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martes, 28 de abril de 2026

LAS CARTAS PERDIDAS

Los libros se amontonaban en las mesas mientras los estantes,  antes impenetrables aparecían desnudos ante los ojos de los bibliotecarios. La antigua librería llevaba más de un siglo en el barrio, pero había sido comprada hace poco y los nuevos propietarios querían deshacerse de los antiguos muebles. Seguro que para crear un bar o un nuevo apartamento turístico: la zona del centro estaba muy solicitada últimamente y , para los turistas, querían evitarse el engorro del metro y de las estacione para moverse libremente por la ciudad. En una época de grandes cambios y globalización, los antiguos negocios desparecían engullidos por la oferta y la demanda de un sector que proporcionaba más dinero a sus propietarios en un mercado más global.

Los obreros apilaban los libros y los colocaban en cajas. Su destino era incierto: los vendedores no querían saber nada de aquellos viejos volúmenes y los nuevos propietarios estaban más interesados en las tabletas y las pantallas electrónicas para leer e informarse. Era el fin de una era y el nacimiento de la era digital. Los viejos volúmenes se convirtieron en las víctimas involuntarias de esta nueva tendencia, muertos silenciosos que observan desde las estanterías desconociendo su destino.

Columnas y filas de ejemplares se amontonaban esperando ser trasladas a un destino incierto. Los paseos de los obreros eran el único ruido en la antigua librería, que veía cómo sus días de gloria habían pasado y su desnudez era cada vez más evidente.

En uno de los viajes, una de las columnas se derrumbó por el golpe inesperado de uno de los trabajadores y  su estructura se desmoronó ante los ojos de los demás, quienes, con fastidio, se apresuraron a  recoger y ordenar los libros del suelo. Algunos de los volúmenes  estaban abiertos, con las hojas dobladas y algunos ocultaban viejas fotografías y papeles.

Algunas eran fotografías de los autores, recortes de prensa donde había una crítica del libro o del propio autor: nada fuera de lo habitual. Pero algunos de los ejemplares habían dejado caer sobres y papeles demasiado largos y elaborados para ser simplemente una reseña o un recorte de prensa. Uno de los obreros llamó al capataz avisándole del hallazgo, y entonces se dedicaron a recopilar los manuscritos mientras el resto seguía con la faena.

El sobre y los papeles, ajados y amarillentos por el paso del tiempo, aun conservaban una escritura fuerte y legible. Algunos eran antiguos informes militares, partes dirigidos a señores de nombre Líster, Modesto y otros apellidos raros donde se detallaban datos y fechas con algún tipo de operaciones militares o escaramuzas que los obreros desconocían; otras eran cartas escritas a mano, que, a pesar del tiempo eran más o menos legibles.

Algunos de los autores escribían a sus familias “Querida mía. Hoy 22 de septiembre  de 1936. Sin novedad en el frente. El aburrimiento pesa. Hace una semana un grupo de falangistas intentó entrar en nuestra trinchera, pero acabamos repeliéndoles. ¡Salieron con el rabo entre las piernas! Pero los días suelen pasar sin novedad: cavar trincheras, mantenerla limpias, hacer guardia, otear el horizonte… lo único que rompe la monotonía son las clases  que tenemos por la tarde: después de comer un soldado que fue maestro nos enseña a leer y a escribir mientras nos da una lección de historia y nos recita versos de Machado o miguel Hernández. A veces nos enseñan a hacer números. Las cuentas no se me dan tan mal: voy cogiendo experiencia. La monotonía es lo más habitual.”

La carta continuaba.  La dejó a un lado y encontró más misivas. Historias olvidadas de un pasado cercano, silenciado pero a vista de todo aquel que oteara un poco con interés. Otra carta contaba  sobre sus compañeros de trinchera: "Paco, mi compañero en la guardia, es un tío bastante afable con una historia trágica como la mayoría de los que conozco. Ya de pequeño empezó a trabajar en una finca de Extremadura a las órdenes de un señorito (no entendí el nombre que me dijo) y sus calamidades no habían hecho más que empezar.  Su primer recuerdo era el del día que perdió uno de los cerdos que le habían encargado que vigilase y regresó a la finca llorando. El capataz le rebajó la ‘ración’, es decir, el pedacito de tocino que echaban en el potaje los jornaleros y que prácticamente era ‘la única cosa nutritiva que en él había’. Paco había comenzado su aprendizaje”. “Pronto salió a trabajar en los campos. Araba, sembraba y segaba con la hoz en las fincas donde los jornaleros contratados pasaban temporadas fijas, ‘siempre hambrientos a causa de lo poco que nos daban para comer, delgados como esqueletos’, durmiendo sobre paja en el suelo de tierra de los cobertizos, ‘todos juntos como en un cuartel’. La paja era la que las mulas y los bueyes no querían como forraje."

Como luego me confesó: (...) “Odiábamos a la burguesía, que nos trataba como a animales. Los burgueses eran nuestros peores enemigos. Cuando les mirábamos creíamos estar viendo al mismo diablo. Y lo mismo pensaban ellos de nosotros. Había odio entre nosotros, un odio tan grande que no hubiera podido ser peor. Ellos eran burgueses, ellos no tenían que trabajar para ganarse la vida, vivían cómodamente. Nosotros sabíamos que éramos trabajadores y que teníamos que trabajar, pero queríamos que ellos nos pagasen un jornal decente y que nos tratasen como a seres humanos, con respeto. Sólo había una forma de conseguirlo: luchando como ellos...”. En ese momento entiendes que la lucha no es solo contra aquellos militares y moros que vinieron, sino contra aquellos que quieren que nada cambie para seguir explotando con la infamia como norma…

Las cartas continuaban narrando las desventuras, idas y venidas del autor. Algunas relataban su amargura y aburrimiento en las trincheras infinitas de una guerra pasada, pero otras eran más personales: Cariño, recibí tu paquete y tu carta ¡cómo me ha alegrado el día! Aquí los días se vuelven largos y eternos, pero dentro de poco tendré un permiso y podré irme a verte a Valencia. ¡Qué ganas de coger unas naranjas grandes y hermosas y tomar una buena paella alejado del campo de batalla junto a todos vosotros! Cuento los días esperando ese momento…

Más cartas aparecieron. “Un tipo hablando inglés vino a vernos junto a más compañeros. Ninguno de nosotros entendía qué decía, excepto cuando empezaron a entonar la Internacional. Todos nos pusimos de pie  con los puños en alto y empezamos a cantarla. Fue un buen momento…. Otras eran más trágicas Salí de la trinchera por un momento. De repente un ruido sordo retumbó por toda la estructura y salí disparado. La nube de polvo me entró en los ojos y la garganta. Los oídos me pitaban.  Me arrastré cuando puede y, cuando el polvo se disipó, todos estaban muertos. Muertos, muertos…

Los papeles amarillentos iban acompañados de fotografías del mismo color, donde a pesar del tiempo, las imágenes seguían nítidas. Imágenes de soldados vestidos en un cerro con fusiles, comiendo en tiempo de descansado, hablando entre ellos rodeados de paisajes agrestes, de ciudades y pueblos donde el color amarillo hacía su presencia y lamía lentamente los negativos. Historias de una época pasada. La última carta sonaba a despedida: “todo ha acabado. ¿El mundo? El mundo ha cerrado los ojos ante lo que estaba pasando aquí, dándonos la espalda: ha preferido arrancarse los ojos antes de toparse con la realidad. El mundo no quiere ver: ha mirado hacia otro lado y ha enmudecido. No quiere saber qué ha pasado aquí. Han callado y han cerrado los ojos mientras la gente era masacrada. Nunca quiere ver... no les importamos lo más mínimo.

Guardó las cartas en el viejo sobre.  Historias olvidadas de tiempos pasados, de tiempos cercanos desconocidos por la mayoría, historias desconocidas pero que no caería el olvido. Se encargaría de guardarlas y contra su historia. De difundirla. La gente tiene que conocerlo. Tiene que saber, pues el olvido es la muerte del alma, la maldición del hombre que tropieza con la misma piedra varias veces. En épocas donde los monstruos renacen bajo las sombras del miedo y la incertidumbre, los ejemplos de antiguas generaciones son necesarios para aprender.

El obrero dobló la carta en el sobre y la guardó mientras continuaba con su faena. Todavía quedaban muchas cajas y la jornada iba a ser larga, pero esa historia no caería en el olvido, sería contada sería recordada. Ecos de un pasado cercano, historias anónimas que forman parte de la historia colectiva, vidas anónimas que abren el camino para nuevas generaciones. Historias que merecen ser escuchadas. Cargó en sus manos todas las cajas que pudo y se apresuró a la furgoneta. La hora del bocata estaba cerca y se merecía un descanso. 

lunes, 13 de abril de 2026

NUESTRO PAPEL

¿Cuál es nuestro oficio?
¿Cuál es nuestra función?
¿qué podemos aportar nosotros, los comunistas?

Si todo está escrito
Si todo está hecho y no queda nada por hacer
Si las grandes batallas no volverán
Si la derrota parece extenderse por el mundo
Si el pesimismo es imperante
Si las banderas rojas yacen rotas y embarradas

¿Cuál es nuestro oficio?
¿cuál es nuestro papel?

Seguir denunciando la explotación del hombre
Seguir denunciando la acumulación de riqueza
Seguir abriendo los ojos y las mentes
Rompiendo la alienación de la matrix capitalista

¿Cuál es nuestro oficio?
¿cuál es nuestro papel?

Ver, observar la realidad
Oír, escuchar los gritos de los oprimidos
Y no callar ante tanta injusticia

Seguimos escribiendo páginas en la historia
Con tinta roja, papeles que se acumulan
Vidas anónimas, manos anónimas que fabrican y crean

Quieren quitarnos nuestro protagonismo
Que seamos testigos mudos e imparciales de la historia
Pero nosotros tomamos conciencia
Y escribimos nuestro destino

Tomando el papel que nos corresponde
En la eterna lucha contra el imperialismo
Contra la injusticia
En la eterna lucha de clases

martes, 17 de marzo de 2026

NOSTALGIA

Las viejas fotografías recuerdan un pasado cercano que dejó herida y que duele al recordar. Creo que solo las mentes más refinadas, las almas más profundas, pueden comprender que amar es recordar haber amado. Y cuando ya no queda nada más —si es que queda algo— la memoria puede salvar una historia de amor. Con la ayuda de dos fieles compañeras: la confianza y la responsabilidad.

El amarillo lame lentamente las fotografías, dejando su huella. Momentos e instantáneas de recuerdos juntos que pasamos juntos, disfrutando, donde el tiempo no importaba. Los amantes que pasan la vida juntos no pueden expresar con palabras lo que desean el uno del otro. Resulta increíble que, solo por el intercambio de placeres carnales, sientan una pasión tan ardiente por estar juntos. Es evidente, entonces, que el alma de cada uno anhela algo más, algo incapaz de expresar, y por ello lo manifiesta con vagos presentimientos, como si lo adivinara desde una enigmática y oscura profundidad.

No hace mucho, en compañía de un amigo silencioso y un poeta ya famoso a pesar de su juventud, di un paseo por un campo estival en plena floración. El poeta admiraba la belleza de la naturaleza que nos rodeaba, pero la encontraba impasible. Le atormentaba la idea de que toda esa belleza estaba destinada a perecer, que con la llegada del invierno desaparecería: como toda belleza humana, como todo lo bello y noble que los hombres han creado y crearán jamás. Todo lo que de otro modo habría amado y admirado parecía degradado por la transitoriedad a la que estaba destinado.

Eres emocional, frágil, dramática, un resonador para dagas grandes y pequeñas. Lo dijiste con ojos serenos, y no encontré las palabras para responderte. Mi sensibilidad, en el vocabulario de este cúmulo de células cardíacas del universo que te generó, es la sangre que tiembla y adquiere color al fluir como la savia de las hojas, como el río ansioso por regresar a casa, al océano, arrastrando consigo las piedras de la memoria en su largo viaje. La emotividad, la hemoglobina, es sinónimo de vida y de ti, porque yo soy la raíz, pero tú eres la rama, hija mía, y todo el cosmos tiembla conmigo si la vida no te acaricia con la misma mano con la que yo te acaricio. Porque es cierto cuando dices que todos somos una historia escrita por alguien; no sabes quién te escribió, pero con una de las pocas certezas que tienes, dices que me escribí a mí misma. Y si esa daga metafórica, grande o pequeña, ha atravesado repetidamente mi pecho, en su músculo más débil, te asombra que aún la sienta con tanta fuerza.

Tu risa. Arte innato que brota de tu garganta y da significado a todo. Un alegre melodía que se convierten en canción. No basta con sentir todo fluyendo por la sangre para nutrir el cuerpo, el significado y la lección no son suficientes. Se necesita creación, transformar el dolor en algo nuevo, elevarlo de la experiencia de la carne al misterio del alma. Te sorprendes de verdad, tú que, pedías una fuga de Bach, los girasoles y la oreja de Van Gogh, palabras para construir tus propios cuentos de hadas, la mente de un genio matemático para establecer el poder de la razón, los tentáculos de un pulpo en la oscuridad de la noche para asegurarte la libertad en tus manos, que retorcías y girabas en el vacío, feliz de hacer lo que te placía, y con esas mismas manos agarrabas el rostro de aquellos que hablaban pero no te miraban. Lo sé, lo has olvidado, pero yo no puedo olvidar cada momento que te concierne, y no soy una condena ni una sentencia, o peor aún, una afirmación de algo extraordinario; simplemente has arrancado de tu corazón la legítima expectativa de ser nada más que tú mismo..

Vivíamos en el ático de un edificio del siglo XIX en el centro de la ciudad, un viejo loft que acababa de ser ligeramente reformado, y a través de una ventana alta, la tenue luz de una vieja farola se filtraba en la oscuridad. Todo era muy romántico. A veces sentía su mirada sobre mí y me despertaba de repente, con un ataque de ansiedad. Pero en esos ojos azules, tiernamente miopes, leía tal sentimiento de amor que, sin decir palabra, volvía a dormirme con un breve suspiro y una sonrisa en mis labios entreabiertos. Al amanecer, con la farola apagada, las palomas en el tejado comenzaban a revolotear y piar, y yo, a regañadientes, me disponía a ir a trabajar, mientras  preparaba el desayuno. Trabajaba en casa e iba a su oficina a revisar el papeleo cada dos semanas. Al irme, me acariciabas y me perdía en la niebla de la ciudad, acompañada por el recuerdo de aquella noche en que tus ojos me habían velado. 

Lo dijiste con ojos serenos, y no encontré las palabras para responderte. Mi sensibilidad, en el vocabulario de este cúmulo de células cardíacas del universo que te generó, es la sangre que tiembla y adquiere color al fluir como la savia de las hojas, como el río ansioso por regresar a casa, al océano, arrastrando consigo las piedras de la memoria en su largo viaje. No sabría decir qué es el amor, pero sé que fui amado, y a veces sentía que me invadía una misteriosa sensación, transmitida por las miradas y tu breve, a menudo inconsciente, mensaje de quienes se detenían a mirarme, y en su mirada, la luz que siempre pensamos que acompaña al amor, se encendía brevemente

martes, 10 de febrero de 2026

VIDAS ANÓMINAS

La historia está llena de grandes hombres
grandes conquistadores
grandes reyes
grandes emperadores

grandes construcciones
grandes batallas
grandes naciones
grandes imperios

y su legado pervive en la memoria
en canciones, cantares, poemas épicos
en inscripciones en palacios y templos
en libros, crónicas, anales e historias

pero nadie recuerda quienes edificaron esas grandes construcciones
quienes sangraron en esas épicas batallas
quienes defendieron los imperios derrotados
quienes reconstruyeron las ruinas creadas
quienes cayeron y sangraron escribiendo con tinta roja páginas de la historia

Tantos relatos desconocidos
Tantas preguntas que hacerse
vidas anónimas de trabajadores y gente humilde
cimientos que sustentan la memoria de los pueblos y su historia colectiva

sábado, 7 de febrero de 2026

BUENAS RAZONES

Los días se vuelven cada vez más largos y pesados. Un eterno tormento. La monotonía se expande y se apodera de todo. El cansancio, el dolor, el miedo... miles de sentimientos se agolpan en mi pecho convirtiéndose en una carga que me arrastra al fondo de un negro abismo. Sus eslabones se entrelazan creando una cadena que cargo por la calle. Una penitencia autoimpuesta creada una vida monótona.

Los pasos cada vez son más pesados y los pies solo pueden arrastrarse camino a casa. La tierra parece empujarme hacia al abismo mientras miles de manos invisibles reclaman un alma perdida, alejada de su verdadero lugar, exigiendo que vuelva a donde pertenece: la oscuridad eterna, el vacío infinito donde los tormentos no tiene fin y se multiplican. Cada paso se convierte en una odisea, un camino eterno e interminable donde Ítaca parece cada vez más lejana.

Llego a casa por fin y ahí estás tú, mi gracia salvadora, la mano divina. Hay que ser ciego o extremadamente seco si no se siente alegría, un fragmento de encanto infantil, una emoción de asombro goethiano. Me sonríes y mis preocupaciones se disipan mientras te devuelvo el gesto, una leve sonrisa marcada por el cansancio y el agotamiento. Mi cuerpo se siente pesado, los músculos no responden y la ropa de repente se siente incómoda, una carga de la que deshacerse. El cansancio. vuelve con más ímpetu que antes, se apodera de mi ser. Hay mucho dolor grabado en el cuerpo, que es dolor del alma. Sólo las caricias, el movimiento, la música y escuchar la voz de la piel pueden sanarnos. Dicen que la caricia dulce, suave, la que se siente intensamente, tiene inmenso poder: sana el alma. Dicen que sentir la piel es el camino para sentir el alma. Dicen que los poros no filtran, respiran: inhalan y exhalan. La respiración de la piel da vida al alma. Cuando sentimos la brisa fresca o el calor del sol, nuestra alma sonríe y el corazón se expande; cuando el frío es agobiante o la textura de algo que tocamos es dura y gélida, el alma frunce el ceño y el corazón se recoge.

Mi cabeza reposa en tu pecho. Una suave almohada que reconforta mi mente y disipa mis miedos. Los pensamientos se disuelven  en el aire, dejando paso a la calma y la tranquilidad. Los miedos, las preocupaciones, los temores... dejan de ser importantes en este momento y una sensación de alivio inunda mi cuerpo. Ojalá no despertara nunca. Quiero mantener esta sensación lo máximo posible, aferrarme a ella como un clavo ardiente. Hay que ser ciego o extremadamente seco no se siente alegría, un fragmento de encanto infantil, una emoción de asombro goethiano. Claro que hay buenas razones para ello.