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jueves, 12 de diciembre de 2024

LA II REVOLUCIÓN INDUSTRIAL Y EL IMPERIALISMO

A mediados del siglo XIX se inició un nuevo ciclo de la Revolución Industrial en muchos países occidentales. Gran Bretaña seguía siendo el estado industrial por excelencia, aunque en muchos otros países europeos se había producido un gran avance industrial. Se considera que hacia 1850 se inició la fase denominada Segunda Revolución Industrial que fue impulsada por la aparición de nuevas fuentes de energía y nuevas ramas de la industria. El sistema capitalista surgido de la Primera Revolución Industrial se mantuvo, aunque asistido por novedosas fórmulas de organización empresarial y las correspondientes leyes de funcionamiento. El impulso económico que supuso esta segunda revolución industrial se orientó también hacia la búsqueda de mercados, tanto en el mundo desarrollado como en las colonias, gracias al avance en los transportes y en las nuevas vías de comunicación como el Canal de Suez. 

El período comprendido entre el final de la guerra franco-prusiana (1871) y el comienzo de la Primera Guerra Mundial (1914) coincidió con cuatro décadas de paz en las que Europa acabó imponiendo al resto del mundo su estilo de vida, su técnica, sus productos y su arte. Esta “edad de oro” europea fue conocida como “Belle Époque”. Las potencias europeas impusieron a partir de 1880 un nuevo método en las relaciones internacionales: el imperialismo. 

El imperialismo es un complejo fenómeno histórico cuyo rasgo distintivo es la generación de relaciones de dominio por parte de las grandes potencias sobre las áreas del planeta menos desarrolladas y la extensión a escala mundial de procesos económicos, sociales, políticos y culturales antes inéditos o restringidos a niveles menos amplios. Junto al antiguo colonialismo, basado en las relaciones comerciales, el moderno imperialismo de finales del siglo XIX implicó el control territorial y político de las zonas colonizadas. 

En los cuarenta años anteriores a la Primera Guerra Mundial, la aceptación de la hegemonía imperial de Gran Bretaña se tornó en abierta competencia entre las grandes potencias que dominaban el mundo. La superficie del planeta considerada subdesarrollada se distribuyó entre Inglaterra, Francia, Alemania, Holanda, Bélgica, Italia, Estados Unidos, Rusia, Japón y Portugal. El nuevo colonialismo fue aceptado a través de la Conferencia de Berlín de 1885, donde el canciller alemán Bismarck actuó como árbitro.

 Los Estados aceptaron el ideal colonial propuesto, que consistía en civilizar, expandir la cultura occidental, enriquecerse con las materias primas y lograr el control político de aquellos territorios que estaban sin explotar. Se fijaron las reglas para las futuras ocupaciones que fueron mayoritariamente aceptadas por todas las potencias. También se recogió el compromiso de combatir la esclavitud y mejorar las condiciones de vida de los habitantes de esos territorios. 

A finales del siglo XIX el imperialismo se asoció sobre todo a la dominación económica que muchas naciones europeas impusieron a otras más débiles. Las potencias capitalistas necesitaban exportar su excedente de población y de capital, una de las causas de la ampliación del número de sus colonias. Las inversiones realizadas en ellas potenciaron la construcción de ferrocarriles, puertos e infraestructuras que facilitaban la vida de los colonos y el comercio de importación y exportación. 

Ciencia y tecnología 

El desarrollo de la ciencia, los avances tecnológicos, la fácil obtención de materias primas en los territorios colonizados y la creciente secularización del pensamiento en el siglo XIX hicieron progresar a la humanidad de una forma rápida y extensa. Los resultados del progreso científico-tecnológico alcanzaron de lleno al sector industrial. Los inventos y mejoras tecnológicas permitieron el aumento del nivel de vida en los países industrializados. El conjunto de cambios económicos favoreció el crecimiento demográfico y las migraciones. El régimen liberal, impulsor del capitalismo, evolucionó hacia la democratización de los países industrializados. El creciente papel de la ciencia como móvil de desarrollo tecnológico llevó a las grandes potencias a competir por conseguir el predominio económico en el mundo occidental.

El progreso técnico ocurrido en los transportes y comunicaciones contó con dos factores fundamentales: el ferrocarril y la navegación a vapor. En este segundo período industrial fueron los vehículos a motor, automóviles y aviones, los que más impacto produjeron en el avance del transporte. En cuanto a la aplicación de los inventos en las comunicaciones de larga distancia hay que destacar la utilización masiva del telégrafo eléctrico, del teléfono inventado por Graham Bell en 1876, de la telefonía sin hilos utilizada por Branly en 1890 y de la radiodifusión, experimentada por Marconi a finales del siglo. Comenzaba la era del capitalismo. 

La producción aumentó al ser planificadas las fábricas por los empresarios para obtener mayor rendimiento. Las nuevas máquinas lograron elaborar productos en serie que unido al sistema de fabricación en cadena inventado por el norteamericano Taylor abarató los productos, a la vez que la mano de obra ya no participaba en la elaboración total de los mismos. 

El avance científico y técnico logró que muchas industrias mejoraran y que se crearan otras. También existió un fuerte interés en descubrir y analizar nuevas especies de animales y plantas, conocer territorios ignotos y realizar investigaciones de todo tipo, lo que, gracias al imperialismo y al avance del colonialismo, hizo que muchos científicos se lanzaran a la aventura consiguiendo avances en la biología o la botánica, que tanto favorecieron a las industrias química y farmacéutica. 

La nueva industria y las nuevas energías 

Así como en la primera fase de la industrialización las fuentes más importantes fueron el carbón y el hierro, que se utilizaron principalmente para la aplicación del vapor en la producción y en los transportes, en este segundo ciclo surgieron otras utilizaciones de esas fuentes energéticas. Las industrias metalúrgicas cobraron un gran desarrollo gracias al empleo de numerosos metales y aleaciones que beneficiaron también a la industria siderúrgica. El hierro se aleó con el carbono para la fabricación de acero, material clave en la industria siderúrgica. El acero fue desplazando al hierro en la construcción de edificios, por ejemplo la torre Eiffel, inaugurada en 1889. 

La producción de aceros más especializados como el acero inoxidable requirió del níquel, metal cuya extracción en gran escala se produjo desde 1880. El acero también se utilizó en la fabricación de automóviles, maquinaria agrícola, trenes o aviones mejorando las comunicaciones. El aumento de la inversión militar, que varios países llevaron a cabo, benefició a la producción siderúrgica. La técnica armamentística fue evolucionando, la artillería y los blindados necesitaron aceros especiales para su mejor funcionamiento, así como los submarinos y acorazados. La empresa alemana Krupp se convirtió en un gran imperio empresarial y sus inversiones en investigación y en la fabricación de todo tipo de armamento la llevaron a dominar este sector industrial. 

Otra materia prima fundamental de esta época fue el petróleo, que desde mediados del siglo XIX hasta ahora ha constituido la principal fuente de energía. El petróleo es una sustancia aceitosa de color oscuro a la que, por sus compuestos de hidrogeno y carburo, se denomina hidrocarburo, que puede estar en estado líquido o gaseoso. Al primero se le llama “crudo” y al segundo “gas natural”. Es un recurso natural no renovable que aporta el mayor porcentaje del total de la energía que se consume en el mundo. A finales del siglo XIX ya comenzó a utilizarse para hacer funcionar los motores de los automóviles, aviones, equipos industriales, calderas y para la fabricación de disolventes, etc. 

Estas novedosas fuentes de energía abrieron muchas posibilidades a la industria en diversos sectores, sobre todo en la metalurgia y siderurgia. Sin embargo, el carbón mineral, en sus variantes más comunes como el lignito o la hulla, continuó utilizándose mayoritariamente en el consumo energético mundial. Su abundancia en la naturaleza, los bajos costes de explotación y la mayor potencia calorífica aconsejaron su empleo en numerosos países europeos. La máquina de vapor potenció la industria textil a partir de 1850, así como los transportes ferroviarios, fluviales y marítimos, que continuaron perfeccionándose y creciendo.

Entre las industrias más exitosas de esta segunda fase industrial hay que destacar la industria eléctrica. En realidad, la electricidad en sí misma no constituye una fuente de energía como lo pueda ser el petróleo o el carbón. No obstante, la energía eléctrica obtenida a partir de cualquier fuente primaria, ya sea carbón, saltos de agua o petróleo, presenta la ventaja de ser fácilmente transportable y divisible. Sus numerosos usos (luz, calor y fuerza motriz) generalizaron su utilización. Países carentes de petróleo o carbón encontraron en la electricidad el motor para su industrialización. La invención de transformadores y alternadores junto con el perfeccionamiento de los cables de alta tensión resolvieron las dificultades para la conducción de la electricidad a grandes distancias. La facilidad de la inmediata aplicación de la electricidad a cualquier utilización como la iluminación para el alumbrado de los hogares y ciudades, fue facilitada al inventar Edison en 1880 la lámpara de filamento incandescente, la bombilla. También la electricidad se ha empleado desde entonces en procesos electroquímicos. Asimismo, comenzó a ser utilizada para la calefacción y refrigeración, y en los trenes eléctricos y tranvías, grandes logros de la época. 

Otra aplicación de la electricidad se debió a la aparición de la electrólisis en la metalurgia, que permitió la aparición del aluminio, metal no ferromagnético que se extrae de la bauxita, mineral que mediante el “proceso Bayer” se transforma en alúmina y aplicando la electrólisis se convierte en aluminio. Este metal, por su escaso peso y otras características, como ser buen conductor de la electricidad y del calor y poseer baja densidad y alta resistencia a la corrosión, resulta muy adecuado para usos domésticos e industriales. 

Una importante concentración industrial se produjo en la fabricación de material eléctrico por grandes empresas como Phillips en Holanda o Siemens en Alemania. Estas sociedades requerían determinados metales como el cobre y el plomo, cuyos precios subieron considerablemente beneficiando a los países productores. Con el paso del tiempo, la electricidad fue desplazando a la utilización del vapor en la industria y fue aplicada a la mayoría de los electrodomésticos y utensilios domésticos, como el aparato de radio, comercializado desde comienzos del silgo XX. La radio ha significado uno de los avances técnicos del uso de la electricidad que más ayudó a difundir los nuevos modos de vida, secundado además por la invención del cinematógrafo. 

Las industrias químicas tuvieron también una estrecha relación con la investigación científica. Demostraron un mayor dinamismo debido a una serie de condiciones indispensables para su desarrollo: laboratorios de investigación y destacados especialistas, así como la utilización de productos de bajo costo por la masiva obtención de caucho y látex en las colonias asiáticas. El caucho comenzó a ser utilizado en la fabricación de neumáticos para las industrias de locomoción: automóviles, bicicletas, aviones, etc. Aunque la elaboración final de los productos químicos necesitaba procedimientos muy costosos, las empresas se fortalecieron al requerir una producción a gran escala y una base industrial y financiera suficiente para poder obtener grandes beneficios. La experimentación de las vacunas, de los nuevos productos farmacéuticos y del avance de la técnica médica supuso la eliminación de las grandes epidemias, lo que produjo un aumento de la población. Asimismo, el sector químico también produjo abonos, pesticidas, explosivos... 

La nueva industria del petróleo surgió de la explotación del yacimiento tras importantes mejoras en la técnica de perforación del subsuelo. El primer pozo petrolífero se puso en funcionamiento en 1859 en Estados Unidos, país líder en este sector industrial que contaba con importantes compañías. No obstante, a finales de siglo, Rusia se convirtió en la primera potencia petrolífera al desarrollar sus yacimientos de Bakú. Grandes compañías holandesas y británicas controlaron el proceso de extracción, comercialización y distribución del petróleo en Europa. Desde la invención del motor de explosión y el de combustión, presentado por Diesel en la exposición universal de París de 1900, este producto energético se fue aplicando, sobre todo, en la industria automovilística y de aviación. Debido a la utilización de los nuevos inventos, a su cantidad de materias primas y el aumento demográfico, Estados Unidos se puso a la cabeza de los países industrializados en 1900. 

Por otra parte, la industria agropecuaria fue mejorando desde mediados del siglo XIX en casi todos los países industrializados debido a la nueva maquinaria agrícola y a la utilización de fertilizantes químicos. Al reducirse la mano de obra y aumentar la producción, los grandes terratenientes incrementaron su rentas y la población urbana se benefició de la abundancia y bajada de los productos del campo. Sin embargo, los pequeños agricultores y campesinos asalariados tuvieron que emigrar a las ciudades y a otros países. El aumento de la población en Europa exigía un mayor abastecimiento para alimentarla y vestirla que ese continente no lograba producir en cantidad suficiente. Así, con el aumento de la ganadería y de los cultivos en los países ultramarinos y en las colonias de Asia y África, las potencias europeas obtenían las materias primas necesarias. 

Otras industrias como el textil, calzado y las papeleras se aprovecharon de las nuevas máquinas e inventos, incrementando su productividad y sus empresas en los países desarrollados. 

El proceso industrial, junto con la comercialización y el crecimiento de las ciudades, cambio el sistema de distribución de la población. El sector primario fue cediendo ante el secundario y el terciario, además aumentó la participación de las mujeres en el sector industrial, lo que provocó una clara aceleración del movimiento feminista en el último tercio del siglo XIX. El mayor protagonismo y seguimiento del feminismo estuvo condicionado por claros cambios sociales en los países más desarrollados. 

De la competencia al monopolio 

Al incremento de la producción agraria e industrial debido al avance tecnológico, correspondió un desarrollo de los canales de distribución y venta que facilitaron la expansión del comercio. Los intercambios de materias primas y manufacturas excedieron las fronteras nacionales hacia la formación de un mercado mundial. El descubrimiento y explotación de minas de oro en California, Australia o Sudáfrica, favorecieron los nuevos métodos adoptados por el capitalismo para aprovechar la disponibilidad de la masa monetaria en circulación. En la mayoría de los países desde 1880 se adoptó el patrón oro. 

El dinero aumentaba en consonancia con el incremento de la cantidad de metales preciosos y de las reservas de oro en el mundo que, junto con los medios de crédito y financiación de las empresas, dispararon las ganancias bancarias. La Banca fue el canal que habilitó cuantiosas sumas para la inversión en todos los sectores productivos. Los bancos dirigieron hacia los sectores más lucrativos el ahorro de la población y se especializaron según las actividades ejercidas. Existían bancos de depósito, comerciales y de crédito industrial. La conjunción entre la banca y la industria constituyó la esencia del capitalismo. 

Las sociedades anónimas, la concentración empresarial y las prácticas monopolísticas son otras características del llamado capitalismo financiero. Las grandes empresas se convirtieron en los agentes principales de la economía de un país. Ya no era suficiente el capital aportado por unos cuantos socios, se necesitaba captar los ahorros de personas que nada tenían que ver con la dirección de esas sociedades. 

Así, se formaron las sociedades anónimas por acciones, que incluso, si eran suficientemente fuertes, cotizaban en bolsa en los mercados de valores de las potencias capitalistas. Para lograr la confianza de los inversores se produjo un cambio legal en los países más avanzados. En ellos fue aceptado el principio de responsabilidad limitada, por el que cada accionista sólo tenía que responder de las deudas de una empresa con la cantidad que había invertido en ella. 

Las empresas se fueron concentrando para conseguir mayores beneficios: de forma horizontal, que era la agrupación de las sociedades del mismo sector; o vertical, cuando se agrupaban empresas de diferentes sectores para la obtención final de un mismo producto. 

La concentración de empresas reducía costes y competencias. Sin embargo, cuando esa agrupación de empresas abarcaba toda la producción de un sector se producía el monopolio, sistema empresarial capitalista generalizado a finales de siglo que la autoridad competente concedía a una empresa o asociación de empresas para que se aprovecharan con carácter exclusivo de alguna industria o comercio. 

Fueron frecuentes los acuerdos entre grandes firmas para dominar el mercado. En Alemania se generalizó el cártel, que constituía convenios entre varias empresas similares para evitar la mutua competencia y regular la producción, venta y precios en determinado campo industrial. La diferencia entre monopolio y cártel radica en que en este último los beneficios totales son repartidos entre los productores.

Mientras que en Estados Unidos las agrupaciones se convirtieron en trust, unión de empresas distintas bajo una misma dirección central con la finalidad de ejercer un control de las ventas y la comercialización de los productos. El trust podía ser “horizontal”, cuando las empresas prestaban los mismos servicios o producían los mismos bienes; o “vertical”, cuando las empresas efectuaban actividades complementarias que podían acogerse a diversas formas de holding. La estructura holding se refiere a la compañía matriz de varias empresas especializadas en distintos campos enfocada a un mismo sector, lo que le confiere un ventajoso poder de mercado sobre el mismo. 

Todos estos sistemas monopolistas impidieron la libre competencia entre empresas y países en el mercado mundial y fueron muy discutidos por la justicia norteamericana que dictó leyes antitrust a finales de siglo, como el Acta Sherman de 1890 que por primera vez los declaró ilegales. Asimismo, desde Rusia, Lenin denunciaba este capitalismo empresarial en su libro el imperialismo, fase superior del capitalismo. 

La exportación de capital fue una de las novedades más importantes en la economía de finales del siglo XIX. La compraventa de productos fue estimulada por los nuevos medios de comunicación, que también impulsaron la propaganda comercial. La agilización de las transacciones producía una mayor rentabilidad, aunque también una fuerte competencia entre personas y sociedades. Los inversores de los países más desarrollados eran los que obtenían mayor rendimiento de sus acciones empresariales, de los bonos de gobiernos extranjeros y de los ventajosos préstamos de sus bancos. Así, los inversores de los países más fuertes invertían en países en vías de desarrollo. Sin embargo, todas estas transformaciones económicas produjeron fases de crecimiento y expansión general, seguidas de otras de depresión y crisis. Estos ciclos económicos no afectaron por igual a los países industrializados, que incluso debían competir entre ellos. 

Proteccionismo e imperialismo: la expansión económica y la necesidad de los mercados 

A mediados del siglo XIX Gran Bretaña, que ya dominaba algunos territorios asiáticos, como la India, comprobó que para seguir predominando en los países industrializados debía administrar directamente sus colonias y así lograr las necesarias materias primas para su desarrollo industrial y comercial. En 1857 Inglaterra estableció en la India un control directo. En sus otras posesiones, la administración inglesa introdujo el proteccionismo comercial para impedir a las demás potencias intercambiar sus productos con estos territorios. Lo mismo hizo Francia en sus colonias de Indochina y África, y Holanda o Alemania en las suyas. La carrera colonial impedía la apertura de mercados a todas las potencias por igual. Esta forma de actuar sólo beneficiaba a las metrópolis, ya que los territorios colonizados debían aceptar la explotación y las disposiciones económicas y políticas de las potencias imperialistas. Las rivalidades coloniales fueron una de las causas de la crisis económica internacional de finales del siglo XIX. 

La crisis económica que se inició en Europa en 1873, conocida en su momento como la “gran depresión”, supuso el fin de la supremacía económica e industrial británica. Otros países europeos se habían ido incorporando a la industrialización y la producción había crecido tanto que en algunos sectores se llegó aun exceso de oferta. Gran Bretaña paso de ser la primera potencia a competir con Estados Unidos y Alemania. Los productos americanos, de bajo precio, saturaron el mercado internacional con la consiguiente reducción de beneficios. La política librecambista había dado lugar a una expansión del comercio internacional y a la especialización de la producción. Esta técnica económica, que en principio parecía un avance, constituyo un grave problema, llevando a la bancarrota a numerosos negocios de inversión. 

Entre 1873 y 1894 la tasa de crecimiento económico en la mayoría de los países europeos bajó considerablemente; descendieron los precios, los intereses financieros y la producción. Ante esta situación, y para evitar la creciente competencia internacional y poder lograr la superación de la crisis económica, la mayor parte de los gobiernos volvieron a implantar medidas proteccionistas elevando los aranceles aduaneros para encarecer los productos importados, como apoyo a las industrias nacionales. Estas disposiciones llevaron a un enfrentamiento comercial y político entre varios países.

Los estados que fueron fieles al librecambio (Gran Bretaña) que se habían especializado en diferentes sectores comerciales para la exportación, lograron tener un saneado comercio exterior. El proteccionismo emprendido por muchos gobiernos para proteger las industrias y empresas nacionales dio lugar a que las potencias europeas se apresuraran a la apertura de nuevos mercados en los territorios que iban ocupando. 

El descubrimiento de nuevas fuentes de energía o la innovación tecnológica hizo que ciertos países salieran de la crisis. La expansión militar a otros continentes como consecuencia del imperialismo, proporcionó a los Estados europeos otra vía para superar la depresión. 

En el último tercio del siglo XIX el capitalismo había modificado las leyes económicas. El funcionamiento del sistema de libre concurrencia evolucionó hacia la implantación de los monopolios empresariales, base del imperialismo. La crisis de 1873 fue una de las causas de la expansión imperialista. 

La implicación del Estado en la expansión económica 

La implicación del Estado en la vida económica y social de las principales naciones europeas adquirió una gran importancia desde 1870. Los gobiernos tomaron conciencia de la conveniencia de la participación de la función pública en la vida económica y social de sus países. Así, el Estado se implicó en la expansión económica del país y de sus empresas; y progresivamente en la cobertura social de sus ciudadanos. De esta forma, el devenir económico y social de las naciones europeas hacia responsable a los gobernantes, que dictaban medidas para incrementar el gasto público con relación al producto nacional. 

Poco después de comenzar este nuevo modelo económico protagonizado por los Estados de la Europa industrializada, se inició la crisis de 1873 que tanto les afectaría. Durante algo más de veinte años la depresión económica se apoderó de todas las economías, impidiendo su expansión. Con objeto de incentivar las inversiones, los gobiernos europeos y norteamericano publicaron varias leyes para restar responsabilidad a pequeños y grandes accionistas en el mercado de valores. Así, si una compañía quebraba, el inversor solo perdía el volumen de sus acciones en esa empresa. Con estas favorables medidas, las sociedades empresariales fueron creciendo y fortaleciéndose, aunque tuvieron que aceptar la presencia de bancos y organizaciones financieras entre sus mayores accionistas, mientras sus gobiernos trataban de buscar mercados para dar salida a los productos nacionales. 

El capital privado que se invertía en el exterior se vio apoyado por los Estados imperialistas, a los que convenía que sus empresarios e industrias se beneficiaran con su proteccionismo. La mayoría de los países industrializados promovieron el crecimiento económico a través de las empresas públicas y privadas. La base tecnológica en que se asentó el proceso de creciente integración económica internacional de esa época continuó estando mayoritariamente asociado al desarrollo del ferrocarril y de la navegación a vapor, lo que se tradujo en una marcada caída en los costes del transporte. El incremento del proteccionismo estatal se manifestó con más fuerza con el estallido en 1914 de la Gran Guerra y se convirtió en uno de los factores clave de su evolución en el concierto internacional. 

En estos años se inició la transición entre el Estado Guardián, característico del sistema liberal, hacia el Estado Providencia, que se preocupaba del interés de cada ciudadano y del interés general, origen del concepto actual de Estado del Bienestar. El “Welfare State” significa una combinación especial de democracia, bienestar social y capitalismo. El sector público comenzó a emprender funciones hasta ahora fuera de su ámbito. El peso creciente que los gastos económicos y sociales adquirieron en los países más avanzados de Europa se reflejó en sus presupuestos. La industria militar, las infraestructuras y las comunicaciones experimentaron un gran desarrollo. Este incremento del presupuesto llegaría a ser irreversible. La intervención del sector público fue cubriendo nuevas parcelas que antes se situaban bajo la iniciativa privada. El estado se vio cada vez más involucrado en el desarrollo económico y social de las potencias europeas.

El cambio de mentalidad de la sociedad, que marcó el inicio de una nueva época, también estuvo propiciado por los movimientos sociales como el socialismo o el anarquismo. En los años que precedieron a la I Guerra Mundial, se manifestó también un incremento notable en los flujos transfronterizos de bienes, capital y fuerza de trabajo. 

Imperialismo y colonialismo

El término imperialismo hace referencia a la actitud, doctrina o acción que conduce al dominio de un estado sobre otro u otros mediante el empleo de la fuerza militar, económica o política.

La palabra imperialismo se usó por primera vez en el XIX y a finales de ese siglo se utilizaba con frecuencia gracias a las obras de historiadores como Conant y Hobson, para estos historiadores el imperialismo estaba íntimamente unido a intereses económicos. Esta acepción de la palabra sería retomada en el siglo XX por los historiadores marxistas, entre ellos Rosa Luxemburgo y Lenin, sobre todo este último que en su folleto El Imperialismo, etapa superior del Capitalismo critica la explotación de los pueblos de África y Asia por las ambiciones de la burguesía europea que necesita controlar mercados y materias primas. A partir de los historiadores y escritos marxistas el término adquirió unas connotaciones negativas y se hizo sinónimo de explotación y dominio de unos pueblos por otros. La palabra sigue teniendo vigencia hoy en día para designar la política agresiva y expansionista de un pueblo con respecto a otro.

He aquí algunos antecedentes. Al cumplirse el primer cuarto del siglo XX, Japón, en menos de cincuenta años, de ser un país prácticamente medieval, en una vertiginosa ascensión, se había transformado en una potencia militar y marítima. Ocupando Formosa, prácticamente, controlaba el mar de la China, pero los objetivos finales de Japón eran los territorio continentales de China y de Corea. Esta presencia japonesa en la zona, es el punto de partida del cese de Gran Bretaña como la primera potencia de Asia; por eso, los británicos recurrieron a Rusia para oponerla a la expansión japonesa.

La señal de la pérdida de prestigio británico es la ocupación de Port Arthur por los rusos. Rusia, obtenía ayuda económica de su aliada Francia, que necesitaba para afianzarse en los dominios de Corea, Manchuria y Mongolia exterior. Son tres los imperialismos que se disputan la hegemonía de Asia:

  • Gran Bretaña, instalada en la India, lo que le permite el absoluto dominio del océano Indico;
  • Rusia, se enseñorea desde Siberia hasta Turkestán, con los ojos puestos en China,
  • Japón que, desde Corea y Formosa, también codicia a China.

Pero, además, otras potencias europeas, aunque en menor escala, estaban instaladas en Asia: Francia en Indochina y Holanda en Insulindia, aunque son los tres grandes imperialismos los que pretenden el dominio de China. Gran Bretaña, poseedora del dominio del mar (Great Britain rules the waves) no estaba integrada en la comunidad europea por su reiterado aislamiento. Esta circunstancia la lleva a aliarse con Japón, como preventivo anti-ruso; a su vez, Rusia, aliada de Francia, cuyos intereses en Asia eran importantes para ella, encabezaba el apoyo de los países continentales, formando lo que podría llamarse el imperialismo terrestre como respuesta al reto al poderoso imperialismo marítimo de Japón e Inglaterra.

Además, aparece en el mapa una nueva potencia marítima, Estados Unidos, lo que transforma significativamente el equilibrio mundial, porque entonces Gran Bretaña ha dejado de ser, en solitario, la reina de la mares.

Este tercero en discordia ha subido vertiginosamente en sus niveles de producción industrial y, como consecuencia, conquista el primer lugar en el mundo: su capitalismo alcanza los mismos niveles del capitalismo británico. Por parte, su potencia económica y productiva transforma a Estados Unidos en el país rector, en lo político y en lo industrial en las tres Américas, consolidando aún más su poderío con la conquista de las Filipinas.

Gran Bretaña cedió posiciones en Asia ante los avances de Japón y los Estados Unidos de Norteamérica, pero buscó su compensación en África, ocupando el Sudán y estableciendo la República Bóer.

El imperialismo, fase superior del capitalismo de Lenin

Lenin explica que la época del capitalismo de librecambio toca su fin. Los capitalistas han dejado de ser competidores anónimos dentro de un mercado desconocido y la libre competencia se ha trasformado en su contrario. La competencia en la nueva época del capitalismo, se da ahora en unas condiciones nuevas en las que solo los grandes monopolios pueden competir entre sí. El estado ha dejado de ser propiedad de toda la burguesía para pasar a estar controlado solo por los sectores monopolistas de la burguesía. El estado sirve ahora solo a los capitalistas dueños de grandes monopolios.

La peculiaridad distintiva fundamental del imperialismo respeto al período preimperialista del capitalismo estriba en que el gran capital monopolista domina en las esferas económica, política e ideológica. De ahí que el imperialismo se denomine también capitalismo monopolista.

El imperialismo no revoca los fundamentos del régimen capitalista. Bajo el imperialismo se conservan las bases generales del modo capitalista de producción. Todo sigue como antes:

  • La propiedad de los medios de producción fundamentales sigue en manos de un pequeño puñado de capitalistas o de sus agrupaciones. 
  • Los trabajadores son objeto de explotación. 
  • El estímulo principal de la producción capitalista es el afán de ganancias. 
  • La economía de los países capitalistas se desarrolla en las condiciones de la anarquía de la producción y de la lucha competitiva, bajo el influjo de leyes económicas espontáneas. 
  • La ley económica básica del capitalismo, la ley de la plusvalía -ley económica fundamental del capitalismo sigue actuando también bajo el imperialismo.

El colonialismo y imperialismo fueron una consecuencia del gran capitalismo. El desarrollo de la producción en masa requirió de crecientes mercados y de fuentes de materias primas. Para obtenerlos, cada potencia industrial trató de asegurar la posesión de territorio en calidad de colonias, especialmente en el África y en Asia. Esto es lo que se llama Colonialismo.

El desarrollo del colonialismo y del imperialismo trajo consigo una serie de manifestaciones ideológicas típicas. Ellas constituyeron una forma de justificación y, a la vez, una defensa de la actividad colonialista e imperialista.

Entre los rasgos más importantes de tales expresiones ideológicas sobresalen los siguientes:

Un acentuado nacionalismo, que tendía a colocar a la propia nación por sobre las demás, exagerando sus virtudes y proclamando la posesión de cierta misión universal.

Una creencia sobre la superioridad del hombre frente a las poblaciones de color, la ideología colonialista proclamaba la misión civilizadora que supuestamente le correspondía desempeñar al europeo, misión que presuntamente debía realizarse a través de la constitución de los imperios coloniales.

La economía colonial y el nacimiento de las nuevas potencias: hacia la Primera Guerra Mundial 

El imperialismo a fines del siglo XIX, como nuevo instrumento de conquista y explotación de territorios que pudieran aportar materias primas, prestigio internacional, nuevos mercados y reubicación del excedente de población, fue motivado sobre todo por causas económicas. Aunque también los Estados tendieron a expandirse por ambición de poder, prestigio, seguridad y ventajas diplomáticas respecto a otros Estados. 

En Europa entre 1850 y 1914 se había producido un espectacular aumento de la población gracias a la disminución de la mortalidad o las innovaciones científicas. Cerca 40 millones de europeos tuvieron que salir de su país para instalarse en colonias o en otros estados. 

Debido a la llegada de colonos blancos, la población autóctona sufrió una drástica reducción como consecuencia de enfrentamientos militares y de la introducción de enfermedades desconocidas en esas regiones. Las colonias se convirtieron en abastecedoras de lo necesario para el funcionamiento de las industrias metropolitanas, mientras éstas colocaban sus productos manufacturados en los dominios coloniales. La economía tradicional, basada en la agricultura autosuficiente y de policultivo fue sustituida por otra de exportación, en régimen de monocultivo, que provocó en gran medida, la desaparición de las formas ancestrales de producción y la extensión de los cultivos tales como el café, cacao, caucho, etc., que alteraron el paisaje. 

Las compañías comerciales, primeras interesadas en la explotación de los nuevos territorios, iniciaban el proceso colonial hasta que sus gobiernos enviaban fuerzas militares y administrativas suficientes para someter, organizar y administrar la región. Se emplearon diferentes sistemas de colonización: si los territorios eran gobernados solo por la potencia invasora, estos recibían el nombre de colonias, que podían ser de explotación o poblamiento. A la larga, las colonias de poblamiento conseguían instituciones de autogobierno y terminaban convirtiéndose en dominios. 

Otra de las figuras administrativas fue la de los protectorados, que se diferenciaba de las colonias por el mantenimiento en ellos de una teórica autoridad del gobierno autóctono o del jefe nativo, aunque sería un comisario o gobernador, representante de la metrópoli el que dirigía el país colonizado. La figura del condominio aparece cuando la soberanía de la nación protegida es compartida por las potencias imperialistas (ej. Marruecos). Modelos coloniales también fueron los mandatos, concedidos por acuerdos internacionales a una potencia que debía ejercer la potestad para intervenir en aspectos políticos y culturales sobre un país considerado atrasado. 

Si el país que se deseaba ocupar era demasiado grande y difícil de conquistar se establecían esferas de influencia, factorías, enclaves, etc., con la connivencia de las autoridades locales, que lograban así detener la invasión extranjera y conseguir que las potencias imperialistas construyeran con sus inversiones las infraestructuras necesarias para los intercambios comerciales. 

 La carrera colonial de las potencias imperialistas y sus consecuencias 

Para conocer el proceso colonizador de finales del siglo XIX es necesario remontarse a la Conferencia de Berlín de 1885 donde las potencias europeas dispusieron el reparto del continente africano. Europa se hallaba en pleno desarrollo industrial y los países europeos deseaban expandirse hacia otros continentes donde lograr materias primas y mercados para sus productos. África, el continente que quedaba por explorar, fue el objeto de la ambición colonizadora europea.

África vivía en esa época dos procesos dispares; de una lado la presencia y expansión del Islam, y de otro la colonización europea que comenzaba a abandonar las zonas costeras buscando el control de las materias primas del interior. En 1880 África era un continente casi desconocido. 

El interés por este continente vino determinado por la unificación italiana y alemana. Tras la guerra franco-prusiana de 1870, en la que Francia resultó derrotada, el escenario de rivalidad europeo se trasladó a África. En el continente negro comparecieron ingleses y franceses, superpotencias del imperialismo, pero también belgas, alemanes, italianos, portugueses y españoles. 

Con el fin de distribuir con equidad el continente africano se convocó una Conferencia Internacional en Berlín, que se inició el 15 de noviembre de 1885 y finalizó el 26 de enero de 1885. De los catorce Estados que se reunieron en la conferencia de Berlín ninguno fue africano. Bismarck abrió la primera sesión y aceptó la presidencia. En su discurso aseguró que el propósito de la conferencia era promover la civilización en el continente africano abriendo el interior del continente al comercio. Después definió los objetivos específicos de la reunión: libertad de comercio en el Congo y en el Níger y acuerdo sobre las formalidades para una válida anexión de territorios en el futuro. Señalo, igualmente, que no se entraría en cuestiones de soberanía. 

En el Acta Final de la Conferencia se proclamó, entre otros asuntos, la libre navegación marítima y fluvial, la libertad de comercio en el centro del continente africano y el derecho a colonizar un territorio si se ocupaba la costa de éste. Estuvieron muy claros los motivos de la invasión de África: la explotación de sus recursos naturales para beneficio de los países colonizadores y la incautación de sus tierras. El ejemplo lo constituye el régimen de gobierno que se practicó en el Congo belga. El rey Leopoldo II, propietario del mismo, nunca fue a esas tierras africanas, sin embargo conocía y aprobaba las muertes, amputaciones, malos tratos, represalias, etc., que se utilizaban con la población indígena que se resistía a trabajar en durísimas condiciones para uso exclusivo de los colonizadores. 

La Conferencia de Berlín no regularizó la disputa por África, sino que simplemente señalo el hecho de la participación. Al establecer en las relaciones internacionales las normas y condiciones para las nuevas y sucesivas ocupaciones en ese continente, fijó las bases de lo que iba a ser la distribución colonial entre las potencias imperialistas, ya actuantes y desde entonces incrementadas, completándose así el reparto de forma inmediata en apresuradas ocupaciones efectivas. Hubo enfrentamientos entre tribus autóctonas y enfrentamientos entre las potencias que fueron resueltos por tratados y acuerdos dentro del marco internacional. 

A la expansión económica de las empresas y a la emigración se sumó la política de las potencias imperialistas, que disponían de un creciente potencial demográfico para el alistamiento de tropas que pudieran actuar en las colonias. También los factores geoestratégicos influyeron en la carrera colonial, ya que favorecieron el dominio de las rutas navales, de los espacios continentales y de la creación de puertos, de buques más operativos para incrementar el comercio de exportación e importación en las nuevas colonias. 

Las políticas desarrolladas en África tuvieron importantes consecuencias sociales, que se manifestaron en la instalación de una burguesía de comerciantes y funcionarios procedentes de la metrópoli que ocuparon los niveles más altos de la estructura colonial. 

Territorios colonizados por las potencias industrializadas a finales del siglo XIX 

Como consecuencias culturales del imperialismo hay que destacar la imposición en los territorios colonizados de las pautas de conducta, educación y mentalidad de los colonizadores. En general, las lenguas de las potencias imperialistas, la religión cristiana y los modos de vida como medio de culturización occidental se extendieron por varios continentes. El imperialismo condujo a la pérdida de identidad y valores tradicionales de las tribus indígenas.

Por último, hay que añadir que los mapas políticos se vieron alterados por la creación de fronteras artificiales que nada tenían que ver con la configuración preexistente y que supusieron la unión o división forzada de grupos tribales provocando conflictos políticos, sociales y étnicos. El dominio ejercido por los Estados imperialistas supuso el control político, social, económico y cultural de los pueblos colonizados, que no sólo originó rivalidades entre ellos, sino que fue, junto con la carrera de armamentos y las crisis balcánicas y marroquíes de comienzos del siglo XX, una de las causas determinantes del inicio de la Primera Guerra Mundial

lunes, 2 de diciembre de 2024

EL CAMBIO SOCIAL EL SIGLO XIX: DEL LIBERALISMO A LA DEMOCRACIA

El siglo XIX fue testigo de la reacción de los obreros ante las distorsiones provocadas en su forma de vida por la Revolución Industrial. Los comienzos fueron duros, los trabajadores no estaban organizados y la unión para conseguir mejoras salariales o una legislación justa no se consiguió hasta después de muchos años de lucha. En las primeras décadas del siglo XIX, en varios lugares de Europa hubo reacciones violentas de los obreros contra las máquinas, a las que veían como competidores que les arrebataban su trabajo; la represión de los gobiernos ante estos hechos fue contundente; al mismo tiempo, otros trabajadores se organizaban en agrupaciones, gremios o sociedades de oficios para pedir de forma pacífica a los patronos la mejora de su situación laboral, o en hermandades de socorros mutuos para hacer frente al paro o a la enfermedad, siempre subordinados a que la situación política de sus respectivos países consintiera este tipo de agrupaciones. Poco a poco se fue formando en los trabajadores la conciencia de que el rendimiento de su trabajo daba derecho a reivindicar mejoras laborales y a demandar una legislación que contemplara con justicia su situación. Una de las mayores dificultades era conseguir una acción coordinada en un mundo del trabajo tan amplio y diversificado.

Pero el gran paso fue la internacionalización del movimiento obrero. En 1864 se fundó la Primera Internacional por ideólogos marxistas y anarquistas, con la pretensión de organizar el movimiento obrero internacional. Los marxistas propugnaban la lucha revolucionaria para hacer desaparecer el capitalismo e implantar el socialismo. Los anarquistas eran contrarios a la lucha revolucionaria, no creían en el Estado, ni siquiera en un Estado revolucionario. Las disensiones entre ambos terminaron en ruptura. La segunda Revolución Industrial afianzó y amplió el movimiento obrero, que se articuló en torno al socialismo con tres corrientes fundamentales: el socialismo de Estado alemán, el laborismo inglés y el marxismo, este último con diferentes manifestaciones. También existió una corriente anarquista, que no tuvo una gran importancia salvo en países del sur de Europa, y otra sindicalista cristiana, vigente desde finales del siglo XIX, con poca trascendencia. También a partir de estos momentos se empezaron a formar grandes sindicatos, que en algunos países alcanzaron una fuerza considerable y se crearon partidos obreros dedicados a la lucha política.

La cuestión social 

La injusta situación de los obreros industriales dio lugar, en el primer tercio del siglo XIX, a los primeros análisis sobre sus condiciones de vida y situación laboral; a partir de 1830 se elaboraron informes y estadísticas basados en los registros municipales y en estos estudios se reflejaba una situación contradictoria, en la que se mostraba que, al tiempo que se incrementaba la producción industrial, se instauraba la igualdad civil y la libertad económica, aumentaba el número de pobres y las diferencias entre las clases sociales se hacían más profundas. 

Como solución a estos problemas se propugnaba la caridad de los particulares y, poco más tarde, la acción social del Estado, en unos momentos en los que la Iglesia católica, que tradicionalmente atendía a los más necesitados, había perdido una parte importante de sus recursos y la beneficencia estaba pasando a ser un servicio de las administraciones públicas a los ciudadanos. 

Fue en la Alemania de Bismarck donde se establecieron las primeras leyes laborales, en un intento de atraerse a los obreros y terminar con sus reivindicaciones. Este tipo de disposiciones sociales (como seguro obligatorio de accidentes y enfermedad) que suponían algunas mejoras en las condiciones de vida de los obreros, se fueron adoptando por otros Estados, aunque la tradición liberal hizo que tal política, considerada intervencionista, se retrasara en algunos de ellos. El gobierno británico promulgó en 1819 la ley sobre el trabajo de los niños a la que sucedieron varias a lo largo del siglo que regulaban el trabajo de los menores y de las mujeres. A finales del siglo XIX, en casi todos los países se limitaba el trabajo infantil a los que hubieran cumplido entre doce y catorce años.

El movimiento obrero 

Se denomina movimiento obrero a la reacción colectiva de los trabajadores ante unas condiciones de trabajo injustas y también a las organizaciones que las promovieron. 

La lucha de los trabajadores para conseguir mejoras en sus condiciones de vida laboral y en sus salarios se había iniciado a finales del siglo XVIII, pero estas primeras asociaciones obreras fueron prohibidas por la ley Le Chapelier, en Francia (1791); y por la Combinations Act, en Gran Bretaña (1799). 

La legalidad de este movimiento tardó un tiempo en ser aceptada por los gobiernos liberales porque representaba una limitación a la iniciativa individual como la libre contratación o el cambio de condiciones laborales. 

A partir de finales del siglo XVIII, los levantamientos obreros se concretaron en Gran Bretaña en ataques contra instalaciones fabriles y en las primeras décadas del XIX, en destrucción de maquinaria industrial. 

Estas actuaciones, denominadas ludismo por ir firmadas las cartas intimidatorias a los empresarios con el nombre imaginario de Capitán Ludd, fueron reprimidas duramente por el Parlamento que aprobó una ley condenando a muerte a los responsables de estos actos. 

El movimiento ludista se extendió a otros países; en España, en 1821, las máquinas de hilar y cardar fueron atacadas en Alcoy por trabajadoras domésticas y en 1835, artesanos de talleres domésticos atacaron el taller de Bonaplata y otras fábricas de Barcelona, temerosos de perder sus empleos por la instalación de las nuevas máquinas. 

  • Los primeros sindicatos en Gran Bretaña 

Las huelgas organizadas por las sociedades de oficios, base de los futuros sindicatos, surgidas en Gran Bretaña, fueron las primeras reivindicaciones para pedir mejoras salariales. En 1831 se fundó la National Association for the Protection of Labour y en 1834 la Grand National Cosolidated Trade Union. Poco después y durante unos años las asociaciones obreras británicas se apartaron de las reivindicaciones puramente laborales para apoyar el movimiento político cartista, que en 1838 reivindicaba entre otras cuestiones el sufragio universal masculino, la renovación del Parlamento y circunscripciones electorales iguales, al tiempo que pedían una legislación protectora en cuestiones sociales. Como medio para conseguir estas reivindicaciones se convocaron mítines y huelgas en algunas ocasiones violentas. Para coordinar todas estas acciones a escala nacional se fundó la National Charter Association controlada por Feargus O’Connor, líder cartista de gran prestigio. El rechazo del Parlamento al sufragio universal, en 1842, constituyó un gran fracaso para este movimiento, apoyado sobre todo por los obreros. Tras la revolución de 1848 el movimiento fue perdiendo seguidores y se radicalizó, desapareciendo hacia 1850. 

A partir de mediados del siglo XIX, tras el fracaso del cartismo, las asociaciones obreras en Gran Bretaña volvieron a la línea sindical. La prosperidad de los años 50 favoreció a las agrupaciones formadas por trabajadores de una misma pro profesión, como los mineros o los maquinistas, con programas de carácter moderado, pretendiendo la mejora de las condiciones laborales. La primera asociación de este tipo, la Amalgamated Society of Engineers, llegó a contar con un gran número de afiliados y fue el punto de partida de un nuevo sindicalismo, dando lugar a las agrupaciones de obreros cualificados con cobertura nacional para conseguir mejoras salariales y otras ventajas sociales por medio de convenios colectivos. 

Hacia 1870, lo sindicatos británicos contaban con un gran número de afiliados y tenían una gran fuerza en la vida económica del país, muy superior al resto de las organizaciones obreras del continente. No fue hasta la crisis económica de 1873 cuando se introdujo el socialismo en Gran Bretaña. La integración de los trabajadores no cualificados con los obreros industriales dio lugar a un nuevo sindicalismo, por la unión de los obreros de un sector industrial, como la Unión de Obreros del Transporte. 

A finales de siglo varias organizaciones socialistas irrumpieron en el panorama de Gran Bretaña. En 1889 se fundó, por un grupo de intelectuales, la Sociedad Fabiana. En 1906, la unión de diferentes sectores socialistas con una fuerte presencia de miembros de las Trade Unions, constituyó el Partido Laborista, que contemplaba reformas sociales como la nacionalización de la tierra y la minería, legislación social, horario laboral de ocho horas, además de la autonomía de las colonias británicas, el fin de los privilegios de los lores, justicias gratuita, etcétera. 

  • El movimiento obrero en Alemania 

En Alemania, el primer congreso obrero se celebró en 1848, pero pronto el movimiento obrero derivó hacia la formación de partidos. Ferdinand Lasalle (1825-1864), el representante más destacado del socialismo de Estado, fundó en 1863 el primer partido obrero con el nombre de Asociación General Alemana de las Clases Trabajadoras, para la transformación de la sociedad con ayuda del Estado, que debía luchar contra la miseria de los asalariados sin necesidad de llegar a la revolución. Por otra parte, en 1869, los marxistas A. Bebel (1840-1913) y W. Liebkencht (1826-1900) partidarios de la revolución como único camino para llegar a una sociedad justa, fundaron el Partido Socialdemócrata de los Trabajadores. Pese a sus diferencias los dos partidos se unieron en 1875 y fundaron el Partido Socialdemócrata Alemán, con el rechazo de Marx. Como medio para pacificar a los obreros, Bismarck apoyó las ideas de Lasalle. Promulgó una legislación social muy amplia que contemplaba la atención a trabajadores enfermos, accidentados, pensionistas de jubilación, etc., mientras por otra parte reprimió al socialismo. A la caída de Bismarck la socialdemocracia alemana, en el Congreso de Erfurt (1881) revisó su programa y, en 1889, el político Eduard Bernstein (1850-1932) publicó la obra Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, en la que afirmaba que la teoría marxista no se adecuaba a la realidad por no haber pensado en la posibilidad de la democracia y negaba la lucha de clases como condición para transformar a la sociedad. A partir de esos momentos la socialdemocracia alemana se dividió en tres tendencias, la posición centrista liderada por Karl Kautsky (1854-1938), la izquierda marxista dirigida por Rosa Luxemburgo (1870-1919) y la derecha defendida por Eduard Bernstein. 

Kautsky, Bernstein, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht

  • Las organizaciones obreras en Francia 

En Francia, una legislación mucho más restrictiva que la británica y el atraso en la industrialización fueron causa de que la primera organización de trabajadores no se fundara hasta 1843. La Comuna de París en 1871, a pesar de su fracaso, representó un símbolo de la lucha de los trabajadores y fue el origen del reconocimiento de la existencia de la clase obrera francesa con unos derechos. Desde 1884 hasta 1892 los sindicatos franceses se adaptaron a la política de partidos, hasta que en 1897, el anarquista Fernand Pelloutier (1867-1901) inició las Bolsas de Trabajo, una organización sindical encargada de registrar y denunciar las condiciones laborales de los distintos sectores, al tiempo que ofrecía a sus afiliados una amplia gama de servicios sociales. Este sindicato anarcosindicalista se enfrentó a los socialistas; en 1902 las Bolsas de Trabajo se fusionaron con la Confederación General de Trabajo (CGT), formando una federación de tipo anarcosindicalista; de esta forma el sindicalismo francés adoptó la vía revolucionaria hasta la llegada de la Primera Guerra Mundial. 

En cuanto a los partidos políticos, la celebración del Congreso Obrero Socialista de Marsella de 1887 mostró la división del socialismo francés y la existencia de tres grupos con varias tendencias. En el congreso de Lyon, en 1901 estas tres agrupaciones dieron lugar a dos partidos, el Partido Socialista de Francia, (PSDF), liderado por Jules Guesde (1845-1922), marxista, partidario de la lucha de clases, y el Partido Socialista Francés (PSF), dirigido por Jean Jaurés (1859-1914), que agrupaba a los reformistas. La unificación de estos dos partidos se consiguió en la Segunda Internacional. En el Congreso de París de 1905 se formó la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO) con carácter marxista. 

Jean Jaures y la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO)

  • Las sociedades mutuas y las sociedades obreras en España 

En España, con una industrialización tardía por las circunstancias políticas, las organizaciones obreras se orientaron más hacia las reivindicaciones salariales y sociedades de socorros mutuos que a una acción sindical organizada. A partir de 1830, sobre todo en Cataluña, surgieron pequeñas asociaciones con tendencias corporativistas o de resistencia, basadas en las ideas del socialismo utópico de Fourier, o Saint Simon. En 1840 se creó la primera agrupación obrera con fines reivindicativos, la Sociedad Mutua de Protección de Tejedores del Algodón, cuya existencia legal fue posible por una Real Orden de 1839, que admitía a las asociaciones de socorros mutuos. Fue ilegalizada en 1841 por Espartero, por su vinculación al republicanismo y por enfrentarse con los patronos. 

Las preocupantes noticias sobre las revoluciones europeas de 1848 hicieron que el Gobierno moderado de Narváez ilegalizara las sociedades obreras, que desde la clandestinidad organizaron huelgas como la que tuvo lugar en Sants, en 1854, extendidas a varias localidades catalanas. El levantamiento de O’Donnell contra los moderados en 1854, apoyado por los obreros, propició revueltas en las que se quemaron fábricas. Ese mismo año se fundó la primera confederación obrera en Barcelona, la Unión de Clases. En 1855 se fundó la Junta Central de la Clase Obrera, con una participación amplia de algodoneros. 

En 1868, ya en plena revolución, se creó la Dirección Central de las Sociedades Obreras de Barcelona. Poco después se fundó Las Tres Clases de Vapor, agrupación de tejedores, hiladores y preparadores de tejidos catalanes, que reivindicaba el aumento de salarios. Con el triunfo de la revolución, la nueva Constitución de 1869 reconoció el derecho de asociación, reunión y expresión, con mayor amplitud que ningún texto constitucional español hasta ese momento. 

Por otra parte las disensiones entre socialistas y anarquistas en la Primera Internacional terminarían con la separación de ambas tendencias, y el predominio en las distintas regiones españolas de una u otra opción ideológica. En 1870 se constituyó en España por los anarquistas la Federación Regional Española que en 1881 pasó a denominarse Federación de la Región de España. En 1910 los anarquistas fundaron en Barcelona su sindicato, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), integrando a agrupaciones sindicales menores de Cataluña y Valencia. En 1927 se fundó en Valencia la Federación Anarquista Ibérica (FAI), partido radical que intentó una alianza con los anarcosindicalistas de la CNT. 

La estancia del marxista Lafargue en Madrid determinó la creación de un grupo de élite obrera, inclinado hacia el marxismo en la capital. El grupo dirigido por los tipógrafos Pablo Iglesias, Anselmo Lorenzo y Francisco Mora entre otros formó la Asociación del Arte de Imprimir. En 1888, la asociación fundó en Barcelona el sindicato Unión General de Trabajadores (UGT), con un programa ambicioso de reivindicaciones salariales y de mejora de las condiciones de trabajo. Un año más tarde, se fundó por la misma asociación el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), dirigido por Pablo Iglesias, y unido a la UGT. Poco después el PSOE se adhirió como partido obrero a la Segunda Internacional. 

La organización obrera internacional 

  • La Primera Internacional 

La Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) se fundó en Londres el 28 de septiembre de 1864 y fue la culminación de contactos entre trabajadores británicos, franceses y exiliados en la capital inglesa (polacos, alemanes e italianos), para formar la primera organización obrera de ámbito internacional. La AIT sirvió para difundir las nuevas corrientes ideológicas al tiempo que fue el escenario de los enfrentamientos entre sus principales líderes. Participaron en su organización los teóricos más destacados de esta etapa, Karl Marx, Friedrich Engels, Mijaíl Bakunin, también Pierre Joseph Proudhon. Marx redactó el manifiesto inaugural y los estatutos de la nueva organización. 

Desde su constitución la AIT estuvo compuesta por sindicatos poco estructurados, pero también por revolucionarios o reformistas decididos a terminar con el capitalismo. 

Durante la década de los sesenta, las principales corrientes teóricas con una gran influencia en la Primera Internacional fueron las presentadas por Proudhon, Marx y Bakunin, defensor este último del anarcocolectivismo y sus respectivos seguidores. Los enfrentamientos entre los dos primeros se iniciaron desde el principio. Proudhon no era partidario de que los obreros tomaran parte en las luchas políticas, ni de la intervención del Estado en cuestiones laborales por considerar que esta intervención atentaba contra el derecho de libertad. Pensaba que le emancipación de los obreros debía hacerse de forma pacífica, con el desarrollo de mutualidades y asociaciones de ayuda; no era partidario del enfrentamiento con los patronos ni de la huelga. 

Los planteamientos de los marxistas eran totalmente distintos, creían necesaria la lucha política, la creación de un partido obrero para organizar a los trabajadores y conseguir el poder de formar revolucionaria. Sólo así sería posible terminar con el sistema económico del capitalismo, que permitía a los propietarios de los medios de producción adueñarse de la plusvalía producida por el trabajo de los asalariados. En sucesivos congresos las posturas de estos dos grupos se hicieron irreconciliables y terminaron con el triunfo de losmarxistas, que consiguieron entre otras cuestiones, la aprobación de la huelga como medio de lucha y la petición de una legislación laboral. 

A partir de 1869 los enfrentamientos fueron protagonizados por los seguidores de Marx y los de la Alianza de la Democracia Socialista, liderados por Bakunin. Los planteamientos ideológicos de los seguidores de este último eran radicalmente distintos de los marxistas; mientras los primeros, llamados autoritarios, defendían la lucha política para llegar a la conquista del Estado, los segundos, los antiautoritarios, eran partidarios de una lucha constante para crear una conciencia revolucionaria que conseguiría triunfar. 

También discrepaban en cuanto a la acción política, de la que Bakunin era enemigo; estaban en contra de cualquier organización estatal, tanto capitalista como la de un Estado obrero, defendido por Marx. Su ideal era llega a un Estado libre, formado por una federación de asociaciones autónomas, un sistema que se alejaba totalmente del autoritarismo. La Comuna de París (1871) fue otro punto de conflicto entre los dos líderes. La Comuna suponía para Marx el primer intento de control del poder por las masas obreras, mientras que para Bakunin era un símbolo de la insurrección antiestatal, y acusaba a los alemanes de provocar la contienda. La ruptura definitiva y la expulsión de Bakunin y sus seguidores tuvieron lugar en el Congreso de La Haya de 1872 y supuso el fin de la Primera Internacional. Los marxistas trasladaron la sede de la Internacional a Filadelfia (Estados Unidos), donde se celebró el último congreso. Los partidarios de Bakunin se reunieron en Saint Imier (Suiza), y acordaron continuar con su actividad, que siguió durante unos pocos años más. 

Marx y Bakunin

  • La Segunda Internacional 

En 1889, coincidiendo con el primer centenario de la revolución francesa, se reunieron en París los partidos socialistas, con la participación de anarquistas y decidieron constituir en Bruselas la Segunda Internacional. 

La influencia del pensamiento de Marx (que había fallecido en 1883) y de Engels, fue una constante en esta etapa, en la que participaron personalidades destacadas como Longuet y Lafargue (yernos de Marx), los alemanes Bernstein y Liebknecht, el austriaco Adler, el italiano Costa y el español Pablo Iglesias. 

Después de encendidos debates entre los anarquistas y los socialdemócratas alemanes, en los que los últimos defendían el apoyo a los regímenes parlamentarios, única forma que permitiría con el tiempo a los obreros llegar al poder, fueron excluidos los delegados no partidarios de la acción política. Los anarquistas quedaron fuera, siguiendo distinto camino que los socialistas. 

En esta nueva etapa de la Internacional, los delegados tomaron postura sobre las cuestiones planteadas en aquellos momentos: la colaboración con los partidos burgueses, el colonialismo y el peligro de la guerra. 

También en esta ocasión los congresos estuvieron jalonados por las disensiones entre las dos tendencias marxistas: la ortodoxa, liderada por los seguidores de Marx y de Engels y la revisionista que reclamaba, entre otras cuestiones, la colaboración con los partidos burgueses. La situación de los obreros había cambiado desde la Primera Internacional, en esos momentos se estaba superando la crisis del 1873 y los revisionistas querían abandonar la vía revolucionaria para emprender la de las reformas. La adopción del sufragio universal, la fuerza cada vez más creciente de los sindicatos y la mejora del nivel de vida de los obreros apoyaron la postura revisionista que se fue imponiendo desde principios del siglo XX. La Segunda Internacional terminó en 1914, al estallar la Primera Guerra Mundial. 

Los cambios sociales y los medios de comunicación 

La libertad de expresión, no sólo de palabra sino de imprenta, fue uno de los principales logros de la revolución liberal, plasmado en todas las constituciones liberales, que incluían generalmente un párrafo sobre la necesidad de evitar las trabas a su ejercicio. Gracias a esta libertad sería posible contener la arbitrariedad de los poderes públicos, y así, preservar todos los derechos de los ciudadanos. 

Se puede afirmar que en el único país donde existió, durante todo el siglo XIX, una prensa libre y crítica fue en Gran Bretaña, destacando como portavoz de su clase media el diario The Times, fundado en 1785. En el resto de los países europeos, a lo expresado en las respectivas constituciones se añadía un desarrollo legislativo con recortes importantes y un apartado con las sanciones, en caso de contravenir la ley, que llegaban hasta el cierre del periódico. 

La difusión progresiva de la prensa en el siglo XIX supuso un avance social sin precedentes. A final de siglo, el control de la información había dejado de estar en manos de un pequeño grupo de privilegiados; los periódicos de masas ocuparon un lugar muy destacado en el panorama de casi todas las naciones europeas, actuando como vehículo de movimientos políticos, sociales e ideológicos y como cauce de información de los avances científicos o de cualquier manifestación religiosa, cultural o artística. 

La amplitud de su alcance tuvo como límites el grado de alfabetización, con niveles muy bajos a finales del siglo XIX, aunque estas carencias se soslayaban, ante la gran curiosidad del público, mediante lecturas colectivas. Durante el siglo XIX, la lucha por democratizar todos los sistemas parlamentarios estuvo ligada al fortalecimiento y desarrollo del movimiento obrero. El reconocimiento del sufragio universal (masculino) se fue generalizando desde finales del siglo en todos los países europeos (Francia en 1884; España en 1890; Noruega en 1898; Austria en 1907) y su implantación trajo consigo el fortalecimiento de los partidos de masas y su importancia en la vida política. En este proceso la prensa desempeñó un papel fundamental, al dar a conocer los estados de opinión y analizar y difundir la situación en los distintos países. 

El primer diario publicado, titulado Daily Courrant, se fundó en 1702 en Gran Bretaña, país que promulgó la primera Ley de Prensa en 1785 y donde se iniciaron los periódicos de negocios a finales de la centuria. 

Durante todo el siglo XIX la prensa británica y de otros países como Francia y España tuvieron una gran actividad con publicaciones dedicadas sobre todo a tratar acontecimientos políticos, en forma de artículos y comentarios editoriales. 

Los avances en medios de transporte como ferrocarril, barco y telégrafo facilitaron de forma extraordinaria la recepción de las noticias y la difusión de la prensa. Los diferentes inventos permitieron incrementar la producción; las nuevas rotativas y la utilización de rollos de papel continuo permitiendo imprimir más ejemplares, abaratando los costes para llegar a un público mucho más amplio; a partir de mediados de siglo se crearon las primeras agencias de noticias y de publicidad para servir a los principales periódicos. 

Las nuevas técnicas utilizadas para reproducir grabados permitieron incluir ilustraciones y dieron lugar a un nuevo tipo de prensa, dedicada sólo al entretenimiento, con gran aceptación de los lectores, como la L’Ilustration, fundado en Francia en 1843, o Ilustración, Periódico Universal, que nace en 1849 o La Ilustración, editado en 1848 en España. 

A finales del siglo XIX irrumpió en el panorama periodístico, tanto de EEUU como en algunos países europeos, un nuevo tipo de prensa cuyo ejemplo más destacado fue The World, de Pulitzer. Destinado al consumo de masas, estos periódicos se vendían a bajo precio, abandonaban antiguas fórmulas y tenían un formato atractivo. Estas publicaciones producidas por grandes empresas con tiradas enormes y mucha publicidad, llegaban a un gran número de lectores y su aceptación las acabó convirtiendo en instrumento de gran influencia, que permitiría manipulaciones de todo tipo. La “prensa amarilla”, que es como se denominó a este tipo de periodismo sensacionalista, se caracterizaba por presentar y privilegiar noticias escabrosas y catastrofistas, enredos políticos y escándalos. Su máximo representante fue el periódico The New York Journal, del empresario y periodista William R. Hearst (1863-1951). Como contrapunto a la prensa sensacionalista surgió, en esa misma etapa, otra forma de hacer periodismo basada en el análisis exhaustivo de las noticias y en la investigación de los hechos. Entre éstos estaban The New York Times, creador de este tipo de prensa, Le Figaro, en Francia, Il Corriere della Sera, en Italia, El Imparcial y El Liberal en España. 

El protagonismo de las grandes ciudades 

El incremento de población originado con la Revolución Industrial se concentró principalmente en las ciudades. Por ello podemos decir que las ciudades son protagonistas de la historia del siglo XIX. La ciudad que existía antes de la Revolución Industrial frecuentemente estaba rodeada de murallas defensivas o muros fiscales. Lo que hoy conocemos como cascos antiguos constituían entonces este espacio. El crecimiento de la población fue mucho más rápido que el del encorsetado recinto. La escasez de suelo hizo que aumentara el número de personas por vivienda y el número de viviendas por edificio; aparecieron las casas de corredor, con deplorables condiciones higiénicas; se eliminaron los espacios abiertos, tales como huertas y jardines. Agotadas las posibilidades del recinto antiguo, aparecieron los ensanches, concebidos y planificados para la burguesía y las clases medias, que ocupaban de forma planificada los terrenos situados extramuros con el consiguiente derribo de las murallas. También fueron remodelados los espacios interiores con el trazado de nuevas vías de mayor anchura y el derribo de viviendas, generalmente de ínfimacalidad, sustituyéndolas por edificios modernos y suntuosos. 

Junto al urbanismo organizado apareció otro espontáneo que determinó inicialmente el crecimiento y después la anexión de los que se denominaba extrarradios, en los que, dado su mayor alejamiento de los cascos antiguos, los precios eran más bajos y la ocupación más rápida por clases populares y obreras alrededor de las industrias que se habían establecido en ellos. Surgieron en las cercanías de la gran urbe y la rodearon con una corona de núcleos industriales que habían engullido con rapidez lo que poco antes habían sido pequeñas aldeas. Fueron quizá éstas las que fundamentaron las más acerbas críticas de los opositores al industrialismo y su acompañamiento de hacinamiento, insalubridad, marginalidad, deshumanización, etc. 

Tuberculosis, tifus y cólera eran azotes que ponían en peligro a todos los pobladores, incluidos los de las clases pudientes. Estos problemas no eran tan nuevos, ya en las aglomeraciones urbanas del siglo anterior se venían registrando crisis sanitarias y elevados índices de mortalidad. Lo más novedoso era que el progreso había alcanzado un nivel de conocimientos técnicos capaces de encontrar nuevas soluciones. 

Mediante un informe de Chadwick, en el que se toma conciencia del problema, el Parlamento inglés aprueba la Ley de Salud Pública por las que se adoptaron regulaciones de gran transcendencia en la mejora de la sanidad pública: se separan las redes de abastecimiento y vertidos de agua, se adecuó el ancho de las calles con la altura de las edificaciones, etc. Las reformas consiguieron resultados, las tasas de mortalidad disminuyeron y llegaron a situarse por debajo de las del medio rural. 

Desde el punto de vista económico se produjo una acumulación de capital sin precedentes, y un proceso de especulación con el suelo y la construcción de viviendas. Políticamente, las concentraciones urbanas fueron un excelente caldo de cultivo para que la nueva clase proletaria emergente tomara conciencia de sí misma. También fueron las grandes ciudades escaparates privilegiados en los que se exponían con orgullo los logros materiales e intelectuales alcanzados por el país y se proponían las nuevas líneas de progreso. 


  •  Londres 1851 

Entre el 1 de mayo y el 15 de octubre en 1851 se celebró en Londres la “Great Exhibition of the Works of Industry of all Continents”, la primera exposición mundial, a la que fueron invitadas a participar todas las naciones del mundo. Con ella quiso mostrar Inglaterra su liderazgo mundial en cualquier actividad industrial. Para albergarla se construyó el “Palacio de Cristal” en “Hyde Park”. El área ocupada por la muestra fue de 0,1 Km2 y el número de visitantes alcanzó los 6 millones. Con la coronación de la reina Victoria, en 1837 había comenzado la época de mayor esplendor y apogeo británicos. Londres, como pionera, había tenido que ir resolviendo sobre la marcha los problemas surgidos del cambio originado en la Revolución Industrial. No había existido una autoridad central capaz de imponer una planificación estudiada, promotores particulares habían ido obteniendo permisos del Parlamento para desarrollar grandes planes urbanísticos y cobrar tasas para compensar sus inversiones, consiguiendo los correspondientes beneficios por su actividad. Londres fue el producto urbano del liberalismo económico. 

Como resultado existían, junto a barrios todavía abigarrados y miserables, otros que exhibían los más refinados edificios, amplias plazas y deliciosos parques. Fueron otras ciudades seguidoras las que, basadas en la previa experiencia londinense, pudieron realizar un crecimiento más planificado. La “expo” consiguió un gran éxito; la feria produjo unos beneficios con los que se pudieron construir los museos de Ciencias, Historia Natural y Victoria y Alberto. 

El condado de Londres se extendía por 300 km2. Esta dispersión de la población fue posible por la red de transporte público. En 1829 se habían introducido los ómnibus y diez años después el tendido de vías introdujo los tranvías de tracción animal; los ferrocarriles de cercanías se desarrollaron a partir de 1830. El gran avance se produjo con el metropolitano que comenzó en 1865, inicialmente con tracción por vapor, siendo posteriormente electrificado en la última década del siglo y la primera del siguiente. 

El sector económico industrial no era el preponderante en la capital; eran otras ciudades británicas como Manchester o Birmingham las que acogían a las grandes factorías. Londres era la capital política de un gran imperio y su actividad se dedicaba a los servicios centralizando el comercio y las finanzas. Las finanzas residían en “La City” que con una extensión de unos 3 km., acogía desde 1801 a la moderna bolsa de Londres, a las más importantes firmas bancarias y a los mercados mundiales de materias primas. Aquí se encontraba el auténtico centro del poder mundial que todavía hoy en día compite con Nueva York. También se desarrolló una significativa actividad industrial en alimentación, muebles, joyería y artículos de lujo en general. 

Expo universal de Londres de 1851

  • París 

Un decreto imperial de 1864 disponía que entre abril y octubre de 1867 se celebraría en París la cuarta “Expo mundial” con el nombre de “Exposition unirverselle d’Art et d’industrie”. En París ya se había celebrado la de 1855 y otras tres más tendrán lugar hasta fin de siglo (con motivo de la del 89 se erige la Tour Eiffel), lo que mostraba que la capital era una ciudad bien publicitada. Presidia la comisión encargada del evento el príncipe Jérôme Napoleón. Ocupaba un total de 69 hectáreas, la mayoría en el Campo de Marte, que se aplanó para construir un inmenso edificio oval de 500 por 400 m. La exposición acogió expositores de 41 países y recibió a 15 millones de visitantes lo que representó un auténtico éxito. 

Económicamente, el balance no fue tan brillante, de los 6 millones de dólares gastados más de la mitad fueron fondos aportados y no recuperados por la ciudad de París y el gobierno de la nación. 

En septiembre de 1848 había regresado a París, desde su exilio en Londres, Luis Napoleón Bonaparte (1808-1873). Al final de ese mismo año ocupó la presidencia de la república francesa y en 1852, mediante un golpe de Estado, accedió al trono del Segundo Imperio francés con el nombre de Napoleón III. Bajo su mandato, Francia conoció una etapa de prosperidad. El nuevo emperador había gozado de una cierta fama de positivista y tecnócrata que al parecer se afianzó durante su exilio londinense. Esta experiencia influyó notablemente en muchas de sus posteriores decisiones, que significaron para la capital la mayor transformación de su historia. Luis Napoleón era plenamente consciente del retraso que, en relación con Inglaterra, mostraba la industrialización francesa y de los problemas de su capital. 

La industrialización de Francia había comenzado con el siglo, pero su progreso era lento por falta de continuidad causada por los innumerables conflictos políticos y consiguientes crisis. En la capital se habían construido algunos monumentos, realizado reformas y puesto en servicio el primer ferrocarril de cercanías en 1837, pero aún predominaba intramuros su antiguo trazado medieval. El jacobinismo triunfante en la revolución había favorecido un desarrollo de la ciudad centralista y autoritario. Como resultado, mediado el siglo, la ciudad mantenía un insalubre y miserable centro histórico de muy alta densidad de población.

Durante todo el siglo se habían producido disturbios que, en opinión del emperador, se habían visto favorecidos en su desarrollo por las dificultades que las fuerzas represoras habían encontrado para maniobrar entre el laberinto de calles estrechas y sofocarlos. El emperador encomendó a su prefecto del Sena, barón Haussmann (1809-1891), que ejecutara los cambios necesarios para convertir a París en la ciudad más bella del mundo. Se derribó gran parte de la degradada ciudad antigua y se trazaron geométricamente amplias avenidas y bellos bulevares. La simetría y las grandes perspectivas que perduran hasta hoy en día son el resultado de este plan. Se construyeron cuatro grandiosos puentes sobre el Sena, se reconstruyó el antiguo mercado central de Les Halles y modernos edificios públicos. Se desarrolló el sistema de canalizaciones para abastecimiento y evacuación de aguas. La nueva burguesía reocupó el centro de la ciudad y la embelleció con hermosos edificios neoclásicos. 

La derrota ante Prusia, la consiguiente caída del emperador y la Comuna pusieron fin a este período, pero el país había conseguido en 20 años recuperar parte del retraso industrial que tenía con respecto a Inglaterra, y se había dotado de una moderna red bancaria y comercial. 

Exposición universal de 1867 en París

  • Chicago 

La “World’s Columbian Exposition”, decimotercera de las “Expos”, tuvo lugar en Chicago entre mayo y octubre de 1893. Con ella se conmemoró el 400º aniversario del descubrimiento de América. La adjudicación se había resuelto en puja frente a las ciudades rivales de Washington, Nueva York y Filadelfia. 

La ciudad de Chicago había mostrado un interés especial en acoger esta exposición, presumiblemente para mostrar y completar su recuperación tras el incendio sufrido en 1871 que había destruido más de un tercio de la ciudad, incluida la totalidad del centro comercial. Su elección se debió en parte a haber ofrecido una garantía de 10 millones de dólares. 

El desarrollo de Chicago fue representativo del experimentado por los EEUU en el siglo XIX, incluso superando en espectacularidad al protagonizado por el país en su conjunto. Su existencia como ciudad en el Estado de Illinois comenzó en 1837 con unos 4.000 habitantes, 20 años después contaba con más de 90.000. La existencia y el crecimiento de la ciudad se inscriben en el proceso de “la Conquista del Oeste” que marca el destino de los EEUU. Su papel vino dictado por su estratégica situación geográfica en la divisoria que separa las aguas del valle del Misisipi de las de los Grandes Lagos. La apertura de canales para la navegación entre cuencas, en sinergia con el desarrollo del ferrocarril, hizo de Chicago el núcleo central del transporte entre el este y el oeste del país. Apoyada por el transporte también se desarrolló la industria y con ella el comercio de materias primas y productos terminados. Mineral de hierro, maderas y ganados alimentaban altos hornos, mataderos y todo tipo de industrias manufactureras. 

Cuando en 1871 se produjo el incendio, ya contaba Chicago con más de 300.000 habitantes. La reconstrucción fue rápida y atrajo a numerosos y cualificados arquitectos de todo el país. Las ordenanzas antiincendios emitidas determinaron la aplicación de nuevos materiales de construcción, que entre otros efectos dieron lugar a la aplicación de estructuras metálicas que permitieron elevar en 1885 el primer rascacielos. Otros veinte se construyeron en el distrito central y sirvieron como ejemplo a seguir por el resto del país. En 1889 se produjo la anexión de numerosos suburbios. A finales del siglo la población había alcanzado la cifra de 1.700.000 habitantes. 

Gran incendio de Chicago en 1871

La iglesia católica y el mundo moderno 

La Iglesia católica mantuvo muchos frentes abiertos durante el siglo XIX, en correspondencia con su múltiple papel como propietaria de grandes extensiones territoriales en muchos países, liderazgo en la enseñanza y pretendido monopolio en la interpretación de textos sagrados e incluso en la extensión de la validez de dichos textos a materias no religiosas. Desafiando su poder y autoridad en estos campos surgieron y se extendieron de modo imparable nuevos enfoques. En política y economía se fueron imponiendo las doctrinas del liberalismo y del socialismo, los nuevos poderes nacionales confiscaron y vendieron propiedades eclesiásticas. Las disciplinas científicas y la filosofía positivista desplazaron a la escolástica y propusieron y justificaron nuevas explicaciones del universo, del origen del hombre e incluso la historia comenzó a utilizar el método científico. Tales explicaciones se hicieron depender de los hechos observables y de la razón humana y no de la supuesta autoridad de quien las proponía ni de especulaciones basadas en los textos sagrados. 

Para la Iglesia católica, el siglo XVIII se cerró con la muerte del papa Pío VI en su cautiverio francés de Valence-sur-Rhône en 1799. El poder político del papado no había estado tan deteriorado desde el cisma de Aviñón. Pero, a pesar del entusiasmo revolucionario, la fe católica seguía siendo la mayoritaria en la conciencia de los franceses y también Napoleón estaba coyunturalmente necesitado de consolidar unas relaciones más estables entre los poderes político y religioso, en su afán de cerrar el período revolucionario y pasar de primer cónsul a emperador. Esta estabilidad se plasmó en los acuerdos recogidos en un concordato que Bonaparte firmó con Pío VII en julio de 1801. Entre estos acuerdos podemos destacar la garantía de libertad de culto para la fe católica en Francia; el clero recibiría del Estado la adecuada ayuda económica, pero los bienes eclesiásticos expropiados y vendidos durante el período revolucionario no serían devueltos. 

Con posteridad, las relaciones se deterioraron, dando lugar a una nueva ocupación de Roma por tropas francesas y a la anexión de los Estados Pontificios por Francia. El alineamiento contra Napoleón de Pío VII, determinó que el Congreso de Viena de 1815 restituyera al papado los Estados Pontificios. La diplomacia vaticana explotó con éxito las condiciones peculiares que se dieron en cada Estado y se fueron firmando con las distintas potencias europeas, tanto católicas como protestantes, sucesivos acuerdos concordatarios. En ellos se fijaron los derechos y obligaciones de las partes; Roma se vio forzada a reconocer la pérdida definitiva de sus anteriores posesiones materiales en los diversos países, que habían sido antes expropiadas y vendidas con diversos fines, obteniendo a cambio una subvención para culto y clero. También y dependiendo de cada caso, consiguió ciertas ventajas como el reconocimiento preferente de la religión católica, de sus instituciones (matrimonio religioso), manifestaciones públicas (procesiones), o para la enseñanza pública y privada. 

Esta situación se prolongó con altibajos y entreverada de revueltas, predominantemente influidas por patriotas italianos hasta que en 1870, tras la derrota y abdicación de Napoleón III, perdió el papado la protección francesa, y con la toma de Roma se completó la unificación italiana. El Papa, que se negaba a reconocer la situación política, se vio forzado a permanecer encerrado en el Vaticano. Por los tratados de Letrán de 1929, Italia se declaraba oficialmente católica y devolvía finalmente la soberanía política al papado, aunque limitada a la Ciudad del Vaticano. 

La Iglesia católica fue flexiblemente sorteando con habilidad los desafíos de poder de los nuevos tiempos, consiguiendo un relativo éxito. Pero no eran menores los retos que se derivaban del cambio cultural, las doctrinas políticas, el avance científico y todo lo que se denominó el “modernismo”. En este campo la Iglesia fue de extremada rigidez, condenando cuanto pudiera oponerse a su doctrina tradicional. El principal instrumento utilizado por los papas para mostrar su oposición a los “errores doctrinales” fueron las encíclicas papales. 

Un temprano intento de conciliación de principios liberales con la doctrina católica lo encabezó Felicité de Lamennais (1782-1854), sacerdote francés comprometido con la enseñanza, que fundó en 1830, junto con un grupo de entusiastas católicos liberales, el diario L’Avenir. En él se defendieron principios democráticos como el sufragio universal, la separación de la Iglesia y el Estado, las libertades de prensa, educativa, religiosa, etc. El intento agraviaba tanto al poder civil como al Vaticano. En 1832 Gregorio XVI emitió la encíclica Mirari vos, condenando los intentos de conciliación de la doctrina católica con los principios liberales derivados de la revolución francesa. 

La encíclica que podemos considerar más representativa sea la Quanta cura, emitida en 1864 por Pío IX, y especialmente el Syllabus Errorum que la acompaña a modo de apéndice y recoge un catálogo de los principales errores de la época, en 80 proposiciones divididas en 10 capítulos y que produjo una notable conmoción al chocar frontalmente con los intentos conciliadores de los católicos liberales de muchos países (algunos gobiernos prohibieron su publicación). Se consideraron erróneas todas aquellas tesis que abogaran por la separación de la Iglesia y el Estado, defendieran la libertad del hombre para elegir la religión de acuerdo con su razón… En definitiva, sólo al magisterio eclesiástico correspondía la última palabra en cualquier materia incluidas las científicas y se negaba todo progreso humano que pueda contradecir a una revelación divina que se considera perfecta, completa y desprovista de todo tipo de error. En paralelo, se reforzaba la autoridad papal en los asuntos pastorales, que culminaba con la declaración de la infalibilidad por el Concilio Vaticano de 1870. 

En la última década del siglo se acuñó el término modernismo como referencia a una corriente de eruditos católicos que sostenían que los autores de los textos sagrados y doctrinales fueron influidos por las creencias y concepciones de la época en que vivieron y que los dogmas e instituciones derivados de tales escritos podían y debían ser revisados a la luz de los nuevos conocimientos