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sábado, 7 de febrero de 2026

BUENAS RAZONES

Los días se vuelven cada vez más largos y pesados. Un eterno tormento. La monotonía se expande y se apodera de todo. El cansancio, el dolor, el miedo... miles de sentimientos se agolpan en mi pecho convirtiéndose en una carga que me arrastra al fondo de un negro abismo. Sus eslabones se entrelazan creando una cadena que cargo por la calle. Una penitencia autoimpuesta creada una vida monótona.

Los pasos cada vez son más pesados y los pies solo pueden arrastrarse camino a casa. La tierra parece empujarme hacia al abismo mientras miles de manos invisibles reclaman un alma perdida, alejada de su verdadero lugar, exigiendo que vuelva a donde pertenece: la oscuridad eterna, el vacío infinito donde los tormentos no tiene fin y se multiplican. Cada paso se convierte en una odisea, un camino eterno e interminable donde Ítaca parece cada vez más lejana.

Llego a casa por fin y ahí estás tú, mi gracia salvadora, la mano divina. Hay que ser ciego o extremadamente seco si no se siente alegría, un fragmento de encanto infantil, una emoción de asombro goethiano. Me sonríes y mis preocupaciones se disipan mientras te devuelvo el gesto, una leve sonrisa marcada por el cansancio y el agotamiento. Mi cuerpo se siente pesado, los músculos no responden y la ropa de repente se siente incómoda, una carga de la que deshacerse. El cansancio. vuelve con más ímpetu que antes, se apodera de mi ser. Hay mucho dolor grabado en el cuerpo, que es dolor del alma. Sólo las caricias, el movimiento, la música y escuchar la voz de la piel pueden sanarnos. Dicen que la caricia dulce, suave, la que se siente intensamente, tiene inmenso poder: sana el alma. Dicen que sentir la piel es el camino para sentir el alma. Dicen que los poros no filtran, respiran: inhalan y exhalan. La respiración de la piel da vida al alma. Cuando sentimos la brisa fresca o el calor del sol, nuestra alma sonríe y el corazón se expande; cuando el frío es agobiante o la textura de algo que tocamos es dura y gélida, el alma frunce el ceño y el corazón se recoge.

Mi cabeza reposa en tu pecho. Una suave almohada que reconforta mi mente y disipa mis miedos. Los pensamientos se disuelven  en el aire, dejando paso a la calma y la tranquilidad. Los miedos, las preocupaciones, los temores... dejan de ser importantes en este momento y una sensación de alivio inunda mi cuerpo. Ojalá no despertara nunca. Quiero mantener esta sensación lo máximo posible, aferrarme a ella como un clavo ardiente. Hay que ser ciego o extremadamente seco no se siente alegría, un fragmento de encanto infantil, una emoción de asombro goethiano. Claro que hay buenas razones para ello. 

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