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miércoles, 24 de junio de 2026

FOTOGRAFÍA DIFUMINADA

Hay un momento en que todo cuanto pasa a tu lado vive en su propio y magnífico esplendor: el ala vibrante de un ave en vuelo, una procesión de nubes bordando el cielo, parejas de caballos junto al mar, ráfagas de viento que hinchan las velas, prendas dejadas bajo arbustos fragantes, el susurro de las ramas sobre aquel lugar de reposo en medio de la bruma suspendida de las tardes sofocantes. Momentos únicos, guardados en la memoria, fotogramas de un instante único, imperceptible para el resto, difuminados y olvidaos en un segundo.

El alma, ligera, contempla y registra todo ello, transformándolo en alimento para el pensamiento del corazón, en fresco vigor para los sentidos deslumbrados, y proyectando sombras carmesíes sobre los labios vueltos hacia arriba. Guarda en cada átomo los restos de la historia pasada, de los momentos vividos, cicatrices que rasgan el velo impoluto, manchas que crean un tapiz multicolor y eterno, único e irremplazable.

Vagaré por las calles hasta quedar rendida; sabré vivir sola y mirar directamente a los ojos de cada rostro que pase, sin dejarme alterar. Momentos únicos grabados en la memoria, fotogramas de un pasado reciente.Este frescor que sube hasta mis venas es un despertar que nunca sentí por la mañana con tanta verdad: simplemente me siento más fuerte que mi cuerpo, y un escalofrío más frío acompaña a la mañana.

No debemos olvidar que el cuerpo se marchita, que los amigos mueren, que todos te olvidan y que el final es la soledad; tampoco debemos olvidar que esos ancianos fueron jóvenes alguna vez, que una vida entera es fugaz y que un día tienes veinte años y al siguiente, ochenta. Me di cuenta muy pronto de que la vida pasa en un suspiro al observar a los adultos que me rodeaban: siempre apresurados, estresados ​​por los plazos, ávidos del momento presente para evitar pensar en el mañana. En realidad, tememos al mañana solo porque no sabemos construir el presente; y cuando no logramos construir el presente, nos engañamos pensando que podremos hacerlo mañana, solo para vernos burlados, pues el mañana siempre termina convirtiéndose en hoy. No sé si me explico bien. Por eso, no debemos olvidar en absoluto; necesitamos vivir con la certeza de que envejeceremos —y de que no será algo hermoso, agradable ni alegre— y seguir diciéndonos que lo que importa es el *ahora*: construir algo en el presente, a toda costa y con todas nuestras fuerzas. Debemos mantener presente la imagen de la residencia de ancianos para esforzarnos constantemente más allá de nuestros límites y hacer que cada día dure para siempre; para escalar nuestro propio Everest personal paso a paso, asegurándonos de que cada paso se convierta en un fragmento de eternidad. Para eso sirve el futuro: para construir el presente a través de proyectos de vida auténticos.

Atrás quedaron las mañanas de mis veinte años. Y mañana, veintiuno: mañana saldré a la calle; recuerdo cada piedra y las franjas de cielo. A partir de mañana, la gente volverá a verme, y caminaré erguida, capaz de detenerme y ver mi reflejo en los escaparates. Las mañanas de antaño... yo era joven y no lo sabía, ni sabía que era *yo* quien pasaba: una mujer, dueña de sí misma. La joven delgada que fui ha despertado de un llanto que duró años; ahora es como si aquel llanto nunca hubiera existido.

Y solo deseo colores. Lo único que quedará son colores. Manchas en una fotografía amarillenta, tonos difuminados, perdidos en la vorágine del tiempo Los colores no lloran; son como un despertar: mañana los colores volverán. Todos saldrán a la calle, cada cuerpo un color, incluso los niños.

Este cuerpo, vestido de rojo claro, recobrará la vida tras tanta palidez.
Sentiré las miradas deslizándose a mi alrededor y sabré que soy yo: al lanzar una mirada, me veré entre la gente. Cada nueva mañana, saldré a la calle en busca de colores.

Es el tiempo encantado del amor.

jueves, 18 de junio de 2026

EL CABALLERO

Todo pasa y todo cambia con el tiempo. Es inevitable. Pero la ciudad mantenía ese encanto medieval en su casco viejo, en contraste con las nuevas edificaciones que surgían lentamente. Los paseantes aún pueden disfrutar de las paredes impregnadas de historia, testigos mudos de acontecimientos ya olvidados, algunos escritos en las páginas de libros, otros, sumergidos en el mar del tiempo y las olas de la amnesia.

Los paseantes admiran la belleza de la ciudad, resaltando los contrastes obvios, la mezcla de modernidad y antigüedad, a cualquiera que esté atento al paisaje urbano que integra las modernidades y lo antiguo en un collage que no desentona con el ambiente de la propia ciudad, sino que la hace única, una joya. Los paseantes podrán observar, si prestan atención, el medallón de un caballero preparado para la batalla. A menudo vemos a los caballeros como su armadura. Están adornados con todos los honores, aunque no podamos discernir con facilidad su verdadera moral. Un error que incluso nosotros mismos cometemos respecto a la nuestra. Normalmente no pensamos en ellos como poseedores de una identidad más allá del estandarte que portan, o incluso, literalmente, del yelmo que llevan.

Podrían parecer cualquier ser despreciable bajo la visera y la cota de malla, y por lo tanto, son un ejemplo perfecto de cómo el hombre se convierte en su máscara. Son elevados como modelos a seguir con un alto rango en la vida, pero obtienen tales posiciones tras encuentros cercanos con la Muerte, habiendo perdido el privilegio de la individualidad y, en verdad, la individuación, al ser a menudo desviados por el Destino.

Se funden con la máscara hasta el punto de la autodestrucción en pos de un ideal, para ser recordados por sus hazañas, santas o no, nunca por su ser o su verdadera naturaleza, sino por la armadura que visten, símbolo de corazón y temple.

Y aun así, persisten implacables, casi como si fueran tal como se les percibe: cáscaras de acero —una vez muertas, vacías de voluntades que nunca tuvieron, autómatas sin mente que resuenan con un eco hueco, instrumentos percusivos de la voluntad ajena que se activan al ser golpeadas, ensartadas como miserables adornos o asadas al ser atravesadas— como hombres, o mejor dicho, seres cuya única razón de ser es completar interminables hazañas de caballería y valor, cumpliendo siempre las órdenes de sus amantes o vasallos.

Las historias contaban que, hace ya un tiempo, la ciudad fue invadida por un enemigo feroz.  La armada enemiga había llegado a la costa de la ciudad. La componían ciento treinta galeras, treinta galeotas y diez naves gruesas, llevando a bordo seis mil tropas y ocho mil mercenarios, con municiones y abastecimiento para seis meses. Reunida esta flota con las galeras y hombres, se acercaron a las murallas del castillo e hicieron un puente de antenas para subir cuatro en fila a los muros, al mismo tiempo que cavaban túneles para entrar. El enemigo había conseguido entrar en la ciudad, pero se encontró con una resistencia que no esperaba. 

Los confiados soldados pensaban que sería una presa fácil. Cuando los últimos defensores de la ciudad ya no podían ni sostenerse en pie, el enemigo tomó la ciudad. De los seiscientos hombres que lo habían defendido, no quedó ninguno vivo. El comandante enemigo, furioso por el precio que había tenido que pagar por aquella pequeña fortaleza, ordenó mutilar los cadáveres de los caballeros y arrojarlos al mar en forma de cruces, como mensaje a otras ciudades.

Sin embargo, este suceso no amedrantó a las demás ciudades, que unieron fuerzas contra el enemigo común. Los ecos de la batalla corrieron por todas partes, y los antiguos combatientes se unieron para acabar con el invasor y el enemigo común. Desde las afueras de la ciudad, los ejércitos de esta coalición concentraron todo su poder de fuego sobre el enemigo, que todavía estaba dentro de los muros de la ciudad.. El bombardeo fue tan intenso y continuado que testigos oculares describieron el suelo como literalmente removido por los impactos. Los defensores — que eran ya en su mayoría heridos, enfermos o agotados — combatían con una determinación que dejaba perplejos a los propios atacantes.

Los ejércitos entraron en la fortaleza, caminando libremente por terreno que todavía era campo de batalla. Consiguieron echar al invasor de sus tierras, convirtiéndose en una mera de bestias sedientas de sangre y venganza. La guerra muestra el verdadero rostro de la gente. Las situaciones extremas demuestran el sadismo oculto de los hombres, hombres que se convierten en bestias sedientas de carne y sangre humanas, su verdadero rostro oculto bajo una falsa máscara de moralidad en situaciones normales se rompe y muestran su sed de sangre y sufrimiento ajeno.

La victoria por fin llegó y el enemigo fue derrotado. Los ejércitos victoriosos eran aclamados por la población que alía a su paso. En conmemoración de esta victoria, miles de monumentos fueron erigidos recordando este suceso. Uno de ellos el medallón de este caballero victorioso, una figura anónima que recuerda ecos de un pasado no tan lejano, de una sociedad más complicada, donde yace una épica y un manto de leyenda diluido en el tiempo.

domingo, 31 de mayo de 2026

SUEÑO DE PRIMAVERA

El calor iba haciendo su aparición lentamente. La melancolía por la ausencia, nostalgia) del otoño, de algo casi presente, se diluye lentamente, se desvanece, a punto de desaparecer. Este presentimiento es consciente de un recuerdo y una presencia, y simultáneamente de su desvanecimiento, presenciándolo directamente allí. Últimos destellos de una dulzura agridulce de hojas aferradas al amarillo, bellas y brillantes junto al rojo, pero que dan testimonio de su despedida, dejándonos con la grisura vacía a nuestro alrededor, con el legado de la memoria, ya no de carne viva, sino solo a través de un recuerdo que vive únicamente en la nostalgia de algo que pronto llegará

La mujer caminaba lentamente, sin prisa. Sus pisadas eran suaves, rozando la tierra bajo sus pies mientras un manto verde comenzaba a surgir y las flores empezaban a germinar en los jardines y los rayos de sol entraban en las casas iluminando las habitaciones. De sus labios surgía una leve melodía, un canto que parecía que bajaba del cielo, una voz tan aguda, tan suave, tan celeste y tan rica que no parecía ser emitida por ningún ser vivo de este planeta.  El canto no cesaba y aquellos que estaban atentos a la melodía creyeron ver a una figura femenina desnuda; con largos cabellos que llegaban hasta la cintura, sin nada que la cubriese, con una piel tan blanca que parecía translúcida, su fisionomía parecía tan fina pero a la vez la de una guerrera, sus caderas parecía que se mezclaban con el verde de los bosques y su sonrisa era salvaje, como la de una hiena que primero enamora a su presa y luego la devora.

Su figura femenina desnuda; con largos cabellos que llegaban hasta la cintura, sin nada que la cubriese, con una piel tan blanca que parecía translúcida, pero que, sin embargo, parecía fundirse  con el verde de los bosques y su sonrisa salvaje y su dulce voz recordaba a la melodía de los pájaros. Con cada paso rozaba suavemente la corteza de los árboles, quienes se embutían de un savia renovada, su corteza se cubrían de un manto verde de musgo mientras las ramas crecían vigorosas con una savia nueva que recorría cada parte de su ser. La mujer seguía acariciando suavemente los viejos árboles a su paso , mientras bajo sus pies un gran manto verde aparecía cubriendo la tierra yerta y seca.

Llegó a un pequeño claro donde yacía un viejo árbol seco y mustio. En el centro del tocón había un hueco donde se encontraban resto de frutos, rodeados de musgo y helechos que parecían abrazarlo, angustiosos de su inminente final. La mujer, lentamente, se acercó al árbol. Con suaves caricias intentó realizar su magia, pero el viejo árbol no renacía. Volvió a intentarlo, mientras acariciaba y abrazaba el viejo ejemplar buscando una respuesta. Pero el viejo árbol no respondía. Con un fuerte abrazo, la mujer posó la cabeza sobre el tronco y una lágrimas empezaron a correr por su mejillas. Empezaron a recorrer lentamente su corteza, deshaciéndola hasta que no quedó más que serrín en la tierra. El polvo y el serrín se asentaron donde antes estaba el viejo ejemplar. La mujer lo recogió. Sus lágrimas mezcladas con el serrín crearon una masa y empezó a darle forma suavemente. Sus manos habían moldeado una semilla. La arrojó al mismo hueco donde antes estaba el árbol. La semilla se asentó y, lentamente, las raíces y los brotes empezaron a expandirse por la tierra.

La mujer se alejó con una sonrisa y siguió su camino. Mientras los montes oscuros y los cielos descoloridos se teñían lentamente de verde mientras el lejano viento enviaba, susurrante y distinta, la canción de las nuevas hojas, la mujer continuó su marcha perdiéndose en el horizonte. La primavera por fin había llegado. 

martes, 28 de abril de 2026

LAS CARTAS PERDIDAS

Los libros se amontonaban en las mesas mientras los estantes, antes impenetrables aparecían desnudos ante los ojos de los bibliotecarios. La antigua librería llevaba más de un siglo en el barrio, pero había sido comprada hace poco y los nuevos propietarios querían deshacerse de los antiguos muebles. Seguro que para crear un bar o un nuevo apartamento turístico: la zona del centro estaba muy solicitada últimamente y, para los turistas, querían evitarse el engorro del metro y de las estacione para moverse libremente por la ciudad. En una época de grandes cambios y globalización, los antiguos negocios desaparecían engullidos por la oferta y la demanda de un sector que proporcionaba más dinero a sus propietarios en un mercado más global.

Los obreros apilaban los libros y los colocaban en cajas. Su destino era incierto: los vendedores no querían saber nada de aquellos viejos volúmenes y los nuevos propietarios estaban más interesados en las tabletas y las pantallas electrónicas para leer e informarse. Era el fin de una era y el nacimiento de la era digital. Los viejos volúmenes se convirtieron en las víctimas involuntarias de esta nueva tendencia, muertos silenciosos que observan desde las estanterías desconociendo su destino.

Columnas y filas de ejemplares se amontonaban esperando ser trasladas a un destino incierto. Los paseos de los obreros eran el único ruido en la antigua librería, que veía cómo sus días de gloria habían pasado y su desnudez era cada vez más evidente.

En uno de los viajes, una de las columnas se derrumbó por el golpe inesperado de uno de los trabajadores y  su estructura se desmoronó ante los ojos de los demás, quienes, con fastidio, se apresuraron a  recoger y ordenar los libros del suelo. Algunos de los volúmenes  estaban abiertos, con las hojas dobladas y algunos ocultaban viejas fotografías y papeles.

Algunas eran fotografías de los autores, recortes de prensa donde había una crítica del libro o del propio autor: nada fuera de lo habitual. Pero algunos de los ejemplares habían dejado caer sobres y papeles demasiado largos y elaborados para ser simplemente una reseña o un recorte de prensa. Uno de los obreros llamó al capataz avisándole del hallazgo, y entonces se dedicaron a recopilar los manuscritos mientras el resto seguía con la faena.

El sobre y los papeles, ajados y amarillentos por el paso del tiempo, aun conservaban una escritura fuerte y legible. Algunos eran antiguos informes militares, partes dirigidos a señores de nombre Líster, Modesto y otros apellidos raros donde se detallaban datos y fechas con algún tipo de operaciones militares o escaramuzas que los obreros desconocían; otras eran cartas escritas a mano, que, a pesar del tiempo eran más o menos legibles.

Algunos de los autores escribían a sus familias “Querida mía. Hoy 22 de septiembre  de 1936. Sin novedad en el frente. El aburrimiento pesa. Hace una semana un grupo de falangistas intentó entrar en nuestra trinchera, pero acabamos repeliéndoles. ¡Salieron con el rabo entre las piernas! Pero los días suelen pasar sin novedad: cavar trincheras, mantenerla limpias, hacer guardia, otear el horizonte… lo único que rompe la monotonía son las clases  que tenemos por la tarde: después de comer un soldado que fue maestro nos enseña a leer y a escribir mientras nos da una lección de historia y nos recita versos de Machado o miguel Hernández. A veces nos enseñan a hacer números. Las cuentas no se me dan tan mal: voy cogiendo experiencia. La monotonía es lo más habitual.”

La carta continuaba.  La dejó a un lado y encontró más misivas. Historias olvidadas de un pasado cercano, silenciado pero a vista de todo aquel que oteara un poco con interés. Otra carta contaba  sobre sus compañeros de trinchera: "Paco, mi compañero en la guardia, es un tío bastante afable con una historia trágica como la mayoría de los que conozco. Ya de pequeño empezó a trabajar en una finca de Extremadura a las órdenes de un señorito (no entendí el nombre que me dijo) y sus calamidades no habían hecho más que empezar.  Su primer recuerdo era el del día que perdió uno de los cerdos que le habían encargado que vigilase y regresó a la finca llorando. El capataz le rebajó la ‘ración’, es decir, el pedacito de tocino que echaban en el potaje los jornaleros y que prácticamente era ‘la única cosa nutritiva que en él había’. Paco había comenzado su aprendizaje”. “Pronto salió a trabajar en los campos. Araba, sembraba y segaba con la hoz en las fincas donde los jornaleros contratados pasaban temporadas fijas, ‘siempre hambrientos a causa de lo poco que nos daban para comer, delgados como esqueletos’, durmiendo sobre paja en el suelo de tierra de los cobertizos, ‘todos juntos como en un cuartel’. La paja era la que las mulas y los bueyes no querían como forraje."

Como luego me confesó: (...) “Odiábamos a la burguesía, que nos trataba como a animales. Los burgueses eran nuestros peores enemigos. Cuando les mirábamos creíamos estar viendo al mismo diablo. Y lo mismo pensaban ellos de nosotros. Había odio entre nosotros, un odio tan grande que no hubiera podido ser peor. Ellos eran burgueses, ellos no tenían que trabajar para ganarse la vida, vivían cómodamente. Nosotros sabíamos que éramos trabajadores y que teníamos que trabajar, pero queríamos que ellos nos pagasen un jornal decente y que nos tratasen como a seres humanos, con respeto. Sólo había una forma de conseguirlo: luchando como ellos...”. En ese momento entiendes que la lucha no es sólo contra aquellos militares y moros que vinieron, sino contra aquellos que quieren que nada cambie para seguir explotando con la infamia como norma…

Las cartas continuaban narrando las desventuras, idas y venidas del autor. Algunas relataban su amargura y aburrimiento en las trincheras infinitas de una guerra pasada, pero otras eran más personales: Cariño, recibí tu paquete y tu carta ¡cómo me ha alegrado el día! Aquí los días se vuelven largos y eternos, pero dentro de poco tendré un permiso y podré irme a verte a Valencia. ¡Qué ganas de coger unas naranjas grandes y hermosas y tomar una buena paella alejado del campo de batalla junto a todos vosotros! Cuento los días esperando ese momento…

Más cartas aparecieron. “Un tipo hablando inglés vino a vernos junto a más compañeros. Ninguno de nosotros entendía qué decía, excepto cuando empezaron a entonar la Internacional. Todos nos pusimos de pie  con los puños en alto y empezamos a cantarla. Fue un buen momento…. Otras eran más trágicas Salí de la trinchera por un momento. De repente un ruido sordo retumbó por toda la estructura y salí disparado. La nube de polvo me entró en los ojos y la garganta. Los oídos me pitaban.  Me arrastré cuando puede y, cuando el polvo se disipó, todos estaban muertos. Muertos, muertos…

Los papeles amarillentos iban acompañados de fotografías del mismo color, donde a pesar del tiempo, las imágenes seguían nítidas. Imágenes de soldados vestidos en un cerro con fusiles, comiendo en tiempo de descanso, hablando entre ellos rodeados de paisajes agrestes, de ciudades y pueblos donde el color amarillo hacía su presencia y lamía lentamente los negativos. Historias de una época pasada. La última carta sonaba a despedida: “todo ha acabado. ¿El mundo? El mundo ha cerrado los ojos ante lo que estaba pasando aquí, dándonos la espalda: ha preferido arrancarse los ojos antes de toparse con la realidad. El mundo no quiere ver: ha mirado hacia otro lado y ha enmudecido. No quiere saber qué ha pasado aquí. Han callado y han cerrado los ojos mientras la gente era masacrada. Nunca quiere ver... no les importamos lo más mínimo.

Guardó las cartas en el viejo sobre.  Historias olvidadas de tiempos pasados, de tiempos cercanos desconocidos por la mayoría, historias desconocidas pero que no caería el olvido. Se encargaría de guardarlas y contra su historia. De difundirla. La gente tiene que conocerlo. Tiene que saber, pues el olvido es la muerte del alma, la maldición del hombre que tropieza con la misma piedra varias veces. En épocas donde los monstruos renacen bajo las sombras del miedo y la incertidumbre, los ejemplos de antiguas generaciones son necesarios para aprender.

El obrero dobló la carta en el sobre y la guardó mientras continuaba con su faena. Todavía quedaban muchas cajas y la jornada iba a ser larga, pero esa historia no caería en el olvido, sería contada sería recordada. Ecos de un pasado cercano, historias anónimas que forman parte de la historia colectiva, vidas anónimas que abren el camino para nuevas generaciones. Historias que merecen ser escuchadas. Cargó en sus manos todas las cajas que pudo y se apresuró a la furgoneta. La hora del bocata estaba cerca y se merecía un descanso. 

martes, 17 de marzo de 2026

NOSTALGIA

Las viejas fotografías recuerdan un pasado cercano que dejó herida y que duele al recordar. Creo que solo las mentes más refinadas, las almas más profundas, pueden comprender que amar es recordar haber amado. Y cuando ya no queda nada más —si es que queda algo— la memoria puede salvar una historia de amor. Con la ayuda de dos fieles compañeras: la confianza y la responsabilidad.

El amarillo lame lentamente las fotografías, dejando su huella. Momentos e instantáneas de recuerdos juntos que pasamos juntos, disfrutando, donde el tiempo no importaba. Los amantes que pasan la vida juntos no pueden expresar con palabras lo que desean el uno del otro. Resulta increíble que, solo por el intercambio de placeres carnales, sientan una pasión tan ardiente por estar juntos. Es evidente, entonces, que el alma de cada uno anhela algo más, algo incapaz de expresar, y por ello lo manifiesta con vagos presentimientos, como si lo adivinara desde una enigmática y oscura profundidad.

No hace mucho, en compañía de un amigo silencioso y un poeta ya famoso a pesar de su juventud, di un paseo por un campo estival en plena floración. El poeta admiraba la belleza de la naturaleza que nos rodeaba, pero la encontraba impasible. Le atormentaba la idea de que toda esa belleza estaba destinada a perecer, que con la llegada del invierno desaparecería: como toda belleza humana, como todo lo bello y noble que los hombres han creado y crearán jamás. Todo lo que de otro modo habría amado y admirado parecía degradado por la transitoriedad a la que estaba destinado.

Eres emocional, frágil, dramática, un resonador para dagas grandes y pequeñas. Lo dijiste con ojos serenos, y no encontré las palabras para responderte. Mi sensibilidad, en el vocabulario de este cúmulo de células cardíacas del universo que te generó, es la sangre que tiembla y adquiere color al fluir como la savia de las hojas, como el río ansioso por regresar a casa, al océano, arrastrando consigo las piedras de la memoria en su largo viaje. La emotividad, la hemoglobina, es sinónimo de vida y de ti, porque yo soy la raíz, pero tú eres la rama, hija mía, y todo el cosmos tiembla conmigo si la vida no te acaricia con la misma mano con la que yo te acaricio. Porque es cierto cuando dices que todos somos una historia escrita por alguien; no sabes quién te escribió, pero con una de las pocas certezas que tienes, dices que me escribí a mí misma. Y si esa daga metafórica, grande o pequeña, ha atravesado repetidamente mi pecho, en su músculo más débil, te asombra que aún la sienta con tanta fuerza.

Tu risa. Arte innato que brota de tu garganta y da significado a todo. Un alegre melodía que se convierten en canción. No basta con sentir todo fluyendo por la sangre para nutrir el cuerpo, el significado y la lección no son suficientes. Se necesita creación, transformar el dolor en algo nuevo, elevarlo de la experiencia de la carne al misterio del alma. Te sorprendes de verdad, tú que, pedías una fuga de Bach, los girasoles y la oreja de Van Gogh, palabras para construir tus propios cuentos de hadas, la mente de un genio matemático para establecer el poder de la razón, los tentáculos de un pulpo en la oscuridad de la noche para asegurarte la libertad en tus manos, que retorcías y girabas en el vacío, feliz de hacer lo que te placía, y con esas mismas manos agarrabas el rostro de aquellos que hablaban pero no te miraban. Lo sé, lo has olvidado, pero yo no puedo olvidar cada momento que te concierne, y no soy una condena ni una sentencia, o peor aún, una afirmación de algo extraordinario; simplemente has arrancado de tu corazón la legítima expectativa de ser nada más que tú mismo..

Vivíamos en el ático de un edificio del siglo XIX en el centro de la ciudad, un viejo loft que acababa de ser ligeramente reformado, y a través de una ventana alta, la tenue luz de una vieja farola se filtraba en la oscuridad. Todo era muy romántico. A veces sentía su mirada sobre mí y me despertaba de repente, con un ataque de ansiedad. Pero en esos ojos azules, tiernamente miopes, leía tal sentimiento de amor que, sin decir palabra, volvía a dormirme con un breve suspiro y una sonrisa en mis labios entreabiertos. Al amanecer, con la farola apagada, las palomas en el tejado comenzaban a revolotear y piar, y yo, a regañadientes, me disponía a ir a trabajar, mientras  preparaba el desayuno. Trabajaba en casa e iba a su oficina a revisar el papeleo cada dos semanas. Al irme, me acariciabas y me perdía en la niebla de la ciudad, acompañada por el recuerdo de aquella noche en que tus ojos me habían velado. 

Lo dijiste con ojos serenos, y no encontré las palabras para responderte. Mi sensibilidad, en el vocabulario de este cúmulo de células cardíacas del universo que te generó, es la sangre que tiembla y adquiere color al fluir como la savia de las hojas, como el río ansioso por regresar a casa, al océano, arrastrando consigo las piedras de la memoria en su largo viaje. No sabría decir qué es el amor, pero sé que fui amado, y a veces sentía que me invadía una misteriosa sensación, transmitida por las miradas y tu breve, a menudo inconsciente, mensaje de quienes se detenían a mirarme, y en su mirada, la luz que siempre pensamos que acompaña al amor, se encendía brevemente

sábado, 7 de febrero de 2026

BUENAS RAZONES

Los días se vuelven cada vez más largos y pesados. Un eterno tormento. La monotonía se expande y se apodera de todo. El cansancio, el dolor, el miedo... miles de sentimientos se agolpan en mi pecho convirtiéndose en una carga que me arrastra al fondo de un negro abismo. Sus eslabones se entrelazan creando una cadena que cargo por la calle. Una penitencia autoimpuesta creada una vida monótona.

Los pasos cada vez son más pesados y los pies solo pueden arrastrarse camino a casa. La tierra parece empujarme hacia al abismo mientras miles de manos invisibles reclaman un alma perdida, alejada de su verdadero lugar, exigiendo que vuelva a donde pertenece: la oscuridad eterna, el vacío infinito donde los tormentos no tiene fin y se multiplican. Cada paso se convierte en una odisea, un camino eterno e interminable donde Ítaca parece cada vez más lejana.

Llego a casa por fin y ahí estás tú, mi gracia salvadora, la mano divina. Hay que ser ciego o extremadamente seco si no se siente alegría, un fragmento de encanto infantil, una emoción de asombro goethiano. Me sonríes y mis preocupaciones se disipan mientras te devuelvo el gesto, una leve sonrisa marcada por el cansancio y el agotamiento. Mi cuerpo se siente pesado, los músculos no responden y la ropa de repente se siente incómoda, una carga de la que deshacerse. El cansancio. vuelve con más ímpetu que antes, se apodera de mi ser. Hay mucho dolor grabado en el cuerpo, que es dolor del alma. Sólo las caricias, el movimiento, la música y escuchar la voz de la piel pueden sanarnos. Dicen que la caricia dulce, suave, la que se siente intensamente, tiene inmenso poder: sana el alma. Dicen que sentir la piel es el camino para sentir el alma. Dicen que los poros no filtran, respiran: inhalan y exhalan. La respiración de la piel da vida al alma. Cuando sentimos la brisa fresca o el calor del sol, nuestra alma sonríe y el corazón se expande; cuando el frío es agobiante o la textura de algo que tocamos es dura y gélida, el alma frunce el ceño y el corazón se recoge.

Mi cabeza reposa en tu pecho. Una suave almohada que reconforta mi mente y disipa mis miedos. Los pensamientos se disuelven  en el aire, dejando paso a la calma y la tranquilidad. Los miedos, las preocupaciones, los temores... dejan de ser importantes en este momento y una sensación de alivio inunda mi cuerpo. Ojalá no despertara nunca. Quiero mantener esta sensación lo máximo posible, aferrarme a ella como un clavo ardiente. Hay que ser ciego o extremadamente seco no se siente alegría, un fragmento de encanto infantil, una emoción de asombro goethiano. Claro que hay buenas razones para ello. 

martes, 23 de diciembre de 2025

CALLE VACÍA

Las ciudades y los pueblos se desarrollan alrededor de los edificios y monumentos erguidos por los hombres. La vida fluye en torno a estos, convirtiéndose en los órganos principales de este ente inerte surcado por arterias y venas, calles y avenidas que recorren cada parte de ese cuerpo inerte e inmóvil que es la ciudad. Miles de historias y personas recorren cada día  sus caminos, miles de historias anónimas que ha visto pasar inmutable. Los edificios se erigen a su alrededor, casa antiguas y modernas que marcan el sendero y los pasos de los habitante y turista que recorren su camino.  En julio, bajo el largo sol del atardecer, las casas cuelgan en un silencio de colmena tras su huida. Los chicos caminan erguidos y ligeros por la calle. Las mariposas revolotean entre las chicas. A la sombra de las cortinas azulamarillas, los ancianos observan. Se sientan, observando el tránsito a su alrededor: dócilmente, en su castillo de huesos, se consuela de seguir formando parte de ella. Pero su alma... está aparte.

Paseo por las calles vacías y desiertas. Las calles sin gente son las arterias que nos conducen a lo verdaderamente importante. El pálpito transcurre escondido en otros tantos lugares donde se combate por la vida, que permanece enchufada a respiradores. Centros neurálgicos donde hoy reside la esperanza. Escenarios en los que se valora lo importante y donde no tiene hueco lo mediocre. En los que personas íntegras, envueltas en trajes, despiden, dando la mano con sus guantes de nitrilo a los que nos van dejando. Es la solidaridad que se materializa en el cuerpo a cuerpo, minuto a minuto, caricia a caricia. 

Camino por las largas avenidas de piedra de la calle principal mientras mis pasos se pierden en el vacío, el silencio roto por mi caminar. Estoy solo. Un alma solitaria en en la inmensidad de la calle, envuelta en la oscuridad. Pero noto miles de ojos que me observan en silencio. ¿Qué miran?¿Quiénes son? ¿Es una suposición infundada que esté mirando pero no quiera que lo vean? Podría estar mirando hacia abajo esperando a que los paseantes se vayan. Podría tener la intención de escapar y echar a correr. O tal vez nada de esto sea cierto. Podría ser solo mi desconfianza. La oscuridad esconde horrores. Las leyendas nos cuentan que los monstruos se esconden en su manto, al acecho, que los espíritus se ocultan en su abrigo, esperando que los incautos se aventuren en su reino.

Acelero el paso. Las sombras lentamente me envuelven su abrazo. La oscuridad penetra en mi cuerpo y una sensación de ahogo comienza. Me falta el aire. Me ahogo. Las sombras me rodean y me arrastran al abismo. Intento zafarme de su abrazo sin éxito. Una de ellas se aproxima. Noto su presencia cerca de mi rostro. ¡No dejaré que me lleves! ¡No podrás conmigo! desesperado saco el revólver. El disparo atraviesa la oscuridad como una daga brillante. Un ruido seco rompe el silencio imperante. De nuevo silencio. El arma quemaba en mis manos. Un golpe seco se oyó mientras el cuerpo se desplomaba inerte en el suelo. no hubo miedo, no hubo gritos, no hubo alaridos, solo sorpresa en un rostro silencioso que no acaba de entender qué había pasado. El cuerpo se desplomó en el suelo, mientras yo me quedé inmóvil con el arma aún humeante en la mano. Paralizado, sin saber qué hacer, quedé en shock. Empecé a correr lo más rápido que pude, ocultándome en las sombras mientras las luces de las casas se encendían, alertados por el sonido del disparo. Tenía que escapar. Huir de allí. Ocultarme en las sombras.
...

La policía acordonó la calle mientras intentaba evitar que curiosos y transeúntes se acercaran. Habían encontrado el cadáver de un hombre. Un disparo le atravesó el corazón y murió desangrado. La sangre salpicaba los adoquines de la calle y el reguero aún no se había secado. Los forenses vendrían a levantar el cadáver lo antes posible. A pesar del ruido, no había ningún testigo, ni cámaras, ni nadie que pudiera dar una imagen clara de lo qué había pasado. No sabían si fue un robo, un ajuste de cuentas o algo que se torció. El oficial suspiró. Iba a ser un largo día.

jueves, 11 de diciembre de 2025

LA TORMENTA

El mar, ese dios indómito y caprichoso. Tan generoso y a veces tan cruel. Los hombres siguen subestimando su naturaleza, sus cambios y piensan inocentemente que pueden dominarlo y controlarlo. La tripulación del pesquero disfrutaba ese día de un mar en calma, un sol radiante y temperatura tropical. Utilizaban enormes binoculares instalados en las zona mas altas del barco para detectar los bancos de pescado, bien localizando los pájaros, los objetos y también la “serguera”, espuma blanca que formaban los cientos o miles de atunes atacando en superficie a los bancos de pequeños peces de los cuales se alimentan. 

El mar es tan impredecible y aún así es posible contar los momentos de tempestad. Dominio de Poseidón, Anfítirite, y Tritón, imperio de Océano y Tetis, su vasta superficie ha atraído a miles de pueblos y culturas a lo largo de la historia. Miles de embarcaciones cruzaron sus aguas: minoicos, griegos, aqueos, filisteos, licios... recorrieron sus dominios en busca de un futuro mejor, siendo su vía d escape y huida de la destrucción y la muerte. El mar es desafío y abandono, aprensión y temor. Una representación de lo más grandioso e indomable. Aquello que sitúa al hombre abruptamente en su lugar, como la mera criatura impotente e indefensa que es. Un lugar en el que «navegando en las lúgubres tinieblas, bajo el ronco huracán y la nevada», el hombre se debate y lucha contra la naturaleza desnuda.

La tripulación había tenido un buen día. La captura había sido buena. La mayoría de los marinos eran mayores, curtidos en la mar, veteranos de tormentas y mareas, maestros en el arte de la pesca, especialistas a la hora de coser un aparejo roto, abrir las capturas más grandes con cuchillo, veteranos saladores que calculan, en una fracción de segundo, la cantidad de sal que hay que añadir necesaria para su conservación.

Aquí el tiempo cambia en cuestión de pocas horas, el sol que nunca calienta se esconde entre las nubes. Al navegar en el mar, es fundamental comprender el tiempo para tomar decisiones informadas y evitar situaciones peligrosas. El leve cambio del viento, la dirección de las olas, las mareas... puden ser la diferencia entre la vida y la muerte. No pueden bajar la guardia ni confiarse.

Un vendaval otoñal arreció con fuerza y, sin previo aviso, se convirtió en una lluvia torrencial. Caía la noche, las pesadas gotas golpeaban la proa y se derramaban a torrentes por la superficie del barco brillando con el brillo apagado del metal. El ruido al estallar sobre la cubierta era ensordecedor. El barco por completo se cubría continuamente con la fría y abundante espuma del mar.  Los winches, los cabos,  la bañera, el barco entero era engullido por uno de los mares más ariscos y salvajes que los marinos habían conocido. El viento, potente y recio, rugía sus 35 nudos en medio de la noche  La situación era peor de lo que habían previsto. Llovía a cántaros, acompañado de un vendaval muy fuerte. El rugido de los truenos anunciaba el comienzo de una tormenta.

El fondo del barco ya estaba inundado unos quince centímetros y su nivel subía con la lluvia. El capitán hizo sonar rápidamente la sirena para pedir ayuda y agarró unos cubos. Unos hombres con los ojos adormilados salieron de sus camarotes para ayudar y él los dirigió hacia la zona inundada, donde repartió cubos y gritó instrucciones. Su voz era apenas audible por encima de la fuerte lluvia y los truenos, pero parecieron entender. Se pusieron manos a la obra de inmediato, llenando cubos con agua de lluvia y vertiéndolos al mar. El trabajo era extremadamente duro y el clima lo dificultaba aún más. Los hombres solo llevaban la ropa de dormir y quedaron completamente empapados en los primeros minutos. La repentina alarma de emergencia no les había dado tiempo a abrigarse.

Fue una lucha entre los hombres y las poderosas fuerzas de la naturaleza. La lluvia torrencial, el viento fuerte y las violentas olas parecían destinadas a hundir el barco. Lo único que los hombres podían hacer era tener esperanza y seguir trabajando. El marinero trabajaba con ellos, rezando desesperadamente a Dios pidiendo ayuda, llenando cubo tras cubo de agua y vertiéndola en el mar. Cada estruendo producido por los relámpagos rajaba el cielo de arriba abajo. 

En cada chispazo de luz, se apreciaban las caras desencajadas Las olas habían empezado a pasar sobre la cubierta calándonos por completo y destrozando todas las maniobras. En medio de la inquietud desatada por los reventones del cielo, los marineros empezaron a convencerse de que no les pasaría nada.

El viento rasguñaba el casco, los herrajes crujían. Todos los materiales, empujados a su máximo punto de resistencia, chillaban. El esqueleto entero gemía, esforzándose para pasar bajo el viento que lo trituraba contra el agua. Sumido en el torbellino, el barco era como el gato que soporta la caricia arqueando la columna vertebral para esquivar el peso de la mano que lo aplasta.  El barco se contraía, flanqueado por fuerzas que le imponían torsiones, forzándolo a una resistencia que acaso ningún ingeniero hubiera previsto.

Sonaron las alarmas. un hombre había sido arrastrado por una ola. El mar era un espejo y el hombre no paraba de agitar los brazos en demanda de nuestra atención. Los gritos de los marineros avisando del incidente se mezclaron con los truenos y la mar embravecida. Se desató una lucha entre los hombres y las poderosas fuerzas de la naturaleza. La lluvia torrencial, el viento fuerte y las violentas olas parecían destinadas a hundir el barco. Lo único que los hombres podían hacer era tener esperanza y seguir trabajando. Los marineros trabajaba, rezando desesperadamente los dioses pidiendo ayuda, llenando cubo tras cubo de agua y vertiéndola en el mar.

La tormenta continuaba. La superficie del mar se encrespó, comenzó a soplar un fuerte viento. Bajo los truenos de las profundidades superiores; muy, muy abajo en el mar abismal, la tormenta duerme su sueño ancestral, sin sueños, invadido: las tenues luces del sol huyen sobre sus lados sombríos; sobre ella se hinchan enormes esponjas de crecimiento y altura milenarios; y a lo lejos, en la luz enfermiza, desde muchas grutas maravillosas y celdas secretas, innumerables y enormes pólipos avientan con brazos gigantescos el verde adormecido. Allí ha yacido durante siglos y yacerá, alimentándose de enormes gusanos marinos en su sueño, hasta que el fuego postrero caliente las profundidades; entonces, una vez vista por hombres y ángeles, rugiendo se elevará y morirá en la superficie.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

UN MAL SUEÑO

Una noche más. Un día que se acaba. Me acuesto por fin después de una jornada eterna, pero no consigo descansar. Miles de pensamientos se agolpan en mi mente: miedos, temores, dolor, penas... hoy se han confabulado para evitar que puede descansar. 

Miles de pensamientos golpean mi mente. Reflexiono sobre mi vida. Mis decisiones, esas marcas invisibles que marcan mi camino y trazan surcos en el sendero. Sé que la vida no consiste en ser siempre feliz, en doradas puestas de sol y tonterías parecidas. La vida es trabajo. La vida es sufrimiento. la Vida es dolor: sin todo eso no sabríamos que estamos vivos. No valemos tanto en realidad y puede que no merezcamos todo el amor que recibimos. Nunca es correspondido. Las ilusiones que tenemos en los demás se convierten en decepciones y esas decepciones lastran nuestra confianza en el ser humano, hundiéndonos en una un agujero de soledad y misantropía que se acrecientan con el paso del tiempo. Las personas que amamos rara vez se merece todo el amor que le damos, porque nadie vale tanto en realidad, y quizá tampoco merezca tener que cargar con ello. Uno acaba por sufrir una decepción. Se desilusiona, deja de confiar y tiene que aguantar muchos días malos. Pierde más de lo que gana, y acaba por odiar a la persona que ama en la misma medida que la ama. Sin embargo, uno se arremanga y se pone a trabajar, en todos los aspectos, porque eso forma parte del proceso de hacerse mayor.

Intentamos escapar del dolor y de la decepción, pero ellos siempre consiguen el modo de volver a aparecer y golpear con más fuerza. En lugar de salir de nuestro caparazón evitamos la verdad. Descubrir que conocer a la persona que tememos conocer, leyendo sus expresiones y observando sus actos, dando a la vida la oportunidad de impactar, dándonos cuenta de que la realidad es golpe cruel que destruye la imagen idílica creada por nuestra imaginación. Imaginar es mucho más terrible que la realidad, porque tiene lugar en el vacío y no tiene reencuentro. No hay manos para defenderse en esa cámara interior de tortura espectral. Pero en vivir la realidad del acto requiere reunir energía, coraje, brazos y piernas para luchar, para que la guerra casi se convierta en una alegría. Luchar contra un dolor, una pérdida, un insulto, una decepción, una traición real, es infinitamente menos difícil que pasar una noche sin dormir luchando contra fantasmas. La imaginación sabe mejor que la vida inventar la tortura, porque la imaginación es un demonio dentro de nosotros y sabe dónde golpear y dónde lastimar. Ese demonio conoce el punto vulnerable, mientras que la vida no, nuestros amigos y amantes no, porque su imaginación rara vez es igual a la tarea.

Desarrollamos malos hábitos. Creemos que nos lo deben. Creemos que un amor similar existe en otro lugar y se puede encontrar. Confiamos en él. Buscamos, esperamos, esperamos. Con amor maternal, la vida nos hace una promesa al amanecer que nunca cumplirá. Después, nos vemos obligados a comer las sobras hasta el final. Cada vez que una mujer nos toma en sus brazos y nos estrecha contra su corazón, son solo condolencias. Siempre volvemos a llorar sobre la tumba de nuestra madre como un perro abandonado. Nunca más, nunca más, nunca más. Brazos adorables se cierran alrededor de nuestro cuello y los labios más dulces nos hablan de amor, pero ya lo sabemos todo. Hemos ido a la fuente demasiado pronto y lo hemos bebido todo. Cuando volvemos a sentir sed, podemos buscar por todas partes en vano: ya no hay pozos, solo espejismos. Hemos hecho, con las primeras luces del alba, un estudio profundo del amor y nos hemos documentado demasiado bien. A dondequiera que vayamos, llevaremos con nosotros el veneno de las comparaciones y pasaremos el tiempo esperando lo que ya tenemos. Mucha gente concibe el amor de forma posesiva. Mi esposa, mi esposo... eliminemos esos términos posesivos. Nada es tuyo; el otro es otra persona. Incluso los matrimonios sólo son posibles si parten del concepto de que él o ella es otra persona.

Estos pensamientos me agitan,me incomodan. Me revuelvo contra ellos mientras las sábanas me ahogan y me hunden en un mar sin fondo. Pensamientos, temores, dudas, miedos... golpean mi mente como un martillo que moldea un hierro al rojo vivo. El dolor es insoportable. Escucho gritos. Voces que me persiguen, sus voces afluyen nítidas. Su sonido ya no es un eco lejano, me alcanzarán, debo ocultarme. Pero, ¿dónde? Intento esconderme en vano. ¿Estaré a salvo de mis secuestradores? 

Despierto sobresaltado. Todo parecía tan real. Todo había sido un mal sueño. Noto una suave caricia. Tu mano, gracia salvadora. Aquí estás , a mi lado, evitando que me precipite al abismo. Tus ojos soñolientos me miran con preocupación. Sé que no soy digno pero una caricia tuya ha servido para salvarme de mi propio infierno. La vida funciona si alguien nos ama. El amor es todo lo que aumenta, amplía y enriquece nuestra vida, hacia todas las alturas y todas las profundidades. Vivimos mientras haya alguien que nos ame: estoy convencido de que muchas personas mayores «fallecen» porque ya nadie las ama.

Me salvaste. Te miro. Te sonrío y me devuelves la sonrisa. Sin prisa, notó cómo me abrazas y el calor se extiende por mi cuerpo devolviéndome a la vida. Despacio, me guías hasta tu pecho donde mis preocupaciones desaparecen, mientras la oscuridad que nos rodea nos envuelven un abrazo invisible protegiéndonos de la realidad y limitando nuestra visión y oído, disfrutando del tacto de tu piel, el olor de tu pelo y el roce de tus labios mientras acostados nos miramos una vez más.

Tomas lentamente mi cara y la acercas a la tuya. Con suavidad, nuestras bocas se abren y las lenguas se mezclan. Las precauciones desaparecen. Los miedo se disipan. Una vez más, tu abrazo me ha salvado de mi propio ser.

martes, 2 de diciembre de 2025

EL RETRATO

A veces te extraño. A veces me quedo en la cama pensando en ti, preguntándome dónde te has ido. Me pregunto si te has ido para siempre, y a veces me pregunto si alguna vez estuviste aquí de verdad, o si eras un mito que creé en mi mente. Una ilusión. A veces te siento a un suspiro de distancia, y entonces algo sucede y desapareces. Me pregunto si alguna vez volverás.

Observo tu retrato y te extraño. Te extraño, te echo de menos. la lejanía y la distancia se hacen más palpables cada vez que observo la pintura.Tu retrato es bellísimo, uno de tus mejores retratos, de tu comprensión de las personalidades humanas, basada en la discreción y la capacidad de comprender los tipos más diversos, ese gran don tuyo, tan ampliamente demostrado en tus semejantes. Es el mismo don que, llevado al extremo del amor, te hace decir cosas tan perspicaces y sorprendentes cuando me hablas de mí. Te escucho con la boca abierta, mi alma deslumbrada por una mezcla de admiración por tu inteligencia, o narcisismo irreprimible, y amorosa gratitud. Necesito estar en tus brazos más que nunca. Y este capricho coqueto tuyo que ahora estás retomando no me agrada en absoluto; lo considero la intrusión de un impulso psicológico completamente ajeno a la atmósfera que debe surgir entre nosotros. Mi más querido gozo, anhelo una temporada en la que no hubiera nada para mí más que tú, una pizarra en blanco y el deseo de escribir cosas claras y felices. ¿Una temporada, no la vida? Basta ya, porque así es como empecé esta carta: quiero escribir sobre nuestro amor, quiero amarte escribiendo, cautivarte escribiendo, nada más. ¿Será acaso el miedo al sufrimiento lo que me domina también? Querida, querida, me conoces demasiado bien, pero no, demasiado poco. Aún tengo que dejar que me conozcas, aún tengo que descubrirme ante ti, sorprenderte, necesito dejar que me admires como yo te admiro continuamente.

Te extraño porque ya no puedo sentirte, y esa falta de optimismo es increíblemente aterradora. Te extraño porque sé que existías, pero no sé cómo encontrarte de nuevo. Peor aún, tengo miedo de no querer encontrarte lo suficiente como para buscarte. ¿Qué hace que los retratos hermosos sean tan atractivos que siguen apareciendo en los libros y en la historia? Quizás el tiempo que dedica el artista transmite el mensaje de que lo vales. Y la incomodidad de estar sentado en un mismo sitio durante tanto tiempo puede convertirse en el sacrificio personal del sujeto, lo que aumenta el valor de la obra terminada. He conocido a gente que se inquieta y se queja incluso cuando se les pide que posen para una foto rápida, por no hablar de un retrato formal.

Nada se compara a Ti ni al Ser del principio que me afirma y no puede negarte, porque yo soy si tú eres pero tú también existías sin mí y una vez que superaste el esfuerzo de presentarte a la luz con el gorgoteo de un grito, no permaneciste mucho tiempo como un pensamiento.

En la cima de una colina, mirando la ciudad que se extiende a nuestros pies, observando cómo el atardecer se transforma en las luces centelleantes de la animada vida nocturna. Me rodeas con tus brazos, protegiéndome de la brisa fría mientras me das besos en la mejilla y el cuello. Nos quedamos allí, meciéndonos con el viento. Te llevé a mi boca y a mis dedos para hacerte un camino, el camino del ciego para no perderme y llegar al fondo de todo trazándote en el papel.

Te extraño por cosas, por experiencias, por sentimientos, por años perdidos. Te extraño porque una vez fuiste una parte fundamental de mí, y no sé si alguna vez te recuperaré. Y eso me da miedo, porque nunca volveré a ser el mismo. Mis relaciones nunca volverán a ser las mismas. Y no sé si eso es bueno o malo.Una vez sentí contigo la emoción primitiva e infantil cuando el cuerpo indefenso temblaba hasta el borde de la piel en su más delgada frontera con el mundo con una alegría tonta e inocente.Observamos los pequeños coches pasar por la ciudad y nos preguntamos adónde irán. Quizás alguien vaya a una primera cita. O quizás alguien necesite ir a la tienda a alimentar a su familia. Alguien acaba de conseguir un ascenso. Y alguien intenta resolver sus problemas con las drogas. Pasan tantas cosas, pero nos quedamos aquí en silencio bajo el viento, abrazados sin darnos por vencidos. Acercas tu cara a mi oído y susurras suavemente: «Qué noche tan bonita, cariño, el romance en su máxima expresión». Solo entonces giro la cabeza para mirarte y te susurro: «El romance ha muerto, cariño». Te quedas en silencio. Me das un beso en la sien, pones los ojos en blanco y sigues viendo cómo la ciudad sigue viva.

Descuelgo tu retrato con delicadeza mientras paso mis dedos por la delicada superficie, sintiendo la pintura, intentando sentir el roce de tu piel escondida entre los pigmentos y el lienzo, recordando un amor ya pasado mientras las lágrimas intentan no salir. Lo tapo una manta que cubre tu bello rostro y acab depositado en una esquina a merced del tiempo y del olvido, hasta que carnivoro y hambriento las marcas del tiempo surquen la pintura dejando cicatrices que recuerdan lo que fue y pasó, mientras se sumerge en el mar del olvido.

domingo, 16 de noviembre de 2025

EL VIEJO PERCHERO

En la casa en venta había un viejo perchero con dos abrigos colgados coronados por dos sombreros. Hacía ya tiempo que estaban allí, olvidados, a vista de todos los visitantes quienes los observaban con curiosidad, sin atreverse a reclamarlos. Testigos silenciosos, habían visto pasar personas mientras el tiempo lentamente los abrazaba dejando su huella en ellos, cicatrices silenciosas que acallaban los ecos de historias pasadas.

Hoy, toda la ciudad parece envuelta en un espeso manto de silencio, como si este, a modo de velo pesado, se hubiera posado sobre las casas, los árboles, las calles, los coches, la gente, invadiéndolo todo, abrazándolo todo, silenciándolo todo...

A nuestro alrededor solo reina el vacío y el silencio; las calles están desiertas, no hay gente, no hay coches, pero es como si algo extraño e inquietante lo atravesara todo... Es algo invisible, pero casi tangible, tan denso y preñado que casi se puede tocar... Es algo que te arrebata las palabras e incluso la fuerza, algo que obliga a la gente a desaparecer para dejarle sitio, casi como si te arrinconara contra la pared y te aplastara porque tiene derecho a pasar y ocupar cada espacio, cada rincón, cada recoveco, cada rincón oculto: hoy no hay sitio para nosotros, no hay sitio para las palabras, incluso los pensamientos parecen clavados y privados de toda libertad... Sin embargo una noche sería diferente.

Era una noche ventosa, con mucha lluvia, hace miles de noches, cuando dos Ford Falcon avanzaban lentamente hacia el este por la acera. Con un cielo negro como el carbón de fondo, las altas farolas iluminaban las cortinas de lluvia que azotaban los vientos tempestuosos. Cuando los conductores giraron a la izquierda, atenuaron sus faros y se detuvieron lenta y silenciosamente en el número de a vieja casa. Como ya era pasada la medianoche de este martes por la noche, gran parte de este barrio obrero se había dormido hacía unas horas. Mientras los coches estaban en marcha, varios hombres salieron sigilosamente y entraron por una puerta oscura para dirigirse a un apartamento en la parte trasera del tercer piso.

Si alguien en el edificio se hubiera atrevido a escuchar, habría podido oír el sonido inconfundible de una puerta de madera al astillarse en pedazos, el arrastrar de pies sobre el suelo de madera y el sonido de puños impactando contra rostros. Si alguien hubiera sido lo suficientemente audaz como para mirar a través de las cortinas hacia la calle, en pocos minutos habría visto a tres  personas sacadas del edificio y ser llevadas rápidamente.

El coche desapareció por la larga avenida mientras la noche silenciaba el ruido del motor, que se perdía y diluía en la lejanía, mientras aquellos que oían cómo se alejaban se escondían en sus sábanas, dejando que las lágrimas de miedo y alivio corrían por sus mejillas mientras sus cuerpos temblaban de miedo. Otro día podían ser ellos. No podían fiarse ni bajar la guardia.

El tiempo pasó. La vieja casa ahora en silencio contaba esta historia entre sus muros silenciados. Los muebles ya no estaban, los habían destrozado tras tierra la puerta abajo y arrastrar por el suelo a sus propietarios, las estanterías rotas y los libros dejados en el suelo fueron confiscados en busca de material sedicioso, los soldados acapararon todo el material de valor que pudieron y se llevaron todo lo que les cupo en sus bolsillos. Solo quedó el viejo perchero con los abrigos colgados y sus sombreros, desechados por ser demasiados viejos o no encajar con el gusto de los asaltantes, testigos mudos e inmóviles de historias terribles de un pasado cercano.

lunes, 27 de octubre de 2025

EL LAGO

Hay noches en la vida de todo hombre que jamás olvidará. Yo, como muchos otros, recuerdo varias. Sin embargo, son las noches traumáticas las que recordamos con más intensidad. También solemos hablar poco de esas noches fatídicas.

Ha pasado ya tiempo pero lo recuerdo como si fuera ayer.

Y ahora que todos duermen...
...

El cántico que provenía del bosque era nuevo. Se deslizó a través de la mosquitera rota, con un ligero olor a lodo de río y hierba recién cortada. Las cortinas se levantaban y caían. La mecedora del porche crujía. En el jardín, las hojas de arce se alzaban pálidas hacia el cielo como si estuvieran listas para revelar un secreto. Me quedo allí, con la mano en el marco de la puerta, y dejo que el viento me suba por la parte interior de la muñeca, cuando tenía una mano que me daba seguridad y normalidad.

¿Dónde estás? Miro alrededor y, aunque aún no te conozca, sé que no estás; y te busco siempre, siempre lo hago, pero no, no estás, nunca estás… ¿O es acaso que cruzas de un modo tan rápido, tan fugaz a través de mis sentidos, que tu luz apenas tiene oportunidad para dejar un suave brillo en torno a mis ojos, un brillo tenue pero evidente y que me consiga alertar?

Oía una voz distante que cantaba desde el horizonte. Por dentro, estaba tranquilo y hipnotizado. Era una euforia similar a la que las drogas solían devolverme en mis años de locura. La voz seguía llamaba. Guiaba mis pasos y me marcaba el rumbo. Casi sin pensar, mis pies siguieron un camino invisible mientras mis pasos continuaban sin rumbo ni destino conocido. La dulce melodía se agolpaba en mis oídos y llenaba mi mente, transportándome a un mundo idílico.

"No te preocupes, cariño. Yo me encargo"

El terreno descendía a medida que se acercaba al lago, primero gradualmente, luego abruptamente, por lo que se vio obligada a adoptar un vergonzoso paso arrastrando los pies para mantener el impulso al descender la colina. Los cánticos no solo se hacían más fuertes a medida que se acercaba, sino también más apasionados.

No sé dónde, pero sé que andas por ahí, que estás... oculta en algún lado. ¿O tal vez tan sólo existes en un rincón escondido de mi mente? No, sé que estás. Y lo sé porque te distingo en mis deseos y te intuyo mientras duermo. Pero no te veo. Y no, no te escucho. Imagino sin consciencia la textura de tu piel, siempre despierta pero ensimismada. Aunque no, no te he tocado.

Quizás pase mi vida y se vaya para siempre al lugar de los olvidos sin que tus ojos queden fijos jamás en los míos. Quizás esa sonrisa que revuelve mis neuronas sea únicamente un dibujo, una ilusión, un juego de mi mente que te busca y no te encuentra.

"No te preocupes, cariño. Yo me encargo"

El bosque le escupió justo a la orilla del lago. El efecto fue desconcertante: en un momento estaba mirando la hierba bajo sus pies, concentrándose en no torcerse un tobillo, y al siguiente se hundía ligeramente en la arena húmeda.

¿No estás?, o es que enredas y te ocultas, y te haces invisible y me rondas y me miras, y confías como yo en que esto que ambos ansiamos, en que este amor guardado aguardando la ocasión, escapará de nuestros cuerpos por sorpresa cuando menos esperemos, y será como una explosión, y creará una nube blanca que ocultara el mundo, a todo y a todos, salvo a ti y a mi. Y entonces nada más habrá, y nada más querremos. Tú y yo. Nada más.

¿Estás?, ¿estás y juegas con mi anhelo, con mi deseo, con mi pasión; y juegas con mi fuego? ¿Estás y sueñas como yo porque tampoco me encuentras, porque tampoco me ves? Desordenado se halla el mundo, el tiempo y el espacio, y es por esto por lo que no logramos encontrarnos. Estás donde no estoy, estás cuando no estoy, estoy donde no estás, estoy cuando te vas.

"No te preocupes, cariño. Yo me encargo"

La noche hizo aparición mientras caminaba por el sendero del bosque. Mis pasos seguían el camino invisible, guiado por la voz. Los árboles fueron arropándome en la oscuridad. Un claro apareció entre la espesura donde había un lago tranquilo. El aire húmedo llenó mis pulmones. Cuando estamos sin prisa y somos prudentes, percibimos que sólo las cosas grandes y dignas tienen una existencia permanente y absoluta; que los temorcillos y los placeres despreciables no son sino la sombra de la realidad. Esto es siempre regocijante y sublime. Los hombres cierran los ojos, dormitan y consienten en ser engañados por las apariencias; así establecen y confirman su vida diaria de rutina y costumbre en cualquier parte, la que, además, está edificada sobre bases puramente ilusorias. Mi cerebro apenas podía procesar el ruido de las olas. Fue entonces cuando oí un sonido extraño. Supongo que todos los sonidos son raros cuando no has oído nada en décadas, pero esto era diferente a todo lo que recordaba. Entonces ocurrieron dos cosas casi simultáneamente: primero, el sol por fin se escondió tras el horizonte, dejando solo un tenue resplandor anaranjado en su centro; segundo, una fuerza invisible me llamaba desde las profundidades del lago.

"No te preocupes, cariño. Yo me encargo"

Una voz distante cantaba desde el horizonte. Por dentro, estaba tranquilo y hipnotizado. Era una euforia similar a la que las drogas solían devolverme en mis años de locura. Me imagino que era prácticamente lo mismo que oyeron segundos antes de morir. El aire se mezcló en el pelo y me quitó el sudor del cuello. Cuando las cortinas respiren esta noche, escucharé. A veces el viento es el tiempo. A veces es el recuerdo. A veces es una promesa. Y cuando la brisa roza mi piel, suave y fría, sé que no estoy solo. Así, empujados siempre hacia nuevas riberas,llevados sin retorno en la interminable noche,¿no podremos nunca en el mar de los tiempos echar el ancla algún día? Porque cuando el lago suspira, juro que puedo oírlo: No te preocupes, cariño. Yo me encargo.
...

La policía ya había acordonado la zona. Los transeúntes habían encontrado un cuerpo flotando en el lago. Rápidamente dieron la voz de alarma y varios agentes del cuerpo aparecieron. Las sirenas de los coches patrulla rompieron el silencio monótono del parque y las voces de los agentes ausuatron a los pájaros que habitualmente estaban cerca. 

El equipo forense hizo por fin acto de presencia. Determinaron que el hombre de mediana edad se había ahogado en el lago debido a la cantidad de agua encontrada en sus pulmones, su temperatura corporal y  su ropa empapada.  Todavía era pronto para determinar la hora de la muerte, pero la causa de esta era evidente. Levantaron el cadáver y lo colocaron en un bolsa negra, camino de la morgue.

El policía suspiró. ¿Cómo es posible que la gente no fuera tan precavida? ¿A quién se le ocurre? No se sabe muy bien la profundidad del lago, pero es engañoso… Comienza con aguas cristalinas para de repente ser una oscuridad y tenebrosidad muy clara. Nunca puedes fiarte. ¿Qué querrán saber? Tanta autopsia; para qué, si no ven nada. No saben para qué los abren: un mito, una superstición, una recolección de cadáveres, creen que tienen una virtud dentro, animistas, están buscando un secreto y en cambio no dejan que busquemos los que podíamos encontrar algo, pero qué va, para qué, tiene razón, Otro día más. Divagando como siempre. Monotonía. Eterno papeleo. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Qué tenía que hacer yo?. Iba a ser un día muy largo: papeleo, investigación, atender a la prensa, ahuyentar a los curiosos... un día de cansancio y estrés.

Mientras se sumergía en una maraña de pensamientos, una voz suave, un leve susurro, una melodía le rozó los oídos. Era un canto espiritual que le alejó por un momento del ruido, del bullicio y de ese horrible día que empezaba .

"No te preocupes, cariño. Yo me encargo"

sábado, 25 de octubre de 2025

PADRE INVIERNO

Cuando el lento frío lame la corteza de los árboles y se retira luego dejando al descubierto la franja de escarcha  y los guijarros, los pájaros y demás animales emprenden una veloz carrera y corren sobre las las hojas caídas mientras les invade el impulso primitivo del calor. Chillando, gimiendo, gritando, pasan rozando las hojas y se alejan buscando sus madrigueras. Se apresuran, acelera, se precipitan, huyen; pero ¿Adonde, y con qué finalidad? La inquieta urgencia del melancólico otoño ha arrojado un hechizo sobre ellos y deben congregarse, girar y chillar; tenían que saturarse de movimiento antes de que llegase el invierno.

El anciano paseaba tranquilamente, sin prisa. Pasos cortos en la nieve. Sin resbalar en el hielo, deslizándose como si llevara patines. Cabello blanco como la nieve, ojos grises. Larga barba, cubierta por una capucha verde. Tatuajes dibujados una y otra vez, esbozados hasta la perfección, y luego insertados con cuidado en la piel. Tinta extendiéndose hasta los pulmones, respiraciones profundas. Rizos de pelo que caían justo por debajo de los hombros. Una mirada en reposo, tan serena que un insecto se posaría en la nariz. Largas y frondosas cejas que  escondían sus ojos color enebro con pestañas cortas y entrecortadas, como cortadas con tijeras de acero. Una larga barba blanca con tonos verdosos y oscuros, ecos de un pasado lejano que ondea al viento como una bandera. Pasos profundos y pesados pero elegantes en la nieve que aparecía en su presencia, dedos de los pies helados por el frío. Sonrisas y risas encantadoras. Una risa baja que brotaba del rugido de la garganta. Puntas de los dedos agrietadas, labios partidos. Un bastón le servía de apoyo en su caminar errático para aquellos que pudieran observarle, pero conocedor de un camino conocido que siempre recorría.

Era como si no sintiera el frío, o tal vez simplemente se negara. En cualquier caso, era evidente que estaba feliz de estar afuera, rodeado de los vastos campos que se tornaban blancos tras sus pasos. Se dio la vuelta lentamente, absorbiéndolo todo. La suave nieve bajo sus pies, los copos congelados enredándose en su cabello y el viento frío rozando juguetonamente sus mejillas; parecía mimetizarse con el paisaje mientras continuaba su camino. Esbozó una suave sonrisa hacia el bosque, donde una cierva le observaba . Contempló el brillante cielo invernal unos instantes antes de adentrarse en el bosque, con el suave canto de las golondrinas dándole la bienvenida al bosque de árboles perennes. Escuchó atentamente los trinos y gorjeos de los pájaros, un canto a la vez familiar y fugaz. La cierva giró la cabeza hacia él al acercarse, como invitándolo a seguirla. Así lo hizo, y se adentró aún más en el bosque. La cierva se abrió paso ágilmente. Siguió a la cierva, pisando con cuidado las raíces expuestas de los árboles y las hojas marrones caídas. La cierva le guió sin parar, y a cada paso, el color se intensificaba. Los árboles perennes habían dado paso a arces rojos como el fuego, y la nieve a hojas moteadas de naranja. Impulsadas por la vista, ambos se dirigieron rápidamente al corazón del bosque. Allí, el aire era agradablemente fresco, y justo en medio del claro había un lago puro y no congelado aún, rodeado de hojas dispersas. Rojas, amarillas, moradas, marrones. La vista de hojas tan coloridas le hizo abrir los ojos de par en par. La cierva, sin embargo, permaneció imperturbable y comenzó a beber del lago. Observó cómo bebía hasta saciarse. Parecía que este pequeño claro aún no había caído en el invierno, pero eso pronto cambiaría. Miró al cielo, observando cómo los copos de nieve caían lentamente. Extendió la mano y atrapó uno en la palma. Se negaba a derretirse, e inclinó la cabeza con asombro. Detrás suyo, los copos de nieve caídos brillaban. Al darse la vuelta, la cierva había desaparecido. Sonrió, contemplando brevemente las hojas y la nieve, mientras reanudaba su marcha, apoyándose en su cayado. siguió su camino mientras la cierva lo observaba con curiosidad. Sus pasos eran lentos y pesados, dejando tras de sí profundas huellas que la nieve rellenaba rápidamente.

El anciano siguió su camino dejando tras de sí un manto blanco que cubrió las hojas caídas de los árboles. Sin prisa pero sin pausa, continúa su recorrido, con rumbo desconocido perdiéndose en el horizonte, ajeno a las vidas a sus pies y las miradas de los viandantes. El Padre Invierno había llegado y su camino acaba de comenzar.