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martes, 17 de marzo de 2026

NOSTALGIA

Las viejas fotografías recuerdan un pasado cercano que dejó herida y que duele al recordar. Creo que solo las mentes más refinadas, las almas más profundas, pueden comprender que amar es recordar haber amado. Y cuando ya no queda nada más —si es que queda algo— la memoria puede salvar una historia de amor. Con la ayuda de dos fieles compañeras: la confianza y la responsabilidad.

El amarillo lame lentamente las fotografías, dejando su huella. Momentos e instantáneas de recuerdos juntos que pasamos juntos, disfrutando, donde el tiempo no importaba. Los amantes que pasan la vida juntos no pueden expresar con palabras lo que desean el uno del otro. Resulta increíble que, solo por el intercambio de placeres carnales, sientan una pasión tan ardiente por estar juntos. Es evidente, entonces, que el alma de cada uno anhela algo más, algo incapaz de expresar, y por ello lo manifiesta con vagos presentimientos, como si lo adivinara desde una enigmática y oscura profundidad.

No hace mucho, en compañía de un amigo silencioso y un poeta ya famoso a pesar de su juventud, di un paseo por un campo estival en plena floración. El poeta admiraba la belleza de la naturaleza que nos rodeaba, pero la encontraba impasible. Le atormentaba la idea de que toda esa belleza estaba destinada a perecer, que con la llegada del invierno desaparecería: como toda belleza humana, como todo lo bello y noble que los hombres han creado y crearán jamás. Todo lo que de otro modo habría amado y admirado parecía degradado por la transitoriedad a la que estaba destinado.

Eres emocional, frágil, dramática, un resonador para dagas grandes y pequeñas. Lo dijiste con ojos serenos, y no encontré las palabras para responderte. Mi sensibilidad, en el vocabulario de este cúmulo de células cardíacas del universo que te generó, es la sangre que tiembla y adquiere color al fluir como la savia de las hojas, como el río ansioso por regresar a casa, al océano, arrastrando consigo las piedras de la memoria en su largo viaje. La emotividad, la hemoglobina, es sinónimo de vida y de ti, porque yo soy la raíz, pero tú eres la rama, hija mía, y todo el cosmos tiembla conmigo si la vida no te acaricia con la misma mano con la que yo te acaricio. Porque es cierto cuando dices que todos somos una historia escrita por alguien; no sabes quién te escribió, pero con una de las pocas certezas que tienes, dices que me escribí a mí misma. Y si esa daga metafórica, grande o pequeña, ha atravesado repetidamente mi pecho, en su músculo más débil, te asombra que aún la sienta con tanta fuerza.

Tu risa. Arte innato que brota de tu garganta y da significado a todo. Un alegre melodía que se convierten en canción. No basta con sentir todo fluyendo por la sangre para nutrir el cuerpo, el significado y la lección no son suficientes. Se necesita creación, transformar el dolor en algo nuevo, elevarlo de la experiencia de la carne al misterio del alma. Te sorprendes de verdad, tú que, pedías una fuga de Bach, los girasoles y la oreja de Van Gogh, palabras para construir tus propios cuentos de hadas, la mente de un genio matemático para establecer el poder de la razón, los tentáculos de un pulpo en la oscuridad de la noche para asegurarte la libertad en tus manos, que retorcías y girabas en el vacío, feliz de hacer lo que te placía, y con esas mismas manos agarrabas el rostro de aquellos que hablaban pero no te miraban. Lo sé, lo has olvidado, pero yo no puedo olvidar cada momento que te concierne, y no soy una condena ni una sentencia, o peor aún, una afirmación de algo extraordinario; simplemente has arrancado de tu corazón la legítima expectativa de ser nada más que tú mismo..

Vivíamos en el ático de un edificio del siglo XIX en el centro de la ciudad, un viejo loft que acababa de ser ligeramente reformado, y a través de una ventana alta, la tenue luz de una vieja farola se filtraba en la oscuridad. Todo era muy romántico. A veces sentía su mirada sobre mí y me despertaba de repente, con un ataque de ansiedad. Pero en esos ojos azules, tiernamente miopes, leía tal sentimiento de amor que, sin decir palabra, volvía a dormirme con un breve suspiro y una sonrisa en mis labios entreabiertos. Al amanecer, con la farola apagada, las palomas en el tejado comenzaban a revolotear y piar, y yo, a regañadientes, me disponía a ir a trabajar, mientras  preparaba el desayuno. Trabajaba en casa e iba a su oficina a revisar el papeleo cada dos semanas. Al irme, me acariciabas y me perdía en la niebla de la ciudad, acompañada por el recuerdo de aquella noche en que tus ojos me habían velado. 

Lo dijiste con ojos serenos, y no encontré las palabras para responderte. Mi sensibilidad, en el vocabulario de este cúmulo de células cardíacas del universo que te generó, es la sangre que tiembla y adquiere color al fluir como la savia de las hojas, como el río ansioso por regresar a casa, al océano, arrastrando consigo las piedras de la memoria en su largo viaje. No sabría decir qué es el amor, pero sé que fui amado, y a veces sentía que me invadía una misteriosa sensación, transmitida por las miradas y tu breve, a menudo inconsciente, mensaje de quienes se detenían a mirarme, y en su mirada, la luz que siempre pensamos que acompaña al amor, se encendía brevemente