Introducción
Kant pertenece al amplio movimiento llamado Ilustración: uno de los principales núcleos del proyecto moderno que se fue definiendo y aquilatando en el siglo XVIII. Este movimiento se define por su absoluta fe en la Razón: gracias a ella, a su poder, el hombre puede lograr su emancipación, su madurez (reconociéndose y asumiéndose como el Sujeto, es decir, como el fundamento del mundo). ¿Cómo se logra la emancipación o liberación del Hombre? Por un lado gracias a la conjunción de la ciencia y de la técnica se alcanza un domino de la naturaleza externa (de la realidad física concebida como una trama causal de carácter determinista). Por otro lado tanto la Moral como el Derecho (vertebrador del Estado) permiten dominar la naturaleza interna de los seres humanos (sus pasiones, impulsos, instintos). Ahora bien tanto la Ciencia como la Moral solo podrán conseguir esta meta cuando se definen y desarrollan desde la Razón. De este modo el campo de la razón se divide en dos: la razón teórica del Sujeto humano (de la que procede la ciencia) y su razón práctica (de la que provienen la moral y el derecho).
A su vez la liberación del hombre (su emancipación, su mayoría de edad), es decir: la meta de la Ilustración, implica que la razón del Sujeto humano se imponga y se sobreponga a lo irracional, por ejemplo al dogmatismo religioso (un cúmulo de engañosas supersticiones) o al absolutismo político (en el que la monarquía, la aristocracia y el clero impiden el ascenso social y político de la burguesía).
Los hitos de la Ilustración son dos procesos históricos revolucionarios: la revolución industrial (en la que la ciencia se aplica a la técnica y en la que surge el sistema productivo capitalista) y revoluciones políticas como la revolución francesa y la norteamericana (en ellas ser pretenden realizar los ideales de la libertad, la igualdad y la fraternidad).
Desde una óptica filosófica Kant significa el paso del Teocentrismo al Antropocentrismo. El Hombre es el verdadero y único “rey de la creación”. Es pues el “Sujeto”, término procedente del latino “subiectum”: lo que sub-yace, es decir: el Fundamento, el origen y el fin de todo (en la Historia de Occidente se han definido tres grandes figuras del Fundamento: en el periodo Grecolatino se localizó el fundamento en el Mundo –un cosmos ordenado, por ejemplo el de las Ideas platónicas, las Esencias aristotélicas, o el Lógos estoico-; en el periodo que abarca la Edad Media y la primera Modernidad, en los siglos XV-XVIII, reinó Dios –causa creadora, etc.; en la Modernidad plena, desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta hoy, el fundamento es el Hombre, el Sujeto de la razón).
Volviendo a Kant: él es el primer pensador solvente y sólido en el que el Antropocentrismo moderno fue expuesto y argumentado de un modo sistemático. La primera obra de Kant en la que se puede localizar una posición filosófica novedosa es la Crítica de la razón pura (1784). Con anterioridad a esta fecha en su primera etapa fue un racionalista, seguidor de la escuela alemana de Wolff. El racionalismo definía a la “metafísica” como el conocimiento cierto y demostrado referido a tres substancias suprasensibles: Mundo, Alma, Dios. Sin embargo una serie de problemas internos a la posición racionalista –algunos de los cuales están relacionados con la física y la matemática- y el estudio del empirismo inglés le llevó a la convicción de que la metafísica del racionalismo escondía profundos errores que tienen que ser enmendados. Esta desconfianza hacia el racionalismo le llevó a emprender una radical y completa “crítica de la razón”; la palabra “crítica” no tiene aquí un sentido negativo: no se trata de “negar la razón” (¡cómo podría hacer algo así un ilustrado si la Ilustración es precisamente la fe en la Razón!), ¿entonces? Se trata de fijar de una vez por todas el alcance y el límite de la razón a la hora de encontrar en el Sujeto humano –la única sede de la razón- el fundamento de todas las cosas. Por ejemplo pregunta Kant: ¿es posible en serio para la razón humana probar realmente, con una demostración cierta y segura, la existencia de Dios (como ente supremo, causa creadora del mundo, etc.)? (es lógico, por cierto, que cuando se trata de apuntalar un Antropocentrismo el problema de la existencia de Dios se vuelva acuciante pues si Dios existe y eso se pudiera demostrar entonces quedaría en entredicho la tesis de la primacía del Hombre, etc.).
Las tres principales obras del Kant maduro fueron las siguientes:
- Crítica de la razón pura (1781): en ella se plantean a la vez, pues están entrelazadas, la pregunta de si la Metafísica es o no es una “ciencia” (un conocimiento probado o demostrado racionalmente) y se ensaya una fundamentación filosófica –a partir de la facultades del Sujeto humano- del conocimiento físico-matemático (de la ciencia newtoniana para ser más precisos).
- Crítica de la razón práctica (1788): en ella desarrolla Kant una ética formal fundamentada en la libertad de la voluntad del Sujeto humano la cual evalúa las normas de la conducta a partir del “imperativo categórico” (la ley moral como ley del deber).
- Crítica del Juicio (1790): en la que se expone una teoría filosófica del arte centrada en los conceptos de lo bello y lo sublime (es decir, por un lado en el neoclasicismo y por otro en el romanticismo).
En general Kant acometió una profunda y decisiva redefinición de la filosofía. Esta definición va más allá de las dos corrientes hasta entonces predominantes en el mundo moderno: el racionalismo y el empirismo (aunque no se trata tampoco de que Kant simplemente las rechace a ambas: en el fondo las incorpora en su propuesta a partir de una síntesis muy original). ¿Cómo llamó Kant a su propia filosofía? Filosofía transcendental o Idealismo transcendental. Lo auténticamente novedoso de su propuesta ya lo hemos subrayado: la fuerza y el rigor con el que sostuvo que el hombre es el Sujeto de la razón, el fundamento del mundo. A partir de aquí recogió del racionalismo la importancia de los elementos a priori (lo previo a la experiencia) y del empirismo la relevancia final de la experiencia sensible.
Un detalle más: Kant insiste en que la razón del Sujeto humano es “autónoma”. ¿Qué significa esto? Que se proporciona a sí misma las leyes a las que por otro lado tiene que atenerse. Y esto ocurre así tanto en el terreno teórico –el campo de la ciencia, del conocimiento- como en el terreno práctico –el campo de la moral, el derecho, la política. ¿De dónde extrae, en definitiva, la Ley (la ley del orden, sea el orden de la ciencia o de la moral) el Sujeto humano? No la extrae ni del Mundo ni de Dios: la extrae sólo de sí mismo, del interior de sus facultades, de su esencia o naturaleza racional. Reconociéndose y asumiéndose como Sujeto autónomo el hombre moderno –el que vive en un mundo moderno (con su ciencia, su moral, etc.)- se emancipa, se libera, alcanza su “mayoría de edad”, es decir: entra en la Ilustración como era de la razón, la era de la Luz que es capaz de disipar las sombras de la superstición, etc. (es así como los distintos procesos históricos que han configurado el mundo moderno –la revolución industrial y la revolución política, etc.- resultan a la vez explicados y legitimados)
La Crítica de la razón pura
El empirismo de Hume –una propuesta de carácter, en el fondo, “escéptico”- había llegado a fijar dos tesis: a) el conocimiento científico es solo un conocimiento probable, nunca entera y absolutamente verdadero; b) cuando, traspasando los límites de la experiencia sensible, el ser humano cree alcanzar “conocimientos metafísicos” (por ejemplo sobre la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, etc.) incurre en profundos errores que conducen al dogmatismo y al fanatismo.
Kant no desprecia estas tesis de Hume –entiende que hay algo valioso en ellas- pero tampoco las acepta sin más (la razón tiene que evitar el dogmatismo pero también, dice Kant, el escepticismo pues este implica una desconfianza en el poder de la Razón y una merma de la fe en ella que define a la Ilustración y con ella a la modernidad misma). Por un lado Kant rechaza que la física matemática –la ciencia promovida por Galileo, Descartes, Leibniz y Newton- sea exclusivamente un conocimiento empírico: en la ciencia hay sin duda elementos o aspectos sensibles pero también hay otros componentes “a priori” que tienen que ser explicitados por la filosofía transcendental. Por otro lado el que los seres humanos intenten una y otra vez buscar una respuesta para las profundas preguntas de la metafísica (¿existe un Dios creador? ¿es el alma inmortal? ¿el mundo físico tiene un origen y tendrá un final?, etc.) indica algo positivo que debe ser aclarado racionalmente: tal vez, afirma Kant, Dios, Alma y Mundo no existan como “fenómenos”, como “objetos reales y empíricos”, pero aún así de alguna manera desempeñan un papel favorable y estimulante en la búsqueda del conocimiento racional.
Todo esto constituye el tema del libro de 1781, la Crítica de la razón pura: ¿puede la razón pura del sujeto humano alcanzar algún conocimiento “metafísico” que sea fiable y justificable y que sacie las profundas incertidumbres que conmueven la vida de los hombres? ¿es posible para la metafísico convertirse en una “ciencia” con una validez semejante a la física y la matemática?
Kant acude en su obra al término “transcendental” y llega a hablar de un “conocimiento transcendental” (no se confunda aquí sin embargo esta palabra con eso a lo que alude el término “trascendente”). ¿Qué es lo transcendental en Kant? Es todo aquello que podemos probar que es independiente de la experiencia sensible; así pues lo transcendental es lo “a priori”: lo que está siempre ya ahí, “antes” de todo aquello que sea “a posteriori” (siendo lo a posteriori la experiencia sensible, aquella fuente del conocimiento en la que el sujeto, pasivamente, receptivamente, recibe de fuera una multiplicidad de sensaciones). Kant sostiene que en el conocimiento científico –por ejemplo el de la física newtoniana- hay una parte empírica –la experiencia sensible de los objetos particulares- y otra parte “a priori” (lo a priori del conocimiento es distinto de lo que el racionalismo llamó “ideas innatas” porque, según Kant, es una “forma”, es decir: lo a priori está vacío de contenido).
Pero la tesis radical de Kant es la siguiente: lo transcendental o lo a priori del conocimiento verdadero de los objetos empíricos (los fenómenos) está exclusivamente en el Sujeto humano, en sus distintas facultades: sensibilidad, entendimiento, imaginación y razón (lo a priori de la sensibilidad son las formas del espacio y el tiempo, lo a priori del entendimiento son las categorías, lo a priori de la imaginación son los esquemas y lo a priori de la razón pura son las Ideas).
Así pues defiende Kant que el Sujeto humano posee de antemano una serie de elementos formales que aporta a priori al conocimiento de los objetos, unos elementos o formas puras (vacías de contenido) que están invariablemente en todos los hombres. Esta afirmación es el núcleo de lo que se denomina “idealismo transcendental” (expresión que dice lo mismo que la expresión “revolución copernicana”). El conocimiento de los objetos físicos depende del Sujeto humano en tanto en sus facultades está lo a priori, lo formal, lo transcendental (por eso al Sujeto humano lo llamó “Sujeto transcendental” – refiriéndose así a aquello idéntico y esencial en todos los hombres más allá de sus particularidades individuales). ¿Por qué esta afirmación es “revolucionaria” (no menos que las revoluciones industrial y política)? Porque desde este momento –y contradiciendo aquí a toda la tradición medieval y a autores modernos como Descartes, Leibniz, Locke, Berkeley, etc.- ya no será necesario acudir a “Dios” para garantizar la validez objetiva del conocimiento del mundo material, el mundo externo, exterior a la mente humana. El sujeto humano, insiste Kant, se basta y se sobra a sí mismo para fundamentar, desde sí mismo y por sí mismo, la validez necesaria y universal del conocimiento científico (un conocimiento formado por “juicios”, por enunciados o proposiciones). El giro radical hacia el antropocentrismo y el antropomorfismo –una auténtica novedad en la historia capaz de marcar toda una época (la época de la modernidad madura, de la Ilustración)-, un giro que se inició tímidamente en el Renacimiento y en el que se renuncia a la poderosa tradición Teocéntrica, encuentra en Kant, por lo tanto, su primera expresión acabada, rigurosa y completa (según Kant el Sujeto humano es el fundamento tanto del conocimiento como de la moral, el derecho, la política y el arte).
Hemos subrayado que Kant intenta averiguar si la metafísica (un presunto o pretendido conocimiento racional y por lo tanto cierto y verdadero referido a realidades suprasensibles) es o no es una “ciencia”. Ahora bien, para responder cabalmente a esta pregunta tiene que saberse con rigor y claridad qué es una ciencia, cómo está formada, cómo convalida o verifica sus aserciones, etc.; sólo después de averiguar esto podrá sopesarse si en efecto la metafísica cumple o no los requisitos fundamentales para merecer ese noble calificativo (algo así como un “sello de calidad”). Pues bien: una ciencia es un conocimiento que se apoya o sostiene sobre “juicios”, sobre proposiciones o enunciados; son ellos los que pueden ser o verdaderos o falso según las pruebas o demostraciones que se consiga aporta. Por este motivo Kant desarrolló una exhaustiva clasificación de los juicios; en ella distinguió entre juicios analíticos, juicios sintéticos a posteriori y juicios sintéticos a priori. Veamos esto con más detalle.
En general un juicio es la unión o la conexión –a través del verbo “ser”- de un sujeto y un predicado (esto sucede, por ejemplo, cuando atribuimos a algo una propiedad –“la nieve es blanca”, “el oro es amarillo”). Según cómo se realice esa unión habrá por un lado juicios “analíticos” y por otro juicios “sintéticos”.
En los juicios analíticos el predicado que se le asigna al sujeto está siempre extraído –a partir de una “descomposión”, de una “separación”- del propio sujeto. Por este motivo son juicios que poseen una validez necesaria y universal a pesar de que no ofrecen estrictamente hablando ninguna información realmente nueva: no extienden o no amplían el conocimiento (se mueve pues solo en el plano de los conceptos y su papel se limita a aclarar qué es lo que contiene un concepto de un objeto). Por ejemplo: “los solteros no están casados”, “los perros son caninos”, etc.
En los juicios sintéticos el predicado (un predicado tiene como su referente una propiedad de algo) se una al sujeto aportando elementos que no salen sin más del sujeto (un predicado tiene como su referente algo a lo que se le asignan o atribuyen propiedades).
Los juicios sintéticos proporcionan por lo tanto algo novedoso, algo que no se puede saber por el mero paso de un concepto a otro concepto, realizan en definitiva una ampliación o una extensión del conocimiento del mundo de los objetos o de los fenómenos. Los juicios sintéticos van, pues, más allá del mero análisis de los conceptos.
Los juicios sintéticos son a posteriori cuando la propiedad atribuida al sujeto (a eso de lo que se dice que es tal o que es cual) se obtiene directamente de la experiencia sensible, de los datos de la sensación, de las impresiones sensoriales (por ejemplo: “el cianuro es amargo”). A pesar de que estos juicios en efecto proporcionan conocimiento nuevo solo permiten alcanzar conocimientos particulares y contingentes. ¿Qué significa esto? Según Kant que la ciencia no puede estar integrada entera y exclusivamente por juicios sintéticos a posteriori (Kant tiene, desde luego, una noción de “ciencia” cercana a la del racionalismo).
Llegamos así a los juicios que Kant sitúa en la cúspide del conocimiento –en el corazón de la ciencia empírica-: una extraordinaria y sorprendente clase de juicios en la que el predicado se une o conecta al sujeto de un modo a priori, es decir, sin pasar por el rodeo de la experiencia sensible. Estos juicios –que Kant, en principio, solo localiza en la matemática y en la física- poseen una validez universal y necesaria pues no obteniéndose el predicado de lo a posteriori, de lo sensible, es obvio que ningún hecho o suceso del mundo puede desmentirlos o invalidarlos. En la geometría es un juicio así, por ejemplo, “la suma de los ángulos de un triángulo es de 180º”; en la física es un juicio sintético a priori, por ejemplo, “toda la materia es extensa” (siendo la extensión la magnitud propia del espacio tridimensional).
Una vez sentado el importante principio de que las ciencias seguras y rigurosas tienen en su núcleo juicios sintéticos a priori Kant formula respecto a ellos dos preguntas. En un primer momento pregunta –asumiendo que hay algo extraño que debe ser aclarado en unos juicios que son a la vez a priori y sintéticos- ¿cómo son posibles estos juicios? ¿cuáles son las condiciones de posibilidad de los juicios sintéticos a priori? La segunda pregunta dice así: ¿hay juicios de esta clase en la Metafísica? (si los hubiera entonces la metafísica sería una “ciencia” y resultaría correcto afirmar que el Sujeto racional humano es capaz de conocer con rigor, certeza y seguridad lo Suprasensible: todo aquello situado más allá de los límites de la experiencia sensible, limitada a los fenómenos, a los objetos empíricos).
¿Cómo son posibles los juicios sintéticos a priori? Hay juicios sintéticos de este tipo porque a partir de sus facultades (sensibilidad, imaginación, entendimiento) el Sujeto aporta una serie de elementos a priori, unos elementos “formales” (sin contenido, sin “materia”). Por lo tanto los juicios sintéticos a priori tienen por un lado unas condiciones “estéticas” que conciernen al aspecto “sensible” de estos juicios y por otro lado tienen unas condiciones “lógicas” vinculadas a su aspecto “conceptual”. ¿Cuáles son las condiciones “estéticas” que actúan aquí, en estos juicios tan peculiares? La intuiciones puras del espacio y el tiempo: dos formas a priori arraigadas en esa facultad del sujeto llamada “sensibilidad” (gracias al espacio y al tiempo son posibles los juicios sintéticos de la geometría y de la aritmética). ¿Cuáles son las condiciones “lógicas” que operan en estos juicios a la vez sintéticos y a priori? Las categorías, los conceptos puros: doce formas a priori ubicadas en la facultad del sujeto denominada “entendimiento” (por ejemplo el concepto de “causa”, el concepto de “substancia”, etc.); ¿por qué son doce? Porque hay doce clases de juicios (la tabla de las categorías depende de la ciencia de la lógica –y a la operación de extraer las categorías de las clases de juicios la llama Kant “deducción metafísica de la categorías”).
Por este motivo –porque los juicios sintéticos a priori están sometidos a la vez al espacio y el tiempo y a las doce categorías (es decir, a condiciones estéticas y lógicas)- hay en la Crítica de la razón pura un capítulo titulado “Estética transcendental” y otro titulado “Lógica transcendental”: en el primero se expone en qué consisten el espacio y el tiempo (el espacio y tiempo son continentes vacíos homogéneos, uno tridimensional y definido según relaciones de simultaneidad y otro unidimensional definido por relaciones de sucesión) y en el segundo se estudian detalladamente las doce categorías del entendimiento (por ejemplo se afirma que causa es una categoría de relación gracias a la cual se fija entre los fenómenos un nexo universal y necesario, etc.).
El conocimiento verdadero, demostrado, riguroso, es decir, el conocimiento físico-matemático, está articulado a partir de una serie de juicios sintéticos a priori (aunque incluye también algunos juicios sintéticos a posteriori que son importantes cuando se realizan pruebas experimentales de las hipótesis científicas). Por lo tanto, y esto es lo que sostiene Kant, ese conocimiento surge cuando son aplicadas (gracias a los esquemas de la imaginación) a unos datos sensoriales que aparecen ordenados en el espacio y en el tiempo las distintas categorías (los conceptos puros). Así pues las formas puras o formas a priori del Sujeto humano conocen la verdad –por ejemplo las leyes causales que ordenan la Naturaleza- en la medida en que consiguen organizar una maraña inicialmente caótica de datos sensibles (unas impresiones sensoriales que son la parte “material” del conocimiento, el “contenido” que llena las formas vacías). El Sujeto humano, en definitiva, “construye” los objetos conocidos desde sí mismo y por sí mismo dando “forma” (orden, ley) a una materia amorfa (un caos sensible). ¿Qué implica esta tesis “Idealista” sobre el conocimiento de la verdad? Supone afirmar que propiamente solo hay conocimiento dentro de los rígidos y estrictos límites de la sensibilidad. Es decir: no hay juicios válidos sobre nada que se sitúe más allá de lo empírico; “sin datos no hay un conocimiento válido”, por así expresarlo. Por lo tanto –y esta es una importante conclusión de la Crítica de la razón pura- la Metafísica no es en modo alguno una ciencia, un conocimiento válido, probado, demostrado, equiparable de algún modo a la matemática y a la física. Kant desarrolló esta tesis –la metafísica no es una ciencia- en la tercera parte de la obra que estamos comentando, una parte titulada “Dialéctica transcendental”.
La “Dialéctica transcendental” es la última parte de la Crítica de la razón pura. A su vez está dividida en dos:
- Una parte negativa en la que se profundiza en la tesis de que la metafísica nunca podrá convertirse en una ciencia (un conocimiento válido, cierto, etc.) porque sus “conceptos” (referidos a lo suprasensible: Mundo, Dios, Alma) son vacíos: nunca se apoyan o reposan sobre la experiencia sensible (son, pues, conceptos abstractos, etéreos, flotantes).
- Una parte positiva en la que se sostiene que la razón del Sujeto humano produce o proyecta desde sí misma una serie de Ideas (la Idea de Dios, de Alma, de Mundo) que aunque no representan objetos reales o fenómenos empíricos sí tienen un papel que jugar en el terreno del conocimiento verdadero.
¿Cómo desarrolló Kant la tesis de que la metafísica tradicional no es una ciencia? Afirmando, en primer lugar, que la “Psicología racional” (es decir, la pretensión de conocer el Alma como substancia espiritual, inmortal, etc.) incurre en “paralogismos” (siendo un paralogismo una falacia: un tipo de razonamiento incorrecto). A continuación destaca Kant que la “Cosmología racional” (la pretensión de conocer absolutamente la realidad física o la substancia material) siempre incurre, al final, en “antinomias”, es decir, en un razonamiento que nunca es concluyente (por ejemplo se puede afirmar, sin poder nunca aportar una prueba concluyente, que el Mundo tiene un origen, una causa creadora, pero también, por esa falta de prueba, se puede afirmar lo contrario: el Mundo es eterno). Por último rechaza Kant las distintas “demostraciones” que tradicionalmente se han ofrecido respecto a la existencia de Dios (un ser supremo, perfecto, infinito, creador de todo desde la nada, etc.): ninguna de ellas es concluyente en la medida en que, por un lado, no se apoya en algo empírico –como debe hacer en último término todo conocimiento científico- y por otra lado esas “demostraciones” comenten fallos en el proceso de razonamiento que las invalidan definitivamente.
De todos modos, con hemos dicho ya, la “Dialéctica transcendental” no se limita a declarar la inexistencia como “realidades empíricas” susceptibles de un conocimiento cierto y seguro de Dios, Alma y Mundo (y a subrayar que por ello la Metafísica no es en modo alguno una ciencia). Kant concedió, a pesar de todo, a “Dios”, el “Alma” y el “Mundo” un cierto estatuto positivo. ¿Qué son, una vez descartado que sean algo real que pueda ser rigurosamente conocido? Dios, Alma y Mundo son “Ideas de la razón”: algo proyectado necesariamente por el Sujeto humano que estimula y alienta el progreso del conocimiento empírico. Las Ideas de la razón, por lo tanto, tienen un papel “regulativo”: orientan la sistematización del conocimiento. Por ejemplo: la Idea de Mundo ayuda a que las distintas y variadas leyes físicas se vayan integrando poco a poco en un corpus cada vez más completo y exhaustivo.
La filosofía práctica: la moral y la historia
El formalismo ético
Kant distingue entre las éticas “materiales” (por ejemplos las éticas centradas en la felicidad, el bien, la utilidad, etc.) y su propuesta: una ética puramente “formal”. ¿Por qué su propuesta ética es de carácter “formal”? Porque carece de contenidos concretos, por ejemplo: no busca definir qué sea el bien o qué sea la felicidad, tampoco señalar un fin que la vida humana tenga que perseguir para lograr su plenitud o su perfección propia. ¿Cómo se desarrolla, entonces, una ética formal, una ética vacía de todo contenido preciso y determinado? Se despliega estableciendo un procedimiento (un “método”) que permita evaluar qué normas de conducta (o “máximas”) son aceptables moralmente y cuáles no pasan esta prueba y son por ello rechazadas. ¿Por qué según Kant una ética moderna, adecuada a la era moderna del mundo, ya no puede ser nunca más “material” y solo puede ser “formal” (procedimental, metódica)? Porque solo una ética formal puede ser a la vez necesaria y universal (válida a sí para todos los hombres por igual, con independencia de todas sus particularidades, de todas sus diferencias). En cambio las éticas material son, a su entender, solo contingentes y particulares y por ello no pueden ser aceptables para el hombre moderno.
¿Cómo se llama el procedimiento de evaluación de normas de conducta estipulado por la ética formal de Kant? Se denomina “Imperativo categórico”. Este imperativo es un mandato absoluto, define así una obligación incondicional, es la Ley moral suprema (actúa, por lo tanto, de un modo semejante a una “Constitución política”: es una Ley de leyes desde la que se decide qué es legal y qué ilegal, etc.).
Kant expuso en sus obras dedicadas a la filosofía práctica, a la filosofía moral (por ejemplo la Crítica de la razón práctica), varias formulaciones del imperativo categórico. Mencionaremos a continuación las tres principales:
- “Obra de tal modo que lo que motive tu voluntad pueda servir siempre como máxima de leyes universales”.
- “Procede de tal manera que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en los demás, siempre como un fin y nunca como un medio”.
- “Obra de tal manera que la voluntad pueda considerarse a sí misma, mediante su máxima, como legisladora universal”.
Estas formulaciones en el fondo apuntan a lo mismo: el procedimiento, el método principal de la ética formal es siempre la “universalización”: una norma de conducta cualquiera será moral, será éticamente válida, si se puede universalizar; dicho negativamente: si una máxima no vale a la vez para todos no debe valer para nadie (las normas de conducta que no puedan ser universalizadas son así excluidas de la moral).
La ética kantiana es una rígida y estricta “ética del deber” (distinta de las antiguas éticas del bien, de la felicidad, del placer, de la utilidad). Una vez Kant ha subrayado que la conducta de los seres humanos está siempre guiada por normas añade que se puede actuar tanto por deber –y esto es lo único que Kant realmente valora y pone en primer término- como por mera conformidad con la ley moral; así pues Kant diferencia entre la moralidad de una acción y su simple legalidad. Cuando se obra moralmente, por deber, el sujeto de la conducta cumple con lo debido solo porque es debido, por puro respeto a la ley moral, con independencia de las consecuencias que tenga para él, incluso cuando sean negativas (la ética formal kantiana no es una ética consecuencialista, una ética de la responsabilidad: es una ética de la intención, una ética de la íntima convicción situada en el interior de la conciencia moral del individuo). En cambio cuando se actúa “legalmente” la persona sigue la norma, pero la sigue solo “externamente”, sin la íntima convicción de la conciencia moral. Si un tendero –el ejemplo es de Kant- no engaña a sus clientes cuando pesa la fruta que les vende (trucando la báscula, etc.) solo por miedo a que le cierren el negocio si lo pillan actúa legalmente sin duda, pero su conducta solo sería moral de verdad si no engaña a sus clientes porque ese, aunque deje de ganar dinero o incluso se termine arruinando, es su puro y duro deber.
Por último diremos que el fundamento de la ética formal kantiana se encuentra en la tesis de la radical libertad de la voluntad o, lo que es lo mismo, en la idea de la autonomía del sujeto moral. El sujeto moral –el hombre como ser racional en el campo de la conducta, de las costumbres, etc.- es autónomo, despliega su libre voluntad, porque se proporciona las leyes –las morales, pero también las jurídicas y las políticas- que después él mismo sigue. Kant, por lo tanto, afirma respecto al sujeto moral, la completa identidad entre la instancia que legisla o emite la ley y la parte del hombre que la sigue y la obedece: el sujeto moral es, a la vez, el soberano y el súbdito. En las éticas premodernas, por ejemplo en las éticas de raíz cristiana, algo era “bueno” en último término porque “Dios así lo manda” (actuar bien sería así conducir la propia vida “como Dios manda”). Pero Kant, desde su idealismo moral, rechaza que en Dios esté el fundamento de la moral. Su ética es, así, la primera ética enteramente antropocéntrica.
El Progreso de la Historia
Kant afirma decididamente que hay una única Historia Universal cuyo fin –en el sentido de su meta y de su culminación- es el Mundo Moderno (con su ciencia aplicada a la técnica en la que la naturaleza es dominada, con su moral y su derecho capaces de dominar la naturaleza pasional e instintiva del hombre, etc.). Estamos aquí pues ante la típica fe ilustrada en el Progreso propia de los siglos XVIII y XIX (una fe que en el siglo XX, con dos Guerras Mundiales y un crack económico en medio ha mermado considerablemente).
El progreso de la historia está orientado y regulado –en su vertiente moral y política- por una Idea de la razón: la Idea, el proyecto, de un “Estado Cosmopolita” (un Estado Mundial vertebrado por el Derecho y Constitucionalmente organizado). Esta Idea, pues, es la que define y marca el fin supremo de la Humanidad entera: el punto en el que “lo real” es enteramente “racional”, adecuado a las exigencias de la razón del Sujeto humano (siendo aquí la “razón” la esencia humana, su naturaleza idéntica, fija y permanente).
Para que la fe en el Progreso de la Historia no sea una mera ensoñación o una pura ilusión hueca y sin base alguna el filósofo tiene que explicitar cuál es el motor de la historia, eso que la empuja inexorablemente en una línea de Progreso ascendente desde lo peor e imperfecto hacia lo mejor y perfecto. Kant –siguiendo en parte a Hobbes y en parte a Locke- afirma que el motor de la Historia es la “insociable sociabilidad” de la especie humana. La sociabilidad empuja a asociarse y a cooperar, la insociabilidad imple al predominio predominio total del egoísmo (sea de los individuos o de las Naciones). Por lo tanto son las guerras y sus penurias lo que poco a poco, a costa de un enorme sufrimiento, convencen a los hombres de que es mejor pactar, colaborar o concertar que el puro y duro enfrentamiento; así, y aunque sea paulatinamente, con lentitud, dolorosamente, se va abriendo camino la idea de que lo mejor es colaborar en beneficio mutuo: es mejor para los individuos y para las Naciones ser aliados que ser enemigos. Entonces, en un momento que aún está muy lejos, dice Kant que la Paz, una paz perpetua, sustituirá finalmente a la guerra. Es así como gracias a la Idea de progreso –en tanto apunta hacia el triunfo final de la luz de la razón sobre las tinieblas irracionales que oscurecen el mundo- se alienta el propio progreso de la humanidad.
De todos modos aunque Kant es optimista en el caso del progreso legal (plasmado por ejemplo en una Constitución política, etc.) en lo que respecta al auténtico y completo progreso moral. El “mal” (actuar contra la ley del deber) está firmemente arraigado en la naturaleza humana (el lado oscuro es muy fuerte en ella): lo pasional e instintivo predispone e inclina constantemente hacia el mal, corrompe en su raíz la libre voluntad del sujeto humano.
Ante la consternada constatación de que difícilmente, confiando en sus solas fuerzas, el hombre puede extirpar el mal que vive en él (en la forma de insaciables inclinaciones egoístas, por ejemplo) Kant, sin abandonar su antropocentrismo, termina apelando a “Dios” como última esperanza de una definitiva y permanente conversión moral de la Humanidad. Aquí “Dios” no es ya una entidad real y existente, es un “Dios moral” que, sin que sepamos cómo ni tampoco cuándo, ayudaría a los hombres a que más acá de la mera legalidad de la conducta y de la inclinación instintiva al mal obren siempre moralmente, por deber, por puro y estricto respeto a la ley moral.
Las cuatro preguntas de Kant
Con la filosofía Kant se propone dar respuesta a cuatro preguntas: ¿Qué puedo conocer? (metafísica), ¿Qué debo hacer? (moral), ¿Qué puedo esperar? (religión), y ¿Qué es el hombre? (antropología).
- ¿Qué puedo conocer? (metafísica): La razón, en su sentido más amplio, significa, Kant, todo en la mente es a priori y no viene de la experiencia. Es teórica (razón pura) o especulativos cuando se trata de conocimiento. Es conveniente (la razón práctica) cuando se considera a la norma de la moral (esto, en el sentido más amplio, se encuentra en Kant, la razón, en sentido estricto, como un derecho humano a la unidad superior).Kant aquí hace una crítica de la razón especulativa: no es un crítico escéptico, pero una revisión de la utilización, el alcance y los límites de la razón. La práctica de este método, Kant señala que las matemáticas y la física entraron en el camino seguro de la ciencia en el día en que dejaron de ser empíricas a reconocer la primacía de la demostración racional.
- ¿Qué debo hacer? (moral): La respuesta de Kant está aquí, inequívocamente único deber es el deber. Como nuestra inclinación a la justicia, en caso de haberla, podría verse contrarrestada por una inclinación no menos fuerte a la injusticia, necesitamos que la ley moral se presente a nuestra conciencia bajo la forma de un deber. O, como diría Kant, bajo la forma de un mandato, es decir, de un imperativo. En Fundamentos de la metafísica de las costumbres, Kant se dio cuenta, de hecho, el análisis de la conciencia común y señaló que, de todo lo que es posible pensar en este mundo no hay nada que pueda se observó, sin limitación, como absolutamente bueno, si no buena voluntad, es decir, una buena intención absolutamente puro, sin ninguna restricción. El deber: es una obligación moral autónoma, la necesidad de realizar una acción con respecto a la ley universal, el imperativo ordena incondicionalmente – Este es el concepto del deber, en el centro en la filosofía de Kant. En cuanto a la felicidad, no se alcanza, se hace digno.
- ¿Qué puedo esperar? (religión): Plantea el problema de la finalidad. Su argumentación al respecto en la Crítica del juicio es la siguiente: el juicio es la facultad de pensar lo particular como contenido en lo universal. Hay dos tipos de juicios: El determinante: aquel en que lo universal ya está dado y El reflexionante: aquel en que se ha de encontrar lo universal Esa finalidad es lo que nos permite esperar y confiar en un progreso que conduzca a la humanidad a sus anhelos más preciados: la felicidad, el bien y la paz. Este progreso pasa por la consecución de una sociedad cosmopolita y asentada en el derecho, para lo que es necesario recorrer el camino que conduce desde la naturaleza al deber, pasando por la ilustración. En este sentido, la historia del hombre es la realización de un plan oculto de la naturaleza cuyo objetivo es el bienestar social, (conquista de la naturaleza exterior) y la paz social (conquista de la naturaleza interior): el paraíso reencontrado.
- ¿Qué es el hombre?: el hombre, según su naturaleza, es un conjunto de disposiciones originales: Disposición a la animalidad como ser viviente (capacidad técnica.) • Disposición a la humanidad, como ser viviente y racional (capacidad pragmática) • Disposición a la personalidad, como ser racional y moral (respeto a ley moral). Esta es la estructura radical que constituye al hombre y que pone de manifiesto una dualidad de dimensiones: La empírico - sensible, es decir conseguir sus propios fines egoístas. La ético - social, es decir, la dimensión moral.(la razón gobierna mi vida) Sólo la ético-social disposición tiene como raíz una razón que no es un medio condicionado a alcanzar determinados objetivos, sino que es ella misma un fin incondicionado: es la razón práctica misma que legisla la vida humana según el respeto a la ley moral (ley de la libertad). Para Kant, el hombre es un ser autónomo que expresa su autonomía a través de la razón de la libertad, para poder ser autónomo el hombre debe usar su razón independientemente y debe ser libre. Para Kant, ilustrado como era el, el hombre es concebido como un ser dotado de razón, capaz de conocer la realidad por medio de dicha capacidad, un ser emancipado de un ser superior, secularizado, libre de las ataduras de la ignorancia. Nuestro conocimiento está determinado por unas estructuras a priori no conocemos las cosas tal y como son en sí mismas, nosotros conocemos las cosas mediatizadas por nuestro sistema de conocimiento. No vemos el mundo, vemos nuestro mundo nos proyectamos en nuestro conocimiento de las cosas.




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