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viernes, 15 de noviembre de 2024

DEL LIBERALISMO AL PROBLEMA SOCIAL Y NACIONAL: LA REVOLUCIÓN DE 1848 Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS BURGUESÍAS NACIONALES

Durante el primer semestre de 1848 una nueva oleada revolucionaria recorrió Europa continental. Francia,  Italia, el Imperio Austrohúngaro y la Confederación Germánica sufrieron una enorme convulsión. Ni a Rusia,  ni a la Europa meridional, excepto a Italia, les afectaron en demasiá las revueltas por lo atrasado de su  sociedad civil, y en el caso de Rusia, por el enérgico y represivo sistema zarista que hasta el momento  había impedido el más mínimo atisbo democrático. 

Definida por Eric Hobsbawm como la Primavera de los Pueblos, la revolución se caracterizó por su brevedad y rapidez, y su objetivo fue finiquitar el sistema absolutista renacido en el Congreso de Viena de  1815. La revolución de 1848 significó un nuevo avance del liberalismo y el inicio de la cuestión social y de  las corrientes nacionalistas. 

Como consecuencia de este movimiento, cayó la monarquía francesa de Luis Felipe, dando paso a la II República, y se inició la disolución de los grandes imperios austriaco y otomano. De la semilla del nacionalismo nacerán dos grandes estados, con la unificación de Italia y Alemania, retocando, una vez más, el mapa de la vieja Europa. 


La revolución de 1848 

Una serie de factores comunes a gran parte de la sociedad europea fue lo que desencadenó la expansión de un movimiento tan amplio. En primer lugar, la crisis económica del bienio 1846-1847 que afectó sucesivamente a la agricultura, a la industria y al comercio. Las malas cosechas duplicaron los precios, ocasionando hambrunas y enfermedades. El descenso del poder adquisitivo obligó a cerrar fábricas, con el aumento de la miseria. Por último la falta de capital y el miedo generaron el hundimiento de las bolsas. 

Los gobiernos, ocupados en adquirir productos básicos en el extranjero a elevados precios, no pudieron acudir en auxilio de las sociedades crediticias, por lo que gran parte de la economía europea de desplomó, suscitando un clima de profundo malestar. 

Para algunos historiadores, no sólo se trató de una crisis económica, pues entonces las revueltas hubiesen  estallado en 1847, sino que a ella se unió la inquietud social tanto de obreros, que habían comenzado a organizarse en pequeños grupos que serían los embriones de los futuros sindicatos; como de intelectuales,  de tendencia socialista (Étienne Cabet o Luis Blanc), comunistas (Karl Marx) o anarquista (Mijaíl Bakunin),  que empezaron a publicar, en torno a 1848, sus reflexiones sobre desigualdades y la explotación de los  trabajadores. Sus ideas alentaron los movimientos revolucionarios. 
Europa en 1848

Francia: la revolución de febrero de 1848 

Como ya sucediera en 1830, de nuevo el proceso se inició en París. Los franceses habían alcanzado uno  de los sistemas menos opresivos de Europa, pero esta madurez civil y cultural la había convertido en una  sociedad más intolerante con las oligarquías y con la monarquía liberal de Luis Felipe de Orleans.  Luis Felipe había basado su política en satisfacer los intereses de la burguesía, pero medidas como la  libertad de enseñanza habían defraudado tanto a los grupos católicos, al arrebatarles el dominio intelectual,  como a los partidos de izquierdas ávidos de extender sus ideales. A la vez, el cierre de fábricas provocado  por la crisis económica aumentó el desempleo y el hambre, con las consiguientes protestas de los obreros,  apoyados por la baja burguesía y los estudiantes. El malestar generó un amplio frente de oposición que iba desde los liberales progresistas a los demócratas, desde los bonapartistas a los socialistas. 

El detonante se produjo cuando, el 22 de febrero de 1848, el primer ministro Guizot prohibía un banquete  republicano en un restaurante de los Campos Elíseos. Como respuesta, se iniciaron manifestaciones con enfrentamientos callejeros. Cuando el Gobierno intento movilizar a la policía y las fuerzas armadas, estas  se negaron a actuar, provocando la dimisión de Guizot. Al día siguiente continuaron las manifestaciones y  los disturbios. París se llenó de barricadas, abdicando Luis Felipe. 

El 24 de febrero, un Gobierno Provisional proclamaba la II República. Su programa político se basaba en el sufragio universal masculino, la abolición de la esclavitud en las colonias, la libertad de reunión y de prensa y la supresión de la pena de muerte. En los aspectos sociales, las propuestas abogaban por el derecho al trabajo, la libertad de huelga, la jornada laboral de 10 horas y la creación de talleres nacionales  para acoger a los desempleados. Para no inquietar al resto de las naciones, se ofreció una imagen de paz y moderación a las cancillerías europeas. 


La Segunda República francesa 

La actividad política se desató a lo largo de las siguientes semanas. Proliferaron periódicos y clubs dispuestos a difundir los nuevos ideales republicanos. Para éstos, el objetivo máximo era el sufragio universal, es decir, la concesión del derecho de voto a todos los ciudadanos varones sin restricciones económicas ni sociales. El plebiscito se concebía como la verdadera expresión del principio desoberanía  popular y el medio más seguro de conseguir los ideales de justicia social. 

El creciente temor de la alta burguesía, ante las exigencias democráticas de los pequeños propietarios, impulsó una masiva retirada de depósitos bancarios. A continuación, una amplia crisis económica provocó  el desplome de la Bolsa. En abril de 1848, se celebraron las primeras elecciones por sufragio universal masculino, que llevaron a la Asamblea a una mayoría de liberales moderados, fracasando las opciones tanto de derechas como de izquierdas. 

Descontentos con la marcha de los acontecimientos, en julio, tras cerrarse los talleres nacionales, los obreros de nuevo se revelaron, siendo cruentamente reprimidos. Tras los disturbios, la burguesía impuso su orden conservador y elaboró una Constitución favorable a sus intereses con sufragio limitado, y con amplios poderes para el presidente de la República. En noviembre se ratificó el texto y se iniciaron las elecciones para la asamblea legislativa. Un mes después, con el apoyo de los monárquicos, se designó como presidente al candidato más conservador: Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del que fuera emperador. Las clases dominantes tradicionales habían manipulado a la opinión pública para conseguir un giro hacia posiciones conservadoras, con lo que fracasaba el intento de una república moderada. Durante este período, la asamblea legislativa elaboró una serie de leyes que derogaban el sufragio universal, el derecho a asociación y la libertad de prensa y enseñanza. 

A lo largo de los tres años siguientes, hasta diciembre de 1851, la sociedad francesa se debatió en frecuentes tensiones entre los monárquicos (divididos entre legitimistas, orleanistas y bonapartistas), los republicanos moderados y los radicales. Todos ellos se enfrentaban a los socialistas protagonistas de la 
revolución de febrero y defensores del socialismo utópico. Las fuertes discrepancias entre los distintos grupos y el Presidente desembocaron en el golpe de Estado de Luis Napoleón el 2 de diciembre de 1851, que acabó con la república, proclamándose un año después el Segundo Imperio. En apenas cuatro años, tras una revolución que había derrocado una monarquía liberal, se pasó de una república social a una monarquía autoritaria. 


La revolución en el resto de Europa 

En Austria las exigencias de reformas políticas habían provocado fuertes tensiones sociales. Aprovechando las revueltas de París, se desencadenaron disturbios en Viena. El 13 de marzo de 1848, estudiantes y obreros exigieron al emperador Fernando I una Constitución y la dimisión de Metternich, quien huyó a Londres. El emperador prometió la creación de un gobierno liberal, la organización de una Guardia Nacional y la libertad de prensa. Un día después estallaba la revolución en Hungría, que desembocó en una guerra civil por la que los magiares alcanzaron un gobierno autónomo y la gestión de sus propios impuestos. En la Confederación Germánica, los grupos liberales de Baden, además de exigir al rey de Prusia libertad de prensa y juicio por jurado, reclamaban la creación de un parlamento alemán, elegido por sufragio universal, extremo que añadía un elemento nacionalista a sus reivindicaciones. Sin utilizar la violencia, la revolución se extendió, consiguiendo que se convocara por sufragio universal masculino una Asamblea Constituyente en Frankfurt. Pero las discrepancias de los grupos políticos acabaron con la revolución: ni se alcanzó la unificación pretendida por los nacionalistas ni un modelo político constitucional. Por otra parte, la solicitud de liberar a los campesinos de las cargas feudales, chocó con los intereses de los terratenientes que constituyeron un Parlamento de propietarios. Además, los intentos de ayudar a la revolución de Viena obligaron a Federico Guillermo de Prusia a reprimir el movimiento. 

En Italia, se exaltaron los ánimos de los independentistas y nacionalistas que intentaron expulsar a los austriacos. En marzo de 1848 estallaron en Venecia y Milán varios levantamientos a los que se unieron los piamonteses dirigidos por Carlos Alberto de Saboya que declaró la guerra. Un año después,la revolución era sojuzgada por las tropas imperiales. Al fracasar, Carlos Alberto abdicó en su hijo Víctor Manuel II, quien más adelante hará posible la unificación. 

A mediados de 1849 los diferentes movimientos revolucionarios parecían estar sofocados. Los grupos de poder tradicionales habían conseguido frenar los movimientos nacionalistas y sociales. A menudo se achaca el fracaso de esta revolución a la falta de integración del mundo rural, indiferente a los avances 
democráticos y nacionalistas de los grupos urbanos que la promovieron. También afectaron las disensiones entre los liberales y demócratas, las contradicciones sobre el alcance de los principios revolucionarios y la insolidaridad entre los grupos. Frente a la unidad inicial, una vez alcanzadas ciertas reivindicaciones, los revolucionarios se mostraron más preocupados por mantener la ley y el orden que en proseguir con el proceso. Aún así, el sufragio universal se estableció en Francia y la mayor parte de Europa fue evolucionando hacia sistemas más democráticos y parlamentarios. 


 El sufragio universal y la democracia 

Durante el primer decenio del siglo XIX, el sufragio universal (masculino) fue defendido por los grupos demócratas, mientras que los moderados y liberales se mostraban favorables al sufragio restringido, limitado a los estamentos con capacidad económica o los individuos con méritos contrastados. Tras la 
revolución de 1848, muchos demócratas comprobaron como la reforma volvía a entregar el poder a los grandes propietarios y al clero, que eran quienes influían sobre las clases bajas. A la vista de los hechos, algunos conservadores apoyaron el cambio al observar que se trataba de un instrumento de estabilización política y social. 

A finales del XIX y principios del XX el sufragio universal masculino se impuso en la mayoría de los países dotados de instituciones representativas. El sufragio universal pleno debió esperar. El primer país en adoptarlo fue Nueva Zelanda en 1893, seguido por la Rusia revolucionaria en 1917. En España se alcanzará en 1931. 

Al acudir millones de electores a las urnas, los grupos de poder tradicionales perdieron su influencia sobre los elegidos. El sufragio generalizado propicio la organización de partidos políticos dotados de burocracia propia. A partir de entonces, los partidos controlaran a los miembros de los parlamentos y el jefe del partido obtendrá un gran poder ocupando, por lo general, el cargo de primer ministro y designando a su equipo de gobierno. 

El sistema de partidos políticos fue capaz de conciliar el sufragio universal con el mantenimiento de una sociedad desigual, consiguiendo domesticar a la democracia. Los partidos limaron las aristas de los conflictos de clase, protegieron la propiedad y el sistema de mercado, además de afianzar ciertos derechos civiles y recortaron algunas diferencias de clase.


El marxismo: de El manifiesto comunista a El capital 

De la confluencia de las ideas socialistas con el movimiento obrero nació el socialismo científico, elaborado por Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895). El marxismo se inspiró en tres fuentes: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo utópico. Durante la revolución de 1848 en Alemania, Marx agitó a las masas desde el periódico en que trabajaba. Ese mismo año, junto a Engels, publicó El manifiesto comunista. En sus páginas, se exponía un análisis crítico sobre la sociedad del momento, la industrialización, la emigración del campo a la ciudad, la formación de la nueva clase obrera y sus míseras condiciones laborales. Además, desarrollaban los principios económicos del capitalismo y las consecuencias sociales de su implantación. Marx, al fracasar la revolución, huyó a París, desde donde se trasladó a Londres para redactar El capital. 

Sus tesis defendían que en el modo de producción capitalista coexistían dos clases sociales antagónicas: una clase dominante y minoritaria, propietaria de los medios de producción, la burguesía; y otra mayoritaria pero dominada, el proletariado, obligada a trabajar y a percibir una retribución inferior a lo que aportaba por su trabajo. La diferencia entre lo contribuido y lo percibido por el trabajo es la plusvalía, cantidad que queda en manos de la burguesía y que es el beneficio. Esta explotación había provocado la lucha de clases que era el verdadero motor de la historia. El proletariado era la clase nacida de la industrialización y acabaría con el capitalismo. Para emancipar a la sociedad de la opresión, el proletariado emprendería una revolución que impondría su dictadura, con el fin de crear una nueva sociedad, la sociedad comunista. Sin propiedad privada ni clases sociales se acabaría definitivamente con la explotación humana. 

Entre los seguidores del marxismo pronto surgieron dos tendencias, los ortodoxos, que mantenían la línea ideológica trazada por Marx, y los revisionistas, que pretendían alcanzar el socialismo mediante las reformas propuestas por los representantes obreros en los parlamentos nacionales, y no a través de una revolución. El revisionismo se impuso, a la vez que los partidos marxistas se fueron adaptando a los parlamentos de sus respectivos países. Sus representantes trabajaron a favor de sus compatriotas para obtener mejoras legislativas, por lo que el internacionalismo del movimiento pasó a un segundo plano.

Marx y Engels


La construcción de las grandes naciones 

En la segunda mitad del siglo XIX, una serie de factores económicos, sociales e ideológicos crearon un sentimiento de unidad en algunos pueblos con características comunes. Bien en forma de idealismo romántico, como es el caso de Italia, o bien partiendo de un proceso económico, en el caso de Alemania, en ambos casos se unieron un componente racial, contribuyendo a que alcanzaran su unidad política bajo una estructura de gobierno monárquica. 

Italia

La unificación italiana, 1849-1870 

A mediados del siglo XIX, un conglomerado de territorios que habían sido repartidos y reordenados por Napoleón y los congresistas de Viena, formaban la actual Italia. Desde 1815, la única monarquía italiana propia era la de Cerdeña, también denominada de Saboya o Piamonte. Ocupaba, además de la isla sarda, el noroeste de la península y actuaba de estado-tapón frente a Francia. Hacia el este, la Lombardía y Venecia, pertenecían al Imperio austriaco desde 1814. Príncipes austriacos también regían el ducado de la Toscana o los pequeños ducados de Módena, Parma y Lucca. En el centro se hallaban los Estados Pontificios y en el sur, una rama de los Borbones gobernaba desde 1735 el reino de Nápoles o de las Dos Sicilias. 

Estos estados, además de diferencias políticas, presentaban enormes contrastes económicos. El norte era la zona más avanzada, con una rica y variada agricultura, además de una saneada industria textil. Los Habsburgo habían invertido en grandes obras públicas y creado una amplia red ferroviaria que facilitaba la integración de esta zona en las redes comerciales europeas. En el centro, los Estados Pontificios, separaban este norte modernizado del sur pobre y subdesarrollado. El poder vaticano se hallaba en manos de una pequeña oligarquía de prelados que perseguía tanto a liberales como a demócratas cuyos movimientos eran condenados en los documentos pontificios. 


El Risorgimento 

Pero los intelectuales, las necesidades económicas y la actividad política de algunas figuras emblemáticas crearon la conciencia nacional italiana. El sueño unitario había sido expresado a principios del XIX en los escritos románticos. Durante los tiempos de Napoleón, floreció un anhelo creciente de resucitar la grandeza de la antigüedad y del Renacimiento, un resurgimiento que fue tomando forma apoyado en los movimientos liberales. Sobre esa base ideológica y literaria, se sustentaron las propuestas políticas para la construcción de la Italia unificada. 


Los inicios del proceso de unificación 

El proceso de unificación italiano puede dividirse en cuatro fases de acción que abarcaría desde el año 1859 hasta el 1870. Si bien es cierto que algunos territorios no se recuperarían hasta 1919, hay que destacar que fue la primera nación en conseguir su independencia y unidad territorial en la Europa del siglo XIX.

Las revoluciones románticas y liberales de 1815 y 1830 habían fracasado en Italia. Aun así, la burguesía patriota se había organizado en sociedades secretas. El pensamiento unitario se fue desarrollando en torno tres propuesta, desde los supuestos más conservadora, auspiciados por Gioberti y Balbo, que buscaban una unión en torno al Papa; las tesis monárquicas, que apoyaban el liderazgo de la casa de Saboya (Massimo d’Azgelio), hasta las concepciones más demócratas y socialistas que aspiraban a la creación de una república. En esta línea, Giuseppe Mazzini fundó en 1831 una asociación política, La Joven Italia, cuyo fin principal era el de soliviantar a las masas para expulsar a los austriacos y propiciar la unificación. 


La zona norte

Tras la ocupación de Ferrara en 1847 por las tropas austriacas para detener la revolución, los saboyanos decidieron apoyar a los milaneses y en pocas semanas acordaron la unión de Piamonte, Lombardía y Venecia para enfrentarse a los Habsburgo. Fueron directos al fracaso. Víctor Manuel II de Saboya comprendió la necesidad de buscar el apoyo extranjero y se ocupó de convertir la unidad de Italia en un asunto internacional. Para ello, se embarcó en la guerra de Crimea (1853-1856) como aliado de Inglaterra y Francia en contra de Rusia. De este modo pudo exigir en la mesa de negociaciones el reconocimiento de la unidad italiana. 

Víctor Manuel II

Por otra parte, también Pío IX hubiera aceptado encabezar la unificación italiana, pero la violencia revolucionaria de 1848 y el republicanismo radical le hicieron retroceder y abandonar la causa del nacionalismo italiano, sobre todo después de ser expulsado de Roma por Mazzini al proclamar la República Romana de 1849. 

A favor de la unificación estaban los empresarios y comerciantes de toda la península que abogaban por una infraestructura viaria común y la supresión de las barreras aduaneras. El primer ministro del Piamonte, Cavour, supo armonizar la confluencia de intereses políticos y económicos para hacer posible la unificación. 

Cavour fue nombrado por Víctor Manuel II primer ministro del Piamonte. Adoptó una política económica librecambista firmando tratados comerciales con Francia, Inglaterra, Bélgica y Austria. De ellos consiguió financiación para aumentar la red de ferrocarriles y la construcción de puertos, inversiones para aumentar el regadío, y el apoyo decidido al comercio exterior al suprimir los aranceles sobre el grano. Tendió a la laicización del Estado al suprimir los privilegios eclesiásticos, atreviéndose a eliminar varias fiestas religiosas e incautarse de inmuebles de la Iglesia. El Piamonte de Cavour se convirtió en el punto de referencia de la burguesía liberal de toda la península. 

Cavour

Desde Saboya, Cavour se propuso alcanzar la unidad italiana. Para ello, necesitaba que la monarquía saboyana se convirtiera en una potencia media europea. Con una sutil destreza diplomática, primero incitó a los franceses y, a continuación consiguió provocar deliberadamente a los Habsburgo para asegurarse la adhesión de los primeros. 

Napoleón III sentía por Italia un afecto especial. Consideraba la consolidación de las nacionalidades como un avance histórico y ante los liberales franceses, le favorecía mostrarse en contra de la Austria reaccionaria. 

Por eso accedió a mantener una entrevista secreta con Cavour, acordando el apoyo francés a la unificación italiana. Con esta promesa, Saboya declaró la guerra a Austria en mayo de 1849. Mientras tanto, el ejército francés cruzaba los Alpes. 

Ante la conquista de la Lombardía por los saboyanos, los austriacos desplazaron sus tropas por el Rin. Los italianos, crecidos por la derrota austriaca de Magenta y Solferino, iniciaron movimientos revolucionarios para derrocar los gobiernos existentes. Entretanto, la opinión pública francesa estaba impresionada por el alto coste financiero y humano del conflicto, acusó a Luis Napoleón de involucrarlos en una guerra innecesaria. Resultaba paradójico estar protegiendo al Papa en el Vaticano y a la vez apoyando la independencia italiana. 

En el verano de 1859, cuando la situación era favorable a los italianos, Napoleón decidió interrumpir la campaña y firmar con Austria el Armisticio de Vilafranca. A modo de consolación, los Habsburgo cedían la Lombardía al Piamonte pero mantenían el Véneto bajo su dominio. La traición indignó a los demócratas italianos. 

Pero la unificación era imparable. Cavour promovió revueltas en el centro de la península consiguiendo que la Toscana, Módena, Parma y la Romaña se incorporasen al reino de Piamonte-Lombardía. En 1860 se reunió en Turín el primer Parlamento con la participación de representantes de todos los Estados. 

Finalmente, a cambio de ceder a Francia Niza y Saboya, Luis Napoleón reconoció el extendido Estado Piamontés. Gran Bretaña, por su parte, respaldó este nacimiento que debilitaba a los austriacos y mantenía a raya a Francia. 

La zona sur

El deseo de expulsar a los opresores extranjeros y de unir a toda la nación itálica tuvo en Giuseppe Garibaldi (1807-1882) , revolucionario nacido en Niza, uno de sus pilares. Junto a José Mazzini dirigió el Partido de Acción, que cifraba sus esperanzas en el pueblo y en audaces acciones revolucionarias. Aunque no pudo llevar la lucha hasta la instauración de una república, mucho hizo por la unidad nacional. Por eso la Historia le otorgó el título más alto que se da a un genuino luchador: el de patriota.

Garibaldi marchó sobre Sicilia con los Mil Camisas Rojas y se convirtió en su gobernador, a la vez que rechazó entregarle el control a Víctor Manuel II. En mayo de 1859 organizó un grupo de 1500 seguidores para efectuar una expedición armada contra los Borbones. Como a Cavour le resultaba imposible patrocinar abiertamente la invasión de un estado vecino, se desatendió de la marcha de Garibaldi. Éste desembarcó en Sicilia, donde se le unieron los revolucionarios locales, iniciando su exilio el gobierno de Fernando II. Garibaldi se nombró dictador y constituyó un nuevo gobierno.

Garibaldi

Pero a Garibaldi le resultaba complicado avanzar hacia Roma, pues tendría que enfrentarse a las tropas francesas defensoras del Papa y, a la vez, al escándalo internacional. Así pues, fue Cavour quien resolvió la situación. Sin acercase a Roma dirigió el ejército piamontés hacia Nápoles y conquisto el territorio que Garibaldi pretendía convertir en república. Un plebiscito confirmaba la unión del norte y el sur, quedando fuera Roma y Venecia. Formalmente, el 17 de marzo de 1861 se proclamó el reino de Italia bajo la corona de Víctor Manuel II. En 1866, como reconocimiento a la ayuda italiana a Prusia, tras la batalla de Sadowa, Austria tuvo que entregar Venecia. Cuatro años más tarde (1870), con la caída del Segundo Imperio francés en Sedán se retiraron las tropas galas del Vaticano. El ejército italiano cruzó la frontera papal y Roma quedó anexionada al reino de Italia después de un plebiscito

En seguida se apreciaron las consecuencias de la unificación, tanto la positivas, como la supresión de aranceles, el uso de la moneda única, un código penal uniforme; como las negativas, entre las que sobresalía el sentimiento de los nacionalistas de una unión inconclusa. Consideraban el Trentino, Trieste, Niza, Saboya y algunas islas dálmatas como territorios amputados. Éste fue el inicio de su discurso sobre la Italia irredenta, que llegó hasta la Segunda Guerra Mundial.

No obstante, aquí no terminó la unificación, sino que siguieron avanzando hacia la tercera fase: la incorporación del Véneto. Aprovechando que los prusianos querían terminar con la hegemonía austríaca, los italianos se aliaron con ellos en la guerra de las Siete Semanas. Aunque las tropas de Víctor Manuel sucumbieron ante el poder de los austríacos en la segunda batalla de Custozza y perdieron la flota en Lissa, los prusianos salieron victoriosos en Sadowa. Esto permitió que el Véneto se pudiese unir al nuevo reino de Italia en 1866.

La conquista de Roma

La cuarta y última fase del proceso de unificación fue la anexión de los Estados Pontificios en 1870. Tras la derrota francesa de Sedán, los galos retiraron todas sus tropas de los territorios extranjeros. Esto afectó al destacamento que tenían en los Estados Pontificios, dejando vía libre a Víctor Manuel II para ocupar Roma. La “ley de garantías” le dejó al papa sólo el territorio del Vaticano y algunos pequeños territorios de uso eclesiástico.

Hasta aquí llegó la unificación italiana, que fue la primera que se realizó en Europa en el siglo XIX. Sin embargo, hay que destacar que Italia no recuperaría el Tirol Meridional (Alto Adigio y Trentino) hasta la disolución del Imperio de los Habsburgo en 1919.

La ocupación de Roma también abrió una brecha entre el Estado italiano y el papado. Hasta la llegada al poder de Benito Mussolini en 1929, el papado no reconoció al Estado Italiano.  Por el Tratado de Letran (1929), suscrito entre Benito Mussolini y el Papa Pio XI, quedo solucionada la Cuestión Romana. Por dicho Tratado, se reconocía la existencia del pequeño Estado del Vaticano (Estado que queda dentro de la ciudad de Roma) y el Papa era, también, reconocido como su soberano. Se le reconocieron todos los derechos y todas las prerrogativas que corresponden a los estados soberanos e independientes.

Del mismo modo se agudizó el abismo entre el norte y el sur, pues, víctima de la emigración hacia el norte, el sur se deprimió aún más. La salida de los Borbones no significó la entrada de la ley, sino la persistencia del desorden, la extorsión y el mal gobierno.

A pesar de tratarse de una monarquía parlamentaria, sólo una pequeña parte de la población tenía derecho a voto. Hasta 1913 no se amplió considerablemente el sufragio. Y, bajo nuevas formas, el socialismo, el marxismo, el anarquismo o el sindicalismo continuaron exigiendo sus reivindicaciones. No por ello, la unificación dejaba de ser una realidad de la que podían enorgullecerse todos sus actores. 



Alemania

El proceso de unificación alemana, 1862-1870 

De Alsacia a Polonia y de los Países Bajos a los Balcanes, hasta su disolución en 1806 para evitar que Napoleón tomara el título de emperador, el Sacro Imperio Romano Germánico había ocupado gran parte de Centroeuropa. Era un territorio sin fronteras tangibles, donde no existía el concepto de Alemania. 

Durante el Congreso de Viena de 1815 se había constituido la Confederación Germánica con 39 estados, entre los que Austria y Prusia irrumpieron como los más potentes, seguidos de Baviera, Wuttemberg, Hannover y Sajonia, hasta llegar a las pequeñas ciudades libres de Hamburgo y Fráncfort. Sólo había un órgano común, la Dieta federal presidida por el emperador de Austria, quien pretendía mantener el statu quo. 

En 1834, entre los Estados del norte de Alemania y auspiciado por Prusia, se estableció una unión aduanera, el Zollverein. Los comerciantes y fabricantes comprobaron las ventajas de esta alianza. En 1835 se inauguraba la primera línea férrea y en poco tiempo, obviando las divisiones políticas, todo el norte de Alemania se hallaba enlazado por una tupida red de ferrocarriles que contribuyó a la unidad alemana. 

El fracaso de la revolución de 1848 había llenado de confusión a nacionalistas y liberales. Habían pretendido la unificación alemana de un modo constitucional, a través de la Asamblea de Fráncfort, pero las luchas intestinas hicieron patente su incapacidad para garantizar la ansiada unidad. El desacuerdo oscilaba entre incluir a Austria o no, adoptar un modelo de estado autoritario o liberal, centralizado o federal; un sistema de sufragio censitario o democrático, y, respecto al imperio, hereditario o electivo. Los conservadores apoyaban una confederación que respetara a los soberanos, mientras que los liberales defendían un estado federal con un emperador y poderes reducidos para los diferentes linajes. Los demócratas sólo consideraban la posibilidad de eliminar cualquier resto de la vieja Alemania. El acuerdo resultaba imposible. 


Las nuevas revueltas de mayo de 1849 de carácter democrático y obrero, incrementaron el miedo de la burguesía a una revolución social. Los estados con más peso, Austria y Prusia reprimieron los movimientos en su área. Todo ello no impidió el desarrollo económico, sobre todo en la zona del Rhur, ni tampoco la continuación del proceso de unificación en Prusia, al reorientar las ideas nacionalistas, liberales y sociales hacia la unificación pero alrededor de un nuevo imperio. La tenacidad del canciller prusiano Otto von Bismarck (1815-1898) alcanzará la confluencia. 

El reino de Prusia era un estado con gran prestigio internacional gracias a su ejército, la guardia de Postdam. Federico Guillermo III, tras unas buenas negociaciones en el Congreso de Viena de 1815, había conseguido extender su territorio al anexionarse Renania. El aumento de extracción de minerales y de producción de maquinaría se vio potenciado gracias al Zollverein. Así Prusia se convirtió poco a poco en una potencia dentro de la Confederación. 

La Constitución promulgada por Federico Guillermo IV en 1850, progresista en su momento, acabó creando una situación de privilegio para los grandes terratenientes e industriales, puesto que su parlamento, formado por dos cámaras, elegía por sufragio masculino a la cámara baja siguiendo un proceso censitario según el pago de impuestos. 

La conciencia política de la burguesía liberal se vio reforzada por el crecimiento económico hasta el punto de crear en 1861 el partido Progresista Alemán, que obtuvo un gran peso en el parlamento prusiano. Su fuerza le permitió negar la asignación de fondos para reformar el ejército, solicitada por Bismarck. El “Canciller de Hierro” no se arredró, y durante cuatro años gobernó sin la aprobación parlamentaria del presupuesto. En ese tiempo modernizó el ejército y preparo a Prusia para situarla al frente de un nuevo imperio que contrapesase el poder de Austria y Rusia. Bismarck estaba convencido de que las fronteras prusianas fijadas en 1815 eran injustas y que su país debía estar listo para extenderse hasta donde le correspondía en cualquier momento. 

De pensamiento conservador, creía en el cumplimiento del deber, el orden y el servicio y el temor a Dios.  Desconfiaba de la sociedad alemana y de la occidental, que consideraba turbulentas, librepensadoras y  materialistas. Juzgaba de ignorantes e irresponsables tanto a los órganos de gobierno como a los  parlamentarios. Le repugnaba el liberalismo, la democracia y el socialismo. 

Para situar a Prusia al frente de un Estado alemán unificado, Bismarck se involucró en tres guerras sucesivas. A la vez, estableció un gobierno fuerte que superara las críticas del liberalismo y la acción diplomática necesaria para excluir a Austria de la Confederación Germánica. 


La formación del imperio alemán, 1864-1871 
  • 1ª fase Guerra contra Dinamarca: Guerra de los ducados (1864)
La puesta en marcha del programa bismarckiano tuvo su primer acto en 1864. El escenario: los ducados de Schleswig-Holstein y Lauenburgo, de población alemana pero gobernados por príncipes daneses. 
Dinamarca deseaba agregar estos territorios. Al morir el príncipe danés Cristian de Gluksburgo sin descendencia masculina, la Dieta de la Confederación Germánica reclamó estos territorios. Ante la negativa de Dinamarca, la Dieta propuso entrar en guerra para recuperar los ducados. Por su parte, Bismarck implicó a Austria en la guerra y, de este modo, consiguió Schleswig y el puerto de Kiel sin alterar el estatuto territorial del Congreso de Viena. Holstein pasó a ser austriaco. 

Dos años después, las disputas por los derechos de paso y el mantenimiento del orden interno en los Ducados acabarían en una guerra entre Austria y Prusia, que se resolvió brillantemente a favor de la segunda en la batalla de Sadowa. La rapidez del ferrocarril y el uso del fusil de aguja Dreyse arrasaron con las tropas austriacas, lo que constituyó el segundo acto en el programa del Canciller. 


  • 2ª Fase Batalla contra Austria: Creación de la Confederación de Alemania del Norte (1866)
Después de la Guerra de los Ducados, Austria se había quedado con el ducado de Holstein. Bismarck estaba descontenta con la administración austríaca en el condado y declaró la guerra a Austria en el año 1866. Prusia derrotó a Austria en la guerra y pasó a dominar a los Estados del norte de la Confederación.

Batalla decisiva de Sadowa o Königgrätz

En 1866, Bismarck disolvió la confederación alemana y Austria le declaró la guerra a Prusia, confiando en la victoria. No obstante, no tuvieron en cuenta la destreza y la fortaleza del ejército prusiano. Las fuerzas prusianas arrasaron el territorio austríaco a una velocidad alarmante y el poder del imperio Habsburgo austríaco fue debilitado para siempre cuando los austríacos fueron vencidos el 3 de julio de 1866, en la batalla de Sadowa. Bismarck luego formó la confederación del norte de Alemania, con Prusia como su miembro más poderoso. 

Además de aplastar al enemigo, Bismarck consiguió desacreditarle frente a la diplomacia internacional. Por unas u otras razones, la mayoría de los Estados aplaudieron a Prusia. 

Al firmarse la paz de Praga, en agosto de 1866, Prusia se extendió sobre Schleswig-Holstein y la ciudad libre de Fráncfort. Bismarck terminó con la Dieta federal, reunió a 21 estados formando la Confederación Alemana del Norte, evidentemente bajo su control, e Italia recibió Venecia. El éxito en el interior no fue para menos, Bismarck se reconcilió con los liberales, la burguesía le entregó su total confianza para financiar el desarrollo económico y los nacionalistas lo consideraron el único capaz de alcanzar la unidad de un nostálgico imperio desmembrado a partir de la paz de Westfalia en 1648. 

Para la nueva Confederación, Bismarck dictó en 1867 una Constitución que sancionaba al rey de Prusia como jefe hereditario y ante quien era responsable el gobierno. El Parlamento se dividía en dos cámaras: la alta, que representaba a los Estados, y la baja o Reichstag, que representaba al pueblo, y era elegida por sufragio masculino. Para gran disgusto de Marx, los socialistas alcanzaron un acuerdo con Bismarck: aceptaban la Confederación Alemana a cambio de un sufragio democrático; por su parte Bismarck obtenía la aprobación popular de su naciente imperio. Las leyes sociales del Canciller, unidas a la entrega de algunos cargos a los demócratas, desactivaron durante cuatro décadas al partido socialista. Por último, el Canciller entabló una batalla legal contra la influencia de los católicos (el Kulturkampf), restándoles poder sobre la sociedad civil y la educación, aunque terminase aliándose con ellos en contra de los liberales. 

Confederación de Alemania del Norte
  • 3ª Fase Batalla contra Francia (1870)
Pero Francia no iba a consentir la existencia de otro estado fuerte al este de sus fronteras. Aún estaban en liza cuestiones como la romana, donde el emperador galo custodiaba al Papa e impedía que Roma formase parte del reino de Italia y la tendencia profrancesa de algunos estados del sur de Alemania, que huían del dominio prusiano. A pesar de su debilidad, Napoleón III consideraba que una victoria podría devolverle el poder frente a la opinión pública gala. Pronto surgió una excusa: el trono de España. La revolución de 1868 había derrocado a Isabel II y el gobierno español proponía a varios candidatos para el reino. Uno de ello será Leopoldo de Hohenzollern, primo del rey de Prusia. Francia protestó ante la posibilidad de hallarse rodeada de alemanes, pero Bismarck manipuló de tal forma un telegrama enviado por el embajador francés al rey de Prusia que Napoleón apareció como el agresor frente a los intereses prusianos. La injuria obligó a Napoleón a declarar la guerra el 19 de julio de 1870. El 2 de septiembre, tras la batalla de Sedán, Francia se rendía. Napoleón izó la bandera blanca rindiéndose con todo su ejército. 

La batalla de Sedan, en el oriente de Francia, el 1 y 2 de septiembre de 1870, fue la escena de un conflicto desigual entre las fuerzas prusianas y las francesas. Las fuerzas francesas fueron superadas en número, de dos a uno. Aunque Leboeuf, el ministro de Defensa francés, había asegurado que la preparación francesa era total, cuando la batalla comenzó se encontró con que no todos los carabineros franceses tenían un rifle. Rodeados e incapaces de huir, Napoleón III y una tropa francesa de 85.000 hombres finalmente fueron obligados a rendirse. 

Batalla de Sedán

Proclamación imperial

Con un ejército formado por militares prusianos y germánicos, Prusia condujo la invasión y conquista de Francia. Guillermo I fue proclamado emperador de Alemania en 1871, completando el proceso de unificación de Alemania. En 1871 fue firmado el Tratado de Frankfurt entre Francia y Alemania. Como vencidos, los franceses tuvieron que pagar una elevada indemnización de guerra y ceder a Alemania los territorios de Lorena y Alsacia.

En París, dos días más tarde, una junta de defensa nacional proclamaba la III República. Las tropas alemanas sitiaron la capital francesa, que se negó a capitular hasta cuatro meses después. 

El 18 de enero de 1871, en el salón de los Espejos del palacio de Versalles, Bismarck proclamaba el Imperio alemán. El rey Guillermo I de Prusia recibía el título hereditario de Káiser del Segundo Reich. Con Napoleón preso, la falta de un gobierno francés impidió al Canciller firmar la paz. El general prusiano exigió una elevada cantidad en metálico, cinco millones de francos oro, y los territorios de Alsacia y Lorena como reparación de guerra. Los franceses nunca olvidaron aquella humillante derrota. 

Tras la victoria de Prusia en la Guerra Franco-Prusiana, se consigue la unificación de los diferentes estados alemanes, excluyendo a Austria. De esta manera Prusia se convierte en Alemania bajo el régimen del canciller Otto von Bismarck, uno de los estadistas más importantes del siglo XIX. A partir de entonces se inicia un período de gran desarrollo nacional en los ámbitos de economía, política y milicia. Desde entonces, Alemania es considerada junto con el Reino Unido, una de las principales potencias del mundo. Bajo este liderazgo, Alemania experimentó rápida industrialización, y el nacionalismo alemán militante surgió a finales del siglo XIX.


Los protagonistas: Guillermo I y Otto von Bismark

El kaiser Guillermo I

Partidario de una monarquía fuerte, emprendió inmediatamente una profunda reorganización del ejército con el objetivo de hacer realidad la realpolitik, el proyecto de unidad alemana. El Landtag, el parlamento bicameral, no aprobó las partidas presupuestarias necesarias para su financiación, pero Bismarck, su nuevo canciller, hizo caso omiso tanto del voto parlamentario como de las protestas de la oposición y llevó adelante los planes.

Después de la guerra de los Ducados (1864-1865), autorizó, no sin reparos, la guerra contra Austria, que fue derrotada en Sadowa. Tras la victoria militar, se anexionó los estados de Schleswig, Holstein, Hannover, Hesse electoral, Hesse-Nassau y Frankfurt, logró el apoyo de otros en el seno de la Confederación Alemana del Norte y firmó alianzas militares con los estados del sur.

Durante la Guerra Franco-Prusiana, el 18 de enero de 1871, Guillermo fue proclamado Emperador Alemán en el Palacio de Versalles. Este título fue elegido cuidadosamente por Bismarck después de la discusión hasta (y después) el día de la proclamación.

Guillermo I

 Otto von Bismark

En el año 1862, el rey prusiano Guillermo I eligió para ser el primer ministro de Prusia, al político y diplomático Otto von Bismarck, apodado el Canciller de Hierro. La idea de Guillermo I era unificar los Estados alemanes, un proceso que sería organizado por el líder político. Sin embargo, Bismarck creía que para eso sería necesario el camino militar. Para lograr su objetivo, Bismarck pasó a aumentar el poder bélico de Prusia, ampliando el número de militares e invirtiendo en la producción de armamentos.

Desde que el rey Guillermo I le nombró canciller (primer ministro) en 1862, puso en marcha su plan para imponer la hegemonía de Prusia sobre el conjunto de Alemania, como paso previo para una eventual unificación nacional. Empezó por reorganizar y reforzar el ejército prusiano, al que lanzaría a continuación a tres enfrentamientos bélicos, probablemente premeditados, en todos los cuales resultó vencedor: la Guerra de los Ducados (1864), una acción concertada con Austria para arrebatar a Dinamarca los territorios de habla alemana de Schleswig y Holstein; la Guerra Austro-Prusiana (1866), un artificioso conflicto provocado a raíz de los problemas de la administración conjunta de los ducados daneses y dirigida, en realidad, a eliminar la influencia de Austria sobre los asuntos alemanes; y la Guerra Franco-Prusiana (1870), provocada por un malentendido diplomático con la Francia de Napoleón III a propósito de la sucesión al vacante Trono de España, pero encaminada de hecho a anular a Francia en la política europea, a fin de que dejara de alentar el particularismo de los Estados alemanes del sur.

En cada una de aquellas guerras Prusia acrecentó su poderío y extendió su territorio: en 1867 ya fue capaz de unir a la mayor parte de los Estados independientes que subsistían en Alemania, formando la Confederación de la Alemania del Norte; en 1871, además de anexionarse las regiones francesas de Alsacia y Lorena, impuso la creación de un único Imperio Alemán bajo la corona de Guillermo I, del que sólo quedó excluida Austria.

La política interior de Bismarck se apoyó en un régimen de poder autoritario, a pesar de la apariencia constitucional y del sufragio universal destinado a neutralizar a las clases medias (Constitución federal de 1871). Inicialmente gobernó en coalición con los liberales, centrándose en contrarrestar la influencia de la Iglesia católica (Kulturkampf) y en favorecer los intereses de los grandes terratenientes mediante una política económica librecambista; en 1879 rompió con los liberales y se alió al partido católico (Zentrum), adoptando posturas proteccionistas que favorecieran el desarrollo de la revolución industrial. En esa segunda época centró sus esfuerzos en frenar el movimiento obrero alemán, al que ilegalizó aprobando las Leyes Antisocialistas, al tiempo que intentaba atraerse a los trabajadores con la legislación social más avanzada del momento.

En política exterior, se mostró prudente para consolidar la unidad alemana recién conquistada: por un lado, forjó un entramado de alianzas diplomáticas (con Austria, Rusia e Italia) destinado a aislar a Francia en previsión de su posible revancha; por otro, mantuvo a Alemania apartada de la vorágine imperialista que por entonces arrastraba al resto de las potencias europeas.  En 1872 Alemania, Rusia y Austria firmaron la Liga de los Tres Emperadores. La Liga de los Tres Emperadores se fue renovando hasta 1887, siendo cancelada por el zar como consecuencia de sus rivalidades con Austria en los Balcanes.

En 1882  formó la Triple Alianza promovida por el canciller alemán Bismarck,  constituida por Alemania, Austria-Hungría e Italia. Sin embargo esta última no cumplió sus compromisos cuando estalló la guerra y en principio se mantuvo neutral hasta intervenir más tarde como miembro del bando contrario. Fue precisamente esta precaución frente a la carrera colonial la que le enfrentó con el nuevo emperador, Guillermo II (1888), partidario de prolongar la ascensión de Alemania con la adquisición de un imperio ultramarino, asunto que provocó la caída de Bismarck en 1890.

Otto von Bismarck

La expansión económica y la integración social. Germanización

La industrialización de Alemania

En la industrialización alemana, el Estado jugó un papel muy activo. La intervención estatal fue relevante a la hora de la modernización del sistema de comunicaciones, la mayoría de las líneas ferroviarias fueron construidas con participación estatal. A fines de los años 1870, la política arancelaria volvió hacia el proteccionismo debido a la gran depresión, tanto para la industria como la agricultura.

Los aranceles proteccionistas favorecieron la expansión de las exportaciones industriales alemanas, ya que las empresas pudieron vender a precios elevados en el mercado interno, protegido por barreras aduaneras, y a precios bajos en el mercado externo, practicando políticas de dumping.
 
Los bancos constituyeron un factor decisivo en el proceso de industrialización de Alemania. Existió una relación más estrecha entre crédito bancario y desarrollo industrial. Los bancos, además de otorgar créditos, promovía la formación de nuevas empresas y canalizaban el ahorro hacia ellas. Los bancos se convirtieron en grandes accionistas de las empresas industriales, a tal punto de poder participar en la dirección de ella.  

Las grandes empresas también cumplieron un rol decisivo en la industrialización. Se incrementaron la cantidad de sociedades anónimas, se aceleró el proceso de propiedad y gestión. La competitividad de las grandes empresas, llevaron a la adaptación de medidas eficaces en la organización y al desarrollo tecnológico. Una de las características distintivas de las empresas alemanas fue su tendencia a la expansión y la integración vertical, con el fin de controlar las diversas fases de producción.


Etapas de la industrialización alemana

1780-1840: Primera industrialización 
  • Comienzo de la mecanización, se realizaron reformas institucionales aboliendo el feudalismo y favoreciendo al libre comercio y los mercados de mano de obra y de tierras.  
  • El incremento de la población se vio acompañada por un incremento en la producción agrícola.
  • Se mecanizaron la industria textil y metalúrgica.  
  • Zollverein, unión aduanera, abolición aduanera que permitió la integración económica dentro del país. 
1840 -1870: El despegue 
  • Desarrollo del ferrocarril y su impacto en las industrias del carbón, hierro y maquinarias, que pasaron a ser sectores líderes en la industria alemana. 
  • La red ferroviaria disminuyó los costes de transporte e hizo posible el transporte a larga distancia.  
  • La red ferroviaria fue clave para la integración del mercado interno..la red ferroviaria dio impulso a la expansión de la industria siderúrgica y mecánica.
  • Al principio, los insumos eran importados, pero posteriormente fueron reemplazados por productos nacionales. 
  • Rápida innovación tecnológica, nuevos métodos de producción para la industria pesada.  
1870 -1914: Fase industrial madura  
  • Difusión de la industria moderna, aceleración del cambio estructural y de la urbanización.
  • Expansión internacional de la economía alemán, desplazando a Gran Bretaña del liderazgo industrial.  
  • Crecimiento del PIB per cápita. 
  • Exportación de bienes de capital. 
  • Expansión de nuevos sectores de punta. 
  • Desarrollo del sistema educativo. 
  • El estado social alemán
La integración social

Bismarck entendió que, al movimiento obrero, organizado a través del SPD, no se le podía acallar simplemente con represión. Y que el Estado debía intervenir con alguna medida de tipo social para contentar a los trabajadores y sofocar las demandas socialistas más radicales y revolucionarias.

En el Segundo Reich alemán, tras la construcción bismarckiana de Alemania como nación política, con vocación imperial, los llamados «socialistas de cátedra» (socialistas universitarios) acuñaron la expresión Wohlfahrtsstaat en relación a las políticas bismarckianas en materia social. La Wohlfahrtsstaat sería el primer sistema de protección social generalizado. No obstante, el Estado de Otto Eduard Leopold von Bismarck-Schönhausen, príncipe de Bismarck y duque de Lauenburgo, era un Estado del Bienestar autoritario o conservador, y se ha dicho que venía a ser una clase de «despotismo protector», mas sería criticado como un acusado paternalismo.


En el mensaje imperial de noviembre de 1881, fueron aprobadas las siguientes leyes: el seguro público de salud en 1883, un segundo seguro de accidentes en 1884 y la pensión por discapacidad y las jubilaciones en 1889. Este seguro al igual que los dos anteriores era obligatorio, con contribuciones progresivas por parte del patrón, empleado y Estado. El Estado social, se convierte entonces, en un contrato social entre los ciudadanos y el gobierno, como instrumento de bienestar, para la población. 

El objetivo de estas reformas sociales era mermar el apoyo de los obreros a los socialdemócratas y al mismo tiempo ganarse la lealtad de las clases trabajadoras a fin de fortalecer aún más el nuevo Estado alemán. Bismarck entendió con suma prudencia que al movimiento obrero (o más bien la organización o el intento de lo mismo a través de diferentes partidos políticos, siendo el más fuerte el SPD) no se le podía frenar simplemente con represión policial. Y que era menester adoptar medidas de política social mediante la intervención del Estado, que sería denominada «socialismo de Estado» por los sectores más conservadores del Reich (también se hablaba de «socialismo monárquico»). El estado del bienestar de Bismarck no fue fruto de la generosidad y la empatía para con los trabajadores, sino, más bien, una medida ante la amenaza que podría llegar a suponer el movimiento obrero organizado. Pero sirvió a Bismarck para cohesionar a la nación, puesto que el sistema de pensiones era un bien común que incumbía a todos los alemanes. Defender el estado del bienestar suponía, también, defender a la nación política que lo sustentaba.

Política exterior y colonialismo

La política exterior de Bismarck se centró en asegurar la hegemonía alemana en Europa mediante un complejo sistema de alianzas ( Sistemas Bismarckianos ) para aislar a Francia y mantener la paz, priorizando la Realpolitik sobre los sentimientos, y fue inicialmente reacio al colonialismo, pero cedió a la presión pública para adquirir colonias y participar en la Conferencia de Berlín, aunque su verdadero interés era consolidar el Imperio Alemán y sus intereses económicos, no un gran imperio de ultramar. 

Con la unificación de Italia y Alemania se transformó una vez más la geopolítica europea. Los acuerdos de Viena de 1815 e incluso de los Westfalia de 1648, que impedían el dominio de unos estados frente a otros, fueron anulados. La idea de Bismarck de una unificación sin Austria, dejaba aproximadamente una sexta parte los germanos fuera del Reich. Doce países y diez nacionalidades tuvieron que diseñar un futuro común alrededor de Austria. Alemania, por su parte, asumía su nuevo lugar en el concierto de las naciones.

viernes, 8 de noviembre de 2024

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

Hasta mediados del siglo XVIII, la economía del mundo occidental estaba basada de forma casi exclusiva en la agricultura y el autoconsumo, no existía una organización industrial tal como hoy la conocemos y los productos comercializables se fabricaban en talleres artesanales de mayor o menor tamaño. La transformación, iniciada en Gran Bretaña, se basó en una serie de innovaciones tecnológicas que, junto a la utilización de nuevas fuentes de energía, sustituyeron a la mano de obra por las máquinas y dieron paso a nuevos métodos de organización fabril de producción en masa, a un aumento sin precedentes del consumo, del comercio y del bienestar de la sociedad. 

Una característica distintiva de esta revolución fue la aplicación sistemática de los nuevos conocimientos a la producción, de forma que la ciencia precedió a la práctica y los inventores transformaron los conocimientos teóricos en procedimientos útiles. A todo este proceso de desarrollo se le ha denominado Revolución Industrial. 

La industrialización no se extendió simultáneamente ni de forma homogénea por todo el mundo occidental. 

En la primera mitad del siglo XIX alcanzó a Estados Unidos y gran parte de la Europa occidental, llegando después de 1871 a Alemania. A partir de mediados del siglo XIX, se inició una nueva fase denominada Segunda Revolución Industrial, con la utilización de nuevas formas de energía como la electricidad y el petróleo. 

La Revolución Industrial impulsó la revolución política que terminó con el absolutismo monárquico y dio paso al liberalismo, basado en el respeto de la iniciativa individual, la existencia de una Constitución donde se contemplan los derechos de los ciudadanos, el derecho al voto y la separación de poderes. El liberalismo reguló el nuevo sistema económico, el capitalismo, para responder a las necesidades planteadas en esos momentos. No parece casual que la Revolución Industrial tuviera su origen en la Gran Bretaña liberal, y se extendiera pronto a Estados Unidos, regido por una Constitución liberal. Sin duda las ideas políticas plasmadas de forma práctica en sus respectivas Constituciones, proporcionaron un sustento legal para adoptar un conjunto de innovaciones que cambiaron definitivamente la vida de los hombres. 

Ligadas directamente con la Revolución Industrial y con la revolución política, se pusieron en práctica un conjunto de medidas denominadas liberalismo económico, enunciadas por el economista Adam Smith en su obra La riqueza de las naciones (1776). En la práctica el liberalismo económico se basaba en la no intervención del Estado en cuestiones financieras, empresariales o sociales y favorecía los intereses de la burguesía, que hasta entonces se había visto coartada por el Antiguo Régimen. 

Durante el siglo XIX algunos autores franceses empezaron a denominar Revolución Industrial al proceso de cambio iniciado en Gran Bretaña a mediados del siglo anterior, tal vez como semejanza en el terreno económico a lo que en el aspecto político había significado en Francia la revolución de 1789. 

Para muchos historiadores, la Edad Contemporánea se inició a finales del siglo XVIII con las “tres revoluciones”, la Independencia Americana, la revolución francesa y la Revolución Industrial, como si la revolución política y el cambio producido por la adopción de distintos métodos de producción y sus consecuencias no fueran más que distintos aspectos de un mismo proceso. 

La primera Revolución Industrial fue un proceso lento, en Gran Bretaña tardaría más de un siglo en completarse, no llegaría a algunos países europeos hasta finales del siglo XIX y sus consecuencias provocaron un cambio profundo en la economía, la política y la sociedad. 

A partir del siglo XVIII la población europea empezó a crecer a un ritmo muy rápido. La presión demográfica dio lugar a la demanda de multitud de productos, impulsando la Revolución Industrial y un conjunto de avances en la agricultura para poder generar la cantidad y calidad de los alimentos necesarios para la sociedad. La creación de fábricas, con necesidad de personal, fue cubierta, en parte, por los obreros del campo que emigraron a las ciudades en busca de empleo. Todo parece in indicar que hubo una interacción entre estos tres procesos, aumento demográfico, Revolución Industrial y avances en agricultura. 

Las tesis clásicas señalaban como base del despegue industrial la revolución de la tecnología, pero otras interpretaciones más novedosas han insistido en señalar otros factores tales como la acumulación de capitales para las inversiones en la industrial textil, el desarrollo de las manufacturas o una revolución agrícola previa a la Revolución Industrial. 

El papel de Gran Bretaña en la revolución industrial 

Gran Bretaña contaba en el siglo XVIII con las condiciones necesarias para iniciar la industrialización. Poseía un riquísimo imperio colonial; la población de las islas y la de las colonias estaba en expansión,tenía un alto nivel de vida y demandaba una gran cantidad de artículos; su situación oceánica le facilitaba el acceso a mercados ultramarinos y permitía el transporte de mercancías por barco; poseía una gran cantidad de materias primas adecuadas para utilizarlas en industria como carbón, hierro y agua y la carencia de madera propició la pronta utilización de combustibles fósiles. También contaba con facilidades para el transporte fluvial. Gracias al comercio, había una gran acumulación de capitales dispuestos a ser utilizados en nuevas inversiones. Además, las medidas librecambistas adoptadas favorecían las transacciones comerciales competitivas sin fronteras económicas interiores. 

El aumento de población europea a quien iba destinada la mayor parte de las manufacturas supuso un estímulo para la fabricación de mercancías de uso común. Los avances tecnológicos, que no habían dejado de producirse desde la Edad Media, sufrieron una aceleración en aquellos sectores que tenían que responder a la demanda. El sector productivo en el que la adopción de los nuevos avances tecnológicos tuvo un mayor impacto fue el textil. 

Los británicos crearon una serie de máquinas mecánicas para mejorar la elaboración de textiles. En 1733, John Kay inventó la lanzadera volante, logrando reducir notablemente el tiempo para fabricar una pieza de tela. La mayor velocidad de producción de tejido disparó la demanda de hilo. La industria de hilaturas experimentó un notable avance en 1763, cuando James Hargreaves construyó la spinning-jenny, un instrumento mecánico capaz de reproducir el trabajo de un hilador con la rueca y mover varios husos a la vez, abaratando el proceso. 

La primera máquina movida con la energía hidráulica aplicada a la industria textil fue la water frame, inventada por Robert Arkwright, que aumentó la producción de hilo utilizando algodón. En 1779, Samuel Crompton perfeccionó esta técnica construyendo otra máquina con la que se podía conseguir hilo más fino y resistente. 

A partir de estos momentos, todas las fases de la producción de tejidos se mecanizaron y perfeccionaron; se inventaron máquinas para el tratamiento de la materia prima. También se inventó una forma de estampar por medio de un rodillo que sustituyó a la aplicada manualmente con tacos de madera; a finales del siglo XVIII se descubrió un método químico para blanquear las telas rápidamente y los telares mecánicos sustituyeron a los manuales produciendo con más calidad y con mayor rapidez. 

Como el algodón era importado de la India, América y Egipto, las industrias textiles se concentraron en Lancashire y la Baja Escocia para abaratar el transporte, convirtiéndose Manchester en la capital de esta industria. 

En 1705 Thomas Newcomen patentó un modelo de máquina de vapor para bombear el agua de las minas; Watt perfeccionó este descubrimiento inventando un método para independizar la vaporización y la condensación de los cilindros del condensador con el fin de consu consumir menos energía, y la fue perfeccionando a lo largo de los años. En 1766 consiguió su propósito y este acontecimiento cambió radicalmente la producción. Las máquinas movidas por vapor se aplicaron para la fabricación de algodón a partir de 1780. La máquina de vapor supuso el mayor avance tecnológico del siglo XVIII. 

En cuanto al hierro, la mayor dificultad era la transformación del mineral, proceso de combustión muy lento en altos hornos para eliminar el oxígeno. La sustitución del carbón por el coque para separar el sulfuro y el alquitrán en la fundición del hierro a altas temperaturas, permitió la producción masiva de acero. 

La industria textil y la siderúrgica fueron los sectores productivos más importantes en la industrialización de Gran Bretaña. 

Gran Bretaña contaba en 1850 con la red más densa de ferrocarriles, las técnicas más avanzadas en todos los sectores y la marina más importante del mundo. La renta per cápita creció, la población se duplicó y la participación de los sectores de fabricación, minería y construcción pasó de ser una cuarta a una tercera parte en el PIB. 

La revolución industrial en los distintos países 

Prácticamente hasta el primer tercio del siglo XIX, la Revolución Industrial no se extendió fuera de Gran Bretaña. Los británicos intentaron conservar el monopolio de sus inventos y comercializaron solamente su producción en el extranjero. Los fabricantes continentales, en principio, imitaron la maquinaria inglesa y trataron de importar trabajadores especializados. Bélgica, que contaba con materias primas como hierro y carbón, fue uno de los primeros países del continente que se industrializó. 

La revolución francesa y sus consecuencias desanimaron a los inversores y retrasaron la industrialización en Francia, donde además existían otros motivos para su retraso. La propiedad de grandes latifundios en manos de nobles, poco partidarios de la inversión en reformas tecnológicas; la debilidad demográfica, con una tasa de natalidad en descenso y un crecimiento muy pequeño frente al resto de los países europeos y la escasez de recursos naturales han sido señalados como inconvenientes para una industrialización temprana. Durante el Segundo Imperio, Napoleón III apoyó el librecambismo y desarrolló una nueva política económica, creando numerosas líneas de ferrocarril, canales fluviales, grandes compañías de navegación y fastuosas obras públicas; la industria, el comercio y la agricultura prosperaron de forma significativa. 

Desde mediados del siglo XIX, Francia fue una importante potencia industrial que en parte debió su despegue al sector siderúrgico, desarrollado gracias a la expansión del ferrocarril. Alemania contaba a principios del siglo XIX con grandes recursos naturales, una población en ascenso y unos recursos agrícolas muy importantes. La unión aduanera, el Zollverein, creada en 1834, a la que se fueron uniendo la mayor parte de los Estados, facilitó la formación de un amplio mercado común. La gran extensión de líneas férreas construidas a mediados del XIX contribuyó a la expansión del sector del hierro, el acero y el carbón. Sin embargo, su fragmentación política impedía que se emprendieran proyectos unitarios y hasta después de la unificación en 1870 no se inició el desarrollo industrial que a partir de esos momentos fue muy rápido, sobrepasando a finales del siglo XIX a Gran Bretaña en la producción de acero; Alemania se convirtió en líder mundial en industria química. 

España tardó más que los países de su entorno en incorporarse a la Primera Revolución Industrial por una serie de problemas: la Guerra de la Independencia a comienzos del siglo XIX, la pérdida de los colonias americanas, la vuelta al absolutismo durante el reinado de Fernando VII y las Guerras Carlistas crearon un clima de inestabilidad política nada favorable para el desarrollo de una industria nacional. Al final del reinado de Fernando VII se iniciaron los primeros intentos de industrialización con la creación de una factoría textil levantada por Narciso Bonaplata cerca de Barcelona y de los altos hornos en Marbella fundados por Manuel Agustín de Heredia en 1832; años más tarde se crearon otro es Sevilla y Huelva que fracasaron por la falta de combustibles en lugares cercanos. La industria textil empezó a utilizar la máquina de vapor en 1844, ya durante el reinado de Isabel II, gracias al régimen político liberal constitucional. En 1848 se inauguró la primera línea de ferrocarril entre Barcelona y Mataró, seguida en 1855 de la de Madrid a Aranjuez, pero la expansión de este medio de transporte de mercancías y personas no llegaría hasta años más tarde. A partir de 1854, con los progresistas en el poder, se llevó a cabo una política de liberalismo económico que favoreció la entrada de capitales extranjeros. Las circunstancias políticas en España, con la revolución de 1868 y la posterior instauración de la Primera República, no permitieron al país llegar a ser una potencia industrializada hasta el siglo XX. Por diversas circunstancias, sucedió lo mismo en otros países como Rusia, Italia, Dinamarca y los situados en el este de Europa. 

Estados Unidos contaba ya a principios del siglo XIX con unos recursos naturales extraordinarios y una mano de obra especializada que le permitieron una rápida industrialización. A pesar de la distancia con Gran Bretaña, sus relaciones comerciales continuaban siendo fluidas, había un intenso tráfico marítimo y una inmigración incesante que favorecía la difusión de las nuevas técnicas. La guerra con Inglaterra entre 1812 y 1815 impidió el abastecimiento de productos manufacturados propiciando la creación de gran cantidad de industrias locales; además, el Estado promocionó la invención y la adaptación de maquinaria para ahorrar trabajo. Los principales sectores económicos se establecieron en tres regiones: el oeste se especializó en producción agrícola y ganadera; el este en industria y el sur en el cultivo del algodón. La red fluvial favoreció el intercambio de productos incluso antes de que se desarrollaran las vías férreas. 

La mejora de las comunicaciones permitió que el país avanzara de forma más rápida y la instalación de fábricas en puntos alejados de los lugares de producción de la materia prima. La creación de líneas de ferrocarril fue fundamental para la colonización del Oeste, que lo convirtieron en la región ganadera y agrícola por excelencia así como en mercado para los productos industriales fabricados en el Este. La construcción de las líneas del ferrocarril estuvo a cargo de empresas privadas a las que el Estado hacía concesiones y proporcionaba terrenos para la construcción; el ferrocarril empleó a muchísimos inmigrantes, sobre todo chinos y filipinos; se extendió rápidamente por todo el país a pesar de las dificultades. En 1869 se estableció ya la comunicación de la costa Atlántica a la del Pacifico por las compañías privadas Central Pacific y Union Pacific. 

La densidad de población en Estados Unidos a principios del siglo XIX provocaba una gran escasez de mano de obra a pesar de la inmigración; para trabajar las fincas algodoneras del sur se importó gran número de esclavos africanos. A finales del siglo XIX, Estados Unidos era ya la mayor potencia industrial del mundo. 

La competencia por parte de los distintos países en cuanto a sus adelantos industriales y el afán por darlos a conocer dio lugar a la celebración de Exposiciones Internacionales. 

La agricultura 

La agricultura tuvo un papel fundamental en la Revolución Industrial. Para algunos autores la revolución agrícola fue un paso previo, sin el cual no se habría podido conseguir la revolución industrial; es cierto que países como Rusia, Italia o España, en los que las estructuras agrícolas aún no habían evolucionado en el siglo XIX, tardaron más tiempo en llegar a la industrialización. 

En Gran Bretaña o los Países Bajos ante la demanda de alimentos por la presión demográfica que tuvo lugar en el siglo XVIII se introdujeron nuevas técnicas agrícolas, otros cultivos y más tarde el empleo de máquinas para mejorar el rendimiento del campo; al mismo tiempo, aumentó el número de campos cerrados y disminuyeron los bienes comunales. 

En muchos países se crearon las primeras escuelas de agricultura, sociedades de agricultores, se difundieron las nuevas técnicas y los gobiernos apoyaron las ideas fisiocráticas que consideraban el campo como única fuente de riqueza. El cambio de mentalidad dio lugar a considerar el campo como una buena inversión y se emplearan capitales en modernizar la agricultura. Las innovaciones y la inversión de capitales en maquinaria agrícola trajeron consigo un incremento muy importante en la productividad y una gran mejora en los cultivos y en la calidad de los alimentos. 

La Revolución Industrial aportó nuevos útiles, maquinaria y hábitos que cambiarían los sistemas de producción de las tradicionales labores del campo. Los trabajos agrícolas se facilitaron con la invención de un nuevo utillaje y la utilización de máquinas. Se introdujeron cultivos como el trébol, las plantas forrajeras, el maíz y sobre todo la patata, que proporcionó un alimento básico para las dietas más humildes y un mayor rendimiento a la tierra. La sustitución del barbecho por sistemas de rotación permitió el aumento de las cosechas y el cultivo de los forrajes permitieron el fomento y la cría selectiva de ganado y la producción masiva de carne, lana y piel. 

La publicación y difusión de la obra La química orgánica y sus aplicaciones al desarrollo de la agricultura y la fisiología (1840), escrita por el alemán Justus von Lieig, fue de gran importancia para el conocimiento de la química del suelo. 

La población del campo disminuyó a causa de la mecanización; ya no eran necesarios tantos agricultores e incluso con menos trabajadores aumentaba el volumen de producción. Muchas de estas personas se instalaron en las ciudades para trabajar en las fábricas o emigraron a otros países donde existían posibilidades de prosperar. 

El papel de los cercamientos en la revolución agrícola 

En Gran Bretaña, como en el resto de los países occidentales, existían extensiones muy grandes de tierras comunales sin explotar. A principios del siglo XVIII, algunos terratenientes decidieron obtener el máximo rendimiento de sus tierras y aprovecharon para cercar sus propiedades, incluyendo las tierras comunales. 

Lo que en principio parecía un abuso se convirtió en un procedimiento legal cuando los terratenientes presentaron demandas por esas tierras al Parlamento y se les con cedió la propiedad si eran apoyados por las tres cuartas partes de los otros propietarios de una parroquia. 

En esta batalla perdieron su acceso a los terrenos las gentes sin recursos que aprovechaban los comunales para utilizar la madera, criar algún animal o plantar un pequeño huerto; también fueron perjudicados los agricultores con pequeñas propiedades. A estos últimos, la competencia de los grandes propietarios les hizo vender y abandonar sus pequeños campos, que pasaron a incrementar las grandes extensiones agrícolas; a partir de estas reformas Gran Bretaña se convirtió en uno de los mayores productores agrícolas de Europa. 

España, a la llegada del liberalismo, tenía enormes extensiones de tierras de labor en manos de la Iglesia o vinculadas a mayorazgos, que no podían ser vendidas ni enajenadas y de las que no se obtenía el rendimiento adecuado. En 1836 se desamortizaron estas tierras, en su mayor parte fueron vendidas en pública subasta y adquiridas por capitalistas que no invirtieron para mejorar los cultivos, y estos terrenos quedaron en una situación aún peor que cuando estaban vinculados. 

En Italia había grandes territorios agrícolas propiedad de la aristocracia urbana que apenas servían para alimentar al ganado. Sus dueños no se preocuparon de introducir reformas durante mucho tiempo y para su explotación cedían las fincas a campesinos que sacaban de ellas escaso rendimientos. 

En Rusia las técnicas agrícolas siguieron siendo similares a las empleadas en la Edad Media y la servidumbre continuó vigente. Los siervos que trabajaban la tierra se levantaron en muchas ocasiones, llegando a situaciones extremas. 

En Francia, al contrario de lo que sucedió en Inglaterra, la mayor parte de los pequeños o medianos agricultores vieron acrecentadas sus propiedades después de la revolución francesa por la abolición de derechos feudales, el reparto de fincas de los emigrados y de la Iglesia y el cambio del régimen jurídico de los campesinos. Pese a no existir grandes capitales invertidos, poco a poco las nuevas técnicas agrícolas se pusieron en práctica permitiendo el abastecimiento del mercado interior no pudiéndose afirmar que la agricultura contribuyera al despegue industrial. 

 La revolución demográfica 

Después de miles de años de un crecimiento muy lento, sometido a retrocesos por las catástrofes naturales, guerras, epidemias o crisis de subsistencias, a partir del siglo XVIII la población europea empezó a crecer de forma sostenida y a un ritmo muy rápido. El número de habitantes pasó de los 110 millones en 1700 a 187 millones hacia 1800 y a más de 400 millones a comienzos del siglo XX, todo ello a pesar del fuerte flujo migratorio hacia ultramar. 

Las causas del desarrollo parecen ser varias. Se dio un descenso importante de la mortalidad, especialmente de la mortalidad infantil, atribuido por muchos autores a las mejoras en la alimentación gracias a los avances de la agricultura, a la construcción de redes de alcantarillado y la limpieza de las calles, al abastecimiento de agua potable en las ciudades y a la generalización de la higiene personal. 

Sin duda tuvieron una gran importancia los progresos de la medicina y de la cirugía. El uso de antisépticos en cirugía y la generalización de las medidas higiénicas evitaron muertes y contagios innecesarios, pasando los hospitales de ser lugares donde los enfermos iban a morir a centros de curación. 

El crecimiento de las ciudades desde principios del siglo XVIII a mediados del siglo XIX fue otro fenómeno ligado al aumento de población. La explicación a este crecimiento urbano se encuentra en la emigración de los obreros agrícolas y la oferta de trabajo en las fábricas. 

Otra consecuencia del crecimiento demográfico fue la emigración de aquellos que buscaban oportunidades en otros países. En poco más de un siglo, de 1800 a 1930, abandonaron el viejo continente unos 40 millones de europeos. El aumento de la población y la sustitución de la mano de obra explican la búsqueda de tierras en otros continentes. Además, la revolución de los transportes facilitó los viajes tanto por tierra como por mar. Los principales países receptores de emigrantes fueron Estados Unidos y Canadá en América del Norte y Argentina y Brasil en América del Sur. 

 El trabajo en las fábricas 

Antes de la Revolución Industrial, las energías aplicadas al trabajo habían sido la humana y la animal, pero con la utilización de la energía liberada por la combustión de carbón se inició un nuevo sistema de producción, en el que la fábrica sustituía a los antiguos talleres artesanales. 

Richard Arkwright, inventor de la water frame, fundó en 1771 la primera fábrica en Inglaterra, la Cromford Mill, y la situó a orillas del río Denvert para utilizar la energía hidráulica. Esta primera industria reunía los trabajadores, la fuente de energía y las máquinas en un solo lugar. Arkwright redactó el primer código de comportamiento en las fábricas, para imbuir disciplina a los obreros y conseguir así una mayor productividad para obtener beneficios. Fue un primer intento para racionalizar una nueva forma de trabajo. Se originaron nuevas teorías sobre las técnicas de organización del trabajo, como la enunciada por Baddage, que no consideraba la máquina aislada sino la fábrica en su conjunto y pensaba que la retribución del trabajo debía de estar en función de lo producido por el obrero. 

Durante muchos años paralelamente a la instalación de las fábricas subsistieron los talleres familiares donde se trabajaba a tiempo parcial, con mano de obra barata para completar la producción de las grandes industrias. Estos talleres se mantuvieron en Inglaterra hasta mediados del siglo XIX. 

Los grandes talleres artesanales con obreros especializados también continuaron trabajando hasta la plena mecanización de las fábricas a mediados del siglo XIX; algunos de sus obreros, los que no se adaptaban a las nuevas condiciones fabriles, fueron los que más se enfrentaron, con levantamientos organizados, a esta mecanización que les arrebataba su trabajo. 

Las transformaciones tecnológicas y la organización del trabajo iniciada en el siglo XVIII no produjeron sus frutos en la economía global hasta la segunda década del siglo XIX. 

 La revolución de los transportes 

Hasta el siglo XIX no llegarían a aplicarse las nuevas tecnologías a los transportes y también fue en Gran Bretaña donde se iniciaron las innovaciones en este sector. Durante el siglo XVIII se perfeccionaron los transportes por barco con la invención de nuevos instrumentos de navegación, como el cronómetro, y la mejora de los canales. 

Gran Bretaña contaba con un importante sistema fluvial con caudalosos ríos navegables, especialmente útil para el traslado de carbón y otros materiales pesados. Las grandes obras para mejorar el sistema fluvial inglés se iniciaron en 1761. También se mejoró la red de ríos navegables. Por tierra se renovaron los caminos y se utilizó también el tren, inicialmente arrastrado por tracción animal. 

La revolución en los transportes se produce con la aplicación de la máquina de vapor al ferrocarril y a los barcos. Se inició en 1825 cuando Stephenson construyó una locomotora impulsada por vapor, logró que se moviera sobre raíles y utilizó la primera línea de ferrocarril para llevar carbón entre Stokton y Darlington, después de muchos años de intentos que no habían dado resultados. En 1856, ya en la II Revolución Industrial el convertidor de Bessemer para la producción de acero fue fundamental en este proceso; a partir de entonces el acero se utilizó para la elaboración de locomotoras, raíles, cascos de barcos y toda clase de máquinas, impulsando definitivamente la industria metalúrgica. La construcción del ferrocarril constituyó el invento más importante de su época y supuso un gran estímulo para todas las actividades económicas. 

Supuso un avance fundamental para el desarrollo de nuevas técnicas financieras y normativas legales capaces de asegurar la movilización de capitales, y para las construcciones de obras públicas como viaductos, puentes, etc. 

Las consecuencias de la utilización del ferrocarril fueron de gran importancia al abaratar el traslado de mercancías, productos agrarios y ganado, facilitando la especialización de cultivos para la exportación y dando salida a los excedentes. Dio lugar a la articulación de mercados nacionales e internacionales, la apertura del comercio y la posibilidad de multiplicar los intercambios. En el terreno militar facilitó el transporte rápido de tropas y pertrechos y desde el punto de vista social promovió la movilidad de las personas. 

En el transporte marítimo y fluvial, los nuevos barcos tuvieron una mayor facilidad para adaptar las máquinas de vapor que los ferrocarriles. Los primeros vapores se utilizaron para el transporte interior por canales y ríos, luego por las líneas costeras y transoceánicas. Después, la utilización de máquinas de vapor en los barcos se impuso de forma definitiva hacia 1880; los nuevos barcos compitieron aún mucho tiempo con los clippers, barcos de vela que alcanzaban elevadas velocidades en navegación de altura que sobrevivieron hasta las primeras décadas del siglo XX. 

La revolución en los transportes y en las comunicaciones multiplicó los intercambios e hizo posible la unificación del mundo. 

La nueva cultura política 

La Revolución Industrial produjo en el mundo occidental, en un período de tiempo relativamente corto, un cambio en las condiciones materiales de vida de todas las personas como no se había experimentado nunca anteriormente. En momentos anteriores ya habían ocurrido cambios muy importantes tanto filosóficos (racionalismos), como científicos (leyes de la dinámica celeste), pero su efecto social era muy limitado, habían influido en un número muy reducido de personas. 

Igualmente, fue la fábrica la que dio lugar a la aparición del “conflicto de clases” con dos protagonistas destacados, por una parte la enriquecida burguesía y por otra el proletariado, producto de la masiva migración del campo a las ciudades y de la división del trabajo. 

La magnitud de los efectos sobre la sociedad de su tiempo dio lugar a una profunda reflexión intelectual, que podemos encuadrar en dos vertientes. De una parte aparece la cuestión social y el conflicto de clases.

La Revolución Industrial acarreó un incremento de la producción que, superando al crecimiento demográfico, permitió un importante crecimiento de la renta per cápita y también una mayor distribución de la riqueza, la burguesía frente a los terratenientes. Junto a ello, las masivas migraciones produjeron una concentración obrera alrededor del lugar de trabajo, el hacinamiento de viviendas en los barrios obreros en torno a las fábricas y duras condiciones del trabajo. Todo ello magnificó la percepción de las desigualdades y desembocó en el conflicto social de las dos clases emergentes, burguesía y proletariado. 

De otra parte el éxito material alcanzado se atribuyó al progreso científico y más concretamente al empirismo del “método científico” basado en la observación de los hechos. Se pensaba que la aplicación del empirismo a las relaciones humanas, podía dar lugar al descubrimiento de las leyes que rigen el comportamiento social de las personas, y al desarrollo de las técnicas para modificar este comportamiento en beneficio de los individuos. Sería posible reordenar científicamente la sociedad, convulsionada por las revoluciones políticas y económicas precedentes, y remediar los males que le aquejaban. 

  • Nacimiento de la idea social 

La Revolución Industrial dio lugar a una sociedad más ágil, permeable y compleja. El cambio esencial que se produjo fue la sustitución de la estructura estamental del Antiguo Régimen por la clasista. Las clases privilegiadas en el Antiguo Régimen disfrutaban de exenciones fiscales y estaban liberados de otras servidumbres, mientras que los pertenecientes al tercer estado o pueblo llano debían pagar impuestos para sustentar a los otros estamentos. En la nueva sociedad, de acuerdo con los principios del liberalismo, la ley debía ser igual para todos y ningún puesto o función debía ser monopolio de un grupo social; también se contemplaba la libertad económica, con la desaparición de las normas que limitaban la posibilidad de producir bienes y comerciar con ellos. 

Como es lógico las diferencias económicas subsistieron, mientras que la riqueza y las posibilidades de hacer buenas inversiones y negocios continuaban estando en un número reducido de personas. Pero estas diferencias permitían el progreso sin las cortapisas existente en la sociedad estamental. Aunque los nobles continuaron a la cabeza de esa nueva sociedad de clases, la burguesía desempeñó importantes cargos políticos, se enriqueció gracias a los negocios y pudo incluso obtener títulos nobiliarios. 

El capitalismo, que se basaba en la propiedad privada de los medios de producción, fue el sistema económico del liberalismo, fundamentado en unos principios doctrinales propios que servían para dar respuesta a las necesidades planteadas en esos momentos. Tuvo como consecuencia la aparición del proletariado y el aumento de poder de la burguesía. Para la construcción de fábricas y adquisición de maquinaria los empresarios necesitaban acumular capitales y para conquistar mercado era preciso abaratarla producción en una etapa de gran competitividad. Las empresas encontraban con facilidad abundancia de obreros a los que podían variar las condiciones según las necesidades del que contrataba. 

Las mujeres y los niños debían trabajar también, pese a las malas condiciones laborales, para completar las necesidades de la familia. Los trabajadores más desarraigados eran los que venían del medio rural y se encontraban en un ambiente desconocido sin posibilidades de encontrar ayuda. Pero las ciudades industriales no eran peores que las míseras aldeas, ni las condiciones del obrero industrial se diferenciaban mucho, en lo que a calidad de vida se refiere, de las del campesino pobre. 

Hasta que se inició la industrialización la mayor parte de la población trabajaba en la agricultura y vivía en comunidades rurales de reducido tamaño. Las ciudades eran centros administrativos y comerciales relativamente pequeños. La creación de industrias en las ciudades y la emigración dio lugar a un mayor poblamiento de los núcleos urbanos, con barrios cercanos a los centros industriales, en los que se levantaron edificios sin ningún tipo de planificación en lugares contaminados por el humo de las fábricas,carentes de alcantarillado y agua corriente. En estas precarias casuchas era habitual que toda una familia viviera hacinada en una sola habitación. El trabajo en las fábricas era monótono, con jornadas interminables que llegaban hasta las 14 horas, en algunos trabajos se manipulaban sustancias peligrosas para la salud, como el fósforo, que producía malformaciones óseas y en la minería eran corrientes los accidentes mortales. 

Estas situaciones precarias fueron analizadas por los socialistas “utópicos”, o primeros teóricos del socialismo, críticos con el sistema capitalista, que ponían de manifiesto las grandes desigualdades sociales y ofrecían alternativas o proyectos tomando como base las ideas ilustradas; estaban en contra del liberalismo económico, del capitalismo y defendían un mundo más justo y solidario. Los representantes más destacados de este movimiento fueron: 

  • Robert Owen (1771-1858), nacido en Newton (Inglaterra). En 1801 se hizo cargo de un negocio de sus suegros que administró con eficacia consiguiendo una discreta fortuna. Fundó una escuela animándose a idear un sistema de educación para renovar la sociedad. En 1812 publicó su obra titulada New View of Human Society en la que proclamaba la igualdad absoluta de derechos y la abolición de toda superioridad, mostrando su preocupación por la vida de los obreros. En su fábrica de tejidos de Escocia, fundó una colonia de propiedad colectiva con viviendas para obreros y escuelas para sus hijos, pero este ensayó no triunfó. Siguió promocionando el socialismo y ensayó nuevas experiencias comunitarias sin éxito. Murió en 1858 en Newton, su ciudad natal. 
  • Claude Henri de Rouvry, duque de Saint-Simon (1760-1825), escritor, político, teórico del socialismo y positivista, nació en París. Se preocupó durante toda su vida por denunciar en sus escritos las injusticias sociales que veía a su alrededor. Renunció a su título y se hizo republicano. Fundó varios periódicos y murió en 1825 en la mayor de las miserias. 
  • Pierre Leroux (1797-1871) fue seguidor de las ideas de Saint-Simon. Inició su actividad como escritor publicando artículos filosóficos. Liberal y antimonárquico, entró en la Masonería y en la sociedad de los Carbonarios. Creador del término socialismo, lucho por los derechos de los trabajadores. 
  • Charles Fourier (1772-1837), nacido en Besançon (Francia), fue inventor de un sistema con el que pretendía encauzar las pasiones humanas hacia un fin útil para la comunidad. Proyectó una sociedad ideal llamada Falansterio que sus discípulos pusieron varias veces en práctica fracasando siempre. 
  • Jean Joseph Louis Blanc (1811-1882), nació en Madrid en plena Guerra de la Independencia. Desde muy joven publicó artículos sobre política, poesía y se interesó por la historia. Expuso ideas sobre la organización del trabajo, achacando la miseria social al individualismo y pidiendo solidaridad. En 1848 fue miembro del gobierno provisional revolucionario. Pidió la supresión de la pena de muerte y fundó “talleres sociales” mantenidos por el Estado para emplear a los parados. 
  • Louis Auguste Blanqui (1805-1881) nació en Puget-Teniers (Francia). Estudió derecho y medicina en París y tuvo que ganarse la vida como preceptor hasta que se sintió atraído por la política. Fue un destacado teórico del socialismo utópico. Sus obras ejercieron una gran influencia durante el siglo XIX. Sus continuas actividades revolucionarias y su activo liderazgo fueron la base de la corriente revolucionaria denominada Blanquismo. Pasó muchas etapas de su vida en la cárcel por revolucionario y murió desterrado. 
  • Etienne Cabet (1788-1856). Nació en Dijon, estudio la carrera de abogado, que ejerció unos años sin gran brillantez. Participó en la revolución de 1830. Fue miembro de la sociedad secreta de los Carbonarios, socialista utópico y en su novela Viaje a Icaria, publicada en 1842, trató de demostrar la superioridad del socialismo sobre el capitalismo. En 1848, después de la revolución en la que no participó, se instaló con un grupo de discípulos que cedieron sus bienes a favor de la comunidad en Texas. En su colonia ideal no había más que peleas y discordia y se trasladó a Illinois con unos pocos discípulos, de donde fue expulsado por los mormones. En 1854, después de pasar algún tiempo en Francia, volvió a Illinois para disolver su sociedad, y allí falleció. 


El positivismo 

En su sentido más amplio se entiende por positivismo toda corriente filosófica que proclama que sólo el conocimiento basado en la observación y evaluación de los datos empíricos es sólido y fiable. Se contrapone al idealismo y excluye como fuente de conocimiento las especulaciones metafísicas y las ideas apriorísticas. 

En un sentido más restringido, se aplica a la filosofía derivada del pensamiento de Augusto Comte (1798-1857), que dio origen y nombre a la ciencia de la sociología. Comte, hijo de un funcionario del fisco, nació en Montpellier, Francia, en el seno de una familia profundamente católica y lealmente monárquica, pero los aires republicanos y el escepticismo que dominaban la vida francesa hicieron que desde muy temprano, a la edad de 14 años, abandonara deliberadamente estos orígenes ideológicos. Por su carácter indisciplinado fue expulsado de la École Polytechnique, donde se impartía una sólida formación en matemáticas, ciencia e ingeniería; pero ya por entonces los conocimientos adquiridos le han dado el impulso para concebir la necesidad y creer en la posibilidad de extender los métodos científicos de la física al estudio y mejora delas relaciones sociales. La creación de una nueva ciencia a la que dio inicialmente el nombre de “física social” y luego el de sociología pasó a ser la misión de su vida. Su carácter dogmático le llevó a concebir el positivismo como una religión oficiada por los científicos y de la que él mismo seria el sumo sacerdote. 

Augusto Comte

En 1817 entró a colaborar como secretario con Saint-Simon durante 7 años. Tras romper con él, por pensar que se había apropiado de sus ideas comienza su andadura en solitario. Murió en París a los 59 años. 

En su libro Curso de Filosofía Positiva estableció las bases de su doctrina con su aserto de que tanto la humanidad en su conjunto como el individuo en su desarrollo personal pasaban por tres etapas o estadios de desarrollo y conocimiento. En el primero, estadio teológico o mágico, el hombre busca la explicación delos fenómenos de la naturaleza en poderes sobrenaturales o divinos. El segundo estadio es el metafísico; lo teológico sobrenatural es despersonalizado y reemplazado por cualidades abstractas radicadas en las cosas mismas. Solamente la tercera etapa, la científica o positiva, permite al hombre “observar-preveractuar”. No importa saber lo que las cosas son sino cómo ocurren. La tarea de las ciencias es la de observar las regularidades de los fenómenos naturales y de ellas derivar las leyes generales que los rigen. De estaforma se podrá controlar la naturaleza e incluso la sociedad, asegurando el orden social. Junto a la “ley de los tres estadios”, Comte presentó la idea de que las ciencias están ordenadas jerárquicamente formando una pirámide de seis niveles. El nivel inferior lo constituyen las matemáticas, ciencia que tratando los aspectos más abstractos del conocimiento no necesita para su desarrollo de ninguna otra. En los niveles sucesivos nos vamos encontrando a la astronomía, física, química y biología. El vértice de la pirámide está constituido por la sociología, la última y la más grande de todas las ciencias a las cuales integra y sintetiza en un todo cohesionado. 

Dentro del positivismo del siglo XIX podemos citar junto a Comte, al filósofo, político y economista británico John Stuart Mill (1806-1873) y a Herbert Spencer (1820-1906), que gozó de una enorme popularidad en Gran Bretaña y en Estados Unidos hasta el punto de que su obra más famosa, Estudio de Sociología, llegó a publicarse por entregas. Frente al intervencionismo social propugnado por Comte, derivado de su concepción religiosa de la nueva ciencia, los representantes británicos, grandes admiradores de Adam Smith, defendían que el progreso se alimentaba del esfuerzo individual y propugnaban las ideas económicas del liberalismo.