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lunes, 4 de agosto de 2025

TEMA 15: EL MEDITERRÁNEO EN LA EDAD DEL HIERRO

La Protohistoria mediterránea del I milenio aC


Del Bronce Final al Hierro

La Primera Edad del Hierro en las regiones del Mediterráneo está relacionada con la llegada en el siglo VIII aC de colonizadores procedentes de las lejanas costas del Mediterráneo oriental, en particular de las polis griegas y ciudades estado fenicias.

La llegada de los comerciantes y colonos orientales pudo provocar inicialmente ciertas suspicacias en las poblaciones locales. No obstante, algunas de estas comunidades no tardaron en iniciar relaciones comerciales con las gentes foráneas, lo que acabaría provocando una cadena de cambios sociales, políticos e incluso ideológicos. Lo que aconteció entre los siglos IX-VI aC fue un proceso de interacción asimétrica entre dos pueblos distintos; el mundo de los colonos, que representaba un modelo de organización política estatal y una sociedad compleja, y el mundo indígena autóctono, con un modelo sociopolítico basado en las jefaturas y centrado básicamente en la subsistencia.

Existen dos tendencias o formas de entender el proceso de aculturación y que dividen a los prehistoriadores en dos corrientes diferentes: la orientalista y la autoctonista.
Hay prehistoriadores que datan los primeros contactos con griegos y fenicios hacia los siglos X-IX aC- Esta hipótesis plantea que los primeros contactos habrían representado pequeñas operaciones mercantiles previamente a la instalación de las colonias. Los marinos griegos y fenicios habrían alcanzado las tierras de occidente tras realizar travesías de cabotaje, sin perder de vista el litoral, en navíos de poco calado. El comercio que resultaba se conoce como precolonial y representaba un volumen de negocio limitado, que no necesitaba de una estructura compleja a base de instalaciones coloniales (hipótesis precolonial).
 
Otros autores rechazan la hipótesis precolonial ante la falta de pruebas concluyentes de la llegada de mercaderes en tiempos previos al siglo VIII aC.




La Primera Edad del Hierro: Las culturas orientalizantes

La influencia grecooriental fue determinante a partir del siglo VIII aC, cuando se produjo la implantación de colonias en las costas mediterráneas occidentales: Córcega, Cerdeña, Sicilia, Malta, Campania, Andalucía y Norte de África.



La respuesta del mundo indígena fue variada. De una parte, hubo comunidades que no opusieron resistencia y que iniciaron pronto contactos comerciales y no tardaron en incorporar en sus modos de vida las nuevas costumbres, lo que supuso su aculturación y en última instancia su absorción por la cultura griega o fenicia, como por ejemplo en Sicilia. Por otro lado, hubo comunidades que mostraron mayor resistencia ante los colonos, desde una oposición frontal hasta un pasivo aislacionismo, tal y como sucedió en Córcega. Pero lejos de esas dos posiciones extremas, otros pueblos indígenas mostraron una actitud más pragmática que produjo las expresiones más interesantes de los siglos VII-V aC: las conocidas como culturas orientalizantes, con una aculturación parcial, pues preservaron su propia identidad cultural pero incorporaron algunas señas de identidad importadas del mundo colonial, algún ejemplo de este tipo de pueblos son la Cultura de los Príncipes o la Cultura Tartésica.
 
El nacimiento de las culturas orientalizantes respondió a una serie de episodios sucesivos. En una primera fase las comunidades indígenas autóctonas se limitaron a pactar con los colonos trueques, basados en el intercambio de productos interesantes para aquellos, en particular metales. El proceso no se generalizó a todas las capas de la sociedad, más bien incidió de manera particular en la personalidad de caudillos y jefes locales, que por su mayor relación con los colonos comenzaron a interesarse por la apropiación de ciertas ideas novedosas de carácter oriental como instrumento de consolidación, reivindicación y exhibición pública de su autoridad, como la organización del territorio y del poblamiento, la tecnología de la producción económica, y la ideología que sostuvo la autoridad política.
 
Los poblados indígenas no tardaron en asumir los patrones de un modelo de organización protourbano: la planificación interna del poblado; la organización jerarquizada y especializada del área habitable; o la incorporación de técnicas de construcción en piedra. De esa manera, los poblados de cierta relevancia se convirtieron en residencias de las minorías dirigentes pero también en centros de distribución de mercancías.
 
Los colonos importaron varias tecnologías agropecuarias y metalúrgicas que reformaron la economía local para intensificar la producción más allá de las simples necesidades de subsistencia. Entre estas innovaciones estaba la incorporación de la metalurgia del hierro, los cultivos especializados (vid, olivo,...), la aparición de sistemas de pesas y medidas para la contabilidad, la incorporación de técnicas avanzadas de minería y manufactura, y las nuevas prácticas de trabajo metalúrgico (filigrana, granulado y repujado).
 
El resultado fue que la sociedad indígena tradicional trascendió en complejidad, especialización y diversidad, incorporando sectores más especializados, surgiendo así alfareros, broncistas, orfebres, herreros y comerciantes.
 
Los cabecillas locales monopolizaron el dominio de la mano de obra para la producción agrícola o minera, y las tareas intermediarias basadas en el intercambio mercantil con las colonias, lo que les suministró altos beneficios económicos, es el llamado intercambio asimétrico: los jefes indígenas proporcionaban materias primas básicas a los colonos a cambio de productos manufacturados de lujo, desde espléndidos carros hasta pequeñas baratijas de marfil, bronce, vidrio,... Los príncipes indígenas adoptaron costumbres foráneas incluso en un ámbito conservador como el ideológico, pero adaptándolas a sus propios intereses.


La Segunda Edad del Hierro

En el 600 aC el Mediterráneo centrooccidental poco tenía que ver con los años previos.
Había dejado de ser un hinterland secundario solo interesado para aumentar el comercio y se había convertido en un teatro principal para la competición a todos los niveles de grandes potencias. Fueron unos quinientos años de complicada tensión que finalizó en un período de conflagración militar entre romanos y cartagineses. Los pueblos protohistóricos acabaron sumergidos de lleno en este ambiente de competitividad y acabaron entrando en conflicto con Roma, que fue conquistando sus territorios de manera paulatina: primero les tocó el turno a los pueblos protohistóricos itálicos, más tarde a los célticos mediterráneos y finalmente a los pueblos ibéricos.
 
Después de la caída de las culturas orientalizantes, el intercambio de artículos de prestigio decayó de manera generalizada y dio paso a un nuevo patrón mercantil cimentado en la circulación de productos estandarizados y artículos comunes.

La Primera Edad del Hierro: El horizonte indígena

El mundo insular


Los primeros mercantes griegos y fenicios se internaron en aguas del Mediterráneo hacia los siglos IX-VIII aC a través del litoral norteafricano de Túnez y las islas del Tirreno (Córcega, Cerdeña, Sicilia y Malta). Por entonces estaban implantadas las culturas Nurágica en Cerdeña, la Torreana en Córcega y la Pontálica en Sicilia.
 
Los pobladores nurágicos de Cerdeña pudieron ser de los primeros en entrar en contacto con el mundo oriental. La colonización adquirió su auténtica dimensión hacia el siglo VIII merced a la fundación de varias instalaciones coloniales en la costa insular. Hacia el 850 aC las nuragas se habían convertido en baluartes muy fortificados, reflejo de conflictos territoriales que no sabemos si se debieron a disputas internas entre tribus nurágicas o a la necesidad de protección ante los recién llegados colonos. Las gentes continuaron su vida en los poblados típicos. Hacia los primeros años del siglo VI aC las colonias fenicias pasaron a control cartaginés y se fortificaron de manera muy notable probablemente ante las comunidades indígenas, que mantuvieron una actitud belicosa ante el colono y vivieron un período de estancamiento cultural, un aislamiento político y parálisis económica, hasta la conquista romana.

En Sicilia los pueblos locales no tardaron en abandonar sus costumbres tradicionales por el modelo cultural griego. Los mercaderes fenicios ya recorrían las costas insulares en el IX aC. En un primer momento las comunidades pantálicas intentaron mantener su estilo de vida tradicional, pero no tardaron en adoptar cambios en sus hábitos como la adopción de un nuevo tipo de tumba, compuesta por una cámara rectangular y una techumbre adintelada.
 
Esta primera etapa es conocida como Pantálico III. En un momento tan temprano como el 850 aC las cerámicas griegas geométricas ya eran habituales en los poblados pantálicos. En el 750 las relaciones se intensificaron y la población pantálica acusó una aculturación acelerada en un período que se denominó Pantálico IV. Las comunidades nativas habían iniciado su irremediable camino a la completa helenización.

LA PENÍNSULA ITÁLICA EN LA I EDAD DEL HIERRO

Nurágico, Pantálico y Cultura de las inhumaciones

Cerdeña

Cultura de las Nuragas. Mantenimiento de los modos de vida y costumbres funerarias tradicionales (Edad del Bronce). Escasa interacción entre indígenas y colonos orientales (unas pocas importaciones: figurillas).

La Cultura Nurágica, desarrollada en Cerdeña (Italia) desde el 1800-1700 a.C. hasta el 238 a.C., fue una civilización de la Edad del Bronce caracterizada por la construcción de más de 7,000 nuragas, torres cónicas de piedra megalítica. Estas estructuras actuaban como centros de poder, fortificaciones o templos, reflejando una sociedad agropastoril organizada en confederaciones y destacada en la metalurgia. 

Complejos de Nuragas: Se construyeron nuragas compuestos y complejos como Su Nuraxi de Barumini, que integraban torres conectadas por muros defensivos, a menudo rodeados de aldeas de cabañas.

Metalurgia Avanzada: Aunque famosos por el bronce, la cultura nurágica ya trabajaba el hierro desde el 1300 a.C., alcanzando su apogeo productivo de armas y herramientas hacia la Edad del Hierro, incluso utilizando metal proveniente de la península ibérica.

Arte y Cultura: Producción de los bronzetti (estatuillas de bronce) que representan guerreros, líderes y escenas de la vida cotidiana, además de las estatuas de los Gigantes del Monte Prama.
Economía y Comercio: Basada en la agricultura, ganadería y, fundamentalmente, la navegación. Comercian activamente con fenicios y púnicos, quienes se establecieron en las costas hacia el 900-540 a.C..

Estructura Social: Una sociedad organizada en clanes con una aristocracia guerrera, que resistió la influencia externa hasta la ocupación de Roma en el 238 a.C.. 

Cultura de las Nuragas
Sicilia

Cultura Pantálica. Rápida aculturación tras la implantación del mundo colonial, durante las fases Pantálico III y IV: adopción de un nuevo tipo de tumbas en cuevas artificiales con cámara rectangular y techumbre plana; proliferación de productos griegos (cerámicas, armas, fíbulas) en los poblados. Plena helenización a finales del siglo VIII a.C.

La Cultura de Pantálica en Sicilia, durante la transición del Bronce Final a la Edad del Hierro (aproximadamente siglos XIII al VII a.C.), representa el apogeo de la civilización sícula indígena antes de la colonización griega. Situada en el sureste de Sicilia, cerca de Siracusa, destaca por sus impresionantes necrópolis excavadas en la roca y su papel como centro político y comercial.

 Necrópolis Masivas: El sitio cuenta con más de 4,000 a 5,000 tumbas de cámara excavadas en los acantilados de piedra caliza, organizadas en filas, lo que indica una estructura social compleja y una alta densidad de población.

Asentamientos y Poder: Se cree que fue la capital de un reino sículo, posiblemente la antigua Hybla, que dominaba un territorio considerable. El edificio principal, el Anaktoron (Palacio del Príncipe), muestra influencias micénicas en su construcción megalítica, evidenciando conexiones comerciales avanzadas.

Transición Metalúrgica: Durante esta fase, la cultura pasó del Bronce Reciente/Final a la utilización del hierro, aunque los objetos de este metal fueron inicialmente símbolos de poder y prestigio.

Ajuar Funerario: Las excavaciones han revelado cerámica pintada e incisa, espadas de bronce y, posteriormente, fíbula de arco de violín y otros metales, reflejando una cultura guerrera y artesana.

Cultura Pantálica.

La Italia central: Culturas Villanoviana y del Lacio

La colonización en la Península itálica es contemporánea a las primeras fundaciones coloniales en Sicilia. El hito principal que representó el inicio de los contactos culturales entre indígenas y colonos fue la fundación de la colonia llamada Pithecusas hacia el 750 aC en la isla de Ischia frente a Nápoles, con un objetivo concreto: la obtención del metal de las regiones más al norte y centrales de la península, una región que estaba ocupada por pueblos de la cultura Villanoviana.

Cultura Villanoviana

El Villanoviano fue la cultura más importante de la Primera Edad del Hierro. Sus orígenes se remontan hasta el siglo IX aC, enraizada en las costumbres locales del Bronce Final. En aquellos primeros tiempos, las gentes villanovianas vivían en pequeños poblados muy dispersos por el territorio, a manera de aldeas autónomas. Los arqueólogos han analizado los patrones de poblamiento en el territorio de Veyes. En las cercanías de Veyes se excavó un poblado disperso a lo largo de 190ha, que reunía media docena de aldeas y otros tantos núcleos de menor tamaño a su alrededor. El resultado era un conjunto arracimado de aldeas. En el transcurso al Hierro I hubo un cambio de poblamiento, motivado por el descenso de algunos poblados a las zonas bajas, surgiendo los primeros rastros de las futuras grandes
ciudades etruscas: Populonia, Vetulonia, Vulci, Bisenzo o Veyes.


Existieron necrópolis independientes por cada aldea. La Cultura Villanoviana se caracterizó por el rito de incineración, tradición continuista de la cultura de los Campos de Urnas del Bronce Final. Las urnas más curiosas eran aquellas que representaban unas réplicas cerámicas en miniatura de las auténticas viviendas, que se depositaban acompañadas de miniaturas de carros, y que se han convertido en seña de identidad de la cultura. Había ajuares diferenciados por género. Los varones se solían enterrar con sus armas (espadas de empuñadura pesada y maciza; cascos con cresta, puntas de lanza, hachas, bocados de caballos, cinturones y navajas de afeitar en forma de media luna). Las mujeres se acompañaban con sus
adornos personales (accesorios para vestir, fíbulas y artículos para tejer).


Cultura de los Príncipes

La "cultura de los príncipes" en la Edad del Hierro (especialmente siglos VIII-VI a.C.) hace referencia a la fase de la civilización etrusca (cultura de Villanova) y hallstáttica en Europa, caracterizada por la aparición de una élite fuertemente jerarquizada. Se distinguen por ricas tumbas con ajuares de lujo, armas y objetos de valor, evidenciando el dominio de la metalurgia y el comercio con el Mediterráneo. 

Horizonte orientalizante: precedente inmediato/ primera fase de la cultura etrusca (720-580 a.C.).
➢ Interacciones con los colonos griegos de Pithecusa y Cumas y rápida aculturación indígena.
➢ Crecimiento de los poblados y cambios en la arquitectura doméstica: casas con cimentación de piedra y división interna en dos o más estancias.
➢ Cambios en el registro funerario: convivencia de incineración e inhumación; aparición de tumbas aristocráticas en las necrópolis de los grandes poblados, individuales o colectivas (linajes familiares), de cámara cubiertas por túmulo (Cerveteri), con ajuares lujosos (acumulación de bienes de prestigio: carros, armas, joyas, recipientes metálicos, marfil, cerámicas de calidad. Importaciones orientales).
➢ Intensificación del comercio con las colonias griegas (exportación de minerales, importación de manufacturas de lujo) y concentración del poder en manos de personajes privilegiados de condición “principesca” (modelo sociopolítico: jefaturas complejas).
➢ Producción artesanal: influencia griega y oriental e imitación en talleres locales.
➢ Cerámica: introducción del torno para la fabricación de piezas de calidad. Destacan dos producciones:
- Cerámica di impasto (a mano/torno lento, incisas, impresas, con incrustaciones de bronce, ámbar o hueso).
- Cerámica de bucchero (a torno, de color negro y superficie pulida, imita la vajilla metálica).



Cultura del Lacio

En cuanto a la Cultura del Lacio no tenemos mucha información sobre el poblamiento; solo sabemos que las gentes formaban agrupaciones modestas y ocupaban cabañas simples, levantadas con materiales perecederos en parajes llanos y laderas bajas. Este podría haber sido el origen de Roma, cuyos datos más remotos datan del siglo IX aC, aunque en verdad los primeros restos de la ocupación en la futura ciudad no son restos de viviendas, sino algunos enterramientos.
 
En las necrópolis alternaban los ritos de incineración heredados de los Campos de Urnas con las costumbres de inhumación de cuerpos enteros. En las tumbas se aprecia un tratamiento funerario muy distinto relacionado con el género y con la categoría social del difunto. Las cenizas se ocultaban en grandes vasijas llamadas dolium, junto a un ajuar simple.
 
Ninguna de las tumbas revela huellas especiales propias de lujo u ostentación, lo que denota una sociedad de tipo igualitario.
 
Hacia la mitad del siglo VIII aC comenzó un nuevo período en la Cultura Villanoviana, llamado Villanoviano evolucionado o fase Arnoaldi. La importancia de este período radica en que coincidió cronológicamente con la ocupación de la isla de Ischia por colonos griegos en busca del metal villanoviano, representando el comienzo de una intensa interacción mercantil con los griegos. Estos contactos provocaron cambios en la cultura tales como que la población de las aldeas tendió a reunirse en torno a un núcleo principal. Ciertas tumbas experimentaron un repentino enriquecimiento de los ajuares: los varones son enterrados con más armas, sobre todo espadas y cascos de bronce: mientras que las mujeres aparecen con más piezas de adorno. En tercer lugar, poblados y tumbas atestiguan la llegada de productos importados, como las cerámicas griegas de siluetas llamativas llamadas askoi, y objetos de lujo fenicios.
 
La región del Lacio todavía mantuvo la fuerte tradición anterior hacia el período 750- 700 aC.


La Italia septentrional: Culturas Atestina y Golasseca

En la vertiente norte de la Península itálica se han documentado dos culturas distintas: la Cultura del Este o Atestina en la región oriental; y la Cultura de Golasseca en la occidental.
 
Ambas culturas continuaron con los tradicionales modos pertenecientes al Bronce Final. Los orígenes de ambas culturas se remontan hasta el siglo IX aC; son los períodos llamados Este I y Golasseca I. El tránsito hacia la Primera Edad del Hierro se fundamenta en la aparición de los primeros objetos de hierro en las tumbas.

En ambas culturas los modos de poblamiento y las viviendas se mantuvieron en las tradiciones del Bronce Final. La gente siguió viviendo en poblados de pequeño tamaño y habitando modestas cabañas de materiales perecederos.

 
Las dos culturas pertenecieron al "horizonte de incineraciones" que caracterizó gran parte de la Península itálica en la Primera Edad del Hierro. Una tradición procedente de los Campos de Urnas del Bronce. Las urnas atestinas se decoraban con motivos geométricos. Las de Golasseca presentaban motivos naturalistas de carácter zoomorfo. No hay grandes diferencias en las necrópolis pero los ajuares de algunas tumbas podrían haber pertenecido a caudillos guerreros. Los ajuares de las tumbas atestinas contenían objetos variados: cerámicas a mano, armas tan peculiares como las espadas de antenas enlazadas denominadas espadas de Fermo o fíbulas, entre las que sobresalen las que tienen forma de caballito. En los ajuares de Golasseca resaltan de manera particular las espadas: unas de pomo macizo y extremo redondeado (tipo Moncucco), e incluso con antenas retorcidas (tipo Weltenburg).
 
Las rutas terrestres y marítimas permitieron la importación de cerámica a torno, cuchillos de hierro, ámbar y objetos de vidrio.

La Italia meridional: Las Culturas de inhumación

En paisaje humano de los siglos VIII-VII aC se caracterizó por una gran fragmentación cultural, aislacionismo y conservadurismo. Las culturas locales de la Primera Edad del Hierro preservaron muchas de las tradiciones ancestrales de la Edad del Bronce Final. Entre el gran número de grupos culturales distintos que se dieron en esta región, destacaremos las más importantes. En la mitad central limitando con el núcleo villanoviano surgieron dos culturas menores: el Grupo de Terni en la región de Umbría, y la Cultura de Picena. En la mitad meridional dos culturas de mayor entidad: la Cultura de las Tumbas de Fosa y la Cultura de Apulia. La influencia colonial en estas regiones más recónditas resultó mucho menor que en otros lugares.




Los arqueólogos insisten en un común denominador para las gentes de la zona meridional de Italia: la inhumación, que contrasta con la incineración propia de las culturas del norte. Los pueblos del sur enterraban a sus muertos con distintas maneras, que variaban desde la simple fosa hasta las cubiertas tumulares. Las tumbas de la Cultura Picena contenían objetos muy variados: cerámicas como cántaros, jarros con asa horizontal y vasos bicónicos de cuello cilíndrico o acampanado. En las necrópolis de Terni los ajuares presentaban como objetos más interesantes las espadas acabadas por una empuñadura de antenas unidas y fíbulas serpentiformes. En la Cultura de las Tumbas de Fosa resultaban comunes las ánforas y tazas, decoradas con incisiones meandriformes y antropomorfos.

Del Mediodía francés al Levante ibérico

La llegada de la colonización a las riberas de la Provenza, el Languedoc y Cataluña se retrasó notoriamente respecto de otras áreas. Hasta el 600aC no se instaló una colonia en esta amplia región, cuando se levantaron las primeras instalaciones de la colonia llamada Massalia (actual Marsella). Los primeros colonos no tuvieron muchos problemas con la población local

Las necrópolis abandonaron el ritual generalizado de incineración propio de los Campos de Urnas y en su lugar se impuso el ritual de inhumación, tanto en fosa como en túmulo. Las necrópolis no aparecen asociadas a grandes poblados, sino dispersas por el territorio. Los ajuares eran muy homogéneos, dando la sensación de una sociedad igualitaria.
 
En las tierras catalanas los primeros años del Hierro I representaron una evolución local continuista de la Cultura de los Campos de Urnas. Las poblaciones mantenían buena parte de la tradición del Bronce Final (cerámicas a mano, útiles en bronce, rito de incineración). Se les ha llegado a denominar a las poblaciones del noreste ibérico como Campos de Urnas del Hierro. Los cambios tuvieron lugar de manera de manera continuada, como la tendencia progresiva de asentamiento en sitios fortificados y el aumento del número de poblados, detectándose un aumento incremento de los ajuares funerarios ricos en armas, fíbulas y broches, lo que revela la consolidación de ciertas élites con el estatus de guerrero.


El horizonte orientalizante
 
La antigua Etruria: Cultura de los Príncipes
 
En pleno centro de la península itálica surgió la Cultura de los Príncipes, evolución autóctona del pueblo villanoviano, entre los años 720-580 aC. En realidad la cultura de los Príncipes representó a la perfección los procesos de interacción cultural que surgieron entre las poblaciones indígenas villanovianas y los colonos implantados en la región de Nápoles, en la colonia de Pithecusas. La capacidad de los colonos para pactar resultó tan eficaz que apenas cincuenta años después de la instalación de Pithecusas, los griegos contaban con la capacidad para instalar un nuevo asentamiento en tierra firme, en la costa de la bahía de Nápoles, que llamaron Cumas.

La presencia griega en las tierras de Etruria no alcanzó más allá de la línea litoral pero su penetración cultural fue mucho más allá. El resultado de todo fue una aculturación parcial que conciliaba buena parte de la tradición local con la foránea, un ejemplo de cultura orientalizante en pleno en pleno Mediterráneo central.

 

En el 700 aC los poblados habían crecido de manera notable hasta superar el carácter de pequeñas aldeas y convertirse en poblados relativamente extensos.
 
En el 700 aC muchos enterramientos aún mantenían las viejas costumbres villanovianas de la incineración, pero ya alternaban con ciertas tumbas de inhumación propias de una nueva tradición. El mayor cambio funerario se detectó en ciertas tumbas, cuyos ajuares funerarios revelan un incremento de la riqueza, un interés por manifestar el reconocimiento de la dignidad social y riqueza tras la muerte, que indica un cambio en la manera de entender el poder de las jefaturas locales.
 
En el período entre 725-650 aC aparecieron tumbas aristocráticas caracterizadas por una estructura interna compleja: por amplias plantas circulares o cuadradas, levantadas con piedra de gran tamaño; una o dos estancias interiores; y cubiertas tumulares de tierra que creaban un imponente efecto de visibilidad en el entorno. En las tumbas se depositaron ajuares muy valiosos, compuestos de carros, numerosas armas, recipientes de bronce y plata, delicados adornos de oro y cerámicas importadas. Las cenizas se depositaban en urnas muy llamativas (vasos canopos).



La base económica era agropecuaria, si bien el estímulo principal para el progreso sociopolítico de los sectores aristócratas fue la producción del mineral y su distribución mercantil entre los colonos griegos.
 
La influencia griega se percibió de manera muy notoria en las técnicas artesanales. Los talleres indígenas no tardaron en adoptar las técnicas a torno. En paralelo se produjo un incremento de la especialización que condujo a producciones especiales. Se generalizó un tipo de cerámica muy peculiar llamado impasto, realizada de manera delicada a mano o a torno lento, decorada con técnicas singulares de incisión, impresión o incrustaciones de materias exclusivas como el bronce, ámbar e incluso hueso. En cerámica aparece la llamada de bucchero, cuya calidad era tal que imitaba las vajillas de bronce (el bucchero se convertiría poco después en una seña de identidad del mundo etrusco).

La metalurgia alcanzó notable desarrollo. Los talleres indígenas elaboraron productos del gusto nativo, sobre todo una serie de vasos y carros rituales de los que conocemos excelentes ejemplos en la región de Bolonia. La influencia oriental resultó determinante en la orfebrería, que incorporó las nuevas técnicas de trabajo del oro tan habituales entre los talleres del Próximo Oriente (granulado y la filigrana).
 
La presencia griega resultó tan honda que se han hallado indicios del alfabeto griego en los poblados indígenas. Se han hallado inscripciones muy cortas en cerámicas de bucchero


El Lacio: Orientalizante latino

El territorio del Lacio también conoció un proceso orientalizante, si bien la influencia oriental no fue tan profunda por lo que muchos ámbitos culturales mantuvieron las viejas tradiciones durante casi un siglo. Los primeros signos orientalizantes en el Lacio se datan hacia el 730aC. Pero no hicieron mucha mella en los habitantes latinos, que aún vivirían hasta el 630aC en cabañas de barro y materiales perecederos. Habría que esperar hasta la mitad del siglo VII aC para apreciar los primeros pasos hacia un modelo de poblamiento mucho más sofisticado. Las jefaturas quisieron dar testimonios de su riqueza en los enterramientos, construyendo tumbas de ciertas dimensiones y con una estructura más orgánica, con inhumaciones dobles y triples y recubiertas por túmulos. La acumulación de artículos extranjeros de lujo permite calificar ciertas tumbas como principescas.


El antiguo Véneto: el arte de las sítulas

Durante el período conocido como Este III, en el norte de la Península itálica se mantuvo las tradiciones autóctonas, pero ya llegaban las primeras influencias orientalizantes del sur. Estas influencias llegaron de segunda mano, a través del tamiz de Etruria. Su llegada fue tardía, un siglo respecto al sur (hacia el 625 aC). La principal representación del influjo orientalizante se percibe claramente en unos peculiares objetos llamados situlae, llegando incluso a las regiones hallstáticas centrales y orientales (por ejemplo, la sítula de Vače).
 
La sítula más antigua procede de Benvenuto y es una buena muestra de este tipo de trabajo, con sus numerosas protuberancias y sus motivos geométricos, una decoración figurativa sobre la superficie a base de escenas de banquetes, procesión de guerreros e hileras de seres míticos.

El más remoto occidente: la Cultura Tartésica
 
El fenómeno orientalizante también alcanzó la Península Ibérica. En las regiones de Cádiz, Huelva y Sevilla germinó la llamada Cultura Tartésica. Aun asumiendo la relevancia del sustrato indígena del Bronce Final, la Cultura Tartésica resulta incomprensible sin conocer los procesos exógenos generados por la llegada de mercaderes orientales, en particular tras la fundación de la colonia fenicia de Gádir en el 750aC.

La arqueología confirma que la primera instalación de los fenicios se produjo en el siglo VIII aC en una pequeña isla situada muy cerca del litoral, con la intención de acceder al rico mercado de metales del llamado cinturón pirítico de Huelva. El nombre de Gádir procede del término semita Gdr, que significa literalmente "fortaleza". Estrabón narra la pronta fundación de un templo en honor de Melkart, dios protector del comercio, que en la tradición oriental servía como santuario y lugar de trato comercial.


 
La llegada de los fenicios provocó en los antiguos poblados indígenas un crecimiento notable en tamaño y complejidad. Setefilla, Carmona, Hispalis, Corduba, Onuba o Niebla se convirtieron en núcleos de población de cierta importancia, con capacidad centralizadora de producción y distribución regional de mercancías. La influencia colonial se dejó sentir en carios cambios de costumbres: la aparición de casas con planta rectangular, levantadas sobre cimientos de piedra, que soportaban muros de adobe y con las paredes enlucidas. Pero también dejó constancia en la construcción de poderosas murallas que rodeaban los poblados.

La combinación de tradición e innovación se reflejó de manera directa en la economía.
 
La base agropecuaria tradicional sirvió para la aplicación de las nuevas prácticas foráneas en materia de producción. La intensificación agropecuaria permitió conseguir los excedentes agrícolas para la exportación colonial. En el plano ganadero se produjo un incremento de la cabaña mayor, en particular del bovino. Pero los intereses coloniales incentivaron de modo especial el sector de la minería, mediante la intensificación de las extracciones. Las técnicas de la filigrana, granulado y repujado orientales permitieron realizar delicadas obras de arte. Este tipo de productos pequeños y delicados también se realizaron en bronce, dando lugar a una rica diversidad de artículos de lujo como quemaperfumes, jarros y escudillas.

La intensificación de los sectores económicos provocó un incremento notable del volumen de intercambio. El transporte terrestre era organizado a partir de dos grandes ejes de comunicación: la Vía de la Plata se dirigía hacia el norte, en dirección a Extremadura; y la Vía Herakleia discurría a lo largo del Guadalquivir.

Buena parte del tráfico mercantil que operaba por estas vías era monopolizada por los caudillos indígenas, a través de los contactos mercantiles obtuvieron los beneficios suficientes para su enriquecimiento económico, para aumentar sus aspiraciones políticas y para sancionar públicamente su prestigio mediante la adquisición de los artículos de lujo. Surgieron tumbas principescas, como en La Joya (Huelva), donde las cenizas de un aristócrata aparecían rodeadas de suntuosos objetos.

Los llamados popularmente tesoros son otra prueba del panorama de ostentación pública de las aristocracias indígenas orientalizadas. El Tesoro de Carambolo es uno de los más conocidos y comprendía una veintena de joyas de oro de inspiración fenicia y chipriota, con un pectoral,colgantes, plaquetas y brazaletes. El tesoro de la Aliseda contenía unas trescientas piezas de oro. El esplendor de
las tumbas y tesoros revela una aristocracia principesca con un alto nivel de vida. El historiador romano Estrabón se hizo eco de siglos más tarde de tal aristocracia, que personalizó incluso en un rey tartésico al que llamó Argantonio. Datos arqueológicos no revelan monarquía o poder centralizado alguno; todo lo más élites minoritarias a modo de régulos, caudillos, príncipes o aristócratas, que gobernaban cada núcleo o poblado. El personaje de Argantonio sería una invención, un mito, aunque con un trasfondo histórico ya que su nombre significa literalmente hombre de plata.

Después de doscientos años de esplendor, Tartesos padeció una notable recesión que acabó con su desaparición en la transición hacia el siglo V aC. Las razones pudieron ser varias: la conquista de Tiro por los asirios, el agotamiento de las minas de plata de Huelva y la recesión del sistema agrícola intensivo del Guadalquivir. No hubo una ruptura cultura entre el viejo mundo tartésico y la nueva realidad del siglo VI aC. De hecho podríamos pensar en una caída del modelo político pero no de los modos de organización socioeconómica. El modelo tartésico dejó paso a un nuevo período conocido por los prehistoriadores como ibérico antiguo que tomó cuerpo en una etnia ibérica: los turdetanos.


La Segunda Edad del Hierro
 
Los pueblos itálicos

El último capítulo de la Protohistoria itálica aparece bajo la sombra de los primeros pasos de aquella civilización romana, por lo que desde la perspectiva historicista tradicional de todo este período podría pertenecer a lo que se llama la Historia Antigua. Este período presentaría varias etapas. La primera comenzó con la expulsión de la monarquía etrusca de Roma en el 600aC, y continuó con la instalación de la monarquía romana, que llevó en 575aC a la configuración de Roma como una auténtica ciudad. La segunda etapa comenzó en el 509aC con la sustitución de la monarquía por la república romana. La tercera etapa arrancó en el 350aC y representó el salto decidido de Roma a la conquista de Italia, iniciadas con las Guerras Samnitas, que culminó en el año 265aC.
 
La cultura noroccidental de Golasseca conoció su último período de vigencia entre los años 500-350aC. La mayoría de la información procede de necrópolis, organizadas de acuerdo con los rituales tradicionales de incineración. Hay algún caso excepcional de enterramiento de inhumación en fosa.
 
La arqueología ha reconocido cierta presencia de objetos latenienses, pero no en la medida necesaria para pensar en invasiones masivas de guerreros procedentes del otro lado de los Alpes.


La cultura Atestina o Este perduró en la vertiente noroccidental. En los siglos V-IV aC los poblados experimentaron un notable incremento pero poco sabemos de su organización.
 
La mayoría de la información procede de las necrópolis. La presencia de varias estatuillas de bronce representando personajes de alcurnia, con iconografía helénica, parece revelar una destacada aculturación de las élites dominantes.
 
En la mitad centromeridional de la península itálica había una gran fragmentación tribal. Los pueblos que ocuparon el territorio revelan un modelo de atomización sociopolítica con un intenso grado de competitividad, que generaba un clima de continua inestabilidad interna. En suma, una multitud de tribus en un estado de permanente enfrentamiento.
 
Dado el gran número de pueblos en esta región, nos centraremos en los dos que tuvieron mayor repercusión: los umbros, un hinterland cultural de la Cultura Etrusca; y los Samnitas, que representaron una coalición intergrupal bajo una cohesionada unidad militar.
 
Los escritores romanos calificaron a los umbros como el pueblo más relevante de los que ocupaban las montañas interiores centrales. Su territorio limitaba con la región central de Etruria, por lo que la influencia de la esplendorosa Cultura Etrusca se dejó sentir muy pronto y de manera intensa. El poblado de Terni fue un ejemplo de esa influencia etrusca de modo que acabó por convertirse en núcleo esencial de comunicaciones entre Etruria, Lacio y Piceno.
 
Las tumbas aristocráticas reflejan el modelo etrusco, con cámaras pétreas decoradas y varias salas interiores

Los samnitas ocuparon las regiones interiores meridionales de la península. A partir del siglo IV protagonizaron un largo conflicto con la naciente Roma. Poblaron las regiones montañosas de Abruzzos y Campania y formaron en realidad una coalición político-militar que agrupó varias etnias: los pentri, caracenos, caudinos e hirpinos. Esta coalición fue llamada civitas Samnitium por Livio. La ausencia de recursos mineros les impidió cualquier desarrollo comercial. Las crónicas comentan la existencia de algunos centros de población como Bovanium o Malventum, con un patrón básico de poblamiento basado en la dispersión de aldeas, asociadas a un núcleo fortificado que ejercía de lugar central (llamado patrón pagano- vicánico).

Los pueblos celtas de la Provenza

En las tierras costeras francesas la instalación de la colonia griega de Massalia se convirtió en un foco político y económico trascendental. En los inicios del siglo V aC la región atravesaba una fase de recesión económica a consecuencia del retroceso comercial con Grecia y Etruria. La inestabilidad política y social provocó una crisis regional y una intensa atomización tribal. La mejor representación del poblado típico de la región es el yacimiento de Entremont, con su muralla de piedra caliza reforzada con bastiones, sus calles delineadas y los pavimentos de mosaico de su templo.

Frente a la mentalidad griega imperante en las colonias, muchos poblados indígenas mantenían cultos propios anclados en viejas tradiciones. En el templo de Entremont se esculpieron pilas formadas por cabezas humanas y en la muralla se clavaron cráneos humanos auténticos, un rito que produjo la aversión de los romanos en tiempos de la conquista.

La región de la Provenza revela de manera clara la complicada mezcla cultural que existía en estos momentos y la inflexible lucha de los indígenas por mantener su peculiar mundo de tradiciones propias. En ciertos poblados persistió la tradición de la cabaña de materiales perecederos hasta fechas muy tardías.

Los pueblos ibéricos
 
La Cultura Ibérica es la mejor representación de las culturas indígenas que caracterizaron la Segunda Edad del Hierro en el occidente mediterráneo. El ámbito de expansión recorría la totalidad del arco mediterráneo de la Península Ibérica. En esta enorme extensión aparecieron una multitud de etnias: los turdetanos en Andalucía; los mastetanos o bastienos en el litoral sureste; los oretanos en las tierras del interior; los contestanos y edetanos en el levante; ilercavones, cesetanos y lacetanos, entre otros, en las costas catalanas; y los ilergetes las tierras interiores del valle del Ebro.

Los orígenes más remotos de la Cultura Ibérica se remontan hasta el 500 a.C. y responden a una simbiosis entre las tradiciones indígenas del pasado y las influencias griegas de las colonias instaladas en la costa mediterránea.
 
Durante el período ibérico se produjo un incremento y una concentración de la población en núcleos de cierta entidad, sobre todo en las regiones andaluzas, que conformaron la Turdetania. Se consolidaron poblados de cierta relevancia que llamamos oppida, que se convirtieron en centros de poder sociopolítico y de control económico. Los oppida ibéricos no llegaron a la magnitud de los célebres oppida galos, pero no por ello dejaban de ser núcleos de población con carácter protourbano. Muchos oppida poseían sólidas murallas reforzadas con bastiones y torres. Las viviendas se vertebraban en manzanas y poseían la típica plante rectangular. En la región levantina, la tendencia hacia la concentración poblacional se retrasó hasta finales del siglo V aC, los oppida que surgieron tuvieron menor tamaño y alternaron con poblados abiertos.
 
En el plano sociopolítico, las etnias ibéricas poseían distintos grados de desarrollo, desde las tradicionales jefaturas hasta los pequeños estados tribales. Existía un patrón social de tipo clientelar de manera que la pirámide social se hallaba controlada por caudillos, por aristócratas o por príncipes, que contaban con una hueste de guerreros como cohorte principal.

El ritual habitual de enterramiento en el norte era la incineración en urnas cerámicas dentro de una fosa, y se acompañaban con ajuares que revelan las diferencias sociales pero sin grandes ostentaciones. El ritual en el sur resultaba mucho más complejo y denotaba una mayor complejidad social. En las necrópolis meridionales hay cabida para buena parte de la comunidad pero las tumbas más notables revelan ajuares ostentosos a tenor de la categoría social precisa del individuo. Entre los mejores ejemplos de este tipo de necrópolis se encuentra la de El Cigarralejo en Murcia con sus espléndidos ajuares o las tumbas turriformes de Pozo Moro. El último ejemplo incluye las urnas funerarias en estatuas labradas de caliza, las llamadas "damas ibéricas", que poseían un orificio para introducir en su interior las cenizas. Las Damas de Elche y de Baza representan urnas de este tipo que sirvieron como tumba para las cenizas de miembros pertenecientes a élites privilegiadas.

Las producciones cerámicas ibéricas también denotan la influencia griega. En un tipo de producción manufacturada a torno, que recurría a pastas anaranjadas y se decoraba con diversos motivos. Las cerámicas más conocidas se han reunido en dos estilos distintos: uno narrativo llamado Oliva-Liria; y uno narrativo o simbólico denominado Elche-Archena. Pero la artesanía ibérica brilló con luz propia en la orfebrería, proporcionando bellas diademas y broches de inspiración griega.


Epílogo: del antiguo Mediterráneo al "Mare Nostrum".

Deslindar de manera rotunda el paso de la Protohistoria a la Historia Antigua es una labor poco consistente ya que no hay una ruptura clara, ni ésta se produjo al mismo tiempo en todas las regiones del Mediterráneo. En otros casos la realidad que separa la Protohistoria de la Historia Antigua se reduce a la presencia de la escritura.
 
Las poblaciones protohistóricas se vieron inmersas en nuevas tendencias de cambio.
 
Un nuevo orden que poco a poco se imponía bajo el dominio de unas sociedades estatales expansionistas. En el año 300aC la estabilidad desapareció al aparecer dos poderes expansionistas: los celtas, que invadieron el norte de Italia; y los romanos. El dominio de Roma sobre los pueblos protohistóricos daba comienzo al fin de una era.
 
Después de la Península itálica le tocó el turno a las regiones meridionales de Galia y a la Península Ibérica. Estabilizada la situación política en Italia, Roma trasladó el conflicto a aquellas regiones y comenzó una segunda estrategia expansionista que tuvo como alter ego a Cartago. La vorágine desatada entre romanos y cartaginenses arrastró tras de sí a los pueblos protohistóricos que acabaron cayendo uno tras otro bajo el dominio romano, propiciando con ello el inicio de lo que podríamos entender como Historia Antigua.

lunes, 14 de julio de 2025

TEMA 11: EL BRONCE FINAL EN EUROPA CONTINENTAL Y ATLÁNTICA

Un Bronce atlántico en regiones ricas en estaños

La región atlántica se destaca por su considerable conectividad marítima en un eje noreste-suroeste y la presencia abundante de estaño, que se convirtió en el recurso principal intercambiado por estas sociedades. El estaño aluvial se encuentra principalmente en la península de Cornualles, el sur de Bretaña y la fachada atlántica de la península ibérica, en particular en Galicia, Beiras y Extremadura. Este estaño se comerciaba hacia regiones vecinas del Báltico, Centroeuropa y el Mediterráneo.


La importancia de las comunicaciones marítimas se refleja en el barco de quilla plana de Dover (Inglaterra), que probablemente se utilizaba para cruzar el Canal de la Mancha alrededor del 2000 a.C. No obstante, lo más destacado del Bronce atlántico, especialmente en Gran Bretaña, Irlanda y Francia, es la gran cantidad de depósitos metálicos de armas y herramientas —espadas, lanzas, hachas, etc.— que no se encuentran en contextos domésticos, sino en ocultamientos rituales en tierra o agua. Estos depósitos rituales han sido descubiertos mediante dragados, obras de infraestructura pública, etc.

En estas sociedades atlánticas, la práctica de ocultar metales en rituales era frecuente, creando una abundancia de metales. Aunque algunas de estas ocultaciones pueden haberse asociado a momentos de inflación de metal por la introducción del hierro, es posible que algunas de estas prácticas rituales fueran ocultaciones previas para su posterior reciclaje, que por alguna razón no se recuperaron. La gran cantidad de hachas, especialmente las de cubo con un hueco en la parte trasera para insertarlas en un mango de madera, podría haber estado vinculada a un aumento de la carpintería de ribera para la construcción de barcos y la navegación marítima.

Este desarrollo también se acompañó de una mayor calidad de los bronces, facilitada por la utilización de la técnica de cera perdida, que permitía la creación de piezas más pequeñas, de bulto redondo o con una mejor acabado en su decoración. Además, se abandonaron los moldes de piedra a favor de moldes de arcilla que, a menudo, no han sobrevivido. En las fases avanzadas, la técnica de forjado mediante laminado se aplicó a piezas excepcionales como cascos, escudos y corazas.

A pesar de estos avances, la falta de enterramientos se compensa con prácticas alternativas, como la deposición directa de cuerpos en el agua, su hundimiento en el mar dentro de barcas o embarcaciones más grandes, o la dispersión de cenizas en ríos, arroyos o lagos, posiblemente relacionado con la idea de la reencarnación del alma en el agua u otros rituales asociados.

La ausencia de tumbas en esta etapa impide disponer de restos antropológicos y ajuares y, asociados, dificultando la interpretación social. Sin embargo, se observa la presencia de una creencia en la reencarnación del alma, similar a conceptos presentes en religiones como el hinduismo, el budismo tibetano y el taoísmo. Estas creencias sugieren que una persona fallecida renacerá en otro cuerpo, con su estatus futuro determinado por sus acciones pasadas.

La falta de tumbas se compensa con la presencia de armas defensivas especiales en depósitos rituales, como cascos e, corazas, grebas y escudos. En el caso de las mujeres, destacan ocultaciones de torques o brazaletes de oro, posiblemente dotes entregadas en el momento del matrimonio. Además, se encuentran piezas excepcionales vinculadas a banquetes, como ganchos de carne, asadores articulados y calderos metálicos, indicando el consumo de carne asada. Estos banquetes podrían estar relacionados con la salida o regreso de expediciones militares de saqueo y rapiña, tanto terrestres como marítimas.

En estas sociedades, la distribución de armas u objetos valiosos tenía un propósito específico: establecer lazos de hermandad entre las élites y fomentar relaciones de hospitalidad. Estas relaciones se basaban en un intercambio paritario de regalos, donde la entrega de un detalle o presente conllevaba la expectativa de una correspondencia futura.

La reciprocidad paritaria era esencial en estas interacciones, y si se presumía una posición social más elevada, se esperaba recibir un regalo más espléndido en retorno.

En este contexto, el ganado, siendo la principal fuente de riqueza, no se consideraba un regalo adecuado, ya que cualquier persona libre podía acceder a él. En cambio, se preferían regalos especiales que estuvieran vinculados con la exhibición pública de estatus social entre la élite, tales como armas, ropas, adornos o elementos asociados a banquetes.

Cada objeto especial tenía su propia historia, que incluía detalles como su anterior propietario, quién lo había regalado y las circunstancias que rodearon ese gesto generoso (una visita, un regalo de boda, parte de una dote, el botín de un combate heroico o de una rapiña por tierra o mar). Cuando la pieza volvía a circular en el futuro, se transmitiría toda su historia previa o biografía, lo que añadía un valor adicional a la pieza.

Durante el Bronce Final, se observan desarrollos distintivos en la zona atlántica. 
  • Hacia el 1325-1260 a.C., se define un grupo en la región norte, abarcando el sur de Inglaterra y el norte de Francia, evidenciado por depósitos como el de la fase Tauton. Sin embargo, en la región sur, que comprende el sur de Francia y el noroeste de la península ibérica, este grupo es menos definido. Durante esta fase, se generalizaron los escudos de piel, y se ha encontrado un molde de madera utilizado para su elaboración en Cloonlara (Irlanda) alrededor del 1425 a.C..
  • La siguiente fase, de 1260 a 1200 a.C., se caracteriza por depósitos importantes en el Bronce Final IA, como Appleby en Inglaterra y Rosnõen en Bretaña (Francia). En esta etapa, se destacan las empuñaduras con 4 clavos cuadrangulares y las puntas de lanza con enmangue tubular para combates a media distancia. Un ejemplo notable es el pecio de Langdon Bay en Dover (Inglaterra), que transportaba numerosas armas de bronce, incluyendo espadas de tipo Rosnóen.
  • En el Bronce Final IB, de 1200 a 1130 a.C., el depósito de Penard en Gales destaca por las espadas de tipo Clewer, mientras que en Francia se generalizan las espadas tipo Bellevue.
  • En la fase final del Bronce Final, correspondiente al Bronce Final IIIA (930-750 a.C.), se observan desarrollos significativos en la región atlántica. En esta etapa, destacan depósitos como el de Blackmoor en el Reino Unido, caracterizado por espadas del mismo nombre. En el norte de Francia, aparecen espadas tipo Saint Nazaire, mientras que en el sur de Francia se encuentran las tipo Longueville. Durante esta fase, las espadas de filo recto se imponen, combinando lados para cortar y una punta afilada para clavar en combates individuales.
La proliferación de depósitos continúa durante el Bronce Final IIIB (750-700 a.C.). Ejemplos notables incluyen el depósito de Park en el Reino Unido y las espadas del mismo nombre, así como el depósito de Llyn Fawr en Gales. En Francia, destaca el depósito de Vénat en Charente, que contiene espadas de cazo y lanzas tipo Vénat. Este depósito es especialmente significativo, ya que contiene 2720 piezas con un peso total de 75 kg, donde resaltan 376 fragmentos de armas y adornos, constituyendo el 40.60% de las piezas.

Durante este período, se observa una proliferación de depósitos con cientos de hachas de cubo en la costa francesa de Bretaña.

La fase final del Bronce Final III, especialmente durante los años 950-850 a.C., se ha investigado a través de excavaciones en el poblado de Must Farm, ubicado cerca de una zona lacustre cercana a Flag Fen en Cambridgeshire, Inglaterra. Este sitio presenta una fase de destrucción excepcionalmente bien conservada. En él se han identificado cuatro grandes cabañas circulares, hachas de cubo del tipo Ewart Park y una rueda de madera de carro con un diámetro de 1 metro. Además, se han encontrado evidencias de campos de cultivo axiales en lugares como Holne Moor en Devon, Inglaterra (figura 9). Estos hallazgos proporcionan valiosa información sobre las prácticas y el estilo de vida de las comunidades de esta época en la región atlántica.



El Bronce nórdico en los países del Ámbar

En contraste con la relativa abundancia de minerales de cobre y estaño en la fachada atlántica europea, las regiones nórdicas mostraron una clara dependencia de metales importados desde Centroeuropa y la fachada atlántica. Este hecho evidencia una importante interconexión y dependencia externa durante la Edad del Bronce.

El carácter insular de ciertos territorios, como el estrecho que separa Dinamarca y Suecia, con más de 400 islas pertenecientes a Dinamarca, algunas de ellas muy grandes como Zealand (Selandia), Thy o Funen (Fionia), no siempre es evidente desde la Europa continental, favoreciendo una navegación significativa desde fechas tempranas. Esto permitió a estas comunidades acceder a los metales también a través de rutas marítimas, no limitándose únicamente a las rutas terrestres centroeuropeas que aprovechaban los grandes ríos. Inicialmente, utilizaron grandes canoas de cuero y madera con numerosos remeros, pero es probable que desde el Bronce III, hacia el 1325 a.C., estas canoas ya incorporaran velas, ampliando así su rango de navegación en el Atlántico



Se ha sugerido la existencia de jefaturas marítimas en Dinamarca, cuyas incursiones a las costas de Noruega y Gran Bretaña estaban principalmente destinadas a obtener esclavos, pero también objetos metálicos, textiles de lana, ganado, que era menos común en Escandinavia aunque su cría fue progresivamente en aumento, y otros bienes. Parte de los esclavos serían destinados al trabajo agrícola, no solo en grandes fincas, sino también en otras más pequeñas. Mientras tanto, las tripulaciones de los barcos se embarcarían en expediciones marítimas.

Un ejemplo de las estructuras habitacionales es la gran cabaña rectangular con techo a dos aguas de Skrydstrup en Dinamarca. Además, se han identificado campos de cultivo fosilizados en la isla de Gotland en Suecia. Estas granjas, con dimensiones entre 200 y 400 metros cuadrados, podrían indicar la presencia de miembros de la élite y su extensa familia, con posibles sirvientes domésticos o esclavos. También se representan carros de cuatro ruedas en grabados rupestres, utilizados para el transporte de mercancías y personas, o el uso de arados de madera, a menudo tirados por dos bueyes, indicando la propiedad privada del ganado.



La naturaleza militar de las expediciones marítimas se refleja en el armamento de bronce encontrado tanto en tumbas como en depósitos, que incluyen lanzas, escudos, cascos con cuernos y puñales. Estos hallazgos sugieren un carácter belicoso y estratégico en las incursiones marítimas de estas comunidades durante la Edad del Bronce.

No obstante, el enfoque principal de estas comunidades no habría sido solo el saqueo, sino también el comercio. Se buscaba establecer intercambios regulares con otras regiones donde no solo se obtuviera botín, sino que también se mantuvieran relaciones comerciales beneficiosas. El comercio con estas otras regiones era esencial para obtener metales y textiles, y en el caso del bronce nórdico, se contaba con una materia prima especialmente valiosa: el ámbar.

El ámbar, una resina fósil recuperada en las playas del Mar Báltico, particularmente en las costas de Polonia, Lituania, Letonia y la costa danesa del Mar del Norte después de tormentas significativas, era un material de excepcional valor. Su brillo y color amarillo, una vez pulido, lo asociaron simbólicamente con el sol y lo convirtieron en un adorno preciado en las sociedades europeas de la Edad del Bronce. Incluso se encuentra presente en tumbas en Micenas. Dada su alta estima social, es plausible que el ámbar sirviera como un  producto de lujo en los intercambios de regalos que facilitaban acuerdos y pactos entre élites que residían en ubicaciones distantes.

Durante el período del Bronce III (1325-1150 a.C.), las comunidades nórdicas mantenían prácticas funerarias que incluían enterramientos bajo túmulos de tierra, algunos de ellos de considerables dimensiones. En el sur de Jutlandia, por ejemplo, se han identificado más de 8,000 tumbas en túmulos. Un túmulo particularmente interesante es el de Kivik en Suecia, datado en el Bronce II (1500-1325 a.C.) o incluso en sus fases iniciales del Bronce III. Este túmulo, de 75 metros de diámetro, contiene una estela de piedra grabada con un casco metálico piramidal de carácter ceremonial, probablemente hecho de oro. Otra estela presenta un carro de guerra o parada de dos ruedas, elementos que también aparecen en grabados rupestres en Frannarv (Suecia). Además, hay representaciones de carros de dos ruedas con figuras antropomorfas, algunas de ellas llevando cascos de cuernos. Estos carros, en ocasiones con ruedas de 4 radios, podrían tener una connotación estelar o representar carros solares. Se observan también figuras antropomorfas tocando grandes trompas o lures, indicando un carácter ritual en estas representaciones funerarias.

Otra tumba destacada es el túmulo de Skrydstrup en Dinamarca, datado en el Bronce III temprano (1300-1200 a.C.). En el centro de este túmulo, se encontró una cista de piedra que contenía el cuerpo de una mujer joven de 16 a 18 años. La mujer llevaba grandes pendientes de oro y tenía el pelo recogido con una malla. Análisis de estroncio indican que la mujer no era originaria de la región donde fue enterrada, sugiriendo que pudo haber llegado a través de un acuerdo matrimonial desde regiones vecinas como Suecia, Alemania, Bohemia o Francia cuando tenía 13 o 14 años. Este hallazgo plantea la posibilidad de que su llegada estuviera vinculada a un acuerdo matrimonial concertado cuando aún era adolescente, aunque no se descartan otras regiones dentro de Dinamarca como su lugar de origen.

Durante el período del Bronce III, se han identificado depósitos rituales significativos, como el de Simons Mose en Dinamarca, que contenía 10 vasos de bronce. Dos de estos vasos eran grandes, posiblemente utilizados para servir o mezclar bebidas, mientras que los más pequeños estaban destinados al consumo. Este tipo de depósitos rituales sugiere la posibilidad de que quienes participaron en el ritual hicieron una promesa o sellaron una alianza, depositando estas piezas como un gesto simbólico.

Otro ejemplo es el depósito ritual de Mariesminde en Funen, Dinamarca, datado en el Bronce IV, que contenía 11 vasos de oro dentro de un vaso de bronce. Estos hallazgos apuntan a prácticas rituales específicas que podrían estar vinculadas a eventos ceremoniales, alianzas o compromisos.




A partir del Bronce IV (1150-950 a.C.), se observa un cambio en los enterramientos, pasando de inhumaciones a cremaciones, lo que indica transformaciones sociales. Las cabañas también experimentan cambios, reduciendo su tamaño a la mitad (entre 100 y 150 m²), sugiriendo que ahora eran unidades unifamiliares en lugar de albergar a familias extensas. Esto podría indicar una concentración de poder en menos líderes. Además, se observa un aumento en la deforestación, obligando a utilizar madera de menor calidad para las cabañas y a depender de la turba como fuente de calor, dada la escasez de arbustos.

También se incrementa la colonización de regiones antes escasamente pobladas debido al crecimiento demográfico.

Los depósitos rituales continúan siendo una práctica destacada, a veces con piezas pares, armas o elementos simbólicos, como los cascos metálicos de cuernos en Viskø (Dinamarca) o los escudos con escotadura en U en Sorup Mose (Dinamarca). Estos depósitos podrían representar rituales de alianza, donde cada guerrero deposita una pieza de su armamento, simbolizando la formación de una nueva alianza. También se sugiere que estos depósitos pueden estar relacionados con ofrendas a divinidades, posiblemente a los gemelos divinos.

En el contexto del Bronce III, algunos depósitos rituales incluyen instrumentos musicales rituales, como las Iures o trompas de bronce halladas en Brudevaelte Mose (Dinamarca).

Esto sugiere la participación de un grupo de músicos en una celebración especial. Estos instrumentos también se han encontrado en depósitos del sur de Suecia y el norte de Alemania.

Asimismo, se han identificado vasos metálicos utilizados para beber en depósitos rituales. Un ejemplo es el depósito de Midskov (Dinamarca), que contenía siete copas de oro. En algunos casos, estos vasos aparecen dentro de una sítula para mezclar o servir, similar a una crátera, como se observa en Mariesmin de Mose (Dinamarca), donde once vasos de oro se encontraban dentro de una sítula de bronce. Estos elementos a menudo presentan asas con protomos o cabezas de caballos. En la sítula se representan barcos con cabezas de aves en la proa y la popa, transportando en el centro un círculo con una cruz, sugiriendo la representación de barcos solares.

En la mitología nórdica de la época, se sugiere que el sol tendría un ciclo similar al egipcio, moviéndose en un carro solar durante el día y siendo transportada por un barco con cabezas de cisne durante la noche. Se cree que estos animales eran especialmente significativos durante el amanecer y el atardecer debido a su capacidad de volar por el día y nadar por la noche.

En el Bronce IV, se observa la generalización de las navajas de afeitar, indicando un cambio en la importancia de las barbas en el cuidado personal del guerrero. Algunas de estas navajas presentan asas con la forma de un protomo de caballo o decoración de barca solar.

En el Bronce V (950-700 a.C.), se generalizan dos tipos de tumbas. Por un lado, túmulos con cremaciones en su interior, como el caso de Luseh0j (Dinamarca), donde se levantó un túmulo en el lugar de la pira funeraria. Por otro lado, aparecen tumbas con piedras hincadas con forma de barco y alineación solar hacia los solsticios, como en Ales Stenar (Suecia).

Estas tumbas refuerzan el carácter marítimo de estas sociedades insulares bálticas, mostrando una conexión importante con el entorno marino.

Las sociedades centroeuropeas con enterramientos en campos de urnas

Durante el Bronce D (1325-1250 a.C.), se produjo un significativo cambio ideológico en el centro de Alemania, Polonia, Austria, Bohemia, Eslovaquia y Hungría. Se observó una transición desde la práctica de enterramientos en túmulos hacia la cremación. Aunque la cremación ya estaba presente en el Bajo Danubio, especialmente en la actual Hungría, durante el Bronce Inicial en grupos como Nagyrév y Kisapostag, se expandió gradualmente.

Este cambio simboliza la disminución de la importancia de la inhumación, marcando el avance de una religión centrada en una divinidad solar.

Los nuevos enterramientos abandonaron la forma de túmulo y adoptaron tumbas planas, lo que sugiere un acceso más generalizado a la creencia en otra vida, ya que la práctica se extendió a una mayor parte de la población. Entre las nuevas opciones de enterramiento se encuentran tumbas en forma de pira o fosas que contenían huesos cremados, evolucionando hacia la práctica predominante de depositar los huesos incinerados en urnas, que se generalizó a partir de Hallstatt A1 (1250-1150 a.C.). La continuidad en el uso de cementerios con urnas es notable, como evidencian ejemplos como el cementerio de
Volders (Tirol del Norte, Austria), que estuvo en uso desde el Bronce D hasta Hallstatt B3 (1325-800 a.C.). Algunos cementerios eran enormes, como Kietrz (Silesia, Polonia), que contaba con más de 3.000 tumbas, y Moravicany (Moravia) con 1.260 tumbas, la mayoría de ellas de cremación.


Es relevante señalar que la práctica de la cremación no fue adoptada de manera sistemática por toda la población, ya que en algunos casos se mantuvo la tradición previa de la inhumación. Un ejemplo es el cementerio de Przeczyce (Silesia, Polonia), donde, de 874 enterramientos, solo 132 fueron cremaciones, mientras que 727 mantuvieron la inhumación.

La importancia de la llanura húngara en la producción de bronces, al abastecerse de cobre y oro en los Cárpatos y distribuir sus productos metálicos mediante intercambios, regalos o lazos matrimoniales hacia la zona nordalpina o el norte de Italia, pudo contribuir a la difusión de estas ideas religiosas. Estas prácticas, aunque específicas de la región, compartían similitudes con las de otras áreas mediterráneas o atlánticas.

Estas sociedades durante la Edad del Bronce eran principalmente agropecuarias, centrándose en el cultivo de cereales como la cebada y la avena, esta última utilizada también para la cría de caballos. Se observó una generalización en el uso del mijo (Panicum miliaceum), adaptándose bien a suelos de secano debido a su bajo requerimiento de agua y corto período de crecimiento antes de la cosecha. Además, se introdujo el cultivo de centeno (Secale cereale), utilizado para la elaboración de pan con una miga más oscura y en la producción de cerveza. Entre las leguminosas, las habas (Vicia faba) eran destacadas, no solo como alimento sino también por su capacidad para fertilizar los campos con nitrógeno cuando se rotaban.

En las fases iniciales, estos asentamientos ocuparon predominantemente áreas con suelos fértiles. Sin embargo, a partir de Hallstatt Bl-B3 (1050-800 a.C.), como se evidencia en Silesia (Polonia), los poblados se expandieron hacia suelos de menor calidad debido al crecimiento demográfico. Esto llevó a un aumento en la superficie dedicada a pastos, principalmente para ovejas, así como cerdos en áreas cercanas a bosques. Mientras tanto, los bosques se mantenían en tierras marginales, áreas con orografía abrupta o en zonas abandonadas debido a la sobreexplotación agropecuaria.

El uso de herramientas de bronce se multiplicó para la siega de los cereales y facilitar la desforestación. Las primeras hoces de bronce, comúnmente encontradas en tumbas femeninas, evolucionaron hacia hachas con enmangue de cubo en fases más avanzadas.

Estos desarrollos variaban regionalmente.

En Hallstatt C (800-650 a.C.), destaca el poblado de Biskupin (Silesia, Polonia), construido en el invierno de 748-747 a.C. con cerca de cien viviendas adosadas protegidas por una empalizada de madera de 450 metros. Este poblado representa la intensificación de los procesos de agregación de la población rural, abandonando las aldeas aisladas para una mayor defensa colectiva.


Desde una fase avanzada del Bronce D (1325-1250 a.C.), se evidencia el carácter militarista de estas sociedades, con guerreros equipados con panoplias metálicas completas que incluyen cascos, escudos y lanzas. En Hungría y el noreste de Italia, destaca la aparición de las espadas Naue IIA con filos rectos, que se generalizaron en Europa durante Hallstatt Al (1250-1150 a.C.).

Las espadas Naue IIA tuvieron una amplia aceptación en diversas regiones durante el Bronce III (1325-1150 a.C.), incluyendo Escandinavia, Centroeuropa, norte y centro de Italia, Grecia y Creta. Se encuentran ejemplares más aislados en Chipre y el Levante, con una localizada en el pecio de Cabo Gelidonia (Turquía) datada en el 1200 a.C. Sin embargo, en la zona del Bronce atlántico y en islas del Mediterráneo centro-occidental, como Sicilia, Cerdeña, Córcega o Baleares, no se han registrado hallazgos de estas espadas.




En el depósito de Sajógómôr (Eslovaquia), también se descubrieron fundas de "arco de violín", lo que indica el uso de túnicas de lana desde el Bronce III (1325-1250 a.C.). Los guerreros de la élite, aunque posteriormente optaron por la cremación, continuaron recurriendo a la deposición dentro de grandes túmulos. Un ejemplo de esto es el túmulo de Ockov (Eslovaquia), con una altura de 6 metros, un anillo perimetral de piedra que rodea el túmulo con un diámetro de 25 metros y una cámara funeraria de 5x4 metros. En este lugar se realizó una pira con el cuerpo durante Hallstatt Al (1150 a.C.), y también contiene objetos metálicos de bronce y otros elementos en su ajuar.

Las piezas más destacadas en el contexto funerario son los carros funerarios rituales que contenían un caldero ritual en el que se depositaba una cremación o sítula. Un ejemplo de esto es el hallazgo en Milavce (Bohemia), donde se encontró una sítula con ruedas depositada dentro de un túmulo. Otro ejemplo es el caldero de Acholshausen (Baviera, Alemania), que albergaba un enterramiento masculino y presentaba ruedas de bronce macizas con 4 radios, que podrían representar un elemento solar. Este carro también cuenta con cabezas de cisnes.

caldero de Acholshausen (Baviera, Alemania

Durante Hallstatt Bl-B3 (1050-1010 a.C.), se observa un incremento en la importancia de la religión solar, como evidencia el depósito de Hajduboszorrneny (Hungría), con una sítula de bronce decorada con barcos solares que tienen cabezas de cisne en la proa y popa, enmarcando un elemento solar central. También se encontró una copa para libaciones.

Estas sítulas húngaras circularon hasta el norte de Alemania y Dinamarca durante el Bronce IV (1150-950 a.C.).

El depósito húngaro de Hajduboszorrneny refleja la evolución de la panoplia guerrera con cascos de punta redondeada y espadas de puño macizo con pomo en forma de disco. Se observa que los guerreros de élite, aunque posteriormente optaron por la cremación, continuaron utilizando grandes túmulos para la deposición funeraria. Este cambio en las prácticas funerarias se expandió desde Hallstatt Al (1150 a.C.) hacia el valle del Rin en el este y oeste de Alemania, Suiza y los Alpes, proyectándose después hacia el centro-este de Francia.

En esta fase, los poblados abiertos sin aparente presencia de murallas se desarrollaron en diferentes regiones, como Unterhaching (Baviera, Alemania) y Zedau (Sachsen-Anhalt, Alemania), lo que sugiere cambios en la organización social hacia estructuras familiares más extensas. Además, se observa una marcada reducción en el número y tamaño de viviendas en sitios como Bad Buchau (Baden-Württemberg, Alemania) durante Hallstatt BI-B2 (1010-950 a.C.), indicando posibles cambios en la organización social hacia familias extensas.

depósito húngaro de Hajduboszorrneny 

En el contexto funerario, las copas itálicas y las fíbulas de violín con arco aplanado son piezas relevantes en los ajuares. La presencia de fíbulas de violín indica el uso de túnicas de lana, especialmente por parte de las mujeres. Además, se observa el surgimiento de decoraciones acanaladas verticales en las urnas funerarias, que durante Hallstatt A2 (1150-1050 a.C.) adquieren un perfil bicónico marcado, y durante Hallstatt BI (1050-1010 a.C.) presentan decoración acanalada horizontal.

En las tumbas de Wollmesheim (Renania-Palatinado, Alemania) de Hallstatt A2, se introducen las nuevas espadas pistiliformes diseñadas para dar tajos con los filos. También se incorporan puntas de flecha con un gancho o anzuelo para dificultar su extracción una vez clavadas, indicando una mayor importancia de los arqueros durante los combates.

Otros elementos comunes en el ajuar de las tumbas masculinas son navajas, torques y alfileres para la ropa. Por otro lado, las mujeres suelen llevar dos alfileres de cabeza globular o cónica y brazaletes en los brazos y antebrazos, algunos de tipo espiraliforme.

En contextos rituales relacionados con el Bronce IV nórdico, contemporáneo a Hallstatt A2, en Dobritz-Dresden (Alta Sajonia, Alemania), se encontró una sítula metálica acompañada por 15 copas de oro de los tipos Friedrichsruhe y Fuchsstadt, utilizadas para beber el contenido del recipiente donde se mezclaba la bebida. Estas copas de tipo Fuchsstadt continuaron también durante Hallstatt BI (1050-1010 a.C.) y se intercambiaron hasta Dinamarca.

Se presume la presencia de élites militares encabezadas por individuos que portaban corazas y escudos, acompañados por guerreros bien preparados que combatían con lanza o espada pistiliforme. Además, se menciona la existencia de una infantería de granjeros que utilizaban arcos o lanzas. La presencia de galerías dentro de las minas de cobre austriacas, así como el enterramiento de restos humanos en fosos en algunos poblados de la Edad del Bronce en Bohemia, sugiere la existencia de prácticas rituales y sociales complejas en estas sociedades



A partir de Hallstatt BI (1050-1010 a.C.) hasta Hallstatt B2 (1010-950 a.C.), se observa la desaparición ritual de las espadas en los ajuares de los Campos de Urnas. Estas espadas fueron depositadas en los ríos, indicando un cambio en la importancia de las tumbas. Este cambio ha sido interpretado de varias maneras, sugiriendo que la transmisión de la propiedad ya no se limitaba al hijo mayor primogénito, sino que se extendía a todos los hijos. Esto implicaría una menor deposición de ajuares, ya que la riqueza se distribuiría entre los hermanos. Además, durante Hallstatt B2, 1010-950 a.C., hay una ausencia de enterramientos seguros, con posibles incineraciones depositadas en ríos o lagos, o directamente en tierra sin contenedor cerámico.

Sin embargo, persistieron los depósitos rituales, como el caso de la sítula de bronce de Unterglauchheim (Alemania), que contenía 2 cuencos de bronce grandes y 2 copas pequeñas de oro, durante Hallstatt BI, 1050-1010 a.C.

Un cambio más marcado se produjo durante Hallstatt B2, 1010-950 a.C., con la aparición en las deposiciones rituales de las nuevas espadas de antena y del tipo Moringen. Estas espadas circulan entre el norte de Italia, donde se desarrollan grupos como Este o Etruria, Centroeuropa y llegan hasta Dinamarca. Además, se observa la aparición de puñales de antena, hachas de cubo y fíbulas de anteojos y de arco.

El Bronce atlántico en la península Ibérica

En el contexto del Bronce Final IIB, 1325-1225 a.C., se observa un auge en el área atlántica de la península ibérica, marcado por el incremento de la explotación del estaño. Este periodo se subdivide en el Bronce Final IIA, 1325-1225 a.C., caracterizado por la presencia de espadas Monza y Rixheim, y el Bronce Final IIB, 1225-1150 a.C., con la introducción de las primeras espadas pistiliformes. Algunos estudios sugieren que el Bronce Final I comienza más tarde, a partir del 1200 a.C., y el Bronce Final II desde el 1200 a.C.

Durante este tiempo, se desarrollaron poblados fortificados en zonas elevadas del sur de Galicia, Minho y Alto Douro, extendiéndose a lo largo de los ríos Vouga, Douro y Miño hasta las Rías Baixas con la desembocadura del río Ulla en la ría de Arousa. Estos asentamientos, conocidos como castros, controlaban las rutas de comunicación terrestres y fluviales y tenían acceso al Atlántico. Los grabados rupestres en Galicia, especialmente concentrados en Pontevedra, sugieren que estos castros controlaban también el acceso a las minas de estaño cercanas al mar.

Los yacimientos del grupo Baiões se extienden durante el Bronce Final IIC, a.C., asignable a la fase J, y continúan en el Bronce Final IIIA, 1050-950/925 a.C. Algunos poblados, como Monte do Trigo, muestran evidencias de ocupación desde la segunda mitad del siglo XIII a.C.

Baiões-Santa Luzia

Estos asentamientos eran pequeños y se ubicaban en emplazamientos serranos, siendo los más destacados Santa Luzia (Viseu, Beira Alta), Nossa Senhora da Guía en Baiões (Viseu, Beira Alta) con 1,71 ha, Outeiro dos Castelos de Beijós (Viseu, Beira Alta) con 1,12 ha y Castro do Crasto de São Romão (Guarda, Beira Alta) con 0,44 ha. A pesar de su tamaño reducido, algunos de estos lugares, como Monte do Trigo y Monte do Frade, revelan estructuras de habitación en la cima de las elevaciones.

Se destaca el estudio faunístico de tres de estos asentamientos, Alegrios, Moreirinha y Monte do Trigo, donde se observa un predominio de la ganadería de cápridos, con presencia de bovinos y cerdos, mientras que ovinos y caballos están ausentes. En Nossa Senhora da Guía, Baiões, se encontraron numerosos artefactos metálicos, destacando un trípode bivalvo de hacha de talón de cara plana y una anilla, nueve hachas metálicas con enmangue tubular, y un escoplo o gubia bimetálica de bronce y hierro. Estos hallazgos sugieren la presencia de un metalúrgico y proporcionan pistas sobre las actividades que se llevaban a cabo en estos asentamientos.

Durante el periodo del Bronce Final IIIA (1050-950 a.C.) en la región portuguesa de Baiões, se observa una serie de desarrollos significativos. La presencia de posibles pesos metálicos sugiere una actividad comercial importante, señalando transacciones económicas en la región. Además, se registra la práctica de la incineración en yacimientos como la necrópolis de Paranho en Viseu, Beira Alta, que data del cuarto milenio a.C., evidenciando rituales funerarios específicos durante este periodo.

Sin embargo, el conocimiento del Bronce Final II en el bajo Tajo y el Suroeste portugués es limitado. La información disponible se amplía a partir del Bronce Final IIIA, que coincide con el declive del uso de las estelas del Suroeste. En este contexto, se identifican poblados fortificados como Ratinhos en el Baixo Alentejo, caracterizados por murallas en talud con foso y una extensa superficie de 4.5 hectáreas. De manera similar, Passo Alto destaca por su cerámica distintiva con retícula bruñida externa.

Este periodo también revela la coexistencia de asentamientos en alturas y llanos. Poblados como Casarão da Mesquida presentan estructuras excavadas en el suelo, algunas de las cuales albergan inhumaciones en fosas. Este variado panorama arqueológico subraya las complejas dinámicas sociales y defensivas que caracterizan el Bronce Final IIIA en Baiões, Portugal, ofreciendo una visión más detallada de la historia regional en ese período.

En el periodo del Bronce Final IIIA, diversos grupos en la región portuguesa de Baiões practican tanto la cremación como la inhumación en sus rituales funerarios, como evidenciado en tumbas como Souto, Monte de Sao Domingos y la tumba 2 de Roça do Casal do Meio. La cerámica con decoración bruñida al exterior se destaca como característica distintiva, encontrándose en lugares como la cueva de Lapa do Fumo y el poblado Alto do Castelo de Alpiarça.

En el entorno de la desembocadura del río Guadiana, la ciudad de Huelva, un importante asentamiento portuario, se convierte en un centro redistribuidor crucial para el estaño atlántico, así como el cobre y la plata onubense hacia el Mediterráneo. Se presume que este papel se consolidó entre el Bronce Final IIIA, 1050-950 a.C., cuando Huelva alcanzó entre 25-35 hectáreas de extensión. Aunque la localización exacta del Bronce Final II en Huelva no se ha establecido, se han hallado cerámicas y algunas importaciones del Levante. La información más significativa proviene de un posible pecio en la ría de Huelva, que contenía un impresionante cargamento de metales, incluyendo espadas, puntas de lanza, regatones, puñales y puntas de flecha, datado alrededor del 950 a.C.

Bronce final II Huelva

En términos de organización social, las estelas decoradas del suroeste de la península ibérica, con más de 150 ejemplares identificados, proporcionan una valiosa perspectiva.

Inicialmente categorizadas en cuatro zonas geográficas, estas estelas cumplían funciones indicativas de tumbas, residencias del alma y conmemorativas de guerreros fallecidos. Este complejo panorama arqueológico revela las ricas y diversas prácticas culturales y sociales durante el Bronce Final IIIA en la región.

Esta rica secuencia iconográfica revela la evolución y complejidad de las prácticas funerarias y las representaciones simbólicas durante el Bronce Final IIA-IIIA en la región. La consistencia en la orientación y la distribución geográfica de estas estelas sugiere una importante interacción suprarregional, destacando la coherencia en la iconografía a pesar de las variantes cronológicas y estilísticas a lo largo del tiempo.

En el contexto del Bronce Final IIA-IIIA, que abarca desde el 1300 al 950 a.C., las estelas decoradas del suroeste de la península ibérica revelan una rica secuencia iconográfica que ilustra la evolución de las prácticas funerarias y las representaciones simbólicas. Esta secuencia se compone de al menos seis variantes que se suceden a lo largo del tiempo.

Inicialmente, las estelas presentan lanza, escudo y espada, con una orientación específica de la punta de la lanza y la empuñadura de la espada hacia la abertura externa del escudo.

Con el tiempo, se introducen elementos adicionales como cascos, espejos y otros accesorios. Se observa una progresiva pérdida de importancia ritual de la espada, que pasa a incorporarse al cinto, mientras la figura antropomorfa gana protagonismo.

La consistencia en la orientación y la distribución geográfica de estas estelas sugiere una significativa interacción suprarregional. A lo largo de las fases, los elementos cronológicos más destacados incluyen la presencia de escudos con escotadura en V, indicando una mayor complejidad y desarrollo en las prácticas funerarias. Algunos autores sugieren que las estelas tripartitas podrían representar individuos de menor rango social, mientras que las que contienen más elementos se atribuyen a individuos de élite. 
Además, las estelas también representan elementos como cascos, corazas, lanzas, arcos y carros, así como objetos para el acicalado personal como espejos, peines y navajas de afeitar.

Existen dos corrientes de interpretación respecto a la datación de estas estelas. Algunos las sitúan en el Bronce Final II y III, utilizando indicadores como la presencia de espadas Rosnó en y pistiliformes. Otros las fechan entre el Bronce Final III y la etapa tartésica y fenicia del Hierro, sugiriendo que la presencia de objetos como carros, espejos y peines podría ser resultado de contactos con las colonias fenicias en la península ibérica.

Estelas decoradas

Los grupos responsables de erigir las estelas decoradas en el suroeste de la península ibérica demostraron control sobre las minas de estaño que se extendían desde las regiones de Beiras, Cáceres, el valle del Zújar hasta Córdoba. Estas minas presentaban una orientación geográfica específica, siguiendo una dirección NW-SE en las mineralizaciones.

Esta correlación entre la distribución de las estelas y la dirección de las minas sugiere una conexión directa entre las prácticas funerarias y el control de los recursos minerales, evidenciando la importancia de la metalurgia, en particular, del estaño, en la configuración de estas comunidades durante el periodo estudiado.