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miércoles, 13 de noviembre de 2024

DE COLONIAS A NACIONES: IBEROAMÉRICA Y LA CONSTRUCCIÓN DE LOS NUEVOS ESTADOS

La mayor parte de las colonias americanas de los dos imperios ibéricos culminaron sus procesos de independencia durante el primer cuarto del siglo XIX. Aunque se desarrollen prácticamente a la par, los procesos de emancipación de Brasil y de las colonias españolas tomaron rumbos diferentes: Brasil acabó por convertirse en una única monarquía parlamentaria, mientras que las colonias españolas se fragmentaron en diversas repúblicas. 

El vacío de poder generado en la metrópolis durante 1808 fue el detonante para iniciar la emancipación iberoamericana. Al constatar la indefensión ante la falta de tutela del Imperio, se inició un largo proceso en el que las élites criollas optaron por la independencia. 

Una serie de procesos externos actuaron como referentes: la emancipación de Estados Unidos, la revolución francesa y la independencia de Haití. A ellos hay que unir otras causas internas que distanciaron a las colonias de sus metrópolis como fueron las reformas administrativas y económicas iniciadas por los Borbones y los Braganza a mediados de 1700. Asimismo hay autores que contemplan las luchas indígenas como movimientos precursores de la independencia. 


Ideas Y Contexto 

A las revoluciones políticas y tecnológicas de finales del siglo XVIII les acompaño una profunda revolución intelectual que se denomina Modernidad. Este proceso se gestó al margen de los círculos estamentales del Antiguo Régimen, sin la vigilancia de la Monarquía y de la Iglesia. A su vez, la imprenta permitió su difusión con gran celeridad. 

Fue en este ambiente donde, de manera individual y voluntaria, burgueses y aristócratas, comerciantes y funcionarios, letrados y clérigos debatieron sobre una serie de principios producto del pensamiento ilustrado. De entre ellos sobresale el de soberanía popular, es decir, que la soberanía reside en el pueblo. 

Alrededor de esta idea se incardinan conceptos como gobierno representativo, estado de derecho, colonialismo y republicanismo, definidos por matices diferentes según el espacio geopolítico en el que germinen. 

El sistema filosófico, político y económico que se expandió en Iberoamérica, estimulado por los principios de la revolución francesa y de las Trece colonias norteamericanas, el impulso de la Ilustración laica y el constitucionalismo gaditano fue el liberalismo y el republicanismo. Los intelectuales latinoamericanos confiaban en que una legislación bien elaborada fuera suficiente para regir una sociedad instaurando la libertad individual. 

Durante la consolidación de los procesos de independencia y la formación del pensamiento político iberoamericano, el liberalismo presentó un amplio abanico formal, desde el más extremista, anticlerical y jacobino, hasta el más conservador y doctrinario apoyado en la actitud reaccionaria de la iglesia Católica. 

En general, sus seguidores, en su mayor parte criollos, tendieron a un modelo intermedio, que pretendía el entendimiento con los sectores más moderados del conservadurismo. 

Por el contrario, el conservadurismo basado en un principio casi intuitivo de defensa del Antiguo Régimen, se afianzó entre los peninsulares, la Iglesia y parte de los criollos. La vuelta al absolutismo monárquico europeo posterior a 1815 reforzó esta tendencia entre las élites latinoamericanas. La necesidad de consolidar los gobiernos autóctonos fortaleció el conservadurismo; el orden resultaba imprescindible para desarrollar la economía y construir los estados-nación independientes. 


El viaje de las ideas ilustradas a América

Las ideas de la Ilustración llegaron a América a través de dos cauces, uno oficial, controlado por la corona y denominado “ilustración católica” y otra extraoficial o civil. El primero se caracterizó por un dirigismo estatal en los planos cultural y educativo, que se manifestó en un impulso laico otorgado a la educación. 

Por esta razón se fundaron diferentes centros de enseñanza superior. Éstos suplieron la docencia impartida por la Iglesia. Por otra parte, estas reformas facilitaron el contacto de las élites criollas con un cierto eclecticismo filosófico, la física moderna y la nueva cosmogonía, alejándose del aristotelismo y de la Escolástica dominante, mientras se formaban para gestionar la administración borbónica. En Brasil, la corona no promovió ningún centro universitario por miedo a crear focos de pensamiento autónomo, lo que resultó contraproducente puesto que las clases acomodadas optaron por enviar a los jóvenes a Coímbra y Salamanca, de donde regresaron con ideas aún más avanzadas. 

Respecto a la “ilustración laica”, hasta 1790 las ideas circularon con total libertad. Pero la Inquisición puso en marcha su maquinaria al arribar algunos conceptos nacidos tras la revolución francesa como, los principios generales sobre la igualdad de todos los hombres y las ideas contrarias a la quietud de los estados y reinos. 

Sin embargo, las ideas que posiblemente tuvieron mayor influencia fueron las de los fisiócratas, quienes defendían la preeminencia de las actividades agrícolas sobre cualquier otro sector económico. Difundidas por los clérigos españoles afincados en América tuvieron una gran acogida entre los criollos al estar la economía colonial sustentada por la agricultura y la minería. Los fisiócratas europeos eran liberales respecto a la economía pero se manifestaban muy autoritarios en cuanto a lo político, defendiendo formas de gobierno despóticas dispuestas a intervenir en lo económico y lo social. Estas tendencias conservadoras y autoritarias, necesarias frente a la falta de consenso entre las elites criollas y las dificultades de los grupos hegemónicos para gobernar, influirán en los futuros sistemas de gobiernos de los estados americanos. 

Las ideas ilustradas fueron penetrando en un grupo de criollos considerados como los “precursores” de la independencia. El primero en concebir “la libertad e independencia de todo el continente americano” fue en 1784 Francisco de Miranda, quien había leído a los filósofos franceses mientras realizaba el servicio militar en España. Miranda redactó en 1790 un plan de gobierno federal para aplicar a Hispanoamérica en el que definía el concepto de ciudadanía al defender el derecho a voto para los mayores de 21 años nacidos de padres libres. Éstos compondrían unas nuevas asambleas que gobernarían en todo el territorio, suprimiendo cabildos y ayuntamientos, así como gran parte de los tributos. Declaraba la libertad religiosa, aunque la religión católica romana seria la nacional. La federación estaría regida por una liga imperial y gobernada por dos ciudadanos, los Inca, nombrados para cinco años. 
Francisco Miranda

También destaca como precursor entre los criollos de ideas liberales Simón Bolívar. Nacido en Caracas, después de viajar por España, Europa y Norteamérica dedicó su vida a la independencia de la Gran Colombia. Inspirándose en la propuesta federalista de Miranda, su pensamiento político evolucionó hacia el conservadurismo. Asimismo el rioplatense Manuel Belgrano fue otro de los grandes lectores de los filósofos ilustrados; comenzó como un liberal pleno de entusiasmo para finalizar su discurso político como un convencido monárquico. 
Simón Bolívar

El contexto económico y social de la emancipación 

La estructura económica en América había permanecido prácticamente inmutable desde la colonización hasta 1750. La función de las colonias era la de producción y envío de materias primas a Europa y la absorción de las manufacturas ultramarinas enviadas a través de las metrópolis. 

A mediados del siglo XVIII los Borbones y los Braganza pusieron en marcha unas medidas liberalizadoras del comercio con el fin de recuperar el dinamismo económico peninsular. En respuesta a los progresos de la revolución industrial era imprescindible aumentar la producción colonial e incorporar al mercado mundial nuevos recursos productivos de zonas tan marginales como Venezuela, Río de la Plata, El Salvador, Ecuador o el Alto Perú y sus planicies costeras que aportaban cacao, añil, cueros, azúcar y algodón. El azúcar y el algodón, explotados según el modelo esclavista, gozaban de una posición destacada. De todas formas, los metales preciosos seguían siendo el elemento esencial de la exportación y gracias a estas reformas económicas, la entrada de metales al tesoro español se duplicó. 

Además, Carlos III reorganizó el sistema impositivo y la recaudación de la alcabala (impuesto indirecto sobre cualquier tipo de compraventa), monopolizó el tabaco, incrementó la extracción de plata y aumento el control sobre el comercio de cacao, el azúcar y el café. Para aplicar sus reformas en las regiones limítrofes del Imperio reordenó el territorio de los dos nuevos virreinatos escindidos del inmenso del Perú: el de Nueva Granada y el de Río de la Plata. Las reformas obtuvieron un resultado espectacular pues durante el primer decenio, de 1778 a 1788, el tráfico de mercancías se multiplicó y supero al comercio ilegal. Desgraciadamente, veinte años después, en 1808, la situación era bastante peor porque la metrópoli no era capaz de absorber la producción indiana ni su escaso desarrollo industrial le permitía abastecer de productos manufacturados al mercado de ultramar, lo que afectaba a la economía colonial. 


Asimismo la Corona se había interesado por la situación de la propiedad de la tierra y de la mano de obra, hasta el punto de iniciar una discreta reforma agraria. Por la Real Instrucción de 1754 se confirmaron las propiedades anteriores a 1700, aunque para las posteriores hubo que presentar títulos y pagos. Respecto a la mano de obra, los indios se beneficiaron con las leyes de las encomiendas al convertirse en propietarios de las tierras por las que pagasen tributos al rey. Las oligarquías terratenientes consideraron como una injerencia intolerable de la Corona tanto en los modos de producción como en la propiedad, manifestándose en contra de las pequeñas propiedades indígenas al perder parte de su mano de obra en régimen de semiesclavitud. Esta situación deterioró tanto el marco político y jurídico entre colonos y metrópoli que hizo inviable la convivencia. 

Peor aún resultó para una gran parte de los criollos la implantación en 1788 del libre comercio que iba destinado a los negociantes y mercaderes peninsulares. Al liquidarse el monopolio de Cádiz y Sevilla, los puertos catalanes introdujeron sus manufacturas en las colonias en detrimento de las americanas. 

Ciertamente se estimuló el comercio con la península al atenuarse el contrabando y se institucionalizó lo que venía sucediendo desde décadas atrás, pero aumentó todavía más el resentimiento de las élites criollas. Como consecuencia de esta política, la producción textil mexicana sufrió unos efectos catastróficos.

Por el contrario, la zona del Río de la Plata recibió un fuerte impulso al convertirse en suministradora de cueros y carne salada para exportar a las regiones esclavistas. De esta forma, las leyes del libre comercio forzaron una redistribución de los flujos comerciales internos en el subcontinente, modificando las relaciones interprovinciales e interregionales de las colonias, tanto entre ellas como con la metrópoli. 

Por otra parte, la mayor demanda agrícola supuso un aumento de la población esclava y un incremento en la explotación de la mano de obra indígena, lo que provocó levantamientos de negros y pardos. Para exacerbar aún más los ánimos, las leyes recogidas en la Constitución de 1812 relativas a las colonias, que impulsaban libertades como la abolición del tributo indígena o de los privilegios jurisdiccionales fueron mal recibidas por los oligarcas locales. Tras la invasión napoleónica, los criollos comenzaron a considerar inútil una metrópoli que no defendía sus intereses económicos ni de clase. 

Tampoco fue tan dramática la injerencia imperial, aunque sí resulto preciso considerar estos agravios para justificar el corte radical con España; agravios construidos a posteriori por las élites criollas contra la Corona. 

De ejecutar las órdenes se encargaban los peninsulares afincados en Hispanoamérica. A principios del siglo XIX suponían una pequeña parte de la población blanca, en su mayoría criollos. Desde esta perspectiva, la independencia fue la victoria de una mayoría, eso sí, minoritaria, frente al conjunto de la población americana. 

Las discrepancias que separaban a criollos y peninsulares resultaban bastantes nimias. Las pugnas eran más que nada ideológicas pues ni todos los peninsulares eran realistas, ni todos los criollos independentistas. El juego de intereses entre los poderes locales y regionales muchas veces era mayor que el enfrentamiento con la Corona o con sus representantes.

La situación varió al iniciarse el proceso emancipador. Los peninsulares fueron desposeídos de sus cargos públicos en las zonas controladas por los rebeldes, que comenzaron a llamarse patriotas. Si reconocían a los nuevos gobiernos revolucionarios, pagaban los impuestos para la revolución y apoyaban la independencia se les consideraba americanos. A los criollos que respaldaban a los realistas se les persiguió y muchos huyeron a España junto a los peninsulares. 

En realidad, el Antiguo Régimen en Hispanoamérica, a principios del XIX, era un modelo anquilosado, un sistema político que no fue capaz de canalizar las tensiones de los diferentes grupos para dar una mínima satisfacción a los distintos intereses sociales y económicos, étnicos y raciales. 


De la emancipación a la revolución y la guerra 

El proceso de las colonias españolas para convertirse en naciones se fraguó en dos etapas. La primera, la de emancipación, abarca desde 1809 hasta la derrota de Napoleón en 1815. Está definida por los análisis provincialistas y reformistas que realizan los intelectuales y políticos locales sobre las futuras naciones. La segunda se explica por la radicalización, al adoptarse la vía revolucionaria que desemboca en una guerra contra la metrópoli. Culmina con la independencia de Iberoamérica en 1825, excepto Cuba y Puerto Rico. 

Los estertores de un Imperio 

Al conocer los sucesos de Bayona y la revuelta del 2 de mayo de 1808 en Madrid, las colonias reaccionaron de manera similar a la metrópoli frente a la invasión francesa. El deterioro de la situación militar obligó a que en todo el Imperio se reconociera como autoridad suprema la Junta Central. Por primera vez una metrópoli convocaba a los representantes de sus colonias. La Junta decretó que las posesiones españolas de América eran reinos y provincias con los mismos derechos que los peninsulares. El Imperio quedaba definido como una federación de provincias cuya unión constituía la nación española a ambos lados del  Atlántico. También era una declaración formal del estatuto político de las colonias y sus habitantes. La Junta dispuso el envío de representantes a Sevilla desde las posesiones americanas para iniciar un proceso constituyente. Fue el acta de nacimiento de los procesos electorales del Imperio. A partir de ese momento, entre 1809 y 1814, se pusieron en marcha cinco procesos electorales distintos, que se convirtieron en un referente de participación ciudadana muy significativo para toda Hispanoamérica. 

La Junta decretó que el número de representantes para la Península fuera de 36 y 11 para las colonias. 

Las discrepancias y sublevaciones en lugares como Chile o Río de la Plata alargó tanto el proceso electoral que, al disolverse la Junta Central para constituir el Consejo de Regencia, y convocar elecciones a Corte Generales en enero de 1810, seguían sin resolverse. 

Pero el desequilibrio en el número de delegados acentuó las protestas de las élites criollas que negaron la legalidad del Consejo de Regencia al considerar el reparto discriminatorio. 

A esto se sumó, en los primeros meses de 1810, lo que parecía un hecho consumado, la derrota ante los franceses. La trágica situación condujo a la formación de juntas en América para convocar cabildos abiertos que reemplazaran a los antiguos gobernantes. Aunque las colonias seguían fieles a Fernando VII, se enfrentaban a la posibilidad de pasar a manos del gobierno francés. El futuro del Imperio era incierto y las élites criollas tenían que improvisar las relaciones con la metrópoli, dotarse de instrumentos de gobierno autónomo para controlar la situación interna de sus regiones y definir las actuaciones respecto a las oligarquías locales, a las castas y a los burócratas peninsulares. 



Un primer paso: el proceso emancipador 

Enseguida emergieron las diferencias entre fidelistas y autonomistas, iniciándose la revolución que llevaría a la independencia. Defendido por las milicias criollas que apostaron por la libertad de comercio y el fin de los privilegios de los peninsulares, el cabildo de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1810, decretó la igualdad jurídica de blancos, indios y mestizos y sancionó su autonomía frente a España. 

Por el contrario, el miedo de las oligarquías criollas de Venezuela y Nueva España a los indígenas, mestizos, negros y pardos obligó a las clases altas a alinearse con los fidelistas, intentando evitar una situación como la haitiana. Por eso fracasó la primera revolución. Aun así, en Venezuela, Simón Bolívar se puso a la cabeza del movimiento, intentado conseguir de los ingleses el apoyo para su causa. Los británicos tampoco se resistieron demasiado, después de evaluar los beneficios del comercio directo con las colonias hispanas. En 1813 Bolívar declaró la guerra a muerte a los españoles, y tras huir a Jamaica inició allí la formación de un ejército. 

En Nueva España los intentos del cura Manuel Hidalgo, secundado poco tiempo después por el también sacerdote criollo José María Moleros, para alzar a 25.000 peones y mineros a favor del rey, la virgen de Guadalupe y en contra de los peninsulares, resultaron fallidos. Hidalgo declaró la abolición de la esclavitud por primera vez en América, la supresión del tributo indígena y la nulidad de las castas. Adoptó alguna reforma agraria como el retorno de las tierras comunales a las comunidades indígenas, lo que le alejó de los terratenientes. A las élites mexicanas se les escapó el control de esta insurrección agraria y los resultados fueron dramáticos llegando a masacrar a peninsulares y criollos en varias ciudades. La violencia apartó del movimiento a los segmentos elitistas. La intervención de las tropas imperiales terminó con la revuelta. 

 Manuel Hidalgo y José María Moleros (México)


A partir de diciembre de 1813, con el retorno de Fernando VII del exilio, comenzó un período de lucha, en este caso contrarrevolucionario, definido por el absolutismo y la imposibilidad de negociar con la Corona. 

En un primer momento, al Rey le resultó imposible reunir tropas para enviar contra las provincias sublevadas, pues la Península seguía envuelta en su guerra contra el francés. Pero, tras la caída de Napoleón en 1815, se organizó una expedición que arrasó todo signo evidente de rebeldía en Hispanoamérica, excepto en Buenos Aires. Los reductos revolucionarios insistieron en sus propósitos emancipadores. 

El trienio liberal que se inició en España el 1 de enero de 1820 con el pronunciamiento militar del teniente coronel Rafael Riego jugó a favor de la independencia. El levantamiento impidió que la flota concentrada para intervenir en las colonias se hiciera a la mar. La restauración absolutista de 1823 llegó demasiado tarde para restablecer una unidad imperial excesivamente debilitada. 

Tampoco resultó propicia para el viejo sistema la coyuntura internacional. Los ingleses, tras la derrota de Napoleón, decidieron apoyar abiertamente a los sublevados. Lo mismo ocurrió con Estados Unidos; después de su segunda guerra contra Gran Bretaña (1812-1815), que hizo incuestionable su independencia, resolvió ayudar a sus vecinos del sur. La compra de Florida a España en 1822 y la definición de su política exterior a partir de proclamar la doctrina Monroe (1823), sintetizada en “América para los americanos”, no dejaba ninguna duda sobre su posición frente a los imperialismos europeos. 

Un segundo paso: las independencias 

Como los propios libertadores desconfiaban de la capacidad de sus sociedades para constituir gobiernos republicanos modernos, decidieron organizar ejércitos capaces de vencer a los realistas y así obtener la autonomía. A base de campañas militares en que mestizos, indios y negros constituyeron el grueso del ejército, comenzó la segunda fase del proceso emancipador.

Tras decretar su autogobierno, en mayo de 1810, el cabildo de Buenos Aires pretendió separarse del virreinato de Río de la Plata pero sin conseguirlo: Montevideo continuó bajo el control de la marina española y Paraguay se retiró para proseguir su propio camino al declarar su autonomía. Dentro de la propia Buenos Aires, se desataron fuertes enfrentamientos entre conservadores y radicales, que se prolongaron hasta 1813 cuando se suprimieron los mayorazgos, la Inquisición y los títulos nobiliarios, a la vez que se otorgó la libertad a los hijos de las esclavas. Finalmente, el 9 de julio de 1816 en el Congreso de Tucumán se proclamaba la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, actual Argentina. 

Las luchas también se sucedieron en Chile, donde se enfrentaron los reformistas, que defendían una mayor autonomía dentro de la nación española, contra los revolucionarios, que querían la independencia total. En 1812 se refrendó un reglamento constitucional que reconocía la autoridad del rey de España además de establecer un Ejecutivo y un Legislativo unicameral. 

Un año después desembarcaba por el sur de Chile un cuerpo expedicionario peruano independentista que prácticamente tomó el país. Perseguido por el ejército realista al mando del general Osorio, hubo de refugiarse en Mendoza, al otro lado de la cordillera. Allí, José de San Martín, que acababa de llegar de España, organizó un regimiento muy eficaz y disciplinado para invadir Chile. En enero de 1814 San Martín atravesó los Andes, facilitando a Bernardo O’Higgins y a los independentistas chilenos la toma de Santiago.
José San Martín

El 5 de abril tras una encarnizada batalla en Maipú, se proclamó la independencia de Chile. 

Al mando del Ejército libertador de los Andes, San Martín decidió conquistar Perú. Para superar la barrera del desierto de Atacama, pidió apoyo a las flotas norteamericana e inglesa, y en agosto de 1820 desembarcó en Pisco. Allí se enfrentaron a los realistas que apenas opusieron resistencia. En julio de 1821 San Martín era proclamado en Lima protector del Perú independiente. Para ganarse a las oligarquías locales estableció un gobierno muy conservador que, sin embargo, consiguió la animadversión de los limeños. San Martín tuvo que solicitar auxilio a Simón Bolívar para culminar la independencia. En julio de 1822 ambos próceres se entrevistaron en Guayaquil, donde San Martín optó por abandonar Perú, exiliarse en Europa y dejar a Bolívar la tarea de concluir la emancipación. 

Bolívar ya había dominado Venezuela y Colombia. Con la ayuda de partidas del interior, de mercenarios ingleses y de esclavos a quienes había prometido la manumisión, se encaminó hacia Lima. 

Después de la victoria de Junín (Perú) el 6 de agosto de 1824, y la de Ayacucho (Perú) justo seis meses después, el general independentista Antonio José de Sucre derrotaba al virrey José de la Serna. Al año siguiente, el 1 de abril de 1825, en Tumusla (Bolivia), concluía el proceso independentista cuando el coronel Carlos Medinaceli acababa con el último bastión realista. Simón Bolívar, ese mismo verano de 1825, entró en el territorio de Charcas para dar nombre a un nuevo Estado: la república de Bolivia. 

Sucre

La emancipación mexicana 

Impulsada por las protestas india y mestiza, la emancipación mexicana fue distinta a la de América del sur. 

Tras el fracaso de la revolución emprendida por Hidalgo y Moleros, la crueldad del movimiento impidió quela oligarquía escuchara las reclamaciones campesinas. Aun así, Morelos dio a los proyectos independentistas una estructura ideológica con un contenido igualitario, religioso y nacionalista. Los mexicanos Morelos e Hidalgo fueron los únicos independentistas en todo el continente que intentaron una cierta alianza con las poblaciones indias y mestizas. 

Posteriormente, las disposiciones llegadas desde Madrid en 1821, durante el trienio liberal, provocaron una revolución conservadora. Las medidas contra la iglesia y la anulación de los fueros militares sublevaron a la élite criolla contraria a cualquier cambio que modificara el estricto orden impuesto. Un antiguo general criollo y realista, Agustín de Iturbide, pactó con el guerrillero Vicente Guerrero el llamado Plan de Iguala para proclamar la independencia adaptada a una monarquía, garantizar los privilegios de la Iglesia católica y propiciar la unión de las diferentes tendencias políticas: conservadores y liberales, rebeldes y realistas, criollos y españoles. Este compromiso sirvió de nexo para aglutinar a grupos muy heterogéneos hasta el punto de solicitar la independencia al virrey O’Donojú, a quien no le quedó otra opción que aceptarla. 

A las Cortes españolas llegó en febrero de 1822 la propuesta del Congreso Nacional mexicano para que un príncipe español iniciara una nueva monarquía. Pero las Cortes lo rechazaron, así como el Tratado de Córdoba, firmado entre Iturbide y O’Donojú el 24 de agosto de 1821 por el que México se constituía en un imperio con una monarquía constitucional moderada. De este modo se consumó la separación política entre México y España. Iturbide accedió al trono y fue coronado emperador de México como Agustín I en mayo de 1822. Pero al año siguiente México se declaraba república federal, separándose del resto de los países de las Provincias Unidas de América Central. 



La excepción brasileña 

Si bien el proceso emancipador brasileño se produjo a la par que el de las colonias españolas, posee unas características bien diferentes. También en Brasil a lo largo del siglo XVIII se habían articulado una serie de reformas para estimular la producción de azúcar e impulsar la de algodón. 

Sin duda, desde muchos puntos de vista, Brasil es un país peculiar. Desde luego, ha sido el único que, de colonia se transformó en imperio, lo que no es poco decir. Lo curioso es que Napoleón, que estaba tan lejos, fuera el factor más influyente de este acontecimiento y, ello, como consecuencia del bloqueo que decretó contra Inglaterra; entonces, Francia, quiso intentar la conquista de Portugal, la vieja aliada de los ingleses. Rey de Portugal era Juan VI, quien, enterado de los propósitos franceses, comprendió de inmediato la inutilidad de pensar en resistir a las fuerzas napoleónicas. Secretamente, decidió embarcarse con toda su familia hacia Brasil.

Llegó a Bahía, el 22 de enero de 1808. Los brasileños recibieron con gran entusiasmo a la familia real, previendo que era un factor que prometía progreso para el país, como ocurrió en el tiempo siguiente. A poco de llegar, el rey decretó la apertura de los puertos al comercio exterior, poniendo término a las viejas restricciones coloniales. Juan VI concibió convertir a Brasil en un imperio: estableció la corte en Río de Janeiro, creó Ministerios y órganos administrativos y jurídicos; también, el desarrollo del comercio fue muy importante y, por cierto, favoreció a sus amigos ingleses con muy especiales condiciones aduaneras. Incluso, abrió el país a científicos, artistas y viajeros curiosos; en resumen, estas tierras desconocidas en Europa, tomaron dimensión muy diferente e importante En el Congreso de Viena, el embajador francés, que era Talleyrand propuso que Portugal, el Algarve y Brasil, tuvieran la categoría de un reino unido, ponencia que fue aceptada. No obstante, Juan VI decidió permanecer en Río de Janeiro. Mientras tanto, en Portugal habían ocurrido cambios, debido a las ideas liberales que invadían Europa y a que la regencia , había tomado los visos de un tiranía; además, prácticamente, había puesto el país en manos de la diplomacia inglesa. Estos hechos forzaron el regreso de Juan VI a Lisboa, pero dejó en Brasil , como regente al príncipe Pedro, heredero de la corona; éste también debió afrontar los problemas creados por los ánimos nacionalistas, que se exaltaron, todavía más, cuando la Cortes portuguesas quisieron revocar la autonomía y los derechos comerciales, que ostenta Brasil, desde que fue elevado a la categoría de reino unido. Entonces, surgió José Bonifacio, naturalista, poeta y exprofesor de la Universidad de Coimbra, a quién llamaron después patriarca de la independencia, quien recomendó la monarquía constitucional, bajo el mando del regente. Es el momento en el que, las Cortes de Lisboa deciden revocar los poderes que Juan VI había otorgado a su hijo. Los dirigentes brasileños, proponen la ruptura con Portugal y, al mismo tiempo, que Don Pedro sea designado como Defensor perpetuo de Brasil. designación que acepta y nombra Ministro a José Bonifacio. Sin embargo, la ruptura definitiva la sella la Asamblea el 1º de diciembre de 1822 y se corona como Pedro I, emperador.

El 27 de octubre de 1807, Napoleón y Godoy firmaron el tratado de Fontainebelau por el que acordaron invadir Portugal, que se había opuesto al bloqueo continental contra Gran Bretaña. Ante el avance de las tropas napoleónicas, la familia real huyó a Brasil. 

Al convertirse Río en la capital del Imperio, a partir de marzo de 1808, se desarrollaron sus infraestructuras,se agilizó el cobro de impuestos y la administración de justicia, se abrieron el Banco Nacional de Brasil, varias Reales Academias y se creó la Biblioteca Real. Brasil se puso a la altura de cualquier corte europea. 

Un pacto político entre las élites, garante de una transición incruenta y una estabilidad económica y social, llevó a la independencia. Una vez resueltas las guerras napoleónicas, los notables brasileños se negaron a retornar a la situación preimperial y solicitaron en 1820 al príncipe don Pedro, que rompiera con la dinastía de los Braganza y se quedara en Brasil mientras la corte regresaba a Portugal. 

Pedro I, emperador de Brasil

Así se hizo, y al ser nombrado regente, en 1822, destituyó al gobierno establecido y nombró uno probrasileño. A continuación, el 7 de septiembre de 1822 se proclamaba la independencia del Brasil. El 1 de diciembre, Don Pedro fue coronado emperador en Río de Janeiro con el nombre de Pedro I. Apenas sin violencia, y con tan sólo una pequeña oposición de unos cuantos reductos afines a la metrópoli, se alcanzó la independencia. 

Las tensiones entre la élite y el emperador saltaron enseguida debido a la disparidad de intereses. Se acusaba al monarca de estar demasiado cerca del entorno portugués. En diciembre de 1823, el emperador disolvió la Asamblea Constituyente y promulgó una Carta otorgada en 1824, lo que provocó la rebelión armada. El Brasil independiente costó una guerra civil con las regiones que habían permanecido fieles a Portugal (Bahía, Maranhao y Uruguay). Con la ayuda de Lord Cochrane, almirante inglés, Pedro I, dominó la situación, pero en 1828 - tras una guerra con Argentina - Uruguay se declaró independiente. Estados Unidos fue el primero en reconocer el nuevo imperio, luego, lo hicieron Inglaterra, Francia, Austria, el Vaticano y, más tarde, todos los países europeos y, desde luego, los restantes países de las Américas; Portugal lo hizo solo en 1825. El malestar de los federalistas, las pérdidas territoriales fronterizas, la incomunicación con el Parlamento, la crisis económica y las costosas intervenciones en los problemas sucesorios de Portugal, llevaron a Pedro I a abdicar en su hijo de 5 años el 7 de abril de 1831 y regresar a Portugal. 

En 1824 se dictó la Constitución que tuvo vigencia hasta 1891.Pedro I abdicó en 1831 y tras el breve reinado de Pedro II, se proclama la República el 15 de noviembre de 1889.

El territorio de la República Federal alcanza a los 8.511.996 kilómetros cuadrados; su población es de 153.300.000; su capital es Brasilia y algunas ciudades principales son Sao Pablo (más de 15.000-000 de habitantes), Río de Janeiro, Salvador y Belo Horizonte.

Un gobierno conservador se ocupó de la regencia. En 1840 se declaró al régimen imperial como la mejor opción de futuro, al garantizar la integridad territorial del nuevo Estado, un régimen que duró cerca de 60 años. En 1899, una revolución republicana impuso la república federal. 



Tras la independencia, la desilusión: fragmentación política e inestabilidad institucional 

En 1825, tras alcanzar la independencia, los antiguos dominios se repartían en los siguientes estados: México, las Provincias Unidas de América Central, la Gran Colombia, Perú, Bolivia, Chile y las Provincias Unidas del Río de la Plata. Cada uno de ellos tuvo que definir su territorio, su sistema político y delimitar el modo de integración económica en el mercado local, regional e internacional. Pero las diferencias regionales y las disputas frustraron los proyectos panamericanistas. Las grandes potencias, sobre todo Inglaterra, también se ocuparon de que así fuera. 

En 1830 la Gran Colombia se dividió en tres repúblicas enfrentadas en guerras por asuntos territoriales: Nueva Granada (Colombia y Panamá), Venezuela y Quito (Ecuador). Además de la conciencia diferenciada que existía, se unió la falta de una red de transporte entre ellas. En los nuevos países la guerra había arruinado la ha cienda, los empréstitos extranjeros habían conducido a la bancarrota, no existía una mínima estructura estatal eficaz y demasiados militares estaban dispuestos a ocupar puestos relevantes en la vida pública. 

Gran Colombia

Las fuerzas centrípetas también trucaron el federalismo de las Provincias Unidas de América Central. 

Nacidas en 1823 y separadas de México después de la caída de Iturbide, los cinco países: Honduras, Guatemala, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica, se rigieron por un gobierno y una constitución federal. 

Guatemala fue designada capital pero sus fuertes tendencias centralistas resultaron opresivas para el resto de las regiones. En 1838 la federación se desmembró cuando el congreso trató de fiscalizar las rentas de los estados. A partir de entonces se convirtieron en repúblicas independientes aunque, a lo largo del siglo XIX, intentaron sucesivas unificaciones, que resultaron inviables por las continuas disputas entre liberales y conservadores, las intrusiones de Estados Unidos e Inglaterra y el limitado desarrollo económico de la región. 



Tampoco fue posible el nacimiento de un estado único entre Bolivia y Perú. Bolivia se encontraba entre dos virreinatos, el de Perú y el del Río de la Plata. En 1828 se convirtió en un país independiente, gobernado por el general Andrés de Santa Cruz a partir de 1829. Partidario de la unión del Alto y Bajo Perú, en 1836 Santa Cruz aprovechó un período de anarquía en Perú para incorporar esta república a una nueva Confederación. Tanto la clase política peruana, chilena y argentina se opusieron y, tres años después, Santa Cruz fue derrotado por una expedición chilena. 

Algo después, en 1828, se separó de Brasil la República Oriental del Uruguay y la colonia española que había quedado dependiendo de Haití, la República Dominicana, en 1844 haría lo propio. 


Planteamientos y logros de los nuevos estados 

Al terminar el siglo XIX, Hispanoamérica se hallaba dividida en diecinueve naciones, gran parte de ellas sumidas en enfrentamientos entre los distintos grupos sociales. Los nuevos Estados nacieron condicionados por una economía de guerra. 

La tarea principal de los gobiernos fue la de obtener fondos para sufragar el coste de los ejércitos. Una vez pacificado el territorio, hubo que financiar el déficit arrastrado por cada conflicto e iniciar la construcción de los aparatos estatales que permitieran la gobernabilidad. También hubo que afrontar aspectos como el latifundismo, el caudillismo, el militarismo o la corrupción. Además de las fronteras y el control territorial,hubo que establecer patrones métricos y monetarios así como crear sistemas legislativos para variar los usos indianos en materia de propiedad y de contratación y las reglas para los intercambios entre las distintas repúblicas. Fue necesario abrir nuevas rutas de intercomunicación regional en las que el ferrocarril y el barco de vapor desempeñaron un papel relevante. Los ingresos aduaneros se convirtieron en la principal fuente de ingresos fiscales. 

Las guerras de independencia también generaron cambios sociales importantes. Aunque, en principio, los nuevos estados se negaron a abolir el sistema esclavista, por lo general se adoptaron soluciones de compromiso, como la prohibición de la trata o la libertad para los hijos de los esclavos. El alistamiento general obligó a los gobiernos a conceder amplias manumisiones hasta casi desaparecer los esclavos domésticos. Al resquebrajarse la disciplina en los emporios negreros y aumentar la dificultad de abastecimiento, a finales de siglo el sistema de producción esclavista prácticamente despareció. Las masas indígenas también se vieron afectadas por la independencia y aumentaron donde antes había grandes núcleos de población. 

La ruralización y la militarización fueron dos fenómenos emergentes en las nuevas sociedades que impulsaron el caudillismo y el fomento del clientelismo, ya existente en la época colonial, pero que amenazaba de manera continua a las democracias. La ineficacia y debilidad de los gobiernos impulsaron el nacimiento del caudillo como único garante de la estabilidad económica y social.

La revolución latinoamericana no fue una revolución económica, puesto que las estructuras productivas y mercantiles siguieron siendo las existentes antes de la emancipación. Tampoco fue la emancipación una revolución social, si bien la ruptura traumática con la metrópoli tuvo efectos no deseados en las relaciones sociales, éstos se debieron, en parte, a la movilización popular de los dos bandos antes de la guerra. 

Pero si fue una verdadera revolución política, basada en el nacimiento del ciudadano y de la ciudadanía y en cuestiones como la soberanía nacional, el gobierno representativo o el Estado de derecho. 

Pese a sus contradicciones, la sociedad colonial hizo posible el avance del proceso emancipador, provocando nuevas formas de representación basadas en el individuo. Por eso se apeló repetidamente a la ciudadanía para elegir autoridades y representantes populares mediante comicios. El nacimiento de la individualidad fue paralelo a la desaparición de los súbditos del rey y a la supresión gradual de las corporaciones del Antiguo Régimen. Las libertades y los derechos resultaron ser sobre todo individuales, afectando a todos los estratos de la sociedad. 

Lo importante de todo este proceso fue el asentamiento de las bases del desarrollo democrático en América Latina. Allí se votaba cuando apenas se hacía en Estados Unidos y en un reducido número de países europeos. Así pues, el origen revolucionario de las repúblicas latinoamericanas provocó en el pensamiento decimonónico una idea mítica: el ideal republicano, que estuvo en la base de las revoluciones del siglo XIX.

sábado, 3 de septiembre de 2016

EL PETRÓLEO

El petróleo, en nuestro tiempo, es la principal fuente de energías de la actual civilización, también se formó hace cientos de millones de años de los organismos en descomposición que vivían en el mar; el océano albergaba una vasta población de plantas y animales microscópicos y miríadas de ellos se hundieron y fueron enterrados en el fango. Este fango se convirtió en roca y las diversas materias enterradas dieron lugar al petróleo.

Petróleo, es un sustantivo que significa aceite de piedra y es la energía que se utiliza, como reemplazo del carbón, para mover los motores de barcos, aeroplanos, automóviles y trenes; es la energía que emplean las fábricas y la que proporciona calor para los hogares. Sus derivados, también, como el carbón, tienen otras aplicaciones: fabricar llantas, plásticos, cosméticos y otros muchos productos.

El poderío de los países del Golfo se debe a la historia geológica esta misteriosa materia, el petróleo.
Todas las grandes cuencas petrolíferas del mundo se encuentran en suelos que han sustituido a mares desaparecidos. En el Oriente Medio, África del Norte, pero también en Texas, en California, en Venezuela, en Alaska o en Siberia ...

Aunque no todos los petróleos tienen la misma calidad. La extracción y pro-ducción de los llamados «pesados» son muy onerosas. Por eso, geólogos y los indus-triales del petróleo concentraron sus actividades en los campos donde se podía bombear el líquido en la superficie, por simple presión natural o por métodos calóricos o químicos.

La espectacular aparición del petróleo en el Oriente Medio, en los treinta, se debió al hecho de que esta región presenta las características más favorables. En los campos de petróleo libios, kuwaitianos o sauditas se llegan a extraer de 12.000 a 20.000 barriles diarios en la superficie del pozo. Mientras que los pozos de los Estados Unidos proporcionan, por término medio, ¡17 barriles al día!
Los campos del mar del Norte, del Canadá y de los Estados Unidos proporcionan un petróleo que cuesta, en el momento de la extracción, de 9 a 10 dólares el barril. En cambio, sólo cuesta un dólar en los campos de Ghawhar, en Arabia, o de Burgan, en Kuwait.

Por eso no ha dejado de aumentar la ventaja decisiva de los países del Golfo.

Conocido desde la Antigüedad, el petróleo no entró en la vida de los hombres hasta mediados del siglo XIX. En los Estados Unidos, cuando rezumaba en el suelo o brotaba espontáneamente, era recogido para utilizarlo en medicina, con el nombre de aceite de Séneca. Después, algunos tuvieron la idea de emplearlo para el alumbrado.

Otros pensaron entonces que se podrían obtener mayores cantidades excavando el suelo. Pero, ¿cómo hacerlo? Y, ¿para qué?

Por uno de esos azares de la vida, un empleado del ferrocarril, Edwin Drake, fue jubilado y se retiró al pueblecito de Titusville, en Pensilvania, donde se observaban, acá y allá, huellas del líquido pardo y viscoso.

Después de cruzar una apuesta con su amigo el herrero William Smith, decidió, en otoño de 1858, hacer un agujero en una roca manchada con el aceite de Séneca.. Los dos hombres montaron un balancín, unos puntales, una cuerda y un taladro, y empezaron a perforar. Pero llegó el frío y tuvieron que interrumpir su faena hasta la primavera siguiente.

El trabajo se prolongó, y los fondos escasearon. Entonces crean una pe­queña sociedad, la «Seneca Oil Co.», en la que ingresan unos cuantos vecinos. El sábado 29 de agosto de 1859, por la tarde, en el momento en que alcanzan los 20 metros de profundidad, ven por primera vez, en el fondo del agujero, la capa de líquido que buscaban. Y surge el petróleo.

La historia del petróleo va a empezar.

Habiendo oído hablar del yacimiento de Drake, otros hombres de Pen­silvania se dan a la tarea de horadar pozos en los valles vecinos y en el conjunto de la región que será denominada «Oil Creek» (río de petróleo). Otros, hacen lo propio en California, en el Middle West, en Texas. Pero no hay compra­dores. Los prospectores de vanguardia sólo pueden vender el líquido al precio de 10 centavos el barril y, por cierto, no cubren gastos. La actividad se retrasa y, al fin, se interrumpe. Transcurrirá una veintena de años antes de que aparezca otro pionero. Este era un contable de una modesta sociedad de Cleveland, y, con él, llegó el genio finan­ciero del petróleo: John D. Rockefeller.

Con su austeridad de baptista, su ardor en el trabajo y su brutalidad legendaria para tratar a los obreros y a la asociación, Rockefeller fundó en 1880 la «Standard Oil Trust», cuyo desarrollo y fortuna no conocerían pausas ni límite, convirtiéndola en símbolo supremo del capitalismo. Y en la primera de las grandes Compañías.

Escuchando a Rockefeller y estudiando su producto, otro genio, Henry Ford, montó, quince años más tarde, el motor de explosión en los primeros automóviles.

Se habían reunido las condiciones de la explotación sistemática del petróleo y de la motorización de la sociedad industrial. Debemos, pues, a Drake, a Rockefeller y a Ford, la aventura industrial moderna.
El petróleo, explotado sin medida, se ha hecho indispensable para tan­tas cosas de la vida, que la idea de privarse de él parece inaceptable e incluso irrealizable. Sin duda por esto, el conjunto de los países industriales no ha hecho prácticamente nada, en el curso de los años 70-80, es decir, frenar de prisa y bien el consumo de petróleo, a pesar de que era evidente la existencia de la crisis y de la imperiosa necesidad de tomar medidas.

Los Estados Unidos deben ahora importar más de la mitad de su consumo de petróleo y su coste pasó de 42.000 millones a 80.000 millones de dólares, en los años 80.

Y si Estados Unidos, en los años 80, dependía del petróleo exterior en un 40%, Europa y Japón cifraban esa cantidad en 80%.

viernes, 24 de julio de 2015

SIMÓN BOLÍVAR. EL LIBERTADOR DE LA GRAN COLOMBIA

La independencia americana se vio favorecida por la coyuntura política, bélica e ideológica por la que atravesó España. La supresión de la dinastía de Borbón y la invasión de la península Ibérica por las tropas de Napoleón I Bonaparte, que dieron origen a la guerra de la Independencia española (1808-1814), posibilitaron la aparición de juntas que se constituyeron en las principales ciudades americanas. Las juntas empezaron, en general, reconociendo la autoridad real en la persona de Fernando VII, pero propiciaron el comienzo del proceso independentista. Las Cortes de Cádiz y la Constitución liberal de 1812 dieron paso al restablecimiento de la autoridad española en la mayoría de las regiones peninsulares (creación de la Junta Central, en septiembre de 1808) y a la moderación en las actuaciones de los independentistas más radicales, al abrirse camino las posibilidades de un nuevo régimen en España que conllevara una nueva organización política, social y económica de los territorios americanos. 

Pero la reacción absolutista de 1814, producida por el retorno al trono español de Fernando VII, produjo un cambio radical en la dirección de los acontecimientos y significó la reanudación de las confrontaciones y la guerra abierta. El éxito del pronunciamiento liberal de Rafael del Riego en Cabezas de San Juan en 1820, impidió el embarque de las tropas españolas destinadas a América y, con ello, facilitó a los patriotas americanos la realización de las últimas campañas militares, que les llevarían al triunfo final y a la independencia.

La Declaración de Independencia estadounidense y la Revolución Francesa, cuya influencia en la historia mundial es evidente, actuaron más como modelos que como causas directas del proceso. Mayor importancia tuvieron las ideas enciclopedistas y liberales procedentes de Francia, así como las relaciones de convivencia de muchos de los máximos dirigentes independentistas, como Francisco de Miranda, José de San Martín, Simón Bolívar, Mariano Moreno, Carlos de Alvear, Bernardo O'Higgins, José Miguel Carrera Verdugo, Juan Pío de Montúfar y Vicente Rocafuerte, que se encontraron con frecuencia en Londres, así como los contactos que mantuvieron con los centros políticos de Estados Unidos y Gran Bretaña.

Cuando la Independencia de América comenzaba a pensarse con otros nombres y a iniciar su recorrido autónomo, nació en Caracas, el 24 de julio de 1783, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios. Venezuela era entonces una Capitanía General del Reino de España, en cuya población se respiraban resquemores por las diferencias de derechos existentes entre la oligarquía española dueña del poder, la clase mantuana o criolla, terratenientes en su mayoría, y los estratos bajos de pardos y esclavos.



LA HISTORIA DE SIMÓN BOLÍVAR

Simón Bolívar fue el caudillo de la independencia hispanoamericana. Nacido en Caracas en 1783 en el seno de una familia de origen vasco de la hidalguía criolla venezolana, Simón Bolívar se formó leyendo a los pensadores de la Ilustración (Locke, Rousseau, Voltaire, Montesquieu) y viajando por Europa. En París tomó contacto con las ideas de la Revolución y conoció personalmente a Napoleón y Humboldt.

Afiliado a la masonería e imbuido de las ideas liberales, ya en 1805 se juró en Roma que no descansaría hasta liberar a su país de la dominación española. Y, aunque carecía de formación militar, Simón Bolívar llegó a convertirse en el principal dirigente de la guerra por la independencia de las colonias hispanoamericanas; además, suministró al movimiento una base ideológica mediante sus propios escritos y discursos.

Bolívar regresó a Caracas a mediados de 1807, tras una corta estancia en Estados Unidos, para retornar a su antigua vida de hacendado. José Antonio Briceño, un vecino de tierras y fincas, le esperaba con un cerco en sus tierras; tal asunto debía resolverse cuanto antes. Las incursiones de Miranda habían incorporado entre algunos caraqueños el concepto de la emancipación; sin embargo, la gran mayoría de los criollos se conformaba con rebelarse pasivamente violando las normas que se dictaban desde España.

En 1810, aprovechando que la metrópoli se hallaba ocupada por el ejército francés, se unió a la revolución independentista que estalló en Venezuela, dirigida por Francisco de Miranda. El fracaso de aquella intentona obligó a Bolívar a huir del país en 1812; tomó entonces las riendas del movimiento, lanzando desde Cartagena de Indias un manifiesto que incitaba de nuevo a la rebelión, corrigiendo los errores cometidos en el pasado (1812).

En 1813 lanzó una segunda revolución, que entró triunfante en Caracas (de ese momento data la concesión por el Ayuntamiento del título de Libertador). Aún hubo una nueva reacción realista, bajo la dirección de Morillo y Bobes, que reconquistaron el país para la Corona española, expulsando a Bolívar a Jamaica (1814-15); pero éste realizó una tercera revolución entre 1816 y 1819, que le daría el control del país.

Bolívar soñaba con formar una gran confederación que uniera a todas las antiguas colonias españolas de América, inspirada en el modelo de Estados Unidos. Por ello, no satisfecho con la liberación de Venezuela, cruzó los Andes y venció a las tropas realistas españolas en la batalla de Boyacá (1819), que dio la independencia al Virreinato de Nueva Granada (la actual Colombia). Reunió entonces un Congreso en Angostura (1819), que elaboró una Constitución para la nueva República de Colombia, que englobaba lo que hoy son Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá; el mismo Simón Bolívar fue elegido presidente de esta «Gran Colombia». Luego liberó el territorio de la Audiencia de Quito (actual Ecuador) en unión de Antonio José de Sucre, tras imponerse en la batalla de Pichincha (1822).

En aquel mismo año Simón Bolívar se reunió en Guayaquil con el otro gran caudillo del movimiento independentista, José de San Martín, que había liberado Argentina y Chile, para ver la forma de cooperar en la liberación del Perú. Ambos dirigentes chocaron en sus ambiciones y en sus apreciaciones políticas (pues San Martín se inclinaba por crear regímenes monárquicos encabezados por príncipes europeos), desistiendo San Martín de entablar una lucha por el poder (poco después se marcharía a Europa) y dejando el campo libre a Bolívar.
Bolívar pudo entonces ponerse al frente de la insurrección del Perú, último bastión del continente en el que resistían los españoles, aprovechando las disensiones internas de los rebeldes del país (1823). En 1824 obtuvo la más decisiva de sus victorias en la batalla de Ayacucho, que determinó el fin de la presencia española en Perú y en toda Sudamérica. Los últimos focos realistas del Alto Perú fueron liquidados en 1825, creándose allí la República de Bolívar (actual Bolivia).
Los meses que precedieron la muerte del Libertador en Santa Marta, en 1830, le significaron a Bolívar la evocación de la memoria de su amarga derrota política. La trayectoria desde lo alto de la cima del Chimborazo cuando Bolívar deliraba y se confundía con el "Dios de Colombia" hasta su renuncia a la presidencia de Colombia en abril de 1830, significó para Bolívar la lucha por la verdadera construcción de las naciones. Abogó en todo momento por la edificación de un Estado centralista que lograra cohesionar aquello que en virtud de la heterogeneidad racial, cultural y geográfica no resistía la perfección de una federación.

Todo fue inútil. Las pugnas caudillistas y nacionalistas vencieron y procedieron a la separación de Venezuela y Ecuador de la Gran Colombia. Recordaba a Manuelita Sáenz, su último amor y la "Libertadora" de su vida en el atentado del 25 de septiembre de 1828, en Bogotá; también evocaba otros amores y otros atentados. Lloraba la muerte de Sucre, recordaba y deliraba, y así murió, solo y defenestrado de los territorios que había libertado, por causa de una hemoptisis, en la Quinta San Pedro Alejandrino, el 17 de diciembre de 1830. En 1842 el gobierno de Venezuela decidió trasladar los restos de Bolívar, según su último deseo. Desde entonces, su legado ha devenido mito y veneración como "fundador de la patria".
EL LEGADO DE BOLÍVAR

El pensamiento liberal del Libertador, formado en las ideas de la revolución Francesa, lo inclinaba a favorecer los derechos de y la igualdad social. Desde los primeros años de la independencia, el Libertador comprendió claramente que el problema de las desigualdades e injusticias sociales heredadas del período colonial debían ser resueltas para atraer a las grandes masas populares a la causa de la independencia.
La experiencia de la primera y segunda República había demostrado que la mayoría de los esclavos, pardos e indígenas se habían sumado a las tropas realistas de Monteverde y Boves, gracias al mensaje demagógico que estos caudillos transmitían a un pueblo sencillo. Además, las clases populares no se sentían identificadas con el proyecto independentista de lo mantuanos, pues para el pueblo, los mantuanos, dueños de tierras y de esclavos, eran sus opresores. Ante esa situación, Bolívar tomó una serie de medidas para favorecer a los esclavos, a los indígenas y a los soldados patriotas: En diferentes ocasiones, el Libertador expresó la necesidad de liberar a los esclavos y darles un tratamiento justo, como lo revelan los decretos de Carúpano y Ocumare en 1816, el discurso ante el Congreso de Angostura de 1819 y el mensaje al Congreso constituyente de Cúcuta en 1821. Bolívar expresaba:

"Legisladores, la infracción de todas las leyes es la esclavitud. La ley sería la más sacrílega".

En relación con la población indígena, el Libertador legisló a favor de su protección y el respeto a sus propiedades y formas de vida, como se refleja en su decreto sobre la protección a los naturales firmado en Cundinamarca:

Articulo1.- Se devolverá a los naturales, como propietarios legítimos, todas las tierras que conformaban los resguardos según sus títulos...

En cuanto a los soldados que formaban parte del ejército patriota, Bolívar decreto en 1817 el reparto a los oficiales y soldados de acuerdo con sus méritos en la guerra.

Como Gobernante y estadista Bolívar demostró una gran preocupación sobre las clases populares y tomo medidas destinadas a eliminar privilegios e injusticias mediante la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.


El liberalismo de Bolívar no es el liberalismo idealista y romántico de muchos de sus contemporáneos, sino el mitigado por un realismo político y el contextuado histórico y sociológicamente en nuestras endebles e incipientes repúblicas. Por ello, propone reformas sociales (eliminación de los títulos nobiliarios y sus privilegios, abolición de la esclavitud negra y de la servidumbre indígena); reivindicaciones económicas (como la reforma agraria con la entrega de tierras a los indígenas y a los integrantes del ejército libertador); regeneración cultural y moral (estimulando la educación popular e impulsando la vigilancia de la moralidad pública y ciudadana); y las transformaciones políticas, con un adecuado mecanismo electoral y sistema de representación. Todo ello lo lleva a formular su permanente reclamo por "unidad-solidez-energía" (Cartagena 1812), como criterio para gobernar los nacientes sistemas políticos.
Un gobierno republicano lo entiende Bolívar como un gobierno constitucional, legítimo, justo y liberal (Jamaica 1815), pero no "perfectamente representativo". Debería ser un "gobierno paternal", de tendencia humanitaria y de contenido social. Hoy diríamos, un Estado social de derecho con un Ejecutivo fuerte y efectiva justicia social. Esta ideología política le acarreó a Bolívar muchas incomprensiones y enemistades, que provenían aun de independentistas que también se llamaban republicanos.
Bolívar en su Discurso de Congreso de Angostura, establece que un gobierno Republicano debe tener sus bases en "la soberanía del pueblo, la división de los poderes, la libertad civil, la proscripción de la esclavitud, la abolición de la monarquía y de los privilegios".

La visión de Bolívar sobre la educación como medio de alcanzar la igualdad democrática de los ciudadanos, se proyecto en el tiempo e influyo en el decreto de instrucción pública de Guzmán Blanco en 1870.

El decreto de ilustración pública de Guzmán Blanco constituyó un importante paso hacia un sistema democrático de la enseñanza, que fue evolucionando con las posteriores reformas educativas de octubre de 1945, de 1960 y de 1980.

Los logros educativos alcanzados en países como Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia, Panamá y Venezuela, en su lucha contra el analfabetismo y el atraso, se han apoyado en gran parte en las ideas y proyectos del Libertador, aunque todavía persisten, en buena medida, muchos de esos problemas.

Bolívar al igual que en sus ideario Político, y Social , anhelaba una educación de espíritu progresista y revolucionaria, la importancia de la educación para el ejercicio de la vida ciudadana , llama que mantenía viva con gran fulgor , ya que sostenía la educación como la base fundamental de toda sociedad , de allí su máximo pensamiento expresado en el Congreso de Angostura en el que pronunció con profundo sentir"MORAL Y LUCES SON NUESTRAS PRIMERAS NECESIDADES" Sus ideas fueron inspiradas de su más noble pasión, apoyadas de los escritos de Rousseau quien afirmaba que la educación es un proceso que se inicia con el nacimiento y termina con la muerte del individuo.

Sus principales ideas educativas fueron:
  • El proceso educativo debe ir dirigido hacia la formación de ciudadanos amantes de la libertad y del respeto por las leyes y sus instituciones.
  • La enseñanza debe adaptarse a la edad, al carácter, y a las inclinaciones de los niños y niñas.

El pensamiento económico del libertador se nutrió principalmente de la observación y el análisis de la realidad completa que le toco vivir. También se apoyó en el conocimiento de las experiencias ocurridas en otras naciones.

En 1812, en el manifiesto de Cartagena, criticó con fuerza la burocracia y el despilfarro de dinero público como una de las causas de la pérdida de la primera república:

La Disipación de las rentas públicas en objetos frívolos y perjudiciales; y particularmente en sueldos de infinidad de oficinista, secretarios, jueces, magistrados, legisladores provinciales y federales, dio un golpe mortal a la república.

En Venezuela y en el resto de los países Bolivarianos, el libertador impulsó un apolítica económica dirigida a recuperar la agricultura de los efectos devastadores que tuvo la lucha emancipadora sobre los campos.

Entre las medidas propuestas por Bolívar para rescatar la agricultura se encuentran:
  • La repartición de tierras baldías entre los soldados patriotas para incrementar la mano de obra en el campo.
  • Fomento y desarrollo de la producción mediante la introducción de nuevas técnicas de cultivo.
En la agricultura fue único e innovador con una Ley de Tierras que distribuía las tierras entre los nativos, para acabar con el latifundio… y además promulgó leyes para incentivar la producción nacional.

En cuanto a la ganadería, Bolívar emitió varios decretos destinados a proteger la cría de caballos, vacas y vicuñas, mediante medidas como estas:
  • La prohibición de exportar ganado hacia otras naciones.
  • La organización de rebaños para concretar las reses dispersas o salvajes.

Con respecto a la minería, Bolívar decretó la propiedad del Estado sobre todas las minas, lo que constituyo la base legal para el proceso de nacionalización reciente de los recursos minerales y el subsuelo, como el hierro y el petróleo.

En cuanto a la industria y el comercio, Bolívar legisló en función de romper las viejas y atrasadas estructuras coloniales, promoviendo a la instalación de talleres de manufacturas y abriendo el comercio exterior a todas las naciones del mundo.

Bolívar crea un precedente histórico al regular el trabajo con normas rigurosas y protectivas del Estado, estableciendo el pago del salario en dinero: Decreto la estabilidad de los trabajadores

Bolívar fue el precursor de la Ley de Carrera Administrativa, que garantiza la estabilidad de los empleados públicos. Además estableció la Contratación Colectiva como mecanismo de protección de los empleados, incitando a su vez a la creación de los Sindicatos.



Vigencia de los Ideales de Bolívar

El Bolivarianismo, como ideología, une el republicanismo cívico-humanista y, según varios sectores izquierdistas, el socialismo. Hoy en día los líderes políticos basan sus propios proyectos en interpretaciones de los ideales de Bolívar. Véase, por ejemplo, el más conocido y actual, iniciado por el ex-presidente de Venezuela Hugo Chávez, y ahora promovido por su sucesor, el presidente Nicolás Maduro, llamado también el primer presidente chavista de Venezuela, el presidente de Ecuador, Rafael Correa y el presidente de Bolivia, Evo Morales, quienes se basan en las ideas de Simón Bolívar y que se enmarcan en el denominado socialismo del siglo XXI, surgido a raíz de la revolución bolivariana en Venezuela. 

La vigencia del pensamiento Bolivariano es indudable, Bolívar llenó su tiempo porque en la teoría y en la práctica supo interpretar los anhelos de los pueblos de nuestra América, y supo conducirlos en una heroica guerra de liberación que transformó esclavos y siervos en hombres y fijó los cimientos de nuevas naciones republicanas y democráticas, donde antes imperaba el colonialismo más oscuro y degradante.

Venezuela es un ejemplo para nuestros pueblos que claman para que el pensamiento democrático que nos legó El Libertador, tenga cabal cumpliendo ahora, tanto en el ámbito nacional como en el internacional. Nuestros países han sufrido después de la gesta de la primera independencia, el azote de régimen plutocrático, teocrático, cacográficos y despóticos: feroces y sanguinarios frente a las justas reivindicaciones populares y arrodilladas y corruptas frente a la voracidad del imperialismo.

La institución de la igualdad social y la educación universal y republicana del pueblo para formar ciudadanos que participen en las altas decisiones del Estado, son, como nos enseña El Libertador, la base sólida en que se funda una nación verdaderamente democrática y prospera, libre y soberana.

El carácter democrático de la república bolivariana se edifica en la naturaleza interdisciplinaria y de mutua cooperación de las ramas ejecutivas, legislativa y judicial, y en la creación de un Poder Electoral. Independiente de las anteriores y formado por el pueblo, para impedir los fraudes y vicios tan habituales en esos grotescos remedos de democracia sufridos por nuestro continente.

La soberanía del pueblo requiere de un poder moral autónomo que dependa directamente del voto popular, para que se pueda ejercitar una verdadera labor de procuraduría, contraloría, fiscalía y defensoría del pueblo para cuidar de la honradez y eficacia de todo el aparato de la administración pública y colocar en la picota pública a los ladrones del Estado y a los que abusen del poder. Este poder moral ideado por Bolívar es, en realidad, el Poder Ético, o sea el instrumento que estimule el ejercicio de la política como quería Bolívar, poniendo en movimiento grandes virtudes.


jueves, 5 de marzo de 2015

Documental "Hugo Chávez, un retrato desde Europa", teleSUR. Venezuela,


Pocas dudas caben de que Hugo Chávez es el mandatario occidental que ha sido víctima de más campañas y ataques en los medios de todo el mundo. No importa que haya ganado en buena lid 12 de los 14 comicios que se han sucedido bajo su mandato y tres reelecciones como presidente, con supervisión internacional de los procesos y resultados.





viernes, 7 de noviembre de 2014

EL CAMBIO CLIMÁTICO

El cambio climático es una realidad incuestionable confirmada por numerosos estudios y propagada por miles de políticos (en especial, la figura del candidato a la presidencia de Estados Unidos por el partido Demócrata, Al Gore)  que abogan por una economía sostenible y más respetuosa con el planeta. Sin embargo, los científicos han podido constatar que el efecto invernadero no es tan catastrófico como la ciencia ficción o la propaganda nos han hecho creer.

Es cierto que es necesario conservar los bienes naturales del planeta.  Pero también es cierto que la naturaleza por si misma tiende a regenerarse de forma natural: todo tiene su ciclo. El propio planeta tiene sus propios mecanismos internos que buscan el equilibrio entre las diversas partes que lo componen.

La mano del hombre puede romper ese equilibrio y acelerar la labor destructiva de la propia naturaleza, pero también está en su mano preservarla y dejar que ésta siga su curso. Eso es lo que denominados Sostenibilidad, aprovechar los recursos naturales para la propia supervivencia de la especie, sin destruir por un afán acumulativo.

La raíz del cambio climático y sus efectos no es innata sino que está provocada por la mano del hombre: si dejáramos actuar a la propia naturaleza sin intervenir, ella misma regularía los procesos de creación y destrucción, equilibrando así la balanza.

Los estados tienen posiciones ambiguas sobre el cambio climático: Estados Unidos y la Unión Europea firmaron el protocolo de Kyoto el 11 de diciembre de 1997, protocolo que entró en vigor en 2004. Sin embargo, Estados Unidos  consideró injusto dicho tratado porque perjudicaba gravemente su economía  a favor de otros países como China o India. La Unión europea no tiene una posición común al respecto (basta observar la parte norte industrializada y su inversión en I+D+i con el sur de Europa, zona donde la industria fue arrasada porque rivalizaba económicamente con su cabeza visible, Alemania).

Bajo este pretexto, se suceden continuas reuniones de carácter internacional con los mismos actores y el mismo resultado: no hay acuerdo. Por tanto, el cambio climático se convierte en un bucle recurrente, que únicamente es actualidad cuando lo dictan los Medios de Comunicación a través de la llamada agenda setting.

Al ser un tema de la agenda setting, tiene una mayor repercusión en la opinión pública (como actualmente la corrupción política, económica y sistémica).  Sin embargo, cuando el tema deja de ser relevante, la amnesia colectiva se adueña de la opinión pública y todas las promesas y buenos propósitos de los políticos (excepto los partidos Verdes, ya que es su principal lanza de batalla) se desvanecen entre las hojas de un programa electoral vacío y unos electores más preocupados por la situación económica y social que por el medio ambiente.


Los Medios de Comunicación en general son empresas cuyo fin es tener una ganancia o ser solventes.  Por tanto, lo importante no es la verdad sino la noticia verdadera, aquella que es creíble y que no busca la verdadera raíz del problema, sino el enfoque del Medio de Comunicación.