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sábado, 19 de septiembre de 2026

LA FILOSOFÍA DEL LENGUAJE: MOORE, RUSSELL, WITTGENSTEIN

G. E. Moore

 La subordinación lógica de la existencia a la verdad

La filosofía analítica -una de las corrientes de la filosofía contemporánea- surgió en Inglaterra a comienzos del siglo XX. En general se caracteriza por emprender el análisis del lenguaje realizado a partir de la lógica formal (también llamada lógica simbólica o lógica matemática) que se había desarrollado enormemente en la segunda mitad del siglo XIX (“analizar” alude aquí a la actividad de descomponer un todo en partes y atender después a sus conexiones o sus relaciones). Desde luego lenguajes hay muchos ¿cuál es entonces el lenguaje al que principalmente se atendió en esta corriente filosófica? Aunque hay excepciones que ya se mencionarán -la más notable es la del denominado “segundo Wittgenstein”- el lenguaje al que más habitualmente se adoptó como asunto de análisis fue el lenguaje especializado de la ciencia: el lenguaje conceptual y proposicional del conocimiento científico. Por otra parte, en el conjunto de la filosofía analítica se adoptaron una serie de tesis procedentes de la tradición del empirismo inglés (Locke, Hume, etc.); la principal de estas tesis es la siguiente: el conocimiento reposa finalmente en la experiencia sensible: en los datos sensoriales en los que se reflejan hechos objetivos (conectados entre sí, por ejemplo, por relaciones de causalidad).

Moore

La filosofía analítica, en resumen, comenzó realizando análisis lógicos del lenguaje de la ciencia (o, a veces, de otros lenguajes, como el lenguaje de la moral, por ejemplo), un análisis del lenguaje completado con una teoría empirista del conocimiento. Iniciadores de esta corriente fueron G. E. Moore, B. Russell y L. Wittgenstein.

La filosofía analítica del lenguaje toma como modelo el lenguaje científico: el lenguaje que plasma el conocimiento en proposiciones encadenadas en razonamientos según leyes lógicas (implicación, conjunción, disyunción, etc.). En general esto es así en Russell o en el primer Wittgenstein; pero Moore, además de esta línea, también se interesó por analizar -siempre con el recurso de la lógica- el lenguaje ordinario, el lenguaje propio de la vida cotidiana. ¿Qué cabe conseguir cuando a este se le aplica la lógica? Se logra, si se tiene éxito en la tarea, clarificar lo que en él resulta oscuro y distinguir lo que en él está confuso. La meta, en todo caso, está en lograr un lenguaje depurado y claro en el que los significados de las palabras estén nítidamente diferenciados unos de otros y las relaciones entre las frases resulten bien definidas. Este análisis clarificador, por otra parte, se realiza bajo la siguiente premisa: si alcanzamos la realidad a partir del lenguaje entonces sólo si éste está correctamente ordenado la propia realidad nos aparecerá pura, nítida, prístina, sin deformaciones ni desfiguraciones, tal y como es (la filosofía analítica, por lo tanto, se apoya inicialmente en una tesis “realista”: hay una única realidad y puede ser reflejada en el lenguaje).

Significado y verdad

Según esta corriente contemporánea el principal campo temático de la filosofía es el lenguaje con el que accedemos a la realidad. Dicho metafóricamente: el lenguaje es comparado con un “espejo” de la realidad, un espejo en el que ésta se refleja; así una proposición lingüística será verdadera si refleja adecuadamente los hechos del mundo y falso si los desfigura o deforma. Hay pues, por un lado, un vínculo interno entre el significado de las palabras -y las relaciones lógicas entre los enunciados- y la verdad de los hechos. ¿Y cuál es aquí el papel de la lógica? Esta nos permite entender en su raíz cómo es el propio “espejo”, esto es, nos ayuda a explicar cómo es que las palabras se refieren a las cosas. La lógica, en definitiva, se convierte en la base de una teoría semántica.

Moore (1873-1958) es, en general, un defensor del realismo del sentido común, es decir, apuesta por la tesis de que el mundo es como es con independencia de nuestro conocimiento o de lo que digamos de él. En su obra hay una parte empirista -heredera de la tradición de Locke o de Hume, etc.- y otra centrada en la lógica del lenguaje (y la dificultad de su propuesta está en cómo encajan -o de si encajan- estas dos partes). Moore subrayó que no todo puede ser captado por los sentidos; así la lógica y la matemática -aunque también la ética como se verá al final- no tratan de hechos del mundo sino de relaciones ideales que no están propiamente en el espacio o en el tiempo (y, también, hay conceptos científicos que se refieren a fenómenos que no podemos captar sensorialmente de modo directo -por ejemplo, el concepto de “átomo”, o el de “electrón” etc.).

Hay otro aspecto en el que Moore se separa de algunas tesis de la tradición empirista (aunque acepte siempre que en la base del conocimiento tiene que estar la experiencia sensorial en la que la realidad se refleja sin distorsión alguna). Así niega en redondo que los conceptos o los significados -los significados conceptuales de las palabras- sean hechos mentales o estados de conciencia; desde luego cuando alguien profiere palabras o frases tiene ciertos procesos psíquicos en su mente, pero esto no es algo que interese a la filosofía analítica del lenguaje (interesará, por ejemplo, a la psicología, una ciencia que se ocupa de los fenómenos mentales). Los significados de las palabras -los conceptos- son, pues, insiste Moore, independientes de la mente o de la conciencia humana: pertenecen a la esfera de la lógica, es decir, a un “reino ideal” en el que no caben los hechos espaciotemporales (por ejemplo, los hechos físicos o los hechos mentales).

Una proposición (un enunciado, un juicio) es una relación entre conceptos (entre los significados de las palabras). Precisamente la lógica es la ciencia que estudia las distintas y variadas relaciones que pueden establecerse legítimamente entre los conceptos. Las proposiciones verdaderas son las que poseen internamente unas relaciones lógicas correctas, y esto es algo que, una vez se completa el análisis lógico de un enunciado o de una secuencia de enunciados, se capta directamente, es decir, es algo que “se intuye” (por ejemplo, cuando “veo” que una operación matemática ofrece un resultado correcto: “17 + 2 ꞊ 19”). Esta tesis sobre las relaciones lógicas no solo afecta a las proposiciones matemáticas -cuya verdad no depende de los hechos reales- sino que concierne también a los enunciados empíricos: los enunciados referidos a realidades existentes o hechos mundanos. Moore sostiene, en este contexto, que la “verdad material” -comprobable por la experiencia sensorial y consistente en la adecuación o la correspondencia entre los juicios y la realidad empírica- depende de la previa y básica “verdad formal”, es decir, de una serie de relaciones lógicas entre los conceptos y las proposiciones. Un enunciado o una serie de ellos que no respete las leyes lógicas -que no sea lógicamente correcto- no puede por lo tanto ser ni verdadero ni falso. ¿Por qué? Porque carece de sentido (la verdad formal, en definitiva, es una condición previa de la verdad material, de la verdad empírica). Como el resto de los autores de la filosofía analítica Moore pretende así equilibrar las tesis de un realismo empirista con una serie de tesis logicistas (según las cuales el lenguaje -tanto el ordinario como el lenguaje especializado de las ciencias- debe adecuarse a la lógica, es decir, a las relaciones formales entre los conceptos y las proposiciones).

Moore propugna, en última instancia, un realismo pluralista según el cual el mundo está compuesto por una serie de hechos en parte aislados e independientes y en parte relacionados con otros hechos según distintos tipos de relaciones (por ejemplo, las relaciones de causalidad en el plano de la realidad o, en el plano del conocimiento de los hechos, las relaciones lógicas entre conceptos y proposiciones). Estos múltiples hechos son alcanzados y fijados gracias al lenguaje -sea el lenguaje común y corriente o el lenguaje de la ciencia- y éste debe estar filtrado por la lógica pues solo ella -en cuanto nos dice cómo es el “espejo” en el que la realidad se refleja o en el que las palabras se refieren a las cosas- puede limpiarlo de impurezas y permitir que desempeñe completa y plenamente su cometido.

El funcionamiento del método analítico: su aplicación a la ética

Moore publicó en 1903 el libro Principia Ethica en el que expuso, en base al método analítico-lingüístico, una concepción filosófica del bien moral. La pregunta conductora de esta propuesta es la siguiente: ¿qué es el bien en tanto predicado que aparece en los juicios morales refiriéndose a una propiedad que presentan las personas o las cosas?

El bien, sostiene este autor, es la propiedad que tiene algo -sea persona o cosa- que la dota de un valor intrínseco, que la convierte, por ello, en un fin: algo que no puede convertirse en un medio, en algo que lleva o conduce a otra cosa posterior.

Lo difícil de entender, subraya Moore, es que el bien al que alude la ética no se puede definir conceptualmente: es una propiedad indefinible. Así pues, todas las éticas que tradicionalmente han tratado de definir el bien han terminado fracasando (o equivocándose, diciendo cosas como que el bien es el placer o el bien es lo útil, etc.). El bien es una propiedad “simple”-carece de partes en las que se pueda descomponer-, “irreductible” -no se puede explicar o entender desde otras propiedades distintas- y “objetiva” -está o no está en una persona o en una cosa con independencia de lo que nosotros creamos-. Que el bien no sea definible no implica sin más que sea incognoscible: el bien -esa propiedad intrínseca de algunas personas o cosas- se conoce de un modo “intuitivo”, es decir, la captamos en las cosas o en las personas de un modo directo e inmediato (podemos equivocarnos, pero el error se debe entonces en que confundimos la intuición del bien con algo distinto).

Además de la parte puramente teórica de la ética -que reposa sobre la tesis de que el bien se intuye como una propiedad de algo- la propuesta de Moore incluye una parte práctica en la que se aborda el problema de los “medios” para alcanzar el bien: ¿cómo se realiza y alcanza el bien una vez captado intuitivamente? Los “medios” que conducen al fin, al bien, sí son susceptibles de definición y de razonamiento; así en el razonamiento moral se justifican unos medios como apropiados y se rechazan otros como inadecuados a la hora de conseguir el bien que se busca lograr.

La propuesta ética de Moore, pese a su rigor y su claridad, contenía muchos aspectos problemáticos -por ejemplo, ¿cómo se relacionan la parte teórica y la parte práctica de la ética del bien?, etc.-, y por ello fue un tema de debate y discusión dentro de las éticas propuestas en el marco de la filosofía analítica inglesa.

BERTRAND RUSSELL 

Bases lógicas del saber científico

La propuesta filosófica inicial del reputado matemático Bertrand Russell (1872-1970) fue la llamada “metafísica del atomismo lógico” (desarrollada después, con matices nuevos, por su joven discípulo Wittgenstein). Dicho brevemente el atomismo lógico es una teoría del conocimiento y una teoría de la realidad con una parte procedente de la lógica y otra parte de carácter empirista; en su vertiente lógica este “atomismo” sostiene que hay “proposiciones atómicas”, es decir, proposiciones que no se pueden ya descomponer en otras proposiciones más simples (estas proposiciones marcan así el punto final del proceso de la descomposición de las oraciones, el momento límite del análisis); en su vertiente empírica esta propuesta afirma que a las proposiciones atómicas les corresponde los hechos atómicos (hechos reales o mundanos que tampoco se pueden ya dividir más).

Russell, además del planteamiento que se acaba de exponer, se propuso fundamentar el conocimiento matemático -un conocimiento independiente de los hechos del mundo- a partir de la lógica formal (desarrollada en el siglo XIX por autores como Frege, etc.). La obra principal de este proyecto fue los Principia Mathematica publicada en 1910. Russell explica que las proposiciones de la matemática forman un sistema deductivo cuyos axiomas básicos proceden de la ciencia de la lógica (por ejemplo, el principio de identidad, el de no-contradicción, el de tercero excluido, etc.). ¿Por qué se fijó Russell en el conocimiento matemático (intentando para este una fundamentación en la lógica)? Porque sigue, aunque con recursos nuevos, una vieja tradición pitagórica y platónica según la cual “la Naturaleza está escrita en fórmulas matemáticas” (la estructura de la realidad, está, según esta tesis tradicional, en último término en lo matemático, en lo cuantitativo). El conocimiento matemático tiene, por lo tanto, un papel clave en el conjunto del conocimiento. De todos modos -y volvemos de nuevo con la herencia del empirismo inglés tan presente en la filosofía analítica- las ciencias de hechos -como la física o la química- están también basadas en la experiencia sensorial (algo que resulta claro cuando se realiza un experimento en el que se pretende probar tal o cual hipótesis científica). La ciencia, por lo tanto, conjuga dos aspectos: uno lógico y matemático y otro empírico y experimental; ambos son inseparables, se apoyan y se refuerzan entre sí, y si uno de los dos falla el edificio de la ciencia se desmorona.

El conocimiento se plasma en una serie de proposiciones que se relacionan entre sí constituyendo las distintas teorías científicas (el conocimiento tiene, pues, una entraña lingüística –“conocer es nombrar”, en definitiva). Para que el enjambre de proposiciones del conocimiento esté bien organizado es imprescindible acudir a la lógica: un lenguaje formal perfecto gracias al cual se analiza, depura y ordena el lenguaje científico. El propio concepto de “análisis” implica lo siguiente: hay proposiciones compuestas (los “enunciados moleculares”) que pueden ser descompuestas sucesivamente hasta llegar a proposiciones simples; estas últimas son “enunciados atómicos”, frases lógicamente indivisibles. Un ejemplo clásico de proposición atómica es la que tiene la forma “S es P”: en esta clase de enunciado se atribuye un predicado –“blanco”, “marrón”, “amarrillo”- a un sujeto –“el gato que está sentado sobre la alfombra”-.

En su vertiente empirista Russell afirma que en la base del conocimiento hay proposiciones empíricas que se refieren a hechos empíricos (hechos observables en la experiencia sensible). Son estos hechos empíricos -su presencia o su ausencia lo que hace verdadero o falso un enunciado empírico (“el sol sale por el oeste”, por ejemplo). Hay, así, en el conocimiento una estrecha y estricta correspondencia entre las proposiciones y los hechos observables (siempre hechos particulares ubicados en unas concretas coordenadas espaciales y temporales). ¿Qué explica en último término esta “correspondencia” entre hechos y proposiciones? Este fue el tema del que se ocupó su discípulo Wittgenstein en el libro que publicó en 1921.

El denominado “atomismo lógico” implicaba una “metafísica”, es decir, una descripción general de cómo es la realidad, de cómo es el mundo. Sostiene Russell que el mundo está integrado por hechos independientes que, además, se relacionan entre sí; los hechos, además, son múltiples, particulares y cambiantes. Y estos hechos -cuando son conocidos- se reflejan en proposiciones verdaderas. Esta propuesta filosófica enseguida se encontró con una serie de problemas, algunos fueron rápidamente resueltos con éxito pero otros quedaron sin resolver (mostrando así que este planteamiento es deficiente en puntos concretos).

Paradojas insolubles

Hay tres tipos de proposiciones del lenguaje que son difícilmente explicables y entendibles desde el atomismo lógico. Cada uno de estos tipos presenta por lo tanto una paradoja que no se deja abordar satisfactoriamente dentro de este marco teórico. Los herederos de Russell -por un lado, Wittgenstein, por otro el positivismo lógico del Círculo de Viena- intentaron aportar para estas paradojas una solución apropiada. ¿Qué proposiciones son las que plantean dificultades? Principalmente estas: las frases que denotan hechos generales (por ejemplo “todos los cisnes son blancos”); las proposiciones que se refieren a hechos negativos (por ejemplo, “Elvis no está vivo” o “La cuenta corriente no está en números rojos”), y, por último, las proposiciones que se refieren a creencia u opiniones de alguien (por ejemplo, “Pedro cree que hay vida en Marte” o “Luisa cree que Elvis está vivo”, etc.). Estamos aquí, en definitiva, ante los puntos débiles del atomismo lógico.

¿Por qué no soy cristiano?

En el libro, el filósofo va exponiendo los argumentos que se han defendido tradicionalmente para probar la existencia de Dios, y los va desmontando uno a uno.

Russell rechaza por ilógicas todas las pruebas racionales de la existencia de Dios; el argumento de la Primera Causa que hemos visto, pero también todos los demás: el de la ley natural, los argumentos morales…, y asegura que los hombres creen en Dios porque necesitan un padre todopoderoso que los proteja contra la inseguridad y los temores de la vida.

Para Russell, la religión se basa principalmente en el miedo. El miedo, dice, es la base de todo: el miedo a lo desconocido, a lo misterioso, a la derrota, a la muerte. Y el deseo de sentir que se tiene un «hermano mayor» que nos va a defender en todos nuestros problemas y disputas.

"El miedo es el padre de la crueldad y, por tanto, no es de extrañar que la crueldad y la religión vayan de la mano", escribe Russell. "Tenemos que mantenernos en pie y mirar al mundo a la cara: sus cosas buenas, sus cosas malas, sus bellezas y sus fealdades; ver el mundo tal cual es y no tener miedo de él. Conquistarlo mediante la inteligencia y no solo sometiéndonos al terror que emana de él. Toda nuestra concepción de Dios es una concepción derivada del antiguo despotismo oriental (…) Un mundo bueno necesita conocimiento, bondad y valor; no necesita el pesaroso anhelo del pasado, ni el aherrojamiento de la inteligencia libre mediante las palabras proferidas hace mucho por hombres ignorantes. Necesita un criterio sin temor y una inteligencia libre. Necesita esperanza en el futuro, no el mirar hacia un pasado muerto, que confiamos que sea superado por el futuro que nuestra inteligencia puede crear".

Hay quienes entienden que cristiano es la persona que trata de vivir virtuosamente. De este modo serían cristianos muchos mahometanos, confucionanos o budistas, que viven virtuosamente. En la actualidad, hay dos cosas esenciales para todo aquel que se llame cristiano: la primera es de naturaleza dogmática y establece que hay que creer en Dios, en la inmortalidad y deben creer en Cristo. Pero los mahometanos, entre otros, creen en Dios y en la inmortalidad, y no se llaman cristianos. Russell dice, además, que "la gente acepta la religión emocionalmente y que por eso se nos dice que es malo atacar la religión, ya que la religión hace virtuosos a los hombres." Russell, cita la anécdota de Samuel Butler en Erewhon Revisite: "Higgins vive en Erwhom, pero viaja a un país remoto en el que permaneció algunos años. Un día decide marcharse, y lo hace tripulando un globo. Pero 20 años más tarde, vuelve a ese país remoto y observa que ha nacido una nueva religión. En esta religión, él mismo es adorado con el nombre de Niño Sol, porque se dice que ascendió a los cielos. Higgins llega el mismo día en se preparan para celebrar la Fiesta de la Ascensión. Higgins reprocha a los que ofician de sumos sacerdotes y les dice que va a comunicar al pueblo que fue él que subió al cielo en un globo. Los sacerdotes le argumentaron que no podía hacer eso, porque toda la moral del país está basada en este mito y si supieran que el Niño Sol ascendió al cielo en un globo, los hombres se harían malos".

Russell defiende un mundo en el que la educación tienda a la libertad mental en lugar de a encerrar la mente de la juventud "en la rígida armadura del dogma, calculado para protegerla durante toda su vida contra los dardos de la prueba imparcial. El mundo necesita mentes y corazones abiertos, y estos no pueden derivarse de rígidos sistemas, ya sean viejos o nuevos".

Bertrand Russell


Ludwig Wittgenstein

Conocimiento y lenguaje

Wittgenstein (1889-1951) es -junto con Martin Heidegger- uno de los autores más relevantes, influyentes y decisivos de la filosofía del siglo XX. El conjunto de su obra filosófica está marcado por dos periodos diferenciados; en cada uno de esos periodos encontramos un libro principal: a la primera etapa corresponde el Tractatus-logico-philosophicus (1921) y a la segunda las Investigaciones filosóficas (publicado póstumamente en 1953). A pesar de las grandes diferencias entre estos dos periodos hay, de todos modos, un hilo conductor: la filosofía de Wittgenstein estuvo volcada siempre a analizar el mismo campo temático. ¿Cuál? El lenguaje (suponiendo, pues, que si entendemos profundamente en qué consiste el lenguaje podremos introducir claridad sobre qué son y cómo son el resto de las cosas y situaciones del mundo).

¿Qué caracteriza globalmente a la primera etapa de su pensamiento filosófico? Principalmente la tesis -común a la primera fase de la filosofía analítica- de que la entraña última del lenguaje -y, con éste, la estructura misma del mundo- está en la lógica (una ciencia formal a cuyo desarrollo contribuyó el mismo Wittgenstein, por ejemplo, ideando el método de las tablas de verdad, etc.). En el Tractatus Wittgenstein afirma que solo hay dos clases de proposiciones con pleno sentido: los enunciados de la lógica y la matemática y los enunciados empíricos (referidos a los hechos del mundo); los enunciados lógicos y matemáticos son siempre verdaderos -son lo que se denomina “tautologías”- pues su verdad no depende de los sucesos mundanos ni de la experiencia sensorial, en cambio los enunciados empíricos son verdaderos o falsos dependiendo de si ocurren en el mundo tales o cuales hechos comprobables o verificables según algún procedimiento observacional o experimental. El resto de los enunciados -por ejemplo, los de la poesía, los juicios morales, las oraciones religiosas o las proposiciones de la filosofía- simplemente “carecen de sentido” (y por lo tanto no pueden ser ni verdaderas ni falsas). Volveremos sobre esto con más detalle en el apartado siguiente.

¿Qué caracteriza en general la segunda etapa de su obra? En primer lugar, Wittgenstein rechaza enteramente la tesis -defendida inicialmente por él mismo- de que la lógica es la entraña última del lenguaje y del mundo. La lógica, como mucho, puede ser relevante a la hora de organizar y pulir el lenguaje de la ciencia, pero este último es solo un lenguaje entre otros que no debe ser privilegiado en detrimento de los demás (por ejemplo, respecto al lenguaje de la poesía, etc.). Tenemos, pues, como primera tesis del segundo periodo, que hay múltiples “juegos de lenguaje” entre los cuales no hay que establecer de antemano ninguna jerarquía o prioridad: en cada forma de vida, en cada tipo de actividad en la que están involucrados los seres humanos (la ciencia o el arte, por ejemplo), se juega a un juego de lenguaje en el que se emiten mensajes -actos de habla, conductas verbales- siguiendo las reglas propias de ese juego. Por otra parte, ¿dónde reside el significado de las palabras y las frases con las que nos comunicábamos? En su primera etapa Wittgenstein sostenía que un enunciado únicamente tenía sentido si podría ser “traducido” en el lenguaje formal y abstracto de la lógica; pero ahora de nuevo rechaza por completo esta idea. El significado está, afirma ahora, en el uso de las palabras o las frases en los distintos contextos de la vida (en los que son pertinentes unos concretos y específicos juegos de lenguaje). En definitiva, la concepción del lenguaje del segundo Wittgenstein es “pluralista” (hay muchos juegos de lenguaje trenzados con las distintas formas de vida) y “pragmática” (el significado está en el uso de las palabras y las frases por parte de unos agentes humanos que, previo aprendizaje, se comunican entre sí en distintos contextos y con distintos propósitos -la meta del lenguaje científico es, por ejemplo, distinta de lo que pretende el lenguaje de la poesía, pero ambos lenguajes son, en su campo, igualmente legítimos). Supera así Wittgenstein la estrecha y estricta concepción del lenguaje que había defendido –“obnubilado por la exactitud y precisión del lenguaje formal de la lógica”- en su juventud.

Ampliaremos más estas ideas en los siguientes apartados, pero con lo expuesto ya está, en el fondo, resaltado lo principal respecto a la propuesta filosófica de este autor.

El proyecto epistemológico del Tractatus

En general en el Tractatus-logico-philosophicus sostiene Wittgenstein que las proposiciones del lenguaje “representan” hechos del mundo; también se puede acudir aquí a la metáfora del espejo: el lenguaje refleja en su seno los hechos del mundo (y, ambién, se podría comparar al lenguaje con una ‘pintura realista’ o con una ‘fotografía’). Por esta razón, partiendo de una teoría representativa o especular o pictórica del lenguaje, Wittgenstein concluye que el lenguaje primordial o prioritario es el lenguaje de la ciencia. Fijémonos en una proposición empírica en la que se describen estados de cosas del mundo -por ejemplo, por buscar una frase cotidiana “el gato está sobre la alfombra”-, ¿de qué depende su significado? En parte depende de la presencia del referente: de si se da aquí y ahora en el mundo el hecho referido por el enunciado (si es así el enunciado tiene significado y además es verdadero). Pero esto no es lo principal: el significado de las palabras y los enunciados sobre todo depende de que cumplan rigurosamente una serie de condiciones lógicas (condiciones expuestas por las leyes lógicas que explican cómo los conceptos se relacionan entre sí en el lenguaje de la ciencia). Llegamos así exactamente al núcleo de lo que Wittgenstein defiende: si las proposiciones representan hechos -teniendo por un lado significado y por otro pudiendo ser verdaderas- es porque hay una estructura o forma común al lenguaje y al mundo. Y esta estructura o forma está depositada precisamente en la lógica. Estamos aquí, por lo tanto, ante el supuesto principal de la concepción representativa del lenguaje. La filosofía, por su parte, se encarga de explicitar el conjunto sistemático de las condiciones lógicas que vinculan y conectan el lenguaje con el mundo. Pero en este paso despunta enseguida un problema: las proposiciones filosóficas en las que se pone de relieve el armazón lógico común a las proposiciones y los hechos ¿tienen a su vez significado? ¿O tal vez, paradójicamente, carecen de significado (pues no son ni proposiciones empíricas que se refieran a hechos del mundo ni tampoco enunciados lógicos o matemáticos)? ¿Cómo resuelve -o, mejor, cómo intenta resolver- Wittgenstein esta enorme paradoja? Volveremos sobre ello al final del apartado. Ahora nos fijaremos en otros aspectos de lo que se expone en el libro de 1921.

En su atomismo lógico Russell sostenía que la unidad mínima de significado está en la palabra o el concepto aislado (por ejemplo, “árbol”, “mesa”, “electrón”, “triángulo”). Wittgenstein discrepa de esta tesis: un concepto tiene un significado completo y preciso sólo cuando está integrado en una proposición. Así pues, la unidad básica de significado es el enunciado o el juicio.

Profundizando en este tema propuso Wittgenstein lo que se denomina una teoría “pictórica” del significado de la proposición. Esta teoría pretende explicar cómo los enunciados logran referirse con éxito a los hechos del mundo; para ello compara una proposición con un “cuadro realista” -en el que se busca una copia exacta de un modelo: tomemos como ejemplo un retrato de una persona, en él cabe indicar que tal porción representa la nariz y tal otra representa la boca o los ojos (representar significa aquí sustituir, estar por algo o estar en vez de algo). ¿Por qué, pregunta Wittgenstein, una proposición “pinta” un hecho del mundo de un modo reconocible? Porque, como antes expusimos, el lenguaje y el mundo, en el fondo, comparten una idéntica forma lógica. Por esta razón la lógica tiene un papel principal y ocupa un lugar fundamental: en ella se encuentra nada menos que la explicación última del conocimiento de la verdad (gracias a proposiciones con un significado preciso y exacto) y la explicación completa de la realidad en su organización general.

Wittgenstein considera, cuando desarrolla esta teoría del lenguaje, que hay dos tipos de proposiciones provistas de significado: la proposiciones formales y abstractas de la lógica y la matemática y, además, las proposiciones empíricas referidas a hechos del mundo (estamos aquí, por lo tanto, ante el lenguaje de la ciencia). Cuando están bien formadas y correctamente relacionadas las proposiciones lógicas y matemáticas son siempre verdaderas: son tautologías (verdades a priori cuya validez no depende de ningún suceso mundano). En cambio, una proposición empírica no es siempre verdadera, su verdad depende de si actualmente se da el hecho que ella representa (asume en este punto Wittgenstein una tesis del empirismo inglés: es la experiencia observacional de los sentidos la que determina en último término la verdad o la falsedad de una proposición científica).

Dejamos antes pendiente un problema o una paradoja: los enunciados filosóficos exponen la forma lógica común al lenguaje y al mundo; sin embargo, estos peculiares enunciados no son ni los propios de la lógica ni tampoco son enunciados empíricos. En coherencia con sus tesis iniciales Wittgenstein concluye que los enunciados filosóficos carecen de sentido o de significado (por lo cual, por otra parte, no puede ser declarados ni verdaderos ni falsos, entre otras cosas porque ellos enuncian las condiciones de que algo sea o verdadero o falso). ¿Cómo sale de este monumental enredo? Introduciendo una curiosa distinción entre lo dicho y en el lenguaje y los mostrado por el lenguaje. En el lenguaje lógico-matemático y en el lenguaje científico se dice algo, se pinta o fotografía o representa algo. En cambio, el lenguaje de la filosofía -encargado nada menos que de señalar la estructura común al mundo y al lenguaje- no dice nada, no representa nada. ¿Entonces, qué hace este peculiarísimo lenguaje? Solo “muestra” esa forma o ese armazón compartido por proposiciones y hechos. Esta ingeniosa distinción entre lo dicho en el lenguaje de la ciencia y lo mostrado por el lenguaje de la filosofía no convenció a todos, más bien originó encendidos debates: Russell no la aceptó, y en el Círculo de Viena encontró unos pocos partidarios y bastantes detractores (todos reconocían la genialidad de Wittgenstein, pero dudaban de que su distinción resolviera realmente el problema planteado).

Por último, puede destacarse que en la parte final del libro de 1921 afirma Wittgenstein que no todo puede decirse en el lenguaje de la ciencia, o que no todo cabe en el estrecho molde de la lógica: aunque sea “fuera” del mundo de los hechos reconoce que hay también lo que denomina “lo místico”, es decir, lo “inexpresable lingüísticamente”; así la ética, la estética, la religión, por ejemplo, apuntan hacia eso que se sitúa más allá de la frontera de lo que puede ser conocido y verificado científicamente. Y eso, sostiene Wittgenstein, no puede sin más desdeñarse y rechazarse: tiene, al menos vitalmente, mucha importancia.

Conocimiento y juegos de lenguaje

Después de publicar en 1921 el Tractatus-logico-philosophicus Wittgenstein empezó, primero poco a poco, después de un modo más tajante, a distanciarse de su posición inicial hasta llegar rechazarla por completo. Sus rotundas afirmaciones iniciales -la lógica es el molde común al lenguaje y al mundo, sólo tiene sentido y sólo puede ser verdadero el lenguaje de la ciencia, etc.- le parecían ahora, años después de afirmarlas, precipitadas, exageradas, rígidas, demasiado estrechas. En vez de venerar el lenguaje puro, pulcro e idealizado de la lógica empezó a fijarse -por ejemplo, en un periodo en el que trabajó como “maestro de escuela”- en el lenguaje cotidiano, ese lenguaje común y corriente en el que los seres humanos se comunican en distintas y variadas situaciones vitales cuando llevan a cabo una serie de tareas. ¿No es este lenguaje polisémico, público, dialogal, el lenguaje básico y primordial? Esta nueva orientación -en la que se abandona la primacía de la lógica en favor de los múltiples lenguajes que actúan en la vida cotidiana- cuajó finalmente en su último libro, titulado Investigaciones filosóficas, publicado póstumamente en 1953. Muchos autores de la “filosofía analítica” -sobre todo los entonces más jóvenes- se sintieron atraídos por este innovador planteamiento y, cada uno aportando unos peculiares matices, se adentraron en esta línea de indagación (por ejemplo, Ryle, Austin, Strawson, Searle, etc.).

Lo primero en lo que insiste ahora Wittgenstein es en negar una y otra vez que exista algo así como el Lenguaje, escrito con mayúsculas. Lo que hay son múltiples lenguajes irreductibles entre sí y esto es algo que debe respetarse escrupulosamente. Es cierto que la filosofía debe intentar, hasta donde pueda, decir algo relevante sobre el “lenguaje en general”, pero sin perder nunca de vista que esto es una abstracción que no debe confundirse con la realidad: los diversos lenguajes que son hablados o escritos en los distintos contextos de la vida social en los que los seres humanos están implicados. ¿Qué es, pues, el “lenguaje”? Propone Wittgenstein compararlo con un “juego” -por el ejemplo el ajedrez o algo de este estilo. Cuando, en el seno de una actividad cultural, por ejemplo, científica o artística, hablamos o escribimos, estamos jugando a un juego, es decir: realizamos jugadas que siguen unas determinadas reglas (en el caso del lenguaje hay reglas sintácticas, semánticas y pragmáticas). Con esta tesis principal –“el lenguaje es como un juego”- Wittgenstein pretende subrayar que los lenguajes no flotan en el vacío: están siempre incardinados en y entrelazados con formas de vida sociales y culturales concretas; por esta razón por importantes que sean las reglas gramaticales del lenguaje -las reglas sintácticas y semánticas- resultan al final decisivas las reglas pragmáticas: las reglas de uso de las frases en los contextos de la vida ordinaria (esto, entre otras cosas, explica por qué el modo óptimo de aprender un idioma extranjero es, precisamente, practicarlo “in situ”). En definitiva, y esta es la primera tesis del segundo Wittgenstein, el “lenguaje” es un enjambre de juegos complejos y cambiantes provistos de una serie de reglas de uso, unos juegos que están entretejidos con las actividades que desempeñan los seres humanos en su vida mundana.

Wittgenstein -como hará también Martin Heidegger- afirma que no hay un mundo ideal y verdadero, un mundo trascendente, inmutable y permanente, idéntico y universal, eterno y seguro, un mundo perfecto y acabado que se apoye en un fundamento definitivo al que se accede a través de un lenguaje especial (por ejemplo, el lenguaje conceptual organizado desde la lógica). La idea de un mundo así -un mundo que repose sobre entidades autosuficientes como Dios o el Hombre- es una creencia de la tradición occidental desde Platón (el cual suponía que había un reino ideal de esencias que formaban una trama piramidal que lo explica todo). Pero en el siglo XX esa creencia en lo Absoluto se ha desvanecido. El mundo es inestable, incierto, complejo, cambiante, y nada nos indica en serio que repose sobre un Fundamento absoluto. Traducido todo esto al plano del lenguaje resulta lo siguiente: los juegos de lenguaje -trenzados con las formas socioculturales de vida- nacen un día, se desarrollan y al final, por agotamiento, perecen y son sustituidos por otros distintos en un ciclo sin fin.

Volvamos ahora con la teoría del significado del lenguaje propuesta por Wittgenstein en su segunda etapa. En su primer libro, publicado en 1921, el significado de las proposiciones empíricas está en su referente, en un hecho particular del mundo; esta semántica referencialista es el núcleo de la teoría pictórica o representacional del lenguaje. Pero en su segunda etapa Wittgenstein es más cauto: esta teoría vale, en efecto, para algunos tipos de lenguaje -por ejemplo, el lenguaje de la ciencia- pero no es una norma de obligado cumplimiento para todos los lenguajes en su inmensa variedad y riqueza. ¿En qué consiste entonces el significado de las palabras y de las frases (sean orales o escritas)? El significado se define y se concreta en el uso; por lo tanto, los mensajes que intercambian los seres humanos en el seno de las actividades que desempeñan son jugadas en un juego de lenguaje en el que el uso está determinado por reglas. Desde luego esta tesis -el significado reside en el uso- es mucho más amplia y versátil que la que Wittgenstein defendió en un primer momento: hay, sin duda, un uso “pictórico” del lenguaje (cuando las proposiciones representan hechos), pero hay también muchos más usos legítimos (por ejemplo, el uso poético o literario, el uso persuasivo de la retórica política, el uso moral en el que decimos que algo es bueno o malo, etc.).
Una de las implicaciones de la tesis de que el significado se resuelve en el uso es que las palabras y las frases son polisémicas, siendo el contexto el que estipula cuál es el significado pertinente y apropiado en cada caso y ocasión. El significado, por lo tanto, no solo depende del referente, también depende del contexto.

¿Cuál es, según la segunda propuesta de Wittgenstein, el cometido de la filosofía? Por un lado, se encarga describir y clarificar el lenguaje en la variedad de sus usos. Por otro lado, se ocupa de prevenir y de evitar cualquier intento de reduccionismo: por ejemplo, cuando se pretende reducir la multiplicidad del lenguaje a una unidad, o cuando se trata de considerar que hay un único lenguaje privilegiado que debe imponerse sobre los demás, o cuando se cree que hay que eliminar la polisemia en favor de los significados unívocos, etc. La filosofía, así, tiene que contribuir a que se asuma que no hay una esencia fija del lenguaje y, tampoco, una esencia permanente del mundo; tiene, pues, que enseñar a que se respete la pluralidad, complejidad y mutabilidad del lenguaje, pues todo esto son rasgos positivos, no algo que hay que combatir y eliminar a toda costa.

Si el significado de palabras y frases está en los juegos de lenguaje incardinados en formas de vida, ¿qué dice ahora Wittgenstein sobre la cuestión de la verdad? En su primera obra definía la verdad como la correspondencia exacta entre las proposiciones y los hechos, algo que encaja a la perfección con una teoría pictórica o representativa del lenguaje. Pero una vez se reconoce, como ocurre en su segunda etapa, que hay muchos juegos de lenguaje ¿cómo puede entenderse qué sea la verdad? En principio, la verdad es, ante todo, el acuerdo o el consenso de los jugadores sobre la validez de las frases que se emiten o que circulan por el espacio común; en situaciones normales no cabe, por otra parte, ni un acuerdo unánime ni tampoco un desacuerdo completo: y en este punto intermedio, en esta línea de equilibrio, se mueve precisamente la verdad. La verdad, por lo tanto, es un acuerdo entre los participantes en un juego de lenguaje en parte firme y estable -erigiéndose en un vínculo que aglutina una comunidad- y en parte frágil e inestable -un consenso consolidado puede deshacerse si hay motivos o razones para ello, y así, cabe alcanzar después otro acuerdo distinto sobre qué se acepta como verdadero y se rechaza como falso (y así sucesivamente pues no hay un acuerdo definitivo que nunca pueda ser revocado y revisado). Una vez dicho esto, Wittgenstein añade una puntualización importante: en última instancia los procedimientos concretos para fijar lo verdadero y descartar lo falso (o distinguir lo bueno de lo malo, lo bello de lo feo, etc.) son internos y específicos de cada juego de lenguaje; el procedimiento por el cual se concluye, aunque sea provisionalmente, que una película es una obra maestra del cine es distinto del que actúa en el caso del conocimiento científico o en el de una decisión política, etc. En definitiva: la verdad de las frases es el precipitado, en parte fijo y en parte móvil, del acuerdo o consenso de una comunidad implicada en una forma de vida y en un juego de lenguaje que incluye maneras específicas de verificar sus contenidos, de comprobar su validez.

En conclusión, Wittgenstein en su segundo periodo, afirma que la filosofía describe los juegos de lenguaje, define el significado de palabras y frases como su uso reglado y entiende que la verdad es un consenso vinculante para una comunidad que puede eventualmente ser modificado. Por otro lado, la filosofía se afana en contrarrestar los constantes intentos de homogeneizar y estabilizar el lenguaje atándolo a un fundamento fijo y definitivo (por ejemplo, cuando se postula un universo de esencias idénticas y eternas que tiene que ser alcanzado por el conocimiento, etc.). No hay un Fundamento, no hay ningún Absoluto al que agarrarse. Por último, la filosofía posee un papel crítico que la conduce a alentar los cambios, las reformas en los juegos de lenguaje vigentes; sin embargo, este papel crítico tiene que entenderse bien con el fin de no exagerar el modesto papel de la filosofía: no es la filosofía la que, ella sola, efectúa el cambio en un juego de lenguaje, éste cambio, cuando se gesta o cuando cristaliza, proviene de su dinámica propia, son las propias formas de vida las que según se van desprendiendo del lastre del pasado que las anquilosa y agarrota se abren a la novedad de un acontecimiento en el que resultan profundamente transformadas. La filosofía puede, tal vez y en el mejor de los casos, preparar la llegada de ese acontecimiento, aprestar la apertura de un paradigma nuevo, pero no le corresponde realizar por sí sola esa transformación que compete a las propias formas de vida entretejidas con sus propios juegos de lenguaje.


Ludwig Wittgenstein

miércoles, 4 de septiembre de 2024

EL DEPORTE Y LA SEGUNDA REPÚBLICA. EL BATALLÓN DEPORTIVO

Los primeros gobiernos republicanos realizaron entre 1931-1932 un esfuerzo presupuestario a favor de la educación y la cultura, elevándose las consignaciones para estas áreas hasta un 50%, reformaron rápidamente tanto la enseñanza primaria como la secundaria, impulsaron la “escuela única”, el laicismo y la coeducación y prohibieron a las órdenes religiosas impartir enseñanza, pero no todo fue como se pensó, los cambios continuos de gobierno republicano afectarían negativamente, una vez más, al progreso de la educación física en los centros escolares. Otra cosa sería el éxito del deporte espectáculo (fútbol, boxeo, ciclismo, etc.) que cada día contaba con más seguidores que llenaba los estadios y leían la prensa deportiva.


Pioneros del ciclismo

A finales de 1934, ya había voces que reclamaban la necesidad de instaurar en España una vuelta ciclista al estilo de las que se disputaban en Francia e Italia. La práctica del ciclismo aumentaba de forma prodigiosa en nuestro país, pero no fue hasta principios de 1935 cuando se aceleraron las gestiones para la organización de la carrera. Fue iniciativa del diario vespertino madrileño Informaciones (1922-1983) poner en marcha esa primera edición, igual que en la creación del Tour de Francia fue protagonista la publicación L’Auto y en la del Giro de Italia La Gazzetta dello Sport.

Aquella primera edición de la Vuelta contó con 50 participantes (32 de ellos españoles); con bicicletas de hierro y escasa preparación física, sólo lograron acabar la prueba 29 de ellos. Recorrieron 3.425 kilómetros divididos en 14 etapas que tenían como meta importantes ciudades: Bilbao, San Sebastián, Zaragoza, Barcelona, Valencia o Sevilla.

14/04/1931. Ciclistas al frente de una multitud, en las Ramblas esquina Carrer dels Tallers, celebrando con banderas de España y de Catalunya la proclamación de la Segunda República Española. Foto Joan Fontanillas / RM. E/Coloreada.
Baloncesto

España participó en el primer Campeonato de Europa de Selecciones de Baloncesto. Fue en 1935, en la ciudad suiza de Ginebra. Aquello era un intento por organizar el basket europeo y que este nuevo deporte llegase cada vez a más países. El año siguiente debía estrenarse como deporte olímpico en Berlín, con lo que el deporte de la canasta cobraba una dimensión más seria.

España participó con Rafael Martín, los hermanos Emilio y Pedro Alonso, Juan Carbonell, Armando Maunier, Fernando Muscat, Cayetano Ortega y Rafael Ruano, todos ellos bajo la dirección de Mariano Manent, entrenador del Barcelona. La mayoría de jugadores eran del área de Barcelona y de Madrid.

Eran otros tiempos en el baloncesto, donde las posiciones eran de defensa y atacante y donde no había cambios. Ya hemos visto que solo había 8 seleccionados para todo un torneo. La mayoría había disputado ese mismo año el primer partido de la historia de la selección contra Portugal.

El equipo que competía bajo la bandera tricolor de la República, superó el primer partido 25-17 frente a Bélgica, con 8 puntos de Pedro Alonso, que pasaba por ser el mejor jugador del equipo. Tras ello el equipo pasó a semifinales, donde esperaba Checoslovaquia. 21-17 sería el resultado para el combinado dirigido por Maunier, que se aseguraba una medalla a la espera de lo que sucediese en la final. Allí, los 11 puntos de Jurcins fueron demasiado. Letonia ganaba el oro y España conseguía su primera medalla en un Eurobasket, además en el primero que se jugaba. Lo que nadie imaginaba era lo que tardaría en llegar la segunda.

Deporte femenino

Durante la Segunda República se dieron unas condiciones sociales y políticas nuevas que fueron idóneas para el incremento de la participación de las mujeres en el deporte, en un escenario de efervescencia asociativa popular y un marco de libertad de asociación garantizado por la Constitución de 1931. Estos cambios, aunque efímeros en el tiempo, alentaron la creación de nuevas secciones deportivas femeninas en los equipos universitarios de la Unión Federal de Estudiantes Hispanos en 1932. También influyó la divulgación de la prensa popular gráfica y deportiva –en el contexto europeo del período de entreguerras– en la percepción que la mujer española tenía del deporte.

 Pero el CFEB encarnaba los nuevos aires de modernidad cosmopolita que entonces soplaban en la capital catalana. Buena prueba de ello es que en solo un año superó el millar de socias y pudo crear secciones de natación, gimnasia, atletismo, tenis, esgrima, patinaje, hockey, baloncesto... Además, paralelamente, organizaba actividades cultural variadas, que iban desde los recitales de poesía hasta los conciertos de música. Era un club transversal, donde había mujeres de diferente procedencia y nivel, como la escritora Anna Murià o la deportista Anna María Martínez Sagi, campeona de España de jabalina y primera mujer directiva del FC Barcelona (y de todo el fútbol estatal) durante la presidencia de Josep Sunyol en 1934.


La olimpiada popular

La Olimpiada Popular fue una propuesta del gobierno republicano del Frente Popular para boicotear los juegos de Berlín, a los cuales España no envió delegación. Del 19 al 26 de julio iba a tener lugar en Barcelona un evento deportivo masivo con 6000 deportistas procedentes de 23 países tan solo unas semanas antes de los Juegos de Berlín en los que participaron 4.066 deportistas de 49 países.

El Sportintern o la Internacional Deportiva Roja junto al Comitè català pro esport popular organizaron en Barcelona unas contraolimpiadas con la intención de juntar a deportistas antifascistas de todos los países del mundo. La estructura de la Olimpiada Popular era diferente a la de los Juegos Olímpicos, ya que en lo que respecta a la adscripción territorial los participantes se dividían en tres categorías: nacional, regional y local. Esto permitió que el Marruecos francés, Alsacia, el País Vasco o Cataluña pudieran participar en dichas olimpiadas. 


La mayor parte de los participantes en la iniciativa “popular” de Barcelona pertenecían a asociaciones deportivas de izquierda, y la vinculación con los movimientos obreros era más que evidente. Así, una de las actividades previstas durante la Olimpiada consistía en la condena de la detención del líder comunista alemán Ernst Thälmann por parte de la Gestapo.

Sin embargo, la iniciativa iba mucho más allá. Entre las más de 20 delegaciones que se sumaron a la Olimpiada, había varias que no pertenecían a países reconocidos –era el caso de Argelia o Palestina–, y también regiones como Alsacia, Galicia o Euskadi, e incluso de grupos independientes, como una delegación de judíos emigrados. Al mismo tiempo se planificó la Olimpiada como un evento que diera visibilidad al papel de la mujer en el deporte, aspecto que se ignoraba en las olimpiadas oficiales, y se abría la participación a deportistas de élite, expertos y aficionados. De este modo la Olimpiada Popular de Barcelona rompía con la imagen de una competición entre estados –reforzando la hermandad entre los pueblos– y abría sus puertas a todas las razas y sexos, que podían participar en cualquier de los dieciséis deportes incluidos en la cita alternativa.

Del manifiesto de la Olimpiada Popular podemos leer lo siguiente: “La Olimpiada instaurada hace miles de años y renacida en nuestra época, que siempre había mantenido su carácter de Símbolo de la Fraternidad de los pueblos y de las razas, ahora pierde por siempre jamás este carácter. Los Juegos Olímpicos que se preparan en Berlín, son indiscutiblemente una falsificación vergonzosa, una burla del pensamiento Olímpico. En un país donde millones de deportistas están privados de continuar su actividad social, donde miles de los mejores deportistas son encarcelados, donde la mayoría del pueblo trabajador está bajo la amenaza de la persecución por sus convicciones o por su religión, donde se declara fuera de la ley a toda una raza, ¡este país no es el lugar para acoger los verdaderos Juegos Olímpicos!”.

La Olimpiada Popular debió inaugurarse el 19 de julio de 1936, pero España se despertó con un intento de golpe de estado fascista. La Olimpiada Popular fue organizada como protesta a los Juegos Olímpicos de Berlín (Hitler se encontraba en el poder) del mismo año. Fue iniciada por la Internacional deportiva roja (Sportintern) y organizada por el Comitè català pro esport popular, en que dominaba la influencia de la Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). El recientemente electo gobierno de la II República, del Frente Popular, decidió boicotear los juegos de Berlín al no enviar los representantes de España y prefirió apoyar a un evento deportivo alternativo pero en distinta fecha. La Olimpiada Popular desborda todas las previsiones y la organización inscribe a alrededor de seis mil participantes de más de veinte países distintos. Muchos de ellos pasarían a formar parte de las Brigadas Internacionales.


Estos eventos, organizados por los trabajadores, tenían como intención promover el deporte y la amistad, y su espíritu se resume en estos cinco puntos:
  • No se buscaba la competición en forma extrema, sino el espíritu de superación.
  • El culto a los/as deportistas per se era perjudicial y se evitaba.
  • Fuerte rechazo de la comercialización del deporte y promoción del amateurismo de los/as deportistas.
  • El deporte debe servir a la masa, lo que significa que todas las personas deben tener la posibilidad de hacer deporte.
  • Por medio del deporte y de los consiguientes contactos internacionales alcanzar la paz mundial.
La Olimpiada Popular admitía como participantes a las naciones sin Estado. Estuvieron allí, entre otros, Palestina, una delegación de judíos emigrados, de la Alsacia y la Lorena, pero también de Marruecos, entonces dividido entre el protectorado francés y el español, o Argelia, provincia francesa. Asimismo, había delegaciones regionales del Rosellón, Mallorca, Valencia, Andalucía, Navarra y Aragón o de ciudades como Burdeos, Praga, Toulouse, Argel, Orán, Basilea, Grenoble, Sevilla, Huelva, Melilla, Jerez de la Frontera, Badajoz, Tenerife o Cádiz, entre otras.

La mayor parte de los atletas se alojaban en la propia zona de Montjuïc, junto al estadio olímpico, y allí les sorprenderían los ruidos de disparos y explosiones en la madrugada siguiente. Pero antes, en la tarde-noche del día 18, comenzaron a llegar las primeras e inquietantes noticias sobre la sublevación fascista en Marruecos, Canarias y puntos de la Península. A aquellas horas, el músico Pau Casals ensayaba con la orquesta que debía dirigir al día siguiente en el Teatro Grec de Montjuïc, con motivo de la inauguración de la Olimpiada Popular. Un miembro de la organización se acercó a él y le puso al corriente de lo que sucedía. A continuación, Casals se dirigió a sus músicos y les invitó a tocar una vez más la pieza que estaban ensayando, la Sinfonía nº9 de Beethoven. Él mismo recordaría tiempo después: «Nosotros cantábamos el himno inmortal de la hermandad, mientras en la calle se preparaba una lucha que tanta sangre haría verter».

Dieciséis disciplinas deportivas estarían representadas. Además de las más conocidas (atletismo, fútbol o boxeo), habría enfrentamientos deportivos en ajedrez, ping-pong y pelota vasca.

Junto a las competiciones también estaban previstas manifestaciones folclóricas en la marco de la Semana Popular de Deportes y Folklore, para subrayar la dimensión cultural del encuentro entre distintos pueblos. Se previeron, entre otras, actuaciones de baile escocés, teatro popular suizo, un grupo folclórico de Marruecos y vibrantes exhibiciones tirolesas llegadas desde Austria.

El día del estallido de la guerra había en Barcelona 20.000 personas llegadas para la ocasión y preparadas para la inauguración. Los tiros y las barricadas alteraron una ciudad en la que ya se contagiaba el espíritu festivo y deportivo con desfiles de las delegaciones. Ahí estaban más de 5.000 atletas que competían en un total de 18 modalidades deportivas.


El batallón deportivo y Chamartín

Lejos de permanecer inmóvil, el deporte castellano comprendió que la mejor forma de hacer realidad su modelo pasaba por defender la II República. Miembros de la Federación Castellana de Fútbol (FCF), autoincautada por sus propios integrantes partidarios del gobierno republicano, por miembros de la Federación Cultural Deportiva Obrera de Castilla y del Frente Popular, con especial influencia de las Juventudes Socialistas Unificadas, montaron distintos actos de apoyo a los combatientes y sus familias, como partidos benéficos o donaciones de suministros médicos y equipamiento militar para el frente, que no serían más que una pequeña muestra de su implicación a favor de la II República.

Los deportistas del Madrid republicano no se iban a quedar al margen de la defensa de la ciudad y la formación de tropas gremiales. A mediados de septiembre se creó el Batallón Deportivo, en el que la Federación Española de Fútbol tendría un papel esencial. Ocupada por milicianos la Federación Castellana de Fútbol, la Española decidió ceder sus poderes y con los fondos que existían se decidió la formación del Batallón Deportivo, en el que además de futbolistas había boxeadores, atletas, árbitros… La sede del Madrid F.C., en el Paseo de Recoletos, se convirtió en la sede del Batallón.

Corría el 19 de agosto de 1936 cuando la asamblea de la Federación Castellana de Fútbol aprobó la creación de un batallón de deportistas sin afiliación política específica al servicio de las fuerzas republicanas. Este tendría como objetivo defender la libertad frente al fascismo y prevenir que elementos de la derecha política se infiltraran en el deporte. Al cabo de unos días, el proyecto era ya una realidad. El 24 de agosto las instalaciones del Madrid F. C., hoy Real Madrid, en el número 4 de la calle de Recoletos, se convertirían en su cuartel general y el estadio de Chamartín (hoy Santiago Bernabéu) en su campo de entrenamiento y adiestramiento militar. Martín Crespo, expresidente del C. D. Nacional, y Heliodoro Ruiz, entrenador del Madrid F. C. y capitán de la Inspección General de la Cultura Física del Ejército del Centro de la República, que al final de la guerra se rebelaría como agente falangista infiltrado, fueron los encargados del adiestramiento del Batallón Deportivo. Los integrantes del batallón fueron apodados en los inicios de 1937 por la prensa de Madrid “soldaditos de plomo” por su disciplina.

El "Batallón Deportivo" se forma en octubre de 1936 con voluntarios del mundo deportivo; era una más de las unidades milicianas "gremiales" -maestros, panaderos, metalúrgicos, agentes de comercio, tenderos- más que "políticas". Según los datos de la Comandancia de Milicias se forma en Octubre y el 7 de octubre ya opera en la "Columna Sánchez Plaza" de la zona de Extremadura  luego "Columna de la Carretera de Extremadura"; en 1936 tiene 23 muertos y 7 desaparecidos, lo que es una cifra enorme en comparación con otras unidades similares y a sus efectivos ( 278 hombres en 29 de octubre); al morir asesinado el presidente del "Barça" se retitula "Deportivo Suñol" (sic, era "Sunyol"); termina integrado en la 53ª Brigada Mixta (ex "Agrupación Lopez Tavar")

Fue en octubre de 1936 cuando se creó el denominado «Batallón Deportivo» de Madrid, una suerte de facción del Frente Popular formada exclusivamente por deportistas. Aunque en otras regiones españolas tuvo un carácter más esporádico, con una presencia más moderada de los atletas, en la capital sí fue norma. Futbolistas, boxeadores o ciclistas conformaron este ejército, iniciado con la incautación de la Federación Castellana de Fútbol y la posterior cesión de poderes de su homóloga nacional, en favor de la República. El denominador común de los integrantes se debía tanto a este elemento circunstancial, relativo a la toma de la federación, como a la creencia de que por sus características podrían aportar un extra en el frente. Aunque mucho se ha escrito sobre esta cuestión, con un calculado apunte heróico, no existe la seguridad de que en términos generales su participación en la defensa de Madrid fuera fundamental, más allá de la batalla de Usera, que sí lo fue.

El distintivo del batallón, sirva como apunte para comprender la profunda relación con el fútbol, era el mismo que empleaban los jugadores españoles que competían en el extranjero. Los brazaletes de la Federación Española definían ahora su compañía.

El Batallón Deportivo, que nació al amparo de la incautación de la propia Federación de Fútbol, según refiere El Liberal del 1 de enero de 1937 que detalla pormenorizadamente su creación. La desaparición de un fraternal camarada en lides futbolísticas, el diputado de la Esquerra catalana José Suñol, de quien se decía entonces que fue aprehendido y fusilado por los facciosos en la Sierra, hizo concebir a ese grupo de dirigentes la idea de aplicar una buena porción de los fondos de la Federación Española a la creación y sostenimiento de un batallón de milicias, cuya primera compañía llevaría el nombre del malogrado ex presidente del Barcelona F. C. Se decide pues crear un batallón de deportistas donde se integraron futbolistas, boxeadores, atletas, o ciclistas, pelotaris, jugadores de baloncesto y hasta toreros entre otros, a quienes aleccionaban profesores de la talla de Rafael Hernández Coronado, Heliodoro Ruiz o Rafael Tolosa.


La FCF financió uniformes, cuarteles y suministros para una excelsa nómina de deportistas, que llegarían hasta el millar y entre los que destacarían distintos deportistas amateurs como los futbolistas Julián Alcántara (C. D. Nacional), José Cotillo (Tranviaria y también bailarín flamenco), el atleta Macario Meneses o el boxeador Emilio Iglesias (campeón de peso gallo de Castilla), así como directivos como el Capitán Martín Crespo, quien fuera expresidente del C. D. Nacional, o María Cabot, la única mujer que se ha podido identificar en este batallón. Entre los integrantes del «Batallón Deportivo» destaca Félix Quesada, defensor del Real Madrid entre 1922 y 1936. Con apostura recia, futbolista de carácter y líneas de plomo, ayudó a conquistar las dos primeras Ligas del club madridista. Pero más allá de sus victorias como jugador, su figura adquiere importancia en este caso porque tuvo que acreditar su afinidad a la República, como si el simple alistamiento no bastara. A pesar del extremismo y la intransigencia inicial, Quesada fue aceptado en la oficina de reclutamiento, situada improvisadamente en la sede de la Federación Española, en la calle Claudio Coello.

"Los deportistas madrileños, por iniciativa de la Federación Española de Fútbol, se ocupan estos días de la formación de un núcleo de fuerzas voluntarias que llevará el nombre del malogrado Josep Sunyol, presidente que fue del Barcelona C. F. En esta nueva fuerza pueden inscribirse cuantos deportistas se muestren dispuestos a defender las libertades republicanas. La salida de la columna para el frente se verificará el día 7 de septiembre. El día anterior se verificará un festival en el campo del Madrid, en el que luego de un partido que jugarán los primeros equipos del Madrid y del Valencia será entregado a los milicianos del deporte un banderín. La recaudación que se obtenga en el partido a que nos referimos será destinada a los Hermanos de Sangre".

Al Batallón Deportivo se inscribieron Lecue (Madrid), Marín (ex del Atlético, recién fichado por el Madrid), Quesada (Madrid), Espinosa (Madrid), Fraisón (Sporting de Gijón), Paquillo (Ferroviaria), García de la Puerta (Ferroviaria), Cosme (Atlético), Villita (Madrid), Emilín (Madrid), Moleiro (Carabanchel), Pablito (Nacional), Cotillo (Tranviaria), Pedrín (Salamanca), Gómez (Ferroviaria), Trinchant (Ferroviaria), Rocasolano II (Mirandilla de Cádiz) y otros varios de equipos de menor categoría. La inscripción de deportistas de cualquier modalidad dio para formar dentro del Batallón Deportivo tres compañías, que llevaron los nombres de Sunyol, Valencia y Alcántara.

 Entrenamiento del Batallón Deportivo en el campo del Madrid F.C.,
 en Chamartín de la Rosa.

El cuartel de esta nueva milicia se estableció en la planta baja del Madrid C.F., y el día anterior a su partida hacia el frente se celebró un partido entre los equipos del Madrid y el Valencia, además de un festival cuya recaudación se destinó a los hospitales de sangre, tan importantes en periodos de guerra.

Los uniformes del Batallón Deportivo lucían insignias bordadas con los colores con los que la selección española había jugado sus partidos hasta el inicio de la guerra. Clave fue su participación en las batallas de Navalcarnero y Usera. A la primera compañía que se formó se le puso el nombre de José Sunyol, el ex presidente de la Federación Catalana y del Barcelona y miembro de Ezquerra que había sido fusilado en el madrileño puerto de Guadarrama por los rebeldes.

Las instalaciones del Madrid en Chamartín pasaron de ser el campo de entrenamiento del equipo blanco, que en junio se había proclamado campeón de Copa en Valencia contra el Barcelona, a terreno de instrucción para las milicias deportivas.

El Batallón Deportivo se convirtió también en un instrumento político de unidad antifascista entre los diferentes pueblos de la II República. Dio soporte a una suerte de internacionalismo incipiente que trababa de unir dos territorios como Castilla y Cataluña cargados de tensiones, pero también de afectos, sobre la base del respeto mutuo a cierta soberanía. Ejemplo de ello fueron el recibimiento de Lluis Companys al Batallón Deportivo en la Casa de Cataluña, el centro cultural catalán en Madrid, o el evento organizado el 22 de abril de 1937, también en Madrid, al que asistieron representantes de la Casa de Valencia, la Casa de Cataluña, el periódico barcelonés La Rambla y el gobierno de la ciudad de Valencia, durante el cual se intercambiaron banderines de los territorios con el Batallón Deportivo.

En febrero de 1937, con la reestructuración del Ejército Republicano, el Batallón Deportivo se encuadró dentro de la 68ª Brigada Mixta. Su boletín periódico “En Pie” se convirtió en pionero en el reconocimiento de la importancia del deporte y el entrenamiento para el desarrollo físico, cultural y moral del ejército. Este énfasis se extendió a otros batallones y brigadas hasta el punto de establecerse la figura del “profesor de cultura física” en cada batallón del ejército republicano y torneos deportivos inter-brigadas en las distintas Divisiones.

Pese a lo que parte de la historiografía oficial de la época franquista ha tratado de trasladar a la opinión pública, reduciendo la labor de este batallón durante la guerra civil a simple refugio para que deportistas famosos no fueran enviados al frente, si por algo destacó el Batallón Deportivo fue por su doble papel en la guerra: fuerza de combate directo y arma de propaganda. El batallón participó en cruentas batallas en Navalcarnero y en la defensa de Madrid, particularmente en el suburbio de Usera y en las áreas del Puente de los Franceses y de la Ciudad Universitaria, donde sufrió pérdidas significativas. Formó parte de diversas divisiones con el avance de la guerra y participó en batallas de gran relevancia como las de Jarama, Brunete, Teruel y Cataluña.

Pero la relación entre el Real Madrid y el «Batallón Deportivo» no se redujo a la figura del duro defensor madridista, que, por cierto, años después fue seleccionador nacional, una vez instalada la dictadura. La milicia republicana, que tomó el nombre de José Suñol, presidente del Barcelona, asentó sus principales ubicaciones en las instalaciones del club madridista en la capital. El Frente Popular, en el primer año del conflicto, se apoderó de la sede de la entidad en el paseo de Recoletos y de su estadio de Chamartín. El primer espacio lo utilizó como cuartel durante la guerra (también como lugar para alistamientos), mientras que el segundo fue empleado como campo de entrenamiento militar para los milicianos.

La sede de la Federación Española, sita en la Calle Claudio Coello número 10, se convirtió en el centro de reclutamiento para los deportistas. Allí acudieron futbolistas de Madrid, Atleti, CD Nacional, del Deportivo Valladolid… La edad mínima para alistarse era de 21 años, pero en el caos que se vivían y aprovechando su buen estado físico como deportistas, muchos menores de edad pasaron a formar parte del Batallón Deportivo. La idea de Paco Hernández Coronado, Álvarez Zamanillo o Ángel Rodríguez, dirigentes de la Federación Castellana y miembros del Frente Popular, era una realidad.

A la segunda compañía se la llamó Valencia y a la tercera Alcántara, en recuerdo al primer muerto del Batallón Deportivo. Julián Alcántara, jugador del Deportivo Nacional, murió en el frente y fue enterrado en Madrid el 19 de octubre de 1936 portando su ataúd tres milicianos futbolistas: Emilín (Arenas de Guecho y Real Madrid y que emigró a Argentina al acabar la guerra), Lecue y García de la Puerta.

Conocidos como ‘soldaditos de plomo, los futbolistas y deportistas del Batallón Deportivo tuvo un papel importante en batallas como las de Navalcarnero o en Usera, cuando los milicianos lograron alejar de Madrid el optimismo de los sublevados, que aseguraban que “estamos a dos pesetas en taxi del centro de Madrid”. Además de empuñar las armas encontraban tiempo para organizar partidos benéficos, como el del 24 de septiembre de 1936 entre jugadores del Batallón y una selección de Madrid y Atleti. Los ingresos fueron para los niños acogidos en la Casa Cuna y que habían quedado huérfanos desde el estallido de la guerra.


Los dirigentes populares del Madrid F. C. pusieron a disposición de los organizadores su local social. La Federación Castellana, todos sus elementos personales. Y así se formó este Batallón en torno a los deportistas, algunos incluso del Madrid como Quesada, Bonet, Emilín, García de la Puerta, Villita, Cosme o Lecue.

Pasados los primeros momentos, el mando pasó a manos del comandante Sanchís Zabalza y además fue dividido a su vez en tres Batallones: el referido Suñol, Valencia y Alcántara (como homenaje a Julián Alcántara, ex jugador del Nacional, muerto en Guadarrama).

Posteriormente, se reestructuró, pasando a formar parte del III Cuerpo del Ejército, dependiente del Coronel Ortega. Aquí se produce una escisión entre los deportistas (que son destinados a la sección de Automovilismo) y el resto (que es enviado al frente).

Tuvo un papel importante en batallas como las de Navalcarnero o en Usera, cuando los milicianos lograron alejar de Madrid el optimismo de los sublevados, que aseguraban que “estamos a dos pesetas en taxi del centro de Madrid”, como se afirma en la web  http://www.marca.com/reportajes/2011/12/el_poder_del_balon/2012/05/23/seccion_01/1337803518.html.

Así, poco a poco, el Batallón fue disgregándose (algunos de los futbolistas marcharon a Valencia o Barcelona, donde sí había fútbol) hasta desaparecer definitivamente.

Real Madrid Republicano

Así la Federación Obrera acordó designar un Comité directivo que sustituyera a la vigente junta directiva siendo Vallejo, Sechí y Verts, asesorados por Pablo Hernández Coronado, quienes formarían dicho comité. Aunque para el Libro Oficial del Centenario (2002), la presidencia la asumió Leandro Sechí, la información proporcionada por la hija de Juan José Vallejo, Isabel Vallejo, en escrito personal al autor, nos aclara que será nuestro protagonista el que de facto ejerza de presidente. Curiosamente el libro, fuente oficial del Club que reunió a un importante equipo de investigadores para la redacción de los textos, no cita a José Vallejo entre los incautadores (al menos en alguno de los capítulos; sí en otros (¡).

El texto íntegro de la incautación del Madrid F. C., lo reproducía el diario El Sol dos días después: “Constituidos en el Madrid FC D. José Vallejo, en representación de la Federación Cultural Deportiva Obrera; D. Agustín Varela, por la Juventud de Izquierda Republicana; D. Agustín Nieto, por la Juventud Socialista Unificada; D. Vicente Veres, socio del Madrid afiliado a la UGT; D. Leandro Sechi, socio del Madrid, afiliado a Amigos de la Unión Soviética, y D. Alfonso Reyes, socio del Madrid afiliado a Izquierda Republicana, con D. Pablo Hernández Coronado, asesor técnico; D. Pedro Manzano, por la Asociación de Espectáculos Públicos (UGT) y D. José Carlos Alonso en representación de todo el personal del club sin excepción, acuerdan la incautación de dicho club, asumiendo todas las funciones que los reglamentos conceden a la Junta directiva, incautación que se verifica para orientar la marcha del Club en un sentido popular, que sin desvirtuar la organización tipo profesional del mismo, permita la extensión de los beneficios deportivos que puedan proporcionar todas sus instalaciones a las masas populares, que en estos momentos están defendiendo heroicamente la República democrática de nuestro país.”

 “Primero. Respetar toda la plantilla del personal que no sea desafecto al régimen.

Segundo. Convocar a la anterior Junta directiva para el próximo sábado a las cuatro de la tarde, a los efectos de transmisión de poderes.

Tercero. Autorizar la utilización de todas las instalaciones del Club y local social, excepto el campo de juego, a todos los socios del Madrid afectos al régimen que exhiban autorización al efecto de su organización.

Cuarto. Poner a disposición del Gobierno Civil, con todas sus disponibilidades y preparar la organización de un partido internacional o varios, si es posible, con objeto de recaudar fondos para la suscripción a favor de las víctimas del fascismo.

Asimismo, se acuerda dar traslado de esta acta a la Dirección general de Seguridad, a los organismos deportivos superiores y poner copia de ella en todos los locales sociales. Y para que conste, todos firmamos la presente en Madrid a cuatro de agosto de 1936. – Por la Comisión V. Veres.”

El Real Madrid fue, de hecho, el último campeón de la Copa republicana, pocos días antes de la sublevación. Su presidente de entonces, Rafael Sánchez-Guerra era un republicano convencido, el primero que ondeó la bandera tricolor desde el balcón del ayuntamiento de Madrid, hace ya 89 años. Ya con la guerra declarada, la incautación por el Frente Popular fue justificada con los siguientes argumentos: “Un club democrático como el Madrid, con un plantel de socios netamente republicanos de izquierda, no podía temer nada. La Deportiva Obrera, que tiene un gran concepto de los principios deportivos, encontró justos los razonamientos de algunos socios, y juntos concibieron un plan que ha sido puesto en práctica y aprobado sin excepción alguna, por todos los sectores deportivos de Madrid. Reunidos socios del Madrid y directivos de la Federación Obrera acordaron designar un Comité directivo que sustituya a la actual Junta directiva. El citado Comité, nombrado ya, está integrado por dos directivos pertenecientes a la Federación Deportiva Obrera. Uno de ellos es Juan José Vallejo”. Vallejo, por cierto, fue fusilado al término de la contienda.

 La plantilla del Real Madrid en la temporada 1935-1936.

Pedro Patricio Escobal, defensa y capitán merengue, afiliado a Izquierda Republicana, fue condenado a 30 años de prisión por el régimen franquista. Evitó hasta cuatro ejecuciones durante el conflicto. Se exilió en Cuba y luego en Estados Unidos. Nunca pudo olvidar la guerra y con la sangre de esta herida escribió "Las Sacas".

El militar comunista Antonio Ortega Gutiérrez estuvo  al frente de la institución entre 1937 y 1939. Nacido en la localidad burgalesa de Rabe de las Calzadas en 1888, inició su carrera militar en 1906, entrando a formar parte del Cuerpo de Carabineros. Cuando estalló la guerra era teniente y estaba destinado en Irún. Su destacado papel en la defensa de la ciudad le facilitó ser nombrado gobernador civil de Guipúzcoa en agosto de 1936, tomando el mando de las fuerzas republicanas en la campaña de Guipúzcoa, con las que participó en los combates alrededor de Irún y San Sebastián. Tras crearse el gobierno autónomo vasco cesó en su puesto y fue enviado a Madrid, incorporándose a las Milicias Vascas Antifascistas. En la capital se puso al frente de la 40ª Brigada Mixta y de la 7ª División, ya con el rango de teniente coronel, encargándose de la defensa de la ciudad en el área de la Ciudad Universitaria. En mayo de 1937 fue nombrado director general de Seguridad por el nuevo  gobierno republicano de Juan Negrín, cargo al que llegó con el aval del Partido Comunista, formación a la que se afilió.

Aunque no era aficionado al fútbol, el presidente Ortega asumía sus responsabilidades y defendía la creación de un nuevo estadio, tal y como declaró a la revista Blanco y Negro. «Madrid, que ha ganado su capitalidad, debe tener todo aquello que poseen otras ciudades que han sido más frívolas con relación a la guerra. Todos, entonces, debemos ayudar al gran club, sin olvidarnos de otros de la misma región. Estos vendrán después, pero colaborando todos para la gran obra del mejor terreno deportivo de España, habremos hecho desaparecer antagonismos viejos.”.

Antonio Ortega evitó muertes. Una de sus decisiones más rotundas fue la de embarcar a los 600 presos de la cárcel de Ondarreta tras la caída de San Sebastián. También que fue un icono de la defensa de Madrid y del “no pasarán”, uno de los militares que frenaron el avance de los franquistas a la capital.

 Sus declaraciones al semanario Blanco y Negro eran prueba de una mentalidad prácticamente espartana: “La nueva práctica del deporte aplicada a la guerra ha evitado, en primer lugar, el preciosismo y la exhibición, y ha conseguido que los soldados, libres de antaños prejuicios, fortalezcan sus músculos, alimenten sus pulmones y posean una resistencia esencial hoy en cualquier clase de combate (…) El Madrid, y yo estimaré que así sea, debe conseguir el mayor campo deportivo de España, el más importante estadio. La ciudad, que se ha ganado heroicamente su capitalidad, debe tener todo aquello que poseen otras ciudades que han sido más frívolas con relación a la guerra”.

Tras triunfar la insurrección del coronel Casado contra el gobierno de Juan Negrín, con la que se intentó poner fin a la Guerra Civil mediante un acuerdo entre militares, Ortega fue cesado en su responsabilidad militar. Ante la inminente entrada de las tropas franquistas a Madrid se desplazó a Alicante, donde fue detenido el 13 de abril de 1939 antes de poder coger un barco en dirección a Argelia. Dos meses después y tras un consejo de guerra, fue ejecutado mediante el sistema del garrote vil.
Antonio Gutiérrez

Como también lo es la de Rafael Sánchez-Guerra, el presidente del Real Madrid hasta 1936. Concejal republicano del Ayuntamiento de Madrid -fue el más votado-, de adscripción republicana y conservadora, permaneció toda la guerra en la capital junto a su gran amigo el socialista Julián Besteiro y ninguno de ellos se fugó cuando tuvieron ocasión porque consideraban que no habían cometido delito alguno salvo la fidelidad a sus ideas. Sin embargo fueron condenados a fuertes penas de cárcel (a Besteiro le acusó el fiscal de que su ejemplo como persona intachable podría hacer aceptable su ideología). Besteiro murió poco después en prisión y Sánchez-Guerra, con el apoyo de sus parientes que militaban en el bando franquista -la familia Barroso, que ostentaban importantísimos cargos- pudo marchar al exilio en 1946.

Rafael Sánchez-Guerra

Del equipo que ganó la última Copa de la República, sólo quedaban cuatro jugadores al final de la guerra. Lecue, Sauto, Bonet y Quincoces. Los demás se exiliaron, fueron recluidos en cárceles franquistas o fusilados.

JUAN JOSÉ VALLEJO

Juan José Vallejo González fue la persona que encabezó la incautación del entonces Madrid Foot-ball Club en el comienzo de la guerra civil, cuando la Federación Cultural y Deportiva Obrera, órgano sectorial del Frente Popular, tomó el club el 4 de agosto de 1936, así como varios de los estamentos futbolísticos del Madrid cercado por las tropas golpistas, como la Federación Española de Fútbol (en la que también fue protagonista actuando como vicepresidente) o el Colegio de Árbitros.

En noviembre de 1936 se incorporó al 5º Regimiento de Milicias Populares, integrándose posteriormente en la 43ª Brigada Mixta. Durante la guerra operó con esta Brigada en los frentes del Centro, Levante y Extremadura. Para 1938 alcanzó el grado de capitán y posteriormente de Comandante de Estado Mayor. En marzo de 1939 será detenido por las tropas rebeldes, y hecho prisionero pasando por varios campos de concentración en Rota, Cádiz, etc. Pasó también cárcel en Sevilla, aunque no cumplió condena, ya que logró escapar de prisión con un grupo de compañeros, pues la condena a muerte era segura, como oficial del ejército republicano que era. La hija apunta que se trasladó clandestinamente a Barcelona ya que, por razones de seguridad, no podía volver a Madrid. Allí casará con Dolores Calderón Ramón, nacida en 1922, y con quien tuvo cinco hijos: Isabel, Carlos, Dolores, Rosario y Nuria. Y concluye su hija “Siempre fue un ejemplo para nuestra familia, por su humanidad, su entrega a la lucha por la defensa de la justicia social, y su compromiso vital en la defensa de las libertades democráticas”.

Juan José Vallejo falleció en Barcelona el 27 de enero de 1978 con 65 años. En la necrológica que publica La Vanguardia se habla de que había sido fundador de las Juventudes Comunistas y de las Juventudes Socialistas Unificadas, así como promotor de la Olimpiada Popular de 1936 y comisario político del Batalló Jove Guaria del 5.e Regiment. Era militante comunista desde hacía 40 años. La necrológica se la ponían sus compañeros del PSUC de Poble Nou. En otra necrológica en el mismo medio (realmente se publicaron de él tres necrológicas este día) se dice que había sido presidente de la Cooperativa Pau i Justicia también de Poble Nou. La tercera la debió contratar el grupo de agentes comerciales colegiados, quienes anuncian el traslado del féretro tras el entierro, al cementerio de San Boi de Llobregat envuelto el ataúd en la bandera republicana.

Más información aquí https://www.cuadernosdefutbol.com/2020/04/el-presidente-del-real-madrid-mas-ignorado-y-desconocido-juan-jose-vallejo-gonzalez-1912-1978/ 

Juan José Vallejo

Barça republicano

El martes 18 de mayo de 1937 la expedición azulgrana que tenía que irse a México inició el viaje en tren hacia la población francesa de Saint Nazaire. Cabe decir que el trayecto desde Barcelona hasta la frontera con Francia resultó muy peligroso. De hecho, cuando estaban a punto de llegar a Portbou el tren se tuvo que parar un buen rato dentro de un túnel, ya que en aquellos momentos la villa gerundense estaba siendo bombardeada por la aviación fascista. Una vez pasado el mal trago, el 24 de mayo comenzaría una larga navegación hacia el otro lado del Atlántico, con la llegada a México el 8 de junio, donde fueron recibidos con todos los honores. Un diario de la capital mexicana publicó:“Que la estancia de los futbolistas catalanes logre borrar la impresión de tragedia y luto que traen de su afligida patria y que el fútbol de México sepa cosechar los beneficios que esa visita les brindará”.

El F.C. Barcelona tiene un presidente, Josep Sunyol, fusilado por los franquistas en el frente del Guadarrama en los primeros días de la guerra. En julio de 1935 accedió a la presidencia Josep Suñol i Garriga, una persona de fuertes ideales catalanistas. Con su divisa Deporte y Ciudadanía, Suñol acentuó la vinculación del hecho social con el deportivo al FC Barcelona.

Josep Sunyol i Garriga, presidente del Barça en los tiempos de la República, diputado de Esquerra Republicana y del Front D'Esquerres de Catalunya.  En el caso de Josep Sunyol, su relevancia social y deportiva como presidente del FC Barcelona no le sirvió para evitar que lo mataran, más bien al contrario. Se ha especulado que aquella brutal masacre sería la respuesta de los falangistas castellanos a la muerte de su líder regional, Onésimo Redondo (llamado el Caudillo de Castilla) y de sus dos lugartenientes, quienes, poco antes, también habían atravesado accidentalmente el frente de guerra, habían caído en una emboscada y habían sido abatidos por milicianos anarquistas (24 de julio de 1936) en Labajos (Castilla), a poca distancia del lugar donde serían fusilados Sunyol, Ventura y sus dos acompañantes.

Sunyol, nacido en Barcelona en 1898, había sido presidente accidental del FC Barcelona en 1925, cuando el gobierno de Primo de Rivera clausuró el estadio de Les Corts y Joan Gamper tuvo que emprender el camino del exilio. Posteriormente ocuparía varios cargos directivos dentro del club y volvería a ser presidente en 1935 por aclamación de los socios. En el plano político había ejercido como diputado de Esquerra Republicana de Catalunya en las Cortes de Madrid (1931-1933). Y en el plano profesional había sido fundador y editor de varias publicaciones de prensa, de ideología catalanista y republicana, entre las que destacaba La Rambla, el rotativo en que trabajaba Pere Ventura i Virgili.

Fue fusilado el 6 de Agosto de 1936 mientras repartía gran parte de su fortuna de la empresa del Real  Automóvil de Catalunya al pueblo madrileño en su lucha para aplastar el fascismo, las tropas rebeldes y la conspiración organizada por los monárquicos con las fuerzas del Eje para acabar con la Segunda República Española.
Josep Sunyol 

Osasuna republicano

Con la proclamación de la II República, los partidos de la rama republicana conformaban un amplio abanico. Bengaray, “amigo y compañero de gente de la Pamplona izquierdista y conservadora”, perteneció a Acción Republicana, el partido de Manuel Azaña; fue dirigente de Izquierda Republicana, y después, presidente del Frente Popular en Navarra, con republicanos, socialistas, comunistas... Ocupaba este cargo cuando fue detenido en agosto de 1936.

En los estatutos se recogió expresamente que el club no tenía adscripción política, lo que no impidió que, desde el principio, se estableciera un estrecho vínculo con las clases populares. 

El 7 de junio Osasuna venció en semifinales de la Copa al Barcelona por 4-2, en un escenario en el que coincidieron los que, un mes más tarde, acabarían siendo víctimas y victimarios. Apenas unas semanas después, tras 12 días de Sanfermines, el 19 de julio Pamplona se convirtió en el kilómetro cero del golpe. En esa fecha los carlistas tomaron la Plaza del Castillo, los falangistas asaltaron la sede de Izquierda Republicana, el Centro Vasco, el diario La Voz de Navarra y fue detenido el alcalde de Estella y fundador de Osasuna, Fortunato Aguirre. Había avisado al Gobierno de las maniobras golpistas de Mola, alertado de que el Monasterio de Iranzu se estaba utilizando como arsenal de armas y fue asesinado en Tajonar”.

Osasuna desciende, llega el verano, los Sanfermines y el último día: concentración militar, convocada por las derechas, en la Plaza del Castillo de 4.000 requetés.  El General Mola al mando. Asaltan el periódico nacionalista La Voz de Navarra, el Centro Vasco y el Círculo de la Izquierda Republicana (arrancaron símbolos y adornos republicanos). La jornada finaliza con el asesinato por la espalda del Comandante Rodríguez Medel por sus subordinados de la Guardia Civil, pues trataba de parar el golpe; objetivo que, el ex presidente de Osasuna, Natalio Cayuela, junto a otros (entre los que había varios de la Junta del club), también intentaron.

En las jornadas siguientes fueron cesados todos los concejales de izquierdas de Pamplona, una gestora municipal tomó el control y dio todo su apoyo a la Junta de Guerra. 56 trabajadores en la plantilla municipal cesados de empleo, además de miles de detenciones, interrogatorios bajo amenazas y torturas para confeccionar listas negras… En un año 300 personas fusiladas en Pamplona, la mayoría de ellas vinculadas a organizaciones republicanas de izquierdas o nacionalistas vascas. 

Los fusilamientos de presos se realizaban en las murallas de la Ciudadela, convirtiéndose en un lamentable espectáculo al que acudían determinados miembros de familias aristócratas, y algunas monjas, con su afán de presenciar y ser testigos, y demostrar su bajeza moral, por ver aquel horror y exterminio merecido del vecino rojo, de un conocido, incluso de algún pariente.



La selección vasca

Mucho se ha escrito sobre ella. Formada a instancias del Lehendekari Aguirre en 1937, le cupo un papel importante tanto en la recaudación de fondos, como en la cosecha de adhesiones a la causa republicana. El combinado contaba con figuras del último campeón, el Athletic de Bilbao y también grandes jugadores del Madrid (por entonces, no Real sino Madrid FC): Gregorio Blasco, Serafín Ahedo, Pedro y Luis Regueiro, Isidro Lángara, Ángel Zubieta, Emilio Alonso, Ignacio Aguirrezabala, Rafael Egusquiza, entre otros.

Comenzaron con una exitosa gira en Europa, recorriendo Francia, Polonia, Dinamarca, Checoslovaquia, Dinamarca y Noruega. En la Unión Soviética supieron de la caída de Bilbao. Entonces la selección puso rumbo al continente americano, donde muchos jugadores se incorporaron y brillaron en equipos locales.


Manuel Blasco Garzón

Manuel Blasco Garzón (Sevilla, 1885 / Buenos Aires, Argentina, 1954) fue presidente del Sevilla Fútbol Club en el periodo 1923-19255. Este político y abogado (estudió Derecho en la Universidad de Sevilla), y que durante años escribió regularmente en prensa de muy diversa orientación socio-política (La Monarquía, El Porvenir, El Correo de Andalucía, La Lucha, El Pueblo…), fue diputado en la legislatura de 1923 por el distrito de Estepa (Sevilla) en una candidatura del Partido de Izquierda Liberal 6, y posteriormente en las legislaturas republicanas de 1933 y 1936, en ambas por la circunscripción de Sevilla capital (en la legislatura de 1933, por el Partido Republicano Radical —PRR—, y en la de 1936, en las filas de Unión Republicana —UR— y en la candidatura del Frente Popular, ya que en mayo de 1934 había seguido a D. Martínez Barrio en la escisión que había dado lugar al Partido Republicano Radical-Demócrata)7 .

Previamente, y en el ámbito municipal, Blasco fue elegido concejal en el Ayuntamiento de Sevilla en las elecciones municipales de 1917, puesto que mantuvo hasta 1923 (en julio de 1922 fue condecorado, en su condición de teniente de alcalde de ese Ayuntamiento, con la Gran Cruz del Mérito Militar «por los extraordinarios servicios prestados al Ejército con ocasión de la evacuación de enfermos y heridos de la reciente campaña de Melilla»)8 .

El golpe de Estado del general M. Primo de Rivera le alejó temporalmente de la política activa, pero participó en otras esferas de la vida social y cultural sevillana (además de la presidencia del Sevilla Fútbol Club, también ejerció la del Colegio de Abogados, la del Ateneo de Sevilla y la de la Sociedad Económica de Amigos del País, entre otras, además de ser uno de los impulsores del grupo de escritores conocido como la generación del 27), no sin desdeñar la unificación de las fuerzas dinásticas progresistas (Unión Liberal Nacional), que no se materializaría.

Tras la caída de la dictadura de Primo de Rivera (enero de 1930), fue nombrado, de nuevo, concejal del Ayuntamiento de Sevilla (formado a partes iguales por los mayores contribuyentes y por los exconcejales más votados en las elecciones celebradas entre 1917 y 1923 —fue su primer teniente de alcalde entre enero y abril de 1931—). En el periodo que transcurre entre la caída de Primo de Rivera y la instauración de la República (14 de abril de 1931) mantuvo posiciones políticas que, cuando menos, pueden considerarse contradictorias: pasó de abogar por la formación de un bloque de izquierdas que exigiese la convocatoria de Cortes constituyentes a apoyar la política de mantenimiento de la Monarquía de Alfonso XIII. Instaurada la República tras las elecciones municipales del 12 de abril, se presentó a las constituyentes del 28 de junio de 1931 como candidato «republicano independiente» por la circunscripción de Sevilla capital, elecciones en las que no fue elegido (obtuvo tan sólo 1.327 votos, el 1,6% del censo electoral y el 2% de los votantes). Dada la estrecha relación que mantenía desde hacía años con Martínez Barrio, uno de los máximos dirigentes nacionales del PRR, reingresó en este partido en julio de 1932.

Aunque su nombre sonó como posible alcalde del Ayuntamiento de Sevilla, formó parte de la candidatura radical (Coalición Republicana) por la circunscripción de Sevilla capital en las elecciones legislativas celebradas el 19 de noviembre de 1933, en las que obtuvo 27.216 votos (el 16,7% del censo y el 30% de los votantes), el que menos de los seis diputados elegidos en su circunscripción, que fueron dos de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), un agrario, un tradicionalista y dos radicales (el PRR obtuvo un total de 102 diputados, la segunda fuerza parlamentaria nacional tras los 115 de la CEDA).

En su labor parlamentaria hay que destacar que fue miembro de la Comisión de Justicia, así como suplente de la comisión formada para estudiar las acusaciones formuladas contra los republicanos M. Azaña y S. Casares Quiroga tras la insurrección de octubre de 1934.

La crisis abierta en el seno del PRR entre A. Lerroux, su máximo dirigente, y Martínez Barrio por la política de alianzas tras las elecciones de noviembre de 1933, ya que aquél era partidario de establecerlas con la conservadora CEDA, desembocó en la escisión dirigida por éste, quien formó el Partido Republicano Radical-Demócrata (PRRD)9 . Su posterior unión, en septiembre de 1934, con el Partido Republicano Radical-Socialista (PRRS) y con Izquierda Radical-Socialista (IRS) dio lugar a UR.

En las elecciones de febrero de 1936 formó parte, de nuevo, de las candidaturas presentadas por la circunscripción de Sevilla capital, en esta ocasión como miembro de UR en la candidatura del Frente Popular, de la que formaban parte, además, un candidato de la azañista Izquierda Republicana (IR), un socialista y un comunista: Blasco obtuvo 74.993 votos, el más votado de los seis diputados que correspondían a esa circunscripción (los elegidos fueron los cuatro de la candidatura del Frente Popular, así como un cedista y un tradicionalista).

Tras el triunfo del Frente Popular le llegó la ocasión de ser ministro: Azaña, presidente del nuevo gobierno, le nombró de Comunicaciones y Marina Mercante (lo fue entre el 19 de febrero y el 10 de mayo de 1936). Cuando Azaña dejó la presidencia del Gobierno tras ser elegido presidente de la República, continuó ejerciendo esas mismas responsabilidades (del 10 al 13 de mayo) en el gobierno interino presidido por A. Barcia, gobierno que sólo duró hasta que Azaña pudo nombrar un nuevo gobierno, el presidido por Casares. La formación de este nuevo gobierno supuso su nombramiento como ministro de Justicia (del 13 de mayo al 19 de julio), función que mantuvo en el formado por Martínez Barrio tras el golpe de Estado militar del 18 de julio de 1936, gobierno que no llegó a tomar posesión, así como en el de J. Giral (del 19 de julio al 4 de septiembre de 1936, en que fue sustituido por el republicano M. Ruiz-Funes en el presidido por el socialista F. Largo Caballero).

Posteriormente, y ya en plena Guerra Civil, fue nombrado cónsul general en Buenos Aires (13 de octubre de 1936) con la categoría de ministro plenipotenciario de primera clase (tenía asignada una retribución anual de 20.000 pesetas, y otras 22.500 para gastos de representación, cargo que no podía desempeñar durante más de un año en aplicación de la ley de incompatibilidades de diciembre de 1934), y un año después, cónsul en Uruguay.

Tras el fin de la Guerra Civil fue procesado por el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo (causa n.º 197 del Juzgado Especial n.º 1 de ese Tribunal) y condenado en rebeldía a la pena de 30 años de reclusión mayor por los delitos de masonería y comunismo con circunstancias agravantes, y a las penas civiles accesorias de «inhabilitación absoluta perpetua para el ejercicio de cualquier cargo del Estado, corporaciones públicas u oficiales, entidades subvencionadas y empresas concesionarias, gerencias y consejos de administración de empresas privadas, así como cargos de confianza, mando y dirección de las mismas y separación definitiva de los citados cargos»10 . Años después (1945) fue procesado de nuevo, ahora por el Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas (proceso que fue sobreseído) 11.

En el exilio formó parte de diversas organizaciones republicanas (Federación de Sociedades Democráticas Españolas en la Argentina), colaboró y presidió sociedades como la Fraternidad Española, el Centro Republicano Español o el Rincón Familiar Andaluz, y además de ejercer como abogado mantuvo su actividad como conferenciante, periodista (España Republicana, por ejemplo, que también dirigió) y escritor (entre otras, la obra titulada Evocaciones andaluzas, acabada en 1941, en la que describió la imagen que tuvo y que difundió de Andalucía, en general, y de sus provincias, en particular)12 .

Manuel Blasco Garzón

Luis Cornide Quiroga

Luis Cornide Quiroga (Monforte de Lemos, Lugo, 1884 / Madrid, 1946), presidente del Deportivo de La Coruña, club fundado el 2 de marzo de 1906 (inicialmente, Club Deportivo de la Sala Calvet), y que lo fue entre ese día y el 28 de marzo de 1908. Este político y abogado gallego, que había estudiado Derecho en la Universidad de Santiago de Compostela (especializándose en penal, civil y financiero), también fue un importante empresario ligado a la energía: presidió la empresa Fábricas Coruñesas de Gas y Electricidad, la Compañía Madrileña de Alumbrado y Calefacción por Gas y fue, entre otros, vicepresidente de Gas Madrid y consejero de la Sociedad General Gallega de Electricidad. Además, fue miembro de la Real Academia Galega y colaboró con la prensa regional (La Voz de Galicia) .Ver deportes en directo online

Cornide fue diputado durante la República en dos legislaturas: la constituyente de 1931 y la de 1936. En las elecciones a Cortes Constituyentes, celebradas el 28 de junio de 1931, se presentó por la circunscripción de La Coruña, en la que se elegían 16 diputados, de los que 12 correspondían a las mayorías y 4 a las minorías . Para la mayoría se formó una candidatura republicano-socialista integrada por nueve miembros de la Federación Republicana Gallega (FRG) y por tres del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) —al frente de la candidatura, el republicano gallego Casares Quiroga, en ese momento ministro de Marina en el Gobierno provisional de la República presidido por Niceto Alcalá-Zamora—, candidatura que compitió contra, entre otras, la del PRR y la del Partido Comunista de España (PCE) , mientras que para los puestos otorgados a la minoría compitieron diversas formaciones, desde la Derecha Liberal Republicana (DLR), la Candidatura del Pueblo y una candidatura de derechas (la recientemente creada Agrupación Social Republicana), en la que se encontraba Cornide (junto a José Reino Caamaño, Benito Blanco-Rajoy Espada y Leandro Pita Romero). Los resultados depararon el triunfo de la candidatura republicano-socialista (el más votado fue Casares, con 88.470 votos, el 48% del censo electoral y el 74,3% de los emitidos), que logró los 12 puestos de las mayorías, mientras que por las minorías fueron elegidos Cornide (44.705 votos, el 24,3% del censo y el 37,6% de los emitidos, votos que le situaron en la antepenúltima posición de todos los elegidos), Reino, Blanco-Rajoy y Pita.

No abandonó su carrera profesional (tuvo un bufete en La Coruña), que como hemos visto cuando fue elegido en las elecciones de junio de 1931 estaba aligada a la judicatura (pertenecía al Cuerpo de secretarios judiciales). En febrero de 1934 fue nombrado, tras ganar el concurso correspondiente, vicesecretario del Tribunal Supremo , y pocos meses después, secretario de ese mismo Tribunal (fue el único solicitante de la plaza) .

De su actividad parlamentaria, además de destacar que estuvo adscrito a los trabajos de la Comisión de Hacienda , hay que resaltar que fue uno de los 42 diputados que se retiraron del Congreso en octubre de 1931 cuando, con motivo de la discusión del proyecto de Constitución, se discutieron los artículos relacionados con la religión, los que serían el 26 y 27, y que establecían las relaciones entre la Iglesia y el Estado (además de los 21 diputados de la denominada minoría agraria, de los 15 de la vasco-navarra, lo hicieron otros seis, entre los que se encontraban dos de sus compañeros de candidatura, Reino y Blanco-Rajoy). La consecuencia política más relevante de esa discusión parlamentaria fue la dimisión del presidente del gobierno, Alcalá-Zamora (sustituido por Azaña), y del ministro de la Gobernación, M. Maura. En el caso de la aprobación del sufragio femenino y su reconocimiento en la Constitución (el que sería el artículo 36), fue uno de los 161 diputados que votaron a su favor en la sesión parlamentaria del 1 de octubre (en cambio, no aparece entre los que votaron en la del 1 de diciembre, ni a favor ni en contra, cuando un grupo de diputados solicitó el aplazamiento de su entrada en vigor en elecciones legislativas hasta que hubieran votado en dos municipales).

El 19 de noviembre de 1933 se celebraron elecciones generales, las que pusieron fin al denominado primer bienio o reformador. A estas elecciones, en las que por la circunscripción de La Coruña se presentó para los puestos de la mayoría una coalición formada por radicales, Organización Republicana Gallega Autónoma (ORGA), un conservador y un independiente, y otra candidatura derechista, además de radical-socialistas y socialistas, entre otros, por la minoría, no se presentó Cornide. La candidatura derechista obtuvo 8 diputados; la de coalición entre radicales y galleguistas (ORGA), también 8; y el otro diputado, hasta el total de 17 que le correspondían a esa circunscripción, un conservador. Fueron elegidos los tres antiguos compañeros de Cornide en la candidatura de 1931: en la derechista, Blanco-Rajoy; en la de coalición entre radicales y galleguistas, Pita; y el diputado conservador, Reino.

En las elecciones de febrero de 1936 volvió a ser elegido diputado por la circunscripción de La Coruña en la candidatura derechista como independiente (durante la campaña electoral fue apuñalado en una calle coruñesa, al parecer por comunistas)24. En esa ocasión, y con 17 diputados a elegir (13 por las mayorías y 4 por las minorías), dos fueron las grandes candidaturas que contendieron: la de Frente Popular (integrada por 6 miembros de la azañista IR, 3 socialistas, dos galleguistas y 2 de UR) y la derechista (5 de la CEDA, 3 de Renovación Española, 3 independientes —entre ellos, Cornide—, un radical y un conservador), además de otras incompletas de centristas, falangistas e independientes de distinto carácter político25 . Los resultados fueron favorables a los candidatos del Frente Popular, ya que obtuvieron los 13 puestos de las mayorías, mientras que la candidatura conservadora sólo logró los 4 de las minorías (entre ellos, Cornide —124.168 votos, los que le sirvieron para ser el decimosexto de los elegidos— y 3 de los candidatos de la CEDA).

El golpe de Estado del 18 de julio de 1936 tuvo para Cornide rápidos efectos profesionales: fue separado preventivamente de su cargo de secretario del Tribunal Supremo 26 por decisión del entonces ministro de Justicia (el anarcosindicalista Juan García Oliver) y en aplicación del artículo 1 del decreto de 21 de agosto de 193627 , según el cual «mientras duren las actuales circunstancias, el Gobierno podrá separar preventivamente del servicio activo a todos los funcionarios dependientes del Ministerio de Justicia que, sin hallarse notoriamente comprendidos en las disposiciones del decreto de 21 de Julio del corriente año28 , hayan observado una conducta que, sin acreditarlos claramente como enemigos del régimen republicano establecido en la Constitución y participantes en el actual movimiento sedicioso, exija una justificación a juicio del Consejo de Ministros». El socialista I. Prieto le facilitó un salvoconducto para abandonar el territorio republicano, lo que le permitió vivir fuera de España. Para los militares rebeldes no fue suficiente esa separación de su puesto de secretario del Tribunal Supremo como garantía de adhesión a sus principios, ya que cuando regresó a España a mediados de 1938 le detuvieron, le juzgaron en consejo de guerra y le condenaron a doce años de prisión 29 (estuvo encarcelado durante un año en el penal cántabro de El Dueso). Más adelante se le incoó expediente de depuración en aplicación de la ley de responsabilidades políticas de 10 de febrero de 1939 . Rehabilitado, vivió en Madrid hasta su muerte .


Adolfo Vázquez Humasqué

Adolfo Vázquez Humasqué (Vilafranca del Penedés, Barcelona, 1887 / México, 1975) fue el fundador en 1916 y el primer presidente del Real Club Deportivo Mallorca, club que en sus orígenes fue el Alfonso XIII Football Club, nombre que respondía a las convicciones monárquicas de su fundador (pocos meses más tarde adoptaría el de Real Sociedad Alfonso XIII de Mallorca, y que tras la proclamación de la República perdió el calificativo de Real). Desempeñó el cargo de presidente a partir del 6 de marzo de 1916 y durante poco más de un mes. Este político e ingeniero agrónomo (estudios que cursó en la madrileña Universidad Central), estaba destinado como funcionario en Mallorca cuando se produjo la fundación de ese club

Sobre el proceso de gestación de su presidencia y la concepción que tenía de la práctica deportiva contamos con sus propias palabras: «(…) busqué el medio de transformar el foot-ball (sic) en Palma infundiéndole nueva savia, y  pronto di con la clave: creación de un campo reglamentario [el que sería el Buenos Aires, el primero en la isla con las medidas reglamentarias]; esta es la panacea»60 , ya que hasta entonces se jugaba en la isla en el interior de un velódromo (el del Tirador), campo que sólo tenía unos 30 metros de ancho. Creó a principios de 1916 una asociación de clubes regionales, que le eligió presidente, pero rápidamente fue disuelta por las diferencias entre los propios clubes implicados (los más importantes no quisieron perder su influencia). En ese momento es cuando fundó el Alfonso XIII («fundaba una sociedad para moderarla a mi antojo, y orientarla tal como yo comprendía el sport (sic)») 61, club que presidió desde el 6 de marzo de 1916 (en abril dejó la presidencia, siendo nombrado presidente honorario). Con motivo de la celebración de su primer aniversario pronunció las siguientes palabras, indicativas de la función que otorgaba a la actividad deportiva (recordemos que el lema del club era, según él mismo, dignidad y disciplina): «(…) a fin de hacerlo asequible a todos los jóvenes por modestos que fueren en su estado social, y lo hemos conseguido. Nosotros que hacemos sport, no por agradable pasatiempo, sino porque lo creemos convenientísimo para el desarrollo físico de la raza (…)».  

Durante la República, el primero de los cargos que ocupó este político, para entonces ya en AR (y más adelante en IR), fue el de gobernador civil de Jaén (entre el 24 de septiembre y el 29 de diciembre de 1931, que abandonó por dimisión poco después de la formación del primer gobierno formado tras la aprobación de la Constitución). Pero anteriormente fue uno de los integrantes de la Comisión Técnica Agraria encargada de redactar las bases jurídicas y económicas de la reforma agraria (su creación y sus integrantes, en dos decretos publicados en la GM de 22 de mayo: presidida por F. Sánchez Román, estuvo formada por un amplio número de personas, entre las que había ingenieros agrónomos como el propio Vázquez Humasqué, así como ingenieros de montes, profesores, economistas, juristas, agricultores, expertos, etc., entre los que destacaban P. Carrión, A. Flores de Lemus, B. Infante y J. Díaz del Moral).

Durante su estancia en ese gobierno civil «se implicó activamente en la política reformista del gobierno de diversos modos, por ejemplo, instando al aseo y limpieza de los pueblos como medio de procurar trabajo a las clases obreras, ayudando a la aplicación de las disposiciones sobre el laboreo forzoso “de forma justa y racional” y procurando con diversas aclaraciones el cumplimiento de las bases de trabajo tanto por parte de obreros como de patronos»64 .

Pocos días después de su dimisión como gobernador civil fue nombrado por la Presidencia del Consejo de Ministros (Azaña) inspector general de los servicios social-agrarios (enero de 1932) 65 y confirmado en el puesto el 20 de abril por el ministro de Agricultura, Industria y Comercio (el radical-socialista M. Domingo) —en la GM del 28 de mayo se le ascendió a ingeniero jefe de segunda clase del Cuerpo de Agrónomos en el Ministerio de Agricultura, Industria y Comercio, ascenso ratificado en la GM del 18 de junio pero para ocupar otra vacante—.

En ese mismo año de 1932, en el mes de octubre, y tras la desaparición de esa inspección general de los Servicios Social-Agrarios por integrarse sus funciones en el Instituto de Reforma Agraria (según se establecía en el artículo 38 del decreto que creaba ese Instituto, publicado en la GM el 25 de septiembre), le nombraron su director general (organismo dependiente del Ministerio de Agricultura, Industria y Comercio), hasta su dimisión en febrero de 1933 (al parecer, por la inoperancia burocrática del organismo y por la precipitada y equivocada publicación de un decreto sobre bienes rústicos municipales en la GM del 22 de enero ). El posterior triunfo de las fuerzas políticas conservadoras (PRR y CEDA) en las elecciones generales del 19 de noviembre de 1933 tuvo, entre otras muchas repercusiones, la paralización prácticamente total de cualquier medida tendente a la aplicación de la reforma agraria68 .

Antes de volver a ocupar ese mismo cargo de director general del Instituto de Reforma Agraria entre marzo y septiembre de 1936, tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero, estuvo como asesor en la embajada española en París. Como nuevo director general (se le asignó un sueldo anual de 18.000 pesetas y 6.000 de gastos de representación), la reforma conoció un fuerte impulso , sobre todo en la provincia de Badajoz. Dejó ese cargo de director al ser nombrado, y ya durante la Guerra Civil, subsecretario del Ministerio de Agricultura, siendo ministro el comunista V. Uribe en el gobierno encabezado por el socialista Largo Caballero, puesto que desempeñó durante escaso tiempo ya que con fecha de 19 de octubre se reincorporó al servicio activo como ingeniero agrónomo (la GM de 11 de enero de 1938 dio cuenta de su ascenso a ingeniero jefe de primera clase del Cuerpo de Agrónomos en el Ministerio de Agricultura con un sueldo anual de 12.000 pesetas). Su opinión sobre la reforma agraria, y en el fondo, sobre la miope visión de los propietarios agrarios españoles, aspecto clave para entender algunas de las causas que propiciaron la Guerra Civil, se encuentra en las palabras pronunciadas en febrero de 1937: «el feudalismo territorial español mostró su incapacidad hasta para la egoísta tarea de afirmar y defender sus privilegios, negándose primero a la confección de un nuevo código rural comprensivo de una reforma agraria moderada, y convirtiendo el segundo bienio de la República en un periodo de revancha, en lugar de haber utilizado el Poder que en 1933 vino a sus manos, para atraer al proletariado con moderadas concesiones, que hubieran asegurado por largo tiempo, si no su predominio, sí su influencia en el medio rural de la Nación»70 .
           
Al acabar la Guerra Civil se exilió a México, en donde falleció en 1975. Si en España había sido depurado y apartado del Cuerpo71 al que pertenecía, el de Agrónomos, en México continuó su actividad profesional, entre otras, con múltiples colaboraciones en revistas técnicas.

Junto con su hermano Juan, fue director y guionista de la película muda Tiro de gracia, filmada en 1926 en Mallorca. Asimismo escribió una novela (El secreto de la Pedriza, 1920), llevada al cine por su hermano Juan.


Batallón Ciclista Errico Malatesta

Este batallón fue fundado por un militante de la CNT aficionado al ciclismo: Miguel Viríbay, llevaba el nombre del destacado militante anarquista italiano, lo que deja claro la procedencia de sus integrantes. El Batallón Ciclista contó con secciones destacadas en todos los frentes, una de sus tareas principales y más intensa fue la destinada al servicio del Estado Mayor del Ministerio de la Guerra, que estaba dirigida por José Iturria, otro amante del ciclismo.

El Batallón ocupó la iglesia de la calle Conde de Peñalver número 36 como cuartel, y contó con mujeres, que el año 1935 había creado el primer grupo ciclista completamente femenino de Madrid al que llamaron As.

Pertenecemos al Batallón ciclista Enrique Malatesta y prestamos los servicios de enlace y otros relacionados con los mismos. El título con el cual encabezamos estas líneas es para poner de manifiesto que la mayoría de los ciclistas pertenecientes a este Batallón éramos combatientes de las trincheras, de las cuales salimos trasladados al mismo, por ser de bastante utilidad nuestros servicios en dicho Batallón. El grupo con destino en esta Brigada mixta lo componemos doce ciclistas entusiastas de este deporte. Trabajamos incansablemente, ayudados de manera eficacísima por nuestras inseparables compañeras, las máquinas. Y digo nuestras porque cada cual ha tenido que aportar la suya para poder prestar este servicio a la causa, que, como en todas las guerras modernas, es imprescindible, ya que estos servicios llevan las órdenes de ataques, repliegues, contraseñas, señales de aviación, etc., y realizan toda clase de servicios de enlace.

Este Batallón se formó con el fin de conservar en todo lo posible los Servicios motorizados, que son utilísimos para otros más necesarios y que nosotros con nuestra máquina no podemos realizar, como son los relevos de fuerzas, transporte de material, abastecimiento, etc., así como al mismo tiempo economizar el combustible, gastando lo menos posible, con el fin de que no falte para otros servicios más necesarios. Bien es cierto que la máquina consume, por lo menos, nuestra carne y a veces nuestra paciencia. ¡Si vierais qué bien se curan los catarros cuando tenemos un parte urgente y el sol pega de plano!, ¡la impresión que recibimos cuando estamos acostados muy a gusto, descansando del trabajo diario, y sentimos el timbre de los partes, nos tiramos de la cama medio adormilados, nos sentamos en nuestro ya familiar asiento, el sillín, y nos damos cuenta de que llueve y el piso está encharcado! Entonces nos acordamos de los paraguas, aunque no sea más que para que no se moje la máquina, o nuestro equipo. En este momento nos acordamos del parte que tiene que llegar a su destino, y nuestras piernas hacen presión sobre las bielas de la máquina, y esta, en prueba de cariño, aumenta su velocidad, y el parte, claro está, se encuentra en dos minutos en su destino. Entonces emprendemos el regreso, aguantando el calor, la lluvia o el frío.

En nuestro cometido tenemos algunos curiosos. Vemos cómo en las carreteras y arroyos de las calles juegan, sin dar importancia al peligro, los niños pequeños y algunos mayorcitos, sin importarles que exponen su vida. Igualmente algunos perritos, cuando llevamos prisa, se nos cruzan en nuestro camino, y nosotros, con más paciencia que Gutiérrez, apretamos los frenos para no desplancharlos, y, claro está, damos con nuestros huesos en el suelo. Mientras nos levantamos vemos al gracioso perrito cómo corre con el rabo entre las piernas, sin duda para que no le tomemos la matrícula y le hagamos pagar las arrugas de nuestra bicicleta, que se ha quedado del golpe con más arrugas que Lerroux. Nosotros hemos declarado la guerra a los perros porque no saben las leyes de la circulación ni tienen quién se las enseñe. No obstante, seguiremos con nuestro buen humor y satisfechos de nuestro servicio prestado a la causa, a la cual no abandonaremos hasta su fin. Suena otra vez el timbre. Estamos preparados. Son las consignas. Cada cual con su máquina toma una dirección, sin duda la del triunfo.

¡Salud! Ciclistas de servicio en la Brigada".

El 20 de junio de 1937, del periódico La Trinchera, perteneciente a la 7ª División Mixta, se incluyó una declaración de los ciclistas de Malatesta titulada: Notas de unos combatientes del Batallón Ciclista.