Los libros se amontonaban en las mesas mientras los estantes, antes impenetrables aparecían desnudos ante los ojos de los bibliotecarios. La antigua librería llevaba más de un siglo en el barrio, pero había sido comprada hace poco y los nuevos propietarios querían deshacerse de los antiguos muebles. Seguro que para crear un bar o un nuevo apartamento turístico: la zona del centro estaba muy solicitada últimamente y , para los turistas, querían evitarse el engorro del metro y de las estacione para moverse libremente por la ciudad. En una época de grandes cambios y globalización, los antiguos negocios desparecían engullidos por la oferta y la demanda de un sector que proporcionaba más dinero a sus propietarios en un mercado más global.
Los obreros apilaban los libros y los colocaban en cajas. Su destino era incierto: los vendedores no querían saber nada de aquellos viejos volúmenes y los nuevos propietarios estaban más interesados en las tabletas y las pantallas electrónicas para leer e informarse. Era el fin de una era y el nacimiento de la era digital. Los viejos volúmenes se convirtieron en las víctimas involuntarias de esta nueva tendencia, muertos silenciosos que observan desde las estanterías desconociendo su destino.
Columnas y filas de ejemplares se amontonaban esperando ser trasladas a un destino incierto. Los paseos de los obreros eran el único ruido en la antigua librería, que veía cómo sus días de gloria habían pasado y su desnudez era cada vez más evidente.
En uno de los viajes, una de las columnas se derrumbó por el golpe inesperado de uno de los trabajadores y su estructura se desmoronó ante los ojos de los demás, quienes, con fastidio, se apresuraron a recoger y ordenar los libros del suelo. Algunos de los volúmenes estaban abiertos, con las hojas dobladas y algunos ocultaban viejas fotografías y papeles.
Algunas eran fotografías de los autores, recortes de prensa donde había una crítica del libro o del propio autor: nada fuera de lo habitual. Pero algunos de los ejemplares habían dejado caer sobres y papeles demasiado largos y elaborados para ser simplemente una reseña o un recorte de prensa. Uno de los obreros llamó al capataz avisándole del hallazgo, y entonces se dedicaron a recopilar los manuscritos mientras el resto seguía con la faena.
El sobre y los papeles, ajados y amarillentos por el paso del tiempo, aun conservaban una escritura fuerte y legible. Algunos eran antiguos informes militares, partes dirigidos a señores de nombre Líster, Modesto y otros apellidos raros donde se detallaban datos y fechas con algún tipo de operaciones militares o escaramuzas que los obreros desconocían; otras eran cartas escritas a mano, que, a pesar del tiempo eran más o menos legibles.
Algunos de los autores escribían a sus familias “Querida mía. Hoy 22 de septiembre de 1936. Sin novedad en el frente. El aburrimiento pesa. Hace una semana un grupo de falangistas intentó entrar en nuestra trinchera, pero acabamos repeliéndoles. ¡Salieron con el rabo entre las piernas! Pero los días suelen pasar sin novedad: cavar trincheras, mantenerla limpias, hacer guardia, otear el horizonte… lo único que rompe la monotonía son las clases que tenemos por la tarde: después de comer un soldado que fue maestro nos enseña a leer y a escribir mientras nos da una lección de historia y nos recita versos de Machado o miguel Hernández. A veces nos enseñan a hacer números. Las cuentas no se me dan tan mal: voy cogiendo experiencia. La monotonía es lo más habitual.”
La carta continuaba. La dejó a un lado y encontró más misivas. Historias olvidadas de un pasado cercano, silenciado pero a vista de todo aquel que oteara un poco con interés. Otra carta contaba sobre sus compañeros de trinchera: "Paco, mi compañero en la guardia, es un tío bastante afable con una historia trágica como la mayoría de los que conozco. Ya de pequeño empezó a trabajar en una finca de Extremadura a las órdenes de un señorito (no entendí el nombre que me dijo) y sus calamidades no habían hecho más que empezar. Su primer recuerdo era el del día que perdió uno de los cerdos que le habían encargado que vigilase y regresó a la finca llorando. El capataz le rebajó la ‘ración’, es decir, el pedacito de tocino que echaban en el potaje los jornaleros y que prácticamente era ‘la única cosa nutritiva que en él había’. Paco había comenzado su aprendizaje”. “Pronto salió a trabajar en los campos. Araba, sembraba y segaba con la hoz en las fincas donde los jornaleros contratados pasaban temporadas fijas, ‘siempre hambrientos a causa de lo poco que nos daban para comer, delgados como esqueletos’, durmiendo sobre paja en el suelo de tierra de los cobertizos, ‘todos juntos como en un cuartel’. La paja era la que las mulas y los bueyes no querían como forraje."
Como luego me confesó: (...) “Odiábamos a la burguesía, que nos trataba como a animales. Los burgueses eran nuestros peores enemigos. Cuando les mirábamos creíamos estar viendo al mismo diablo. Y lo mismo pensaban ellos de nosotros. Había odio entre nosotros, un odio tan grande que no hubiera podido ser peor. Ellos eran burgueses, ellos no tenían que trabajar para ganarse la vida, vivían cómodamente. Nosotros sabíamos que éramos trabajadores y que teníamos que trabajar, pero queríamos que ellos nos pagasen un jornal decente y que nos tratasen como a seres humanos, con respeto. Sólo había una forma de conseguirlo: luchando como ellos...”. En ese momento entiendes que la lucha no es solo contra aquellos militares y moros que vinieron, sino contra aquellos que quieren que nada cambie para seguir explotando con la infamia como norma…
Las cartas continuaban narrando las desventuras, idas y venidas del autor. Algunas relataban su amargura y aburrimiento en las trincheras infinitas de una guerra pasada, pero otras eran más personales: Cariño, recibí tu paquete y tu carta ¡cómo me ha alegrado el día! Aquí los días se vuelven largos y eternos, pero dentro de poco tendré un permiso y podré irme a verte a Valencia. ¡Qué ganas de coger unas naranjas grandes y hermosas y tomar una buena paella alejado del campo de batalla junto a todos vosotros! Cuento los días esperando ese momento…
Más cartas aparecieron. “Un tipo hablando inglés vino a vernos junto a más compañeros. Ninguno de nosotros entendía qué decía, excepto cuando empezaron a entonar la Internacional. Todos nos pusimos de pie con los puños en alto y empezamos a cantarla. Fue un buen momento…. Otras eran más trágicas Salí de la trinchera por un momento. De repente un ruido sordo retumbó por toda la estructura y salí disparado. La nube de polvo me entró en los ojos y la garganta. Los oídos me pitaban. Me arrastré cuando puede y, cuando el polvo se disipó, todos estaban muertos. Muertos, muertos…
Los papeles amarillentos iban acompañados de fotografías del mismo color, donde a pesar del tiempo, las imágenes seguían nítidas. Imágenes de soldados vestidos en un cerro con fusiles, comiendo en tiempo de descansado, hablando entre ellos rodeados de paisajes agrestes, de ciudades y pueblos donde el color amarillo hacía su presencia y lamía lentamente los negativos. Historias de una época pasada. La última carta sonaba a despedida: “todo ha acabado. ¿El mundo? El mundo ha cerrado los ojos ante lo que estaba pasando aquí, dándonos la espalda: ha preferido arrancarse los ojos antes de toparse con la realidad. El mundo no quiere ver: ha mirado hacia otro lado y ha enmudecido. No quiere saber qué ha pasado aquí. Han callado y han cerrado los ojos mientras la gente era masacrada. Nunca quiere ver... no les importamos lo más mínimo.
Guardó las cartas en el viejo sobre. Historias olvidadas de tiempos pasados, de tiempos cercanos desconocidos por la mayoría, historias desconocidas pero que no caería el olvido. Se encargaría de guardarlas y contra su historia. De difundirla. La gente tiene que conocerlo. Tiene que saber, pues el olvido es la muerte del alma, la maldición del hombre que tropieza con la misma piedra varias veces. En épocas donde los monstruos renacen bajo las sombras del miedo y la incertidumbre, los ejemplos de antiguas generaciones son necesarios para aprender.
El obrero dobló la carta en el sobre y la guardó mientras continuaba con su faena. Todavía quedaban muchas cajas y la jornada iba a ser larga, pero esa historia no caería en el olvido, sería contada sería recordada. Ecos de un pasado cercano, historias anónimas que forman parte de la historia colectiva, vidas anónimas que abren el camino para nuevas generaciones. Historias que merecen ser escuchadas. Cargó en sus manos todas las cajas que pudo y se apresuró a la furgoneta. La hora del bocata estaba cerca y se merecía un descanso.

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