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jueves, 2 de julio de 2026

EL EMPIRISMO: HOBBES, LOCKE, BERKELEY, HUME

Características del empirismo

El empirismo es una corriente filosófica que se desarrolló en Inglaterra en los siglos XVII y XVIII. El empirismo se define a través de dos tesis principales:
  • El conocimiento se origina en la experiencia sensible (es decir: lo primordial estás en las sensaciones o en los sentimientos en tanto ambos surgen del contacto directo e inmediato entre las cosas del mundo y los órganos sensoriales de los seres humanos).
  • La experiencia sensible no es solo el origen del conocimiento y el origen de la moral sino que es aquello a partir de lo cual se organizan y se legitiman ambos (en la medida en que tanto los juicios sobre los hechos como los juicios morales se anclan, respectivamente, en las sensaciones o en los sentimientos).
Estas dos tesis convergentes conducen a que la tradición empirista rechace tanto la filosofía medieval (el platonismo de San Agustín o el aristotelismo de Santo Tomás) como el Racionalismo del siglo XVII (Descartes, Spinoza, Leibniz).

Del Racionalismo rechazan, por ejemplo, tanto la primacía del conocimiento matemático como la consideración de que el auténtico conocimiento surge de ideas innatas, etc.

Por lo tanto el empirismo se erige sobre el principio siguiente: la base del conocimiento está en la observación (en los datos sensoriales) y la base de la moral está en la pasión (en las emociones, los sentimientos, los afectos). Todo aquello que no encuentre su refrendo o su apoyo en la experiencia sensible de los seres humanos tiene que ser rechazado y descartado por “abstracto” (por “metafísico”, por ser una “especulación trazada en el aire”, etc.). Desde el empirismo, en definitiva, se desplegó una crítica de la escolástica medieval y del racionalismo en la que se discrepa de sus conceptos sobre el Mundo, Dios y el Hombre (y también de la substancia, la esencia y la existencia, la identidad, la causalidad, etc.).

Hay, de todos modos, un punto en común entre el Racionalismo y el Empirismo: a pesar de sus discrepancias ambas corrientes filosóficas modernas comparten la tesis de que debe comenzarse siempre –con el fin de fundamentar el conocimiento y la moral- desde la conciencia humana y sus “contenidos” (sus “representaciones”). Solo así podrá localizarse la base sobre la que reposa el conocimiento, la moral y la política.

Los autores empiristas más destacados –herederos en cierta medida del Nominalismo del final de la Edad Media y de la posición del renacentista Francis Bacon- fueron Hobbes, Locke, Berkeley y Hume (siendo este último el empirista más consecuente, el que llevó más lejos los principios de esta tradición filosófica).


Hobbes

De este autor se estudiará en primer lugar su teoría del conocimiento y a continuación su teoría política.

Teoría del conocimiento

Hobbes desarrolló una teoría del conocimiento a la vez empirista y materialista (bajo la influencia por un lado de Bacon y por otro de Galileo).

Admite Hobbes una tesis general de la ciencia moderna: la ciencia se sostiene sobre el “razonamiento deductivo” (sobre la fijación de conexiones deductivas), y el principal razonamiento de este tipo es la denominada “inferencia causal” (en la que se busca conocer un efecto remontándose a su causa). La ciencia, por lo tanto, es el conocimiento de relaciones causales (la causa no es por lo tanto una propiedad de una cosa sino una relación entre al menos dos fenómenos o dos hechos). Una relación causal, una vez reconocida, explica el movimiento de la materia (de la realidad física) en la medida en que establece que un fenómeno es causa de otro fenómeno (su efecto). En la ciencia física la relación causal es una ley que estipula para cada movimiento o cambio qué es la causa y qué es el efecto, y esta ley es una ley que puede ser cuantificada, expresada matemáticamente sea a través de la aritmética o de la geometría (el que las leyes causales de la física sean matematizables es lo que hace que esta ciencia sea considerada la ciencia por excelencia, el conocimiento más relevante). ¿Dónde aparece en esta consideración el “empirismo”? Hobbes subraya que las causas y los efectos solo se conocen por la observación de los hechos, es decir: a través y a partir de la experiencia sensible. Solo después de la detenida y repetida observación de los hechos en un segundo momento se aplica el conocimiento matemático en el que se cuantifica la causa y el efecto (es así como Hobbes conjuga una tesis empirista con el paradigma matemático del conocimiento físico propio del siglo XVII).

Gracias al conocimiento empírico proporcionado por las ciencias la mente humana (su razón o su entendimiento) consigue predecir los sucesos del mundo (¿qué es una predicción? Sobre todo es anticipar el futuro desde la experiencia del pasado). Y la predicción de los sucesos naturales, realizada a partir del cálculo matemático, permite por su parte el control de esos sucesos, es decir: permite el control mismo de la naturaleza (concebida pues como un “sistema determinista”, como una máquina regular, ordenada de un modo previsible, organizada según tramas precisas de relaciones causales constantes y permanentes).

Por último destacaremos de la teoría empirista del conocimiento propuesta por Hobbes dos tesis que aparecerán también en los demás autores de esta misma corriente filosófica: a) hay un rechazo expreso de la afirmación racionalista de que la mente humana posee una serie de ideas innatas; b) el lenguaje del conocimiento consiste en una combinación de signos según las reglas de la gramática y de la lógica.


Teoría política

La filosofía política es, en el contexto de la era moderna del mundo, un intento de entender en qué consiste la relación entre la sociedad civil (asociación compuesta por individuos, por ciudadanos) y el Estado (el poder del gobierno de los asuntos públicos, de los temas comunes).

En su filosofía política aplicó Hobbes un modelo a la vez geométrico y físico (mecánico). Partiendo de las analogías que proporciona este modelo su teoría política comienza realizando un estudio empírico de la “naturaleza humana”; en él se concluye lo siguiente: los individuos humanos se definen por unos impulsos (instintos, pasiones) egoístas que guían inexorablemente la voluntad humana. Una porción de esos impulsos tienen un carácter hedonista: conducen a perseguir el placer y evitar el dolor (así el bien y el mal se definen en base a esos dos impulsos –uno de atracción hacia el placer y el bien y otro de repulsión hacia el mal y el dolor). Pero el impulso central de la naturaleza humana induce en él un desmedido afán de poseer y de acaparar todo lo que se pone a su alcance; la teoría política de Hobbes, por lo tanto, tiene su punto de partida en definir a los seres humanos desde un radical “individualismo posesivo” (el individuo humano, según este retrato, es propiamente insaciable y por eso está perpetuamente insatisfecho, su movimiento apetitivo nunca cesa, nunca encuentra reposo y sosiego). Esta situación inicial y originaria de los seres humanos da pie a lo que se llama aquí “estado de naturaleza” (un estado presocial, prepolítico, prejurídico); este estado o situación “natural” (primitiva, ancestral) es en el fondo un “estado de guerra”: todos luchan contra todos, sin ley, sin orden, o sin otra “ley” y otro “orden” que la mera prevalencia –inestable, precaria- del más fuerte (del más cruel y despiadado, del que satisface sin miramiento alguno sus apetitos posesivos). Desde luego, apunta Hobbes, este estado de guerra constante es penoso, insoportable, extenuante, convierte la vida en un auténtico tormento, en un infierno; así pues el propio “estado de naturaleza” –propio de las hordas bárbaras- impulsa o anima a salir de él de algún modo: impele a buscar una escapatoria. ¿Y cuál es la salida más racional a ese estado lamentable? Que los individuos egoístas se asocien en una “sociedad civil” en la que firman un Contrato (establecen un pacto, subscriben un acuerdo) según el cual todos y cada uno ceden y delegan su respectivo poder en una instancia superior: el Estado (vertebrado por el Derecho, por el imperio de la Ley y el Orden que ésta fija y define). A partir de este instante -en el que los individuos pactan ser todos por igual obedientes súbditos de un único soberano- el Estado se erige en la sede única del auténtico y legítimo poder político. El poder del Estado, por su parte y según los términos del contrato firmado, está orientado hacia un fin principal: evitar por todos los medios que vuelva el temible y terrible “estado de naturaleza” (un estado que está, en razón del egoísmo inextinguible de los impulsos humanos, siempre latente, siempre amenazando en la sombra). El Estado es así el depositario y el administrado de un poder total –por ejemplo monopolizando la coacción y el castigo a los individuos que desobedezcan la ley y transgredan el orden establecido por ella. Y ese poder completo será legítimo siempre y cuando persiga el fin sobre el que se articula el pacto social o contrato ciudadano: proteger la paz social y asegurar la vida y las propiedades de los súbditos.


Hobbes afirma, completando lo expuesto hasta aquí, que en tanto que el poder solo reside en el Estado el pacto social una vez subscrito y aceptado es irreversible e irrevocable. Por otro lado Hobbes insiste en que el poder del Estado es indivisible: la soberanía no se puede parcelar o trocear sin perder su fuerza y eficacia (un poder del Estado dividido caería a medio plazo en la descoordinación y donde debería reinar el orden empezaría a imperar el caos). Por ello Hobbes apunta así la idoneidad de un único mandatario, apostando entonces por una Monarquía (en ella el soberano no puede estar sometido a la Ley del Derecho pues él es la instancia que promulga la ley y se responsabiliza de su cumplimiento por todos los individuos). Por otra parte –pues solo así el poder del Estado es un poder completo y total- el poder político debe incluir en su seno el poder religioso, coincidiendo con ello el Estado y la Iglesia (no puede haber pues por un lado un Rey y por otro un Papa: tienen que coincidir en un solo mandatario).
Estas son las principales coordenadas del absolutismo político propuesto por Hobbes (una teoría política empirista que se sostiene sobre el iusnaturalismo –la hipótesis de una ley natural- y la idea de un contrato social como origen de la soberanía, etc.); su teoría política está en el fondo vinculada con las monarquías absolutistas que preponderaron en los siglos XVII y XVIII.




Locke

Estudiaremos de este autor por un lado su teoría empirista del conocimiento y después su teoría política (en la que tiene su origen el liberalismo europeo).

Teoría del conocimiento

La tesis central es la común a todo el empirismo: el fundamento último del conocimiento está en la experiencia sensorial, en los datos de los sentidos (¿por qué? porque según esta corriente filosófica lo sensorial es lo único que se capta propiamente de un modo directo e inmediato, es decir: de un modo cierto, seguro y, a la postre, indudable, infalible, incorregible). Por lo tanto Locke sostiene que la experiencia sensorial –en la que se aprehenden hechos particulares del mundo, sucesos empíricos- es el origen del conocimiento, la principal fuente de su validez (o el criterio de su certeza) y, también, eso que marca su límite.

Lo primero y lo primordial es pues la sensación. Sobre ella reposa y se apoya todo lo demás, por ejemplo la reflexión (la captación introspectiva de la propia mente –sus estados y sus operaciones) y la abstracción (en la que surgen los conceptos o las ideas generales). Por lo tanto Locke afirma que todo en el conocimiento depende en último  término de la presencia –o de la ausencia- de las sensaciones (aunque Locke, siguiendo aquí a Descartes, destaca la certeza y la evidencia de la reflexión pues en la aprehensión de la conciencia por ella misma apenas hay lugar para el error o la confusión; por lo tanto la experiencia sensible externa aún siendo la fuente, el criterio y el límite del conocimiento a veces da pie al error y el engaño, en cambio la experiencia interna es segura y cierta).

También formula Locke una crítica de la tesis racionalista de que la mente está provista siempre de una serie de ideas innatas (por ejemplo las ideas matemáticas o la idea de Dios, tal y como defendía Descartes). Compara así la mente humana a un papel en blanco en el que poco a poco, en el curso mismo de la experiencia, se van imprimiendo las sensaciones (a partir de las cuales, posteriormente, surgen ideas generales, la ideas abstractas del entendimiento –gracias a la memoria, la imaginación y el lenguaje). ¿Qué es una “sensación”? Una sensación, cada sensación, es el efecto en la mente –y en los órganos sensoriales del cuerpo- del objeto externo, de las cosas materiales (dotadas de propiedades –sean cualidades primarias, es decir, cuantificables, o cualidades secundarias, propiedades que no se pueden matematizar).

Locke propone una clasificación de las ideas (de las representaciones de la mente humana –de los “contenidos de conciencia”, eso que la mente capta primariamente dentro de sí misma). Por una parte, y de un modo básico, hay ideas simples e ideas compuestas (o complejas). Las ideas simples –esas que no se pueden descomponer en partes más pequeñas- son ideas de sensación (la captación de un color, un sonido, un sabor o un olor) o ideas de reflexión (ideas propias de la experiencia interna, de la introspección en la que un yo capta sus propios estados, sus procesos, sus operaciones). Las ideas complejas o compuestas son una combinación de ideas simples realizada por la mente siguiendo unas pautas determinadas (así la idea de una manzana es compleja –está compuesta de ideas simples como la redondez, el color amarillo, el sabor ácido o dulce, etc.).

Desde luego Locke sostiene que aunque parta siempre y necesariamente de lo particular, de lo que se ofrece a los datos de los sentidos, de las sensaciones, el conocimiento es un conocimiento de lo general (un veterinario sabe algo de los perros o de los gatos “en general” –y no solo de este o aquel gato o perro particular con el que ha tenido un contacto directo e inmediato). ¿Y qué es lo que explica –según esta teoría empirista del conocimiento- el paso de la experiencia sensorial de lo particular al conocimiento de lo general? Una complicada y delicada operación de la mente denominada “abstracción”; ¿en qué consiste, dicho con brevedad, “abstraer”? En separar, aislar y retener unas pocas propiedades –las comunes y las más estables- operando así, en base a las cosas y los sucesos concretos y particulares, una simplificación y una generalización. Gracias a la abstracción de la mente –en base a las ideas simples de sensación- se alcanzan unas ideas generales o unos conceptos abstractos (además de la memoria y la imaginación en el proceso abstractivo desempeña un papel central el lenguaje, las palabras o los signos lingüísticos, especialmente lo que llamamos “nombres comunes”, pues es en ellos donde se encarnan las ideas abstractas de la mente). La abstracción, en definitiva, como paso de lo particular a lo general, es lo que permite, por ejemplo, que el conocimiento realice clasificaciones de las realidades concretas que se brindan en la experiencia ordinaria (surgiendo así las taxonomías de la botánica o de la zoología en las que se ordenan las plantas y los animales en un cuadro general de especies y de géneros).

La posición de Locke –como la del conjunto de los autores del empirismo- es en el fondo “nominalista” (heredando así algunas de las tesis que a finales de la Edad Media propuso Guillermo de Ockham). Y un punto central del nominalismo se encuentra en el frontal rechazo del esencialismo de la tradición platónica y aristotélica que se asentó en la Edad Media a través de San Agustín y Santo Tomás. La tesis empirista es siempre esta: aunque el conocimiento sea siempre conocimiento de lo general este conocimiento reposa una y otra vez –si no quiere perderse en etéreas especulaciones sin fundamento- sobre lo único que propia y realmente existe: las realidades particulares que aprehendemos directa e inmediatamente a través de la experiencia sensorial (a partir de las ideas simples de sensación). Y esto último excluye que el mundo esté atravesado y sostenido por una única y rígida trama de esencias universales y necesarias. El empirismo es así una versión moderna –tamizada por las ciencias que se sostienen sobre la observación de los hechos mundanos- del nominalismo.

Partiendo pues de sus afirmaciones empiristas emprende Locke una crítica –muy moderada en su caso- de la metafísica tradicional (de las filosofías medievales que se habían forjado combinando el cristianismo con la herencia griega del platonismo y el aristotelismo). La tradición de la metafísica –en la que los empiristas incluían a sus directos competidores: los racionalistas de la Europa continental- pretendía aportar conocimientos esenciales sobre el Mundo (cosmología racional), Dios (teología racional) y el Hombre (psicología racional), considerando además que el Mundo, Dios y el Alma (la esencia del hombre) son tres substancia suprasensibles e inteligibles. Pero el empirismo, como venimos diciendo, afirma tajantemente que todo el conocimiento “racional” tiene que reposar en última instancia sobre la experiencia sensorial, y por eso los autores de esta corriente –con mayor o menor vehemencia, según los casos- rechazan este pretendido conocimiento de las esencias suprasensibles de las substancias: lo consideran algo ilusorio, carente de base real, de sustento sensorial (lo abstracto del conocimiento solo es legítimo cuando puede ser remitido a lo particular que se alcanza en las ideas simples de sensación).

Locke no excluye, al contrario lo defiende expresamente, que haya un riguroso conocimiento demostrativo que enlace y articule conceptos abstractos (ideas generales) según relaciones lógicas (relaciones deductivas) o relaciones matemáticas (en la aritmética y la geometría). Pero este conocimiento demostrativo o deductivo tiene que reposar en última instancia en el conocimiento intuitivo: el conocimiento directo e inmediato propio de la experiencia sensible de las cosas o sucesos particulares. La metafísica tradicional –denostada por el empirismo- surgió cuando se creyó erróneamente que el conocimiento demostrativo o las definiciones conceptuales “van por libre”, vuelan por el cielo sin ataduras terrenas, surcan un reino suprasensible o inteligible sin atarse a la base empírica del conocimiento (y es así cuando surgen tesis tan fantasiosas como carentes de cualquier prueba en los hechos particulares sobre la esencia, la substancia, Dios, el Alma y su inmortalidad, etc.). Un ejemplo: Locke afirma que la “esencia real” de las “substancias” (es decir, lo general de las realidades particulares) depende enteramente de la “esencia nominal”: es decir, lo único que puede ser legítimamente alcanzado por el entendimiento humano es un conocimiento general y abstracto (de raíz lingüística en tanto que fragua gracias a los nombres comunes) cuya base y sustento está en lo único que propiamente existe: las cosas y sucesos particulares sensorialmente aprehendidos. Es decir: la “definición esencial” postulada por la tradición metafísica no es otra cosa que una “definición nominal” (según palabras y conceptos) respaldada por los datos de los sentidos (por la observación de hechos concretos, por sucesos particulares).

Partiendo de coordenadas empiristas Locke lleva a cabo una crítica de la explicación tradicional de la “identidad personal” (de eso que nos define a cada uno de nosotros). Se suele afirmar que la identidad de cada uno reposa y se entiende a partir de un “yo substancial” (lo que Descartes llamaba “res cogitans”, por ejemplo): la substancialidad del yo –de lo que cada uno es- se basaría en que hay siempre un soporte fijo y permanente ubicado más allá de sus características concretas y peculiares. Pero ¿hay pruebas empíricas de que cada yo es una substancia previa y más profunda que los rasgos que podemos observar que pertenecen a cada persona? Locke afirma que no hay prueba de algo así, por eso rechaza que la identidad personal implique que el yo sea una substancia (un soporte insondable y profundo de las cualidades comprobables en la experiencia cotidiana). ¿En qué consiste por lo tanto, concebida sin ilusiones metafísicas, la identidad personal (eso que nos define a cada uno)? La identidad personal tiene dos vertientes –y surge por lo tanto de la convergencia de ellas-: un lado formal (una vacía autoconciencia o conciencia de sí mismo) y un lado material (la memoria del pasado, el recuerdo de unas concretísimas vicisitudes y peripecias, las propias de cada biografía).


El liberalismo político

La principal aportación de Locke a la filosofía política de la modernidad se concentra en el desarrollo de una tesis liberal; esta tesis surgió a partir de una crítica del absolutismo político que había defendido Hobbes.

La teorías política de Locke es a la vez contractualista y “iusnaturalista” (postula una “ley natural” –una ley originaria y primordial situada en la base de las “leyes positivas” del Derecho sobre las que se vertebran la sociedad y el Estado). Partiendo de un “estado de naturaleza” (presocial, prepolítico, prejurídico) inestable e inseguro surge la necesidad de abandonarlo o dejarlo atrás con el propósito de evitar los atropellos recíprocos y las guerras; así los individuos –vinculados, reunidos o asociados en la sociedad civil- acuerdan (pactan sellando un contrato) ceder al Estado su poder, renunciando a ejercerlo directamente. En ese contrato en el que los individuos consienten obedecer a un poder superior –convirtiéndose en súbditos de poder estatal- se estipula el fin del Estado: su objetivo principal está en asegurar la propiedad privada y preservar la libertad individual (libertad que incluye la libertad de conciencia y por ello también la tolerancia religiosa). 

El Estado así se convierte en un árbitro neutral respecto a las transacciones y las interacciones entre los individuos en el seno de la sociedad civil.

¿Qué distingue el liberalismo de Locke del absolutismo de Hobbes? Principalmente la tesis de que el poder del Estado respecto a la sociedad civil y los individuos es un poder limitado (en vez de ser un poder ilimitado, absoluto). La limitación liberal del poder estatal se concreta al menos en las dos siguiente cláusulas del contrato social –ausentes en la propuesta de Hobbes-: a) la cesión de los individuos de su propio poder es provisional, nunca es definitiva, por ello la sociedad civil puede revocar a un mal gobierno y sustituirlo por otro mejor, menos lesivo o dañino para el interés general; b) el gobernante está bajo la misma ley que él promulga, así cuando pretende situarse por encima de la ley se vuelve un tirano que debe ser derrocado por haber incumplido el pacto social.

Respecto al poder del Estado aboga Locke por su división o su separación (y en esto también rechaza la posición hobbesiana). Así Locke distingue entre el poder legislativo (residente en una Asamblea de representantes, un Parlamento encargado de promulgar leyes sobre los asuntos comunes), el poder ejecutivo (encomendado a la tarea de aplicar las leyes, obligando así, coactivamente si fuese necesario, a que se cumplan por parte de todos y cada uno de los súbditos) y el poder federativo (orientado a definir y concretar las relaciones de un Estado con otros Estados).

Por otra parte Locke defiende la estricta separación entre la Iglesia y el Estado: una y otra institución deberían actuar en paralelo, sin interferirse mutuamente. La Iglesia, entonces, tiene que renunciar al poder terrenal (absteniéndose, por ejemplo, de la aplicación de un castigo a los que se muestran infieles a su credo). También abogó por la tolerancia entre distintas religiones, aunque en el sentido restringido de tolerancia entre las distintas religiones cristianas (por ejemplo el protestantismo y el catolicismo); el motivo de esta restricción se encuentra en el punto siguiente: según Locke el cristianismo es la “verdadera religión” (la genuina “religión racional” o “religión natural” –la religión que tiene que aceptar todo hombre pues se adecúa a su naturaleza, etc.)


Berkeley

El empirismo de este peculiar obispo inglés puede ser definido a partir de su contraste con el empirismo de Hobbes: Berkeley rechaza la tesis materialista según la cual el origen de los datos de los sentidos está precisamente en la realidad física, en el mundo exterior (entendido como un mundo anterior e independiente de la mente humana –una mente que se limita a recibir como efectos los estímulos que proceden de fuera de ella, unos estímulos causales que en la mente se convierten en sensaciones, en representaciones sensoriales). El empirismo de Berkeley es por lo tanto “inmaterialista” pues niega o rechaza la existencia de la materia, de la realidad física externa, del mundo; en cambio, como veremos a continuación, lo único que existe es la mente y sus contenidos. Estamos pues aquí ante un extravagante “empirismo espiritualista”.

Se suele creer y afirmar que la experiencia sensorial más simple y básica es la experiencia común y corriente de los “cuerpos” (una mesa, un árbol, un caballo). Pero pregunta Berkeley: ¿qué es un “cuerpo”? Empiristas anteriores como Hobbes o Locke decían al respecto: un “cuerpo” es una “realidad material”, externa a la mente humana e independiente de ella; un cuerpo, así, es algo que puede ser conocido científicamente en base siempre a la experiencia sensorial. Pero esta afirmación es rechazada por Berkeley: nada es propiamente hablando ni externo a la mente ni independiente de la mente (la mente y sus contenidos conscientes: las ideas). ¿Qué es entonces, desde la posición de Berkeley, un “cuerpo”? Única o exclusivamente un conjunto de percepciones, un agregado, suma o yuxtaposición de sensaciones. Todo lo que suele denominarse “real” (las llamadas “cosas materiales” o la “realidad física”) no es sino un conjunto estable de sensaciones en la mente de los hombres. No hay pues algo previo a esas sensaciones o independiente de ellas. Por eso concluye Berkeley: “esse est percipi”, o sea: “ser” (existir y tener una cierta consistencia o unas características) es “ser percibido” (estar sensorialmente captado por una mente o una conciencia). Por lo tanto lo propia y auténticamente real no es una presunta “realidad material” (previa, autosuficiente, independiente sino la mente y sus ideas): lo que hay primordialmente y con entera certeza y evidencia es el yo consciente y sus contenidos de conciencia (sus representaciones mentales, internas, interiores).

Ahora bien: las ideas de la mente humana no las ha generado la propia mente; tampoco son ideas innatas. Cada vez que una mente experimenta y capta una sensación es consciente de que esa sensación es “recibida”. Pero si es falso que las ideas simples de sensación –la base última del conocimiento- provienen directamente del mundo externo (y esta era la tesis defendida por Hobbes y Locke) ¿de dónde provienen las ideas de la mente? No procediendo del hombre (del interior de su mente o conciencia), tampoco del mundo, entonces, sostiene Berkeley, solo puede provenir de un ser superior: Dios. Así pues su Mente infinita “emite” las ideas que capta la mente humana (finita). Esa emisión por parte de Dios de las ideas se efectúa de un modo coherente, ordenado, organizado, y por eso el conocimiento se articula según leyes, leyes que expresan y definen el orden de las ideas que es captado pasivamente por la mente humana.

Berkeley rechazó del empirismo de Locke dos tesis:
  • Berkeley niega que haya “ideas abstractas” (o sea, conceptos generales). El nominalismo de este autor es pues más radical que el de Locke: solo hay ideas particulares, ideas concretas (a cada una de las cuales le corresponde un nombre); por lo tanto el conocimiento de lo general es solo un conocimiento conseguido a través de los signos lingüísticos (pero sin que en la mente humana residan, después del proceso de la abstracción, lo que Locke llamaba “ideas generales”).
  • Berkeley niega también la distinción, mantenida por Locke, entre cualidades primarias (las propiedades cuantitativas –figura, extensión, duración, etc.) y las cualidades secundarias (cualidades que se resisten a ser matematizadas –como los sabores, el color, los olores, etc.). Según Berkeley solo hay propiamente cualidades secundarias (pero entonces: ¿cómo explica que se haya desarrollado la ciencia física, es decir, el conocimiento matemático de la realidad material?).
Muchos críticos de Berkeley ya le advirtieron en su propia época de lo extravagante de su posición empirista. ¿En qué punto, por ejemplo, puede detectarse una enorme incongruencia en esta posición? Berkeley reduce las cualidades de las cosas a ser meras o puras ideas en la mente humana, ahora bien ¿el color verde de una hoja es idéntico a la sensación de verde recibida por la mente? Este autor respondería afirmativamente, pero no hay razones serias que avalen una tesis de este tipo.


Hume

David Hume desarrolló la posición empirista de un modo a la vez radical y consecuente, y por ello puede ser considerado el punto culminante de esta tradición filosófica.

En su obra formuló con contundencia un completo escepticismo sobre las tres Ideas metafísicas de la tradición: Mundo, Dios y Alma (la esencia del hombre). Según Hume la mente humana no tiene ninguna noticia fidedigna y merecedora de algún crédito sobre estas tres presuntas substancias suprasensibles; por lo tanto el referente de esas Ideas carece tanto de existencia como de una esencia comprobable. Así pues Hume llevó a cabo –antes que Kant o que Nietzsche- una radical crítica, empirista en su caso, de la metafísica tradicional.

En Hume encontramos, desde luego, la tesis principal de toda forma de empirismo: el conocimiento se apoya en la experiencia sensorial (de ella obtiene su validez y en ella tiene su límite). La mente humana capta dos tipos de “contenidos”: a) las impresiones (los datos de los sentidos, la presencia directa e inmediata, viva y fresca, de las cosas); b) las ideas (Hume llama “idea” a todo tipo de representación mediata, todo tipo de captación de algo que no sea directo e inmediato –así tanto la memoria como la imaginación y el entendimiento captan “ideas” en vez de impresiones; las ideas del entendimiento son los conceptos, los cuales son signos de las cosas exteriores o de los procesos interiores).


La tesis central del empirismo de Hume dice así: toda idea (todo conocimiento mediato e indirecto) será legítima únicamente si proviene de alguna impresión o si puede ser remitida a una impresión (el conocimiento mediato tiene que apoyarse en el conocimiento inmediato). Por lo tanto si una idea (por ejemplo el concepto que se refiere a “Dios” como ente supremo, etc.) no procede de ni remite a una impresión o un conjunto de impresiones debe ser declarada ilegítima y por ello errónea y falsa.
El conocimiento es concebido por Hume como la asociación de ideas en base a las impresiones de las que las ideas proceden. Esta asociación o conexión entre las ideas se realiza siguiendo tres principios o pautas: la semejanza (gracias a las cual las cosas particulares se agrupan en clases); la contigüidad en el espacio y en el tiempo (siendo el espacio el orden de lo simultáneo y el tiempo el orden de lo sucesivo); la causalidad (en virtud de la cual algo aparece como causa o como efecto). 

Por otro lado –y de un modo congruente con el núcleo del empirismo- el conocimiento demostrativo (en el que se combinan o asocian ideas) depende por entero del conocimiento intuitivo, de la captación de impresiones sensoriales. Este último es el pilar fundamental del conocimiento, su clave de bóveda: solo el conocimiento intuitivo –el conocimiento por impresiones de los sentidos- es cierto, seguro, fiable.
Distingue Hume dos grandes clases de conocimiento:
  •  El conocimiento de las “cuestiones de hecho” (es el conocimiento propio de las ciencias empíricas, por ejemplo la física, la química, la zoología o la botánica, la historia, etc.).
  •  El conocimiento de las “relaciones entre ideas” (se trata del conocimiento de las ciencias demostrativas, ciencias puras en las que lo conocido no son hechos reales del mundo; son ciencias de esta clase la lógica –ciencia deductiva del razonamiento- y la matemática –ciencia deductiva sea de las relaciones entre números, como la aritmética, o de las relaciones espaciales entre figuras, como la geometría).
Tal y como se apuntó anteriormente Hume realizó una crítica profunda y completa de la metafísica tradicional a partir de la tesis empirista según la cual toda idea abstracta (representación conceptual) no respaldada por una impresión o una serie de impresiones será considerada en adelante errónea, falsa, fuente de confusión y oscuridad. Hume reprocha a la tradición que ha intentado una y otra vez pronunciarse con rotundidad (dogmáticamente) sobre temas y cuestiones respecto a los cuales no hay en modo alguno evidencias concluyentes (por ejemplo la existencia de Dios como causa creadora del mundo, la existencia de un alma inmortal, la tesis de que el mundo es independiente de toda forma de captación o experiencia, etc.). En adelante –y gracias a la racionalidad y la sensatez propiciada por el empirismo- esas ideas dogmáticas serán sustituidas por un sano escepticismo respecto a todo aquello sobre lo que por más que nos intrigue poco o nada podemos averiguar con un mínimo de rigor y solvencia. Así pues Hume realizó una crítica de la idea tradicional de “substancia” (y con ella de las nociones de Mundo, Dios y Alma concebidas como las tres principales realidades substanciales) y una crítica de la idea tradicional de “causalidad”. Vayamos pues ahora con algunos aspectos de la crítica humeana a la metafísica tradicional.

La “identidad personal” ha sido explicada acudiendo a la idea de un yo substancial (y con él a un alma inmaterial como esencia última del ser humano). Gracias a la aplicación al ser humano del concepto de substancia se concebía la identidad del yo, la identidad de cada persona, como algo fijo, permanente, constante, inmutable. Pero todo esto es completamente negado por Hume. ¿Qué es el yo y cuál es su identidad? El yo –eso que es cada uno de nosotros- es únicamente un haz (una colección) de impresiones, ideas, sentimientos, etc., una serie de estados o procesos internos que están enlazados entre sí de un modo ordenado sin tener necesariamente que remitir a una substancia previa, a un soporte único y fijo sobre el que arraiguen. El “yo” –la identidad que define a cada uno- se decanta por lo tanto en la experiencia, es, por así decirlo, posterior a ella. Por otro lado Hume resalta la importancia que en la forja de la identidad personal tiene la memoria: yo soy yo porque recuerdo mi pasado, es decir: todas aquellas experiencias o vivencias que he tenido, por las que he atravesado y en las que he llegado a ser quien soy (y si olvidara todo eso perdería al final mi identidad).

Como parte de su crítica empirista de la metafísica tradicional Hume rechaza la validez de cualquiera de las pruebas que se han ensayado para probar la existencia de un único Dios que sea la causa creadora del mundo. Hume sostiene que no hay ningún modo razonable de llegar a la conclusión de que existe una substancia eterna e infinita que ha creado todo desde la nada. Esta tesis –propugnada por la religión y por varias tradiciones filosóficas empapadas de los dogma de la fe- es un supuesto dogmático indemostrable empíricamente, y por ello debe ser abandonada.

Hume realizó, a su vez, una importante reformulación del principio de causalidad. Hasta entonces se afirmaba que el conocimiento causal de la ciencia (o de la teología cuando se pensaba que era posible probar que hay una única causa creadora) es un conocimiento necesario y universal (en base a esta afirmación se convertía al conocimiento causal en un conocimiento puramente demostrativo, enteramente deductivo). Pero esta concepción de la causalidad, dice Hume, es exagerada y errónea. El conocimiento causal es un conocimiento de “cuestiones de hecho”; es cierto que en el conocimiento causal opera una inferencia o un razonamiento pero no es menos cierto, y aquí está la clave del tema, que la explicación causal de los hechos se apoya exclusivamente en la observación repetida de los sucesos del mundo. ¿Y qué es lo que repetidamente se observa cuando se pretende fijar una conexión causal? Se observa que de un modo regular y constante a un fenómeno determinado (“a”) le sucede en el tiempo una y otra vez otro fenómeno determinado (“b”). Esto implica algo de crucial importancia –algo que rebate la idea tradicional sobre la causalidad-: el conocimiento causal en el que se infiere y establece que “a” es una causa y “b” es su efecto es un conocimiento al que debe otorgársele un grado de probabilidad en base a la cantidad mayor o menor de observaciones realizadas; así pues cuando el conocimiento da con una ley causal tiene que especificar, mediante un cálculo de probabilidades, cuál es la frecuencia de que ocurra tras un suceso concreto otro suceso concreto. En definitiva: la inferencia causal, el enlace entre una causa y un efecto, se realiza en base a la experiencia sensorial y nunca puede ir más allá de ésta; el conocimiento causal de las leyes de la naturaleza es un conocimiento inductivo que se desenvuelve según grados de probabilidad, así pues la predicción de sucesos futuros tiene siempre un alcance limitado pues nada garantiza de un modo definitivo y seguro que el futuro será idéntico al pasado. Las relaciones causales no son pues necesarias y universales: son conexiones constantes más o menos probables.

La teoría ética, la filosofía moral, de Hume es a la vez emotivista y utilitarista; es emotivista porque afirma que los juicios morales referidos a las conductas de los seres humanos desplegadas en las instituciones de la vida social se apoyan en última instancia en emociones, en sentimientos (unas impresiones distintas de las percepciones pero tan básicas como ellas); es utilitarista porque lo primario se localiza en la utilidad social de las normas, los deberes y los derechos, etc.

Hume escribió dos libros dedicados a realizar una crítica de la religión. Por un lado señala la falta de evidencia de las distintas pruebas que se han presentado tradicionalmente con el propósito de probar la existencia de un Dios creador. Por otro lado expuso con detalle una explicación del origen de las religiones; Hume sostiene que las religiones han surgido a partir del sentimiento de temor ante los infortunios (el dolor, la enfermedad, la muerte, etc.) aprovechado en beneficio propio por unos personajes (los profetas o los sacerdotes) que de un modo oportunista sitúan delante de las gentes temerosas la zanahoria de la esperanza (una esperanza ilusoria, engañosa, supersticiosa). Por otra parte advierte Hume que el monoteísmo –postulando un único Dios verdadero- fácilmente conduce a la intolerancia y a la violencia (sea promoviendo guerras de religión o la persecución de los “herejes”, etc.); en cambio el politeísmo es en general más tolerante con la diversidad de creencias.

viernes, 26 de junio de 2026

SCHOPENHAUER

La necesidad metafísica del hombre

Kant había sostenido que la metafísica -un presunto conocimiento de lo suprasensible (Mundo, Alma, Dios)- era inviable (rechazando así, por ejemplo, lo que proponía Descartes); la metafísica no es un conocimiento válido racionalmente pues este debe moverse dentro de los límites de la experiencia sensible, dentro del mundo fenoménico. Kant, por lo tanto, llevó a cabo una profunda crítica de la metafísica tradicional (por ejemplo afirmando que no cabe ninguna prueba de la existencia de Dios o de la inmortalidad del alma). A la vez, sin embargo, Kant situaba en el hombre un profundo anhelo metafísico pues éste demanda respuestas omniabarcantes a sus preguntas, por eso, en último término, decía que Mundo, Alma y Dios son Ideas de la razón que aunque no sean propiamente objetos que existen en la realidad guían de todos modos -como faros en la niebla- el Progreso de la humanidad en el terreno del conocimiento y de la moral.

SCHOPENHAUER

Schopenhauer parte de aquí. Comienza aceptando estas tesis kantianas aunque la asume en un contexto distinto. Por ejemplo, el rechazo de la existencia de Dios -es decir, la constatación de la insuficiencia de las pruebas o demostraciones que tradicionalmente se habían dado en la “teología racional”- afecta, según su planteamiento, al conjunto de la fe religiosa, hasta el punto de que Schopenhauer defiende un completo ateísmo (Kant nunca había llegado tan lejos, dejando un pequeño sitio a la fe).

En general Schopenhauer -partiendo de Kant- propuso una metafísica renovada en la que la “razón” termina pasando a ser algo secundario o subordinado. La metafísica de este autor, como se irá viendo en el conjunto de la exposición, es una Metafísica de la Voluntad. Pero, ¿por qué Schopenhauer, a pesar de aceptar la crítica kantiana, sigue proponiendo una “metafísica”? La respuesta que ofrece es la siguiente: respecto al ser humano la metafísica es de algún modo necesaria según tres coordenadas: 
  • a) hay una necesidad teórica satisfecha gracias al conocimiento del mundo (estamos aquí en el nivel de la “representación”); 
  • b) hay una necesidad moral en tanto los hombres necesitan algún tipo de orientación para sus conductas (es la tarea de la ética, de lo que Kant llamaba “razón práctica”); 
  • c) por último, pero de un modo aún más fundamental, los hombres necesitan de la metafísica una ayuda y una guía para conseguir lo más difícil y lo más urgente: liberarse de lo negativo de la vida (el dolor, el sufrimiento, el asedio perpetuo del mal, la fealdad, la falsedad; es por esto que la filosofía tiene que “sustituir” a la religión pues esta es propiamente incapaz de satisfacer las necesidades metafísicas de los seres humanos).
Respecto a la filosofía y la religión Schopenhauer comienza destacando que ambas tienen un origen común: la “admiración” -o el “asombro”- ante el hecho (sorprendente y misterioso) de la existencia del mundo y el hombre (¿es necesario o es contingente? ¿por  qué hay algo en vez de nada?). ¿Por qué la vida humana en el mundo suscita sorpresa y estupor y reclama algún tipo de “explicación” que dé razón de este hecho innegable? Porque, subraya Schopenhauer, se trata de un hecho esencialmente “negativo” (nos encontramos aquí ante el radical “pesimismo” de este autor). La vida en el mundo es enteramente “miserable”: está marcada por el dolor, la enfermedad, la frustración, el desengaño y la desilusión, la maldad y la muerte, la ignorancia y la fealdad, etc. La meta que se dibuja ante este aciago y siniestro panorama es aplacar o contrarrestar todos los componentes negativos indisociables de la existencia mundana (liberarse del dolor, la angustia, el miedo, la ignorancia, etc.).

A partir de ese origen común y de que tratan en el fondo de satisfacer una meta semejante la filosofía y la religión se separan completamente: caminan en direcciones opuestas, siguen rutas contradictorias e incompatibles. ¿En qué se distinguen? A juicio de Schopenhauer la religión ofrece una salvación o una liberación indigna de la existencia humana: se trata de una vía de escape infantil, un salida ilusoria que tiene el estatuto de los cuentos de hadas (por ejemplo cuando se le promete a los hombres un paraíso en el que serán absolutamente felices “en otra vida”; no hay nada más que una vida: la que tiene lugar en este terrible mundo, insiste este filósofo alemán, a lo que añade: ¡y pobre del que se consuele con historietas tranquilizadoras que nos toman por ingenuos o algo peor!). En cambio, la filosofía, pretende orientarnos en la satisfacción, en lo posible pues esta no puede ser garantizada por arte de magia, de los tres anhelos “metafísicos” del hombre anteriormente señalados, pero siempre manteniéndose en el terreno de la “verdad”, sin prometer arbitrariamente algo irreal que solo genera, al final, una mayor frustración y un más profundo desasosiego (las “mentiras” de la religión no consuelan, solo “anestesian”, por lo que la religión es en el fondo “el opio del pueblo”).

El mundo como Voluntad y Representación

La metafísica de Schopenhauer -su propuesta filosófica- se articula en torno a dos conceptos: Representación y Voluntad. Veamos a continuación su significado.

El Mundo de la Representación define el territorio del conocimiento, el campo propio y exclusivo de la ciencia, de lo que puede ser científicamente explicado (por ejemplo a través de experimentos, etc.). En la ciencia el sujeto (humano) conoce objetos ubicándolos en el espacio y en el tiempo y estableciendo entre ellos una serie de relaciones causales que es los casos óptimos son formulables matemáticamente. ¿Cómo conoce objetos el sujeto de la ciencia? La respuesta de Schopenhauer es aquí parecida a la ofrecida por Kant: el Sujeto humano “objetiva” los objetos que conoce científicamente a partir de una síntesis de sus “representaciones”, es decir, de las formas a priori radicadas en sus facultades (espacio y tiempo en la sensibilidad, la categoría de causa y efecto en el entendimiento). La ciencia es, además, un conocimiento racional del mundo en tanto este se aparece -a la luz de lo que sobre él proyecta el sujeto cognoscente- como una totalidad ordenada, regular, previsible, calculable (esto es, un sistema científicamente dominable, y técnicamente controlable). La concepción de la “naturaleza” -o del conjunto de lo que puede ser conocido- de Schopenhauer es, por lo tanto, “mecanicista”, o, también, “determinista”: todos los objetos están incluidos o insertados en una férrea cadena de causas y efectos. Sin embargo, y este es un matiz importante, el Mundo del conocimiento (el “mundo como representación”), en tanto tiene su límite en lo empírico (en la experiencia sensible), es un mundo “superficial”. Aunque la ciencia alcanza verdades ciertas y demostradas -por ejemplo, cuando predice sucesos futuros gracias a disponer de leyes causales- sin embargo no toca o no roza la verdad última y definitiva. ¿Cuál es, entonces, el radical “mundo verdadero” (el mundo más básico y profundo, el mundo esencial)? Para decir algo sobre él tenemos que fijarnos en el significado del concepto de “Voluntad”.

El Mundo Verdadero -la realidad básica, profunda, fundamental, originaria, primordial- escapa a la ciencia y al juego de sus representaciones (sintetizadas por el sujeto cognoscente). Es un Mundo a la vez anterior y superior al campo de la representación: al universo de lo científicamente cognoscible, de lo que puede ser explicables estableciendo una cadena de causas y de efectos. Es el mundo oculto y escondido de la Voluntad: el mundo que tiene en la Voluntad su principio y su origen. ¿Cómo se llega a esta conclusión si habitualmente vivimos en el mundo superficial de la representación en el que captamos un fenómeno como causa o como efecto de otro fenómeno? ¿Cómo se prueba una tesis así (“el mundo es voluntad”)? ¿Cómo se “sabe” algo de ese recóndito “mundo de la voluntad” si es inalcanzable desde el conocimiento? La Voluntad -como principio y origen del mundo verdadero o de la realidad originaria- es directa e inmediatamente experimentada por cada uno de nosotros en nuestro cuerpo, el cual, en este nivel básico, es un manojo caótico de impulsos y de instintos, un conjunto de apetitos e inclinaciones, una trama fluida de emociones, afectos, pasiones y sentimientos.

Si el mundo de la representación es un mundo “racional” (ordenado, regular, uniforme, previsible, etc.) el Mundo de la Voluntad es -en tanto se manifiesta primordialmente en las pasiones e instintos- “irracional” (caótico, convulso, tenso, imprevisible). Recapitulando podemos decir que ya hemos dado con dos de los rasgos principales de la filosofía de Schopenhauer: el pesimismo (pues la vida es dolor, aflicción, malestar) y el irracionalismo (pues el mundo verdadero está gobernado por la pura Voluntad, una voluntad que no quiere o no busca, en el fondo, nada distinto a sí misma y que no se atiene a “razones” en su afán de alcanzarse una y otra vez, incesantemente).

La realización moral de la metafísica

El Mundo -en su esencia, en su realidad fundamental- es Voluntad. Por ello la metafísica -en tanto acceso a lo “suprasensible” (a lo que escapa a la representación: al conocimiento racional)- se desenvuelve preferentemente en el terreno de la moral: en el campo de las conductas y las acciones de los seres humanos (es aquí donde el hombre tiene su más profunda realidad: en la “esfera práctica” en la que unos seres humanos se relacionan con otros de muchas maneras y se conducen animados por fines, normas y motivos).

Tradicionalmente se ha afirmado que la propiedad esencial de la Voluntad es la Libertad. Schopenhauer está de acuerdo con esto, pero sólo en un sentido “negativo”: en efecto la Voluntad es “libre”, pero solo lo es en la medida en que es ajena a las leyes de causalidad que definen el mundo fenoménico (el nivel de la representación y del conocimiento). La Voluntad, por un lado, por lo tanto, escapa a la “necesidad natural”, al “determinismo físico”: es una zona de excepción al orden racional de las causas y los efectos empíricamente comprobables. Pero por otro lado, y esto es lo principal, la Voluntad es un impulso ciego, es una fuerza implacable; una apetito voraz e insaciable que en el fondo nunca se aquieta definitivamente: nunca se conforma con las metas alcanzadas. La Voluntad, en su esencia más pura, quiere siempre más y más, y lo quiere todo; sin descanso, sin tregua, caiga quien caiga.

En el hombre la Voluntad -la esencia última del mundo- se manifiesta de dos maneras estrechamente enlazadas: a) es un “querer vivir” (un incondicional aferrarse a la vida temeroso de la muerte, un arraigado instinto de supervivencia); b) define un extremo “egoísmo”. El yo individual -movido por la Voluntad que habita en él y en él se expresa- lo quiere todo aquí y ahora, sin admitir de buena gana cualquier dilación o postergación de su apetito. Además, nunca tiene suficiente: cualquier meta alcanzada, cualquier logro conseguido enseguida le sabe a poco. ¿Por qué ocurre esto? Porque la Voluntad es una aspiración indefinida e indeterminada, es la ausencia de una meta concreta: no hay, para la Voluntad, por lo tanto, un fin último al que tienda o persiga. La Voluntad es, pues, ajena a cualquier clase de “teleología racional”: es decir, rechaza de antemano dar por definitivamente bueno y satisfactorio algún fin determinado, alguna meta parcial (siempre juega al juego de “o todo o nada”). En definitiva: la Voluntad no se atiene a motivos o razones que estén más allá de sí misma (es, por decirlo paradójicamente, una pura “voluntad de voluntad”, un “querer el querer”). Es “irracional”.

Esta irracionalidad de la Voluntad en el nivel de la vida humana tiene principalmente dos consecuencias: 1) el egoísmo impone una continua lucha de unos individuos con otros, conduciendo a un conflicto incesante por cualquier cosa, por nimia y vulgar que sea; 2) el impulso de quererlo todo instantáneamente choca una y otra vez contra la “cruda realidad” y ocasiona a los seres humanos -que continuamente se dan de cabezazos contra un muro- un permanente sufrimiento, un padecimiento continuo, una ausencia de sosiego, un constante sentimiento de malestar, una insatisfacción profunda.

¿Cuál es la “solución”, si hubiera alguna, ante este panorama pintado con unos tintes tan radicalmente “pesimistas”? Subraya Schopenhauer que no hay una solución completa y definitiva. Solo apaños y componendas. El remedio es frágil, precario, inestable, parcial (pues el impulso de la Voluntad es férreo, insistente, implacable). ¿Qué nos libera provisionalmente del dolor de la vida o del drama de la existencia? Nada menos que el “ascetismo” (una forma de recogimiento, de renuncia al mundo); pero este es el tema del apartado siguiente.



El horizonte de la liberación

Define Schopenhauer la filosofía como un “conocimiento” sistemático de la esencia del mundo. Este peculiar y especial conocimiento se apoya en la intuición de la propia vida y sus experiencias y se desarrolla a partir de la explicitación de lo intuido en conceptos y argumentos. En su propuesta filosófica distingue, como hemos visto ya, dos niveles: el nivel superficial de la Representación (la ciencia y las leyes causales del mundo fenoménico) y el nivel profundo de la Voluntad (la raíz última de todo, su fundamento “suprasensible”, su fondo oscuro, el reverso tenebroso de la luz de la representación).

Pero además de poner de relieve la esencia del mundo la filosofía está destinada a indicar cuál es -si es que la encuentra- la vía propia de la “liberación” (eso que engañosamente, en tanto la sitúan en “otro mundo”, muchas religiones llaman “salvación”). ¿Qué libera a la vida mundana de sus profundos y pesados males? El ascetismo. ¿En qué consiste el ascetismo? En “negar la voluntad”, en suspender -aunque solo se de modo provisional y parcial- su impulso o su empuje. El titánico esfuerzo se concentra, por lo tanto, en “dejar de querer algo” y así, en despegarse paulatinamente de lo mundano. La filosofía señala que este ascetismo de la vida se realiza o se concreta según dos vías: la vía moral y la vía estética (o artística).

El ascetismo, en la esfera práctica, en el terreno moral, negando la fuerza de la Voluntad, consigue aplacar los impulsos egoístas y permite que emerjan tímidamente el amor al prójimo, la compasión, la piedad, la simpatía. El ascetismo se concreta aquí, por lo tanto, en una moral altruista que abre un precario sitio a la solidaridad frenando provisionalmente los instintos egoístas de los individuos que solo miran por su propio interés y la satisfacción exclusiva de sus apetitos.
La otra vía de liberación del sufrimiento de la vida mundana, el otro cauce del ascetismo en tanto negación del supremo poder de la Voluntad, está en la contemplación estética: en el territorio del arte. ¿Por qué? Porque el contacto con las obras de arte solo es posible cuando es “desinteresado”: cuando se suspenden los propósitos y afanes propios de la vida cotidiana. La obra de arte, cuando está lograda, nos transporta, sin salirse sin embargo del mundo fenoménico (pues el arte se plasma en la piedra, en el lienzo, en el sonido, en el escenario de un teatro, etc.), “a otro mundo” (un mundo “esencial y eterno” captado -intuido- por el genio del artista y plasmado en obras de arte). El arte, sostiene Schopenhauer, aplaca o calma la “fiera” que somos habitualmente en tanto estamos poseídos por la Voluntad. De todas las distintas artes Schopenhauer defiende la primacía, como arte supremo, a la música; la pintura o la escultura, afirma, alcanzan la belleza, pero solo la música consigue exponer lo sublime (lo absoluto e infinito está, así, en una sinfonía de Beethoven o en una ópera de Wagner).

En conclusión, Schopenhauer desarrolló una propuesta filosófica que tiene su centro de gravedad en una Metafísica de la Voluntad de corte pesimista e irracionalista; una filosofía que localiza como única vía de escape y liberación el logro de una vida ascética que da paso a una moral altruista y que se consuela especialmente con el arte musical.

lunes, 22 de septiembre de 2025

LA COLUMNA DE LOS OCHO MIL

En septiembre de 1936 los últimos enclaves del suroeste extremeño estaban a punto de ser tomados por tropas del ejército sublevado. Ante esta situación, un grupo formado por miles de personas intenta escapar del terror y la muerte huyendo de manera organizada hacia zona republicana. Muchos huían de sus pueblos por sus ideas políticas. Otros simplemente por miedo. No sabían el terrible final que les esperaba.

La huida de la represión y de la guerra

Las guerras no solo enfrentan a militares en el campo de batalla. La mayoría de las víctimas de los conflictos bélicos no caen con las armas en la mano. Muchas de ellas muere no penan sin poder defenderse. Forman parte de la población civil: ancianos, niños y niñas, mujeres y hombres que intentan sobrevivir a la barbarie escondiéndose o huyendo de los soldados.

Durante la Guerra Civil Española de 1936 a 1939 hubo muchos episodios de huidas masivas. Los pueblos y ciudades quedaban despoblados ante el avance de los militares, ante la ocupación de los enemigos. Los dos desplazamientos de población civil más renombrados fueron el éxodo final de los republicanos hacia la frontera francesa en el norte de Cataluña (febrero de 1939) y la huida de Málaga a Almería de febrero de 1937 tras la entrada de las tropas franquistas en la ciudad andaluza.

Centenares de miles de personas integraron esos éxodos, pero hubo otro más modesto y más temprano: la huida de ocho mil personas desde el suroeste de la provincia de Badajoz hacia el noreste republicano de La Serena a mediados de septiembre de 1936, huyendo del avance de las tropas sublevadas. La llamada Columna de los ocho mil fue diezmada en las inmediaciones de Fuente del Arco (Badajoz) por fuerzas militares franquistas tras dos días de marcha. Aunque muchos pudieron proseguir su huida, al menos dos mil fueron apresados, trasladados a sus localidades de origen y asesinados


Los éxodos desde el sur de Extremadura

La columna de los ocho mil y los refugiados de Barrancos

La ocupación de la provincia de Huelva por los militares sublevados y su avance durante el mes de agosto desde Sevilla a Badajoz, vía Mérida, provocó el acorralamiento a comienzos de septiembre de 1936 de miles de personas en el suroeste de la provincia de Badajoz. Estaban rodeados por territorios al norte y al sur ya en manos franquistas, con la frontera portuguesa al oeste y con las poblaciones situadas en la Vía de la Plata tomadas por los militares.

La única opción era escapar campo a través. Varios centenares lo intentaron hacia occidente, hacia Portugal y acabaron refugiados en fincas cercanas a Barrancos, para luego ser trasladados a Lisboa y en barco regresar a territorio republicano por Tarragona. Y otros tantos miles integraron varias columnas quea mediados de septiembre se atrevieron a atravesar hacia oriente la carretera general Sevilla-Mérida a la altura de Fuente de Cantos buscando los extremos de la Campiña Sur y de La Serena.

Si los primeros son conocidos hoy como los refugiados de Barrancos, los que fueron hacia el este formaron parte de la columna de los ocho mil. 

Las columnas del Ejército de África avanzan por la carretera nacional desde Sevilla en dirección a Mérida y luego a Badajoz, ocupando los pueblo a su paso: Monesterio, Fuentes de Cantos, Zafra,Almendralejo, Lobón, Talavera… Buena parte del vecindario abandona las localidades y va de un lugara otro, buscando refugio. Las operaciones de los sublevados en esta zona, una vez ocupada Badajoz,obligan a los huidos a desplazarse hacia el sur durante la segunda quincena de agosto y la primera de septiembre de 1936

La ocupación militar de los pueblos de la carretera se amplía con otras operaciones secundarias de conquistas de localidades alejadas de las vías principales. El acoso se convierte en acorralamiento.


Los sublevados siguen avanzando y los republicanos retroceden. Miles de personas se concentran en Jerez De los Caballeros y Fregenal de la Sierra. El 14 de septiembre se toma Burguillos del Cerro. La cabeza de puente de la huida republicana se establece en Valencia del Ventoso, donde se concentran dirigentes republicanos y socialistas, que organizan la huida.

Mientras que algunos centenares optan por ir hacia el oeste y se atreven a cruzar la frontera con Portugal, varias columnas de huidos buscan el 16 de septiembre la salida hacia zona republicana a través de la Campiña Sur. Son unas ocho mil personas, agrupadas en varias columnas que se unen y separan al ritmo de la marcha. Sobre todo, mujeres y hombres indefensos, niños y niñas, ancianos y ancianas andando y cargados con algunos enseres en carros y animales. Pocos van armados. Atraviesan la carretera a la altura de Fuente de Cantos hacia Azuaga. 

En el trayecto entre Reina y Fuente del Arco, posiblemente al anochecer del 17 de septiembre de 1936, son interceptados en una emboscada por militares dirigidos por el comandante Gómez Cobián.

Habían apostado ametralladoras en los montes cercanos en la zona de La Arconocosa y dispararon contra la columna de paisanos huidos. Una gran confusión se generó entre los refugiados. Unos lograron pasar, otros retrocedieron y se dispersaron y alrededor de un centenar murió y sus cadáveres quedaron en medio del campo

Al día siguiente, 18 de septiembre, el capitán Tassara le monta una trampa a otro tramo de la columna, que sigue pasando por las inmediaciones de Fuente del Arco. Haciéndose pasar por un miliciano, desarma a los pocos huidos que iban armados con la esperanza de darles mejores armas y los conduce con engaños al pueblo, donde son detenidos. En trenes especiales, seguidos de los animales requisados, son trasladados más de 2.000 prisioneros a Llerena, donde los encierran en locales como La Maltería y la Plaza de Toros

En Llerena los presos son identificados y agrupados por pueblos. Se cursan telegramas a las localidades de origen que han sido ocupadas y van a buscarlos guardias civiles y falangistas que, en camiones, los llevan de vuelta a sus pueblos. Aunque algunos logran salvar la vida por la mediación de amigos y familiares, otros muchos son fusilados nada más llegar. Decenas de personas ni siquiera sufren este último traslado y son acribillados a balazos en el cementerio de Llerena sin ser inscritos en registro alguno.

Mientras otras miles de personas han logrado proseguir su camino y acaban llegando a zona republicana. Algunas participarán en la defensa de Madrid, en noviembre de ese mismo año, integrando unidades militares de extremeños como Los Castúos.

Otros regresan a la región, a la denominada Bolsa de La Serena, o se integran en el ejército republicano.
Además, quienes habían optado por el oeste, tras permanecer un tiempo en campos de refugiados cerca de Barrancos, son trasladados a Lisboa y embarcan en el buque Nyassa rumbo a Tarragona


El avance de las tropas franquistas por la provincia de Badajoz

Nada más celebrarse las elecciones de febrero de 1936, con el triunfo de la coalición de izquierdas del Frente Popular, comenzó la conspiración de las fuerzas reaccionarias, bajo la dirección técnica del general Mola, para derribar la República. En la tarde del 17 de julio de 1936 se inició la sublevación en Melilla. Legionarios y regulares controlaron con facilidad las posesiones españolas del Magreb. El general Franco se trasladó desde Canarias a Marruecos el día 18 de julio para encabezar la insurrección en el sur mientras el general Queipo de Llano sublevaba Sevilla. El golpe triunfó también en algunas capitales españolas, pero la mayoría del territorio nacional se mantuvo fiel a la República. El fracaso del golpe de Estado trajo consigo la Guerra Civil.

La Columna de la Muerte

Con ayuda de la aviación alemana e italiana, varios miles de soldados profesionales que integraban el Ejército de África, el mejor preparado de la milicia española, fueron trasladados a la Península. Gracias a estos legionarios y regulares, muchos de ellos magrebíes, Queipo de Llano dominó Andalucía Occidental y Franco formó una columna, una parte de la cual salió de Sevilla hacia Extremadura el 2 de agosto, al mando del teniente coronel Asensio Cabanillas, y otra al día siguiente, mandada por el comandante Castejón. La Columna Madrid, conocida después como «Columna de la Muerte», a la que unos días después se incorporaron las tropas de Tella y que acabó bajo la dirección del teniente coronel Juan Yagüe Blanco, irá ocupando los pueblos sin más oposición que la batalla de Los Santos de Maimona el 5 de agosto y la efímera resistencia de la capital de la provincia.

La columna fue tomando todas las localidades importantes de la carretera general, como Monesterio (4 de agosto), Fuente de Cantos (5), Zafra, Villafranca de los Barros y Almendralejo (7), Mérida (11), Montijo (13) y Badajoz (14), desviándose solo en alguna ocasión, como cuando fue ocupada Llerena el 5 de agosto.
Juan Yagüe

Fueron centenares los huidos de cada pueblo ocupado, que deambulaban por el campo o buscaban el amparo de localidades cercanas aún no conquistadas por los sublevados. En ocasiones, acosados, iban trasladándose de un pueblo a otro, a medida que el Ejército avanzaba. Hubo concentraciones de huidos en zonas como la Sierra de Monsalud, cerca de Almendral y Torre de Miguel Sesmero

Las columnas de Castejón, Asensio y Tella ascienden por la Vía de la Plata sembrando el terror. Las órdenes eran claras: subvertir la democracia republicana y neutralizar a los responsables de sindicatos, partidos y organizaciones de izquierda. El procedimiento era siempre el mismo tras la ocupación militar de cada pueblo: con ayuda de los falangistas y otros partidarios locales de los sublevados, se destituía a las autoridades republicanas, se nombraba una gestora integrada por personas de extrema derecha, se detenía a los dirigentes de izquierdas y, sin formación de causa judicial alguna, se los fusilaba. El terror era parte de la estrategia militar de ocupación.

Concentración de huidos y organización de las columnas en el suroeste extremeño

Tras la toma de Badajoz, el número de los huidos se incrementó muy notablemente. Durante algunos días se concentraron en Olivenza, pero la ocupación de ésta y de La Albuera el 17 de agosto, de Almendral y Torre de Miguel Sesmero el 19 y de Feria y Fuente del Maestre el 20, provocaron nuevas huidas hacia el sur. Durante la primera quincena de agosto los golpistas se habían hecho, además, con el control de Almendral, Torre de Miguel Sesmero, Feria, Santa Marta de los Barros, Villalba de los Barros, Solana de los Barros, Valverde de Leganés, Cheles, Corte de Peleas, Alconchel, Barcarrota, Higuera de Vargas, Villanueva del Fresno, Salvaleón y Salvatierra de los Barros. Estas conquistas dificultaban más aún los movimientos de los huidos, que tuvieron que buscar como refugio las localidades más meridionales de Burguillos del Cerro, Fregenal de la Sierra y Jerez de los Caballeros


La ocupación de la serranía onubense

Durante la segunda quincena de agosto y primera de septiembre fueron ocupados la mayoría de los pueblos de la serranía de Huelva. Berrocal cayó el 14 de septiembre; al día siguiente, Cañaveral de León; el 19, Hinojales y Cumbres Mayores... La ocupación de estos pueblos tuvo dos consecuencias: se incrementó el número de huidos y se cerró por el sur la bolsa suroeste extremeña

A partir del 14 de septiembre cayeron definitivamente las localidades restantes del sur de Badajoz: Burguillos del Cerro, Valverde de Burguillos, Segura de León, Fuentes de León, Valencia del Ventoso, Bodonal de la Sierra, Fregenal de la Sierra, Higuera la Real, Jerez de los Caballeros, Oliva de la Frontera, Valencia del Mombuey, Zahínos y Cabeza la Vaca.

La ocupación de estos núcleos cerraba la bolsa en la zona occidental de la provincia

Alrededor del 14 de septiembre hubo una reunión en Valencia del Ventoso de algunos dirigentes de izquierdas, como José Sosa Hormigo, diputado socialista natural de Barcarrota y los también socialistas José González Barrero y José Lorenzana, alcaldes de Zafra y Fuente de Cantos, respectivamente. A punto de ser tomada la población, que lo sería el 16 de septiembre, organizaron la huida definitiva de la bolsa donde estaban atrapados. Utilizando los caminos y veredas, cruzarían la Vía de la Plata e intentarían llegar al sureste de la provincia, aún territorio republicano

HUIDOS

Las numerosísimas personas acorraladas en los últimos pueblos republicanos del suroeste de la provincia de Badajoz solo tenían dos opciones de huida y ambas con riesgo: o iban hacia el este, para intentar llegar al territorio republicano de la zona de Azuaga y de La Serena, arriesgándose a pasar por lugares ya tomados por los sublevados y ser capturados, o iban hacia el oeste y atravesaban la frontera portuguesa, arriesgándose también a ser capturados y devueltos a España.

La primera opción fue la primera y la mayoritaria, elegida por siete u ocho mil vecinos a partir del 13 y 14 de septiembre, a medida que eran tomados pueblos como Burguillos del Cerro, Valverde de Burguillos, Fuentes de León y Segura de León. Formaron lo que conocemos como la columna de los ocho mil.

La segunda opción, la de Portugal, más tardía y minoritaria, la eligieron a partir del 20 de septiembre unas mil personas, vecinas de los pueblos pegados a la frontera, como Jerez, Oliva y Villanueva del Fresno, que acabaron siendo conocidos como los refugiados de Barrancos



Hacia el oeste: Portugal

La solidaridad de un carabinero y de un pueblo portugués

El responsable de la acogida de los españoles fue un teniente de carabineros portugués, Augusto de Seixas (1891-1958), que desde el mes de agosto había venido controlando el paso a Portugal de muchos refugiados derechistas,organizando la solidaridad en Barrancos, y que ya en septiembre preparó la estancia de los centenares de huidos izquierdistas e incluso ocultó a sus superiores la existencia de otras doscientas personas para protegerlas. Ayudado por sus hijos evitó cacerías de refugiados por incursiones de fascistas desde España, devoluciones y represalias. Su bondad le costó la apertura de un expediente disciplinario, la prisión durante dos meses en Elvas y el retiro forzoso 

Augusto de Seixas (1891-1958)

Junto al Castillo de Noudar

Nada más cruzar la frontera, en ese cuerno que penetra en el mapa de España desde Portugal está el Castillo De Noudar. Y en sus proximidades,cerca del municipio de Barrancos, en las heredades de Coitadinha y Russianas, se concentraban el 21 de septiembre 340hombres de Jerez de los Caballeros, 294de Oliva de la Frontera y 68 de Villanueva del Fresno, además de 54 mujeres y niños y 32 carabineros españoles. Las autoridades portuguesas, desbordadas,permitieron en un primer momento el paso, pero acabaron cerrando la frontera e impidiendo a disparos la entrada demás refugiado

Castillo de Noudar

El buque Nyassa y regreso por mar a la España republicana

Para resolver el enorme problema de abastecimiento que estaba provocando la presencia de los españoles en la cercanía de Barrancos, Portugal decidió trasladarlos a Lisboa y sacarlos del país. Más de mil personas fueron llevadas a Moura, donde hicieron noche en la plaza de toros, y de ahí al puerto de Lisboa para embarcar en el buque Nyassa. El día 10 de octubre de 1936, tras una travesía que rodeó la península Ibérica por el estrecho de Gibraltar, llegaron a la Tarragona republicana 1435 personas salvadas del horror en que se había convertido Extremadura

buque Nyassa


Hacia el este: la España republicana

Inicio de la marcha hacia Azuaga

La partida hacia el este se produjo desde varios sitios. Por esa razón, aunque hablemos de «la columna de los ocho mil», realmente fueron varias columnas que totalizaron esa cifra de huidos. Desde Fregenal de la Sierra partió el grueso. Unas seis mil personas se agolparon en el pueblo, y la situación llegó a ser caótica. De Bodonal de la Sierra salió otro núcleo importante compuesto por gente de la cuenca minera onubense. En Valencia del Ventoso se formó el tercer núcleo de la marcha.

Seguramente, cada una de estas columnas salió en fechas distintas. Valencia del Ventoso fue ocupada el miércoles 16 de septiembre, mientras que Fregenal y Bodonal no cayeron hasta el 18 y 19. 

De Valencia del Ventoso quizá salieran el día 15 de septiembre. Al principio la columna se dirigió a Llerena, pero al enterarse los dirigentes que ya había sido ocupada, cambiaron la trayectoria hacia Fuente del Arco y Azuaga. Hombres mujeres, niños, ancianos y muchos animales marchaban con los enseres más preciados y esenciales. La columna estaba encabezada por miembros que conocían el terreno. Entre ellos, Peñas, un minero de Río Tinto, y Juan Francisco Gómez Rodríguez, antiguo secretario del Ayuntamiento de Almendralejo. El alcalde de Zafra, José González Barrero, se quedó un día más en Valencia del Ventoso para dejar organizado el pueblo tras la salida

No era una columna militar. Se sabía que contaban con poco armamento. Unos cuantos fusiles, escopetas de caza y bombas de fabricación casera era todo lo que llevaban. Desde la capitanía de la Segunda División sabían  cuánto armamento llevaban. Las armas que tenían eran las que faltaban en los distintos cuarteles de la Guardia Civil. El avance de la columna era conocido en todo momento por los sublevados gracias a los aviones que sobrevolaban la zona. La columna no suponía una amenaza para los militares sublevados, aunque el número de personas que la integraban dificultaban su control

ATACADOS

En el cerro de La Alcornocosa de Fuente del Arco

La marcha de la columna

Aunque la primera intención había sido llegar a Llerena, la columna de huidos supo que esa localidad ya estaba tomada por los sublevados y decidió dirigirse a Azuaga, con la intención de atravesar la vía del tren a la altura de Fuente del Arco. La marcha de la columna era controlada desde su arranque por el Ejército sublevado. Era imposible ocultar a miles de personas caminando por el campo durante dos días. Un avión de reconocimiento hizo varias pasadas durante el trayecto y, además de los avistadores a pie, no hay que descartar que algún espía estuviera mezclado entre los huido


Los atacantes

Los sublevados decidieron atacar a la columna antes de que atravesara la vía férrea. La operación se encomendó al Regimiento Granada, destinado en Llerena al mando del teniente coronel Alfonso Gómez Cobián, reforzado con guardias civiles y falangistas, Los hombres armados movilizados para la operación fueron unos quinientos. Aunque los huidos eran miles, no eran militares, eran civiles, y estaban indefensos, con apenas un centenar de fusiles y escopetas en la vanguardia

La encerrona

Al atardecer del 17 de septiembre de 1936 la columna fue atacada desde lo alto del paraje de la Alcornocosa, cerca de Reina y Fuente del Arco. Habían dejado la Senda y se internaban en la cañada real del Pencón, pasada la sierra de la Jayona. El lugar elegido para acometerlos fue el cerro de La Alcornocosa, a apenas dos kilómetros y medio de la vía férrea de Fuente del Arco a Llerena, tras la cual comenzaba el terreno aún fiel a la República en las inmediaciones de Valverde de Llerena. Los militares habían apostado en los cerros cercanos varias ametralladoras. A una señal, comenzaron a disparar.
Una lluvia de fuego diezmó la comitiva

El jefe de la operación

El teniente coronel Alfonso Gómez Cobián (Sevilla, 1891-1970) había pasado por diversos empleos como militar profesional en África antes de ser destinado al Regimiento Granada. En agosto de 1932, ya comandante de Infantería, se sublevó por primera vez contra la II República. El jefe de la conspiración de Sevilla, general Sanjurjo, le encargó el mando de las fuerzas de Asalto. Fue detenido, procesado y absuelto después de pasar dos años en prisiones militares. El 30 de abril de 1936 fue destinado a la Caja de Reclutas nº 12 y tras el golpe de Estado los sublevados le encargaron el mando del cuarto batallón del Regimiento Granada como teniente coronel

Los cadáveres

Según las cifras oficiales anunciadas en prensa, los muertos en el ataque fueron unos ochenta, pero no hay que descartar que fueran muchos más. Como vestigios de la tragedia quedaron numerosos cadáveres esparcidos por el campo que, durante los días siguientes, fueron devorados por los animales. Los propietarios de tierras cercanas apilaron algunos restos y les dieron fuego o echaron los cuerpos en pozos mineros. Se conservan algunos enterramientos, como uno a los pies de una encina en la que se grabaron dos cruces en su tronco.

La desbandada

La gente huyó en desbandada, La columna se disgregó. Algunos —en solitario o en pequeños grupos— consiguieron pasar, aunque dos kilómetros más adelante, en la vía del tren, también había apostados soldados, que les disparaban. Otros dieron marcha atrás, volvieron a sus pueblos o fueron capturados o abatidos por partidas de guardias civiles y falangistas. Y muchos se ocultaron en las sierras vecinas, donde hubo algunos incendios provocados por la refriega.



APRESADOS

Dos mil prisioneros en Llerena

El apresor

El capitán Gabriel Tassara Buiza (Sevilla, 1901-1992). era uno de los principales ayudantes de Gómez Cobián en Llerena. Era un militar “africanista” que se había posicionado contra la República en el golpe militar.

El 18 de septiembre de 1936 ideó una celada a la “columna de los ocho mil”, por la que consiguió una medalla militar individual. En 1939, conseguiría otra medalla por una acción en Córdoba. Terminó la guerra como comandante y luego fue ascendido a coronel y a general

 Gabriel Tassara Buiza

El engaño

El apresamiento posiblemente ocurriera al día siguiente del ataque. El hambre, el calor y la sed, junto al miedo a volver ser atacados, convirtieron a la columna en una masa de personas sensibles a ser engañadas. Los militares querían neutralizar al mayor número de personas, capturarlas y conducirlas a Fuente del Arco. El 18 de septiembre de 1936 se presentó al paso de la columna vestido como un miliciano y con una bandera de la República.

El capitán convenció a parte de la columna con guiarla en su huida y dotarla de mejores armas en Fuente del Arco, que decía que no había sido ocupada todavía.

La captura

Aunque no todos se fiaban, más de dos mil integrantes de la columna siguieron hasta Fuente del Arco al capitán Tassara. De camino, en el cortijo “La Castora”, desarmó a todos ellos, convenciéndoles de que les iba a facilitar mejores armas. Tassara los condujo hasta Fuente del Arco, donde fueron recibidos con banderas tricolores republicanas. Tras los primeros momentos, las banderas fueron sustituidas por rojigualdas y los gritos de los sublevados llenaron la plaza. La estratagema surtió efecto, y consiguió capturar a unas dos mil personas. Aunque ese mismo día, algunos fueron fusilados en Fuente del Arco, la mayoría fue trasladada en tren a Llerena, al mismo paso que los numerosos animales que iban atados al convoy

El encarcelamiento

En Llerena, La Maltería, la Plaza de Toros y varias casas particulares sirvieron para alojar de manera temporal a todos los prisioneros. El propio Queipo de Llano informó esa noche por radio: Según las últimas noticias se han recogido más de 50 caballos y una gran cantidad de armas y municiones que no pueden detallarse todavía porque se está procediendo a clasificarlas. A los prisioneros se les está alojando en los corrales de las casas y se procede a darles de comer, pues se hayan extenuados y en situación lastimosa. Entre ellos hay diversos heridos, como consecuencia de la confusión que se promovió en sus filas. Hay varias mujeres, algunos maestros de escuela y otros hombres de carrera.

La identificación y el traslado

Los centenares de prisioneros que llegaron a Llerena fueron identificados y clasificados por pueblos. Se solicitó información a cada una de las localidades de origen y de estas llegaron emisarios y autoridades para recogerlos. La mayoría no estuvo encerrada más de dos días en Llerena. O bien eran recogidos por los enviados desde su pueblo o, con la información suministrada, se les fusilaba en el cementerio de Llerena

ASESINADOS

Trasladados a sus poblaciones de origen, muchos de los cautivos son fusilados

Todas las personas que formaron la columna de los ocho mil fueron víctimas, bien porque o acabaron muertas o heridas o bien porque sufrieron las penalidades de la huida o el destierro. Ahora bien, entre las varios centenares, quizá hasta miles, que murieron hubo cinco tipos, según el momento y las circunstancias en que perdieron la vida: quienes abandonaron la columna y regresaron a sus pueblos con la esperanza de que no les pasara nada, quienes fueron acribillados en medio del campo, quienes fueron fusilados en Llerena, quienes fueron trasladados a sus pueblos y allí fusilados y, finalmente, quienes acabaron en el barco-prisión Cabo Carvoeiro de Sevilla

Los que abandonaron

Este grupo lo forman quienes abandonaron la columna y regresaron a sus pueblos antes del 17 de septiembre, cuando aún la columna no había sido atacada, o tras serlo el mismo 17, y fueron fusilados al llegar a sus localidades.

Quizá el caso más famoso de estos fue el de José Modesto Lorenzana Macarro, alcalde de Fuente de Cantos. Dejó su pueblo el 5 de agosto de 1936 y se mantuvo hasta mediados de septiembre en la bolsa del suroeste de la provincia. En la reunión de Valencia del Ventoso de principios de septiembre fue uno de los dirigentes que organizó la columna y se integró en ella. Pero, al enterarse de que su mujer y sus hijos habían sido capturados en su pueblo, decidió regresar y, al entregarse, fue atado a la cola de un caballo, salvajemente torturado y fusilado en una silla en la plaza de Fuente de Canto

Los que fueron acribillados

Quienes murieron bajo el fuego de las ametralladoras o en medio del desbarajuste del ataque del 17 de septiembre al pie del Cerro de la Alcornocosa. Estos son de los únicos que hay una cifra más o menos oficiosa: 80 dicen las fuentes, aunque posiblemente fueran más. Uno de esos casos, aunque al parecer asesinado por sus propios compañeros, fue el de Juan Antonio Flores Gordillo, de Burguillos del Cerro, que según testimonio de su hija fue muerto por los milicianos al negarse a seguir avanzando, por querer buscar a sus hijos, a quienes había perdido en el ataque

Los capturados y fusilados en Llerena

Quienes, una vez capturados tras el engaño del capitán Tassara el 18 de septiembre, fueron fusilados en Fuente del Arco o en Llerena antes de ser devueltos a sus pueblos.

Ya en Fuente del Arco hay testimonios de fusilamientos ejemplificadores, con exposición pública, en la misma plaza.

Después, en Llerena, durante varios días y semanas salieron los camiones todas las noches desde La Maltería o la Plaza de Toros hasta el cementerio, donde eran ametrallados los prisioneros tras ser obligados a cavar sus propias tumbas.

Nunca fueron inscritos en el Registro Civil


Los capturados y trasladados al barco-prisión Cabo Carvoeiro de Sevilla

La oligarquía sevillana puso a disposición de la sublevación un vapor de 80 metros de eslora y 12 de manga llamado Cabo Carvoeiro, fondeado en el muelle de Sevilla y cuyas bodegas albergaron a centenares de detenidos de izquierdas. Era conocido como “el barco de la muerte”. Allí fueron trasladados muchos de los apresados en Llerena. Según el historiador Francisco Espinosa, los destinados al barco fueron especialmente los andaluces y los dirigentes y personalidades relevantes de la izquierda local detenidos. Uno de ellos, aunque no es seguro que perteneciera a la columna, fue el antiguo alcalde de Maguilla, Aurelio Urbano Vera Dávila.

Cabo Carvoeiro

Los capturados y fusilados en sus pueblos

Quienes, a partir del 18 de septiembre y de los días posteriores, tras ser trasladados a sus localidades de origen, fueron asesinados por sus paisanos. A muchos se les llevó en camiones a sus pueblos de origen. Los que cayeron en la trampa de Gabriel Tasara fueron repatriados a sus lugares de origen en camiones. Muchos de ellos tuvieron la mala suerte de ser fusilados en sus propios pueblos. No se conoce el número exacto de víctimas

SUPERVIVIENTES

En Valverde de Llerena

De las miles de personas que habían logrado pasar tras el ataque de La Alcornocosa y la trampa de Tassara, la mayoría ni paró en Valverde de Llerena por miedo a que estuviera en manos fascistas. Solo unos centenares se atrevieron a entrar y descansaron durante unos días en la iglesia. Según algunos testimonios se mataron veinte ovejas para darles de comer. A los tres días, el alcalde de Valverde, Miguel Doñoro, encomendó a un joven, Juan Durán Cerrato, que los llevara por caminos seguros a Azuaga. Debemos suponer que, si llegaron a Valverde el mismo 18 de septiembre, no se fueron a Azuaga hasta el 20 de septiembre, tras descansar un día completo. Tres  días después, el 23 de septiembre, Valverde de Llerena era ocupada por los militares

En Azuaga

Por Azuaga pasaba la vía férrea Fuente del Arco-Peñarroya. Las miles de personas que se concentraron en Azuaga, unas provenientes de Valverde de Llerena y otras directamente de Fuente del Arco, acabaron en trenes fletados especialmente para trasladarlas hacia el centro de la Península, vía Almorchón. A partir del 21 de septiembre saldrían los trenes hasta Peñarroya y de ahí subirían por la línea Córdoba-Almorchón hasta esta última estación, desde donde saldrían hacia el centro. El 24 de septiembre de 1936 Azuaga fue ocupada por los sublevado

En Valdepeñas

A medida que avanzaba la evacuación, la gente iría quedándose en estaciones intermedias, según posibilidades y preferencias, pero sabemos que una buena parte de los huidos llegaron a Valdepeñas, posiblemente a través de Puertollano y Ciudad Real. En muchas localidades de esa provincia hubo numerosos problemas provocados por el hacinamiento de miles de refugiados.
Se conservan fragmentos de dos fotografías propiedad de uno de los huidos de Valencia del Ventoso, Julián Indiano. En ellas se ve a más de un centenar de personas (adultos, ancianos y niños), con los puños en alto delante de un arboleda, alrededor de unos calderos con comida. Algunos llevan armas en la mano y otros enarbolan periódicos, como si su hazaña hubiera sido publicada en alguna prensa

En Madrid

Madrid estaban llegando desde hace más de un mes un goteo de refugiados extremeños que a principios de septiembre habían formado un llamado Batallón de los Castúos Esta unidad militar se engrosó considerablemente con voluntarios salidos de los centenares de personas salidas de las columnas que a mediados de septiembre habían huido de Extremadura. Muchos de ellos participaron en la defensa de Madrid de noviembre de 1936. 



Seguid caminando, corred, seguid adelante, sin mirar atrás, 
huid de la matanza y la muerte que siembran aquellos traidores
que riegan de sangre nuestras tierras, campos y llanuras
dejando tras de si un cementerio eterno de llantos silenciosos

¡Huid, escapad si podéis! Seguid caminando huyendo de tan cruel destino
mientras los cuervos festejan tan reciente banquete de cuerpos en la tierra
regados y esparcidos por doquier mientras los lamentos se enmudecen
y los ojos se quedan secos después de tanto llanto

Ocho mil almas escapamos de tan cruel destino, sin saber que pasará
en busca de esperanza y salvación,huyendo de la muerte y los horrores
que dejan a su paso militares traidores en Extremadura
mientras el pueblo sufre en sus carnes la huella de militares facciosos

¡Huid, escapad! !No miréis atrás! ¡No os desvieis del camino!
ocho mil almas huyendo de los horrores de la guerra
que les persigue en su caballo mientras la tierra agoniza y perece
la vida a su paso, mientras enmudecen las voces y los cantos