Cáucaso y Stalingrado, donde más de 22 divisiones intentaron cruzar el Volga. 

Los rusos perdieron en esta batalla, la más atroz de toda la guerra, a más hombres que EE.UU. en toda la contienda. 

Igual de terrorífico fue el asedio de Leningrado que duró 900 días, de septiembre/1941 a enero/1944. La resistencia rusa en todos los frentes fue excepcional en unos momentos muy delicados: la cuenca industrial del Don estaba ocupada, al igual que la zona de Ucrania, lo que provocaba escasez de alimentos. Los soviéticos decidieron el traslado de la industria hacia el este. Con esta decisión se aseguraban la continuidad de una producción que, a pesar de todo, no había sido seriamente dañada. 


Todo comenzó a cambiar a finales de 1942. Los estadounidenses, al mando del general Douglas MacArthur, consiguieron victorias importantes liberando a Australia de la presión japonesa. Al final de año los americanos desembarcaban en Guadalcanal, en Islas Salomón, lo que suponía el fin del avance japonés y el inicio de la contraofensiva. La fuerza submarina alemana fue perdiendo efectividad en el Atlántico, con lo que los aliados empezaron a planificar la invasión de Europa desde Inglaterra. En el Norte de África las tropas inglesas de Montgomery lograron contener en octubre de 1942 a los alemanes en El Alamein; un mes más tarde, el general Eisenhower, al mando de tropas estadounidenses, desembarcaba desde el oeste. Ambos ejércitos vencieron en Túnez a Rommel en mayo de 1943. Por último, los soviéticos lograron la victoria en Stalingrado, en febrero de 1943, donde capitularon 330.000 alemanes. Los rusos comenzaron a avanzar hacia el oeste. 

La victoria aliada 

Batalla de Kursk: el enfrentamiento de tanques más grande de la historia

Entre julio y agosto de 1943 , las fuerzas soviéticas🔰 infligieron una aplastante derrota a los invasores fascistas en la Batalla de Kursk. Este enfrentamiento, librado entre julio y agosto de 1943, marcó un punto de inflexión en la Segunda Guerra Mundial.

Fue el escenario de uno de los mayores enfrentamientos de blindados de la historia. El Ejército Rojo, decidido a detener la ofensiva enemiga, sorprendió a los alemanes con su superioridad numérica y una estrategia de desgaste. 

Por un lado, las fuerzas alemanas contaban con aproximadamente 2.828 a 3.253 carros de combate y cañones de asalto, respaldados por 9.467 piezas de artillería y morteros. En el bando soviético, entre 4.900 a 5.500 carros de combate, junto con 25.000 piezas de artillería y morteros. 
Pero no olvidemos a los valientes soldados, según fuentes de la época: el Ejército Rojo desplegó una fuerza de 1.910.361 hombres, mientras que las filas alemanas habían entre 777.000 y 957.000 combatientes. La batalla fue un choque titánico, donde la maquinaria de guerra y la valentía humana se entrelazaron en una lucha épica por la supervivencia
.
A medida que los tanques de ambos bandos se enfrentaban en un caos inicial, los defensores soviéticos resistieron tenazmente. La batalla se convirtió en un campo de acero y fuego, donde cada metro ganado costaba sangre y sudor.


Frente Occidental

Desde África, las tropas aliadas cruzaron el Mediterráneo y en julio de 1943 entraron en Sicilia. Ante el avance aliado, Mussolini dimitió y fue detenido. Víctor Manuel II, nombró un gobierno que solicitó el armisticio —3 de septiembre— y declaró la guerra a Alemania. Italia fue admitida como “cobeligerante” por los aliados. Los alemanes invadieron el norte de Italia, mientras que Mussolini escapaba de su encierro ayudado por tropas alemanas el 22 de septiembre y se desplazaba al norte donde fundó la República Social Italiana —República de Saló— bajo protección alemana. El 4 de junio de 1944, los aliados entraban en Roma; y en abril de 1945, los partisanos detenían a Mussolini cuando intentaba huir. Fue fusilado y descuartizado. 

República de Saló

Dos días después de la entrada aliada en Roma, el 6 de junio de 1944, empezaba  El Desembarco de Normandía u operación Overlord: 100.000 hombres, principalmente ingleses y norteamericanos, desembarcaban al mando de Eisenhower en Normandía, el mayor desembarco de tropas por mar realizado en la historia. 

Garbo, el doble agente español Juan Pujol, fue crucial para el desembarco de Normandía al engañar a los alemanes durante la Operación Fortitude, haciendo que creyeran que la invasión principal sería en Calais, no en Normandía. Su credibilidad era tal que incluso tras el desembarco de Normandía los alemanes siguieron creyendo la mentira, concentrando a dos divisiones acorazadas y diecinueve de infantería en Calais en vez de contraatacar la cabeza de puente conseguida por los aliados. Con esta artimaña Pujol contribuyó de manera decisiva al éxito de la campaña de Normandía, y a la caída de la Alemania nazi.
Normandía

Con los problemas en casa bajo control, Garbo se lanzó a su engañó más audaz hasta la fecha: amenazar con un falso desembarco en Calais para desviar la atención alemana de Normandía antes del Día D. Como parte de la operación Fortitude, que incluía a creación de un ejército fantasma de 150.000 soldados la mando de Patton en Dover equipados con tanques hinchables, Pujol confirmó a sus contactos en la Abwehr la inminencia de un ataque a Calais, ciudad que estaba siendo bombardeada día y noche por los aliados. 

Su credibilidad era tal que incluso tras el desembarco de Normandía los alemanes siguieron creyendo la mentira, concentrando a dos divisiones acorazadas y diecinueve de infantería en Calais en vez de contraatacar la cabeza de puente conseguida por los aliados. Con esta artimaña Pujol contribuyó de manera decisiva al éxito de la campaña de Normandía, y a la caída de la Alemania nazi.

El avance fue más complicado que la entrada por el sur de Italia debido a las importantes fortificaciones construidas por el ejército alemán. Además, el mejor estado de las carreteras hacía que la comunicación entre las zonas de defensa fuera más fluida. París fue liberada el 25 de agosto. 


En el sur los aliados desembarcaron en Provence el 15 de agosto y ocuparon Marsella el 23. Ambos contingentes se unieron en la zona de Dijon a mediados de septiembre. A finales del mismo mes cruzaban la frontera con Alemania en dirección a Berlín. 


En 1944, los rusos expulsaron a los alemanes de Ucrania, la Rusia Blanca, los Estados Bálticos y Polonia oriental. 

Levantamiento de Varsovia

El martes 1 de Agosto de 1944 a las 17.00 (nombre en código "W", por la libertad), estalló el Levantamiento de Varsovia . Fue uno de los hechos más importantes y, al mismo tiempo, más dramáticos registrados en la historia de la ciudad. Planeado para varios días, duró más de 2 meses!!

En el verano de 1944, el Ejército Nacional Polaco clandestino (Armia Krajowa) lanzó la operación. Polonia había sufrido cinco años de una brutal ocupación alemana, pero esperaba que los soviéticos llegaran pronto a la capital polaca al acercarse por el Este.

La insurrección de Varsovia comenzó el 1 de agosto de 1944, a las 17.00 horas. Ese momento se llama ahora en la historia polaca "Godzina W" (la hora W), en la que la W representa a Varsovia.
Del lado polaco había entre 25.000 y 35.000 combatientes. Pero los historiadores dicen que sólo uno de cada 25 combatientes estaba armado. Los alemanes, por su parte, tenían un número comparable de soldados, pero estaban mucho mejor equipados.

El plan de los comandantes de la 'Armia Krajowa' era mantener la ciudad durante 14 días, pero la insurrección duró 63.

Durante los primeros cuatro días, la resistencia de los alemanes no fue muy fuerte y los insurgentes pudieron capturar, con la ayuda de los habitantes, una parte significativa de la ciudad. Para el 5 de agosto, los alemanes comenzaron a intensificar sus esfuerzos, luchando no sólo contra los insurgentes sino también contra civiles.

'Armia Krajowa' perdió progresivamente todas las partes confiscadas de la ciudad y se rindió el 3 de octubre.


En agosto llegaban a Varsovia, y en los meses siguientes a Rumania, Bulgaria y Hungría. En febrero alcanzaban el Oder, a menos de 100km de Berlín, donde el general Zhukov reagrupó fuerzas. 

La Batalla de Berlín

Mientras, los aliados se detuvieron en el oeste cerca de Berlín. Eisenhower permitió que fueran las tropas rusas las primeras en entrar en la capital, como reconocimiento al sacrificio realizado. De este modo, los mariscales Gueorgui Zhúkov y Ivan Kónev comandaron la ofensiva soviética hasta llevar al Ejército Rojo hasta las mismas puertas de Berlín. La batalla por la toma de Berlín duró 16 días, pero finalmente los soviéticos lograron doblegar a los nazis y forzaron la rendición de éstos. Así pues, los soviéticos consiguieron izar la bandera con la hoz y el martillo en el corazón del III Reich.

El mariscal Zhukov escribe: "El 20 de abril, a las 13:50, la artillería de largo alcance del 79º Cuerpo de Fusileros, comandada por el coronel general Kuznetsov, abrió fuego contra Berlín. Comenzó el histórico asalto a la capital de la Alemania nazi".

El consejo militar del 1er Frente Bielorruso se dirigió a las tropas con un llamamiento: "Ante ustedes, héroes soviéticos, Berlín. Deben tomar Berlín, y tomarlo lo más rápido posible, para no devolver al enemigo a sus sentidos. Hagamos caer sobre el enemigo todo el poder de nuestro equipo militar, movilizamos toda nuestra voluntad para la victoria, todas nuestras mentes. No deshonremos el honor de nuestro soldado, el honor de nuestro estandarte de batalla ".

El comandante de las armas, el sargento Nikolai Vasiliev, recuerda: "Por la noche, nuestra batería alcanzó las alturas y vimos una ciudad enorme. Actuaron disparando".
"El 20 de abril, la división 150 se acercó a la carretera de circunvalación que rodea el Gran Berlín", escribe el coronel general Shatilov.

"Este día, como el cumpleaños de Hitler, se celebraba generalmente en la Alemania nazi con un desfile, recepciones y tributos festivos. Pero esta vez, poderosos golpes de artillería pesada de largo alcance del Ejército Rojo empujaron a los líderes fascistas a la clandestinidad, a un búnker ubicado a 16 metros de profundidad y cubierto con una capa de hormigón de ocho metros. Fue allí, según datos posteriores, donde el Tuvieron lugar las últimas "felicitaciones" a Hitler por su cumpleaños. Regalos "- proyectiles de gran calibre con la inscripción:" Personalmente a Hitler en su cumpleaños ".
El mariscal Rokossovsky, cuyas tropas cruzaron el Oder al norte de Berlín, escribe sobre los zapadores, cuyo trabajo vio ese día. "Trabajando hasta el cuello en el agua helada entre las ráfagas de proyectiles y minas, dirigieron el cruce. Cada segundo eran amenazados de muerte, pero la gente entendía su deber como soldado y pensaba en una sola cosa: ayudar a sus compañeros". en la orilla oeste y por lo tanto acercar la victoria ".

Berlín fue ocupada entre el 25 de abril y el 2 de mayo. El 30 de abril, Hitler se suicidaba en el búnker de la Chancillería. Ocho días después el almirante Karl Dönitz, designado sucesor por el Führer, firmaba la capitulación el 9 de mayo . La caída de Alemania era el fin de las acciones en Europa, pero no el de la guerra. 


Derrota japonesa

En el Pacífico, las fuerzas americanas fueron ocupando entre enero de 1944 y marzo de 1945 Filipinas, las Marshall, las Carolinas y las Marianas. Pusieron bases en islas cerca de Japón. Desde ellas y portaaviones desencadenaron un intenso bombardeo sobre Japón desde mayo de 1945 que destruyó la flota y la industria nipona. 

A pesar de todo se pensaba que la rendición iba a ser larga y costosa. Truman, que había sustituido a Roosevelt fallecido el 12 de abril de 1945, decidió lanzar la primera bomba atómica de la historia. El 6 de agosto de 1945, el Enola Gay, bombardero cuatrimotor B-29, despegaba de Tinian y dejaba caer a «Litte Boy», bomba atómica de unos cuatro mil kilos, a las 8:15h en Hiroshima. La ciudad de 200.000 habitantes fue destruida, pereciendo más de 70.000 personas. Tres días más tarde lanzaban «Fat Man» sobre Nagasaki que mató a más de 80.000 personas. Los japoneses pidieron la paz inmediatamente. El 2 de septiembre de 1945 firmaban la rendición en el acorazado Missouri. Japón pasaba a ser ocupado por EE.UU., pero mantenía a su emperador, Hirohito, como jefe del Estado. 


Las retaguardias 

Las potencias combatientes 

La IIGM influyó en mayor medida en la población porque las acciones bélicas dejaron de circunscribirse exclusivamente al frente de batalla y los habitantes de ciudades y pueblos pasaron a ser un objetivo más. 

Las potencias democráticas anglosajonas exigieron un gran esfuerzo productivo a su población. Su fuerza estaba en el nivel de producción, y entendían que alargando la guerra aumentaban sus posibilidades de victoria. EE.UU. incrementó de forma excepcional su producción; al final de la guerra, alcanzaba 2/3 de la producción mundial. En el orden político, GB y EE.UU. mantuvieron el funcionamiento de sus instituciones. Las libertades y derechos ciudadanos fueron respetados. Los medios de comunicación pudieron ejercer su libertad de informar de forma amplia y mantuvieron una actitud crítica frente al poder. Aunque los ciudadanos británicos soportaron peores condiciones que los estadounidenses, hubo un ambiente de ayuda colectiva que facilitó la superación de dificultades. En este ambiente de sacrificio y unidad, Churchill fue elegido para conducir al país en la guerra, siendo relevado una vez finalizada. Los ingleses reconocían la actuación de su primer ministro durante la contienda, pero dudaban de su capacidad para gestionar los tiempos de paz, en que los avances sociales debían ser importantes. 

Uno de los problemas fundamentales a los que tuvo que enfrentarse GB fue la pérdida de control de sus colonias. Mientras que en algunos casos la guerra estrechó los lazos con la metrópolis, como con Australia y Canadá, en otros se vio la posibilidad de poner fin a años de sumisión. Dirigentes de países del Norte de África y asiáticos apoyaron a alemanes o japoneses con el objetivo de acabar con el imperialismo occidental. La defensa inglesa del colonialismo les separaba de su gran aliado, E.EU.U., que, a pesar de temer el contagio de las ideas alemanas en América Latina, mantuvo su oposición al control colonial. 

En EE.UU., en los primeros compases de la guerra, la opinión pública estaba dividida entre los que apoyaban la intervención y los que se oponían. Roosevelt era partidario de intervenir y su política facilitó la ayuda a los aliados. Si en los 30 el gobierno defendió la neutralidad, en noviembre de 1939 aprobaba la ley “Cash and Carry”, que permitía la venta de armas a los aliados al contado. Esta política se puso de manifiesto con el envío de armas a Inglaterra en verano de 1940. En marzo de 1941, Roosevelt aprobaba la ley de “Préstamo y Arriendo”, que permitía la compra de armas o materias primas y alimentos a crédito. El país se preparaba para la posible entrada en el conflicto, lo que incluía reorganización del ejército y ampliación de la fuerza aérea y la flota. Con el ataque a Pearl Harbor la opinión cambió. Algunas minorías, como la población negra, mejoró sus condiciones de vida por su participación en la guerra, mientras que los japoneses, en su mayoría ciudadanos norteamericanos, perdieron sus derechos y fueron internados en campos de concentración ante una posible colaboración con el enemigo. 
Roosevelt

La Unión Soviética movilizó desde el principio todos sus efectivos. El sacrificio exigido a su población fue excepcional, y a pesar de que buena parte de sus recursos y territorios estuvieron en poder alemán, mantuvo una producción alta, consecuencia de la decisión de trasladar la industria al Este. La política de tierra quemada durante el avance alemán supuso una reducción considerable en su Renta Nacional. Además de los sacrificios derivados de un trabajo agotador para mantener el nivel productivo, lo que incluyó disminución de salarios, la brutal acción de tropas alemanas en suelo ruso castigó de forma especial a la población. Los dirigentes políticos y militares soviéticos y las autoridades en ciudades y pueblos tomaron medidas que crearon un sentimiento de resistencia y resiliencia en el pueblo. Las tropas fueron obligadas a mantener la resistencia o iniciar el contraataque a cualquier precio. La Guerra Mundial en la URSS se convirtió en la Gran Guerra Patriótica, aunó el sentimiento nacional y a la que se supeditaron los esfuerzos para conseguir la victoria. 

Stalin

En las potencias del Eje se intentó, en los primeros meses, que la población no sufriera los efectos de la contienda. 

En Alemania, los ciudadanos no soportaron ningún tipo de restricción. La estrategia de Hitler de realizar una guerra relámpago estaba relacionada con la necesidad de victoria rápida, ante la superioridad material de los aliados, que le permitiera acceso a las materias primas para la industria. El Estado no acaparó todos los resortes de la economía, así que se mantuvo la iniciativa privada, aunque en todo momento estuvo supeditada a las necesidades nazis. La economía se benefició por el expolio de los países ocupados: se incrementó la producción de petróleo en Hungría, en Noruega se puso en marcha una importante industria de aluminio y de Polonia se desviaron grandes cantidades de minerales para la industria germana. 

En otros casos, países denominados neutrales colaboraban con Alemania. España aportó productos alimenticios y wolframio. Franco pagaba la ayuda de Hitler en la guerra civil. La falta de hombres en la industria, requeridos para engrosar el ejército, no fue suplida con mujeres alemanas, en parte por la ideología nazi, pero también porque usó mano de obra forzosa de prisioneros, miembros de razas consideradas inferiores o alemanes opositores. La sociedad nacida de la victoria nazi implicaba unidad de pensamiento, con lo que se exacerbó el totalitarismo y la marginación y eliminación de cualquiera que disintiera. 


Italia tuvo que imponer restricciones a la población en los primeros meses de guerra. Mussolini unió su destino a Hitler convencido de la superioridad alemana y su victoria. Sin embargo, la actuación de los dirigentes italianos fue menos previsora que la de sus correligionarios e hicieron gala de una mayor improvisación. El régimen italiano mantuvo el totalitarismo que había presidido su actuación desde la subida del Duce al poder y continuó ejerciendo la represión contra los opositores de forma sistemática. 

Japón tenía graves problemas con el suministro de productos, especialmente petróleo, que compraba a EE.UU. La ocupación de territorios en Asia facilitó la llegada de materias primas a la industria japonesa. A estas carencias se unía el problema de mantener a una población sin recursos alimenticios adecuados, base de la justificación de su expansión colonial. La sociedad japonesa estaba educada en una férrea disciplina. Sus enfrentamientos bélicos en las últimas décadas se habían saldado con victoria, lo que unido a su avanzada tecnología militar y su concepto de honor y patriotismo los hacían enemigo difícil. Mantuvieron la unidad y estuvieron dispuestos a defender cada isla y casa hasta el final. Solo las explosiones nucleares doblegaron su espíritu de resistencia. El Consejo Supremo de Guerra dudó hasta el último momento aceptar la rendición por miedo al levantamiento del ejército y la oposición de la población que prefería su sacrificio en defensa del Emperador. Pero Hirohito aconsejó la aceptación. A pesar de esta decisión, hubo militares que, desperdigados por las islas del Pacífico, se negaron a aceptar la derrota y se mantuvieron en guerra hasta la década de los setenta. 


El colaboracionismo 

La victoria de las potencias del Eje llevaba implícito un Nuevo Orden con bases en la ideología fascista. Pero como sus victorias fueron temporales y su derrota final impidió su instauración, sus realizaciones fueron parciales y tuvieron diferente aplicación dependiendo de la nación ocupada, ya fuera considerada inferior o asimilable. Entre las naciones «inferiores», URSS y Polonia. En ambos, los alemanes buscaban la explotación del territorio y sus habitantes. En la URSS las tierras fueron consideradas propiedad de Alemania y sus ciudadanos utilizados como mano de obra servil, cuando no asesinados con la aplicación del terror. En Polonia la población fue tratada de forma inhumana; se les redujo el suministro de alimentos a la mínima, se prohibieron derechos fundamentales y parte importante de la población, incluidos niños, fueron desplazados a Alemania como mano de obra esclava. 


En el lado opuesto, países que los alemanes consideraban racialmente asimilables. Austria, cuyos dirigentes fascistas ocuparon puestos relevantes en el III Reich. En Dinamarca la ocupación se realizó de forma incruenta. La colaboración que se estableció, como en Bélgica y Holanda, fue circunstancial y basada en mínimos que facultara la continuidad de servicios básicos. Lo que no impedía la colaboración de aquellos que mantenían misma base ideológica. En Noruega tuvo lugar uno de los casos más representativos de colaboracionismo, el de Vidkun Quisling, dirigente del partido fascista noruego, cuyo apellido pasó a ser utilizado como sinónimo de colaborador o simpatizante nazi. Fue primer ministro de Noruega entre 1942 y 1945. 

En otros países preferían usar a partidos autoritarios y anticomunistas en la administración del país ocupado, lo que no impedía la colaboración estrecha con partidos fascistas. En Rumania, apoyaron al militarista conservador Antonescum, en lugar de a Horia Sima, miembro de la Guardia de Hierro fascista. En Hungría se mantuvo en el poder al regente Miklós Horthy, con un gobierno conservador. En 1944 el dirigente fascista húngaro del Partido de la Cruz Flechada, Ferenc Szálasi se hizo con el poder. Por su parte, Yugoslavia fue dividida en el estado croata, bajo dominio italiano, y la zona de Serbia, con administración alemana. 

La rápida derrota francesa dejó sin respuesta a una mayoría de franceses. Entre ellos, miembros del parlamento, que aceptaron la derrota y concedieron plenos poderes a Petain. El régimen autoritario de Vichy contó con importantes colaboradores como Pierre Laval, que alcanzó la presidencia del gobierno entre 1942 y 1944. La colaboración estrecha entre el gobierno de Laval y la Alemania nazi perjudicó a los miles de refugiados españoles que habían huido de la represión franquista. Laval pretendió anular el acuerdo entre México y Francia que permitía la salida de refugiados a América, con la pretensión de utilizarlos en los campos de trabajo alemanes. Su gobierno aprobó una disposición administrativa que incrementaba las dificultades de los españoles que quisieran salir de Francia y estuvieran en edad de trabajar. Los dirigentes de los partidos fascistas franceses no estuvieron en Vichy, sino colaboraron con la administración alemana en París, como Jacques Doriot, dirigente del Partido Popular Francés.

Petain

La colaboración incluyó en algunos casos la formación de ejércitos que combatieron junto con el alemán. Fue especialmente relevante a raíz del ataque a la URSS. En buena parte de los países ocupados o los que se declararon neutrales, pero eran afines a Alemania, se formaron ejércitos para combatir al comunismo: la Legión Walona en Bélgica, la División Vikingo en Noruega, la Legión de Voluntarios Franceses o la División Azul en España. 

Colaboracionistas

Japón llevó una política similar a la alemana. Explotaron territorios sin consideración. El discurso se basaba en el antioccidentalismo. No faltaron colaboracionistas o nacionalistas que apoyaron las tropas japonesas para conseguir la independencia de las metrópolis europeas, como el caso de Sukarno en Indonesia. De hecho, la descolonización de Asia tuvo su punto álgido con el fin de la Segunda Guerra Mundial. 

Muchos fueron los rusos anticomunistas que vieron con decepción la derrota alemana y no quisieron resignarse a tener que vivir bajo un régimen bolchevique, por lo que se alistaron como voluntarios a la Wehrmacht, creándose así un Movimiento de Liberación de Rusia formado tanto por ciudadanos que nunca habían tenido vinculación alguna con el mundo militar como por soldados del Ejército rojo que habían decidido desertar (por discrepancias políticas e incluso personales con sus superiores) y un nutrido grupo de exmilitares pertenecientes al desaparecido Ejército Blanco que un par de décadas atrás habían luchado contra los bolcheviques en la Revolución de Octubre y posterior Guerra Civil Rusa. Los miembros de ese ejército extraoficial formado por anticomunistas rusos fueron integrados en diferentes unidades del Ejército Alemán. No se sabe a ciencia cierta el número de voluntarios rusos que se unieron pero se calcula que fueron varios cientos de miles.

Todo cambió en 1944 cuando se puso al frente de este movimiento el general Andréi Vlásov, un experimentado y condecorado militar que había pertenecido al Ejército Rojo que había desertado tras ser apresado (en 1942) por la Wehrmacht y se puso al servicio de ésta.

Los nazis, debido a la gran experiencia de Vlásov, pusieron a su disposición a un buen número de voluntarios rusos para que formase un ejército de antibolcheviques rusos.

Previamente se concertó una entrevista en Berlín entre el militar ruso y Joseph Goebbels, Ministro de propaganda del Tercer Reich que vio en la creación del ROA (acrónimo de Rússkaya Osvobodítelnaya Ármiya: ‘Ejército de Liberación de Rusia’, aunque en ruso se utilizaba POA). La Russkaia Osvoboditelnaia Armiia (ROA), al mando del Teniente General Andrei Andreievich Vlassov llegó a contar con una gran fuerza de 750 mil hombres sumándoseles las fuerzas del Rona. Reorganizado el RONA, pasaron a formar parte de la 29 División Waffen-SS y enviados a Württemberg, donde se incorporaron a las fuerzas del ROA del General Vlassov. Mientras que los 50.000 refugiados civiles de Kaminski, fueron enviados a Pomerania para trabajar como obreros y agricultores.

El general Andréi Vlásov fue considerado en su día un comandante militar de talento y prometedor en la URSS. Su 20º Ejército apoyó un papel nada desdeñable en la derrota del enemigo cerca de Moscú en el invierno de 1941.

En julio de 1942, el comandante fue capturado cerca de Leningrado y pronto pasó al bando de los nazis. Según la caracterización de la Gestapo, no lo hizo por sus convicciones políticas, sino por la desesperanza y la incapacidad de realizar sus ambiciones personales.

Vlásov se convirtió en una figura clave del movimiento colaboracionista ruso. Participó directamente en la creación del Ejército de Liberación de Rusia (ROA) y del Comité para la Liberación de los Pueblos de Rusia (KONR), y luego los dirigió.

En la Unión Soviética se utilizaba la palabra peyorativa "Vlasovtsi" para referirse a todos los colaboradores de habla rusa, aunque no formaran parte del ROA.

Vlásov expuso el «Manifiesto de Praga» ante el Comité para la Liberación de los Pueblos de Rusia, recién creado, el 14 de diciembre de 1944. Este documento indicaba los objetivos de la lucha contra Stalin y enumeraba 14 puntos de carácter democrático por los que luchaba el ROA. Vlásov rechazó los reiterados intentos de Hitler para que el documento incluyese postulados antisemitas, pero se vio obligado a incluir una declaración criticando a los Aliados occidentales, calificándolos de «plutocracias aliadas de Stalin en su conquista de Europa».

Durante la marcha hacia el sur, la primera división de la ROA acudió en ayuda de los insurgentes checoslovacos en el Levantamiento de Praga, que comenzó el 5 de mayo de 1945 contra la ocupación alemana. Andréi Vlásov se mostró reacio, pero al final no se opuso a la decisión de Bunyachenko de combatir a los alemanes.

Las tropas soviéticas capturaron al general en territorio de Checoslovaquia el 12 de mayo de 1945. Fue declarado culpable de alta traición y ahorcado en Moscú el 1 de agosto de 1946, junto con un grupo de colaboradores.

Andreí Vlasov y el Ejército de Liberación de Rusia (ROA)

Las resistencias 

La diversidad en la colaboración con Alemania se repite en la resistencia que surgió en los países ocupados. Patriotas, defensores de la libertad, luchadores antifascistas, personas que habían sufrido la represión nazi formaron parte de los grupos de resistencia. Esta oposición al Nuevo Orden tuvo un momento clave en la invasión alemana de la Unión Soviética. Desde este momento, los miembros de los partidos comunistas de los países ocupados desempeñaron un papel fundamental en la resistencia y en la reconstrucción y reorganización política de sus países una vez finalizada la contienda. 

Las decisiones del Parlamento francés y la asunción de poderes de Pétain retrasaron la formación de la resistencia francesa que tuvo diferentes puntos de organización: la interior que se formó desde los primeros momentos de ocupación y tuvo en los “maquisards” los grupos más significativos; la exterior protagonizada por el General De Gaulle, quien se opuso a la claudicación y tomó el exilio. En Inglaterra constituyó “Francia Libre”, con objetivo de expulsar de suelo francés a las fuerzas de ocupación. Churchill le reconoció como “jefe de los franceses libres”. La Colaboración entre la interior y el exilio fue más intensa desde 1942. 


El dirigente de la resistencia interior, Jean Moulin, promovió, a principios de 1943, la unificación de los grupos en el Comité Nacional de la Resistencia; labor que continuó George Bidalut, tras la detención y asesinato del primero por la Gestapo. La actuación de la resistencia francesa fue dirigida a la realización de atentados y sabotajes y a la captación de información, clave para los ejércitos aliados, además de la publicación de folletos. De Gaulle supo incluir a Francia entre los países vencedores, con lo que pudo desempeñar un papel importante en la inmediata posguerra. 

Jean Moulin

En países como Italia y Yugoslavia la guerra desembocó, prácticamente, en guerra civil. En los primeros años, los italianos formaron la resistencia en el exterior, aunque desde el armisticio en septiembre de 1943, la resistencia partisana tuvo presencia destacada. El punto álgido es la constitución de la República Social de Mussolini en el norte del país, y su final en la rendición de los alemanes en abril de 1945. Las acciones más frecuentes de los partisanos consistieron en sabotajes contra las tropas de ocupación. 
Partisanos

En Yugoslavia los enfrentamientos entre resistencia y fuerzas que apoyaron a los alemanes fueron especialmente duros. La ocupación provocó la creación de un Estado croata dirigido por los ustachis de Ante Pavelic, líder fascista croata, controlado por el III Reich. En Serbia, los chetniks del coronel monárquico Dragoljub Mihailovic, apoyados por los alemanes se enfrentaron a la Resistencia partisana del comunista Joseph Broz, “Tito”. Este sería el vencedor y Yugoslavia se convirtió en el único caso de implantación de un régimen comunista en la Europa Oriental sin la intervención de las tropas soviéticas en su avance a Berlín. 

En Alemania, la resistencia al régimen nazi tuvo alcance limitado. La forma expeditiva con que los dirigentes se enfrentaban a cualquier tipo de oposición hizo que fuese prácticamente inexistente. Al estallar la guerra mundial en Alemania ya había 8.000 personas en campos de concentración. Según avanzaba la guerra y se vislumbraba la derrota, la disidencia se hizo más presente. El ejemplo más representativo fue el intento de asesinato de Hitler en el complot liderado por el coronel Claus Von Stauffenberg, la operación Walkiria. 


Represión y holocausto 

La brutalidad de los alemanes en la IIGM quedó patente en los países que ocuparon: torturas, ejecución de rehenes, trabajos forzosos, campos de concentración, experimentación con seres humanos, cámaras de gas... En Croacia, el líder fascista Pavelic promulgó, a semejanza de los nazis, leyes antisemitas y abrió el campo de exterminio de Jasenovac, con 80.000 personas asesinadas entre gitanos, serbios y comunistas. De la brutal represión no se libraron los alemanes: tras el fracaso de la operación Walkiria fueron ejecutadas 7.000 personas. Uno de los países que sufrió la represión de forma especial fue Polonia, donde el 20% de la población murió en la guerra. El general Hans Frank, gobernador del III Reich en Polonia, ejecutaba 100 rehenes por cada soldado alemán asesinado. Más de 200.000 niños polacos fueron utilizados como mano de obra esclava en Alemania. En el campo de Liblin fueron fusilados o gaseados miles de prisioneros soviéticos. 


En campos de concentración se realizaron experimentos médicos utilizando seres humanos como cobayas. Huesos, nervios y músculos fueron extraídos de los prisioneros para luego realizar trasplantes o injertos en operaciones que se realizaban sin anestesia; se experimentó sobre el efecto de determinadas drogas...

Japón no se quedó atrás en este tipo de experimentos. La Unidad 731, que llevó a cabo su actuación en Manchuria, estaba formada por unos 2.000 japoneses que formaban un grupo de investigación sobre las armas biológicas. Para sus estudios realizaron experimentos con humanos: disección en personas vivas, estudios sobre la agonía y la muerte, … A las atrocidades cometidas por la Unidad 731, se puede añadir la actuación de las tropas japonesas en buena parte de Asia: torturas, fusilamientos, represalias, violaciones… como en 1938 Nan-Kin (China), donde las tropas japonesas violaron unas 30.000 mujeres. Unas 200.000 asiáticas —filipinas, tailandesas, chinas, coreanas, etc.— fueron hechas prisioneras para ser entregadas como esclavas sexuales a soldados nipones durante la guerra. 



Mención aparte merece el Holocausto judío. El antisemitismo de Hitler estuvo detrás de su intento de hacer desaparecer a todo un pueblo. Las medidas represivas supusieron la emigración de Alemania de cerca de 250.000 personas antes del inicio de la guerra. Pero las victorias alemanas volvieron a colocar bajo su dominio a miles de judíos que vivían en las naciones ocupadas. Los dirigentes nazis pensaron, en un principio, en deportar a los judíos; aunque con la llegada de las derrotas la actuación contra los judíos se fue endureciendo hasta desembocar en la “Solución final”, que no era otra cosa que su completa eliminación. En la guerra con la URSS ya se pusieron en marcha medios de exterminio como asesinatos masivos mediante fusilamientos, ejecuciones sumarias mediante un tiro en la nuca o la utilización de camiones como cámaras de gas móviles. La eliminación racial o política realizada en los campos de exterminio aplicaba los criterios de mínimo coste y máxima eficacia. En total, unos 6 millones de judíos fueron asesinados. 

martes, 11 de marzo de 2025

LOS AÑOS TREINTA: EL CAMINO HACIA LA GUERRA

Los años treinta se inauguran con el fatídico “crack del 29” y la posterior crisis económica, que sumirá a Estados Unidos y a Europa en la “Gran Depresión”. Esta crisis, que afectó por igual a países ricos y pobres, tuvo efectos devastadores y sus consecuencias se prolongaron hasta el comienzo de la II Guerra Mundial.

La quiebra de la seguridad colectiva (1931-1936)

Manchuria: el arranque del expansionismo japonés 

La primera iniciativa contra el orden internacional procedió de Japón, cuyo desarrollo y presión demográfica se vieron comprometidos por el cierre de los mercados internacionales por la crisis económica. Desde finales del XIX Japón se había convertido en la potencia dominante en Extremo Oriente. Aliado de los occidentales en la guerra de 1914, la victoria de 1919 había reforzado sus posiciones en la región. 



Esta situación preponderante era inaceptable para Inglaterra y sobre todo para EE. UU. La alianza anglo-japonesa fue denunciada en 1921 y la presión norteamericana obligó a Tokio a aceptar una conferencia en Washington sobre Extremo Oriente (noviembre 1921 a febrero 1922), cuyos acuerdos lo forzaban a renunciar a las ventajas territoriales de 1919 (Shangtung y la Provincia Marítima), comprometiéndolo a respetar el statu quo y a limitar su rearme naval. 

Tokio conservaba sus privilegios en Manchuria meridional y archipiélagos alemanes en el Pacífico. La presión demográfica y los intereses económicos mantenían el expansionismo sostenido por sectores militares. La idea de que en las 3 provincias manchúes había que liquidar la administración china para desarrollar la expansión poblacional y económica pasó a ser objetivo persistente, estimulado por la actitud antijaponesa del gobierno chino del Kuomintang, que había restablecido más o menos la unidad del Estado. Hasta fines de década se había impuesto la política del sector liberal encarnada en el ministro de Exteriores, Shidehara, partidario de procedimientos pacíficos de penetración comercial. Pero en 1930 el poder se desplazó hacia los medios militares, representantes de un nacionalismo agresivo. El inmenso territorio vecino del Estado chino, que vivía en una situación de crónica debilidad, se ofrecía como la mejor perspectiva para el expansionismo japonés. 


Desde 1905 las tropas niponas ocupaban la “zona del ferrocarril” meridional de Manchuria, donde Japón ejercía su influencia económica. El estallido en septiembre de 1931 de una bomba en el ferrocarril fue el pretexto para una acción militar que en pocas semanas se extendió por toda la provincia. El 1 de Marzo de 1932 se proclamó la independencia, respecto a China, de Manchuria, que, bajo el nombre de Manchukúo y el poder nominal del príncipe Pu-Yi, quedaba de hecho como un protectorado de Tokio. 
Manchukuo

Era una iniciativa doblemente grave porque China era también miembro de la Sociedad de Naciones, a la que Pekín apeló. Los resultados de la respuesta internacional a esta agresión a los tratados resultaron débiles. La Sociedad de Naciones comenzó por evitar calificar a Japón de agresor, aceptando la posibilidad de una ampliación de los privilegios económicos nipones en la región. Y, cuando vino a constituirse el Estado fantasma de Manchukúo, a pesar de no reconocerlo, surgió la solución de que las provincias manchúes recibieran un régimen de autonomía administrativa. Sólo cuando la firmeza de Tokio tornó inviable cualquier solución de compromiso, la Sociedad de Naciones exigió, en febrero de 1933, la retirada de las fuerzas japonesas y declaró formalmente que no reconocía a Manchukúo. Pero ni calificó a Japón de agresor, ni contempló aplicar las sanciones previstas en el artículo 16 del Pacto. La debilidad de la Sociedad de Naciones era reflejo de la debilidad de las grandes potencias con intereses en la zona, Inglaterra y EE.UU., que no se atrevieron a enfrentarse a Japón. 

La crisis de Manchuria fue mortal a los principios, tratados y organizaciones internacionales. Se había atentado contra la soberanía de un Estado sin que el agresor sufriera otra sanción que la condena moral. Incluso la réplica a esa condena fue el abandono de Japón de la Sociedad de Naciones el 27 de marzo de 1932. 
Manchukuo

Etiopía en el objetivo expansionista italiano
 
La frustración del nacionalismo italiano por los acuerdos de Paz había estado en el origen de la dictadura fascista en 1922. Su política revisionista se había reflejado desde otoño de 1923 en una reactivación de su acción colonial en África Oriental donde poseía Somalia y Eritrea. El sentido de estas colonias era la expansión hacia el Estado independiente de Etiopía, que podía suministrar mercados y un territorio a la emigración italiana. La dictadura fascista basaba sus pretensiones de expansión económica o política en Etiopía en el acuerdo firmado el 13 de diciembre de 1906 con Francia y GB delimitando sus zonas de influencia en el Estado etíope. En 1925 Roma había suscrito otro con Inglaterra, obteniendo el plácet británico para construir un ferrocarril y acometer una política de realizaciones en su zona de influencia exclusiva. Sin embargo, en los años siguientes la resistencia del gobierno etíope frente a las ofertas económicas italianas decidió al gobierno fascista a despejar la oposición del gobierno de Negus por la fuerza. Desde 1932 se estudió realizar una acción militar y a finales de 1933 Mussolini consideraba que en tres años el problema debía quedar zanjado. Daba igual que Etiopía fuera miembro de la Sociedad de Naciones, ante la que en 1926 el gobierno del Negus había denunciado el tratado anglo-italiano como una amenaza para su independencia. A principios de los 30, Italia estaba dispuesta a anexionarlo. Francia e Inglaterra conocían estas intenciones y se veían afectadas, pero las posibilidades de una respuesta de las grandes democracias eran escasas. 


Los franceses, temerosos de las intenciones alemanas de anexionar Austria, precisaban el apoyo de Italia para frenar las iniciativas germánicas, mientras que las fuerzas armadas y la marina británicas estaban aún muy disminuidas. 

Los primeros pasos del revisionismo alemán 

Las primeras iniciativas alemanas para liquidar los acuerdos de posguerra fueron anteriores a la llegada de los nazis. 

Los últimos gobiernos conservadores de la República de Weimar se vieron presionados por la crisis económica y por el sentimiento nacionalista. Pretendieron además evitar el ascenso arrollador del nacionalsocialismo retirándole los argumentos patrióticos en que basaba su estrategia. 

La declaración del canciller Brüning, en junio de 1931, de que Alemania dejaría de pagar las reparaciones de guerra fue la primera medida de revisión. La posición comprensiva de Inglaterra y EE.UU. dejó aislada a Francia, que tuvo que cancelar unilateralmente las deudas interaliadas. Otro éxito del revisionismo alemán, en diciembre de 1932, fue cuando el canciller Von Papen consiguió, también con beneplácito de Londres, que en la conferencia internacional de desarme reunida en Ginebra en febrero se aceptase el principio de igualdad de derechos. Probablemente las potencias democráticas temieron que una negativa acelerase la llegada de Hitler. Alemania tuvo que renunciar en septiembre de 1931 a un proyecto de unión aduanera con Austria (marzo de 1931), para combatir los efectos de la crisis, que hubiera sido la antecámara de una unión política. 

La llegada del nacionalsocialismo al poder en enero de 1933 supuso una aceleración brusca de un revisionismo expansionista que en 6 años condujo a la guerra. Los objetivos hitlerianos apuntaban en una primera fase a la reconstrucción de las fuerzas armadas y a la incorporación al Reich de las poblaciones alemanas de otros Estados, antes de acometer la conquista del “espacio vital” en dirección al Este.

La política de incorporación de población alemana sólo tuvo éxito en el Sarre, cuya población segregada de Alemania en 1919 y puesta bajo jurisdicción de la Sociedad de Naciones, debía decidir su futuro mediante referéndum. La consulta del 13 de enero de 1935 arrojó un 90% de votos a favor del regreso a Alemania. 

El objetivo de anexionarse Austria fracasó. Hitler actuó con cautela en el tema de las poblaciones alemanas en el exterior y la cuestión de los alemanes en Polonia y las disputas por el pasillo de Dantzig, fueron relegadas. A propuesta alemana, en enero de 1934 Varsovia y Berlín suscribieron un pacto de renuncia a la guerra, que, además de tranquilizar a Hitler por el este, debilitaba enormemente la alianza franco-polaca. 

La política de paz hacia Polonia tuvo su contrapartida en las iniciativas para incorporar a Austria Aunque desde el ascenso de Hitler el mayoritario apoyo de la opinión austriaca al Anschluss había sido sustituido por rechazo, el gobierno alemán tenía dos bazas a favor: un partido nacionalsocialista austriaco y las luchas internas que enfrentaban al socialismo con el gobierno del partido cristiano-social del canciller Dollfuss. Del 11 al 13 de febrero de 1934 Viena vivió una batalla entre milicias socialistas y fuerzas gubernamentales y el 1 de mayo se instauró una constitución autoritaria. El partido nazi austriaco trató de explotar la crisis interna preparando un golpe de Estado que acabó con la vida del canciller Dollfuss (25 de julio de 1934), pero no cuajó, carente del respaldo de la población y las 
fuerzas del Estado. El nuevo canciller Schusschnigg ocupó el poder sin oposición. Berlín no se movió en apoyo de los nazis austriacos por la oposición de Italia que había advertido su decisión de proteger, incluso por las armas, la independencia austriaca. En cambio, las potencias democráticas estuvieron menos firmes, evitando vincularse de forma directa a la posición del gobierno italiano. 

Dolfuss y Schusschnigg 

La dictadura nazi actuó con contundencia en la cuestión del rearme, violando los compromisos y obligaciones internacionales. Francia, abandonada por Inglaterra, había aceptado en diciembre de 1932 la igualdad de derechos, pero, a la hora de llevarla a cabo, proponía cuatro años para que pudieran entrar en juego mecanismos de control por la Sociedad de Naciones. En mayo del 33 Hitler reclamó la puesta en práctica de la igualdad de derechos y, ante la negativa francesa, el 14 de octubre abandonó la Conferencia de Desarme y la Sociedad de Naciones. Fue el comienzo de un rearme clandestino que, desde marzo del 35, pasó a declararse abiertamente por el gobierno alemán, con el anuncio del restablecimiento del servicio militar obligatorio y de la constitución de un ejército. Hitler sabía que era un paso al margen de la legalidad internacional. Los británicos y los franceses no se enfrentaron de forma eficaz a las iniciativas germánicas y esta pasividad dio una fácil victoria a Hitler. 

Fracaso de la contención e impulso del bloque fascista 

Ante el derrumbe de las estructuras internacionales para poner coto al revisionismo alemán, la diplomacia francesa buscó desde 1934 el entendimiento con los países afectados por la política alemana: URSS e Italia. Stalin, consciente de este peligro nazi, había pasado en 1935 a orientar la estrategia del comunismo hacia el establecimiento de acuerdos con los partidos democráticos, impulsando la formación de frentes populares. Esta barrera frente al peligro germánico se concretó en la declaración de clausura de la Conferencia de Stresa (16 de abril de 1935) por Francia, GB y en el tratado franco-ruso de ayuda mutua (mayo de 1935). Por la declaración de Stresa, se comprometían a oponerse a cualquier medida que violara los tratados internacionales, mientras que el pacto franco-soviético comprometía a ayuda inmediata frente a agresión no provocada. 

Conferencia de Stresa 

Ambos instrumentos diplomáticos estaban llenos de reservas. Los acuerdos de Stresa incluían arreglos coloniales concernientes a los intereses italianos en Etiopía. Mussolini daba por sentado que Francia aceptaba sus pretensiones, mientras ésta, habiéndose mostrado complaciente, alegaba que en sus cálculos sólo entraba el control económico del territorio. En suma, el Duce vinculaba sus esfuerzos en 
defensa del statu quo europeo que tanto interesaba a Francia, a la obtención de mano libre en su proyecto etíope. El acuerdo de Stresa nacía lastrado por un equívoco que a ninguno interesaba despejar porque era resultado de intereses contradictorios. 

Tampoco el pacto franco-soviético gozaba de entusiasmo en Moscú ni París, donde se lo consideraba más una forma de descargar los compromisos de Francia con Polonia y la Pequeña Entente e incluso de inquietar a Berlín induciéndole a entablar negociaciones, que una extensión del sistema francés de alianzas en la retaguardia germánica. 

Por eso Francia eludió la oferta de URSS para concretar el acuerdo con un pacto militar. 


El frágil dique de Stresa se cayó ante la invasión italiana a Etiopía a primeros de octubre de 1935. La única posibilidad de mantenerlo hubiera sido aceptar la conquista italiana que concluyó en marzo de 1936. Pero ante un hecho de tanta gravedad las grandes potencias democráticas revelaron debilidad. Londres descartó la fuerza y optó por las sanciones de la Sociedad de Naciones. Se prohibía suministro de armas a Italia, concesión de créditos e importaciones de la península. Pero no se contemplaban medidas como el bloqueo o el derecho de visitas, para hacer efectivas las sanciones, mientras que el petróleo continuó siendo abastecido por los EE.UU. 

La actitud francesa fue aún más débil. Apoyaba a Inglaterra si se producía un enfrentamiento con Italia, aunque no realizó ninguna exhibición de fuerza y votó por las sanciones. Ante la agresión, atrajo en diciembre al ministro británico de Exteriores a la propuesta de un vergonzoso plan de reparto que entregaba a Italia 2/3 del territorio etíope. 

La frontal oposición del parlamento de Londres echó por tierra el proyecto. Hoare hubo de dimitir, sustituido por Eden, y poco después Laval. El 9 de mayo de 1936 el rey de Italia era proclamado emperador de Etiopía. 

La diplomacia franco-británica pretendía oponerse a la agresión italiana sin pagar el precio de una ruptura del frente de Stresa, vital para contener al peligro nazi. La determinación del Duce evidenció la debilidad de las democracias ante las iniciativas revisionistas de las potencias dictatoriales. En diciembre de 1935 el gobierno fascista respondía a las sanciones con la denuncia de los acuerdos francoitalianos de enero de 1935 y de la declaración de Stresa, de abril de ese mismo año.
 
Entretanto, el tratado franco-ruso de mayo había entrado en una vía muerta. El gobierno francés desoyó las propuestas soviéticas para un acuerdo militar y retrasó hasta febrero de 1936 la ratificación parlamentaria del tratado. 

El debilitamiento de la relación y la liquidación del acuerdo entre las potencias democráticas y la Italia fascista habían destruido el frágil muro diplomático que protegía la legalidad internacional.

Cuando la crisis de Etiopía tocaba a su fin, Alemania aprovechó para dar un paso más en la liquidación del Tratado de Versalles. Pretextando que el pacto franco-soviético estaba en contradicción con los acuerdos de Locarno, en marzo de 1936 Hitler anunció la entrada en la zona desmilitarizada de Renania, convencido de que Francia no reaccionaría, porque carecía el apoyo de Italia y de que Inglaterra, que en junio del 35 había firmado un ventajoso acuerdo naval con Alemania, no querría perderlo. Hitler no se equivocó. 

Francia, afectada por la remilitarización, no reaccionó. La actitud británica aceptó, con malestar pero resignación, y recomendó prudencia a los franceses, influyendo en la actitud del gobierno de París, paralizado también por la impresión de que, a pesar de la alianza franco-polaca, el gobierno de Varsovia y en general las “alianzas de retaguardia” no eran muy seguras en caso de guerra con Alemania. De nuevo se había impuesto en las democracias occidentales el espíritu conciliador y acomplejado que se revelara en anteriores ocasiones. 


Hacia la guerra (1936-1939) 

Los conflictos periféricos: la guerra de España y la guerra chino-japonesa 

En julio del 36, comenzaba en España la guerra civil. Esta obedeció sólo a circunstancias internas, aunque enseguida adquirió dimensión internacional. Las dos “Españas” confrontadas recibieron apoyos del exterior.

La España franquista fue eficazmente auxiliada por Alemania, Italia y Portugal. Roma contemplaba un refuerzo de sus posiciones en el Mediterráneo, con la obtención de bases en Baleares, la amenaza a Inglaterra en Gibraltar y, en general, cierta satelización española a sus intereses en la región. Alemania valoraba la posibilidad de crear una amenaza contra Francia en la frontera de los Pirineos y el acceso a importantes materias primas para su industria de guerra. Para Portugal, la victoria franquista era políticamente deseable, puesto que el salazarismo entendía que la alternativa en España era el triunfo de una situación revolucionaria que representaría una amenaza tanto para el Estado Novo como para la propia independencia nacional, que la naturaleza federal e internacionalista de la España republicana no respetaría. 

Franco, Hitler y Musolinni

Las tres apoyaron decididamente a Franco, aunque con aportaciones distintas. La alemana con envío de especialistas, recursos técnicos y armamentísticos. La italiana, suministro de armas y blindados ligeros y un contingente de voluntarios. El portugués en hombres fue modesto; en cambio, el logístico desde la frontera peninsular, el respaldo propagandístico al franquismo y, sobre todo, el auxilio diplomático en el marco de sus privilegiadas relaciones con Inglaterra, resultaron extraordinariamente útiles a la causa de Franco. 

La contrapartida fue sobre todo el apoyo que la URSS prestó a la República, a partir del otoño de 1936, bien directamente, bien con su patrocinio de la Internacional Comunista que organizó las Brigadas Internacionales, decisivas en la defensa de Madrid. También la frontera francesa, tanto la pirenaica como la marítima, canalizó periódicamente armas y hombres, franceses o no, con destino a la zona republicana. 

Las potencias democráticas, Francia e Inglaterra, pretendieron aislar internacionalmente el conflicto español ante el temor de que pudiera provocar una guerra general. Sus opiniones públicas distaban de sentir simpatía hacia la República. Franceses y británicos impulsaron la firma de un acuerdo de “no intervención”, con un Comité de control en Londres.

La asimetría de los apoyos favoreció a la España franquista, colaborando a su victoria. La no intervención y su incumplimiento fueron reflejo de la política de apaciguamiento de las potencias democráticas frente a las ofensivas fascistas. 

El resultado fue un paso más en los desafíos de las dictaduras y un primer avance en el establecimiento de una expresa solidaridad entre ellas a partir de su común actitud ante la guerra de España. En octubre de 1936 Italia y Alemania firmaron un protocolo de solidaridad; nacía así el Eje Roma-Berlín. 

Japón dio comienzo en julio del 37 una ofensiva contra China que se prolongaría durante la IIGM. Después del establecimiento de su protectorado en Manchuria, en 1932, los japoneses habían proseguido su presión expansionista. Las razones fueron políticas y, sobre todo, económicas, puesto que la fuerte presión demográfica y la crisis de las exportaciones agrarias e industriales obstaculizaban la recuperación y extendían la pobreza y el paro. La presión militar sobre China había continuado de forma intermitente tras la ocupación de Manchuria. El 25 de noviembre de 1936 Tokio y Berlín suscribieron el Pacto AntiKomintern, contra el comunismo internacional al que un año más tarde se adhirió Italia. La respuesta de Moscú consistió en favorecer la aproximación de los comunistas chinos y los nacionalistas para luchar juntos contra Japón. 


Después de que en marzo de 1937 el gobierno de Tokio cayera en manos de los nacionalistas más intransigentes y ante la resistencia china a abrirse a los intereses económicos de Japón, en julio de 1937 la estrategia de presión armada dejó paso a la guerra abierta. Las campañas de 1937 y 1938 pusieron en manos de Japón la China del Norte, numerosos puertos y el valle medio e inferior del Yang-Tsé-Kiang, territorio extendido por las regiones más importantes desde el punto de vista económico. Pero el espacio rural y la guerrilla de nacionalistas y comunistas se le escapaban de las manos. A fines de 1938 los japoneses detuvieron las ofensivas masivas, comprendieron que la forma de acabar con la resistencia de Chiang Kaishek era asfixiarle mediante el corte de vías de abastecimiento. 

China no acababa de doblegarse y la guerra se prolongaría años. 

Sin embargo, Japón había extendido sus tentáculos por el continente, con perjuicio de los intereses geopolíticos de la URSS en la frontera norte y de la importante presencia económica de las potencias occidentales (Inglaterra y EE.UU.), en las ciudades chinas. Pese a lo cual la reacción internacional fue inexistente por el alineamiento japonés con las potencias fascistas. 
 
La expansión nazi en Europa Centro-oriental: Austria, Checoslovaquia, Polonia 

A fines de 1937 Alemania había destruido las cláusulas no territoriales del Tratado de Versalles, rearmándose y remilitarizando Renania. En noviembre, Hitler anunció a sus colaboradores que había que acometer su programa de expansión territorial, incorporando al Reich a las poblaciones alemanas del exterior, antes de pasar a la conquista del espacio vital en el Este. Los objetivos inmediatos serán por tanto Austria y Checoslovaquia. 

En febrero de 1938 impuso al canciller austriaco Schuschnigg la entrada en el gobierno del nazi Seyss-Inquart, que con el control de la policía debía realizar desde dentro la unión con Alemania. Cuando el canciller trató de despejar la presión de Berlín mediante un plebiscito sobre el Anschluss, Hitler lo forzó a renunciar, sustituido por el propio Seyss￾Inquart (11 de marzo), que al día siguiente abría las puertas a las tropas alemanas. La unión quedó proclamada y “legalizada” por un plebiscito en ambos países (97% sí).


Las potencias no se movieron. Francia, como era habitual, mantuvo una actitud estrechamente dependiente de Inglaterra, sin cuyo apoyo no se atrevía a actuar. Londres siempre había mostrado un claro rechazo a involucrarse en los asuntos continentales y su gobierno conservador era partidario de una política de “apaciguamiento”. Italia, tradicionalmente interesada en la Europa danubiana y siempre opuesta al Anchsluss, que haría sentir sobre su frontera el peso de 70 millones de habitantes, había tenido que distraer gran parte de sus efectivos militares para las campañas de Etiopía y España, que al mismo tiempo la iba aproximando a Alemania. Por tanto, había ido aceptando lo inevitable, conformándose con que Berlín la previniera con antelación, lo que por otra parte no sucedió. 

A raíz de la imposición alemana al canciller Schuschnigg, hubo cierto amago de reconstrucción del frente anglo￾franco-italiano de abril de 1935 para oponerse a la anexión austriaca. Italia sugería el reconocimiento por Londres de la anexión de Etiopía y la satisfacción a los intereses italianos en el Mediterráneo. Chamberlain se mostraba proclive, pero el ministro del Foreing Office, Eden, condicionaba el acuerdo a la retirada de las tropas italianas de España. En cualquier caso, la tentativa de reconstruir el dique contra el expansionismo nazi no pasó de allí. Pero el Duce estaba ya decidido a orientar sus aspiraciones de grandeza hacia el Mare Nostrum, lo que exigía el apoyo de Berlín y la aceptación de las pretensiones nazis. 

Hitler se volvió hacia Checoslovaquia, con una minoría alemana de 3,2 millones en los Sudetes. La negativa del presidente de la República checa, Benes, a negociar una solución bilateral con los alemanes de los Sudetes y los ataques de la prensa germánica acabaron por desencadenar la crisis desde abril de 1938. En septiembre Hitler dejó claro que la solución no sería la autonomía, sino la incorporación a Alemania. 


Una vez más, todo dependía de la actitud de las otras potencias. La responsabilidad afectaba a Francia y URSS, puesto que Inglaterra, cuando se firmaron los tratados de Locarno (1925), se negó a garantizar las fronteras de Checoslovaquia. Francia lo había hecho en el tratado de alianza firmado con Praga en octubre de 1925, y URSS, que había suscrito una alianza con Checoslovaquia (mayo de 1935), se había comprometido a apoyo armado si París cumplía. El retraimiento francés se apoyaba en la inferioridad militar, en las vacilaciones de los gobernantes checos y en la ausencia de energía por parte de las otras potencias. Efectivamente, en Inglaterra la opinión y los medios políticos se mostraban proclives al pacifismo, respaldando en general la política appeaser del jefe del Gobierno, Chamberlain, que consideraba que Hitler se detendría después de haber reunido en el Reich a las poblaciones alemanas. La URSS, que no tenía fronteras con Checoslovaquia, precisaba la autorización de tránsito de tropas por Polonia o Rumanía lo que ninguno aceptó. EE.UU. se mantuvieron como espectadores de los asuntos europeos. 

La crisis alcanzó su punto más alto en septiembre. El 15 Chamberlain viajó a Berchtesgaden para escuchar de Hitler su voluntad de anexionar los Sudetes. Un ultimátum franco-británico forzó al presidente checo a aceptar la segregación. Pero ahora Hitler exigía también que antes de octubre la población checa abandonase el territorio sin sus bienes. La negativa franco-británica parecía que conduciría a la guerra, que se evitó por una iniciativa de Mussolini, a sugestión de Chamberlain, de reunir una conferencia en Múnich (29-30 de septiembre). En ella Hitler aceptó escalonar entre el 1 y el 10 de octubre la ocupación de los Sudetes y la liquidación de sus bienes por la población checa. La paz se había salvado de momento. 


Las consecuencias de Acuerdos de Múnich (1938) fueron desastrosas: se había dado vía libre a la fuerza. Francia, perdió su prestigio, y URSS, comprendiendo que no podía esperar nada de las democracias, se aproximó a Alemania. Tras un ultimátum, en octubre, Polonia se anexionó el territorio checo de Teschen, mientras que Hungría se vio adjudicar por el Arbitraje ítalo-alemán de Viena, en noviembre, un territorio al sur de Eslovaquia. Alemania se dispuso a acabar con Checoslovaquia. Forzado por Hitler bajo amenaza de bombardeo, el nuevo presidente checo, Hacha, aceptó la llamada de las tropas nazis, que entraron en Bohemia. Hitler creó el “Protectorado de Bohemia y Moravia”, mientras que Eslovaquia se segregaba como satélite de Alemania. Hungría se anexionaba la Rutenia subcarpática y Hitler incorporaba la antigua ciudad prusiana de Memel. Mussolini, que no quería desperdiciar la ocasión para fortalecerse en el control del Adriático, conquistaba Albania. 

Liquidada Checoslovaquia, Hitler dirigió sus objetivos expansionistas hacia Polonia, con la que en enero de 1934 había firmado un acuerdo por diez años de renuncia a la guerra. En marzo de 1939, el ministro de Extranjeros, Von Ribbentrop, planteaba al embajador polaco las reivindicaciones alemanas: la ciudad de Dantzig y la concesión de un pasillo extraterritorial de comunicación a través de territorio polaco con la Prusia Oriental. En realidad, el objetivo era acabar con Polonia. Desde abril se había fijado la fecha del 1 de septiembre para invadir. Ya plenamente conscientes de la dinámica expansionista nazi, las potencias occidentales reaccionaron. El 31 de marzo el premier se declaró dispuesto a ir a la guerra para defender la independencia de Polonia, y en agosto se formalizó una alianza anglo￾polaca, que completaba de la París y Varsovia de 1921. 

Con las vistas en una guerra inevitable, desde la primavera del 39 se activaron los preparativos diplomáticos. La Italia fascista, que desde la guerra civil española había ido estrechando su solidaridad con la Alemania nazi, firmó el 22 de mayo una alianza ofensiva con Berlín, el llamado Pacto de Acero. 



La atracción de la URSS era clave para las democracias y para Alemania. Las negociaciones de franceses y británicos con Moscú comenzaron en abril. Pese a las diferencias sobre la suerte de los países bálticos, a los que aspiraba la URSS, el 24 de julio estaba listo el acuerdo. Ahora el obstáculo provino de Polonia que, temiendo más a los rusos que a los alemanes, se negó a permitir la entrada en su territorio de tropas rusas. 

Mientras los soviéticos negociaban también con los alemanes. Stalin desconfiaba de las democracias desde la conferencia de Múnich. La URSS deseaba también expandirse a costa de los Estados bálticos, Polonia y Rumania, y sabía que encontraría más facilidades en Alemania que en las democracias. El hecho cierto es que ambos procesos —absolutamente incompatibles— discurrieron en paralelo. Aunque las sugerencias aliancistas procedentes de la URSS databan de abril-mayo, fue Alemania la que el 26 de julio, ya con la fecha fijada del 1 de septiembre para el comienzo de la invasión de Polonia, propuso formalmente la firma de un acuerdo y de un protocolo de reparto territorial. El 23 de agosto Alemania y URSS firmaron un pacto de no agresión, que en la práctica daba luz verde a la invasión de Polonia y un protocolo secreto, que dividía entre ambas Polonia y entregaba como zona de influencia y de expansión soviética los Estados bálticos (Estonia, Letonia, Lituania, Finlandia) y Besarabia, en poder de Rumania. 

Franceses y británicos hicieron en vano una llamada a Alemania y trataron de promover negociaciones germano￾polacas. Italia trató de organizar una conferencia similar a la de Múnich, que las potencias occidentales únicamente admitían si se evacuaba Polonia. El 3 de septiembre, Francia e Inglaterra declaraban la guerra a Alemania. 

Las grandes potencias ante la guerra 

La Italia de Mussolini gozaba de prestigio en los sectores conservadores internacionales porque había reconstruido la economía nacional y era una barrera frente a amenazas revolucionarias, sin caer en los peores excesos de los regímenes totalitarios. Estaba presente en las grandes decisiones internacionales y había conseguido una situación dominante en el Mediterráneo. Su poder militar había resurgido mediante un aumento muy significativo de los gastos de defensa. 

Pero no tenía el respaldo de una economía sólida. La política de apoyar la economía agraria para evitar la emigración, reducir la dependencia de alimentos extranjeros e impedir el aumento de las tensiones sociales urbanas, limitaba las posibilidades de modernización económica. Los gastos del Estado en la preservación de una agricultura, atrasada y poco rentable, y el impulso a las fuerzas armadas, limitaban la inversión en actividades industriales. La política autárquica, que favorecía la ineficacia empresarial, obstaculizaba la entrada de capitales extranjeros que hubieran contribuido al desarrollo. Su dependencia de las importaciones de materias primas y petróleo, le hacían muy vulnerable, mientras que la escasez de divisas era obstáculo a la importación de bienes. 

Sus fuerzas armadas llegaban a fines de los 30 en mala situación. Las guerras de Abisinia y España habían consumido recursos y desgastado el poder militar, que la carencia de divisas para importar máquinas de fabricación armamentística y las limitaciones tecnológicas impedían su renovación. Por último, Mussolini no tenía ni mucho menos el poder de Hitler. Italia era a finales de los 30 una potencia mucho más aparente que real. 

Alemania en los 20 era una potencia limitada en su libertad de acción por los vencedores. Todo cambió en los 30 por la crisis económica y el ascenso de Hitler al poder. Pero había continuidades fundamentales: el intenso espíritu nacionalista y revisionista, que concitó indiscutible apoyo social al régimen y el fuerte potencial industrial que conservaba, a pesar de las crisis que había atravesado desde el final de la IGM. Hitler poseía un régimen sólido y muy popular, con estructura y espíritu económicos favorables para convertir al país en la gran potencia mundial. El rearme alemán, sobre todo desde 1935, fue espectacular. 

Pero para afrontar este esfuerzo armamentístico la economía carecía de recursos a largo plazo. La planificación económica era poco coherente y no tenía en cuenta las posibilidades reales de la economía. Para importar las materias primas para el esfuerzo militar, ya no podía contar con los ingresos de sus exportaciones de artículos industriales, ya que la actividad estaba ahora centrada en fabricar armamento y los mercados exteriores se hallaban cerrados por la crisis internacional, mientras que los gastos de la IGM y el pago de las reparaciones habían acrecentado el déficit de divisas con las que hacer frente a las importaciones. Estas limitaciones sólo podían subsanarse con una fuerte presión sobre los recursos individuales, acuerdos comerciales de trueque que impidiesen la salida de divisas con los países de Europa suroriental sobre los que ejercía una tutela y una política de pillaje para obtener materias primas estratégicas y oro de los bancos centrales de los Estados anexionados (Austria, Checoslovaquia, Polonia) 

La incapacidad de la economía alemana para afrontar los gastos armamentísticos impulsaba su política expansionista abocada a una guerra, que Hitler preparaba para mediados de los 40, suponiendo erróneamente que las potencias occidentales aceptarían la anexión de Polonia. 

Japón había salido fortalecido de la IGM, que le había permitido aumentar su potencial industrial. Había liquidado sus deudas, convirtiéndose en acreedor. En los 30 su actividad industrial había progresado a ritmo muy superior al de todas las potencias, con excepción de la URSS. A pesar de las limitaciones por el tratado de Washington (1922), había desarrollado una marina poderosa y moderna. Además de las fuerzas armadas, estaban bien instruidos e imbuidos de un espíritu de abnegación y sacrificio, lo que representaba un valor militar añadido de primer orden. 

Si la expansión nipona en los 30 había obedecido en gran medida a necesidades económicas (materias primas, alimentos y mercados), la dependencia estratégica exterior era su vulnerabilidad. El radio de su expansión por Asia era enorme. La intervención en China desde 1937 no aseguró una victoria definitiva y exigía más esfuerzo. Para aislar a China y acceder al petróleo y otras materias primas, se veía obligado a expandirse por el sudeste asiático, mientras en el norte sostenía la presión militar de URSS. Dada su superioridad se imponía a holandeses, franceses e incluso británicos, pero otra cosa era enfrentarse al tiempo con rusos y norteamericanos. La guerra con EE.UU. era un riesgo excesivo, pero que resultaba inevitable por el potencial económico y la capacidad de estrangulamiento de suministros estratégicos vitales que poseían los EE.UU. 


Francia era la potencia más débil. En los años 20 aún dominaban en prestigio e incluso económica. En 1930 poseía una industria moderna y reservas de oro importantes. Pero en los años siguientes la deflación por la política de ortodoxia monetaria y financiera de los gobiernos fue agravando su posición económica. Las dificultades económicas repercutieron en la capacidad militar. Entre 1930 y 34 los gastos de defensa bajaron y sólo se incrementaron desde 1937, aunque la mayoría se destinó a reparar deficiencias. Sólo la marina, lo menos importante contra una ofensiva alemana, tenía calidad, la fuerza aérea realizó escasos progresos. La mayor debilidad militar es que no existía estructura de coordinación y planteamiento estratégico de defensa. 


Si la postración económica y el conservadurismo de los jefes militares limitaban su capacidad militar, la situación sociopolítica constituía un serio agravante. La sociedad carecía de vigor demográfico y acusaba un cansancio y un espíritu pacifista nada favorables a la realización de esfuerzos colectivos. El régimen político de la III República estaba muy desacreditado. La derecha radical temía y detestaba más a los “rojos” de dentro que a los nazis, mientras que la extrema izquierda se oponía al aumento de los gastos de defensa. Encaraba la futura guerra en estado de profunda desmoralización. Los medios políticos se enfrentaban a la amenaza alemana con talante defensivo, entregado a que, llegado el momento, la opción más razonable era resistir la ofensiva y esperar que el auxilio británico y norteamericano impusiera la victoria aliada. De hecho, la diplomacia francesa había actuado con 
dependencia de la actitud adoptada por las potencias anglosajonas. 

Inglaterra había salido de la IGM en mala situación para otro esfuerzo. El espíritu pacifista estaba extendido por el cansancio y el escepticismo con los problemas internacionales. La cuestión social concentraba la atención de la opinión y de los gobernantes. Aunque la crisis había sido menos intensa que en otras potencias, reducía las posibilidades de las necesidades de defensa. Los gastos militares comenzaron a subir en 1936 y 2 años más tarde se inició un rearme grande. Las debilidades de la economía, la preocupación de los gobernantes por el equilibrio presupuestario o el gasto social fueron obstáculos que limitaron el desarrollo de las fuerzas armadas. Por otra parte, las tendencias aislacionistas, que rechazaban complicar al país en los asuntos europeos, y la oposición de los 
dominios de la Corona (Canadá, Sudáfrica, Eire) a toda implicación en problemas continentales, no favorecían la resistencia frente al expansionismo de las potencias fascistas. 



Inglaterra seguía siendo un poder mundial que tenía que defender intereses en lugares muy distantes, pero sus recursos económicos y militares eran notablemente inferiores a los que había dispuesto antes de 1914. Su participación en la industria mundial se había reducido mucho, mientras que los ingresos "invisibles" (transporte marítimo, seguros, inversiones exteriores) ya no eran capaces de compensar el desequilibrio de la balanza comercial. 

Tampoco gozaba ahora Londres de las alianzas estratégicas de 1914. Rusia vivía retraída y generaba profundas desconfianzas, y Japón e Italia habían pasado a ser adversarios en el extremo Oriente y en el Mediterráneo, dos de las áreas vitales del imperio británico, mientras que el encerramiento de los Estados Unidos de los años 30 constituía una inquietante realidad. Tenía intereses fuera de Europa, pero carecía de poder suficiente para defenderlos de forma aislada y había perdido apoyos estratégicos vitales. Se le suma el espíritu pacifista y reacio a las implicaciones europeas que exhibía la opinión, se entiende la diplomacia de transigencia con las potencias revisionistas que caracterizó a la política externa británica hasta el año 39. 

La suerte de las armas en una confrontación mundial dependería de las dos grandes potencias periféricas que después de 1945 se repartirían la hegemonía mundial: URSS y EE.UU. Pero en los 30 sus capacidades eran sobre todo potenciales y sus posiciones ante un conflicto europeo no estaban claramente definidas. 

Tras el hundimiento entre 1917 y 1922, la potencia económica y militar de la URSS había despegado desde fines de los 20 por el asentamiento estalinista y los Planes Quinquenales. La “revolución agrícola”, con colectivización forzosa, había lanzado masas de trabajadores al sector industrial, mientras que la reducción de la renta para el consumo había permitido acumular formidables inversiones de capital en formación de trabajadores y técnicos y en el desarrollo de la industria de bienes de equipamiento, ahora planificada desde el poder. 

El agravamiento de la situación internacional dio enorme impulso a los gastos militares. Su potencia militar residía más en la cantidad que en la calidad de sus armamentos, muy por debajo de la de los alemanes. La URSS se encontraba en una situación delicada entre el expansionismo japonés y los designios alemanes de avanzar al Este. La desconfianza hacia las potencias de Europa occidental acabó por llevar a concertar con Berlín un entendimiento de reparto territorial en los confines europeos de ambas, del que fue principal e inmediata víctima Polonia. 


En 1920 el poder mundial de EE.UU. era alto por su capacidad económica y la debilidad del resto, sobre todo de Alemania y URSS. Era con diferencia la primera potencia en producción industrial y agrícola, en capacidad financiera y reservas de oro. El aislacionismo de la opinión y la ausencia de rivales en el mundo explican el repliegue de la diplomacia y la escasa atención dedicada a la expansión de las fuerzas armadas. 

La crisis económica de los 30 contrajo la economía norteamericana más que la de cualquier otra potencia. Entre 1929 y 1933 el PNB se había reducido más de la mitad, el valor de los artículos manufacturados había caído un 75% y los parados casi se habían cuadruplicado. La gravedad de la crisis económica y la consecuente prioridad de las cuestiones internas reforzaron las tendencias aislacionistas, debilitándose los vínculos con París y Londres para poner coto al revisionismo de las potencias fascistas. 

Desde 1937-1938 Roosevelt comenzó más comprometido con las democracias europeas y también se impulsaron los gastos militares. Las dos debilidades de EE.UU. ante los desafíos al orden internacional eran el sentimiento aislacionista dominante y los déficits en defensa. A finales de los 30 su economía estaba infrautilizada y su potencial de crecimiento era altísimo. Los alemanes y japoneses lo sabían y parece que esta previsión sobre las posibilidades norteamericanas de desequilibrar su capacidad militar les indujo a no retrasar más sus iniciativas bélicas