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domingo, 19 de enero de 2020

LOS MUERTOS DE LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA

Sin la existencia de un registro oficial de víctimas, el primer problema para determinar el número de muertos como consecuencia de la violencia política durante la Transición es, precisamente, el tiempo durante el cual se extendió este periodo. Aunque existe un cierto consenso en situar su comienzo en la muerte de Franco, el 20 de noviembre de 1975, no existe un acuerdo que especifique cuándo concluyó: algunos historiadores consideran que fue un periodo corto que se extendió hasta las primeras elecciones democráticas del 15 de junio de 1977 o la aprobación de la Constitución (el 6 de diciembre de 1978), mientras que otros lo prolongan hasta el intento de golpe de Estado (el 23 de febrero de 1981) o incluso la primera victoria del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), en 1982.

LOS SANFERMINES DE 1978

El 8 de julio de 1978 es un claro ejemplo de la represión de la dictadura que, poco a poco, fue desapareciendo con la llegada de la democracia.

La policía entró en la plaza de toros de Pamplona tras el despliegue de una pancarta a favor de amnistía. Germán Rodríguez murió de un disparo. La plataforma Sanfermines 78 Gogoan! lucha por poner fin a la impunidad cuarenta años después.


Contexto histórico

Los acontecimientos de Gasteiz (3 de marzo de 1976) y de Montejurra (9 de mayo del mismo año), supusieron el fracaso de la versión reformista propugnada por Arias Navarro y Manuel Fraga, y llevaron a una situación de crisis generalizada, en un marco de deterioro progresivo de la situación económica y de ascenso de la movilización popular. Esta situación se solventó con la entrada y colaboración en la operación reformista de partidos como el PSOE y el PCE. Así ante los efectos de la crisis económica se firmó el Pacto de la Moncloa (25 de octubre de 1977), auténtico pacto social que supuso el respiro para los empresarios, mientras que la clase trabajadora tuvo que aguantar todas las consecuencias de la crisis económica y su desmovilización.

Al inicio del año 1978 el Preautonómico Vascongado (régimen anterior al estatuto de autonomía, ideado por el Gobierno de Adolfo Súarez) era un hecho y el debate constitucional acababa de iniciarse en la Cortes surgidas de las elecciones de junio de 1977. El Régimen Preautonómico había traído un Consejo General Vasco dejando a Navarra en la cuneta. El proyecto de constitución que se aprobaría a finales de ese año, contenía una autonomía basada en la salvaguarda de la sacrosanta “unidad de España”, en la negación del derecho de autodeterminación del pueblo vasco, y en la negación de la territorialidad de Euskal Herria. Por un lado se trabajaba en la mesa política haciendo que partidos como el PNV, PSOE y PCE aceptasen los antidemocráticos límites que imponía la derecha, y por otro la represión era una constante en Navarra durante todo el año 1978.

El primero de mayo estuvo plagado de incidentes, con intervenciones brutales de la policía. Las actuaciones de bandas de incontrolados y fascistas era otra de las notas características de aquellas fechas. El día 9 de mayo muere un Guardia Civil en atentado en Pamplona, al día siguiente después del funeral, una manifestación de extrema derecha ocasiona agresiones y enfrentamientos en el casco antiguo de Pamplona. Los ultras intentan asaltar la sede de LKI y disparan a través de la puerta sin conseguir entrar. La policía completa la intervención deteniendo a todas las personas que se encontraban en el local. Como consecuencia de los enfrentamientos, un subteniente de la Guardia Civil es herido y una semana después moriría.

Tras la muerte del subteniente que iba de paisano en el mes de mayo, se produjeron detenciones que afectaban a miembros de las peñas de Pamplona.

San Fermines

El día 3 de julio, ocho personas se encerraron en el Ayuntamiento exigiendo la libertad de las personas detenidas por los mencionados acontecimientos. Comenzaron las fiestas de San Fermín, y el chupinazo se lanzó desde el primer piso de la Casa Consistorial, dado que el segundo, desde donde tradicionalmente se lanza, se encontraba ocupado por familiares y amigos de los detenidos. El día 7 de julio, tres peñas salieron al final de la corrida de toros, con sus pancartas plegadas y entonando el Eusko Gudariak. Así se llegó al fatídico 8 de julio.

Hasta el final de la corrida no ocurrió nada, pero una vez finalizado el festejo taurino, unas cincuenta personas bajaron al ruedo y desplegaron una pancarta donde se leía: “Amnistía total. Presoak kalera. San Fermín sin presos”. Al mismo tiempo que las puertas de la plaza se abrían para dar entrada a los pequeños de las peñas que no pueden entrar durante la corrida, irrumpieron con ellos 40 miembros de la policía armada, con el comisario jefe al frente, cargando y disparando pelotas de goma y botes de humo contra los tendidos y el ruedo de la plaza. La agresión policial fue respondida mediante botellas y almohadillas.

A partir de ese instante la policía hizo uso de sus armas de fuego, causando siete heridos por bala, que van desde uno en la parte más alta de la plaza hasta otro en el mismo ruedo. La policía fue obligada a retirarse del recinto taurino, pero vuelve a entrar con refuerzos causando más de treinta heridos. Una vez que la policía se retiró de la plaza y fue posible su abandono, la rabia popular se desató en la ciudad y las barricadas se sucedieron, incluso sitiando al mismo Gobierno Civil. La policía, con refuerzos llegados de Logroño, recibió orden de despejar la ciudad disparando sin que “os importe matar” (según consta en la cintas grabadas de la frecuencia de la policía).

Y así lo hicieron, disparando de forma indiscriminada, llegándose a contabilizarse más de 5.000 pelotas de goma, más de 1000 botes de humo, más de 1000 botes lacrimógenos, más de 100 proyectiles de 9 milímetros “parabellum” y más de 50 proyectiles de 9 milímetros “corto”. Hacía las 10 horas 20 minutos de la noche, en la confluencia entre las Avenidas de Carlos III y Roncesvalles, un grupo de policías que se encontraban en la cercana calla Paulino Caballero, disparó ráfagas de sus ametralladoras Z-70, alcanzando con un disparo en la frente a Germán Rodríguez que murió prácticamente en el acto, también otra persona fue herida por bala en la axila en el mismo lugar.

Germán Rodríguez


YOLANDA GONZÁLEZ

El 1 de febrero de 1980 la bestia parda del fascismo clavaba sus garras en la joven vasca de 19 años Yolanda González, militante del PST y líder estudiantil. Yolanda fue secuestrada, torturada y asesinada de dos tiros a bocajarro en un descampado en nuestro barrio, Alcorcón.

Sus asesinos de Fuerza Nueva: Emilio Hellín Moro e Ignacio Abad Velázquez, que contaron con la colaboración de varios sujetos más (José Ricardo Prieto, Félix Pérez Ajero, Juan Carlos Rodas Crespo y David Martínez). Juan Carlos Rodas Crespo, agente de la Policía Nacional (anteriormente Policía Armada), participó en la vigilancia del exterior de la vivienda de Aluche junto a otros cómplices, mientras Emilio Hellín Moro e Ignacio Abad Velázquez subían para secuestrarla.
La policía interrogó a su compañero sentimental y a su compañera de piso, (ambos militantes del PST sobre su pertenencia a ETA).

Sus asesinos se justificaron diciendo que era la respuesta del Batallón Vasco Español al asesinato de 6 guardias civiles. Sin embargo, el PST no solamente no formaba parte de ETA sino que renegaba de sus métodos.



ARTURO RUÍZ

El día 23 de enero se cumplen 43 años del asesinato de  Arturo Ruiz por un disparo por la espalda realizado por un sicario de los Guerrilleros de Cristo Rey, grupo de ultraderecha parapolicial. Tenía 19 años y era estudiante. Sucedió en la calle de la Estrella, en 1977, cuando participaba en una manifestación que pedía la amnistía de los presos políticos.

Una llamada telefónica al diario Informaciones reivindicó el asesinato a la organización Triple A, Alianza Apostólica Antifascista de reciente aparición entre las organizaciones terroristas de extrema derecha de España.

Las investigaciones policiales se iniciaron tomando declaración a las personas que se encontraban en el lugar y presenciaron los incidentes, una de las cuales facilitó a los agentes la matricula del coche utilizado por los agresores para la fuga. Este dato permitió conocer que entre ellos se encontraba el ciudadano argentino Jorge Cesarsky Goldenstein, nacido el 8 de julio de 1927, natural de Buenos Aires quien desde hacia unos diez años vivía en España y cuya presencia en el lugar de los hechos se confirmó con posterioridad, tanto por las declaraciones de los testigos presénciales como por su propia declaración.

Según informó en su día la Policía, la muerte de Ruiz ocurrió la mañana del 23 de enero, cuando la victima en unión de otros compañeros se encontraba en una manifestación que transcurría por la calle Estrella de Madrid. A la altura de la confluencia con la calle Silva, un grupo de individuos de ideología fascista amenazaron a los jóvenes y durante la confrontación falleció de un disparo Arturo Ruiz efectuado por los ultraderechistas.

Según pudo determinar la Policía, el autor material era José Ignacio Fernández, nacido en Madrid el 13 de diciembre de 1947 y sin profesión conocida, militante en grupos de extrema derecha.


Arturo Ruíz


Un día después, y en una manifestación de rechazo por su asesinato , un bote de humo lanzado por la policía antidisturbios acabó con la vida de Mari Luz Nájera, una estudiante de 20 años.

Ni olvido ni perdón!

ENRIQUE RUANO

Enrique Ruano fue detenido el 17 de enero de 1969. Era un joven de 21 años, estudiante de Quinto de Derecho, de familia acomodada. Lo detienen horas después de tener una reunión en las cercanías de Plaza de Castilla, donde se estaba discutiendo la creación de un Partido Comunista Revolucionario (PCR) de corte marxista-leninista dentro del FLP.

El 20 de enero se cumplen 50 años de su muerte tras caer desde un séptimo piso de un edificio del barrio de Salamanca  mientras estaba custodiado por tres policías de la Brigada Político Social de Franco.

Enrique, según versión oficial “se había suicidado. Que, en un descuido, había conseguido zafarse de los tres agentes armados que previamente le habían torturado; que había recorrido el diminuto piso de la calle del General Mola, hoy Príncipe de Vergara, en el que buscaban pruebas incriminatorias, sin que ninguno lograra contenerle; y que se había arrojado por la ventana” (EL PAIS, Reportaje 17 enero 2009).

El Gobierno no escatimó en tretas para borrar el rastro que incriminaba a los autores. Primero negó la autopsia a un médico de confianza de los padres del joven. Después lo enterraron de forma semiclandestina -explica la Real Academia de Historia-, avisando a los familiares del sepelio con media hora de antelación.
Enrique Ruano

lunes, 22 de mayo de 2017

LA FUGA DE SAN CRISTÓBAL

El 22 de mayo de 1938 es el aniversario de la fuga del Fuerte de San Cristóbal. En la historia mundial de las evasiones es una de las más destacadas, tanto por el número de fugados como por sus consecuencias.

En 1938 había 2487 personas detenidas, en su mayoría dirigentes políticos y sindicales y militantes revolucionarios y republicanos. Estos sufrían de maltratos y vejaciones como palizas, hambre extrema y piojos, habiendo constancia de la muerte por esas condiciones de 305 presos, contabilizadas del 1 de enero de 1937 al 6 de julio de 1945, fecha del cierre como penal, como se ha relatado con anterioridad.

Fuerte de San Cristóbal

La Fuga

La fuga fue preparada por unos treinta presos que utilizaron la lengua esperanto para poder comunicarse sin ser entendidos por los demás. La operación se inició a la hora de la cena, momento en que había más dispersión de los guardianes. En distintos grupos fueron desarmando a varios de ellos y tras coger su armamento, se dirigieron a donde estaba cenando la compañía de soldados de guardia. Un soldado que opuso resistencia y murió como consecuencia de un golpe con una barra. Posteriormente se rindieron los soldados de las garitas. En una media hora el fuerte fue tomado por los reclusos, que luego salieron de las instalaciones de la prisión.

Un total de 795 presos se fugaron aprovechando la oscuridad de la noche, corrieron desorientados y trataron de esconderse en el monte antes del amanecer para recorrer a pie la distancia de unos 60 kilómetros hasta la frontera francesa.

Desgraciadamente, hubo dos hechos que truncaron su huida: el primero fue que un soldado en su día libre que regresaba de Iruñea se percató de lo que ocurría y dio la voz de alarma, y en segundo lugar también alertó de la fuga un preso falangista llamado Ángel Alcázar de Velasco, encerrado por su apoyo en abril de 1937 en Salamanca a la facción hedillista de la Falange derrotada en su unificación con los carlistas. De esta manera, rápidamente refuerzos militares, pero sobre todo falangistas y guardias civiles de la capital navarra acuden a reprimir la fuga de presos, que podría haber sido mayor de no ser porque muchos desistieron fugarse al ver rápidamente las luces de los vehículos militares que estaban a punto de llegar a las inmediaciones de la prisión. Según el preso Ernesto Carratalá, que en año 2007 cuando se le entrevistó tenía 89 años, afirmaba que cada uno tiró por su lado; y algunos, que incluso pensaron que se había terminado la guerra, fueron directos a la estación de tren de Pamplona y trataron inocentemente de comprar un billete con los vales de la prisión.


La persecución

Las fuerzas represoras iniciaron inmediatamente una persecución y una macabra caza de huidos, que vagaban en desbandada por el monte, muchos de ellos descalzos, desnutridos y con escasos fusiles para defenderse. Entre esa misma madrugada y los tres días siguientes fueron detenidos un total de 585 fugados, abatiendo en el mismo monte a 206 reclusos que no tenían capacidad alguna de resistir. Solamente tres reclusos alcanzaron su objetivo de cruzar la frontera francesa y sentir que ponían fin a su persecución. El último de los fugados vivió escondido en los montes navarros hasta el 14 de agosto de ese mismo año, no logrando encontrar ninguna partida guerrillera o apoyo que le ayudase a lograr su objetivo.

De los 795 fugados, fueron detenidos 585, pasando sólo tres de ellos la frontera francesa. Se identificaron 187 cadáveres, a los que hay que añadir 20 muertos más sin identificar. Esto da, según la contabilidad del fuerte, cuatro más, que pudieran ser huidos de la represión en la retaguardia encontrados tras las pesquisas desarrolladas para capturar a los fugados del fuerte. Aunque la mayor parte pereció en Ezcabarte, que es la cara norte del monte, en Oláibar y en Baztán, la mayoría está registrada en Ansoáin en la falda sur del monte. 

Una inmensa mayoría de los asesinados fueron abatidos en las cercanías del municipio de Ezcabarte, también en la parte norte del monte, en las localidades de Oláibar y en Baztán, y otros tantos en Ansoáin, en la falda sur del monte. Por lo tanto, el Fuerte de San Cristóbal, así como todo el área a su alrededor es un espacio de la memoria histórica antifascista que debemos conocer y proteger. De aquellos huidos que capturaron los militares, un total de diecisiete fueron sometidos a un juicio bajo la acusación de haber liderado la fuga. Un preso fue internado en un manicomio de Iruñea, descrito en el juicio militar como ‘psicópata inadaptado a la sociedad civil’, y catorce fueron condenados a muerte, siendo fusilados el 8 de septiembre de 1938 en los muros de la ciudadela pamplonesa:  Gerardo Aguado Gómez, Teodoro Aguado Gómez, Bautista Álvarez Blanco, Calixto Carbonero Nieto, Antonio Casas Mateo, Daniel Elorza Ormaetxea, Antonio Escudero Alconero, Ricardo Fernández Cabal, Francisco Herrero Casado, Francisco Hervas Salome, Primitivo Miguel Frechilla, Miguel Nieto Gallego, Rafael Pérez García y Baltasar Rabanillo Rodríguez.


La historia del Fuerte

Esta edificación fue construida sobre una antigua ermita rural y un obsoleto castillo navarro en el siglo XIX, concretamente se inició en 1878 nada más acabar la última Guerra Carlista (1872-1876), y como línea de defensa militar preventiva a lo largo de los Pirineos frente a otros posibles alzamientos carlistas. Sin embargo, la edificación del fuerte se prolongó hasta 1919, y para su construcción se dinamitó parte del monte con la finalidad de construir la fortaleza militar en tres niveles distintos excavados en el interior de la montaña. Largos fosos, imponentes murallas, garitas, celdas y galerías subterráneas ocupan varias miles de hectáreas, convertidas actualmente en ruinas que ocultan a su alrededor una inmensa tumba de presos asesinados en aquél lugar

El Fuerte de Alfonso XII o de San Cristóbal se construyó para defender Pamplona, pero la aparición de la aviación de guerra hizo que esta instalación quedara obsoleta. Tras el movimiento revolucionario de 1934, el Estado habilitó el Fuerte de San Cristóbal como espacio de encarcelamiento hasta la amnistía de 1936. Con el golpe militar de julio de 1936 el Fuerte se volvió a utilizar como penal. La violencia desatada por los sublevados provocó miles de asesinatos, detenciones, depuraciones, incautaciones de bienes y otras vulneraciones de derechos humanos. Cientos de navarros fueron encarcelados en él como detenidos gubernativos, sin haber sido sometidos a procedimiento judicial. El Fuerte se llenó con miles de prisioneros de toda España, especialmente castellanos y gallegos, sobre todo tras la caída de los territorios del frente Norte en manos de los sublevados.

Fuerte de San Cristóbal

Desde sus comienzos tuvo una incesante denuncia por la falta de higiene y salubridad, tratando de que fuese cerrada, sobre todo a raíz de la muerte de un militante de CNT en septiembre de 1935. Esto provocó un motín en el fuerte protagonizado por los cerca de 750 presos entonces, y protestas en la ciudad de Iruñea que finalizaron con una huelga. El gobierno republicano comenzó a trasladar en el mes de noviembre a varias decenas de presos a otras cárceles, y fue vaciada completamente en febrero de 1936 tras la amnistía general decretada a presos políticos tras la victoria del Frente Popular. Sin embargo, ese mismo verano fue nuevamente utilizada como penal tras mantener bajo su control el territorio de Nafarroa las fuerzas militares sublevadas el 18 de julio de 1936. En pocos meses estaban recluidos unos dos mil presos en esta fortaleza, se desconoce el número indeterminado de presos que al comienzo del conflicto bélico fueron fusilados en sus muros o en el camino de descenso a la ciudad de un tiro en la espalda tras haberles dejado en libertad. Además, un total de 305 presidiarios murieron en el periodo de funcionamiento del fuerte como prisión hasta 1945 por desnutrición y enfermedades.

Redes de solidaridad

La represión desatada tras el golpe de 1936 nos ha dejado historias de sufrimiento y dolor de las personas represaliadas y sus familias. Pero en torno a aquellos trágicos acontecimientos hay también hermosas historias de solidaridad y compromiso. Mujeres de diferentes ideologías se organizaron en ayuda de los presos a lavarles las ropas, llevarles paquetes con comida y, sobre todo, para transmitirles afecto y cercanía. Mujeres a las que no conocían, que no eran familiares ni amigas hasta entonces, y que decidieron arriesgar su seguridad para que los prisioneros pudieran mantener la esperanza. Historias desconocidas, de mujeres valientes y solidarias.

El cementerio de las botellas

En la ladera del monte Ezkaba (Navarra), a la sombra del penal franquista de San Cristóbal, los presos asesinados o que morían por enfermedades derivadas de su cautiverio eran enterrados con una botella entre las piernas. Dentro, un simple papel recogía su nombre y las causas de su condena y muerte. A ese pedazo de tierra se le conoce como "El cementerio de las botellas".

Muchos presos de San Cristóbal no sobrevivieron a su encarcelamiento. Un número importante de presos gubernativos, tras ser “puestos en libertad”, eran asesinados por grupos paramilitares, previamente informados, que les esperaban a la salida. Otro grupo significativo de presos murió tras intentar fugarse. El primer intento importante ocurrió en octubre de 1936, tras el que fueron ejecutados 25 presos. Pero la gran fuga del penal de Ezkaba ocurrió el 22 de mayo de 1938, tras la que las autoridades pusieron en marcha una verdadera cacería que finalizó con el asesinato de 220 personas.

Además, cientos de presos murieron a consecuencia de las insalubres condiciones de vida en el penal, por la falta de atención médica y por la escasa alimentación; entre ellos, 46 de los fugados capturados tras el 22 de mayo de 1938. En un primer momento los presos que fallecían eran enterrados en los cementerios de las localidades cercanas. Cuando estos lugares llegaron al límite de su capacidad, las autoridades militares decidieron crear un cementerio en las proximidades del Fuerte: el Cementerio de las Botellas.

El capellán de la prisión de San Cristóbal en Pamplona, José María Pascual, enterró a cada uno de los 131 presos republicanos junto con sus datos personales encerrados en una botella.

Las botellas de Ceregumil o Digestonico protegen el mensaje con lo necesario para identificar al muerto. Nombre, profesión, fecha y causa de muerte y origen. A diferencia de otros represaliados, estos presos fueron enterrados en un féretro de pino, boca arriba e incluso se les añadió una medalla de la Virgen de las Angustias.


cementerio de las botellas en Navarra

La represión en Navarra

El golpe militar de julio de 1936 triunfó rápidamente en Navarra, uno de los lugares clave en que se organizó bajo la dirección del general Mola. Aunque en Navarra no hubo frente de guerra, los sublevados desataron una enorme ola de violencia que aterrorizó a quienes fueron señalados como enemigos: republicanos, socialistas, comunistas, anarquistas y nacionalistas vascos, causando más de 3.000 muertes y desapariciones forzadas. A las miles de personas asesinadas y represaliadas, y a sus familias, se les negó consciente y planificadamente el derecho a un enterramiento digno. Se las enterró en fosas clandestinas, simas y cunetas, sin ningún elemento que las recordara. El largo silencio y el miedo que impuso la dictadura han hecho que la memoria de algunas ubicaciones se haya perdido y sea realmente difícil poderlas localizar.

En Navarra los golpistas implantaron una dinámica implacable, asentada sobre la disyuntiva amigo/enemigo, propia de ejércitos de ocupación. Recuerda Peter Anderson –¿Amigo o enemigo? Ocupación, colaboración y violencia selectiva en la guerra civil española, Granada, Comares, 2017–, que dividir la población ocupada entre amigos o enemigos fue el principal proceso de los golpistas para controlar y dominar a la sociedad, facilitando "el castigo o la recompensa de forma meticulosamente calculada", siendo "necesario contar con información pormenorizada del pasado de gran parte de la población" que "solo pudo ser recabada gracias a la crucial colaboración de miembros de la sociedad". La distinción entre amigo o enemigo se hizo gracias a "una ingente cantidad de información biográfica que sólo pueden proporcionar los vecinos de los sujetos investigados".

Los golpistas diseñaron una "política de la muerte" cuya finalidad era beneficiarse de la circunstancia de la pérdida de vidas en el frente, rentabilizando emociones y sentimientos a que daba lugar. El viaje hasta el pueblo del fallecido, el velatorio con banderas, la presencia de requetés y falangistas en cuerpo de guardia, el transporte a hombros del ataúd a la iglesia por milicianos conformando procesiones con profusión de banderas y símbolos, la homilía laudatoria, los discursos de las autoridades, la foto y la necrológica en la prensa, el agradecimiento a los familiares situados en primera fila, la ceremonia del entierro, todo se utilizaba para reforzar la lealtad del grupo en esos rituales. Completándose con llamamientos para la movilización de voluntarios y para la coacción y el castigo a los desafectos.

La Guerra no habría tenido lugar si la Iglesia se hubiese plantado desde el primer momento. Lo tenía que haber hecho el Cardenal Gomá desde un principio y luego sus subalternos, pero se pusieron de lado de los golpistas contra un gobierno democrático.

Los dirigentes carlistas y falangistas, junto con el poder eclesiástico, crearon el clima social necesario gracias a un discurso permanente que hablaba de muertos por la patria, los nuestros; de funerales colectivos en cuanto había un muerto por el Movimiento Glorioso Nacional; de entrega de medallas a los mutilados que regresaban del frente y elevados a la categoría de héroes; de erección de monolitos, de monumentos, de cruces, de cambio de nombres de calles, de manifestaciones continuas por los motivos más nimios, de actos religiosos, misas y rosarios, de desagravios, de entronizaciones, de procesiones, de colectas y de recolección de cualquier cosa, de adhesiones a los líderes…

No hubo día en que no se celebrara una efeméride religiosa donde no apareciera este discurso, en el que los propios republicanos eran considerados rebeldes al Movimiento Glorioso por no adherirse a su causa y por tanto dignos de ser fusilados.

La única ocupación de los golpistas fue asesinar a quienes ya tenían previamente in mente. No hubo ninguna improvisación. Ya se sabía de antemano a quiénes se iba a asesinar. Tenían, además, todo el tiempo del mundo, pues no había frente de guerra. Se lo tomaron con calma y alevosía

Más que una guerra tradicional, hubo una guerra de exterminio, que, para colmo, se aprovechó de que no hubiese frente. Por eso, más que presentar estas circunstancias bélicas como atenuante de los crímenes perpetrados, habría que tenerlas como circunstancias agravantes. Porque se exterminó al otro en una situación desigual. No se asesinó en defensa propia como sucede en una guerra con dos frentes, sino que se mató por la espalda y a traición, con premeditación, nocturnidad y alevosía. Algo que suelen hacer los criminales y los asesinos. Así asesinaron a 3500 navarros.

Hoy se sabe que se saldó con más de 3.000 muertos. Al término de la guerra, el régimen franquista impuso el silencio sobre estos hechos que adquirieron en la opinión pública la consideración de tabú, mientras los escasos estudios realizados tendieron a minimizar su dimensión. Tras la instauración de la democracia, diversas investigaciones han conseguido reconstruir con detalle el fenómeno represivo gracias al impulso de las asociaciones de familiares de las víctimas. Este proceso culminó con la publicación de la extensa obra Navarra 1936. De la Esperanza al Terror que se fue ampliando a lo largo de los años hasta llegar a su última edición en 2008. Fruto del conocimiento de estos estudios se realizaron diversos homenajes, cuya manifestación más importante tuvo lugar en 2003 con una Declaración oficial del Parlamento de Navarra en favor del reconocimiento y reparación moral de todos los navarros fusilados.

Más de 3.400 víctimas mortales, de las cuales más de 3.000 fueron fusiladas o hechas desaparecer. Nosotros también contabilizamos otro tipo de muertes, aunque no sean por fusilamiento. Hubo prisión para los que sobrevivieron, campos de concentración, batallones disciplinarios, exilio, expulsiones de familias y, sobre todo, hambruna. Tanto en las cárceles de Tudela, Pamplona, Fuerte de san Cristóbal estuvieron presos una centena de socialistas, y en las Comendadoras en Madrid, Nicolás Jiménez, maestro, que en 1939 era Director General de Educación de Madrid, con el gobierno de Azaña.

En el campo de concentración de Mauthasen estuvo preso el maestro Carlos Alonso y en GURS Luis Martínez Joaquit (CNT); Cristóbal Adrián Murugarren (UGT); Casimiro Pérez Nanclares (Izquierda Republicana) y Santiago Velasco Marcilla (UGT).

Hubo multas, requisas, confiscaciones de bienes, casas, comercios, tiendas, estancos, bares, ganado, cosechas, joyas, enseres domésticos, haciéndolos pasar después como donativos voluntarios para la Cruzada. No sorprenderá, por tanto, ver en esas listas como voluntarios donantes a familias de republicanos asesinados. Pretendían librarse de una muerte o prisión segura.

Hubo cortes de pelo a mujeres, haciéndolas desfilar públicamente entre insultos, obligándoles ir a misa con la calva descubierta. Hubo bautizos de niños no bautizados durante la República, casados obligados a contraer matrimonio canónico, obligación de ir a misa y comulgar. Huérfanos hundidos en la miseria y obligados a rezar y cantar el Cara al Sol como condición para recibir el rancho en Auxilio Social. En cuanto, al cuadro representado por viudas y ancianos fue atroz.




Pasa el tiempo y el fuerte sigue ahí resistiendo los golpes y embistes
mientras los viandantes desconocen lo que sucedió e ignoran
la triste historia que guarda la fortaleza que mira al horizonte
ignorada por viajeros y paisanos, historias pasadas nunca olvidadas

Historias sangrientas con un final triste 
donde ya no hay lamentos y lágrimas que lloran
a aquellos que huyendo de su suerte escaparon hacia el monte
buscando la libertad y la dignidad que les fueron arrebatadas

Historias escondidas en el fondo de una botella
que cuentan lo que allí pasó, evitando que caigan en el olvido
historias pasadas, historias violentas que dejan su huella
en la memoria de aquellos que perdieron, del bando vencido

Historias bañadas en sangre que da nueva vida a la tierra
que los acoge recordándonos lo que pasó en la guerra 
semillas que florecen cada 22 de mayo con nuestros recuerdos y nuestra memoria
recordando lo allí acontecido, evitando que se olvide su historia





martes, 5 de mayo de 2015

LAS BRUJAS DE ZUGARRAMURDI

Aprovechando la película de Álex de la Iglesia, este artículo pretende arrojar un poco de luz sobre Zugarramurdi y su verdadera historia.

Zugarramurdi, "el pueblo de las brujas", es una pequeña localidad navarra situada a escasos kilómetros de la frontera con Francia. Pasear por sus calles es un viaje hacia el pasado, una aventura que nos traslada a épocas en la que superstición y la magia reinaban en nuestro país.

Zugarramurdi ha entrado en la historia por los hechos que sucedieron en el territorio de Xareta hace ya 400 años. En sus cuevas tuvieron lugar los supuestos aquelarres que dieron pie a que la memoria de Zugarramurdi quede para siempre unida al proceso de la Inquisición por el que en la Edad Media una treintena de personas naturales de la localidad fueran ajusticiadas o castigadas de manera despiadada. ¿Envidias? ¿Diferencias culturales o políticas? ¿dominio?  Son diversos los argumentos que tratan de esclarecer aquellos hechos. Por un lado, el aislamiento del norte de Navarra favoreció la conservación de teorías de adoración al diablo y de remedios naturales que quizás se confundieron con brujería.

Como resultado de la intervención de los inquisidores fueron encausadas 53 personas de la comarca, que fueron llevadas a Logroño. La mayoría de ellas murieron en las cárceles o en el camino. El 7 de noviembre de 1610 se celebró el Auto de fe y, como resultado del mismo, 21 arrestados fueron acusados de delitos menores, 21 fueron perdonados y 11 condenados a la hoguera (6 en persona y 5 en efigie, junto con sus restos mortales), habiendo sido quemados el domingo 8 de noviembre de 1610.


LOS MITOS DE ZUGARRAMURDI: LA LUCHA POR EL PODER CULTURAL

Zugarramurdi y las localidades colindantes han pasado a la historia por la leyenda negra de sus brujas. Pero en realidad sus brujas eran conocedoras de la Naturaleza, sabedoras de los bienes y males del uso de las plantas, animales y brebajes. Tradiciones que se siguen conservando entre algunos escogidos, y recordando en pleno siglo XXI cuando cada año los lugareños escenifican los cultos que allí se practicaban en la catedral del Diablo.

La inmensa mayoría de los cultos que se practicaban y practican en estas tierras están estrechamente relacionados con las tradiciones de la teogonía vasca. Sus gentes eran y son adoradores del Sol y de las fuerzas de la naturaleza, representada por la diosa Mari. De la misma forma que se daba culto a Aker, encarnado en un macho cabrío, que representaba la virilidad, la caza, etc.

Esto era un problema para la Iglesia Católica ya que el control de la educación y la cultura crean una igualdad de saberes y un pensamiento único, eliminando todo tipo de disidencia intelectual mediante la persecución y la eliminación física.

A través de los mitos, los tópicos, los estereotipos y el miedo la Iglesia empezó a perseguir a todos aquellos que disentían o cuestionaban sus dogmas: Utilizando la Inquisición como brazo ejecutor, creada por el pontificado en 1184 mediante una bula del papa Lucio III, la Iglesia se encargó de perseguir y eliminar todos los rituales paganos realizados en el norte de la Península ibérica bajo acusación de brujería y servidumbre al diablo.

Sin embargo, las brujas no eran personas malas y feas, como las ha descrito la literatura universal, sino mujeres generadoras de un conocimiento específico. En el medievo, cuando predominaba un modelo social masculino, el saber de las brujas fue considerado amenazante, por lo que fue perseguido y destruido junto con ellas en las hogueras.

A las brujas no las quemaron por malas, las quemaron por inteligentes, por rebeldes, por libres. Por querer ser parte de la historia. Por adquirir conocimientos que estaban reservados solo a los hombres. Por practicar abortos. Por no enmarcarse en la “belleza” impuesta por la mirada masculina. Por leer libros, por escribirlos, por enseñar. Por soñar con revoluciones en donde todas las mujeres consiguieran lo que ahora no tienen. Las quemaron por sabias, las quemaron porque se resistieron a ser violadas, porque no aceptaron el chantaje, porque no las pudieron comprar. Les quitaron la vida porque ellas posibilitaban que otras mujeres vivieran, por fin, como querían. Por ayudar a otras mujeres a ser libres. Las quemaron por amenazar al sistema que te convierte en reproductor del sistema. Las exterminaron por amarse entre ellas y por amar a todas. Estas " brujas" eran  parteras, alquimistas, perfumistas, nodrizas o cocineras que tenían conocimiento en campos como la anatomía, la botánica, la sexualidad, el amor o la reproducción, y que prestaban un importante servicio a la comunidad. Conocían mucho de plantas, animales y minerales, y creaban recetas para curar, lo cual fue interpretado por los grupos dominantes del medievo como un poder del Diablo.

La quema de herejes y brujas responde al castigo público al que representa un peligro al poder establecido, que en aquel momento era la iglesia católica. Asesinando y torturando a cualquiera que ofreciera una explicación contraria a la Iglesia, esta se garantizaba que nadie dudaba de su poder. No habría escisiones religiosas, paganismo, etc.


Las élites eclesiásticas, políticas y económicas, que se consolidaban en aquellos tiempos, comenzaron a desarrollar un modelo social muy masculino y consideraban que el saber que las mujeres tenían, especialmente en sexualidad y reproducción, representaba una amenaza. Las brujas comenzaron a almacenar conocimiento muy importante sobre el control de la reproducción y sabían preparar diversos abortivos. Este conocimiento implicaba la posibilidad de ejercer una sexualidad más libre, lo cual ponía en riesgo la hegemonía masculina y, por ello, los hombres expropiaron su conocimiento y las aniquilaron en las hogueras.