EL DOBLE CUERPO DE LOS PAPAS Y LOS PROBLEMAS DE AUTORIDAD
Uno de los escenarios europeos donde la alianza entre imagen y poder fue más evidente fue la Roma papal. Allí gobernaba el papa como monarca de un estado —los estados pontificios— y como cabeza espiritual de la Iglesia. Este doble cuerpo, monarquía absoluta y al mismo tiempo electiva —y no hereditaria—, fue más que cuestionable para la mentalidad de la época.
Con el s. XVI la influencia política de Florencia y los Médicis decayeron y dieron paso a una revitalización política, cultural y artística de Roma. Los papas, superado el golpe del Gran Cisma de Occidente, se habían reinstalado con carácter permanente en Roma tras la elección de Nicolás V (1447). Los pontificados eran breves y faltos de continuidad, constituyendo gobiernos nepotistas cohesionados en torno al linaje papal. Pero, pese a esta ausencia de continuidad, todos tuvieron como objetivo común, convertir Roma en centro neurálgico de las artes y las letras.
En Italia, al contrario que otras regiones europeas, no se vivió un proceso de unificación política.
Ningún estado logró imponerse sobre los demás, y así muchas ciudades estado —nacidas en el s. XV como repúblicas— acabaron convertidas en estados principescos.
Si bien Roma fue uno de los pocos gobiernos electivos de Europa —junto Polonia, Hungría, el Sacro Imperio Romano Germánico o Venecia— cultivó, como las demás monarquías europeas, los “dos cuerpos del rey” —basado en el principio de “el rey muere pero la dignidad permanece”—, que garantizaba el poder absolutista y que las sucesiones de gobierno se produjeran de manera menos traumática. En el caso papal, el doble cuerpo se manifestaba en una figura que bebía entre el pontifex maximus y el emperador.
Así, en buena medida, las iniciativas coleccionistas papales cabe entenderlas en un marco de apropiación del legado imperial romano. Sixto IV fundó en 1471 un museo de antigüedades para su propia colección. Los primeros hallazgos —como la Loba Capitolina, la cabeza de Constantino o el Espinario— se fueron colocando en el Palacio de los Conservadores, originando el Museo Capitolino. Julio II instaló el Apolo de Belvedere y el Laocoonte en el patio del Belvedere. Pio V sería el que vació el Vaticano de toda iconografía pagana trasladando estas obras al Capitolio.
La figura del papa fue vista entonces como un monarca secular más, sobre todo desde Sixto IV (1471-81) que entró de lleno en la pugna por Italia. Hacia 1500, cuando no existían límites claros entre política-religión, todos se preguntaban quien defendía mejor la fe, ¿el papa o el emperador?
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# Anónimo. San Pedro conduce a Sixto IV al paraíso, Ospedale de SantoSpirito, 1473-83, Roma. |
Desde la EM, muchos reyes habían salvado a la Iglesia de situaciones delicadas —véase los turcos o el Cisma—, por ello se sentían igual de certificados para hablar de religión. El modo que encontró el papa de legitimarse fue tratar de erigirse como árbitro en los conflictos italianos. La Paz de Cateu-Cambrésis (1559) cambio las cosas. Consolidado el dominio español y con Francia relegada, el papado apoyaría intermitentemente a unos y otros durante los s. XVI y XVII.
Mientras tanto, la Reforma se fue extendiendo, generando problemas dentro de su propio seno.
Desde el s. XIII, en la Iglesia católica fue creciendo una reacción contra un papado cada vez más autoritario y que acabó dando vida al movimiento conciliarista, que pretendía defender la superioridad del conjunto de la Iglesia respecto el papa y limitar el poder del pontífice. Marsilio de Padua con Defensor Pacis influyo apoyando esta postura durante el Cisma de Occidente, y Lutero lo hará más adelante. Pese a estas dificultades, Roma logró constituirse como modelo para las demás potencias cristianas, en el terreno de la estrategia visual de sacralización de poder como refuerzo de la autoridad. Francia e Inglaterra, con sus ceremoniales, sacralizaron, más que ninguna otra, la figura real a inspiración del papado.
Grabado satírico de la ed. alemana de Julius exclusus de Desiderus Erasmus (1ª ed. Latina de 1517), 1523, Bayerische Staatsbibliothek, Munich.
Resulta innegable que la historia del cristianismo está marcada por sus intentos de restituir la pureza primitiva. Desde el s. XII, muchos pensadores ya habían criticado la manera de elegir los cargos, la recaudación de impuestos y hasta la institución papal misma —como J. Wyclif en Inglaterra o J. Hus en Praga—. Pero estas críticas no condujeron a una ruptura de facto. Las cosas cambiaron radicalmente en 1515 cuando León X, falto de dinero, autorizo indulgencias a cambio de fondos. Solicito ayuda a muchos eclesiásticos y a cambio, les permitía quedarse con una parte. El cardenal Maguncia y el dominico Johan Tetzel impulsaron la impresión de panfletos que predicaban la compra de la indulgencia y esto colmó el vaso.
En respuesta a este clima, en el mandato de Paulo III Farnese (1534-49) se empezaron a introducir medidas para corregir los abusos, mejorar la educación eclesiástica, reorganizar la Inquisición y se designó el Santo Oficio (con la función de tribunal supremo). Las nuevas órdenes de los jesuitas y teatinos abastecieron a la Inquisición de sus miembros más destacados. La Compañía de Ignacio de Loyola, construyo una red que promovía el estudio de las ciencias y humanidades en todas las cortes europeas logrando difundir el modelo de Il Gesú con gran éxito.
En 1545, finalmente convocó el Concilio de Trento para redefinir el dogma católico y reformar la Iglesia. Defendió: las buenas obras y la fe como vías de salvación, las sagradas escrituras como esencia doctrinal cristiana, el misterio de la transubstanciación, que los 7 sacramentos solo debían ser administrados por un sacerdote y la veneración de la Virgen y los Santos. No fue hasta diciembre de 1563 —con Pio IV— cuando se promulgaron disposiciones específicas sobre la invocación, veneración y reliquias de santos, y sobre el uso legítimo de las imágenes sagradas. La Contrarreforma estableció que mas importante que la imagen, era lo que esta representaba, dando así preferencia la tema y al decoro. El Concilio otorgó a las imágenes la clara función de instrumento de divulgación de fe. Se abrió así el camino para la exploración artística de la nueva cultura visual barroca basada en el docere (enseñar) y el delectare (conmover).
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# Tiziano, Pablo III y sus nietos, el cardenal Alessandro Farnese y Ottavio Farnese. 1545-6, Museo Capodimonte, Nápoles. |
LA TRANSFORMACIÓN URBANA DE ROMA Y LA REUTILIZACIÓN DE LAS RUINAS CLÁSICAS
Los papas utilizaron varias estrategias para afrontar los diferentes retos que le ofrecieron los siglos XV-XVII.
La primera tiene que ver con la ocupación del espacio urbano: Como parte del ceremonial romano —cada 50 años primero y cada 25 desde el pontificado de Pablo II— se celebra en Roma el jubileo o año santo. Este hito litúrgico obligó a poner en marcha obras para facilitar el viaje de los peregrinos, a los que había que trasmitir la imagen de prosperidad. Restablecer la grandeza de la Antigua Roma y levantar una ciudad a imagen de la Jerusalén celeste legitimaba las aspiraciones papales. Así las peregrinaciones contribuyeron a embellecer la ciudad y consolidar el género literario de las Mirabilia Urbis Romae Resulta distintivo, en este proceso urbanístico, la reutilización de ruinas clásicas, por un doble motivo: práctico y simbólico. Desde el edicto de Milán —en 313 por Constantino— y durante toda la EM, varios templos habían sido reconvertidos en iglesias —como el Panteón, convertido en 609 en Sta. Mª de los Mártires—. El propio Coliseo había asumido la condición de edificio fortificado (tras haber sido lugar de sacrificio de muchos de los primeros cristianos). Lógicamente, el papado necesitado, vio fácil aprovechar las ruinas como cantera. El Palatino o el Circo Máximo fueron desmantelados hasta la promulgación de la bula Cum alma nostram urbem para la protección de los monumentos antiguos (Pío II Piccolomini, 1462). Sin embargo, Sixto IV la derogaría para llevar adelante su reforma.
El año santo 1575, san Felipe Neri propuso recorrer a pie las llamadas 7 iglesias de peregrinación para lograr la indulgencia plenaria. Desde entonces se dividieron, según su importancia simbólica, entre mayores —San Pedro, San Pablo extramuros, San Juan de Letrán y Sta. Mª la Mayor— y menores —San Sebastián, Sta. Cruz de Jerusalén y San Lorenzo extramuros—, que tenían su origen en tumbas de mártires.
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# A. Lafréry, Le sette chiese di Roma. Grabado de Speculum romanae magnificentiae, 1575 |
Queda así institucionalizada una ruta que originaría importantes reformas para facilitar la comunicación entre ellas, y que sirvió de inspiración para el ambicioso plan urbanístico de Sixto V (1585-1590). Por él, Domenico Fontana, abrió grandes viales que se unían las basílicas, separadas por grandes plazas, en las que obeliscos y fuentes servían para acentuar perspectivas visuales y, de nuevo, trazar puentes entre Antigüedad y presente. Ej. de ello fue la strada Felice — hoy vía Sixtina—, entre la Piazza del Popolo y San Juan de Letrán, o el levantamiento de un obelisco —de 300 T— en la plaza de San Pedro, hecho muy publicitado por el papado.
# D. Fontana, frontispicio Della trasportatione dell´obelisco vaticano. Roma, 1590
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# D. Fontana, grabado Della trasportatione dell´obelisco vaticano. Roma, 1590 |
En esta profunda transformación las plazas cobraron especial protagonismo como lugares simbólicos. Después de San Pedro, el Capitolio era un lugar simbólico de primer orden —centro político y religioso de la Roma Imperial— era uno de los enclaves más importantes en el recorrido del possesso, tras la elección del nuevo Papa. Durante esta procesión, en el Campidoglio, el pontífice ascendía al Palacio Senatorio dd recibía homenaje del poder municipal.
Durante el pontificado Pablo III, Carlos V —tras derrotar a los turcos en Túnez en 1536— hizo su entrada triunfal en una Roma todavía atemorizada por el sacco. El Papa intentó rentabilizar esta entrada organizando el recorrido con sumo cuidado. Despejó la vía Appia hasta las termas de Caracalla, evitando que el emperador ascendiese hacia el Capitolio, para conducirle directamente a San Pedro y evitar así la comparación papa-emperador. La humillación que pudo haber sentido al presenciar la entrada, llevó a Pablo III a encargar a Miguel Angel la remodelación de la plaza para dignificar todavía más su doble condición. Las obras empezaron en 1538 con la colocación de la estatua ecuestre de Marco Aurelio (siglo II), transformando este antes símbolo de justicia municipal en emblema del doble cuerpo papal. Influido por el proyecto de Pienza para Pio II, el arquitecto utilizó la manipulación óptica en la plaza. Junto a los dos palacios originales, dispuestos en un ángulo ligeramente oblicuo, situó un 3º, configurando un espacio trapezoidal, más ancho hacia el palacio Senatorio, enalteciendo así la cabalgata del posseso. El proyecto original no se ha conservado, pero lo conocemos a través de dos grabados de Dupérac.
Tras Pablo III, otros papas siguieron remodelando plazas, pero nunca con aspiraciones tan universales. De hecho, la mayoría de los proyectos, incluyeron un sesgo familiar, como la plaza Navona —que glorificó al linaje Pamphili, al que pertenecía Inocencio X (1644-55)—.
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# C. Rainaldi, D.Barriere. Fiesta de la resurrección en la Plaza Navona en 1650. Grabado, Museo di Roma. |
Además de los papas, otros agentes, con distintas cotas de poder, participaron en el embellecimiento de Roma: casas aristocráticas, eclesiásticos, peregrinos o comunidades extranjeras. En la plaza Navona, por ej., la Cofradía de la Resurrección —de la iglesia nacional española, San Giacomo degli Spagnoli— organizaba anualmente, durante la Semana Santa, una de las fiestas más esplendorosas de la ciudad.
EL VATICANO, EL GRAN PROYECTO ARTÍSTICO PAPAL
El Vaticano es sin duda el proyecto de mecenazgo por excelencia de los papas. Según N. Temple, “se convirtió en la némesis del Capitolio romano” — antítesis y principal agente redentor de la Antigua Roma—.
Tras regresar de Aviñón, el papado evidenció la necesidad de reformar la basílica. Además, como la residencia papal se encontraba en el palacio contiguo a San Juan de Letrán, desde tiempos de Constantino, también se vio necesario intervenir en esta. En el s. XV, Nicolás V, encargó la reforma de San Pedro a Rosellino, abriendo el debate entre derribo u conservación. Finalmente optó por ampliar el templo a 5 naves; añadió un nuevo transepto y en su intersección se previó levantar una gran cúpula. Por influencia de Alberti, tb se concibió una plaza adyacente para recibir a los peregrinos. La toma de Constantinopla frenó estos planes quedando en sus cimientos.
En 1506, Julio II (1503-13) retoma el proyecto para derribar completamente la basílica y construir otra mayor. Heredó unos estados pontificios divididos y sin dinero y logró unirlos militarmente y llenar las arcas a su muerte. Pero su herencia fundamental fue la nueva concepción del arte como política y propaganda. Eligió para el Vaticano el proyecto de Bramante —que conocemos a través de un dibujo de los Uffizi de 1505 y una medalla acuñada en 1506—, de planta centralizada con claras reminiscencias a Sta. Sofia, que tampoco se llevaría a cabo. Los trabajos en San Pedro durarían 120 años con modificaciones de Rafael, Antonio da Sangallo el joven o Miguel Angel.
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# Medalla acuñada en 1506 por Caradosso con el proyecto centralizado de Bramante |
Tanto el tipo de planta como la escala recordaban a los gigantescos monumentos antiguos. “El proyecto de Bramante encarnaba la voluntad de Julio II de erigir un monumento esencialmente cristiano, enfatizando así su identificación con Salomón” (Hollingsworth, 1994). Quiso demostrar que era sucesor de San Pedro, pero también el del prestigio de los emperadores de la AR —por ello también donó numerosas estatuas clásicas al patrimonio de la iglesia—. Fue un ejemplo de utilización de la propaganda para su persona y el papado sin precedentes.
Antes, su tío, Sixto IV (1471-84), había emprendido la construcción de la Capilla Sixtina y la decoración de sus muros laterales. Supo aprovechar la zona más visible y noble de los Palacios Apostólicos, inspirado en las dimensiones del desaparecido templo de Jerusalén. En la banda superior: retratos de papas en nichos —como en San Juan de Letrán—, en la central: escenas que establecían paralelismos entre el Nuevo y Antiguo Testamento —como la vida de Moises con la de Jesús— con alusiones a su pontificado. Allí se encuentra el fresco de Perugino, La entrega de las llaves de San Pedro, donde los 12 apóstoles se mezclan con miembros de la corte papal de la época, dejando claro que los pontífices —y no los concilios eclesiásticos (como defendía el conciliarismo)— eran los herederos de San Pedro.
Sus sucesores prefirieron mostrarse como príncipes seculares y menos como líderes espirituales.
En 1508, Julio II encargo a Miguel Angel pintar la bóveda de la Capilla Sixtina, en la que trabajó hasta 1512. Para algunos autores, su empleo de un estilo más clásico, ayudo a fortalecer esta unión temporal entre presente y tradición, pero, fundamentalmente, la Capilla Sixtina pretendía justificar históricamente el cristianismo y su base doctrinal. Su bóveda encarna perfectamente el dogma de Julio II: obediencia a Dios y por extensión al papa. Julio II tb quiso representar a los apóstoles, para reforzar la idea de los papas como herederos suyos, pero el artista se decidió por las escenas del Génesis —para relacionar la creación del universo y el hombre (ante legem) y las leyes divinas que les impuso mediante Moises (sub lege), así como la idea de la redención gracias a la pasión de Cristo (sub gratia)—.
Cuando Julio II trasladó sus aposentos a la 2ª planta del Palacio Apostólico fue necesario decorar sus 4 estancias —la Signatura, la de Heliodoro, la del Incendio del Borgo y la de Constantino—. Aquí se privilegió la iconografía papal y los paralelismos entre conocimiento sagrado y pagano —relacionando conceptos como la Verdad, Bien o Belleza con la Teología,
Filosofía, Justicia o Poesía—.
Filosofía, Justicia o Poesía—.
En la Estancia della Signatura, en el fresco La disputa del Sacramento o Triunfo de la Iglesia,
Rafael pone en relación la Verdad celestial (la Iglesia Triunfante) —acompañada de la trinidad y los apóstoles— con la terrenal (la Iglesia Militante) —donde aparecen Dante o Savonarola, del pasado, o Bramante, del presente—. Julio II aparece rezando, junto al altar, como Gregorio Magno —doctor y padre de la Iglesia— pretendiendo evocar su predisposición hacia la cultura y la adversidad frente a la invasión bárbara a Roma.
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# Rafael, La disputa del Sacramento o Triunfo de la Iglesia. Estancias Vaticanas, 1509-10. |
En la pared opuesta pintó La escuela de Atenas (1510-11), que representa la comunión entre idealismo platónico y naturalismo aristotélico. Homenaje a intelectuales y artistas contemporáneos representados como sabios de la antigüedad —Leonardo como Platón, Bramante como Euclides, Miguel Ángel como Heráclito o Rafael como Apeles—, con el proyecto de Bramante para San Pedro como arquitectura de fondo, evocando así la gran empresa de Julio II. En El Parnaso (1511), alegoría de la belleza a través de la poesía, quiso representarse como mecenas del arte.
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| La escuela de Atenas (1510-11) |
En la Estancia de Heliodoro (cámara de audiencias), se pintó una etapa crítica para su papado: las campañas bélicas contra la Francia de Luis XII. Aquí el lenguaje de Rafael se acerca más al tenso y dramático del Juicio Final de Miguel Ángel, asomándose al colorismo veneciano y con inusitados contrastes lumínicos. Encontramos así: episodios bíblicos de intervención divina a favor de la Iglesia, mensajes contra los franceses e imágenes contra los profanadores de templos — como en Heliodoro arrojado del templo, donde Julio II aparece caritativo y justo— o imágenes contra incrédulos —como La misa de Bolsena—. En Liberación de San Pedro, el papa aparece como el apóstol en tres escenas —durmiendo encarcelado, la aparición del ángel y los guardianes comprobando su desaparición—.
Estas pinturas se terminaron en época de León X Médici (1513-21), con escenas como San León frente a Atila, donde el nuevo papa representa a este santo con el coliseo al fondo. Atila huye aterrado ante la aparición de San Pedro y Pablo armados. También se equiparó a otros Leones en La coronación de Carlomagno, La justificación del León III (León III) o El incendio del Borgo (León IV), donde el papa logra apagar un incendio con su bendición. La apelación a León III le sirvió para evocar la proclamación de Bonifacio VIII en la bula Unam Sanctam, por la cual el papa solo es responsable de sus actos ante dios.
La Estancia de Constantino (para ceremonias, audiencias o recepciones papales), era la sala de acceso y el mensaje debía tener mayor repercusión. Por ello Giulio Romano —discípulo de Rafael— opto por 4 episodios clave para la historia de la Iglesia y Constantino: La visión de la cruz por parte de Constantino, La batalla frente al puente Milvio contra Majencio, El bautismo del emperador arrodillado ante el papa y La donación de la ciudad de Roma a la Iglesia. Mensaje claro del triunfo del cristianismo como religión oficial y advertencia de obediencia del poder secular hacia el papado (con cierta manipulación histórica, haciendo ver que Silvestre I había recibido Roma de manos de Constantino). El bautismo y la donación se ambientan en San Juan de Letrán y San Pedro, y era tal su poder evocador que numerosos embajadores y diplomáticos encargaron copias siglos después, como las de Pedro Antonio de Aragón en 1660.
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# G. Romano, batalla frente al puente Milvio contra Majencio. Estancias Vaticanas, 1520-24 |
El anuncio de León X de conceder indulgencias a quienes aportaran fondos para la construcción desencadeno las iras de los protestantes. Pocos años después, como consecuencia de los intentos de Francia y España de hacerse con el control de Italia, se vivió el Sacco de Roma (1527) y posteriormente la Reforma.
En el contexto postridentino resurgieron los proyectos decorativos del Vaticano. Destacamos el de Urbano VIII Barberini (1623-44) como representante del último momento en el que el papado conserva prestigio como potencia política internacional.
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| Urbano VIII Barberini (1623-44) |
Responsable de encumbrar a Bernini y Cortona —artistas cuyo lenguaje marcaría un punto de inflexión en la cultura artística barroca—, la mayor atención de este papa se dirigió a San Pedro, que pudo consagrar en 1626, finalmente terminado. Concentro su intervención teatral más importante en el Baldaquino —tan alto como el mayor palacio de Roma, el Farnese, y hecho con bronce del Panteón—, dedicado a la Pasión de Cristo. Empleó columnas salomónicas y abejas — emblema de los Barberini— para su decoración.
Sus otros proyectos fueron los 4 nichos —para las estatuas de santos cuyas reliquias se veneraban en la basílica—, un relieve de mármol —Cristo confiando su rebaño a San Pedro— y el sepulcro de la condesa Matilde —que en el s. XI había donado todas sus posesiones a la Iglesia.
Su último gran monumento fue su propio sepulcro, que muestra a un papa bendiciendo con un gesto autoritario y majestuoso. Desde Julio II ningún papa se había esforzado tanto para perpetuar su imagen en la Iglesia


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