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lunes, 24 de febrero de 2025

GUERRA Y POLÍTICA EN LA EUROPA DE LUIS XIV

Las paces de Westfalia (1648) y Los Pirineos (1659) dejaron el campo abierto a las iniciativas particulares de cada soberano y consagraron la emergencia de nuevos poderes, sobre todo Francia, y en el este, Suecia y Brandeburgo, ambos en la órbita francesa. 


La política agresiva del Rey Sol 

Tras la muerte del cardenal Mazarino en 1661, Luis XIV inició su reinado personal, personificación del absolutismo monárquico. Su experiencia de la debilidad del poder real durante la Fronda le hizo perseguir el fortalecimiento máximo de dicho poder (iniciado por Enrique IV y continuado por Richelieu y Mazarino), defendiendo su origen divino, en coherencia con su mentalidad absolutista. Desarrolló para ello todo un programa de autoglorificación y exaltación, así como un aparato de poder centralizado y eficaz. Esa política absolutista y centralizadora fue la que le dio la capacidad para movilizar sus recursos y finalmente elevar a Francia al primer lugar del concierto internacional. Para ello los triunfos bélicos eran esenciales →expansión agresiva que acabó concitando en su contra a la mayoría de los soberanos europeos. Su divisa, Nec pluribus Impar manifestaba su negativa a reconocer como igual a ninguno de ellos. La hegemonía francesa tuvo como contrapartida, en las últimas décadas, el empobrecimiento de muchos sectores sociales y zonas geográficas del país. 


La acción y el poderío internacional de Francia fueron ante todo el resultado de la buena organización burocrática y la eficacia administrativa del aparato estatal, así como del trabajo de los colaboradores de Luis XIV. El ejército fue su efecto más llamativo, cuyas mejoras organizativas marcaron la diferencia gracias a Le Tellier, Vauban, Colbert y grandes generales como Condé, Turenne, Schomberg o los duques de Luxemburgo, de Berwick y de Vendôme. El número de efectivos alcanzó una cifra nunca antes conocida y se perfeccionaron el reclutamiento, la organización, la disciplina y la atención a los soldados → modelo a imitar. También fue importante el papel de los diplomáticos y la red de informadores y espías distribuidos por las cortes europeas. 

Que Carlos II nombrase heredero español a un nieto de Luis XIV (Felipe de Anjou, futuro Felipe V) fue en gran parte fruto de la habilidad de sus diplomáticos. 

Sin embargo, también hubo fracasos y la hegemonía francesa fue efímera, pues no sobrevivió a Luis XIV. Debió enfrentar sucesivas coaliciones internacionales en su contra, en ocasiones uniendo a católicos y protestantes (secularización y estatalismo, a diferencia de los bloques confesionales de épocas pasadas): España, Provincias Unidas, Inglaterra, el Imperio o Guillermo III de Orange. 

Las primeras guerras (1667-78) 

Luis XIV estaba convencido de que la gloria de Francia sólo podía edificarse en oposición a los Habsburgo. Por eso se casó con la infanta María Teresa, hija mayor de Felipe IV, e inició así simbólicamente una amistad franco-española tras la Paz de los Pirineos, con el objetivo de poder reclamar más adelante los derechos sobre una serie de territorios de la vieja herencia borgoñesa de los reyes de España (el Franco Condado, Luxemburgo, Henao y Cambrai). A pesar de la amistad oficial, Luis XIV apoyó a los rebeldes portugueses frente a España. En 1668 mientras los ejércitos de Luis XIV invadían el Franco Condado, España se veía obligada a reconocer la independencia de Portugal por el Tratado de Lisboa. 
  •  La Guerra de devolución (1667-68)
Tras la muerte de Felipe IV en 1665, Luis XIV hizo que sus juristas defendieran los derechos de su esposa sobre los territorios antes mencionados. Con el pretexto de su devolución, su ejército ocupó fácilmente amplias zonas de los Países Bajos y, posteriormente, el Franco Condado. 

Para evitar la intervención de otros países, Luis XIV había firmado una alianza con las Provincias Unidas en 1662, renovó al año siguiente una coalición contra los Habsburgo, la Confederación del Rin, y en 1668 firmó un tratado secreto con el emperador para el reparto de la Monarquía de España. Sin embargo, el riesgo de la expansión francesa hizo que Inglaterra, las Provincias Unidas (hasta entonces en guerra, la II guerra anglo-neerlandesa, 1665-67) y Suecia constituyeran la Triple Alianza de La Haya en enero de 1668, cuya mediación llevó al Tratado de Aquisgrán (mayo 1668), en el que, a cambio de la restitución del Franco Condado, España cedió a Francia una nueva franja territorial en los Países Bajos, cuyas ciudades fueron inmediatamente fortificadas (avance de la frontera francesa). 

  • La Guerra de Holanda (1672-78)
El siguiente objetivo fueron las ricas Provincias Unidas, rompiendo con una tradición de alianzas que venía de los tiempos de Enrique IV. Las preparaciones diplomáticas incluyeron acuerdos con Suecia, algunos príncipes alemanes e Inglaterra. El tratado secreto de Dover (junio 1670) comprometía a Francia e Inglaterra a auxiliarse en el caso de una futura guerra con las Provincias Unidas, a cambio de lo cual el soberano británico recibiría un importante apoyo financiero. 

Así pudo Luis XIV deshacer la Triple Alianza. El tratado de 1668 con el emperador fue reforzado con un nuevo compromiso de neutralidad en 1671. 

El verano de 1672 los ejércitos franceses mandados por Condé y Turenne invadieron las Provincias Unidas llegando hasta Utrecht. La percepción de su fragilidad provocó en Ámsterdam una reacción violenta contra el régimen republicano y la entrega del poder al estatúder Guillermo de Orange. La ruptura de los diques logró frenar la invasión. La agresión provocó una serie de reacciones → formación de la Gran Alianza de la Haya (1673-74): Provincias Unidas, España, Austria, el Duque de Lorena, el elector de Brandeburgo y un buen número de príncipes alemanes → Guerra de Holanda que se desarrolló principalmente en los Países Bajos españoles (atacados por Francia en 1673), la zona del Rin y Cataluña. 
  • En los Países Bajos la guerra fue favorable a Francia. La victoria de Condé frente a los aliados en Seneffe el 11 de agosto de 1674 fue seguida por una serie de éxitos en la conquista de múltiples ciudades y territorios entre 1675 y 1678: Lieja, Luxemburgo, Cambrai, Gante… 
  • En el Rin los franceses avanzaron hasta conquistar el Franco Condado, 1674. Turenne cruzó el Rin y consiguió conservar Alsacia frente a las tropas imperiales en la batalla de Salzbach, en la que murió, en 1675. 
  • Las tropas españolas invadieron el Rosellón en 1674, pero en 1675 Francia recuperó terreno: Schomberg recuperó Bellegarda e invadió la Catalunya española, ocupó Figueres y llegó hasta las murallas de Girona. 
En mayo de 1678 los franceses conquistaron Puigcerdá. 


Luis XIV decidió intervenir en el Mediterráneo con motivo de la rebelión de Mesina (julio 1674), intentando aprovechar el descontento en la Italia española. Pero sus expediciones no consiguieron avances en tierra, tan sólo la supremacía naval y un solo éxito naval el 2/7/1676, cuando su flota cañoneó y daño gravemente la hispano￾neerlandesa en el puerto de Palermo. 

La prolongación de la guerra y la falta de resultados tangibles fueron debilitando la posición de Francia, así como sus finanzas. Revueltas internas y la derrota de su aliada Suecia en 1675 en la batalla de Fehrbellin a manos del elector de Brandeburgo y su consiguiente retroceso, junto con la alianza militar anglo-neerlandesa contra Luis XIV en 1678 tras la boda el año anterior de Guillermo de Orange y María, sobrina del rey inglés, hizo que aquel acabara aceptando las propuestas para la conclusión de la guerra que ya se le venían haciendo anteriormente → Paces de Nimega (1678-79): gran triunfo para las Provincias Unidas, que recuperaron la totalidad de su territorio y lograron la abolición de las tarifas proteccionistas francesas de 1667. Francia obtuvo el Franco Condado y 14 plazas fronterizas de los Países Bajos, recibiendo España a cambio algunas ciudades del interior de los Países Bajos, en manos de Francia desde la paz de Aquisgrán → Francia conseguía un nuevo avance territorial en la frontera nororiental del país y se anexionaba de hecho el territorio de Lorena, que desde los años treinta había ocupado en varias ocasiones. 

Paces de Nimega (1678-79)

El cenit de la hegemonía francesa. Las reuniones (1680-84)

Luis XIV aplicó desde 1679 un ambicioso plan de ocupación territorial basado en las imprecisiones de las paces anteriores, con la llamada política de las reuniones. Consistía en localizar archivos que indicaran que un determinado territorio hubiera en algún momento formado parte, o dependido, de cualquier circunscripción de las que pertenecían a Francia y reivindicarlo jurídicamente a través de las Cámaras de Reunión y ocuparlo a continuación sin previa declaración de guerra. El objetivo de esta arbitrariedad era la anexión de la orilla izquierda del Rin en perjuicio de posesiones españolas y territorios alemanes. Por dicho método ocupó diversas zonas en los países Bajos, Luxemburgo, el Sarre y, especialmente simbólica, la ciudad libre alsaciana de Estrasburgo, puerta del imperio, en la que el monarca francés entró solemnemente en 1681 bajo la leyenda Clausa Germanis Gallia (“Francia cerrada a los alemanes”).

El resto de Europa reaccionó en 1682 con una coalición defensiva integrada por las Provincias Unidas, Suecia, el emperador y España. Sin embargo, España se encontró sola ante los ataques franceses en los Países Bajos, Luxemburgo y Cataluña al año siguiente, y también cuando Luis XIV bombardeó Génova en 1684 para obligarla a romper su alianza con España; las Provincias Unidas habían firmado una tregua y el emperador estaba luchando contra los turcos, que atacaron Viena en 1683. Finalmente, el deseo de evitar una guerra llevó a que en la Paz de Ratisbona (15/8/1684) se reconocieran a Francia la posesión de los territorios ocupados mediante las reuniones. 

Era el momento de apogeo de Luis XIV, a partir del cual, sin embargo, se inicia una fase de retroceso caracterizada por inviernos fríos, malas cosechas y mayor presión fiscal, que redundaron en un aumento del malestar social. 

Europa contra Luis XIV. La Guerra de los Nueve Años (1688-97)
  •  La formación de la Gran Alianza 
Tres hechos determinan el giro antifrancés de los gobernantes europeos a partir de 1685: 
  • El triunfo del emperador Leopoldo I frente a los turcos, que le permitía intervenir más en la política europea. 
  • La anulación del Edicto de Nantes en 1685 y la expulsión de los hugonotes provocó la indignación de los países protestantes: Provincias Unidas, Suecia o Brandeburgo (los dos últimos normalmente aliados de Francia). 
  • La segunda Revolución inglesa (1688), que expulsó del trono al católico Jacobo II (aliado francés a cambio de apoyo financiero) para colocar en su lugar a su hija María y su esposo Guillermo III, enemigo del rey francés. 
Así, en 1688 se constituye la Liga de Augsburgo, formada por el emperador, los electores de Baviera, Sajonia y el Palatinado, España, Suecia y, posteriormente, Brandeburgo, Inglaterra, Provincias Unidas y el papa (por la disputa sobre las regalías galicanas). En 1689 se une Saboya (hasta entonces tutelada por Francia) y se firman en Viena los acuerdos de la Gran Alianza. 

  • La Guerra de los Nueve Años 
Dos incidentes dieron pie a la guerra: 
  • La sucesión del obispo-elector de Colonia, en la que el papa confirmó al candidato imperial frente al francés 
  • La sucesión del Palatinado tras la muerte sin descendencia del duque protestante Carlos II; ante el heredero Felipe de Neoburgo, católico y suegro del emperador, Luís XIV defendía los derechos de su cuñada Isabel Carlota, duquesa de Orléans y hermana de Carlos II. Sus ejércitos ocuparon las posesiones papales en Aviñón y el condado Venesino, así como el Palatinado, que fue saqueado y muchas ciudades destruidas. 
Con este último hecho comenzó la Guerra de los Nueve Años (de la Liga de Augsburgo, de la Gran Alianza, o de Orange), larga lucha de desgaste en varios escenarios: Países Bajos españoles, Palatinado, Cataluña, Irlanda, norte de Italia, el mar y las colonias de América y la India. En el curso del conflicto Francia padeció serias dificultades financieras, económicas y humanas. El malestar de las capas más bajas de la población llegó al máximo con el hambre de 1693 y 1694, tras una serie de malas cosechas. 
  • IRLANDA: Luis XIV, que había acogido a Jacobo II, desembarcó en Irlanda apoyado por los católicos (1689) y logró tomar Dublín, pero al año siguiente fue derrotado por Guillermo III. 
  • PAÍSES BAJOS ESPAÑOLES: el duque de Luxemburgo derrotó a los aliados en las batallas de Fleurus (1690), Steinkerke y Neerwinden (1692-93) y conquistaron varias plazas (Mons, Namur…).
  • NORTE DE ITALIA: Nicolas Catinat venció a las tropas austríacas en Staffarde (1690), siendo el ejército de Saboya definitivamente vencido en Marsaglia (1693). En 1696, Vittorio Amadeo II de Saboya se volvió a unir a Francia a cambio de la restitución de sus territorios, y colaboró en la invasión del Milanesado. 
  • CATALUÑA: los franceses se apoderan de Rosas (1693) y Barcelona (1697). 
  • GUERRA MARÍTIMA: tras unos años de superioridad francesa, incluso con incursiones en la costa inglesa, la derrota ante la flota anglo-neerlandesa en la Batalla de La Hogue (1692) frenó el poderío marítimo francés. 
  • AMÉRICA: se produjeron enfrentamientos en el Caribe y el golfo de México. Francia ocupó Cartagena de Indias (1697) y los colonos ingleses y franceses atacaron los establecimientos del enemigo, como los del estuario del río San Lorenzo o de Nueva Inglaterra. 
  • El fin de la guerra 
El agotamiento de los contendientes, la crisis financiera en Inglaterra, las paces parciales de Francia con Saboya y el Papado y la expectativa de la sucesión española empujaron a todos a poner fin al conflicto. Sólo el emperador insistía en recuperar los territorios de los Habsburgo en Alsacia. 

El Tratado de Ryswick fue acordado en dos partes: el 20/9/1697 entre Francia, España, Inglaterra y las Provincias Unidas; y el 30/10/1697 entre Francia y el Imperio. 

Implicaba un primer retroceso en la trayectoria de Luis XIV frente a la coalición, y en concreto: 
  • Luis XIV reconocía a Guillermo III como rey de Inglaterra. 
  • Restablecía el orden de la Paz de Nimega 
  1.  Francia devolvió las anexiones de las reuniones, excepto Estrasburgo, así como las conquistas que realizó durante la guerra. Perdió sus escasas posesiones en Italia. 
  2.  El duque de Lorena recuperó su territorio, excepto Metz, Toul, Verdún, Sarrelouis y Longwy, que conservaría Francia. 
  3. Las Provincias Unidas obtuvieron condiciones comerciales favorables con Francia y el derecho a establecer guarniciones en ciertas ciudades de los Países Bajos españoles, creando una barrera defensiva contra Francia.
  4. España recupera Luxemburgo y las conquistas francesas posteriores a Nimega. Se ha dicho que Luis XIV quería mostrar generosidad con los españoles ante la inminente sucesión de Carlos II sin descendencia. 

Tratado de Ryswick

Los tratados de reparto de la Monarquía de España 

La decadencia de la Monarquía española era patente en la segunda mitad del s. XVII, y hacía augurar cambios en el mapa político y en la estructura territorial de Europa y las posesiones coloniales españolas. La ausencia de un heredero para Carlos II fue la ocasión de preparar dicha reestructuración, que no dependía en principio tanto de las decisiones tomadas en la Corte madrileña, como de los intereses de las demás potencias europeas. Dichos intereses y su temor frente al expansionismo de Luis XIV favorecieron la estabilidad territorial de los dominios españoles, a la espera de la solución que hubiera de adoptarse a la muerte de Carlos II. 

Los familiares más cercanos de Carlos II eran los descendientes de las hermanas (sus tías) y las hijas (sus hermanas) de su padre Felipe IV, emparentadas con los Habsburgo austriacos y con los Borbones franceses: la hija mayor, María Teresa, se había casado con Luis XIV y la menor, Margarita, con el emperador Leopoldo I (igual que hicieran las hijas de Felipe III, hermanas de Felipe IV). 

Aunque primaba el derecho de las hijas mayores, María Teresa en este caso, existían unas capitulaciones matrimoniales impuestas por los españoles en el caso delas infantas-reinas de Francia por las que renunciaban a sus derechos sucesorios en España. Ello supondría que el trono había de pasar al marido de la hija menor, Margarita: Leopoldo I, príncipe de la casa Habsburgo, la misma casa dinástica que la española. De hecho, era nieto de Felipe III y primo carnal de Carlos II, y su esposa era hermana de padre y madre de Carlos II. De esta forma, la hija de Leopoldo I y Margarita, la archiduquesa María Antonia, abría una relevante línea sucesoria. 

Luis XIV era también nieto de Felipe III y primo carnal de Carlos II, y había reforzado dicho parentesco casándose con la hija mayor de Felipe IV, hermanastra de Carlos. De este matrimonio nació un hijo varón, Luis, el gran delfín, hijo y nieto de infantas españolas y por tanto con mayores lazos de parentesco con la familia real española, ya que el primer varón por la línea de la casa de Austria, el archiduque Carlos, sería únicamente nieto de una infanta española. Luis transmitiría sus derechos a su hijo, futuro Felipe V. 

Sin embargo, en 1692 apareció otro candidato cuando la archiduquesa María Antonia, casada con Maximiliano de Baviera dio a luz un varón, José Fernando de Baviera, descendiente directo (nieto) de la infanta Margarita (la única hermana de padre y madre de Carlos II), y por tanto también descendiente directo (biznieto) de Felipe IV. Además, su padre era el elector de Baviera, lo que suscitaba menos reticencias en España al tratarse de una casa dinástica de segundo orden, y menos poderosa que las otras. De hecho, aparece como heredero en los dos primeros testamentos de Carlos II, en 1696 y 1698. 
Borbones y Habsburgo reivindicaban el derecho a la totalidad de la herencia, y es Luis XIV quien desde un primer momento promueve los famosos tratados de reparto, oficialmente en interés de la paz. Aunque la historiografía se refiere a los de 1698 y 1700, existe un tratado anterior de 1668, en circunstancias muy diferentes y por lo tanto de características también diferentes a las de los dos posteriores. 

  • TRATADO DE 1668 
negociado por Luis XIV y Leopoldo I, con ellos mismos como beneficiarios del reparto. En esta época, Inglaterra y las Provincias Unidas salían de su segunda guerra mercantil y era prioritario para Luis XIV conseguir la neutralidad del emperador en las reivindicaciones francesas sobre los Países Bajos españoles (Guerra de Devolución). Las condiciones del tratado hubieran supuesto la desaparición de la monarquía española, distribuyéndose los territorios de la siguiente manera: 
  • El emperador recibiría la Península Ibérica (excepto Navarra y la plaza catalana de Rosas), las Baleares, las Canarias, el Milanesado, las Indias occidentales, Milán, Finale, los presidios de Toscana, Cerdeña y las posesiones del Mar de Liguria hasta los límites del reino de Nápoles.
  • Francia obtendría Navarra, Rosas, los Países Bajos, el Franco Condado, los reinos de Nápoles, y Sicilia, las Filipinas y las plazas costeras africanas. 
El tratado pasó a ser papel mojado cuando, ante el expansionismo francés, Leopoldo I se unió al bloque antifrancés en ocasión de la Guerra de Holanda de 1672-78. 

  • TRATADO DE 1698
El panorama europeo era distinto a finales de siglo y a Luis XIV, que había comprobado la capacidad de sus enemigos en la Guerra de los Nueve Años, y quería garantizarse los territorios que más le interesaban, aislar al emperador e impedir que Carlos II dictara testamento favorable a los Habsburgo austriacos, a quienes además podría beneficiar el matrimonio de Carlos II con la alemana Mariana de Neoburgo. Luis XIV decidió pactar con Guillermo III de Orange (es decir, con Inglaterra y las Provincias Unidas). Los beneficiarios ahora ya serían los hijos o nietos de los firmantes y Austria quedaba perjudicada en el reparto. Se firmó en La Haya, y adjudicaba el trono de España a José Fernando de Baviera (el sucesor favorito en Madrid), con la excepción de: 
  • Los reinos de Nápoles y Sicilia, Finale, Guipúzcoa y los presidios de Toscana, que serían para el delfín. 
  • Milán, para el archiduque Carlos. 
Un artículo secreto nombraba al duque Maximiliano II Manuel de Baviera tutor de su hijo y heredero universal (de morir este sin descendencia antes que él). 


  • TRATADO DE 1700
 La temprana muerte del príncipe de Baviera volvió a la situación con los dos candidatos previos a su nacimiento (Felipe, hijo del delfín, y el archiduque Carlos) → nuevo tratado de reparto firmado en Londres y La Haya. El archiduque Carlos sería el heredero de la monarquía, manteniendo el mismo reparto para la corona francesa que el tratado anterior y adjudicando Milán al duque de Lorena a cambio de la cesión de sus estados al heredero de Luis XIV. 

Al final el reparto de 1700 no se llevó a la práctica, pues el tercer y último testamento de Carlos II nombraba heredero a Felipe, con la condición de que la herencia española no se uniera nunca a su posible herencia francesa (debería renunciar a alguna de ellas). Los consejeros del Estado español conseguían así su objetivo de preservar la unidad de la Monarquía poniéndola en manos del único candidato posible capaz de defenderla. 

Luis XIV aceptó sorprendido la herencia para su nieto, aún cuando el reparto tenía la ventaja de que los territorios adjudicados al delfín hubieran podido integrarse en la corona francesa cuando este la heredase. 

Esta solución dio una legitimidad al heredero, el futuro Felipe V, que no hubiera tenido el archiduque de haberse realizado el reparto. Aunque diera lugar a una marcada injerencia de Luis XIV en los años posteriores, que llevará a la Guerra de Sucesión, la mencionada legitimidad garantizará la lealtad de la mayor parte de los súbditos de Felipe V, lo que en última instancia le dará la victoria en dicha guerra.
 

Transformaciones militares del siglo XVII 

No se producen cambios decisivos en la forma de hacer la guerra, sino en su desarrollo en varios sentidos: 
  • Aumento de la capacidad organizativa y logística, que permitió reunir y mantener en campaña ejércitos mayores a los de la centuria anterior. 
  • Progreso en las fortificaciones y predominio de los sitios frente a las batallas en campo abierto. 
  • Incremento de la artillería de asedio, que en el último cuarto de siglo hicieron menos importantes los sitios. Se introduce el mortero de tiro curvo. 
  • Las armas de fuego reducen el uso de picas. Se imponen los mosquetes frente a los arcabuces, a los que se incorporan bayonetas que no impedían el disparo. 
  • Introducción de la contramarcha, con diferentes variantes: aumento de la cadencia de disparo mediante el relevo constante de la fila de tiradores que hacen fuego, mientras el resto se preparan. 
  • Aparición de los granaderos, que llevaban una bolsa con granadas con mecha. 
  • Proliferación de la caballería ligera y rápida, con sables o armas de fuego. 
Gustavo Adolfo introdujo una nueva formación táctica, la Brigada, constituida por 4 escuadrones —o dos regimientos de combate— formados en flecha, con el 4º escuadrón en reserva. Los cambios tácticos iniciaron la evolución hacia el orden lineal, que habría de ser característico del siglo XVIII. Pero también influyeron dos importantes innovaciones en el armamento: la llave de chispa o el pedernal y la bayoneta. 

El reclutamiento 

Siguió predominando el reclutamiento voluntario, pero ahora gran parte lo realizaban empresarios militares, como Wallenstein, que reclutó ejércitos para el emperador o el marqués de Hamilton, que lo hizo para Suecia. Tanto estos como el reclutamiento por mandos que reclutaban sus propias unidades fueron siendo sustituidos en las últimas décadas del s. XVII y las primeras del XVIII por el reclutamiento realizado directamente o controlado por la burocracia estatal, como en la Francia de Luis XIV. 

 Los principales ejércitos 
  • SUECIA: el ejército más novedoso de la Guerra de los Treinta Años, basado en una combinación de servicio militar obligatorio y gran cantidad de mercenarios. Moderno adiestramiento y carácter patriótico basado en la reciente independencia de Dinamarca y la Reforma. 
  • INGLATERRA (New Model Army): aunaba el sentimiento religioso puritano con el carácter revolucionario.Soldados profesionales liderados por expertos generales en vez de aristócratas. 
  • FRANCIA: modelo militar de las últimas décadas del s. XVII, especialmente en lo organizativo, reforzando la dependencia del ejército con respecto del rey, con el establecimiento de la jerarquía y la estructuración de un cuerpo de oficiales. Se crearon más cuarteles para poder separar al ejército de la población, así como un cuerpo de Inválidos con gran hospital en París. Se tendía así a la profesionalización de la actividad militar. 
El tamaño de los ejércitos y la mortalidad 

Las mejoras organizativas y el reforzamiento del poder real permitieron aumentar el número de efectivos. En épocas de guerra estas cifras aumentaban para volverse a reducir cuando no había conflictos. El gran ejército europeo era el de Luis XIV, con hasta 340.000 soldados en la Guerra de los Nueve Años. El del resto de países sobrepasaba los 100.000. La excepción era Inglaterra; la negativa del Parlamento a un ejército permanente hizo que el ejército inglés nunca pasara por lo general de 60.000 soldados y la mayoría del tiempo no superara los 20.000. Sólo con Guillermo III aumentaría, llegando a los 100.000 en la Guerra de los Nueve Años 

La mortalidad era enorme tanto en las batallas como por enfermedades o falta de higiene. Las bajas eran especialmente elevadas cuando ambos bandos estaban igualados en fuerzas, pero cuando uno era superior, los derrotados solían sufrir también grandes bajas, y las tropas que se retiraban o huían eran víctimas de grandes matanzas. 


Las relaciones internacionales del Báltico a los Balcanes 

Junto a los intereses económicos y las ambiciones de los soberanos la existencia de muchos territorios con fronteras mal definidas fue un acicate para la guerra casi continua que se vivió durante el siglo XVII. Las líneas de fuerza principales de la política exterior fueron la rivalidad entre Dinamarca y Suecia por la supremacía en el Báltico, la existente entre Suecia y Polonia, o la que enfrentaba a esta con Rusia. 

Suecia

Suecia sería el país más activo y el enemigo de casi todos especialmente a partir del logro de la supremacía en el Báltico. Otro hecho significativo es que los países del norte tienden a involucrarse cada vez más en la política europea. 

Entre 1600 y 1611 se inició en el norte una larga guerra entre Suecia y Polonia que concluyó en una tregua y en la que los suecos sufrieron la desastrosa batalla de Kirchholm en 1605. La causa principal del enfrentamiento fueron las ambiciones de Carlos IX sobre Livonia y los territorios costeros de Lituania para alejar a Polonia del mar Báltico. En 1610, tras pactar con los boyardos, el rey de Polonia intervino en Rusia llegando a ocupar Smolensko y Moscú. La presencia del Ejército sueco y polaco en Rusia sirvió para aglutinar la reacción rusa, que llevó a la asamblea imperial a proclama zar a Miguel Romanov. 
 batalla de Kirchholm en 1605

En la paz de Stolbova en 1617, Suecia recibiría los territorios de Ingria y Carelia. En 1618 Rusia cedió a Polonia Smolensko. La nueva dinastía de los Romanov cerraba la crisis internacional abierta por la época de las turbaciones. Las primeras décadas de la centuria vieron también el empeño de Dinamarca por mantener su hegemonía en el Báltico. Suecia fundó el puerto de Goteborg en el estrecho del sur con la intención de evitar los peajes de las mercancías occidentales. Tales motivos llevaron a Cristian IV de Dinamarca enfrentarse con Suecia en la guerra de Kalmar de 1611 a 1613, concluida con la paz de Knared. En la década de los 20 Suecia insistió en la conquista de la costa sur del Báltico conquistando parte de Livonia, Curlandia y zonas de la Prusia polaca gracias al apoyo del elector de Brandeburgo y el duque de la Prusia oriental. La guerra con Polonia concluyó por la paz de Altmark en 1629, con la que Suecia recibió varios puertos de la costa sudoriental del Báltico y el derecho a gravar las mercancías polacas en el Báltico. 

Aun así Gustavo Adolfo no se dio por satisfecho e intervino en la guerra de los 30 años, siendo una pesadilla para los ejércitos católicos. 

Entre 1643 y 1645, Dinamarca y Suecia se enfrentaron en una nueva guerra favorable a la 2ª. En la paz de Brömsebro de 1645 Dinamarca tuvo que entregar a Suecia varias provincias noruegas además de las islas de Gotland y Ösel. A esta paz se unió la de Westfalia, que supuso un incremento territorial para Suecia en el norte de Alemania, aunque no garantizó la paz. De hecho, Carlos X sería el primero en volver a la guerra por sus ambiciones sobre Polonia. Sería la conocida como Guerra del Norte de 1654 a 1660, en que se enfrentó prácticamente con todos los principados de la zona. A finales de 1654 aprovechando insurrecciones y la invasión de zonas limítrofes del zar Alejo I, Carlos X invadió Polonia iniciando el período denominado como 'el diluvio', que no concluiría hasta la paz de Oliva. Contaba con la ayuda del príncipe de Transilvania, Jorge Rákóczi y la alianza del elector de Brandeburgo. Tras sus éxitos en 1655 los excesos del Ejército sueco provocaron la reacción polaca. 

Tratado de Brömsebro

Rusia invadió la posesión sueca de Livonia en 1656 y el imperio se alió con Polonia en 1657 y Dinamarca declaró la guerra a Suecia. El monarca sueco se dirigió entonces a Dinamarca en otoño de 1657, lo que obligó a Dinamarca a firmar la paz Roskilde, por la que se vería obligada a entregar zonas en el extremo sur del actual territorio sueco. 

Carlos X proyectó entonces una intervención en Alemania aprovechando la crisis sucesoria abierta por la muerte de Fernando III. Pero no llegó a realizarla porque la resistencia de Dinamarca a cumplir las condiciones pactadas provocó una nueva guerra sueco-danesa de 1658 a 1660, en la que Carlos X atacó el centro de Dinamarca, a la que ayudaban una flota neerlandesa, Polonia, Austria y Brandeburgo. En noviembre de 1659 la coalición de sus enemigos infligió una severa derrota en Nyborg por lo que Carlos X  hubo de entablar negociaciones de paz, cuya firma no llegaría a ver porque falleció en febrero de 1660. 

Carlos X Suecia

En los tratados firmados en el monasterio de Oliva y en Copenhague en 1660 Suecia acordó la paz con Polonia, el imperio y Brandeburgo en el primero y con Dinamarca en el 2º. La gran perjudicada fue Polonia, que aunque recuperó territorios hubo de reconocer a Suecia la posesión de Livonia y renunciar a la soberanía de la Prusia ducal. 

Dinamarca recuperó algunos territorios perdidos tras la paz de Roskilde. Estos tratados conocidos como de la Oliva supusieron el cenit del hegemonía sueca en el Báltico. En 1661 Suecia firmó con Rusia el tratado de Kardis por el que el zar abandonaba Livonia. 


La decadencia sueca se completó años más tarde cuando en el tratado de Andrusovo, que ponía fin a su guerra con Rusia de 1654 a 1667; hubo de ceder una parte de la Rusia blanca y Ucrania con Smolensko y Kiev respectivamente. En los años 80 Polonia recuperaría su protagonismo con la lucha contra los turcos. Suecia se enfrentó en la guerra de Holanda de 1672 a 1678 al poder de Federico Guillermo de Brandeburgo, sufriendo una derrota en Fehrbellin, en 1675; sólo la ayuda de Francia impidió su derrota. En el sureste los Habsburgo avanzaron en la creación de un potente estado sobre el Danubio y los Balcanes a medida que se iniciaba el retroceso de las posiciones otomanas. Leopoldo I obtuvo éxitos en la lucha por terminar con la independencia de Hungría, lo que motivó frecuentes enfrentamientos con los turcos. 
derrota en Fehrbellin,1675

Imperio Otomano

Con la mayoría de edad de Mohamed IV en 1656 el Imperio otomano logró recuperarse, y con Ahmed, entre 1661 y 1676, que intentó consolidar el poder turco en los Balcanes y el Mediterráneo. Al norte del mar Negro aprovechándose de la crisis de Polonia, los turcos se apoderaron de Podolia y la Ucrania polaca en 1672. Su sucesor Mustafá el Negro (1600-1683) puso sitio a Viena en 1683 obligando a huir a Leopoldo I. El Papa Inocencio XI hizo una llamada a diversos soberanos, pero el único que acudió fue Juan Sobieski, rey de Polonia, que con un Ejército obtuvo la decisiva victoria de la colina de Kahlemberg, al norte de Viena el 12 de septiembre de 1683, que supuso la condena a muerte del visir. La victoria animó a Austria, Polonia y Venecia que, junto al papado, constituyeron una Liga Santa en 1684, a la que se uniría dos años después Rusia. Polonia logró recuperar los territorios perdidos en 1672, los venecianos conquistaron Dalmacia, el Peloponeso, Corinto y Atenas, cuyo bombardeo en 1687 causó graves daños al Partenón; Austria inició la reconquista de Hungría apoderándose de Buda y Transilvania inició la marcha hacia el sur, donde tomó Belgrado en 1688. Luís XIV mantuvo habitualmente una política de buena relación con los turcos, pues suponían una constante amenaza para su enemigo el emperador. En 1699 con la paz de Karlowitz cedían a Austria la totalidad de Hungría, con Transilvania, Eslavonia y Croacia, a excepción del banato de Temesvar. Esta paz supuso el retroceso turco en Europa. 

Batalla de Kahlenberg
Las provincias Unidas 

La Unión de Utrecht 1579 agrupó a las provincias calvinistas del norte frente a las católicas del sur. En 1581 con el Acta de Abjuración rompieron la lealtad a la monarquía española. Cada una de las 7 provincias mantuvo su soberanía y la representación política la confiaban a los Estados generales, aunque las decisiones importantes se debían adoptar por unanimidad. También tuvieron la figura de un gobernador general. Pero este esquema que estaba alterado por la autoridad de Guillermo de Orange, estatúder de Holanda. Por este motivo existía la tensión entre republicanismo y orangismo en la estructuración constitucional de la naciente soberanía. El asesinato de Guillermo, 1584, las provincias rebeldes ofrecieron el mando político a Enrique III de Francia y posteriormente a Isabel I de Inglaterra, pero no lo aceptaron. En 1590 los Estados generales se proclamaron soberanos, aunque carecían de la unidad y cohesión necesarias. Cada provincia contaba con un estatúder y un pensionario elegido por los Estados provinciales y encargado de la coordinación política. Las diversas asambleas estaban dominadas por miembros de la burguesía urbana, aunque había también nobles y representantes de los campesinos. También era característico el predominio de la provincia de Holanda. La tensión República-Orangismo se mantuvo viva con Federico Enrique y Guillermo II. A mediados de la centuria el auge del republicanismo neerlandés coincidía con el triunfo del modelo republicano en las Islas Británicas. La figura clave fue entonces el pensionario Johan de Witt, que consolidó el predominio holandés. Sus mayores problemas fueron los derivados de la oposición mercantil a Inglaterra y la amenaza de Francia. Los gastos derivados de la política exterior provocaron una grave crisis hacendística en la primavera de 1672 y la inminencia del ataque francés hizo que los Estados generales entregarán el mando militar y naval a Guillermo de Orange. Así Guillermo III lograba que se reconociera el carácter hereditario de su cargo. El republicanismo había perdido la batalla. La figura de Guillermo III se vio reforzada al acceder al trono de Inglaterra y por su oposición a Luís XIV. 


Los países bálticos. Suecia y Dinamarca. 

Gustavo II Adolfo (1611 1632) logró fortalecer el poder real en Suecia y mantener unas buenas relaciones con la asamblea estamental Riksdag. Con su muerte la nobleza intentó consolidar su poder. En 1645 con la mayoría de edad de Cristina se intentó revertir la situación, pero sin éxito. En 1654 Cristina abdicó. La nobleza se convirtió en el auténtico poder en Suecia. Carlos X Gustavo, durante su reinado de 1654-1660, recuperó los proyectos de una corona fuerte y una Suecia hegemónica y dominadora en el Báltico. Logró revertir a la corona parte del patrimonio enajenado y establece una contribución sobre los bienes de la alta nobleza. En el ámbito exterior se enfrentó con Polonia y Dinamarca. Con su muerte se dio paso a una nueva regencia en la que la aristocracia recuperó buena parte de su poder. Carlos XI (1660-1697) insistió en la política de reforzamiento del poder real y logró importantes avances hacia el absolutismo. Obligó a la nobleza a restituir las tierras enajenadas y en 1682 la asamblea votó la ley regia que le daba el poder de legislar sin convocar la asamblea Riksdag. Tanto él como su hijo Carlos XII (1697-1718) fueron monarcas absolutos. 

Carlos XI (1660-1697) 

Una pugna similar entre corona y aristocracia existía también en Dinamarca. Hasta 1660 la monarquía siguió siendo electiva, pero pasaba de padres a hijos. El largo reinado de Cristian IV (1588-1648) se inició con una regencia que dio alas a una alta nobleza. Sus privilegios se plasmaban en el terreno político a través del Rigsrad, que era un Consejo aristocrático con amplios poderes que limitaban los del monarca. Los ingresos de los peajes del Sund proporcionaban grandes riquezas al monarca, lo que le permitiría llevar una ambiciosa política exterior con el objetivo de mantener la hegemonía en el Báltico. La intervención en la Guerra de los 30 años ocasionó enormes gastos. 

Tras la derrota Cristian IV solicitó nuevas contribuciones, lo que provocó quejas de ciudades y campesinos y se inició un difícil período en los años 40 en el que se incrementó fuertemente la presión fiscal. El final del reinado con las paces de Brömsebro, 1645, y la posterior de Westfalia, confirmó la pérdida de su hegemonía en el Báltico y la marginación de Dinamarca. Antes de ser elegido su hijo Federico III (1648-1670) hubo de firmar una carta de privilegio en la que aumentaba las atribuciones del Consejo frente al monarca. Las guerras con Suecia y las derrotas militares acabarían con el Gobierno aristocrático existente desde 1648. En 1660 con la colaboración del monarca los Estados generales, Staendermode, que desde tiempo de Cristian IV habían intentado romper el bipolarismo corona-consejo aristocrático, consiguieron revertir la situación. Al final el Consejo cedió a la presión la carta de 1648 fue derogada y la corona se convirtió en hereditaria dotada en 1661 de amplias prerrogativas en legislación y finanzas. El retroceso internacional propiciaba un claro avance hacia el absolutismo como reacción al poder aristocrático. Fue el Parlamento quién respaldó el giro hacia el poder absoluto. Sobre la base de la ley regia de 1665 Federico III y su sucesor Cristian V (1670-1699) reforzaron su poder e impulsaron una serie de reformas que centralizaban la administración la vieja aristocracia dio paso a una nueva nobleza cortesana. 

Federico III (1648-1670)

Polonia, Lituania y la Rusia de los primeros Romanov 

Los 3 monarcas de la dinastía Vasa, Segismundo III (1587-1632), Ladislao IV (1632 1648) y Juan Casimiro V (1648-1688) fueron reyes de Polonia y grandes duques de Lituania, fracasaron en el intento de reforzar el poder real y convertir la monarquía en hereditaria ante la nobleza que controlaba la dieta bicameral (Sjem) y las dietas provinciales. La debilidad del poder real se basaba también en sus recursos. La principal estructura organizada de poder fue el clientelismo. El resultado fue la progresiva rigidez de la polarización social características de esos territorios.


En el terreno religioso continuó la política contrarreformista con el apoyo de los jesuitas, aunque hubo problemas con judíos, protestantes, ortodoxos o rutenos. Junto a la persecución de grupos como los socinianos o los antitrinitarios estaban las tensiones raciales. Durante el reinado de Juan Casimiro V Polonia sufrió la época del diluvio (1654 1660) con la conquista de buena parte del territorio por el rey sueco Carlos X y los ataques de Rusia por el este. La fragilidad defensiva era una consecuencia del fracaso en la construcción de un poder unificado y con capacidad militar. Las guerras se saldaron con importantes pérdidas territoriales para Polonia. Las tentativas del monarca chocaron con una insurrección nobiliaria que le obligó a abdicar. La dieta eligió entonces a Miguel Korybut (1669-1673), que tampoco pudo variar la situación. Surgió entonces el militar Jan Sobieski que lograría detener a los turcos y sería proclamado rey como Juan III (1674-1696). Pese a su prestigio militar fracasó en sus intentos de reforma política. 


En Rusia el siglo XVII se inició con la crisis de la época de las turbaciones, que propició la intervención de Polonia y Suecia, que sirvieron para aglutinar la reacción rusa y que llevó a la Zemski Sobor, la Asamblea Legislativa, a proclamar zar a Miguel Romanov en 1613 hasta 1645, dinastía que se mantendría hasta 1917. La 1ª misión de Miguel fue reafirmar el poder del zar. En el terreno institucional se valió de la Duma y también de la Zemski Sobor. 

Miguel I

Modificó la administración creando en la corte numerosas oficinas administrativas, prikaz, que se encargaban de distintos aspectos del Gobierno, reorganizó el Ejército, sometió a control la actuación de los gobernadores provinciales o voivodas y estimuló la actividad económica. 

Su hijo Alejo I (1645-1676) continúa la reorganización institucional y administrativa para lo que incrementó los prikaz. Entre 1648 y 1650 se enfrentó a una oleada de revueltas que manifestaban tensiones diversas, pero la causa mayor de inestabilidad era el malestar del campesinado en una sociedad en la que nobles y campesinos constituían las dos principales clases sociales. 

Alejo I (1645-1676)

En plena época de las turbaciones se había producido la importante revuelta campesina dirigida por Bolótnikov contra el avance de la servidumbre (1606-1608). Para hacer frente a la situación la Zemski Sobor aprobó un nuevo código legal el 1649 que reforzaba tanto poder del zar como de los nobles sobre sus campesinos. Pero el código no impidió nuevas revueltas entre las que destacaron la del cobre de 1662 en Moscú. Otro conflicto del reinado de Alejo I fue el cisma que se produjo en la Iglesia ortodoxa rusa, que consolidaría la separación entre una Iglesia oficial con innovaciones litúrgicas y cada vez más dependiente del zar y la de los antiguos creyentes, opuesta a cualquier influencia extranjera y ligada a valores tradicionales. Estos últimos fueron sometidos a una brutal persecución. La muerte de Alejo dio paso a un periodo de crisis en el trono. Tras el corto reinado de Fiodor (1676-1682), los streltsí, el cuerpo militar de élite creado por Iván IV, impusieron una especie de reparto del trono entre los hijos de sus dos mujeres, bajo la regencia de Sofía Alekséyevna de 1682 a 1689, cuando Pedro I se hizo con el poder.
levantamiento de Bolotnikov

Los restos del Imperio. Austria y Brandeburgo 

Después de Westfalia el poder del emperador se convirtió definitivamente en honorífico y el imperio se desvanecía. 

Los numerosos Estados alemanes eran de hecho independientes. Al emperador Fernando III y sobre todo a su sucesor Leopoldo I (1658-1705) la derrota del sueño imperial les sirvió para potenciar la extensión de sus fronteras en el espacio del Danubio y consolidar el poder central de sus estados. Una de las bases para la consolidación de su poder era el poner fin a la reiterada costumbre de los Habsburgo de dividir los territorios patrimoniales. Durante el largo reinado de Leopoldo I se recuperó el dominio sobre Hungría, aprovechando la crisis del imperio turco, y fortaleció el poder centralizado. Su gran objetivo fue acabar con las dos soberanías surgidas a raíz de la conquista otomana: la amplia zona dominada por los turcos y el Reino de Transilvania.

 Leopoldo I (1658-1705)

La derrota de los turcos en Kahlenberg en 1683 supuso el inicio de la reconquista de Hungría y facilitó al emperador la recuperación de la parte del Reino que reconocía como rey al voivoda de Transilvania. En 1687 consiguió que la dieta reconociera a los Habsburgo su derecho hereditario a la corona. En los años siguientes los triunfos de su general, el príncipe Eugenio de Saboya, sobre los turcos llevaron a la paz de Karlowitz, 1699, que consolidó el dominio del emperador sobre el reino perdido 1526. En cuanto al reforzamiento del poder central, a partir de 1680 estableció una base fiscal regular que le permitiría financiar un ejército y una burocracia. Asimismo, reforzó las instituciones centrales del Gobierno: el Consejo Secreto, el Consejo de Guerra y la Cámara Áulica o de Cuentas. 

Kahlenberg 1683

El siglo XVI ha visto incrementar los dominios del Hohenzollern, margrave de Brandeburgo desde 1415 y electores del imperio. Lazos dinásticos les permitieron incorporar en 1614 el ducado de Cléveris, los de Mark y Ravensberg; más adelante la herencia del ducado de Prusia y tras la paz de Westfalia, la Pomerania oriental y los obispados de Minden, Halberstadt y Magdeburgo. Pero eran Estados con estructuras políticas arcaicas, por eso Federico Guillermo, conocido como el gran elector (1640-1688), emprendió la tarea de constituir un poder centralizado y efectivo que se basara en su autoridad personal. Paulatinamente funcionarios reales fueron reemplazando las asambleas estamentales de los diversos estados en el establecimiento y gestión de los impuestos. La política del gran elector se dirigió también hacia el fortalecimiento económico de sus estados en consonancia con el mercantilismo. Uno de los objetivos era la ampliación y mejora de las superficies cultivadas para lo que atrajo inmigrantes extranjeros, organizó desecaciones, hizo construir canales e introdujo nuevos cultivos. En el terreno de las manufacturas impulsó las del vidrio, los paños o el papel. Federico Guillermo creo un estado basado en el ejército, que le permitió controlar eficazmente sus territorios y desarrollar una ambiciosa política en el ámbito del Báltico. La Comisaría General de la Guerra, 1674, se convirtió en uno de los organismos principales del Gobierno. 


El Ejército basaba su eficacia en la buena organización, el alojamiento y el pago a las tropas. Socialmente se apoyó en la nobleza propietaria de tierras, los junkers, a la que despojó del poder político, consolidando cambió su dominio sobre los campesinos. 

sábado, 22 de febrero de 2025

EL AUGE DEL ABSOLUTISMO. LA FRANCIA DEL SIGLO XVII

Las doctrinas políticas en el siglo XVII 

Las principales aportaciones de la teoría política del siglo XVII giraron en torno al Derecho natural (y por lo tanto al estado originario de la naturaleza y al contrato social) y a la consideración del individuo como punto de partida de toda argumentación. Con el avance de las ciencias físicas y matemáticas y del racionalismo, el siglo XVII empezó con un proceso gradual de liberación de la filosofía política respecto la teología. Por otra parte, el pensamiento político estuvo condicionado por la realidad dominante, el absolutismo, sea para defenderlo o criticarlo. Se pueden distinguir tres grandes líneas de pensamiento: 
  • Iusnaturalismo: se separa de la justificación teológica del Derecho natural y critica el poder absoluto. 
  • Absolutismo: alcanza en este periodo sus principales justificaciones teóricas. 
  • Teorías de exaltación del individuo y el Contrato Social: ponen las bases del constitucionalismo del período liberal. 
Aunque minoritarias, hubo otras teorías socialmente más radicales, especialmente durante la guerra civil inglesa, como los levellers o los diggers. 


Los iusnaturalistas 

Los sectores arminianos del calvinismo, liberados de la rigidez impuesta por la predestinación y del Derecho canónico, fueron quienes desde el retorno a las concepciones precristianas del Derecho natural realizaron las principales aportaciones en contra del absolutismo. 
  • Johan Althaus (Altusio) (1557-1638) 
En su obra Politica Methodice Digesta, 1603, (La política metódicamente concebida), consideraba la asociación como un elemento esencial de la naturaleza humana y explicaban los diferentes grupos sociales sin recurrir para nada a la teología. Al considerar las asociaciones como autosuficientes, independizada la autoridad de toda sanción religiosa. No obstante, basaba el derecho natural en el Decálogo y seguía vinculado a la teoría calvinista de la predestinación. Utilizó la idea de contrato en dos sentidos: 
  • SOCIOLÓGICO: cinco asociaciones, que forman parte consecutivamente de la siguiente (familia →corporación voluntaria → comunidad local → provincia → Estado). 
  • POLÍTICO: existe un contrato entre el pueblo, en quien reside la soberanía, y el gobernante. Expuso el concepto de soberanía popular y la limitación del poder, pero con escasa influencia. 
Johan Althaus (Altusio) (1557-1638) 

  • Huigh van Groot (Grocio) (1583-1645) 
Expuso la primera separación completa entre el Derecho natural y la religión, indicando que aquel es un dictado de la razón que no requiere de Dios. La sociedad se basa en una serie de valores que conforman el Derecho natural (seguridad, propiedad…) que contrarrestan las inclinaciones egoístas del hombre. La razón ha de ser también el método para construir el Derecho positivo a base de proposiciones evidentes, los axiomas morales, en los que debe basarse el hombre, animal social, para mantener el orden. También se destaca su aportación al Derecho internacional con su obra De jure belli e pacis (1625), que pretendía regular las relaciones entre estados soberanos. 

Huigh van Groot (Grocio) (1583-1645)
  • Samuel Pufendorf (1632-94) 
Insistió en la separación entre la razón natural y la teología, siendo el respeto a los derechos naturales del hombre requisito indispensable para el mantenimiento del orden y la paz social. Consideraba que el estado natural de naturaleza es de paz y no de guerra (en De iure naturae et Gentium, 1672), pero la paz es débil e insegura, lo que lleva a la constitución de la sociedad y el Estado, cuya voluntad es la suma de las voluntades individuales. Pufendorf trazó también los límites entre los poderes civiles y eclesiásticos en el ámbito luterano, contribuyendo a poner las bases del espíritu de tolerancia. 

Samuel Pufendorf (1632-94) 
Los teóricos del absolutismo 
  • Thomas Hobbes (1588-1679) 
Defendió, en sus obras De cive (1642) y Leviathan (1651), un absolutismo puramente utilitarista y pragmático, ajeno a cualquier consideración religiosa o ética. Consideraba que en el estado de naturaleza el hombre no busca sino la satisfacción de sus propias necesidades egoístas, lo que le enfrenta automáticamente con todos los demás. Sin otra ley que la ley del más fuerte, un hombre es enemigo de cualquier otro (homo homini lupus) → guerra de todos contra todos. La única salida es la entrega del poder a un individuo que dé seguridad → absolutismo. Para él, solo los individuos pueden tener derechos y actuar. Si un grupo se une colectivamente es porque un individuo actúa en nombre de tal grupo. La sociedad es una ficción, ya que sin un soberano al que se sometan las voluntades individuales no hay sociedad. El poder absoluto puede tener consecuencias negativas, pero aun así es una opción mejor que la alternativa de vacío de poder. 

Thomas Hobbes (1588-1679) 
  • Jacques Bénigne Bousset (1627-1704) 
Obispo francés que, al contrario que Hobbes, vinculaba el absolutismo con la divinidad: “El trono regio no es el trono de un hombre, sino el del mismo Dios”. Como Hobbes, cree que no hay punto medio entre absolutismo y anarquía. 
Jacques Bénigne Bousset (1627-1704) 
  • Robert Filmer (1588-1653) 
Su postura, poco influyente en su tiempo y recuperada más tarde por la reacción contra Locke, fue la del carácter patriarcal del poder del monarca, cuyo último fundamento está en la voluntad de Dios, tomada del Antiguo Testamento. 


La “tercera vía” inglesa. Camino del liberalismo

La tercera línea de pensamiento se desarrolla esencialmente en Inglaterra. El profesor de Oxford Richard Hooker (fin XVI - principio XVII) defendía una ley positiva basada en el consenso de los súbditos y en la ley natural. Años después (1628-48) sir Edward Coke defendería la limitación de la autoridad real. La revolución inglesa contribuyó al desarrollo de las teorías sobre el poder, como las republicanas de James Harrington o John Milton. 
  • John Locke (1632-1704) 
Propuso un régimen político capaz de evitar el absolutismo, criticado en Inglaterra, poniendo las bases de la teoría política del liberalismo. Su libro Two Treatises of Government (1690) refutaba el Derecho divino de Filmer y definía un poder político en forma de monarquía subordinada al poder civil (Parlamento). 

El punto de partida es el contrato social que permite pasar del estado de naturaleza a la sociedad civil. Los hombres, libres por naturaleza, no crean el Estado para anular sus derechos naturales, sino para salvaguardarlos. El poder civil solo tiene razón de ser si se deriva del derecho individual de cada hombre a protegerse a sí mismo y a proteger su propiedad. Para evitar el abuso de poder, Locke propone una separación de poderes, el legislativo (Parlamento) y el ejecutivo supeditado a aquel. Un individuo o un grupo podría romper legítimamente el contrato en el que se había basado la comunidad política, sin disolverla. Con ello, legitimaba las revoluciones que tuvieran un amplio respaldo, sin dejar claro el derecho de rebelión individual o el grado de consenso necesario. 

Las ideas de Locke influyeron en la Revolución norteamericana de 1776 y servirán de fundamento a la división de poderes propuesta por Montesquieu en el siglo XVIII. 

 John Locke (1632-1704) 
  • Levellers y diggers 
La guerra civil y el período republicano propiciaron el desarrollo en Inglaterra de teorías sociales y políticas moderadas (levellers) o radicales (diggers). 

Los levellers concebían el Derecho natural como fuente de derechos inalienables y afirmaban que los hombres son, por naturaleza, iguales y semejantes en poder y dignidad. La base de toda estructura social es el mutuo acuerdo y consentimiento de los gobernados. Defendían un parlamento de base social más amplia (no solo de los sectores dominantes de la Revolución), con sufragio universal masculino. No se oponían a la desigualdad económica o social o a la propiedad, pero si a la desigualdad política y legal del Antiguo Régimen. 

Los diggers, con precedentes en los movimientos campesinos o los anabaptistas, son precursores del comunismo utópico debido a su asignación del origen de todos los males a la propiedad privada. Afirmaban que el papel del poder debe ser reparar las desigualdades existentes en el sistema económico. 
El absolutismo 

Práctica (y corpus teórico) política en la que el rey se sitúa por encima de la ley positiva. Con bases medievales, tiene su auge en los s. XVII y XVIII, en una sociedad cuya estructura estamental basada en la desigualdad legal entre hombres y grupos refuerza el absolutismo, ya que requería un poder superior, capaz de otorgar o quitar dichos privilegios. Recordemos las jerarquías legales en el Antiguo Régimen: 
  • Ley divina: con cierta codificación en las Sagradas Escrituras y los Mandamientos; 
  • Ley natural: impresa en la naturaleza humana, pero creada por Dios; 
  • Ley positiva: leyes creadas por el hombre. 
Las limitaciones del monarca absoluto son su propia conciencia o su temor a Dios y sus responsabilidades y deberes (asegurar la buena administración de la justicia o defender a sus súbditos), que le llevaban a actuar con prudencia y dejarse aconsejar. 

Los tratadistas políticos (incluido algunos absolutistas como Hobbes) trataron de establecer ciertos límites al poder absoluto: 
  • Derecho privado y la propiedad, que debía evitar los impuestos excesivos e ilegales, impuestos de forma unilateral. 
  • Las corporaciones representativas (parlamentos), aunque es conocida la poca afición de los monarcas a convocarlos. 
  • Las leyes fundamentales del reino (religión, sucesión, etc.), cuya no observación convertía al monarca en un tirano, justificando el derecho a resistencia del pueblo. 
El poder absoluto se encontró con numerosas resistencias de otros poderes (parlamentos, Iglesias, noblezas, letrados, ciudades, etc.), que lograron en muchos casos debilitarlo y frenar su avance. No obstante, se expandió por gran parte de Europa, culminando en el reinado de Luis XIV. Las monarquías absolutistas compartían ciertas características: mayor presión fiscal e incremento de ingresos de las haciendas reales; auge de los financieros y hombres de negocios, dispuestos a prestar dinero al rey, recaudar sus impuestos o arrendar sus rentas; complicación del aparato administrativo → consolidación de la burocracia; incremento del poder militar y naval (época de guerras constantes); avance de la codificación; desarrollo de la diplomacia; oposición en forma de levantamientos populares o reacciones de grupos privilegiados. 

Enrique IV (1589-1610) y la recuperación de Francia 

Primer rey Borbón, sus tres tareas principales fueron: 
  • La pacificación del reino: mediante el reforzamiento de la autoridad real apoyándose en los hombres de leyes en el Consejo (centro de poder) y en los maîtres de requètes en el territorio, en ambos casos en detrimento de la aristocracia. Ello le enfrentó con el poder de la gran nobleza, no dispuesta a plegarse ante el poder real. Condenó al duque de Biron, ajusticiado en 1602, y el príncipe de Condé huyó a Bruselas en 1609. 
  • La reconstrucción material tras las guerras: el duque de Sully (1560-1641), superintendente de las finanzas, logró mejorar la eficacia y doblar los ingresos (pese al descontento de algunos sectores por el aumento de los impuestos indirectos). El Edicto de Paulette permitía heredar los cargos públicos a aquellos que los habían comprado a cambio de un pago anual; esto aseguró un notable ingreso regular y la fidelidad de esta clase ascendente, especialmente la de la noblesse de robe en los parlamentos. La paz permitió la regulación agrícola y ganadera, y fue especialmente importante la política mercantilista para el crecimiento de las manufacturas y el comercio. 
  • El regreso a una política exterior ambiciosa y al inevitable enfrentamiento con España, lo que le provocó el malestar de los católicos (Liga), que también estaban en contra de las concesiones a los protestantes o la alianza con los Países Bajos. 
Los múltiples descontentos con su actuación provocaron diferentes atentados, siendo finalmente asesinado por un radical, François Ravaillac, en las calles de París, el 14/5/1610.

 Enrique IV (1589-1610) 
 
Luis XIII (1610-43). La regencia y la obra de Richelieu 

María de Medici fue regente de su hijo, el futuro Luis XIII, entre 1610 y 1617. Cercana al partido católico y a la política española → Cambio de política y de consejeros, destacando Concino Concini → diversos descontentos, como el de los protestantes hugonotes y, especialmente, los príncipes de la sangre (el príncipe de Condé o el conde de Soissons) y la alta nobleza (duques de Angoulême, de Vendôme, de Nevers, de Guisa, de Montmorency…), que querían recuperar poder político. Para aplacarlos, la regente les entregó generosamente cargos y dádivas del tesoro real, aunque únicamente hasta 1613, mientras duraron los remanentes conseguidos por la buena gestión de Sully. 
Muchos de ellos se retiraron a sus territorios y gobiernos provinciales, iniciando un período de agitación que llevó a la reina a firmar con Condé el tratado de Sainte Menehould en 1614, en el que se comprometía a suspender el doble matrimonio real acordado con España, a entregarles nuevas pensiones y a convocar los Estados generales. 

Para contentar a estos últimos, María convocó Estados Generales en octubre de 1614, poco eficaces y en los que ninguna parte logró imponer sus demandas (suspensión de la Paulette, reducción de impuestos o ratificación de los decretos del Concilio de Trento). Pronto hubo de enfrentarse de nuevo a ellos (Condé, Vendôme, Rohan) y se vio obligada a firmar un pacto con Condé, dejándolo formar parte del Consejo, aunque poco después lo hizo detener y Concini reorganizó el Consejo con sus gentes, entre los que se encontraba ya Richelieu (1585-1642). 

En 1617, Luis XIII, de 17 años, decidió ocupar el poder alentado por su favorito Charles de Luynes. Destituyó a Concini (luego asesinado), apartó a Richelieu y los demás colaboradores y desterró a la reina madre a Blois. En 1619, la reina se enfrentó a su hijo en la llamada Guerra de la Madre e Hijo y entró en escena el hábil Richelieu, quién consiguió reconciliarlos. A cambio, Luis XIII le conseguiría un capelo cardenalicio. 

Después, las tropas reales marcharon sobre el condado protestante de Béarn (Navarra francesa), reinstaurando el catolicismo y anexionando definitivamente Navarra → revuelta protestante en el SO (dirigida por los duques de Bouillon y de Rohan), que, tras la derrota real en Montpellier, acabó en la renovación del Edicto de Nantes (Tratado de Montpellier, 1622). 

Luis XIII

 La obra de Richelieu (1624-42)

Ante la ausencia de buenos consejeros, el rey nombró a Richelieu jefe del Consejo en 1624, comenzando una nueva etapa pese a mantenerse el sistema político. Su inteligencia, capacidad política y gran ambición contrastaban con el carácter débil de Luis XIII, quien se limitó a apoyarle frente a sus muchos opositores. Hubo dos periodos, uno de asentamiento de su poder (1624-30), y otro de enfrentamiento contra la Casa de Austria y de reformas políticas de refuerzo del poder real (1630-42). 
  • Primera etapa (1624-30) 
Hubo de hacer frente a los dos problemas ya existentes: protestantes y alta nobleza. Los protestantes se rebelaron comandados por el duque de Rohan y su hermano, respaldados por la importante plaza fuerte de La Rochelle. El cardenal, con fuerzas navales insuficientes, tuvo que pactar, renovando el Tratado de Montpellier (1626)

Poco más tarde el hermano mayor del rey, Gastón de Orléans, junto con la reina madre y los príncipes de la sangre planearon asesinar al cardenal, quien castigó a los implicados con la dureza que le fue posible en cada caso. 

Reunió una Asamblea de Notables (1626-27), más fácil de controlar que los Estados Generales, para aprobar un amplio programa de reformas, aunque la pervivencia de la insurrección protestante, y la Segunda Guerra de Mantua no le permitieron aplicarlas. 

Atacó definitivamente La Rochelle, que contaba con la ayuda de Inglaterra y el duque de Soubise. Anuló sus privilegios, destruyó sus fortificaciones y reestableció el culto católico (1628). Lo mismo hizo en el Languedoc, tras lo que impuso el Edicto de Gracia de Alés (1629), que anulaba las concesiones políticas (derecho a celebrar asambleas) y militares (plazas de seguridad) del de Nantes. Se mantenían todas las concepciones religiosas, civiles y jurídicas, pero se anulaban las políticas (derecho a celebrar asambleas) y militares (plazas de seguridad). 

Los descontentos en la corte y sus enemigos se agruparon en el partido católico o devoto, opuesto a cualquier tolerancia con el protestantismo y al enfrentamiento con la casa Austria; entre ellos destacaban la Reina Madre, Gastón de Orléans y la Reina Ana. A ello se unían los frecuentes levantamientos populares motivados por las dificultades económicas y su impopularidad. Finalmente, el apoyo de Luis XIII frente a sus enemigos en la conocida como Jornada de los Engañados (10/11/1631) le permitió desmantelar el partido devoto con destituciones, exilios (Gastón huyó a Orleans y María de Medici se refugió en los Países Bajos) y alguna ejecución. 
  • Segunda etapa (1630-42) 
A partir de entonces se centró en el enfrentamiento con los Habsburgo y la práctica de las reformas orientadas al refuerzo de la autoridad real. Se basó en las instituciones existentes, poniendo a gente de su confianza para controlarlas, y en la fidelidad de los cuerpos de oficiales con título hereditario. El principal elemento siguió siendo el Consejo Reducido, donde junto al rey y Richelieu estaban los principales ministros (de finanzas, justicia, guerra, asuntos exteriores, etc.). Para mejorar la administración provincial creó en 1630 los intendentes, dependientes del Consejo del Rey y de poder y responsabilidades crecientes. 

Creó una primera red policial → información detallada. Y utilizó escritores a sueldo, publicaciones y la Académie Française (1635) para ligar la información y la cultura al poder.
 
Tanto la política interior como la exterior requerían de más ingresos: el impuesto más importante, la taille, duplicó su importe en 1635, se aumentó la venta de cargos (Paulette), se recurrió al crédito, etc. 
Seguía habiendo oposición en la familia real y en la alta nobleza, que ahora cuentan con apoyo exterior: 
  • 1632, levantamiento del duque de Toulouse, Henri de Montmorency, gobernador del Languedoc, con el apoyo desde el exterior de María de Médici y Gastón de Orléans. Richelieu reaccionó con dureza y tras derrotarlo militarmente, decapitó al duque, siendo el último de los Montmorency. 
  •  Entre 1636 y 1642, se produjeron varios complots conspiratorios contra el cardenal: Gastón de Orléans, la reina Ana, el conde de Soissons, el marqués de Cinq-Mars. Todos fueron descubiertos. 
  • A partir de 1635, la Guerra de los Treinta Años somete a Francia a un régimen fiscal de guerra → oposiciones y revueltas populares, de las que frecuentemente participan el clero, los parlamentos, la nobleza de toga y gentes de sectores sociales intermedios. 
Pese a las oposiciones y el amplio malestar provocados por sus políticas, estas fortalecieron el poder real, y recuperó peso en la política internacional. Pero sus logros políticos y la estabilidad de Francia eran frágiles, pues dependían del equilibrio entre los resultados de la política exterior contra los Habsburgo y la capacidad del reino para mantenerlos. Richelieu fallecería en 1642, y pocos meses después, Luis XIII. 

Richelieu 


La minoría de edad de Luis XIV. Mazarino y la Fronda 

Luis XIV (1643-1715) accedió al trono con 4 años. Luis XIII había dispuesto en su testamento un complejo Consejo de Regencia, pero la reina consiguió mediante un lit de justice que el parlamento de París invalidara el testamento, otorgándole todo el poder a ella. Tomó como consejero al cardenal Giulio Mazarino (1602-61), colaborador de Richelieu, cuya política continuó, y que también debió enfrentar conspiraciones para asesinarle y apartarle del poder (duque de Beaufort) y la indisciplina de nobles y otros elementos deseosos de incrementar su poder. 

La Guerra de los Treinta Años obligó a Mazarino a continuar con la exigente política fiscal → descontentos e insurrecciones populares, sobre todo en el sur, incluyendo el malestar de los grupos dominantes que veían atacada su exención tributaria, y que convergirían en la gran revuelta conocida como la Fronda, influenciada por las revoluciones inglesas y los levantamientos de Cataluña, Portugal, Nápoles o Palermo contra la corona española. 



La Fronda 

La Fronda (1648-53) transcurrió en un periodo de malas cosechas y crisis de subsistencias que agravaron la situación. Constó de cuatro grandes fases, y la no unión de los diferentes protagonistas de cada una de ellas posibilitó que fueran superadas y, finalmente, el poder real saliera consolidado. 
  • La primera Fronda o parlamentaria (agosto 1648 - marzo 1649) 
Protagonizada por el Parlamento de París, que, influido por el inglés, quería asumir un mayor papel político, y que estaba inquieto por la amenaza de suspensión de la Paulette con que Mazarino presionaba a los que no aceptaran las decisiones reales. 

Los parlamentarios se unieron a magistrados de las otras cortes soberanas (Cour des Aides, Chambre des Comptes, Grand Conseil) y redactaron un documento de 27 artículos que desmontaba buena parte de la política de los cardenales, suprimía los intendentes y reforzaba el poder de los tribunales soberanos. El control que exigían sobre los impuestos y tasas hizo que obtuvieran el respaldo del pueblo de París. 

Aconsejada por Mazarino, la regente aprobó el 31 de julio la mayoría de los 27 artículos, pero el 26/8, durante la celebración de la victoria de Lens en Notre-Dame, fueron detenidos dos de los cabecillas del Parlamento. La ciudad reaccionó con barricadas, y Mazarino liberó el día 28 a Pierre Broussel, el más popular de los cabecillas, lo que no logró rebajar la tensión en la calle → la familia real se trasladó a Rueil, cerca de París. El 24/10 (el mismo día del tratado final de Westfalia) una nueva declaración real aceptó los 27 artículos, y la corte regresó a París; mientras tanto ganaban tiempo a la espera de las tropas del príncipe de Condé. 

El 5/1/1649, la familia real y el cardenal huyeron de París a Saint-Germain-en-Laye y las tropas de Condé sitiaron la capital, defendida por la milicia burguesa, las tropas populares y algunos nobles. El mariscal vizconde de Turenne, Henri de la Tour, se unió a los frondistas, pero Mazarino evitó a base de pagos que arrastrara al ejército francés de Alemania, y Turenne acabó exiliándose. Cuando el Parlamento declaró a Mazarino enemigo del rey y de su Estado, la rebelión ganó el apoyo de otros parlamentos y aumentó la tensión. Pero la heterogeneidad del movimiento y la ejecución de Carlos I de Inglaterra acabaron desanimando a los rebeldes más moderados, que buscaron el pacto con la regente → Paz de Rueil (11/3): perdón general a cambio de que el Parlamento renunciara a celebrar nuevas reuniones con los tribunales soberanos. La reina y su hijo regresaron a París en agosto de 1649. 
  • La segunda Fronda o de los príncipes (enero-diciembre 1650) 
Condé había reforzado su papel político y en su condición de primer príncipe de la sangre trataba de participar en la política del reino convirtiéndose en el principal apoyo del rey a costa de Mazarino, a quien odiaba y despreciaba. 

Pero este hizo a la reina detener a Condé y enviarlo al puerto de Le Havre junto a sus familiares Conti y Longueville. 

El pueblo de París no quiso apoyar a quien lo había sitiado, pero los tres príncipes sí fueron respaldados por una serie de nobles que trataron de levantar provincias como Normandía o Guyena, manteniendo incluso contactos con España, y obteniendo el apoyo del mariscal Turenne. Pero el ejército real fue venciendo los levantamientos, hasta derrotar en Rethel (Champagne) a Turenne, que contaba con el apoyo de tropas españolas. 


  • La tercera Fronda o Unión de las Frondas (diciembre 1650 - septiembre 1651) 
El eclesiástico Gondi, a quien Mazarino bloqueaba el acceso al cardenalato, puso de acuerdo a los descontentos con el cardenal. El Parlamento de París recuperó el programa de reformas y pidió la libertad de los príncipes y la destitución de Mazarino, el cual abandonó París dejando a la familia real, confiado en que las desavenencias entre sus enemigos acabarían por desunirlos. Mazarino mismo liberó a los príncipes y siguió influenciando a la regente desde Alemania. En París, las relaciones entre esta, Conde y Gondi no eran buenas. Algunos nobles encabezados por Gastón de Orleáns pidieron la convocatoria de los Estados Generales, no deseada por otros frondistas. Gondi, convertido en cardenal de Retz, lideró al clero que se enfrentó al Parlamento, con quien tampoco se entendía Condé. 
Este, ante las desavenencias entre los miembros de la Fronda, marchó a su gobierno de Guyena. 
  • La cuarta Fronda o de Condé (septiembre 1651 - agosto 1653) 
El 7/9/1651, Luis XIV alcanzó su mayoría de edad con 13 años. Apoyado en Burdeos y Guyena, Condé reunió apoyos: mantuvo contactos con España, Cromwell y el duque de Lorena, y fue respaldado por varios territorios descontentos. Mientras tanto, la familia real se instaló en Poitiers y Mazarino regresó de Alemania con un ejército de 7.000 hombres, que provocó el rechazo del Parlamento en contra de Mazarino y Condé. Durante esta fronda intervendrán varios ejércitos nobiliarios (como el de Condé), tropas españolas y el ejército real comandado por Turenne, que había cambiado de bando. La batalla decisiva tuvo lugar el 1-2/7/1652 en el faubourg Saint-Antoine, bajo los muros de París; en ella triunfó Turenne, y sólo la intervención de la hija de Gastón de Orleans, Ana María de Montpensier (la Grande Mademoiselle), permitió a Condé salvar los restos de su ejército y entrar en París. Condé, incapaz de entenderse con el lugarteniente del rey, Gastón de Orleans, el Parlamento o el cardenal de Retz, buscó apoyo en los sectores populares radicalizados, que el 4 de julio cometieron varios asesinatos y quemaron el ayuntamiento. El 13/10 Condé huyó a los Países Bajos, poniéndose a las órdenes de Felipe IV hasta el final de la guerra franco-española. 

El 21/10, Luis XIV y su madre entraron en la ciudad aclamados. Condé fue condenado a muerte, sus partidarios desterrados, el cardenal de Retz apresado y Gastón de Orléans confinado de nuevo en Blois. El 3/2/1653 Mazarino entró en la ciudad también aclamado y en los meses siguientes impuso la tranquilidad en las provincias donde aún había desórdenes. 


Conclusión. El significado de la Fronda 

Nunca se cuestionó la Monarquía, sino su tendencia al absolutismo. Surgió de los sectores privilegiados y fue una gran muestra de poder de la alta nobleza reacia a someterse. Fracasó por las divisiones internas y la incapacidad de incorporar a otros grupos sociales; al contrario, la prolongación de la inestabilidad hizo que creciera el deseo de vuelta a la normalidad que favoreció la restauración del orden en las figuras de Mazarino y Luis XIV. Las oposiciones continuaron (la guerra con España hasta 1659 no permitía relajar la carga fiscal), pero Mazarino reforzó el poder real a costa de la nobleza y el Parlamento, poniendo las bases del absolutismo con ayuda del canciller Séguier, Le Tellier o los superintendentes Servien, Fouquet y Colbert. Los intendentes, reintroducido en 1655, volvieron a encabezar la administración territorial, los nobles permanecieron vigilados y el Parlamento de París vio limitada su capacidad de controlar las decisiones reales. 

La Fronda 

El reinado personal de Luis XIV 

La muerte de Mazarino en 1661 hizo que el rey cogiera las riendas del poder. La adopción del Sol como emblema es significativa de su identificación con la fuente de poder, la ley y la justicia. Su gobierno se basó en un pequeño grupo de consejeros (muchos heredados de Mazarino) que el monarca elegía entre gentes de sectores intermedios, recientemente ennoblecidos, o a los que el ennoblecerá. 

Las instituciones de gobierno 

Luis XIV utilizó básicamente la estructura política ya existente: 
  • CONSEIL DU ROI: hace referencia al conjunto de los consejos al servicio del rey, desdoblado en diversos consejos especializados, el más importante de los cuales es un consejo reducido (Conseil Secret, Etroit, des Affaires y, desde 1643, d´en Haut) 
  • CONSEIL D’EN HAUT: auténtico consejo de ministros que se ocupaba de las cuestiones internacionales y de las principales cuestiones interiores. Luis XIV excluyó del mismo a la reina madre, al canciller Séguier, a los príncipes de la sangre y los principales nobles. Hizo detener a su superintendente de finanzas Fouquet, acusado de corrupción, ocupando su lugar en el Conseil su principal acusador, Colbert. El Conseil sólo tuvo 17 ministros en los 54 años de reinado, normalmente personajes que asumían las principales tareas ministeriales como secretarios de estado (guerra, finanzas, exteriores). 
También existía una Secretaría de Estado de la Casa Real y más tarde una de la Religión Prétendue Réformée, encargada del protestantismo francés. 

Otro cargo importante era el de canciller: depositario del sello real, cabeza de la administración de justicia y en principio segundo personaje del reino. 

Los dos personajes más importantes en la actividad política de la primera parte del reinado de Luis XIV fueron el marqués de Louvois y Colbert, contrôleur general des finances desde 1665, y que tuvo responsabilidad sobre otras áreas (correos, casa real, palacios reales o marina). A partir de 1691 Luis XIV tomará mayor responsabilidad directa en el gobierno, apoyado en ministros de menor categoría que los mencionados. Los consejos que integraban el consejo del rey se dividían entre los: 

Presididos por el rey: 
  • C. d’en haut
  • C. de despachos (dépêches) hacia 1650: administración interior y la correspondencia con las provincias (contacto con intendentes y gobernadores). 
  • C. real de finanzas, de 1661: de él emanaba en ocasiones un Consejo de Comercio. 
  • C. de Conciencia: se encargaba de revisar los méritos de los candidatos a obispados o abadías. 
El rey no asiste: aquellos con competencias más administrativas, el rey es representado por el canciller. 
  • • C. de Estado Privado o de las Partes: que administraba en nombre del rey justicia civil y criminal en última instancia. 
  • • C. Ordinario de Finanzas: para contenciosos administrativos y financieros. 
Por último, en un tercer nivel, existían una serie de sesiones subalternas que secundaban el trabajo de consejos situados por encima de ellas.

Luis XIV

La política interior 
  • El refuerzo del poder real 
La política interior de Luis XIV se centró en la imposición indiscutida de su poder, evitando la oposición de tiempos anteriores, tanto de la alta nobleza como de magistrados del parlamento, tribunales y otros altos organismos. Para lograrlo utilizó diversos instrumentos: 
  • La vida cortesana. Los grandes señores continuaron ostentando los gobiernos de las provincias, pero estaban obligados a vivir en la corte junto al rey, dejando el gobierno y la función militar de sus provincias en manos de lugartenientes. 
  • Familia real, príncipes de sangre y alta nobleza, apartados del poder, fueron obligados a desempeñar funciones cortesanas relacionadas con el culto al rey, teniendo lugar en Versalles, en una vida de fiestas, bailes y lujos, además de ser el medio por el cual se obtenían favores como pensiones, beneficios eclesiásticos y recompensas. 
  • Los parlamentos se vieron obligados a registrar los edictos reales sin deliberación ni voto, pudiendo presentar amonestaciones que el rey no estaba obligado a atender. A partir de 1665, las cortes soberanas hubieron de cambiar el nombre por cortes superiores. 
  • Los cuerpos de oficiales y las asambleas del clero fueron vigiladas para cortar cualquier tentativa de oposición por medio de los intendentes y sus agentes, creando una auténtica red oficial. Los intendentes fueron figuras claves para el control del reino. Todas las subdivisiones (generalidades en los pays d’élection, provincias en los pays d´États), tenían un intendente, salvo Béarn y Bretaña. El cargo era permanente como cabeza de la administración territorial con amplios poderes (justicia, policía, hacienda, reclutamiento…).
  • Los estados provinciales continuaron existiendo, aunque debilitados y con reuniones más espaciadas, carecían prácticamente de capacidad de oposición al poder real. 
  • Las ciudades también fueron controladas a través del nombramiento directo de magistrados por parte del rey. 
  • Reorganización de las finanzas reales, con la decisiva aportación de Colbert. Entre 1660-72 aprovechando la relativa tranquilidad de la política exterior, reordenó rentas, creó impuestos indirectos como la gabela de la sal (que pagarían también los privilegiados), investigó las deudas contraídas y redujo los intereses que pagaba la corona. Con ello y gracias a la mejora económica por la política mercantilista, duplicó las rentas y consiguió un presupuesto equilibrado. 
  • Reforma y unificación legislativa. Luis XIV creó en 1665 un Consejo de Justicia que redactaría en los 20 años siguientes 6 grandes ordenanzas que regularon las diversas materias legales: civil, aguas y bosques, criminal, comercio, marina y colonias (esta última conocida como el código negro, que regulaba la trata y las condiciones de los esclavos). 
La supresión del Edicto de Nantes 

Los protestantes eran poco numerosos en Francia (unos 800 mil) y se habían mantenido leales a la corona durante la Fronda. La eliminación oficial del protestantismo francés tuvo otros motivos: satisfacer a la Iglesia de Francia, gran apoyo en el galicanismo contra Roma, y la aspiración de sustituir a los monarcas españoles como cabeza del mundo católico. En principio la política antiprotestante se limitó a restricciones y presiones, pero en 1681, se inició un sistema de violencia militar, alojando cuerpos del ejército en zonas de población hugonote (dragonnades), causando abjuraciones en masa. Se destruyeron templos, las academias de pastores se cerraron y a los protestantes, apartados años antes de los cargos públicos, se les prohibió ser abogados, magistrados o médicos. 

Finalmente, el edicto de Fontainebleau de octubre de 1685 revocó el de Nantes, ilegalizando el protestantismo, provocando numerosas conversiones y la huida de entre 150.000 y 200.000 hugonotes hacia territorios protestantes. 

Ello provocó que una parte importante de la propaganda en contra de Luis XIV, surgida entre 1680 y 1700 procediera de emigrantes y países protestantes. 

La intensificación de la religiosidad de Luis XIV en su madurez y su persecución a los hugonotes también se atribuye a la influencia de su segunda esposa, Françoise d'Aubigné, a quien concedió el título de marquesa de Maintenon, quien, pese a su origen protestante, se había hecho devota católica. 


Las revueltas campesinas 

El incremento del poder real no fue suficiente para evitarlas. Motivadas por la guerra, los impuestos y los años de malas cosechas, fueron siempre repelidas con dureza. Las más importantes fueron: 
  • La de los Miquelets: en el Rosellón (1666-67) 
  • La de los Bonnets Rouges (o de los Torreben): en Guyena y Bretaña (1675), iniciada en Burdeos y que prendió en las ciudades y dio lugar a un Código Campesino con reivindicaciones igualitarias