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jueves, 27 de febrero de 2025

LOS INCIERTOS AÑOS VEINTE

Los años veinte fueron una década de progreso, y también de reacción. La catastrófica Guerra Mundial —a la que siguió una pandemia con la que la actual crisis del coronavirus posee un notable paralelismo— despertó las ansias de vivir de la gente. En ningún otro momento del siglo XX fue el deseo de cambio tan intenso.

Los desajustes económicos de la guerra y de la paz (1919-1924) 

La guerra tuvo graves efectos sobre la economía. Alemania vio liquidadas todas sus inversiones exteriores; las de Francia e Inglaterra, drásticamente reducidas. Antes de la guerra las inversiones exteriores de los tres eran 3/4 partes de los capitales mundiales exportados, es fácil imaginar la repercusión de las pérdidas en la riqueza de Europa y en la decadencia de sus posiciones mundiales. 

Las enormes repercusiones financieras se deben a que, en vez de financiarse con aumentos impositivos, se hizo con recursos al crédito de los bancos centrales que incrementaron la oferta de dinero considerando como “reservas” los compromisos de pago de los gobiernos. En 1918 la oferta monetaria alemana había aumentado 9 veces; el déficit presupuestario seis y la relación entre billetes de banco y depósitos había caído de casi del 60 al 10%. Los resultados: inflación, depreciación de moneda y abandono de la paridad fija con el oro, antes fundamento de seguridad y fluidez de los intercambios internacionales. Esta situación se agravó por la intensa presión de las deudas intergubernamentales y por la política permisiva de los gobiernos, que sólo a partir de 1920-1921 comenzaron a adoptar medidas restrictivas de ajuste económico y financiero. 

Los efectos de la contienda generaron cambios estructurales profundos, uno de los más importantes fue la ruptura del sistema económico internacional. Antes de 1914, a pesar de las prácticas proteccionistas y monopolísticas, había predominado una economía internacionalizada de libre mercado. Tras la guerra, los desajustes monetarios y el abandono del patrón oro liquidaron el principal instrumento de intercambio internacional. Los controles de los gobiernos sobre precios, producción, asignación de recursos y mano de obra, distorsionaron los mecanismos de mercado. En fin, el comercio internacional, denso y fluido hasta 1914, se vino también abajo; la guerra económica que implicó a las grandes potencias (Alemania, Inglaterra, Francia, Estados Unidos) desarticuló un escenario mercantil que antes de la contienda concentraba una gran parte de los flujos comerciales. El aislamiento de Rusia tras la revolución de 1917 quebró sus relaciones económicas con Occidente, hundiendo la actividad de los puertos bálticos. La fragmentación del imperio austrohúngaro desarticuló también las relaciones económicas de la Europa central. Por último, interrumpió también las relaciones dominantes de Europa occidental con los países de ultramar. 



Europa perdió la hegemonía económica mundial, indiscutible en 1914. Los grandes beneficiarios fueron EE.UU. y Japón, que vieron aumentada su capacidad productiva, liquidaron gran parte de las inversiones extranjeras y pudieron expandirse por los mercados de ultramar que habían dejado las potencias europeas. 

La superproducción fue otra consecuencia estructural de la contienda. El exceso de capacidad productiva se vio impulsado por la guerra. Las necesidades bélicas dispararon la producción en sectores de interés estratégico, mientras que la obligada sustitución de importaciones dio lugar a proliferación de industrias nacionales, que, rompiendo la especialización económica internacional, generaron excedentes. Los incrementos de productos primarios de ultramar para abastecer durante la guerra a los mercados europeos arrojaron, con la paz, una superproducción, que hundió los precios mundiales y arruinó al sector agrícola de los países abastecedores. 

A las negativas consecuencias de la guerra se añadieron los efectos económicos de las decisiones de la paz. Las remodelaciones territoriales de Europa central y oriental resultaron onerosas, al crear unidades aduaneras y aumento de fronteras políticas. Estos nuevos Estados hubieron de crear legislaciones civil, comercial y fiscal, líneas de comunicación y monedas. El espacio económico del Imperio austrohúngaro se vino abajo y las políticas nacionalistas de los nuevos Estados añadían un factor de dislocación que entorpecería cualquier posibilidad de recuperar la unidad económica anterior a 1914. 

Otro problema generado por la guerra y agravado por la paz fueron los pagos internacionales. La financiación de la contienda por los Aliados había dado lugar a un endeudamiento entre ellos. El principal y único acreedor neto era EE.UU., al que seguían Inglaterra y Francia. Por otra parte, la decisión de los vencedores de responsabilizar a Alemania de la guerra la obligaba a pagar las reparaciones por los daños infligidos a los Aliados y también las indemnizaciones por los gastos de guerra que había provocado. Una Comisión de Reparaciones estableció la desmesurada cifra de 33.000 millones dólares, contando que había perdido zonas estratégicas económicas. 

Aunque EE.UU. rechazaba la vinculación entre reparaciones y deudas interaliadas, ésta era una realidad. Los pagos internacionales, por tanto, la economía mundial, se vieron comprometidos por las reparaciones. No sólo Alemania era incapaz de asumirlas, sino que la presión que ejercían sobre su economía desató una espiral inflacionista que puso la viabilidad económica de la nación al borde del colapso. 

La economía de la paz se inició bajo inflación, herencia de la contienda, acentuada por las políticas permisivas de los primeros tiempos de posguerra. Los grandes déficits generados por la reconstrucción, gastos sociales y, en el caso alemán, la presión de las reparaciones, llevaron a los gobiernos a tolerar gasto inflacionista. Pero el proceso inflacionario obedeció también al aumento de la demanda sobre stocks insuficientes. Hasta finales de 1920 la inflación representó un factor coyuntural de importante reactivación económica, pero desde otoño el impulso se detuvo, y en 1921 hubo caída brusca de producción, exportaciones y precios. La crisis, breve pero profunda, se generalizó, salvándose de momento los países de Europa central, cuyas depreciadas monedas constituían estímulo temporal a las exportaciones. 

Se acometieron políticas de ajuste para combatir la inflación, estabilizar la moneda y relanzar la economía sobre bases sólidas. A mediados de la década la mayor parte de economías se encontraban en condiciones de entrar en una fase de espectacular crecimiento. 

Crisis de posguerra y primeras quiebras del sistema 

El santuario soviético de la revolución mundial 

Los primeros años de posguerra asistieron a una crisis social que puso en riesgo la estabilidad del sistema liberal. Las clases trabajadoras tenían la sensación de haber entregado sus vidas al poder, aliado del capitalismo. Las clases medias empobrecidas, miraban con hostil envidia al opulento capital y con temor a las protestas revolucionarias del movimiento obrero. Todos salieron desengañados y sometidos a duros sacrificios económicos. La revolución del proletariado o la rebeldía nacionalista de las clases medias atacaban la esencia del sistema liberal. 

La revolución social no era una utopía, puesto que desde 1917 la Rusia bolchevique constituía ejemplo de revolución proletaria. La dictadura comunista establecida a finales de ese año desencadenó la intervención de las potencias de la Entente, con el objetivo de destruir el régimen y crear un segundo frente contra los alemanes, que en marzo de 1918 habían firmado una ventajosa paz con los soviéticos. Estas intervenciones resultaron un fracaso, de modo que los occidentales apoyaron a los “rusos blancos”. Desunión de ejércitos contrarrevolucionarios, falta de apoyo social, tensión revolucionaria de la dirección bolchevique y su capacidad organizativa, fueron razones de la victoria bolchevique. 
Esa victoria había logrado instalar el poder revolucionario, pero el coste territorial, humano y económico fueron formidables. Rusia había perdido casi 800.000 km2 y unos 30 millones de habitantes. Guerra, brutalidades de los contendientes, requisas forzosas, indisciplina e incompetencia de los soviets de obreros que dirigían las industrias, generaron un panorama de miseria y desabastecimiento. En 1921 habían muerto de hambre 5 millones de personas. 

Esas condiciones tornaban inviable un proyecto político o nacional. Era necesaria la paz y medidas de estímulo económicas. Surgió la “Nueva Política Económica” (NEP), impulsada por Lenin en el X Congreso del partido (marzo de 1921). La NEP, que reintegraba la propiedad privada y a la economía de mercado gran parte de la economía agraria e industrial, mientras conservaba un poderoso sector público, era una medida de realismo y coyuntural, para resucitar la economía del país; un retroceso para tornar viable el horizonte de la revolución social. Mientras, los bolcheviques fueron avanzando en la institucionalización revolucionaria del Estado, estableciendo en diciembre de 1922 una federación de repúblicas (la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) y adoptando, en febrero de 1924, una constitución controlada por Lenin. 

La NEP y la construcción institucional del Estado, forzados por la guerra civil y el aislamiento internacional, nunca ocultaron el carácter revolucionario del sistema soviético, ni sus efectos expansivos. La crisis social de posguerra convirtió la revolución soviética en un catalizador de las tensiones que anegaron casi todos los países europeos. 

Revolución social y contrarrevolución nacionalista fueron actores de un conflicto donde se dirimía la suerte del sistema liberal, edificado en el XIX y victorioso antes de 1914. En los años siguientes a la paz, la amenaza revolucionaria puso en grave riesgo el sistema en Alemania y generó las primeras quiebras en Italia y en España. 


 Alemania en el precipicio 

El vacío político creado por la derrota y la abdicación del Káiser, el 9 de noviembre de 1918, llevó a los socialistas al poder, bajo la dirección de Ebert. La extrema izquierda de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, con el ejemplo bolchevique e impulsada por la crisis de la derrota, desencadenó entre el 6 y el 11 de enero de 1919 un sangriento movimiento revolucionario en Berlín (revolución “espartaquista”), sofocado por el gobernador socialista Noske, con apoyo de los oficiales del ejército, y donde murieron Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Otro tanto ocurrió con la revolución en Baviera, aplastada el 1 de mayo. 
Revolución espartaquista

El 19 de enero fue elegida una Asamblea nacional que, reunida el 6 de febrero en Weimar, designó a Ebert como Presidente del Reich. Éste confió la dirección del Gobierno (cancillería) al socialista Sheidemann, acompañado por Noske como ministro del ejército y por el católico Erzbeger en Asuntos Exteriores. El 11 de agosto de 1919 la Asamblea aprobó una nueva constitución, de carácter federal e intensamente democrática. 

La nueva democracia estuvo hasta finales de 1923 pendiente de un hilo. A la idea de que Alemania no había sido derrotada, sino traicionada por los políticos, se sumaban las imposiciones del Tratado de Versalles. El empobrecimiento de trabajadores y clases medias contrastaba con la riqueza de quienes se aprovechaban de la depreciación del marco para especular en mercados monetarios o bursátiles o adquirir industrias y empresas con préstamos que, cuando se pagaban, estaban a precio de ganga. 

La República de Weimar, gobernada por católicos y socialdemócratas vivió los primeros años de paz amenazada por la izquierda revolucionaria y, sobre todo, por la extrema derecha nacionalista, que explotaba el peligro de revolución social y el sentimiento de humillación por el castigo económico y recorte de la soberanía del tratado de Versalles. 

Para sostenerse en este equilibrio inestable, el régimen tendió a transigir con uno u otro extremo cuando alguno intentaba hacerse con el poder. Las revoluciones espartaquista y bávara habían sido derrotadas con apoyo de unidades francas del antiguo ejército que encuadraban a sectores de extrema derecha. En 1920 el intento de un golpe de Estado en Berlín, dirigido por el Dr. Kapp y apoyado por la “brigada báltica”, sólo pudo ser desarticulado por la huelga general de los sindicatos, el ejército se había negado a disparar sobre las unidades revoltosas. En cambio, el propio ejército reprimió sin contemplaciones las agitaciones obreras de Sajonia y del Rhur. El radicalismo nacionalista de la extrema derecha ensangrentó también la vida política con los asesinatos de Matthias Erzbeger, en agosto de 1921, y de Walter Reathenau, en junio de 1922. 

Putsch de Kapp

Esa corriente de nacionalismo radical alimentó la refundación por el excombatiente austriaco Adolfo Hitler de un partido que iría ganando activismo y visibilidad. Hitler y el “Partido Nacional-Socialista Alemán de los Trabajadores” con un mensaje de nacionalismo radical, racista, social y antisemita, encontraba suelo fértil en el malestar económico, temores sociales y frustraciones patrióticas de las clases medias, al tiempo que sugería un estratégico aprovechamiento por los grupos conservadores del capitalismo industrial y financiero y por los círculos militares temerosos de la revolución comunista. El partido nazi reclutó parte de sus cuadros en algunos medios intelectuales radicalizados y sin proyección social —como Alfred Rosenberg o Joseph Goebbels— o entre oficiales del ejército desmovilizados como el mayor Roehm, Rudolf Hess o Hermann Goering. Fue ganando con rapidez la calle, desplegando una propaganda de combate, prodigando emblemas, uniformes y desfiles y organizando una milicia armada (las S.A.), verdadera tropa de asalto que aseguraba mediante la violencia el eficaz avance del partido “nazi”.



Sólidamente implantado en Baviera, el 8 y 9 de noviembre de 1923 el partido de Hitler intentó un golpe de Estado. A pesar de contar con el emblemático apoyo del general Ludendorff, el “putsch” no prosperó. La población se retrajo y la policía disparó contra los manifestantes. Hitler fue condenado a 5 años, donde escribió Mein Kampf. En los meses siguientes la terrible crisis de las reparaciones encontró solución, mientras regresaba la prosperidad. La Alemania democrática de Weimar se había salvado. El nacionalismo radical y el propio partido de Hitler entraron en reflujo. 

Hitler


El triunfo fascista en Italia 

En la Europa del Sur triunfó la contrarrevolución nacionalista, sobre todo en Italia, donde se instaló una dictadura “fascista” que en los años siguientes inspiraría el avance de otras formas autoritarias, como en España, Portugal o en muchos de los Estados surgidos en el este europeo. 

La posguerra vino acompañada de frustración nacionalista por el fracaso de las perspectivas de expansión territorial por el Adriático, crisis económica y financiera y de una agitación social que se tradujo en huelgas, ocupación de fábricas y de tierras. El 20-21 de julio de 1919 se había declarado huelga general y el primer trimestre de 1920 hubo casi 1/2 millón de trabajadores en huelga. Los gobiernos constitucionales eran incapaces de acometer reformas, mientras que clases medias y grandes intereses agrarios e industriales se mostraban favorables a un poder fuerte. 

El radicalismo de la extrema derecha hizo aparición desde el final de la guerra, con milicias nacionalistas violentas ("fascios di combatimento"), creadas en Milán, en marzo de 1919, por Benito Mussolini, que había pasado del socialismo antibelicista a un nacionalismo intervencionista. Mussolini propugnaba una dictadura de Estado que acabase con el desorden social, restaurase la grandeza de la nación e impulsase transformaciones económicas y sociales. Exaltaba violencia, militarismo, guerra y atacaba a la revolución comunista y al decadente parlamentarismo de las democracias y el pacifismo de la Sociedad de Naciones. Sus grupos fascistas se expandieron y desencadenaron fuertes “acciones punitivas”. En noviembre de 1921 el fascismo se organizó en partido político con amplio arraigo en todo el norte del país. Aunque su representación parlamentaria era exigua, la división de la izquierda, la tardía aparición de los católicos y el descrédito de los constitucionales, daban al partido de Mussolini un ascendiente social y moral, de regeneración nacionalista muy superior al que podía deducirse de unos resultados electorales, siempre bajo sospecha. 

Consciente de su fuerza agitadora y del descrédito de las instituciones, en verano de 1922 el Consejo Nacional Fascista reclamó la disolución del Parlamento. El 20 de octubre organizó una “marcha sobre Roma” desde el norte que, para evitar una guerra civil, llevó a Víctor Manuel III a encargar gobierno a Mussolini. Desmoralizados, los prohombres y las fuerzas políticas se rindieron con facilidad. La dictadura fue imponiéndose de forma progresiva. Bajo amenaza de disolución, el Parlamento dio mayoritario voto de confianza a Mussolini con plenos poderes. La prensa comenzó a ser amordazada, la administración depurada y militantes de extrema izquierda perseguidos. Tras una reforma electoral que favorecía a la lista mayoritaria, en enero de 1924 el Parlamento fue disuelto. Las nuevas elecciones dieron aplastante mayoría a los fascistas. El 10 de junio de 1924 el opositor socialista Matteotti fue asesinado. A principios de enero de 1925 anunció el modelo totalitario. La oposición, reprimida o exiliada, dejó de existir, mientras que las reformas constitucionales de diciembre de 1925 y enero de 1926 concentraron el poder en el presidente del Gobierno, que sólo respondía ante el Rey y adquiría facultades legislativas. La legislación de septiembre de 1928 convertía en una farsa el sistema representativo. La nación se confundía con el Estado y éste con el Partido Fascista en manos del “Duce”. Era la expresión de un modelo totalitario que marcaría el ideal de las contrarrevoluciones nacionalistas. La progresividad en su establecimiento, el restablecimiento del orden, el éxito y la modernización económica, dieron un innegable prestigio al régimen de Mussolini, admirado incluso en muchos medios del conservadurismo liberal europeo. 

Mussolinni


Las dictaduras ibéricas 

La crisis del sistema liberal tuvo en España, en septiembre de 1923, desenlace dictatorial, consecuencia del apoyo del monarca al pronunciamiento del general Primo de Rivera. La dictadura obedeció muy indirectamente a las frustraciones internacionales, determinantes en Italia. La incapacidad del régimen constitucional para pacificar el Protectorado marroquí desasosegaba al país, desprestigiaba al régimen y generaba malestar en las fuerzas armadas. 

Fueron relativamente similares a Italia los efectos de la crisis, agitación social y la amenaza subversiva de la extrema izquierda que caracterizaron la posguerra. Igualmente, paralelos eran la incapacidad de sus sistemas representativos oligárquicos para generar reformas democratizadoras exigidas por la presión de la sociedad de masas. 

La dictadura no surgió de ningún partido contrarrevolucionario “moderno” como el fascismo, sino que respondía a la tradición del golpismo militar —en forma de pronunciamiento— como vía protectora de la incapacidad de las fuerzas políticas constitucionales. El régimen pretendió sólo un paréntesis reformista y, cuando la liquidación moral y política de las viejas estructuras imposibilitaron regresar a la normalidad, el dictador se mostró incapaz de articular un modelo institucional alternativo y, falto de apoyos, optó por abandonar el poder en enero de 1930. 

Alfonso XIII y Miguel Primo de Rivera


El resultado fue la satisfactoria solución del problema de Marruecos, el impulso de la prosperidad económica, el desarrollo de una política internacional de prestigio fracasada, pero inteligente en las relaciones peninsulares e hispanoamericanas, y el restablecimiento del orden social, con represión del sindicalismo revolucionario y del exiguo comunismo y de proscripción de los partidos políticos, todo sin que se llegara a la crueldad. La dictadura liquidó la vieja política sin crear una estructura alternativa, provocando a su término un vacío de poder, que en abril de 1931 vendría a llenar una avanzada democracia republicana. 

En Portugal el régimen demoliberal de la I República, implantada en octubre de 1910 por el activismo revolucionario popular de Lisboa ante la pasividad del ejército, conoció una vida atormentada. Los gobernantes se dispusieron a modernizar al viejo Portugal con una política de radicalismo anticlerical. Ese choque de “civilizaciones” generó desde el principio una situación endémica de crisis política y social, con períodos próximos a la guerra civil. 

La tensión por meter al país en la guerra, por razones que combinaban la defensa de la independencia nacional y de la soberanía colonial para apuntalar la República, añadió fuego a la disputa interna. El ejército, nada conforme con la intervención y cada vez más distanciado del régimen, ensayó la dictadura, primero, entre enero y mayo de 1915, de forma vacilante, y, por segunda vez, de forma más contundente, entre diciembre de 1917 y diciembre de 1918, acabando esta por desembocar en una breve guerra civil (enero-febrero de 1919) concluida con la reposición de la democracia republicana y el regreso de los radicales al poder. 

Sin embargo, el aislamiento social del parlamentarismo republicano no pudo remontar la crisis social, económica y financiera de posguerra, acentuada por el malestar social ante la incomprendida intervención en la guerra, sus consecuencias económicas y la frustración por sus nulos resultados de regeneración internacional. El éxito de Primo de Rivera estimuló las tendencias intervencionistas de las fuerzas armadas, que fueron superando sus divergencias. 



El 28 de mayo de 1926 un movimiento militar puso término al demoliberalismo republicano, estableciendo una dictadura militar. 

La desastrosa gestión de los militares ahondó más la crisis financiera. En abril de 1928 llegó al gobierno, como ministro de Finanzas, Oliveira Salazar, inteligente, pragmático, firme en sus convicciones y determinado en la voluntad de ejercer con autoridad el poder, restauró la situación financiera y acometió con éxito entre 1930 y 1933 la instauración de un “Estado Nuevo”, sólidamente constitucionalizado, desde el que ejercería una dictadura personal conservadora, nacionalista, pretendidamente orientada por la razón y limitada por la “moral y el derecho”, lejos del liberalismo, hostil al comunismo y diferenciada de las brutales experiencias totalitarias de otras latitudes. 

Oliveira Salazar


Tiempo de discordia (1919-1924)

Las Paces de París crearon tensiones, destruyendo el equilibrio europeo sin aportar alternativa eficaz. Antes de 1914 el poder mundial se distribuía entre 2 extraeuropeos (EE.UU. y Japón) y 5 europeos (Francia, Alemania, Austria￾Hungría, Rusia y el Reino Unido). Después de 1919 cayó la capacidad de liderazgo de Europa, mientras que EE.UU. y Japón ascendían como potencias mundiales. Más grave fue la desaparición del Imperio austrohúngaro, fragmentado en diversas nacionalidades, y la Rusia zarista, aislada por la revolución y por la naturaleza del régimen. 

Se hundía el orden y los criterios internacionales que lo habían sostenido, pero la paz no conseguía establecerse, porque las heridas de la guerra y la surrealista balcanización del nuevo mapa europeo mantenían vivos a los nacionalismos, y porque la alternativa pacifista de la Sociedad de Naciones resultó una quimera. 

Europa seguía con el problema de los nacionalismos insatisfechos. Alemania alimentaba un revanchismo que nunca desaparecería. Italia, frustrada en sus aspiraciones, derivó hacia una dictadura nacionalista. Francia vivió con temor al restablecimiento del poder alemán, que intentaba aniquilar. Los países anglosajones, deseosos de normalizar la situación europea, se separaban de Francia con una política más tolerante hacia Alemania. 

El Pacto de la Sociedad de Naciones se había incorporado a todos los tratados de paz. Sus primeros miembros fueron los Aliados más 13 neutros, entre ellos España. Instalada en Ginebra, nació lastrada: no estuvieron los países derrotados, ni la URSS, que hasta mediados de década vivió marginada, ni EE.UU., impulsores principales de la idea: el 19 de marzo de 1920 el Tratado de Versalles y con él el Pacto de la Sociedad de Naciones fueron rechazados por el Senado norteamericano. La Sociedad de Naciones nacía huérfana de la que era ya la gran potencia mundial. 

Sociedad de Naciones


La eficacia de la organización se veía entorpecida por la exigencia de unanimidad en las decisiones del Consejo y la carencia de mecanismo de autoridad impositiva. En realidad, las potencias de la Sociedad de Naciones continuaban con la diplomacia clásica de acuerdos bilaterales o multilaterales. Francia, sin su tradicional alianza con Rusia, buscó alianzas en la retaguardia alemana para contrarrestar el peligro alemán, animando la formación de la Pequeña Entente (Checoslovaquia, Yugoslavia y Rumanía), suscribiendo alianzas con ésta y con Polonia. Mientras, en 1922 Alemania y la URSS firmaban el tratado de Rapallo (16/04/1922) por el que renunciaban a sus mutuas deudas de guerra. Alemania era la primera potencia europea en reconocer al régimen soviético, logrando en contrapartida mediante acuerdos secretos, utilizar el territorio ruso para experimentar con armamento. 

Entretanto, en la Conferencia de Washington entre noviembre de 1921 y febrero de 1922, EE.UU. conseguía fijar su hegemonía naval, frenar el poder japonés emergente e imponer sus intereses en el Extremo Oriente. En el tratado de las cinco potencias sobre desarme, se estableció una jerarquía que situaba a EEUU y GB a la cabeza, en situación paritaria, seguidas de Japón, Francia e Italia. El Tratado de “los Cuatro” (EEUU, Japón, Francia y GB) sobre el Pacífico garantizaba el statu quo en la región, mientras GB renunciaba, presionada por EEUU, la alianza anglo￾japonesa de 1902. Otro tratado sobre China comprometía a garantizar la independencia del país. Finalmente, Japón, expandido durante la guerra, se veía frenado en seco, debiendo abandonar sus intereses en la provincia China de Shantung y evacuar la provincia marítima de Siberia y la zona rusa de la isla de Sajalín. 

Conferencia de Washington

La cuestión alemana tensionó las relaciones en los primeros años de posguerra. El gobierno alemán exigía cambios y retrasaba los pagos. Británicos y norteamericanos eran favorables a moderar el “diktat” de Versalles, los franceses no estaban dispuestos a alterarlo. Entre noviembre de 1921 y enero de 1922 el gobierno francés de Briand se avino a aceptar la propuesta del británico Lloyd George para una solución moderada. En la Conferencia de Cannes (enero 1922), Francia aceptaría una moratoria del pago, obteniendo la garantía inglesa de intervención en caso de una agresión alemana. Pero la oposición de los ministros franceses y del Presidente de la República, Millerand, forzó la dimisión de Briand, sustituido por Raymond Poincaré, dispuesto a imponer el cumplimiento del Tratado de Versalles. 
En verano de 1922 la presión de las reparaciones llevó a Berlín a cesar el pago y reclamar una moratoria. El gobierno francés, con Bélgica, ocupó militarmente la cuenca industrial del Ruhr el 11 de enero de 1923, obligando a la entrega de la producción minera e industrial. Alemania replicó mediante “resistencia pasiva”, ordenando la huelga de trabajadores, lo que provocó incidentes y represalias de los franceses, que los sustituyeron con mineros y soldados propios. Pero la “resistencia pasiva” fracasó. El pago de salarios a los huelguistas disparó la inflación, provocando desestabilización política y social, con acciones revolucionarias de la extrema izquierda y del nacionalismo radical de derechas. El gobierno de coalición del canciller Stresemann, nombrado el 31 de agosto de 1923, decidió poner fin a la resistencia, acometer una reforma monetaria, por el Dr. Schacht, con estabilización del marco y su sustitución por la unidad de una nueva moneda, el rentenmark, respaldada por una hipoteca sobre la industria y la tierra. 
Conferencia de Cannes (enero 1922)

Alemania buscó y encontró el apoyo de las potencias anglosajonas para hallar una solución internacional al pago de sus reparaciones. Francia, vencedora con la intervención en el Ruhr, perdía sin embargo la batalla diplomática. El nuevo Gobierno francés de izquierdas, presidido desde mayo de 1924 por Edouard Herriot, favorable a la conciliación, acabó con la política dura de Poincaré, mientras que la presentación de un plan de recuperación de la economía germánica y de viabilidad de los pagos de Alemania (plan Dawes) lograba efectivamente resolver la cuestión de las reparaciones, liquidar la ocupación del Ruhr y poner paz en las relaciones de París y Berlín. 

Tiempo de esperanza (1924-1929) 

Prosperidad económica 

El Plan Dawes, aceptado en la Conferencia de Londres (julio-agosto de 1924 con franceses, británicos, norteamericanos y alemanes), ponía orden en los pagos internacionales: las reparaciones se escalonaban en varios años, mientras que la economía alemana se dinamizaba con un empréstito internacional cubierto por capitales estadounidenses y otros países. Retomado el pago de las reparaciones, fue posible comenzar la liquidación de las deudas contraídas por los Aliados con EE.UU., que asimismo ampliaron los plazos de su amortización. De esta forma la circulación de flujos de capitales generó confianza y estímulo extraordinariamente la economía internacional, también favorecida por los resultados estabilizadores de las políticas de ajuste generalizadas para combatir la crisis inflacionaria de posguerra. Por otro lado, el saneamiento monetario y la recuperación de las economías permitieron el regreso al patrón oro, como el Reino Unido, que en 1925 reinstaló la paridad de la libra anterior a la contienda, tratando de restablecer el tradicional predominio financiero de la City. 


Sobre esas bases de reconstrucción, estabilización de las monedas, normalización de pagos y circulación internacional de capitales, la expansión económica, auxiliada por la seguridad de la pacificación de las relaciones entre Estados, se generalizó en el segundo lustro. El intenso desarrollo tecnológico y empresarial de la segunda ola industrializadora iniciada a fines de XIX, alcanzó sus cotas más altas, con la expansión de la organización económica capitalista, de las nuevas fuentes energéticas y de la industria de bienes de consumo duradero. La difusión del crédito para inversión y consumo mantenía la fuerza de los mercados. A fines de la década el crecimiento de la producción industrial superaba ampliamente los niveles anteriores a la contienda. 

Felices Años veinte


El crecimiento de Gran Bretaña había sido limitado porque en los 20 su economía reflejaba la pérdida de su hegemonía mundial, acelerada por la guerra. La demanda internacional de sus industrias se desplomó y la adecuación a las nuevas tecnologías resultaba más costosa por el peso de las viejas industrias. 

En Francia fue más satisfactorio. La reconstrucción tras la guerra fue rápida. La ayuda gubernamental cifrada en las reparaciones que debía aportar Alemania y la caída del franco estimuló las exportaciones y permitió el relanzamiento de la economía. Francia se incorporaba a la expansión del mercado de tecnología moderna, destacando el sector del automóvil. La estabilización de la moneda (1926) y el regreso del franco al patrón oro (1928), con paridad moderada y limitación de su convertibilidad, no tuvo el efecto, como en Inglaterra, de detener la expansión económica. 



En Alemania el gran proceso inflacionario situó el arranque de su crecimiento en 1924, después de que la drástica reforma monetaria y el flujo de capitales abierto por el Plan Dawes crearan las condiciones de expansión. La fase inflacionaria también había favorecido la formación de plantas y equipos industriales. Esa expansión se cifró sobre todo en el sector de bienes de capital y en empresas de tecnología avanzada, mientras que la industria de bienes de consumo aumentó a un ritmo muy inferior. Pero la agricultura continuaba deprimida, el paro era alto, las exportaciones apenas sobrepasaban los niveles anteriores de la guerra y, sobre todo, la expansión estaba ligada a los capitales extranjeros, lo que constituía una preocupante vulnerabilidad. 



En Italia, la contienda había desorganizado la economía, pero afectó menos que en otros países. La reconstrucción fue rápida. En 1922 la producción industrial y el producto interior habían superado los niveles de 1913 y la expansión industrial continuó hasta 1926, en gran medida por la facilidad de créditos y la ayuda gubernamental del régimen de Mussolini. Además hubo una favorable coyuntura agrícola. Esta expansión se frenó desde 1926-27 cuando las circunstancias favorables del campo y de la emigración llegaron a término, pero sobre todo por las consecuencias de la estabilización de la lira, en 1927, en niveles sobrevalorados, que hundió las exportaciones, generó una grave deflación interior, estancó la producción industrial y, entre 1926 y 1929, triplicó el número de parados. 


Superada la intensa pero breve crisis de 1921, la economía de los EE.UU. creció imparable hasta final de la década. 

Sin los efectos destructores de la guerra, con grandes recursos naturales, estructura empresarial concentrada y eficiente, tecnología puntera, enorme mercado interior y poderosos recursos de capital, pasó definitivamente a liderar el poder económico mundial. EE.UU. representaba un modelo ideal de organización, eficacia y prosperidad capitalistas, constituyendo un referente mundial del sistema económico de mercado sólo comparable en sus efectos emuladores a su contramodelo soviético, con ascendiente en auge sobre buena parte de las clases trabajadoras europeas. La economía estadounidense se había convertido en motor crediticio de la recuperación de Europa y otros lugares. El boom se concentró de forma especial en el auge de la construcción, el desarrollo de la energía y las industrias nuevas como el automóvil. Aunque existían grandes bolsas de pobreza, los salarios y la renta per cápita eran altos y el paro era del 2%. A través de préstamos, inversiones exteriores e importaciones, la prosperidad americana contagiaba al resto del mundo. 




Japón en la guerra y la posguerra conoció gran despegue, creciendo su producción industrial más que las restantes. 

Su riqueza nacional se duplicó entre 1905 y 1924 y la renta per cápita creció un 33%. Su economía exportaba sobre todo a EEUU, China y la India, seda, algodón y artículos industriales, pero era tributaria de importaciones básicas, como acero, máquinas, petróleo y productos alimenticios. El intenso crecimiento de población, la dependencia de importaciones y de mercados de exportación para sus productos, amenazados por las políticas proteccionistas, eran factores de precariedad, que a su vez estaban en el origen de tendencias políticas autoritarias y expansionistas. 



La URSS, tras la guerra civil, conoció desde 1921 con la NEP y desde 1928, con la economía planificada, un avance económico extraordinario. El Estado revolucionario saneó las cuentas públicas, con presupuestos equilibrados desde 1923, y ese año liquidó la inflación creando una nueva moneda. En 1928 la superficie cultivada y sus productos habían recuperado los niveles de 1913. En el sector industrial fueron menos positivos. En 1928, la recuperación económica, las limitaciones de la vía de la NEP, los riesgos que ésta implicaba para el proyecto revolucionario socialista y el viraje político de Stalin abrieron una etapa en la economía que pasó a manos del Estado. La agricultura se colectivizó, industrias y comercio se nacionalizaron; la actividad económica quedó planificada. Siguiendo la estrategia revolucionaria del bolchevismo y en gran medida la propia tradición de la política económica zarista fue ese un modelo de revolución desde arriba, que no tenía en cuenta ni el mercado ni el bienestar de la población, financiado con las plusvalías del trabajo nacional y los excedentes del comercio exterior para importación de utillaje. 


Los objetivos se centraron en el desarrollo de las fuentes energéticas y de la industria de bienes de equipo. El precio humano fue muy alto, los salarios se redujeron, lo que sirvió para financiar las inversiones estatales. 

Concordia internacional 

La recuperación económica, la normalización de los pagos y el relanzamiento de la economía internacional crearon un clima favorable a la mejora de las relaciones entre los Estados y a un impulso de la fe en la Sociedad de Naciones. En esa línea de distensión y pacifismo fue fundamental la reconciliación franco-alemana, guiada por las diplomacias de sus ministros de Exteriores, Arístides Briand y Gutav Stresemann. En ambas se mezclaban dosis de idealismo pacifista con un sentido de la realidad, apostando por el entendimiento y la seguridad colectiva. 

En 1924 la tentativa franco-británica (Protocolo de Ginebra) para reforzar los poderes de la Sociedad de Naciones, no prosperó, pero en octubre de 1925, la Confederación de Locarno, impulsada por los británicos, dio un paso decisivo en la pacificación. En el principal de sus acuerdos (pacto renano) Alemania reconocía la situación de sus fronteras occidentales, con Francia y Bélgica, renunciando a Alsacia, Lorena, Eupen y Malmedy, y aceptaba no enviar tropas a la zona desmilitarizada. Británicos e italianos salían garantes del acuerdo. En cambio, Alemania mantuvo abiertas en sus fronteras orientales sus pretensiones revisionistas y Francia hubo de firmar tratados de garantía con Checoslovaquia y Polonia. De Locarno salió el triunfo de la diplomacia, del espíritu de reconciliación y el reconocimiento parcial por la diplomacia de Berlín del Tratado de Versalles; ingresando Alemania en la Sociedad de Naciones en septiembre de 1926. 

La inercia pacifista tuvo en agosto de 1928 su elocuente, aunque simbólica, plasmación en el pacto de expresa renuncia a la guerra y de búsqueda de procedimientos dialogados para la solución de conflictos suscrito entre Francia y EE.UU. La mayoría de Estados europeos se sumaron al acuerdo. 
Lo suscribió la Alemania de Stresemann, que en contrapartida presionó para adelantar la evacuación de las tropas aliadas de ocupación en Renania. Los franceses se avinieron a condición de un plan definitivo sobre el pago de reparaciones. El 31 de agosto de 1929 en la Conferencia de la Haya se aprobó el Plan Young por el que se reducía el montante y escalonaba aún más el pago, vinculando una parte a la decisión de Washington sobre el cobro de deudas aliadas, de modo que cesarían en la medida en que éstas vinieran a condonarse. Por su parte los aliados aceptaban evacuar anticipadamente los territorios renanos ocupados. 

Ese espíritu de optimismo pacifista estaba lejos de tener arraigos sólidos. El revisionismo, latente en Alemania, permanecía amenazante; en la Italia de Mussolini se concretaba en una desestabilizadora política de influencia sobre la Europa danubiana y la costa adriática; el triunfo estalinista reactivaba las desconfianzas occidentales. Sobre todo, la prosperidad económica, fundamento de la mejora de relaciones internacionales, era frágil. El movimiento alcista de finales de los 20 ocultaba debilidades: sectores en crisis permanente, excedentes graves en el sector agrícola y carencia de presión significativa sobre los recursos reales; el sistema monetario internacional resultaba provisional porque, a la falta de patrón oro estable y del papel exclusivo que había tenido la libra antes de 1914, los capitales tendían a moverse con facilidad, generando inestabilidad en unas economías internacionalizadas. En suma, con un nivel de internacionalización por encima de la solidez de los mecanismos económicos internacionales requeridos y en contradicción con las prácticas nacionalistas, cualquier crisis podía generar un desplome generalizado. 


Las grandes democracias 

La guerra y la paz habían tenido efectos contradictorios sobre el sistema liberal que habían afectado al prestigio y al desarrollo político del modelo. Más tarde, las frustraciones de la expectativa de la paz, la desorganización económica y la presión social de posguerra habían ido generando experiencias autoritarias: Italia (1922), España (1923), Polonia y Portugal (1926), Yugoslavia (1929), países bálticos. A fines de década la democracia se conservaba en Europa Occidental (Francia, Reino Unido, Países Bajos, Bélgica y Suiza), Estados escandinavos y Checoslovaquia. Fuera de Europa, los EE.UU. eran el genuino y gran bastión de la democracia liberal. 

Por más que hubiera progresado el autoritarismo, la democracia era el régimen de los grandes Estados y éstos seguían dominando con su influencia, cultura, economías hegemónicas, ascendiente político, imperios coloniales y poderío militar. Aunque en 1919 habían triunfado las ideas dialogantes e igualitarias entre naciones, las negociaciones importantes seguían siendo a puerta cerrada y dictadas por las razones de Estado. En 1929, antes de la crisis, las democracias occidentales continuaban marcando la dirección de la historia. 

El Reino Unido o el final controlado de la hegemonía mundial 

En 1916 los liberales constituyen con los conservadores un gobierno de unidad nacional para enfrentarse a los problemas de la guerra, con Lloyd George. En las elecciones de diciembre de 1918, impuestas por el final de la contienda y por vez primera con sufragio universal, triunfó por mayoría la coalición, bajo Lloyd George, liberal￾conservadora. Inglaterra vivió de forma aguda los problemas económicos y las tensiones sociales de la posguerra. Tras una intensa explosión de la actividad económica, acompañada de inflación, entre primavera de 1920 y el verano de 1921 la producción se estancó y los precios se dispararon, en marzo de 1921 los parados superaban los 2,5 millones. El movimiento obrero y la poderosa organización sindical que lo representaba (Trade Union Congress), se proyectaron con intensidad, próximos al partido laboristas y alejados de los partidos comunistas, anecdóticos en GB. Los objetivos de la lucha obrera se orientaban a aumentos salariales que contrarrestaran los efectos de la inflación, y a obtener coberturas de paro. A pesar de no poner en entredicho la legitimidad del sistema, la reivindicación fue más intensa que en otros Estados, afectando sobre todo a los trabajadores de ferrocarriles y minería. El gobierno reaccionó con contundencia, pero también aprobó medidas como la construcción de viviendas sociales o el subsidio de paro. 
Forzado por la mayoría conservadora de la cámara, en octubre de 1922 terminaba el gobierno de coalición. Al frente del gabinete se puso el líder conservador Bonar Law, que disolvió el Parlamento y convocó elecciones, donde los conservadores alcanzaron mayoría absoluta. Enfermo, fue reemplazado en mayo de 1923 por Baldwin que, enfrentado a la persistente crisis económica y social, postuló medidas proteccionistas que rompían con el librecambismo inglés. En las elecciones generales de diciembre de 1923, los conservadores perdieron la mayoría absoluta. La suma de laboristas y liberales dieron el gobierno al laborista Ramsay MacDonald, en enero de 1924. 

Ramsay MacDonald

Pacifista, trató de reconciliar a Francia y Alemania, reconoció a la URSS e impulsó, junto con el francés Herriot, el fracasado Protocolo de Ginebra. Introdujo reformas sociales, sobre todo en vivienda. Pero su gobierno duró poco, obligado a convocar elecciones en octubre de 1924 por acusaciones de favoritismo. El resultado fue una aplastante victoria de los conservadores de Baldwin. El partido liberal se hundía, sustituido por el laborismo como alternativa. 

El gobierno conservador de Baldwin se prolongó hasta final de década con un programa de regreso a la normalidad y una pretendida gobernación sensata y eficaz. De él formaron parte dos personalidades de peso: Austen Chamberlain, en el Foreign Office, y Winston Churchill, que hasta entonces había militado en las filas liberales como ministro de Finanzas. Pero la crisis de la hegemonía económica inglesa y la paridad de la libra a 1914, perjudicaron el comercio de exportación y encogieron la actividad. Ante la política deflacionaria que impulsaba el gobierno, los mineros decidieron pasar a la confrontación en julio de 1925. El desafío obrero fracasó porque los líderes de las Trade Unions, dominadas por los moderados, decidieron detener el conflicto y porque el gobierno había actuado con firmeza. Los salarios en las minas se redujeron y en 1927 el derecho de huelga quedaba limitado. En contrapartida se ampliaron derechos sociales y políticos, mejoraron las pensiones y los subsidios de desempleo y rebajaron a 21 años el derecho electoral de las mujeres. En el plano exterior, las tendencias derechistas del gabinete se dejaron sentir en la ruptura de relaciones diplomáticas con la URSS en 1927. 
Baldwin
Independencia de Irlanda

Desde el 1 de enero de 1801, la República de Irlanda formó parte del Reino Unido. Sin embargo, en 1912 consiguió una autonomía limitada gracias a un tratado entre su parlamento y el de Westminster (Londres). Esto mantuvo complacidos a los nacionalistas irlandeses, que pedían un acuerdo de este naturaleza desde finales del siglo XIX. En 1916, nacionalistas en desacuerdo con la participación del Reino Unido en la Primera Guerra Mundial proclamaron la República de Irlanda, pero esto no era oficial. En 1918, las elecciones generales dieron como absoluto ganador a Sinn Fein, quien proclamó otra vez la República de Irlanda, legitimado por del voto popular.


La autonomía de Irlanda (“Home Rule”), aprobada en 1914, resultó paralizada por la guerra, lo que impulsó las posiciones del nacionalismo extremista, organizado por el partido Sinn Fein, que en primavera de 1916 desencadenó una revuelta reprimida por el gobierno. Tras el armisticio, las elecciones arrojaron una enorme mayoría de diputados irlandeses del Sinn Fein, mientras que en los condados protestantes del Ulster triunfaban los unionistas. Rehusando incorporarse a la representación de Westminster, los diputados del Sur se constituyeron en parlamento irlandés, proclamaron la independencia de la República de Irlanda el 21 de enero de 1919, comenzando desde entonces una verdadera guerra entre las fuerzas británicas y el Ejército Republicano Irlandés (IRA), organizado por Michael Collins. 

El 24 de abril de 1916 en Irlanda se produjo el Alzamiento de Pascua, que inició la Guerra Independencia de Irlanda, la cual se materializó en 1921. Irlanda, que entonces pertenecía al Reino Unido, aprovechando la I. Guerra Mundial, el Ejército Ciudadano Irlandés comandado por el socialista James Connolly y los Voluntarios Irlandeses, los cuáles eran el grupo armado de la elitista Hermandad República Irlandesa, provocaron una rebelión en contra de la corona británica. El Alzamiento de Pascua no prosperó,  pero Connolly y sus hombre lograron elevar a primer plano la cuestión independentista de Irlanda.
Michael Collins

Se impuso el pragmatismo negociador de Lloyd George y de los nacionalistas moderados de Michael Collins. 

Irlanda pasó demasiados siglos bajo el yugo imperialista del Reino Unido. Antes de que la “isla verde” conquistara su independencia como nación, auténticos héroes de la clase obrera como James Connolly tuvieron que pagar con su sangre el precio por ser libres y soberanos. En una época donde el nacionalismo tomó fuerza, el revolucionario sindicalista irlandés antepuso el socialismo y la necesidad de la unión de los trabajadores al rancio nacionalismo burgués. James Connolly consciente de que el socialismo era la única vía para alcanzar la verdadera paz entre los trabajadores de todo el mundo instó a los trabajadores irlandeses y a los británicos a no participar en la Gran Guerra imperialista y luchar en su tierra por conquistar el socialismo. Hoy, los irlandeses no olvidan el legado de Connolly y en el año 1996 el escultor Eamonn O'Doherty esculpió una escultura de bronce de James Connolly mirando a lo lejos con una pared curva detrás de él, sosteniendo un arado de bronce y estrellas. En la pared se encuentra inscrito una de sus citas más conocidas: “La causa del trabajo es la causa de Irlanda. La causa de Irlanda es la causa del trabajo”.

James Connolly

Este libro es una de las obras más destacadas del revolucionario socialista irlandés. James Connolly en este libro trazó la idea de que la causa obrera era la misma que la de Irlanda, es decir que el objetivo a alcanzar por Irlanda, que era la independencia del país del Reino Unido, también beneficiaría a la clase obrera. Connolly no era un iluso y era consciente que del "Alzamiento de Pascua" también iban a beneficiarse los burgueses nacionalistas que pensaban independizarse, sin embargo él y su Ejército Ciudadano Irlandés estaba dispuesto a librar la siguiente lucha tras la independencia, la lucha de clases. Recomendamos enormemente el libro de James Connolly para poder entender mejor las ideas del socialista y sindicalista irlandés, el cual abogaba por aunar la lucha de liberación nacional y la lucha de clases. Además, Connolly hace referencia en libro a ciertos referentes del comunismo como Lenin. Como él bien decía: "Luego de que Irlanda sea libre, dice el patriota que no se considera socialista, protegeremos a todas las clases, y de no pagar la renta, serás desalojado igual que ahora. Pero quien te desalojará, bajo el mando del comisario, usará uniforme verde y llevará por emblema una harpa sin la corona, y la orden que te dejará en la calle, será estampada con el emblema de la República de Irlanda.

El 21 de noviembre de 1920 comenzó el “Domingo Sangriento” en el Corke Park de Dublín. Durante la Guerra de Independencia de Irlanda, el recién creado Ejército Republicano Irlandés (IRA) decidió llevar a cabo una guerra de guerrillas contra las fuerzas de seguridad de la corona británica la Royal Irish Constabulary (RIC), los cuales habían sido trasladados por la monarquía británica a Irlanda para parar los intentos de secesión de los revolucionarios irlandeses. Aparte de las fuerzas de seguridad oficiales, los británicos crearon fuerzas paramilitares conocidos como los “Black and Tans” y los “Auxiliary Division”, para poder combatir en todos los aspectos al IRA en suelo irlandés. En cambio, estas fuerzas paramilitares destacaron por su enorme brutalidad y por matar no sólo a miembros del IRA sino a civiles irlandeses y el Domingo Sangriento de 1920 es buena prueba de ello. En aquel fatídico día, los irlandeses en busca de evasión acudieron al partido de fútbol gaélico entre el Dublín y el Tipperary en el campo dublinés de Corke Park. Antes de comenzar el partido, un avión sobrevoló el campo y descendieron varios paramilitares de la Auxiliary Division al terreno de juego. Una vez que los auxiliares descendieron, comenzaron a disparar a los espectadores, hecho que provocó una estampida en las gradas del Corke Park. Los auxiliares asesinaron a 14 civiles e hirieron a más 65 civiles. En cambio, los miembros del IRA a los que los auxiliares buscaban lograron escapar del campo sin recibir un solo disparo. El “Domingo Sangriento” sirvió para visibilizar la praxis que las fuerzas paramilitares británicas estaban llevando a cabo en Irlanda contra sus habitantes.


El 23 de diciembre de 1920 el Government of Ireland Act establecía dos parlamentos, uno para el Sur y otro para el Ulster, dominados tras las elecciones de mayo siguiente por el Sinn Fein y los unionistas respectivamente. Las negociaciones entre el gobierno de Londres y los nacionalistas irlandeses abocaron a la firma del acuerdo del 6 de diciembre de 1921 que establecía en el Sur un “Estado Libre de Irlanda” como dominio de la Corona. El 7 de enero de 1922 el parlamento irlandés aprobaba el acuerdo por mayoría. La oposición del líder radical Eamon De Valera dio lugar a una guerra civil entre irlandeses, pese a lo cual los moderados se impusieron en las generales del 16 de junio. 

Al año siguiente De Valera abandonó la lucha. El 7 de enero de 1922 los irlandeses fundaron el Estado Libre Irlandés. Si bien es cierto que Irlanda no obtuvo su total independencia hasta 1949, la creación del Estado Libre Irlandés supuso el primer paso para la futura república de Irlanda. El Alzamiento de Pascua que iniciaron el Ejército Ciudadano Irlandés comandados por el socialista y sindicalista James Connolly no prosperó y el objetivo de la autodeterminación de la isla fue aplastada por los británicos. No obstante, los esfuerzos del Ejército Ciudadano Irlandés no fueron en vano, ya que lograron elevar a primer plano la cuestión de la independencia de Irlanda. Gracias al Tratado Anglo-irlandés, los irlandeses pudieron conformar el Estado Libre de Irlanda. El recién creado Estado irlandés gozaba de cierta independencia política, pero el país se mantuvo dentro Mancomunidad Británica de Naciones y, en una situación similar a Canadá, Australia o Nueva Zelanda. Además, el Estado lejos de constituirse como una república, ésta reconocía al monarca del Reino Unido Jorge V como su jefe de estado. En cuanto a Irlanda del Norte, se le concedió la oportunidad de formar parte del Estado Libre de Irlanda, sin embargo, los norirlandeses optaron por mantener su estatus dentro del Reino Unido. Ciertamente, el Estado Libre Irlandés no era el objetivo final de los irlandeses y el conflicto irlandés no cesó con la proclamación del Estado. Posteriormente, Irlanda aprobaría su constitución en 1936 y obtuvo su total independencia del Reino Unido en 1949, aunque Irlanda del Norte se ha mantenido dentro del reino hasta nuestros días.

Tras la abdicación de Eduardo VIII en 1936, Irlanda se negó a reconocer al nuevo soberano, y en mayo de 1937 De Valera, en el poder, estableció una constitución republicana que en diciembre reconoció el gobierno de Chamberlain. Aún miembro teórico de la Commonwealth, Irlanda mostraría su distante independencia negándose a participar en la Segunda Guerra Mundial. 


Para la materialización de la unificación y la independencia de Irlanda se conformó el IRA (Irish Republican Army) y su brazo político el Sinn Fein (Nosotros Mismos). Poco a poco, los esfuerzos de los ciudadanos irlandeses fueron dando sus frutos y en 1949 obtuvieron la tan ansiada independencia. En cambio, la independencia no fue total, puesto que Irlanda del Norte ha continuado formando parte del Reino Unido. Desde entonces, los esfuerzos del Sinn Fein han sido redirigidos hacia la unificación de la isla y para ello se realizaron distintas reuniones para tratar de alcanzar la paz. De este modo, en 1998 el Sinn Fein, los nacionalistas del Ulster y los representantes de Dublín se reunieron para alcanzar la paz en Irlanda del Norte. No obstante, tras el atentado que sucedió en Belfast, dónde detonó una bomba cerca de la comisaria de Moira hiriendo a doce personas. Aunque, el atentado no fue reivindicado ni por el IRA ni por el Sinn Fein, las partes implicadas en la mesa de paz acordaron expulsar al Sinn Fein de las reuniones de paz.

Francia o la nueva República vieja 

El último tramo de guerra y las negociaciones de paz estuvieron dirigidos en Francia por Georges Clemenceau, presidente entre noviembre de 1917 y noviembre de 1919. Dirigió al país hacia la victoria, persiguió a los pacifistas y en el Tratado de Versalles impuso criterios de duro castigo contra Alemania. Criticado por la izquierda, por excesivo, y por la derecha, por insuficiente, en octubre de 1919 fue ratificado por la cámara con abrumadora mayoría. 

Las legislativas de noviembre de 1919 para renovar una cámara elegida en 1914, arrojaron una abultada mayoría del “bloque nacional”, una coalición de centroderecha. Clemenceau, derrotado por Dechanel en sus aspiraciones a la Presidencia de la República, abandonó definitivamente la vida política. 
Las cuestiones exteriores, centradas en las relaciones con Alemania y la aplicación del tratado de Versalles, acapararon gran parte de la actividad de gobernantes y la atención de la opinión pública. Entre 1920 y 1924 gobernaron Alexandre Millerand, Aristides Briand y Raymond Poincaré. El gobierno de Millerand fue breve. Entre enero de 1921 y enero de 1922, Briand intentó en colaboración con Lloyd George una política de moderación frente Alemania que le valió la caída. Le sucedió (enero de 1922 a junio de 1924) Poincaré, bajo cuyo gobierno las tropas francesas ocuparon el Ruhr, lo que, paradójicamente, acabaría conduciendo a una solución del problema alemán. 

Bajo los gobiernos del “bloque nacional” la III República, laica y anticlerical anterior al 14, fue moderándose. La guerra, con su impulso al nacionalismo, había cambiado valores públicos. El temor de la revolución animaba la conciliación con el catolicismo. Los gobiernos del “bloque nacional” restablecieron las relaciones con el Vaticano (noviembre 1920). Las tendencias extremistas de la izquierda, influidas por la revolución soviética, ganaron ascendiente en el movimiento obrero. Bajo la presión de la poderosa III Internacional, el socialismo francés se dividió entre un partido comunista revolucionario (SFIC) y el reformista partido socialista (SFIO). 




Las medidas favorables a la Iglesia y las dificultades financieras llevaron al agotamiento de los gobiernos del “bloque”. Frente a él, se constituyó una coalición de centro-izquierda (cartel de izquierdas) con socialistas, radical-socialistas y el ala izquierda del partido radical, que se impuso en las legislativas de 1924. Presionado por la cámara, la dimisión del presidente de la República, Millerand, fue la primera pieza del cartel. Sustituido por Gaston Doumergue, éste entregó el gobierno al radical Herriot. Con fe en la Sociedad de Naciones y partidario del entendimiento con Alemania, intentó sin éxito, junto con el británico McDonald, impulsar las competencias de la institución ginebrina, y dirigió a Francia por el diálogo internacional para resolver las reparaciones. Fracasó en los dos pilares de su proyecto interior: el regreso a la política anticlerical y el saneamiento financiero. Caído Herriot, el gobierno de Painlevé que le sucedió, con Joseph Caillaux en las Finanzas y Briand en Exteriores, vivió de los créditos y en el aumento de la inflación. Una sucesión de crisis ministeriales condujo en julio de 1926 a una nueva llamada a Herriot, que desencadenó la protesta y la huida de capitales, llevando la cotización del franco a su punto más bajo. 

Con el viraje de los radicales hacia la derecha, en julio de 1926 Poincaré constituyó un gobierno de centro-derecha (unión nacional) con objetivo de resolver la situación financiera. Adoptó medidas de reducción de gastos y aumento de impuestos, que arreglaron presupuesto, fuga de capitales y desvalorización del franco. Pudo estabilizar la moneda y retornarla en 1928 al patrón oro, aunque lejos de la paridad de 1914. La coyuntura de prosperidad le dieron una mayoría en las legislativas de 1928, manteniéndose en el poder hasta su renuncia, en julio de 1929, por salud. Tras un quinquenio en que estuvo arrastrándose la crisis de posguerra, la era “Poincaré” fue de normalización, prosperidad, entendimiento con Alemania y esperanza de un orden internacional pacífico bajo la Sociedad de Naciones. 


Los EE.UU. nueva potencia mundial 

La quiebra del tradicional aislacionismo con la participación en la guerra había sido un paréntesis. No era la idea de Woodrow Wilson, su programa progresista de “nueva libertad” (reformas sociales, combate a los monopolios, defensa de los pequeños empresarios…) tenía su correlato externo en una diplomacia abierta, derecho a autodeterminación de los pueblos, democracia, paz y diálogo. Su sueño internacionalista, que vino a concretarse en la Sociedad de Naciones, y que implicaba la participación de EE.UU. en el escenario internacional tras los tratados de paz de París, fue desautorizado por la representación política y la opinión pública de su país. El tratado de Versalles y el pacto de la Sociedad de Naciones, que tenían que ser ratificados por el Senado, fueron rechazados por la cámara en noviembre de 1919 y marzo de 1920. Las elecciones presidenciales de noviembre de 1920 fueron ganadas por el republicano Warren G. Harding, que defendía el regreso al “aislacionismo”.

Entre 1921 y 933 el país estuvo en manos del partido republicano, sucediéndose Warren Harding, Calvin Coolidge y Herbert Hoover. Después de la grave crisis de superproducción de 1920-21, la era republicana presidió una fase de crecimiento económico y prosperidad nunca vistas, lo que parecía reforzar la fe en los negocios, la autocomplacencia y un nacionalismo nativista wasp (“White, Anglo-Saxon-Protestant”) que se dejó sentir en elocuentes actitudes sociales (como las prácticas persecutorias del Ku-Klux-Klan), medidas puritanas (la “ley seca”) o la legislación imbuida de xenofobia (tarifas aduaneras crecientes, de 1922 y 1930; severas cuotas de 1921 y 1924 para limitar la inmigración). 
Sería erróneo identificar únicamente en la política y los políticos republicanos de los “felices veinte” a ese país encerrado, casi oscurantista e irresponsable en la rienda suelta dada al capitalismo salvaje, que tan a menudo tiende a presentarse. Pese a su rechazo diplomático de los compromisos de las paces de París, el poder económico y el ascendiente político de Washington dieron a la acción internacional norteamericana un papel sobresaliente en la resolución de la crisis de la posguerra. Los planes Dawes(1924) y Young(1929) fueron básicamente norteamericanos, como lo fueron la mayor parte de los capitales que permitieron resolver la cuestión de las reparaciones, la normalización de los pagos internacionales, la recuperación de la economía alemana y, en definitiva, la entrada en la fase de la concordia que caracterizó el segundo lustro de los veinte. 


Tampoco las sucesivas Presidencias de la década fueron exactamente esa especie de paréntesis sin grandeza y de bajo perfil entre los mandatos demócratas de Wilson y Roosevelt. Es cierto que las Presidencias de Harding y Coolidge fueron anodinas. Pero Hoover como secretario de Comercio durante el mandato de sus predecesores y luego como presidente dejó su impronta a lo largo de la década. Durante la guerra, bajo el mandato de Wilson, había desarrollado una importante labor humanitaria en la Bélgica ocupada y, concluida ésta, fue el organizador de la distribución de la ayuda norteamericana a la Europa devastada, en lo que vino a ser un claro precedente del Plan Marshall. La prosperidad de los veinte, asociada a su larga gestión al frente de la economía norteamericana, reforzó su prestigio y le condujo en 1928 a la Casa Blanca. Creía en la libertad, pero también en las posibilidades de una ingeniería social de porte corporativista que organizase y armonizase las fuerzas económicas y los intereses sociales bajo el estímulo de la acción política. Con esas ideas de intervención correctora y dinamizadora de la economía, se enfrentó a lo peor (1929-1933) de la crisis del “29”. Por eso precisamente, porque era lo peor de la crisis, y también porque la larga era de Roosevelt forjó con éxito su propia leyenda rosa y populista, la historia ha infravalorado injustamente al presidente Hoover y, por extensión, a la década republicana de la que fue protagonista excepcional


lunes, 18 de noviembre de 2024

ESTABILIZACIÓN Y DESARROLLO DE LOS GRANDES ESTADOS NACIONALES DURANTE EL SIGLO XIX

A mediados de siglo se inició en un buen número de países un proceso de reformas que transformarían los sistemas de gobierno. Las instituciones representativas se convertirían en norma y no en la excepción.

El liberalismo triunfaría en los principales estados europeos, al optar las autoridades por dirigir y controlar unos cambios, que se veían inevitables, para así alejar amenazas revolucionarias. La crisis económica de finales de la década de 1840 fue seguida por unas décadas de expansión que trajeron prosperidad y progreso a un número creciente de ciudadanos. Los cambios fueron especialmente visibles en Inglaterra, mientras el continente continuó siendo mayoritariamente agrario. 

Las décadas centrales del siglo vieron el triunfo del nacionalismo. Si en la centuria anterior la identidad local o regional tenía más fuerza que la idea de pertenecer a una “nación”, en este período el nacionalismo se convirtió en un elemento fundamental del escenario político europeo. 

Una paz relativa, con ausencia de guerras generalizadas permitió a los grandes Estados emprender reformas políticas, económicas, sociales, culturales, sin tener que exigir en exceso a sus ciudadanos, alejando así el fantasma de la revolución y el caos social.


La Inglaterra victoriana 

Los inicios de la época victoriana 

En 1837, la joven Victoria subió al trono, con solo 18 años, tras la muerte de su tío Guillermo IV. Se iniciaba un larguísimo reinado que confirmó y consolidó el papel protagonista de Gran Bretaña no sólo en el marco europeo. 

Reina Victoria

Las reformas electorales

Los whigs, que gozaban de una amplia mayoría desde la aplicación de la Ley de Reforma de 1832, fueron los grandes protagonistas de las primeras décadas del período victoriano. Tras unos inicios en los que acometieron importantes reformas, las divisiones en el seno del grupo entre los ricos aristócratas reacios a nuevos cambios (lord Melbourne) y los más progresistas (lord Brougham y lord Durham) frenaron su marcha, haciendo que su programa perdiera atractivo. Los whigs parecían incapaces de animar el comercio, solucionar el creciente desempleo o aliviar la situación de las clases populares. La hostilidad contra el gobierno creció cuando en 1839 fue rechazada la primera petición de los cartistas.

Políticos radicales, artesanos, obreros y clases medias, respaldaban la Carta del Pueblo que contenía seis reclamaciones fundamentales: sufragio universal masculino para mayores de 21 años, voto secreto, distritos electorales similares, eliminación de requisitos para ser parlamentario, un sueldo por representar el puesto y elecciones todos los años. El fracaso del movimiento cartista se debió a que reunía en su seno a grupos con objetivos demasiado variados: políticos, económicos y sociales. La vía violenta elegida por algunos de los cartistas dividió y debilitó al grupo. Sin embargo, con el paso del tiempo sus reivindicaciones, excepto las elecciones anuales, serían finalmente adoptas. 

Robert Peel

En 1841, Gran Bretaña se enfrentaba a una difícil situación económica y cuando se celebraron elecciones el proyecto conservador, encabezado por Robert Peel, parecía más fiable a la hora de animar el comercio y la industria, y en consecuencia paliar el desempleo. Los votantes concedieron la mayoría a los tories, que empezaban a ser conocidos como Conservadores. Durante los cinco años en que estuvo al frente del gobierno, Peel promovió importantes reformas económicas y sociales, pero no pudo superar el problema en torno a las Corn Laws, que se venía arrastrando desde 1815 y que enfrentaba a proteccionistas y librecambistas. Estas leyes que mantenían alto el precio del pan perjudicaban a las clases populares cuando se producían malas cosechas, pero el movimiento Anti-Corn Laws iba más allá. Los temas que discutía incluían la libertad de comercio, la capacidad de competir de la agricultura británica, las consecuencias para trabajadores agrícolas e industriales… Tras reducir ligeramente los impuesto sobre el grano, Peel aprovechó la crisis de la patata en Irlanda (1845) para plantear la supresión de las Corn Laws.

Hambruna de Irlanda (1845)

Aunque finalmente consiguió sacar adelante el proyecto (1846), el coste político fue muy elevado. El partido conservador, debilitado por su profunda división interna en este tema, no volvió al poder hasta 1866. Al contrario, los cartistas de la Liga Anti-Corn Laws, con objetivos claros y precisos, defendidos por líderes de gran talla, pudieron hacer valer sus propuestas, lo que supuso un gran avance en la implantación del librecambismo. 

Liga Anti-Corn Laws

El problema irlandés

Durante el gobierno de Peel, el tema de Irlanda volvió a primer plano. Intentando repetir la represión que había culminado con la promulgación de la Ley de Emancipación de los Católicos a fines de los años veinte, O’Connell anunció en Tara el inminente final de la Ley de Unión de 1800 y la implantación de un Parlamento propio. Sin embargo, el gobierno de Peel anunció que la Unión nunca sería revocada y se enviaron tropas para sofocar cualquier rebelión. Fracasada su estrategia, O’Connell perdió protagonismo al frente del movimiento, siendo sustituido por políticos más jóvenes y violentos. Para calmar los ánimos, Peel hizo algunas concesiones a los católicos irlandeses lo que supuso la oposición de sectores protestantes de su partido. Sin embargo, el estallido de la crisis de la patata (1845) con su secuela de muertos y de emigrantes, alimentaria el odio irlandés hacia unos británicos incapaces de solucionar los problemas económicos y sociales de Irlanda.

Monumento a la Gran hambruna de Irlanda (Dublín)

Las primeras décadas del período victoriano fueron años de desarrollo económico, pero de inestabilidad política, debido a las divisiones que se produjeron en los partidos sobre los grandes temas antes citados. En el sector del partido conservador que votó con Peel la abolición de las Corn Laws, los conocidos peelitas, destacaba W.E. Gladstone, quien llegaría a convertirse en el líder de los Liberales, como empezaron a ser llamados los whigs, en cuyas filas terminaron la mayoría de los peelitas. Entre los tories proteccionistas, liderados nominalmente por lord Derby, la figura con más futuro era el joven Benjamin Disraeli. Se iniciaban unos años confusos, de predominio liberal, en los que la vitalidad del sistema contribuyó a la consolidación de las instituciones y afianzó un régimen liberal capaz de evolucionar a través de la reforma.
Unión Jack

Hacia la segunda Ley de Reforma, 1852-1867 

Muchos parlamentarios pensaron que la aprobación de la Ley de Reforma de 1832 había puesto punto y final a los avances democratizadores. Sin embargo, una combinación de circunstancias internas y externas crearon el caldo de cultivo favorable a la apertura de un debate sobre la conveniencia de nuevos cambios. 

La población masculina adulta en Inglaterra y Gales superaba los cinco millones, pero solo un millón tenían derecho a voto, y las nuevas áreas industriales atraían a muchos habitantes. Ambas circunstancias hacían necesaria una nueva extensión del derecho al voto y una nueva redistribución de los escaños. Los radicales presionaban por un sistema más democrático y se le sumaron las nuevas organizaciones de trabajadores como las New Model Unions, que lograron el reconocimiento de la prensa y de políticos de diverso signo. 

Tras un proyecto fallido, presentado por Russell y Gladstone en marzo de 1866, que aumentaba el número de votantes pero no la redistribución de escaños, la posibilidad de reforma quedo en manos del nuevo gobierno conservador. Derby y Disraeli no quisieron dejar pasar la oportunidad de consolidar el gobierno tory sacando adelante la esperada ley. Tras un complicado trámite parlamentario que obligó a los conservadores a introducir enmiendas más avanzadas de lo que hubieran deseado, en 1867 quedó aprobada la Segunda Ley de Reforma. El número de electores prácticamente se dobló, lo que hizo más difícil el control de los votos, y los políticos tuvieron que esforzarse para convencer a los votantes. Las campañas dirigidas por los partidos para llevar su programa a los electores cobraron gran importancia. La lucha electoral había cobrado un nuevo significado.

Parlamento británico

La reforma triunfaba en una Gran Bretaña que, salvo el conflicto irlandés, pasaba por un período de calma en asuntos internos. La prosperidad económica fue acompañada de una mejora en las condiciones de vida de grupos crecientes de la población, lo que también contribuyó a alejar el fantasma de la revolución. En el exterior, los sucesivos gobiernos lucharon por consolidar un Imperio librecambista, defendiendo el liberalismo, pero sin olvidar nunca la protección, por encima de todo, de los intereses británicos. En este marco general de confianza ciega en la superioridad británica, acontecimientos como el Motín de la India en 1857 sembraron las primeras dudas sobre la viabilidad del poder global de Gran Bretaña. La “joya de la Corona” del Imperio era la India. Desde la ley de 1784 el gobierno nombraba un Gobernador General que desde Calcuta adoptaba las decisiones políticas y cuyo poder aumentó sin cesar en detrimento de la Compañía de las Indias Orientales. A mediados del siglo XIX la mayor parte de la India estaba bajo control directo del gobierno británico. La anexión de Oudh (1856), lugar de procedencia de muchos cipayos, y el conflicto religioso originado por los cartuchos supuestamente contaminados con grasa de vaca y de cerdo, provocó el levantamiento de los cipayos de Meerut el 10 de mayo de 1857. El motín que se extendió por Bengala, Oudh y otras provincias con inusitada violencia y fue reprimido con igual contundencia. Como consecuencia de este choque con la realidad, los británicos se vieron obligados a frenar su política expansiva en la zona y a introducir cambios en su manera de gobernar la India, respetando la religión y las costumbres.

Benjamin Disraelí ofrece la corona de la India a la reina Victoria.
Caricatura de John Tenniel, Londres, 15 abril 1876

Las últimas décadas de la época victoriana, 1868-1901

El triunfo de los liberales en 1868 convirtió a Gladstone en primer ministro, iniciándose un período en el que los dos grandes partidos, liberal y conservador, con sus líderes Gladstone y Disraeli, se alternaron en el poder. 

Muchas de las medidas de Gladstone quisieron promover la igualdad entre los ciudadanos. Se dictaron leyes que abolieron privilegios existentes en las universidades, el ejército o la administración y se extendió la enseñanza elemental. Muchas de las reformas chocaron con los intereses de grupos influyentes que se fueron alejando de los liberales. Además, la limitada eficacia de sus iniciativas en materia social y de salud pública decepcionó a amplios sectores. Sin embargo la principal preocupación y ocupación de Gladstone fue el problema irlandés. A mediados de siglo, la situación no había mejorado y eran frecuentes las revueltas en el campo. Sin embargo, la única respuesta dada por los gobiernos británicos había sido el envío de tropas. 

 Gladstone y Disraeli

La aparición en escena en 1867 del grupo conocido como los fenianos, protagonizando acciones violentas en suelo inglés, convenció a Gladstone de la necesidad de buscar nuevas opciones para el tema irlandés. El problema era complejo. Por una parte, las demandas irlandesas se iban radicalizando y, por otra parte, en el Parlamento británico los grupos que representaban los intereses de la Iglesia anglicana y de los terratenientes anglo-irlandeses se resistían a la aplicación de cualquier medida que debilitara suposición. El proyecto para que el anglicanismo dejase de ser la religión oficial de Irlanda encontró una gran oposición en la Cámara de los Lores y tuvo que intervenir la reina para conseguir su aprobación (1869). La primera Ley de la tierra de Irlanda, aprobada en 1870, fue una mera enumeración de principios que no resolvió el problema y, por el contrario, generó aún más malestar extendiéndose los actos de violencia, lo que llevo de nuevo al gobierno a utilizar métodos represivos. En los años siguientes la situación se deterioró con la crisis agrícola y los grupos implicados se radicalizaron. La Liga de la Tierra de Irlanda, que demandaba rentas justas, arrendamientos estables y venta libre, empezó a colaborar con el más radical movimiento político a favor de la Home Rule de Parnell. Cuando en 1881 Gladstone consiguió aprobar la Segunda Ley de la Tierra, en la que se otorgaba las demandas de la Liga de la Tierra, la reforma llegó tarde. Las presiones continuaron para lograr también la autonomía política. Obsesionado por alcanzar la paz en Irlanda, Gladstone llevó al Parlamento en dos ocasiones la autonomía. Aunque los problemas económicos y sociales se fueron solucionando, las reivindicaciones políticas irlandesas pasaron intactas al siguiente siglo. 

 Liga de la Tierra de Irlanda

Disraeli había ocupado el puesto de Primer Ministro durante unos meses en 1868, pero fue en su segundo mandato, a partir de 1874, cuando puso en marcha el programa político para el partido conservador que algunos denominaron Democracia Tory o Nuevo conservadurismo. Firme defensor de las instituciones tradicionales, estaba convencido de que era necesaria una reforma social que garantizase una alianza entre las clases privilegiadas y el resto de la población. Nunca se planteó cambiar la estructura de clases, aunque sí propuso medidas para mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos. Leyes sobre vivienda, salud pública, relaciones laborales y educación ocuparon los primeros años de su gobierno. La política exterior centraría la atención en los últimos años, no en vano otro de los pilares del nuevo conservadurismo era el Imperio, entendido no sólo como la defensa de unos territorios, sino también como el fortalecimiento de las relaciones con las colonias, llevando los beneficios de la “civilización británica” a otros pueblos. Los éxitos de su política dieron un nuevo brillo al imperialismo a los ojos de la población. Sin embargo, los problemas económicos y la escasa respuesta del gobierno, así como reveses en Sudáfrica y Afganistán pasaron factura a los conservadores que dejaron paso de nuevo a los liberales en 1880. Poco después moría Disraeli dejando un partido conservador unido, nacional y ligado a la Corona y al Imperio, aunque bajo su sucesor lord Salisbury abandonaría la política de reforma social. 

Imperio británico

Dejando a un lado el problema irlandés, el principal logro de los liberales en su nuevo paso por el gobierno fue la Tercera Ley de Reforma. La Ley de Prevención de Prácticas Ilegales de 1883 completó la aprobación del voto secreto de 1872, que había buscado con relativo éxito la corrupción y el soborno. La nueva ley limitó la cantidad de dinero que un partido podía gastar en cada distrito en una campaña, en función del número de votantes, y estableció normas para controlar las variadas formas que se empleaban para transportar a los votantes a los colegios electorales. Sin embargo, los mayores logros fueron la Ley de Reforma Parlamentaria de 1884 y la Redistribución de Escaños de 1885. Por la primera se extendieron los derechos electorales que ya se disfrutaban en los distritos urbanos a los distritos rurales. La segunda cambió el mapa electoral, recuperando 142 escaños de zonas poco pobladas y redistribuyéndolos en áreas de mayor densidad de población. Conservadores y liberales pactaron esta reforma, que supuso un nuevo paso adelante en el camino que llevaría de una política de minorías a la democracia de las masas. Sin embargo, aún quedaban cosas por hacer, como implantar el voto femenino o acabar con el voto plural. 

El período victoriano supuso la transformación y a la vez la estabilidad del sistema político británico. La Cámara de los Comunes fortaleció su papel central en la vida política, en detrimento de la Corona y los Lores. El laborismo, un nuevo grupo político, que en el siglo siguiente acabaría sustituyendo al partido liberal como uno de los dos grandes partidos, inició su actividad en los últimos años del reinado de Victoria, partiendo de diversas organizaciones socialistas y sindicales.

Sociedad victoriana

La Francia del II Imperio

Las tensiones que acompañaron la corta vida de la II República tuvieron como consecuencia que para muchos ciudadanos el régimen se convirtió en sinónimo de inestabilidad, oportunidad que supo aprovechar el Príncipe-Presidente, Luis Napoleón Bonaparte, para difundir el mensaje de que sólo concentrando el poder en su mano y restaurando el Imperio podría Francia volver a mirar con esperanza hacia el futuro. 

Segundo Imperio Francés

Las fricciones entre el Ejecutivo y el Legislativo en 1851, las elecciones previstas para el año siguiente y el temor del posible resurgir del republicanismo de los “rojos” o “democsocs” (demócratas-socialistas), hicieron actuar a Luis Napoleón. La noche del 1 al 2 de diciembre de 1851 los líderes de los partidos fueron arrestados y la Cámara fue ocupada por las tropas. El Presidente anunció la disolución de la Asamblea Nacional y del Consejo de Estado, y su voluntad de mantener la República. Restauró el sufragio universal y anunció una nueva Constitución republicana que sometería a plebiscito. El golpe de Estado, que pretendía defender ideales democráticos republicanos, fue interpretado por casi todos como un paso sin retorno hacia la restauración del Imperio, siendo avalado en el plebiscito por una aplastante mayoría. Los intentos de resistencia fueron duramente controlados, produciéndose numerosos arrestos y deportaciones. La II República sólo sobrevivió un año. El 2 de diciembre de 1852, Luis Napoleón asumió el título imperial con el nombre de Napoleón III.

Sin embargo, gran parte de las instituciones del nuevo Imperio se habían puesto en marcha antes. La Constitución de enero de 1852 puso los cimientos del nuevo régimen, limitando el poder Legislativo y convirtiendo a Luis Napoleón, expresamente citado, en una figura muy parecida a la de un antiguo monarca. 

Exceptuando el respeto al principio de sufragio universal, los restantes elementos del sistema político supusieron una vuelta a la situación anterior a 1848. Lo más llamativo del nuevo sistema es el establecimiento de un Presidente de la República, en el que se concentran todos los poderes, y que es “responsable ante el pueblo francés, a quien tiene siempre el derecho de apelar”. Sin embargo, el emperador no volvería a recurrir a los plebiscitos hasta 1870, reservándolo así para momentos claves, en que quería vincular con las masas su régimen personal. Esta fórmula política, que quería conciliar los logros de 1789 y el orden social, uniendo a todos los franceses en torno a un Estado fuerte que asegurase el desarrollo económico y la grandeza de Francia, ha sido calificada de “cesarismo democrático”. 

El nuevo régimen se sustentaba en una administración centralizada, compuesta por funcionarios leales al Emperador. Los prefectos de los departamentos vieron ampliados sus poderes. Controlaban la prensa y ningún periódico podía publicarse sin la autorización del gobierno. El ejército se vio favorecido con aumentos de sueldo y compartió la gloria del Imperio, lo que reforzó su simpatía por el nuevo régimen. 

Napoleón III contribuyó a aumentar la riqueza y la influencia de la iglesia en el terreno educativo. Durante la década de 1850 el Imperio gozó de aceptación popular. Fueron años de estabilidad económica que aseguraron la paz social y el apoyo de los grupos burgueses. Financieros y banqueros colaboraron en las grandes obras del barón Haussmann para transformar el centro de París en el escaparate del Imperio y sus créditos permitieron disparar la construcción de ferrocarriles, que contribuyeron a la consolidación de un mercado más amplio para los productores franceses. La resurrección del espíritu imperial y la bonanza económica tenían inevitablemente que llevar a Francia a reivindicar una posición acorde en la escena europea, aspiración que pareció cumplir el Congreso de París de 1856 que puso fin a la guerra de Crimea. 

Sin embargo, pronto se pondría de manifiesto lo infundado de estas pretensiones y, a la larga, sería precisamente la política exterior la que acabaría con el Imperio. 

Con el final de la década de 1850 empezaron a manifestarse los primeros signos de la debilidad del régimen. No era fácil gobernar conciliando los intereses de los diferentes grupos. La posición antiaustriaca y el apoyo al nacionalismo italiano le granjearon la enemista de los católicos. La firma de un tratado de libre comercio con Gran Bretaña provocó el descontento de los medios de negocios proteccionistas, a pesar de que la libre competencia demostró ser un revulsivo para Francia. Necesitado de respaldo, en 1859 decretó una amnistía para los proscritos del 51 y adoptó una postura de mayor tolerancia hacia la prensa. En 1860 el legislativo recibió el derecho a responder al discurso de la Corona, pronunciado una vez al año por el Emperador, se autorizó la publicación de los informes completos de los debates y, un año después la Cámara y el Senado obtuvieron un mayor control sobre los presupuestos. Estas medidas indignaron a los bonapartistas más reaccionarios sin llegar a reconciliarle con la mayoría de los republicanos. En las elecciones de 1863, los candidatos no oficiales, muy divididos, sumaron dos millones de votos. Los candidatos republicanos triunfaron en París, Lyon, Marsella y el resto de las grandes ciudades seguían si apoyar al Imperio. A sus grupos más desfavorecidos fueron dirigidas algunas de las nuevas medidas del régimen de esta tímida apertura. A partir de 1864, las huelgas serían toleradas y se permitieron ciertas formas de organización sindical. Tras las elecciones fue cobrando fuerza en la oposición moderada un grupo que presionaba desde la Asamblea, reclamando la restauración de las libertades individuales y parlamentarias. La respuesta imperial fue una serie de leyes aprobadas entre 1867 y 1869 por las que se concedieron el derecho de interpelación y se restableció casi totalmente la libertad de reunión y la de prensa. Las nuevas elecciones se celebraron con una prensa, que vio su papel político reforzado, y un Legislativo que empezó a dar muestras de independencia.

La política exterior dio pocas alegrías al Emperador en esta segunda parte de su reinado. Es cierto que había conseguido extender la influencia francesa en ultramar (Argelia, Senegal, Camboya) y que aún disfrutó de momentos brillantes, como la inauguración del canal de Suez. Sin embargo, el desastre de la aventura mexicana mostró las limitaciones de su ambiciosa política. El fusilamiento en 1867 del archiduque Maximiliano, abandonado por aquellos que le habían embarcado en la aventura y le habían instalado en la ciudad de México como Emperador tres años antes, fue un duro golpe para el prestigio de Napoleón III.  Las elecciones de 1869 mostraron que, aunque la mayoría seguía apoyando al Emperador, había un grupo cada vez más numerosos de ciudadanos favorable a las reformas liberalizadoras. Su debilidad empujó al Emperador a continuar por la senda reformista. El cuerpo legislativo recibió el derecho de iniciativa y poco después, un republicano moderado, Emile Ollivier, era encargado de formar un gobierno que sería responsable ante el Legislativo. Era la culminación de una serie de reformas que modificaban la Constitución de 1852. El plebiscito convocado en 1870 para ratificar las reformas fue un nuevo triunfo del emperador, a pesar de la oposición republicana

Sin embargo, apenas cinco meses después del triunfo en el plebiscito, el régimen cayó como consecuencia de la derrota militar en la guerra franco-prusiana. Tras la debacle de Sedán, el 2 de septiembre de 1870, nada obstaculizaba el avance de las tropas alemanas hacia París. El gobierno convocó al cuerpo legislativo, cuyas deliberaciones fueron interrumpidas por grupos de obreros que reclamaban la destitución del Emperador. Encabezados por diputados republicanos, entre los que destacaban Léon Gambetta y Jules Favre, la multitud se dirigió al Ayuntamiento, donde se proclamó la República. Para continuar la guerra se constituyó un Gobierno de Defensa Nacional, presidido por el general Trochu, pero controlado por Gambetta. El 19 de septiembre de 1870 la capital quedó aislada. Este primer sitio de París provocó la hambruna entre la población, cada vez más exaltada y proclive a organizar una comuna, es decir una municipalidad democrática. Fracasados los intentos de Thiers de conseguir ayuda en el extranjero y derrotado el ejército del Loira de Gambetta, el gobierno provisional francés firmó un armisticio en enero de 1871, en el que se acordó la celebración de elecciones para que la Asamblea resultante ratificase el tratado de paz. Triunfaron los realistas partidarios de una paz rápida. Adolphe Thiers fue nombrado jefe del ejecutivo de la República y firmó el tratado de Fráncfort que ponía fin a la guerra. Las duras condiciones de paz (Francia cedía Alsacia y parte de Lorena) irritaron a la izquierda republicana.

Batalla de Sedán 1870

La decisión de instalar la Asamblea en Versalles y de enviar al ejército a un París, claramente republicano, provocó una insurrección popular. Los parisinos eligieron un consejo que proclamó la Comuna de París. Esta asamblea decretó la separación Iglesia-Estado, intentó organizar una enseñanza laica y tomo medidas para mejorar la vida de los trabajadores. Desde el principio se manifestaron divisiones entre los communards, siendo los más extremistas los que se hicieron con la situación en medio de grandes tensiones. El segundo sitio de París radicalizó más a la comuna y estalló la guerra civil. En la conocida como la semana sangrienta, del 21 al 28 de mayo de 1871, el ejército reconquistó la capital. La firmeza de Thiers en la represión a la comuna convenció de que una república controlada por él mismo podía ser sinónimo de orden y sustituir al Imperio derrotado

Comuna de París

Los Estados Unidos de América hasta el final de la guerra civil 

Los Estados Unidos estaban cambiando con gran rapidez, en 1820 eran ya 22 estados. Las elecciones de 1828 supusieron un importante cambio en el sistema. Hasta ese momento, aunque las leyes permitían una amplia participación, el interés popular por la política había sido limitado. Andrew Jackson aprovechó el malestar ocasionado por las anteriores elecciones para movilizar en torno suyo a una gran coalición de agraviados. En 1828 fue la primera gran batalla electoral moderna de la historia americana. La decisión estaba en manos de los hombres blancos mayores de edad y se usaron todos los medios para mover a las masas, desarrollando una organización que se convertiría en el esqueleto del Partido Demócrata. La elección de Jackson se presentó como el triunfo del pueblo soberano. En las décadas de 1820 y 1830 se consolidó el Partido Demócrata y la organización de un partido de oposición llamado Whig. Los demócratas se presentaban como defensores de estados fuertes y un gobierno federal débil, contrarios a la existencia del Banco Nacional, se presentaban como los defensores del “common man”. Los Whigs recogían a partidarios del Banco, grupos de industriales y manufactureros proteccionistas, sureños desencantados, defensores del Congreso frente al poder del Presidente querían eliminar el veto presidencial y limitar el ejercicio de la presidencia a un solo mandato. Eran etiquetados como aristocracia o representantes de los ricos y triunfaron en las elecciones de 1840, que supusieron la culminación del proceso que había llevado al país a convencerse que era posible hacer una revolución dentro de la legalidad cada cuatro años.


Aunque los americanos eran cada vez más conscientes de pertenecer a una entidad que iba más allá del estado individual, la población aún se identificaba con las tres grandes áreas que componían el país: norte,sur y los territorios del oeste. Diferencias geográficas y económicas se polarizaban en torno a un tema fundamental: la esclavitud. Los dos partidos sabían que era un asunto que había que abordar con carácter de urgencia, pero que inevitablemente les ocasionaría grabes problemas internos vinculados a las diferencias regionales y procuraron evitarlo hasta que fue demasiado tarde, cuando este problema podía llegar a poner en peligro la Unión. La línea Mason-Dixon de la época colonial representaba una frontera cultural entre estados del norte y del sur, ambos en proceso de expansión hacia el oeste. La mayoría de la población estaba formada por agricultores, pero el clima de los estados del sur, el enorme auge del algodón y la mano de obra esclava había determinado el éxito de la plantación al sur de la línea. En la época colonial la esclavitud había sido aceptada como una necesidad económica, pero con la Revolución y el triunfo de las ideas de libertad comenzó a manifestarse la discrepancia entre teoría y práctica. Los estados del norte no tuvieron problemas para abolir la institución, pero no ocurrió lo mismo en el sur. El problema para estos estados era la repercusión que tendría en la mano de obra, el porcentaje que en su zona representaba la población esclava y las dificultades que ocasionaría su asimilación. Acciones como la creación en 1822 de la república independiente de Liberia en África occidental, cuya capital fue llamada Monrovia en homenaje al presidente Monroe, responden a este estado de opinión generalizada entre los blancos americanos, incluso entre algunos propietarios de plantaciones. Las dificultades para convencer a los descendientes de esclavos hicieron fracasar este proyecto. Los movimientos abolicionistas se fueron generalizando y contribuyeron a movilizar y agrupar fuerzas que se oponían a una posible expansión del modelo sureño en los territorios del oeste que pudiese afectar al equilibrio de la Unión.

El “destino manifiesto” que justificaba la expansión de los Estados Unidos, había llevado las fronteras hasta el Pacífico. El modo de afrontar los nuevos estados el tema de la esclavitud coloco en primer término del debate político el conflictivo asunto que los partidos intentaban evitar. Los aspectos morales eran menos importantes que sus implicaciones políticas. El norte, gracias a las oleadas migratorias procedentes de Europa superaba al sur en población, lo que le permitía dominar la cámara baja. Sin embargo, la representación por estados mantenía el equilibrio en el Senado. El compromiso de Misuri (1820) o el Compromiso de 1850 consiguieron salvar la situación en diferentes momentos, pero solo aplazaron el problema de la existencia de dos modelos irreconciliables en una misma Unión.

La Unión contra la Confederación


Las tensiones regionales y la exigencia de una postura clara en el tema de la esclavitud dificultaba la existencia de los partidos nacionales que veían surgir facciones irreconciliables en su seno. En el 1854,una coalición de whigs, demócratas disidentes y seguidores de diversos grupos migratorios fundaron el Partido Republicano. Era un partido no nacional, cuya fuerza radicaba en los estados del norte, defensor de tarifas aduaneras, reparto de tierras entre los colonos del oeste y se oponía a la extensión a aquellos territorios de la esclavitud. La victoria, en 1860 del candidato republicano Abraham Lincoln, supuso un duro golpe para el sur. Algunos de los candidatos sudistas ya habían anunciado durante la campaña su decisión de no permanecer en la Unión si triunfaba un Presidente sólo respaldado por el norte. El primer estado en llevar adelante esta amenaza fue Carolina del Sur, seguida poco después por otros seis estados algodoneros (Misisipi, Florida, Alabama, Georgia, Luisiana y Texas), con el argumento de que la única forma de proteger los derechos del Sur era la secesión. La victoria republicana de 1860 supuso un giro radical en el poder político. El rápido crecimiento demográfico y económico del norte imposibilitaba el equilibrio en el gobierno federal. Lincoln había asegurado que no pensaba interferir en la organización del sur, era evidente que a la larga el freno a la expansión del modelo esclavista llevaría a su abolición. Los Secesionistas respaldaban su decisión en la historia de la propia Unión, formada por estados que se habían asociado voluntariamente y que conservaban el derecho a recuperar su independencia cuando lo creyeran oportuno. Estos estados sureños se unieron en una Confederación (febrero de 1861), eligiendo como presidente a Jefferson Davis. 

Jefferson Davis

Cuando el 4 de marzo de 1861, Lincoln ocupó el cargo intentó buscar una solución de compromiso para mantener la Unión pero el incidente en el Fort Sumter (Charleston, Carolina del Sur.) precipitó los acontecimientos. La guerra civil americana es considerada por muchos como la primera guerra moderna. 

Abraham Lincoln

No tanto por su duración (cuatro años) o por su dureza, sino por ser en gran medida una guerra ideológica. 

Sin duda había también implicaciones económicas, pero estas no eran insalvables. Mucho más complicado era llegar a un compromiso en el campo de las ideas. El Sur luchaba por mantener su forma tradicional de vida, amparándose en viejos principios; el Norte, por defender los ideales que desde Andrew Jackson y sus sucesores simbolizaba la Unión “la libertad y la democracia”, creencia claramente recogida en el discurso de Lincoln en Gettysburg (1863). 

Aunque el Norte contaba con una aplastante superioridad numérica y económica, los estados del Sur supieron sacar partido al hecho de combatir en su territorio y a la defensiva. Finalmente, las difíciles relaciones entre el gobierno confederado y unos estados celosos de sus derechos, los enfrentamientos entre el presidente Davis y otros miembros de su gobierno, los graves problemas derivados de la financiación de la guerra y el fracaso a la hora de forzar una intervención europea a su favor, pasaron factura a los confederados. La victoria sólo podía decantarse del lado de la Unión y el 9 de abril de 1865, en Appomattox, el general Lee se rindió ante el general Grant. Lincoln moría pocos días después en Washington, asesinado por un fanático confederado, John Wilkes Booth. La Unión se había salvado y la esclavitud había sido abolida, pero aún quedaba una larga tarea de reconstrucción en el sur, así como dos grandes temas por resolver: los términos de la reincorporación de los estados del sur y cuál sería la posición en la sociedad de los antiguos esclavos. Un nuevo período no exento de dificultades se abría para el joven país.

Appomattox. El general Lee se rinde ante el general Gran

La Europa postrevolucionaria en sus relaciones internacionales: la guerra de Crimea (1853-1856) y su significado 

Tras el estallido del 48, el movimiento de las nacionalidades, que había agitado a Europa pasó por un período de tregua. La atención de las grandes potencias se vio atraída por “la cuestión de Oriente”. A mediados de siglo el derrumbe del Imperio otomano estaba cada vez más cerca, lo que inevitablemente afectaba a los intereses de las potencias. Los deseos rusos de mantener una especie de protectorado sobre un Imperio otomano débil, que asegurase una salida marítima vital para su ejército y su comercio, habían fracasado con la firma de la Convención de los Estrechos (1841), en la que Gran Bretaña, Austria, Prusia, Rusia y Francia acordaron el “cierre” de los Dardanelos y el Bósforo a buques de guerra en tiempo de paz. 

Nicolás I

La gran beneficiada fue Gran Bretaña que seguía manteniendo su hegemonía en el Mediterráneo. A partir de este momento, Rusia sabía que tenía que contar con Londres en cualquier proyecto pacífico que implicase un reparto del Imperio otomano y es en este contexto en el que se explican las conversaciones que sobre el tema mantuvo el zar Nicolás I durante su visita a Londres en 1844. Los británicos desconfiaban de las intenciones rusas, pues Moscú se estaba convirtiendo en un peligroso rival para los intereses británicos. Para frenar a los rusos, el gobierno de Londres estaba dispuesto a consolidar el Imperio otomano. A mediados de siglo tuvo lugar un acontecimiento que jugaría un importante papel en la crisis que conduciría a la guerra, en Francia una revolución había llevado a una República que un Bonaparte encaminaba hacia un segundo Imperio, ante el temor de la Rusia zarista que veía peligrar los acuerdos de 1815. Sus miedos se verían confirmados por la actitud de Napoleón III, deseoso de cimentar su posición en una política exterior de prestigio.

Guerra de Crimea

La chispa que hizo saltar el polvorín turco fue la situación y los derechos de los monjes católicos y ortodoxos en los Santos Lugares. Napoleón III intentó reforzar la posición de Francia apoyando a los monjes católicos y el sultán cedió a sus presiones y concedió ciertos privilegios a los católicos. Nicolás I, protector de los ortodoxos, lo vio como un intento de suplantar la influencia rusa en la zona y preparo un contragolpe. El zar envió un nuevo embajador a Constantinopla para presionar al sultán, quien restauró los privilegios de los ortodoxos, pero se negó a conceder a Nicolás I el estatuto de protector de todos los cristianos del Imperio, lo que hubiera otorgado al zar una magnífica excusa para intervenir en los asuntos internos de la Sublime Puerta. Con los rusos amenazando con intervenir en los principados turcos de Moldavia y Valaquia, Constantinopla se convirtió en el centro de una intensa actividad diplomática, que no tardó en ser apoyada por las flotas de Francia y Gran Bretaña que se movieron hasta la entrada de los estrechos. El Imperio Habsburgo, cuyas fronteras se verían directamente amenazadas con el estallido de una guerra ruso-turca, inició una actividad mediadora para evitarla. Pero el zar, que no acababa de creer las amenazas franco-británicas y que confiaba en la neutralidad de Austria y Prusia, en julio de 1853 ocupó los principados turcos. 

Poco después, Turquía declaró la guerra a Rusia y sus tropas cruzaron el Danubio para entrar en los principados controlados por los rusos. Prusia se desmarcó del problema y los austriacos intentaron seguir negociando pero británicos y franceses ordenaron a sus barcos dirigirse a Constantinopla. Era el fin del acuerdo de los Estrechos y la ruptura del equilibrio en la zona. La batalla de Sinope en aguas del mar Negro (noviembre de 1853), donde la flota turca fue derrotada por la rusa, fue vista como un reto a la presencia de barcos franceses y británicos en la zona. En marzo de 1854, tras la firma de una alianza con Turquía, Londres y París declararon la guerra a Rusia.

batalla de Sinope en el mar Negro (noviembre de 1853)

La guerra podía haber terminado casi sin haber empezado, pues poco después del desembarco franco-británico en Gallipoli y Scutari, los rusos, presionados por los turcos y temiendo que Austria también entrara en la guerra, se retiraron de los principados, que fueron ocupados por los austriacos. Ni Londres ni París querían abandonar la zona sin una victoria que reforzase su posición en las negociones de paz. Ésta fue la razón de la expedición a Crimea, donde turcos, franceses y británicos intentarían apoderarse de la base naval rusa de Sebastopol. Su caída supondría un duro golpe para el predominio ruso en el mar Negro y fortalecería la posición de los otomanos. La guerra fue larga y difícil, con episodios que se han convertido en leyenda como la carga de la brigada ligera en Balaclava. El sitio de Sebastopol se convirtió en una operación de desgaste y, finalmente en septiembre de 1855, pocos meses después de que Alejandro II sucediera a Nicolás I, las tropas rusas abandonaban la base tras hundir sus barcos y volar sus polvorines. 

Guerra de Crimea

En febrero de 1856 se reunió el Congreso de París, que colmó las ansias de protagonismo de Napoleón III. 

La Paz de París supuso un balón de oxígeno para el Imperio otomano. Rusia dio la espalda a Europa y se concentró en su expansión hacia Asia. Gran Bretaña y Francia aseguraron su posición en el mar Negro. 

Austria consiguió un Danubio libre de la influencia rusa, pero su debilidad se había puesto de manifiesto y pronto tendría que hacer frente a nuevos movimientos nacionalistas. Prusia se había mantenido al margen, pero paradójicamente en los años venideros sería la potencia más beneficiada por la solución que las potencias habían dado a la crisis.


Congreso de París