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jueves, 27 de febrero de 2025

LOS INCIERTOS AÑOS VEINTE

Los años veinte fueron una década de progreso, y también de reacción. La catastrófica Guerra Mundial —a la que siguió una pandemia con la que la actual crisis del coronavirus posee un notable paralelismo— despertó las ansias de vivir de la gente. En ningún otro momento del siglo XX fue el deseo de cambio tan intenso.

Los desajustes económicos de la guerra y de la paz (1919-1924) 

La guerra tuvo graves efectos sobre la economía. Alemania vio liquidadas todas sus inversiones exteriores; las de Francia e Inglaterra, drásticamente reducidas. Antes de la guerra las inversiones exteriores de los tres eran 3/4 partes de los capitales mundiales exportados, es fácil imaginar la repercusión de las pérdidas en la riqueza de Europa y en la decadencia de sus posiciones mundiales. 

Las enormes repercusiones financieras se deben a que, en vez de financiarse con aumentos impositivos, se hizo con recursos al crédito de los bancos centrales que incrementaron la oferta de dinero considerando como “reservas” los compromisos de pago de los gobiernos. En 1918 la oferta monetaria alemana había aumentado 9 veces; el déficit presupuestario seis y la relación entre billetes de banco y depósitos había caído de casi del 60 al 10%. Los resultados: inflación, depreciación de moneda y abandono de la paridad fija con el oro, antes fundamento de seguridad y fluidez de los intercambios internacionales. Esta situación se agravó por la intensa presión de las deudas intergubernamentales y por la política permisiva de los gobiernos, que sólo a partir de 1920-1921 comenzaron a adoptar medidas restrictivas de ajuste económico y financiero. 

Los efectos de la contienda generaron cambios estructurales profundos, uno de los más importantes fue la ruptura del sistema económico internacional. Antes de 1914, a pesar de las prácticas proteccionistas y monopolísticas, había predominado una economía internacionalizada de libre mercado. Tras la guerra, los desajustes monetarios y el abandono del patrón oro liquidaron el principal instrumento de intercambio internacional. Los controles de los gobiernos sobre precios, producción, asignación de recursos y mano de obra, distorsionaron los mecanismos de mercado. En fin, el comercio internacional, denso y fluido hasta 1914, se vino también abajo; la guerra económica que implicó a las grandes potencias (Alemania, Inglaterra, Francia, Estados Unidos) desarticuló un escenario mercantil que antes de la contienda concentraba una gran parte de los flujos comerciales. El aislamiento de Rusia tras la revolución de 1917 quebró sus relaciones económicas con Occidente, hundiendo la actividad de los puertos bálticos. La fragmentación del imperio austrohúngaro desarticuló también las relaciones económicas de la Europa central. Por último, interrumpió también las relaciones dominantes de Europa occidental con los países de ultramar. 



Europa perdió la hegemonía económica mundial, indiscutible en 1914. Los grandes beneficiarios fueron EE.UU. y Japón, que vieron aumentada su capacidad productiva, liquidaron gran parte de las inversiones extranjeras y pudieron expandirse por los mercados de ultramar que habían dejado las potencias europeas. 

La superproducción fue otra consecuencia estructural de la contienda. El exceso de capacidad productiva se vio impulsado por la guerra. Las necesidades bélicas dispararon la producción en sectores de interés estratégico, mientras que la obligada sustitución de importaciones dio lugar a proliferación de industrias nacionales, que, rompiendo la especialización económica internacional, generaron excedentes. Los incrementos de productos primarios de ultramar para abastecer durante la guerra a los mercados europeos arrojaron, con la paz, una superproducción, que hundió los precios mundiales y arruinó al sector agrícola de los países abastecedores. 

A las negativas consecuencias de la guerra se añadieron los efectos económicos de las decisiones de la paz. Las remodelaciones territoriales de Europa central y oriental resultaron onerosas, al crear unidades aduaneras y aumento de fronteras políticas. Estos nuevos Estados hubieron de crear legislaciones civil, comercial y fiscal, líneas de comunicación y monedas. El espacio económico del Imperio austrohúngaro se vino abajo y las políticas nacionalistas de los nuevos Estados añadían un factor de dislocación que entorpecería cualquier posibilidad de recuperar la unidad económica anterior a 1914. 

Otro problema generado por la guerra y agravado por la paz fueron los pagos internacionales. La financiación de la contienda por los Aliados había dado lugar a un endeudamiento entre ellos. El principal y único acreedor neto era EE.UU., al que seguían Inglaterra y Francia. Por otra parte, la decisión de los vencedores de responsabilizar a Alemania de la guerra la obligaba a pagar las reparaciones por los daños infligidos a los Aliados y también las indemnizaciones por los gastos de guerra que había provocado. Una Comisión de Reparaciones estableció la desmesurada cifra de 33.000 millones dólares, contando que había perdido zonas estratégicas económicas. 

Aunque EE.UU. rechazaba la vinculación entre reparaciones y deudas interaliadas, ésta era una realidad. Los pagos internacionales, por tanto, la economía mundial, se vieron comprometidos por las reparaciones. No sólo Alemania era incapaz de asumirlas, sino que la presión que ejercían sobre su economía desató una espiral inflacionista que puso la viabilidad económica de la nación al borde del colapso. 

La economía de la paz se inició bajo inflación, herencia de la contienda, acentuada por las políticas permisivas de los primeros tiempos de posguerra. Los grandes déficits generados por la reconstrucción, gastos sociales y, en el caso alemán, la presión de las reparaciones, llevaron a los gobiernos a tolerar gasto inflacionista. Pero el proceso inflacionario obedeció también al aumento de la demanda sobre stocks insuficientes. Hasta finales de 1920 la inflación representó un factor coyuntural de importante reactivación económica, pero desde otoño el impulso se detuvo, y en 1921 hubo caída brusca de producción, exportaciones y precios. La crisis, breve pero profunda, se generalizó, salvándose de momento los países de Europa central, cuyas depreciadas monedas constituían estímulo temporal a las exportaciones. 

Se acometieron políticas de ajuste para combatir la inflación, estabilizar la moneda y relanzar la economía sobre bases sólidas. A mediados de la década la mayor parte de economías se encontraban en condiciones de entrar en una fase de espectacular crecimiento. 

Crisis de posguerra y primeras quiebras del sistema 

El santuario soviético de la revolución mundial 

Los primeros años de posguerra asistieron a una crisis social que puso en riesgo la estabilidad del sistema liberal. Las clases trabajadoras tenían la sensación de haber entregado sus vidas al poder, aliado del capitalismo. Las clases medias empobrecidas, miraban con hostil envidia al opulento capital y con temor a las protestas revolucionarias del movimiento obrero. Todos salieron desengañados y sometidos a duros sacrificios económicos. La revolución del proletariado o la rebeldía nacionalista de las clases medias atacaban la esencia del sistema liberal. 

La revolución social no era una utopía, puesto que desde 1917 la Rusia bolchevique constituía ejemplo de revolución proletaria. La dictadura comunista establecida a finales de ese año desencadenó la intervención de las potencias de la Entente, con el objetivo de destruir el régimen y crear un segundo frente contra los alemanes, que en marzo de 1918 habían firmado una ventajosa paz con los soviéticos. Estas intervenciones resultaron un fracaso, de modo que los occidentales apoyaron a los “rusos blancos”. Desunión de ejércitos contrarrevolucionarios, falta de apoyo social, tensión revolucionaria de la dirección bolchevique y su capacidad organizativa, fueron razones de la victoria bolchevique. 
Esa victoria había logrado instalar el poder revolucionario, pero el coste territorial, humano y económico fueron formidables. Rusia había perdido casi 800.000 km2 y unos 30 millones de habitantes. Guerra, brutalidades de los contendientes, requisas forzosas, indisciplina e incompetencia de los soviets de obreros que dirigían las industrias, generaron un panorama de miseria y desabastecimiento. En 1921 habían muerto de hambre 5 millones de personas. 

Esas condiciones tornaban inviable un proyecto político o nacional. Era necesaria la paz y medidas de estímulo económicas. Surgió la “Nueva Política Económica” (NEP), impulsada por Lenin en el X Congreso del partido (marzo de 1921). La NEP, que reintegraba la propiedad privada y a la economía de mercado gran parte de la economía agraria e industrial, mientras conservaba un poderoso sector público, era una medida de realismo y coyuntural, para resucitar la economía del país; un retroceso para tornar viable el horizonte de la revolución social. Mientras, los bolcheviques fueron avanzando en la institucionalización revolucionaria del Estado, estableciendo en diciembre de 1922 una federación de repúblicas (la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) y adoptando, en febrero de 1924, una constitución controlada por Lenin. 

La NEP y la construcción institucional del Estado, forzados por la guerra civil y el aislamiento internacional, nunca ocultaron el carácter revolucionario del sistema soviético, ni sus efectos expansivos. La crisis social de posguerra convirtió la revolución soviética en un catalizador de las tensiones que anegaron casi todos los países europeos. 

Revolución social y contrarrevolución nacionalista fueron actores de un conflicto donde se dirimía la suerte del sistema liberal, edificado en el XIX y victorioso antes de 1914. En los años siguientes a la paz, la amenaza revolucionaria puso en grave riesgo el sistema en Alemania y generó las primeras quiebras en Italia y en España. 


 Alemania en el precipicio 

El vacío político creado por la derrota y la abdicación del Káiser, el 9 de noviembre de 1918, llevó a los socialistas al poder, bajo la dirección de Ebert. La extrema izquierda de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, con el ejemplo bolchevique e impulsada por la crisis de la derrota, desencadenó entre el 6 y el 11 de enero de 1919 un sangriento movimiento revolucionario en Berlín (revolución “espartaquista”), sofocado por el gobernador socialista Noske, con apoyo de los oficiales del ejército, y donde murieron Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Otro tanto ocurrió con la revolución en Baviera, aplastada el 1 de mayo. 
Revolución espartaquista

El 19 de enero fue elegida una Asamblea nacional que, reunida el 6 de febrero en Weimar, designó a Ebert como Presidente del Reich. Éste confió la dirección del Gobierno (cancillería) al socialista Sheidemann, acompañado por Noske como ministro del ejército y por el católico Erzbeger en Asuntos Exteriores. El 11 de agosto de 1919 la Asamblea aprobó una nueva constitución, de carácter federal e intensamente democrática. 

La nueva democracia estuvo hasta finales de 1923 pendiente de un hilo. A la idea de que Alemania no había sido derrotada, sino traicionada por los políticos, se sumaban las imposiciones del Tratado de Versalles. El empobrecimiento de trabajadores y clases medias contrastaba con la riqueza de quienes se aprovechaban de la depreciación del marco para especular en mercados monetarios o bursátiles o adquirir industrias y empresas con préstamos que, cuando se pagaban, estaban a precio de ganga. 

La República de Weimar, gobernada por católicos y socialdemócratas vivió los primeros años de paz amenazada por la izquierda revolucionaria y, sobre todo, por la extrema derecha nacionalista, que explotaba el peligro de revolución social y el sentimiento de humillación por el castigo económico y recorte de la soberanía del tratado de Versalles. 

Para sostenerse en este equilibrio inestable, el régimen tendió a transigir con uno u otro extremo cuando alguno intentaba hacerse con el poder. Las revoluciones espartaquista y bávara habían sido derrotadas con apoyo de unidades francas del antiguo ejército que encuadraban a sectores de extrema derecha. En 1920 el intento de un golpe de Estado en Berlín, dirigido por el Dr. Kapp y apoyado por la “brigada báltica”, sólo pudo ser desarticulado por la huelga general de los sindicatos, el ejército se había negado a disparar sobre las unidades revoltosas. En cambio, el propio ejército reprimió sin contemplaciones las agitaciones obreras de Sajonia y del Rhur. El radicalismo nacionalista de la extrema derecha ensangrentó también la vida política con los asesinatos de Matthias Erzbeger, en agosto de 1921, y de Walter Reathenau, en junio de 1922. 

Putsch de Kapp

Esa corriente de nacionalismo radical alimentó la refundación por el excombatiente austriaco Adolfo Hitler de un partido que iría ganando activismo y visibilidad. Hitler y el “Partido Nacional-Socialista Alemán de los Trabajadores” con un mensaje de nacionalismo radical, racista, social y antisemita, encontraba suelo fértil en el malestar económico, temores sociales y frustraciones patrióticas de las clases medias, al tiempo que sugería un estratégico aprovechamiento por los grupos conservadores del capitalismo industrial y financiero y por los círculos militares temerosos de la revolución comunista. El partido nazi reclutó parte de sus cuadros en algunos medios intelectuales radicalizados y sin proyección social —como Alfred Rosenberg o Joseph Goebbels— o entre oficiales del ejército desmovilizados como el mayor Roehm, Rudolf Hess o Hermann Goering. Fue ganando con rapidez la calle, desplegando una propaganda de combate, prodigando emblemas, uniformes y desfiles y organizando una milicia armada (las S.A.), verdadera tropa de asalto que aseguraba mediante la violencia el eficaz avance del partido “nazi”.



Sólidamente implantado en Baviera, el 8 y 9 de noviembre de 1923 el partido de Hitler intentó un golpe de Estado. A pesar de contar con el emblemático apoyo del general Ludendorff, el “putsch” no prosperó. La población se retrajo y la policía disparó contra los manifestantes. Hitler fue condenado a 5 años, donde escribió Mein Kampf. En los meses siguientes la terrible crisis de las reparaciones encontró solución, mientras regresaba la prosperidad. La Alemania democrática de Weimar se había salvado. El nacionalismo radical y el propio partido de Hitler entraron en reflujo. 

Hitler


El triunfo fascista en Italia 

En la Europa del Sur triunfó la contrarrevolución nacionalista, sobre todo en Italia, donde se instaló una dictadura “fascista” que en los años siguientes inspiraría el avance de otras formas autoritarias, como en España, Portugal o en muchos de los Estados surgidos en el este europeo. 

La posguerra vino acompañada de frustración nacionalista por el fracaso de las perspectivas de expansión territorial por el Adriático, crisis económica y financiera y de una agitación social que se tradujo en huelgas, ocupación de fábricas y de tierras. El 20-21 de julio de 1919 se había declarado huelga general y el primer trimestre de 1920 hubo casi 1/2 millón de trabajadores en huelga. Los gobiernos constitucionales eran incapaces de acometer reformas, mientras que clases medias y grandes intereses agrarios e industriales se mostraban favorables a un poder fuerte. 

El radicalismo de la extrema derecha hizo aparición desde el final de la guerra, con milicias nacionalistas violentas ("fascios di combatimento"), creadas en Milán, en marzo de 1919, por Benito Mussolini, que había pasado del socialismo antibelicista a un nacionalismo intervencionista. Mussolini propugnaba una dictadura de Estado que acabase con el desorden social, restaurase la grandeza de la nación e impulsase transformaciones económicas y sociales. Exaltaba violencia, militarismo, guerra y atacaba a la revolución comunista y al decadente parlamentarismo de las democracias y el pacifismo de la Sociedad de Naciones. Sus grupos fascistas se expandieron y desencadenaron fuertes “acciones punitivas”. En noviembre de 1921 el fascismo se organizó en partido político con amplio arraigo en todo el norte del país. Aunque su representación parlamentaria era exigua, la división de la izquierda, la tardía aparición de los católicos y el descrédito de los constitucionales, daban al partido de Mussolini un ascendiente social y moral, de regeneración nacionalista muy superior al que podía deducirse de unos resultados electorales, siempre bajo sospecha. 

Consciente de su fuerza agitadora y del descrédito de las instituciones, en verano de 1922 el Consejo Nacional Fascista reclamó la disolución del Parlamento. El 20 de octubre organizó una “marcha sobre Roma” desde el norte que, para evitar una guerra civil, llevó a Víctor Manuel III a encargar gobierno a Mussolini. Desmoralizados, los prohombres y las fuerzas políticas se rindieron con facilidad. La dictadura fue imponiéndose de forma progresiva. Bajo amenaza de disolución, el Parlamento dio mayoritario voto de confianza a Mussolini con plenos poderes. La prensa comenzó a ser amordazada, la administración depurada y militantes de extrema izquierda perseguidos. Tras una reforma electoral que favorecía a la lista mayoritaria, en enero de 1924 el Parlamento fue disuelto. Las nuevas elecciones dieron aplastante mayoría a los fascistas. El 10 de junio de 1924 el opositor socialista Matteotti fue asesinado. A principios de enero de 1925 anunció el modelo totalitario. La oposición, reprimida o exiliada, dejó de existir, mientras que las reformas constitucionales de diciembre de 1925 y enero de 1926 concentraron el poder en el presidente del Gobierno, que sólo respondía ante el Rey y adquiría facultades legislativas. La legislación de septiembre de 1928 convertía en una farsa el sistema representativo. La nación se confundía con el Estado y éste con el Partido Fascista en manos del “Duce”. Era la expresión de un modelo totalitario que marcaría el ideal de las contrarrevoluciones nacionalistas. La progresividad en su establecimiento, el restablecimiento del orden, el éxito y la modernización económica, dieron un innegable prestigio al régimen de Mussolini, admirado incluso en muchos medios del conservadurismo liberal europeo. 

Mussolinni


Las dictaduras ibéricas 

La crisis del sistema liberal tuvo en España, en septiembre de 1923, desenlace dictatorial, consecuencia del apoyo del monarca al pronunciamiento del general Primo de Rivera. La dictadura obedeció muy indirectamente a las frustraciones internacionales, determinantes en Italia. La incapacidad del régimen constitucional para pacificar el Protectorado marroquí desasosegaba al país, desprestigiaba al régimen y generaba malestar en las fuerzas armadas. 

Fueron relativamente similares a Italia los efectos de la crisis, agitación social y la amenaza subversiva de la extrema izquierda que caracterizaron la posguerra. Igualmente, paralelos eran la incapacidad de sus sistemas representativos oligárquicos para generar reformas democratizadoras exigidas por la presión de la sociedad de masas. 

La dictadura no surgió de ningún partido contrarrevolucionario “moderno” como el fascismo, sino que respondía a la tradición del golpismo militar —en forma de pronunciamiento— como vía protectora de la incapacidad de las fuerzas políticas constitucionales. El régimen pretendió sólo un paréntesis reformista y, cuando la liquidación moral y política de las viejas estructuras imposibilitaron regresar a la normalidad, el dictador se mostró incapaz de articular un modelo institucional alternativo y, falto de apoyos, optó por abandonar el poder en enero de 1930. 

Alfonso XIII y Miguel Primo de Rivera


El resultado fue la satisfactoria solución del problema de Marruecos, el impulso de la prosperidad económica, el desarrollo de una política internacional de prestigio fracasada, pero inteligente en las relaciones peninsulares e hispanoamericanas, y el restablecimiento del orden social, con represión del sindicalismo revolucionario y del exiguo comunismo y de proscripción de los partidos políticos, todo sin que se llegara a la crueldad. La dictadura liquidó la vieja política sin crear una estructura alternativa, provocando a su término un vacío de poder, que en abril de 1931 vendría a llenar una avanzada democracia republicana. 

En Portugal el régimen demoliberal de la I República, implantada en octubre de 1910 por el activismo revolucionario popular de Lisboa ante la pasividad del ejército, conoció una vida atormentada. Los gobernantes se dispusieron a modernizar al viejo Portugal con una política de radicalismo anticlerical. Ese choque de “civilizaciones” generó desde el principio una situación endémica de crisis política y social, con períodos próximos a la guerra civil. 

La tensión por meter al país en la guerra, por razones que combinaban la defensa de la independencia nacional y de la soberanía colonial para apuntalar la República, añadió fuego a la disputa interna. El ejército, nada conforme con la intervención y cada vez más distanciado del régimen, ensayó la dictadura, primero, entre enero y mayo de 1915, de forma vacilante, y, por segunda vez, de forma más contundente, entre diciembre de 1917 y diciembre de 1918, acabando esta por desembocar en una breve guerra civil (enero-febrero de 1919) concluida con la reposición de la democracia republicana y el regreso de los radicales al poder. 

Sin embargo, el aislamiento social del parlamentarismo republicano no pudo remontar la crisis social, económica y financiera de posguerra, acentuada por el malestar social ante la incomprendida intervención en la guerra, sus consecuencias económicas y la frustración por sus nulos resultados de regeneración internacional. El éxito de Primo de Rivera estimuló las tendencias intervencionistas de las fuerzas armadas, que fueron superando sus divergencias. 



El 28 de mayo de 1926 un movimiento militar puso término al demoliberalismo republicano, estableciendo una dictadura militar. 

La desastrosa gestión de los militares ahondó más la crisis financiera. En abril de 1928 llegó al gobierno, como ministro de Finanzas, Oliveira Salazar, inteligente, pragmático, firme en sus convicciones y determinado en la voluntad de ejercer con autoridad el poder, restauró la situación financiera y acometió con éxito entre 1930 y 1933 la instauración de un “Estado Nuevo”, sólidamente constitucionalizado, desde el que ejercería una dictadura personal conservadora, nacionalista, pretendidamente orientada por la razón y limitada por la “moral y el derecho”, lejos del liberalismo, hostil al comunismo y diferenciada de las brutales experiencias totalitarias de otras latitudes. 

Oliveira Salazar


Tiempo de discordia (1919-1924)

Las Paces de París crearon tensiones, destruyendo el equilibrio europeo sin aportar alternativa eficaz. Antes de 1914 el poder mundial se distribuía entre 2 extraeuropeos (EE.UU. y Japón) y 5 europeos (Francia, Alemania, Austria￾Hungría, Rusia y el Reino Unido). Después de 1919 cayó la capacidad de liderazgo de Europa, mientras que EE.UU. y Japón ascendían como potencias mundiales. Más grave fue la desaparición del Imperio austrohúngaro, fragmentado en diversas nacionalidades, y la Rusia zarista, aislada por la revolución y por la naturaleza del régimen. 

Se hundía el orden y los criterios internacionales que lo habían sostenido, pero la paz no conseguía establecerse, porque las heridas de la guerra y la surrealista balcanización del nuevo mapa europeo mantenían vivos a los nacionalismos, y porque la alternativa pacifista de la Sociedad de Naciones resultó una quimera. 

Europa seguía con el problema de los nacionalismos insatisfechos. Alemania alimentaba un revanchismo que nunca desaparecería. Italia, frustrada en sus aspiraciones, derivó hacia una dictadura nacionalista. Francia vivió con temor al restablecimiento del poder alemán, que intentaba aniquilar. Los países anglosajones, deseosos de normalizar la situación europea, se separaban de Francia con una política más tolerante hacia Alemania. 

El Pacto de la Sociedad de Naciones se había incorporado a todos los tratados de paz. Sus primeros miembros fueron los Aliados más 13 neutros, entre ellos España. Instalada en Ginebra, nació lastrada: no estuvieron los países derrotados, ni la URSS, que hasta mediados de década vivió marginada, ni EE.UU., impulsores principales de la idea: el 19 de marzo de 1920 el Tratado de Versalles y con él el Pacto de la Sociedad de Naciones fueron rechazados por el Senado norteamericano. La Sociedad de Naciones nacía huérfana de la que era ya la gran potencia mundial. 

Sociedad de Naciones


La eficacia de la organización se veía entorpecida por la exigencia de unanimidad en las decisiones del Consejo y la carencia de mecanismo de autoridad impositiva. En realidad, las potencias de la Sociedad de Naciones continuaban con la diplomacia clásica de acuerdos bilaterales o multilaterales. Francia, sin su tradicional alianza con Rusia, buscó alianzas en la retaguardia alemana para contrarrestar el peligro alemán, animando la formación de la Pequeña Entente (Checoslovaquia, Yugoslavia y Rumanía), suscribiendo alianzas con ésta y con Polonia. Mientras, en 1922 Alemania y la URSS firmaban el tratado de Rapallo (16/04/1922) por el que renunciaban a sus mutuas deudas de guerra. Alemania era la primera potencia europea en reconocer al régimen soviético, logrando en contrapartida mediante acuerdos secretos, utilizar el territorio ruso para experimentar con armamento. 

Entretanto, en la Conferencia de Washington entre noviembre de 1921 y febrero de 1922, EE.UU. conseguía fijar su hegemonía naval, frenar el poder japonés emergente e imponer sus intereses en el Extremo Oriente. En el tratado de las cinco potencias sobre desarme, se estableció una jerarquía que situaba a EEUU y GB a la cabeza, en situación paritaria, seguidas de Japón, Francia e Italia. El Tratado de “los Cuatro” (EEUU, Japón, Francia y GB) sobre el Pacífico garantizaba el statu quo en la región, mientras GB renunciaba, presionada por EEUU, la alianza anglo￾japonesa de 1902. Otro tratado sobre China comprometía a garantizar la independencia del país. Finalmente, Japón, expandido durante la guerra, se veía frenado en seco, debiendo abandonar sus intereses en la provincia China de Shantung y evacuar la provincia marítima de Siberia y la zona rusa de la isla de Sajalín. 

Conferencia de Washington

La cuestión alemana tensionó las relaciones en los primeros años de posguerra. El gobierno alemán exigía cambios y retrasaba los pagos. Británicos y norteamericanos eran favorables a moderar el “diktat” de Versalles, los franceses no estaban dispuestos a alterarlo. Entre noviembre de 1921 y enero de 1922 el gobierno francés de Briand se avino a aceptar la propuesta del británico Lloyd George para una solución moderada. En la Conferencia de Cannes (enero 1922), Francia aceptaría una moratoria del pago, obteniendo la garantía inglesa de intervención en caso de una agresión alemana. Pero la oposición de los ministros franceses y del Presidente de la República, Millerand, forzó la dimisión de Briand, sustituido por Raymond Poincaré, dispuesto a imponer el cumplimiento del Tratado de Versalles. 
En verano de 1922 la presión de las reparaciones llevó a Berlín a cesar el pago y reclamar una moratoria. El gobierno francés, con Bélgica, ocupó militarmente la cuenca industrial del Ruhr el 11 de enero de 1923, obligando a la entrega de la producción minera e industrial. Alemania replicó mediante “resistencia pasiva”, ordenando la huelga de trabajadores, lo que provocó incidentes y represalias de los franceses, que los sustituyeron con mineros y soldados propios. Pero la “resistencia pasiva” fracasó. El pago de salarios a los huelguistas disparó la inflación, provocando desestabilización política y social, con acciones revolucionarias de la extrema izquierda y del nacionalismo radical de derechas. El gobierno de coalición del canciller Stresemann, nombrado el 31 de agosto de 1923, decidió poner fin a la resistencia, acometer una reforma monetaria, por el Dr. Schacht, con estabilización del marco y su sustitución por la unidad de una nueva moneda, el rentenmark, respaldada por una hipoteca sobre la industria y la tierra. 
Conferencia de Cannes (enero 1922)

Alemania buscó y encontró el apoyo de las potencias anglosajonas para hallar una solución internacional al pago de sus reparaciones. Francia, vencedora con la intervención en el Ruhr, perdía sin embargo la batalla diplomática. El nuevo Gobierno francés de izquierdas, presidido desde mayo de 1924 por Edouard Herriot, favorable a la conciliación, acabó con la política dura de Poincaré, mientras que la presentación de un plan de recuperación de la economía germánica y de viabilidad de los pagos de Alemania (plan Dawes) lograba efectivamente resolver la cuestión de las reparaciones, liquidar la ocupación del Ruhr y poner paz en las relaciones de París y Berlín. 

Tiempo de esperanza (1924-1929) 

Prosperidad económica 

El Plan Dawes, aceptado en la Conferencia de Londres (julio-agosto de 1924 con franceses, británicos, norteamericanos y alemanes), ponía orden en los pagos internacionales: las reparaciones se escalonaban en varios años, mientras que la economía alemana se dinamizaba con un empréstito internacional cubierto por capitales estadounidenses y otros países. Retomado el pago de las reparaciones, fue posible comenzar la liquidación de las deudas contraídas por los Aliados con EE.UU., que asimismo ampliaron los plazos de su amortización. De esta forma la circulación de flujos de capitales generó confianza y estímulo extraordinariamente la economía internacional, también favorecida por los resultados estabilizadores de las políticas de ajuste generalizadas para combatir la crisis inflacionaria de posguerra. Por otro lado, el saneamiento monetario y la recuperación de las economías permitieron el regreso al patrón oro, como el Reino Unido, que en 1925 reinstaló la paridad de la libra anterior a la contienda, tratando de restablecer el tradicional predominio financiero de la City. 


Sobre esas bases de reconstrucción, estabilización de las monedas, normalización de pagos y circulación internacional de capitales, la expansión económica, auxiliada por la seguridad de la pacificación de las relaciones entre Estados, se generalizó en el segundo lustro. El intenso desarrollo tecnológico y empresarial de la segunda ola industrializadora iniciada a fines de XIX, alcanzó sus cotas más altas, con la expansión de la organización económica capitalista, de las nuevas fuentes energéticas y de la industria de bienes de consumo duradero. La difusión del crédito para inversión y consumo mantenía la fuerza de los mercados. A fines de la década el crecimiento de la producción industrial superaba ampliamente los niveles anteriores a la contienda. 

Felices Años veinte


El crecimiento de Gran Bretaña había sido limitado porque en los 20 su economía reflejaba la pérdida de su hegemonía mundial, acelerada por la guerra. La demanda internacional de sus industrias se desplomó y la adecuación a las nuevas tecnologías resultaba más costosa por el peso de las viejas industrias. 

En Francia fue más satisfactorio. La reconstrucción tras la guerra fue rápida. La ayuda gubernamental cifrada en las reparaciones que debía aportar Alemania y la caída del franco estimuló las exportaciones y permitió el relanzamiento de la economía. Francia se incorporaba a la expansión del mercado de tecnología moderna, destacando el sector del automóvil. La estabilización de la moneda (1926) y el regreso del franco al patrón oro (1928), con paridad moderada y limitación de su convertibilidad, no tuvo el efecto, como en Inglaterra, de detener la expansión económica. 



En Alemania el gran proceso inflacionario situó el arranque de su crecimiento en 1924, después de que la drástica reforma monetaria y el flujo de capitales abierto por el Plan Dawes crearan las condiciones de expansión. La fase inflacionaria también había favorecido la formación de plantas y equipos industriales. Esa expansión se cifró sobre todo en el sector de bienes de capital y en empresas de tecnología avanzada, mientras que la industria de bienes de consumo aumentó a un ritmo muy inferior. Pero la agricultura continuaba deprimida, el paro era alto, las exportaciones apenas sobrepasaban los niveles anteriores de la guerra y, sobre todo, la expansión estaba ligada a los capitales extranjeros, lo que constituía una preocupante vulnerabilidad. 



En Italia, la contienda había desorganizado la economía, pero afectó menos que en otros países. La reconstrucción fue rápida. En 1922 la producción industrial y el producto interior habían superado los niveles de 1913 y la expansión industrial continuó hasta 1926, en gran medida por la facilidad de créditos y la ayuda gubernamental del régimen de Mussolini. Además hubo una favorable coyuntura agrícola. Esta expansión se frenó desde 1926-27 cuando las circunstancias favorables del campo y de la emigración llegaron a término, pero sobre todo por las consecuencias de la estabilización de la lira, en 1927, en niveles sobrevalorados, que hundió las exportaciones, generó una grave deflación interior, estancó la producción industrial y, entre 1926 y 1929, triplicó el número de parados. 


Superada la intensa pero breve crisis de 1921, la economía de los EE.UU. creció imparable hasta final de la década. 

Sin los efectos destructores de la guerra, con grandes recursos naturales, estructura empresarial concentrada y eficiente, tecnología puntera, enorme mercado interior y poderosos recursos de capital, pasó definitivamente a liderar el poder económico mundial. EE.UU. representaba un modelo ideal de organización, eficacia y prosperidad capitalistas, constituyendo un referente mundial del sistema económico de mercado sólo comparable en sus efectos emuladores a su contramodelo soviético, con ascendiente en auge sobre buena parte de las clases trabajadoras europeas. La economía estadounidense se había convertido en motor crediticio de la recuperación de Europa y otros lugares. El boom se concentró de forma especial en el auge de la construcción, el desarrollo de la energía y las industrias nuevas como el automóvil. Aunque existían grandes bolsas de pobreza, los salarios y la renta per cápita eran altos y el paro era del 2%. A través de préstamos, inversiones exteriores e importaciones, la prosperidad americana contagiaba al resto del mundo. 




Japón en la guerra y la posguerra conoció gran despegue, creciendo su producción industrial más que las restantes. 

Su riqueza nacional se duplicó entre 1905 y 1924 y la renta per cápita creció un 33%. Su economía exportaba sobre todo a EEUU, China y la India, seda, algodón y artículos industriales, pero era tributaria de importaciones básicas, como acero, máquinas, petróleo y productos alimenticios. El intenso crecimiento de población, la dependencia de importaciones y de mercados de exportación para sus productos, amenazados por las políticas proteccionistas, eran factores de precariedad, que a su vez estaban en el origen de tendencias políticas autoritarias y expansionistas. 



La URSS, tras la guerra civil, conoció desde 1921 con la NEP y desde 1928, con la economía planificada, un avance económico extraordinario. El Estado revolucionario saneó las cuentas públicas, con presupuestos equilibrados desde 1923, y ese año liquidó la inflación creando una nueva moneda. En 1928 la superficie cultivada y sus productos habían recuperado los niveles de 1913. En el sector industrial fueron menos positivos. En 1928, la recuperación económica, las limitaciones de la vía de la NEP, los riesgos que ésta implicaba para el proyecto revolucionario socialista y el viraje político de Stalin abrieron una etapa en la economía que pasó a manos del Estado. La agricultura se colectivizó, industrias y comercio se nacionalizaron; la actividad económica quedó planificada. Siguiendo la estrategia revolucionaria del bolchevismo y en gran medida la propia tradición de la política económica zarista fue ese un modelo de revolución desde arriba, que no tenía en cuenta ni el mercado ni el bienestar de la población, financiado con las plusvalías del trabajo nacional y los excedentes del comercio exterior para importación de utillaje. 


Los objetivos se centraron en el desarrollo de las fuentes energéticas y de la industria de bienes de equipo. El precio humano fue muy alto, los salarios se redujeron, lo que sirvió para financiar las inversiones estatales. 

Concordia internacional 

La recuperación económica, la normalización de los pagos y el relanzamiento de la economía internacional crearon un clima favorable a la mejora de las relaciones entre los Estados y a un impulso de la fe en la Sociedad de Naciones. En esa línea de distensión y pacifismo fue fundamental la reconciliación franco-alemana, guiada por las diplomacias de sus ministros de Exteriores, Arístides Briand y Gutav Stresemann. En ambas se mezclaban dosis de idealismo pacifista con un sentido de la realidad, apostando por el entendimiento y la seguridad colectiva. 

En 1924 la tentativa franco-británica (Protocolo de Ginebra) para reforzar los poderes de la Sociedad de Naciones, no prosperó, pero en octubre de 1925, la Confederación de Locarno, impulsada por los británicos, dio un paso decisivo en la pacificación. En el principal de sus acuerdos (pacto renano) Alemania reconocía la situación de sus fronteras occidentales, con Francia y Bélgica, renunciando a Alsacia, Lorena, Eupen y Malmedy, y aceptaba no enviar tropas a la zona desmilitarizada. Británicos e italianos salían garantes del acuerdo. En cambio, Alemania mantuvo abiertas en sus fronteras orientales sus pretensiones revisionistas y Francia hubo de firmar tratados de garantía con Checoslovaquia y Polonia. De Locarno salió el triunfo de la diplomacia, del espíritu de reconciliación y el reconocimiento parcial por la diplomacia de Berlín del Tratado de Versalles; ingresando Alemania en la Sociedad de Naciones en septiembre de 1926. 

La inercia pacifista tuvo en agosto de 1928 su elocuente, aunque simbólica, plasmación en el pacto de expresa renuncia a la guerra y de búsqueda de procedimientos dialogados para la solución de conflictos suscrito entre Francia y EE.UU. La mayoría de Estados europeos se sumaron al acuerdo. 
Lo suscribió la Alemania de Stresemann, que en contrapartida presionó para adelantar la evacuación de las tropas aliadas de ocupación en Renania. Los franceses se avinieron a condición de un plan definitivo sobre el pago de reparaciones. El 31 de agosto de 1929 en la Conferencia de la Haya se aprobó el Plan Young por el que se reducía el montante y escalonaba aún más el pago, vinculando una parte a la decisión de Washington sobre el cobro de deudas aliadas, de modo que cesarían en la medida en que éstas vinieran a condonarse. Por su parte los aliados aceptaban evacuar anticipadamente los territorios renanos ocupados. 

Ese espíritu de optimismo pacifista estaba lejos de tener arraigos sólidos. El revisionismo, latente en Alemania, permanecía amenazante; en la Italia de Mussolini se concretaba en una desestabilizadora política de influencia sobre la Europa danubiana y la costa adriática; el triunfo estalinista reactivaba las desconfianzas occidentales. Sobre todo, la prosperidad económica, fundamento de la mejora de relaciones internacionales, era frágil. El movimiento alcista de finales de los 20 ocultaba debilidades: sectores en crisis permanente, excedentes graves en el sector agrícola y carencia de presión significativa sobre los recursos reales; el sistema monetario internacional resultaba provisional porque, a la falta de patrón oro estable y del papel exclusivo que había tenido la libra antes de 1914, los capitales tendían a moverse con facilidad, generando inestabilidad en unas economías internacionalizadas. En suma, con un nivel de internacionalización por encima de la solidez de los mecanismos económicos internacionales requeridos y en contradicción con las prácticas nacionalistas, cualquier crisis podía generar un desplome generalizado. 


Las grandes democracias 

La guerra y la paz habían tenido efectos contradictorios sobre el sistema liberal que habían afectado al prestigio y al desarrollo político del modelo. Más tarde, las frustraciones de la expectativa de la paz, la desorganización económica y la presión social de posguerra habían ido generando experiencias autoritarias: Italia (1922), España (1923), Polonia y Portugal (1926), Yugoslavia (1929), países bálticos. A fines de década la democracia se conservaba en Europa Occidental (Francia, Reino Unido, Países Bajos, Bélgica y Suiza), Estados escandinavos y Checoslovaquia. Fuera de Europa, los EE.UU. eran el genuino y gran bastión de la democracia liberal. 

Por más que hubiera progresado el autoritarismo, la democracia era el régimen de los grandes Estados y éstos seguían dominando con su influencia, cultura, economías hegemónicas, ascendiente político, imperios coloniales y poderío militar. Aunque en 1919 habían triunfado las ideas dialogantes e igualitarias entre naciones, las negociaciones importantes seguían siendo a puerta cerrada y dictadas por las razones de Estado. En 1929, antes de la crisis, las democracias occidentales continuaban marcando la dirección de la historia. 

El Reino Unido o el final controlado de la hegemonía mundial 

En 1916 los liberales constituyen con los conservadores un gobierno de unidad nacional para enfrentarse a los problemas de la guerra, con Lloyd George. En las elecciones de diciembre de 1918, impuestas por el final de la contienda y por vez primera con sufragio universal, triunfó por mayoría la coalición, bajo Lloyd George, liberal￾conservadora. Inglaterra vivió de forma aguda los problemas económicos y las tensiones sociales de la posguerra. Tras una intensa explosión de la actividad económica, acompañada de inflación, entre primavera de 1920 y el verano de 1921 la producción se estancó y los precios se dispararon, en marzo de 1921 los parados superaban los 2,5 millones. El movimiento obrero y la poderosa organización sindical que lo representaba (Trade Union Congress), se proyectaron con intensidad, próximos al partido laboristas y alejados de los partidos comunistas, anecdóticos en GB. Los objetivos de la lucha obrera se orientaban a aumentos salariales que contrarrestaran los efectos de la inflación, y a obtener coberturas de paro. A pesar de no poner en entredicho la legitimidad del sistema, la reivindicación fue más intensa que en otros Estados, afectando sobre todo a los trabajadores de ferrocarriles y minería. El gobierno reaccionó con contundencia, pero también aprobó medidas como la construcción de viviendas sociales o el subsidio de paro. 
Forzado por la mayoría conservadora de la cámara, en octubre de 1922 terminaba el gobierno de coalición. Al frente del gabinete se puso el líder conservador Bonar Law, que disolvió el Parlamento y convocó elecciones, donde los conservadores alcanzaron mayoría absoluta. Enfermo, fue reemplazado en mayo de 1923 por Baldwin que, enfrentado a la persistente crisis económica y social, postuló medidas proteccionistas que rompían con el librecambismo inglés. En las elecciones generales de diciembre de 1923, los conservadores perdieron la mayoría absoluta. La suma de laboristas y liberales dieron el gobierno al laborista Ramsay MacDonald, en enero de 1924. 

Ramsay MacDonald

Pacifista, trató de reconciliar a Francia y Alemania, reconoció a la URSS e impulsó, junto con el francés Herriot, el fracasado Protocolo de Ginebra. Introdujo reformas sociales, sobre todo en vivienda. Pero su gobierno duró poco, obligado a convocar elecciones en octubre de 1924 por acusaciones de favoritismo. El resultado fue una aplastante victoria de los conservadores de Baldwin. El partido liberal se hundía, sustituido por el laborismo como alternativa. 

El gobierno conservador de Baldwin se prolongó hasta final de década con un programa de regreso a la normalidad y una pretendida gobernación sensata y eficaz. De él formaron parte dos personalidades de peso: Austen Chamberlain, en el Foreign Office, y Winston Churchill, que hasta entonces había militado en las filas liberales como ministro de Finanzas. Pero la crisis de la hegemonía económica inglesa y la paridad de la libra a 1914, perjudicaron el comercio de exportación y encogieron la actividad. Ante la política deflacionaria que impulsaba el gobierno, los mineros decidieron pasar a la confrontación en julio de 1925. El desafío obrero fracasó porque los líderes de las Trade Unions, dominadas por los moderados, decidieron detener el conflicto y porque el gobierno había actuado con firmeza. Los salarios en las minas se redujeron y en 1927 el derecho de huelga quedaba limitado. En contrapartida se ampliaron derechos sociales y políticos, mejoraron las pensiones y los subsidios de desempleo y rebajaron a 21 años el derecho electoral de las mujeres. En el plano exterior, las tendencias derechistas del gabinete se dejaron sentir en la ruptura de relaciones diplomáticas con la URSS en 1927. 
Baldwin
Independencia de Irlanda

Desde el 1 de enero de 1801, la República de Irlanda formó parte del Reino Unido. Sin embargo, en 1912 consiguió una autonomía limitada gracias a un tratado entre su parlamento y el de Westminster (Londres). Esto mantuvo complacidos a los nacionalistas irlandeses, que pedían un acuerdo de este naturaleza desde finales del siglo XIX. En 1916, nacionalistas en desacuerdo con la participación del Reino Unido en la Primera Guerra Mundial proclamaron la República de Irlanda, pero esto no era oficial. En 1918, las elecciones generales dieron como absoluto ganador a Sinn Fein, quien proclamó otra vez la República de Irlanda, legitimado por del voto popular.


La autonomía de Irlanda (“Home Rule”), aprobada en 1914, resultó paralizada por la guerra, lo que impulsó las posiciones del nacionalismo extremista, organizado por el partido Sinn Fein, que en primavera de 1916 desencadenó una revuelta reprimida por el gobierno. Tras el armisticio, las elecciones arrojaron una enorme mayoría de diputados irlandeses del Sinn Fein, mientras que en los condados protestantes del Ulster triunfaban los unionistas. Rehusando incorporarse a la representación de Westminster, los diputados del Sur se constituyeron en parlamento irlandés, proclamaron la independencia de la República de Irlanda el 21 de enero de 1919, comenzando desde entonces una verdadera guerra entre las fuerzas británicas y el Ejército Republicano Irlandés (IRA), organizado por Michael Collins. 

El 24 de abril de 1916 en Irlanda se produjo el Alzamiento de Pascua, que inició la Guerra Independencia de Irlanda, la cual se materializó en 1921. Irlanda, que entonces pertenecía al Reino Unido, aprovechando la I. Guerra Mundial, el Ejército Ciudadano Irlandés comandado por el socialista James Connolly y los Voluntarios Irlandeses, los cuáles eran el grupo armado de la elitista Hermandad República Irlandesa, provocaron una rebelión en contra de la corona británica. El Alzamiento de Pascua no prosperó,  pero Connolly y sus hombre lograron elevar a primer plano la cuestión independentista de Irlanda.
Michael Collins

Se impuso el pragmatismo negociador de Lloyd George y de los nacionalistas moderados de Michael Collins. 

Irlanda pasó demasiados siglos bajo el yugo imperialista del Reino Unido. Antes de que la “isla verde” conquistara su independencia como nación, auténticos héroes de la clase obrera como James Connolly tuvieron que pagar con su sangre el precio por ser libres y soberanos. En una época donde el nacionalismo tomó fuerza, el revolucionario sindicalista irlandés antepuso el socialismo y la necesidad de la unión de los trabajadores al rancio nacionalismo burgués. James Connolly consciente de que el socialismo era la única vía para alcanzar la verdadera paz entre los trabajadores de todo el mundo instó a los trabajadores irlandeses y a los británicos a no participar en la Gran Guerra imperialista y luchar en su tierra por conquistar el socialismo. Hoy, los irlandeses no olvidan el legado de Connolly y en el año 1996 el escultor Eamonn O'Doherty esculpió una escultura de bronce de James Connolly mirando a lo lejos con una pared curva detrás de él, sosteniendo un arado de bronce y estrellas. En la pared se encuentra inscrito una de sus citas más conocidas: “La causa del trabajo es la causa de Irlanda. La causa de Irlanda es la causa del trabajo”.

James Connolly

Este libro es una de las obras más destacadas del revolucionario socialista irlandés. James Connolly en este libro trazó la idea de que la causa obrera era la misma que la de Irlanda, es decir que el objetivo a alcanzar por Irlanda, que era la independencia del país del Reino Unido, también beneficiaría a la clase obrera. Connolly no era un iluso y era consciente que del "Alzamiento de Pascua" también iban a beneficiarse los burgueses nacionalistas que pensaban independizarse, sin embargo él y su Ejército Ciudadano Irlandés estaba dispuesto a librar la siguiente lucha tras la independencia, la lucha de clases. Recomendamos enormemente el libro de James Connolly para poder entender mejor las ideas del socialista y sindicalista irlandés, el cual abogaba por aunar la lucha de liberación nacional y la lucha de clases. Además, Connolly hace referencia en libro a ciertos referentes del comunismo como Lenin. Como él bien decía: "Luego de que Irlanda sea libre, dice el patriota que no se considera socialista, protegeremos a todas las clases, y de no pagar la renta, serás desalojado igual que ahora. Pero quien te desalojará, bajo el mando del comisario, usará uniforme verde y llevará por emblema una harpa sin la corona, y la orden que te dejará en la calle, será estampada con el emblema de la República de Irlanda.

El 21 de noviembre de 1920 comenzó el “Domingo Sangriento” en el Corke Park de Dublín. Durante la Guerra de Independencia de Irlanda, el recién creado Ejército Republicano Irlandés (IRA) decidió llevar a cabo una guerra de guerrillas contra las fuerzas de seguridad de la corona británica la Royal Irish Constabulary (RIC), los cuales habían sido trasladados por la monarquía británica a Irlanda para parar los intentos de secesión de los revolucionarios irlandeses. Aparte de las fuerzas de seguridad oficiales, los británicos crearon fuerzas paramilitares conocidos como los “Black and Tans” y los “Auxiliary Division”, para poder combatir en todos los aspectos al IRA en suelo irlandés. En cambio, estas fuerzas paramilitares destacaron por su enorme brutalidad y por matar no sólo a miembros del IRA sino a civiles irlandeses y el Domingo Sangriento de 1920 es buena prueba de ello. En aquel fatídico día, los irlandeses en busca de evasión acudieron al partido de fútbol gaélico entre el Dublín y el Tipperary en el campo dublinés de Corke Park. Antes de comenzar el partido, un avión sobrevoló el campo y descendieron varios paramilitares de la Auxiliary Division al terreno de juego. Una vez que los auxiliares descendieron, comenzaron a disparar a los espectadores, hecho que provocó una estampida en las gradas del Corke Park. Los auxiliares asesinaron a 14 civiles e hirieron a más 65 civiles. En cambio, los miembros del IRA a los que los auxiliares buscaban lograron escapar del campo sin recibir un solo disparo. El “Domingo Sangriento” sirvió para visibilizar la praxis que las fuerzas paramilitares británicas estaban llevando a cabo en Irlanda contra sus habitantes.


El 23 de diciembre de 1920 el Government of Ireland Act establecía dos parlamentos, uno para el Sur y otro para el Ulster, dominados tras las elecciones de mayo siguiente por el Sinn Fein y los unionistas respectivamente. Las negociaciones entre el gobierno de Londres y los nacionalistas irlandeses abocaron a la firma del acuerdo del 6 de diciembre de 1921 que establecía en el Sur un “Estado Libre de Irlanda” como dominio de la Corona. El 7 de enero de 1922 el parlamento irlandés aprobaba el acuerdo por mayoría. La oposición del líder radical Eamon De Valera dio lugar a una guerra civil entre irlandeses, pese a lo cual los moderados se impusieron en las generales del 16 de junio. 

Al año siguiente De Valera abandonó la lucha. El 7 de enero de 1922 los irlandeses fundaron el Estado Libre Irlandés. Si bien es cierto que Irlanda no obtuvo su total independencia hasta 1949, la creación del Estado Libre Irlandés supuso el primer paso para la futura república de Irlanda. El Alzamiento de Pascua que iniciaron el Ejército Ciudadano Irlandés comandados por el socialista y sindicalista James Connolly no prosperó y el objetivo de la autodeterminación de la isla fue aplastada por los británicos. No obstante, los esfuerzos del Ejército Ciudadano Irlandés no fueron en vano, ya que lograron elevar a primer plano la cuestión de la independencia de Irlanda. Gracias al Tratado Anglo-irlandés, los irlandeses pudieron conformar el Estado Libre de Irlanda. El recién creado Estado irlandés gozaba de cierta independencia política, pero el país se mantuvo dentro Mancomunidad Británica de Naciones y, en una situación similar a Canadá, Australia o Nueva Zelanda. Además, el Estado lejos de constituirse como una república, ésta reconocía al monarca del Reino Unido Jorge V como su jefe de estado. En cuanto a Irlanda del Norte, se le concedió la oportunidad de formar parte del Estado Libre de Irlanda, sin embargo, los norirlandeses optaron por mantener su estatus dentro del Reino Unido. Ciertamente, el Estado Libre Irlandés no era el objetivo final de los irlandeses y el conflicto irlandés no cesó con la proclamación del Estado. Posteriormente, Irlanda aprobaría su constitución en 1936 y obtuvo su total independencia del Reino Unido en 1949, aunque Irlanda del Norte se ha mantenido dentro del reino hasta nuestros días.

Tras la abdicación de Eduardo VIII en 1936, Irlanda se negó a reconocer al nuevo soberano, y en mayo de 1937 De Valera, en el poder, estableció una constitución republicana que en diciembre reconoció el gobierno de Chamberlain. Aún miembro teórico de la Commonwealth, Irlanda mostraría su distante independencia negándose a participar en la Segunda Guerra Mundial. 


Para la materialización de la unificación y la independencia de Irlanda se conformó el IRA (Irish Republican Army) y su brazo político el Sinn Fein (Nosotros Mismos). Poco a poco, los esfuerzos de los ciudadanos irlandeses fueron dando sus frutos y en 1949 obtuvieron la tan ansiada independencia. En cambio, la independencia no fue total, puesto que Irlanda del Norte ha continuado formando parte del Reino Unido. Desde entonces, los esfuerzos del Sinn Fein han sido redirigidos hacia la unificación de la isla y para ello se realizaron distintas reuniones para tratar de alcanzar la paz. De este modo, en 1998 el Sinn Fein, los nacionalistas del Ulster y los representantes de Dublín se reunieron para alcanzar la paz en Irlanda del Norte. No obstante, tras el atentado que sucedió en Belfast, dónde detonó una bomba cerca de la comisaria de Moira hiriendo a doce personas. Aunque, el atentado no fue reivindicado ni por el IRA ni por el Sinn Fein, las partes implicadas en la mesa de paz acordaron expulsar al Sinn Fein de las reuniones de paz.

Francia o la nueva República vieja 

El último tramo de guerra y las negociaciones de paz estuvieron dirigidos en Francia por Georges Clemenceau, presidente entre noviembre de 1917 y noviembre de 1919. Dirigió al país hacia la victoria, persiguió a los pacifistas y en el Tratado de Versalles impuso criterios de duro castigo contra Alemania. Criticado por la izquierda, por excesivo, y por la derecha, por insuficiente, en octubre de 1919 fue ratificado por la cámara con abrumadora mayoría. 

Las legislativas de noviembre de 1919 para renovar una cámara elegida en 1914, arrojaron una abultada mayoría del “bloque nacional”, una coalición de centroderecha. Clemenceau, derrotado por Dechanel en sus aspiraciones a la Presidencia de la República, abandonó definitivamente la vida política. 
Las cuestiones exteriores, centradas en las relaciones con Alemania y la aplicación del tratado de Versalles, acapararon gran parte de la actividad de gobernantes y la atención de la opinión pública. Entre 1920 y 1924 gobernaron Alexandre Millerand, Aristides Briand y Raymond Poincaré. El gobierno de Millerand fue breve. Entre enero de 1921 y enero de 1922, Briand intentó en colaboración con Lloyd George una política de moderación frente Alemania que le valió la caída. Le sucedió (enero de 1922 a junio de 1924) Poincaré, bajo cuyo gobierno las tropas francesas ocuparon el Ruhr, lo que, paradójicamente, acabaría conduciendo a una solución del problema alemán. 

Bajo los gobiernos del “bloque nacional” la III República, laica y anticlerical anterior al 14, fue moderándose. La guerra, con su impulso al nacionalismo, había cambiado valores públicos. El temor de la revolución animaba la conciliación con el catolicismo. Los gobiernos del “bloque nacional” restablecieron las relaciones con el Vaticano (noviembre 1920). Las tendencias extremistas de la izquierda, influidas por la revolución soviética, ganaron ascendiente en el movimiento obrero. Bajo la presión de la poderosa III Internacional, el socialismo francés se dividió entre un partido comunista revolucionario (SFIC) y el reformista partido socialista (SFIO). 




Las medidas favorables a la Iglesia y las dificultades financieras llevaron al agotamiento de los gobiernos del “bloque”. Frente a él, se constituyó una coalición de centro-izquierda (cartel de izquierdas) con socialistas, radical-socialistas y el ala izquierda del partido radical, que se impuso en las legislativas de 1924. Presionado por la cámara, la dimisión del presidente de la República, Millerand, fue la primera pieza del cartel. Sustituido por Gaston Doumergue, éste entregó el gobierno al radical Herriot. Con fe en la Sociedad de Naciones y partidario del entendimiento con Alemania, intentó sin éxito, junto con el británico McDonald, impulsar las competencias de la institución ginebrina, y dirigió a Francia por el diálogo internacional para resolver las reparaciones. Fracasó en los dos pilares de su proyecto interior: el regreso a la política anticlerical y el saneamiento financiero. Caído Herriot, el gobierno de Painlevé que le sucedió, con Joseph Caillaux en las Finanzas y Briand en Exteriores, vivió de los créditos y en el aumento de la inflación. Una sucesión de crisis ministeriales condujo en julio de 1926 a una nueva llamada a Herriot, que desencadenó la protesta y la huida de capitales, llevando la cotización del franco a su punto más bajo. 

Con el viraje de los radicales hacia la derecha, en julio de 1926 Poincaré constituyó un gobierno de centro-derecha (unión nacional) con objetivo de resolver la situación financiera. Adoptó medidas de reducción de gastos y aumento de impuestos, que arreglaron presupuesto, fuga de capitales y desvalorización del franco. Pudo estabilizar la moneda y retornarla en 1928 al patrón oro, aunque lejos de la paridad de 1914. La coyuntura de prosperidad le dieron una mayoría en las legislativas de 1928, manteniéndose en el poder hasta su renuncia, en julio de 1929, por salud. Tras un quinquenio en que estuvo arrastrándose la crisis de posguerra, la era “Poincaré” fue de normalización, prosperidad, entendimiento con Alemania y esperanza de un orden internacional pacífico bajo la Sociedad de Naciones. 


Los EE.UU. nueva potencia mundial 

La quiebra del tradicional aislacionismo con la participación en la guerra había sido un paréntesis. No era la idea de Woodrow Wilson, su programa progresista de “nueva libertad” (reformas sociales, combate a los monopolios, defensa de los pequeños empresarios…) tenía su correlato externo en una diplomacia abierta, derecho a autodeterminación de los pueblos, democracia, paz y diálogo. Su sueño internacionalista, que vino a concretarse en la Sociedad de Naciones, y que implicaba la participación de EE.UU. en el escenario internacional tras los tratados de paz de París, fue desautorizado por la representación política y la opinión pública de su país. El tratado de Versalles y el pacto de la Sociedad de Naciones, que tenían que ser ratificados por el Senado, fueron rechazados por la cámara en noviembre de 1919 y marzo de 1920. Las elecciones presidenciales de noviembre de 1920 fueron ganadas por el republicano Warren G. Harding, que defendía el regreso al “aislacionismo”.

Entre 1921 y 933 el país estuvo en manos del partido republicano, sucediéndose Warren Harding, Calvin Coolidge y Herbert Hoover. Después de la grave crisis de superproducción de 1920-21, la era republicana presidió una fase de crecimiento económico y prosperidad nunca vistas, lo que parecía reforzar la fe en los negocios, la autocomplacencia y un nacionalismo nativista wasp (“White, Anglo-Saxon-Protestant”) que se dejó sentir en elocuentes actitudes sociales (como las prácticas persecutorias del Ku-Klux-Klan), medidas puritanas (la “ley seca”) o la legislación imbuida de xenofobia (tarifas aduaneras crecientes, de 1922 y 1930; severas cuotas de 1921 y 1924 para limitar la inmigración). 
Sería erróneo identificar únicamente en la política y los políticos republicanos de los “felices veinte” a ese país encerrado, casi oscurantista e irresponsable en la rienda suelta dada al capitalismo salvaje, que tan a menudo tiende a presentarse. Pese a su rechazo diplomático de los compromisos de las paces de París, el poder económico y el ascendiente político de Washington dieron a la acción internacional norteamericana un papel sobresaliente en la resolución de la crisis de la posguerra. Los planes Dawes(1924) y Young(1929) fueron básicamente norteamericanos, como lo fueron la mayor parte de los capitales que permitieron resolver la cuestión de las reparaciones, la normalización de los pagos internacionales, la recuperación de la economía alemana y, en definitiva, la entrada en la fase de la concordia que caracterizó el segundo lustro de los veinte. 


Tampoco las sucesivas Presidencias de la década fueron exactamente esa especie de paréntesis sin grandeza y de bajo perfil entre los mandatos demócratas de Wilson y Roosevelt. Es cierto que las Presidencias de Harding y Coolidge fueron anodinas. Pero Hoover como secretario de Comercio durante el mandato de sus predecesores y luego como presidente dejó su impronta a lo largo de la década. Durante la guerra, bajo el mandato de Wilson, había desarrollado una importante labor humanitaria en la Bélgica ocupada y, concluida ésta, fue el organizador de la distribución de la ayuda norteamericana a la Europa devastada, en lo que vino a ser un claro precedente del Plan Marshall. La prosperidad de los veinte, asociada a su larga gestión al frente de la economía norteamericana, reforzó su prestigio y le condujo en 1928 a la Casa Blanca. Creía en la libertad, pero también en las posibilidades de una ingeniería social de porte corporativista que organizase y armonizase las fuerzas económicas y los intereses sociales bajo el estímulo de la acción política. Con esas ideas de intervención correctora y dinamizadora de la economía, se enfrentó a lo peor (1929-1933) de la crisis del “29”. Por eso precisamente, porque era lo peor de la crisis, y también porque la larga era de Roosevelt forjó con éxito su propia leyenda rosa y populista, la historia ha infravalorado injustamente al presidente Hoover y, por extensión, a la década republicana de la que fue protagonista excepcional


sábado, 15 de febrero de 2025

LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL (1914-1918)

La Gran Guerra, un conflicto por tierra, aire y mar, fue tan terrible que dejó más de ocho millones de víctimas militares y 6,6 millones de víctimas civiles. Murieron casi el 60 por ciento de las personas que lucharon. Muchas más desaparecieron o resultaron heridas. En solo cuatro años, entre 1914 y 1918, la Primera Guerra Mundial cambió los conflictos bélicos modernos, convirtiéndose en uno de los más letales en la historia mundial.


El detonante 

El 28 de junio de 1914, un nacionalista serbio, Gavrilo Princip, vinculado a la clandestina “Mano Negra”, asesinaba en Sarajevo al heredero del trono austro-húngaro, el archiduque Francisco Fernando y su esposa, la duquesa Sofía Chotek. El 23 de julio, Austria-Hungría daba un ultimátum de 48 horas a Serbia para que reconociera su participación, permitiese que su policía investigase en territorio serbio y prohibiera las organizaciones nacionalistas. Cinco días más tarde Austria-Hungría declaraba la guerra a Serbia ante la negativa a aceptar tan humillantes condiciones. El 30 de julio, Rusia, en apoyo a Serbia, movilizó sus tropas, lo que implicaba la declaración de guerra a Austria-Hungría. Al día siguiente, Alemania, que tenía un pacto con esta, exigió a Rusia parar sus ejércitos, pero la negativa de Nicolás II supuso la declaración de guerra entre Alemania y Rusia. Francia, que tenía acuerdo con Rusia, movilizó tropas. El 3 de agosto Alemania declaró la guerra a Francia y comenzó a invadir Bélgica. Gran Bretaña aliada de Rusia y Francia, se veía comprometida por un acuerdo con Bélgica como defensora de su libertad firmado en 1839, así que Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania. En los días siguientes, Austria-Hungría declaraba la guerra a Rusia, Francia y Gran Bretaña. 


Causas profundas 

La Guerra fue resultado final de varias causas: enfrentamiento permanente entre imperios, sistema de alianzas entre potencias y avispero nacionalista de los Balcanes, que provocó una reacción en cadena. Europa, a fines del XIX y principios del XX, concentraba el mayor poder económico y militar del planeta. La revolución industrial se había extendido, mientras que la economía funcionaba conectada en todo el mundo. El fuerte desarrollo económico y científico estaba ligado con el Imperialismo. Los países industrializados necesitaban importar materias primas y exportar sus artículos para su crecimiento económico, también colocar excedentes de capital para obtener mayores beneficios. Gran Bretaña era el Imperio más poderoso con superioridad militar en el mar. Aunque Alemania, con fuerte crecimiento económico, reclamaba posición en el expansionismo colonial. La necesidad de cada potencia de hacerse con mercados, controlar territorios que le permitieran su desarrollo económico y ponerlos a salvo de intervenciones de otros provocó el incremento de la industria de guerra y un fuerte militarismo. En el cambio de siglo se produjeron enfrentamientos en los que el problema colonial se encontraba entre las causas: la guerra de los Boers, en Sudáfrica —entre colonos neerlandeses y GB—, en la que el litigio era las minas de oro y diamantes; y la de los Bóxers en China, levantamiento con cariz antioccidental —anticolonial— motivado por las injusticias que sufría la población. 

Dos naciones irrumpían en el colonialismo internacional: EEUU y Japón. EEUU venció a España en 1898, arrebatándole Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam; Japón derrotó a Rusia en 1905. La victoria japonesa, una sorpresa para el mundo occidental, significó el comienzo de la expansión nipona por Asia, que tuvo una de sus primeras manifestaciones en la ocupación de Corea en 1910. Para Rusia, la derrota supuso el inicio de revueltas que preparaban la Revolución de 1917. Alemania inició, en 1898, la construcción de una escuadra para competir con la inglesa, lo que puso en alerta al resto y generó recelos con Gran Bretaña. 

Este imperialismo, con la carrera armamentística y desconfianza que generaba, facultó alianzas para dar cierta estabilidad al sistema ante la inexistencia de organismos internacionales que mantuvieran equilibrio. El desarrollo económico alemán y su expansión en África llenaron de reticencias a ingleses y franceses, que no olvidaban la pérdida de Alsacia y Lorena. Von Bismarck, antes de su retiro en 1890, quiso asegurar la unidad y prosperidad alemana mediante una alianza militar con Austria-Hungría, a la que se sumó Italia en 1882. Esta Triple Alianza acordó que, si uno de los firmantes entraba en guerra, los otros le apoyarían. Bismarck alcanzó otro acuerdo con Rusia, enemiga de Austria-Hungría en los Balcanes, para asegurar más esta paz necesaria a sus intereses. Pero tras el retiro los alemanes abandonaron este último, que fue aprovechado por Francia para llegar a una alianza con la Rusia zarista en 1894. 

A principios de siglo, en pleno desarrollo alemán, ingleses y franceses abandonaban sus recelos colonialistas y firmaban una “entente cordiale” que, aunque no aseguraba su implicación en caso de guerra, estrechaba sus relaciones. Francia facilitó la aproximación entre GB y Rusia y en 1907 firmaban en San Petersburgo una “entente” que limitaba sus esferas de influencia en Persia y Afganistán. El doble acuerdo franco-ruso y anglo-ruso facultó la actuación conjunta de los tres en la Triple Entente. Los países de la Entente no adquirieron ningún compromiso en caso de conflicto bélico. Italia se fue alejando del acuerdo con Alemania y Austria-Hungría y acercándose a Francia e Inglaterra para salvaguardar intereses en el Mediterráneo. Al inicio de los 10 del siglo XX, el sistema de alianzas dividía a Europa en dos: Alemania y Austria-Hungría; y la Entente entre Gran Bretaña, Francia y Rusia. 

Esta situación suponía que cualquier incidente podía convertirse en un gran enfrentamiento armado. Fue especialmente peligrosa en el dominio de Marruecos, con una política alemana agresiva que intentaba debilitar el entendimiento entre Francia y GB mediante el ataque a los intereses coloniales franceses; pero también en los Balcanes, donde los nacionalismos incitaban al enfrentamiento entre Rusia y Austria-Hungría. 

En Marruecos hubo dos crisis; en la primera Guillermo II de Alemania pronunció un discurso en Tánger, en 1905, en la que defendió la independencia de Marruecos frente a Francia y España, y reclamó la libertad de comercio en la zona. A requerimiento de Alemania, se convocó una Conferencia Internacional en Algeciras, en enero 1906, donde los alemanes intentaron frenar la expansión francesa en la zona. El Acta de Algeciras aceptaba la división del territorio marroquí entre Francia y España, con el beneplácito del resto de potencias. Alemania, sólo con apoyo de Austria-Hungría, había conseguido lo contrario de lo que pretendía: que GB estrechara sus lazos con Francia, cuyos intereses defendió en todo momento durante la Conferencia. 

En 1911, la entrada de la cañonera alemana Panther en Agadir por el incumplimiento de los acuerdos de Algeciras (argüían la ocupación de Fez y Meknés por los franceses), provocó otra situación peligrosa. Se superó con el reconocimiento de Alemania de los derechos coloniales de Francia en Marruecos, a cambio de concesiones territoriales en el Congo Francés. 

En los Balcanes, el nacionalismo serbio salía en defensa de los eslavos que vivían en los imperios austro-húngaro y otomano. Rusia había vuelto su mirada a los Balcanes, donde además de sus intereses apoyaba a Serbia y sus aspiraciones independentistas. En 1908, Austria-Hungría se anexionaba Bosnia-Herzegovina, con lo que desbarataba las pretensiones serbias. Rusia, debilitada por su derrota en Oriente y los conflictos internos, no pudo apoyar a Serbia. 

En 1912, las reivindicaciones de Grecia, Serbia y Bulgaria sobre Macedonia los enfrentaron con Turquía, que se encontraba en guerra con Italia por Trípoli y las islas del Dodecaneso. Turquía fue vencida, pero surgieron diferencias entre los vencedores. Así que en 1913, explotó la segunda guerra de los Balcanes. Grecia y Serbia declaraban la guerra a Bulgaria, que quería más parte de Macedonia. Rumanía y Turquía vieron la oportunidad de recuperar posiciones y se unieron contra Bulgaria. El Tratado de Bucarest de 1913 certificaba la derrota de Bulgaria y la ocupación rumana de antiguos territorios en litigio, mientras que Grecia y Serbia se repartían Macedonia. Serbia, a pesar de las ventajas territoriales obtenidas, veía frustrada su salida al mar, pues si bien había ocupado Albania, en la paz tuvo que aceptar la constitución de un reino independiente, impuesto por las potencias y que reforzaba la posición austro-húngara. Tras esta segunda guerra, nadie estaba satisfecho: Austria-Hungría porque veía el engrandecimiento de Serbia; ésta porque no había conseguido lo que se proponía; y Rusia porque su apoyo al expansionismo serbio se había visto mancillado por la victoria diplomática austro-húngara.

Los Balcanes se convirtieron en el polvorín de Europa, así que el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, en junio de 1914, fue la chispa que lo hizo saltar en pedazos y arrastró al continente europeo a un conflicto bélico que, con el paso del tiempo, llegó a tener dimensión mundial. 



La oposición a la guerra 

La reacción de las potencias ante la declaración de guerra de Austria-Hungría a Serbia no se puede entender como deseo de las potencias a enfrentarse. Alemania intentó frenar a Austria-Hungría, Francia hacía lo propio con Rusia, mientras que Gran Bretaña promovía una conferencia internacional para buscar una salida al conflicto. Las posiciones intransigentes de Austria-Hungría y Rusia arrastraron al resto a una guerra que hacía tiempo era motivo de discusión en los países. Aunque la mayoría de gente quería la paz, desde hacía años se veía la guerra como irremediable. 

La oposición más importante provino de los socialistas. Los partidos socialistas se habían integrado en la estructura de los países nacionales y, llegado el conflicto, tuvieron que decidir entre las bases ideológicas y la llamada de la nación. No faltaron advertencias de líderes socialistas europeos en sus países, que recogió la II Internacional en el Congreso de Stuttgart, en 1907, donde señalaba su oposición a cualquier conflicto armado. Entre los líderes más activos destacaron al francés Jean Jaurès, que le costó la vida a manos de un nacionalista francés en París en julio de 1914. Los obreros franceses no podían abstraerse de su nacionalismo, y no olvidaban Alsacia y Lorena. Los dirigentes Guesde y Vaillant, según avanzaban los acontecimientos, formaron parte del gobierno de unidad francés para afrontar el conflicto en agosto de 1914. 

En Alemania, el enfrentamiento entre miembros del Partido Socialista Alemán (SPD) fue en aumento. En los años previos, sólo una minoría con Liebknecht y Rosa Luxemburgo se opusieron, mientras que sus compañeros de partido y la masa obrera se unían al orgullo nacional que invadía la sociedad. El SPD se opuso en diferentes congresos de la Internacional Socialista a declarar la huelga general si se declaraba la guerra. Con la guerra los sindicatos hicieron fe explicita de su deber nacional y los socialistas mostraron apoyo al gobierno. 

En Inglaterra, los laboristas proclamaron su oposición y votaron en contra de los presupuestos para el conflicto en el Parlamento. Pero la mayoría de obreros hicieron rectificar a sus líderes y apoyaron la contienda. Los laboristas entraron en el gobierno a fines de 1916. En definitiva, los sentimientos nacionalistas en Europa se impusieron a los planteamientos socialistas, y, llegado el momento, los trabajadores de todo el mundo ocuparon su puesto en la trinchera del patriotismo y abandonaron la de la unidad de clase. 



El desarrollo de la guerra 

Por un lado, las Potencias Centrales, Alemania y Austria-Hungría; por otro, los Aliados con Francia, Gran Bretaña y Rusia. Se fueron incorporando países que dieron a la guerra carácter mundial. En agosto de 1914, Japón entraba con los Aliados; Turquía con los países centrales en octubre; como Bulgaria en septiembre del 15. En mayo de 1915, Italia ingresaba en el bando aliado, en marzo y agosto de 1916 Portugal y Rumanía. La entrada de EEUU fue en abril de 1917, dos meses después Grecia completaba los aliados. El resto de países europeos mantuvieron la neutralidad como España, aunque la sociedad española mostró preferencias.



Las fuerzas conservadoras se posicionaron a favor de las potencias centrales, los progresistas apoyaron a los aliados. Los socialistas se situaron, en principio, en contra, aunque durante el desarrollo se inclinaron al lado de Francia e Inglaterra como defensores de la democracia, pero también porque veían en su victoria la lucha por la libertad de los pueblos oprimidos y porque en su seno llevaban, según defendían, el germen de la revolución. 

La posición de Alemania entre Francia y Rusia la hacía partir con cierta inferioridad al tener dos frentes en sus fronteras. El Estado Mayor alemán ya había reflexionado sobre esto en 1892. El Plan Schlieffen preveía un ataque rápido contra Francia a través de Bélgica que hiciera capitular al país galo y atender en exclusiva el frente ruso. Alemania puso en marcha el Plan en agosto de 1914. La penetración alemana en Francia por Bélgica fue rápida, en pocos días llegaban al Marne, próximo a París. Este avance hizo pensar al General Moltke que había conseguido una ventaja definitiva en el frente occidental y trasladó efectivos al frente oriental, donde los rusos avanzaban. El General francés Joffre, en unión de fuerzas inglesas, contraatacó y estabilizó el frente. La victoria francoinglesa en el Marne, entre el 5 y 12 de septiembre, significó la retirada alemana hasta el Aisne, en Lorena. Los dos ejércitos se dirigieron en marcha apresurada hacia el mar, con idea de ocupar los puertos. Esto provocó la construcción de una larga línea de trincheras que iba desde el Mar del Norte a Suiza, donde quedaron inmovilizados los dos ejércitos durante casi cuatro años. 



Los rusos penetraron en Prusia, pero la llegada de efectivos alemanes de occidente dio la victoria alemana en las batallas de Tannenberg, en agosto, y de los Lagos Masurianos, en septiembre, y Prusia quedó liberada. El ejército ruso avanzó a Galitzia pero un contraataque de las fuerzas centrales estabilizó el frente. Los serbios detuvieron la invasión austro-húngara y el frente oriental quedó estabilizado. La guerra de movimientos había dado paso a una de posiciones, donde las trincheras se convirtieron en la imagen de la Gran Guerra. 

En agosto, Japón había entrado en guerra con Alemania, para apoderarse de sus zonas en China y en el Pacífico de las Islas Marshall y las Carolinas y extender su dominio en el Lejano Oriente. En enero de 1915, convertía Manchuria y China del norte en su protectorado. En octubre de 1914, barcos turcos habían bombardeado puertos rusos en el Mar Negro. Los aliados declaraban la guerra a Turquía que se unía a las potencias centrales y creaba preocupación a Inglaterra por su proximidad a los dominios ingleses de Egipto y la India. 

La batalla en el mar, determinante para la entrada de EEUU, había provocado las primeras escaramuzas entre las dos armadas más poderosas, inglesa y alemana. GB patrullaba las costas alemanas para evitar la entrada de mercancías. Esta situación provocó las primeras quejas de países neutrales, entre ellos EEUU, que defendían el derecho de libre comercio en los mares de productos que no tuviesen utilidad militar. 

Los ejércitos aliados atacaron en Champagne y Artois, pero no obtuvieron resultados. Sí cosecharon un éxito diplomático al sumar a Italia, previa promesa de concesiones territoriales; importante porque abría un frente al sur de Austria-Hungría. Las potencias centrales sumaron Bulgaria, a quien se prometió beneficios territoriales. Alemanes y austro-húngaros atacaron la parte débil aliada: Rusia desde primavera de 1915 y fueron ocupando Galitzia, Polonia y Lituania, llegando a las puertas de Ucrania. El ejército ruso había sufrido la baja de 2 millones de hombres y empezaba a escasear armamento y víveres. Los aliados, con la idea de conectar con los rusos y aliviar su situación, lanzaron una ofensiva en Turquía, con su punto más importante en Galípoli, en abril de 1915. 

Desembarcaron 450.000 hombres, en su mayoría australianos y neozelandeses. Fue un fracaso, además de no conseguir el objetivo, 150.000 hombres murieron o resultaron heridos tras ocho meses. A fines de 1915, los ejércitos centrales ocupaban Serbia, Montenegro y Albania, mientras que Bulgaria entraba en Macedonia. 
Galípoli 1915

Los submarinos alemanes, en respuesta a la actuación de la armada inglesa, comenzaron el bloqueo de las Islas Británicas en febrero de 1915. En mayo, el barco de pasajeros Lusitania, entre NY y Liverpool, fue hundido con 1.200 pasajeros muertos, más de 100 estadounidenses. Woodrow Wilson, advirtió a los alemanes que cualquier otro acto de esta naturaleza sería considerado como “deliberadamente inamistoso”. Los alemanes rectificaron y durante dos años utilizaron sus submarinos de forma más restringida. 

A pesar de los avances centrales en el frente oriental, ambos bandos sabían que la batalla definitiva se produciría en la zona occidental. Los alemanes atacaron, en febrero de 1916, Verdún, confiada al General Petain, quien acuñó el “no pasarán”. Los bombardeos y los ataques de la infantería alemana fueron constantes durante los seis meses de asedio. La resistencia de Verdún se convirtió en emblema nacionalista francés. Las pérdidas fueron excepcionales para ambos, medio millón de bajas cada uno. Los aliados diseñaron un ataque en el Somme, para aliviar el cerco de Verdún, aunque tuvo que ser aplazado y cuando comenzó la batalla del Somme, en julio, los bombardeos aliados se combinaron con carros de combate ingleses y oleadas de soldados de infantería. En los cuatro años de batalla, los aliados avanzaron pocos kilómetros, con 500.000 soldados alemanes y unos 600.000 entre franceses e ingleses como bajas. El frente occidental continuaba estancado. Los rusos iniciaron, en junio de 1916, un fuerte ataque que obligó a los alemanes a retirar tropas de Verdún, el principio del fin del cerco. A pesar del rápido avance ruso, con 400.000 prisioneros alemanes, un duro contraataque les hizo replegarse y perder cerca de un millón de combatientes. 

Guerra de trincheras

La guerra en el mar continuaba sin grandes batallas hasta el enfrentamiento en Jutlandia, entre Alemania y Gran Bretaña el 31 de mayo y el 1 de junio de 1916. La mayor batalla naval no tuvo vencedor claro, con lo que el poderío inglés en el mar continuaba junto al bloqueo que tanto daño estaba haciendo a la economía alemana. 

La guerra también se decidía en maniobras diplomáticas desde prácticamente el inicio. Aliados y países centrales no perdían ocasión de dirigirse a los grupos descontentos de los territorios controlados por el bando enemigo. Los aliados ofrecían la independencia a las minorías nacionalistas del Imperio Austro-Húngaro. Los ingleses provocaron, con el coronel T.E. Lawrence (“Lawrence de Arabia”), una insurrección de tribus árabes contra el Imperio Otomano; lo que no les impidió prometer, en la nota de Balfour de 1917, una nación judía en Palestina. Alemania prometía una Polonia independiente, incitaba el nacionalismo ucraniano y promovía la insurrección en Egipto o apoyaba a los irlandeses contra Gran Bretaña y a los argelinos contra Francia. Hasta buscaba apoyos en EEUU. El secretario de estado alemán para Asuntos Extranjeros, Arthur Zimmermann, envió un telegrama, en enero de 1917, a la legación alemana en Ciudad de México en el que se informaba al presidente que, si EEUU entraba en guerra con Alemania, ésta lo apoyaría para recuperar las pérdidas territoriales del conflicto de 1848. El telegrama, enviado también al embajador alemán en Washington, fue interceptado y publicado por periódicos estadounidenses, causando fuerte preocupación en la opinión pública. Pero el pueblo estadounidense, según interpretaban sus dirigentes, no quería entrar. Wilson, en su reelección, en noviembre de 1916, prometió mantener a EEUU al margen. De hecho, protagonizó dos intentos de paz, una solución al conflicto en la que todos los implicados pudieran salvar su honor, “paz sin victoria”. Pero tanto aliados como potencias centrales quisieron imponer unas condiciones tan duras al contrario que lo impidieron. 
hundimiento del RMS Lusitania por un submarino alemán

Los años de guerra hacían mella en los principales dirigentes y en la población. Carlos I de Austria, durante 1917, realizó varios contactos con Francia para una paz por separado. Entre las cláusulas del armisticio figuraban la devolución de Alsacia y Lorena a Francia y la independencia de Bélgica. El primer ministro francés, Clemenceau, hizo públicas las negociaciones ante las declaraciones del ministro de exteriores austriaco en las que aseguraba que era Francia la que había solicitado las conversaciones. Estas revelaciones colocaron al emperador en situación delicada ante Guillermo II, a quien tuvo que hacer declaración pública de lealtad. 

En Alemania también surgían cada vez más voces que querían el fin de la guerra. Organizaciones que habían defendido el inicio de la contienda, se enfrentaban en significativas disensiones. Dirigentes del SPD exigían la vuelta al objetivo revolucionario y la oposición a la guerra, lo que provocó, en abril de 1917, su escisión. El nuevo Partido Social Democrático Independiente (USPD), cuyo primer presidente Hugo Haase, contó con la adhesión de los “espartaquistas” —de Espartaco, el esclavo que se levantó contra el Imperio Romano—, Liebknecht y Luxemburgo. 

Entre las pretensiones del partido figuraba el fin de la contienda sin beneficios territoriales para Alemania. En diversas ciudades se realizaron huelgas para protestar por la escasez, que tuvieron un repunte durante 1918, donde las exigencias de paz se mezclaban con llamamientos a la revolución y, en el caso del Imperio Austro-Húngaro, con reivindicaciones nacionalistas. Hay que tener en cuenta lo que sucedía en Rusia, donde la revolución protagonizada por los bolcheviques cambió ya no solo la evolución de la guerra, sino el mundo en las décadas siguientes. 

La Revolución Rusa 

El fin del imperio zarista 

A fines del XIX, Rusia era atrasado en relación con el resto de Europa. Seguía en el absolutismo y sus estructuras sociales y económicas se encontraban anquilosadas, con predominio agrícola. Los campesinos eran el 80% de población, pero la tierra estaba en manos de una nobleza que los mantuvo como siervos hasta 1861, cuando Alejandro II abolió la servidumbre. 

La estructura de la propiedad descansaba sobre grandes latifundios en manos de la aristocracia, la Corona, la Iglesia y unos pocos agricultores acomodados. La tierra era trabajada por campesinos analfabetos. Con el fin de evitar una oleada revolucionaria, el zar Alejandro II en 1861 abolió la servidumbre. Sin embargo, las condiciones de los nuevos siervos liberados siguieron siendo extremas provocando propiedad campesinas colectivas, creando kulaks (campesinos propietarios) y mujiks (campesinos sin tierra). El campesinado constituía el estrato social mayoritario. Éste se organizaba en unidades aldeanas denominadas "Mir", que el Estado favorecía y alentaba; su condición continuó siendo semiservil hasta 1861 y sus condiciones de vida eran muy penosas. Desde el punto de vista económico, la liberación de los siervos no trajo consigo una modernización del campo, ya que no se introdujo la mecanización en el mismo. La productividad del campo ruso siguió siendo bajísima. En vísperas de la 1ª Guerra Mundial sólo el 14,5 % de la población vivía en ciudades.

Paradójicamente, el sector agrario era incapaz de proveer de suficientes recursos a la población, dado su carácter primitivo y tradicional, ajeno en gran medida a las transformaciones de la "revolución agrícola" que habían alterado los cimientos económicos de otros países.

Los campesinos recibieron parte de la tierra que habían trabajado, por la que tuvieron que pagar importantes cargas a los señores. No significó un cambio importante y siguieron con escasez y miseria, por lo que muchos se fueron a las ciudades donde se desarrollaba una industria incipiente. 

En las dos últimas décadas del XIX, Rusia se fue industrializando con ayuda de capital extranjero. La industrialización implicó transformaciones económicas y sociales similares a las de otros lugares de Europa, la población asalariada fue en aumento y los obreros soportaban largas jornadas de trabajo o salarios mínimos. Hubo una cuestión que difirió: la concentración de trabajadores en las fábricas rusas. Casi la mitad de los obreros trabajaban en empresas de más de 500 operarios, lo que favoreció la concienciación de clase de este nuevo proletariado. Otra diferencia era la falta de derechos sindicales y de huelga por lo que cualquier protesta implicaba graves enfrentamientos con empresarios y poderes públicos. 

Nicolás II dirigía de forma absolutista, apoyado en un gran ejército y en la Iglesia ortodoxa. Estaba en contra de cualquier cambio que implicara merma de sus poderes, por lo que no aceptaba ningún tipo de control ni representación política. Con el cambio de siglo, aparecieron grupos opositores. La primera oposición vino del medio rural, donde los anarquistas promovían el cambio en la estructura de la propiedad agraria y la transformación de la sociedad, apoyándose en acciones violentas. En 1901, se fundó el partido Social Revolucionario, que defendía los intereses de los campesinos, a quienes señalaba como sujetos de la futura revolución. 

Los obreros de las ciudades tuvieron en el partido Social Demócrata, constituido en 1898, su baluarte. Los socialdemócratas pensaban que el proletariado urbano era la clase revolucionaria llamada a dirigir la sociedad que nacería tras el fin del capitalismo. En 1903, el partido Social Demócrata quedó dividido entre revolucionarios bolcheviques (mayoría) y moderados mencheviques (minoría). En los primeros, Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, se convirtió en el principal dirigente. Lenin defendía la actuación de una minoría muy concienciada que dirigiera el partido en su cúspide de forma autoritaria, los mencheviques apostaban por un partido más amplio y menos centralizado. Los bolcheviques querían una revolución socialista e implantar la dictadura del proletariado, mientras que los mencheviques estaban dispuestos a colaborar con liberales y demócratas para realizar los cambios necesarios en la sociedad. 

El partido Social Revolucionario y el Social Demócrata eran clandestinos y sus militantes, jóvenes intelectuales de clase alta y media. Si en Europa la legalización de partidos socialistas había facilitado su integración en el sistema democrático, en Rusia, su clandestinidad ayudó al triunfo de posiciones extremistas, defensoras de la vía revolucionaria. Dentro de la oposición, se constituyó, en 1905, el partido Constitucional Demócrata (KD) —“cadetes”—, partido liberal formado por la burguesía urbana junto con terratenientes, y cuyo objetivo fundamental era la constitución de un parlamento elegido por sufragio. 


La Revolución de 1905 

Las causas que provocaron la revolución de 1905 hay que buscarlas en la difusión de ideas socialistas y liberales desde la propaganda realizada por partidos políticos que exigían una sociedad más justa y democrática; y las protestas de campesinos y obreros que reclamaban mejoras. Las derrotas sufridas por el ejército ruso en su guerra colonialista contra Japón, en 1905, actuaron como desencadenante. 

Los obreros realizaron peticiones que pretendían hacer llegar al Zar. En enero de 1905, una manifestación de 200.000 ciudadanos se dirigió al Palacio de Invierno en S. Petersburgo. Solicitaban jornada de 8 horas, incremento de salario, sustitución de funcionarios corruptos y una asamblea constituyente elegida democráticamente. El ejército que custodiaba el palacio disparó matando a trescientas personas e hiriendo a más de mil. Fue el “domingo sangriento”, el inicio de huelgas y levantamientos revolucionarios que de San Petersburgo se extendieron por el país. 

El partido Social Demócrata, con mayoría menchevique, organizó soviets (consejos) de trabajadores en las principales ciudades y promovió una huelga general. Los dirigentes del partido Social Revolucionario capitaneaban la ocupación de tierras de los campesinos. Los “cadetes” apoyaban el movimiento con esperanza de lograr sus aspiraciones liberales. Ante la grave situación, el Zar prometió libertades, una constitución y una Duma (asamblea) con poderes legislativos. Eran suficientes para los demócratas liberales, pero no para los socialistas. La vuelta del ejército de Extremo Oriente posibilitó la represión y el fin de la revolución. 

Nicolás II no lo cumplió. Aunque convocó la Duma entre 1906 y 1916, no permitió ningún tipo de control sobre su actuación, ni la participación real del pueblo, ni un régimen democrático. Entre 1906-1911, su primer ministro, Stolypin, realizó cambios para mejorar la situación del campesinado, que incluía la posibilidad de abandonar la comuna donde trabajaban o reformas en la propiedad. Las medidas fueron insuficientes, por lo que los campesinos siguieron viviendo en la miseria y reclamando tierra para trabajar. 


La Revolución de febrero de 1917 

La entrada de Rusia en la IGM no contó con el apoyo de la inmensa mayoría de población. Las derrotas, las pérdidas territoriales, la muerte de dos millones de soldados, acompañadas de una grave crisis económica, la escasez de alimentos y la acción decidida de los revolucionarios rusos provocaron la revolución de 1917. 

Tuvo dos fases, la primera en febrero de 1917 y la segunda en octubre—marzo y noviembre respectivamente, según el calendario occidental—. La de febrero fue una revolución democrática, pero derivó, por el impulso de los dirigentes bolcheviques, hacia un régimen comunista. El origen está en la oposición de la población a la participación en la guerra mundial. Al descontento por la evolución de la contienda, se unió una crisis económica que provocó el desabastecimiento en las ciudades. La población se movilizó provocando motines y huelgas en San Petersburgo, que cambió por Petrogrado con el inicio de la guerra mundial. 

En la capital se organizó un soviet de Diputados de los Obreros y Soldados, el Zar reaccionó disolviendo la Duma. 

Esta eligió un comité de parlamentarios que compartió el poder en la ciudad con el soviet. El comité de la Duma constituyó un gobierno provisional con el príncipe Lvov como presidente. En el gobierno estaba el representante del partido Social Revolucionario, Kerensky. El Zar intentó hacerse con el control, pero los soldados de Petrogrado se sumaron a la revolución y Nicolás II abdicó el 17 de marzo de 1917. El gobierno provisional publicó un programa moderado, democrático y constitucionalista, con libertad de reunión y opinión, derecho de huelga, abolición de privilegios o asamblea constituyente mediante sufragio universal masculino. Frente al gobierno provisional estaba el soviet de Obreros que, formado por social-revolucionarios, mencheviques y bolcheviques, defendía ideas socialistas. 



La decisión del gobierno de no poner fin a la presencia en la guerra fue decisiva. Entendió que la retirada podía implicar reacción aliada y la pérdida de territorios, por lo que intentó convencer a obreros y soldados para continuar para defensa del régimen democrático. Los soviets de Petrogrado y Moscú entendían prioritario la salida inmediata y convocaron manifestaciones contra la decisión del gobierno. La llegada de Lenin en abril de 1917, procedente de Suiza donde había pasado los años de guerra, dio un impulso a la revolución. Lenin defendió, en sus “tesis de abril”, el fin de la participación, exigió todo el poder para los soviets y se posicionó contra las democracias parlamentarias. 

El gobierno provisional prometía reformas, pero no llegaban. Las revueltas se sucedían y se creaban soviets en toda Rusia, al tiempo que las derrotas continuaban en el frente. El gobierno provisional de Lvov dimitió y Kerensky ocupó el puesto de primer ministro. En julio, los bolcheviques protagonizaron un levantamiento armado que fracasó, algunos dirigentes fueron detenidos mientras que otros, como Lenin, lograron huir. 


En agosto, un antiguo general zarista, Kornilov, intentó un golpe de estado, pero fue derrotado por los soldados y revolucionarios de Petrogrado, con actuación destacada bolchevique. Este intento supuso el descrédito de Kerensky y el reconocimiento popular de los bolcheviques, que incrementaron su presencia en los soviets. Lenin lanzó su: ¡Todo el poder a los soviets!, al tiempo que supo interpretar la situación y los deseos del pueblo en un programa: paz inmediata con las potencias centrales, reparto de tierras entre campesinos, control obrero de las fábricas y entrega de poder a los soviets. El soviet de Petrogrado, que desde el principio estuvo en manos de socialrevolucionarios y mencheviques, pasó, en septiembre, a estar dominado por bolcheviques, que colocaron como presidente a Trotski. 

El 10 de octubre, Lenin imponía sus tesis revolucionarias en el Comité Central del partido bolchevique, que decidía la insurrección para alcanzar el poder. Se fijaba la fecha del 25 de octubre, día en el que se celebraba en Petrogrado el Congreso de Soviets de Rusia. En los días 24 y 25, la Guardia Roja dirigida por Trotski, junto con los marinos de la base de Kronstadt y soldados y obreros simpatizantes bolcheviques ocuparon lugares clave como la oficina de teléfonos, las estaciones de ferrocarril o las instalaciones eléctricas. La sede del gobierno, el Palacio de Invierno, fue ocupada el día 25, Kerensky huía a EEUU. 

El Congreso de los Soviets nombró gobierno, bajo nombre de Consejo de Comisarios del Pueblo. Lenin fue el presidente; Trotsky, en Asuntos Exteriores; Stalin, en Nacionalidades; Lunacharsky, en Cultura; Antonov Ovseenko, como ministro de Guerra o Rykov, en Interior. Lenin presentó dos medidas: negociaciones para una paz justa sin anexiones ni indemnizaciones y confiscación de la propiedad de la tierra sin compensaciones para su distribución entre los campesinos. 


Tras el triunfo de la revolución, el gobierno celebró elecciones para Asamblea Constituyente el 12 de noviembre de 1917. Los bolcheviques obtuvieron el 25% de votos, los socialrevolucionarios, el 60%. La Asamblea se constituyó en enero de 1918 e inmediatamente Lenin la disolvió. No había llevado a cabo la revolución para establecer un régimen democrático, sino para instaurar la dictadura del proletariado. Fueron prohibidos los partidos liberales y constitucionalistas, que pasaron a filas de la contrarrevolución, mientras que mencheviques y socialrevolucionarios mantuvieron la legalidad unos meses. En marzo de 1918, el partido bolchevique pasó a llamarse Partido Comunista. 

Tras difíciles conversaciones, firmaron el tratado de Brest Litovsk con Alemania, en marzo de 1918, por el que Rusia perdía Polonia, Finlandia, Letonia, Estonia, Lituania, Georgia y Ucrania. Al tomar el poder en Rusia, los bolcheviques tenían la esperanza de que se produjera un levantamiento revolucionario en Europa. Este no se produjo, y la paz prometida en octubre pasó a ser una necesidad absoluta para satisfacer las demandas del ejército y de los campesinos. Se trataba al mismo tiempo de firmar la paz, de negociar la política expansionista territorial de los gobiernos burgueses, pero sin que pareciera que se claudicaba ante los Imperios centrales.

Se firmó un armisticio el 15 de diciembre y los debates sobre la paz comenzaron el 22 de diciembre, siendo comandada la delegación rusa por Trotsky, que hizo publicar todos los tratados secretos y acuerdos sobre cambios territoriales alcanzados previamente entre ambas potencias. Las exigencias alemanas fueron enormes: Polonia, Lituania y Bielorrusia debían pasar a estar bajo ocupación alemana. Se inició así un acalorado debate en el seno del partido bolchevique, donde se confrontaban tres posiciones. Unos, como Bujarin, defendían la necesidad de una guerra revolucionaria, Lenin opinaba que había que dar el brazo a torcer, y Trotsky, que venció en la votación con nueve votos a favor por siete en contra, propuso rechazar la firma de una paz que conllevara cambios territoriales pero que sí que había que declarar el fin de la guerra.

Como respuesta, el ejército alemán lanzó una ofensiva el 17 de enero, avanzando rápidamente en Ucrania. La posición de Lenin, favorable a la firma inmediata de la paz, fue ganando adeptos dentro del partido, pero los alemanes endurecieron las condiciones del tratado de paz. El 3 de marzo de 1918, los bolcheviques firmaron el tratado de Brest-Litovsk, por el cual Rusia perdía el 26% de su población, el 27% de su superficie cultivada y el 75% de su producción de acero y de hierro. La situación económica de la joven república soviética, ya agravada por una guerra mortuoria que había durado cuatro años, se presentaba desesperante.

 El Tratado puede ser condensado de la siguiente manera:
  • Artículo 1:Se declara el fin de la guerra.
  • Artículo 2:Los poderes firmantes suspenderán la propaganda contra el otro bando.
  • Artículo 3: Rusia renuncia a cualquier reclamación sobre los territorios al oeste de la línea de influencia trazada previamente. El futuro estatus de dichos territorios será determinado por Alemania y Austria-Hungría.
  • Artículo 4: Alemania continuará ocupando territorios al este de la línea de influencia trazada hasta que Rusia no desmovilice sus tropas. Batum, Kars y Ardahan serán despejados de tropas rusas y cedidas al Imperio otomano.
  • Artículo 5: Rusia debe limpiar sus aguas de barcos de guerra de las otras naciones aliadas. Rusia debe limpiar las aguas del Mar Báltico y Mar Negro de sus minas, e indicar las rutas de navegación seguras.
  • Artículo 6: Rusia debe suspender la lucha contra la República Popular Ucraniana. Rusia debe desocupar Estonia y Livonia, que serán ocupadas por policías alemanes. Rusia debe devolver a todos los habitantes de estas regiones que fueron deportados o arrestados. Rusia debe desocupar Finlandia y las islas Åland, incluyendo sus puertos. Si el hielo no permite que los barcos rusos dejen los puertos, debe dejarse una tripulación mínima en los mismos. Las islas Åland no deben volver a ser fortificadas.
  • Artículo 7. Rusia debe reconocer que Persia y Afganistán son estados libres e independientes.
  • Artículo 8 Los prisioneros de guerra de ambos bandos deberán ser liberados y devueltos a sus naciones de origen.
  • Artículo 9: Ambos bandos renuncian a reclamar indemnizaciones de guerra.
  • Artículo 10: Se reinician las relaciones diplomáticas entre ambos bandos.
  • Artículo 11: Las relaciones económicas entre los bandos serán definidas en otros apéndices.
  • Artículo 12: Las relaciones legales públicas y privadas serán discutidas en posteriores tratados, al igual que el intercambio de prisioneros y navíos mercantes en poder del otro bando.
  • Artículo 13: Se define la autoridad de los textos firmados.
  • Artículo 14: El Tratado debe ser ratificado en Berlín en un lapso inferior a dos semanas. 
Consecuencias 

El 3 de marzo de 1918, el gobierno ruso se vio obligado a aceptar las condiciones de un tratado por el cual debía reconocer la independencia de Ucrania, Georgia y Finlandia, y debía entregar Polonia y los estados bálticos de Lituania, Letonia y Estonia a Alemania y Austria-Hungría, cediendo las poblaciones de Kars, Ardahan y Batum a Turquía. El tratado fue ratificado por el Congreso de los Soviets el 15 de marzo de ese mismo año.

El tratado, sin embargo, quedó anulado cuando Alemania perdió la guerra ocho meses después, pero los territorios que el Gobierno bolchevique había cedido a principios de 1918 se mantuvieron independientes. Rusia se lanzó entonces a recuperar sus antiguos dominios: entre 1919 y 1920 recuperó Ucrania y Bielorrusia y, constituidas en la Unión Soviética desde 1922, recuperó el este de Polonia, los Estados bálticos y parte de Finlandia al estallar la Segunda Guerra Mundial en 1939.

 Además de las mermas territoriales, los problemas derivados de la participación rusa en la guerra vinieron de sus antiguos aliados, que se unieron a las fuerzas contrarrevolucionarias para acabar con el poder bolchevique. 

Rusia se vio envuelta en una guerra civil con participación de las potencias extranjeras. Los bolcheviques estaban solos frente a liberales, demócratas, burgueses y campesinos propietarios, a los que se fueron uniendo, según la represión se extendía, los socialrevolucionarios y mencheviques; por otra parte, se enfrentaron a las potencias occidentales, que ayudaron al conglomerado contrarrevolucionario con la esperanza de conseguir la vuelta de Rusia a la guerra mundial. Las fuerzas internacionales estuvieron formadas por japoneses, que veían la posibilidad de ampliar su imperio a costa del ruso, estadounidenses, franceses e ingleses. 


La victoria de los aliados 

La revolución en Rusia provocó una difícil situación para las potencias aliadas que se vio compensada con la entrada de EEUU. El cambio de táctica de Alemania en la guerra submarina facilitó la beligerancia norteamericana. El bloqueo inglés hacía cada vez más daño a Alemania que entendió que la única forma de conseguir la victoria era llevar la lucha submarina a sus últimas consecuencias. Alemania reanudó, en febrero de 1917, el bloqueo naval a las Islas Británicas, con advertencia de que hundiría cualquier barco que se dirigiese a puertos británicos, independiente de la mercancía. Pensaban que podían acabar con GB en seis meses, tiempo que consideraban insuficiente para que EEUU, en caso de que les declarara la guerra, pudiera transportar tropas a Europa. El presidente norteamericano rompió las relaciones diplomáticas. La opinión pública americana conoció el telegrama Zimmermann. El hundimiento de varios barcos con bandera estadounidense por submarinos alemanes supuso el fin de las reticencias. EEUU declaraba la guerra a Alemania el 6 de abril de 1917. En un principio, la guerra submarina consiguió el objetivo previsto: el hundimiento de buen número de barcos y la reducción de reservas de alimentos en las Islas Británicas, las medidas de los aliados, como cargas de profundidad, minas y la organización de desplazamientos en convoy —en el que iban barcos mercantes y de guerra—, disminuyeron su efectividad. 

A la espera de las tropas norteamericanas, el frente occidental, durante 1917, continuó estancado. Lo que no impidió desgastadoras batallas, como Passchendaele, en verano de 1917, donde los ingleses perdieron cerca de 400.000 hombres, o la de Caporetto, en octubre, donde los italianos sufrieron una derrota con medio millón de bajas, entre muertos y prisioneros. Donde los aliados progresaron fue en Oriente Medio: los ingleses entraron en Bagdad, en marzo, y “Lawrence de Arabia”, al frente de tribus árabes, tomó Aqaba, en julio, mientras que tropas inglesas ocupaban Jerusalén en diciembre. 

En Alemania, mientras que el gobierno alemán deseaba negociaciones para un acuerdo de paz, la cúpula militar, con los generales Ludendorff y Hindenburg a la cabeza, lo rechazaban. Los responsables militares diseñaron un ataque masivo en el frente occidental, en marzo de 1918, con más de 3 millones de soldados, la última gran ofensiva alemana. El avance fue espectacular los primeros meses, llegando a cruzar el Marne y llegar cerca de París. Pero el ejército francés del General Foch, que dirigía todas las fuerzas aliadas incluidas las norteamericanas, detuvo el avance y contraatacó, haciendo retroceder a los alemanes hasta el Aisne. Esta segunda Batalla del Marne fue determinante. El ejército alemán estaba prácticamente agotado. Los aliados mantuvieron la iniciativa; los americanos, en septiembre, atacaron en la Argonne, en las Ardenas, los ingleses en Flandes. Los generales alemanes reconocieron ante el Kaiser su imposibilidad de ganar la guerra y aconsejaron la formación de un gobierno, lo más plural posible, para enfrentarse a las negociaciones de paz. 

Los países que habían luchado al lado de las potencias centrales fueron cerrando su participación en la guerra. Bulgaria firmó el armisticio en Salónica el 30 de septiembre. En Oriente Medio, los ingleses, en colaboración con los árabes, tomaban Amán, en septiembre, y Damasco, en octubre. Los franceses entraban en Beirut. Turquía pedía el alto el fuego y, el 30 de octubre, firmaba el armisticio. 

Austria-Hungría iba a protagonizar su última batalla en el frente sur. El ejército italiano ganó la decisiva Batalla de Vittorio Véneto, con 400.000 prisioneros. Fue el fin del Imperio Austro-Húngaro y también el punto final para Alemania. El Kaiser había nombrado el gobierno solicitado por los militares, y las negociaciones de paz comenzaron mientras continuaba la guerra. Las conversaciones se dilataban sin acuerdo, además Ludendorff llevaba a cabo una política de destrucción en los territorios que abandonaba y de resistencia a ultranza, que provocaron la desconfianza aliada. El gobierno alemán cesó a Ludendorff. La caída de Austria-Hungría fue determinante. La orden dada a los marineros para librar su última batalla naval contra los ingleses, a fines de octubre, provocó el amotinamiento en el puerto de Kiel. A la rebelión de marinos le sucedió la de los soldados de tierra y las de trabajadores en las principales ciudades. El 9 de noviembre el jefe del gobierno nombrado por el Kaiser para las negociaciones de paz, el príncipe Max Von Baden, cedía el poder al líder del Partido Socialista Alemán, Friedrich Ebert. El mismo día, para evitar disturbios y la actuación de una minoría revolucionaria, Guillermo II fue obligado a abdicar. La comisión encargada de negociar firmó el armisticio el 11 de noviembre de 1918. La I Guerra Mundial había terminado. 


El genocidio armenio

El Genocidio Armenio fue el exterminio sistemático y planificado de la población armenia en el Imperio Otomano, actual República de Turquía que dejó entre un millón y medio y dos millones de armenios muertos, y cientos que debieron exiliarse forzosamente de su país. Es considerado el primer genocidio de la historia del siglo XX.

El 24 de abril de 1915 es la fecha simbólica del inicio ya que fue el día en que las autoridades otomanas asesinaron a unos 250 intelectuales y líderes armenios en Constantinopla.

El 24 de abril de 1915, las autoridades del gobierno otomano ordenaron la detención de unos 250 destacados intelectuales y políticos armenios en Constantinopla (actual Estambul). El 24 de abril es ahora la fecha oficial de conmemoración del genocidio armenio, que había comenzado en enero, cuando el gobierno otomano inició el asesinato masivo de civiles varones armenios y la deportación de mujeres, niños y ancianos al desierto sirio.

Se calcula que 1.500.000 armenios fueron exterminados entre 1915 y 1923. La población armenia del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial era de aproximadamente 2 millones.  Más de un millón fueron deportados en 1915. Cientos de miles fueron masacrados en el acto. Muchos otros murieron por inanición y epidemias que arrasaban en los campos de concentración.

Deportaciones, expropiaciones, secuestros, torturas, masacre e inanición. La gran mayoría de la población armenia fue forzosamente removida, una gran parte fue enviada al desierto para morir de hambre y sed. Gran número de armenios fueron masacrados metódicamente a lo ancho y largo del Imperio Otomano. Mujeres y niños fueron raptados y asesinados.

Más de un millón de armenios fueron asesinados y, a finales de 1916, más del 90% de los armenios del Imperio Otomano habían sido exterminados o expulsados. Algunas mujeres y niños armenios que sobrevivieron fueron obligados a renunciar a su identidad armenia y convertirse al islam.


Características de la Gran Guerra 

La IGM tuvo características especiales. Era la primera vez que un conflicto bélico adquiría el carácter de mundial, pues habían participado países de todos los continentes y se había desarrollado en buena parte del mundo. Fue una guerra total porque no afectó sólo a soldados, sino que repercutió en la población civil de retaguardia. Todos los recursos se emplearon en la guerra y la industria se reconvirtió con el objetivo de producir materiales para el frente. 

Cada Estado intervino en todos los resortes de su economía, se pasó de un liberalismo económico al control exhaustivo en el comercio, la producción, la distribución de los productos, la moneda... 

Aparecieron nuevas formas de guerra y nuevas armas. Con el estancamiento de los frentes, la guerra de trincheras fue característica. Los ataques mantenían un esquema básico: fuerte ataque de artillería durante días, seguido de grandes oleadas de soldados de infantería. Las trincheras representan la imagen de esta guerra. Lugares insalubres con largas alambradas de espino, donde las condiciones eran inhumanas y se extendían las enfermedades; y entre trincheras, de uno y otro bando, una tierra de nadie donde se acumulaban los cadáveres. 


En armamento, la gran revolución fueron las ametralladoras, con su capacidad de tiro que destruía la formación de atacantes. La artillería logró un gran desarrollo, su precisión y calibre aumentaron con el paso del conflicto. El cañón más espectacular fue Gran Berta, de Alemania, con calibre de 420 mm. Aparecieron los carros de combate o tanques, utilizados por los ingleses, aunque no alcanzaron el rendimiento de guerras posteriores. Se emplearon como apoyo a la infantería o la destrucción de trincheras. Los productos químicos, prohibidos por la Conferencia de la Haya de julio de 1899, hicieron acto de presencia. El más popular fue el gas mostaza, que producía ampollas; otros eran más letales como el fosgeno, asfixiante. En contra de ellos se inventaron las máscaras, que redujeron su efectividad. 

En el mar, la mayor innovación fue el submarino por Alemania. En contra de ellos se emplearon las cargas de profundidad, minas y convoyes. En el aire los Zeppelines fueron usados para el bombardeo de ciudades, pero con escasa repercusión. Los aviones de caza aparecieron en 1915. El alemán Von Richthofen, el Barón Rojo, fue el aviador más conocido, prototipo de caballerosidad de la época y héroe nacional. Aparecieron las fotografías aéreas, los lanzabombas y la inclusión de la ametralladora en los aviones, pero también la artillería antiaérea. En cuanto a los transportes los más utilizados fueron el ferrocarril y el automóvil, mientras que en comunicación fueron esenciales la radio, el teléfono y el telégrafo. 

En un breve balance de pérdidas humanas, hay que señalar que la guerra costó 10 millones de muertos, mientras que los heridos se cifran en el doble. Cada una de las principales potencias sufrió una pérdida de entre uno y dos millones de soldados. Por su parte, EEUU tuvo más de 100.000 muertos, y es que el ejército norteamericano sólo combatió los últimos meses de la guerra, aunque su intervención fue decisiva para la victoria final de los aliados.