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lunes, 19 de mayo de 2025

KATI HORNA

Fotógrafa nacida en Hungría en 1912. En 1933 comenzó a trabajar como fotógrafa en París y cinco años más tarde viajó a Barcelona donde trabajó como jefa de redacción de la revista Umbral. El mismo año fue comisionada por el gobierno de la República Española para realizar un álbum sobre la guerra civil y fotoreportajes que sirvieron como propaganda exterior.

Kati Horna era una experta estratega de la visión y sabía cómo organizar el material a su disposición para comunicar un mensaje determinado. Lo había aprendido de los mejores artistas de su tiempo como el pintor, escultor y fotomontador László Moholy-Nagy, quien exaltaba la potencialidad creativa de la fotografía e invitaba a la experimentación. Pero también lo aprendió a lo largo de los viajes que emprendió desde Hungría, su país de origen, cuando era tan solo una adolescente. En Budapest se formó como fotógrafa junto a su amigo de infancia Andre Friedman, alias Robert Capa. En Berlín entró en el círculo del Bauhaus y de Bertold Brecht. En París, ciudad en la que había buscado refugio tras las persecuciones raciales sufridas en Alemania, empezó a trabajar de fotógrafa para Agence Photo al tiempo que se iba empapando de los últimos vestigios del movimiento surrealista. Fue en aquel período cuando recibió el encargo del Ministerio de Propaganda Exterior español para realizar un álbum de fotografías sobre el bando republicano.

Katy Horna

Una mirada anarquista sobre la Guerra de España

Kati Horna viajó a España al igual que otros muchos intelectuales, escritores, pintores y fotógrafos. El país llevaba ya un año sumido en una guerra civil que pedía a gritos ser representada. Era necesario dar a conocer al mundo lo que estaba pasando. Cada uno a su manera y con los recursos del que disponía, los artistas se ponían en juego y se comprometían con la causa antifascista. Kati Horna pertenecía a esas personas. Su afinidad ideológica con el bando anarquista hizo que empezara una colaboración con dos revistas gráficas de la época: Libre Studio y Umbral.

Con una "Rolleiflex" que se adecuaba sobre todo a los primeros planos y retratos, Kati Deutsch Blau captó el día a día de las colectividades en Aragón, la resistencia popular en Madrid, la Barcelona revolucionaria, la retaguardia en Valencia o las iglesias y edificios ocupados. Recorrió con su cámara la España en guerra del periodo 1937-1939. Ella se consideró una "obrera de la fotografía", que nunca publicó en las grandes revistas internacionales de la época. No quiso grandes exposiciones, y concedió muy pocas entrevistas. Eligió en cambio, para sus fotos y carteles, las revistas de ideología anarquista como "Umbral", "Libre Studio", "Tierra y Libertad" o "Mujeres Libres".


Horna, que todos los días durante dos años documentó con sus reportajes los horrores de la guerra, entendió que a veces una sola imagen no era suficiente. ¿Cómo contar la destrucción? ¿Cómo mostrar la muerte sin caer en el estereotipo del reportero en busca de fama? ¿Cómo relatar las condiciones infrahumanas que las mujeres vivían en las cárceles franquistas? Y finalmente, ¿cómo explicar que la guerra ya había sobrepasado cualquier límite tanto físico como moral? Recogiendo los trozos de un mundo en pedazos, adjuntándolos visual y temporalmente y disponiéndolos para que de sus divergencias y contrastes nazca el dinamismo que la imagen necesita para enviar su mensaje


En 1939 llegó con su esposo José Horna a México, estableció amistad con el grupo de artistas surrealistas y retrató a las figuras más destacadas de los círculos del arte y la farándula. Colaboró en diversas revistas mexicanas como Nosotros, Mujeres, y Perfumes y modas. En 1962 participó en la formación de la revista S.nob, junto con Leonora Carrington, Jorge Ibargüengoitia y Alberto Gironella, bajo la dirección de Salvador Elizondo y Juan García Ponce. Para esta revista realizó series fotográficas como Fetiches, y cuentos fantásticos en secuencia fotográfica como Oda a la necrofília, Sacramentalia y Vampiro. Horna tuvo una gran labor educativa, impartió clases en la Escuela Nacional de Artes Plásticas y tuvo un taller abierto en la Academia de San Carlos desde 1973; donde dio clases a fotógrafos como Flor Garduño, Elsa Chabaud, Manuel Monroy, Estanislao Ortíz y Sergio Carlos Rey, entre otros. Fue también maestra de fotografía en la Universidad Iberoamericana.

Kati Horna colaboró en diversas revistas anarquistas como ‘Libre Studio’, ‘Mujeres Libres’, ‘Tierra y Libertad’, ‘Tiempos Nuevos’ y ‘Umbral’, de la que fue redactora gráfica y donde conoció a José Horna, su esposo, pintor español que también colaboró en la mencionada publicación.

El hallazgo de más de más de 6.000 negativos de celuloide y más de 200 en placas de cristal en buen estado de conservación, permitirán conocer imágenes y relatos asociados a la vida cotidiana: «El hallazgo abre el encuadre de los años españoles de Horna, considerada hasta el momento como la retratista de retaguardia y de la cotidianidad femenina, cuyo icono es una mujer dando el pecho a su hijo, en la casa de la maternidad de Vélez Rubio (Almería). La foto fue la portada del número 12 de la revista anarquista Umbral e ilustraba un reportaje titulado La maternidad bajo el signo de la Revolución».

Se trata de la localización de «[…] en 48 cajas de madera que contenían los archivos de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). El sindicato anarquista los sacó de Barcelona en abril de 1939 y tras un largo viaje —con paradas en París y en las ciudades inglesas de Harrogate y Oxford— llegaron en 1947 a su destino: el Instituto Internacional de Historia Social (IIHS), en Ámsterdam. En las cajas reposan más de 500 negativos tomados entre 1937 y 1938 por la fotógrafa, que llegó a España durante la Guerra Civil para ponerse a las órdenes del servicio de propaganda exterior de los anarquistas y anarcosindicalistas de la CNT y de la Federación Anarquista Ibérica (FAI). Se trata de un hallazgo extraordinario que completa la historia que cuentan los 250 negativos que Horna vendió por dos millones de pesetas en 1983 al Estado español y que se conservan en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca».

Se le asocia con la fotografía surrealista, sin embargo, al preguntarle si se consideraba una artista surrealista ella contestó que no, que probablemente la asociaban al movimiento por haber sido amiga de artistas surrealistas mexicanos, pero que en la época ella ni siquiera sabía lo que esa palabra significaba (Horna en Lápiz I, 2001). Muchas de sus fotografías son acercamientos de rostros o ángulos de edificios en ocasiones irreconocibles, a veces notamos que sus imágenes están fuera de foco intencionalmente para producir un efecto de remembranza sin sensación completa de reconocimiento. En sus retratos, el rostro del modelo es el punto central y el resto de la imagen proporciona un ambiente que enfatiza el carácter del personaje. Kati Horna murió en la ciudad de México el año 2000.

lunes, 2 de diciembre de 2024

EL CAMBIO SOCIAL EL SIGLO XIX: DEL LIBERALISMO A LA DEMOCRACIA

El siglo XIX fue testigo de la reacción de los obreros ante las distorsiones provocadas en su forma de vida por la Revolución Industrial. Los comienzos fueron duros, los trabajadores no estaban organizados y la unión para conseguir mejoras salariales o una legislación justa no se consiguió hasta después de muchos años de lucha. En las primeras décadas del siglo XIX, en varios lugares de Europa hubo reacciones violentas de los obreros contra las máquinas, a las que veían como competidores que les arrebataban su trabajo; la represión de los gobiernos ante estos hechos fue contundente; al mismo tiempo, otros trabajadores se organizaban en agrupaciones, gremios o sociedades de oficios para pedir de forma pacífica a los patronos la mejora de su situación laboral, o en hermandades de socorros mutuos para hacer frente al paro o a la enfermedad, siempre subordinados a que la situación política de sus respectivos países consintiera este tipo de agrupaciones. Poco a poco se fue formando en los trabajadores la conciencia de que el rendimiento de su trabajo daba derecho a reivindicar mejoras laborales y a demandar una legislación que contemplara con justicia su situación. Una de las mayores dificultades era conseguir una acción coordinada en un mundo del trabajo tan amplio y diversificado.

Pero el gran paso fue la internacionalización del movimiento obrero. En 1864 se fundó la Primera Internacional por ideólogos marxistas y anarquistas, con la pretensión de organizar el movimiento obrero internacional. Los marxistas propugnaban la lucha revolucionaria para hacer desaparecer el capitalismo e implantar el socialismo. Los anarquistas eran contrarios a la lucha revolucionaria, no creían en el Estado, ni siquiera en un Estado revolucionario. Las disensiones entre ambos terminaron en ruptura. La segunda Revolución Industrial afianzó y amplió el movimiento obrero, que se articuló en torno al socialismo con tres corrientes fundamentales: el socialismo de Estado alemán, el laborismo inglés y el marxismo, este último con diferentes manifestaciones. También existió una corriente anarquista, que no tuvo una gran importancia salvo en países del sur de Europa, y otra sindicalista cristiana, vigente desde finales del siglo XIX, con poca trascendencia. También a partir de estos momentos se empezaron a formar grandes sindicatos, que en algunos países alcanzaron una fuerza considerable y se crearon partidos obreros dedicados a la lucha política.

La cuestión social 

La injusta situación de los obreros industriales dio lugar, en el primer tercio del siglo XIX, a los primeros análisis sobre sus condiciones de vida y situación laboral; a partir de 1830 se elaboraron informes y estadísticas basados en los registros municipales y en estos estudios se reflejaba una situación contradictoria, en la que se mostraba que, al tiempo que se incrementaba la producción industrial, se instauraba la igualdad civil y la libertad económica, aumentaba el número de pobres y las diferencias entre las clases sociales se hacían más profundas. 

Como solución a estos problemas se propugnaba la caridad de los particulares y, poco más tarde, la acción social del Estado, en unos momentos en los que la Iglesia católica, que tradicionalmente atendía a los más necesitados, había perdido una parte importante de sus recursos y la beneficencia estaba pasando a ser un servicio de las administraciones públicas a los ciudadanos. 

Fue en la Alemania de Bismarck donde se establecieron las primeras leyes laborales, en un intento de atraerse a los obreros y terminar con sus reivindicaciones. Este tipo de disposiciones sociales (como seguro obligatorio de accidentes y enfermedad) que suponían algunas mejoras en las condiciones de vida de los obreros, se fueron adoptando por otros Estados, aunque la tradición liberal hizo que tal política, considerada intervencionista, se retrasara en algunos de ellos. El gobierno británico promulgó en 1819 la ley sobre el trabajo de los niños a la que sucedieron varias a lo largo del siglo que regulaban el trabajo de los menores y de las mujeres. A finales del siglo XIX, en casi todos los países se limitaba el trabajo infantil a los que hubieran cumplido entre doce y catorce años.

El movimiento obrero 

Se denomina movimiento obrero a la reacción colectiva de los trabajadores ante unas condiciones de trabajo injustas y también a las organizaciones que las promovieron. 

La lucha de los trabajadores para conseguir mejoras en sus condiciones de vida laboral y en sus salarios se había iniciado a finales del siglo XVIII, pero estas primeras asociaciones obreras fueron prohibidas por la ley Le Chapelier, en Francia (1791); y por la Combinations Act, en Gran Bretaña (1799). 

La legalidad de este movimiento tardó un tiempo en ser aceptada por los gobiernos liberales porque representaba una limitación a la iniciativa individual como la libre contratación o el cambio de condiciones laborales. 

A partir de finales del siglo XVIII, los levantamientos obreros se concretaron en Gran Bretaña en ataques contra instalaciones fabriles y en las primeras décadas del XIX, en destrucción de maquinaria industrial. 

Estas actuaciones, denominadas ludismo por ir firmadas las cartas intimidatorias a los empresarios con el nombre imaginario de Capitán Ludd, fueron reprimidas duramente por el Parlamento que aprobó una ley condenando a muerte a los responsables de estos actos. 

El movimiento ludista se extendió a otros países; en España, en 1821, las máquinas de hilar y cardar fueron atacadas en Alcoy por trabajadoras domésticas y en 1835, artesanos de talleres domésticos atacaron el taller de Bonaplata y otras fábricas de Barcelona, temerosos de perder sus empleos por la instalación de las nuevas máquinas. 

  • Los primeros sindicatos en Gran Bretaña 

Las huelgas organizadas por las sociedades de oficios, base de los futuros sindicatos, surgidas en Gran Bretaña, fueron las primeras reivindicaciones para pedir mejoras salariales. En 1831 se fundó la National Association for the Protection of Labour y en 1834 la Grand National Cosolidated Trade Union. Poco después y durante unos años las asociaciones obreras británicas se apartaron de las reivindicaciones puramente laborales para apoyar el movimiento político cartista, que en 1838 reivindicaba entre otras cuestiones el sufragio universal masculino, la renovación del Parlamento y circunscripciones electorales iguales, al tiempo que pedían una legislación protectora en cuestiones sociales. Como medio para conseguir estas reivindicaciones se convocaron mítines y huelgas en algunas ocasiones violentas. Para coordinar todas estas acciones a escala nacional se fundó la National Charter Association controlada por Feargus O’Connor, líder cartista de gran prestigio. El rechazo del Parlamento al sufragio universal, en 1842, constituyó un gran fracaso para este movimiento, apoyado sobre todo por los obreros. Tras la revolución de 1848 el movimiento fue perdiendo seguidores y se radicalizó, desapareciendo hacia 1850. 

A partir de mediados del siglo XIX, tras el fracaso del cartismo, las asociaciones obreras en Gran Bretaña volvieron a la línea sindical. La prosperidad de los años 50 favoreció a las agrupaciones formadas por trabajadores de una misma pro profesión, como los mineros o los maquinistas, con programas de carácter moderado, pretendiendo la mejora de las condiciones laborales. La primera asociación de este tipo, la Amalgamated Society of Engineers, llegó a contar con un gran número de afiliados y fue el punto de partida de un nuevo sindicalismo, dando lugar a las agrupaciones de obreros cualificados con cobertura nacional para conseguir mejoras salariales y otras ventajas sociales por medio de convenios colectivos. 

Hacia 1870, lo sindicatos británicos contaban con un gran número de afiliados y tenían una gran fuerza en la vida económica del país, muy superior al resto de las organizaciones obreras del continente. No fue hasta la crisis económica de 1873 cuando se introdujo el socialismo en Gran Bretaña. La integración de los trabajadores no cualificados con los obreros industriales dio lugar a un nuevo sindicalismo, por la unión de los obreros de un sector industrial, como la Unión de Obreros del Transporte. 

A finales de siglo varias organizaciones socialistas irrumpieron en el panorama de Gran Bretaña. En 1889 se fundó, por un grupo de intelectuales, la Sociedad Fabiana. En 1906, la unión de diferentes sectores socialistas con una fuerte presencia de miembros de las Trade Unions, constituyó el Partido Laborista, que contemplaba reformas sociales como la nacionalización de la tierra y la minería, legislación social, horario laboral de ocho horas, además de la autonomía de las colonias británicas, el fin de los privilegios de los lores, justicias gratuita, etcétera. 

  • El movimiento obrero en Alemania 

En Alemania, el primer congreso obrero se celebró en 1848, pero pronto el movimiento obrero derivó hacia la formación de partidos. Ferdinand Lasalle (1825-1864), el representante más destacado del socialismo de Estado, fundó en 1863 el primer partido obrero con el nombre de Asociación General Alemana de las Clases Trabajadoras, para la transformación de la sociedad con ayuda del Estado, que debía luchar contra la miseria de los asalariados sin necesidad de llegar a la revolución. Por otra parte, en 1869, los marxistas A. Bebel (1840-1913) y W. Liebkencht (1826-1900) partidarios de la revolución como único camino para llegar a una sociedad justa, fundaron el Partido Socialdemócrata de los Trabajadores. Pese a sus diferencias los dos partidos se unieron en 1875 y fundaron el Partido Socialdemócrata Alemán, con el rechazo de Marx. Como medio para pacificar a los obreros, Bismarck apoyó las ideas de Lasalle. Promulgó una legislación social muy amplia que contemplaba la atención a trabajadores enfermos, accidentados, pensionistas de jubilación, etc., mientras por otra parte reprimió al socialismo. A la caída de Bismarck la socialdemocracia alemana, en el Congreso de Erfurt (1881) revisó su programa y, en 1889, el político Eduard Bernstein (1850-1932) publicó la obra Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, en la que afirmaba que la teoría marxista no se adecuaba a la realidad por no haber pensado en la posibilidad de la democracia y negaba la lucha de clases como condición para transformar a la sociedad. A partir de esos momentos la socialdemocracia alemana se dividió en tres tendencias, la posición centrista liderada por Karl Kautsky (1854-1938), la izquierda marxista dirigida por Rosa Luxemburgo (1870-1919) y la derecha defendida por Eduard Bernstein. 

Kautsky, Bernstein, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht

  • Las organizaciones obreras en Francia 

En Francia, una legislación mucho más restrictiva que la británica y el atraso en la industrialización fueron causa de que la primera organización de trabajadores no se fundara hasta 1843. La Comuna de París en 1871, a pesar de su fracaso, representó un símbolo de la lucha de los trabajadores y fue el origen del reconocimiento de la existencia de la clase obrera francesa con unos derechos. Desde 1884 hasta 1892 los sindicatos franceses se adaptaron a la política de partidos, hasta que en 1897, el anarquista Fernand Pelloutier (1867-1901) inició las Bolsas de Trabajo, una organización sindical encargada de registrar y denunciar las condiciones laborales de los distintos sectores, al tiempo que ofrecía a sus afiliados una amplia gama de servicios sociales. Este sindicato anarcosindicalista se enfrentó a los socialistas; en 1902 las Bolsas de Trabajo se fusionaron con la Confederación General de Trabajo (CGT), formando una federación de tipo anarcosindicalista; de esta forma el sindicalismo francés adoptó la vía revolucionaria hasta la llegada de la Primera Guerra Mundial. 

En cuanto a los partidos políticos, la celebración del Congreso Obrero Socialista de Marsella de 1887 mostró la división del socialismo francés y la existencia de tres grupos con varias tendencias. En el congreso de Lyon, en 1901 estas tres agrupaciones dieron lugar a dos partidos, el Partido Socialista de Francia, (PSDF), liderado por Jules Guesde (1845-1922), marxista, partidario de la lucha de clases, y el Partido Socialista Francés (PSF), dirigido por Jean Jaurés (1859-1914), que agrupaba a los reformistas. La unificación de estos dos partidos se consiguió en la Segunda Internacional. En el Congreso de París de 1905 se formó la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO) con carácter marxista. 

Jean Jaures y la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO)

  • Las sociedades mutuas y las sociedades obreras en España 

En España, con una industrialización tardía por las circunstancias políticas, las organizaciones obreras se orientaron más hacia las reivindicaciones salariales y sociedades de socorros mutuos que a una acción sindical organizada. A partir de 1830, sobre todo en Cataluña, surgieron pequeñas asociaciones con tendencias corporativistas o de resistencia, basadas en las ideas del socialismo utópico de Fourier, o Saint Simon. En 1840 se creó la primera agrupación obrera con fines reivindicativos, la Sociedad Mutua de Protección de Tejedores del Algodón, cuya existencia legal fue posible por una Real Orden de 1839, que admitía a las asociaciones de socorros mutuos. Fue ilegalizada en 1841 por Espartero, por su vinculación al republicanismo y por enfrentarse con los patronos. 

Las preocupantes noticias sobre las revoluciones europeas de 1848 hicieron que el Gobierno moderado de Narváez ilegalizara las sociedades obreras, que desde la clandestinidad organizaron huelgas como la que tuvo lugar en Sants, en 1854, extendidas a varias localidades catalanas. El levantamiento de O’Donnell contra los moderados en 1854, apoyado por los obreros, propició revueltas en las que se quemaron fábricas. Ese mismo año se fundó la primera confederación obrera en Barcelona, la Unión de Clases. En 1855 se fundó la Junta Central de la Clase Obrera, con una participación amplia de algodoneros. 

En 1868, ya en plena revolución, se creó la Dirección Central de las Sociedades Obreras de Barcelona. Poco después se fundó Las Tres Clases de Vapor, agrupación de tejedores, hiladores y preparadores de tejidos catalanes, que reivindicaba el aumento de salarios. Con el triunfo de la revolución, la nueva Constitución de 1869 reconoció el derecho de asociación, reunión y expresión, con mayor amplitud que ningún texto constitucional español hasta ese momento. 

Por otra parte las disensiones entre socialistas y anarquistas en la Primera Internacional terminarían con la separación de ambas tendencias, y el predominio en las distintas regiones españolas de una u otra opción ideológica. En 1870 se constituyó en España por los anarquistas la Federación Regional Española que en 1881 pasó a denominarse Federación de la Región de España. En 1910 los anarquistas fundaron en Barcelona su sindicato, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), integrando a agrupaciones sindicales menores de Cataluña y Valencia. En 1927 se fundó en Valencia la Federación Anarquista Ibérica (FAI), partido radical que intentó una alianza con los anarcosindicalistas de la CNT. 

La estancia del marxista Lafargue en Madrid determinó la creación de un grupo de élite obrera, inclinado hacia el marxismo en la capital. El grupo dirigido por los tipógrafos Pablo Iglesias, Anselmo Lorenzo y Francisco Mora entre otros formó la Asociación del Arte de Imprimir. En 1888, la asociación fundó en Barcelona el sindicato Unión General de Trabajadores (UGT), con un programa ambicioso de reivindicaciones salariales y de mejora de las condiciones de trabajo. Un año más tarde, se fundó por la misma asociación el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), dirigido por Pablo Iglesias, y unido a la UGT. Poco después el PSOE se adhirió como partido obrero a la Segunda Internacional. 

La organización obrera internacional 

  • La Primera Internacional 

La Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) se fundó en Londres el 28 de septiembre de 1864 y fue la culminación de contactos entre trabajadores británicos, franceses y exiliados en la capital inglesa (polacos, alemanes e italianos), para formar la primera organización obrera de ámbito internacional. La AIT sirvió para difundir las nuevas corrientes ideológicas al tiempo que fue el escenario de los enfrentamientos entre sus principales líderes. Participaron en su organización los teóricos más destacados de esta etapa, Karl Marx, Friedrich Engels, Mijaíl Bakunin, también Pierre Joseph Proudhon. Marx redactó el manifiesto inaugural y los estatutos de la nueva organización. 

Desde su constitución la AIT estuvo compuesta por sindicatos poco estructurados, pero también por revolucionarios o reformistas decididos a terminar con el capitalismo. 

Durante la década de los sesenta, las principales corrientes teóricas con una gran influencia en la Primera Internacional fueron las presentadas por Proudhon, Marx y Bakunin, defensor este último del anarcocolectivismo y sus respectivos seguidores. Los enfrentamientos entre los dos primeros se iniciaron desde el principio. Proudhon no era partidario de que los obreros tomaran parte en las luchas políticas, ni de la intervención del Estado en cuestiones laborales por considerar que esta intervención atentaba contra el derecho de libertad. Pensaba que le emancipación de los obreros debía hacerse de forma pacífica, con el desarrollo de mutualidades y asociaciones de ayuda; no era partidario del enfrentamiento con los patronos ni de la huelga. 

Los planteamientos de los marxistas eran totalmente distintos, creían necesaria la lucha política, la creación de un partido obrero para organizar a los trabajadores y conseguir el poder de formar revolucionaria. Sólo así sería posible terminar con el sistema económico del capitalismo, que permitía a los propietarios de los medios de producción adueñarse de la plusvalía producida por el trabajo de los asalariados. En sucesivos congresos las posturas de estos dos grupos se hicieron irreconciliables y terminaron con el triunfo de losmarxistas, que consiguieron entre otras cuestiones, la aprobación de la huelga como medio de lucha y la petición de una legislación laboral. 

A partir de 1869 los enfrentamientos fueron protagonizados por los seguidores de Marx y los de la Alianza de la Democracia Socialista, liderados por Bakunin. Los planteamientos ideológicos de los seguidores de este último eran radicalmente distintos de los marxistas; mientras los primeros, llamados autoritarios, defendían la lucha política para llegar a la conquista del Estado, los segundos, los antiautoritarios, eran partidarios de una lucha constante para crear una conciencia revolucionaria que conseguiría triunfar. 

También discrepaban en cuanto a la acción política, de la que Bakunin era enemigo; estaban en contra de cualquier organización estatal, tanto capitalista como la de un Estado obrero, defendido por Marx. Su ideal era llega a un Estado libre, formado por una federación de asociaciones autónomas, un sistema que se alejaba totalmente del autoritarismo. La Comuna de París (1871) fue otro punto de conflicto entre los dos líderes. La Comuna suponía para Marx el primer intento de control del poder por las masas obreras, mientras que para Bakunin era un símbolo de la insurrección antiestatal, y acusaba a los alemanes de provocar la contienda. La ruptura definitiva y la expulsión de Bakunin y sus seguidores tuvieron lugar en el Congreso de La Haya de 1872 y supuso el fin de la Primera Internacional. Los marxistas trasladaron la sede de la Internacional a Filadelfia (Estados Unidos), donde se celebró el último congreso. Los partidarios de Bakunin se reunieron en Saint Imier (Suiza), y acordaron continuar con su actividad, que siguió durante unos pocos años más. 

Marx y Bakunin

  • La Segunda Internacional 

En 1889, coincidiendo con el primer centenario de la revolución francesa, se reunieron en París los partidos socialistas, con la participación de anarquistas y decidieron constituir en Bruselas la Segunda Internacional. 

La influencia del pensamiento de Marx (que había fallecido en 1883) y de Engels, fue una constante en esta etapa, en la que participaron personalidades destacadas como Longuet y Lafargue (yernos de Marx), los alemanes Bernstein y Liebknecht, el austriaco Adler, el italiano Costa y el español Pablo Iglesias. 

Después de encendidos debates entre los anarquistas y los socialdemócratas alemanes, en los que los últimos defendían el apoyo a los regímenes parlamentarios, única forma que permitiría con el tiempo a los obreros llegar al poder, fueron excluidos los delegados no partidarios de la acción política. Los anarquistas quedaron fuera, siguiendo distinto camino que los socialistas. 

En esta nueva etapa de la Internacional, los delegados tomaron postura sobre las cuestiones planteadas en aquellos momentos: la colaboración con los partidos burgueses, el colonialismo y el peligro de la guerra. 

También en esta ocasión los congresos estuvieron jalonados por las disensiones entre las dos tendencias marxistas: la ortodoxa, liderada por los seguidores de Marx y de Engels y la revisionista que reclamaba, entre otras cuestiones, la colaboración con los partidos burgueses. La situación de los obreros había cambiado desde la Primera Internacional, en esos momentos se estaba superando la crisis del 1873 y los revisionistas querían abandonar la vía revolucionaria para emprender la de las reformas. La adopción del sufragio universal, la fuerza cada vez más creciente de los sindicatos y la mejora del nivel de vida de los obreros apoyaron la postura revisionista que se fue imponiendo desde principios del siglo XX. La Segunda Internacional terminó en 1914, al estallar la Primera Guerra Mundial. 

Los cambios sociales y los medios de comunicación 

La libertad de expresión, no sólo de palabra sino de imprenta, fue uno de los principales logros de la revolución liberal, plasmado en todas las constituciones liberales, que incluían generalmente un párrafo sobre la necesidad de evitar las trabas a su ejercicio. Gracias a esta libertad sería posible contener la arbitrariedad de los poderes públicos, y así, preservar todos los derechos de los ciudadanos. 

Se puede afirmar que en el único país donde existió, durante todo el siglo XIX, una prensa libre y crítica fue en Gran Bretaña, destacando como portavoz de su clase media el diario The Times, fundado en 1785. En el resto de los países europeos, a lo expresado en las respectivas constituciones se añadía un desarrollo legislativo con recortes importantes y un apartado con las sanciones, en caso de contravenir la ley, que llegaban hasta el cierre del periódico. 

La difusión progresiva de la prensa en el siglo XIX supuso un avance social sin precedentes. A final de siglo, el control de la información había dejado de estar en manos de un pequeño grupo de privilegiados; los periódicos de masas ocuparon un lugar muy destacado en el panorama de casi todas las naciones europeas, actuando como vehículo de movimientos políticos, sociales e ideológicos y como cauce de información de los avances científicos o de cualquier manifestación religiosa, cultural o artística. 

La amplitud de su alcance tuvo como límites el grado de alfabetización, con niveles muy bajos a finales del siglo XIX, aunque estas carencias se soslayaban, ante la gran curiosidad del público, mediante lecturas colectivas. Durante el siglo XIX, la lucha por democratizar todos los sistemas parlamentarios estuvo ligada al fortalecimiento y desarrollo del movimiento obrero. El reconocimiento del sufragio universal (masculino) se fue generalizando desde finales del siglo en todos los países europeos (Francia en 1884; España en 1890; Noruega en 1898; Austria en 1907) y su implantación trajo consigo el fortalecimiento de los partidos de masas y su importancia en la vida política. En este proceso la prensa desempeñó un papel fundamental, al dar a conocer los estados de opinión y analizar y difundir la situación en los distintos países. 

El primer diario publicado, titulado Daily Courrant, se fundó en 1702 en Gran Bretaña, país que promulgó la primera Ley de Prensa en 1785 y donde se iniciaron los periódicos de negocios a finales de la centuria. 

Durante todo el siglo XIX la prensa británica y de otros países como Francia y España tuvieron una gran actividad con publicaciones dedicadas sobre todo a tratar acontecimientos políticos, en forma de artículos y comentarios editoriales. 

Los avances en medios de transporte como ferrocarril, barco y telégrafo facilitaron de forma extraordinaria la recepción de las noticias y la difusión de la prensa. Los diferentes inventos permitieron incrementar la producción; las nuevas rotativas y la utilización de rollos de papel continuo permitiendo imprimir más ejemplares, abaratando los costes para llegar a un público mucho más amplio; a partir de mediados de siglo se crearon las primeras agencias de noticias y de publicidad para servir a los principales periódicos. 

Las nuevas técnicas utilizadas para reproducir grabados permitieron incluir ilustraciones y dieron lugar a un nuevo tipo de prensa, dedicada sólo al entretenimiento, con gran aceptación de los lectores, como la L’Ilustration, fundado en Francia en 1843, o Ilustración, Periódico Universal, que nace en 1849 o La Ilustración, editado en 1848 en España. 

A finales del siglo XIX irrumpió en el panorama periodístico, tanto de EEUU como en algunos países europeos, un nuevo tipo de prensa cuyo ejemplo más destacado fue The World, de Pulitzer. Destinado al consumo de masas, estos periódicos se vendían a bajo precio, abandonaban antiguas fórmulas y tenían un formato atractivo. Estas publicaciones producidas por grandes empresas con tiradas enormes y mucha publicidad, llegaban a un gran número de lectores y su aceptación las acabó convirtiendo en instrumento de gran influencia, que permitiría manipulaciones de todo tipo. La “prensa amarilla”, que es como se denominó a este tipo de periodismo sensacionalista, se caracterizaba por presentar y privilegiar noticias escabrosas y catastrofistas, enredos políticos y escándalos. Su máximo representante fue el periódico The New York Journal, del empresario y periodista William R. Hearst (1863-1951). Como contrapunto a la prensa sensacionalista surgió, en esa misma etapa, otra forma de hacer periodismo basada en el análisis exhaustivo de las noticias y en la investigación de los hechos. Entre éstos estaban The New York Times, creador de este tipo de prensa, Le Figaro, en Francia, Il Corriere della Sera, en Italia, El Imparcial y El Liberal en España. 

El protagonismo de las grandes ciudades 

El incremento de población originado con la Revolución Industrial se concentró principalmente en las ciudades. Por ello podemos decir que las ciudades son protagonistas de la historia del siglo XIX. La ciudad que existía antes de la Revolución Industrial frecuentemente estaba rodeada de murallas defensivas o muros fiscales. Lo que hoy conocemos como cascos antiguos constituían entonces este espacio. El crecimiento de la población fue mucho más rápido que el del encorsetado recinto. La escasez de suelo hizo que aumentara el número de personas por vivienda y el número de viviendas por edificio; aparecieron las casas de corredor, con deplorables condiciones higiénicas; se eliminaron los espacios abiertos, tales como huertas y jardines. Agotadas las posibilidades del recinto antiguo, aparecieron los ensanches, concebidos y planificados para la burguesía y las clases medias, que ocupaban de forma planificada los terrenos situados extramuros con el consiguiente derribo de las murallas. También fueron remodelados los espacios interiores con el trazado de nuevas vías de mayor anchura y el derribo de viviendas, generalmente de ínfimacalidad, sustituyéndolas por edificios modernos y suntuosos. 

Junto al urbanismo organizado apareció otro espontáneo que determinó inicialmente el crecimiento y después la anexión de los que se denominaba extrarradios, en los que, dado su mayor alejamiento de los cascos antiguos, los precios eran más bajos y la ocupación más rápida por clases populares y obreras alrededor de las industrias que se habían establecido en ellos. Surgieron en las cercanías de la gran urbe y la rodearon con una corona de núcleos industriales que habían engullido con rapidez lo que poco antes habían sido pequeñas aldeas. Fueron quizá éstas las que fundamentaron las más acerbas críticas de los opositores al industrialismo y su acompañamiento de hacinamiento, insalubridad, marginalidad, deshumanización, etc. 

Tuberculosis, tifus y cólera eran azotes que ponían en peligro a todos los pobladores, incluidos los de las clases pudientes. Estos problemas no eran tan nuevos, ya en las aglomeraciones urbanas del siglo anterior se venían registrando crisis sanitarias y elevados índices de mortalidad. Lo más novedoso era que el progreso había alcanzado un nivel de conocimientos técnicos capaces de encontrar nuevas soluciones. 

Mediante un informe de Chadwick, en el que se toma conciencia del problema, el Parlamento inglés aprueba la Ley de Salud Pública por las que se adoptaron regulaciones de gran transcendencia en la mejora de la sanidad pública: se separan las redes de abastecimiento y vertidos de agua, se adecuó el ancho de las calles con la altura de las edificaciones, etc. Las reformas consiguieron resultados, las tasas de mortalidad disminuyeron y llegaron a situarse por debajo de las del medio rural. 

Desde el punto de vista económico se produjo una acumulación de capital sin precedentes, y un proceso de especulación con el suelo y la construcción de viviendas. Políticamente, las concentraciones urbanas fueron un excelente caldo de cultivo para que la nueva clase proletaria emergente tomara conciencia de sí misma. También fueron las grandes ciudades escaparates privilegiados en los que se exponían con orgullo los logros materiales e intelectuales alcanzados por el país y se proponían las nuevas líneas de progreso. 


  •  Londres 1851 

Entre el 1 de mayo y el 15 de octubre en 1851 se celebró en Londres la “Great Exhibition of the Works of Industry of all Continents”, la primera exposición mundial, a la que fueron invitadas a participar todas las naciones del mundo. Con ella quiso mostrar Inglaterra su liderazgo mundial en cualquier actividad industrial. Para albergarla se construyó el “Palacio de Cristal” en “Hyde Park”. El área ocupada por la muestra fue de 0,1 Km2 y el número de visitantes alcanzó los 6 millones. Con la coronación de la reina Victoria, en 1837 había comenzado la época de mayor esplendor y apogeo británicos. Londres, como pionera, había tenido que ir resolviendo sobre la marcha los problemas surgidos del cambio originado en la Revolución Industrial. No había existido una autoridad central capaz de imponer una planificación estudiada, promotores particulares habían ido obteniendo permisos del Parlamento para desarrollar grandes planes urbanísticos y cobrar tasas para compensar sus inversiones, consiguiendo los correspondientes beneficios por su actividad. Londres fue el producto urbano del liberalismo económico. 

Como resultado existían, junto a barrios todavía abigarrados y miserables, otros que exhibían los más refinados edificios, amplias plazas y deliciosos parques. Fueron otras ciudades seguidoras las que, basadas en la previa experiencia londinense, pudieron realizar un crecimiento más planificado. La “expo” consiguió un gran éxito; la feria produjo unos beneficios con los que se pudieron construir los museos de Ciencias, Historia Natural y Victoria y Alberto. 

El condado de Londres se extendía por 300 km2. Esta dispersión de la población fue posible por la red de transporte público. En 1829 se habían introducido los ómnibus y diez años después el tendido de vías introdujo los tranvías de tracción animal; los ferrocarriles de cercanías se desarrollaron a partir de 1830. El gran avance se produjo con el metropolitano que comenzó en 1865, inicialmente con tracción por vapor, siendo posteriormente electrificado en la última década del siglo y la primera del siguiente. 

El sector económico industrial no era el preponderante en la capital; eran otras ciudades británicas como Manchester o Birmingham las que acogían a las grandes factorías. Londres era la capital política de un gran imperio y su actividad se dedicaba a los servicios centralizando el comercio y las finanzas. Las finanzas residían en “La City” que con una extensión de unos 3 km., acogía desde 1801 a la moderna bolsa de Londres, a las más importantes firmas bancarias y a los mercados mundiales de materias primas. Aquí se encontraba el auténtico centro del poder mundial que todavía hoy en día compite con Nueva York. También se desarrolló una significativa actividad industrial en alimentación, muebles, joyería y artículos de lujo en general. 

Expo universal de Londres de 1851

  • París 

Un decreto imperial de 1864 disponía que entre abril y octubre de 1867 se celebraría en París la cuarta “Expo mundial” con el nombre de “Exposition unirverselle d’Art et d’industrie”. En París ya se había celebrado la de 1855 y otras tres más tendrán lugar hasta fin de siglo (con motivo de la del 89 se erige la Tour Eiffel), lo que mostraba que la capital era una ciudad bien publicitada. Presidia la comisión encargada del evento el príncipe Jérôme Napoleón. Ocupaba un total de 69 hectáreas, la mayoría en el Campo de Marte, que se aplanó para construir un inmenso edificio oval de 500 por 400 m. La exposición acogió expositores de 41 países y recibió a 15 millones de visitantes lo que representó un auténtico éxito. 

Económicamente, el balance no fue tan brillante, de los 6 millones de dólares gastados más de la mitad fueron fondos aportados y no recuperados por la ciudad de París y el gobierno de la nación. 

En septiembre de 1848 había regresado a París, desde su exilio en Londres, Luis Napoleón Bonaparte (1808-1873). Al final de ese mismo año ocupó la presidencia de la república francesa y en 1852, mediante un golpe de Estado, accedió al trono del Segundo Imperio francés con el nombre de Napoleón III. Bajo su mandato, Francia conoció una etapa de prosperidad. El nuevo emperador había gozado de una cierta fama de positivista y tecnócrata que al parecer se afianzó durante su exilio londinense. Esta experiencia influyó notablemente en muchas de sus posteriores decisiones, que significaron para la capital la mayor transformación de su historia. Luis Napoleón era plenamente consciente del retraso que, en relación con Inglaterra, mostraba la industrialización francesa y de los problemas de su capital. 

La industrialización de Francia había comenzado con el siglo, pero su progreso era lento por falta de continuidad causada por los innumerables conflictos políticos y consiguientes crisis. En la capital se habían construido algunos monumentos, realizado reformas y puesto en servicio el primer ferrocarril de cercanías en 1837, pero aún predominaba intramuros su antiguo trazado medieval. El jacobinismo triunfante en la revolución había favorecido un desarrollo de la ciudad centralista y autoritario. Como resultado, mediado el siglo, la ciudad mantenía un insalubre y miserable centro histórico de muy alta densidad de población.

Durante todo el siglo se habían producido disturbios que, en opinión del emperador, se habían visto favorecidos en su desarrollo por las dificultades que las fuerzas represoras habían encontrado para maniobrar entre el laberinto de calles estrechas y sofocarlos. El emperador encomendó a su prefecto del Sena, barón Haussmann (1809-1891), que ejecutara los cambios necesarios para convertir a París en la ciudad más bella del mundo. Se derribó gran parte de la degradada ciudad antigua y se trazaron geométricamente amplias avenidas y bellos bulevares. La simetría y las grandes perspectivas que perduran hasta hoy en día son el resultado de este plan. Se construyeron cuatro grandiosos puentes sobre el Sena, se reconstruyó el antiguo mercado central de Les Halles y modernos edificios públicos. Se desarrolló el sistema de canalizaciones para abastecimiento y evacuación de aguas. La nueva burguesía reocupó el centro de la ciudad y la embelleció con hermosos edificios neoclásicos. 

La derrota ante Prusia, la consiguiente caída del emperador y la Comuna pusieron fin a este período, pero el país había conseguido en 20 años recuperar parte del retraso industrial que tenía con respecto a Inglaterra, y se había dotado de una moderna red bancaria y comercial. 

Exposición universal de 1867 en París

  • Chicago 

La “World’s Columbian Exposition”, decimotercera de las “Expos”, tuvo lugar en Chicago entre mayo y octubre de 1893. Con ella se conmemoró el 400º aniversario del descubrimiento de América. La adjudicación se había resuelto en puja frente a las ciudades rivales de Washington, Nueva York y Filadelfia. 

La ciudad de Chicago había mostrado un interés especial en acoger esta exposición, presumiblemente para mostrar y completar su recuperación tras el incendio sufrido en 1871 que había destruido más de un tercio de la ciudad, incluida la totalidad del centro comercial. Su elección se debió en parte a haber ofrecido una garantía de 10 millones de dólares. 

El desarrollo de Chicago fue representativo del experimentado por los EEUU en el siglo XIX, incluso superando en espectacularidad al protagonizado por el país en su conjunto. Su existencia como ciudad en el Estado de Illinois comenzó en 1837 con unos 4.000 habitantes, 20 años después contaba con más de 90.000. La existencia y el crecimiento de la ciudad se inscriben en el proceso de “la Conquista del Oeste” que marca el destino de los EEUU. Su papel vino dictado por su estratégica situación geográfica en la divisoria que separa las aguas del valle del Misisipi de las de los Grandes Lagos. La apertura de canales para la navegación entre cuencas, en sinergia con el desarrollo del ferrocarril, hizo de Chicago el núcleo central del transporte entre el este y el oeste del país. Apoyada por el transporte también se desarrolló la industria y con ella el comercio de materias primas y productos terminados. Mineral de hierro, maderas y ganados alimentaban altos hornos, mataderos y todo tipo de industrias manufactureras. 

Cuando en 1871 se produjo el incendio, ya contaba Chicago con más de 300.000 habitantes. La reconstrucción fue rápida y atrajo a numerosos y cualificados arquitectos de todo el país. Las ordenanzas antiincendios emitidas determinaron la aplicación de nuevos materiales de construcción, que entre otros efectos dieron lugar a la aplicación de estructuras metálicas que permitieron elevar en 1885 el primer rascacielos. Otros veinte se construyeron en el distrito central y sirvieron como ejemplo a seguir por el resto del país. En 1889 se produjo la anexión de numerosos suburbios. A finales del siglo la población había alcanzado la cifra de 1.700.000 habitantes. 

Gran incendio de Chicago en 1871

La iglesia católica y el mundo moderno 

La Iglesia católica mantuvo muchos frentes abiertos durante el siglo XIX, en correspondencia con su múltiple papel como propietaria de grandes extensiones territoriales en muchos países, liderazgo en la enseñanza y pretendido monopolio en la interpretación de textos sagrados e incluso en la extensión de la validez de dichos textos a materias no religiosas. Desafiando su poder y autoridad en estos campos surgieron y se extendieron de modo imparable nuevos enfoques. En política y economía se fueron imponiendo las doctrinas del liberalismo y del socialismo, los nuevos poderes nacionales confiscaron y vendieron propiedades eclesiásticas. Las disciplinas científicas y la filosofía positivista desplazaron a la escolástica y propusieron y justificaron nuevas explicaciones del universo, del origen del hombre e incluso la historia comenzó a utilizar el método científico. Tales explicaciones se hicieron depender de los hechos observables y de la razón humana y no de la supuesta autoridad de quien las proponía ni de especulaciones basadas en los textos sagrados. 

Para la Iglesia católica, el siglo XVIII se cerró con la muerte del papa Pío VI en su cautiverio francés de Valence-sur-Rhône en 1799. El poder político del papado no había estado tan deteriorado desde el cisma de Aviñón. Pero, a pesar del entusiasmo revolucionario, la fe católica seguía siendo la mayoritaria en la conciencia de los franceses y también Napoleón estaba coyunturalmente necesitado de consolidar unas relaciones más estables entre los poderes político y religioso, en su afán de cerrar el período revolucionario y pasar de primer cónsul a emperador. Esta estabilidad se plasmó en los acuerdos recogidos en un concordato que Bonaparte firmó con Pío VII en julio de 1801. Entre estos acuerdos podemos destacar la garantía de libertad de culto para la fe católica en Francia; el clero recibiría del Estado la adecuada ayuda económica, pero los bienes eclesiásticos expropiados y vendidos durante el período revolucionario no serían devueltos. 

Con posteridad, las relaciones se deterioraron, dando lugar a una nueva ocupación de Roma por tropas francesas y a la anexión de los Estados Pontificios por Francia. El alineamiento contra Napoleón de Pío VII, determinó que el Congreso de Viena de 1815 restituyera al papado los Estados Pontificios. La diplomacia vaticana explotó con éxito las condiciones peculiares que se dieron en cada Estado y se fueron firmando con las distintas potencias europeas, tanto católicas como protestantes, sucesivos acuerdos concordatarios. En ellos se fijaron los derechos y obligaciones de las partes; Roma se vio forzada a reconocer la pérdida definitiva de sus anteriores posesiones materiales en los diversos países, que habían sido antes expropiadas y vendidas con diversos fines, obteniendo a cambio una subvención para culto y clero. También y dependiendo de cada caso, consiguió ciertas ventajas como el reconocimiento preferente de la religión católica, de sus instituciones (matrimonio religioso), manifestaciones públicas (procesiones), o para la enseñanza pública y privada. 

Esta situación se prolongó con altibajos y entreverada de revueltas, predominantemente influidas por patriotas italianos hasta que en 1870, tras la derrota y abdicación de Napoleón III, perdió el papado la protección francesa, y con la toma de Roma se completó la unificación italiana. El Papa, que se negaba a reconocer la situación política, se vio forzado a permanecer encerrado en el Vaticano. Por los tratados de Letrán de 1929, Italia se declaraba oficialmente católica y devolvía finalmente la soberanía política al papado, aunque limitada a la Ciudad del Vaticano. 

La Iglesia católica fue flexiblemente sorteando con habilidad los desafíos de poder de los nuevos tiempos, consiguiendo un relativo éxito. Pero no eran menores los retos que se derivaban del cambio cultural, las doctrinas políticas, el avance científico y todo lo que se denominó el “modernismo”. En este campo la Iglesia fue de extremada rigidez, condenando cuanto pudiera oponerse a su doctrina tradicional. El principal instrumento utilizado por los papas para mostrar su oposición a los “errores doctrinales” fueron las encíclicas papales. 

Un temprano intento de conciliación de principios liberales con la doctrina católica lo encabezó Felicité de Lamennais (1782-1854), sacerdote francés comprometido con la enseñanza, que fundó en 1830, junto con un grupo de entusiastas católicos liberales, el diario L’Avenir. En él se defendieron principios democráticos como el sufragio universal, la separación de la Iglesia y el Estado, las libertades de prensa, educativa, religiosa, etc. El intento agraviaba tanto al poder civil como al Vaticano. En 1832 Gregorio XVI emitió la encíclica Mirari vos, condenando los intentos de conciliación de la doctrina católica con los principios liberales derivados de la revolución francesa. 

La encíclica que podemos considerar más representativa sea la Quanta cura, emitida en 1864 por Pío IX, y especialmente el Syllabus Errorum que la acompaña a modo de apéndice y recoge un catálogo de los principales errores de la época, en 80 proposiciones divididas en 10 capítulos y que produjo una notable conmoción al chocar frontalmente con los intentos conciliadores de los católicos liberales de muchos países (algunos gobiernos prohibieron su publicación). Se consideraron erróneas todas aquellas tesis que abogaran por la separación de la Iglesia y el Estado, defendieran la libertad del hombre para elegir la religión de acuerdo con su razón… En definitiva, sólo al magisterio eclesiástico correspondía la última palabra en cualquier materia incluidas las científicas y se negaba todo progreso humano que pueda contradecir a una revelación divina que se considera perfecta, completa y desprovista de todo tipo de error. En paralelo, se reforzaba la autoridad papal en los asuntos pastorales, que culminaba con la declaración de la infalibilidad por el Concilio Vaticano de 1870. 

En la última década del siglo se acuñó el término modernismo como referencia a una corriente de eruditos católicos que sostenían que los autores de los textos sagrados y doctrinales fueron influidos por las creencias y concepciones de la época en que vivieron y que los dogmas e instituciones derivados de tales escritos podían y debían ser revisados a la luz de los nuevos conocimientos

martes, 15 de diciembre de 2020

LOS SOLIDARIOS

Los “Solidarios”, también conocidos como el “Crisol”, fue un grupo armado formado por anarquistas españoles creado para hacer frente a la represión gubernamental contra el movimiento obrero anarcosindicalista de Barcelona.

Se les atribuyen atracos a bancos como el del Banco de España (septiembre de 1923) o el asesinato del cardenal zaragozano Juan Soldevila y Romero (1923).

Después de este hecho y con la presión de la dictadura de Miguel Primo de Rivera, Durruti, Ascaso y otros miembros huyeron a Francia primero y después a América Latina, donde se les imputan más atracos.

Volvieron a Europa estableciéndose en Francia donde vivieron clandestinamente después de ser acusados de intentar asesinar al rey Alfonso XIII en una visita a París.

Expulsados finalmente del país se establecieron en Bélgica, donde les fue permitida la residencia. Con la proclamación de la Segunda República Española (1931) algunos de los miembros que habían podido volver a Cataluña deciden ingresar en la FAI con el nombre de “Nosotros”, aunque con posiciones más radicales que las de la federación. Al declararse la Guerra Civil Española el grupo deja de actuar como tal.


Tres flores surgieron en España, flores de libertad
Tres anarquistas, tres antifascistas, tres libertarios
Durruti, Ascaso, García Oliver

tres quijotes contras los gigantes de la necedad
tres héroes de la clase obrera, tres héroes proletarios
tres rebeldes luchando contra el Poder

Presionados por los capitalistas y la dictadura de Primo de Rivera
siempre lucharon por la libertad frente al fascismo
siempre con la solidaridad obrera por bandera
siempre por el comunismo libertario y el antiautoritarismo

siempre en primera fila defendiendo a la clase obrera
frente al fascismo y a toda autoridad
tres rosas rojinegra que destacan en la rosaleda
regadas con la sangre de la libertad





jueves, 23 de julio de 2020

CENTURIA MALATESTA

El Batallón de la Muerte o Centuria Malatesta fue una de las columnas anarquistas e internacionalistas más espectaculares y conocidas. Formada por italianos exiliados en Francia, causaron gran impresión en su desfile por Barcelona, en marzo de 1937, a causa de sus uniformes negros, cuya apariencia recordaba a los utilizados por los fascistas italianos.

Aquella mañana, exhibieron una de sus banderas, negra con una calavera y huesos cruzados (que recuerda a otra de los rusos anarquistas, décadas antes, de Bandera Negra), lucieron impecables jerseys negros de cuello alto, uniformes verde-oliva con correaje, boina negra e insignia con una calavera y un puñal en el cinturón.

Su origen estaba en un battaglione organizado por el anarquista italiano Nicola Menna, al que se unieron libertarios italianos venidos a Barcelona con motivo de la Olimpiada Popular.

El Batallón de la Muerte fue acuartelado y entrenado en un Castillo de Santa Perpètua cerca de Barcelona que después fue convertido en un Colegio de protección de menores femenino de la Diputación actualmente es propiedad de la Generalitat y lo usan para albergar refugiados.

El Batallón, concebido como una unidad meramente de asalto, debía estar supeditado solamente al Mando Central de las Milicias Antifascistas de Cataluña.

Según el llamado a formación del batallón, sus integrantes deberán demostrar “…actitud para lanzamiento de bombas de mano y usar el puñal” además de vestir “…un traje especial e irán armados de mosquetón, puñal bien afilado y granadas de mano”. Como apoyo a las tropas de asalto del batallón también se organiza una sección de ametralladoras con la misión de “…atacar y ocupar la posición que el Mando considere como difícil, actuando posiblemente de noche y por sorpresa”. Para febrero de 1937 todo el batallón se encontraba recibiendo instrucción militar en el castillo cercano a Barcelona bajo una estricta disciplina que se establecía en su reglamento y con el objetivo de triunfar contra el fascismo: “Todo miliciano -dice el último artículo del Reglamento- que acepte formar parte del Batallón de la Muerte, tendrá que acatar, sin discusión alguna, las órdenes de los directivos del batallón, imponiéndose por sí mismo la disciplina revolucionaria necesaria para el triunfo de la lucha contra el fascismo”. Luego de un mes de entrenamiento, el Batallón de la Muerte prepara un desfile para presentarse ante el pueblo de Barcelona y el 14 de marzo de 1937 formado en la Avenida 14 de abril comienza a marchar con todas sus unidades hasta alcanzar la Plaza de la República donde los esperan Lluís Companys, presidente del gobierno catalán, y sus consejeros Josep Terradellas y Diego Abad de Santillán. Ya en el Palau de la Generalitat, los miembros del batallón prometen ante Lluís Companys y Cándido Testa sacrificar sus vidas hasta aplastar al fascismo.




En aquellos momentos ya se había decretado la formación del Ejército Popular, la Generalitat seguía con la formación de su ejército propio, el Exercit de Catalunya, las milicias Confederales mantenían el frente junto a las Marxistas y Nacionalistas...Se pretendió dar un golpe de efecto con la creación de una unidad autónoma, anarquista y llena de esa acometividad que los estrategas de retaguardia, echaban a faltar a las milicias anarquistas.

A finales de Marzo del 37 hizo su presentación desfilando en el Paseo de Gràcia y la Plaza de Catalunya de Barcelona luciendo sus elegantes uniformes, y enarbolando el lema “sin Dios ni amo”. Vestían jerseys negros de cuello alto, uniformes verde-oliva con correaje, boina negra e insignia con una calavera, y un puñal en el cinturón. 

Para finales de marzo de 1937 el Batallón de la Muerte ya se encontraba en el frente de Aragón para entrar en combate e interviene en las batallas de Almudévar y Montalban donde son derrotados. La única acción bélica de relevancia en la que participaron fue la ofensiva sobre Huesca en Junio del 37 donde realizaron un pésimo papel, encuadrados en la 125 BM de la 28 División , resultando heridos o muertos muchos de ellos.

Nuevamente reagrupados, los miembros del Batallón de la Muerte son enviados a participar del asalto de la ermita de Santa Quiteria, en la zona de Tardienta, donde son duramente repelidos y diezmados. Ante estas derrotas Cándido Testa regresa a Barcelona y el mando del Batallón pasa a manos de Fausto Nitti mientras el anarquista italo-argentino es nombrado jefe del Estado Mayor de la 153° Brigada Mixta, de la cual forma parte el Batallón. Sin embargo, para octubre de 1937 cuando las milicias se integran al Ejército Popular de la República, el Batallón de la Muerte es disuelto y sus miembros se encuadran en la 32 División “Batallón Garibaldi” de la 142° Brigada Mixta.

Manuel Pilares. Centuria Malatesta



Al no saber qué hacer con la Centuria Malatesta, se le junta al batallón vasco evacuado del Frente Norte, a los nacionalistas catalanes de la Columna Pi Suñer, reconvertida en batallón y con las tres unidades se forma la 142 Brigada, la “Vasco Pirenaica”. En esta variopinta unidad, el Batallón de la Muerte, ya privado de toda su idiosincrasia, sigue la contienda brevemente, pues en Octubre se disuelve la 142 y sus componentes se reparten por la 32 División.

En 1937, el Gobierno de la República ordenó destruir todas las instalaciones de Altos Hornos de Vizcaya para evitar que cayeran en manos del ejército de Franco.

La Centuria Malatesta, después de volar los depósitos de armas de la margen derecha y todos los puentes sobre la ría, se dirigió con explosivos a la empresa para cumplir la orden.

El PNV se adelantó y mandó al batallón Gordexola a defender a tiros los Altos Hornos, con el argumento de que cumplir la orden de la República perjudicaría la recuperación de la economía vasca.

La Centuria Malatesta fue rechazada por los gudaris del PNV.

Poco después de caer Bilbao y sus alrededores en manos de los sublevados, Altos Hornos de Vizcaya comenzó a fabricar de manera masiva material de guerra para el ejército de Franco.

Los gudaris del PNV se retiraron a Santoña para entregarse a los fascistas italianos, mientras los milicianos de las demás organizaciones siguieron combatiendo allá donde pudieron.



martes, 19 de noviembre de 2019

HOMENAJE A BUENAVENTURA DURRUTI

Buenaventura Durriti (León, 1896 - Madrid, 1936) fue un dirigente anarquista español y una de las figuras legendarias del anarquismo. Hijo de un obrero de ideología socialista, trabajó desde los catorce años como mecánico ferroviario en León. En 1913 se afilió en la sección metalúrgica de la Unión General de Trabajadores (UGT). Tras participar en la huelga revolucionaria de agosto de 1917, hubo de exiliarse a Francia.

Era el segundo de ocho hermanos. El padre de origen vasco (de Lapurdi) era un curtidor que junto a su hermano Ignacio participan en la huelga que este gremio protagonizó en 1903 en León para reivindicar la jornada de 10 horas. Las condiciones en las que vivían ‘Los Durruti’ como la de muchos otros trabajadores de León eran deplorables por aquellos años, se siente impresionado por las condiciones de vida de aquellos hombres que recogían colillas del suelo para poder fumar (así lo relató su hermano Santiago al escritor leonés Julio Llamazares, autor entre otras obras maestras de “Luna de lobos” llevada al cine): Se puso a trabajar en una huerta de Santa Ana y vendió los melones con los que le pagaron para comprarles tabaco, les llevó las cajetillas, y en presencia del maestro proclamó: «Lo más triste de un hombre es trabajar toda la vida y llegar a viejo sin recursos y tener que ir a un asilo de mendicidad para vivir malamente. Yo, como soy chico, pido a mis maestros, que me eduquen como mejor sepan para poder ser útil a los trabajadores» (La entrevista es recogida en el libro ‘Los Durruti’; apuntes sobre una familia de vanguardia de José Antonio Martínez Reñones).

A los 14 años deja de ir a la escuela y empieza a trabajar en el taller de Melchor Martínez, iniciándose en la mecánica y en el socialismo de conciencia -su hermana Rosa contó que venía con un real a casa y decía: «Madre, mire lo que la traigo; mientras ellos se enriquecen mire usted lo que la traigo» (Relata Wenceslao Álvarez Oblanca en la Historia del anarquismo leonés). Cumplidos los 20, en 1916, ingresa en el Depósito de Máquinas del ferrocarril, el empleo le dura poco, fue despedido tras la huelga de 1917. Hubo 200 detenidos en toda la provincia. De los mil ferroviarios que se presentaron a trabajar tras terminar la huelga sólo fueron admitidos seiscientos. José Buenaventura Durruti se estrena por primera vez como preso en la cárcel de León. Esta experiencia refuerza su conciencia. No tardó mucho en comprender que las huelgas y manifestaciones pacíficas no son suficientes para hacer avanzar reivindicaciones, causa e historia de clase; que los banqueros, terratenientes y grandes empresarios de la industria y el Estado representan la explotación, la supeditación de una clase sobre otra. Tras su salida marcha a Asturies y al poco tiempo a Francia para no hacer el servicio militar. A partir de este momento su vida es un peregrinaje de país en país y de cárcel en cárcel. Regresa en 1919, vuelve una vez más a Asturies, empleado como mecánico en La Felguera, uno de los núcleos industriales más importantes de la época. Allí conoce a ‘El Toto’, el leonés Gregorio Martínez Garmón, de Santa María del Páramo que le informa de los progresos del sindicato en la provincia con Laurentino Tejerina a la cabeza, mientras otro leonés Ángel Pestaña impulsaba su expansión en Barcelona; así es como entra en contacto y afilia a la CNT.

A su regreso a España en 1920, se estableció en Barcelona e ingresó en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Junto a Ricardo Sanz, Francisco Ascaso y Joan García, entre otros, fundó en 1922 el grupo anarquista Los Solidarios, al que se atribuiría en 1923 el atentado contra el cardenal y arzobispo de Zaragoza Juan Soldevila. Su objetivo era luchar contra las bandas armadas dirigidas por los empresarios catalanes. El grupo intervino en un atraco contra la sucursal del Banco de España en Gijón, en el que fue detenido Francisco Ascaso, quien fue liberado pocos días después por Durruti y sus colaboradores.

Durruti formuló una teoría de la revolución social basada en el golpe de estado insurreccional, a cargo de grupos de combate minoritarios. Con el advenimiento de la dictadura de Primo de Rivera, Durruti y Ascaso viajaron a Argentina y a otros países de Hispanoamérica (1924-1925); mediante atracos entendidos como activismo revolucionario, reunieron durante ese periodo fondos para las agrupaciones anarquistas. De nuevo en Europa, se radicaron en Francia. En 1927 fueron detenidos al descubrirse sus planes para secuestrar a Alfonso XIII. Expulsados de España el año siguiente, viajaron a Berlín y se establecieron en Bélgica en 1929. 

Al proclamarse la Segunda República (1931), se instaló en Barcelona e impulsó la Federación Anarquista Ibérica (FAI). Opuesto a la consolidación de la República parlamentaria y a los sucesivos gobiernos republicanos, participó activamente en las revueltas anarquistas de 1932 y 1933, y en la fracasada revolución de octubre de 1934. Esta experiencia le llevó a defender el no boicot de la CNT a las elecciones de febrero de 1936; la participación mayoritaria de los afiliados contribuiría a la victoria del Frente Popular.

La vida de Durruti transcurre agitada de un lado a otro hasta el inicio del golpe, varias veces en la cárcel de donde se escapa acusado de varios atentados, viaja por Latinoamérica, socializa dinero para ayudar a los presos anarquistas, es confinado en Canarias, detenido en Francia… Entre tanto y tanto se casa y tiene una hija. Según cuentan vivían en una casa de miseria que solo tenía una mesa, dos sillas y una cama sin colchón, a la que ponían una manta sobre el somier para dormir. Durruti tiene que enfrentar grandes apuros económicos, en aquella época nadie le da trabajo por estar en la lista negra; por fin su compañera logra trabajo en un cine, él queda al cuidado de las labores de casa, la niña… en esa situación le encuentran algunos compañeros que preguntan al respecto más de una vez al propio Durruti cuya respuesta fue extraordinariamente clara: “Cuando mi compañera va a trabajar, yo limpio la casa, hago las camas y preparo la comida. Además, baño a la niña y la visto. Si crees que un anarquista tiene que estar metido en un bar o un café mientras su mujer trabaja, es que no has comprendido nada”. Otra de las respuestas en que muestra su marcada clarividencia fue: “Los trabajadores saben perfectamente que los ladrones no se levantan a las seis de la mañana. Los verdaderos ladrones, aquellos que se lucran del robo de nuestro trabajo, son los hijos de puta burgueses”.

Con el estallido de la Guerra Civil, dirigió las fuerzas anarquistas en Barcelona durante los combates del 19 de julio de 1936. Promovió el Comité de Milicias Antifascistas y encabezó una columna de milicianos que fue enviada al frente de Aragón para tomar Zaragoza. Durante los primeros meses en que se desencadena el golpe fascista la tensión genera sus contradicciones internas en toda la izquierda acelerando continuos choques y enfrentamientos. La respuesta a la situación exige más conocimiento, compromiso, capacidad y entrega. Contradicciones que por igual se dan entre la dirección de la FAI, y el propio Durruti, que exigía que se enviaran todas las armas al frente; mientras que los “jefes faístas” preferían dejarlas en la retaguardia (Tanto la CNT como la FAI deciden al parecer considerar que sus principales cuadros no deben ir al frente sino que tienen que conservarse para pugnar con los restantes partidos políticos una vez vencido el golpe militar). Según el escritor leonés, de tendencia anarquista, Diego Abad de Santillán "Primaba el propósito del reparto de la piel del oso, antes de darle caza"

Durante su avance hacia la capital aragonesa procedió a la colectivización de los territorios recuperados, pero no logró entrar en Zaragoza, poco pudieron hacer allí sin artillería ni tanques, se cuenta que fueron colectivizando pueblos, pero la prioridad para Durruti era parar el fascismo y vencer el golpe militar. 

El 5 de agosto de 1936,  Buenaventura Durruti dio su famosa entrevista "Nuevo mundo en nuestros corazones" poco después del estallido de la guerra civil con el periodista Pierre Van Passen.

Esta es la cita completa: “Siempre hemos vivido en barrios bajos y agujeros en la pared. Sabremos cómo acomodarnos por un tiempo. Para ti no debes olvidar que también podemos construir. Somos nosotros quienes construimos estos palacios y ciudades, aquí en España y América y en todas partes. Nosotros, los trabajadores. Podemos construir otros para tomar su lugar. Y mejores. No tememos en absoluto a las ruinas. Vamos a heredar la tierra; no hay la menor duda al respecto. La burguesía podría destruir y arruinar su propio mundo antes de abandonar el escenario de la historia. Llevamos un mundo nuevo aquí, en nuestros corazones. Ese mundo está creciendo en este minuto ".

En noviembre se trasladó a Madrid para apoyar la defensa de la capital ante la ofensiva de las tropas sublevadas. Al mando de una columna de dos mil milicianos, defendió el sector de la Ciudad Universitaria cercano al hospital Clínico, que terminaría sin embargo cayendo en manos de los nacionales. El 20 de noviembre murió de un disparo que había recibido el día anterior mientras inspeccionaba las zonas de combate, en circunstancias confusas. Convencidos de que a Durruti le asesinaron, no fue un accidente dice, se sospecha de Manzana, un sargento que tenía como lugarteniente en su propia columna y de cuyo fusil salió el disparo que le rozó el corazón… tenía algo importante que ocultar para perderse en el exilio en México tras la guerra. Su sepelio en Barcelona congregó a una inmensa multitud.

Por las calles y las plazas de Madrid
va el entierro de Durruti Buenaventura
camino de Barcelona y una comitiva de camaradas
silenciosos le despiden con los puños levantados

murió el hombre y nació el mito ¡Recordad y resistid!
Buenaventura Durruti, pelo en pecho, barba dura 
caído defendiendo la libertad en las barricadas
frente al fascismo y a sus aliados

fusil en mano, rodilla en tierra
defendiendo la libertad y a sus camaradas 
se basó en el espíritu libertario y el sacrificio voluntario
su procesión fúnebre enmudeció mente y corazón

Barcelona en Negro y Rojo, camaradas y compañeros en la guerra
vio una afluencia de 500.000 almas - grandiosa - en la Vía Layetana
gente que no olvida y recuerda al camarada libertario
siempre consecuente, siempre fiel al pueblo y a la Revolución

Buenaventura Durruti

sábado, 8 de marzo de 2014

FALDA ROJINEGRA

Querida compañera,
siempre presente en mi memoria
fiel e indomable guerrera
inolvidable en la historia

en tus manos, las armas se ennoblecieron
y en el vuelo de tu falda rojinegra
que muchos tomaron por bandera
los ideales pervivieron

cientos de siglos nos separaban
hasta que la pólvora obró el milagro
y nuestros cuerpos se juntaban
en algo extraordinario

porque ni yo soy tuyo
ni tú eres mía
solos juntos
supimos hacernos compañía

Siempre eterna guerrillera, siempre libertaria
siempre madre, hermana, compañera de revolucionarios
siempre en la vanguardia
siempre guerrillera indispensable en el actual escenario