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lunes, 13 de julio de 2026

ARTE Y PODER EDAD MODERNA. LAS ACADEMIAS DE BELLAS ARTES

INTRODUCCIÓN

La aparición de las academias de bellas artes durante el renacimiento y su desarrollo en el siglo XVII y sobre todo XVIII, se halla en estrecha relación con el complejo profesional de los gremios y hasta con el debate sobre la nobleza de las bellas artes, impulsado por los grupos vientos culturales. Tras este escenario se hallaba el deseo de los artistas por adquirir prestigio y con él poder, consideración social, encargos, más dinero, exención de impuestos... es decir una mejor forma de vida. Todo parece conducir a la lucha por la vida misma, por subsistir a un nivel tanto colectivo como individual de la mejor forma posible; y quizás lo que los artistas realmente deseaban alcanzar era una consideración social máxima, comparable con la que ya gozaban los estamentos más altos y privilegiados: la aristocracia y el clero. El arte estaba al servicio de los más altos poderes configurados siempre de forma estamental. Era empleado como instrumento didáctico por la religión y propagandístico. Para muchos el arte, llegó a constituirse en una especie de nueva religión a las que siempre había servido y servía para expresarse una forma didáctica, tratando fácilmente lo inteligible.

Academia de Baccio Bandinelli en Florencia hacia 1550. Grabado de Enea Vico.

Las academias surgieron como el deseo de los artistas por Academia de Baccio Bandinelli en Roma. Grabado por Agostino Venaziano en 1531. magnificarse y asimismo por perfeccionarse. Era preciso reconvertir la mera práctica en filosofía teórica, en pensamiento reflexivo y tratar los distintos aspectos. Se requería que, además de ser unos expertos sus respectivas partes, se valiesen de la escritura y teórizasen, reflexionarán, debatieron entre ellos, se agruparan y hasta se disgregasen para reagruparse de nuevo y separarse a fin de reiniciar, una vez más el ciclo...

Estos institutos aparecieron aisladamente, en la Florencia de finales del siglo XV. Primero por intentos tímidos y un tanto elitistas que aparecieron y desaparecieron con suma facilidad. Se trataba de estudios y hasta de tertulias para debatir sobre el arte y fomentarlo. En aquellos inicios ni se sistematizaron. En el fondo a muchos de los otros artistas no les interesaba su existencia debido el peso de la tradición gremial. Tuvieron que pugnar con los gremios medievales. Así surgieron durante el renacimiento, en la Florencia y en la Roma del siglo XVI y se desarrollaron en el siglo XVII, ero no alcanzaron toda su plenitud hasta la época de la ilustración, durante la cual esta urbe se constituyó en el modelo haber y también a seguir, mientras que Francia era el auténtico motor del sistema académico que codificó y divulgó. Se convirtieron, a veces, en la retaguardia conservadora del arte, en pura ortodoxia. Por tanto, desempeñaron en un principio un papel de vanguardia para irse degradando poco a poco en su función y con la aparición de intereses distintos así como de nuevas actitudes culturales y novedosos lenguajes artísticos.

Habrían de asumir muchas funciones diferentes a lo largo de su historia, ser centro de fomento de la alta teoría y un organismo consultivo en todo lo referente a sus competencias. Pero las academias se convirtieron con el paso del tiempo, sobre todo, en escuelas para jóvenes aspirantes a ser artistas, al mismo tiempo que se despojaba de este objetivo didáctico con respecto a la formación gremial. Y también como en España, en centros educativos de artesanos que precisaban conocer y aplicar el dibujo a sus obras, el nexo entre los diferentes partes que incluso artesanías.

Regresaban de ese modo, en algo, a la función gremial, que reagrupó institucionalmente a otros gremios, distinguiéndose y elevándose de entre ellos. Ello ocurrió cuando los diversos reinos europeos promovieron y mejoraron los oficios para propiciar el desarrollo económico y el bienestar social; incrementaron la productividad al doble nivel cuantitativo y cualitativo. Era preciso la existencia de una élite, de un grupo de elegidos. Su finalidad consistía en satisfacer tanto las demandas de obras de arte, como la reflexión teórica que tanto significaba la profesión. Pero también se necesitaba la pervivencia y hasta el incremento de artesanos, bien formados por aquellos distinguidos en las artes.

LOS ORÍGENES DE LAS ACADEMIAS DE BELLAS ARTES

Surgieron en los estados italianos del renacimiento y desde ellos evadieron como modelos a otros reinos. En un principio fueron reuniones informales de artistas para debatir sobre problemas relativos a su profesión. Así, se ha hablado de que hubo una academia promovida por el mismo Leonardo da Vinci en la Milán de Ludovico Sforza. Lo que él propició junto con otros pocos artistas fue otra forma distinta de entender la pintura a través de su trattato della pittura, disciplina a la que dotó de un sentido científico. Elevó su condición por encima de una simple habilidad manual y la diferenció de lo que se consideraba como mera artesanía.

Leonardo da Vinci: Trattato Della Pittura. París, 1651.

También hay que considerar otros tratados sobre las diversas bellas artes durante la segunda mitad del siglo XV y a lo largo del siglo XVI, como de Alberti (de re aedificatoria) o la reedición de la famosa obra del arquitecto romano Vitrubio de architectura (1483 o 1486). De estos escritos establecía la imprescindible base teórica en la que cimentarse la fundación de las academias de bellas artes para desarrollar de la mejor forma sus principios didácticos y su fundamentación filosófica. Su finalidad era la de regular la imagen nueva del artista clásico renacentista, distinto del anónimo artista artesano medieval. Para lograrlo era imprescindible alcanzar el encuentro entre un aprendizaje teórico y otro práctico. Leonardo lo había ya indicado: primero el conocimiento y después desarrollarlo pragmáticamente. Y esa prioridad o correlación de la reflexión sobre la práctica era el componente imprescindible para que el artista fuera dignificado socialmente. La profesión se liberalizó, aunque perdió, la capacidad de protección de los gremios medievales. Fue preciso encomendarse a la realeza y al estado.
Giorgio Vasari: Le Vite de piu eccellenti Pittori, Scultori e Architettori...In Florenza, Apresso i Giunti, 1568

Una serie de intentos, en Italia para crear academias de bellas artes, más bien estudios, desde el siglo XV. El más destacado fue el promovido por Lorenzo el magnífico en Florencia. Se encargó de su dirección el escultor di Giovanni, discípulo de Donatello. Su finalidad era lograr la formación sobre todo escultores, pues se carecía de ellos. La colección de antigüedades de los Medici sirvió de modelo. Ghirlandaio participó en esta escuela aportandola los aprendices de su taller y Miguel Angel estuvo entre ellos. También en los jardines de belvedere en Roma, otra academia regentada por el escultor florentino Bandinelli que al regresar a Florencia fundó una nueva en esta ciudad. Pero estas creaciones no tuvieron el sentido organizativo de las academias propiamente dichas, considerándose simples estudios.
Federico Zuccaro: Autorretrato. 1588, Uffizi, Florencia.

La primera academia de bellas artes propiamente dicha, pedagógicamente moderna fue la denominada academia y compañía de las artes del diseño establecido en Florencia fundada por Cosme de Medicis por sugerencia de Vasari. A tal academia debían pertenecer todos los artistas de toscana, aunque incorporados a distintos gremios según sus respectivos artes, estaban integrados en la llamada Compañía de San Lucas. Tuvo un reglamento fundacional de 47 artículos, jerárquicamente configurada por dos capi, el príncipe Cosme y el artista Miguel Angel, un lugarteniente Borghini y 36 artistas miembros. Pero los amateurs y los dilettanti, también podían pertenecer a ella. Los discípulos escogidos por sobresalir en sus respectivos talleres serían instruidos en enseñanzas complementarias (geometría, perspectiva y la anatomía,) por los maestros o visitantes elegidos cada año en turnos de tres. Por lo tanto, nos impartían clases convencionales.

El problema surgió al ir asumiendo dicha academia competencias propias de los gremios y acciones jurídicas. Ello restaba a este instituto su condición académica y motivó que Federico Zuccaro solicitarse la reforma de los estudios y que se dedicará preferentemente a la formación de los artistas; insistió en los aspectos teóricos así como en el dibujo del natural y en disciplinas como las matemáticas y la física. El escultor Ammanati reincidió en que debía asumir esta función, pero la realidad fue muy otra: cada vez se ocupaba más de asuntos jurídicos (litigios entre los artistas y los clientes). Los deseos de Vasri, Zuccaro y Ammanati se quedaron en papel mojado. La academia florentina incorporaba que unía a pintores, escultores y arquitectos, sacándoles de otros gremios de carácter más artesanal que artístico.

Los inicios de la fundación de la academia de San Lucas en Roma se remontan a la publicación de un breve de Gregorio XIII en 1577. Se deseaba sacar a la pintura, la escultura y al dibujo del estado de decadencia, el cual se atribuía tanto la incultura como la falta de moral cristiana. Dada la época, la de la contrarreforma, la enseñanza de los futuros artistas, se debía compaginar con la normativa promovida por el concilio de Trento. Estas ideas confirmadas en otro breve de Sixto V, que además asignaba a la iglesia de Santa Martin como sede de las reuniones de esta nueva academia. Su apertura solemne no se celebró hasta el 14 noviembre de 1593 por iniciativa del cardenal Borromeo y del pintor Zuccaro, su primer director, desde entonces bajo el patronazgo de los papas. En 1607 se aprobaron sus primeros estatutos. En esta academia se pronunciaban conferencias de carácter teórico sobre temas como la primacía de la pintura o de la escultura, la definición de diseño.... Al mismo tiempo los profesores impartían la enseñanza del dibujo sus discípulos, haciéndoles copiar de modelos de yeso y natural que después corregían y premiaban, si se adecuaban a sus principios.

Pietro da Cortonoa: Iglesia reconstruida de la Academia de San Lucas,
 dedicada a los santos Martina y Lucas. Roma. 1635-1650


NORMALIZACIÓN Y DIVULGACIÓN DEL ACADEMICISMO ARTÍSTICO ITALIANO: LAS ACADEMIAS FRANCESAS DE BELLAS ARTES.

La Francia de las épocas del cardenal Richelieu y de Colbert se convirtió en centro de irradiación del academicismo de Europa al asumir el sistema italiano, institucionalizar lo y divulgar lo reelaborado por diversos países-España-. Asumió el papel de promoción de todo un sistema cultural moderno, el academicismo, para el fomento del arte y la formación del artista.

El cardenal propicio la fundación primero de la academie française en 1635 con la finalidad de cultivar y fomentar la lengua francesa, lo más pura posible a base de una serie de reglas ciertas, metódica y racionales. Ello se lograría por medio de la relación y la posterior publicación de un diccionario y de una gramática así como de un compendio de retórica y poética.

Claude Lefebvre: Jean-Baptiste Colbert. 1666. Versalles.


Tras ella fueron apareciendo otras academias: las de danza, ciencias, música... la fundación de la real academia de pintura y escultura tuvo lugar en París en 1648 promovida por Charmois con la idea de separar las artes liberales de las mecánicas y siguiéndose el modelo florentino y romano.

Los inicios de esta academia francesa de las bellas artes fueron complejos, tuvo que luchar contra la oposición de la estructura gremial parisina que estableció su propia academia, la de San Lucas con mayor dotación de profesores y de modelos. En 1651 ambas instituciones se fundieron; pero quedó subordinada de nuevo a los gremios. Sin embargo logró hacerse prevalecer gracias al desarrollo que Colbert otorgó al sistema académico al poner a este centro bajo la protección directa del estado el rey dotó de un presupuesto propio a la real academia de pintura y escultura, le dio la exclusividad de la enseñanza del dibujo y concedió los mismos derechos que entonces gozaban los académicos de la academie française, además se le otorgó el privilegio de establecerse primero en el colegio real de la Universidad y después en las mismas dependencias del Louvre. Elegidos Colbert viceprotector y el pintor Le Brun canciller de la academia, logran diseñar un sistema académico centralista y absolutista: se obligaba a todos los pintores con privilegios de la corte a pertenecer a este instituto, si no querían perderlos. El artista dejó de ser libre, eludió la opresión férrea del gremio pero comenzó a depender directamente del estado y de su rey. A cambio consiguió el título prestigioso, ennoblecedor, de académico.

Piranesi: Vista del palacio Mancini, primera sede de la Academia de Francia en Roma. 1752.

Sólo faltaba estructurar jerárquicamente a la academia, categorías, grados, clases y subclases. Primero era el protector- directeur generale des Batiments, el viceprotector, el director, los cuatro rectores.... los académicos... Y al final de tal aluvión de cargos perfectamente delimitados y jerarquizados los alumnos, los discípulos de la academia, a quienes se preparaba como si todos ellos estuvieran destinados a ser y servir de artistas del rey y de su corte. Se les enseñaba en dos cursos consecutivos. Pero los académicos también pronunciaban conferencias, los memorables discursos de la academia. En ellos se dictaban preceptos al mismo tiempo que se analizaban pinturas de las colecciones reales. En sus comentarios aplicaban aspectos o categorías como, la nobleza de la invención la proporción siguiendo ser los cánones de la antigüedad, la composición, el dibujo y el color etc.

Para estimular a los discípulos se establecieron perfectamente jerarquizados tres tipos diferentes de premios: los Petits prix, el Gran Prix y el prix de Roma. Consistían en la devolución de las tasas pagadas y en la entrega de medallas cuatro veces por año. Para lograr los hacían dibujos, y una vez seleccionados los mejores realizaban una pintura o relieve. Tales obras después serán expuestas. Pero el mejor premio, el más prestigioso y apreciado era el de Roma, que consistía en una beca de cuatro años para formarse allí junto a un director y residir en la academie de france en esta ciudad. Su sede ubicada en el palais Mancini hasta que en 1803 pasó establecerse en la villa Medici tenían que copiar las obras más importantes de la antigüedad y del renacimiento existentes en la urbe y remitirlas a la academia y crear así una colección de reproducciones con finalidad docente.

En 1748 se creó la denominada ecole des eleves proteges con sede en el palacio del Louvre, cuya función era proporcionar una enseñanza intensiva durante tres años aquellos discípulos distinguidos a quienes se les había otorgado el prix de Roma antes de ir a esta ciudad . Durante este periodo se les enseñaba pintura al óleo, a copiar cuadros, anatomía, perspectiva y composición así como mitología e historia. Además solían hacerse excursiones por París para que reprodujeron escenarios pintorescos y edificios importantes de la ciudad. La fundación de esta escuela podría interpretarse como una muestra de que no se tenían demasiadas garantías de que la Real Academia de pintura y escultura impartirse una tarea docente adecuada ante los ojos del rey y de sus ministros.

EL ACADEMICISMO ESPAÑOL EN LAS BELLAS ARTES: LAS LUCHAS POR EL PODER PRESTIGIOSO.

Hubo una serie de intentos previos para constituir una academia de las bellas artes en España, pero bastante efímeros, con escasa duración o se diluyeron en otros organismos. Así, hay, en primer lugar la academia real de matemáticas que Felipe II fundase por inspiración de Juan de Herrera para la instrucción tanto de arquitectos e ingenieros como de músicos, matemáticos y cosmógrafos. Acabar integrándose en el colegio de jesuitas de Madrid.

Entre 1603 y 1626, también existió una academia o escuela de dibujo en la corte, protegido por el conde duque de Olivares.

Palacio real de Madrid, en cuyas obras surgió
la Real Academia madrileña de Bellas Artes de San Fernando.


Se realizaron unos estatutos hacia 1619 en cuya redacción, Carducho intervino y que guardan cierta semejanza con el reglamento de la academia de San Lucas de Roma. Además los tratados de pintura de aquel, diálogos de la pintura, y de Pacheco revelan que hubo cierto paralelismo entre la publicación de estos libros y el funcionamiento de este instituto; constatado por la existencia de otra academia en Sevilla a la cual Murillo, Valdes leal y Herrera el mozo pertenecieran, así como otras dos en Barcelona y Valencia. En un indudable su condición efímera y la falta de apoyo institucional.

Habría que esperar hasta 1752 para que se fundase oficialmente una academia de bellas artes más permanente institucional, la llamada real de San Fernando (durante el reinado de Fernando VI). Surgió en torno a las obras del palacio real nuevo de Madrid. En esas obras se formarían muchos principales artistas españoles al trabajar junto los maestros llegados desde Italia y Francia. La nueva academia fue promovido por el escultor domingo Olivieri.

Es preciso destacar que los orígenes no fueron ni mucho menos fáciles, demasiadas polémicas y hasta pugnas desde su misma fundación y hasta finales del siglo XVIII.

Se trataban de luchas por alcanzar, tener y conservar el poder, además de un prestigio, lo más deslumbrante posible. En primer lugar, los debates surgieron entre este instituto y los gremios que no querían perder sus privilegios y sobre todo los encargos. Este siempre esgrimió su condición de real para reafirmarse-patrocinio y con el apoyo del rey-. También hizo prevalecer el empleo de un lenguaje artístico histórico e internacionalmente aceptado: el del clasicismo, frente al uso y aún abuso a veces, del barroco decorativo de los practicantes gremiales. No podía faltar la pretendida formación teórica, la superior con respecto a los gremios, depositarios de una condición eminentemente práctica. Hubo, asimismo que enfrentarse contra el Consejo de Castilla, ya que no quería perder su control sobre las obras públicas importantes que se realizaban en el reino; ello también se debía a una pugna entre tal institución, de matiz más popular e integrador que conservador, y el mismo rey que deseaba alcanzar el absolutismo ilustrado por completo.
Sede de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en la calle madrileña de Alcalá. Palacio de Goyeneche, construido por José de Curriguera en 1725 y reestructurado por Diego de Villanueva.

Pero frente a estas pugnas institucionales y externas que existieron otras internas. Así, el Instituto quiso ser un centro formativo y consultivo sobre temas relacionados con las bellas artes, gobernado por artistas-academicismo italiano-. Sin embargo, acabó tras varios estatutos, siendo dirigida por los consiliarios elegidos entre la alta aristocracia, la más cercana al rey y algunos pocos intelectuales de prestigio, los llamados literatos, e ingenieros militares-modelo francés-.

Los artistas españoles de la academia acabaron siendo algo parecido a simples facultativos en sus respectivos artes, con gran prestigio a nivel técnico, pero con un poder reducido. Se configuró una Real Academia muy jerarquizada, totalmente piramidal en cuya base estaba los discípulos, los artistas en una posición intermedia y en la cúspide del rey, el protector o secretario de estado en su nombre, el viceprotector quien la dirigía en la práctica, el secretario como gestor administrativo y los consiliarios.

Esta configuración estamental promovió la celebración de distintos tipos de juntas para su gobierno: la particular, ordinaria, la pública y la extraordinaria. En las particulares se ejercía el mayor poder, gobierno económico de la academia y se trataban los asuntos más importantes. Se reunieron los consiliarios con el protector, el vice protector y el secretario. En las ordinarias se atendian al gobierno de los estudios y acudían los profesores, también académicos de honor y de mérito, junto con el secretario. En estas juntas se proponía los asuntos a desarrollar por los discípulos para presentarse a las oposiciones de los premios así como los futuros académicos y los empleos de profesores. En las públicas, tan solemnes y escenográficas, se distribuían dichos premios.

Pero el grado de poder del artista, quedó definido por la configuración de todo una escala jerárquica entre las bellas artes, donde predominaba aquella más necesaria y funcional, sobre lo suntuoso, al ser menos imprescindible. Primero fue la arquitectura y con ella los arquitectos hicieron uso de un mayor poder. La política los Borbones y de sus ministros ayudó mucho a ello, pues en la segunda mitad del siglo XVIII los distintos reinos se llenaron de nuevas obras-pero de aspecto más o menos humilde-y sobretodo necesarias. Se construyó sistema radial de carreteras, gran número de puentes. Y en las ciudades se edificaron nuevas casas consistoriales, cárceles, cuarteles, escuelas,... lo necesario debía predominar sobre lo suntuoso y la arquitectura resultaba útil; pero siempre desprovista de ornatos excesivos para abaratar los costes constructivos.

Sin embargo un hecho relevante: los arquitectos de la academia hallaron competencias que los ingenieros militares y en los mismos matemáticos. Si la arquitectura entraba de lleno en el sistema regulado por las artes del diseño, también era dependiente de otras disciplinas como las matemáticas y hasta la física. Por otra parte las competencias entre arquitectos e ingenieros comenzaban a no quedar perfectamente definidos. Lucuce y Jorge Juan llegaron a formar parte del estamento privilegiado de consiliarios. Se encargó un matemático Bails, que confeccionarse un manual de arquitectura civil, en el cual se tuviesen en consideración otras publicaciones italianas y francesas de la época. Y éstos presionaron para que el aprendizaje de las matemáticas fuera, al menos, tan importante como el del diseño en la enseñanza de la arquitectura. Ello motivó los debates habidos en 1792 y 1793, que provocaron una tal crisis que poco faltó para terminar con el sistema académico en España.

Los artistas salidos de los estudios de la Real Academia de bellas artes, también quedaron jerarquizados o clasificados en diferentes categorías, de forma muy especial los arquitectos, prestigiados y temidos por el precio de sus encargos, a los que seguían los pintores. Hubo líos grados, así esta profesión se graduó en tres categorías distintas según el mayor o menor dominio de los conocimientos teóricos hasta llegar a la figura de los aparejadores. Y por encima de todos ellos estaban los arquitectos del rey, a su vez académicos de mérito. Se encargaban estos últimos de la enseñanza de la arquitectura a los discípulos de la academia por turnos; asimismo, estaban jerarquizados, hubo dos directores y otros tantos tenientes directores según su antigüedad. Otros académicos de mérito incluidos en esos empleos docentes, los ayudaban en sus ausencias. A todo ello hay que añadir la figura del director general de la academia, elegida como máxima autoridad entre los profesores con un periodo de cuatro años.

La Real Academia se constituyó en un organismo que sumió papel de centro de control de las bellas artes en todos sus géneros, pero especialmente la arquitectura. Contribuyó a servir a la política absolutista y centralista ilustrada de los monarcas de la dinastía de los Borbones y así, se creó la junta de la Comisión de arquitectura en 1786 integrada por los arquitectos de la academia y el secretario, cuya función era analizar, aprobar, corregir o reprobar los proyectos de obras públicas que llegaban desde los reinos de España. También se empleó en la lucha contra los maestros de obras gremiales, a quienes solían rechazárseles los proyectos que diseñaban. Y con su fundación apareció la burocracia excesiva, los procesos administrativos. Instrumento de poder a base de viajes de ida, para ser informados, y de vuelta, con las resoluciones tomadas de los proyectos de obras públicas, por España e Hispanoamérica. Además con la creación de este servicio se arrebataba al Consejo de Castilla una función que le correspondió desde 1777.

La Real Academia se constituyó en un modelo ineludible a la hora de fundarse otras academias en distintas ciudades españolas que no podían hacerlo sin tener antes su permiso expreso. El deseo de que no proliferarán porque la profesión de artista-elitista-, propició la aparición de las llamadas escuelas de dibujo. Su función principal era la enseñanza del diseño para la promoción de las industrias artesanales y de la economía.

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