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sábado, 19 de septiembre de 2026

LA FILOSOFÍA DEL LENGUAJE: MOORE, RUSSELL, WITTGENSTEIN

G. E. Moore

 La subordinación lógica de la existencia a la verdad

La filosofía analítica -una de las corrientes de la filosofía contemporánea- surgió en Inglaterra a comienzos del siglo XX. En general se caracteriza por emprender el análisis del lenguaje realizado a partir de la lógica formal (también llamada lógica simbólica o lógica matemática) que se había desarrollado enormemente en la segunda mitad del siglo XIX (“analizar” alude aquí a la actividad de descomponer un todo en partes y atender después a sus conexiones o sus relaciones). Desde luego lenguajes hay muchos ¿cuál es entonces el lenguaje al que principalmente se atendió en esta corriente filosófica? Aunque hay excepciones que ya se mencionarán -la más notable es la del denominado “segundo Wittgenstein”- el lenguaje al que más habitualmente se adoptó como asunto de análisis fue el lenguaje especializado de la ciencia: el lenguaje conceptual y proposicional del conocimiento científico. Por otra parte, en el conjunto de la filosofía analítica se adoptaron una serie de tesis procedentes de la tradición del empirismo inglés (Locke, Hume, etc.); la principal de estas tesis es la siguiente: el conocimiento reposa finalmente en la experiencia sensible: en los datos sensoriales en los que se reflejan hechos objetivos (conectados entre sí, por ejemplo, por relaciones de causalidad).

Moore

La filosofía analítica, en resumen, comenzó realizando análisis lógicos del lenguaje de la ciencia (o, a veces, de otros lenguajes, como el lenguaje de la moral, por ejemplo), un análisis del lenguaje completado con una teoría empirista del conocimiento. Iniciadores de esta corriente fueron G. E. Moore, B. Russell y L. Wittgenstein.

La filosofía analítica del lenguaje toma como modelo el lenguaje científico: el lenguaje que plasma el conocimiento en proposiciones encadenadas en razonamientos según leyes lógicas (implicación, conjunción, disyunción, etc.). En general esto es así en Russell o en el primer Wittgenstein; pero Moore, además de esta línea, también se interesó por analizar -siempre con el recurso de la lógica- el lenguaje ordinario, el lenguaje propio de la vida cotidiana. ¿Qué cabe conseguir cuando a este se le aplica la lógica? Se logra, si se tiene éxito en la tarea, clarificar lo que en él resulta oscuro y distinguir lo que en él está confuso. La meta, en todo caso, está en lograr un lenguaje depurado y claro en el que los significados de las palabras estén nítidamente diferenciados unos de otros y las relaciones entre las frases resulten bien definidas. Este análisis clarificador, por otra parte, se realiza bajo la siguiente premisa: si alcanzamos la realidad a partir del lenguaje entonces sólo si éste está correctamente ordenado la propia realidad nos aparecerá pura, nítida, prístina, sin deformaciones ni desfiguraciones, tal y como es (la filosofía analítica, por lo tanto, se apoya inicialmente en una tesis “realista”: hay una única realidad y puede ser reflejada en el lenguaje).

Significado y verdad

Según esta corriente contemporánea el principal campo temático de la filosofía es el lenguaje con el que accedemos a la realidad. Dicho metafóricamente: el lenguaje es comparado con un “espejo” de la realidad, un espejo en el que ésta se refleja; así una proposición lingüística será verdadera si refleja adecuadamente los hechos del mundo y falso si los desfigura o deforma. Hay pues, por un lado, un vínculo interno entre el significado de las palabras -y las relaciones lógicas entre los enunciados- y la verdad de los hechos. ¿Y cuál es aquí el papel de la lógica? Esta nos permite entender en su raíz cómo es el propio “espejo”, esto es, nos ayuda a explicar cómo es que las palabras se refieren a las cosas. La lógica, en definitiva, se convierte en la base de una teoría semántica.

Moore (1873-1958) es, en general, un defensor del realismo del sentido común, es decir, apuesta por la tesis de que el mundo es como es con independencia de nuestro conocimiento o de lo que digamos de él. En su obra hay una parte empirista -heredera de la tradición de Locke o de Hume, etc.- y otra centrada en la lógica del lenguaje (y la dificultad de su propuesta está en cómo encajan -o de si encajan- estas dos partes). Moore subrayó que no todo puede ser captado por los sentidos; así la lógica y la matemática -aunque también la ética como se verá al final- no tratan de hechos del mundo sino de relaciones ideales que no están propiamente en el espacio o en el tiempo (y, también, hay conceptos científicos que se refieren a fenómenos que no podemos captar sensorialmente de modo directo -por ejemplo, el concepto de “átomo”, o el de “electrón” etc.).

Hay otro aspecto en el que Moore se separa de algunas tesis de la tradición empirista (aunque acepte siempre que en la base del conocimiento tiene que estar la experiencia sensorial en la que la realidad se refleja sin distorsión alguna). Así niega en redondo que los conceptos o los significados -los significados conceptuales de las palabras- sean hechos mentales o estados de conciencia; desde luego cuando alguien profiere palabras o frases tiene ciertos procesos psíquicos en su mente, pero esto no es algo que interese a la filosofía analítica del lenguaje (interesará, por ejemplo, a la psicología, una ciencia que se ocupa de los fenómenos mentales). Los significados de las palabras -los conceptos- son, pues, insiste Moore, independientes de la mente o de la conciencia humana: pertenecen a la esfera de la lógica, es decir, a un “reino ideal” en el que no caben los hechos espaciotemporales (por ejemplo, los hechos físicos o los hechos mentales).

Una proposición (un enunciado, un juicio) es una relación entre conceptos (entre los significados de las palabras). Precisamente la lógica es la ciencia que estudia las distintas y variadas relaciones que pueden establecerse legítimamente entre los conceptos. Las proposiciones verdaderas son las que poseen internamente unas relaciones lógicas correctas, y esto es algo que, una vez se completa el análisis lógico de un enunciado o de una secuencia de enunciados, se capta directamente, es decir, es algo que “se intuye” (por ejemplo, cuando “veo” que una operación matemática ofrece un resultado correcto: “17 + 2 ꞊ 19”). Esta tesis sobre las relaciones lógicas no solo afecta a las proposiciones matemáticas -cuya verdad no depende de los hechos reales- sino que concierne también a los enunciados empíricos: los enunciados referidos a realidades existentes o hechos mundanos. Moore sostiene, en este contexto, que la “verdad material” -comprobable por la experiencia sensorial y consistente en la adecuación o la correspondencia entre los juicios y la realidad empírica- depende de la previa y básica “verdad formal”, es decir, de una serie de relaciones lógicas entre los conceptos y las proposiciones. Un enunciado o una serie de ellos que no respete las leyes lógicas -que no sea lógicamente correcto- no puede por lo tanto ser ni verdadero ni falso. ¿Por qué? Porque carece de sentido (la verdad formal, en definitiva, es una condición previa de la verdad material, de la verdad empírica). Como el resto de los autores de la filosofía analítica Moore pretende así equilibrar las tesis de un realismo empirista con una serie de tesis logicistas (según las cuales el lenguaje -tanto el ordinario como el lenguaje especializado de las ciencias- debe adecuarse a la lógica, es decir, a las relaciones formales entre los conceptos y las proposiciones).

Moore propugna, en última instancia, un realismo pluralista según el cual el mundo está compuesto por una serie de hechos en parte aislados e independientes y en parte relacionados con otros hechos según distintos tipos de relaciones (por ejemplo, las relaciones de causalidad en el plano de la realidad o, en el plano del conocimiento de los hechos, las relaciones lógicas entre conceptos y proposiciones). Estos múltiples hechos son alcanzados y fijados gracias al lenguaje -sea el lenguaje común y corriente o el lenguaje de la ciencia- y éste debe estar filtrado por la lógica pues solo ella -en cuanto nos dice cómo es el “espejo” en el que la realidad se refleja o en el que las palabras se refieren a las cosas- puede limpiarlo de impurezas y permitir que desempeñe completa y plenamente su cometido.

El funcionamiento del método analítico: su aplicación a la ética

Moore publicó en 1903 el libro Principia Ethica en el que expuso, en base al método analítico-lingüístico, una concepción filosófica del bien moral. La pregunta conductora de esta propuesta es la siguiente: ¿qué es el bien en tanto predicado que aparece en los juicios morales refiriéndose a una propiedad que presentan las personas o las cosas?

El bien, sostiene este autor, es la propiedad que tiene algo -sea persona o cosa- que la dota de un valor intrínseco, que la convierte, por ello, en un fin: algo que no puede convertirse en un medio, en algo que lleva o conduce a otra cosa posterior.

Lo difícil de entender, subraya Moore, es que el bien al que alude la ética no se puede definir conceptualmente: es una propiedad indefinible. Así pues, todas las éticas que tradicionalmente han tratado de definir el bien han terminado fracasando (o equivocándose, diciendo cosas como que el bien es el placer o el bien es lo útil, etc.). El bien es una propiedad “simple”-carece de partes en las que se pueda descomponer-, “irreductible” -no se puede explicar o entender desde otras propiedades distintas- y “objetiva” -está o no está en una persona o en una cosa con independencia de lo que nosotros creamos-. Que el bien no sea definible no implica sin más que sea incognoscible: el bien -esa propiedad intrínseca de algunas personas o cosas- se conoce de un modo “intuitivo”, es decir, la captamos en las cosas o en las personas de un modo directo e inmediato (podemos equivocarnos, pero el error se debe entonces en que confundimos la intuición del bien con algo distinto).

Además de la parte puramente teórica de la ética -que reposa sobre la tesis de que el bien se intuye como una propiedad de algo- la propuesta de Moore incluye una parte práctica en la que se aborda el problema de los “medios” para alcanzar el bien: ¿cómo se realiza y alcanza el bien una vez captado intuitivamente? Los “medios” que conducen al fin, al bien, sí son susceptibles de definición y de razonamiento; así en el razonamiento moral se justifican unos medios como apropiados y se rechazan otros como inadecuados a la hora de conseguir el bien que se busca lograr.

La propuesta ética de Moore, pese a su rigor y su claridad, contenía muchos aspectos problemáticos -por ejemplo, ¿cómo se relacionan la parte teórica y la parte práctica de la ética del bien?, etc.-, y por ello fue un tema de debate y discusión dentro de las éticas propuestas en el marco de la filosofía analítica inglesa.

BERTRAND RUSSELL 

Bases lógicas del saber científico

La propuesta filosófica inicial del reputado matemático Bertrand Russell (1872-1970) fue la llamada “metafísica del atomismo lógico” (desarrollada después, con matices nuevos, por su joven discípulo Wittgenstein). Dicho brevemente el atomismo lógico es una teoría del conocimiento y una teoría de la realidad con una parte procedente de la lógica y otra parte de carácter empirista; en su vertiente lógica este “atomismo” sostiene que hay “proposiciones atómicas”, es decir, proposiciones que no se pueden ya descomponer en otras proposiciones más simples (estas proposiciones marcan así el punto final del proceso de la descomposición de las oraciones, el momento límite del análisis); en su vertiente empírica esta propuesta afirma que a las proposiciones atómicas les corresponde los hechos atómicos (hechos reales o mundanos que tampoco se pueden ya dividir más).

Russell, además del planteamiento que se acaba de exponer, se propuso fundamentar el conocimiento matemático -un conocimiento independiente de los hechos del mundo- a partir de la lógica formal (desarrollada en el siglo XIX por autores como Frege, etc.). La obra principal de este proyecto fue los Principia Mathematica publicada en 1910. Russell explica que las proposiciones de la matemática forman un sistema deductivo cuyos axiomas básicos proceden de la ciencia de la lógica (por ejemplo, el principio de identidad, el de no-contradicción, el de tercero excluido, etc.). ¿Por qué se fijó Russell en el conocimiento matemático (intentando para este una fundamentación en la lógica)? Porque sigue, aunque con recursos nuevos, una vieja tradición pitagórica y platónica según la cual “la Naturaleza está escrita en fórmulas matemáticas” (la estructura de la realidad, está, según esta tesis tradicional, en último término en lo matemático, en lo cuantitativo). El conocimiento matemático tiene, por lo tanto, un papel clave en el conjunto del conocimiento. De todos modos -y volvemos de nuevo con la herencia del empirismo inglés tan presente en la filosofía analítica- las ciencias de hechos -como la física o la química- están también basadas en la experiencia sensorial (algo que resulta claro cuando se realiza un experimento en el que se pretende probar tal o cual hipótesis científica). La ciencia, por lo tanto, conjuga dos aspectos: uno lógico y matemático y otro empírico y experimental; ambos son inseparables, se apoyan y se refuerzan entre sí, y si uno de los dos falla el edificio de la ciencia se desmorona.

El conocimiento se plasma en una serie de proposiciones que se relacionan entre sí constituyendo las distintas teorías científicas (el conocimiento tiene, pues, una entraña lingüística –“conocer es nombrar”, en definitiva). Para que el enjambre de proposiciones del conocimiento esté bien organizado es imprescindible acudir a la lógica: un lenguaje formal perfecto gracias al cual se analiza, depura y ordena el lenguaje científico. El propio concepto de “análisis” implica lo siguiente: hay proposiciones compuestas (los “enunciados moleculares”) que pueden ser descompuestas sucesivamente hasta llegar a proposiciones simples; estas últimas son “enunciados atómicos”, frases lógicamente indivisibles. Un ejemplo clásico de proposición atómica es la que tiene la forma “S es P”: en esta clase de enunciado se atribuye un predicado –“blanco”, “marrón”, “amarrillo”- a un sujeto –“el gato que está sentado sobre la alfombra”-.

En su vertiente empirista Russell afirma que en la base del conocimiento hay proposiciones empíricas que se refieren a hechos empíricos (hechos observables en la experiencia sensible). Son estos hechos empíricos -su presencia o su ausencia lo que hace verdadero o falso un enunciado empírico (“el sol sale por el oeste”, por ejemplo). Hay, así, en el conocimiento una estrecha y estricta correspondencia entre las proposiciones y los hechos observables (siempre hechos particulares ubicados en unas concretas coordenadas espaciales y temporales). ¿Qué explica en último término esta “correspondencia” entre hechos y proposiciones? Este fue el tema del que se ocupó su discípulo Wittgenstein en el libro que publicó en 1921.

El denominado “atomismo lógico” implicaba una “metafísica”, es decir, una descripción general de cómo es la realidad, de cómo es el mundo. Sostiene Russell que el mundo está integrado por hechos independientes que, además, se relacionan entre sí; los hechos, además, son múltiples, particulares y cambiantes. Y estos hechos -cuando son conocidos- se reflejan en proposiciones verdaderas. Esta propuesta filosófica enseguida se encontró con una serie de problemas, algunos fueron rápidamente resueltos con éxito pero otros quedaron sin resolver (mostrando así que este planteamiento es deficiente en puntos concretos).

Paradojas insolubles

Hay tres tipos de proposiciones del lenguaje que son difícilmente explicables y entendibles desde el atomismo lógico. Cada uno de estos tipos presenta por lo tanto una paradoja que no se deja abordar satisfactoriamente dentro de este marco teórico. Los herederos de Russell -por un lado, Wittgenstein, por otro el positivismo lógico del Círculo de Viena- intentaron aportar para estas paradojas una solución apropiada. ¿Qué proposiciones son las que plantean dificultades? Principalmente estas: las frases que denotan hechos generales (por ejemplo “todos los cisnes son blancos”); las proposiciones que se refieren a hechos negativos (por ejemplo, “Elvis no está vivo” o “La cuenta corriente no está en números rojos”), y, por último, las proposiciones que se refieren a creencia u opiniones de alguien (por ejemplo, “Pedro cree que hay vida en Marte” o “Luisa cree que Elvis está vivo”, etc.). Estamos aquí, en definitiva, ante los puntos débiles del atomismo lógico.

¿Por qué no soy cristiano?

En el libro, el filósofo va exponiendo los argumentos que se han defendido tradicionalmente para probar la existencia de Dios, y los va desmontando uno a uno.

Russell rechaza por ilógicas todas las pruebas racionales de la existencia de Dios; el argumento de la Primera Causa que hemos visto, pero también todos los demás: el de la ley natural, los argumentos morales…, y asegura que los hombres creen en Dios porque necesitan un padre todopoderoso que los proteja contra la inseguridad y los temores de la vida.

Para Russell, la religión se basa principalmente en el miedo. El miedo, dice, es la base de todo: el miedo a lo desconocido, a lo misterioso, a la derrota, a la muerte. Y el deseo de sentir que se tiene un «hermano mayor» que nos va a defender en todos nuestros problemas y disputas.

"El miedo es el padre de la crueldad y, por tanto, no es de extrañar que la crueldad y la religión vayan de la mano", escribe Russell. "Tenemos que mantenernos en pie y mirar al mundo a la cara: sus cosas buenas, sus cosas malas, sus bellezas y sus fealdades; ver el mundo tal cual es y no tener miedo de él. Conquistarlo mediante la inteligencia y no solo sometiéndonos al terror que emana de él. Toda nuestra concepción de Dios es una concepción derivada del antiguo despotismo oriental (…) Un mundo bueno necesita conocimiento, bondad y valor; no necesita el pesaroso anhelo del pasado, ni el aherrojamiento de la inteligencia libre mediante las palabras proferidas hace mucho por hombres ignorantes. Necesita un criterio sin temor y una inteligencia libre. Necesita esperanza en el futuro, no el mirar hacia un pasado muerto, que confiamos que sea superado por el futuro que nuestra inteligencia puede crear".

Hay quienes entienden que cristiano es la persona que trata de vivir virtuosamente. De este modo serían cristianos muchos mahometanos, confucionanos o budistas, que viven virtuosamente. En la actualidad, hay dos cosas esenciales para todo aquel que se llame cristiano: la primera es de naturaleza dogmática y establece que hay que creer en Dios, en la inmortalidad y deben creer en Cristo. Pero los mahometanos, entre otros, creen en Dios y en la inmortalidad, y no se llaman cristianos. Russell dice, además, que "la gente acepta la religión emocionalmente y que por eso se nos dice que es malo atacar la religión, ya que la religión hace virtuosos a los hombres." Russell, cita la anécdota de Samuel Butler en Erewhon Revisite: "Higgins vive en Erwhom, pero viaja a un país remoto en el que permaneció algunos años. Un día decide marcharse, y lo hace tripulando un globo. Pero 20 años más tarde, vuelve a ese país remoto y observa que ha nacido una nueva religión. En esta religión, él mismo es adorado con el nombre de Niño Sol, porque se dice que ascendió a los cielos. Higgins llega el mismo día en se preparan para celebrar la Fiesta de la Ascensión. Higgins reprocha a los que ofician de sumos sacerdotes y les dice que va a comunicar al pueblo que fue él que subió al cielo en un globo. Los sacerdotes le argumentaron que no podía hacer eso, porque toda la moral del país está basada en este mito y si supieran que el Niño Sol ascendió al cielo en un globo, los hombres se harían malos".

Russell defiende un mundo en el que la educación tienda a la libertad mental en lugar de a encerrar la mente de la juventud "en la rígida armadura del dogma, calculado para protegerla durante toda su vida contra los dardos de la prueba imparcial. El mundo necesita mentes y corazones abiertos, y estos no pueden derivarse de rígidos sistemas, ya sean viejos o nuevos".

Bertrand Russell


Ludwig Wittgenstein

Conocimiento y lenguaje

Wittgenstein (1889-1951) es -junto con Martin Heidegger- uno de los autores más relevantes, influyentes y decisivos de la filosofía del siglo XX. El conjunto de su obra filosófica está marcado por dos periodos diferenciados; en cada uno de esos periodos encontramos un libro principal: a la primera etapa corresponde el Tractatus-logico-philosophicus (1921) y a la segunda las Investigaciones filosóficas (publicado póstumamente en 1953). A pesar de las grandes diferencias entre estos dos periodos hay, de todos modos, un hilo conductor: la filosofía de Wittgenstein estuvo volcada siempre a analizar el mismo campo temático. ¿Cuál? El lenguaje (suponiendo, pues, que si entendemos profundamente en qué consiste el lenguaje podremos introducir claridad sobre qué son y cómo son el resto de las cosas y situaciones del mundo).

¿Qué caracteriza globalmente a la primera etapa de su pensamiento filosófico? Principalmente la tesis -común a la primera fase de la filosofía analítica- de que la entraña última del lenguaje -y, con éste, la estructura misma del mundo- está en la lógica (una ciencia formal a cuyo desarrollo contribuyó el mismo Wittgenstein, por ejemplo, ideando el método de las tablas de verdad, etc.). En el Tractatus Wittgenstein afirma que solo hay dos clases de proposiciones con pleno sentido: los enunciados de la lógica y la matemática y los enunciados empíricos (referidos a los hechos del mundo); los enunciados lógicos y matemáticos son siempre verdaderos -son lo que se denomina “tautologías”- pues su verdad no depende de los sucesos mundanos ni de la experiencia sensorial, en cambio los enunciados empíricos son verdaderos o falsos dependiendo de si ocurren en el mundo tales o cuales hechos comprobables o verificables según algún procedimiento observacional o experimental. El resto de los enunciados -por ejemplo, los de la poesía, los juicios morales, las oraciones religiosas o las proposiciones de la filosofía- simplemente “carecen de sentido” (y por lo tanto no pueden ser ni verdaderas ni falsas). Volveremos sobre esto con más detalle en el apartado siguiente.

¿Qué caracteriza en general la segunda etapa de su obra? En primer lugar, Wittgenstein rechaza enteramente la tesis -defendida inicialmente por él mismo- de que la lógica es la entraña última del lenguaje y del mundo. La lógica, como mucho, puede ser relevante a la hora de organizar y pulir el lenguaje de la ciencia, pero este último es solo un lenguaje entre otros que no debe ser privilegiado en detrimento de los demás (por ejemplo, respecto al lenguaje de la poesía, etc.). Tenemos, pues, como primera tesis del segundo periodo, que hay múltiples “juegos de lenguaje” entre los cuales no hay que establecer de antemano ninguna jerarquía o prioridad: en cada forma de vida, en cada tipo de actividad en la que están involucrados los seres humanos (la ciencia o el arte, por ejemplo), se juega a un juego de lenguaje en el que se emiten mensajes -actos de habla, conductas verbales- siguiendo las reglas propias de ese juego. Por otra parte, ¿dónde reside el significado de las palabras y las frases con las que nos comunicábamos? En su primera etapa Wittgenstein sostenía que un enunciado únicamente tenía sentido si podría ser “traducido” en el lenguaje formal y abstracto de la lógica; pero ahora de nuevo rechaza por completo esta idea. El significado está, afirma ahora, en el uso de las palabras o las frases en los distintos contextos de la vida (en los que son pertinentes unos concretos y específicos juegos de lenguaje). En definitiva, la concepción del lenguaje del segundo Wittgenstein es “pluralista” (hay muchos juegos de lenguaje trenzados con las distintas formas de vida) y “pragmática” (el significado está en el uso de las palabras y las frases por parte de unos agentes humanos que, previo aprendizaje, se comunican entre sí en distintos contextos y con distintos propósitos -la meta del lenguaje científico es, por ejemplo, distinta de lo que pretende el lenguaje de la poesía, pero ambos lenguajes son, en su campo, igualmente legítimos). Supera así Wittgenstein la estrecha y estricta concepción del lenguaje que había defendido –“obnubilado por la exactitud y precisión del lenguaje formal de la lógica”- en su juventud.

Ampliaremos más estas ideas en los siguientes apartados, pero con lo expuesto ya está, en el fondo, resaltado lo principal respecto a la propuesta filosófica de este autor.

El proyecto epistemológico del Tractatus

En general en el Tractatus-logico-philosophicus sostiene Wittgenstein que las proposiciones del lenguaje “representan” hechos del mundo; también se puede acudir aquí a la metáfora del espejo: el lenguaje refleja en su seno los hechos del mundo (y, ambién, se podría comparar al lenguaje con una ‘pintura realista’ o con una ‘fotografía’). Por esta razón, partiendo de una teoría representativa o especular o pictórica del lenguaje, Wittgenstein concluye que el lenguaje primordial o prioritario es el lenguaje de la ciencia. Fijémonos en una proposición empírica en la que se describen estados de cosas del mundo -por ejemplo, por buscar una frase cotidiana “el gato está sobre la alfombra”-, ¿de qué depende su significado? En parte depende de la presencia del referente: de si se da aquí y ahora en el mundo el hecho referido por el enunciado (si es así el enunciado tiene significado y además es verdadero). Pero esto no es lo principal: el significado de las palabras y los enunciados sobre todo depende de que cumplan rigurosamente una serie de condiciones lógicas (condiciones expuestas por las leyes lógicas que explican cómo los conceptos se relacionan entre sí en el lenguaje de la ciencia). Llegamos así exactamente al núcleo de lo que Wittgenstein defiende: si las proposiciones representan hechos -teniendo por un lado significado y por otro pudiendo ser verdaderas- es porque hay una estructura o forma común al lenguaje y al mundo. Y esta estructura o forma está depositada precisamente en la lógica. Estamos aquí, por lo tanto, ante el supuesto principal de la concepción representativa del lenguaje. La filosofía, por su parte, se encarga de explicitar el conjunto sistemático de las condiciones lógicas que vinculan y conectan el lenguaje con el mundo. Pero en este paso despunta enseguida un problema: las proposiciones filosóficas en las que se pone de relieve el armazón lógico común a las proposiciones y los hechos ¿tienen a su vez significado? ¿O tal vez, paradójicamente, carecen de significado (pues no son ni proposiciones empíricas que se refieran a hechos del mundo ni tampoco enunciados lógicos o matemáticos)? ¿Cómo resuelve -o, mejor, cómo intenta resolver- Wittgenstein esta enorme paradoja? Volveremos sobre ello al final del apartado. Ahora nos fijaremos en otros aspectos de lo que se expone en el libro de 1921.

En su atomismo lógico Russell sostenía que la unidad mínima de significado está en la palabra o el concepto aislado (por ejemplo, “árbol”, “mesa”, “electrón”, “triángulo”). Wittgenstein discrepa de esta tesis: un concepto tiene un significado completo y preciso sólo cuando está integrado en una proposición. Así pues, la unidad básica de significado es el enunciado o el juicio.

Profundizando en este tema propuso Wittgenstein lo que se denomina una teoría “pictórica” del significado de la proposición. Esta teoría pretende explicar cómo los enunciados logran referirse con éxito a los hechos del mundo; para ello compara una proposición con un “cuadro realista” -en el que se busca una copia exacta de un modelo: tomemos como ejemplo un retrato de una persona, en él cabe indicar que tal porción representa la nariz y tal otra representa la boca o los ojos (representar significa aquí sustituir, estar por algo o estar en vez de algo). ¿Por qué, pregunta Wittgenstein, una proposición “pinta” un hecho del mundo de un modo reconocible? Porque, como antes expusimos, el lenguaje y el mundo, en el fondo, comparten una idéntica forma lógica. Por esta razón la lógica tiene un papel principal y ocupa un lugar fundamental: en ella se encuentra nada menos que la explicación última del conocimiento de la verdad (gracias a proposiciones con un significado preciso y exacto) y la explicación completa de la realidad en su organización general.

Wittgenstein considera, cuando desarrolla esta teoría del lenguaje, que hay dos tipos de proposiciones provistas de significado: la proposiciones formales y abstractas de la lógica y la matemática y, además, las proposiciones empíricas referidas a hechos del mundo (estamos aquí, por lo tanto, ante el lenguaje de la ciencia). Cuando están bien formadas y correctamente relacionadas las proposiciones lógicas y matemáticas son siempre verdaderas: son tautologías (verdades a priori cuya validez no depende de ningún suceso mundano). En cambio, una proposición empírica no es siempre verdadera, su verdad depende de si actualmente se da el hecho que ella representa (asume en este punto Wittgenstein una tesis del empirismo inglés: es la experiencia observacional de los sentidos la que determina en último término la verdad o la falsedad de una proposición científica).

Dejamos antes pendiente un problema o una paradoja: los enunciados filosóficos exponen la forma lógica común al lenguaje y al mundo; sin embargo, estos peculiares enunciados no son ni los propios de la lógica ni tampoco son enunciados empíricos. En coherencia con sus tesis iniciales Wittgenstein concluye que los enunciados filosóficos carecen de sentido o de significado (por lo cual, por otra parte, no puede ser declarados ni verdaderos ni falsos, entre otras cosas porque ellos enuncian las condiciones de que algo sea o verdadero o falso). ¿Cómo sale de este monumental enredo? Introduciendo una curiosa distinción entre lo dicho y en el lenguaje y los mostrado por el lenguaje. En el lenguaje lógico-matemático y en el lenguaje científico se dice algo, se pinta o fotografía o representa algo. En cambio, el lenguaje de la filosofía -encargado nada menos que de señalar la estructura común al mundo y al lenguaje- no dice nada, no representa nada. ¿Entonces, qué hace este peculiarísimo lenguaje? Solo “muestra” esa forma o ese armazón compartido por proposiciones y hechos. Esta ingeniosa distinción entre lo dicho en el lenguaje de la ciencia y lo mostrado por el lenguaje de la filosofía no convenció a todos, más bien originó encendidos debates: Russell no la aceptó, y en el Círculo de Viena encontró unos pocos partidarios y bastantes detractores (todos reconocían la genialidad de Wittgenstein, pero dudaban de que su distinción resolviera realmente el problema planteado).

Por último, puede destacarse que en la parte final del libro de 1921 afirma Wittgenstein que no todo puede decirse en el lenguaje de la ciencia, o que no todo cabe en el estrecho molde de la lógica: aunque sea “fuera” del mundo de los hechos reconoce que hay también lo que denomina “lo místico”, es decir, lo “inexpresable lingüísticamente”; así la ética, la estética, la religión, por ejemplo, apuntan hacia eso que se sitúa más allá de la frontera de lo que puede ser conocido y verificado científicamente. Y eso, sostiene Wittgenstein, no puede sin más desdeñarse y rechazarse: tiene, al menos vitalmente, mucha importancia.

Conocimiento y juegos de lenguaje

Después de publicar en 1921 el Tractatus-logico-philosophicus Wittgenstein empezó, primero poco a poco, después de un modo más tajante, a distanciarse de su posición inicial hasta llegar rechazarla por completo. Sus rotundas afirmaciones iniciales -la lógica es el molde común al lenguaje y al mundo, sólo tiene sentido y sólo puede ser verdadero el lenguaje de la ciencia, etc.- le parecían ahora, años después de afirmarlas, precipitadas, exageradas, rígidas, demasiado estrechas. En vez de venerar el lenguaje puro, pulcro e idealizado de la lógica empezó a fijarse -por ejemplo, en un periodo en el que trabajó como “maestro de escuela”- en el lenguaje cotidiano, ese lenguaje común y corriente en el que los seres humanos se comunican en distintas y variadas situaciones vitales cuando llevan a cabo una serie de tareas. ¿No es este lenguaje polisémico, público, dialogal, el lenguaje básico y primordial? Esta nueva orientación -en la que se abandona la primacía de la lógica en favor de los múltiples lenguajes que actúan en la vida cotidiana- cuajó finalmente en su último libro, titulado Investigaciones filosóficas, publicado póstumamente en 1953. Muchos autores de la “filosofía analítica” -sobre todo los entonces más jóvenes- se sintieron atraídos por este innovador planteamiento y, cada uno aportando unos peculiares matices, se adentraron en esta línea de indagación (por ejemplo, Ryle, Austin, Strawson, Searle, etc.).

Lo primero en lo que insiste ahora Wittgenstein es en negar una y otra vez que exista algo así como el Lenguaje, escrito con mayúsculas. Lo que hay son múltiples lenguajes irreductibles entre sí y esto es algo que debe respetarse escrupulosamente. Es cierto que la filosofía debe intentar, hasta donde pueda, decir algo relevante sobre el “lenguaje en general”, pero sin perder nunca de vista que esto es una abstracción que no debe confundirse con la realidad: los diversos lenguajes que son hablados o escritos en los distintos contextos de la vida social en los que los seres humanos están implicados. ¿Qué es, pues, el “lenguaje”? Propone Wittgenstein compararlo con un “juego” -por el ejemplo el ajedrez o algo de este estilo. Cuando, en el seno de una actividad cultural, por ejemplo, científica o artística, hablamos o escribimos, estamos jugando a un juego, es decir: realizamos jugadas que siguen unas determinadas reglas (en el caso del lenguaje hay reglas sintácticas, semánticas y pragmáticas). Con esta tesis principal –“el lenguaje es como un juego”- Wittgenstein pretende subrayar que los lenguajes no flotan en el vacío: están siempre incardinados en y entrelazados con formas de vida sociales y culturales concretas; por esta razón por importantes que sean las reglas gramaticales del lenguaje -las reglas sintácticas y semánticas- resultan al final decisivas las reglas pragmáticas: las reglas de uso de las frases en los contextos de la vida ordinaria (esto, entre otras cosas, explica por qué el modo óptimo de aprender un idioma extranjero es, precisamente, practicarlo “in situ”). En definitiva, y esta es la primera tesis del segundo Wittgenstein, el “lenguaje” es un enjambre de juegos complejos y cambiantes provistos de una serie de reglas de uso, unos juegos que están entretejidos con las actividades que desempeñan los seres humanos en su vida mundana.

Wittgenstein -como hará también Martin Heidegger- afirma que no hay un mundo ideal y verdadero, un mundo trascendente, inmutable y permanente, idéntico y universal, eterno y seguro, un mundo perfecto y acabado que se apoye en un fundamento definitivo al que se accede a través de un lenguaje especial (por ejemplo, el lenguaje conceptual organizado desde la lógica). La idea de un mundo así -un mundo que repose sobre entidades autosuficientes como Dios o el Hombre- es una creencia de la tradición occidental desde Platón (el cual suponía que había un reino ideal de esencias que formaban una trama piramidal que lo explica todo). Pero en el siglo XX esa creencia en lo Absoluto se ha desvanecido. El mundo es inestable, incierto, complejo, cambiante, y nada nos indica en serio que repose sobre un Fundamento absoluto. Traducido todo esto al plano del lenguaje resulta lo siguiente: los juegos de lenguaje -trenzados con las formas socioculturales de vida- nacen un día, se desarrollan y al final, por agotamiento, perecen y son sustituidos por otros distintos en un ciclo sin fin.

Volvamos ahora con la teoría del significado del lenguaje propuesta por Wittgenstein en su segunda etapa. En su primer libro, publicado en 1921, el significado de las proposiciones empíricas está en su referente, en un hecho particular del mundo; esta semántica referencialista es el núcleo de la teoría pictórica o representacional del lenguaje. Pero en su segunda etapa Wittgenstein es más cauto: esta teoría vale, en efecto, para algunos tipos de lenguaje -por ejemplo, el lenguaje de la ciencia- pero no es una norma de obligado cumplimiento para todos los lenguajes en su inmensa variedad y riqueza. ¿En qué consiste entonces el significado de las palabras y de las frases (sean orales o escritas)? El significado se define y se concreta en el uso; por lo tanto, los mensajes que intercambian los seres humanos en el seno de las actividades que desempeñan son jugadas en un juego de lenguaje en el que el uso está determinado por reglas. Desde luego esta tesis -el significado reside en el uso- es mucho más amplia y versátil que la que Wittgenstein defendió en un primer momento: hay, sin duda, un uso “pictórico” del lenguaje (cuando las proposiciones representan hechos), pero hay también muchos más usos legítimos (por ejemplo, el uso poético o literario, el uso persuasivo de la retórica política, el uso moral en el que decimos que algo es bueno o malo, etc.).
Una de las implicaciones de la tesis de que el significado se resuelve en el uso es que las palabras y las frases son polisémicas, siendo el contexto el que estipula cuál es el significado pertinente y apropiado en cada caso y ocasión. El significado, por lo tanto, no solo depende del referente, también depende del contexto.

¿Cuál es, según la segunda propuesta de Wittgenstein, el cometido de la filosofía? Por un lado, se encarga describir y clarificar el lenguaje en la variedad de sus usos. Por otro lado, se ocupa de prevenir y de evitar cualquier intento de reduccionismo: por ejemplo, cuando se pretende reducir la multiplicidad del lenguaje a una unidad, o cuando se trata de considerar que hay un único lenguaje privilegiado que debe imponerse sobre los demás, o cuando se cree que hay que eliminar la polisemia en favor de los significados unívocos, etc. La filosofía, así, tiene que contribuir a que se asuma que no hay una esencia fija del lenguaje y, tampoco, una esencia permanente del mundo; tiene, pues, que enseñar a que se respete la pluralidad, complejidad y mutabilidad del lenguaje, pues todo esto son rasgos positivos, no algo que hay que combatir y eliminar a toda costa.

Si el significado de palabras y frases está en los juegos de lenguaje incardinados en formas de vida, ¿qué dice ahora Wittgenstein sobre la cuestión de la verdad? En su primera obra definía la verdad como la correspondencia exacta entre las proposiciones y los hechos, algo que encaja a la perfección con una teoría pictórica o representativa del lenguaje. Pero una vez se reconoce, como ocurre en su segunda etapa, que hay muchos juegos de lenguaje ¿cómo puede entenderse qué sea la verdad? En principio, la verdad es, ante todo, el acuerdo o el consenso de los jugadores sobre la validez de las frases que se emiten o que circulan por el espacio común; en situaciones normales no cabe, por otra parte, ni un acuerdo unánime ni tampoco un desacuerdo completo: y en este punto intermedio, en esta línea de equilibrio, se mueve precisamente la verdad. La verdad, por lo tanto, es un acuerdo entre los participantes en un juego de lenguaje en parte firme y estable -erigiéndose en un vínculo que aglutina una comunidad- y en parte frágil e inestable -un consenso consolidado puede deshacerse si hay motivos o razones para ello, y así, cabe alcanzar después otro acuerdo distinto sobre qué se acepta como verdadero y se rechaza como falso (y así sucesivamente pues no hay un acuerdo definitivo que nunca pueda ser revocado y revisado). Una vez dicho esto, Wittgenstein añade una puntualización importante: en última instancia los procedimientos concretos para fijar lo verdadero y descartar lo falso (o distinguir lo bueno de lo malo, lo bello de lo feo, etc.) son internos y específicos de cada juego de lenguaje; el procedimiento por el cual se concluye, aunque sea provisionalmente, que una película es una obra maestra del cine es distinto del que actúa en el caso del conocimiento científico o en el de una decisión política, etc. En definitiva: la verdad de las frases es el precipitado, en parte fijo y en parte móvil, del acuerdo o consenso de una comunidad implicada en una forma de vida y en un juego de lenguaje que incluye maneras específicas de verificar sus contenidos, de comprobar su validez.

En conclusión, Wittgenstein en su segundo periodo, afirma que la filosofía describe los juegos de lenguaje, define el significado de palabras y frases como su uso reglado y entiende que la verdad es un consenso vinculante para una comunidad que puede eventualmente ser modificado. Por otro lado, la filosofía se afana en contrarrestar los constantes intentos de homogeneizar y estabilizar el lenguaje atándolo a un fundamento fijo y definitivo (por ejemplo, cuando se postula un universo de esencias idénticas y eternas que tiene que ser alcanzado por el conocimiento, etc.). No hay un Fundamento, no hay ningún Absoluto al que agarrarse. Por último, la filosofía posee un papel crítico que la conduce a alentar los cambios, las reformas en los juegos de lenguaje vigentes; sin embargo, este papel crítico tiene que entenderse bien con el fin de no exagerar el modesto papel de la filosofía: no es la filosofía la que, ella sola, efectúa el cambio en un juego de lenguaje, éste cambio, cuando se gesta o cuando cristaliza, proviene de su dinámica propia, son las propias formas de vida las que según se van desprendiendo del lastre del pasado que las anquilosa y agarrota se abren a la novedad de un acontecimiento en el que resultan profundamente transformadas. La filosofía puede, tal vez y en el mejor de los casos, preparar la llegada de ese acontecimiento, aprestar la apertura de un paradigma nuevo, pero no le corresponde realizar por sí sola esa transformación que compete a las propias formas de vida entretejidas con sus propios juegos de lenguaje.


Ludwig Wittgenstein

viernes, 11 de septiembre de 2026

LEIBNIZ

La filosofía de Spinoza estaba guiada por la primacía y la prioridad de la “necesidad” (en el mundo ordenado en razón de la única Substancia rige un orden necesario, una ley implacable). En cambio, en la filosofía de Leibniz la “posibilidad” es prioritaria y más básica que la “necesidad” (así, por ejemplo, nuestro mundo no es sino uno de los mundos posibles).

La filosofía de Leibniz, como lo fueron las filosofías de los siglos XVII y XVIII (hasta Hume), es teocéntrica. “Dios” es el fundamento último del mundo, del conocimiento, de la moral, etc. ¿Cuál es, en este autor, el papel de Dios (la substancia infinita, perfecta, etc.), en el surgimiento del mundo? Dios eligió racionalmente entre todos los mundos posibles uno de ellos; ¿cuál? El mejor, el menos imperfecto (Voltaire dedicó una novela, titulada Cándido, a rebatir esta tesis leibniciana). Pero queda en pie lo subrayado: la posibilidad precede a la necesidad (punto este en el que discrepan Spinoza y Leibniz). El mundo creado por Dios desde la nada es, pues, imperfecto, es, así, una mezcla de necesidad y contingencia (de orden y desorden, regularidad y azar; en él hay además de causas mecánicas también causas finales, y, por ello, un margen de libertad).

Cuando aborda la cuestión del conocimiento Leibniz comienza distinguiendo dos clases de verdades: verdades de hecho y verdades de razón. Las verdades de hecho se obtienen después de la experiencia (a posteriori), son contingentes y particulares y se basan en el principio de “razón suficiente” (según el cual todo sucede según una causa que aunque se ignore inicialmente puede llegar a ser esclarecida). Las verdades de razón son verdades a priori: están en el cognoscente de un modo innato (con anterioridad a la experiencia), son universales y necesarias, y se apoyan en tres principios lógicos: identidad, no contradicción, tercero excluido. El único conocimiento pleno, perfecto, completo y enteramente verificado es el conocimiento de Dios (una substancia omnisciente –que conoce el sistema de la verdad). El conocimiento humano, en cambio, es un conocimiento limitado, finito, un conocimiento que avanza convirtiendo paulatinamente en verdades de razón –ciertas y seguras- las iniciales verdades de hecho (precarias y vacilantes). Es así como, de un modo lento y nunca terminado, el conocimiento humano se va acercando todo lo que puede al conocimiento divino. ¿Cuáles son los principales apoyos a la hora de que se concrete ese acercamiento y aproximación? La matemática y la lógica –dos ciencias formales, ciertas y exactas, deductivas y demostrativas- desempeñan un papel clave en el avance del conocimiento. Este es el motivo principal por el que en el siglo XVII se dedicó un enorme esfuerzo intelectual en el desarrollo de nuevas ramas de estas dos ciencias (geometría analítica, cálculo infinitesimal, lógica combinatoria, etc.).

La metafísica leibniciana, su teoría general sobre la realidad, es una “monadología”. ¿Qué significa esto? La realidad entera está constituida por una multiplicidad de unidades (mónadas) ordenadas según relaciones de muchos tipos (una relación básica es la relación causa-efecto, pero caben otros modos de relación). Lo que radicalmente define cada mónada es su “fuerza”, su impulso interior, su actividad propia. En su entraña última, por lo tanto, los entes del mundo son dinámicos: encierran un dinamismo interno, distinto según la clase de ente que se sea en cada caso. Por esta razón la parte principal de la física, sostiene Leibniz, no es la “mecánica” –como afirmaba Descartes- sino la “dinámica” –punto en el que coincide con Newton.

Hay mónadas simples –sin partes, o sea: indivisibles- y mónadas compuestas (y por lo tanto divisibles, analizables). En general los entes o fenómenos –un ser humano, un árbol- son agregados de mónadas: cada cosa es una precisa y específica combinación de unidades; estamos aquí, por lo tanto, ante mónadas compuestas: un todo divisible en partes (hasta llegar a mónadas simples).

El mundo es el universo de las mónadas. Un universo jerarquizado: piramidal. En la cúspide está la Mónada Suprema: Dios. El resto de las mónadas se organizan según una gradación descendente; el criterio de su ubicación en esta escala de los seres es su mayor o menor potencia de acción o fuerza activa, es decir: su menor o mayor capacidad de percibir y apetecer. Un ser humano es una mónada dotada de razón que consta de percepción, apetición y apercepción (conciencia de sí misma), y su felicidad consiste en su perfeccionamiento (es decir, en el incremento de su potencia de acción).

Considerado en su conjunto el Universo de las mónadas constituye un Orden –con su margen propio de contingencia y azar- regido y gobernado por una “armonía preestablecida”; ésta indica que el orden de las relaciones entre las mónadas que componen el universo es a la vez espontáneo y planificado –siendo Dios, en último término, el principio explicativo de ese orden armonioso y regular.

Leibniz

jueves, 2 de julio de 2026

EL EMPIRISMO: HOBBES, LOCKE, BERKELEY, HUME

Características del empirismo

El empirismo es una corriente filosófica que se desarrolló en Inglaterra en los siglos XVII y XVIII. El empirismo se define a través de dos tesis principales:
  • El conocimiento se origina en la experiencia sensible (es decir: lo primordial estás en las sensaciones o en los sentimientos en tanto ambos surgen del contacto directo e inmediato entre las cosas del mundo y los órganos sensoriales de los seres humanos).
  • La experiencia sensible no es solo el origen del conocimiento y el origen de la moral sino que es aquello a partir de lo cual se organizan y se legitiman ambos (en la medida en que tanto los juicios sobre los hechos como los juicios morales se anclan, respectivamente, en las sensaciones o en los sentimientos).
Estas dos tesis convergentes conducen a que la tradición empirista rechace tanto la filosofía medieval (el platonismo de San Agustín o el aristotelismo de Santo Tomás) como el Racionalismo del siglo XVII (Descartes, Spinoza, Leibniz).

Del Racionalismo rechazan, por ejemplo, tanto la primacía del conocimiento matemático como la consideración de que el auténtico conocimiento surge de ideas innatas, etc.

Por lo tanto el empirismo se erige sobre el principio siguiente: la base del conocimiento está en la observación (en los datos sensoriales) y la base de la moral está en la pasión (en las emociones, los sentimientos, los afectos). Todo aquello que no encuentre su refrendo o su apoyo en la experiencia sensible de los seres humanos tiene que ser rechazado y descartado por “abstracto” (por “metafísico”, por ser una “especulación trazada en el aire”, etc.). Desde el empirismo, en definitiva, se desplegó una crítica de la escolástica medieval y del racionalismo en la que se discrepa de sus conceptos sobre el Mundo, Dios y el Hombre (y también de la substancia, la esencia y la existencia, la identidad, la causalidad, etc.).

Hay, de todos modos, un punto en común entre el Racionalismo y el Empirismo: a pesar de sus discrepancias ambas corrientes filosóficas modernas comparten la tesis de que debe comenzarse siempre –con el fin de fundamentar el conocimiento y la moral- desde la conciencia humana y sus “contenidos” (sus “representaciones”). Solo así podrá localizarse la base sobre la que reposa el conocimiento, la moral y la política.

Los autores empiristas más destacados –herederos en cierta medida del Nominalismo del final de la Edad Media y de la posición del renacentista Francis Bacon- fueron Hobbes, Locke, Berkeley y Hume (siendo este último el empirista más consecuente, el que llevó más lejos los principios de esta tradición filosófica).


Hobbes

De este autor se estudiará en primer lugar su teoría del conocimiento y a continuación su teoría política.

Teoría del conocimiento

Hobbes desarrolló una teoría del conocimiento a la vez empirista y materialista (bajo la influencia por un lado de Bacon y por otro de Galileo).

Admite Hobbes una tesis general de la ciencia moderna: la ciencia se sostiene sobre el “razonamiento deductivo” (sobre la fijación de conexiones deductivas), y el principal razonamiento de este tipo es la denominada “inferencia causal” (en la que se busca conocer un efecto remontándose a su causa). La ciencia, por lo tanto, es el conocimiento de relaciones causales (la causa no es por lo tanto una propiedad de una cosa sino una relación entre al menos dos fenómenos o dos hechos). Una relación causal, una vez reconocida, explica el movimiento de la materia (de la realidad física) en la medida en que establece que un fenómeno es causa de otro fenómeno (su efecto). En la ciencia física la relación causal es una ley que estipula para cada movimiento o cambio qué es la causa y qué es el efecto, y esta ley es una ley que puede ser cuantificada, expresada matemáticamente sea a través de la aritmética o de la geometría (el que las leyes causales de la física sean matematizables es lo que hace que esta ciencia sea considerada la ciencia por excelencia, el conocimiento más relevante). ¿Dónde aparece en esta consideración el “empirismo”? Hobbes subraya que las causas y los efectos solo se conocen por la observación de los hechos, es decir: a través y a partir de la experiencia sensible. Solo después de la detenida y repetida observación de los hechos en un segundo momento se aplica el conocimiento matemático en el que se cuantifica la causa y el efecto (es así como Hobbes conjuga una tesis empirista con el paradigma matemático del conocimiento físico propio del siglo XVII).

Gracias al conocimiento empírico proporcionado por las ciencias la mente humana (su razón o su entendimiento) consigue predecir los sucesos del mundo (¿qué es una predicción? Sobre todo es anticipar el futuro desde la experiencia del pasado). Y la predicción de los sucesos naturales, realizada a partir del cálculo matemático, permite por su parte el control de esos sucesos, es decir: permite el control mismo de la naturaleza (concebida pues como un “sistema determinista”, como una máquina regular, ordenada de un modo previsible, organizada según tramas precisas de relaciones causales constantes y permanentes).

Por último destacaremos de la teoría empirista del conocimiento propuesta por Hobbes dos tesis que aparecerán también en los demás autores de esta misma corriente filosófica: a) hay un rechazo expreso de la afirmación racionalista de que la mente humana posee una serie de ideas innatas; b) el lenguaje del conocimiento consiste en una combinación de signos según las reglas de la gramática y de la lógica.


Teoría política

La filosofía política es, en el contexto de la era moderna del mundo, un intento de entender en qué consiste la relación entre la sociedad civil (asociación compuesta por individuos, por ciudadanos) y el Estado (el poder del gobierno de los asuntos públicos, de los temas comunes).

En su filosofía política aplicó Hobbes un modelo a la vez geométrico y físico (mecánico). Partiendo de las analogías que proporciona este modelo su teoría política comienza realizando un estudio empírico de la “naturaleza humana”; en él se concluye lo siguiente: los individuos humanos se definen por unos impulsos (instintos, pasiones) egoístas que guían inexorablemente la voluntad humana. Una porción de esos impulsos tienen un carácter hedonista: conducen a perseguir el placer y evitar el dolor (así el bien y el mal se definen en base a esos dos impulsos –uno de atracción hacia el placer y el bien y otro de repulsión hacia el mal y el dolor). Pero el impulso central de la naturaleza humana induce en él un desmedido afán de poseer y de acaparar todo lo que se pone a su alcance; la teoría política de Hobbes, por lo tanto, tiene su punto de partida en definir a los seres humanos desde un radical “individualismo posesivo” (el individuo humano, según este retrato, es propiamente insaciable y por eso está perpetuamente insatisfecho, su movimiento apetitivo nunca cesa, nunca encuentra reposo y sosiego). Esta situación inicial y originaria de los seres humanos da pie a lo que se llama aquí “estado de naturaleza” (un estado presocial, prepolítico, prejurídico); este estado o situación “natural” (primitiva, ancestral) es en el fondo un “estado de guerra”: todos luchan contra todos, sin ley, sin orden, o sin otra “ley” y otro “orden” que la mera prevalencia –inestable, precaria- del más fuerte (del más cruel y despiadado, del que satisface sin miramiento alguno sus apetitos posesivos). Desde luego, apunta Hobbes, este estado de guerra constante es penoso, insoportable, extenuante, convierte la vida en un auténtico tormento, en un infierno; así pues el propio “estado de naturaleza” –propio de las hordas bárbaras- impulsa o anima a salir de él de algún modo: impele a buscar una escapatoria. ¿Y cuál es la salida más racional a ese estado lamentable? Que los individuos egoístas se asocien en una “sociedad civil” en la que firman un Contrato (establecen un pacto, subscriben un acuerdo) según el cual todos y cada uno ceden y delegan su respectivo poder en una instancia superior: el Estado (vertebrado por el Derecho, por el imperio de la Ley y el Orden que ésta fija y define). A partir de este instante -en el que los individuos pactan ser todos por igual obedientes súbditos de un único soberano- el Estado se erige en la sede única del auténtico y legítimo poder político. El poder del Estado, por su parte y según los términos del contrato firmado, está orientado hacia un fin principal: evitar por todos los medios que vuelva el temible y terrible “estado de naturaleza” (un estado que está, en razón del egoísmo inextinguible de los impulsos humanos, siempre latente, siempre amenazando en la sombra). El Estado es así el depositario y el administrado de un poder total –por ejemplo monopolizando la coacción y el castigo a los individuos que desobedezcan la ley y transgredan el orden establecido por ella. Y ese poder completo será legítimo siempre y cuando persiga el fin sobre el que se articula el pacto social o contrato ciudadano: proteger la paz social y asegurar la vida y las propiedades de los súbditos.


Hobbes afirma, completando lo expuesto hasta aquí, que en tanto que el poder solo reside en el Estado el pacto social una vez subscrito y aceptado es irreversible e irrevocable. Por otro lado Hobbes insiste en que el poder del Estado es indivisible: la soberanía no se puede parcelar o trocear sin perder su fuerza y eficacia (un poder del Estado dividido caería a medio plazo en la descoordinación y donde debería reinar el orden empezaría a imperar el caos). Por ello Hobbes apunta así la idoneidad de un único mandatario, apostando entonces por una Monarquía (en ella el soberano no puede estar sometido a la Ley del Derecho pues él es la instancia que promulga la ley y se responsabiliza de su cumplimiento por todos los individuos). Por otra parte –pues solo así el poder del Estado es un poder completo y total- el poder político debe incluir en su seno el poder religioso, coincidiendo con ello el Estado y la Iglesia (no puede haber pues por un lado un Rey y por otro un Papa: tienen que coincidir en un solo mandatario).
Estas son las principales coordenadas del absolutismo político propuesto por Hobbes (una teoría política empirista que se sostiene sobre el iusnaturalismo –la hipótesis de una ley natural- y la idea de un contrato social como origen de la soberanía, etc.); su teoría política está en el fondo vinculada con las monarquías absolutistas que preponderaron en los siglos XVII y XVIII.


Locke

Estudiaremos de este autor por un lado su teoría empirista del conocimiento y después su teoría política (en la que tiene su origen el liberalismo europeo).

Teoría del conocimiento

La tesis central es la común a todo el empirismo: el fundamento último del conocimiento está en la experiencia sensorial, en los datos de los sentidos (¿por qué? porque según esta corriente filosófica lo sensorial es lo único que se capta propiamente de un modo directo e inmediato, es decir: de un modo cierto, seguro y, a la postre, indudable, infalible, incorregible). Por lo tanto Locke sostiene que la experiencia sensorial –en la que se aprehenden hechos particulares del mundo, sucesos empíricos- es el origen del conocimiento, la principal fuente de su validez (o el criterio de su certeza) y, también, eso que marca su límite.

Lo primero y lo primordial es pues la sensación. Sobre ella reposa y se apoya todo lo demás, por ejemplo la reflexión (la captación introspectiva de la propia mente –sus estados y sus operaciones) y la abstracción (en la que surgen los conceptos o las ideas generales). Por lo tanto Locke afirma que todo en el conocimiento depende en último  término de la presencia –o de la ausencia- de las sensaciones (aunque Locke, siguiendo aquí a Descartes, destaca la certeza y la evidencia de la reflexión pues en la aprehensión de la conciencia por ella misma apenas hay lugar para el error o la confusión; por lo tanto la experiencia sensible externa aún siendo la fuente, el criterio y el límite del conocimiento a veces da pie al error y el engaño, en cambio la experiencia interna es segura y cierta).

También formula Locke una crítica de la tesis racionalista de que la mente está provista siempre de una serie de ideas innatas (por ejemplo las ideas matemáticas o la idea de Dios, tal y como defendía Descartes). Compara así la mente humana a un papel en blanco en el que poco a poco, en el curso mismo de la experiencia, se van imprimiendo las sensaciones (a partir de las cuales, posteriormente, surgen ideas generales, la ideas abstractas del entendimiento –gracias a la memoria, la imaginación y el lenguaje). ¿Qué es una “sensación”? Una sensación, cada sensación, es el efecto en la mente –y en los órganos sensoriales del cuerpo- del objeto externo, de las cosas materiales (dotadas de propiedades –sean cualidades primarias, es decir, cuantificables, o cualidades secundarias, propiedades que no se pueden matematizar).

Locke propone una clasificación de las ideas (de las representaciones de la mente humana –de los “contenidos de conciencia”, eso que la mente capta primariamente dentro de sí misma). Por una parte, y de un modo básico, hay ideas simples e ideas compuestas (o complejas). Las ideas simples –esas que no se pueden descomponer en partes más pequeñas- son ideas de sensación (la captación de un color, un sonido, un sabor o un olor) o ideas de reflexión (ideas propias de la experiencia interna, de la introspección en la que un yo capta sus propios estados, sus procesos, sus operaciones). Las ideas complejas o compuestas son una combinación de ideas simples realizada por la mente siguiendo unas pautas determinadas (así la idea de una manzana es compleja –está compuesta de ideas simples como la redondez, el color amarillo, el sabor ácido o dulce, etc.).

Desde luego Locke sostiene que aunque parta siempre y necesariamente de lo particular, de lo que se ofrece a los datos de los sentidos, de las sensaciones, el conocimiento es un conocimiento de lo general (un veterinario sabe algo de los perros o de los gatos “en general” –y no solo de este o aquel gato o perro particular con el que ha tenido un contacto directo e inmediato). ¿Y qué es lo que explica –según esta teoría empirista del conocimiento- el paso de la experiencia sensorial de lo particular al conocimiento de lo general? Una complicada y delicada operación de la mente denominada “abstracción”; ¿en qué consiste, dicho con brevedad, “abstraer”? En separar, aislar y retener unas pocas propiedades –las comunes y las más estables- operando así, en base a las cosas y los sucesos concretos y particulares, una simplificación y una generalización. Gracias a la abstracción de la mente –en base a las ideas simples de sensación- se alcanzan unas ideas generales o unos conceptos abstractos (además de la memoria y la imaginación en el proceso abstractivo desempeña un papel central el lenguaje, las palabras o los signos lingüísticos, especialmente lo que llamamos “nombres comunes”, pues es en ellos donde se encarnan las ideas abstractas de la mente). La abstracción, en definitiva, como paso de lo particular a lo general, es lo que permite, por ejemplo, que el conocimiento realice clasificaciones de las realidades concretas que se brindan en la experiencia ordinaria (surgiendo así las taxonomías de la botánica o de la zoología en las que se ordenan las plantas y los animales en un cuadro general de especies y de géneros).

La posición de Locke –como la del conjunto de los autores del empirismo- es en el fondo “nominalista” (heredando así algunas de las tesis que a finales de la Edad Media propuso Guillermo de Ockham). Y un punto central del nominalismo se encuentra en el frontal rechazo del esencialismo de la tradición platónica y aristotélica que se asentó en la Edad Media a través de San Agustín y Santo Tomás. La tesis empirista es siempre esta: aunque el conocimiento sea siempre conocimiento de lo general este conocimiento reposa una y otra vez –si no quiere perderse en etéreas especulaciones sin fundamento- sobre lo único que propia y realmente existe: las realidades particulares que aprehendemos directa e inmediatamente a través de la experiencia sensorial (a partir de las ideas simples de sensación). Y esto último excluye que el mundo esté atravesado y sostenido por una única y rígida trama de esencias universales y necesarias. El empirismo es así una versión moderna –tamizada por las ciencias que se sostienen sobre la observación de los hechos mundanos- del nominalismo.

Partiendo pues de sus afirmaciones empiristas emprende Locke una crítica –muy moderada en su caso- de la metafísica tradicional (de las filosofías medievales que se habían forjado combinando el cristianismo con la herencia griega del platonismo y el aristotelismo). La tradición de la metafísica –en la que los empiristas incluían a sus directos competidores: los racionalistas de la Europa continental- pretendía aportar conocimientos esenciales sobre el Mundo (cosmología racional), Dios (teología racional) y el Hombre (psicología racional), considerando además que el Mundo, Dios y el Alma (la esencia del hombre) son tres substancia suprasensibles e inteligibles. Pero el empirismo, como venimos diciendo, afirma tajantemente que todo el conocimiento “racional” tiene que reposar en última instancia sobre la experiencia sensorial, y por eso los autores de esta corriente –con mayor o menor vehemencia, según los casos- rechazan este pretendido conocimiento de las esencias suprasensibles de las substancias: lo consideran algo ilusorio, carente de base real, de sustento sensorial (lo abstracto del conocimiento solo es legítimo cuando puede ser remitido a lo particular que se alcanza en las ideas simples de sensación).

Locke no excluye, al contrario lo defiende expresamente, que haya un riguroso conocimiento demostrativo que enlace y articule conceptos abstractos (ideas generales) según relaciones lógicas (relaciones deductivas) o relaciones matemáticas (en la aritmética y la geometría). Pero este conocimiento demostrativo o deductivo tiene que reposar en última instancia en el conocimiento intuitivo: el conocimiento directo e inmediato propio de la experiencia sensible de las cosas o sucesos particulares. La metafísica tradicional –denostada por el empirismo- surgió cuando se creyó erróneamente que el conocimiento demostrativo o las definiciones conceptuales “van por libre”, vuelan por el cielo sin ataduras terrenas, surcan un reino suprasensible o inteligible sin atarse a la base empírica del conocimiento (y es así cuando surgen tesis tan fantasiosas como carentes de cualquier prueba en los hechos particulares sobre la esencia, la substancia, Dios, el Alma y su inmortalidad, etc.). Un ejemplo: Locke afirma que la “esencia real” de las “substancias” (es decir, lo general de las realidades particulares) depende enteramente de la “esencia nominal”: es decir, lo único que puede ser legítimamente alcanzado por el entendimiento humano es un conocimiento general y abstracto (de raíz lingüística en tanto que fragua gracias a los nombres comunes) cuya base y sustento está en lo único que propiamente existe: las cosas y sucesos particulares sensorialmente aprehendidos. Es decir: la “definición esencial” postulada por la tradición metafísica no es otra cosa que una “definición nominal” (según palabras y conceptos) respaldada por los datos de los sentidos (por la observación de hechos concretos, por sucesos particulares).

Partiendo de coordenadas empiristas Locke lleva a cabo una crítica de la explicación tradicional de la “identidad personal” (de eso que nos define a cada uno de nosotros). Se suele afirmar que la identidad de cada uno reposa y se entiende a partir de un “yo substancial” (lo que Descartes llamaba “res cogitans”, por ejemplo): la substancialidad del yo –de lo que cada uno es- se basaría en que hay siempre un soporte fijo y permanente ubicado más allá de sus características concretas y peculiares. Pero ¿hay pruebas empíricas de que cada yo es una substancia previa y más profunda que los rasgos que podemos observar que pertenecen a cada persona? Locke afirma que no hay prueba de algo así, por eso rechaza que la identidad personal implique que el yo sea una substancia (un soporte insondable y profundo de las cualidades comprobables en la experiencia cotidiana). ¿En qué consiste por lo tanto, concebida sin ilusiones metafísicas, la identidad personal (eso que nos define a cada uno)? La identidad personal tiene dos vertientes –y surge por lo tanto de la convergencia de ellas-: un lado formal (una vacía autoconciencia o conciencia de sí mismo) y un lado material (la memoria del pasado, el recuerdo de unas concretísimas vicisitudes y peripecias, las propias de cada biografía).


El liberalismo político

La principal aportación de Locke a la filosofía política de la modernidad se concentra en el desarrollo de una tesis liberal; esta tesis surgió a partir de una crítica del absolutismo político que había defendido Hobbes.

La teorías política de Locke es a la vez contractualista y “iusnaturalista” (postula una “ley natural” –una ley originaria y primordial situada en la base de las “leyes positivas” del Derecho sobre las que se vertebran la sociedad y el Estado). Partiendo de un “estado de naturaleza” (presocial, prepolítico, prejurídico) inestable e inseguro surge la necesidad de abandonarlo o dejarlo atrás con el propósito de evitar los atropellos recíprocos y las guerras; así los individuos –vinculados, reunidos o asociados en la sociedad civil- acuerdan (pactan sellando un contrato) ceder al Estado su poder, renunciando a ejercerlo directamente. En ese contrato en el que los individuos consienten obedecer a un poder superior –convirtiéndose en súbditos de poder estatal- se estipula el fin del Estado: su objetivo principal está en asegurar la propiedad privada y preservar la libertad individual (libertad que incluye la libertad de conciencia y por ello también la tolerancia religiosa). 

El Estado así se convierte en un árbitro neutral respecto a las transacciones y las interacciones entre los individuos en el seno de la sociedad civil.

¿Qué distingue el liberalismo de Locke del absolutismo de Hobbes? Principalmente la tesis de que el poder del Estado respecto a la sociedad civil y los individuos es un poder limitado (en vez de ser un poder ilimitado, absoluto). La limitación liberal del poder estatal se concreta al menos en las dos siguiente cláusulas del contrato social –ausentes en la propuesta de Hobbes-: a) la cesión de los individuos de su propio poder es provisional, nunca es definitiva, por ello la sociedad civil puede revocar a un mal gobierno y sustituirlo por otro mejor, menos lesivo o dañino para el interés general; b) el gobernante está bajo la misma ley que él promulga, así cuando pretende situarse por encima de la ley se vuelve un tirano que debe ser derrocado por haber incumplido el pacto social.

Respecto al poder del Estado aboga Locke por su división o su separación (y en esto también rechaza la posición hobbesiana). Así Locke distingue entre el poder legislativo (residente en una Asamblea de representantes, un Parlamento encargado de promulgar leyes sobre los asuntos comunes), el poder ejecutivo (encomendado a la tarea de aplicar las leyes, obligando así, coactivamente si fuese necesario, a que se cumplan por parte de todos y cada uno de los súbditos) y el poder federativo (orientado a definir y concretar las relaciones de un Estado con otros Estados).

Por otra parte Locke defiende la estricta separación entre la Iglesia y el Estado: una y otra institución deberían actuar en paralelo, sin interferirse mutuamente. La Iglesia, entonces, tiene que renunciar al poder terrenal (absteniéndose, por ejemplo, de la aplicación de un castigo a los que se muestran infieles a su credo). También abogó por la tolerancia entre distintas religiones, aunque en el sentido restringido de tolerancia entre las distintas religiones cristianas (por ejemplo el protestantismo y el catolicismo); el motivo de esta restricción se encuentra en el punto siguiente: según Locke el cristianismo es la “verdadera religión” (la genuina “religión racional” o “religión natural” –la religión que tiene que aceptar todo hombre pues se adecúa a su naturaleza, etc.)


Berkeley

El empirismo de este peculiar obispo inglés puede ser definido a partir de su contraste con el empirismo de Hobbes: Berkeley rechaza la tesis materialista según la cual el origen de los datos de los sentidos está precisamente en la realidad física, en el mundo exterior (entendido como un mundo anterior e independiente de la mente humana –una mente que se limita a recibir como efectos los estímulos que proceden de fuera de ella, unos estímulos causales que en la mente se convierten en sensaciones, en representaciones sensoriales). El empirismo de Berkeley es por lo tanto “inmaterialista” pues niega o rechaza la existencia de la materia, de la realidad física externa, del mundo; en cambio, como veremos a continuación, lo único que existe es la mente y sus contenidos. Estamos pues aquí ante un extravagante “empirismo espiritualista”.

Se suele creer y afirmar que la experiencia sensorial más simple y básica es la experiencia común y corriente de los “cuerpos” (una mesa, un árbol, un caballo). Pero pregunta Berkeley: ¿qué es un “cuerpo”? Empiristas anteriores como Hobbes o Locke decían al respecto: un “cuerpo” es una “realidad material”, externa a la mente humana e independiente de ella; un cuerpo, así, es algo que puede ser conocido científicamente en base siempre a la experiencia sensorial. Pero esta afirmación es rechazada por Berkeley: nada es propiamente hablando ni externo a la mente ni independiente de la mente (la mente y sus contenidos conscientes: las ideas). ¿Qué es entonces, desde la posición de Berkeley, un “cuerpo”? Única o exclusivamente un conjunto de percepciones, un agregado, suma o yuxtaposición de sensaciones. Todo lo que suele denominarse “real” (las llamadas “cosas materiales” o la “realidad física”) no es sino un conjunto estable de sensaciones en la mente de los hombres. No hay pues algo previo a esas sensaciones o independiente de ellas. Por eso concluye Berkeley: “esse est percipi”, o sea: “ser” (existir y tener una cierta consistencia o unas características) es “ser percibido” (estar sensorialmente captado por una mente o una conciencia). Por lo tanto lo propia y auténticamente real no es una presunta “realidad material” (previa, autosuficiente, independiente sino la mente y sus ideas): lo que hay primordialmente y con entera certeza y evidencia es el yo consciente y sus contenidos de conciencia (sus representaciones mentales, internas, interiores).

Ahora bien: las ideas de la mente humana no las ha generado la propia mente; tampoco son ideas innatas. Cada vez que una mente experimenta y capta una sensación es consciente de que esa sensación es “recibida”. Pero si es falso que las ideas simples de sensación –la base última del conocimiento- provienen directamente del mundo externo (y esta era la tesis defendida por Hobbes y Locke) ¿de dónde provienen las ideas de la mente? No procediendo del hombre (del interior de su mente o conciencia), tampoco del mundo, entonces, sostiene Berkeley, solo puede provenir de un ser superior: Dios. Así pues su Mente infinita “emite” las ideas que capta la mente humana (finita). Esa emisión por parte de Dios de las ideas se efectúa de un modo coherente, ordenado, organizado, y por eso el conocimiento se articula según leyes, leyes que expresan y definen el orden de las ideas que es captado pasivamente por la mente humana.

Berkeley rechazó del empirismo de Locke dos tesis:
  • Berkeley niega que haya “ideas abstractas” (o sea, conceptos generales). El nominalismo de este autor es pues más radical que el de Locke: solo hay ideas particulares, ideas concretas (a cada una de las cuales le corresponde un nombre); por lo tanto el conocimiento de lo general es solo un conocimiento conseguido a través de los signos lingüísticos (pero sin que en la mente humana residan, después del proceso de la abstracción, lo que Locke llamaba “ideas generales”).
  • Berkeley niega también la distinción, mantenida por Locke, entre cualidades primarias (las propiedades cuantitativas –figura, extensión, duración, etc.) y las cualidades secundarias (cualidades que se resisten a ser matematizadas –como los sabores, el color, los olores, etc.). Según Berkeley solo hay propiamente cualidades secundarias (pero entonces: ¿cómo explica que se haya desarrollado la ciencia física, es decir, el conocimiento matemático de la realidad material?).
Muchos críticos de Berkeley ya le advirtieron en su propia época de lo extravagante de su posición empirista. ¿En qué punto, por ejemplo, puede detectarse una enorme incongruencia en esta posición? Berkeley reduce las cualidades de las cosas a ser meras o puras ideas en la mente humana, ahora bien ¿el color verde de una hoja es idéntico a la sensación de verde recibida por la mente? Este autor respondería afirmativamente, pero no hay razones serias que avalen una tesis de este tipo.


Hume

David Hume desarrolló la posición empirista de un modo a la vez radical y consecuente, y por ello puede ser considerado el punto culminante de esta tradición filosófica.

En su obra formuló con contundencia un completo escepticismo sobre las tres Ideas metafísicas de la tradición: Mundo, Dios y Alma (la esencia del hombre). Según Hume la mente humana no tiene ninguna noticia fidedigna y merecedora de algún crédito sobre estas tres presuntas substancias suprasensibles; por lo tanto el referente de esas Ideas carece tanto de existencia como de una esencia comprobable. Así pues Hume llevó a cabo –antes que Kant o que Nietzsche- una radical crítica, empirista en su caso, de la metafísica tradicional.

En Hume encontramos, desde luego, la tesis principal de toda forma de empirismo: el conocimiento se apoya en la experiencia sensorial (de ella obtiene su validez y en ella tiene su límite). La mente humana capta dos tipos de “contenidos”: a) las impresiones (los datos de los sentidos, la presencia directa e inmediata, viva y fresca, de las cosas); b) las ideas (Hume llama “idea” a todo tipo de representación mediata, todo tipo de captación de algo que no sea directo e inmediato –así tanto la memoria como la imaginación y el entendimiento captan “ideas” en vez de impresiones; las ideas del entendimiento son los conceptos, los cuales son signos de las cosas exteriores o de los procesos interiores).


La tesis central del empirismo de Hume dice así: toda idea (todo conocimiento mediato e indirecto) será legítima únicamente si proviene de alguna impresión o si puede ser remitida a una impresión (el conocimiento mediato tiene que apoyarse en el conocimiento inmediato). Por lo tanto si una idea (por ejemplo el concepto que se refiere a “Dios” como ente supremo, etc.) no procede de ni remite a una impresión o un conjunto de impresiones debe ser declarada ilegítima y por ello errónea y falsa.
El conocimiento es concebido por Hume como la asociación de ideas en base a las impresiones de las que las ideas proceden. Esta asociación o conexión entre las ideas se realiza siguiendo tres principios o pautas: la semejanza (gracias a las cual las cosas particulares se agrupan en clases); la contigüidad en el espacio y en el tiempo (siendo el espacio el orden de lo simultáneo y el tiempo el orden de lo sucesivo); la causalidad (en virtud de la cual algo aparece como causa o como efecto). 

Por otro lado –y de un modo congruente con el núcleo del empirismo- el conocimiento demostrativo (en el que se combinan o asocian ideas) depende por entero del conocimiento intuitivo, de la captación de impresiones sensoriales. Este último es el pilar fundamental del conocimiento, su clave de bóveda: solo el conocimiento intuitivo –el conocimiento por impresiones de los sentidos- es cierto, seguro, fiable.
Distingue Hume dos grandes clases de conocimiento:
  •  El conocimiento de las “cuestiones de hecho” (es el conocimiento propio de las ciencias empíricas, por ejemplo la física, la química, la zoología o la botánica, la historia, etc.).
  •  El conocimiento de las “relaciones entre ideas” (se trata del conocimiento de las ciencias demostrativas, ciencias puras en las que lo conocido no son hechos reales del mundo; son ciencias de esta clase la lógica –ciencia deductiva del razonamiento- y la matemática –ciencia deductiva sea de las relaciones entre números, como la aritmética, o de las relaciones espaciales entre figuras, como la geometría).
Tal y como se apuntó anteriormente Hume realizó una crítica profunda y completa de la metafísica tradicional a partir de la tesis empirista según la cual toda idea abstracta (representación conceptual) no respaldada por una impresión o una serie de impresiones será considerada en adelante errónea, falsa, fuente de confusión y oscuridad. Hume reprocha a la tradición que ha intentado una y otra vez pronunciarse con rotundidad (dogmáticamente) sobre temas y cuestiones respecto a los cuales no hay en modo alguno evidencias concluyentes (por ejemplo la existencia de Dios como causa creadora del mundo, la existencia de un alma inmortal, la tesis de que el mundo es independiente de toda forma de captación o experiencia, etc.). En adelante –y gracias a la racionalidad y la sensatez propiciada por el empirismo- esas ideas dogmáticas serán sustituidas por un sano escepticismo respecto a todo aquello sobre lo que por más que nos intrigue poco o nada podemos averiguar con un mínimo de rigor y solvencia. Así pues Hume realizó una crítica de la idea tradicional de “substancia” (y con ella de las nociones de Mundo, Dios y Alma concebidas como las tres principales realidades substanciales) y una crítica de la idea tradicional de “causalidad”. Vayamos pues ahora con algunos aspectos de la crítica humeana a la metafísica tradicional.

La “identidad personal” ha sido explicada acudiendo a la idea de un yo substancial (y con él a un alma inmaterial como esencia última del ser humano). Gracias a la aplicación al ser humano del concepto de substancia se concebía la identidad del yo, la identidad de cada persona, como algo fijo, permanente, constante, inmutable. Pero todo esto es completamente negado por Hume. ¿Qué es el yo y cuál es su identidad? El yo –eso que es cada uno de nosotros- es únicamente un haz (una colección) de impresiones, ideas, sentimientos, etc., una serie de estados o procesos internos que están enlazados entre sí de un modo ordenado sin tener necesariamente que remitir a una substancia previa, a un soporte único y fijo sobre el que arraiguen. El “yo” –la identidad que define a cada uno- se decanta por lo tanto en la experiencia, es, por así decirlo, posterior a ella. Por otro lado Hume resalta la importancia que en la forja de la identidad personal tiene la memoria: yo soy yo porque recuerdo mi pasado, es decir: todas aquellas experiencias o vivencias que he tenido, por las que he atravesado y en las que he llegado a ser quien soy (y si olvidara todo eso perdería al final mi identidad).

Como parte de su crítica empirista de la metafísica tradicional Hume rechaza la validez de cualquiera de las pruebas que se han ensayado para probar la existencia de un único Dios que sea la causa creadora del mundo. Hume sostiene que no hay ningún modo razonable de llegar a la conclusión de que existe una substancia eterna e infinita que ha creado todo desde la nada. Esta tesis –propugnada por la religión y por varias tradiciones filosóficas empapadas de los dogma de la fe- es un supuesto dogmático indemostrable empíricamente, y por ello debe ser abandonada.

Hume realizó, a su vez, una importante reformulación del principio de causalidad. Hasta entonces se afirmaba que el conocimiento causal de la ciencia (o de la teología cuando se pensaba que era posible probar que hay una única causa creadora) es un conocimiento necesario y universal (en base a esta afirmación se convertía al conocimiento causal en un conocimiento puramente demostrativo, enteramente deductivo). Pero esta concepción de la causalidad, dice Hume, es exagerada y errónea. El conocimiento causal es un conocimiento de “cuestiones de hecho”; es cierto que en el conocimiento causal opera una inferencia o un razonamiento pero no es menos cierto, y aquí está la clave del tema, que la explicación causal de los hechos se apoya exclusivamente en la observación repetida de los sucesos del mundo. ¿Y qué es lo que repetidamente se observa cuando se pretende fijar una conexión causal? Se observa que de un modo regular y constante a un fenómeno determinado (“a”) le sucede en el tiempo una y otra vez otro fenómeno determinado (“b”). Esto implica algo de crucial importancia –algo que rebate la idea tradicional sobre la causalidad-: el conocimiento causal en el que se infiere y establece que “a” es una causa y “b” es su efecto es un conocimiento al que debe otorgársele un grado de probabilidad en base a la cantidad mayor o menor de observaciones realizadas; así pues cuando el conocimiento da con una ley causal tiene que especificar, mediante un cálculo de probabilidades, cuál es la frecuencia de que ocurra tras un suceso concreto otro suceso concreto. En definitiva: la inferencia causal, el enlace entre una causa y un efecto, se realiza en base a la experiencia sensorial y nunca puede ir más allá de ésta; el conocimiento causal de las leyes de la naturaleza es un conocimiento inductivo que se desenvuelve según grados de probabilidad, así pues la predicción de sucesos futuros tiene siempre un alcance limitado pues nada garantiza de un modo definitivo y seguro que el futuro será idéntico al pasado. Las relaciones causales no son pues necesarias y universales: son conexiones constantes más o menos probables.

La teoría ética, la filosofía moral, de Hume es a la vez emotivista y utilitarista; es emotivista porque afirma que los juicios morales referidos a las conductas de los seres humanos desplegadas en las instituciones de la vida social se apoyan en última instancia en emociones, en sentimientos (unas impresiones distintas de las percepciones pero tan básicas como ellas); es utilitarista porque lo primario se localiza en la utilidad social de las normas, los deberes y los derechos, etc.

Hume escribió dos libros dedicados a realizar una crítica de la religión. Por un lado señala la falta de evidencia de las distintas pruebas que se han presentado tradicionalmente con el propósito de probar la existencia de un Dios creador. Por otro lado expuso con detalle una explicación del origen de las religiones; Hume sostiene que las religiones han surgido a partir del sentimiento de temor ante los infortunios (el dolor, la enfermedad, la muerte, etc.) aprovechado en beneficio propio por unos personajes (los profetas o los sacerdotes) que de un modo oportunista sitúan delante de las gentes temerosas la zanahoria de la esperanza (una esperanza ilusoria, engañosa, supersticiosa). Por otra parte advierte Hume que el monoteísmo –postulando un único Dios verdadero- fácilmente conduce a la intolerancia y a la violencia (sea promoviendo guerras de religión o la persecución de los “herejes”, etc.); en cambio el politeísmo es en general más tolerante con la diversidad de creencias.