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jueves, 7 de noviembre de 2024

CAPÍTULO 12 EL MESOLÍTICO

PANORAMA GENERAL DEL MESOLÍTICO

Concepto del Mesolítico

Desde los principios del Holoceno las comunidades de cazadores-recolectores que poblaban el Viejo Mundo comenzaron a transformar sus modos de vida hasta tal punto que prehistoriadores han reconocido una nueva etapa cultural: el Mesolítico, que significa “Edad de piedra”.

El Mesolítico venía a ser un periodo de transición entre el Paleolítico y el Neolítico.
Este periodo representaba una fase intermedia en la historia de la humanidad, pues los seres humanos aún subsistían de la caza y de la recolección, pero habían adoptado conductas más evolucionadas que les conducirán hacia el modo de producción Neolítico.

Actualmente la imagen asociada a las comunidades mesolíticas del pasado ha adquirido su propia personalidad, no son simplemente gentes en una fase de transición al modo de producción neolítico. Las comunidades mesolíticas pueden asimilarse al modo de comportamiento cultural que los antropólogos denominan “sociedades cazadoras-recolectoras complejas”.

Las sociedades cazadoras recolectoras complejas se caracterizaban por:
  • Se encuentran perfectamente sincronizadas con la naturaleza.
  • Poseían plena capacidad para la búsqueda de alimento.
  • Vivían en perfecta comunión con su mundo.
  • Poseían profundas inquietudes personales y sociales

El medioambiente: El Holoceno

La aparición de las poblaciones mesolíticas se enmarca a principios del Holoceno y más concretamente en sus dos primeras fases: Preboreal y Atlántico
  •  Preboreal
Los principios de Preboreal mostraron un aumento drástico de temperaturas y precipitaciones que impulsó un clima templado y húmedo propio de un momento interglaciar muy acusado.
  •  Atlántico
Representó una mejoría climática más profunda que culminó en el llamado el Óptimo Climático Atlántico. Este momento ocurrió en el año 5.700 BP y las temperaturas llegaron a ser entre 0,5 º – 2º superiores a las actuales. Nada quedaba ya de los tiempos de la última glaciación

La subida de las temperaturas acabó con el manto de hielo permanente que había  formado el inlandsis escandinavo. La morfología del continente cambió para dar lugar a los perfiles que hoy conocemos:
  • La desaparición de los hielos glaciares permitió la aparición de la Península escandinava y del Mar Báltico. 
  • La subida del mar inundó las franjas litorales y la línea de costa apareció tal como es hoy en día. 
  • La inundación provocó la insularización de Gran Bretaña y acabó con lo que restaba del Doggerland, que acabó sumergida de manera definitiva bajo las aguas del actual Mar del Norte.
La mejoría climática relacionada con la subida de las temperaturas y de las lluvias originó un cambio en las comunidades vegetales y animales. La nueva templanza húmeda interglaciar modificó la zonación latitudinal, las cronozonas ecológicas y la distribución de las especies. 

Los cambios vegetales fueron:
  • Las regiones de tundra y estepa fría retrocedieron en extensiones y acabaron confinadas en las tierras del norte. 
  • La colonización forestal se extendió por el continente, con el incremento de coníferas en las regiones septentrionales, la expansión definitiva de los caducifolios por las latitudes medias y la consolidación plena del bosque mediterráneo en la cuenca mediterránea. 
  • Durante el Atlántico la mejora provocó un incremento de la biodiversidad vegetal, de la riqueza taxonómica de especies, los índices de productividad y la cadena de producción. 
  • Las modificaciones en la vegetación dieron lugar a profundos cambios en la distribución de las especies animales.
Los cambios animales fueron:
  • La extinción de los grandes animales de la tundra.
  • El confinamiento de manadas de reno en las actuales regiones subárticas.
  • La expansión generalizada de especies templadas menores, pequeños mamíferos de talla pequeña
  • La propagación de numerosas especies animales, sobre todo de pequeños invertebrados. 
  • El resultado fue un incremento de la biomasa animal que tuvo su trascendencia para los modos de subsistencia de las comunidades mesolíticas.

La cultura material: el microlitismo geométrico

La característica principal de las industrias líticas del período fue la generación de los microlitos geométricos. 

Los microlitos geométricos eran pequeñas laminillas con una morfología geométrica nítida, que representaban el último paso del largo proceso de microlitización.

Su probable invención parece estar en el sur de Francia y muy pronto se produjo su rápida extensión por todo el continente: norte de Francia, Países Bajos, Alemania, Inglaterra y cuenca del Mediterráneo.

Su importancia es tal que existen varias clasificaciones tipológicas pero más allá de matices los tipos principales son 4:
  • Triángulos.
  • Rectángulos.
  • Trapecios.
  • Segmentos de círculo (con forma de media luna).
En todos los casos se trata de piezas con un dorso trabajado mediante retoque abrupto, en un lateral opuesto a un lado de filo natural.

Esta morfología estricta de los microlitos geométricos requería procedimientos de tallas especiales. La base principal para su producción era un modelo de lámina bastante larga pero estrecha, que se fracturaba en piezas pequeñas aplicado una técnica sencilla pero práctica: la técnica del microburil. Bastaba hacer una pequeña muesca en un lado y agrandarla con ligera presión hasta que alcanzaba el tamaño suficiente para conseguir quebrar la lámina con la más leve presión de los dedos.


Era una técnica muy sencilla pero perfecta para estandarizar la producción y producir piezas similares. Esto no impide cierta variabilidad tipológica que ha dado pie a interpretaciones funcionales, diferenciando triángulos escalenos, triángulos isósceles, trapecios simétricos y asimétricos, medias lunas o segmentos, etc…

La mayoría de las hipótesis apuntan que los microlitos geométricos sirvieron como puntas de proyectil pues su minúsculo tamaño los hacía disfuncionales sin pensar en su adhesión a soportes orgánicos. Se han postulado dos fórmulas:
  • Como puntas de proyectiles.
  • Como barbas adheridas a los laterales de los vástagos.
En cualquiera de los dos casos los geométricos podrían representar nuevas prácticas de arquería.
La contrapartida a los diminutos geométricos se hallaba en una serie limitada pero importante de instrumentos macrolíticos cuyas grandes dimensiones y peso les convertía en perfectos para tareas contundentes. La mayoría de las piezas macrolíticas se suelen interpretar como instrumentos para tareas relacionadas con la madera o con la remoción de tierras: azuelas, hachas, tajadores, … usados para la tala, desbaste, cavar hoyos, etc…

Los instrumentos de la industria ósea principales fueron las puntas dentadas barbeladas con una función similar a los arpones. Las mejores muestras de industria ósea del Epipaleolítico proceden de las culturas nórdicas y centroeuropea, cuyos yacimientos revelan un repertorio variado de elevado grado
de pericia técnica y adaptación predeterminado a la función según el tipo de presa.

La contrapartida se halla en la culturas mediterráneas, que presentan una industria ósea limitada con un nivel técnico más simple, quizás porque se contaba con una materia prima alternativa abundante en los bosques: la madera.


Los medios de subsistencia: la revolución de amplio espectro

Los modos de subsistencia de las comunidades mesolíticas se basaban en un aprovechamiento integral de todo tipo de recursos alimentarios, que proveían una dieta variada compuesta por una muestra amplia de animales y plantas.

La caza mayor de herbívoros representó la principal parte de la dieta. Esta dieta se complementaba con la caza menor: pequeños mamíferos y aves. La principal estrategia para ampliar la base alimentaria fue la intensificación de ciertas prácticas alternativas: 
  • La recogida de moluscos.
  • La pesca en los ríos.
  • La pesca marina.
  • La recolección de vegetales
Tenemos buena prueba del aprovechamiento de recursos acuáticos en los yacimientos llamados concheros, acumulaciones ingentes de restos arqueológicos, entre los que sobresalen de manera muy especial las conchas marinas. 

La ampliación de la base alimentaria permitió un aprovechamiento integral de las múltiples posibilidades de entorno ambiental, que tuvo una honda repercusión en los modos de supervivencia de los seres humanos.

El arqueólogo estadounidense Kent Flannery acuñó un concepto clave: “La Revolución del amplio espectro”. La Revolución del amplio espectro representaba un estadio previo necesario en la Historia de la Humanidad para la llegada del modo de producción del Neolítico. Hoy en día esta idea resulta cuestionable ya que la ampliación de la dieta no significó en todos los casos una mejora de esta.


La organización social: nomadismo y necrópolis

Durante el Mesolítico la movilidad de los cazadores-recolectores se restringe como norma generalizada, adoptando un nomadismo restringido comparado con el continuado peregrinar de sus antepasados del Paleolítico y Epipaleolítico.

Las pruebas apuntan a la limitación de los radios de movilidad residencial, mediante la aparición de campamentos de habitación permanente o semipermanentes, tanto al aire libre como en cuevas, que sirvieron como lugares residenciales para buena parte del año. 

La reducción del grado de movilidad residencial no condujo a una vida estrictamente sedentaria ni a la aparición de poblados permanentes, ocupados de manera ininterrumpida En las latitudes del centro y norte del continente el establecimiento de este tipo de asentamientos fue posible gracias a sus entornos privilegiados:
  • Zonas de elevada productividad ambiental.
  • Una amplia gama de recursos.
  • Presentaban unas condiciones de predicibilidad suficientes para conocer con antelación tanto los movimientos como la densidad de los recursos.
La mayoría de los campamentos de larga duración se instalaban en lugares estratégicos que tenían un radio de acceso inmediato a distintos ecosistemas, permitiendo así controlar los recursos de caza, pesca y recolección.

La ocupación prioritaria de enclaves privilegiados y la instalación de campamentos semipermanentes desembocó en un proceso paulatino de concentración demográfica y de incremento de la población.

Las tendencias de incremento de la población, presión demográfica y necesidad de intensificación productiva mediante la búsqueda de alimento pudieron provocar con el paso del tiempo una situación de competencia por los recursos naturales. Esto llevó a:
  • Un incremento de la territorialidad.
  • Un incremento de la competencia ir el control de los recursos y la posesión de territorios.
  • Un incremento de los conflictos entre grupos próximos.
El hombre del Mesolítico mantuvo una nueva conciencia ante la muerte que obedece a un cabio sociológico profundo de honda trascendencia ideológica. Los enterramientos se convierten en una práctica habitual en muchas culturas mesolíticas, lo que representa una preocupación por los difuntos antes desconocida.

En varias culturas se aprecia un paso más, motivado por la aparición de enterramientos agrupados a modo de necrópolis. La costumbre del enterramiento agrupado trasciende la mera preocupación individual por el difunto para otorgar al ritual de la muerte de una repercusión colectiva de manera que se produce una socialización compartida, comenzando por la apropiación ritual del terreno que acoge a los antepasados. 

En los entornos de las sociedades sedentarias inmersas en un marco de intensa competencia por los recursos naturales las prácticas de enterramiento colectivo son un instrumento eficaz para reivindicar la propiedad del territorio.

En las necrópolis mesolíticas más complejas quizá podría percibirse un paso más en la complejidad cultural: los indicios tímidos de una diferenciación social de tipo vertical.


EUROPA ATLÁNTICA

Los concheros portugueses

Las costas meridionales portuguesas fueron ocupadas hace 10.000 años por una de las culturas de concheros más representativa, siendo cazadores-recolectores complejos con una economía de amplio espectro y costumbre de enterramiento en necrópolis

Se instalaron en parajes llanos y arenosos de las llanuras aluviales del tramo final del río Tajo y la comarca del Sado, siendo una zona ideal para instalar campamento de carácter semipermanente. Los yacimientos más conocidos son Cabeço da Arruda, Moita do Sebastiao y Cabeço da Amoreira, constituyendo campamentos residenciales de larga duración, y contando con cabañas sólidas, sobre base de cantos rodados, conchas y tierra batida. Presentaban muros alzados sobre postes y se cubrían con ramas impermeabilizadas con arcilla, y en el interior se excavaron hoyos a manera de hogares, aunque algunos podrías ser silos o basureros.

El instrumental lítico comprendía muescas, denticulados y raederas, aunque las piezas más numerosas eran microlitos geométricos trapezoidales y triangulares,que servían probablemente para cazar. El instrumental óseo se limitó a punzones, puñales, mangos, hachas, compresores y cinceles, aunque seguramente fabricaron bastantes utensilios de madera, que no se han conservado.

En los concheros portugueses se acumularon desechos de huesos de grandes ungulados herbívoros, pequeños mamíferos y aves, restos de pescado de río, conchas de moluscos marinos y caracoles terrestres. La caza se centró en el ciervo, jabalí, corzo, bóvidos, zorro, lobo, mustélidos, pequeños lagomorfos (conejo, liebre) y varias especies de aves. También se recolectaban lapas, bígaros, berberechos, vieiras, almejas, ostras, mejillones y cangrejos, y la pesca de especies de río como el estuario y especies de mar con restos encontrados de tiburón, raya y atún. Los únicos testimonios de la recolección vegetal lo encontramos en posibles piedras para moler, algunos restos de bellota y piñones.

Los estudios isotópicos en los huesos humanos y los análisis dentales ratifican una dieta mixta y equilibrada de recursos marinos y terrestres.

En sus necrópolis se totalizaron varios centenares de inhumaciones individuales aprovechando depresiones naturales o excavando pequeñas fosas con los cadáveres depositados en decúbito supino o lateral, con ajuares de conchas perforadas, útiles, restos de ocre y desechos de animal. No existían elementos de distinción en las tumbas con lo que representaba una sociedad igualitaria de tipo horizontal, y la presencia de fosas en el interior de algunas cabañas, parece indicar la importancia de los antepasados en la vida cotidiana de las familias.




Los concheros asturienses

En la región cantábrica limitada entre el oriente de Asturias y el occidente de Cantabria surgió hace 9.000-8.500 años la cultura de conchero Asturiense, localizando un centenar de concheros en cuevas y abrigos, en una franja litoral de 40 km de longitud y 5 km de anchura. 

Mantuvieron su modo de vida en cuevas y no desarrollaron rasgos complejos, ni asentamientos avanzados, ni enterramientos colectivos en necrópolis, puede que por las limitaciones naturales que ofrecía el terreno abrupto de la región.

Su industria lítica era en su mayoría instrumentos de piezas macrolíticas tallados sobre núcleos y grandes lascas, siendo el útil más característico el “pico asturiense” (tallado toscamente sobre cantos rodados de cuarcita con un extremo distal terminado en punta roma y el extremo proximal sin tallar), que podría haber servido para desprender las lapas de las rocas y desenterrar tubérculos. También
se conservan muescas, denticulados, raederas y unos pocos raspadores, buriles y perforadores. El utillaje microlítico es mínimo, al igual que el utillaje óseo compuesto por unas pocas agujas, leznas, punzones sencillos, huesos biapuntados y algún bastón de mando.

Su economía se basaba en la caza de ciervo, corzo, rebeco, jabalíes y la intensa recolección de moluscos litorales (lapas, bígaros, mejillones, ostras y erizos de mar). También realizaban prácticas de pesca en las desembocaduras de los ríos con palangres y trampas de ramas y cañas, aunque los restos de lenguado encontrados indicarían que realizaron pesca en alta mar. La recolección de vegetales pudo ser
notable, aunque no se han encontrado restos de materias vegetales, pero si restos de madera de roble y abedul.

Hay diferentes versiones entre arqueólogos que apuntan a que los poblamientos de los concheros pudieron ser campamentos temporales para el marisqueo, o bien, basureros de otros campamentos residenciales ocupados durante largas temporadas. Los enterramientos son pocos, representados por inhumaciones simples en fosas con el cadáver rodeado de adornos personales, instrumentos líticos y huesos, siendo el mejor testimonio, el yacimiento de la cueva de Los Canes, con 3 fosas con 4 individuos, con restos de conchas como ajuar.


Los concheros bretones

Esta cultura mesolítica se localizaba en las costas francesas de Bretaña, en campamentos al aire libre con cabañas levantadas con materiales poco consistentes, con algunos hogares y hoyos excavados como silos para el almacenamiento.

La principal dieta de esta comunidad provenía de la caza de ciervo, corzo, jabalí, y de la pesca de salmónidos, lábridos, ciénidos, e incluso focas, rayas y tiburones. La caza de aves también represento una de sus fuentes de recursos con capturas de anátidas, rapaces, palomas, cigüeñas, aves marinas y pingüinos. La proximidad a la costa facilito la recolección de moluscos marinos como lapas, mejillones, caracoles de mar, ostras y almejas, y aunque no hay muchas pruebas de recolección vegetal, se encontraron restos de avellana y semillas de peras silvestres.

Las necrópolis más relevantes se encuentran en Téviec y Hoëdic (dos pequeñas islas a pocos kilómetros de los acantilados de Morhiban), donde el ritual consistía en inhumaciones en pequeñas depresiones u hoyos en las que se depositaba al difunto en posición decúbito lateral con las piernas replegadas y espalda algo sobreelevada. El cadáver estaba acompañado por un ajuar de collares, brazaletes de conchas marinas, asta de ciervo, algunos útiles y restos de ocre. En Téviec se hallaron algunas tumbas cubiertas por una especie de túmulo con restos de hogares probablemente rituales, que acogieron ofrendas a base de mandíbulas de ciervo y jabalí, y también objetos de carácter artístico (huesos decorados con incisiones cortas paralelas, siendo la mejor pieza, una mandíbula de pez con un motivo en cuadricula).

Lo más llamativo de la necrópolis bretonas es la diferenciación de sus ajuares en niños (se les enterraba con ajuares sencillos), en varones (se les enterraba con conchas de molusco Trivia europea) y en mujeres (se les enterraba con una concha llamada Littorina obtusata). La tumba de un joven enterrado en Téviec tras una muerte violenta (tenía restos de microlitos incrustados en los huesos y una
fractura en la mandíbula) tuvo un tratamiento funerario relacionado con un personaje de prestigio. La riqueza de los ajuares depositados en tumbas de algunos niños sugiere que gozaban de una posición privilegiada en la sociedad, o que podían haber permanecido a clanes o familias destacables, y hubieran adquirido privilegios hereditarios. Algunas tumbas colectivas se abrían y se cerraban de manera
periódica, lo que confirma la existencia de clanes familiares que agrupaban a miembros de su linaje.

Análisis de isótopos de los huesos humanos sugieren que hombres y mujeres tuvieron formas de alimentación distintas, ya que las mujeres consumieron menos recursos marinos, porque su alimento principal provenía de la caza. Algunos prehistoriadores creen que mujeres de poblados del interior, se trasladaron a poblados de la costa para contraer matrimonio, constituyendo una buena medida para evitar la endogamia social y una estrategia viable para la supervivencia.


Los concheros escoceses

La presencia de concheros se atestigua también al otro lado del Canal de la Mancha, en costas de Gran Bretaña, Irlanda e Islas próximas. 

El conchero de Morton fue un campamento estacional, donde las huellas de postes revelan levantamientos eventuales como parapetos de tipo más bien precario. La dieta en este yacimiento estaba basada en la pesca de bacalao, abadejo, rodaballo, esturión y salmón. 

No menos conocido son los concheros de la isla escocesa de Oronsay (en el archipiélago de las Hébridas), siendo 5 concheros de apenas 4 Km2  con pruebas de explotación sistemática de peces marinos (gálidos). Cada conchero se ocupó en estaciones distintas, quedando sin determinar, si en tal isla había un poblado permanente o solo acogía visitas breves para pescar y cazar



EL MESOLÍTICO EN CENTROEUROPA

La cultura Tardenoisiense

Hace 8.500 años BP, en el periodo climático del Preboreal, la Cultura Aziliense comenzó a desvanecerse para dar paso a complejos culturales que representan el Epipaleolítico Pleno o Geométrico, siendo el más representativo el Tardenoisiense (término procedente del yacimiento francés Fere-en-Tardenois). 
Esta cultura se extendió por buena parte del suroeste y noroeste de Francia, regiones colindantes de Luxemburgo, Suiza y Alemania Meridional, conservando el hábitat en cuevas, aunque también se levantaron campamentos al aire libre junto a llanuras arenosas cerca de ríos.

Los campamentos debían estar formados por chozas de materiales orgánicos perecederos. La presencia de hoyos de un metro de diámetro con restos de huesos se ha interpretado como lugar de almacenamiento. Para los arqueólogos estos lechos arenosos no resultan muy aprovechables, ya que los sedimentos son muy perniciosos (la tierra disgrega los huesos provocando su desaparición). Por ello poco se conoce de las prácticas alimenticias, pero parece sensato pensar en el ciervo como principal fuente de sustento.

El instrumental lítico se caracterizó por la impronta microlítica de carácter geométrico (triángulos isósceles) siendo la pieza más representativa, la Punta tardenoisiense (trapecio tallado sobre laminilla con técnica microburil, con retoque abrupto en un lateral y en la base, dándole forma de triángulo isósceles).

Se conocen enterramientos como inhumaciones individuales, en ocasiones cubiertas por piedras grandes y con ajuares poco vistosos. En el yacimiento de Pesse (Países Bajos) se encontró los restos de una robusta piragua labrada en un tronco de pino de 3 x 0,45 m, datada en 8.500 BP, y en Noyen-sur-Seine (antiguo canal del río Sena), también se encontró una piragua datada en 7.600 BP.


La cultura Maglemosiense

El Epipaleolítico en tierras centroeuropeas está representado por las Culturas de los bosques o Culturas Forestales (clasificación establecida por el prehistoriador anglosajón Vere Gordon Childe), dando uniformidad a grupos culturales que tenían en común su adaptación al mundo boscoso en latitudes próximas a Bélgica, Norte de Alemania y Dinamarca. 

La cultura más conocida fue la Maglemosiense, (término procedente de la lengua danesa “magle mose” que significa “gran pantano”) y que se extendió desde Dinamarca hasta tierras limítrofes de Alemania. Muchos asentamientos se hallaban junto a las orillas del mar, de tal modo que fueron anegados por la subida del mar.

Estas comunidades vivieron en campamentos al aire libre próximos a cursos de agua (lagos, lagunas o costa) y esta ocupación cerca del agua responde a la idea de aprovechar la elevada productividad ambiental, la exuberante riqueza y amplia diversidad de recursos. Existían campamentos en el interior ocupados temporalmente como cazaderos estivales. La mayoría de los yacimientos ocupaban una extensión en torno a 40-20 m2  y no se han revelado huellas claras de cabañas, ni estructuras aparentes más allá de hogares sencillos, poco consistentes, levantados con materiales frágiles y perecederos. En yacimientos como Ulkestrup Ost, Holmegaard y Svaerdborg, poseían cabañas de planta rectangular o
trapezoidal con unas dimensiones medias de 6 m2 , donde se usaban técnicas para impermeabilizar toda la estructura, cubriéndola con cortezas y ramas de abedul y pino.

El repertorio industrial lítico se componía de microrraspadores, microburiles, microperforadores, laminillas microlíticas varias, puntas de dorso curvo, piezas geométricas (triángulos y trapecios). Existía también una especie de azuela tallada, piqueteada o abrasionada, con los extremos cuidadosamente afilados, que sirvieron como filos contundentes para tallar madera.

En la industria ósea recurrieron a punzones, anzuelos, arpones y puntas dentadas.

Las bandas que ocupaban el mismo territorio tenían sus propios arpones y puntas, claramente diferenciadas de las usadas por sus vecinos (las comunidades de la isla de la actual Dinamarca utilizaban arpones los ángidos con dientes marcados en la mitad distal, mientras que las comunidades del interior próximas a Alemania usaron puntas estilizadas con muchos diente pequeños o uno solo en el extremo).

Los arqueólogos recuperaron fragmentos de trampas elaboradas con madera de cerezo en el yacimiento de Ageröd V, que usaron al parecer para capturar peces o anguilas, y en el yacimiento de Loshult, se hallaron vástagos de flechas en madera de pino, con microlitos pegados con resina. En los yacimientos de Vinkel y Holmegard, se desenterraron flechas con ranuras ahuecadas para pegar microlitos, y arcos de 1,50 metros de altura tallados en madera de olmo.

Parte de la alimentación procedía de la caza de animales forestales como ciervo, jabalí y corzo, aunque en algunos yacimientos del norte de Alemania y Dinamarca se han llegado a encontrar restos de alce, bóvido, caballo, zorro, lobo, nutria y castor.

También la caza de aves representó un complemento menor compuesto por capturas de perdiz, paloma, cuervo, patos, cisnes y pingüino, y este mismo patrón se utiliza en la pesca con captura de lucio, tenca, gobio, brema, perca y anguila.

Pero lo más llamativo fueron sus gustos por los mamíferos marinos como ballena, delfín, orca y foca, revelando una insólita habilidad en la pesca de alta mar
.
Estudios realizados en yacimientos insulares daneses como Mullerup a partir del colágeno de los huesos humanos indican que los recursos del mar llegaron a representar el 40% de la dieta de estos pobladores, llegando a ser más pescadores que cazadores.

El arte fue muy poco representativo con un centenar de puntas de hueso, con simples decoraciones geométricas, y algún canto de sílex o en ámbar, como la cabeza de un alce tallada, localizada en el yacimiento de Egermake


El Mesolítico de las Islas Británicas

El tecnocomplejo inglés contemporáneo al Maglemosiense se conoce como “Long Blade” y su conocimiento es bastante discreto: un repertorio instrumental en lascas con abundantes microlitos y con las láminas grandes, engrosadas y anchas como las piezas más representativas. 

En las zonas inmediatas de Los Países Bajos y Bélgica se desarrolló el tecnocomplejo Tjongeriense, también conocido de manera insuficiente, y caracterizado por las Puntas de Tjonger. Hechas sobre láminas convexas y base estrecha despejada por retoques o truncatura. 

Estos dos tecnocomplejos solo aportan una idea muy artificiosa de las comunidades que poblaron los límites occidentales de la gran región de las Culturas forestales. 

En las Islas Británicas, las comunidades epipaleolíticas mantuvieron modos de vida similares a sus antepasados y estuvo representado por esta cultura en un yacimiento clave llamado Star Carr. 

Este yacimiento emplazado en campos de turba de Yorkshire, hace 11.000 años se hallaba en un entorno muy distinto, junto a las riberas de un lago interior. Las excavaciones dieron con un poblado al aire libre característico de latitudes templadas y en una superficie de 300 m2  aparecieron una serie de cabañas
distribuidas sin orden aparente. Las cabañas pudieron cobijar unas 25 personas a pesar de no contar con estructuras consistentes. En la actualidad entre arqueólogos todavía no hay consenso en cuanto a si era un campamento permanente o temporal, y en cuanto si su ocupación era estival o invernal.

Star Carr

En las cabañas aparecieron numerosos instrumentos líticos (raspadores, buriles, muescas, denticulados, perforadores, y utillaje microlítico). La herramienta microlítica característica es la Punta creswelliense (larga lamina apuntada con retoque abrupto en un lado para enmangar y retoque distal en la punta). También se hallaron piezas macrolíticas como: bolas perforadas (de finalidad desconocida) hachas y azuelas (posiblemente para el trabajo de madera)

En la industria ósea llama la atención los casi dos centenares de arpones y puntas dentadas, y grandes azadones de cuerna que pudieron usarse para remover tierra o para ceremonias. Aunque lo más llamativo de la cultura material de Star Carr fue los restos de madera y fibras vegetales, ya que las excelentes condiciones de preservación de la turba que oculto el lugar han conservado: pequeños trozos de corteza de abedul, un fragmento de un zagual (remo, tallado en madera de abedul), y una especie de plataforma de tablones de madera junto a la ribera del lago (para impermeabilizar el terreno para evitar la anegación y acomodar el acceso al lago para el tránsito por la orilla).

Restos de ciervo confirman la importancia de este animal en la dieta, complementado con otros animales como alce, corzo, jabalí e incluso uro. La presencia de restos de perro apunta a la posibilidad de domesticación y su empleo como animal de ayuda en la caza. Se detectaron restos de 14 plantas comestibles que indican la relevancia en la recolección vegetal, compuesto principalmente por nenúfar blanco, epilobio, centonodia, espino blanco y camarina, entre otros. Las excavaciones han comprobado grandes concentraciones de carbones que podrían indicar labores de roza para limpiar el terreno (incendios deliberados entre final de primavera o inicios de verano, para eliminar secas cañas inflamables próximas al agua, mejorando así el acceso al lago y regenerar los pastos para asegurar la
llegada de animales en la temporada siguiente).

Un yacimiento muy parecido se encuentra en Irlanda, el Mount Sandel, campamento al aire libre de cazadores-recolectores del 9.000-8.500 BP, en el cual, se han conservado huellas de cabañas de planta circular con numeroso hoyos de postes de madera. La yuxtaposición de hoyos demuestra que las cabañas se rehicieron varias veces, lo que induce a pensar que parece una ocupación prolongada o reocupación de un modo regular cada cierto tiempo. Sus habitantes mantuvieron una dieta variada
basada en la caza del jabalí y el ciervo, así como la pesca de anguila, trucha, salmón y la recolección de frutos secos como, la avellana.

Mount Sandel

La cultura Ertebolliense

En Dinamarca apareció hace 8.000 años, la cultura Ertebolliense (recibiendo el nombre por el yacimiento de Ertebolle), ocupando el norte de Jutlandia y las islas entre el estrecho de Dinamarca y la Península Escandinava.

Su concentración de poblados era al aire libre cerca de la costa (aproximadamente a 15 km) y con elevada riqueza de recursos, ocupando la extensión de los poblados, unos 15.000 m2 , con áreas abiertas con hogares, hoyos o depresiones, donde las áreas funcionales se establecen a partir de desechos que se acumulan en derredor.


Se ha registrado un amplio abanico de instrumentos líticos (raederas, buriles, muescas, denticulados, perforadores y varios microlitos geométricos trapezoidales), y también industria macrolítica (azuelas o tajadores para tallar madera, y hachas para cortar árboles y desbrozar los terrenos). Las huellas de
esas hachas han sido reconocidas en troncos hallados en turberas danesas, que conservaron señales de profundos tajos provocados por estas herramientas.

Hay instrumentos tallados en hueso y asta (punzones, espátulas, puntas, arpones, anzuelos y peculiares peines dotados de mango). Los arpones tienen diferentes variedades (con fuste rectilíneo, curvo o irregular, con 1 o 2 hileras de dientes, con un solo diente de gran tamaño, una docena de dientes, una larga hilera de minúsculos dientes). La diversidad de los arpones respondería no solo a la variabilidad funcional relacionada con la captura de presas, sino a las pautas de identificación territorial, étnica o tribal que varía en cada territorio, permitiendo dividir el Mesolítico final sur en 3 regiones, Jutlandia, Islas Danesas y Escania.

Gracias a las excelentes condiciones de preservación de los yacimientos de turbera, se ha conservado instrumental que prueba una rica artesanía de madera, que servía para elaborar instrumentos de caza, de pesca y de navegación. Arcos tallados en madera de olmo (yacimiento de Tybrid Vig), trampas de pesca a modo de empalizadas submarinas (yacimiento de Oleyst), dos barcas casi completas (yacimiento de Tybrid Vig) de laterales lisos y redondeados, popa cuadrada, 10 metros de eslora y 0,5 metros de anchura, pudiendo albergar de 6 a 8 personas con sus aparejos. En una de ellas existía una piedra de 30 Kg que serviría de lastre y los remos estaban decorados con elegantes grabados de dibujos geométricos
(rombos, zig-zag y cuadrados), rellenándose las incisiones con pigmento marrón. Las barcas sirvieron, tanto para el transporte como para la pesca de la anguila.

La economía de este pueblo estaba basada en la caza del ciervo, jabalí, corzo, alce, uro, gato montés, lince, zorro y lobo entre otros. La caza menor contemplo capturas de pequeños mamíferos (marta, castor, nutria), pero se centró sobre todo en capturas de aves (cisne, pato, ganso, garza, cormorán, gaviota y pingüino). La proliferación de concheros revela la importancia de la recolección de moluscos
marinos (lapas, bígaros, berberechos, ostras y mejillones) en la dieta. La relevancia de los moluscos (y la recolección de vegetales) podría haber sido sobre todo estratégica, ya que suponen recursos seguros y fáciles de recolectar, para momentos cruciales o críticos del año, por déficit o carestía de caza.

La fuente alimenticia más importante resulto ser el pescado, ya que en los yacimientos se han reconocido restos de 30 especies de peces. En los yacimientos costeros las prácticas habituales se concentraron en la pesca de baja y alta mar, con capturas de anguila, gobio, lenguado, abadejo, bacalao, foca, marsopa, ballena azul, ballena blanca y hasta delfín (aunque estos últimos animales probablemente fueron aprovechados tras quedar varados en la costa). En los yacimientos interiores se practicaba la pesca fluvial con capturas de tenca y carpa. Los resultados parecen justificar la pesca como una actividad estacional y labor compleja a tenor de los aparejos encontrados en los yacimientos como,
anzuelos, redes, nasas, lanzas, arpones, trampas y empalizadas marinas para la pesca masiva aprovechando la marea baja. Estudio basados en análisis de los huesos humanos dan como resultado, que el 70-90% de los alimento procedían del pescado, por lo que los pueblos estebollienses fueron ante todo pescadores.

Las costumbres funerarias estebollienses fueron representadas en necrópolis como las de Vedbaek en Dinamarca y Skateholm en Suecia, donde el ritual más habitual era la inhumación individual en posición decúbito supino, con modestos ajuares cubiertos de ocre. Se utilizaron otros ritos como cremaciones, los cenatofios y construcciones simulando barcas de madera, y en ciertas tumbas se hallaron ajuares ricos, llenos de colgantes, útiles, astas y huesos de mamíferos o peces (como ofrendas alimenticias). La tumba más impactante se halló en Vedbaek, donde en una fosa sencilla aparecieron los restos de una joven de 18 años con su cráneo rodeado por más de 200 dientes, con pequeños retales de tejido de lo que fue su vestimenta, junto al cuerpo de un recién nacido, cuya hoja de sílex de la cintura demostraba que era varón. Era la tumba de una madre con su hijo fallecido en el parto, el cual, reposaba sobre los frágiles huesos de un ala de cisne.

En las tumbas danesas hay cadáveres humanos próximas a tumbas de perros, lo que parece indicar una relación de propiedad y afecto por lo que serían animales de caza o compañía. También se encontraron signos de violencia en cadáveres como en el yacimiento de Skateholm (varón con una flecha clavada en la pelvis) y en el yacimiento de Vedbaek (varón con una punta ósea atravesada en su garganta).

También resulta relevante huellas de enfermedades como artritis y las caries, ya que el espectro de patologías de las necrópolis danesas revela muchas deficiencias de salud y contrasta con las necrópolis de regiones mediterráneas, que si bien presentaban patologías relacionadas con la caries, poseían un estado general más saludable.

Las expresiones artísticas no eran abundantes, pero se obtuvieron unos pocos objetos de interés, siendo el más relevante un asta de ciervo pulimentadas en forma de Y, con decoración grabada en rombos y hexágonos, enmarcando dos figuras de peces alargadas y esbeltas, encontrado en el yacimiento sueco de Sjöholmen. Pero, la prueba más importante de los patrones de intercambio fue la presencia de restos cerámicos en el último periodo de esta cultura (cuencos de tipo globular con base puntiaguda y pequeñas escudillas ovales), que aparecieron en los poblados estebollienses a merced de intercambios comerciales con comunidades neolíticas próximas. En algunas de estas cerámicas se han reconocido restos microscópicos de pescado y hierbas, por lo que parece un indicio de las primeras tareas culinarias.

EL MESOLÍTICO NÓRDICO

Las culturas Fosna y Komsa

El deshielo definitivo del inlandsis escandinavo registrado a inicios del Holoceno proporcionó la ocasión oportuna para la colonización humana de las tierras septentrionales del continente. 

Entre los años 11.500-9.000 BP el deshielo descubrió un territorio virgen y unos páramos inhóspitos que con el paso del tiempo comenzaron a cubrirse de vegetación. En el 10.000 BP llegaron pequeños grupos de cazadores del sur que visitaban las costas de manera breve a través de embarcaciones como las conocidas en Dinamarca. Por entonces las masas compactas de hielo cubrían el norte y sur (a lo largo de 1.200 km), pero quedaba libre una estrecha franja costera aprovechable para la navegación.

Los colonizadores noruegos procedían del territorio maglemosiense danés y el rastro de sus expediciones es muy visible, ya que un rosario de yacimientos cubre el amplio litoral noruego, desde su extremo meridional hasta el septentrional, datados en 9.500 BP. A los colonizadores meridionales se les clasifican en la Cultura Fosna, mientras los septentrionales constituyen la Cultura Komsa. 

Las expediciones consistían en traslados temporales de pequeños grupos de caza, que costeaban las costas noruegas en estaciones templadas para aprovechar la temporada de caza del reno. Los cazadores se instalaban en chozas perecederas levantadas en lugares estratégicos (encaramados en colinas dominando costa, lagos y corredores naturales) con excelente control del territorio inmediato. 

Se han reconocido numerosos huesos de mamíferos marinos, lo que induce a muchos arqueólogos a pensar que las incursiones tenían el propósito principal de la pesca marina. 

El instrumental con el que contaban eran las clásicas láminas y laminillas, raspadores, buriles y unas pequeñas puntas lanceoladas con típico pedúnculo para encajar en vástagos. En épocas avanzadas aparecieron anzuelos y hachas de piedra, y los campamentos parecían ser más estables.

La cultura Kunda

Los primeros rastros de colonización humana en tierras del Báltico y Rusia noroccidental se remontan hacia los 10.000 BP. Las masas heladas del inlandsis escandinavo llegaban hasta las aguas de un lago interior, que correspondería con el Mar Báltico. Las riberas orientales ya contaban con pinares, praderas, bosques perennifolios, ríos, lagunas y lagos. 

La llegada de los primeros grupos humanos se pudo producir desde Polonia y desde Ucrania, y no tardaron en ocupar la región del Báltico hasta el Golfo de Finlandia conformando la Cultura Kunda. 

Sus campamentos se levantaron sobre terrazas fluviales constituidas por cabañas perecederas y mínima organización interior. 

El instrumental lítico estaba compuesto por laminitas apuntadas y pedunculadas para su enmangue, llamadas Puntas Kunda. Los talladores usaban una técnica peculiar por presión, muy útil para trabajar las deficientes materias primas de la región. Entre el material óseo había punzones, puñales, puntas dentadas, azagayas con ranuras provistas de sílex, y arpones de una sola hilera de dientes.




La cultura de Nizhneye Veretye

Tras la colonización humana de los bosques boreales rusos hace 9.500 años, la población se consolidó con poblados estables al aire libre, bien organizados, y cubriendo grandes extensiones cerca de terrazas fluviales, lagos y lagunas.

El yacimiento de Nizhneye Veretye se trata de un poblado al aire libre de 1.500 m2 junto a orillas de un lago, con cabañas de planta rectangular, con hogares en el interior y exterior, y con hoyos que podrían haber servido de silos de almacenamiento.

Los instrumentos líticos habituales eran raspadores, buriles, cuchillos y microlitos,  y puntas pedunculadas talladas con técnica de retoque por presión (similares a las  usadas por los pueblos kunda). También se usaron piezas de mayor tamaño como hachas y azuelas con filos anchos, lados redondeados y empuñadura corta. El  utillaje en hueso o asta presentaba arpones de varios tipos, puntas barbeladas, 
puntas dentadas, arpones de pequeños dientes y cuchillos (algunos con mango Dentado e incisiones decorativas).

Los utensilios más llamativos fueron tallados en madera y conservados en  yacimientos de turbera como el de Vis, donde se encontraron 3 arcos de conífera  bastante avanzados, con curvatura sencilla y compleja, y que en algunos casos  superan los 2 metros de longitud. También se utilizaron una especie de esquíes  (parecidos a los usados por los pueblos yakutios de la Siberia actual) uno de ellos  con una cabeza esculpida de alce (que pudo ser decorativo o para mejorar la  estabilidad). En la comarca pantanosa de Antrea se encontraron redes, flotadores  y plomos, que podrían formar parte de una red de pesca de unos 30 m de longitud,  realizada a base de cortezas vegetales

En cuanto a sus necrópolis, la mejor representación lo encontramos en el yacimiento de Oleneostrovski Mogilnik (región rusa de Carelia) con 400 tumbas (excavadas 170 por los arqueólogos) donde algunas carecen de objetos y otras poseen el cadáver rodeado de uno o varios centenares de elementos. Parece interpretarse como distintivos de tipo horizontal, ya que a los hombres se les enterraba con collares de dientes de animal, puntas, alfileres de hueso y cuchillos de pizarra, mientras que a las mujeres se les enterraba con collares a base de incisivos de castor. Pero hay un factor distintivo que va más allá, en cuanto a la acumulación de estos objetos, que varía en función del prestigio y relevancia del individuo. Llamativo es la aparición de 9 cadáveres junto a esculturas de seres humanos, serpientes y alces (pudiendo ser, según los prehistoriadores, objetos exclusivos de chamanes), con una particular distribución, ya que las tallas de alce solo aparecen en las tumbas de la zona norte, mientras que las tallas de seres humanos y serpientes aparecen en la zona sur, indicando posiblemente que podrían ser dos clases distintos de la comunidad.



EL MESOLÍTICO EN EL MEDITERRÁNEO Y LOS BALCANES

El Epigravetiense geométrico

El inicio del Holoceno no provocó grandes modificaciones en los modos de vida de las comunidades mesolíticas que ocupaban la cuenca occidental del Mediterráneo.

Este periodo se conoce como Epipaleolítico o Epigravetiense geométrico por la presencia generalizada de tan pequeños microlitos en todos los yacimientos.

Este parece ser el rasgo connotativo de unas comunidades por lo demás arraigadas en las antiguas tradiciones:
  • Su hábitat parece ser en cuevas, aunque hay algunos yacimientos al aire libre.
  • La subsistencia alimentaria sigue centrándose en la esfera forestal, principalmente ciervos y complementado por cabras.
  • Los radios de movilidad, tanto residencial como logística, continúan siendo bastante limitados.
  • La industria microlaminar es la norma habitual.
En el levante de la península ibérica tiene relevancia el “Complejo geométrico de tipo Cocina” que tiene como referente a cueva de La Cocina.

Este contexto se extiende por el corredor mediterráneo y el valle del Ebro, a lo largo de numerosos yacimientos en cuevas.

La industria lítica se caracteriza por una depurada tecnología laminar, geométricos de tipo trapecio, láminas retocadas, muescas, denticulados y raspadores, En su fase final los trapecios son sustituidos por triángulos

La base de la subsistencia se mantenía en la tónica del Epipaleolítico microlaminar: la caza de ciervo, corzo y jabalí en tierras bajas y de rebeco y cabra en tierras altas. Se complementaba con una caza menor de conejos. 

La recogida de moluscos adquirió importancia en algunos concheros del litoral valenciano: El Collado d la Oliva, Almanora, y la cueva del volcán del Faro.

La rápida evolución de las comunidades mesolíticas de la región se aprecia también en la cueva de Franchti, en el Peloponeso, y ocupada desde tiempos epipaleolíticos.

En torno al año 8.000 BO los habitantes de lugar decidieron intensificar la recolección de vegetales y la pesca marina. En torno al año 7.000 BP hubo un cambio radical en la forma de vida: la presencia de trigo y cebada, de huesos de veja y de cabra, de objetos de piedra pulimentada y de cerámica muy simple, son signos de nuevos tiempos ya vinculados al Neolítico

La cultura de Lepenski Vir

Hace 8.000 BP sobrevivían en tierras interiores del continente comunidades mesolíticas residuales. En concreto a la altura de un imponente desfiladero en el Danubio que se conoce como las Puertas de Hierro hay varios yacimientos que resultaron ser un refugio ideal para grupos cazadoresrecolectores mesolíticos. 

Los poblados como Lepenski Vir comprendían una gran acumulación de cabañas (de entre 5-30 m2 ) en las terrazas próximas al agua, con la entrada orientada hacia el rio, con planta trapezoidal con frente curvo. Se alzaron con un zócalo de piedra en todo su perímetro y los suelos se cubrieron con tierra apelmazada (argamasa compacta de caliza) por encima del suelo originario. Vigas de madera hincadas permitían soportar la estructura de la cubierta, formada por un entramado de madera y vegetales, y en el interior de las cabañas se excavaron pozos grandes y alargados, junto a hogares delimitados por bloques de piedra caliza. En el centro se colocaron bloques de piedra de unos 20-30 cm que representaban unas sencillas imágenes de rasgos semihumanos (pareciendo ser híbridos entre humanos y pez, con cejas espesas, nariz abultada y grandes labios).


El instrumental lítico contaba con unas pocas piezas de raspadores y laminas truncadas, pero en cambio, la industria ósea era abundante y diversa compuesta por puntas y picos tallados a partir de cuernas, y algunos de ellos con decoraciones geométricas, bandas y áreas rellenas de incisiones oblicuas.

La dieta de estos pueblos responde a economías de amplio espectro y sus restos prueban la caza de ciervo, corzo, jabalí, auroch, zorro y ciertas especies de aves.

Pero el pilar más importante de Lepenski Vir fue la pesca en rio de carpa, esturión y siluro (pez gato). Los estudios isotópicos en los huesos humanos hallados en sus necrópolis confirman que el 60-88% de su dieta dependía de los recursos acuáticos, y la presencia de caries indica una dieta baja en carbohidratos y alta en proteínas.

En la necrópolis de Vlasac con más de 80 tumbas y en la de Shela Cladovei con más de 50 tumbas, se utilizaba el ritual de inhumación en fosas sencillas con el cuerpo depositado en decúbito supino. No hay pruebas de diferenciación de privilegios, ni por motivos de edad o sexo, y los ajuares suelen ser modestos (colgantes trenzados con moluscos). Cerca de algunas tumbas humanas hay tumbas propias
para perros, lo que vuelve a confirmar el especial cariño hacia estos animales que sirvieron como acompañantes no solo para la caza.

Los poblados consistentes y las necrópolis próximas revelan unas comunidades estables con un rango de movilidad reducido, sedentaria o semisedentaria. Se maneja la hipótesis de que conocieran prácticas para el almacenamiento para la supervivencia invernal (periodo en que se sufre carestía de pescado en la región).

La dependencia por recursos fluviales inestables (por las migraciones estacionales del esturión) y otros periodos de crisis, podrían ser causantes de algunos conflictos internos relacionados con huellas de muerte violenta en cadáveres hallados en la necrópolis de Échela Cladovei.

La rápida evolución de las comunidades mesolíticas de la región se observa en la cueva de Franchti (en el Peloponeso, ocupada desde tiempos epipaleolíticos). En torno a los 8.000 BP los habitantes intensificaron la recolección de vegetales, como estrategia para compensar la pérdida de territorios de caza, o como medio para obtener alimento de manera más diversificada. Utilizaron otras estrategias claves para reducir riesgos y ampliar la dieta, como la pesca marina próxima al litoral o en alta mar (atún), lo que implicaba una notable pericia técnica, habilidad y capacidad para tallar embarcaciones adecuadas (nada sorprendente ya que en la cueva se encontró restos de obsidiana procedente de la isla de Melos a 150 km de distancia). En torno al 7.200 BP hubo un cambio radical, ya que se encuentran
restos de trigo, cebada, huesos de oveja y cabra, objetos de piedra pulimentada y cerámica muy simple, signos de nuevos tiempos vinculados al Neolítico.

El Mesolítico en Próximo Oriente: Kebariense y Natufiense

El Mesolítico es un período de la prehistoria que sirve de transición entre el Paleolítico y el Neolítico, caracterizado por la aparición de microlitos y por cambios significativos en las estrategias de subsistencia de las comunidades humanas. En el Próximo Oriente, este período es particularmente importante debido a las culturas del Kebariense y el Natufiense, que sentaron las bases para la posterior revolución neolítica.

Kebariense

El Kebariense (aproximadamente 20,000-18,000 a.C.) es una fase del Mesolítico temprano en el Próximo Oriente. Se caracteriza por:
  • Herramientas de piedra: Uso de microlitos, como puntas de flecha y cuchillas pequeñas.
  • Modo de vida: Los grupos eran principalmente cazadores-recolectores nómadas.
  • Asentamientos: Se han encontrado campamentos temporales en cuevas y al aire libre.
El tamaño de los asentamientos varía según los yacimientos. Existen campamentos temporales (Hayonim) de extensión reducida (15 a 25 m2); otras ocupaciones presentan un radio mayor como Ein Gev I (con una estructura de habitación), de 100 a 150 m2. Aún mayor es la dispersión de objetos en Kebara, Jiita y Ksar Akil, con una superficie estimada entre 200 y 352 m2. 

Los yacimientos kebarienses se distribuyan en yacimientos de altura (entre 400 y 1.200 m, posiblemente estacionales en período estival) y los de llanura, situados en la hilera de dunas de Kurtar a un máximo de 200 m sobre el nivel del mar. También se encuentran en el valle del Jordán. Ocupación esporádica de las zonas desérticas. 

 Se desarrolla entre el 13.850 a.C. de Nahal Oren y el 11.200 a.C. en el Neguev. Posiblemente la fecha más antigua debe colocarse más allá del 15.000 a.C. 

La industria lítica presenta los trapecios rectángulos como el principal componente entre los geométricos. Otros yacimientos presentan triángulos y segmentos de círculos. 

El kebariense geométrico carece de homogeneidad, mostrando dos tendencias: una caracterizada por la producción de hojitas rectas de tradición kebariense y otra compuesta de trapecios rectángulos.

Tipológicamente existen dos grupos: unos con diferentes tipos de microlitos (dominados por los trapecios rectángulos) y otro compuesto casi únicamente por trapecios rectángulos (regiones semiáridas del Neguev y norte del Sinaí). 

 Es frecuente el hallazgo de materiales para moler (morteros de mano o recipientes). La recolección de moluscos es casi igual que en el Kebariense. Existe una sepultura de un adulto delimitada por dos hileras de grandes piedras, junto a un recipiente y un mortero, con un molino entre las piernas. En la caza, la gacela es predominante, junto a gamos, jabalíes y cápridos. 
 
Por sus dimensiones se asemejan a los kebarienses, y están distribuidos por el norte de Siria, Líbano, montañas del AltiLíbano, Galilea, Monte Carmelo, valle del Jordán, meseta de Trasjordania, la llanura costera, el Neguev y el Sinaí. La presencia de yacimientos en zonas desérticas puede deberse a una dulcificación del clima. 

Natufiense

El Natufiense (aproximadamente 12,000-9,500 a.C.) es una fase del Mesolítico tardío y es especialmente relevante por ser considerado un precursor del Neolítico. Sus características incluyen:
  • Herramientas de piedra: Continuación del uso de microlitos, pero con una mayor diversificación y especialización.
  • Modo de vida: Transición hacia un estilo de vida más sedentario, con evidencia de almacenamiento de alimentos.
  • Asentamientos: Primeros asentamientos permanentes o semi-permanentes, como los encontrados en Jericó.
  • Arte y adornos: Aparecen objetos decorativos y artefactos con ornamentación.
  • Subsistencia: Aumento de la importancia de la recolección de cereales silvestres, preludio de la agricultura.
El Natufiense es particularmente significativo porque marca un cambio en la relación entre los humanos y su entorno. La sedentarización y el almacenamiento de alimentos son pasos clave hacia la domesticación de plantas y animales, y eventualmente hacia la agricultura y la formación de sociedades complejas.


Las sociedades Natufienses estaban ubicadas en zonas ricas en recursos, a menudo en la proximidad de cuerpos de agua como lagos, ríos y costas. Estos entornos perennes proporcionaban una variedad de recursos, permitiendo a las comunidades Natufienses desarrollar una economía diversificada. Su dieta incluía una amplia gama de animales, como gacelas, ciervos, jabalíes, aves y peces, así como cereales silvestres. Si bien hay evidencia de que estos grupos manipulaban y aprovechaban los cereales, la domesticación plena de las plantas no se produjo hasta el posterior período Neolítico. Otro aspecto importante del periodo natufiense es la "cultura de la gacela" es una forma de describir las sociedades de cazadores-recolectores del período Natufiense en el Suroeste Asiático, debido a su fuerte dependencia de la caza de gacelas. Aunque las sociedades Natufienses recolectaban una amplia variedad de vegetales y cazaban una diversidad de animales, las gacelas parecen haber sido una fuente de alimento especialmente importante

Estas culturas son fundamentales para entender la transición de un modo de vida basado en la caza y recolección a uno basado en la agricultura y la domesticación de animales. El estudio del Kebariense y el Natufiense proporciona información valiosa sobre cómo y por qué ocurrieron estos cambios fundamentales en la historia humana.



El período Natufiense, que data aproximadamente entre 15.000 y 11.600 años antes de Cristo, representa una etapa crítica en la prehistoria humana. Situado en el Creciente Fértil del suroeste de Asia, caracterizado por la presencia natural de cereales silvestres, este período prefigura la revolución Neolítica y la aparición de sociedades agrícolas sedentarias. 

Este espacio está compuesto por diferentes ecosistemas que incluyen las penínsulas del Sinaí y de Anatolia, las montañas Tauros y Zagros, los ríos Tigris y Éufrates, y el desierto sirio-arábigo. Las sociedades Natufienses estaban ubicadas en zonas ricas en recursos, a menudo en la proximidad de cuerpos de agua como lagos, ríos y costas. Estos entornos perennes proporcionaban una variedad de recursos, permitiendo a las comunidades Natufienses desarrollar una economía diversificada. Su dieta incluía una amplia gama de animales, como gacelas, ciervos, jabalíes, aves y peces, así como cereales silvestres. Si bien hay evidencia de que estos grupos manipulaban y aprovechaban los cereales, la domesticación plena de las plantas no se produjo hasta el posterior período Neolítico. Otro aspecto importante del periodo natufiense es la "cultura de la gacela" es una forma de describir las sociedades de cazadores-recolectores del período Natufiense en el Suroeste Asiático, debido a su fuerte dependencia de la caza de gacelas.

 Aunque las sociedades Natufienses recolectaban una amplia variedad de vegetales y cazaban una diversidad de animales, las gacelas parecen haber sido una fuente de alimento especialmente importante. 

En términos de asentamientos, las comunidades Natufienses pueden dividirse en tres categorías según su tamaño. 

  • Los sitios pequeños, que varían de 15 a 100 metros cuadrados, suelen ser asentamientos temporales o estacionales. 
  • Los sitios medianos (400-500 m2) y los grandes (>1000 m2), por otro lado, reflejan una ocupación más permanente. 
  • Los sitios más grandes a menudo contienen evidencia de arquitectura sofisticada, que indica una planificación y organización social considerables.

La arquitectura Natufiense es notable por su complejidad y su énfasis en la construcción de espacios sociales. Las casas típicas eran estructuras semienterradas con formas ovales, circulares o semicirculares. Tenían un diámetro de entre 3 y 9 metros cuadrados y estaban construidas con muros o muretes de piedra. En muchos casos, las casas se reconstruían en el mismo lugar, lo que sugiere un sentido de permanencia y apego al lugar. El interior de las casas a menudo presentaba un hogar en el centro, lo que indica la importancia del fuego tanto para la cocción de alimentos como para la calefacción.

El sitio de Ain Mallaha (Eynan) en Israel es un ejemplo destacado de un asentamiento Natufiense, con una distribución de unidades domésticas y un alto grado de organización espacial. Otros sitios notables incluyen Jeftelik en Siria, Wadi Hammeh 27 en Jordania y Nahal Efe en Israel. Cada uno de estos sitios proporciona evidencia valiosa sobre las estrategias de subsistencia, los patrones de asentamiento y las estructuras sociales de las comunidades Natufienses.El período Natufiense, que se sitúa en el Epipaleolítico del Cercano Oriente, fue una etapa de transición que marcó el inicio de la transición hacia el Neolítico, caracterizada por la adopción de un estilo de vida sedentario. Este período, que data aproximadamente entre 15.000 a 11.500 años antes del presente, muestra cambios significativos en la economía y tecnología

miércoles, 4 de septiembre de 2024

LOS SOLDADOS VASCOS AL SERVICIO DE LA SEGUNDA REPÚBLICA

Durante la guerra civil española Euskadi contó con una serie de aspectos que dieron un carácter propio a la fase bélica padecida en tierra vasca. La fundamental era la presencia en la Euskal Herria peninsular del EAJ-PNV, que se convirtió en el punto referencial del marco autonómico vasco refrendado por una República acosada por el alzamiento militar. Esta fuerza tuvo en Eusko Gudarostea una fuerza militar propia, diferenciada en el ámbito vasco de las demás Milicias levantadas por el resto de fuerzas político sindicales presentes en Euskadi. Esa fuerza la componían 28 batallones de primera línea, incluidos tres de Ingenieros.
 

Los jeltzales abadiñarras (Jeltzale o también Jelkide es una palabra vasca utilizada para referirse a los simpatizantes, miembros y dirigentes del Partido Nacionalista Vasco (PNV), cuyo nombre en Euskera es Eusko Alderdi Jeltzalea, de ahí que las siglas oficiales como se conoce sean EAJ-PNV), especialmente los más jóvenes, pasaron a formar parte de los distintos batallones constituidos por orden de EAJ-PNV, acudieron así al frente de batalla en defensa de la libertad.

Otros muchos, formaron parte del Comité Local de Defensa también por orden del partido. Éstos se encargaban de mantener el orden público en las calles abadiñarras dentro del ambiente bélico que se respiraba. Desde finales del año 1936 hasta mediados de 1937 Abadiño se convirtió en un sitio de tránsito de batallones de distinta ideología.

Batallones vascos

El 19 de julio de 1936, ante la rebelión militar, en las provincias de Vizcaya y Guipúzcoa fueron los militantes de las organizaciones políticas de izquierda quienes se lanzaron a la calle y tomaron las armas en defensa de la República, o por lo menos, en contra de los sublevados. Las unidades militares de guarnición en San Sebastián no se alzaron hasta el día 21, cuando casi todos confiaban en su lealtad y los primeros grupos de milicianos ya se habían encaminado hacia localidades sublevadas. En Bilbao, por el contrario, el Batallón de Montaña Garellano núm. 6 se mantuvo fiel a las autoridades y conformó la base de la primera columna gubernamental que partió al encuentro de los alzados. [1] Nada más aclararse la situación, las autoridades gubernativas recibieron del Ministerio de la Guerra en Madrid instrucciones para organizar sendas columnas que desde Bilbao y San Sebastián convergiesen sobre Vitoria, en donde sí había triunfado la sublevación militar desde el primer momento.


Evidentemente, fue en los iniciales combates de Guipúzcoa donde se perfilaron la mayoría de las fuerzas milicianas no nacionalistas. Las primeras columnas, provisionales, actuaron de matriz gestora de donde saldrían las futuras unidades milicianas. Estas fueron básicamente compañías (denominadas ocasionalmente centurias por los mismos milicianos) que bien podían formar en teoría una unidad mayor (por lo general, un batallón) pero que en la práctica actuaban con total autonomía hasta que, como mínimo, llegaron durante su retirada a la zona de Eibar, ya prácticamente en Vizcaya. Un excombatiente del batallón Rusia describe como esta unidad se fraguó en el hotel María Cristina de San Sebastián al tiempo que se asediaban los cuarteles sublevados. De allí, cada una de las compañías creadas marcharon hacia los diferentes frentes de combate. El Rusia sufrió su primera baja el día 5 de agosto en Tolosa. Según este informante, sólo comenzó a actuar como batallón a su salida de Eibar, cuando partió para Asturias a finales de octubre.  De la misma forma, el 22 de julio, cuando todavía no había sido posible que se organizara en un batallón regular, alguno de los grupos que formarían posteriormente el Amuátegui sufría su primera baja en San Sebastián tal y como quedó reflejado en los registros oficiales republicanos. Lo mismo se puede decir del batallón Larrañaga, primero de las MAOC, que tuvo el 27 de julio su primer caído en Oyarzun.

Cumpliendo estas indicaciones, el día 20 salió de Bilbao hacia la capital alavesa una primera columna mandada por el teniente coronel Joaquín Vidal Munárriz compuesta por varias compañías del Batallón Garellano, guardias civiles, carabineros, guardias de asalto y miñones, que marchó por la carretera de Ochandiano hasta Villarreal de Álava. El bombardeo por parte de un solitario avión Breguet enemigo de regreso de una misión de reconocimiento que sufrió la columna en esta última localidad, provocó la desmoralización de sus componentes y su retirada a Ochandiano. Al día siguiente, partió de la capital vizcaína una nueva columna que se unió a la anterior en esa misma jornada. Por último, el 22 de julio salieron de Bilbao dos columnas. La mandada por el comandante Gabriel Aizpuru fue hacia Amurrio y Orduña y estaba compuesta por una compañía de guardias de asalto, algunos guardias civiles y milicianos. La del teniente Justo Rodríguez se encaminó hacia San Sebastián con objeto de participar en el asedio de las fuerzas militares sublevadas; la formaban unos trescientos hombres, en su mayoría milicianos.

En San Sebastián, el día 20, el comandante de estado mayor Augusto Pérez Garmendia organizó la columna que debía llegar a Vitoria a través de Mondragón. Entre los milicianos que mayoritariamente la componían había medio centenar de extranjeros. Al día siguiente, estando ya en Eibar, se le incorporaron unos mil quinientos voluntarios. Ante la noticia de la sublevación de la guarnición donostiarra, el comandante Pérez Garmendia dividió a la columna y regresó a San Sebastián con parte de la misma. En la capital fue nombrado por las autoridades republicanas comandante militar de la provincia y organizó el sitio de los cuarteles de Loyola, lugar donde se habían hecho fuertes los militares rebeldes. Desde Eibar, el resto de la inicial columna al mando del capitán de miqueletes Eduardo Urtizberea, marchó por Mondragón hasta los puertos de Arlabán y la Cruceta.

El mismo día 20, llegó a Vera de Bidasoa una columna de milicianos procedente de Irún y mandada por el teniente Antonio Ortega, al tiempo que los carabineros de esta localidad se posicionaban en contra del alzamiento militar. Todos estos efectivos abandonaron Vera al día siguiente ante la proximidad de las fuerzas enemigas procedentes de Pamplona. Cruzaron el río Bidasoa a través del puente de Endarlaza y tras ocupar posiciones defensivas en la orilla opuesta lo dinamitaron. Con su destrucción bloquearon la vía de acceso más rápida y directa a Irún y la frontera francesa.

El 27 de julio salió de Bilbao una nueva columna formada por una sección de infantería del Garellano, una veintena de guardias civiles y ciento veinte milicianos que partieron en tres autobuses, dos camiones blindados y un automóvil. Debía llegar a Beasáin, localidad amenazada por el avance de los requetés navarros. Pero llegó tarde. Para cuando lo hizo, al día siguiente, ya había caído por lo que se aprestó a defender, también en vano, el pueblo de Villafranca de Oria (actual Ordizia)

En Elorrio, a los pies del Intxorta, donde se mantenían cruentas batallas entre ambos bandos, se establecía una de las bases del Euzko Gudarostea, donde cada organización política desde las organizaciones del Frente Popular (PSE, UGT, JSU, PCE,CNT,IR, Republicanos...) hasta representantes del nacionalismo vasco (PNV, ANV, ELA,Jagi-Jagi...) estaban integradas y coordinadas.

La relación de los batallones fue la siguiente: 
  • PNV: 12 batallones
  • ANV 2 batallones
  • Bizkaiko Mendigoxale Batxa 2 batallones
  • STV 3 batallones
  • UGT-PSOE 7 batallones
  • JSU 9 batallones
  • PCE 4 batallones
  • Izquierda y Unión Republicana 2 batallones
  • CNT 6 batallones.
Las milicias socialistas

En Vizcaya, la Unión General de Trabajadores (UGT), sindicato especialmente fuerte en esta provincia, organizó la columna Mateos, gestora de sus tres primeros batallones: el Fulgencio Mateos, el Indalecio Prieto y el González Peña.  De las columnas guipuzcoanas, la de Mondragón se constituyó en base a la primera de Pérez Garmendia más milicianos de Eibar, zona obrera e industrial en la que predominaba la filiación socialista. Estas milicias socialistas estuvieron controladas por una Comisión de Guerra formada por representantes tanto del partido como del sindicato. Posteriormente, el Comité Central Socialista de Euskadi sustituyó al anterior como máxima autoridad de las milicias socialistas, hasta que en febrero de 1937 delegó en el recién creado Comité Central de Guerra de las Milicias Populares Antifascistas plena competencia sobre sus milicias.


Las de la JSU

Los voluntarios de la Juventud Socialista Unificada (JSU) se encuadraron en diferentes unidades y éstas en la Columna Meabe, llamada así en homenaje al fundador de las Juventudes Socialistas vascas, Tomás Meabe. Pese a denominarse columna, no constituyó una unidad operativa y sí una de encuadramiento organizativo de los milicianos. El 20 de agosto, la JSU bilbaína comunicaba a la Junta de Defensa vizcaína que estaba formando una columna con sus voluntarios en la que se encargaban de darles la necesaria instrucción militar. En esta Columna Meabe se agruparon los batallones, vizcaínos y guipuzcoanos, que la JSU fue creando. 

Milicianos del batallón Meabe nº 2 Stalin en el frente de Otxandio (foto cortesía de Juan Miguel Bombín).
Las comunistas

Siguiendo las directrices del PCE, las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas (MAOC) apenas habían comenzado a crearse en Guipúzcoa al estallar la Guerra. En ese momento, apareció en esta provincia un Regimiento de las MAOC que reunía a los voluntarios guipuzcoanos y una Columna Perezagua que hacía lo mismo con los vizcaínos. Al igual que el PCE sobre las demás unidades comunistas españolas, el Partido Comunista de Euskadi ejerció un férreo y eficaz control administrativo y de información sobre sus unidades en base a los comités locales y las células políticas. El conjunto era controlado por su Comité Central, encabezado por Juan Astigarrabía. Desde sus publicaciones (Euzkadi Roja y Erri) apostó por una mayor integración militar con las demás provincias republicanas norteñas y la subordinación de las fuerzas republicanas en el País Vasco al Ejército Popular del Norte.


Los extranjeros

En el otro lado de la provincia guipuzcoana, las fuerzas que cubrían el valle del Bidasoa estaban formadas por carabineros destinados en la frontera francesa y milicianos de Irún al mando de Antonio Ortega, quien fue al poco sustituido por Manuel Cristóbal Errandonea.  Por esta zona fronteriza comenzaron a localizarse voluntarios extranjeros, en un número próximo a los doscientos, que aportaron su experiencia bélica especialmente en los combates por el fuerte de San Marcial, y que se agruparon en los grupos Edgar André, W. Wrobleski y Gorizia.

Las anarcosindicalistas

Fueron elementos anarcosindicalistas los que predominaron en la primera columna de Pérez Garmendia y en la que asedió posteriormente los cuarteles de San Sebastián. Aquí, en la capital, fueron los milicianos de la CNT quienes, en detrimento de las demás facciones milicianas, se hicieron con las armas que se guardaban en el sitiado cuartel de Loyola: mil quinientos fusiles y abundantes municiones. Con las piezas de artillería se formaron cinco baterías reunidas en dos grupos. Los anarcosindicalistas, más numerosos en Guipúzcoa, demostraron al principio una actitud bien distinta a su extendida tradición antiautoritaria. Ya en agosto comenzaron a organizar y uniformizar sus propias milicias y tras conseguir coordinar los diferentes grupos de combatientes ácratas, abogaron decididamente por la militarización de las milicias y la creación de un mando único, aunque al final no se incorporaron a las Milicias Populares Antifascistas. Sus batallones estuvieron controlados por un Comité Militar presidido por Primitivo Rodríguez y con Carmelo Doménech como asesor técnico-militar. Durante la guerra crearon hasta siete batallones, los tres primeros fueron el Bakunin, el Isaac Puente y el Sacco-Vanzetti. Las unidades de la CNT fueron, sin lugar a dudas, las que más temores provocaron al gobierno vasco respecto a sus veleidades revolucionarias, protagonizando sucesos como los de marzo del 37 que por poco no finalizaron en enfrentamiento abierto con las fuerzas del gobierno vasco. Fueron además acusadas de abandonar el frente del Udala a finales de abril del 37 por motivos políticos.


Las milicias de IR y UR

Los dos partidos del republicanismo progresista, Izquierda Republicana y Unión Republicana, también organizaron unidades militares que se incorporaron a los combates de forma inmediata. Sus primeros núcleos de milicianos dieron lugar a dos iniciales batallones, vizcaíno uno y guipuzcoano el otro, bautizados con el nombre de Manuel Azaña, presidente de la República. Posteriormente se constituyeron otros dos más. Las milicias de IR estuvieron controladas por su Juventud y, hasta enero de 1937, contaron con un comisario en la figura del teniente coronel de Carabineros Juan Cueto, apartado cuando pretendía convertir a los milicianos en una verdadera fuerza militarizada. A resultas de estas disputas, dos de sus batallones se pasaron a las milicias socialistas.




Unión Republicana sólo fue capaz de formar un único batallón a causa del escaso número de militantes y simpatizantes que tenía este partido en la región. Aunque desde un primer momento participaron en los combates, los milicianos de UR sólo pudieron ser agrupados en el batallón Fermín Galán a partir de enero de 1937. Este batallón que el 26 de marzo marchó al frente asturiano, lugar donde le sorprendió la ofensiva nacional contra Vizcaya, nunca alcanzó los efectivos establecidos.


Pasados los primeros días de euforia bélica y revolucionaria de la mayoría de los milicianos y constatados los avances de las fuerzas rebeldes por Guipúzcoa hacia Vizcaya, los combatientes y sus responsables políticos comenzaron a apreciar con mayor nitidez la verdadera naturaleza del conflicto que había estallado. Los voluntariosos milicianos empezaron a sufrir en sus carnes toda la dureza de la guerra y a regresar a las localidades de donde marcharon, principalmente a Bilbao, para descansar y recuperarse. Ahí, por iniciativa de sus respectivos partidos políticos, aprovecharon para dotar a los grupos que formaban una estructura más eficaz y racional, más adecuada para las operaciones militares. Primero aparecieron las escuadras, secciones, pelotones y compañías mandadas por capitanes, tenientes y sargentos de milicias que debían su puesto a los conocimientos militares que tuvieran, aunque fueran escasos, y a su lealtad a la organización política que apadrinaba a la unidad. A continuación, estas unidades menores se fueron agrupando en batallones de milicias, sobre todo, a partir de septiembre. 

Cada partido político se establecía en uno o varios cuarteles en los que organizar la recluta de voluntarios y crear unidades militares. Allí, los milicianos solían elegir a sus mandos y bautizaban a su unidad. Estas compañías y batallones que se creaban lo eran más por su denominación que por su realidad organizativa, ya que hasta el decreto de militarización del 25 de octubre no existió un modelo oficial que sirviera de referencia en su proceso de creación. Esta disparidad de criterios ocasionó una notable variedad en el tamaño y la composición de estos batallones tal y como se puede comprobar en la relación de fuerzas republicanas en los frentes, fechada a finales de noviembre.  Como prueba del inicio de este proceso de creación de un nuevo ejército miliciano, desde mediados de agosto comenzaron a proliferar los desfiles de estas nuevas unidades por diferentes localidades vizcaínas, especialmente por su capital.

Aguirre asumió el mando del ejército vasco. El Eusko Gudarostea, las juventudes nacionalistas comenzaron a encuadrarse en auténticas unidades de Milicias mediante una movilización municipal dirigida desde los diferentes batzokis, y controlada por el Bizkai Buru Batzar desde Sabin Etxia mediante la gestión de Ramón de Azkue hasta la llegada de Gamir Ullibarri.


EL EUSKO GUDAROSTEA: Vascos nacionalistas contra el fascismo

Las fuerzas que integraron el Ejército que se movilizó en Euskadi durante la guerra del 36 para hacer frente al alzamiento militar, no constituyeron un bloque definible por unos objetivos político- sociales únicos. Todos los partidos o sindicatos que quedaron, de uno u otro modo, a favor de la legitimidad republicana, organizaron sus propias milicias voluntarias. Entre estas, las del Partido Nacionalista Vasco fueron la fuerza más representada, merced a las 28 unidades tipo batallón que agrupó en Euzko Gudarostea. En términos historiográficos este hecho ha posibilitado muchas veces la visión de un Ejército en el que la ideología nacionalista primaba entre sus unidades.


Conocido el Alzamiento militar, la primera reacción del Partido Nacionalista Vasco en Bizkaia fue la de ordenar la constitución de guardias armadas que garantizasen el orden en las poblaciones, evitando así posibles excesos revolucionarios como los que empezaron a darse en otras zonas bajo control republicano. Fue en Guipúzcoa donde se formó el núcleo primigenio de Euzko Gudarostea. Allí, en torno a la Junta de Defensa Nacionalista creada en Azpeitia, se fundó en los primeros días de agosto Euzko Gudarostea. Esta entidad, quedó bajo el mando de un capitán de Intendencia, Cándido Saseta, y bajo el control de los diputados peneuvistas Irujo, Lasarte, y Monzón.

Las juventudes nacionalistas comenzaron a encuadrarse en auténticas unidades de Milicias mediante una movilización municipal dirigida desde los diferentes batzokis, y controlada por el Bizkai Buru Batzar desde Sabin Etxia mediante la gestión de Ramón de Azkue.

El hecho fundamental en las decisiones del PNV fue la imposibilidad de contar para sus proyectos con el llamado Ejército Vasco. Por el miedo a una guerra civil con sus aliados frentepopulistas y anarquistas, el PNV tuvo que renunciar a un golpe de timón en tierra vasca, bien fuese este hacia el independentismo, o hacia una negociación menos oscura que la efectuada con el Vaticano y los fascistas italianos.
Sociológicamente, los combatientes nacionalistas eran casi todos naturales del País Vasco, el 80% tenían entre 20 y 30 años. Sólo un 6% de los hombres de entre 20-25 años, y alrededor del 30% de los de entre 26-30 años, estaban casados, y su media de hijos, salvo en el grupo poco numeroso de 20-25 años, aparece como inferior al de otras formaciones. Por último, cabe destacar que los gudaris del PNV presentaban un menor porcentaje global de trabajadores industriales-artesanales, tanto cualificados como no cualificados, con un 65% del total, y en cambio tenían un importante núcleo de labradores, 22%, y de empleados, cerca del 9%, además de un apreciable número de estudiantes.

La aventura bélica de la Euskadi autónoma acabó en gran medida en Santander, en agosto de 1937. El Pacto con los italianos se frustró ante la negativa de Franco a concesiones no asumidas por él, y Mussolini hubo de contentarse con conseguir para los vascos una represión menos brutal que la que se ofrecía con la gran captura de miles de combatientes vascos atrapados, incluidos lo que quedaba de Euzko Gudarostea.

El Eusko Gudarostea luchó en el Frente del Norte contra las tropas sublevadas de Franco desde agosto de 1936 hasta julio de 1937, participando en la Ofensiva de Villarreal y en las campañas en torno a Bilbao. El Eusko Gudarostea sufría inicialmente la falta de un Estado Mayor convenientemente calificado para una difícil situación (situación salvada en gran medida cuando el oficial profesional Alberto de Montaud y Noguerol fue designado para dirigir el Estado Mayor en septiembre de 1936), así como de servicios anexos de logística y comunicaciones idóneos para el combate.

También era muy acusada la división ideológica de gran parte de la tropa: batallones de ideología marcadamente izquierdista luchaban en el mismo bando que las tropas del PNV y ANV. Como muestra cabe indicar que desde los inicios del conflicto, las tropas republicanas de Euskadi que estaban adscritas a partidos de izquierda ordenaron el uso exclusivo de la bandera tricolor de la Segunda República Española como distintivo, pero las fuerzas simpatizantes del PNV exigieron (y lograron) imponer el uso simultáneo de la ikurriña vasca como emblema de sus batallones.

Pese a la situación de guerra, el control político del Eusko Gudartostea se mantuvo firmemente en manos del PNV y del gobierno vasco, luchando a la vez por mantener su autonomía operativa respecto del Ejército del Norte dirigido por el general Francisco Llano de la Encomienda (que teóricamente unificaba el mando bélico republicano en Asturias, Santander y Euskadi), al punto que a fines de abril de 1937 el lehendakari José Antonio Aguirre asume personalmente el mando del Estado Mayor del Eusko Gudarostea, dejando al general Alberto de Montaud como asesor.


La cantidad total de combatientes efectivamente movilizados por el Eusko Gudarostea alcanzó los 75,000 hombres a fines de marzo de 1937, siendo que en ese momento se hallaban 45,000 combatiendo en el frente, mientras erróneamente el general Emilio Mola, jefe de las tropas sublevadas en el frente vizcaíno, subestimaba la fuerza del Ejército vasco en "40 compañías con 25,000 hombres". A pesar del heroísmo de las tropas vascas, éstas sufren constantes derrotas en la campaña de 1937 debido a la escasez de artillería pesada y la carencia de aviación de combate en cantidad suficiente, mientras las tropas franquistas contaban con aplastante superioridad en cantidad y calidad de ambos tipos de armamento. El aislamiento geográfico hizo muy difícil al gobierno republicano de Valencia el envío de municiones y armas al Frente del Norte, incluida Vizcaya. Al carecer de medios para una ofensiva masiva contra los franquistas (pese a la relativa abundancia de reclutas y voluntarios entusiastas), la táctica del Eusko Gudarostea se torna básicamente defensiva desde marzo de 1937, intensificando la construcción del Cinturón de Hierro de Bilbao.

Los Mendigoxales 

También se crearon los  Mendigoxales o Montañeros de Bizkaia, una suerte de milicia nacionalista, beata, conservadora y hostil con los movimientos de izquierda pero furibundos antifascistas. A pesar de sus profundas diferencias, luchó codo con codo con batallones republicanos, del PSOE, JSU, PCE o CNT contra Franco y sus socios Hitler y Mussolini. Las compañías nacionalistas celebraban misas de campaña diarias y contaban con capellanes castrenses entre sus filas, que fueron laminados y purgados por Franco tras la guerra, algo que obvió el editorialista de Radio María en su discurso. 

Desplegados entre el Gorbea y Aramaio perdieron y recuperaron en varias ocasiones la cima del Gorbea ante una fuerza superior de requetés. Finalmente desalojaron a los navarros tras un ataque sorpresa al alba para asegurar la montaña frontera entre Álava y Bizkaia. Sin embargo el esfuerzo había sido importante y las bajas eran numerosas. De los 630 hombres del batallón más de 40 estaban heridos o enfermos, las municiones y suministros escaseaban y enfrente los carlistas habían sido reforzados con artillería pesada. Además la mejora del tiempo hacía cada vez mas frecuente el ataque de los cazas italianos y nazis. Contra todo pronóstico, el frente se mantuvo estable durante semanas. A mediados de junio, el Estado Mayor ordena un repliegue para defender una posición más importante. Bilbao estaba a punto caer en manos de los fascistas.

Los orígenes de los “Jagi-Jagi" -nombre con que también se les conocía a los mendigoxales-  se encuentran en el sabinianismo político,  que se había reflejado en la formación de “Aberri” (1921-1923). En 1930 se unificaron “Aberri” y “Comunión  creando el nuevo  Partido Nacionalista Vasco (PNV).  Desde  esta  fecha,  hasta  finales  de  1933  y  principios de 1934,   no  hubo  ningún  grupo  político  separatista.  Es entonces cuando los “Jagi-Jagi” abandonaron  el PNV constituyendo una agrupación independentista: Elías Gallastegui, Angel Aguirreche,  Cándido  Arregui, Manuel de la Sota, Fidel  Rotaeche,  Trifón  Echebarría, Jordán de  Zárate, Adolfo  Larrañaga,  Lezo de Urreztieta,  Agustín  Zumalabe,  etc. Elías Gallastegui fue el principal impulsor de este movimiento separatista durante la República, sin embargo durante la Guerra Civil se mantuvo apartado de toda actividad  política. Las causas de esta disidencia  fueron: el estatutismo del  PNV, la participación de significados peneuvistas en la Agrupación Vasca de Acción Social Cristiana  (AVASC) y la Universidad  Social  Obrera Vasca  (USOV), además de las polémicas personales entre Gallastegui y otros jelkides. La Federación Vizcaína de Mendigoxales y algunos guipuzcoanos, se separaron del PNV.  En el resto de Euskadi tuvo pocos seguidores, incluso en  Álava se mantuvieron dentro del partido, lo que originó  algunas tensiones. Durante la Revolución de octubre de 1934 varios mendigoxales fueron encarcelados por su participación en aquellos acontecimientos. A nivel cultural crearon la sociedad “Pizkundia”, donde se impartían clases de euskera, danzas vascas,  doctrina política, etc., y cuando estalló el conflicto bélico estaban pensando en constituirse en partido político.

 Batallón medigonxale
Vascos en Asturias

El 6 de septiembre, los representantes del Frente Popular de Euzkadi acompañados de Luis Alfaro, se presentaron al gobernador de Asturias y León, Belarmino Tomás, quien les comunicó “que deberían ponerse de acuerdo con la Delegación del Gobierno Vasco, para que no existiera más que una representación genuina del Gobierno Vasco en Asturias, y que creía que esa representación debiera ostentarla el Frente Popular colaborando con la Delegación del Gobierno”. Siguiendo esa indicación, decidieron mantenerse como una representación de partidos y sindicatos vascos que canalizase las reclamaciones y necesidades de su ciudadanía, actuando como una junta colaboradora de la Delegación de Euzkadi en Asturias, con cinco comisiones: Gobernación, Guerra, Evacuación e Industria, Propaganda, y Asistencia Social y Sanidad. De esta manera, la Delegación fue agrupando en torno a ella todos los esfuerzos para mejorar la vida de los vascos radicados en Asturias.

Durante la Guerra Civil Española, unos 1.800 vascos formaron brigadas expedicionarias, como la del comandante Cándido Saseta, que fueron enviadas a Asturias para apoyar la ofensiva republicana contra Oviedo. Estas fuerzas, compuestas por batallones del PNV, ANV y UGT, combatieron en la zona entre el 21 de febrero y el 17 de marzo de 1937, sufriendo numerosas bajas, incluyendo la muerte de Saseta y un centenar de gudaris, en la zona que se conoció como "el pradón de los vascos". 

Inmediatamente a la ocupación de Santander, el Ejército franquista pasó a la ofensiva en Asturias. El primer embate se produjo a unos 100 kilómetros de Gijón, con el propósito de tomar la Sierra de Cuera y forzar el Mazuco. En la defensa se distinguieron los batallones vascos que habían sobrevivido a la hecatombe de Santander. Así, el Gobierno de Euzkadi, el 6 de septiembre, felicitó al comandante de la 50ª División de Choque, Juan Ibarrola, y a los combatientes de los batallones Isaac Puente y Larrañaga: “Para todos nosotros es una razón de supremo orgullo que, en los momentos difíciles por que atraviesa el norte, sean precisamente fuerzas procedentes de Euzkadi, las que por su conducta viril, sean ejemplo de decisión, entereza y heroísmo”.

En las fechas posteriores, las fuerzas vascas permanecieron en el XIV Cuerpo de Ejército, alcanzando en su reorganización unos 10.000 efectivos, si bien carecían de equipo y armamento adecuado, consumido tras meses de guerra incesante. A tal efecto, Alfaro solicitó al lehendakari el envío de prendas de vestir y útiles de aseo, además de armas y pertrechos, ya que en Asturias no se les llegó a proporcionar por su escasez.

A lo largo del mes de septiembre de 1937, el avance del Ejército franquista era imparable, mientras la Asturias republicana resistía cada vez más débilmente. Para comienzos de octubre, y a los ojos de cualquier observador objetivo, la suerte del territorio estaba echada y la derrota definitiva era sólo cosa de más o menos tiempo



Las milicias vascas en Madrid

En diciembre de 1936 llegaba a la plaza de Moncloa un batallón de milicianos que hablaban en un extraño idioma y llevaban boina. No pocos pensarían que se trataban de brigadistas internacionales, pero se equivocaban: eran las Milicias Vascas. En aquel momento nadie lo sabía, ni siquiera ellos mismos, pero se convertirían en parte de la historia de este frente, en el que permanecerían los dos siguientes años. 

A mediados de septiembre de 1936, cuando un puñado de vascos comenzaron su organización, con independencia de cualquier partido. En apenas dos semanas lograron reclutar a cerca de doscientos milicianos, venidos de toda la península y de todas las militancias, aunque principalmente cercanos al comunismo. Su sede se estableció en el Hogar Vasco de la Carrera de San Jerónimo


La mañana del día 3 de noviem­bre llegaba a Madrid un perso­naje clave en la historia de las Milicias Vascas: Antonio Orte­ga. Teniente de Carabineros de origen burgalés había estado in­volucrado en la Revolución del 34 y jugó un papel destacado en la defensa de Irún y San Sebas­tián en septiembre de 1936, y ocupó también el cargo de Go­bernador Civil de Guipúzcoa. Fue llamado a Madrid por el Gobierno tras ser suprimido su puesto anterior debido al Esta­tuto de Autonomía. Al enterar­se los milicianos vascos de su llegada, probablemente los que realizaban tareas administrati­vas en la sede del Hogar Vasco, le invitaron a mandar las MVA inmediatamente, puesto que algunos de ellos ya habían lu­chado junto a él en Guipúzcoa. A la una y media de la tarde se presentó en Pozuelo y se encon­tró a los vascos comiendo, des­moralizados tras varios días de retirada, que aún continuaba. «/Queréis que vayamos a comer a Boadilla del Monte?», les pre­guntó, según su propio relato. Y así lo debieron hacer, puesto que una hora después se encon­traban en el pueblo. El hecho de avanzar, en vez de retroce­der, como habían estado hacien­do desde hacía un mes, supuso un gran influjo de moral, pero causó, según el relato, descon­cierto entre alguno de los mi­licianos que continuaban en su marcha de retroceso y que daban Boadilla por perdida: «¿Pero es que los vascos se han pasado a los facciosos?», preguntó, al pa­recer, uno de ellos (12).

El teniente coronel Ortega, que con el comandante Lizárraga manda las Milicias Vascas, tiene el cabello nevado. Rostro grave, pero afable; carácter militar enérgico, bondadoso en el fondo. Ríe poco; pero su risa es franca, sincera, sin estridencias. Particularmente, se consiguen de él todas Ias solicitudes justas. Le gusta servir a los amigos, proteger al necesitado, repartir el bien posible, sin condiciones. Cuando está en la Comandancia de guerra, frente a su mesa de despacho, triunfa la verdadera disciplina. Todo sabe a rectitud, severidad. Leales y obedientes, se mueven junto a él muchos hombres y jefes, oficiales, soldados que adivinan el deseo más insignificante. Me detuvo en la escalera el capitán David, un magnífico dibujante, que escondía valores bélicos insospechados “¿Quieres ver al teniente coronel? No sé si podrá recibirte...” Fuimos juntos hasta el despacho, lleno de milicianos. El jefe Ortega firmaba multitud de oficios, que la mecanógrafa y los oficiales de su Estado Mayor iban dejando sobre la. mesa. David hizo nuestra presentación. Y tomé asiento, cerca de varios trofeos guerreros cogidos al enemigo.
— ¿Quiere usted decirme cuándo se formó el batallón de los vascos?
—Fue por Octubre. Quince días solamente se emplearon en ello


En octubre las MVA partieron al frente de la Carretera de Extremadura, con Lizárraga al mando, pero no participaron en combates hasta que el frente retrocedió hasta Navalcarnero, a finales de aquel mes. Tras la toma de esta localidad por los rebeldes, el mando republicano organizó un contraataque en el que participaron las MVA, aunque sin éxito.

A  finales de noviembre de aquel primer año de la guerra, las MVA se transformaron en un verdadero batallón y fueron trasladadas al lugar donde más duros eran los combates: Parque del Oeste, Moncloa y especialmente Ciudad Universitaria se convierten a partir de aquí en el hogar de los vascos. Aquí se enfrentaron a un combate de desgaste, que cada vez tenía menos que ver con aquella guerra de alpargatas y más con la Primera Guerra Mundial. Los ataques frontales a posiciones atrincheradas fueron el día a día de los primeros meses de 1937, hasta que el alto mando desistió en su afán de conquistar directamente las facultades y hospitales convertidos en fortalezas por los rebeldes.

El batallón vasco, renombrado 158º Batallón, pasó el resto de la guerra en la Ciudad Universitaria. La guerra se hizo estrictamente estática, aunque el intercambio de bombas, granadas y disparos era constante. Se generalizó una modalidad de guerra primitivista ya ensayada ampliamente durante la Primera Guerra Mundial, la guerra de minas, que no consistía más que en excavar una galería subterránea hasta la posición enemiga y volarla con explosivos.


En Moncloa los vascos tuvieron su primer contacto con la guerra de trincheras. De día, el frente se mantenía relativamente tranquilo; pero de noche, la luz de las bengalas anunciaba los ataques de los marroquíes, que avanzaban sigilosamente entre los árboles del Parque del Oeste para lanzarse sobre las trincheras. Aunque llegaron a cien metros de la cárcel, nunca lograron tomar las posiciones defendidas por los vascos y sus compañeros.

Así, el batallón vasco, renombrado 158º Batallón, pasó el resto de la guerra en la Ciudad Universitaria. La guerra se hizo estrictamente estática, aunque el intercambio de bombas, granadas y disparos era constante. Se generalizó una modalidad de guerra primitivista ya ensayada ampliamente durante la Primera Guerra Mundial, la guerra de minas, que no consistía más que en excavar una galería subterránea hasta la posición enemiga y volarla con explosivos. Aunque de ello se encargaban técnicos especializados, los soldados sufrían sus efectos: además de la explosión, las minas liberaban grandes cantidades de gases que podían asfixiar a cualquiera que encontrasen a su paso, fueran del lado que fueran, como ocurrió en numerosas ocasiones.


El boletín de información del Ejército de Operaciones del Centro de aquel día afirmaba que «Boadilla del Monte ha sido reconquistado.» La acción que­dó grabada como un hito en la historia de la unidad, en honor a la cual la población fue rebau­tizada como "Boadilla de Euzkadi" por los milicianos, que usaban esta denominación en la documentación, aunque no tras­cendió más allá del uso inter­no. A pesar de ser un signo de la creciente resistencia republi­cana y de la capacidad de liderazgo de Ortega, hay que decir que Boadilla había sido apar­tada de los planes de conquista de Mola debido a la interven­ción de Franco, que ordenó con­centrar todas las fuerzas en la dirección principal de avance, ignorando los flancos "salvan­do" así a las Milicias Vascas de un duro combate. Permanece­rían allí al menos hasta el 27 de noviembre, sufriendo algunos bombardeos y efectuando reco­nocimientos nocturnos; aunque la presión enemiga no fue sus­tancial, puesto que la tierra de nadie se extendía prácticamen­te hasta Villaviciosa de Odón y Polvorines.

Bombardeos sobre ciudades vascas

El trabajo de investigación "Atlas de bombardeos en Euskadi (1936-1937)", realizado por Xabier Irujo, recoge 1.220 operaciones de bombardeo llevadas a cabo en Euskadi, entre julio de 1936 y agosto de 1937. Durante este periodo, se bombardearon 127 pueblos de Euskadi, 1 de Cantabria y 4 de Navarra. Una operación de bombardeo, hace referencia a un conjunto de ataques aéreos ejecutados por una o varias unidades aéreas sobre un único objetivo a lo largo de una única jornada de guerra. Esto supone que en una operación de bombardeo se pueden realizar uno o varios bombardeos. De esta forma, en el periodo señalado, se registraron 2.042 bombardeos, 1.870 realizadas por el bando sublevado y 172 por el republicano.


El bombardeo de Durango

El bombardeo de Durango fue el primer ataque aéreo que ordenaba Hitler para apoyar al bando sublevado. El general Emilio Mola ya había amenazado previamente por radio que si la sumisión de Vizcaya no era "inmediata", arrasaría toda la provincia, puesto que disponía de "recursos suficientes para hacerlo". El ataque aéreo comenzó temprano por la mañana desde el barrio de Kurutziaga, mientras gran parte de la población madrugaba y realizaba sus quehaceres de un miércoles.

En el pueblo mercantil de Durango cayeron bombas sobre el convento de Santa Susana, donde 11 monjas fallecieron debido a la explosión. Asimismo, en la iglesia de Santa María, el padre Carlos Morilla murió por el estallido de otra bomba. Morilla se había refugiado en el pueblo vizcaíno tras huir de Asturias debido a la guerra. De la misma manera, también resultó dañada la iglesia del colegio San José de los Jesuitas, donde Rafael Villalabeitia celebraba misa. Se registraron más de cincuenta bajas, mayoritariamente civiles que habían acudido al templo religioso aquel 31 de marzo de 1937.

En Durango se produjeron tres bombardeos. El ataque fue el primero a núcleo urbano civil y fue uno de los más terribles del conflicto bélico español. El ataque se realizó en tres momentos a lo largo del día. El primero de ellos fue a las ocho de la mañana, cuando "muchas de las víctimas estaban asistiendo a misa y no tuvieron ninguna oportunidad". El segundo fue al comenzar la tarde, en la estación, que en este caso sí era un objetivo militar. El tercero fue a última hora, de nuevo en el caso viejo del municipio.

El ataque fue efectuado por cuatro aviones Savoia, que despegaron en la madrugada del 31 de marzo de 1937 del aeródromo de Soria cargados, cada uno de ellos, con veinte bombas de 50 kilos y cuatro bombas incendiarias de 20 kilos. "Afortunadamente uno tuvo que regresar a la base porque sufrió una avería en el vuelo", ha detallado Irazábal. Los tres aviones que continuaron el vuelo fueron escoltados desde Logroño por nueve cazas, que ametrallaron a la población cuando los aviones terminaron el bombardeo.
Durando bombardeado

El bombardeo de Eibar

El día 14 de abril de 1931 Eibar se convirtió en la primera ciudad del Estado que hizo ondear la legítima bandera republicana, pero seis años después pagó cara su osadía. Al igual que otras localidades vascas como Durango, Otxandio o Gernika, la ciudad armera fue arrasada por los bombardeos de las aviaciones de Hitler y Mussolini que, coordinadas con la fuerza aérea de los sublevados comandados por Franco, dejaron una imagen desoladora en la ciudad, destruida por las llamas y convertida en escombros.

El estallido de la Guerra Civil provocó un cambio radical en la vida eibarresa. Nada más sublevarse las tropas el 18 de julio de 1936, los vecinos formaron el batallón Amuategi. Se encargaron de frenar a las puertas de Eibar la ofensiva de las tropas nacionales, hasta abril del año 1937. La mayoría de sus integrantes murieron en la guerra o fusilados, o tuvieron que huir a Francia y América.

Considerada “clave” en el aprovisionamiento de armas para las distintas Juntas de Defensa de Gipuzkoa y Bizkaia, Eibar se vio inmersa en la guerra a finales de septiembre de 1936. Para entonces la mayoría de los pueblos de Gipuzkoa ya habían sido conquistados por las fuerzas golpistas. De hecho, esos días solamente resistían a los ataques fascistas Elgeta y la ciudad armera, que tras la llegada del frente fue “primera línea de combate” durante siete largos meses; “hasta abril de 1937”.

En cualquier caso, para cuando las tropas afines a Franco recalaron en Eibar la ciudad armera ya había sufrido la crueldad de la guerra. No en vano, el primer ataque aéreo sobre la ciudad se produjo el 29 de agosto de 1936. Ese día, explica Gutiérrez, “dos aviones lanzaron una veintena de bombas que dejaron un muerto y ocho heridos”. Fue un primer aviso; toda vez que “durante la ofensiva de finales de septiembre para ocupar los montes que dominan las alturas de la ciudad se produjeron cinco bombardeos, en octubre otros dos y en noviembre cuatro más, para consolidar las posiciones”.

En diversas ocasiones las bombas cayeron fuera de la ciudad, mientras que en otros casos alcanzaron sus objetivos: el cuartel de María Ángela y la fábrica Orbea en Arragüeta; las comisarías de la Junta de Defensa, la Casa del Pueblo, los coches del parque móvil y el puesto de mando del edificio consistorial en Untzaga, la fundición Aurrera, el barrio de Matxaria, la Escuela de Armería...

En los meses siguientes y hasta la ofensiva final de abril el casco urbano de Eibar no sufrió ataques aéreos ya que “debido a la proximidad de los contendientes en el frente del monte Akondia no se podía utilizar la aviación aérea sin peligro de provocar fuego amigo y causar bajas entre las fuerzas sublevadas”.
Eibar bombardeada
El bombardeo de Sestao

Aquel domingo de mayo Sestao era un pueblo sometido a una dinámica bélica que se mantenía en el tiempo desde los últimos días de septiembre de 1936. En el pleno municipal del dos de octubre el Ayuntamiento muestra su protesta más enérgica «por el hecho vandálico de bombardear los facciosos las poblaciones civiles».

El 23 de mayo era un domingo marcado por diversos sucesos. Galdakao había sido objetivo principal de la aviación alemana cuatro días antes, en un ataque sobre un refugio en el que murieron quince vecinos. El mismo día en Barakaldo, las bombas derribaron siete casas, mataron a una persona e hirieron a otras siete, y en Erandio Goikoa, un baserritarra y su hijo morían bajo la metralla de las bombas mientras trabajaban en el campo. El carguero Habana, a bordo del cual viajan cuatro mil niños vizcaínos evacuados a Gran Bretaña, ha arribado a Southampton el sábado por la tarde. Lo recoge la prensa de la mañana para tranquilidad de los progenitores de los más de doscientos niños y niñas de Sestao que han hecho la travesía.

El 23 de mayo de 1937 se produjo el mayor bombardeo sobre Sestao, llevado a cabo por cuatro aviones que durante doce minutos arrojaron su mortífera carga, dejando 22 muertos y 80 heridos, la mayoría mujeres y niños.  El número de casas destruidas fue elevado, sobre todo, en la calle Iberia, pero también en Chavarri, Vista Alegre, casas del Escribano, grupo La Unión, Lorenzo Llona y las escuelas. Sufrieron desperfectos otros muchos edificios entre ellos la sucursal del Banco de Vizcaya y la central de Telégrafos.

En este ataque del día 23, el objetivo no era la industria, pues pasaron por encima de Altos Hornos y el resto de las fábricas del municipio sin tocarlas, tampoco atacaron el tren ni los puentes, para romper las comunicaciones con el frente. Al igual que en muchos otros pueblos y ciudades se mató sin reparo a la población civil, buscando provocar el terror.

Bombardeo sobre Sestao

El bombardeo de San Sebastián

En la mañana del 13 de agosto de 1936, 6 aviones —presuntamente italianos y procedentes de un aeródromo en la Rioja— comenzaron a sobrevolar la ciudad a gran altura, abrieron las compuertas y comenzaron a dejar caer la mortal carga.

Una de las bombas fue a caer el patio de la manzana que comprende el número 7 de la calle San jerónimo y los números 14 y 16 de la calle Embeltrán. Allí se vivirá dos dramáticas escenas:

En el piso 3º del 7 de San Jerónimo, la viuda de Sotés, una anciana que vivía imposibilitada en su cama, estaba siendo ayudada por una muchacha de la familia, Candida Ruesgas, estudiante de Magisterio, a ponerse las medias. En aquel preciso instante, escucharon los motores de los aviones y se apresuraron a ponerse sobre seguro. Un momento después, cayó la bomba, que destrozó una chimenea, causando el incendio de la misma, y diversos destrozos en la vivienda de la anciana y en varios pisos de ambos inmuebles.

En el 4º Dcha. del 16 de la calle Embeltrán, vivía la familia de la viuda de Arbaolaza. El hijo, un muchacho de unos 17 años, dormía en aquel preciso momento. A causa de las explosiones y el ruido de los aviones, al despertarse, se vistió de cualquier manera, y se asomó por la ventana de su cuarto —que daba al patio del bar Iruña— para ver el “espectáculo”. Al momento, ocurrió la explosión, causando abundantes daños en el mobiliario del piso, saliendo el muchacho indemne, sin rasguño alguno.

Una bomba cayó junto al 54 de la calle de Urbieta, lugar que ocupaba la tienda de alimentación Carrasquedo. El proyectil causó un hoyo de unos dos metros cuadrados por uno y medio de profundidad. Los cascotes de la explosión hirieron a los vecinos que se habían refugiado en la bodega de dicho establecimiento. La explosión destrozó la tienda de Carrasquedo, quedando comunicada con la tienda de al lado, vacía en aquel momento y que anteriormente había sido una cordelería. En la actualidad se conservan marcas de metralla en el lateral derecho del portal número 56, siendo, quizás, el único rastro superviviente de este bombardeo.

En la casa que ocupa el número 6 de la Plaza del Centenario, una bomba entró por el 6º, atravesando los sucesivos pisos hasta estrellarse en el 2º —domicilio de la familia Campane—, sin llegar a estallar. El proyectil fue trasladado a la CNT —seguramente al cercano cuartel de las escuelas de Amara—.

A poca distancia del anterior edificio, en el número 1 de la misma plaza —propiedad de la familia Zappino— otra bomba alcanzó el 5º Izq., domicilio en aquel entonces de la viuda e hijos de Barcáiztegui. El proyectil entró por el “ángulo noroeste del marco del lucero sobre la cocina del piso alto de servicio”, cayendo sobre una mesa de mármol, destrozandola y llenando de cascotes el inmueble. La bomba, en su caída, derribó una chimenea, cayendo ésta a la terraza del inmueble inmediato, y causando daños en otras dos chimeneas. En el momento del ataque, tanto el 4º —habitado por la familia Lemoniez— como el 5º, habían sido evacuados por orden del Frente Popular, por haberse incautado de la torrecilla superior de la casa para usarla en previsión de un ataque sublevado.

En la casa número 9 de la calle Amara, de reciente construcción y propiedad del industrial Landart, cayó otra bomba, causando serios desperfectos. El proyectil impactó de refilón, destrozando las habitaciones de los pisos 4º y 5º. Según el diario Frente Popular, uno de los pisos estaba habitado por una familia que trabajaba en la Tabacalera. El edificio se conserva en la actualidad, pero tuvo que sufrir en su fachada una reforma radical, perdiendo su aspecto vanguardista.

Otra bomba cayó en el número 18 de la calle Urdaneta, en cuyos bajos se encontraba la Escuela de la Sagrada Familia. El proyectil atravesó los diferentes pisos para llegar al primero sin llegar a estallar, siendo recogido por el Cuerpo de Bomberos, sito en la misma manzana. El diario Frente Popular especuló con que dicha bomba iba dirigida contra la Casa de Socorro —cuyo tejado estaba pintado con una cruz roja de gran tamaño—, ya que una de las naves de la misma colindaba con el edificio bombardeado.

Sobre la bomba que cayó en la bahía de la Concha. En la playa de la Concha, estaba la niña María Trinidad Castillo —de unos 12 años—, vecina de San Bartolomé, junto con su madre y hermanos disfrutando de la playa. Entonces, observaron a un avión sobrevolar la bahía. Por el momento no se sobresaltaron, pues pensaron que se trataba de la avioneta publicitaria de “Impermeables El Búfalo”, la cual solía “bombardear” con impermeables a los veraneantes. En lugar de impermeables, el avión dejó caer una bomba. No hace falta decir que el susto fue tremendo, una simple escena lo resume: a causa de las prisas, quedaron los zapatos de la niña María Trinidad enterrados en la arena. Este testimonio ha sido facilitado por Eva Etxebeste, hija y nieta de las protagonistas.

A parte de los daños materiales, los daños personales se redujeron a 5 heridos. En principio todos ellos fueron asistidos en la Casa de Socorro, aunque los más graves serían trasladados al Hospital Civil de Manteo.

A la tarde, los aviones volvieron a sobrevolar San Sebastián con nefastas intenciones y, por desgracia, con peores resultados que en el bombardeo de la mañana.

Nuevamente, los aviones dejaron caer dos bombas en Amara, ésta vez en las cercanías del retrete del parque de Amara, sin producir desgracia alguna. No será la única, dos bombas más caerán en los Altos de Amara, sin llegar a explotar: una a pocos metros de la vivienda de María Teresa Fortea, viuda del malogrado Manuel Andrés Casaus y otra en la huerta de los señores Echave; ambas recogidas por los bomberos. Más adelante analizaremos el posible porqué de esta “obsesión” por bombardear Amara.

En la calle de Moraza, en las proximidades de la linternería Torres, caerá otra bomba que, por suerte, no llegará a explotar. También sería recogida por los bomberos.

Dos bombas más cayeron sobre el número 4 de la calle Urbieta: una fue a parar al patio interior y la otra atravesó los pisos 5º y 4º, quedando alojada en el 3º. Pese a los grandes destrozos no hubo ninguna desgracia personal.

Otra cayó en el número 32 de la calle Garibay, próximo a la sede del diario Frente Popular —antigua sede del Diario Vasco—. En el instante en que cayó la bomba, la “fuerza percutora” hizo que varios periodistas fueran lanzados a “varios metros de distancia” del lugar donde se hallaban. El propio diario especulará con que aquel proyectil iba dirigido contra la redacción y talleres.

Al parecer, el proyectil chocó con la esquina de la terraza del 6º piso, arrancando un pedazo de la misma, y explotando sobre el balcón del 4º —habitación de Bernardo Beristain—. La metralla entró en el piso, arrasando con el mobiliario de cuatro habitaciones, el techo y haciendo un hoyo en el suelo, desde que podía verse el piso inferior, el 3º —habitado entonces por el notario Fernando Fernández Sabater—, donde también habían quedado destrozadas las cuatro habitaciones de la misma rasante del piso superior. Pese a los grandes destrozos, no hubo que lamentar víctimas gracias a la casualidad: en el domicilio de Bernardo Beristain, se hallaba la esposa de éste y tuvo la suerte de haberse “recluido” en las habitaciones que daban a la calle Garibay (?), cosa que le salvó la vida. En el piso inferior, pasó algo similar: el notario Fernando Fernández Sabater y su padre —un hombre de avanzada de edad—, al hallarse en las habitaciones exteriores también pudieron salvar la vida.

Otra bomba fue a caer en la calle San Marcial, en el edificio del bar la Espiga. El proyectil impactó en el tejado, atravesando tres pisos —llegando a atravesar una cuna con su colchón, en la que por suerte no había nadie— haciendo explosión y quedando la espoleta sobre la cama de una habitación del primer piso. La espoleta fue recogida por los bomberos.

En aquellos instantes se vivió un momento verdaderamente trágico. En el momento que se advirtió la presencia de los aviones, María Zabalegui Errazquin, dueña de una carnicería existente en la calle de San Marcial, apremió a todos los viandantes a que entraran en el establecimiento para guarecerse del bombardeo. La fatalidad quiso que, María, siendo madre de siete hijos, al no ver a ninguno de ellos a su lado, se decidió a salir en su búsqueda. En aquel fatal y preciso instante, la metralla caía sobre la calle. María no llegó a salir de su tienda. El diario Frente Popular no pudo ser más explícito: “la pobre señora fue alcanzada por un casco que le destrozó el vientre y la región dorsal produciéndole la muerte casi instantáneamente. Casi no tuvo tiempo de salir, pues con un pie dentro de su establecimiento le sorprendió la muerte”.

Otro lugar donde cayó una bomba fue en el edificio que hace esquina entre la calle de Easo con la de San Marcial. Allí impactó en el balcón central de un piso propiedad de un tal Elorza. El proyectil arrancó de cuajo la repisa balaustrada de piedra del balcón y la baranda; en el granito de la base del edificio produjo enormes destrozos y la puerta de acceso a la casa número 1 quedó totalmente destruída. El diario Frente Popular especulará con que el proyectil iba dirigido contra el Hotel Londres, que había sido convertido en hospital de sangre.

La bomba caída ante el Hotel Londres causó varios muertos. En el momento en que hicieron aparición los aviones, Plácida San Juan, junto con su hija, abandonó el domicilio familiar, sito en la calle Fuenterrabía número 22, y se dispuso a buscar a sus otros cuatro hijos, que estaban en la playa. En el preciso instante en que llegaba a la altura de la calle Easo, hizo explosión la bomba de la que hemos hablado, matando en el acto a la madre e hiriendo mortalmente a la hija. No serán las únicas víctimas mortales del momento: la metralla segará en un instante la vida de otros dos hombres y dejará herido mortalmente a otro: Eustaquio Prior Marco.

Eustaquio Prior Marco, era un conocido taxista de San Sebastián. En el momento en que cayó la bomba del Hotel Londres, marchaba para coger su coche; quedando gravemente herido, fallecerá tres días más tarde.

Como dice el diario Frente Popular, aquella explosión debió de ser verdaderamente tremenda. Un trozo de metralla hirió en un brazo a un ciudadano que se hallaba a cien metros de distancia, en la puerta de la farmacia Carrasco, que se hallaba en la esquina de la calle Easo con Pí y Margall —hoy Arrasate—.

Tras el bombardeo, los sanitarios enclavados en el Hotel Londres y los enviados por la Comisaría de Sanidad —situada en el Hotel del Príncipe— harán todo lo posible por dar asistencia a las víctimas.



Desarrollo de la guerra en Euskadi: El intento del Ejército Vasco, bombardeos sobre ciudades vascas y la derrota del "cinturón de Hierro"

El resultado de las elecciones de 1936 puso de manifiesto la existencia de diferentes fuerzas y estrategias políticas en las cuatro provincias vascas. En Gipuzkoa y Bizkaia existía una clara mayoría, integrada por el PNV y el Frente Popular, que se posicionaba a favor del cumplimiento del Estatuto y de la República.
Gobierno vasco en 1936

En Araba, Navarra e incluso en algunas zonas rurales de Gipuzkoa y Bizkaia, el partido que contaba con más adeptos era el de los antiguos carlistas, llamado Comunión Tradicionalista, dotado a su vez de una importante fuerza militar paralela —los requetés—. La posición de esta fuerza política era contraria al régimen republicano y favorable al alzamiento militar.

En Araba, el teniente coronel Camilo Alonso Vega, unido a Mola, el mismo 19 de julio impuso su autoridad, cambiando al gobernador civil; a pesar de que los republicanos llamaron a la huelga general en contra del alzamiento, no tuvo éxito. En 1937 los intentos del Ejército Vasco de conquistar Gasteiz acabaron con el fracaso militar del ataque de Legutiano.

En estos primeros meses, el territorio guipuzcoano sufrió el ataque de los requetés que avanzaban desde Araba y Navarra. Las tropas rebeldes tomaron Irún, cerraron la frontera con Francia y, finalmente, Gipuzkoa pasó a manos del general Mola, con el consiguiente avance de las tropas rebeldes hacia Bizkaia.

En Lesaka y en Oiartzun, los que entraron al mando de Alfonso Beorlegi encontraron una dura resistencia por parte de los republicanos, pero el 4 de septiembre conquistaron Irun. En un principio, los defensores de Donostia consiguieron la rendición de los militares sublevados, pero cayeron bajo el control de las tropas de Beorlegi el 13 de septiembre, después de que la junta de Defensa local huyera. Por otro lado, los sublevados entrando por Leitza, Ataun, Betelu y Zegama, pronto controlaron todo el interior de Gipuzkoa; y el frente de guerra fue desplazándose hacia Bizkaia. En los primeros días de octubre estaban ubicados en el límite entre Bizkaia y Gipuzkoa.

La Junta de Defensa de Gipuzkoa, integrada por el PNV, el Frente Popular y la CNT, se constituyó para llevar a cabo las tareas de organización de la guerra y el control del territorio; sin embargo, las continuas disputas entre anarquistas y nacionalistas y la escasa capacidad ofensiva de las milicias ante los ataques de las tropas rebeldes provocaron el desmoronamiento del frente guipuzcoano.

En diciembre de 1936 el Ejército Vasco atacó en Araba (la ofensiva de Legutiano), con intención de recuperar Gasteiz, pero no lo consiguieron. De ahí en adelante, el ejército dirigido por el general Mola, y después de la muerte de éste, al mando del general Dávila, fue tomando Bizkaia, gracias a los decisivos bombardeos aéreos.

El cinturón de hierro era un sistema de protección que se construyó alrededor de Bilbao (1936). Recién construido por orden del Gobierno Vasco, comenzaba en Plencia y, rodeando Bilbao, llegaba hasta San Julián de Muskiz: estaba a unos 20 km de Bilbao. Estaba formado por trincheras, alambradas, ametralladoras, lugares de observación y caminos. Pretendía ser la base de la defensa de Bilbao; pero fue rápidamente desmantelado por las fuerzas franquistas, por la parte de Larrabetzu el 11 de junio de 1937. Ocho días después cayó Bilbao. Los fallos técnico-militares en la construcción del cinturón y el hecho de que uno de los ingenieros de la obra se pasara al enemigo facilitó mucho a éste las cosas a la hora superar el sistema de protección.

El capitán Alejandro Goicoechea, uno de los oficiales que tomó parte en la construcción del Cinturón de Hierro, se pasó al bando atacante en marzo con todos los planos. Según se podía ver en éstos, las obras estaban sin finalizar aún. Los atacantes dispusieron de toda la información para atacar por los sitios más débiles.

Mapa de fortificaciones de Bizkaia,
el Cinturón de Hierro y la línea Artxanda


Sin embargo el 11 de junio fue roto el cinturón de hierro por Aretxabalagañe con 140 piezas de artillería, 100 aviones, 30 batallones, una inmensa fuerza para la época, y el día 19 entraban las tropas sublevadas en Bilbao. Escenas de evacuación se repitieron en los días anteriores, por tierra y mar, como los cuatro mil niños embarcados en el Habana en mayo, origen de una parte de la diáspora vasca, y toda una serie de lugares míticos, escenario de episodios de guerra entre el 1 de abril y el 19 de junio de 1937: Intxortas, Kampanzar, Kalamúa, Sollube, Bizkargi, Peña Lemona, Pagasarri. Cumbres que jalonaron el avance de los sublevados hasta Bilbao. Y sobre todo Gernika. El 26 de abril, en una operación de dudoso valor militar, por no decir sin valor militar, y gran efecto sicológico, la aviación franquista (alemana e italiana; aviones Savoia con base en Soria y Alcalá de Henares; VB -bombarderos experimentales alemanes- y Junker-52, con base en Burgos) bombardeaba a la población civil de la localidad de Gernika en día de feria, provocando varios centenares de muertos. Se inauguraba así una práctica muy empleada durante la Segunda Guerra europea: el bombardeo de ciudades.


Tras los fracasos en las batallas del Jarama y Guadalajara, la masa de maniobra rebelde quedó agotada. Madrid quedaba fuera de su alcance y se hizo patente que la guerra iba a ser larga. 

El Norte presentaba un mayor potencial: disponía grandes recursos materiales y humanos. La conquista de esta zona, además, liberaría una gran masa de maniobra que podría aplicarse en un nuevo intento de tomar Madrid. Aunque la iniciativa republicana quiso que la historia siguiese otro curso, la balanza quedaría definitivamente inclinada en favor de los rebeldes. Esta ofensiva, que comenzaría por Vizcaya, se haría con tropas locales: las recién creadas Brigadas de Navarra. Ayudadas, por supuesto, por una gran masa artillera con componente italiano y la aviación de la Legión Cóndor

El camino, sin embargo, estaba lleno de obstáculos. El terreno montañoso no podía flanquearse, y el frente se había fortificado durante 6 meses.

El plan ofensivo preveía un avance por los valles de orientación S-N y E-O principales hasta converger en el centro de Vizcaya, desde dónde se rompería el Cinturón de Hierro para tomar Bilbao.

El primer paso sería un empuje S-N en dirección Ochandiano, con el objetivo de tomar del revés las imponentes posiciones republicanas frente a Vergara y Escoriaza. 

La ruptura se realizaría asaltando la posición llave del sector: el monte Albertia, la punta del "Triángulo Rojo". Este monte, de 868 metros de altura, tenía unas fortificaciones respetables y en buen estado, como indican los informes entregados por Alejandro Goicoechea en febrero. 

La ruptura se encomendó a la 4ª Brigada de Navarra, apoyada por aviación y 22 baterías de artillería.
El asalto inicial dependería especialmente de la artillería, y las preparaciones fueron meticulosas. Desde el observatorio de la Cruz de Urbina, se coordinó la acción de una masa artillera de 86 piezas, de las cuales 22 eran pesadas. 

Durante 1 hora dispararían 5041 proyectiles. Equivalente a unas 60 toneladas, la mayoría concentradas en los últimos minutos de la preparación.  A ello hay que añadir los proyectiles de 26cms, cuyos proyectiles pesaban 215kgs.  En comparación, sobre Guernica cayeron entre 20 y 30 toneladas de bombas.

En definitiva, se aplicaría (por primera vez en este frente) el axioma de "la artillería conquista, la infantería ocupa". 

La infantería avanzaría sobre los montes Albertia y Maroto, protegidos por la artillería, y después tomarían el Jarindo, cerrando así el "Triángulo Rojo".

El asalto al Albertia se encomendó al 1º Batallón del Flandes nº5, que partiría del entorno de Ulíbarri Ganboa a las 5:30. Iba precedido de la 8ª Cía. del Requeté de Álava, en labores de exploración. Ésta llegó a la Casa Forestal antes de las primeras luces.

Con la ruta abierta, los de Flandes tomaron posiciones en las faldas del monte.
A las 7:45 dio comienzo la enorme preparación artillera. Toda la cima quedó cubierta de explosiones, al amparo de las cuales los soldados se aproximaron a  las bases de partida para el asalto.

Éstas se encontraban a unos 300 metros de las trincheras republicanas, en los parajes conocidos como la Campa de la Manzanilla y la Cuadra.  Los últimos pliegues en el terreno antes de quedar batidos por las ametralladoras del batallón Meabe nº2 "Stalin".

Mientras los atacantes contemplaban las explosiones, los defensores las sufrían. Junto a los del Stalin, ocupaba posiciones el Bón. Ariztimuño. Los testimonios son estremecedores. Al amainar la lluvia de metralla, los del Flandes avanzaron para cortar las alambradas. Para su sorpresa, los defensores seguían vivos y dispuestos a combatir:

Este es el terreno que tuvieron que atravesar: el claro de la campa y el hayedo en cuesta, hasta llegar a los parapetos del Meabe y Ariztimuño, casi borrados hoy en día. Costó hora y media y 15 muertos. Superado este obstáculo, los asaltantes se adentraron en la posición y tomaron del revés el resto de trincheras. Las compañías que las defendían perdieron la mayoría de sus efectivos, principalmente capturados o heridos y muertos durante el bombardeo.

El Maroto sufrió un final similar, defendido hasta agotar las municiones, y el Jarindo cayó a primera hora de la tarde. El Triángulo Rojo había sucumbido. 

Bilbao quedaba a 40 kms en línea recta, pero tardaría dos meses y medio en caer.

En definitiva, el asalto al Albertia marcó la tónica de las operaciones posteriores: el enorme despliegue de medios de apoyo pudo abrir el camino a la infantería, pero esa dependencia hizo que las operaciones tuvieran que ser lentas y metódicas.

El 19 de junio los franquistas tomaron Bilbao, que era el último foco de resistencia vasca, después de superar el "cinturón de Hierro" construido por el Gobierno Vasco.

Las fuerzas rebeldes de Vasconia esencialmente compuestas por requetés, habían logrado para Franco, Mola había muerto ya, aniquilar un frente difícil liberando fuerzas para otras zonas, dotarle de una zona estratégica en términos económicos (altos hornos en Bilbao) y darle su primera victoria significativa.

A partir del 20 de abril de 1937 los franquistas atacaron el frente Republicano en Guipúzcoa, una lucha encarnizada que milicianos y gudaris, con escaso armamento, lograron contener; hasta que la aviación alemana bombardeando todo el día rompió las líneas del Ejército Vasco. El día 24, las tropas de Mola tomaron Elgeta. Era primavera, pero se volvió invierno. Los primeros en comprobarlo fueron los dueños de los caseríos que se encontraban situados a los pies de Intxorta. Ellos fueron los primeros que vieron bajar a los fascistas victoriosos, y también los que antes que nadie comprobaron sus ansias de sangre.

La Guerra Civil en Euskal Herria acabó el 24 de agosto de 1937, cuando los italianos del bando de Franco y los representantes del PNV firmaron el pacto de Santoña. El PNV prefirió la paz fuera de la República Española y firmar por su lado.