Todo pasa y todo cambia con el tiempo. Es inevitable. Pero la ciudad mantenía ese encanto medieval en su casco viejo, en contraste con las nuevas edificaciones que surgían lentamente. Los paseantes aún pueden disfrutar de las paredes impregnadas de historia, testigos mudos de acontecimientos ya olvidados, algunos escritos en las páginas de libros, otros, sumergidos en el mar del tiempo y las olas de la amnesia.
Los paseantes admiran la belleza de la ciudad, resaltando los contrastes obvios, la mezcla de modernidad y antigüedad, a cualquiera que esté atento al paisaje urbano que integra las modernidades y lo antiguo en un collage que no desentona con el ambiente de la propia ciudad, sino que la hace única, una joya. Los paseantes podrán observar, si prestan atención, el medallón de un caballero preparado para la batalla. A menudo vemos a los caballeros como su armadura. Están adornados con todos los honores, aunque no podamos discernir con facilidad su verdadera moral. Un error que incluso nosotros mismos cometemos respecto a la nuestra. Normalmente no pensamos en ellos como poseedores de una identidad más allá del estandarte que portan, o incluso, literalmente, del yelmo que llevan.
Podrían parecer cualquier ser despreciable bajo la visera y la cota de malla, y por lo tanto, son un ejemplo perfecto de cómo el hombre se convierte en su máscara. Son elevados como modelos a seguir con un alto rango en la vida, pero obtienen tales posiciones tras encuentros cercanos con la Muerte, habiendo perdido el privilegio de la individualidad y, en verdad, la individuación, al ser a menudo desviados por el Destino.
Se funden con la máscara hasta el punto de la autodestrucción en pos de un ideal, para ser recordados por sus hazañas, santas o no, nunca por su ser o su verdadera naturaleza, sino por la armadura que visten, símbolo de corazón y temple.
Y aun así, persisten implacables, casi como si fueran tal como se les percibe: cáscaras de acero —una vez muertas, vacías de voluntades que nunca tuvieron, autómatas sin mente que resuenan con un eco hueco, instrumentos percusivos de la voluntad ajena que se activan al ser golpeadas, ensartadas como miserables adornos o asadas al ser atravesadas— como hombres, o mejor dicho, seres cuya única razón de ser es completar interminables hazañas de caballería y valor, cumpliendo siempre las órdenes de sus amantes o vasallos.
Las historias contaban que, hace ya un tiempo, la ciudad fue invadida por un enemigo feroz. La armada enemiga había llegado a la costa de la ciudad. La componían ciento treinta galeras, treinta galeotas y diez naves gruesas, llevando a bordo seis mil tropas y ocho mil mercenarios, con municiones y abastecimiento para seis meses. Reunida esta flota con las galeras y hombres, se acercaron a las murallas del castillo e hicieron un puente de antenas para subir cuatro en fila a los muros, al mismo tiempo que cavaban túneles para entrar. El enemigo había conseguido entrar en la ciudad, pero se encontró con una resistencia que no esperaba.
Los confiados soldados pensaban que sería una presa fácil. Cuando los últimos defensores de la ciudad ya no podían ni sostenerse en pie, el enemigo tomó la ciudad. De los seiscientos hombres que lo habían defendido, no quedó ninguno vivo. El comandante enemigo, furioso por el precio que había tenido que pagar por aquella pequeña fortaleza, ordenó mutilar los cadáveres de los caballeros y arrojarlos al mar en forma de cruces, como mensaje a otras ciudades.
Sin embargo, este suceso no amedrantó a las demás ciudades, que unieron fuerzas contra el enemigo común. Los ecos de la batalla corrieron por todas partes, y los antiguos combatientes se unieron para acabar con el invasor y el enemigo común. Desde las afueras de la ciudad, los ejércitos de esta coalición concentraron todo su poder de fuego sobre el enemigo, que todavía estaba dentro de los muros de la ciudad.. El bombardeo fue tan intenso y continuado que testigos oculares describieron el suelo como literalmente removido por los impactos. Los defensores — que eran ya en su mayoría heridos, enfermos o agotados — combatían con una determinación que dejaba perplejos a los propios atacantes.
Los ejércitos entraron en la fortaleza, caminando libremente por terreno que todavía era campo de batalla. Consiguieron echar al invasor de sus tierras, convirtiéndose en una mera de bestias sedientas de sangre y venganza. La guerra muestra el verdadero rostro de la gente. Las situaciones extremas demuestran el sadismo oculto de los hombres, hombres que se convierten en bestias sedientas de carne y sangre humanas, su verdadero rostro oculto bajo una falsa máscara de moralidad en situaciones normales se rompe y muestran su sed de sangre y sufrimiento ajeno.
La victoria por fin llegó y el enemigo fue derrotado. Los ejércitos victoriosos eran aclamados por la población que alía a su paso. En conmemoración de esta victoria, miles de monumentos fueron erigidos recordando este suceso. Uno de ellos el medallón de este caballero victorioso, una figura anónima que recuerda ecos de un pasado no tan lejano, de una sociedad más complicada, donde yace una épica y un manto de leyenda diluido en el tiempo.
