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lunes, 27 de julio de 2026

ARTE Y PODER EDAD MODERNA.IMAGEN Y CIENCIA. COLECCIONISMOS CIENTÍFICOS

INTRODUCCIÓN

Este tema trata de la necesidad de la imagen proyectada sobre la ciencia y los territorios. Conocer los territorios sobre los que se gobernaba requirió de una gran cantidad de imágenes que fueron convenientemente usadas por los gobernantes, y en muchos casos consideradas secretas. Pero tampoco podemos entender lo que supuso Leonardo da Vinci para la historia de la ciencia sin sus álbumes de dibujos, porque pensaba dibujando, y no sólo escribiendo.

Controlar el mundo desde el palacio se hizo a través de muchas vías. A los ojos de los reyes y de sus consejeros llegaba una ingente información para que pudieran tomar decisiones, y la imagen fue vehículo de esa información en muchos casos. En el dominio de los territorios los hechos de armas iban acompañados del uso del compás, para medir y poder así controlar a través de una imagen lo más fidedigna posible lo que se describía, lo que había que transformar, aquello que e¡convertido en imagen llegaba a los ojos de los reyes y de sus consejeros y ministros.

COLECCIONISMOS CIENTÍFICOS

Una forma de controlar todo lo que la naturaleza y el ingenio del hombre eran capaces de producir era conocerlo, y para ello el summun era poseerlo. En el caso del coleccionismo científico los objetos no siempre perdían su utilidad, pero su posesión era signo de una posición de privilegio.

Los oratorios, los studiolos, luego las grandes galerías en las que coleccionar pinturas, esculturas y toda clase de objetos, fueron los lugares de la casa en los que se guardaron, espacios diferenciados y de acceso restringido, en los inventarios podemos encontrar piedras preciosas, joyas, libros, pinturas, objetos religiosos, medallas, mapas, etc.

Johan Zoffany, Charles Towneley y sus amigos en la Galería de Park Street. c. 1770. Burnley, Towneley Hall Art Gallery and Museums.

Conocer el mundo y por lo tanto dominarlo exigió el uso de instrumentos científicos, como la ballestilla o báculo de Jacob, que permitía medir alturas o distancias, o el astrolabio, que servía tanto a astrónomos como a topógrafos. Sin duda las piezas astrológicas fueron de las más codiciadas para pasar a formar parte de las colecciones palaciegas. Las colecciones de los Papas se beneficiaron de tener en el subsuelo de Roma obras extraordinarias ( Grupo Laocoonte - escultura de Plinio el Viejo). Otros se dedicaban, para demostrar su poder absoluto, a coleccionar animales exóticos (Felipe II), plantas, piedras, etc, de países lejanos. En el caso de las plantas muchas de ellas tenían unos poderes curativos que la medicina al servicio de los monarcas exploró, en los jardines botánicos de las cortes se pudieron valorar estas raras especies tan cuidadosamente dibujadas para las colecciones del rey como destiladas para conocer sus características.

Giuseppe Bonito, El elefante de Nápoles. 1742. 
Patrimonio Nacional, Palacio Real de Riofrío (Segovia).


EL CONOCIMIENTO DE LA TIERRA Y EL CIELO

Entramos así en el mundo de la geografía, o estudio de la tierra, la corografía, o estudio de los lugares, y la cosmografía, que estudiaba el cosmos. Para ello fue imprescindible la imagen, captada tanto por los Cosmógrafos, su función hacer cartas e instrumentos para la navegación, como por los pilotos de las naves, que con sus observaciones contribuyan a un mayor conocimiento de los rumbos.. Artistas como Leonardo da Vinci, con una formación científica superior, genio y cartógrafo, o Durero, nos han dejado unos dibujos del territorio (mapas) con gran minuciosidad del detalle, otras obras nos introducen en las calles donde se desarrollaba la vida, otras nos muestran la relación entre la ciencia y el poder mostrándonos hombres absortos en la acción del pensar, o los grandes descubrimientos geográficos en los que puede estar presente todo el universo, podemos comprobar dibujos de plantas y animales de nuevos mundos. Sin embargo, no siempre les movió el deseo de dar a conocer esos nuevos mundos a un público más amplio, permaneciendo inéditas muchas de estas obras durante mucho tiempo.

Johannes Vermeer. El geógrafo. 1668-69. Frankfurt, Städelsches Kunstinstitut.

La pasión por el conocimiento científico de algunos monarcas queda reflejada en algunas obras donde aparecen en aulas con hombres de ciencia.

Llegó un momento en que lo que no existía en imagen prácticamente no existía. Dada la necesidad de conocer el territorio se crearon varios formatos en el arte cortesano, los dibujos ya vistos, los atlas geográficos, realizados con una finalidad militar de descripción del territorio con fines defensivos, informando tanto de las fortificaciones como de las circunstancias geográficas, número de habitantes, cultivos, medio de vida, distancias o profundidad de las costas para los navíos, la imagen va unida a largos textos que dan una información exhaustiva de lo que el ingeniero ha conocido información secreta solo conocida por la corte, y por último las galerías pintadas, con los continentes, los estados o las grandes ciudades (la más famosa la del Vaticano, encargada por el Papa Gregorio XIII).

Louis-Michel Dumesnil (atr.), Cristina de Suecia y su corte asisten a una lección de geometría. Versalles, Chateau de Versailles et de Trianon.

Las Relaciones Geográficas muchas veces fueron acompañadas de dibujos, un mapa permite comprender el espacio, almacena información, tiene atributos de carácter científico como artístico y constituyen un indicador excelente de cultura y civilización.

Egnazio Danti y otros, Venecia. 1578-1581. Galleria delle Carte geographiche. Vaticano.

La cosmografía, en la época no estaba diferenciada de la astrología, ningún edificio se construía sin consultar antes a las estrellas, el nacimiento de un príncipe llevaba consigo las predicciones de los astrólogos, se hacían horóscopos. Todos los gobernantes tenían sus cosmógrafos, también recibían otros títulos como matemáticos, cartógrafos o filósofos, ya que el conocimiento de la tierra y el cielo fue asociado a los grandes matemáticos, ejemplos como Galileo, matemático y filósofo del Gran Duque de Toscaza o de Juan de Herrera, matemático de Felipe II.

Leonardo Torriani, Canarias bajo el signo de cáncer. Descrittione et historia del regno de l’isole Canarie...1592. Coimbra, Biblioteca de la Universidad.

Arte y ciencia siguieron unidas. La imagen era instrumento de conocimiento científico y objeto de colección por parte de los gobernantes.

Esferas armilares en las bibliotecas científicas, compases de extraordinaria belleza, etc, que dieron fruto imágenes del universo. El cielo ha tenido un poder desmesurado sobre la tierra, los dioses estaban en el cielo, los signos del zodiaco ejercían su poder, y los cometas explicaban tantas cosas (catástrofes, grandes cambios…), ello hacia que un cosmógrafo fuera imprescindible al lado del gobernante.

INGENIOS Y FORTIFICACIONES

En la guerra se invirtieron grandes recursos económicos y tecnológicos, ya que es lo que las armas ganan lo que luego conservan las letras, y sin ese poder sobre los enemigos nadie alcanza la fama que los artistas y escritores celebran. Un ejemplo de arte y poder fue el duque de Urbino, hombre que entendía tanto de arquitectura como los mismos arquitectos, y que además de su palacio, edificó muchas fortalezas, en esa corte trabajó uno de esos ingenios casi míticos del Renacimiento, que fue Francesco di Giorgio Martín, cuyos escritos sobre fortificaciones y máquinas, un universo de imágenes fascinantes, no se publicaría, pero cuya obra fue conocida en las otras cortes de su tiempo. En resumen los nobles solían saber ciencias.


Los avances de la artillería desde finales del siglo XV obligaban a una transformación de la arquitectura militar. Algunos de los más grandes artistas y arquitectos del Renacimiento trabajaron como ingenieros en ese mundo en continua guerra, y a los mejores se los disputaron las cortes más poderosas. Las experimentaciones de Leonardo da Vinci, que como experto en ingenios para la guerra y para la paz se ofreció a Ludovico el Moro, o los proyectos de Miguel Ángel para las fortificaciones de Florencia. La arquitectura militar seria "el estilo internacional" del siglo XVI, puesto que en cualquier lugar del mundo bajo dominio europeo podemos encontrar esas formas geométricas que transformaron ciudad y territorio, hasta construir un paisaje asociado a las fronteras en la época moderna.

Señalar la perfecta geometría subyacente en los trazados, siempre adaptados a la topografía, primero dibujados sobre el papel y luego sobre el terreno. Una fortificación renacentista siempre es un sistema en que cada elemento -cortinas, baluartes, fosos, rebellines,etc.- está en relación con los demás para apoyarse unos a otros en la defensa del enemigo, y cada fortificación pasa a formar parte de un sistema defensivo de un todo. Desaparecen las torres redondas, extraordinariamente vulnerables a las nuevas armas, los muros debieron terraplenarse para poder soportar el peso de las armas de artillería, más gruesos y de materiales que pudieran absorber el impacto de la artillería, se hacen grandes fosos, galerías de minas y contraminas, etc. para proteger unas fortificaciones donde la altura disminuyó considerablemente,expandiéndose por el territorio con obras externas. Lógicamente la geometría de esta arquitectura defensiva, de estas maquinas de guerra inmóviles, fue evolucionando, y los distintos sistemas acabaron enseñándose en las Academias de Ingenieros del siglo XVIII.

Los ingenieros militares fueron los artífices de la transformación del territorio, constructores de obras públicas, proyectos de navegación, y autores muchas veces de obras arquitectónicas que en su sentido de la geometría y la desornamentación delatan que su arquitectura constituye un hilo conductor de la arquitectura de la época moderna que en la Ilustración producirá algunos de sus mejores ejemplos, al igual que en el XVIII cuando encontramos proyectos destinados a facilitar el comercio y las comunicaciones (Canal de Castilla).

Fueron también los ingenieros autores de ingenios y máquinas, como ejemplo tenemos a Juanelo Turriano creador de maravillas mecánicas como relojes, molinos, autómatas y su famoso ingenio para subir el agua desde el Tajo a Toledo, la aritmética, las matemáticas y la geometría fueron los instrumentos que le permitieron transformar la realidad y el espacio. Conservamos muchos tratados de ingeniería, unos manuscritos y otros impresos, además de múltiples informes dados con ocasión de una inundación, de la necesidad de máquinas para facilitar la navegación, de la construcción de puentes o el abastecimiento del agua a una ciudad. El famoso libro de los Ingenios y las máquinas nos permite conocer el poder de la imagen en la transformación del conocimiento para el progreso del hombre. Los muelles permitieron la creación de puertos artificiales para el dominio del mar. Los canales para la navegación y el riego se extendieron por las cortes europeas, las cuales atraían a los mejores profesionales para dominar el agua, la obra hidráulica, fue a lo largo de la época moderna un factor determinante en la organización territorial de los estados, y el progreso que implicaba la convertía en un bien codiciado.

Recordar que mediante la imagen se conoce, que la imagen es pensamiento, y por consiguiente también pensamiento científico, y por otra parte que la imagen acompañó siempre a la ciencia. Ejemplo es una imagen, del libro de Valverde de Hamusco (1566) que debe mucho a la de San Bartolomé desollado con la piel colgante, para así poder mostrar los músculos del cuerpo, ilustra los estudios anatómicos practicados en cadáveres y fundamentados en la obra de Vesalio (1543), que hicieron avanzar tanto la medicina como la representación del cuerpo humano que llevaron a cabo artistas como Miguel Ángel.

 Juan Valverde de Hamuco, Vivae imágenes partium corporis humani.Amberes, 1566. Madrid, Biblioteca Nacional de España.

domingo, 26 de julio de 2026

ARTE Y PODER EDAD MODERNA. LA COLECCIÓN

INTRODUCCIÓN

La colección ha sido uno de los espacios básicos para la exhibición, contemplación e interpretación de objetos artísticos desde la Edad Moderna hasta nuestros días. Muchas obras maestras fueron disfrutadas originariamente en colecciones. Aunque la mayor parte de las colecciones históricas tenían contenían un repertorio variado, en este contexto nacieron las formas de experiencia que sustentan nuestro concepto actual de autonomía artística.

Pero, ¿qué es una colección? No toda reunión de objetos lo es.

“Colección es un conjunto de objetos naturales o artificiales, mantenidos temporal o definitivamente fuera del circuito de actividades económicas, sometidos a una protección especial y expuestos a la mirada dentro de un lugar cerrado dispuesto a tal efecto”. K. Pomian

De esta idea desprende que la existencia de una colección no reside en la naturaleza del repertorio, sino en las condiciones de organización y lectura de la misma. Podemos decir que esta aparece cuando podemos verificar la existencia de lecturas que transfiguren o superen la función original de los objetos. En muchas ocasiones es más correcto hablar de “modos de coleccionar” que de colecciones.

#D. Remps, Gabinete de curiosidades. C. 1689. Museo dell´Opificio dekke Pietre Dure, Florencia.

El estudio de las colecciones nos enseña que los objetos son interesantes por sí mismos y por las lecturas que se le aplican. En paralelo, el análisis de las narrativas que articulaban las cámaras o galerías, nos ofrece la posibilidad de ahondar más en las implicaciones sociales y políticas de estos modelos de experiencia. Pomian habla así, de los objetos coleccionados, como “semióforos”, que acarrean un significado haciendo visible conceptos e ideas; y A. MacGregor propone que las colecciones pueden ser entendidas como “la concreción física de modelos de pensamiento”. Estas atribuciones son dotadas de manera conjunta por coleccionistas y su audiencia —que para M. Bal constituyen “agentes narrativos”—.

Normalmente, un mismo repertorio ofrecía y recibía diferentes discursos y significados que implicaban modos de coleccionar diversos. Un simple hueso podía ser una reliquia religiosa que narra la historia eclesiástica y un arma enemiga podía convertirse en un trofeo de victoria

Frecuentemente las colecciones permiten apreciar la que la diferenciación entre arte y otras categorías no siempre funcionaba en la E. Moderna. Sin embargo, a lo largo del s. XVII se produjo una progresiva especialización. Con más importancia, y esto es lo que hace que pueda hablarse con propiedad de coleccionismo artístico, se dispusieron narrativas que estructuraban las piezas a partir del gusto estético o la incipiente hª del arte. La articulación ideológica de las colecciones tiene mucha importancia para entender los niveles de lectura las piezas además de dar pista sobre la posición del arte y su valor social e ideológico en la época moderna. 

LAS CÁMARAS DE ARTE Y MARAVILLAS

En 1908 J. von Schlosser publicó Las cámaras de arte y maravillas del Renacimiento tardío, obra fundacional para el estudio moderno del coleccionismo. Recoge la descripción de distintas colecciones de E. Moderna con su foco central en los soberanos centroeuropeos del s. XVI. Creo un modelo de explicación general sobre el coleccionismo humanista que ha sido aplicado habitualmente a todo el continente. La lectura tradicional de estas colecciones entendía que sus bienes estaban articulados para ejemplificar el poder del soberano. Estos objetos constituían un microcosmos que recogía simbólicamente el mundo (naturalia y artificialia), para que pudiera reflejar el dominio del monarca sobre el macrocosmos.

También, con una proyección muy relevante en el s. XVII, los tesoros eclesiásticos compartían el interés por la maravilla, con atención a la taxonomía del conocimiento y la voluntad de crear identidades políticas. San Marcos de Venecia, los monasterios centroeuropeos o el Museo Jesuita de Roma eran ejemplo de ello.

# Museum Kircherianum, en Georgius de Sepibus, Romani Collegii Musaeum Celeberrimum, Amsterdam, 1687

Por su parte, los gabinetes de los humanistas, combinaban su función de espacio de trabajo con la recopilación y exhibición de objetos; como sucede con el de B. Amerbach, U. Aldrovandi, N. Fabri de Peiresc, J. Tradescant, O.Worm o el V. J. de Lastanosa. Así pues, las colecciones no estaban reservadas únicamente a los poderosos. Estos modelos compartían parte de los repertorios y lecturas de las grandes escenografías principescas. Por ejemplo, el studiolo — modelo básico de gabinete humanista italiano—, se convirtió en un espacio básico del palacio cortesano.

# Musei Wormiani Historia, en Ole Worm, Museum Wormianum seu Historia rerum rariorum… Amsterdam, 1655


# L. Lotto, Andrea Odoni. 1527, Hampton Court

La 1ª de las colecciones a las que Schlosser dedica atención es la del archiduque Ferdinand II de Austria (1529-95), situada en el castillo de Ambras, tenía 3 apartados: armería, biblioteca y cámara artística. La armería, la más importante para él, contenía: armas de los capitanes más importantes de la época, piezas históricas, trofeos y piezas de sus antepasados. La biblioteca tenía unos 4000 volúmenes. La cámara artística contaba con armarios con objetos de diverso tipo —conchas, corales, orfebrería, instrumentos musicales, instrumentos científicos, curiosidades etnográficas americanas, porcelana y tapices orientales— además de retratos y animales disecados. Podemos ver que el término “cámara artística” no se corresponde con la noción de arte actual, sino una combinación de naturalia y artificialia apreciada por su curiosidad o exotismo.

# Schloss Ambras, en Martin Zeiller, Topographia Provinciarum Austriacarum, Austriae,… Frankfurt, 1649

# Anónimo, Escribanía de coral. Segunda mitad s. XVI, Schloss Ambras

Otras relevantes son la del emperador Rodolfo II (1552-1612) —que posteriormente recibió mayor atención historiográfica— con mayor atención a la extravagancia y obras de artistas contemporáneos (Durero,Tiziano, Corregio, Arcimboldo, Giambologna o Leoni), donde estas, aparentemente desorganizadas, ocupaban armarios, suelos y mesas de 4 habitaciones; y la de los archiduques Alberto V (1528-79) y Guillermo V (1548-1626) de Babiera.

En 1565 Samuel van Quiccheberg publicó Theatrum Sapientae que clasifica los ámbitos de conocimiento a partir de la experiencia de las colecciones muniquesas. Dice que hay 5 espacios intelectuales: la historia (con énfasis en el linaje, geografía y mapas), las cámaras artísticas (en el sentido de Ambras), el gabinete de historia natural (animales, plantas, piedras raras y anatomía humana), las artes mecánicas (instrumentos musicales, científicos y máquinas) y una cámara de pintura. Varias colecciones del centro y norte europeo mantendrían este sistema hasta el s. XVII.

En paralelo, en otras regiones, se desarrollaban experiencias similares con diferentes modelos. En Italia, desde el s. XV, existió una tradición de coleccionismo aristocrático con particularidades propias. Su soporte ideológico se basaba, en cierta medida, en Petrarca y los clásicos, con énfasis en la historia y las antigüedades. En pocos años, las cortes de la península, se dotaron de colecciones que interactuaban en un rico mercado de adquisiciones cruzadas y humanistas como consejeros. Ej. de ello: las colecciones papales o las de Francesco II Gonzaga (1466-1519) e Isabella d´Este (1474-1539). La de los Medici incluso nos enseña cómo este afán por la hª y el arte no defendían un modelo tan diferente de Centroeuropa, pq al margen de la amplia colección artística, contaban con una sobresaliente armería (Cosimo I, 1519-74). Tb sus reliquias americanas (piezas de plumas, mascaras y objetos de oro y piedras preciosas) simbolizan su riqueza e interés por el nuevo continente.

En estos conjuntos de artificialia, naturalia y exótica, no podemos olvidar también el aprecio por los primeros jardines botánicos y casas de fieras de Florencia; que R. Borghini definía en Il Riposo (1584) como un espacio lleno de maravillas.

# Frans II Francken, Gabinete de curiosidades. C. 1625, Kunsthistorisches Museum, Viena.


El resto de las cortes creo conjuntos parecidos como la de los Austria en Madrid y Belgica.

Además de las de Carlos V (1500-58) y Mª de Hungría (1505-58), destaca la de Felipe II (1527- 98) en el Alcázar, El Escorial y sus otras residencias. Sus colecciones miraban a las de Italia y Flandes y a su vez servían de referente a la 2ª generación de coleccionistas centroeuropeos.

Además de las reales, habría que señalar las colecciones de la nobleza europea, de la que existen decenas de ej., como la de los duques de Infantado de Guadalajara en la que destacaba, junto al repertorio habitual, la biblioteca, los tapices y una armería extraordinaria.

Hemos tener en cuenta, a la hora de analizar estas colecciones, la importancia del patronazgo, que nos introduce en un horizonte de expectativas relativo a las marcas visuales del linaje para la percepción del valor de las obras de arte. Esta idea afecta por igual a monarcas, nobles y humanistas. Podemos decir así, que existió un modo de coleccionar y unas narrativas específicamente ligadas al linaje que se aplicaron a todo tipo de piezas, cuyos discursos tenían un anclaje clásico en el ius imaginum romano. La recuperación humanista de este modelo coincidió con la adopción del coleccionismo en toda Europa.

El horizonte genealógico tenía varios niveles de efecto. Por un lado favorecía la recopilación de objetos que pudieran funcionar como semióforos de las virtudes de los antepasados y por otro, tb explica la transferencia generacional que se da en estas colecciones. La tendencia disgregadora que propiciaba el mercado, convivía con una voluntad de permanencia de determinados objetos ligados al linaje.

LA ESPECIALIZACIÓN DE LAS COLECCIONES

En el s. XVII se vivió una progresiva especialización de las colecciones. La idea totalizadora, como taxonomía del mundo, no se perdió en ningún momento, pero fue fortaleciéndose un nuevo modelo que enfatizo la diferenciación de repertorios. Surgieron 3 tipologías básicas: pinturas y esculturas, antigüedades y las colecciones científicas. Aunque estos repertorios solían combinarse entre si y admitían otras categorías como las armas, curiosidades o objetos decorativos, esta particularización se acompaño de una nueva narrativa sobre la colección. Esta separación anticipa lentamente la separación que se dará en los museos dentro del mundo contemporáneo.

Existía un evidente interés por abrumar al espectador, en términos de escala. No se trataba ya solo de mostrar el mundo, sino de recolectar el mayor nº de ejemplares para poseer todas las variantes de una tipología.

Tanto las antigüedades como la hª natural ofrecen multitud de colecciones en los s. XVII-XVIII. Si bien muchas dependieron de iniciativas particulares, no podemos obviar aquellas de organismos educativos, religiosos o políticos.

El epicentro, definición del modelo de galería de pintura y escultura, era Italia, dd ya desde el s. XVI estas categorías eran una sección fundamental. Al fin y al cabo, allí fue dd la literatura artística se desarrollo de manera más clara —las Vite de Vasari (1550 y 1568), el Dialogo della pittura de Dolce (1557) o la Idea del Tempio della Pittura de Lomazzo (1590)— describiendo estas colecciones. Esta sinergia favoreció que el discurso se expandiera por toda Europa. Uno de los pilares punto de partida de este tipo de colección fueron las vaticanas y las cortesanas antes comentadas, pero no debemos olvidar al patriciado veneciano y las galerías cardenalicias de Roma (los Bentivoglio, Borguese, Ludovisi, Aldrobrandini, Barberini y Chigi). Este modelo llego con fuerza al s. XVIII.

# D. Wolkertzoon, El cortile y la colección de escultura del palazzo Valle Capranica de Roma, 1550.

Este discurso tuvo un eco temprano en la corte española. Felipe II formo una pinacoteca extraordinaria con obras de los mejores autores italianos y flamencos. Desde esta tradición Felipe III (1578-1621) y Felipe IV (1605-65) potenciaron la adquisición de pinturas en un contexto de progresiva competencia entre coronas. De este último podemos destacar la decoración del Alcázar, el Buen Retiro, la Torre de Parada u otros espacios madrileños, con Velázquez como ayuda.

También sobresalieron en el ámbito nobiliario, las galerías de aristócratas como el duque de Alcalá, el conde de Benavente, el marqués de Carpio, el de Leganés o el almirante de Castilla. Gaspar de Haro y Guzman —VII marqués de Carpio— contaba con la Venus del espejo de Velázquez y la Madonna Alba de Rafael entre sus más de 3000 obras.

Además de Viena, Paris y Madrid; Bruselas y Londres se convirtieron en 2 centros imprescindibles de coleccionismo. La colección del archiduque de Austria —Leopoldo Guillermo (1614-62)—, el conde de Arundel (1586-1646), el duque de Buckingham (1592-1628) o Carlos I (1600-49) lo ejemplifican. De hecho, la almoneda de los bienes de Carlos I, tras su decapitación, reunió a numerosos embajadores y agentes. Gracias a ellos obras como El tránsito de la Virgen de Mategna, El lavatorio de Tintoretto, la Sagrada familia de Rafael o el Autorretrato de Durero, están hoy en el Prado.

# D. Mytens, Thomas Howard, conde de Arundel. c. 1618. National Portait Gallery, Londres

La difusión del nuevo modelo de las galerías no puede entenderse sin las disposición paralela de discursos ideológicos que avalaron la recolección de piezas con un criterio basado fundamentalmente en el gusto estético.

En Francia, por ej. , la Academia favoreció una discusión más afinada de estos nuevos argumentos. Hacia 1660 las descripciones de obras de arte se habían desplazado desde una vocación narrativa a una analítica (atributos formales). Las lecturas de A. Félibien o R. de Piles no proporcionaban las señales ideológicas que el linaje había buscado tradicionalmente, pero si mantenía una lectura social, que en cierta medida conectaba con la vieja idea de magnificiencia.

Al hablar del patronazgo de Francia, Richelieu (1585-1642) y Mazarino (1602-1661), prácticamente siguieron el modelo previo de los príncipes romanos de la Iglesia. Este último fue de hecho uno de los mayores beneficiarios de la almoneda de Carlos I. La descripción de De Piles de las obras de Rubens que poseía Richelieu ofrecía un perfil claramente estético. Nada estaba aparentemente relacionado con su linaje, simplemente acogía estas pinturas como correspondía a su conocimiento artístico.

LA RECEPCION PUBLICA DE LAS COLECCIONES

La mayor parte de las colecciones de la E. Moderna osciló entre el consumo privado y la exhibición pública. El alcance de esta apertura dependió de factores políticos, sociales o de las mismas transformaciones del sistema artístico. Desde el s. XVI, las cámaras de maravillas y los gabinetes eran espacios de trabajo y representación. Sus mapas, libros, retratos y demás bienes; componían un programa ideológico pensado para facilitar la educación de los hijos en las virtudes del linaje y ofrecer a su vez una escenografía que buscaba envolver a los visitantes. Los viajes cortesanos de la E. Moderna encontraron hitos en la visitas de estas colecciones. Por ej: el felicísimo viaje de príncipe Felipe II (1552) fue un recorrido por palacios, fiestas y colecciones.

Estas colecciones favorecían la creación de espacios de interacción determinados por la comunicación cultural y social. Los relatos de viajeros ofrecen abundantes testimonios sobre ello.

Como el de A. Gölnitz (1631) por Francia, que describía desde salas de armas hasta curiosidades eruditas como las del farmacéutico Paul Contant.

# Tabla de animales con malformaciones, en P. Contant, Le Jardin et cabinet poetique, Poitiers, 1609.

Desde el s. XVI se hizo frecuente la reproducción visual de las colecciones en estampas o pinturas. Estas son una evidencia muy relevante de los modos de socialización en gabinetes y galerías. Particularmente, en Amberes, nació un género que consistía en representar estos escenarios, reales o imaginarios. Algunas de estas obras eran encargadas por sus propios poseedores —como podemos observar de las distintas versiones de la galería del archiduque Leopoldo Guillermo o de la vista de la colección del cardinal Silvio Valenti Gonzaga—.

# Escuela Flamenca, Cognoscenti en una habitación con pinturas. c. 1620. National Gallery, Londres.

# G. P. Pannini, Vista de la colección del cardinal Silvio Valenti Gonzaga. 1749, Hartford, Conn., Wadsworth Athenaeum.

La misma existencia de estas imágenes es evidencia tb del interés de difusión más allá de la propia posibilidad de visita. En el s. XVI comenzaron a imprimirse los primeros catálogos —como el del archiduque Fernando sobre su Armería de Ambras, editado por J.S. von Notzing —. Esta edición de catálogos alcanzó en el s. XVII también los inicios de la prensa, que en publicaciones como el Mercure François publicaba entradas sobre las colecciones. También empezaron a editarse descripciones en verso como las de G. Marino y G. de Scudéry. Uno de los primeros catálogos razonados fue el de J. de Julliene —director de Gobelinos— en el que destaca el grupo más importante de pinturas de Watteau.

# G. Fdez. de Córdoba. En J.S. von Notzing, Armamentarium Heroicum. Die Heldenrüstkammer Erherzog Ferdinans II auf Schloss Ambras…, Inssbruck, 1601


# Escuela Francesa, Catalogue des tableaux de Mr. Jullienne. Cabinet de Monsieur: Côté de la Porte. c. 1756. Pierpont Morgan Library, NY.

Conforme avanzó el s. XVIII, el proceso de discusión pública de las colecciones se intensifico mediante el nacimiento de otro tipo de modelo de exhibición que reforzaba su apertura pública.

Hacia mediados, la mejora de accesibilidad fue patente. La galería del príncipe elector de Düsseldorf, J. Wilhelm II von der Pfalz (1658-1716) fue abierta entre 1709-14 en un edificio pensado para la exhibición y en tiempos de su sucesor C. Theodor, el director de la academia de la Academia (L. Krahe) redistribuyo la colección por escuela reduciendo el nº de pinturas por sala y encargó un catálogo a De Pigage, Mechel y Laveaux.

# Cinquiéme Salle, partie à droite de la Seconde Facade, en De Pigage, Mechel y Laveaux, La galerie électirale du Dusseldorff; ou , Catalogue raisonné et figure de ses tableaux. Basilea, 1778

Paralelo a estos usos aristocráticos, fue creándose una audiencia situada en la nueva esfera pública de la ciudadanía. Las exposiciones de la Academia y los primeros museos se alimentaron de un primer público artístico que, aunque muy limitado, comenzó a crear esta demanda en ciudades como París.

Esta progresiva apertura está acompañada de una importante transformación en la naturaleza conceptual de las colecciones. Es interesante constatar, en este sentido, que colecciones estudiadas por Schlosser, como las de la emperatriz Mª Teresa y su hijo el emperador José II fueron distribuidas siguiendo la estela de la recién nacida hª del arte y más tarde, con las revoluciones del s. XIX, quedaron firmemente constituidas como museos públicos. Otro ej. es la colección de Ambras, que en 1814 pasó a constituir una gemäldegalerie en el Belvedere Vienes.

El cambio en las expectativas de los poseedores y del público podía tener distintas consecuencias. En el caso de las colecciones americanas de los Medici, la pérdida de la novedad del descubrimiento llevo a que las piezas se vendieran como ferralla en el s. XVIII al desaparecer su valor como semióforos. En el caso de Ambras, la provisión de una nueva narrativa llevó a la constitución de una nueva colección con las mismas piezas. Al igual que Paracelso y Pretarca habían proporcionado soporte ideológico para el primer coleccionismo humanista, Winckelmann estaba avalando la nueva mirada estetizante.

El transito del s. XVIII al XIX entendió que la colección, constituida en museo, era un nuevo templo en el que consagrar la nueva mirada artística. En paralelo, las viejas colecciones de naturalia de las cámaras de maravillas fueron dando paso a los museos de historia natural y antigüedades.

El inmenso movimiento de piezas artísticas que ocasionaron las guerras marcaron este cambio de siglo. Aunque estas muestras estuviesen motivadas por la celebración de victorias militares, los catálogos evidenciaban una voluntad didáctica. Con todo, lo más interesante es que los espectadores convalidaban absolutamente esta percepción. El desplazamiento de obras desde iglesias italianas y españolas al Louvre solo se entiende gracias a la transformación paralela del fiel parroquiano en ciudadano connoisseur.

viernes, 26 de junio de 2026

SCHOPENHAUER

La necesidad metafísica del hombre

Kant había sostenido que la metafísica -un presunto conocimiento de lo suprasensible (Mundo, Alma, Dios)- era inviable (rechazando así, por ejemplo, lo que proponía Descartes); la metafísica no es un conocimiento válido racionalmente pues este debe moverse dentro de los límites de la experiencia sensible, dentro del mundo fenoménico. Kant, por lo tanto, llevó a cabo una profunda crítica de la metafísica tradicional (por ejemplo afirmando que no cabe ninguna prueba de la existencia de Dios o de la inmortalidad del alma). A la vez, sin embargo, Kant situaba en el hombre un profundo anhelo metafísico pues éste demanda respuestas omniabarcantes a sus preguntas, por eso, en último término, decía que Mundo, Alma y Dios son Ideas de la razón que aunque no sean propiamente objetos que existen en la realidad guían de todos modos -como faros en la niebla- el Progreso de la humanidad en el terreno del conocimiento y de la moral.

SCHOPENHAUER

Schopenhauer parte de aquí. Comienza aceptando estas tesis kantianas aunque la asume en un contexto distinto. Por ejemplo, el rechazo de la existencia de Dios -es decir, la constatación de la insuficiencia de las pruebas o demostraciones que tradicionalmente se habían dado en la “teología racional”- afecta, según su planteamiento, al conjunto de la fe religiosa, hasta el punto de que Schopenhauer defiende un completo ateísmo (Kant nunca había llegado tan lejos, dejando un pequeño sitio a la fe).

En general Schopenhauer -partiendo de Kant- propuso una metafísica renovada en la que la “razón” termina pasando a ser algo secundario o subordinado. La metafísica de este autor, como se irá viendo en el conjunto de la exposición, es una Metafísica de la Voluntad. Pero, ¿por qué Schopenhauer, a pesar de aceptar la crítica kantiana, sigue proponiendo una “metafísica”? La respuesta que ofrece es la siguiente: respecto al ser humano la metafísica es de algún modo necesaria según tres coordenadas: 
  • a) hay una necesidad teórica satisfecha gracias al conocimiento del mundo (estamos aquí en el nivel de la “representación”); 
  • b) hay una necesidad moral en tanto los hombres necesitan algún tipo de orientación para sus conductas (es la tarea de la ética, de lo que Kant llamaba “razón práctica”); 
  • c) por último, pero de un modo aún más fundamental, los hombres necesitan de la metafísica una ayuda y una guía para conseguir lo más difícil y lo más urgente: liberarse de lo negativo de la vida (el dolor, el sufrimiento, el asedio perpetuo del mal, la fealdad, la falsedad; es por esto que la filosofía tiene que “sustituir” a la religión pues esta es propiamente incapaz de satisfacer las necesidades metafísicas de los seres humanos).
Respecto a la filosofía y la religión Schopenhauer comienza destacando que ambas tienen un origen común: la “admiración” -o el “asombro”- ante el hecho (sorprendente y misterioso) de la existencia del mundo y el hombre (¿es necesario o es contingente? ¿por  qué hay algo en vez de nada?). ¿Por qué la vida humana en el mundo suscita sorpresa y estupor y reclama algún tipo de “explicación” que dé razón de este hecho innegable? Porque, subraya Schopenhauer, se trata de un hecho esencialmente “negativo” (nos encontramos aquí ante el radical “pesimismo” de este autor). La vida en el mundo es enteramente “miserable”: está marcada por el dolor, la enfermedad, la frustración, el desengaño y la desilusión, la maldad y la muerte, la ignorancia y la fealdad, etc. La meta que se dibuja ante este aciago y siniestro panorama es aplacar o contrarrestar todos los componentes negativos indisociables de la existencia mundana (liberarse del dolor, la angustia, el miedo, la ignorancia, etc.).

A partir de ese origen común y de que tratan en el fondo de satisfacer una meta semejante la filosofía y la religión se separan completamente: caminan en direcciones opuestas, siguen rutas contradictorias e incompatibles. ¿En qué se distinguen? A juicio de Schopenhauer la religión ofrece una salvación o una liberación indigna de la existencia humana: se trata de una vía de escape infantil, un salida ilusoria que tiene el estatuto de los cuentos de hadas (por ejemplo cuando se le promete a los hombres un paraíso en el que serán absolutamente felices “en otra vida”; no hay nada más que una vida: la que tiene lugar en este terrible mundo, insiste este filósofo alemán, a lo que añade: ¡y pobre del que se consuele con historietas tranquilizadoras que nos toman por ingenuos o algo peor!). En cambio, la filosofía, pretende orientarnos en la satisfacción, en lo posible pues esta no puede ser garantizada por arte de magia, de los tres anhelos “metafísicos” del hombre anteriormente señalados, pero siempre manteniéndose en el terreno de la “verdad”, sin prometer arbitrariamente algo irreal que solo genera, al final, una mayor frustración y un más profundo desasosiego (las “mentiras” de la religión no consuelan, solo “anestesian”, por lo que la religión es en el fondo “el opio del pueblo”).

El mundo como Voluntad y Representación

La metafísica de Schopenhauer -su propuesta filosófica- se articula en torno a dos conceptos: Representación y Voluntad. Veamos a continuación su significado.

El Mundo de la Representación define el territorio del conocimiento, el campo propio y exclusivo de la ciencia, de lo que puede ser científicamente explicado (por ejemplo a través de experimentos, etc.). En la ciencia el sujeto (humano) conoce objetos ubicándolos en el espacio y en el tiempo y estableciendo entre ellos una serie de relaciones causales que es los casos óptimos son formulables matemáticamente. ¿Cómo conoce objetos el sujeto de la ciencia? La respuesta de Schopenhauer es aquí parecida a la ofrecida por Kant: el Sujeto humano “objetiva” los objetos que conoce científicamente a partir de una síntesis de sus “representaciones”, es decir, de las formas a priori radicadas en sus facultades (espacio y tiempo en la sensibilidad, la categoría de causa y efecto en el entendimiento). La ciencia es, además, un conocimiento racional del mundo en tanto este se aparece -a la luz de lo que sobre él proyecta el sujeto cognoscente- como una totalidad ordenada, regular, previsible, calculable (esto es, un sistema científicamente dominable, y técnicamente controlable). La concepción de la “naturaleza” -o del conjunto de lo que puede ser conocido- de Schopenhauer es, por lo tanto, “mecanicista”, o, también, “determinista”: todos los objetos están incluidos o insertados en una férrea cadena de causas y efectos. Sin embargo, y este es un matiz importante, el Mundo del conocimiento (el “mundo como representación”), en tanto tiene su límite en lo empírico (en la experiencia sensible), es un mundo “superficial”. Aunque la ciencia alcanza verdades ciertas y demostradas -por ejemplo, cuando predice sucesos futuros gracias a disponer de leyes causales- sin embargo no toca o no roza la verdad última y definitiva. ¿Cuál es, entonces, el radical “mundo verdadero” (el mundo más básico y profundo, el mundo esencial)? Para decir algo sobre él tenemos que fijarnos en el significado del concepto de “Voluntad”.

El Mundo Verdadero -la realidad básica, profunda, fundamental, originaria, primordial- escapa a la ciencia y al juego de sus representaciones (sintetizadas por el sujeto cognoscente). Es un Mundo a la vez anterior y superior al campo de la representación: al universo de lo científicamente cognoscible, de lo que puede ser explicables estableciendo una cadena de causas y de efectos. Es el mundo oculto y escondido de la Voluntad: el mundo que tiene en la Voluntad su principio y su origen. ¿Cómo se llega a esta conclusión si habitualmente vivimos en el mundo superficial de la representación en el que captamos un fenómeno como causa o como efecto de otro fenómeno? ¿Cómo se prueba una tesis así (“el mundo es voluntad”)? ¿Cómo se “sabe” algo de ese recóndito “mundo de la voluntad” si es inalcanzable desde el conocimiento? La Voluntad -como principio y origen del mundo verdadero o de la realidad originaria- es directa e inmediatamente experimentada por cada uno de nosotros en nuestro cuerpo, el cual, en este nivel básico, es un manojo caótico de impulsos y de instintos, un conjunto de apetitos e inclinaciones, una trama fluida de emociones, afectos, pasiones y sentimientos.

Si el mundo de la representación es un mundo “racional” (ordenado, regular, uniforme, previsible, etc.) el Mundo de la Voluntad es -en tanto se manifiesta primordialmente en las pasiones e instintos- “irracional” (caótico, convulso, tenso, imprevisible). Recapitulando podemos decir que ya hemos dado con dos de los rasgos principales de la filosofía de Schopenhauer: el pesimismo (pues la vida es dolor, aflicción, malestar) y el irracionalismo (pues el mundo verdadero está gobernado por la pura Voluntad, una voluntad que no quiere o no busca, en el fondo, nada distinto a sí misma y que no se atiene a “razones” en su afán de alcanzarse una y otra vez, incesantemente).

La realización moral de la metafísica

El Mundo -en su esencia, en su realidad fundamental- es Voluntad. Por ello la metafísica -en tanto acceso a lo “suprasensible” (a lo que escapa a la representación: al conocimiento racional)- se desenvuelve preferentemente en el terreno de la moral: en el campo de las conductas y las acciones de los seres humanos (es aquí donde el hombre tiene su más profunda realidad: en la “esfera práctica” en la que unos seres humanos se relacionan con otros de muchas maneras y se conducen animados por fines, normas y motivos).

Tradicionalmente se ha afirmado que la propiedad esencial de la Voluntad es la Libertad. Schopenhauer está de acuerdo con esto, pero sólo en un sentido “negativo”: en efecto la Voluntad es “libre”, pero solo lo es en la medida en que es ajena a las leyes de causalidad que definen el mundo fenoménico (el nivel de la representación y del conocimiento). La Voluntad, por un lado, por lo tanto, escapa a la “necesidad natural”, al “determinismo físico”: es una zona de excepción al orden racional de las causas y los efectos empíricamente comprobables. Pero por otro lado, y esto es lo principal, la Voluntad es un impulso ciego, es una fuerza implacable; una apetito voraz e insaciable que en el fondo nunca se aquieta definitivamente: nunca se conforma con las metas alcanzadas. La Voluntad, en su esencia más pura, quiere siempre más y más, y lo quiere todo; sin descanso, sin tregua, caiga quien caiga.

En el hombre la Voluntad -la esencia última del mundo- se manifiesta de dos maneras estrechamente enlazadas: a) es un “querer vivir” (un incondicional aferrarse a la vida temeroso de la muerte, un arraigado instinto de supervivencia); b) define un extremo “egoísmo”. El yo individual -movido por la Voluntad que habita en él y en él se expresa- lo quiere todo aquí y ahora, sin admitir de buena gana cualquier dilación o postergación de su apetito. Además, nunca tiene suficiente: cualquier meta alcanzada, cualquier logro conseguido enseguida le sabe a poco. ¿Por qué ocurre esto? Porque la Voluntad es una aspiración indefinida e indeterminada, es la ausencia de una meta concreta: no hay, para la Voluntad, por lo tanto, un fin último al que tienda o persiga. La Voluntad es, pues, ajena a cualquier clase de “teleología racional”: es decir, rechaza de antemano dar por definitivamente bueno y satisfactorio algún fin determinado, alguna meta parcial (siempre juega al juego de “o todo o nada”). En definitiva: la Voluntad no se atiene a motivos o razones que estén más allá de sí misma (es, por decirlo paradójicamente, una pura “voluntad de voluntad”, un “querer el querer”). Es “irracional”.

Esta irracionalidad de la Voluntad en el nivel de la vida humana tiene principalmente dos consecuencias: 1) el egoísmo impone una continua lucha de unos individuos con otros, conduciendo a un conflicto incesante por cualquier cosa, por nimia y vulgar que sea; 2) el impulso de quererlo todo instantáneamente choca una y otra vez contra la “cruda realidad” y ocasiona a los seres humanos -que continuamente se dan de cabezazos contra un muro- un permanente sufrimiento, un padecimiento continuo, una ausencia de sosiego, un constante sentimiento de malestar, una insatisfacción profunda.

¿Cuál es la “solución”, si hubiera alguna, ante este panorama pintado con unos tintes tan radicalmente “pesimistas”? Subraya Schopenhauer que no hay una solución completa y definitiva. Solo apaños y componendas. El remedio es frágil, precario, inestable, parcial (pues el impulso de la Voluntad es férreo, insistente, implacable). ¿Qué nos libera provisionalmente del dolor de la vida o del drama de la existencia? Nada menos que el “ascetismo” (una forma de recogimiento, de renuncia al mundo); pero este es el tema del apartado siguiente.



El horizonte de la liberación

Define Schopenhauer la filosofía como un “conocimiento” sistemático de la esencia del mundo. Este peculiar y especial conocimiento se apoya en la intuición de la propia vida y sus experiencias y se desarrolla a partir de la explicitación de lo intuido en conceptos y argumentos. En su propuesta filosófica distingue, como hemos visto ya, dos niveles: el nivel superficial de la Representación (la ciencia y las leyes causales del mundo fenoménico) y el nivel profundo de la Voluntad (la raíz última de todo, su fundamento “suprasensible”, su fondo oscuro, el reverso tenebroso de la luz de la representación).

Pero además de poner de relieve la esencia del mundo la filosofía está destinada a indicar cuál es -si es que la encuentra- la vía propia de la “liberación” (eso que engañosamente, en tanto la sitúan en “otro mundo”, muchas religiones llaman “salvación”). ¿Qué libera a la vida mundana de sus profundos y pesados males? El ascetismo. ¿En qué consiste el ascetismo? En “negar la voluntad”, en suspender -aunque solo se de modo provisional y parcial- su impulso o su empuje. El titánico esfuerzo se concentra, por lo tanto, en “dejar de querer algo” y así, en despegarse paulatinamente de lo mundano. La filosofía señala que este ascetismo de la vida se realiza o se concreta según dos vías: la vía moral y la vía estética (o artística).

El ascetismo, en la esfera práctica, en el terreno moral, negando la fuerza de la Voluntad, consigue aplacar los impulsos egoístas y permite que emerjan tímidamente el amor al prójimo, la compasión, la piedad, la simpatía. El ascetismo se concreta aquí, por lo tanto, en una moral altruista que abre un precario sitio a la solidaridad frenando provisionalmente los instintos egoístas de los individuos que solo miran por su propio interés y la satisfacción exclusiva de sus apetitos.
La otra vía de liberación del sufrimiento de la vida mundana, el otro cauce del ascetismo en tanto negación del supremo poder de la Voluntad, está en la contemplación estética: en el territorio del arte. ¿Por qué? Porque el contacto con las obras de arte solo es posible cuando es “desinteresado”: cuando se suspenden los propósitos y afanes propios de la vida cotidiana. La obra de arte, cuando está lograda, nos transporta, sin salirse sin embargo del mundo fenoménico (pues el arte se plasma en la piedra, en el lienzo, en el sonido, en el escenario de un teatro, etc.), “a otro mundo” (un mundo “esencial y eterno” captado -intuido- por el genio del artista y plasmado en obras de arte). El arte, sostiene Schopenhauer, aplaca o calma la “fiera” que somos habitualmente en tanto estamos poseídos por la Voluntad. De todas las distintas artes Schopenhauer defiende la primacía, como arte supremo, a la música; la pintura o la escultura, afirma, alcanzan la belleza, pero solo la música consigue exponer lo sublime (lo absoluto e infinito está, así, en una sinfonía de Beethoven o en una ópera de Wagner).

En conclusión, Schopenhauer desarrolló una propuesta filosófica que tiene su centro de gravedad en una Metafísica de la Voluntad de corte pesimista e irracionalista; una filosofía que localiza como única vía de escape y liberación el logro de una vida ascética que da paso a una moral altruista y que se consuela especialmente con el arte musical.

miércoles, 30 de julio de 2025

TEMA 14: LA SEGUNDA EDAD DEL HIERRO EN LA EUROPA TEMPLADA

La Cultura de la Tène. Concepto y cronología

El marco geográfico y cronológico
 
La Segunda Edad del Hierro en la Europa Templada es conocida como Cultura de la Tène. Hoy en día sabemos que la Cultura de La Tène surgió en una franja territorial muy amplia, distribuida por Francia oriental, Alemania meridional, Austria, República checa, Eslovaquia y Hungría. En el transcurso del siglo V aC la Cultura lateniense se propagó por regiones limítrofes (buena parte de Francia hasta los Pirineos, Países Bajos y Alpes italianos).

 
La Cultura de la Tène discurrió a lo largo de cuatrocientos años, desde la primera mitad del siglo V aC hasta la mitad del siglo I aC. Los últimos momentos de la Edad del Hierro se sitúan en torno al 52 aC (fecha convencional que representa la definitiva conquista romana de Las Galias tras la célebre campaña de Julio César y la toma del conocido oppidum galo de Alesia. Generalmente los historiadores han pretendido dividir la cultura lateniense en diversas etapas, tres o cuatro en función de distintos aspectos según los autores, desde los que fijan estas etapas a partir de la evolución tipológica de los principales objetos metálicos (espadas, puñales y fíbulas), hasta los que se basan en los tipos de enterramientos y en los objetos hallados en las necrópolis.

Hoy día la periodización más utilizada es la diseñada por John Collis, que registra tres
períodos sucesivos:
  • La Tène A o período clásico (500-400aC).
  • La Tène B o período de expansión (400-150aC).
  • La Tène C o período de los oppida (150-50aC).
Generalmente también se aceptan dos grandes períodos para esta cultura. El primer período entre los años 500-250aC, calificado como período de "Reflujo de la Marea". Fue un período de crisis aguda, un largo episodio de recesión económica en relación con la caída de los principados del Hallstat y cuya consecuencia más notable fue la vuelta a los modos autárquicos de producción. El segundo período entre los años 250-50aC, representó un "Renacimiento económico", un nuevo impulso del comercio mediterráneo estimulado por griegos e itálicos, incorporando nuevas bases de producción e intercambio que tuvieron su mejor expresión en los famosos oppida.

 
 La Cuestión Celta
 
Durante mucho tiempo, los prehistoriadores asociaron la Cultura de la Tène con los pueblos llamados celtas, conocidos a través de textos clásicos escritos por varios literatos y cronistas grecolatinos, como Tito Livio, Heródoto o Plinio el Viejo. La palabra celta tiene su origen en el vocablo griego "keltoi", usado para calificar a todos aquellos pueblos "bárbaros" situados al margen de la cultura helénica, más allá de los limites de la "civilización" que asociaban a su propia cultura helénica. Era una manera de designar la barbarie o lo extranjero. Para el caso concreto de los celtas centroeuropeos, la narración básica consiste en una crónica militar, la que escribió Julio César a mediados del siglo I aC y que se conoce como "La Guerra de Las Galias"

En el ámbito académico hay dos posturas respecto a los pueblos celtas. De una parte los partidarios de reconocer la existencia de pueblos celtas y de considerarlos la imagen de las comunidades centroeuropeas de la Segunda Edad del Hierro. La teoría sostiene que los celtas representaron una civilización vigorosa, un pueblo dotado de una identidad cultural común, incluyendo la pertenencia a una misma comunidad lingüística. Algunos autores propusieron varias regiones en el continente, cada una con sus propios rasgos pero unidas por una causa común: 
  1.  la Céltica Continental (Galia, Italia del Norte, España septentrional, Bohemia, Transilvania, Rusia septentrional, Alemania meridional, Austria y Hungría); 
  2. la Céltica Insular (Inglaterra, Escocia e Irlanda); 
  3.  la Céltica Germánica (Alemania del Norte, Dinamarca y Suecia).
La otra propuesta está representada por los partidarios de considerar los pueblos celtas simplemente una construcción cultural artificial creada a lo largo de los siglos de la historia europea por literatos e historiadores. Para estos autores nunca existió en la Segunda Edad del Hierro un pueblo celta común, ni comunidades celtas partícipes de un mismo destino como cultura, civilización o lengua. Esos supuestos celtas no fueron más que un caleidoscopio dispar de culturas, comunidades y etnias, imposibles de unificar bajo un mismo concepto.

Evolución histórica cultura Lateniense
  • La Tène A. Periodo de las jefaturas principescas (475-400 aC)
Los orígenes de la cultura se sitúan en la primera mitad del siglo V aC en dos zonas; la primera fue la región francesa de la Champaña, y la segunda la región alemana de Hünsruk Eifel en el curso medio del Rhin. Durante los tiempos de la Primera Edad del Hierro ambas regiones habían sido territorios ocupados por la Cultura Hallstat, las futuras tierras latenienses conformaban una sociedad de agricultores y ganaderos, regida por jefaturas de poca importancia y viviendo de un modo bastante autárquico.
 
Pero la situación de los poblados cambió radicalmente hacia el 450aC debido a varios factores. En primer lugar se produjo un crecimiento notable de la población regional que originó los primeros problemas serios de presión demográfica. En segundo lugar se produjo un incremento notabilísimo de la producción de hierro. Y en tercer lugar se registró un crecimiento del comercio interregional, impulsado por los mercaderes orientales.

Tras la caída de los principados hallstáticos, poco a poco los poblados latenienses sustituyeron a los desaparecidos principados del Hallstat, ocuparon su lugar y desencadenaron un nuevo período. Los arqueólogos han podido rastrear en las tumbas el  comienzo de los cambios; en contraste con las tumbas igualitarias de tiempos pasados, en los primeros enterramientos latenienses se aprecian rasgos del incremento de la desigualdad social, reconocible en el enriquecimiento de los ajuares de las minorías dirigentes.

  • La Tène B. Periodo de las migraciones (400-275 aC)
Hacia el año 400 aC los productos latenienses ya inundaban un amplio territorio de la Europa Templada, desde Calais en Francia hasta los montes de Transilvania en Rumanía, y desde el Po hasta las llanuras de Polonia.
 
Los relatos de Livio o Plinio el Viejo retratan los años 400-300aC con migraciones masivas de pueblos celtas por buena parte del continente. Estas crónicas coinciden al mostrar un panorama de enormes turbulencias y desórdenes generalizados. La presión celta resultó tan abrumadora que en el año 386aC sus huestes llegaron a las puertas de Roma y no dudaron en reducirla a escombros. El poder celta llegó a tal punto que en el año 335 aC ciertas tribus pactaron con Alejandro Magno a orillas del Danubio. Varios pueblos avanzaron hacia el sur para saquear el santuario de Apolo en el 279aC, mientras que algunas tribus atravesaban el Estrecho del Helesponto, penetraban en Anatolia y daban inicio al reino de Galacia.
 
Plinio el Viejo buscó una explicación y relacionó las migraciones y conquistas militares celtas con un aumento excesivo de la población, una presión demográfica tan exacerbada que provocó una desconocida hasta entonces desestabilización sociopolítica. Las duras condiciones de vida que tenían que afrontar las gentes más modestas hizo que no tuvieran más remedio que emigrar en busca de fortuna y medios de vida más seguros, ya fuera por vía pacífica, ya por vía violenta. Los movimientos actuaban como oleadas sucesivas a modo de reacción en cadena, pues cada migración o conquista desplazaba a los antiguos invasores, que buscaban nuevas tierras cada vez más lejos de sus tierras de origen.
 
Ciertos prehistoriadores rechazan de plano la hipótesis invasionista. En su opinión no hay pruebas arqueológicas convincentes para avalar esa hipótesis sino más bien al contrario.
 
Por ejemplo, los datos arqueológicos del siglo IV aC revelan un mundo rural, muy alejado de lo imaginable para una vida militar: no hay ni grandes poblados ni sólidas fortificaciones, tan sólo núcleos modestos de población a modo de aldeas y granjas. Este patrón de poblamiento cuadra mejor con un modo de vida pacífico.
 
  • La Tène C. Periodo de los oppida ((275-130 aC)
El último período ocupó los siglos II y I aC. Fue a principios de esta etapa cuando comenzaron a experimentarse rápidos cambios de tendencia, sintetizados en los siguientes puntos: la concentración de la población en los núcleos fortificados (oppida); la implantación de formas de gobierno mucho más complejas; el incremento de la conflictividad y de la competencia; y el inicio de un ciclo de crecimiento económico basado en el aumento de la complejidad tecnológica. Este período ha sido calificado como "Renacimiento económico".

Los siglos II y I aC fueron una etapa muy complicada para los celtas a raíz de continuos reveses militares en toda Europa. En el sur toparon con el agresivo ímpetu expansionista de Roma, que ocupó de modo decidido la cuenca del Po (197-196aC) y el litoral mediterráneo francés (125aC). En oriente sufrieron los embates del poderoso reino de la Dacia. Mientras que en el norte sucumbieron frente a una confederación de tribus germánicas oriundas de Jutlandia y litoral del Mar del Norte, liderada por cimbrios y teutones, que acabaron arrasando parte de Alemania, Chequia, Hungría, Países Bajos y Francia (120aC). Cuando los anhelos de Roma se dirigieron hacia las tribus celtas de Las Galias en una campaña dirigida por Julio César, la historia de los pueblos celtas acabó en el 52aC y sus tierras se convirtieron en provincias romanas.



La Cultura de La Tène. Del hábitat a la ideología
  • Poblamiento y hábitat
Durante la mayor parte de la Cultura lateniense predominó un modelo de poblamiento de carácter disperso, a partir de aldeas de una extensión muy reducida, y que formaban modestas granjas habitadas por unas pocas familias y que carecían de defensas, lo que da cuenta de un modelo de convivencia pacífica y de un sistema de baja conflictividad. Las casas eran modestas, de plantas rectangulares, divididas en tres estancias según un tipo de planta tripartita que los arqueólogos consideran prototipo de la casa indoeuropea. Entre las viviendas se han hallado hoyos que se han interpretado como silos para el almacenamiento, aunque algunos pudieron haber sido usados como simples basureros. Esos pequeños núcleos rurales revelan un alto grado de autosuficiencia y descentralización.

Aquel sistema cambió hacia la mitad del siglo II aC. Los pequeños poblados no desaparecieron, pero junto a ellos surgieron nuevos poblados fortificados (oppidum), cuya aparición vincularon (los autores clásicos) a los temores celtas ante la aparición de hordas germánicas de cimbrios y teutones, que obligaron a levantar plazas fortificadas para la defensa del territorio, y que va unido a la implantación de un modelo de centralización política, basado en clases dirigentes que utilizaron los poblados como residencias y a la creación de plazas adecuadas para centralizar un nuevo y potente mercado interregional basado en un mayor tráfico de productos como metal, cuero, grano y esclavos.

Los oppida se construyeron sobre pequeñas colinas y valles, con sólidas empalizadas y murallas, que constituían una línea continua hasta el punto de superar cualquier accidente topográfico, ya fueran vaguadas, ya montículos. Estos rasgos son comunes a los más de cincuenta oppida detectados en el área nuclear lateniense. La extensión media de estos poblados se sitúa en las 90ha, algunos llegaron hasta las 600 e incluso los hay mayores como el de Heidengraben, de 1.500ha. Los oppida más conocidos son los descritos por Julio César en la campaña de las Galias del 50aC, Bibracte y Alesia, de entre 100 y 150ha.

oppida

Los oppida contaban con un poderoso sistema defensivo. Los modelos técnicos para levantar los muros eran dos: la muralla Gálica y la Kelheim. Julio César proporcionó una descripción precisa de la técnica conocida como murus gallicus; se trataba de una muralla levantada a partir de una tablazón de hiladas de postes de madera en vertical y horizontal, los postes verticales estaban clavados firmemente en paramentos de piedra seca, a intervalos regulares. Para aumentar la solidez aún más se procuraba recubrir la superficie exterior de la muralla con un terraplén de cuatro metros de altura y otros cuatro de grosos, a base de un rellene de piedras, gravas y tierra apelmazada. El muro era precedido por un foso ancho y profundo, así como por campos de largas piedras hincadas sobre el suelo para frenar a la
caballería enemiga.
 
La áreas habitadas de los oppidum contaban con un núcleo central -tal vez vinculado a las minorías dirigentes-, zonas residenciales y barrios artesanales. En muchos casos existía una distribución jerárquica, como por ejemplo en Bibracte, donde la parte más alta del poblado albergaba el santuario, la meseta situada por debajo acogía las residencias aristocráticas, y las zonas bajas, próximas a la puerta principal, por el barrio de artesanos. En varios oppida tardíos, como Bibracte, la nobleza levantó residencias de grandes dimensiones pero ya por influencia romana.
 
Desde el punto de vista socioeconómico, los oppida fueron agrupaciones de población de crecimiento rápido, levantadas de manera planificada tras un apresurado proceso de concentración y centralización. Los oppida se convirtieron en centros multifuncionales; como centro político, centro de administración económica, centro militar y, posiblemente también como centro religioso.


Enterramientos
 
Durante la mayor parte de la Cultura lateniense se mantuvo la tradición de inhumación en tumbas individuales planas. El paisaje funerario respondía a multitud de cementerios de tamaño muy reducido, muy al uso del mundo rural de pequeños poblados y aldeas agropecuarias. En muchos casos los cadáveres se enterraban sin ningún objeto o a lo sumo con elementos ordinarios muy sencillos. La presencia de amuletos era habitual en las tumbas de mujeres y niños. En resumen, la imagen que desprenden estos enterramientos se corresponde con una sociedad sencilla y humilde, sin preocupación por la acumulación de riqueza.

Las tumbas de los sectores dirigentes eran minoritarias y destacaban por el depósito de objetos más suntuosos, si bien la acumulación de riquezas nunca dio lugar a tumbas principescas. Las sepulturas más espléndidas poseían como mucho unas docenas de objetos: espadas, puñales y de modo ocasional petos, cascos y carros de dos ruedas. En una tumba en Wadalgesheim se hallaron un elaborado collar, un par de brazaletes -todos ellos de oro-, una sítula de bronce y varias piezas de bronce para decorar un carro. Otra tumba de Dürnberg contenía piezas de oro (en particular brazaletes), armamento ofensivo de hierro (una espada y dos puntas de lanza), un casco de bronce, una sítula, una copa, un kylix ático y diversas
piezas de hierro integrantes de un carro de madera.
 
Las necrópolis del período La Tène C pertenecientes a las oppida son mal conocidas.
Algunos prehistoriadores lo interpretan como consecuencia del aumento del ritual de incineración realizado directamente sobre la tierra, sin siquiera recoger las cenizas.


Sociedad
 
La mayoría de la población se componía de agricultores y ganaderos, y se sospecha que se organizaban en unidades familiares autónomas y reducidas, con sus pequeños cultivos y rebaños, practicando una artesanía local para el consumo propio y llevando un modo de vida autárquico. Los artesanos especialistas y comerciantes eran minoría. El mejor ejemplo de estas minorías especializadas se registra en el complejo minero austriaco de Dürnberg. En las tumbas próximas a ese yacimiento no se han reconocido diferencias sensibles, más bien una absoluta igualdad. Sin embargo, la mayor parte de la información sobre esas minorías dirigentes puede rastrearse a partir del mundo funerario, aunque las tumbas de estos cabecillas se caracterizaron por el escaso interés mostrado por enterrarse con bienes de lujo.
 
El interés de los cabecillas residía en aumentar su prestigio no por la acumulación de objetos de lujo sino por la realización de acciones militares dignas de recuerdo en la comunidad. Es un tipo de caudillaje llamado primus inter pares ("el primero entre iguales"). El poder de liderazgo de estos cabecillas residía en el control inmediato de la milicia. En otras palabras, sobre milicianos que servían básicamente a su caudillo. La representación de guerreros a caballo parece apuntar que los caciques se presentaban con la dignidad de un caballero, pues en aquella época los caballos eran artículos de prestigio social y un símbolo principal de poder. Este liderazgo resulta ideal en sociedades expansionistas y presenta una organización sociopolítica de indudable éxito para un mundo de conquista militar y razzias de combate.
 
La distribución igualitaria de la riqueza en las tumbas guerreras apunta hacia que la milicia lateniense no formaba una casta cerrada, sino un grupo abierto que facilitaba una gran movilidad social. De ese modo cualquier joven podía convertirse en un vasallo militar y tomar parte en una carrera guerrera plagada de esperanzas y posibilidades.

Pero este sistema político tenía dos graves contrapartidas: la competencia entre caudillos para alcanzar el poder era una fuente de tensiones continuas, y el uso de la guerra como instrumento para ascender socialmente convirtió los saqueos y pillajes en unas necesidades endémicas para perpetuar el sistema político. El resultado fue un clima de permanente inestabilidad. La expansión hacia el exterior, la ocupación de nuevas tierras y las razzias destinadas al saqueo se convirtieron en medidas necesarias para permitir el ascenso de los jóvenes guerreros. Pero en ningún sistema político se puede mantener de manera permanente este modelo de crecimiento, lo que llevó a implantar el período de los oppida en un momento de máxima tensión e inestabilidad. De esta manera, la Segunda Edad del Hierro representó un universo político muy heterogéneo: junto a pueblos organizados al modo de pequeños estados, otros se mantenían como jefaturas tribales y otros como simples aldeas de granjas.

En la Guerra de Las Galias se describe un interesante modelo de jerarquía en ciertas tribus: una especie de magistrados-reyes ocupaban la cúspide; por debajo figuraba un consejo formado por nobles ancianos; y más abajo aparecía una asamblea popular integrada por varones adultos, libres y con capacidad para tener armas, con una tendencia, en la época de las oppida, a la pérdida relativa de poder de líderes militares y el ascenso de una oligarquía comercial y administrativa.
 
Economía
 
La economía se centraba en la producción agrícola y ganadera. Pero la producción de las modestas granjas latenienses tuvo que afrontar un panorama bastante acuciante a raíz de las necesidades causadas por la presión demográfica. Se adoptaron estrategias para aumentar la producción con la que alimentar a una población en continuo aumento como la incorporación de nuevos aperos de labranza gracias al desarrollo de la metalurgia del hierro, la roturación de tierras antaño baldías y la puesta en marcha de nuevos cultivos más resistentes como el centeno.
 
Los herreros comenzaron a confeccionar hoces, guadañas, cuchillos de poda o azadas.
 
El incremento de la producción agrícola se completó con la mejora de las técnicas de procesamiento de las materias primas, cuya mejor muestra fue la invención del molino giratorio.
 
La cabaña ganadera comprendía principalmente vacuno, seguido de ovino y porcino.
 
En un principio la cabaña ganadera mantuvo un régimen autárquico para el autoabastecimiento familiar, pero la aparición de los oppida supuso un cambio al estimular un incremento de la producción. En el poblado de Manching se han hallado concentraciones masivas de restos de animales que superaban con creces las necesidades del poblado, esto podría apuntar a que Manching operaba como un centro ferial y plaza de mercado regional, donde acudían las gentes del entorno para la compraventa de animales.

  • La cerámica
Aunque el torno de alfarero ya era conocido a finales de Hallstat, durante los primeros tiempos de La Tène, la mayor parte de la producción cerámica aún se hacía a mano. En este marco, la cerámica común se limitaba a producciones sencillas hechas a mano (ánforas de cuello alto con bandas pintadas o incisas, escudillas con pie y urnas).

El torno no tuvo importancia hasta el período de La Tène C (siglo II aC), cuando se realizaron producciones cerámicas masivas en los talleres de los oppida. Aparecieron productos de lujo y artículos cotidianos para cocina y bebida. Estas producciones eran  básicamente locales de modo que cada oppidum producía su propia cerámica, destinada al autoabastecimiento. Los productos de mayor calidad eran llamativas cerámicas pintadas, que necesitaban unas arcillas depuradas completamente blancas. La producción habitual tenía motivos decorativos geométricos pintados a base de bandas de colores rojo y blanco.

  • La minería y metalurgia
Hacia el siglo V aC el hierro se usaba para modelar herramientas corrientes: sobre todo aperos de labranza; pero también fíbulas y broces de cinturón; y de manera ocasional algunas armas como espadas, cascos y escudos. Durante los siglos V-III aC los herreros realizaron modelos de espadas cortas, ideales para la lucha a poca distancia, pero el modo de lucha evolucionó y se manufacturaron espadas pesadas, muy largas pues superaban el metro de longitud, y con filos paralelos. La artesanía del hierro brilló con luz especial en las vainas que protegían las espadas, consistentes en láminas finas de hierro decoradas con grabados y adornos repujados.
 
Las puntas de lanza presentaron muchas adaptaciones, pero entre todas destacaron piezas semejantes al pilum romano, conformadas por un cuerpo corto y una hoja ancha cordiforme. Los yelmos también ofrecieron muchas variaciones, pero cabe destacar dos tipos: los largos de morfología puntiaguda; y los hemiesféricos con peculiares protecciones para el cuello o con láminas metálicas para cubrir las carrilleras.

El bronce quedó relegado como metal para la manufactura de objetos de lujo, sobre todo para vasijas y joyas como fíbulas o brazaletes. El oro se empleó para la producción de adornos, sobre todo torques, brazaletes y piezas singulares.

Los herreros asumieron un rol muy distinto del vigente en la Primera Edad del Hierro para los broncistas: abandonaron la tutela clientelar respecto de los linajes aristocráticos, que habían perdido además el control de la producción, y de este modo pudieron alcanzar un nuevo estatus de importancia, en este sentido casi todas las tumbas de metalúrgicos se hallaban bien surtidas, demostración palpable de la alta valoración social de los profesionales del metal.

La metalurgia del hierro conoció un segundo gran auge en el siglo II aC, en buena medida por el incremento de la demanda de metal a cargo de Roma, y por un aumento del consumo interno en los oppida. La consecuencia del aumento de la producción fue la diversificación del instrumental cotidiano. El resultado fue la gran revolución instrumental.
 

  • El intercambio comercial
Durante las primeras etapas latenienses las redes comerciales se limitaban al mercado estrictamente local. La producción tenía carácter autárquico, si bien existieron algunas rutas regionales relativas al intercambio de materias primas (hierro, sal, bronce, vidrio, grafito, ámbar y oro). Probablemente la red regional más importante giraba en torno a la sal, con el foco central en las minas de Dürnberg.
 
Las redes comerciales no se recuperaron hasta mediados del siglo II aC, cuando tuvo lugar la expansión romana más allá de los límites de la Península itálica. Su reanudación permitió un comercio a larga distancia basado en multitud de productos, aunque con un predominio de las manufacturas metálicas (hachas, broches de cinturón, anillas, yunques de hierro, copas de cobre o bronce... Entre los más demandados por los romanos se hallaba el hierro, las pieles, los cueros y finalmente los esclavos. En contrapartida, los pueblos centroeuropeos obtenían productos de lujo, pero en producciones limitadas. El artículo más demandado era el vino, a través de una red de larga distancia que utilizaba la vía fluvial del Ródano y los pasos transalpinos. La enorme cantidad de ánforas recuperadas en muchos oppida revela la trascendencia del comercio del vino en aquellas tierras.
 
Uno de los fenómenos que caracterizaron el final de este mundo lateniense fue la incorporación de la moneda. En varios oppida de los siglos II-I aC hay pruebas de acuñación.
 
Sin embargo, hay que entender que las piezas latenienses tenían poco valor por lo que, si bien las monedas eran útiles para facilitar la distribución centralizada de bienes básicos y el intercambio entre los oppida, no podían usarse de manera normalizada y habitual.

 
El arte
 
El arte lateniense era una combinación sutil de ancestrales raíces autóctonas y modelos estilísticos de raigambre oriental, hasta el punto de considerarse una de las expresiones artísticas orientalizantes. Combinaron su particular universo iconográfico con unas expresiones estilísticas nuevas: animales fantásticos, reconvertidos en ampulosos y curvilíneos motivos geométricos, alternaban con espirales y entrelazados, que representaban una elaboración intelectual de la propia naturaleza. El arte lateniense se centró en pequeños artículos de prestigio, como joyas, jarros, espejos, piezas de banquete; y en armas como espadas, cascos, arneses de caballo o elementos de carros de tiro. Los trabajos obedecían a
una esfera artesanal y revelan de manera explícita el vínculo de los artesanos con las minorías dirigentes.
 
Los especialistas han dividido el extenso desarrollo del arte de La Tène en una serie de períodos llamados estilos:

A la primera fase (dividida en tres períodos) se conoce como estilo primitivo o temprano. La segunda fase se denomina estilo Waldalgesheim o estilo vegetal. Y la tercera fase se califica como estilo de las espadas.

El arte lateniense decayó drásticamente a partir del año 150 aC pues el desarrollo de los oppida impuso nuevas normas en la artesanía. El trabajo artesanal en estos lugares tenía carácter más "industrial" pues perseguía sobre todo la intensificación de la producción y la elaboración de grandes cantidades de artículos antes que la delicada manufactura de tiempos pasados.

 
Religión e ideología

Se acostumbra a hablar de las ceremonias culturales en escenarios naturales, siguiendo las crónicas romanas no exentas de descripciones imaginativas. Entre los rituales que parecen más seguros se halla la costumbre de ofrendas en las aguas, como avalan hallazgos como un caldero lleno de fíbulas, brazaletes y sortijas, oculto bajo las aguas de una fuente termal cerca de Duchcov, en Bohemia. Se ha interpretado como lugares de culto ciertos lugares de planta circular o rectangular, con cella central rodeada de una galería; así como unos recintos cuadrangulares sobre una elevación de tierra generalmente rodeada de fosos. En uno de estos recintos hallado en Baviera se hallaron numerosos restos humanos interpretados como sacrificios, rituales comunes en la Céltica mediterránea.

La religión en las tierras latenienses parece haber sido de tradición hallstática y regido por un panteón de tradición indoeuropea. En materia de iconografía hay una especia de triada constituida por las divinidades Esus, con una cabeza juvenil rodeada por un torque; Teutates, representado como un jabalí; y Taranis, presentado como rueda estilizada. Más autóctonos son los cultos solares, las cabezas de todo y las inmolaciones de cérvidos.


Europa septentrional
 
Las Islas Británicas
 
La parte meridional de Gran Bretaña permaneció relativamente aislada de los avatares que sucedieron en el continente entre los siglos VI-II aC. Hoy día el registro arqueológico  revela una continuidad cultural respecto a la Primera Edad del Hierro, incluyendo aspectos claves como la cerámica y la plantas de las viviendas, aunque no quiere decir que fueran poblaciones por completo aisladas. De hecho, en el siglo V aC el sur de Inglaterra recibía productos latenienses como armas o fíbulas.

Buena parte de la población insular vivía en un entorno rural agropecuario de poblados y granjas, pero también surgieron grandes poblados amurallados sobre colinas (hillforts) como Danebury, que poseía una muralla relativamente compleja, remodelada varias veces para asegurar su conservación y aumentar su capacidad defensiva. En el interior del poblado se hicieron cabañas de planta rectangular y circular. Las viviendas circulares eran las más habituales, de unos cinco/quince metros de diámetro, tejado cónico y paredes de piedra sin mortero. Las viviendas del poblado de Danebury eran tan similares que los investigadores han pensado que se trataba de una sociedad igualitaria, en la que no cabían diferencias entre sus miembros.

Hillfort

El territorio insular británico padeció un período crítico de aislamiento entre los siglos IV-II aC, un paulatino retroceso de los poblados fortificados en altura, que algunos asocian con un entorno de mayor pacificación territorial y menor conflictividad social.

Pero la situación de las islas cambió radicalmente en la Edad del Hierro tardía, entre los siglos II-I aC. En este período reapareció el sistema de fortificaciones en altura y se reanudó también el contacto con el continente. La introducción del torno de alfarero en los poblados ingleses también se considera una adopción foránea. El asentamiento de Hengistbury Head representó un importante puerto de comercio en pleno litoral meridional de Inglaterra, donde llegaban barcos del continente con productos de lujo como ánforas vinarias y cerámica de barniz negro campaniense. Los británicos exportaron a través de Hengistbury Head materias primas como hierro, cobre y estaño.
 
Las tumbas muestran cierta concentración de riqueza, motivada por un leve aumento de los torques de oro y la presencia de objetos excepcionales de artesanía de claro influjo lateniense. Julio César indicó la existencia de élites dirigentes cuyo destino hacia el 20-15aC provocó el establecimiento de reinos tribales con caudillos de nombre propio, que se denominaron reyes y llegaron a acuñar moneda. Los arqueólogos incluso han pensado en la existencia de confederaciones lideradas por un estado central, del que dependían otros estados secundarios.


Norte de Alemania y Dinamarca: la cultura de Jastrof
 
La Segunda Edad del Hierro en las tierras del Norte de Alemania y Dinamarca mantuvo la larga tradición del período anterior. La población habitaba pequeños poblados, aldeas y granjas. Este modo de convivencia pacífico aseguraba poblados abiertos y la ausencia de necesidades de defensas en los mismos. En estas zonas no se incorporaron novedades  tecnológicas de primer orden como el torno de alfarero, no se recurrió a la utilización de moneda, no llegaron redes de intercambio comercial del sur.

Cultura Jastrof
 
La economía era agropecuaria, con notable importancia del centeno por su capacidad para resistir las bajas temperaturas, y del ganado bovino. Las viviendas de Jutlandia prueban la importancia del ganado en la vida cotidiana, donde parte de la vivienda era residencia y la otra parte cuadras para el ganado. En Dinamarca la distribución de los poblados fue condicionada de manera estricta por la distribución de los mejores suelos. Los enterramientos no se conocen bien, pero en aquellos que se documentan aparece el uso del rito de incineración, con las cenizas en cerámicas toscas y rodeadas de un ajuar pobre.

Este modelo de sociedad no superaba el nivel tribal o de jefaturas poco desarrolladas, lo que contrastaba con las regiones de más al sur. Que mantuvieron contactos ocasionales con esas culturas sureñas como La Tène lo demuestra la aparición del caldero de Gundestrup hallado en Jutlandia y de origen lateniense.
 

Europa oriental: La Cultura Escita
 
Los escitas padecieron una invasión militar hacia el 513 aC del poderoso ejército persa de Darío I. Pero el pueblo escita superó estos contratiempos, hasta el punto de que en los siguientes dos siglos se recuperaron de manera plena y conocieron su época de mayor esplendor político.


El poder de los reyes escitas fue creciendo hasta chocar con otra potencia emergente, la Macedonia de Filipo II, que les infringió una derrota en el 339 aC. Unos cuarenta años después desaparecieron por causas todavía no consensuadas: tal vez una invasión extranjera de los sármatas; quizás una crisis económica; o tal vez circunstancias climáticas.
 
La presencia escita tiene su representación más característica en el yacimiento de Belsk, que se fundó hacia el 610 aC. Se trata de un recinto fortificado que alcanzó los 33km de recorrido. Pero quizás lo más llamativo son las extraordinarias tumbas reales, de las cuales conviene mencionar tres.


 
El kurgán de Tolstaia Mogila de mediados del siglo IV aC. Encaramado en el lugar más elevado de una larga cadena de veinte kurganes, que ocupaba dos kilómetros de largo. Tenía una altura de 9m y un diámetro de unos 60, rodeado por un foso ancho de dos metros y metro y medio de profundidad. Se hallaron ánforas y huesos de varios animales, que testimonian un banquete fúnebre. El túmulo cubría dos sepulturas: la primera un dromos, y una cámara con los despojos de un hombre y su servidor, junto a los cadáveres de dos caballos con sus respectivos arreos y de dos palafreneros, uno de ellos un niño de unos diez o doce años. En la segunda sepultura había los restos de una mujer y un niño, próximos a los cuerpos de dos servidores. El cuerpo de la mujer estaba cubierto por joyas de oro y rodeado de una vajilla de plata, cerámica y vidrio. El cuerpo del niño reposaba en un sarcófago de madera.

El kurgán de Solokha en la orilla izquierda del Dniéper a principios del siglo IV aC. El túmulo alcanzó una altura de 19 metros y tenía un diámetro de 100m, ocultando dos grandes tumbas. La principal con los restos de una mujer y dos caballos. La segunda contenía el cadáver de un individuo masculino, junto al de un portador de armas, un sirviente y cinco caballos.
 
La tercera tumba es la de Koul-Oba, en Crimea oriental, datada en el 400-350 aC. Tenía una planta casi cuadrada y se alzaba unos 5,3m de altura. Daba cobijo a un hombre que reposaba en tarima con una diadema coronada por un sombrero con colgantes de oro, un disco de oro de casi medio kilo en su cuello y pulseras en cada muñeca. Próximo al cuerpo se hallaba un sarcófago con una mujer, cubierta con un vestido de brocado y numerosos objetos de oro como una diadema con colgantes. En la tumba se halló un tercer cadáver, que se ha interpretado como un posible palafrenero.