El calor iba haciendo su aparición lentamente. La melancolía por la ausencia, nostalgia) del otoño, de algo casi presente, se diluye lentamente, se desvanece, a punto de desaparecer. Este presentimiento es consciente de un recuerdo y una presencia, y simultáneamente de su desvanecimiento, presenciándolo directamente allí. Últimos destellos de una dulzura agridulce de hojas aferradas al amarillo, bellas y brillantes junto al rojo, pero que dan testimonio de su despedida, dejándonos con la grisura vacía a nuestro alrededor, con el legado de la memoria, ya no de carne viva, sino solo a través de un recuerdo que vive únicamente en la nostalgia de algo que pronto llegará
La mujer caminaba lentamente, sin prisa. Sus pisadas eran suaves, rozando la tierra bajo sus pies mientras un manto verde comenzaba a surgir y las flores empezaban a germinar en los jardines y los rayos de sol entraban en las casas iluminando las habitaciones. De sus labios surgía una leve melodía, un canto que parecía que bajaba del cielo, una voz tan aguda, tan suave, tan celeste y tan rica que no parecía ser emitida por ningún ser vivo de este planeta. El canto no cesaba y aquellos que estaban atentos a la melodía creyeron ver a una figura femenina desnuda; con largos cabellos que llegaban hasta la cintura, sin nada que la cubriese, con una piel tan blanca que parecía translúcida, su fisionomía parecía tan fina pero a la vez la de una guerrera, sus caderas parecía que se mezclaban con el verde de los bosques y su sonrisa era salvaje, como la de una hiena que primero enamora a su presa y luego la devora.
Su figura femenina desnuda; con largos cabellos que llegaban hasta la cintura, sin nada que la cubriese, con una piel tan blanca que parecía translúcida, pero que, sin embargo, parecía fundirse con el verde de los bosques y su sonrisa salvaje y su dulce voz recordaba a la melodía de los pájaros. Con cada paso rozaba suavemente la corteza de los árboles, quienes se embutían de un savia renovada, su corteza se cubrían de un manto verde de musgo mientras las ramas crecían vigorosas con una savia nueva que recorría cada parte de su ser. La mujer seguía acariciando suavemente los viejos árboles a su paso , mientras bajo sus pies un gran manto verde aparecía cubriendo la tierra yerta y seca.
Llegó a un pequeño claro donde yacía un viejo árbol seco y mustio. En el centro del tocón había un hueco donde se encontraban resto de frutos, rodeados de musgo y helechos que parecían abrazarlo, angustiosos de su inminente final. La mujer, lentamente, se acercó al árbol. Con suaves caricias intentó realizar su magia, pero el viejo árbol no renacía. Volvió a intentarlo, mientras acariciaba y abrazaba el viejo ejemplar buscando una respuesta. Pero el viejo árbol no respondía. Con un fuerte abrazo, la mujer posó la cabeza sobre el tronco y una lágrimas empezaron a correr por su mejillas. Empezaron a recorrer lentamente su corteza, deshaciéndola hasta que no quedó más que serrín en la tierra. El polvo y el serrín se asentaron donde antes estaba el viejo ejemplar. La mujer lo recogió. Sus lágrimas mezcladas con el serrín crearon una masa y empezó a darle forma suavemente. Sus manos habían moldeado una semilla. La arrojó al mismo hueco donde antes estaba el árbol. La semilla se asentó y, lentamente, las raíces y los brotes empezaron a expandirse por la tierra.
La mujer se alejó con una sonrisa y siguió su camino. Mientras los montes oscuros y los cielos descoloridos se teñían lentamente de verde mientras el lejano viento enviaba, susurrante y distinta, la canción de las nuevas hojas, la mujer continuó su marcha perdiéndose en el horizonte. La primavera por fin había llegado.
