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jueves, 2 de julio de 2026

EL EMPIRISMO: HOBBES, LOCKE, BERKELEY, HUME

Características del empirismo

El empirismo es una corriente filosófica que se desarrolló en Inglaterra en los siglos XVII y XVIII. El empirismo se define a través de dos tesis principales:
  • El conocimiento se origina en la experiencia sensible (es decir: lo primordial estás en las sensaciones o en los sentimientos en tanto ambos surgen del contacto directo e inmediato entre las cosas del mundo y los órganos sensoriales de los seres humanos).
  • La experiencia sensible no es solo el origen del conocimiento y el origen de la moral sino que es aquello a partir de lo cual se organizan y se legitiman ambos (en la medida en que tanto los juicios sobre los hechos como los juicios morales se anclan, respectivamente, en las sensaciones o en los sentimientos).
Estas dos tesis convergentes conducen a que la tradición empirista rechace tanto la filosofía medieval (el platonismo de San Agustín o el aristotelismo de Santo Tomás) como el Racionalismo del siglo XVII (Descartes, Spinoza, Leibniz).

Del Racionalismo rechazan, por ejemplo, tanto la primacía del conocimiento matemático como la consideración de que el auténtico conocimiento surge de ideas innatas, etc.

Por lo tanto el empirismo se erige sobre el principio siguiente: la base del conocimiento está en la observación (en los datos sensoriales) y la base de la moral está en la pasión (en las emociones, los sentimientos, los afectos). Todo aquello que no encuentre su refrendo o su apoyo en la experiencia sensible de los seres humanos tiene que ser rechazado y descartado por “abstracto” (por “metafísico”, por ser una “especulación trazada en el aire”, etc.). Desde el empirismo, en definitiva, se desplegó una crítica de la escolástica medieval y del racionalismo en la que se discrepa de sus conceptos sobre el Mundo, Dios y el Hombre (y también de la substancia, la esencia y la existencia, la identidad, la causalidad, etc.).

Hay, de todos modos, un punto en común entre el Racionalismo y el Empirismo: a pesar de sus discrepancias ambas corrientes filosóficas modernas comparten la tesis de que debe comenzarse siempre –con el fin de fundamentar el conocimiento y la moral- desde la conciencia humana y sus “contenidos” (sus “representaciones”). Solo así podrá localizarse la base sobre la que reposa el conocimiento, la moral y la política.

Los autores empiristas más destacados –herederos en cierta medida del Nominalismo del final de la Edad Media y de la posición del renacentista Francis Bacon- fueron Hobbes, Locke, Berkeley y Hume (siendo este último el empirista más consecuente, el que llevó más lejos los principios de esta tradición filosófica).


Hobbes

De este autor se estudiará en primer lugar su teoría del conocimiento y a continuación su teoría política.

Teoría del conocimiento

Hobbes desarrolló una teoría del conocimiento a la vez empirista y materialista (bajo la influencia por un lado de Bacon y por otro de Galileo).

Admite Hobbes una tesis general de la ciencia moderna: la ciencia se sostiene sobre el “razonamiento deductivo” (sobre la fijación de conexiones deductivas), y el principal razonamiento de este tipo es la denominada “inferencia causal” (en la que se busca conocer un efecto remontándose a su causa). La ciencia, por lo tanto, es el conocimiento de relaciones causales (la causa no es por lo tanto una propiedad de una cosa sino una relación entre al menos dos fenómenos o dos hechos). Una relación causal, una vez reconocida, explica el movimiento de la materia (de la realidad física) en la medida en que establece que un fenómeno es causa de otro fenómeno (su efecto). En la ciencia física la relación causal es una ley que estipula para cada movimiento o cambio qué es la causa y qué es el efecto, y esta ley es una ley que puede ser cuantificada, expresada matemáticamente sea a través de la aritmética o de la geometría (el que las leyes causales de la física sean matematizables es lo que hace que esta ciencia sea considerada la ciencia por excelencia, el conocimiento más relevante). ¿Dónde aparece en esta consideración el “empirismo”? Hobbes subraya que las causas y los efectos solo se conocen por la observación de los hechos, es decir: a través y a partir de la experiencia sensible. Solo después de la detenida y repetida observación de los hechos en un segundo momento se aplica el conocimiento matemático en el que se cuantifica la causa y el efecto (es así como Hobbes conjuga una tesis empirista con el paradigma matemático del conocimiento físico propio del siglo XVII).

Gracias al conocimiento empírico proporcionado por las ciencias la mente humana (su razón o su entendimiento) consigue predecir los sucesos del mundo (¿qué es una predicción? Sobre todo es anticipar el futuro desde la experiencia del pasado). Y la predicción de los sucesos naturales, realizada a partir del cálculo matemático, permite por su parte el control de esos sucesos, es decir: permite el control mismo de la naturaleza (concebida pues como un “sistema determinista”, como una máquina regular, ordenada de un modo previsible, organizada según tramas precisas de relaciones causales constantes y permanentes).

Por último destacaremos de la teoría empirista del conocimiento propuesta por Hobbes dos tesis que aparecerán también en los demás autores de esta misma corriente filosófica: a) hay un rechazo expreso de la afirmación racionalista de que la mente humana posee una serie de ideas innatas; b) el lenguaje del conocimiento consiste en una combinación de signos según las reglas de la gramática y de la lógica.


Teoría política

La filosofía política es, en el contexto de la era moderna del mundo, un intento de entender en qué consiste la relación entre la sociedad civil (asociación compuesta por individuos, por ciudadanos) y el Estado (el poder del gobierno de los asuntos públicos, de los temas comunes).

En su filosofía política aplicó Hobbes un modelo a la vez geométrico y físico (mecánico). Partiendo de las analogías que proporciona este modelo su teoría política comienza realizando un estudio empírico de la “naturaleza humana”; en él se concluye lo siguiente: los individuos humanos se definen por unos impulsos (instintos, pasiones) egoístas que guían inexorablemente la voluntad humana. Una porción de esos impulsos tienen un carácter hedonista: conducen a perseguir el placer y evitar el dolor (así el bien y el mal se definen en base a esos dos impulsos –uno de atracción hacia el placer y el bien y otro de repulsión hacia el mal y el dolor). Pero el impulso central de la naturaleza humana induce en él un desmedido afán de poseer y de acaparar todo lo que se pone a su alcance; la teoría política de Hobbes, por lo tanto, tiene su punto de partida en definir a los seres humanos desde un radical “individualismo posesivo” (el individuo humano, según este retrato, es propiamente insaciable y por eso está perpetuamente insatisfecho, su movimiento apetitivo nunca cesa, nunca encuentra reposo y sosiego). Esta situación inicial y originaria de los seres humanos da pie a lo que se llama aquí “estado de naturaleza” (un estado presocial, prepolítico, prejurídico); este estado o situación “natural” (primitiva, ancestral) es en el fondo un “estado de guerra”: todos luchan contra todos, sin ley, sin orden, o sin otra “ley” y otro “orden” que la mera prevalencia –inestable, precaria- del más fuerte (del más cruel y despiadado, del que satisface sin miramiento alguno sus apetitos posesivos). Desde luego, apunta Hobbes, este estado de guerra constante es penoso, insoportable, extenuante, convierte la vida en un auténtico tormento, en un infierno; así pues el propio “estado de naturaleza” –propio de las hordas bárbaras- impulsa o anima a salir de él de algún modo: impele a buscar una escapatoria. ¿Y cuál es la salida más racional a ese estado lamentable? Que los individuos egoístas se asocien en una “sociedad civil” en la que firman un Contrato (establecen un pacto, subscriben un acuerdo) según el cual todos y cada uno ceden y delegan su respectivo poder en una instancia superior: el Estado (vertebrado por el Derecho, por el imperio de la Ley y el Orden que ésta fija y define). A partir de este instante -en el que los individuos pactan ser todos por igual obedientes súbditos de un único soberano- el Estado se erige en la sede única del auténtico y legítimo poder político. El poder del Estado, por su parte y según los términos del contrato firmado, está orientado hacia un fin principal: evitar por todos los medios que vuelva el temible y terrible “estado de naturaleza” (un estado que está, en razón del egoísmo inextinguible de los impulsos humanos, siempre latente, siempre amenazando en la sombra). El Estado es así el depositario y el administrado de un poder total –por ejemplo monopolizando la coacción y el castigo a los individuos que desobedezcan la ley y transgredan el orden establecido por ella. Y ese poder completo será legítimo siempre y cuando persiga el fin sobre el que se articula el pacto social o contrato ciudadano: proteger la paz social y asegurar la vida y las propiedades de los súbditos.


Hobbes afirma, completando lo expuesto hasta aquí, que en tanto que el poder solo reside en el Estado el pacto social una vez subscrito y aceptado es irreversible e irrevocable. Por otro lado Hobbes insiste en que el poder del Estado es indivisible: la soberanía no se puede parcelar o trocear sin perder su fuerza y eficacia (un poder del Estado dividido caería a medio plazo en la descoordinación y donde debería reinar el orden empezaría a imperar el caos). Por ello Hobbes apunta así la idoneidad de un único mandatario, apostando entonces por una Monarquía (en ella el soberano no puede estar sometido a la Ley del Derecho pues él es la instancia que promulga la ley y se responsabiliza de su cumplimiento por todos los individuos). Por otra parte –pues solo así el poder del Estado es un poder completo y total- el poder político debe incluir en su seno el poder religioso, coincidiendo con ello el Estado y la Iglesia (no puede haber pues por un lado un Rey y por otro un Papa: tienen que coincidir en un solo mandatario).
Estas son las principales coordenadas del absolutismo político propuesto por Hobbes (una teoría política empirista que se sostiene sobre el iusnaturalismo –la hipótesis de una ley natural- y la idea de un contrato social como origen de la soberanía, etc.); su teoría política está en el fondo vinculada con las monarquías absolutistas que preponderaron en los siglos XVII y XVIII.


Locke

Estudiaremos de este autor por un lado su teoría empirista del conocimiento y después su teoría política (en la que tiene su origen el liberalismo europeo).

Teoría del conocimiento

La tesis central es la común a todo el empirismo: el fundamento último del conocimiento está en la experiencia sensorial, en los datos de los sentidos (¿por qué? porque según esta corriente filosófica lo sensorial es lo único que se capta propiamente de un modo directo e inmediato, es decir: de un modo cierto, seguro y, a la postre, indudable, infalible, incorregible). Por lo tanto Locke sostiene que la experiencia sensorial –en la que se aprehenden hechos particulares del mundo, sucesos empíricos- es el origen del conocimiento, la principal fuente de su validez (o el criterio de su certeza) y, también, eso que marca su límite.

Lo primero y lo primordial es pues la sensación. Sobre ella reposa y se apoya todo lo demás, por ejemplo la reflexión (la captación introspectiva de la propia mente –sus estados y sus operaciones) y la abstracción (en la que surgen los conceptos o las ideas generales). Por lo tanto Locke afirma que todo en el conocimiento depende en último  término de la presencia –o de la ausencia- de las sensaciones (aunque Locke, siguiendo aquí a Descartes, destaca la certeza y la evidencia de la reflexión pues en la aprehensión de la conciencia por ella misma apenas hay lugar para el error o la confusión; por lo tanto la experiencia sensible externa aún siendo la fuente, el criterio y el límite del conocimiento a veces da pie al error y el engaño, en cambio la experiencia interna es segura y cierta).

También formula Locke una crítica de la tesis racionalista de que la mente está provista siempre de una serie de ideas innatas (por ejemplo las ideas matemáticas o la idea de Dios, tal y como defendía Descartes). Compara así la mente humana a un papel en blanco en el que poco a poco, en el curso mismo de la experiencia, se van imprimiendo las sensaciones (a partir de las cuales, posteriormente, surgen ideas generales, la ideas abstractas del entendimiento –gracias a la memoria, la imaginación y el lenguaje). ¿Qué es una “sensación”? Una sensación, cada sensación, es el efecto en la mente –y en los órganos sensoriales del cuerpo- del objeto externo, de las cosas materiales (dotadas de propiedades –sean cualidades primarias, es decir, cuantificables, o cualidades secundarias, propiedades que no se pueden matematizar).

Locke propone una clasificación de las ideas (de las representaciones de la mente humana –de los “contenidos de conciencia”, eso que la mente capta primariamente dentro de sí misma). Por una parte, y de un modo básico, hay ideas simples e ideas compuestas (o complejas). Las ideas simples –esas que no se pueden descomponer en partes más pequeñas- son ideas de sensación (la captación de un color, un sonido, un sabor o un olor) o ideas de reflexión (ideas propias de la experiencia interna, de la introspección en la que un yo capta sus propios estados, sus procesos, sus operaciones). Las ideas complejas o compuestas son una combinación de ideas simples realizada por la mente siguiendo unas pautas determinadas (así la idea de una manzana es compleja –está compuesta de ideas simples como la redondez, el color amarillo, el sabor ácido o dulce, etc.).

Desde luego Locke sostiene que aunque parta siempre y necesariamente de lo particular, de lo que se ofrece a los datos de los sentidos, de las sensaciones, el conocimiento es un conocimiento de lo general (un veterinario sabe algo de los perros o de los gatos “en general” –y no solo de este o aquel gato o perro particular con el que ha tenido un contacto directo e inmediato). ¿Y qué es lo que explica –según esta teoría empirista del conocimiento- el paso de la experiencia sensorial de lo particular al conocimiento de lo general? Una complicada y delicada operación de la mente denominada “abstracción”; ¿en qué consiste, dicho con brevedad, “abstraer”? En separar, aislar y retener unas pocas propiedades –las comunes y las más estables- operando así, en base a las cosas y los sucesos concretos y particulares, una simplificación y una generalización. Gracias a la abstracción de la mente –en base a las ideas simples de sensación- se alcanzan unas ideas generales o unos conceptos abstractos (además de la memoria y la imaginación en el proceso abstractivo desempeña un papel central el lenguaje, las palabras o los signos lingüísticos, especialmente lo que llamamos “nombres comunes”, pues es en ellos donde se encarnan las ideas abstractas de la mente). La abstracción, en definitiva, como paso de lo particular a lo general, es lo que permite, por ejemplo, que el conocimiento realice clasificaciones de las realidades concretas que se brindan en la experiencia ordinaria (surgiendo así las taxonomías de la botánica o de la zoología en las que se ordenan las plantas y los animales en un cuadro general de especies y de géneros).

La posición de Locke –como la del conjunto de los autores del empirismo- es en el fondo “nominalista” (heredando así algunas de las tesis que a finales de la Edad Media propuso Guillermo de Ockham). Y un punto central del nominalismo se encuentra en el frontal rechazo del esencialismo de la tradición platónica y aristotélica que se asentó en la Edad Media a través de San Agustín y Santo Tomás. La tesis empirista es siempre esta: aunque el conocimiento sea siempre conocimiento de lo general este conocimiento reposa una y otra vez –si no quiere perderse en etéreas especulaciones sin fundamento- sobre lo único que propia y realmente existe: las realidades particulares que aprehendemos directa e inmediatamente a través de la experiencia sensorial (a partir de las ideas simples de sensación). Y esto último excluye que el mundo esté atravesado y sostenido por una única y rígida trama de esencias universales y necesarias. El empirismo es así una versión moderna –tamizada por las ciencias que se sostienen sobre la observación de los hechos mundanos- del nominalismo.

Partiendo pues de sus afirmaciones empiristas emprende Locke una crítica –muy moderada en su caso- de la metafísica tradicional (de las filosofías medievales que se habían forjado combinando el cristianismo con la herencia griega del platonismo y el aristotelismo). La tradición de la metafísica –en la que los empiristas incluían a sus directos competidores: los racionalistas de la Europa continental- pretendía aportar conocimientos esenciales sobre el Mundo (cosmología racional), Dios (teología racional) y el Hombre (psicología racional), considerando además que el Mundo, Dios y el Alma (la esencia del hombre) son tres substancia suprasensibles e inteligibles. Pero el empirismo, como venimos diciendo, afirma tajantemente que todo el conocimiento “racional” tiene que reposar en última instancia sobre la experiencia sensorial, y por eso los autores de esta corriente –con mayor o menor vehemencia, según los casos- rechazan este pretendido conocimiento de las esencias suprasensibles de las substancias: lo consideran algo ilusorio, carente de base real, de sustento sensorial (lo abstracto del conocimiento solo es legítimo cuando puede ser remitido a lo particular que se alcanza en las ideas simples de sensación).

Locke no excluye, al contrario lo defiende expresamente, que haya un riguroso conocimiento demostrativo que enlace y articule conceptos abstractos (ideas generales) según relaciones lógicas (relaciones deductivas) o relaciones matemáticas (en la aritmética y la geometría). Pero este conocimiento demostrativo o deductivo tiene que reposar en última instancia en el conocimiento intuitivo: el conocimiento directo e inmediato propio de la experiencia sensible de las cosas o sucesos particulares. La metafísica tradicional –denostada por el empirismo- surgió cuando se creyó erróneamente que el conocimiento demostrativo o las definiciones conceptuales “van por libre”, vuelan por el cielo sin ataduras terrenas, surcan un reino suprasensible o inteligible sin atarse a la base empírica del conocimiento (y es así cuando surgen tesis tan fantasiosas como carentes de cualquier prueba en los hechos particulares sobre la esencia, la substancia, Dios, el Alma y su inmortalidad, etc.). Un ejemplo: Locke afirma que la “esencia real” de las “substancias” (es decir, lo general de las realidades particulares) depende enteramente de la “esencia nominal”: es decir, lo único que puede ser legítimamente alcanzado por el entendimiento humano es un conocimiento general y abstracto (de raíz lingüística en tanto que fragua gracias a los nombres comunes) cuya base y sustento está en lo único que propiamente existe: las cosas y sucesos particulares sensorialmente aprehendidos. Es decir: la “definición esencial” postulada por la tradición metafísica no es otra cosa que una “definición nominal” (según palabras y conceptos) respaldada por los datos de los sentidos (por la observación de hechos concretos, por sucesos particulares).

Partiendo de coordenadas empiristas Locke lleva a cabo una crítica de la explicación tradicional de la “identidad personal” (de eso que nos define a cada uno de nosotros). Se suele afirmar que la identidad de cada uno reposa y se entiende a partir de un “yo substancial” (lo que Descartes llamaba “res cogitans”, por ejemplo): la substancialidad del yo –de lo que cada uno es- se basaría en que hay siempre un soporte fijo y permanente ubicado más allá de sus características concretas y peculiares. Pero ¿hay pruebas empíricas de que cada yo es una substancia previa y más profunda que los rasgos que podemos observar que pertenecen a cada persona? Locke afirma que no hay prueba de algo así, por eso rechaza que la identidad personal implique que el yo sea una substancia (un soporte insondable y profundo de las cualidades comprobables en la experiencia cotidiana). ¿En qué consiste por lo tanto, concebida sin ilusiones metafísicas, la identidad personal (eso que nos define a cada uno)? La identidad personal tiene dos vertientes –y surge por lo tanto de la convergencia de ellas-: un lado formal (una vacía autoconciencia o conciencia de sí mismo) y un lado material (la memoria del pasado, el recuerdo de unas concretísimas vicisitudes y peripecias, las propias de cada biografía).


El liberalismo político

La principal aportación de Locke a la filosofía política de la modernidad se concentra en el desarrollo de una tesis liberal; esta tesis surgió a partir de una crítica del absolutismo político que había defendido Hobbes.

La teorías política de Locke es a la vez contractualista y “iusnaturalista” (postula una “ley natural” –una ley originaria y primordial situada en la base de las “leyes positivas” del Derecho sobre las que se vertebran la sociedad y el Estado). Partiendo de un “estado de naturaleza” (presocial, prepolítico, prejurídico) inestable e inseguro surge la necesidad de abandonarlo o dejarlo atrás con el propósito de evitar los atropellos recíprocos y las guerras; así los individuos –vinculados, reunidos o asociados en la sociedad civil- acuerdan (pactan sellando un contrato) ceder al Estado su poder, renunciando a ejercerlo directamente. En ese contrato en el que los individuos consienten obedecer a un poder superior –convirtiéndose en súbditos de poder estatal- se estipula el fin del Estado: su objetivo principal está en asegurar la propiedad privada y preservar la libertad individual (libertad que incluye la libertad de conciencia y por ello también la tolerancia religiosa). 

El Estado así se convierte en un árbitro neutral respecto a las transacciones y las interacciones entre los individuos en el seno de la sociedad civil.

¿Qué distingue el liberalismo de Locke del absolutismo de Hobbes? Principalmente la tesis de que el poder del Estado respecto a la sociedad civil y los individuos es un poder limitado (en vez de ser un poder ilimitado, absoluto). La limitación liberal del poder estatal se concreta al menos en las dos siguiente cláusulas del contrato social –ausentes en la propuesta de Hobbes-: a) la cesión de los individuos de su propio poder es provisional, nunca es definitiva, por ello la sociedad civil puede revocar a un mal gobierno y sustituirlo por otro mejor, menos lesivo o dañino para el interés general; b) el gobernante está bajo la misma ley que él promulga, así cuando pretende situarse por encima de la ley se vuelve un tirano que debe ser derrocado por haber incumplido el pacto social.

Respecto al poder del Estado aboga Locke por su división o su separación (y en esto también rechaza la posición hobbesiana). Así Locke distingue entre el poder legislativo (residente en una Asamblea de representantes, un Parlamento encargado de promulgar leyes sobre los asuntos comunes), el poder ejecutivo (encomendado a la tarea de aplicar las leyes, obligando así, coactivamente si fuese necesario, a que se cumplan por parte de todos y cada uno de los súbditos) y el poder federativo (orientado a definir y concretar las relaciones de un Estado con otros Estados).

Por otra parte Locke defiende la estricta separación entre la Iglesia y el Estado: una y otra institución deberían actuar en paralelo, sin interferirse mutuamente. La Iglesia, entonces, tiene que renunciar al poder terrenal (absteniéndose, por ejemplo, de la aplicación de un castigo a los que se muestran infieles a su credo). También abogó por la tolerancia entre distintas religiones, aunque en el sentido restringido de tolerancia entre las distintas religiones cristianas (por ejemplo el protestantismo y el catolicismo); el motivo de esta restricción se encuentra en el punto siguiente: según Locke el cristianismo es la “verdadera religión” (la genuina “religión racional” o “religión natural” –la religión que tiene que aceptar todo hombre pues se adecúa a su naturaleza, etc.)


Berkeley

El empirismo de este peculiar obispo inglés puede ser definido a partir de su contraste con el empirismo de Hobbes: Berkeley rechaza la tesis materialista según la cual el origen de los datos de los sentidos está precisamente en la realidad física, en el mundo exterior (entendido como un mundo anterior e independiente de la mente humana –una mente que se limita a recibir como efectos los estímulos que proceden de fuera de ella, unos estímulos causales que en la mente se convierten en sensaciones, en representaciones sensoriales). El empirismo de Berkeley es por lo tanto “inmaterialista” pues niega o rechaza la existencia de la materia, de la realidad física externa, del mundo; en cambio, como veremos a continuación, lo único que existe es la mente y sus contenidos. Estamos pues aquí ante un extravagante “empirismo espiritualista”.

Se suele creer y afirmar que la experiencia sensorial más simple y básica es la experiencia común y corriente de los “cuerpos” (una mesa, un árbol, un caballo). Pero pregunta Berkeley: ¿qué es un “cuerpo”? Empiristas anteriores como Hobbes o Locke decían al respecto: un “cuerpo” es una “realidad material”, externa a la mente humana e independiente de ella; un cuerpo, así, es algo que puede ser conocido científicamente en base siempre a la experiencia sensorial. Pero esta afirmación es rechazada por Berkeley: nada es propiamente hablando ni externo a la mente ni independiente de la mente (la mente y sus contenidos conscientes: las ideas). ¿Qué es entonces, desde la posición de Berkeley, un “cuerpo”? Única o exclusivamente un conjunto de percepciones, un agregado, suma o yuxtaposición de sensaciones. Todo lo que suele denominarse “real” (las llamadas “cosas materiales” o la “realidad física”) no es sino un conjunto estable de sensaciones en la mente de los hombres. No hay pues algo previo a esas sensaciones o independiente de ellas. Por eso concluye Berkeley: “esse est percipi”, o sea: “ser” (existir y tener una cierta consistencia o unas características) es “ser percibido” (estar sensorialmente captado por una mente o una conciencia). Por lo tanto lo propia y auténticamente real no es una presunta “realidad material” (previa, autosuficiente, independiente sino la mente y sus ideas): lo que hay primordialmente y con entera certeza y evidencia es el yo consciente y sus contenidos de conciencia (sus representaciones mentales, internas, interiores).

Ahora bien: las ideas de la mente humana no las ha generado la propia mente; tampoco son ideas innatas. Cada vez que una mente experimenta y capta una sensación es consciente de que esa sensación es “recibida”. Pero si es falso que las ideas simples de sensación –la base última del conocimiento- provienen directamente del mundo externo (y esta era la tesis defendida por Hobbes y Locke) ¿de dónde provienen las ideas de la mente? No procediendo del hombre (del interior de su mente o conciencia), tampoco del mundo, entonces, sostiene Berkeley, solo puede provenir de un ser superior: Dios. Así pues su Mente infinita “emite” las ideas que capta la mente humana (finita). Esa emisión por parte de Dios de las ideas se efectúa de un modo coherente, ordenado, organizado, y por eso el conocimiento se articula según leyes, leyes que expresan y definen el orden de las ideas que es captado pasivamente por la mente humana.

Berkeley rechazó del empirismo de Locke dos tesis:
  • Berkeley niega que haya “ideas abstractas” (o sea, conceptos generales). El nominalismo de este autor es pues más radical que el de Locke: solo hay ideas particulares, ideas concretas (a cada una de las cuales le corresponde un nombre); por lo tanto el conocimiento de lo general es solo un conocimiento conseguido a través de los signos lingüísticos (pero sin que en la mente humana residan, después del proceso de la abstracción, lo que Locke llamaba “ideas generales”).
  • Berkeley niega también la distinción, mantenida por Locke, entre cualidades primarias (las propiedades cuantitativas –figura, extensión, duración, etc.) y las cualidades secundarias (cualidades que se resisten a ser matematizadas –como los sabores, el color, los olores, etc.). Según Berkeley solo hay propiamente cualidades secundarias (pero entonces: ¿cómo explica que se haya desarrollado la ciencia física, es decir, el conocimiento matemático de la realidad material?).
Muchos críticos de Berkeley ya le advirtieron en su propia época de lo extravagante de su posición empirista. ¿En qué punto, por ejemplo, puede detectarse una enorme incongruencia en esta posición? Berkeley reduce las cualidades de las cosas a ser meras o puras ideas en la mente humana, ahora bien ¿el color verde de una hoja es idéntico a la sensación de verde recibida por la mente? Este autor respondería afirmativamente, pero no hay razones serias que avalen una tesis de este tipo.


Hume

David Hume desarrolló la posición empirista de un modo a la vez radical y consecuente, y por ello puede ser considerado el punto culminante de esta tradición filosófica.

En su obra formuló con contundencia un completo escepticismo sobre las tres Ideas metafísicas de la tradición: Mundo, Dios y Alma (la esencia del hombre). Según Hume la mente humana no tiene ninguna noticia fidedigna y merecedora de algún crédito sobre estas tres presuntas substancias suprasensibles; por lo tanto el referente de esas Ideas carece tanto de existencia como de una esencia comprobable. Así pues Hume llevó a cabo –antes que Kant o que Nietzsche- una radical crítica, empirista en su caso, de la metafísica tradicional.

En Hume encontramos, desde luego, la tesis principal de toda forma de empirismo: el conocimiento se apoya en la experiencia sensorial (de ella obtiene su validez y en ella tiene su límite). La mente humana capta dos tipos de “contenidos”: a) las impresiones (los datos de los sentidos, la presencia directa e inmediata, viva y fresca, de las cosas); b) las ideas (Hume llama “idea” a todo tipo de representación mediata, todo tipo de captación de algo que no sea directo e inmediato –así tanto la memoria como la imaginación y el entendimiento captan “ideas” en vez de impresiones; las ideas del entendimiento son los conceptos, los cuales son signos de las cosas exteriores o de los procesos interiores).


La tesis central del empirismo de Hume dice así: toda idea (todo conocimiento mediato e indirecto) será legítima únicamente si proviene de alguna impresión o si puede ser remitida a una impresión (el conocimiento mediato tiene que apoyarse en el conocimiento inmediato). Por lo tanto si una idea (por ejemplo el concepto que se refiere a “Dios” como ente supremo, etc.) no procede de ni remite a una impresión o un conjunto de impresiones debe ser declarada ilegítima y por ello errónea y falsa.
El conocimiento es concebido por Hume como la asociación de ideas en base a las impresiones de las que las ideas proceden. Esta asociación o conexión entre las ideas se realiza siguiendo tres principios o pautas: la semejanza (gracias a las cual las cosas particulares se agrupan en clases); la contigüidad en el espacio y en el tiempo (siendo el espacio el orden de lo simultáneo y el tiempo el orden de lo sucesivo); la causalidad (en virtud de la cual algo aparece como causa o como efecto). 

Por otro lado –y de un modo congruente con el núcleo del empirismo- el conocimiento demostrativo (en el que se combinan o asocian ideas) depende por entero del conocimiento intuitivo, de la captación de impresiones sensoriales. Este último es el pilar fundamental del conocimiento, su clave de bóveda: solo el conocimiento intuitivo –el conocimiento por impresiones de los sentidos- es cierto, seguro, fiable.
Distingue Hume dos grandes clases de conocimiento:
  •  El conocimiento de las “cuestiones de hecho” (es el conocimiento propio de las ciencias empíricas, por ejemplo la física, la química, la zoología o la botánica, la historia, etc.).
  •  El conocimiento de las “relaciones entre ideas” (se trata del conocimiento de las ciencias demostrativas, ciencias puras en las que lo conocido no son hechos reales del mundo; son ciencias de esta clase la lógica –ciencia deductiva del razonamiento- y la matemática –ciencia deductiva sea de las relaciones entre números, como la aritmética, o de las relaciones espaciales entre figuras, como la geometría).
Tal y como se apuntó anteriormente Hume realizó una crítica profunda y completa de la metafísica tradicional a partir de la tesis empirista según la cual toda idea abstracta (representación conceptual) no respaldada por una impresión o una serie de impresiones será considerada en adelante errónea, falsa, fuente de confusión y oscuridad. Hume reprocha a la tradición que ha intentado una y otra vez pronunciarse con rotundidad (dogmáticamente) sobre temas y cuestiones respecto a los cuales no hay en modo alguno evidencias concluyentes (por ejemplo la existencia de Dios como causa creadora del mundo, la existencia de un alma inmortal, la tesis de que el mundo es independiente de toda forma de captación o experiencia, etc.). En adelante –y gracias a la racionalidad y la sensatez propiciada por el empirismo- esas ideas dogmáticas serán sustituidas por un sano escepticismo respecto a todo aquello sobre lo que por más que nos intrigue poco o nada podemos averiguar con un mínimo de rigor y solvencia. Así pues Hume realizó una crítica de la idea tradicional de “substancia” (y con ella de las nociones de Mundo, Dios y Alma concebidas como las tres principales realidades substanciales) y una crítica de la idea tradicional de “causalidad”. Vayamos pues ahora con algunos aspectos de la crítica humeana a la metafísica tradicional.

La “identidad personal” ha sido explicada acudiendo a la idea de un yo substancial (y con él a un alma inmaterial como esencia última del ser humano). Gracias a la aplicación al ser humano del concepto de substancia se concebía la identidad del yo, la identidad de cada persona, como algo fijo, permanente, constante, inmutable. Pero todo esto es completamente negado por Hume. ¿Qué es el yo y cuál es su identidad? El yo –eso que es cada uno de nosotros- es únicamente un haz (una colección) de impresiones, ideas, sentimientos, etc., una serie de estados o procesos internos que están enlazados entre sí de un modo ordenado sin tener necesariamente que remitir a una substancia previa, a un soporte único y fijo sobre el que arraiguen. El “yo” –la identidad que define a cada uno- se decanta por lo tanto en la experiencia, es, por así decirlo, posterior a ella. Por otro lado Hume resalta la importancia que en la forja de la identidad personal tiene la memoria: yo soy yo porque recuerdo mi pasado, es decir: todas aquellas experiencias o vivencias que he tenido, por las que he atravesado y en las que he llegado a ser quien soy (y si olvidara todo eso perdería al final mi identidad).

Como parte de su crítica empirista de la metafísica tradicional Hume rechaza la validez de cualquiera de las pruebas que se han ensayado para probar la existencia de un único Dios que sea la causa creadora del mundo. Hume sostiene que no hay ningún modo razonable de llegar a la conclusión de que existe una substancia eterna e infinita que ha creado todo desde la nada. Esta tesis –propugnada por la religión y por varias tradiciones filosóficas empapadas de los dogma de la fe- es un supuesto dogmático indemostrable empíricamente, y por ello debe ser abandonada.

Hume realizó, a su vez, una importante reformulación del principio de causalidad. Hasta entonces se afirmaba que el conocimiento causal de la ciencia (o de la teología cuando se pensaba que era posible probar que hay una única causa creadora) es un conocimiento necesario y universal (en base a esta afirmación se convertía al conocimiento causal en un conocimiento puramente demostrativo, enteramente deductivo). Pero esta concepción de la causalidad, dice Hume, es exagerada y errónea. El conocimiento causal es un conocimiento de “cuestiones de hecho”; es cierto que en el conocimiento causal opera una inferencia o un razonamiento pero no es menos cierto, y aquí está la clave del tema, que la explicación causal de los hechos se apoya exclusivamente en la observación repetida de los sucesos del mundo. ¿Y qué es lo que repetidamente se observa cuando se pretende fijar una conexión causal? Se observa que de un modo regular y constante a un fenómeno determinado (“a”) le sucede en el tiempo una y otra vez otro fenómeno determinado (“b”). Esto implica algo de crucial importancia –algo que rebate la idea tradicional sobre la causalidad-: el conocimiento causal en el que se infiere y establece que “a” es una causa y “b” es su efecto es un conocimiento al que debe otorgársele un grado de probabilidad en base a la cantidad mayor o menor de observaciones realizadas; así pues cuando el conocimiento da con una ley causal tiene que especificar, mediante un cálculo de probabilidades, cuál es la frecuencia de que ocurra tras un suceso concreto otro suceso concreto. En definitiva: la inferencia causal, el enlace entre una causa y un efecto, se realiza en base a la experiencia sensorial y nunca puede ir más allá de ésta; el conocimiento causal de las leyes de la naturaleza es un conocimiento inductivo que se desenvuelve según grados de probabilidad, así pues la predicción de sucesos futuros tiene siempre un alcance limitado pues nada garantiza de un modo definitivo y seguro que el futuro será idéntico al pasado. Las relaciones causales no son pues necesarias y universales: son conexiones constantes más o menos probables.

La teoría ética, la filosofía moral, de Hume es a la vez emotivista y utilitarista; es emotivista porque afirma que los juicios morales referidos a las conductas de los seres humanos desplegadas en las instituciones de la vida social se apoyan en última instancia en emociones, en sentimientos (unas impresiones distintas de las percepciones pero tan básicas como ellas); es utilitarista porque lo primario se localiza en la utilidad social de las normas, los deberes y los derechos, etc.

Hume escribió dos libros dedicados a realizar una crítica de la religión. Por un lado señala la falta de evidencia de las distintas pruebas que se han presentado tradicionalmente con el propósito de probar la existencia de un Dios creador. Por otro lado expuso con detalle una explicación del origen de las religiones; Hume sostiene que las religiones han surgido a partir del sentimiento de temor ante los infortunios (el dolor, la enfermedad, la muerte, etc.) aprovechado en beneficio propio por unos personajes (los profetas o los sacerdotes) que de un modo oportunista sitúan delante de las gentes temerosas la zanahoria de la esperanza (una esperanza ilusoria, engañosa, supersticiosa). Por otra parte advierte Hume que el monoteísmo –postulando un único Dios verdadero- fácilmente conduce a la intolerancia y a la violencia (sea promoviendo guerras de religión o la persecución de los “herejes”, etc.); en cambio el politeísmo es en general más tolerante con la diversidad de creencias.

viernes, 26 de junio de 2026

SCHOPENHAUER

La necesidad metafísica del hombre

Kant había sostenido que la metafísica -un presunto conocimiento de lo suprasensible (Mundo, Alma, Dios)- era inviable (rechazando así, por ejemplo, lo que proponía Descartes); la metafísica no es un conocimiento válido racionalmente pues este debe moverse dentro de los límites de la experiencia sensible, dentro del mundo fenoménico. Kant, por lo tanto, llevó a cabo una profunda crítica de la metafísica tradicional (por ejemplo afirmando que no cabe ninguna prueba de la existencia de Dios o de la inmortalidad del alma). A la vez, sin embargo, Kant situaba en el hombre un profundo anhelo metafísico pues éste demanda respuestas omniabarcantes a sus preguntas, por eso, en último término, decía que Mundo, Alma y Dios son Ideas de la razón que aunque no sean propiamente objetos que existen en la realidad guían de todos modos -como faros en la niebla- el Progreso de la humanidad en el terreno del conocimiento y de la moral.

SCHOPENHAUER

Schopenhauer parte de aquí. Comienza aceptando estas tesis kantianas aunque la asume en un contexto distinto. Por ejemplo, el rechazo de la existencia de Dios -es decir, la constatación de la insuficiencia de las pruebas o demostraciones que tradicionalmente se habían dado en la “teología racional”- afecta, según su planteamiento, al conjunto de la fe religiosa, hasta el punto de que Schopenhauer defiende un completo ateísmo (Kant nunca había llegado tan lejos, dejando un pequeño sitio a la fe).

En general Schopenhauer -partiendo de Kant- propuso una metafísica renovada en la que la “razón” termina pasando a ser algo secundario o subordinado. La metafísica de este autor, como se irá viendo en el conjunto de la exposición, es una Metafísica de la Voluntad. Pero, ¿por qué Schopenhauer, a pesar de aceptar la crítica kantiana, sigue proponiendo una “metafísica”? La respuesta que ofrece es la siguiente: respecto al ser humano la metafísica es de algún modo necesaria según tres coordenadas: 
  • a) hay una necesidad teórica satisfecha gracias al conocimiento del mundo (estamos aquí en el nivel de la “representación”); 
  • b) hay una necesidad moral en tanto los hombres necesitan algún tipo de orientación para sus conductas (es la tarea de la ética, de lo que Kant llamaba “razón práctica”); 
  • c) por último, pero de un modo aún más fundamental, los hombres necesitan de la metafísica una ayuda y una guía para conseguir lo más difícil y lo más urgente: liberarse de lo negativo de la vida (el dolor, el sufrimiento, el asedio perpetuo del mal, la fealdad, la falsedad; es por esto que la filosofía tiene que “sustituir” a la religión pues esta es propiamente incapaz de satisfacer las necesidades metafísicas de los seres humanos).
Respecto a la filosofía y la religión Schopenhauer comienza destacando que ambas tienen un origen común: la “admiración” -o el “asombro”- ante el hecho (sorprendente y misterioso) de la existencia del mundo y el hombre (¿es necesario o es contingente? ¿por  qué hay algo en vez de nada?). ¿Por qué la vida humana en el mundo suscita sorpresa y estupor y reclama algún tipo de “explicación” que dé razón de este hecho innegable? Porque, subraya Schopenhauer, se trata de un hecho esencialmente “negativo” (nos encontramos aquí ante el radical “pesimismo” de este autor). La vida en el mundo es enteramente “miserable”: está marcada por el dolor, la enfermedad, la frustración, el desengaño y la desilusión, la maldad y la muerte, la ignorancia y la fealdad, etc. La meta que se dibuja ante este aciago y siniestro panorama es aplacar o contrarrestar todos los componentes negativos indisociables de la existencia mundana (liberarse del dolor, la angustia, el miedo, la ignorancia, etc.).

A partir de ese origen común y de que tratan en el fondo de satisfacer una meta semejante la filosofía y la religión se separan completamente: caminan en direcciones opuestas, siguen rutas contradictorias e incompatibles. ¿En qué se distinguen? A juicio de Schopenhauer la religión ofrece una salvación o una liberación indigna de la existencia humana: se trata de una vía de escape infantil, un salida ilusoria que tiene el estatuto de los cuentos de hadas (por ejemplo cuando se le promete a los hombres un paraíso en el que serán absolutamente felices “en otra vida”; no hay nada más que una vida: la que tiene lugar en este terrible mundo, insiste este filósofo alemán, a lo que añade: ¡y pobre del que se consuele con historietas tranquilizadoras que nos toman por ingenuos o algo peor!). En cambio, la filosofía, pretende orientarnos en la satisfacción, en lo posible pues esta no puede ser garantizada por arte de magia, de los tres anhelos “metafísicos” del hombre anteriormente señalados, pero siempre manteniéndose en el terreno de la “verdad”, sin prometer arbitrariamente algo irreal que solo genera, al final, una mayor frustración y un más profundo desasosiego (las “mentiras” de la religión no consuelan, solo “anestesian”, por lo que la religión es en el fondo “el opio del pueblo”).

El mundo como Voluntad y Representación

La metafísica de Schopenhauer -su propuesta filosófica- se articula en torno a dos conceptos: Representación y Voluntad. Veamos a continuación su significado.

El Mundo de la Representación define el territorio del conocimiento, el campo propio y exclusivo de la ciencia, de lo que puede ser científicamente explicado (por ejemplo a través de experimentos, etc.). En la ciencia el sujeto (humano) conoce objetos ubicándolos en el espacio y en el tiempo y estableciendo entre ellos una serie de relaciones causales que es los casos óptimos son formulables matemáticamente. ¿Cómo conoce objetos el sujeto de la ciencia? La respuesta de Schopenhauer es aquí parecida a la ofrecida por Kant: el Sujeto humano “objetiva” los objetos que conoce científicamente a partir de una síntesis de sus “representaciones”, es decir, de las formas a priori radicadas en sus facultades (espacio y tiempo en la sensibilidad, la categoría de causa y efecto en el entendimiento). La ciencia es, además, un conocimiento racional del mundo en tanto este se aparece -a la luz de lo que sobre él proyecta el sujeto cognoscente- como una totalidad ordenada, regular, previsible, calculable (esto es, un sistema científicamente dominable, y técnicamente controlable). La concepción de la “naturaleza” -o del conjunto de lo que puede ser conocido- de Schopenhauer es, por lo tanto, “mecanicista”, o, también, “determinista”: todos los objetos están incluidos o insertados en una férrea cadena de causas y efectos. Sin embargo, y este es un matiz importante, el Mundo del conocimiento (el “mundo como representación”), en tanto tiene su límite en lo empírico (en la experiencia sensible), es un mundo “superficial”. Aunque la ciencia alcanza verdades ciertas y demostradas -por ejemplo, cuando predice sucesos futuros gracias a disponer de leyes causales- sin embargo no toca o no roza la verdad última y definitiva. ¿Cuál es, entonces, el radical “mundo verdadero” (el mundo más básico y profundo, el mundo esencial)? Para decir algo sobre él tenemos que fijarnos en el significado del concepto de “Voluntad”.

El Mundo Verdadero -la realidad básica, profunda, fundamental, originaria, primordial- escapa a la ciencia y al juego de sus representaciones (sintetizadas por el sujeto cognoscente). Es un Mundo a la vez anterior y superior al campo de la representación: al universo de lo científicamente cognoscible, de lo que puede ser explicables estableciendo una cadena de causas y de efectos. Es el mundo oculto y escondido de la Voluntad: el mundo que tiene en la Voluntad su principio y su origen. ¿Cómo se llega a esta conclusión si habitualmente vivimos en el mundo superficial de la representación en el que captamos un fenómeno como causa o como efecto de otro fenómeno? ¿Cómo se prueba una tesis así (“el mundo es voluntad”)? ¿Cómo se “sabe” algo de ese recóndito “mundo de la voluntad” si es inalcanzable desde el conocimiento? La Voluntad -como principio y origen del mundo verdadero o de la realidad originaria- es directa e inmediatamente experimentada por cada uno de nosotros en nuestro cuerpo, el cual, en este nivel básico, es un manojo caótico de impulsos y de instintos, un conjunto de apetitos e inclinaciones, una trama fluida de emociones, afectos, pasiones y sentimientos.

Si el mundo de la representación es un mundo “racional” (ordenado, regular, uniforme, previsible, etc.) el Mundo de la Voluntad es -en tanto se manifiesta primordialmente en las pasiones e instintos- “irracional” (caótico, convulso, tenso, imprevisible). Recapitulando podemos decir que ya hemos dado con dos de los rasgos principales de la filosofía de Schopenhauer: el pesimismo (pues la vida es dolor, aflicción, malestar) y el irracionalismo (pues el mundo verdadero está gobernado por la pura Voluntad, una voluntad que no quiere o no busca, en el fondo, nada distinto a sí misma y que no se atiene a “razones” en su afán de alcanzarse una y otra vez, incesantemente).

La realización moral de la metafísica

El Mundo -en su esencia, en su realidad fundamental- es Voluntad. Por ello la metafísica -en tanto acceso a lo “suprasensible” (a lo que escapa a la representación: al conocimiento racional)- se desenvuelve preferentemente en el terreno de la moral: en el campo de las conductas y las acciones de los seres humanos (es aquí donde el hombre tiene su más profunda realidad: en la “esfera práctica” en la que unos seres humanos se relacionan con otros de muchas maneras y se conducen animados por fines, normas y motivos).

Tradicionalmente se ha afirmado que la propiedad esencial de la Voluntad es la Libertad. Schopenhauer está de acuerdo con esto, pero sólo en un sentido “negativo”: en efecto la Voluntad es “libre”, pero solo lo es en la medida en que es ajena a las leyes de causalidad que definen el mundo fenoménico (el nivel de la representación y del conocimiento). La Voluntad, por un lado, por lo tanto, escapa a la “necesidad natural”, al “determinismo físico”: es una zona de excepción al orden racional de las causas y los efectos empíricamente comprobables. Pero por otro lado, y esto es lo principal, la Voluntad es un impulso ciego, es una fuerza implacable; una apetito voraz e insaciable que en el fondo nunca se aquieta definitivamente: nunca se conforma con las metas alcanzadas. La Voluntad, en su esencia más pura, quiere siempre más y más, y lo quiere todo; sin descanso, sin tregua, caiga quien caiga.

En el hombre la Voluntad -la esencia última del mundo- se manifiesta de dos maneras estrechamente enlazadas: a) es un “querer vivir” (un incondicional aferrarse a la vida temeroso de la muerte, un arraigado instinto de supervivencia); b) define un extremo “egoísmo”. El yo individual -movido por la Voluntad que habita en él y en él se expresa- lo quiere todo aquí y ahora, sin admitir de buena gana cualquier dilación o postergación de su apetito. Además, nunca tiene suficiente: cualquier meta alcanzada, cualquier logro conseguido enseguida le sabe a poco. ¿Por qué ocurre esto? Porque la Voluntad es una aspiración indefinida e indeterminada, es la ausencia de una meta concreta: no hay, para la Voluntad, por lo tanto, un fin último al que tienda o persiga. La Voluntad es, pues, ajena a cualquier clase de “teleología racional”: es decir, rechaza de antemano dar por definitivamente bueno y satisfactorio algún fin determinado, alguna meta parcial (siempre juega al juego de “o todo o nada”). En definitiva: la Voluntad no se atiene a motivos o razones que estén más allá de sí misma (es, por decirlo paradójicamente, una pura “voluntad de voluntad”, un “querer el querer”). Es “irracional”.

Esta irracionalidad de la Voluntad en el nivel de la vida humana tiene principalmente dos consecuencias: 1) el egoísmo impone una continua lucha de unos individuos con otros, conduciendo a un conflicto incesante por cualquier cosa, por nimia y vulgar que sea; 2) el impulso de quererlo todo instantáneamente choca una y otra vez contra la “cruda realidad” y ocasiona a los seres humanos -que continuamente se dan de cabezazos contra un muro- un permanente sufrimiento, un padecimiento continuo, una ausencia de sosiego, un constante sentimiento de malestar, una insatisfacción profunda.

¿Cuál es la “solución”, si hubiera alguna, ante este panorama pintado con unos tintes tan radicalmente “pesimistas”? Subraya Schopenhauer que no hay una solución completa y definitiva. Solo apaños y componendas. El remedio es frágil, precario, inestable, parcial (pues el impulso de la Voluntad es férreo, insistente, implacable). ¿Qué nos libera provisionalmente del dolor de la vida o del drama de la existencia? Nada menos que el “ascetismo” (una forma de recogimiento, de renuncia al mundo); pero este es el tema del apartado siguiente.



El horizonte de la liberación

Define Schopenhauer la filosofía como un “conocimiento” sistemático de la esencia del mundo. Este peculiar y especial conocimiento se apoya en la intuición de la propia vida y sus experiencias y se desarrolla a partir de la explicitación de lo intuido en conceptos y argumentos. En su propuesta filosófica distingue, como hemos visto ya, dos niveles: el nivel superficial de la Representación (la ciencia y las leyes causales del mundo fenoménico) y el nivel profundo de la Voluntad (la raíz última de todo, su fundamento “suprasensible”, su fondo oscuro, el reverso tenebroso de la luz de la representación).

Pero además de poner de relieve la esencia del mundo la filosofía está destinada a indicar cuál es -si es que la encuentra- la vía propia de la “liberación” (eso que engañosamente, en tanto la sitúan en “otro mundo”, muchas religiones llaman “salvación”). ¿Qué libera a la vida mundana de sus profundos y pesados males? El ascetismo. ¿En qué consiste el ascetismo? En “negar la voluntad”, en suspender -aunque solo se de modo provisional y parcial- su impulso o su empuje. El titánico esfuerzo se concentra, por lo tanto, en “dejar de querer algo” y así, en despegarse paulatinamente de lo mundano. La filosofía señala que este ascetismo de la vida se realiza o se concreta según dos vías: la vía moral y la vía estética (o artística).

El ascetismo, en la esfera práctica, en el terreno moral, negando la fuerza de la Voluntad, consigue aplacar los impulsos egoístas y permite que emerjan tímidamente el amor al prójimo, la compasión, la piedad, la simpatía. El ascetismo se concreta aquí, por lo tanto, en una moral altruista que abre un precario sitio a la solidaridad frenando provisionalmente los instintos egoístas de los individuos que solo miran por su propio interés y la satisfacción exclusiva de sus apetitos.
La otra vía de liberación del sufrimiento de la vida mundana, el otro cauce del ascetismo en tanto negación del supremo poder de la Voluntad, está en la contemplación estética: en el territorio del arte. ¿Por qué? Porque el contacto con las obras de arte solo es posible cuando es “desinteresado”: cuando se suspenden los propósitos y afanes propios de la vida cotidiana. La obra de arte, cuando está lograda, nos transporta, sin salirse sin embargo del mundo fenoménico (pues el arte se plasma en la piedra, en el lienzo, en el sonido, en el escenario de un teatro, etc.), “a otro mundo” (un mundo “esencial y eterno” captado -intuido- por el genio del artista y plasmado en obras de arte). El arte, sostiene Schopenhauer, aplaca o calma la “fiera” que somos habitualmente en tanto estamos poseídos por la Voluntad. De todas las distintas artes Schopenhauer defiende la primacía, como arte supremo, a la música; la pintura o la escultura, afirma, alcanzan la belleza, pero solo la música consigue exponer lo sublime (lo absoluto e infinito está, así, en una sinfonía de Beethoven o en una ópera de Wagner).

En conclusión, Schopenhauer desarrolló una propuesta filosófica que tiene su centro de gravedad en una Metafísica de la Voluntad de corte pesimista e irracionalista; una filosofía que localiza como única vía de escape y liberación el logro de una vida ascética que da paso a una moral altruista y que se consuela especialmente con el arte musical.

viernes, 7 de marzo de 2025

EL SIGLO DE LAS LUCES. LA ILUSTRACIÓN

La Ilustración: concepto y características 

El concepto de Ilustración 

Es el elemento cultural característico del s. XVIII, a la vez un sistema de ideas y valores, un movimiento ideológico￾cultural y una actitud individual, que abarca la totalidad del pensamiento y actitud de quienes participan en ella. 

Supuso el proceso de autonomía por el que la interpretación del mundo y de la vida se separan definitivamente de la teología, la tradición o el principio de autoridad y se guían sólo por la razón, lo que la une a la Revolución científica del s. XVII, de la que supone la culminación, ya que el concepto de razón ilustrado se vincula esencialmente al empirismo de Newton o Locke. La razón es la luz para guiar a la humanidad, opuesta a las tinieblas de la ignorancia. 



De ahí el lema ilustrado, Sapere aude (atrévete a saber), procedente de Horacio, aunque divulgado por Kant.

La ilustración se inicia entre finales del s. XVII y las tres primeras décadas del XVIII. Son pioneros Inglaterra y las Provincias Unidas, los dos países más prósperos, lo que desvela la matriz básicamente burguesa de la Ilustración. 

Pronto arraiga en Francia, donde adquiere características peculiares que la convierten en el prototipo que se difundiría por Europa y la América anglosajona e ibérica, sin alcanzar el desarrollo e importancia que tuvo en Francia. 

El final de la Ilustración tuvo que ver con la política, pues la Revolución Francesa extendió los temores frente a unas ideas que habían influido en ella. En las últimas décadas del siglo, coincidiendo con las dificultades económicas y sus repercusiones sociales, se comienza a percibir el influjo de la filosofía que exaltaba el sentimiento y algunos elementos del prerromanticismo (irracionalismo, sensibilidad…). 
Muchos ilustrados pertenecieron a la burguesía, sobre todo los más vinculados al saber y cultura (letrados, juristas, médicos, universitarios, escritores, periodistas…) pero hubo también nobles, eclesiásticos y algunas (pocas) mujeres de la nobleza o la burguesía. Fue un fenómeno urbano, sobre todo en las principales ciudades (cortes o grandes ciudades portuarias o mercantiles). 

Las características de la Ilustración 

El papel central de la razón lleva a toda una serie de valores con que los ilustrados se consideraban capaces de cambiar la realidad: 
  • La crítica universal y la actitud crítica frente a todo. Las ideas y conocimientos heredados han de pasar por su tamiz para ser admitidos o rechazados. 
  • La secularización de la cultura, emancipada de la obsesión por la salvación. 
  • El interés por el hombre y la naturaleza, con claros antecedentes en el Renacimiento. 
  • El afán por conocer el orden natural para aprovechar sus fuerzas sin alterar sus leyes. 
  • El cosmopolitismo. 
  • El utilitarismo o búsqueda de lo práctico → rechazo de los saberes especulativos como la teología o la metafísica. 
  • La idea de progreso, basada en la confianza en los avances de la ciencia experimental y en las posibilidades de la técnica, para mejorar la vida humana y la sociedad 
  • El optimismo ante las posibilidades que ofrece la nueva actitud vital. 
  • La búsqueda de la felicidad → luchar contra la ignorancia y divulgar los conocimientos útiles. 
  • La valoración de la educación y pedagogía. 
El progreso 

La idea de progreso surge ahora y supone un cambio decisivo, ya que la referencia deja de ser el pasado idealizado y se sitúa en el futuro, un mundo nuevo a alcanzar y por el que luchar. Por ejemplo, si hasta entonces todos los levantamientos políticos o sociales reivindicaban la vuelta a un pasado ideal, ahora se sustituye este por el mañana. 

La divulgación 

El afán por difundir conocimientos explica el cambio del latín por las lenguas nacionales, con el francés, como lengua internacional de los ilustrados. La prensa adquiere gran desarrollo facilitando la difusión de ideas, frenada por el analfabetismo, pese a los esfuerzos por enseñar a leer y extender las luces. Una de las formas de ejercer la crítica es la ironía, llegando al sarcasmo, con maestros como Voltaire. 

Ante la actitud refractaria de las universidades hacia las ideas ilustradas (con excepciones como Göttingen, Leiden, Halle, Viena, Edimburgo o Glasgow), los lugares de expresión de aquellas, además de libros y prensa, fueron las academias científicas, tertulias y salones (con mujeres de la alta nobleza o burguesía como anfitrionas), clubes, agrupaciones privadas, logias masónicas, los cafés o el teatro. 
El personaje clave es el philosophe, entendido como intelectual a quien se concibe como alguien que trata de realizar una tarea útil → la filosofía del s. XVIII suele tener un contenido divulgador de principios y saberes. Los filósofos se reconocen miembros de una comunidad transnacional y cosmopolita. Procuran reunirse y debatir entre ellos, como en Francia los miembros del grupo constituido en torno a la Enciclopedia, le parti philosophique. 


Los opositores 

En su lucha por cambiar las cosas se enfrentaban tanto a la realidad como a los antiilustrados, defensores del viejo orden: nobles, eclesiásticos y partidarios del estatus quo en general. En muchos casos se apoyan en las universidades, reductos de la vieja escolástica controladas por las órdenes religiosas, y cuentan con las mismas vías de difusión de sus ideas que los ilustrados. El cruce de críticas entre ambos dio lugar a polémicas, muchas veces a través de panfletos, en las que la ironía y la sátira están siempre presentes. 

Las Iglesias se opusieron a las ideas ilustradas en base a la defensa del sentimiento o con argumentos racionales o históricos, con frecuentes errores y exageraciones. Varios autores reaccionaron frente al espíritu crítico y trataron de refutar las ideas de los filósofos. La mayoría carecían de habilidad dialéctica, pero podían influir, a través del clero, en los sectores sociales con menor formación. Los más radicales presentaban a la Ilustración como un monstruo vinculado a la herejía, el ateísmo o el judaísmo, a los que asocian también la ciencia moderna del s. XVII. 

En el mundo protestante también hubo reacciones en contra. En Gran Bretaña hubo críticos del deísmo (como Samuel Clarke o Joseph Butler) y del sensismo. En Alemania, más que crítica intelectual hubo reacciones, como la de la exégesis bíblica protestante o las de ciertos pietistas. De hecho, las reformas religiosas protestantes postulaban un cristianismo en la línea del pietismo, que tenía mucho de respuesta contra la Ilustración. 

La mayoría de los ilustrados conocidos, sobre todo en Francia, fueron deístas o ateos, pero también hay una Ilustración cristiana, no exclusivamente católica, que entiende que los valores de la Ilustración (razón, dominio de la naturaleza, felicidad terrena…) y los avances científicos pueden convivir con la fe y práctica religiosa. La Ilustración cristiana afectó a numerosos personajes participantes de la Ilustración. En el mundo católico dicha actitud tiene precedentes en figuras humanistas como Erasmo, Luis Vives o Tomás Moro, y se plasmó con frecuencia en la búsqueda de una religión más auténtica, en la que los laicos tuvieran un papel mayor. 

El papel de la mujer 

Uno de los principales límites de la Ilustración es la consideración de la mujer, que apenas varió. Filósofos como Montesquieu, Diderot, Helvétius o Voltaire apoyaban el divorcio, pero no una condición social igualitaria para las mujeres, que solo defenderá Condorcet a principios de la Revolución. Para la mayoría, como D´Holbach o Diderot, las mujeres son incapaces de concebir pensamientos profundos y complejos. La Enciclopedia afirmaba que el destino de la mujer era “tener hijos y alimentarlos”, y Rousseau le asignaba un papel doméstico, vinculado a la maternidad y dependiente del hombre. 
Una excepción fue Theodor Gottlieb von Hippel (1741-96), amigo de Kant, quien publicó en 1792 un estudio en el que abogaba por la igualdad de la mujer y una educación igualitaria. La escritora inglesa Mary Wollstonecraft (1759-97) fue defensora de los derechos de la mujer y precursora del feminismo.

Mary Wollstonecraft (1759-97)

Gran Bretaña 

El contexto de libertades políticas y de opinión pública en Gran Bretaña, que contaba con prensa (primer diario se funda en 1702), clubes, cafés, gabinetes de lectura y otros lugares de encuentro y debate, favoreció la difusión del pensamiento ilustrado. No tuvo por tanto carácter subversivo, sino moderado y esencialmente filosófico, centrado en el estudio de los problemas del conocimiento y en la religión. 
  • La teoría del conocimiento 
La epistemología profundizó en la senda del empirismo de Locke. El obispo anglicano irlandés Georges Berkeley (1685-1753), cuyo pensamiento es conocido como inmaterialismo o idealismo subjetivo (que influirá en Kant), afirmó que no puede demostrarse la realidad de las sustancias corpóreas que sustentan las cualidades que aprecian los sentidos, es decir, la materia. 

Georges Berkeley (1685-1753)

El escocés David Hume (1711-76) fue más allá al negar la posibilidad de demostrar la existencia de cualquier sustancia, material o espiritual. Diferencia entre impresiones (lo único cierto, procedente de los sentidos o experiencias), e ideas (que desarrollan las impresiones). El conocimiento se obtiene a través de los sentidos, pero la mente no obtiene más que una representación de la naturaleza que no prueba la existencia del mundo exterior, el cual es solo probable. Niega la relación causa-efecto, que considera indemostrable. 
David Hume (1711-76)

El escepticismo de Hume o el inmaterialismo de Berkeley les sitúa en una vía escasamente ilustrada en relación con el conocimiento. Más típicamente ilustrado es el escocés Thomas Reid (1710-96), que en sus Investigaciones sobre la mente humana defendió el papel de la razón y la capacidad de conocer la realidad, y afirmó que el sentido común indica la existencia del mundo exterior. 

Thomas Reid (1710-96)

  • Las cuestiones religiosas y morales 
Ya a finales del s. XVII algunos de los principales teóricos del deísmo, actitud religiosa de muchos ilustrados, son británicos. También se desarrollaron tempranamente posturas partidarias de una moral natural al margen de la religión, basadas en la idea iusnaturalista de la existencia de un sentido moral innato del ser humano. El tercer conde de Shaftesbury, Anthony Ashley Cooper (1671-1713), defiende como norma de moralidad la utilidad y búsqueda de la máxima felicidad, frente a los que llama extremismos religiosos, manteniendo una postura optimista. 

Hubo también exaltaciones del sentimiento, antes que lo hiciera Rousseau, como las novelas de Samuel Richardson o la poesía prerromántica de Thomas Gray o Edward Young y los llamados graveyard poets (poetas de cementerio). 
Anthony Ashley Cooper (1671-1713)

Francia 

Francia fue el epicentro de la Ilustración. Sus pensadores ejercieron de forma más amplia la capacidad crítica basada en la razón, radicalizándose muchos de ellos progresivamente. Sus precursores fueron Bayle y Fontenelle, los pensadores y científicos del s. XVII (a los que divulgaron), y la admiración por la política y sociedad inglesa. 
  • Montesquieu (1689-1755) 
Charles-Louis de Secondat, barón de Montesquieu, se sitúa en una fase inicial de la Ilustración. Humanista, magistrado y miembro de la noblesse de robe. En las Cartas Persas (1721) critica satíricamente el despotismo, los dogmas absurdos, el papa o el clero, desde el punto de vista de dos viajeros persas. El espíritu de las leyes (1748), influenciado por su conocimiento de la política británica, es uno de los libros básicos de los regímenes democráticos. 

Se propuso descubrir los medios de restaurar las antiguas libertades de los franceses, basándose en unos métodos similares a los que habían comenzado a desarrollar con éxito las ciencias de la naturaleza. 
Su objetivo era elaborar una teoría sociológica del gobierno y del Derecho, mostrando que la estructura y el funcionamiento de ambos dependen de las circunstancias en que vive un pueblo: clima, estado de las artes, comercio, la forma de las constituciones políticas, costumbres, temperamentos… Pese a tal relativismo, creía que la naturaleza aporta un canon de justicia absoluta anterior al Derecho positivo y consideraba que la sociedad se rige por una ley natural fundamental, que identifica con la razón, la cual, al operar en distintos medios y lugares, produce diferentes instituciones. Las formas de gobierno son república, monarquía y despotismo, basadas en virtud, honor y temor. Atribuye la libertad que tiene Inglaterra a la separación de poderes y a los frenos y contrapesos entre ellos. 

La idea de la separación de poderes, de la forma mixta de gobierno, ya había sido planteada con anterioridad, pero sin un significado muy definido. La aportación de Montesquieu consistió en modificar la antigua doctrina y convertir la separación de poderes en un sistema de equilibrios y contrapesos jurídicos. El espíritu de las leyes tuvo un gran éxito, pero las críticas hacia muchas de las realidades y prácticas políticas (venalidad, desigualdades fiscales, intolerancia, esclavitud, tortura, etc.) suscitaron la oposición de importantes sectores, y en 1751 fue incluida en el índice de libros prohibidos de la Iglesia. 

Montesquieu
François Marie Arouet, conocido como Voltaire, personifica la Ilustración hasta el punto de que el adjetivo volteriano fue usado en plan denigratorio por reaccionaros e integristas para descalificar como librepensadores, ateos, o enemigos de la Iglesia a los que no compartían sus ideas. Su experiencia en Inglaterra le llevó a admirar su sistema político y su avanzada sociedad. Vivió en Prusia, llamado por Federico II, antes de recluirse en Ferney, cerca de la frontera francesa con Suiza. Su carácter vehemente, irónico, agresivo, se combina con su inteligencia, capacidad de trabajo, independencia de criterio y amplitud de intereses. Todo ello le llevó a protagonizar numerosas polémicas, en las que sacaba a relucir su ironía, sátira y sarcasmo. Escéptico y deísta, criticó las religiones reveladas y su intolerancia, llegando incluso a Jesucristo. 

Su obra fue enorme, abarcando diversos géneros, la historia, la filosofía y el ensayo. Como historiador destacan El siglo de Luis XIV o el Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones. En sus Cartas filosóficas o Cartas inglesas (1734) critica la sociedad francesa en contraposición a la inglesa. Otras obras importantes son Tratado sobre la tolerancia (1763) en que manifiesta su deísmo y anticlericalismo, y el Diccionario filosófico (1764), que muestra su mentalidad cercana a la burguesía y la opción por la reforma en línea del absolutismo ilustrado, contraria a extremismos políticos. En una de sus novelas, Cándido o el optimismo, criticó el optimismo ilustrado ante la realidad del mal. 

Voltaire
  • Rousseau (1712-78)
El tercero de los grandes ilustrados franceses es Jean-Jacques Rousseau, quien no obstante fue precursor del romanticismo por su exaltación del sentimiento en sus novelas La nueva Eloísa (1760) o Las confesiones (1778). 

Vivió en Francia, Suiza e Inglaterra. De carácter difícil, se enfrentó con los enciclopedistas en 1756, con quienes rompió a finales de los 50. Su crítica social o su defensa de la igualdad y la soberanía popular ejerció gran influencia en la Revolución Francesa. 

En su Discurso sobre el origen y fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1755) denuncia los males que se derivan del paso del estado de naturaleza, abstracción conceptual en que los hombres son libres e iguales, a la sociedad civil, que les corrompe con la propiedad privada, el afán de riqueza, la injusticia o el despotismo. 

En el Contrato Social (1762) desarrolla estas teorías y sus propuestas políticas. El hombre, bueno por naturaleza, pierde su libertad natural, su soberanía, al pasar al estado de sociedad, a cambio de una más segura libertad civil, en la que la comunidad, el pueblo, cuerpo moral o colectivo que se establece en el contrato, pasa a ser depositario de la soberanía. Dicha cesión se realiza a cambio de ventajas como el imperio de la razón, el Derecho, la propiedad o la igualdad, y puede dar lugar a tres fórmulas, definidas por la relación entre la soberanía, el pueblo y los gobernantes: democracia, aristocracia y monarquía. 
En Émile ou de l´Éducation (1762), propugna una educación basada en tendencias naturales frente a la influencia negativa de la sociedad y en la que, además de la razón, se insiste en la importancia de los sentidos. Pese a ser deísta concibe una religiosidad interior en relación con el autor de la naturaleza. 
La enorme influencia de Rousseau se advierte en liberales, socialistas, revolucionarios, comunistas, etc.

Rosseau

La Enciclopedia 

A mediados del s. XVIII el movimiento ilustrado francés había llegado ya a su plenitud. Se inicia entonces la Enciclopedia o Diccionario razonado de las ciencias, artes y oficios, ambicioso proyecto que, bajo la dirección de Denis Diderot (1713-84) y el físico y matemático Jean Le Rond d´Alembert (1717-83), y con la idea inicial de traducir del inglés la Cyclopaedia de Chambers (1728), acabó implicando a más de 150 colaboradores. Con la intención de dar cuenta de los “esfuerzos del género humano en todos los géneros y siglos”, la obra exaltaba la razón y criticaba la tradición y la religión. Inició su publicación en 1751, provocando la polémica entre partidarios y detractores (especialmente la Iglesia), pese a lo que la edición continuó gracias a sus protectores en la corte, especialmente la poderosa madame Pompadour. 

La oposición aumentaba a medida que aparecían volúmenes. Para las autoridades religiosas, jesuitas o el delfín Luis Fernando de Borbón (1729-65), hijo de Luis XIV, era la “Biblia de Satán” o la “Torre de Babel”, mientras que para los partidarios era el fruto de una “santa confederación contra el fanatismo y tiranía”. Tras pronunciarse en contra el Parlamento de París y la condena de Clemente XIII, la publicación se suspendió en 1759, aunque se siguió imprimiendo de forma clandestina. Tras la Guerra de los Siete Años, el gobierno permitió la venta de los volúmenes ya preparados. En 1765 contaba con 17 volúmenes, a los que se añadieron otros 11, hasta completar los 28 en 1772, y 35 en 1780. Pronto traducida, reeditada e imitada en Francia, Inglaterra o Alemania, supuso una formidable puesta al día de todos los conocimientos de la época, con las diferentes visiones de sus autores, pero siempre con los dos elementos básicos en común: el uso de la razón y el espíritu crítico. 


Agrupación de autores ilustrados
  • Participantes en la Enciclopedia 
DIDEROT: gran animador de la Enciclopedia, filósofo, autor teatral, novelista, ensayista y personaje polifacético y contradictorio. Pasó de una confianza inicial en la razón al escepticismo y el materialismo, y del deísmo a la indiferencia ante la religión. En lo moral, acepta una norma basada en el altruismo y sacrificio propio. Evolucionó desde el apoyo al absolutismo ilustrado a la crítica de la sociedad y a posturas favorables a la rebelión social. 

Diderot

EL ABATE CONDILLAC (1715-80): perteneciente a la noblesse de robe, se ocupó de los problemas del conocimiento, que consideraba fruto de las sensaciones, en la línea del empirismo lockiano. 


HELVÉTIUS (1715-71): era fermier général de impuestos → Rico. Relativamente materialista: consideraba la creencia en Dios y el alma como resultado de la incapacidad para comprender la naturaleza → las religiones son un despotismo destinado a mantener la ignorancia para explotar mejor a los hombres; pero por otro lado se refiere con frecuencia a un Dios al estilo de los deístas. La base de la moral es el interés egoísta, definido como el impulso hacia la búsqueda del placer y la eliminación del dolor. Las leyes habían de procurar equilibrar los intereses personales con el general, tratando de lograr el bien del mayor número de personas. Concede una enorme importancia a la educación, que consideraba el instrumento esencial para la reforma de la sociedad, convencido de que todos los hombres tienen la misma capacidad para el conocimiento. 

Helvetius

Los defensores del materialismo 

LA METTRIE (1709-51): médico, ateo y hedonista, defendía la inexistencia del alma. 

LA METTRIE

D’HOLBACH (1723-89): afirma que solo existe la materia, eterna y dotada de movimiento. Ateo declarado y contrario a todas religiones, que considera obstáculo para el avance moral de la humanidad, admite como único criterio moral el egoísmo, que identifica el bien con lo útil y el mal con lo inútil. Considera que, como ser social, el hombre busca el propio interés, teniendo en cuenta el de los demás, lo que redunda en su beneficio. 

D’HOLBACH 

Los filósofos del progreso 

Destacan el fisiócrata Turgot, el conde de Bolney y el marqués de Condorcet. Para este último, futuro girondino, el progreso del espíritu humano haría desaparecer la desigualdad política y social. Defendía el derecho de ciudadanía de las mujeres y el voto femenino. Más adelante, Benjamín Constant, quien confiaba en que el progreso llevara a un Estado y una religión perfectos. 

Turgot y el marqués de Condorcet.

 Los utópicos socializantes 

Destacan Morelly, que postulaba la abolición de la propiedad privada, el abate Bonnot de Mably, quien también mantenía tesis igualitarias, o el benedictino Dom Deschamps, que defendía la comunidad de bienes y el amor libre, y cuyo extremismo provocó la desconfianza de Rousseau o Helvétius. 

La Ilustración en otros países 

La Ilustración alemana 

Más profunda, menos orientada a la divulgación y más moderada que la francesa. Fue básicamente un movimiento filosófico, vinculado con el desarrollo en las universidades alemanas del cameralismo o ciencias camerales, cuyo objetivo era la enseñanza de los principios económico-administrativos y políticos como base teórica de la intervención de los gobiernos en campos muy diversos, desde los tradicionales a otros como sanidad, educación o asistencia social, con la finalidad de conseguir el bienestar público. 
  • Christian Thomasius (1665-1728)
Profesor universitario, abandonó sus orígenes pietistas para exaltar la razón, capaz por ella sola de conocer el Derecho natural. Abogó por reformas ilustradas como la lucha contra la tortura o los procesos de brujería. 
Christian Thomasius
  • Christian Wolf (1679-1754) 
También profesor universitario, fue sobre todo un divulgador metódico del pensamiento racionalista de su maestro Leibniz, con una obra amplia pero no demasiado profunda. Convencido del carácter práctico de la filosofía, incluida la metafísica. Con gran prestigio en Alemania y Europa central, antes de que la influencia de la filosofía inglesa y la evolución del pensamiento kantiano determinaran su decadencia.

Christian Wolf
  • Gothold Ephraim Lessing (1729-81) 
Enlaza Ilustración y prerromanticismo alemán. Destaca su obra literaria (poesía, prosa y teatro, a cuya renovación contribuyó). En La educación del género humano (1780) consideró que la aportación fundamental de las religiones positivas era la contribución al proceso de una moral más elevada, la cual esperaba que fuera el fruto de la ética racional. Al final de su vida el texto utópico Ernst y Falk. Diálogos para masones anuncia un futuro sin prejuicios religiosos, en que triunfen fraternidad, justicia e igualdad. Destacó su oposición al absolutismo de Federico II. 


Gran figura del pensamiento alemán, superando la Ilustración, una de las grandes cumbres del pensamiento universal. Precursor del idealismo, en la teoría del conocimiento afirmó que la mente humana es capaz de alcanzar la verdad en las ciencias, defendiendo así la objetividad de los principios de estas. 

Su Crítica de la razón pura (1781) es un ataque a la metafísica, ya que considera que no conocemos las cosas como son, si no como se presentan ante nuestra facultad de conocer. Superando la dicotomía racionalistas￾empiristas, considera que el conocimiento se basa en los conocimientos a priori de nuestro entendimiento (anteriores a la experiencia), y en las formas a priori de nuestra percepción: el espacio y tiempo, que no son propiedades reales de las cosas → Pone límites a la razón, reduciendo su capacidad objetiva al mundo sensible y a la ciencia experimental. Fuera de ellos la inexistencia de pruebas obliga a suspender su uso. 

En su Crítica de la razón práctica (1778), estudia los fundamentos de la moral y el problema de la libertad humana.

Afirma que existe una razón de orden práctico que se funda en el hecho absoluto de la ley moral, en una experiencia que está en la base de nuestro ser, el imperativo categórico. La ley moral como fundamento de nuestras acciones crea en los seres humanos la conciencia del deber, el concepto básico de su ética (rigorismo kantiano). Lo no sometido a las condiciones del mundo sensible tiene sus raíces en un mundo no sensible, inteligible, imposible de demostrar teóricamente. No obstante, los postulados de la razón práctica (Dios, la inmortalidad del alma, la libertad, etc.) son creencias razonables que es necesario suponer para que la acción moral sea posible. 

Kant
El Sturm und Drang 

En la segunda mitad de siglo se desarrolló el movimiento cultural “Tempestad e ímpetu”, exaltador de lo germánico y precursor del Romanticismo. 
  • HERDER (1744-1803): historiador y filósofo de la historia, defendió la pluralidad de culturas, arraigadas en los diferentes espíritus de cada pueblo, lo que abrirá la valoración de las características nacionales del Romanticismo. 
  • GOETHE (1749-1832): su obra se inscribe más propiamente en el periodo posterior de la Revolución Francesa y el mundo napoleónico, aunque ya en 1774 inicia la ética romántica con Las desventuras del joven Werther. 


La Ilustración en España 

Tardía y con alcance menor, centrada en el intento de depurar la religión y en las reformas que buscaban modernizar el país. La figura principal de la primera mitad del s. XVIII fue el benedictino fray Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), cuya obra El Teatro Crítico Universal constituye una aportación fundamental en su empeño por criticar supersticiones, errores y costumbres irracionales. Desde mediados de siglo, con Fernando VI y Carlos III, muchos principales ilustrados serán políticos comprometidos con el reformismo, como el marqués de la Ensenada o José de Carvajal, y más adelante los condes de Campomanes, de Aranda, de Floridablanca, o Gaspar Melchor de Jovellanos. 

Jovellanos

La Ilustración en Italia 

En la primera mitad de siglo, destacan Ludovico Antonio Muratori, el jurista e historiador Pietro Giannone o el filósofo de la historia Giovanni Battista Vico. Y ya en plena Ilustración, el jurista Cesare Beccaria, humanizador del Derecho penal con su obra De los delitos y las penas, o el filósofo y economista Antonio Genovesi, quien ocupó en la Universidad de Nápoles la primera cátedra de economía política de Europa. 
Antonio Genovesi

Ciencia y cultura en el s. XVIII 

La ciencia y la cultura progresaron a partir de la Revolución científica del s. XVII y la propia Ilustración. Las ciencias físico-matemáticas avanzaron con la seguridad del nuevo método científico. 

Matemáticas 

Destacaron, entre otros, el desarrollo del cálculo infinitesimal o la aparición de la geometría descriptiva. El principal matemático fue el suizo Leonhard Euler. 

 Física 
  • ELECTRICIDAD: el inglés Stephen Gray descubrió que la conductividad dependía de los materiales, que clasificó en buenos y malos conductores (1729), y puso las bases para el estudio de la corriente eléctrica, que se iniciaría a finales de siglo. El francés Charles François Du Fray, tras comprobar la posibilidad de electrizar cualquier cuerpo, puso de moda los experimentos con electricidad, que continuó el holandés Pieter van Musschembroek, quien descubrió en 1745 la “botella de Leiden”, primer condensador eléctrico. Luigi Galvani descifró la naturaleza eléctrica del impulso nervioso y Alessandro Volta inventó la pila eléctrica (1800). Benjamín inventó el pararrayos (1752), que demostraba que el rayo era un fenómeno físico y no manifestación de la cólera divina, contribuyendo a desterrar el miedo que provocaba. 
  • CALOR: se avanzó en su medición → varias escalas, destacando las del polaco Daniel Farenheit (1714), el francés Ferchault de Réaumur (1713) y el sueco Anders Celsius (1742). Los importantes avances en el conocimiento del calor específico y la construcción del calorímetro por Laplace y Lavoisier (1783) servirían a Watt para perfeccionar la máquina de vapor.

 
Astronomía 

Se mejoró el conocimiento de la trayectoria de los cuerpos celestes, así como la exploración del cielo gracias a los avances en telescopios. El alemán Herschel descubrió Urano (1781) y estudió el anillo de Saturno y varias nebulosas de la Vía Láctea. El abate Louis de Lacaille descubrió y puso nombre a numerosas estrellas y constelaciones. A finales de siglo, Laplace explicó el universo de forma ordenada, indicando su origen a partir de una nebulosa o remolino de polvo y gas, lo que constituye la base de las teorías actuales sobre la formación estelar. 


Medicina 

Se describieron mejor algunas enfermedades conocidas, se localizaron otras como la diabetes, las fiebres tifoideas, la varicela o la tuberculosis ósea. Temperatura y pulsaciones sirvieron para detectar la enfermedad y se empleó la electricidad contra la parálisis, la gota o el reumatismo. En farmacopea se utilizó la quinina contra la fiebre y la malaria, la ipecacuana contra la disentería o el digital para fortalecer el corazón. Avances en obstetricia y cirugía y progresos en higiene y medicina preventiva, con inoculación y vacuna contra la viruela. 

Química 

Una gran novedad fue la vinculación de la química a la nueva ciencia. El francés Lavoisier (1743-94) abrió una nueva época al convertirla en una ciencia que opera con magnitudes, igual que la física, dotándola además de un lenguaje y un método. Entre otras aportaciones estableció el concepto de elemento (sustancia simple que no se puede dividir) contribuyó a elaborar la ley de conservación de la materia e investigó la composición del agua y la combustión, rechazando la teoría del flogisto. 

Lavoisier 

Ciencias de la naturaleza 

Permitirán un mejor conocimiento de la Tierra, los materiales que la componen y los seres vivos. 
  • LOUIS LECLERC: escribió con ayuda de colaboradores un compendio de conocimientos de 44 volúmenes basado en la observación y experimentación, Histoire naturelle, générale et particulière. En Les époques de la Nature (1778), condenada por la Iglesia, señaló unos periodos de evolución de la Tierra, abriendo un abanico de posibilidades de estudio que se desarrollarán más adelante. 
  • KARL LINNEO: se dedicó al mundo vegetal y animal, especialmente las plantas. Se le considera padre de la moderna taxonomía por su esfuerzo de clasificación, con la nomenclatura binominal. No obstante, participaba de una idea creacionista de la naturaleza, contrastada por el botánico Jean Marchant o por Moreau de Maupertius, quienes consideraban que las especies actuales son el resultado de cambios lentos y evoluciones, intuyendo la selección natural y posterior evolucionismo. 
Karl Linneo

Avances técnicos 

Permitió inventos fundamentales como los ya vistos en industria textil o energía. Mezcla de ciencia y técnica fueron los inicios de la aeronáutica, con los primeros globos aerostáticos y los hermanos Montgolfier como pioneros (1783). 

Se desarrolló el telégrafo óptico de señales y a finales de siglo los primeros experimentos con telégrafo eléctrico. 

El arte en la Ilustración 

Predominó la prosa, manifestada en novela, ensayo, correspondencia y memorias. El teatro, secularizado, se centró en la comedia de costumbres. En las artes continuó inicialmente el Barroco, produciendo la tendencia al Rococó, sin grandes pretensiones intelectuales y manifestado en las artes menores, interiores y decoración. En la segunda mitad de siglo se impuso el Neoclasicismo: modelos clásicos, equilibrio y simplicidad de líneas, principalmente en arquitectura civil (palacios). En pintura comenzó a predominar el retrato, signo de una época que reivindica el ser humano, vinculado en la pintura inglesa a la belleza del paisaje. 

Especial importancia tuvo la música, barroca en su comienzo, con figuras como los alemanes Bach o Händel y que evolucionaría más adelante con figuras como Haydn o Mozart, principal representante del estilo clásico. 

El catolicismo y las otras confesiones cristianas 

En el XVIII avanzaron la tolerancia y la indiferencia religiosa y descendió el interés por la Iglesia, que careció de grandes ideas y figuras, y la religión en general. Se dio una especie de atonía tras la Reforma y la Contrarreforma. 

Las órdenes religiosas que se crean en el s. XVIII son de poca relevancia y escasa trayectoria. La más importante fue la de los redentoristas fundada en 1732 por el noble napolitano Alfonso María de Ligorio. Los ilustrados fueron muy críticos con el clero y los religiosos católicos: número excesivo, escasa formación, ignorancia, fanatismo, inutilidad… Tales críticas, no siempre justas, influyeron en varios gobernantes ilustrados, que adoptaron medidas para reducir el número de eclesiásticos. En cualquier caso, en la segunda mitad del siglo el clero se redujo mucho, especialmente los regulares. 
Se agudizó la pérdida de poder del papa, iniciada con la Paz de Westfalia, perjudicado por el desplazamiento hacia el norte del centro de gravedad de la política europea, y por la condición de no católicas de la nueva potencia dominante, Gran Bretaña, y las emergentes, Rusia y Prusia.
  • El regalismo 
En la Europa obediente a Roma se intensificaron las luchas regalistas (destacando el galicanismo francés), reforzadas por la existencia de una corriente episcopalista y conciliarista. Los monarcas católicos iban más allá y trataban de intervenir en la cúspide del poder pontificio, como se manifestó en los cónclaves, o en la supresión de la Compañía de Jesús (1773), consecuencia de la presión de las coronas. Muchas de las concesiones regalistas se plasmaron en concordatos, entre los que destacan los de Benedicto XIV (1740-1758) con Cerdeña Piamonte (1741), Nápoles-Sicilia (1741), España (1753) o Austria (1757). 

El principal conflicto regalista del siglo, que influyó en la supresión de jesuitas, se produjo cuando el Monitorio de Parma (1768), documento pontificio que condenaba la política regalista del ducado, provocando la protesta de otros príncipes borbones → publicación en España del Juicio imparcial sobre el Monitorio de Parma del conde Campomanes, y restablecimiento del exequátur o pase regio, autorización real para documentos pontificios, ya en desuso. 

Las tensiones regalistas se acentuaron con el sínodo diocesano de Pistoia (1786), que aspiraba a reformar la Iglesia en la línea de las doctrinas episcopalistas, siendo condenado por Pío VI. En 1790 se aprobó la Constitución Civil del Clero, que supuso el triunfo de las tesis galicanas y jansenistas, antes de que Napoleón atacara directamente el poder de los papas. 

  • La supresión de la Compañía de Jesús 
Una de las principales repercusiones del regalismo fueron las expulsiones y la supresión de la Compañía de Jesús (no restablecida hasta 1814). Su poder e influencia y su apoyo al absolutismo le granjearon la enemistad de sectores diversos: ilustrados, jansenistas y las otras órdenes (que les disputaban aspectos como el influjo social o dominio de cátedras universitarias y les envidiaban su papel de confesores reales, su labor educativa con élites sociales y su destacado papel intelectual). 

La clave de dichas enemistades fue su oposición al regalismo y su sumisión al papado, (sus miembros destacados hacían voto de obediencia al papa), aunque no les faltaron otros problemas, como el enfrentamiento con la casa de Borbón, los conflictos de las reducciones del Paraguay o la quiebra de las empresas comerciales en la Martinica del padre Lavalte, que llevaría a su expulsión de Francia. 

Primero fueron expulsados de Portugal (1759), después de los estados de los Borbones (Francia 1764, Parma 1768). La expulsión en España se apoyó en la acusación de participar en los motines de 1766 → investigación secreta que recopiló material en su contra, con la que el conde de Campomanes, fiscal del Consejo de Castilla, escribió el Dictamen final, resumen de los argumentos en que se basaría la expulsión. 

El odio llevó a las cortes borbónicas a conseguir en el cónclave de 1769 la elección del franciscano Antonio Ganganelli como Clemente XIV, quien, presionado, firmó el Dominus ac Redemptor (1773), que decretaba la suspensión de la compañía. En compensación, Francia y Nápoles devolvieron los territorios ocupados al papa como reacción al Monitorio de Parma: Aviñón, Venaissin, Benenvento y Pontecorvo. 

Los bienes de la orden fueron desamortizados y sirvieron de base para parroquias, seminarios e instituciones educativas. La Compañía de Jesús no sería restablecida hasta 1814. 

Compañía de Jesús

El mundo protestante 

La decadencia religiosa 

Las Iglesias más rígidamente organizadas fueron las más afectadas, no así el luteranismo: 
  • CALVINISMO NEERLANDÉS: afectado ya desde finales del siglo anterior por la tolerancia y la descristianización. 
  • ANGLICANISMO: su jerarquía se convirtió en un cuerpo de funcionarios al servicio del poder. Los whigs exigían sumisión absoluta como requisito para los clérigos que desearan hacer carrera, y el gobierno dominaba al episcopado, integrado por miembros de la nobleza y la gentry. 
El pietismo y el metodismo 

Del seno del pujante pietismo alemán surgió una de las iniciativas reformistas más notables, protagonizada por el conde Zinzendorf como reacción contra el racionalismo ateo de la Ilustración y contra la falta de tensión religiosa del protestantismo de su época. Mezclando elementos pietistas y de los perseguidos hermanos moravos de inspiración husita, que tenía como arrendatarios de sus tierras de Sajonia, creó la Comunidad de los Hermanos de Herrnhut (1727). Se propuso crear pequeñas iglesias como base para revitalizar y unificar las Iglesias luteranas →unionista. Atrajo pietistas alemanes y hermanos moravos, pero fueron expulsados de Sajonia (1732). Se establecieron hermandades en otras zonas de Alemania, Provincias Unidas, Países Bálticos, América Británica, e Inglaterra, y en 1747 se les permitió volver a Sajonia y su Iglesia fue reconocida. 


Influenció al reformador inglés John Wesley, quien, tras el contacto con los hermanos moravos de Londres, se lanzó a predicar con su hermano Charles en las calles, con gran éxito entre clases medias y bajas, con una propuesta de religión de corazón y solidaridad humana. Su Iglesia se basaba en pequeñas comunidades que debían vigilarse y ayudarse para buscar la salvación. Un aspecto importante era su preocupación social, que llevó a postular la reforma de prisiones y abolición de la esclavitud. No se trataba de una nueva Iglesia, sino una corriente en el seno del anglicanismo, conocida como METODISMO por el método de disciplina interior que elaboró, logrando una amplia difusión en Gran Bretaña y Norteamérica, donde se convertirá en la confesión más numerosa gracias a la predicación de George Whitefield. 

Deísmo, masonería y descristianización 
  • El deísmo 
Muchos ilustrados se oponían a las religiones reveladas, cuyos dogmas y milagros consideraban contrarios a la razón, y defendían una religión natural, opuesta al Dios cristiano y basada en la razón, que sí admite un dios creador, arquitecto del mundo, autor de leyes eternas e inmutables de la naturaleza, cuya existencia se prueba por la perfección de esta, pero que no interviene en asuntos mundanos. Es la postura conocida como deísmo, o mejor, deísmos, por la dificultad de reducir a una las diversas posturas: por ejemplo, el inglés destacó en los análisis teóricos, frente al francés, más práctico y generalizado, que tiene en Voltaire a uno de sus principales representantes. 


Los deístas ingleses 

Son especialmente relevantes y constituyen una de las corrientes del pensamiento ilustrado más potente. 
  • JOHN TOLAND: atacó al cristianismo y exaltó la religión natural, especialmente en su obra Christianity not Mysterious (1696). 
  • MATTHEW TINDAL: menos radical, definía el cristianismo como un trasunto de la religión natural. 
  • HENRY SAINT-JOHN: líder de los tories, se cuidó de oponerse a la Iglesia anglicana por los posibles problemas para su vida pública. 
  • ALEXANDER POPE: también tory, representa un deísmo poético. En su Ensayo sobre el hombre ensalzó la felicidad humana dispuesta por el artesano eterno, diseñador de una sociedad en que cada uno tiene su lugar. 
TOLAND,TINDAL,SAINT-JOHN,POPE

La masonería 

Inspirada en las agrupaciones o confraternidades de maçons (albañiles) de la Edad Media, es en parte fruto de la Ilustración. Opuesta a los ateos, defendía el deísmo, el culto al gran arquitecto, la moral natural, la fraternidad y la tolerancia. La razón y la idea de progreso eran parte esencial de sus convicciones, que los llevaban a promover la virtud y la caridad. Entre sus miembros, pese a las jerarquías internas, se practicaba fraternidad e igualdad, si bien muchas logias estaban limitadas a nobles y la mayoría excluía mujeres y judíos. 

En su origen se dotaron de símbolos y contraseñas y usaron el secreto para protegerse. Se mantuvo en los siglos posteriores, aunque a partir del s. XVII comenzaron a entrar personas de clase social más elevada, con mayor formación intelectual, en calidad de miembros honorarios o free-maçons (origen del término “francmasón” que les identificará posteriormente). En Gran Bretaña muchos de ellos fueron jacobitas, deístas o de otros grupos mal considerados, que encontraron en la logia (nombre del local de reunión), una forma secreta de relacionarse y organizarse. Al cabo, los francmasones se separaron de las agrupaciones originarias, y en 1717, fecha inicial de la masonería especulativa o filosófica, 4 logias de Londres se federaron, constituyendo la Gran Logia de Inglaterra, que adoptó una estructura interna basada en los gremios y con las Constituciones de Anderson como regla. 

Pronto se difundió por el continente, evolucionó y surgieron divisiones. Despertó el recelo de las autoridades por su esoterismo y secretismo. Varios gobiernos la prohibieron y Clemente XII la condenó, como harían otros papas posteriormente. En España apenas tuvo presencia y fue prohibida por Fernando VI; Carlos III lo hizo primero en Nápoles, y luego en Madrid. Llegó a América, primero la anglosajona y luego la ibérica. Franklin y los tres primeros presidentes de EE. UU. fueron masones, aunque allí tuvo cuño británico, conservador, reglamentista y algo aristocrático, distinto del anticlerical y politizado de los masones mediterráneos. 


La descristianización 

A lo largo del siglo aumentaron el ateísmo y la indiferencia religiosa, especialmente en Francia, y se extendió en ciertos ambientes la descristianización.
 
Ilustración → fractura entre razón y fe → fractura entre cultura y religión → marginación de lo sobrenatural → cambio radical con respecto al pasado (una de las características del mundo actual). La secularización tuvo efectos positivos: mejora de las condiciones de vida de las minorías religiosas, la desaparición de la quema de brujas o la decadencia de la Inquisición. 

En Francia el pensamiento del párroco Jean Meslier, pese a ser conocido y filtrado a través del deísmo y absolutismo ilustrado de Voltaire, es considerado el fundamento del ateísmo y el anticlericalismo franceses. Habla de la inexistencia de Dios, la falsedad de todas las divinidades y religiones, y critica a la Iglesia y a Jesucristo. Su ateísmo radical es también una reacción frente a la injusticia y la explotación del pueblo, en la que denuncia la vinculación de la Iglesia y el poder, y preconiza la revolución y la abolición de la propiedad privada. 

Jean Meslier