Hay un momento en que todo cuanto pasa a tu lado vive en su propio y magnífico esplendor: el ala vibrante de un ave en vuelo, una procesión de nubes bordando el cielo, parejas de caballos junto al mar, ráfagas de viento que hinchan las velas, prendas dejadas bajo arbustos fragantes, el susurro de las ramas sobre aquel lugar de reposo en medio de la bruma suspendida de las tardes sofocantes. Momentos únicos, guardados en la memoria, fotogramas de un instante único, imperceptible para el resto, difuminados y olvidaos en un segundo.
El alma, ligera, contempla y registra todo ello, transformándolo en alimento para el pensamiento del corazón, en fresco vigor para los sentidos deslumbrados, y proyectando sombras carmesíes sobre los labios vueltos hacia arriba. Guarda en cada átomo los restos de la historia pasada, de los momentos vividos, cicatrices que rasgan el velo impoluto, manchas que crean un tapiz multicolor y eterno, único e irremplazable.
Vagaré por las calles hasta quedar rendida; sabré vivir sola y mirar directamente a los ojos de cada rostro que pase, sin dejarme alterar. Momentos únicos grabados en la memoria, fotogramas de un pasado reciente.Este frescor que sube hasta mis venas es un despertar que nunca sentí por la mañana con tanta verdad: simplemente me siento más fuerte que mi cuerpo, y un escalofrío más frío acompaña a la mañana.
No debemos olvidar que el cuerpo se marchita, que los amigos mueren, que todos te olvidan y que el final es la soledad; tampoco debemos olvidar que esos ancianos fueron jóvenes alguna vez, que una vida entera es fugaz y que un día tienes veinte años y al siguiente, ochenta. Me di cuenta muy pronto de que la vida pasa en un suspiro al observar a los adultos que me rodeaban: siempre apresurados, estresados por los plazos, ávidos del momento presente para evitar pensar en el mañana. En realidad, tememos al mañana solo porque no sabemos construir el presente; y cuando no logramos construir el presente, nos engañamos pensando que podremos hacerlo mañana, solo para vernos burlados, pues el mañana siempre termina convirtiéndose en hoy. No sé si me explico bien. Por eso, no debemos olvidar en absoluto; necesitamos vivir con la certeza de que envejeceremos —y de que no será algo hermoso, agradable ni alegre— y seguir diciéndonos que lo que importa es el *ahora*: construir algo en el presente, a toda costa y con todas nuestras fuerzas. Debemos mantener presente la imagen de la residencia de ancianos para esforzarnos constantemente más allá de nuestros límites y hacer que cada día dure para siempre; para escalar nuestro propio Everest personal paso a paso, asegurándonos de que cada paso se convierta en un fragmento de eternidad. Para eso sirve el futuro: para construir el presente a través de proyectos de vida auténticos.
Atrás quedaron las mañanas de mis veinte años. Y mañana, veintiuno: mañana saldré a la calle; recuerdo cada piedra y las franjas de cielo. A partir de mañana, la gente volverá a verme, y caminaré erguida, capaz de detenerme y ver mi reflejo en los escaparates. Las mañanas de antaño... yo era joven y no lo sabía, ni sabía que era *yo* quien pasaba: una mujer, dueña de sí misma. La joven delgada que fui ha despertado de un llanto que duró años; ahora es como si aquel llanto nunca hubiera existido.
Y solo deseo colores. Lo único que quedará son colores. Manchas en una fotografía amarillenta, tonos difuminados, perdidos en la vorágine del tiempo Los colores no lloran; son como un despertar: mañana los colores volverán. Todos saldrán a la calle, cada cuerpo un color, incluso los niños.
Este cuerpo, vestido de rojo claro, recobrará la vida tras tanta palidez.
Sentiré las miradas deslizándose a mi alrededor y sabré que soy yo: al lanzar una mirada, me veré entre la gente. Cada nueva mañana, saldré a la calle en busca de colores.
Es el tiempo encantado del amor.

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