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martes, 11 de junio de 2024

ARQUEOLOGÍA DE LA PRODUCCIÓN EN EL MUNDO ROMANO

INTRODUCCIÓN

Uno de los objetivos que debe presidir la investigación sobre los elementos de la cultura material es el de su técnica de realización y el contexto tecnológico, organizativo y económico en el que se originan. La Arqueología de la Producción aplicada al mundo romano es una rama de la Historia de la Cultura Material joven pero de probada eficacia desde el punto de vista de sus resultados científicos. Hemos seleccionado algunos sectores productivos del mundo romano, como la minería y la metalurgia, la elaboración de cerámicas y vidrios, las manufacturas textiles y algunas producciones alimenticias con mayor injerencia en la dieta y economía romanas. Mostramos los hitos de su ciclo productivo desde la obtención de la materia prima hasta la elaboración de los objetos o productos.

EL CONCEPTO DE ARQUEOLOGÍA DE LA PRODUCCIÓN Y SU APLICACIÓN A LA CULTURA ROMANA

La Arqueología de la Producción es la rama de la Historia de la Cultura Material que se ocupa del estudio de las actividades y procesos que hacen posible la transformación de un bien en otro distinto. Se interesa también por su contexto social y económico y las implicaciones que dichas actividades tuvieron en el proceso histórico de la comunidad en estudio. Es decir, si se considera que el ciclo de vida de los productos que forman parte de la cultura material de una sociedad se inscriben en tres grandes estadios de producción, comercio y consumo, la Arqueología de la Producción deberá interesarse por cada una de estas esferas, incluyendo el estudio del impacto ambiental derivado de la actividad productiva sobre el paisaje.

El método arqueológico es una herramienta eficaz para el conocimiento de los aspectos productivos, por cuanto una parte sustantiva de las operaciones relacionadas con la transformación de materias primas en bienes de consumo dejaron huellas materiales susceptibles de ser analizadas arqueológicamente. El valor relativo de las fuentes escritas para el estudio de las operaciones productivas se explica porque el conocimiento técnico se obtenía de forma empírica y se transmitía de un artesano a otro por demostración y a través de la experiencia. No es frecuente que se compilaran por escrito todos los aspectos prácticos de un proceso. Dentro de los testimonios escritos más útiles son los documentos derivados o relacionados con el desarrollo de las actividades productivas (contratos, libros de cuentas, inventarios…) y aquellos que proporcionan descripciones y noticias directas o indirectas sobre determinadas acciones de la cadena operativa de obtención de productos.

Las fuentes iconográficas colaboran en un mejor conocimiento de estos temas al hacerse eco de aspectos inaprensibles a través de la cultura material, como son acciones técnicas concretas, gestos o posturas de trabajo.

Entre los objetivos de estudio de la Arqueología de la Producción se encuentra la reconstrucción de los procesos operativos o ciclos de elaboración. El arqueólogo debe intentar conocer las soluciones operativas dadas en diferentes ambientes técnicos, fruto de conocimientos empíricos que tratan de dar solución a exigencias particulares de las características naturales de la materia prima, requerimientos del consumo, etc. Sin embargo, ha de tenerse en cuenta que los ciclos productivos solían estar basados en conocimientos empíricos, por lo que en ocasiones habrá que contar con anomalías o excepciones en el esquema lógico de las operaciones. Esto explica que el arqueólogo a veces sólo encuentre restos relacionados con una parte concreta del ciclo.

La producción de bienes u objetos se desarrolla en dos grandes ciclos: el aprovisionamiento de la materia prima y la transformación física o química de los materiales. Técnicamente el proceso parte de la búsqueda de la materia prima idónea y del conocimiento de los procedimientos para transformarla.

En el estudio de los yacimientos productores es preciso tener en cuenta la organización de los espacios de trabajo, la identificación de las estructuras estables y la de las huellas dejadas en el registro estratigráfico por la cadena de actividades más repetidas, por cuanto pueden ser interpretadas como comportamientos habituales en el proceso de producción. Las instalaciones fijas deben ser objeto de un riguroso método estratigráfico que permita distinguir sus fases de actividad: construcción, uso, deterioro, reparación… La aparición de objetos muebles relacionados con cada fase del proceso productivo es más esporádica al realizarse con materiales perecederos. Aunque no aparezcan físicamente en el yacimiento, se puede deducir el uso de herramientas por la observación de sus huellas sobre el producto. También es importante estudiar los residuos de la actividad, acumulación de desechos, fruto de accidentes de la producción o bien los restos derivados de la propia actividad.

ARQUEOMINERÍA, DE LA EXTRACCIÓN DE LA MATERIA PRIMA A LA MANUFACTURA DE LOS OBJETOS METÁLICOS

La Arqueominería estudia los procesos de búsqueda y explotación de los yacimientos mineros en el Pasado, y el análisis del paisaje histórico de las áreas de explotación. El estudio arqueológico de la minería antigua debe incorporar también el contexto social, económico y territorial de las áreas objeto de análisis. 

  • Prospección y procedimientos de extracción de los minerales

Antes de proceder a la explotación de un recurso minero era preciso realizar una prospección con el fin de localizar los puntos idóneos para iniciar el beneficio. Los conocimientos serían bastante empíricos y se basarían en observaciones de anomalías naturales y en hasta la radiestesia, si bien en zonas con laboreo prerromano, las cortas antiguas pudieron ser un valioso punto de referencia. Se podían realizar catas de reconocimiento que confirmaran la localización, potencia y dirección del filón y su riqueza. Entonces se planteaba el procedimiento de explotación. Hubo dos métodos de explotación más frecuentes: las explotaciones a cielo abierto y las subterráneas. El primer sistema se aplicó a lugares con mineralizaciones superficiales o escasa profundidad. Excavación al aire libre, tenía de ventaja su menor dificultad técnica y por tanto economía de medios y mayor seguridad para los mineros.

La explotación subterránea se realizó mediante pozos y galerías. El sistema de acceso fueron los pozos verticales que alcanzaban la profundidad necesaria para acercarse a los filones más ricos, a los que se accedía a través de las galerías. Los mineros bajaban por escaleras o si el pozo era estrecho apoyando los pies en la roca y la espalda en el muro contrario.

Las galerías tenían sección cuadrada, rectangular o trapezoidal, eran bajas y estrechas pero podían tener gran longitud. Los pozos y las galerías se fortificaban para evitar derrumbamientos.

El aire en el interior de las minas romanas debió estar bastante viciado por la profundidad y el polvo, en algunos casos se han identificado sistemas de renovación del aire mediante el procedimiento del sifón. La iluminación de los espacios de paso y trabajo era un asunto importante. El sistema de iluminación más difundido fueron las lámparas de aceite (lucernas) y menos frecuentes las antorchas, ya que consumían mucho oxígeno y generaban gases tóxicos.

Otro asunto técnico es el de los sistemas de desagüe, ya que un problema frecuente era la inundación de las explotaciones. Uno de los métodos era el desagüe manual y el otro fueron las galerías de desagüe, canal suavemente inclinado hacia el exterior. Si no se podían usar estos sistemas se utilizaban ingenios mecánicos como la noria, la polea con cangilones, el tornillo de Arquímedes o la bomba de Ctesibio.

Las técnicas de abatimiento más empleadas fueron los picos, mazas y martillos, combinados a veces con el fuego. Para subir el mineral a la superficie empleaban espuertas de esparto contenidas en una estructura de madera.

Un sistema de explotación de complejidad técnica fue lo que se denominó ruina montium que se aplicó a la explotación de los depósitos de aluviones auríferos del Noroeste hispano. 

Empleaba la fuerza hidráulica para abatir, arrastrar y lavar el material aurífero.

  • El ciclo metalúrgico

Los trabajos de transformación del mineral para la obtención del metal y su conversión en objetos metálicos los estudia la Arqueometalurgia. Hace uso de diferentes técnicas para intentar establecer los métodos empleados para la obtención de metales y aleaciones y la tecnología aplicada a la realización de los objetos metálicos.

El proceso metalúrgico se iniciaba a pie de mina con ciertos trabajos de tratamiento del metal como la trituración. Consistía en separar el mineral de la ganga, solía realizarse con martillos o percutores de piedra sobre una roca aplanada. A continuación se procedía al lavado del producto de la trituración ya que el agua colaboraba a la depuración del mineral.

Un paso previo a la fundición era la tostación, que servía para transformar los minerales ricos en sulfuros en óxidos y facilitar las fases metalúrgicas posteriores.

Seguidamente se procedía a la reducción, que consistía en la separación del oxígeno del metal presente en los minerales.

La copelación es probablemente el método en caliente más antiguo para separar los metales preciosos de la base. Se introducían en una copela situada en una fuente de calor y el producto era oxidado mediante una fuerte corriente de aire insuflada sobre la superficie del metal fundido.

Los hornos de fundición contaban con una cámara excavada en el suelo sobre la que se levantaba una estructura realizada con materiales refractarios. El metal líquido se convertía en lingotes o en tortas de fundición.

Por su parte, la metalurgia del hierro es más compleja, ya que al estar en estado sólido debe provocarse la separación de la escoria tras lograr que ésta adquiera un estado fluido, que sucede a unos 1.150º C. El resultado era un hierro dulce al que había que someter a tratamientos térmicos y mecánicos para eliminar los restos de escorias que aún permanecían en él. Los restos de hornos de fundición suelen constar de una fosa excavada y paredes refractarias con toberas de ventilación y un orifico para sangrar la escoria. El hierro había que someterlo a diversas técnicas de forja, unas de carácter formativo, para dar la forma deseada al objeto y otras para mejorar sus propiedades: templado, recocido, carburación.

  • Cuestiones organizativas y sociales

Las minas de los territorios incorporados por Roma pasaban a ser propiedad del Estado romano, quien decidía el sistema de gestión que consideraba más rentable y conveniente. En los primeros años de la conquista se encomendó la gestión a los gobernadores provinciales, para después, arrendar la explotación a publicanos o sociedades de publicanos. En la etapa final de la dinastía julio-claudia, la mayor parte de las minas eran cuestión de estado y estaban controladas por el fisco imperial. Se emplearon dos modelos de gestión: una explotación directa por parte del Estado romano o una explotación indirecta mediante un sistema de arrendamiento en el que Roma concedía la explotación a individuos o sociedades estableciendo una fórmula en la que el Estado obtenía una parte de los beneficios.

Dentro de los emprendedores autónomos se distinguen dos categorías: los pequeños y los grandes arrendatarios. Los primeros trabajan ellos mismos en sus concesiones, bajo el control de los funcionarios imperiales. Los segundos eran de alta condición social, équites, sometidos a fórmulas de control muy limitadas. Tenían una serie de operarios que trabajaban para ellos.

Las diversas opciones de gestión condicionaron las formas de vida de los trabajadores de las minas y su estatuto jurídico. Una explotación minera requería trabajos y labores de índole diversa. Había tareas que precisaban conocimientos específicos sobre materiales, técnicas de extracción y topografía que se encomendaban al ejército. Las labores contables y administrativas se confiaban a personal preparado para ello. Los trabajos propiamente mineros eran diversos, lo que implicaba un volumen de mano de obra importante. Por la dureza del trabajo se ha difundido la imagen de un lugar de trabajo de esclavos y condenados a trabajar en las minas, pero no se puede generalizar, ya que las situaciones fueron bastante diversas y dinámicas en las distintas provincias imperiales. Las fuentes informan de la esclavitud en las minas, Diodoro refiere la compra de esclavos para el trabajo en las minas hispanas, con lo que se debe suponer la participación de esclavos, sin embargo, las fuentes sí informan sobre el trabajo de mujeres y niños en las minas. La participación de mano de obra indígena también sería importante. Ya en época altoimperial parece imponerse la mano de obra libre asalariada, por el bajo rendimiento de los esclavos y su escasez o por la necesidad de trabajadores más cualificados.

OFFICINAE

  • La producción de cerámica en el mundo romano

El conocimiento arqueológico de numerosos centros de producción de cerámica de época romana que se ha venido acumulando en las últimas décadas, permite obtener una idea bastante ajustada del proceso técnico aplicado en estas instalaciones alfareras. Este procedimiento será común a la práctica totalidad de los lugares de producción conocidos, si bien las dimensiones del taller y su capacidad productiva pueden variar extremadamente de unos casos a otros.


El marco tecnológico de la alfarería romana

  • Los trabajos previos a la cocción. Aprovisionamiento y preparación de los barros

Característica del emplazamiento de muchos talleres cerámicos consiste en su proximidad a las fuentes esenciales de materias primas que intervienen en este proceso productivo: arcilla, agua y madera. Los grandes centros buscaron la cercanía de vías de comunicación terrestres, fluviales o marítimas para garantizar la rápida salida al mercado de sus productos.

La arcilla se extraía de vetas al aire libre o en pozos de escasa profundidad, que facilitaban el acceso a materiales con menor grado de impurezas. Se iniciaba con el tratamiento de los barros previo al modelado.

Una vez extraída de la cantera, la arcilla se depositaba en una serie de piletas escalonadas e intercomunicadas, añadiéndole agua abundante para facilitar la decantación. Tras su depuración se mantendría en depósitos de almacenamiento al aire libre para favorecer una oxidación provocada por los agentes climáticos que les confiere mayor plasticidad. 

Posteriormente el barro era amasado. En esta fase se añadían los desgrasantes con el fin de modificar el gradiente plástico de la pasta según las necesidades concretas de la producción.

  • Modelado, acabado y decoración de los vasos

Con la arcilla preparada daba comienzo la confección del vaso. El procedimiento más empleado fue el torneado. El torno rápido (rota figularis) estaba constituido por una rueda de madera o piedra que giraba alrededor de un eje, al que se daba movimiento con el pie.

Los alfareros romanos también usaron la técnica del moldeado para la confección de determinados productos como las series decoradas de terra sigillata, las lucernas o vasos de paredes finas. Se realizaba un molde con las decoraciones impresas, una vez cocido, se introducía pasta blanda presionando fuertemente sobre sus paredes. La pieza se dejaba en el molde unas horas hasta que se desprendiera, finalmente se hacía la molduración de la base sobre el torno.

Había que esperar al secado natural de las piezas para que la arcilla perdiera el agua. Antes de entrar en el horno, las cerámicas se retocaban y recibían tratamientos que determinaban el aspecto definitivo del recipiente. Entre los más difundidos están el engobado y el acabado característico de las cerámicas de barniz negro o campanienses y la terra sigillata. El engobado consiste en un baño del vaso en arcilla líquida. El acabado de las cerámicas campanienses y terra sigillata es un procedimiento que combina la aplicación de un recubrimiento coloidal y la cocción. 

Otra modalidad de acabado fue el vidriado. Consistía en aplicar a la superficie del vaso un recubrimiento de naturaleza vítrea compuesto de productos refractarios, fundentes y colorantes. Este esmalte se aplicaba tras una primera cocción a la que sucedía una segunda en ambiente oxidante.

Junto a estos procedimientos el alfarero romano pude hacer uso de la incisión o excisión mediante sistemas mecánicos o manuales que alteran la superficie de los vasos, profundizando o levantando porciones de pasta. También se utilizó el estampado como ornamento directo en los productos finales. Otro procedimiento decorativo fue el relieve aplicado, que se trataba de pequeñas piezas trabajadas individualmente que se aplicaban al vaso antes de la cocción. La técnica de la barbotina fue común en ciertas formas de terra sigillata. Otra técnica fue la incrustación de arena sobre la pasta fresca antes de la cocción.

También se usó la pintura como recurso decorativo, para la obtención de los pigmentos se emplearon productos minerales.

  •  La cocción. Funcionamiento técnico y tipos de hornos

Ciertas producciones de cerámica romana requerían de un control muy estricto de los sistemas de cocción. Esta fase dependía de las características tecnológicas de los hornos. El horno romano estaba constituido por tres partes: el praefurnium o pasillo de alimentación del combustible, la cámara de combustión y la cámara de cocción o laboratorio. Las dos últimas estaban separadas por una parrilla perforada que aislaba las piezas del contacto directo con el fuego.

Los hornos se realizaban con adobes y ladrillos. Muchos tenían la cámara de combustión excavada en el suelo, las paredes se revestían con barro para aumentar su estanqueidad. Las parrillas estaban hechas con adobes o placas de barro. La parte peor conocida es el laboratorio por ser la menos conservada.

El proceso de cocción se iniciaba con la carga de los materiales en el horno, las piezas se colocaban apiladas. El siguiente paso era el encendido y control del fuego durante la cocción, el proceso de cocción podía prolongarse durante más de 36 horas. Una vez finalizada la cochura el horno tenía que enfriarse de manera paulatina y por métodos naturales, alargándose unos tres o cuatro días más. Luego se procedía a la apertura del horno y a la retirada del material cocido. Cualquier error de cálculo en cualquiera de estas fases podía dar al traste con buena parte o toda la hornada, circunstancia que pudo pasar a menudo por las cantidades de desecho que suele hallarse en los vertederos próximos a los hornos.

  • Estructuras humanas de producción y modelos de funcionamiento de los talleres cerámicos 

Los talleres cerámicos de cierta entidad (officinae) debían contar con un número importante de operarios de diverso rango y competencias, a cuyo frente se encontraba un officinator o encargado del taller. Una parte del conocimiento de esta organización se deriva de las marcas de alfarero que aparecen en las cerámicas. Se realizaban antes de la cocción y consistían en un punzón impreso con el nombre expresado con diferentes fórmulas. En el caso de la terra sigillata las marcas han sido objeto de numerosos estudios que opinan que servían para distintas funciones. 

A través de esta documentación epigráfica es posible conocer la participación de diversos artesanos en el proceso de fabricación. En las producciones de terra sigillata sabemos de la existencia de artesanos especializados en la realización de los punzones para decorar los moldes, en la fabricación de los moldes y en la elaboración de vasos. El trabajo de confección de los punzones para la decoración de moldes era el más delicado. Los fabricantes de moldes parece que pudieron trabajar de manera independiente, aunque también pudo haber centros que contaran con decoradores de moldes en plantilla. Finalmente las marcas que se encuentran en el producto final, ya sean intradecorativas o impresas en el fondo interno, corresponden al ejecutor del vaso.

Además, la onomástica que refleja la epigrafía cerámica proporciona datos inestimables para el conocimiento de la condición social de los ceramistas. En Italia prestaban sus servicios en los talleres un buen número de esclavos, sin embargo, esto no se constata en las producciones gálicas e hispánicas. La presencia femenina en estas industrias es prácticamente nula, aunque hay una participación femenina en tareas que no requerían especial destreza.

Otro aspecto importante es la estructura organizativa de los talleres cerámicos. Parece que funcionaron en régimen de cooperativa, aunque también pudieron funcionar como organización empresarial. Según Riccioni pudieron existir tres tipos de actividad: explotación de las canteras y preparación de los barros; elaboración de los vasos y propiedad de los hornos, regidos por grupos de gestores independientes. Incluso pudo desarrollarse en régimen de mancomunidad, como una colectividad unida por un interés común.

Todos los trabajos serían asumibles por los grandes centros de producción con una dirección única, y los pequeños talleres podrían encargarse de la elaboración de los vasos, viéndose obligados a adquirir tanto la materia prima como los moldes. Sin embargo, Jacob opina que no debió existir una organización profesional potente como para organizar y coordinar todos los trabajos necesarios en un centro de producción cerámica. Pese a estas discrepancias, puede deducirse la existencia de una organización que adoptó diferentes fórmulas según el ámbito en el que nos hallemos.

 La producción de vidrio en el mundo romano

  • Composición y pautas de producción

El vidrio es un material inorgánico y sólido que se obtiene de la fusión y enfriamiento de una mezcla vitrificable compuesta por minerales cristalinos, calcáreos y productos alcalinos. Su componente primario, la sílice, se encuentra en arenas con una composición alta en cuarzo o en rocas cuarcíticas reducidas a polvo. La mejor arena era la del rio Belus, en la costa fenicia y la procedencia de los compuestos alcalinos podía ser diversa.

La mezcla vitrificable sometida a fusión forma un fluido viscoso que enfriado, solidifica sin cristalizar, adquiriendo cualidades como la translucidez y la homogeneidad de composición. En su acabado final, el vidrio puede ser transparente, translúcido, opaco o coloreado mediante agentes colorantes. 

El ciclo de la producción vidriera en el mundo romano constaba de cuatro fases:

  • Obtención y calcinación de la materia prima y obtención de la frita. Se introducían en un horno los ingredientes a granel o en un crisol, calentando la mezcla por debajo de la temperatura de fusión para eliminar las impurezas volátiles y separar los residuos sólidos que no se hubieran incorporado a la mezcla. Esta mezcla o frita se enfriaba con agua y se trituraba.
  • Fusión de la frita en el horno a una temperatura de 900 ó 1000º C para conseguir vidrio en estado fluido.
  • Trabajo de la masa viscosa de vidrio para crear objetos.
  • Enfriamiento lento o destemple de los objetos en el horno para evitar deformaciones o roturas.

Estas fases podían desarrollarse en un mismo taller o en sitios diversos. En el último caso, el vidrio fundido obtenido en la segunda operación podía enfriarse formando bloques o panes susceptibles de ser trasladados a otro lugar. Las labores de dar forma a los objetos podían realizarse después en pequeños talleres.

Los hornos de vidrio estarían formados por tres cuerpos, uno subterráneo donde se alojaría el fuego y se recogerían las cenizas, el segundo cuerpo, situado sobre el anterior, albergaría los crisoles y el cuerpo superior tendría un espacio para colocar las piezas moldeadas que se debían cocer y otro para las que precisaban el destemplado.

Los talleres de vidrio funcionaron en ciudades y en el ámbito rural. Las fuentes distinguen dos grupos de artesanos vidrieros: los vitrearii, que trabajaban el vidrio soplado y a molde y los diatretarii, que efectuaban los trabajos más delicados de talla, pulimento y corte. Algunos vidrieros firmaron sus trabajos.

  • Técnicas de producción y decoración del vidrio romano

Los conocimientos sobre la tecnología vidriera antigua derivan de los análisis químicos, del estudio de los contextos arqueológicos y de las noticias contenidas en las fuentes latinas. Plinio atribuye la invención del vidrio a los fenicios pero lo cierto es que se conocía ya en la Mesopotamia del III milenio a.C.

Las técnicas formativas de objetos de vidrio más empleadas en el mundo romano fueron:

  • Talla en frío: consistía en tallar en frío un bloque de vidrio hasta darle la forma deseada. Se empleó también como técnica decorativa complementaria en otros métodos de elaboración
  • Vidrio modelado sobre un núcleo friable: el vidrio fundido en estado viscoso era modelado en torno a un núcleo de material (arcilla) inserto a su vez en una varilla metálica que pudiera girar sobre la mesa de vidriero para ir dando forma a la pieza.
  • Moldeado monocromo: consistía en verter vidrio fundido en un molde con la forma en negativo del objeto, pero también se podía hacer modelando una torta de vidrio en estado viscoso sobre un molde con la forma del vaso. 
  • Moldeado policromo o vidrio-mosaico: es una técnica tanto formativa como decorativa y denomina a los vidrios obtenidos mediante presionado-moldeado de elementos decorativos preformados. Una de las variedades decorativas más características es la del vidrio millefiori, se aplicaba en el molde sobre una base de vidrio, secciones cortadas de unas varillas formadas por hilos de vidrio de colores. Una vez en el horno, se fundían originando una superficie continua de flores multicolores.
  • Vidrio soplado: es la gran revolución de la historia del vidrio ya que redujo el coste de realización, transformando el vidrio en un objeto de uso corriente. La técnica consistía en insuflar aire en una masa fluida de vidrio a través de una varilla o tubo de soplado. Se formaba una ampolla a la que se iba dando forma con el aire sobre la mesa de vidriero con una pinza. Una vez conseguida la forma, la pieza se separaba de la caña con unas pinzas.
  • Vidrio camafeo: se considera también una técnica formativa y decorativa. Es un vidrio con decoración en relieve que imita el contraste de colores de las piedras semipreciosas. El procedimiento para conseguir este acabado consistía en la realización de un recipiente con dos estratos de vidrio de diferente color. La decoración se realizaba tallando en frío los motivos sobre el estrato externo, de manera que las figuras quedaban resaltadas sobre el color del fondo.
  • Diatreta: consistía en la talla de un vidrio de paredes muy gruesas, rebajando el fondo y dejando en relieve elementos de decoración figurada o en forma de red. Estos vasos son recipientes de prestigio para el consumo de vino.

En cuanto a las técnicas decorativas las más frecuentes son:

  • Depresiones: técnica decorativa en caliente. Pudo realizarse mediante el soplado de la pieza dentro de un molde o mediante el concurso una herramienta metálica que realizaría las depresiones con el vidrio en caliente.
  • Pellizcos o pliegues: técnica decorativa en caliente. Son pequeños salientes o pliegues realizados con un instrumento que pellizcaba la masa de vidrio mientras estaba en estado maleable.
  • Aplicaciones de gotas o hilos de vidrio: técnica decorativa en caliente. Aplicación de gotas o hilos de vidrio en estado maleable sobre la superficie del vaso mientras éste se hacía girar. Con un instrumento punzante los hilos se estiraban para ir formando motivos.
  • Barbotina de vidrio: técnica decorativa en caliente. Aplicación de un chorro o gota de vidrio líquidos, no debe confundirse con la técnica anterior. En contextos tardíos.
  • Pintura: técnica de decoración figurada obtenida con esmaltes coloreados, que se fijaban a la superficie mediante un segundo calentamiento a baja temperatura.
  • Decoración de entalle: técnica decorativa en frío. Consiste en la talla por incisión de motivos sobre la superficie del recipiente. 
  • Aplicaciones de oro: técnica decorativa en frio, de origen sirio o alejandrino, aplicación con un adhesivo de finos panes de oro, recortados con la forma ornamental deseada, que después se recubrían con una capa de vidrio o resina transparente.
Por último, las herramientas asociadas al ciclo productivo del vidrio, a través de la arqueología, sabemos que se trata de utensilios sencillos, semejantes a los usados hasta hoy en los talleres artesanos para controlar la masa de vidrio extraída del crisol. Se trata de tijeras, alicates, tenazas, pinzas, una horquilla para dar forma y cortar la pasta vítrea, las varillas o cañas de soplado y recipientes, cucharas, espátulas y palas para la manipulación de la masa base.


Manufactura de textiles

El estudio arqueológico de la producción textil debe atender tanto al conocimiento de las fibras de origen animal o vegetal empleadas, como a las técnicas de producción y los procesos de elaboración del producto acabado. La lana era la fibra textil más extendida en el mundo romano, la seda y el algodón eran materiales de lujo, usado por las clases pudientes. Por lo tanto, la manufactura y distribución de la lana era una actividad económica primaria.

El tratamiento de la lana y su transformación en productos manufacturados se llevaba a cabo en diferentes talleres artesanales perfectamente definidos e identificados. De la existencia de numerosas instalaciones artesanales dedicadas a la actividad textil se deduce una exportación de los productos ya que su producción supera el consumo interno de la ciudad. Existe un conjunto diversificado y complementario de officinae, que se relaciona con las diferentes fases del ciclo productivo de los textiles de lana:

  • Officinae lanifricariae: lavado de la lana en bruto.
  • Officinae textoriae: hilado, tejido y transformación en vestimenta.
  • Officinae tinctoriae: para el teñido de los vestidos nuevos (officinae offectoriae) o de los usados (officinae infectoriae).
  • Fullonicae: lavanderías.


Etapas de la lana

La primera etapa es la limpieza, de la cual depende la feliz consecución del resto del proceso. 

La lana se lavaba en agua caliente mezclada con un disolvente, orina o “raíz de saponaria”, a continuación se vareaba para extraer la suciedad que hubiera quedado adherida. 

El hallazgo de officinae tinctoriae en Pompeya donde se realizaba el teñido primario de la lana nos permite conocer su planta, aunque la única distinción con las lanifricariae es el hallazgo de desgrasantes o colorantes. El nombre genérico de los artesanos encargados del teñido es tinctores, que se clasificaban en infectores y offectores. 

Como tintes se empleaban diversas sustancias animales, vegetales y minerales. La obtención de tonos uniformes era difícil y requería un conocimiento empírico de las proporciones, por lo que los tinctores estaban especializados en diferentes colores. El purpurarius se encargaba de obtener el color púrpura del murex , gasterópodo abundante en el Mediterráneo.

La lana debió pasar por procesos tales como el cardado y peinado, antes de estar lista para el hilado. El peine era de hierro y consistía en dos placas de madera sobre cuya superficie se fijaban las púas, la lana se colocaba sobre una de ellas y la otra se pasaba repetidamente sobre la superficie de los mechones.

El hilado es una ocupación femenina. La hilandera, quasillaria, pudo usar un instrumento llamado en griego epinetron, para evitar el roce del hilo en el muslo cuando realizaba el retorcido de éste. También empleó el huso y la rueca.

Secado y lavado

Cuando la lana se había tejido y se pretendía que tuviera más calidad se llevaban a cabo nuevas operaciones de acabado cuyo objetivo final era limpiar de nuevo la lana, ablandar su textura, blanquearla si era blanca e igualar las zonas desiguales de la superficie. Estas operaciones se llevaban a cabo en las fullonicae.

Tras estas labores, las telas se aclaraban en los grandes recipientes de obra destinados para ello donde el agua debía entrar y salir continuamente ya que se necesitaba que ésta estuviera limpia.

El secado de las telas pudo representar algún problema, ya que eran necesarios grandes espacios abiertos y para paliarlo las autoridades permitían extender las telas en las calles.

Cuando las telas estaban secas se cepillaban con instrumentos conocidos como carduii o spinae fullonicae. Se continuaba con el blanqueo o azufrado para lo cual la tela se disponía sobre la viminea cavea que era una estructura de madera de forma curva o cuadrada bajo la que se situaba el brasero con azufre. Después se frotaba de nuevo con arcilla para dar mayor duración y mayor intensidad al color. Finalmente se cepillaba y cortaba la lanilla sobrante en la superficie.

Además del tejido, existe otro procedimiento para producir telas de lana, es la fabricación del fieltro, consistente en prensar la lana junto a pelo de animal, obteniendo una masa compacta; el fabricante se denomina coactor y el fieltro coactilia y se hacían gorros, guantes y botas con él.

Las tenerías (instalación donde se curten y trabajan las pieles) estaban integradas en la ciudad, en Pompeya se han encontrado dos. Una de ellas se encuentra en un barrio periférico que ocupa todo el espacio de una insula. A lo largo de la pared del pórtico, se encuentran una serie de compartimentos separados por biombos de obra, donde se disponía el tanino. En la estancia posterior se construyeron quince recipientes de obra, con un agujero para la carga y descarga de la materia del encurtido, los doce más grandes eran para el encurtido vegetal y los tres más pequeños para el encurtido con alumbre de las pieles más delgadas. En todos se ponían a macerar las pieles entre dos capas de tanino. En esta estancia se hallaron varios instrumentos para cortar las pieles.

La producción alimenticia

  • La elaboración del pan

El trigo desempeñaba un papel esencial como materia prima para la elaboración del pan, principal aporte de carbohidratos en la dieta romana. Se hacía pan con harina de primera (panis siligineus) o de segunda calidad (panis secundarius), pero existía otro menos refinado (panis plebeius) el más duro de los legionarios (panis militaris) marineros (panis nauticus) y el peor de todos (panis furfureus) consumido por los más pobres o los perros.

La panificación era una actividad doméstica, se realizaba en la cocina o lugares destinados ex profeso. A partir del siglo II a.C. comienza a difundirse la industria panadera, a cuyo frente se hallaban los pistores.

Las panaderías reunían las labores de molienda y cocción del pan (pistrinum y panificium) por lo que el establecimiento se completaba con una estancia con molinos, un laboratorio en el que se preparaba la pasta y un horno.

El horno de ladrillo, furnus, cubierto con un tejadillo, estaba situado en la proximidad del laboratorio y comunicado con él mediante una ventanilla lateral que daba sobre la plataforma situada delante de la boca del horno.

  • La elaboración de vino y aceite

Los romanos deben a los griegos el conocimiento del proceso de vinificación. A partir de la segunda mitad del siglo II a.C. los vinos italianos adquieren un cierto renombre, ya que antes eran despreciados a favor de los vinos griegos. Italia conoce un gran crecimiento en su producción agrícola que se frena con las conquistas de la dinastía julio-claudia, que supondrán una importante modificación en la agricultura romana con la importación de vinos extranjeros. 

Testigo de excepción de la producción y comercio del vino serán las ánforas. El estudio de sus centros de fabricación, de las marcas y de los tituli picti con la mención de procedencia del producto, permite detectar áreas de cultivo, cantidades posibles de excedente para la exportación y rutas comerciales. Los más apreciados eran el Falerno, el Surrentium, Varino y Vesibunum.

El vino se fabricaba en la propiedad agrícola donde se cultivaban las viñas. Como el aceite se producía en los mismo lugares que el vino, muchas explotaciones agrícolas poseían instalaciones conjuntas.

Las prensas de uvas se componen de un tronco de madera (prelum) sujeto en uno de sus extremos y que ejercía la presión sobre las uvas dispuestas en serones a medida que éste bajaba gracias a un torno de mano (súcula) o un gran tornillo vertical (coclea). Cuando salía de la prensa se recogía en una jarra para pasarlo a un dolium o se conducía directamente por un canal hasta la cella vinaria donde se almacenaban en los dolia.

En el molino de olivas (trapetum) los frutos se aplastaban por muelas semiesféricas y también existían prensas, que conducían a un depósito en el que se decantaba el aceite, antes de su conservación en ánforas.

  • Las salazones de pescado y el garum

El estudio de los lugares donde se llevaba a cabo el procesamiento del pescado para su salazón o elaboración de salsas forma parte importante de la Arqueología de la Alimentación. Estos trabajos requieren el concurso de arqueozoólogos y otros expertos que analicen los restos de paleofauna y sedimentos de diferente naturaleza que se encuentran en las instalaciones relacionadas con estos procesos productivos. 

En época romana la salazón de pescado (salsamentum) constituyó una industria muy desarrollada. El pescado era eviscerado y cortado en trozos con cortes para la penetración de la sal y colocado en grandes cubas, donde se mezclaba con la sal. Tras veinte días de maceración, se retiraba y se introducía en ánforas para su exportación.

Más importante aún fue el garum, una salsa que se elaboraba con las partes blandas de grandes especies como los túnidos y a la que podían añadirse peces más pequeños. Se obtenía depositando los restos de pescado en piletas con sal, a razón de una parte de sal por ocho de pescado, también se conseguía introduciendo los restos en una salmuera bien concentrada. 

Era necesaria su exposición al calor solar durante al menos dos meses removiéndola diariamente, o se transportaba en marmitas a una sala caliente, sobre hipocaustum, para activar la evaporación de la salmuera. Luego se dejaba enfriar y el último paso era colar el producto con un saco o cesta de mimbre hasta obtener una pasta clara. El líquido restante del filtrado del garum se aprovechaba para hacer otras salsas de menor calidad y precio: hallec, muria y liquamen. Hallec, muria y liquamen son productos derivados de la elaboración del garum, la famosa salsa de pescado fermentado de la Antigua Roma. Eran fundamentales en la dieta romana para potenciar sabores (umami), diferenciándose principalmente por su textura, calidad y proceso de filtrado de las vísceras y pescados en salazón. Todos estos productos se vertían en ánforas para su transporte.

Para establecer las factorías se requerían tres condiciones: una zona pesquera en la que se encuentren las especies consumidas, proximidad a una corriente de agua dulce y a unas salinas.

La estructura y funcionamiento de todas las industrias de salazón son similares, constan de una gran entrada por la que se introducía el pescado, una sala de preparación donde se destripaba y cortaba y varias salas al aire libre con grandes cubas de mortero donde se maceraba el pescado. También existían diferentes salas para almacenar las ánforas de transporte.


Algunos conceptos de interés
  • Copela: Recipiente poroso realizado con cenizas y cal empleado para separar los metales preciosos de metal a base.
  • Crisol: Recipiente resistente a la acción del fuego que se emplea para fundir alguna materia. 
  • Filón: Cuerpo mineralizado de forma tabular y discordante con la roca en la que se  encaja. Suele presentar una fuerte inclinación, ya que se forma por precipitación de  compuestos minerales en oquedades y fracturas preexistentes en la roca.
  • Garum  Una salsa que se elaboraba con las partes blandas (intestinos, hipogastrios, gargantas, fauces, etc.) de grandes especies como los túnidos —la más apreciada— y a la que podían añadirse peces enteros de menor tamaño. Podía obtenerse depositando los restos de pescado en piletas con sal, a razón de una parte de sal por ocho de pescado, aunque también se conseguía introduciendo los restos  de  pescado  en  una  salmuera  bien  concentrada.  En  todos  los  casos,  era  necesaria  su exposición al calor solar durante al menos dos meses, removiéndola diariamente, o bien, si se quería  acelerar  su  elaboración,  se  transportaba  en  marmitas  a  una  sala  caliente,  sobre hipocaustum, donde se activaba la evaporación de la salmuera. Luego se dejaba enfriar y el último paso era colar el producto obtenido con un saco o cesta de mimbre hasta obtener una pasta clara.  Pese a lo que se ha expuesto en muchas ocasiones, el garum no es producto de una putrefacción, sino que se trata de una autodigestión, una autólisis producida por las diastasas del pescado en presencia de un inhibidor bacteriano, la sal. 
  • [Liquamen] (o garum líquido): Es la salsa líquida, clara y filtrada, resultante de la fermentación y autólisis de las vísceras y sangre de pescados (especialmente atún) con sal. Era el producto refinado y más costoso.
  • [Muria]: Originalmente designaba el líquido obtenido durante la elaboración de salazones (salmuera). Con el tiempo, se usó como sinónimo de garum o para referirse específicamente a una salsa más modesta hecha con pequeños peces, como la anchoa (maena).
  • [Hallec] (o allec): Es la pasta o residuo sólido que quedaba tras filtrar el liquamen. Era un subproducto de menor calidad y precio, consumido a menudo por las clases bajas o esclavos, aunque existían versiones refinadas.
  • Salsamentun: pescado en salazón
  • Laboreo: Trabajo de extracción de los minerales tanto a cielo abierto como en  explotación subterránea
  • Publicanos Sociedades con participación de capitales de particulares que percibían beneficios derivados del arrendamiento de servicios al Estado romano (cobro de impuestos, explotación de minas o de otros monopolios estatales, obras públicas, etc.). Jerarquizadas de manera semejante a las equivalentes modernas, contaban con una oficina central en Roma, a cuyo frente se hallaba el jefe de la sociedad y disponían de una sucursal en cada provincia donde estuvieran operando.

ARQUEOLOGÍA DE LA MUERTE EN EL MUNDO ROMANO

INTRODUCCIÓN

Morir con dignidad y mantenerse vivo en la memoria colectiva era un hecho de extraordinaria importancia para los romanos. La cultura material relacionada con la esfera funeraria es el reflejo de las creencias y actos que los romanos tuvieron ante la muerte. Para interpretar estos restos es necesario partir del concepto y normativa que rodean el acto fúnebre en todas sus perspectivas, por lo que dedicaremos unas breves notas al concepto de la muerte en la Roma antigua.

Es importante transmitir el estado actual de la cuestión de las investigaciones en Arqueología funeraria aplicadas al mundo romano, que marcan el interés en la restitución del paisaje funerario para mostrar la ritualidad gestual que nos transmiten las fuentes y el tratamiento de los restos y la disposición y consistencia de los ajuares.

También es importante el estudio de las fórmulas estructurales funerarias conocidas, con sus consiguientes implicaciones sociales y económicas, y por último un repaso sobre los funerales de los emperadores


LA MUERTE EN ROMA Y SU ANÁLISIS ARQUEOLÓGICO

El concepto de la muerte en la cultura romana

Como en cualquier otra cultura mediterránea antigua, la idea de la muerte y su condición de acontecimiento inexorable marcó el pensamiento del hombre romano y de ello queda muestra visible tanto en el testimonio escrito, el pensamiento religioso y el ordenamiento jurídico, como en numerosas parcelas de la cultura material. 

La mentalidad romana necesitaba asegurarse el tránsito mediante la realización de un ritual regulado por la costumbre y el derecho. La inquietud ante lo desconocido encuentra consuelo en el rito, la disposición del lugar funerario y el mantenimiento de la memoria entre los vivos. 

Esto se orienta a la conservación de la individualidad en el Más Allá. De manera recurrente se acude a buscar la protección de los dioses o la realización de un ritual purificador, que ligan estrechamente religión y mundo funerario. Se aseguraba la protección del difunto por los dioses del otro lado y sosiego de la incertidumbre por parte de los que quedaban en este lado.

Se buscaba el descanso del alma del difunto y que no se volviera contra los impíos, ya que se creía que las almas seguían vivas en el inframundo bajo la forma de los manes. Por el contrario los espíritus de los difuntos insepultos (lémures) vagaban entre los vivos asustándoles.

La tumba se concibe como la morada perpetua y como un monumento a la memoria, ya que era importante para los romanos no caer en el olvido entre sus allegados y amigos. Es uno de los motivos por el que surgieron los collegia funeraticia una especie de asociaciones funerarias que congregaban a individuos de determinados oficios o de una determinada condición social, y mediante el pago de una cuota, se aseguraban un lugar de enterramiento y el mantenimiento periódico de los ritos post mortem.

Para las clases privilegiadas, la tumba fue también una fórmula de ostentación de su riqueza.

El pensamiento filosófico analiza actitudes y conceptos que manifiestan que hubo voces en contra de la tradición y la superstición. Las escuelas epicúrea y estoica mantienen un cierto escepticismo. La primera se enfrenta al momento final intentando despojarlo de supersticiones e instando a eliminar el miedo a la muerte, con la consideración de que el alma moría con el cuerpo como culminación natural de un proceso biológico. El pensamiento estoico llegará a negar la existencia de un Más Allá. Opuesto a estas dos posturas filosóficas es el cristianismo, que defendía la vida después de la muerte y basaba parte de su pensamiento en la existencia de un plan de salvación colectivo. 

Una tercera vía de acercamiento a la consideración de la muerte en Roma viene dada por el ordenamiento legal. Es conocida la prohibición que figura en la Ley de las XII Tablas sobre la realización de enterramientos dentro de los recintos urbanos. También regula el ordenamiento jurídico el carácter individual de la propiedad de la tumba, prohibiendo su uso, disposición o venta a los herederos quienes, deben hacerse cargo de sus cuidados y mantenimiento. El incumplimiento de estas normas se penaba con multas, algunas de las cuales eran impuestas por el mismo difunto en su testamento, y que se orientaban a penalizar el empleo de la tumba por quien no tuviera derecho a ello o por actuar en contra de la voluntad expresa del difunto.

La Arqueología de la Muerte en el mundo romano

La Arqueología de la Muerte en la zona occidental del Imperio viene siendo objeto de un particular interés investigador en la última década. Está en proceso de renovación, gracias al aumento de los trabajos de campo y al intercambio y discusión teórica en los últimos años. 

Destacan los grandes proyectos de Arqueología preventiva que han sacado a la luz importantes espacios funerarios, permitiendo poner en práctica novedosas aplicaciones de análisis antropológicos y de la Arqueología de la Muerte sobre grandes superficies excavadas.

La Arqueología de la Muerte en el mundo romano se está beneficiando también de la renovación de las aproximaciones teóricas que se realizan desde la Historia de las Religiones y que pretenden definir los objetivos y los métodos de trabajo de una Arqueología del ritual. 

La investigación arqueológica posibilita la captación de comportamientos y actitudes gestuales que han dejado su huella en el registro arqueológico, completando y enriqueciendo las informaciones transmitidas por los testimonios escritos. Las reglas rituales testimoniadas por las necrópolis permiten entender mejor el estatuto de los textos épicos o normativos, confirmando o relativizando la información que éstos proporcionan.

No es fácil restituir gestos a partir de restos materiales, pero es evidente que tras ellos existe una intencionalidad que trasluce una creencia personal o una concepción religiosa. En este sentido pueden interpretarse los restos de fauna que a menudo se encuentran en las necrópolis romanas. Son esqueletos de animales, depositados junto al cadáver o asociados a los niveles de ocupación contemporáneos al uso de la necrópolis. También se hallan restos de alimentos consumidos por los vivos en el momento de la cremación o en sus visitas periódicas a la tumba. Estos restos tanto animales como vegetales pueden ser concebidos como ofrendas en homenaje al difunto.

En el ámbito de la antropología funeraria hay importantes avances. En las inhumaciones se analiza el cadáver en sentido global, teniendo en cuenta desde su postura y todos los detalles de la deposición, hasta el análisis paleopatológico que desvelará las causas de la muerte y sus condiciones físicas en vida. Estos análisis describen la calidad de vida de las poblaciones antiguas y muestran patologías específicas ligadas a determinadas condiciones económicas o al desarrollo de prácticas concretas. 

EL PAISAJE FUNERARIO

Uno de los aspectos que más contribuyen a perfilar el paisaje funerario romano es la situación de las necrópolis fuera del recinto urbano, como establece la Ley de la XII Tablas, que prohíbe la realización de enterramientos en el interior del pomerium. De esta prohibición quedaban exentos los niños fallecidos antes de los cuarenta días de vida, que podían inhumarse en el interior de las casas. Esta norma condiciona la disposición de las tumbas fuera de las ciudades, alineándose a ambos lados de las vías de salida y entrada de la ciudad, aunque algunos se enterraban en sus propios fundi.

El paisaje funerario romano está conformado por verdaderas “vías mortuorias” dispuestas en las márgenes de los caminos, que se convierten en una auténtica columna vertebral del espacio cementerial. También las necrópolis se podían situar en vías construidas a tal efecto.

Estos cementerios extraurbanos solían presentar un carácter variopinto por cuanto convivían en ellos enterramientos de muy diversas tipologías y dimensiones. Naturalmente, la opción de una modalidad u otra de estructura funeraria está condicionada por la capacidad económica del individuo. El tamaño de las tumbas es un rasgo interesante ya que es sumamente variable de unos lugares a otros en función del precio del suelo.

El crecimiento de las necrópolis a partir del pomerium y de la vía suele proporcionar una estratigrafía horizontal, por lo que los enterramientos más cercanos a las murallas y a la vía son los más antiguos. 

Aunque también se puede pensar que dado el elevado precio del terreno funerario, la proximidad al núcleo urbano lo encarecería.

Por último un ingrediente más del paisaje es la delimitación del especio funerario. La imposición del límite se da por el carácter de lugares religiosos que poseen las zonas funerarias, pero también en la propiedad privada del terreno fúnebre. Existen diversos elementos para marcar la delimitación de las tumbas que varían según las épocas, lugares y formas monumentales adoptadas. Los sistemas más comunes fueron los cipos de límite, que eran como una estela redondeada. Podían estar asociados o no a un recinto murado o cerramiento. Se disponían en las extremidades frontales o en los cuatro ángulos. Los cerramientos pudieron tener carácter familiar o pertenecer a un collegium funeraticium.

EL RITUAL Y LOS AJUARES

La palabra latina funus define el conjunto de todos los ritos funerarios que culminaban con el sepelio, cuya práctica aseguraba el tránsito feliz al Más Allá e impedía la condena del alma a vagar por la tierra bajo la forma de un fantasma maligno. Existen una serie de ceremonias comunes e imprescindibles para asegurar la inmortalidad y mantener la memoria del fallecido.

Las primeras ceremonias se llevaban a cabo en la propia casa y comienzan en el momento de la muerte, cuando se deposita el cadáver en la tierra cerrando así el ciclo iniciado con el nacimiento, momento en el que se efectuaba la misma acción. Tras algunos gestos de piedad comenzaba la ceremonia principal o velatorio, durante esta velada los presentes gritan el nombre del difunto repetidamente para comprobar su ausencia, denominado conclamatio; se colocaba una moneda en la boca para pagar al barquero Caronte el paso de la laguna, finalmente se expone el cadáver en el atrio de la domus sobre el lectus funebris donde era homenajeado y obsequiado con flores y coronas.

Luego se realizaba la pompa o procesión fúnebre se celebraba de noche hasta el lugar del entierro. En personas adineradas era una auténtica ostentación de su riqueza, por lo que se promulgaron leyes para limitarla.

Al retorno del funeral los parientes se someten a rituales de purificación con fuego y agua y comienzan las celebraciones destinadas a mantener la memoria del difunto y que se realizan en la propia casa o en la tumba con el banquete fúnebre.

Estas ceremonias duraban nueve días e incluía el banquete ritual (silicernium) en el que se hacía participar al muerto, ofreciéndole alimentos y bebidas (libationes) y se repetía después el día del cumpleaños del difunto o días establecidos para ello.

La cremación y la inhumación son los dos rituales característicos, si bien en determinados momentos predomina uno sobre el otro. 

Para llevar a cabo la cremación existían dos fórmulas diferentes, el bustum y el ustrinum. El primero, la cremación directa que se lleva a cabo en el mismo lugar de la sepultura, es característico de las clases más humildes; el ustrinum consiste en un simple agujero u oquedad o en una construcción destinada a la cremación situados en lugares específicos de las necrópolis. Tras la cremación, las cenizas se trasladaban a una urna que se depositaba en la tumba.

A finales del siglo I d.C. y en el s. II, la inhumación reemplaza de forma progresiva a la cremación y la sustituye definitivamente en los siglo III y IV.

Cualquiera que fuera el rito elegido, se realizaban ofrendas que podían arrojarse al fuego o depositarse junto a las cenizas, son vasos cerámicos que contenían alimentos, ungüentarios de vidrio destinados a aceites, lucernas que simbolizan la luz como signo de supervivencia, divinidades protectoras en bronce o terracota, monedas para el pago del viaje al Más Allá y clavos de bronce interpretándose estos como pertenecientes a los ataúdes de madera, pero que su aparición en enterramientos infantiles en ánforas permite intuir un valor profiláctico.

En el ritual funerario de los cristianos del Bajo Imperio, se sabe de la prohibición de los cánticos funerarios, sustituidos por salmos en los que se habla del perdón y de la muerte como liberación. 

En el ritual de época paleocristiana se comienza por el lavado del cadáver y se amortaja. Se traslada al cadáver en compañía de un cortejo formado por familiares y personas de la comunidad vestidos de negro que entonan salmos y oraciones. En el momento del enterramiento se lleva a cabo el rito de purificación del cadáver con agua, se le disponía orientado con la cabeza hacia el occidente. Los funerales terminan con un banquete ritual que se lleva a cabo el noveno día estando claramente entroncado con la tradición pagana. Las mujeres de la familia siguen de luto para guardar la memoria aunque los actos funerarios hayan terminado.

NECRÓPOLIS Y MONUMENTOS FUNERARIOS

La posesión de un locus sepulturae se podía obtener por diversas vías legales: compra a la ciudad, compraventa, donación o concesión entre particulares, admisión en una tumba privada, pertenencia a un collegium funeraticium, munificencia pública o privada y donación honorífica por parte del ordo decurionum.

La prohibición de enterrar en la ciudad era una norma que se imponía en todas la ciudades del Imperio, por razones tanto legales como de carácter higiénico y de seguridad ante los incendios provocados por las incineraciones.

En algunos lugares se constatan necrópolis ocupadas de forma temporal y que se trasladan a otros lugares con el paso del tiempo.

Aunque la utilidad de los enterramientos era albergar a los difuntos, para las clases altas eran lugares de ostentación y de auto-representación, que se manifiestan en la grandiosidad del edificio, en el esplendor de la decoración y la elección del lugar.

Hay una gran diversidad de monumentos funerarios en el mundo romano que depende de las tradiciones, ritos funerarios, posición social del difunto o simplemente de la moda. La importancia dada a esta última morada en el mundo romano se manifiesta en la constitución de los denominados colegios funerarios que aseguraban, tras el pago de una cotización, un lugar en el cementerio.

Tumbas y monumentos menores

En el estudio de las tumbas hay que distinguir dos zonas diferentes, por un lado el lugar que alberga el cadáver en el subsuelo y por otro, el monumento visible que señalaba el enterramiento.

Por lo que se refiere a la parte subterránea, el tipo más simple es la sepultura directa en la tierra, fosa excavada o en un pozo. 

El receptáculo donde se introducía el cadáver podía ser de distintos tipos, cuando es una incineración se utiliza la urna cineraria que puede ser de cerámica, mármol o vidrio.

En el caso de la inhumación existen diferentes tipos de sepulturas:

  • El ánfora, está rota por el cuello para poder introducir el cadáver y luego tapada por un fragmento de terracota.
  • El ataúd de madera que no suele conservarse, pero la presencia de clavos es indicio de su existencia.
  • La cista es una caja construida con tegulae, placas de cerámica o lajas de piedra de forma rectangular o cuadrada y con cubierta plana o a doble vertiente.
  • El sarcófago de plomo o piedra, liso o decorado.

Todas estas formas de enterramiento debían tener un símbolo exterior, por lo que se erigieron diversos tipos de monumentos. Los que se detallan a continuación son monumentos menores que constan de una forma arquitectónica, campo epigráfico con inscripciones que recuerdan al difunto y decoraciones alusivas.

  • Placa. Monumento plano de forma cuadrada o rectangular que sirve para señalar un emplazamiento funerario o que se coloca sobre el nicho de los columbarios.
Placa
  • Cipo. Bloque pétreo, de forma cilíndrica o prismática y que suele estar decorado en una de las caras, donde se halla la inscripción.
Cipo
  • Estela. Es la forma evolucionada del cipo, es un bloque monolítico paralelepípedo, con diversos tipos de remate, triangular, semicircular o discoideo y que suele llevar inscripción y motivos decorativos.
Estela
  • Edículo templiforme. Representa la fachada de un templo in antis, con columnas o pilastras soportando los frontones.
    Edículo templiforme
  • Ara funeraria. Cuerpo cuadrangular con basa y rematado por una cabecera con los característicos pulvini y el focus para las ofrendas. A veces en el interior del altar se abre una cavidad (loculus) donde se deposita la urna.

Ara Funeraria
  • Cuppae. Son sillares que presentan una cara redondeada y que suelen encerrar las cenizas, presentan inscripción en el frente y orificio para las libaciones.

Cuppae

Monumentos funerarios

La monumentalización de los ámbitos funerarios es la consecuencia de la intención de perpetuar el recuerdo, si tenemos en cuenta que la palabra monumento viene del griego mimnesko, ,mnemo que significa recordar, de donde pasa al latín monumentum aplicada a los edificios de carácter funerario.

Podemos definir la monumentalización como el proceso de construcción de edificios en piedra u otros materiales sólidos con el objeto de perpetuar la memoria de quienes los edifican.

Los monumentos funerarios son construcciones de prestigio y auto-representación social destinadas a la exaltación del difunto y de la memoria del mismo en la sociedad, a la vez que recuerdan valores esenciales como la virtus, la pietas y el honor del difunto.

  • Época republicana

Las tumbas de Roma de los siglo IV y III a.C. han sido destruidas, solo se conserva la Tumba de los Escipiones. Excavada en el tufo tiene una sola fachada arquitectónica con una puerta abovedada que da a un vestíbulo que desemboca en una serie de galerías ordenadas de forma ortogonal inscritas en un espacio cuadrado.

Las transformaciones sociales del siglo II a.C. tienen su reflejo en las manifestaciones ante la muerte, de manera que la igualdad existente en las costumbres funerarias, a excepción de las clases dirigentes, desaparece en función de una exhibición de fortuna y rango. Los restos son escasos pero se puede analizar en la ciudad de Roma el monumento de Ser. Sulpicius Galba constituido por un cubo formado por cuatro hiladas de tufo que apoya en un zócalo y que ha perdido la parte superior. En el centro se sitúa el epitafio con relieves que representan las fasces de un lictor y una silla curul bajo la inscripción. 

Monumento de Ser. Sulpicius Galba

Los romanos, y en especial los políticos, estaban fascinados por el culto a la personalidad, que a partir del siglo II a. C. comenzó a desempeñar un papel fundamental en la cultura y la sociedad de la época, traduciéndose en celebraciones individuales mediante obras públicas y tumbas monumentales a lo largo de las principales vías públicas, incluso dentro de las ciudades. Esta tendencia alcanzaría su apogeo en la época de César y Pompeyo, y se reduciría parcialmente durante la época de Augusto.

Aunque falta la parte superior de la escultura, es evidente que la figura representada está sentada, vistiendo una fina toga y, en definitiva, posando a la manera griega, de acuerdo con una actitud cultural y psicológica específica que se extendió por la sociedad romana a partir del siglo II a. C., fruto de la inevitable fascinación por esa luxuria asiática –como la define Paul Zanker– resultante del contacto con el Oriente helenístico en la época de la conquista romana del Mediterráneo.

La importancia del descubrimiento de la tumba de Sulpicio Galba radica más en su valor simbólico y cultural en relación con la época en que fue concebida que en su composición estructural.

La estructura en sí está casi completamente perdida y de hecho, según el estudio de Ferrea, comparando los dibujos antes y después del desmantelamiento, parece que se ensamblaron piezas irrelevantes.

Sin embargo, cabe afirmar que la tumba tenía una sección superior, configurada como un naiskos , o "pequeño templo", con una forma que en el mundo romano se asemeja más a la de un santuario. Por lo tanto, conviene imaginar el bloque cúbico con el epígrafe y las fasces como un podio monumental que sostiene el elemento arquitectónico más significativo, es decir, el santuario con la imagen del difunto.

 Monumento de Ser. Sulpicius Galba

Además de estos monumentos en el siglo I a.C. se constata la aparición de otros colectivos construidos por libertos que con su edificación hacen gala de su nueva situación jurídica.

  • Época imperial

Al final de la época republicana y el inicio de época augustea aparecen nuevos monumentos funerarios:

  • El altar funerario es el tipo más simple, su origen se encuentra en los grandes sarcófagos helenísticos de la Magna Grecia. La tumba-altar consta de una base, un cuerpo de forma cuadrangular generalmente rematado por un friso dórico y una cornisa que da paso a la mesa de altar con los característicos pulvini.
En Italia en época augustea aumenta el tamaño de la cámara sepulcral, el friso dórico se sustituye por otro de carácter vegetal y se incorporan elementos decorativos como las acroteras y los merlones.
  • Las tumbas de edículo sobre pódium son las más representativas de la arquitectura funeraria romana. Su éxito radica en la facilidad para exhibir las esculturas, por lo que es uno de los preferidos de las clases más ricas. Están constituidas por dos elementos superpuestos: un alto pódium con pilastras o columnas adosadas que sostiene un edículo en forma de naïskos, un pabellón circular o un nicho próstilo que alberga esculturas de los difuntos.


Los edificios con tholos en el piso superior son los que adquieren mayor difusión en Italia. 

Presentan un pódium sobre el que se dispone una construcción redonda monóptera y en los espacios que dejan libres las columnas están ocupados por las esculturas.

Durante los años 30-20 a.C. el pistor redemptor Eurisaces se hizo construir en Roma un curioso edificio que, a pesar de las apariencias, es relativamente canónico, ya que se compone de un pódium y un naïskos. Este edificio se considera un importante hito en la historia de la arquitectura funeraria, no por su estructura formal, sino por la exhibición de las actividades que han enriquecido al propietario y le han procurado el ascenso social.

  • Los tumuli de época romana se consideran derivados de los etruscos, si bien no debe olvidarse la influencia de los túmulos reales helenísticos. Está constituido por una cámara funeraria recubierta de tierra. Las urnas se depositan en el interior de las cámaras o directamente bajo el túmulo. El revestimiento del anillo pétreo que rodea el túmulo construido en opus caementicium se realizaba con opus quadratum, y en algunos casos recibe decoración.
  • Los monumentos funerarios en forma de exedra son construcciones de forma semicircular, que cuando están provistos de un banco se denominan scholae. En Grecia se situaban en las ágoras, gimnasios y santuarios como zonas de descanso y meditación. 

En Italia son auténticas tumbas, que alojan las urnas en el muro cóncavo y a las que se accedía por medio de una escalera que da acceso a un espacio semicircular enlosado rodeado por el muro.

  • Las pirámides son un tipo de monumento funerario de carácter exótico, del cual no se puede saber su génesis e historia pues los restos que se conversan son aislados. En Roma se conserva la pirámide de Cayo Cestius, aunque existían otras tres.

En la segunda mitad del siglo I d.C. se modifican los usos funerarios. Se da más importancia a la pertenencia a una categoría social que a la individualidad. Se retoma la moda de enterrar a los miembros de una misma familia en un edificio con todos los elementos arquitectónicos para celebrar los rituales periódicos por lo que se hace muy importante el recinto cercado por muros. 

A finales del siglo I d.C. y sobre todo durante el siglo II d.C. aparecen las tumbas-templo o monumentos naomorfos que tiene apariencia de templo en su fachada principal o en todo el edificio, en cuyo caso se articulan en pronaos y cella.

Otros edificios más simples reproducen el esquema de una casa y se denominan tumbas de cámara. Construidas con ladrillos y cubiertas por bóveda o tejado a doble pendiente, en su interior hay una única cámara en la que se abren nichos para las urnas o arcosolios para los sarcófagos. 

Tumba Templo

A finales del siglo II y III las tumbas de cámara de Ostia dejan de ser construcciones aisladas y se edifican en bloques de tres o cuatro. Otra característica de esta época tardía es la desaparición de los triclinios y hogares lo que implica una pérdida de importancia de los rituales relacionados con los banquetes.

Los columbarios constan de una gran sala abovedada, semi-subterránea a la que se desciende por una escalera y en cuyas paredes hay pequeños nichos (loculi) de forma cuadrada, semicircular o rectangular donde se depositaban las urnas funerarias. Encima de los nichos una pequeña placa nos informa del nombre, edad y condición del difunto. Son enterramientos múltiples y modestos, cuya estructura recuerda a un palomar de ahí su nombre. Aparecen en Roma a mediados del siglo I a.C.

Columbario

Necrópolis y monumentos funerarios cristianos

En el siglo I d.C. no se constata ninguna necrópolis cristiana, pocas en el siglo II, ya en el siglo III adquieren extensión y la mayor parte son del siglo IV. En los primeros siglos las estructuras funerarias no se distinguen de las de los paganos y los cementerios pueden ser a cielo abierto. 

También aparecen inhumaciones bajo tierra en hipogeos y tumbas de cámara heredadas del mundo pagano. Las formas de enterramiento son variadas, como la deposición en la tierra, cubierta con lajas de piedra o ladrillo a doble vertiente, ánforas y sarcófagos en mármol para las clases altas y en madera o plomo.

  •  Catacumbas

En el mundo paleocristiano una forma de necrópolis son las catacumbas que se encuentran en las afueras de Roma, y también en Nápoles, Siracusa, Hadrumentum en África y la isla de Milo.

Aunque se han considerado lugar de refugio de los cristianos frente a las persecuciones, la realidad es que fueron exclusivamente áreas destinadas a la sepultura y al culto funerario de los miembros de las primeras comunidades.

Se caracterizan por los largos corredores subterráneos a lo largo de cuyas paredes se situaban las tumbas (loculi o arcolosia) y en ocasiones estos pasillos daban acceso a estancias de planta cuadrada o rectangular (cubicula) destinadas a familias o asociaciones. 

Los loculi se disponían en varias filas y las galerías podían estar superpuestas formando una red de corredores y cámaras sepulcrales.

Nacen a finales del siglo II d.C. y en su creación se conjugan una serie de hechos como el crecimiento de la comunidad, la conciencia de constituir un colectivo solidario, la disposición de lugares propios para la celebración de rituales y sobre todo poder garantizar una sepultura cristiana incluso a los más desfavorecidos. También por motivos económicos, como el encarecimiento del suelo por la necesidad de mayor espacio para la práctica de la inhumación.

En las zonas cercanas a las catacumbas se encuentran hipogeos familiares de mayor monumentalidad relacionados con los fundadores de las áreas funerarias, de clase elevada, convertidos al cristianismo y que cedían los terrenos o los medios para sufragarlo.

En la segunda mitad del siglo III, que se conoce como “la pequeña paz de la iglesia” hay un aumento de cristianos y de su capacidad organizativa, aumentan las áreas de cementerios bien ampliando las catacumbas existentes, bien creando otras nuevas. 

La segunda mitad del siglo III e inicios del siglo IV es también la época de mayor difusión de las catacumbas con plano de espina de pez. En esta época se registra un aumento de sepulturas monumentales como los arcosolios y grandes nichos y también los cubicula son de mayores proporciones, cubiertos con bóveda de cañón e iluminados con grandes lucernarios y arcosolios en las paredes.

El siglo IV supone un aumento importante de los espacios ocupados por las catacumbas, paralelo a las condiciones más favorables del cristianismo que tienen como consecuencia un aumento del número de adeptos. De la misma época hay sectores con tumbas de carácter monumental de clases elevadas, que consisten en cubículos con pinturas que albergan sarcófagos de mármol decorados. 

En las zonas más pobres de las catacumbas continúa la utilización de loculi de dimensiones cada vez más reducidas para permitir un mayor aprovechamiento del espacio.

En la argamasa que cierra los loculi se fijan pequeños objetos de índole personal que individualizan la tumba y sirven como pequeños adornos. Aunque parece ser también un arte alternativo que intenta emular la decoración de los cubículos de los cristianos de clase alta. Además de su función decorativa es posible que también tuviesen un papel esencial en los rituales funerarios.

El concepto de ajuar sufre un importante cambio simbólico ya que los objetos que se guardaban en el interior del sepulcro individual, pasan al exterior con lo que se ponen a disposición de toda la comunidad.

En la segunda mitad del siglo IV no se amplían o crean áreas catacumbales y muchas de las sepulturas se realizan en las basílicas edificadas a mediados de siglo como San Pedro, San Sebastián, Santa Inés y San Lorenzo. Esta costumbre hizo que se abandonara paulatinamente los enterramientos en catacumbas.

En los siglos V y VI las catacumbas solamente se visitaban por motivos de devoción, centrándose en las áreas martiriales, convertidas en santuarios, lo que propició la restauración y la creación de itinera ad sanctos que eran los caminos seguidos por los devotos.

Catacumbas
  • Martyria

Las tumbas de los mártires comienzan en época de Constantino un proceso de monumentalización, que en esta primera época solo afecta a la creación de accesos, construcción de mesas o espacios anteriores o posteriores a la tumba.

En época del pontificado de Dámaso (366-384) se desarrolla el denominado “culto a los santos” que se oficializa en un intento de control de la devoción popular. Se reestructuran los sepulcros y los recintos, hay que destacar la inclusión de ampulosas inscripciones marmóreas colocadas sobre frontispicios arquitectónicos apoyadas en una de las paredes del sepulcro y revestidas de mármol las restantes. Junto a las tumbas se situaron mensae donde depositaban las ofrendas.

En el periodo damasiano se construyen itinerarios dentro de las catacumbas que conducen a las tumbas de los mártires, convertidas en auténticos santuarios. 

Esta veneración a los mártires tuvo como consecuencia la ampliación de las zonas de las catacumbas situadas en las proximidades de las tumbas ya que los fieles querían ser enterrados junto a los sepulcros venerados.

También se crean áreas denominadas retro sanctos situadas en las cercanías y a espaldas de los sepulcros venerados y que son utilizados por individuos de condición particularmente elevada. En otros casos las condiciones sociales de los difuntos no permitían enterrarse en las zonas retro sanctos y por ello se idearon profundos pozos para enterramientos múltiples excavados en las cercanías de las tumbas martiriales.

Martyria

LOS MAUSOLEOS IMPERIALES Y LA APOTEOSIS

Aunque en muchos casos participan de los modelos arquitectónicos ya mencionados, es imprescindible dedicar un apartado a los monumentos funerarios imperiales y a los rituales funerarios de los emperadores muertos (funus imperatorum)

Los mausoleos imperiales de Roma son una de las mayores expresiones del poder y la eternidad de los emperadores que dominaron el mundo antiguo. Durante los dos primeros siglos del Imperio, la mayoría de los emperadores romanos fueron enterrados en tres monumentos emblemáticos de la capital:

Las tumbas de los emperadores romanos más destacadas se encuentran principalmente en Roma, destacando el Mausoleo de Augusto (dinastía Julio-Claudia) y el Mausoleo de Adriano (actual Castillo Sant'Angelo). Muchos emperadores orientales fueron enterrados en la Iglesia de los Santos Apóstoles en Constantinopla. La mayoría fueron cremados inicialmente, pasando luego a sarcófagos. 

El Mausoleo de Augusto era una gran construcción funeraria de forma cilíndrica, con un diámetro de 87 m. y una altura de 45 m. Su interior estaba formado por una serie de muros concéntricos. En el último muro cilíndrico se encontraban los nichos donde se depositaron las cenizas de los miembros de la familia imperial.  En el centro del Mausoleo, un gran pilar contenía el nicho donde se guardaban las cenizas de Augusto, el primer emperador de Roma.

MAUSOLEO DE AUGUSTO

El Mausoleo de Augusto fue la tumba circular más grande del Imperio romano, si no del mundo antiguo. Fue construida en el 29 a.C. en el Campo de Marte, a las afueras de Roma. En su construcción se siguió el modelo de las grandes tumbas helenísticas, siendo probable que se inspirara en la tumba de Alejandro Magno, tras la estancia de Octaviano en Alejandría. Su propio nombre proviene del mausoleo de Caria, en Halicarnaso, considerado una de las maravillas del mundo antiguo.

El Mausoleo de Augusto era una gran construcción funeraria de forma cilíndrica, con un diámetro de 87 m. y una altura de 45 m. Su interior estaba formado por una serie de muros concéntricos. En el último muro cilíndrico se encontraban los nichos donde se depositaron las cenizas de los miembros de la familia imperial.  En el centro del Mausoleo, un gran pilar contenía el nicho donde se guardaban las cenizas de Augusto, el primer emperador de Roma.

El acceso al Mausoleo se realizaba por el lado sur. Se encontraba flanqueado por dos obeliscos de granito rojo egipcio, procedentes de Asuán. Estos obeliscos se conservan en la actualidad en diferentes puntos de la ciudad, uno en frente de la iglesia de Santa María la Mayor, y el segundo está integrado en la Fuente del Caballo en la Plaza del Quirinal.

Mausoleo de Augusto

MAUSOLEO DE ADRIANO

El mausoleo de Adriano, más conocido como el Castel Sant’Angelo, fue construido por el arquitecto Demetriano para acoger los restos del emperador Adriano y su familia. Su construcción se inició en el 135 d.C. y se finalizó cuatro años después, en tiempos de Antonino Pío.

El mausoleo de Adriano debe su nombre actual al papa Gregorio I. En el año 590 d.C. una gran epidemia asoló la ciudad, hasta que el Papa vió al arcángel San Miguel envainar su espada en lo alto del mausoleo. Esta visión se interpretó como el fin de la epidemia. En conmemoración de este suceso, se levantó una estatua del arcángel sobre lo alto del edificio. Originariamente, el mausoleo estaba coronado por una escultura en bronce del emperador Adriano sobre una cuadriga. Desde 1753 se conserva una  estatua del arcángel, obra del escultor Pierre van Verschaffelt sobre un dibujo de Bernini.

En la primera planta del mausoleo se depositaron las cenizas del emperador Adriano y su esposa Vibia Sabina. También se encuentran enterrados en el mismo, su primer hijo adoptivo, Lucio Aelio Vero, y los emperadores Antonino Pío y su esposa Faustina la Mayor, Marco Aurelio, Cómodo, Septimio Severo y su esposa Julia Domna, y sus hijos Geta y Caracalla.

El mausoleo de Adriano consta de cinco plantas, a las que se accede a través de una rampa en espiral. Algunas de sus estancias están decoradas con frescos renacentistas, creados cuando se convirtió en residencia papal. En el siglo V d.C. el mausoleo se convirtió en una fortaleza militar, integrada en la Muralla Aureliana. En el 1277 se construyó un corredor fortificado, el passetto, que unía el Vaticano con el Castelo Sant’Angelo, siendo utilizado como refugio o vía de escape.

Mausoleo de Adriano

El funus imperatorum

Herodiano es la fuente esencial para el conocimiento de los funerales imperiales, en su libro Historia Romana (240 d.C.) hace una larga descripción del tema.

Aunque cada emperador dejaba escritos sus mandata de funere, es decir, la normativa para sus funerales, hay una serie de características generales que hasta el siglo IV d.C. son prácticamente idénticas.

Las ceremonias comenzaban con la translatio o procesión del cadáver hasta la pira funeraria en el Campo Marcio, por la ruta de la Via Sacra desde la residencia imperial en el Palatino hasta los Rostra en el Foro y después hasta el Campo Marcio. 

En la procesión fúnebre abren el cortejo los músicos con instrumentos como las tubae, el lituus y los cornua, también hay canciones entonadas por un coro que sustituye a las plañideras. El lecho fúnebre es transportado en un carro adornado con oro y marfiles, en cuyo interior va el cuerpo y una imago de cera.

Hay unos elementos exclusivos de los imperiales como la presencia del Senado, el ordo ecuestre, los sacerdotes, lictores, soldados, el pueblo y también la exhibición de objetos o símbolos.

La presencia del sucesor tras el lecho mortuorio es un gesto político de afirmación de la legitimidad sucesoria.

En las manifestaciones de duelo, lo más común es la renuncia voluntaria a objetos personales como joyas, insignias o alimentos que se arrojan a la pira.

El logus o pira se levantaba en el Campo Marcio y era una estructura de madera recubierta de telas doradas, marfiles y sustancias aromáticas que constaba de varios pisos, en los que se situaban las esculturas del emperador. También desfilaba una procesión de caballería y de carros sobre los que se instalaban imágenes de cera del emperador y de los generales más famosos. Cuando la acción del fuego destruía el logus surgía de la parte alta un águila que simbolizaba la admisión del difunto entre los dioses, tradición que se instaura en los funerales de Augusto.


Algunos conceptos de interés
  • Fasces: “Haz de varas” atadas con una correa roja y llevadas a hombres por los lictores que precedían a los magistrados romanos como símbolo de su poder.
  • Lectus funebris: Lecho donde se coloca el cuerpo del difunto para su exposición durante el velatorio.
  • Locus sepulturae: Lugar de enterramiento o lugar ocupado en la tumba.
  • Pulvini: “Cojinete” y se aplica a las protuberancias que, a modo de volutas, rematan en sus laterales la parte superior de las aras funerarias.