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lunes, 30 de junio de 2014

LA HISTORIA CONTEMPORÁNEA DE PALESTINA

La Palestina anterior a la Declaración Balfour de 1917 es una encrucijada de culturas muy rica. A principios del siglo XX esta tierra empieza a afirmar su identidad, árabe y después palestina, frente a la férula otomana.



Antecedentes 

A mediados del siglo XIX, la zona ocupada por el actual estado de Israel formaba parte del Imperio otomano y estaba poblado principalmente por árabes musulmanes (algunos de ellos, beduinos), árabes cristianos, así como judíos y otros grupos minoritarios. A partir de la reforma de los tanzimat, la «reorganización» de mediados del siglo XIX, los otomanos delegan el poder a las elites locales. Por consiguiente, son los palestinos quienes gestionan la administración bajo la vigilancia de la Sublime Puerta. Por supuesto, hay militares turcos, sobre todo en este periodo de fuertes tensiones con Europa. Por otra parte, los aliados, sobre todo franceses e ingleses, quieren entonces vérselas con el imperio Otomano, en parte para recuperar Palestina.

Las élites son musulmanas pero también cristianas. Por lo que se refiere a los judíos, en aquel momento son a menudo pobres y con poca educación. Antes del sionismo la primera idea de las elites de la diáspora judía, como los Rothschild, será construir escuelas en Palestina para igualar el nivel educativo de los judíos. Al principio no funcionará porque los judíos preferirán mantener sus métodos tradicionales.

En 1844, los judíos se constituyeron en el grupo de población más grande (y en 1890 una absoluta mayoría) en varias ciudades, siendo Jerusalén la más notable. Este incremento de la población judía se debió a la inmigración producida por numerosos pogromos acaecidos en diferentes puntos de Europa del Este y el norte de África. Adicionalmente a las comunidades judías religiosas tradicionales, en la segunda mitad del siglo XIX se comenzó a observar un nuevo tipo de inmigrante judío, el cual era secular y socialista y que intentaba reclamar la tierra trabajándola. Al finalizar el siglo, León Pinsker y Theodor Herzl (El estado Judío) tomaron la iniciativa de buscar el apoyo internacional para lograr una patria judía en Palestina, si bien ninguno de los dos consideraba a Palestina como la única región para el estado judío. En 1897 se llevó a cabo el Primer Congreso sionista en la ciudad de Basilea donde se proclamó la decisión de establecer una patria para el pueblo judío en Eretz (Israel).

Theodor Herzl

A principios del siglo XX, empiezan masivas migraciones de la población judía (Aliyas) a Palestina. Reforzadas por la declaración Balfour de 1917 y la oleada de antisemitismo que recorría Europa (destaca Francia con l`Affarie Dreyfus, un militar judío acusado de vender información a Alemania, aunque en el fondo era un caso de antisemitismo como denunció Emilé Zola en su artículo J'acusse) en la que Inglaterra mostraba su predisposición a la creación del sueño de Herzl, la población judía empezó a crear colonias (kibbutz) y una sociedad militarizada (Haganah). 

Coincidiendo con esas migraciones y la aparición del sionismo, se empieza a realizar un proceso de compra de tierra en esa "Tierra prometida" llamada Israel. Muchas de esas tierras se compran a los otomanos con un fondo común vinculado al sionismo, KKL, que existe hoy.Franceses e ingleses necesitaban derrotar al Imperio Otomano y prometen a los árabes que si les apoyan, tendrán su propio Estado, la gran Arabia. Y aquí entran dos personajes que serán clave para el cambio: Sykes y Picot.

En realidad, la promesa a los árabes era falsa. Francia e Inglaterra se habían repartido el territorio como una tarta junto con Rusia en 1916 en un pacto secreto.  El Acuerdo Sykes-Picot fue un pacto secreto firmado en 1916 entre Gran Bretaña y Francia durante la Primera Guerra Mundial, que dividía los territorios del Imperio Otomano en el Medio Oriente en esferas de influencia y control británico y francés. El acuerdo, llamado así por los negociadores Mark Sykes y Georges Picot, sentó las bases de las fronteras modernas de la región sin considerar las identidades locales y se convirtió en una fuente de tensiones y conflictos hasta la actualidad. 

Al mismo tiempo, los británicos, en cuyo gabinete había simpatizantes del sionismo, principalmente amigos de uno de sus financiadores, el banquero Rotschild, emite una declaración prometiendo un hogar judío si ganan la guerra. Este documento es la Declaración Balfour. Noviembre de 1917 es la fecha de inicio del conflicto que dura hasta hoy. La publicación de la declaración Balfour y la filtración por el nuevo régimen bolchevique del acuerdo secreto de Sykes-Picot mostró las cartas: Los árabes habían sido traicionados y engañados.

Declaración Balfour

Las verdaderas tensiones aparecen a partir de la Declaración Balfour, periodo durante el cual los palestinos empiezan a reivindicar su derecho a la autodeterminación tal como la defiende el presidente estadounidense Wilson. Durante la década de 1920 asistimos a los primeros choques ya que los palestinos se dan cuenta de que los judíos están ahí para recuperar tierras y en algunas cartas de los años 1919-1920 se puede leer esta inquietud ante la sustitución de la población. Las elites son verdaderamente conscientes de la situación y eso se aprecia en los periódicos, los principales de los cuales son Falastin de Jaffa y Al-Karmil de Haifa, que hacen un auténtico trabajo de análisis y traducen la prensa occidental y en hebreo.

El sionismo magnificó la declaración, llegaron a haber celebraciones en asentamientos judíos en Palestina y barrios judíos. Alguna prensa también. No se mencionaba nunca la palabra "Estado judío". Gran Bretaña prefería que los judíos controlasen la zona cercana a Suez.


Los nuevos migrantes judíos que llegaban eran fervorosos defensores de la ideología sionista. El paso de la administración otomana a la británica potenció a estos. Los árabes empezaron a verse discriminados por extranjeros llegados de Europa siendo el 90% de la población. En ese contexto, con una población árabe mayoritaria discriminada, con unas autoridades británicas que beneficiaban la migración (ya dominada por el sionismo) y una administración británica dominada por sionistas (Sir Herbert Samuel) el conflicto estaba servido. Los campesinos palestinos veían como las leyes del Mandato británico los arruinaba, les impedía competir con las tierras sionistas y la adquisición de nuevas tierras por estos significaba el fin del trabajo y el abandono del territorio. Solo una revuelta les daba voz. Ese empobrecimiento, exclusión y marginación, cuando los árabes-palestinos eran aplastante mayoría de la población motivó revueltas y el auge del conflicto. Se produjeron revueltas árabes e incluso episodios de violencia contra los judíos (Jerusalem, 1920; Hebrón, 1929)

Las olas de antisemitismo consolidan el proyecto sionista de colonización en Palestina, pues la inmigración aumenta a Palestina. Sin embargo, contra lo que se cree, la mayoría de judíos alemanes que huyen lo hace a la URSS (los pobres) y no a Palestina (ricos y sionistas).



La opresión, discriminación, pobreza y robo de tierra, unido al auge de un sentimiento de pertenencia de los árabes (musulmanes y cristianos), así como el apoyo del Mandato Británico al sionismo motiva una huelga general y la Gran Revuelta Árabe de 1936. La respuesta británica fue una durísima represión (hubo alrededor de 5.000 muertos), la orden de desarmar SOLO a la población árabe y matanzas como el incendio y asesinato de la población como en la Masacre de Al-Bassa en 1938. Mientras todo esto sucedía, y con la excusa de "defenderse" , los colonos sionistas crearon un cuerpo teóricamente defensivo, pero que luego practicará la "defensa preventiva": La Haganá. Pero junto a la Haganá, crearon dos grupos armados cuya finalidad era crear el Estado judío que anhelaba el sionismo, CON TODOS LOS MEDIOS A SU ALCANCE. Esos cuerpos armados fueron IRGÚN y LEJÍ-LEHÍ. Tanto Irgún como Lehi (Lejí) empezaron a cometer actos de violencia abiertamente terrorista contra la población mayoritaria, ya fuesen musulmanes o cristianos, y luego contra Reino Unido, cuando suponga un estorbo. Bombas, atentados, asesinatos y razzias. Irgún y, sobre todo, Lehi, entidades sionistas abiertamente chovinistas y ultraderechistas tenían contactos con la Italia de Mussolini. Y tendrán un papel crucial en Al-Nakba y las peores masacres. La lista de atentados en los 30 y 40 es extensa.

Irgún

Como los árabes habían sido desarmados por los británicos, pero los colonos sionistas no, estos actos apenas tuvieron respuesta: Ni de los árabes ni de la administración británica, que aún no había visto las orejas al lobo a estos grupos sionistas armados, Irgún y Lejí.

La espiral de violencia motivó por parte de Reino Unido la publicación del Libro Blanco y la limitación de la migración. Es 1939 y acaba de estallar la II Guerra Mundial.

Estas migraciones masivas se verían truncadas con la II Guerra Mundial debido al temor de los británicos a que las colonias árabes apoyaran a Hitler. Como respuesta, los grupos sionistas utilizaron el terrorismo como arma para conseguir sus reivindicaciones. el ejemplo más latente fue el grupo terrorista Irgún que atentó contra el hotel King David en Jerusalem en 1947.

Atentado contra el hotel King David en Jerusalem en 1947

Tras la renuncia en 1947 por parte de Gran Bretaña al protectorado palestino, la ONU decide en noviembre de ese mismo año dividir Palestina en dos zonas. una judía (Israel) y otra árabe ( Palestina). Y es aquí cuando llega la resolución 181 de la ONU, otra de las principales responsables de la situación del pueblo palestino. Sin justificación ni por población ni por la tierra, crea dos estados, dando al Estado judío, por presión del sionismo, el 55%. Los árabes lo rechazan. A partir de aquí y con la excusa de un ataque a unos civiles judíos en noviembre de 1947, Hagana, Irgún y Lehi, cuya fusión dará origen al FDI, inician una cadena de atentados y matanzas contra los árabes: Bombas, entrada a aldeas y masacres de las mismas. Con estas matanzas y su difusión en prensa, los sionistas aterrorizaron a la población palestina, que huyó, sin que las autoridades británicas, sobrepasadas, hiciesen nada. Una de las peores matanzas fue Deir Yassim en 1948. 

En la matanza de Deir Yassim asesinaron a más de 200 civiles en una aldea de 600 habitantes, para despoblarla y ser ocupada por sionistas. Violaron mujeres, asesinaron a tiros y hachazos a hombres y mujeres y a los supervivientes les dijeron que o se iban o acabarían igual.  Hubo más matanzas similares: Lod y Ramla, Al-Tantura, Safsaf, Eilaboun... El objetivo conseguido. Despoblar por el terror y la limpieza étnica, base para el nacimiento del Estado sionista de Israel.

Es el nacimiento de Israel como Estado en mayo de 1948, mientras para los palestinos es Al-Nakba (La catástrofe). Cientos y cientos de miles huyen, si salvan la vida, de su tierra, la tierra de sus abuelos. Mientras los palestinos siguen sin poder volver ni retornar a sus aldeas, la Ley de Retorno israelí de 1950 permite a cualquier judío del mundo llegar a Israel e incluso ocupar viviendas que son de palestinos. Así desde 1948.


Nacimiento como estado-nación y el Día de la Nakba

Yasser Arafat
El 14 de mayo de 1948 nace el estado de Israel. sin embargo, sus vecinos árabes (Egipto, Irak, Líbano y Siria) no reconocieron el nuevo estado judío. La coalición liderada por Egipto atacó Israel sin éxito, permitiendo a los israelitas anexionar el protectorado palestino árabe. El Día de la Nakba conmemora el desplazamiento forzado de más de la mitad de la población palestina; 750.000 palestinos fueron expulsados de sus casas y en los campos de refugiados. La catástrofe se convirtió más tarde en la crisis de refugiados de más larga duración en la era moderna.
 Israel ocupó el territorio que le había asignado las Naciones Unidas, más una buena parte del territorio asignado a los árabes y la parte occidental de Jerusalén (Israel aumentó su territorio en casi un 50%). Quedaron en manos de los árabes la zona occidental del Jordán (conocida como Cisjordania), ocupada por Transjordania y la franja de Gaza, ocupada por Egipto.

La llegada de Gamal Abdal Nasser al poder en Egipto en 1952, significó un acercamiento de su país con los Estados Unidos, además, el Reino Unido aceptó inicialmente retirarse del Canal de Suez, que fue nacionalizado en 1956.

La población palestina empezó a organizarse: bajo la figura de Yasser Arafat nace la Organización por la Liberación de Palestina en 1964 (OLP), grupo nacionalista palestino y principal representante de la resistencia palestina frente a Israel.

En junio de 1967 Nasser pidió la retirada de las fuerzas de las Naciones Unidas mientras acumulaban tropas en las fronteras. El 5 de junio de ese año, la fuerza aérea israelí lanzó un ataque aéreo contra las fuerza aérea de Egipto, la cual quedó prácticamente aniquilada. En ese mismo día también neutralizó las fuerzas aéreas de Siria y Jordania. En violentos ataques, el ejército israelí derrotó a Egipto, Jordania y Siria en una guerra que duró solo seis días. El 11 de junio se acordó un cese al fuego bajo los auspicios de las Naciones Unidas.

Tras esta guerra, Israel ganó el control de la península del Sinaí, la franja de Gaza y los Altos del Golán, así como la región occidental del río Jordán, incluyendo el este de Jerusalén. El 22 de noviembre de 1967, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas adoptó una resolución denominada fórmula de "territorio a cambio de paz" la cual promovía el establecimiento de una paz duradera entre las naciones en conflicto. Bajo este plan Israel se retiraría de las zonas ocupadas en 1967 a cambio del compromiso por parte de los países árabes de finalizar el estado de guerra contra Israel. La propuesta no fue aceptada por las partes en conflicto.

No sería la última guerra de Israel.  En 1972 el grupo terrorista Septiembre Negro asesinó a los atletas judíos durante las olimpiadas de Munich de ese mismo año. En 1973, Egipto atacó Israel durante la festividad de Yom Kippur. El apoyo norteamericano a Israel y la victoria israelí provocó que la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) aumentara el precio del barril y desembocara en la crisis económica de 1973.

Tras la muerte de Nasser, principal enemigo de Israel y defensor del panarabismo, Egipto e Israel firmaron en 1978 los acuerdos de Camp David a través del nuevo presidente egipcio Sadat (asesinado en 1981 por el grupo integrista de los Hermanos Musulmanes formado en 1928). Sin embargo, Israel continuó en guerra: esta vez el escenario fue el Líbano donde Israel combatió (y sigue combatiendo) a la milicia musulmana de Hezbolá.


En junio de 1982, Israel invadió el Líbano con la intención manifiesta de eliminar la OLP. Se negoció un alto el fuego. Las tropas de la OLP se retiraron de Beirut y se trasladaron a los países vecinos. A pesar de las garantías de seguridad para los refugiados de Palestina que se habían quedado, hubo una masacre a gran escala en los campamentos de Sabra y Shatila. En septiembre de 1983, la Conferencia Internacional sobre la Cuestión de Palestina adoptó los siguientes principios: la necesidad de oponerse a los asentamientos israelíes y a las iniciativas israelíes para cambiar el estatuto de Jerusalén, el derecho de todos los Estados de la región a existir dentro de fronteras reconocidas internacionalmente y el logro de los derechos legítimos e inalienables del pueblo palestino. En 1987 comenzó un alzamiento masivo contra la ocupación israelí en el Territorio Palestino Ocupado: la intifada. Los métodos utilizados por las fuerzas israelíes provocaron un número ingente de muertos y heridos entre la población palestina. En 1988, el Consejo Nacional de Palestina reunido en Argel proclamó el establecimiento del Estado de Palestina.

Dentro de Gaza y Cisjordania se producía una combinación de factores tales como las serias dificultades económicas, el estancamiento político bajo una ocupación militar de “puño de hierro” ejercida por Israel, que dió pie a la revuelta instigada por los sectores más jóvenes de la población palestina. Frente al tradicional movimiento de resistencia secular, adquirían cada vez más importancia los movimientos de tendencia islamista. La revuelta estalló de manera espontánea contra la ocupación israelí a finales de 1987. El levantamiento popular también llamado “Guerra de las Piedras”, a diferencia de la lucha armada desarrollada hasta entonces, que era vista como terrorismo desde muchos sectores, fue acogido con mayor entusiasmo a nivel internacional ya que estaba protagonizado por civiles desarmados contra el fuertemente armado ejército israelí, lo que deslegitimaba en última instancia la intervención de este. Además, los palestinos de a pie comenzaban a tomar las riendas de su propia lucha, desplazando a la OLP como su único portavoz. Por ello, la OLP tuvo que cambiar su estrategia rápidamente. Comenzó por aceptar la Resolución de NU 242 así como la de partición de 1947, iniciando el camino hacia el reconocimiento de la solución de dos estados. No obstante, la posterior alineación del líder de la OLP Yasser Arafat con Sadam Hussein, durante la Primera Guerra del Golfo de 1990-91, erosionó bastante la imagen del líder palestino de cara a las siguientes negociaciones a celebrar. El declive de la OLP como portavoz del pueblo palestino coincidía con el auge de los movimientos islamistas, gestado desde largo tiempo en los movimientos estudiantiles de Gaza y Cisjordania, que culminan con la revelación de la organización Hamas como protagonista de la Intifada de 1987.

Esta circunstancia, unida a la desaparición de la Unión Soviética del panorama internacional como gran potencia y tradicional aliado de la OLP, llevó a esta entidad a tomar la estratégica decisión de sentarse en la mesa de negociación. El colapso soviético provocó igualmente la emigración en masa de judíos a Palestina, casi un millón a finales de los 90, y el temor de que fueran ubicados en nuevos asentamientos en Cisjordania, llevó a Arafat a actuar de manera urgente y disponerse al diálogo con Israel. La OLP no pasaba por sus mejores momentos: el apoyo expreso a Sadam Hussein por parte de Yaser Arafat había provocado la hostilidad hacia la OLP de sus tradicionales financiadores del Golfo, lo que llevó a esta organización a la bancarrota. Además, existía un gran temor a perder el liderazgo político en los territorios ocupados en favor de la organización islamista Hamas. Del lado israelí, el primer ministro laborista Isaac Rabin estaba deseoso de firmar la paz con los vecinos árabes más inmediatos a Israel y en ese sentido, el problema palestino era pieza clave en cualquier acuerdo al que se llegara.
Resultado de dicho clima fueron los famosos Acuerdos de Oslo, que se habían gestado en las negociaciones secretas celebradas anteriormente en la capital noruega. Lo esencial de estos pactos era que ambas partes: Israel y la OLP se reconocían mutuamente. Palestina, reconociendo las resoluciones 242 y 338 de Naciones Unidas, renunciaba recurrir a la violencia así como reconocía el derecho de Israel a vivir en paz y con seguridad. Al mismo tiempo, Israel se comprometía a una retirada paulatina por fases de Gaza y Jericó. Se acordó igualmente el establecimiento de una Autoridad Palestina que iría progresivamente tomando el control de Gaza y Cisjordania, asumiendo funciones de seguridad. No se mencionaba expresamente la creación de un estado palestino aunque se tomaban los pasos previos necesarios para ello. La creación de una Autoridad Palestina, implicaba el establecimiento de órganos electos tales como la presidencia y la asamblea legislativa en ambos territorios. Israel pensaba que de este modo desactivaba el problema palestino en Gaza y Cisjordania. 


Las primeras elecciones tuvieron lugar en 1996 y Hamas, que rechazaba el marco de los acuerdos de Oslo, declinó su participación. No obstante, quedaban en el aire importantes cuestiones no resueltas como el estatus de Jerusalén, capital deseada tanto por Israel como por un futuro estado palestino, los asentamientos judíos en territorios palestinos así como el retorno de la diáspora palestina de refugiados repartidos por todo el mundo. Estas cuestiones se iban a revelar como un obstáculo insalvable para profundizar en estos acuerdos. Además, los sectores palestinos más críticos con los acuerdos consideraban éstos más bien como una suerte de capitulación ante Israel. De igual modo se oponían amplios sectores de la derecha más radical israelí aunque por motivos muy distintos; no estaban por la labor de realizar concesiones en lo que consideraban territorios históricos del pueblo judío. Por lo tanto, existían poderosas corrientes contrarias a la culminación de los acuerdos y dispuestas incluso a utilizar la violencia para ello.

Los años siguientes a la firma, se produjeron toda una serie de episodios de violencia, atentados suicida y resistencia a desmantelar los asentamientos judíos que llevaron poco a poco a minar la confianza entre las partes. De hecho, en 1995 se produjo el asesinato del mandatario judío Isaac Rabin a manos de un extremista judío contrario a estas políticas.

Una de las últimas intentonas de llegar a una solución negociada del conflicto palestino fue la de los Acuerdos de Camp David del año 2000, bajo los auspicios del presidente norteamericano Clinton. La negociación estaba protagonizada por el recién elegido primer ministro laborista israelí Ehud Barak (1999) y el líder palestino de la OLP Yasser Arafat. Israel ofrecía una retirada del 80% de los territorios ocupados de Cisjordania y los palestinos se negaba, argumentando que Israel ocupaba ya el 78% de la Palestina histórica; es decir, Israel dentro de las fronteras vigentes hasta 1967. Gaza y Cisjordania constituía por tanto el 22% que quedaba de Palestina y los palestinos no estaban dispuestos a renunciar a ello. Para Israel, el punto de partida eran las fronteras de 1967, para Palestina las de 1948. Cuestión no menos espinosa era la de la ciudad de Jerusalén, capital indivisible de Israel para los judíos, capital histórica del pueblo palestino, centro neurálgico tanto para los creyentes musulmanes como para los hebreos. Jerusalén alberga en un espacio de unas 15 hectáreas tanto el Monte del Templo, lugar más sagrado para los judíos, como la Explanada de las Mezquitas o “Noble Santuario”, tercer lugar más sagrado para los musulmanes después de la Mecca y Medina. Incluso en el hipotético caso de llegarse a un acuerdo para la división de Jerusalén, sería imposible llegar a un pacto para dividir los lugares sagrados. La cuestión más irresoluble de todos los contenciosos era el retorno de los palestinos refugiados: el lado palestino argumentaba que era un derecho que debía ser efectivo para todo palestino en el exterior mientras que el lado israelí argumentaba que podía verse limitado por razones de soberanía nacional.


En las raíces del problema palestino hay dos conflictos subyacentes: uno el conflicto entre estados que enfrenta a los estados árabes de la región con Israel desde 1967 y otro el conflicto entre Israel y Palestina que arranca en el año 1948; ambos generan una serie de problemáticas diferentes y diversas, aunque tengan fuertes conexiones como si fueran vasos comunicantes. Sin lugar a dudas, el conflicto más enconado y complicado de resolver es este último y el descarrilamiento de los procesos de Oslo y Camp David iban a dar buena muestra de ello. Este fracaso iba a abrir la puerta a una segunda revuelta.
La Segunda Intifada

Si la primera Intifada fue un levantamiento popular espontáneo, la segunda distó mucho de tener dicho cariz. Denominada también de Al Aqsa, se produce a partir del 29 de septiembre de 2000, en plenas negociaciones de Camp David, cuando el entonces líder de la oposición israelí Ariel Sharon visita la zona exterior del recinto de la Cúpula de la Roca y la mezquita de al Aqsa, en lo que fue interpretado como una grave provocación por parte de los palestinos.

La tensión fue en aumento entre ambas comunidades lo que degeneró en la muerte de civiles palestinos a manos del ejército hebreo. El proceso de paz estaba herido de muerte, ocupando de nuevo Israel durante la operación “Escudo Defensivo” territorios que había liberado en Cisjordania en el marco del proceso de Oslo.

En esta época, se generalizó el empleo de comandos suicidas por parte de algunas organizaciones palestinas, atacando a civiles en zonas concurridas de ciudades como Tel Aviv o Haifa. En esta espiral de violencia se dio un portazo a cualquier posibilidad de salida negociada al conflicto.

A partir del año 2000, el político derechista del Likud Ariel Sharon ocupaba el cargo de primer ministro. Sharon era conocido por su vinculación con las matanzas de los campos de refugiados palestinos en Líbano de Sabra y Chatila, calificadas como acto de genocidio por Naciones Unidas. Su procedencia política de la derecha más radical hacía presagiar una agenda complicada en la gestión de la cuestión palestina. En el verano de 2005 toma la decisión unilateral de retirar las tropas israelíes de Gaza así como cualquier tipo de asentamiento judío, entendiendo que era lo que más convenía estratégicamente a Israel en aquel momento para evitar un mayor desgaste. Pero el fracaso de las negociaciones de paz iban a suponer un serio revés para Fatah, que asistió impotente al auge de la organización islamista Hamas y su fuerte penetración en la sociedad palestina. Los islamistas de Hamas barren en las elecciones legislativas de 2006 de la mano de Ismail Haniyeh generando un nuevo problema en el conflicto como era el de quién realmente representaba al pueblo palestino a partir de entonces.


A partir del año 2002, como consecuencia de la generalización de acciones suicidas perpetradas por palestinos, Israel aduce razones de seguridad para comenzar a construir un sistema de vallas, alambradas y muros siguiendo el trazado de la antigua “Línea Verde” del armisticio de 1949 y adentrándose en muchos lugares para rodear los múltiples asentamientos judíos que hay en Cisjordania. Desde la narrativa palestina, esto no supone más que un ahondamiento en la política de hechos consumados, perpetuando un sistema de “bantustanización” de las comunidades palestinas al estilo del sistema de Apartheid que regía en el pasado en Sudáfrica.

El último gran intento de negociaciones directas entre Israel y Palestina se produjo en 2008 entre el presidente palestino Mahmoud Abbas y el primer ministro israelí Ehud Olmert. En dichas negociaciones se acercaron posturas en muchos puntos puntos de la agenda pero lejos de acercar las grandes cuestiones de la disputa de 1948. El principal escollo lo constituían las cuotas de refugiados palestinos retornados que Israel estaba dispuesto a admitir. Pese a que ambas partes estaban de acuerdo en la solución de los dos estados, a la hora de negociar elementos concretos cada parte tenía la convicción de que la otra se inmiscuía en cuestiones soberanas del otro: si Israel consideraba inasumible el retorno de ciudadanos palestino a su propio territorio, Palestina rechazaba frontalmente que Israel controlase elemento de su seguridad o incluso el espacio aéreo. Por aquel entonces, faltaban pocos años para producirse un fenómeno que iba a pasar como un ciclón por numerosos países del norte de África y Oriente Medio e iba a modificar totalmente el equilibrio de poderes en la región, eclipsando aún más si cabe el conflicto de Palestina. Dicho fenómeno fue el de las “Primaveras Árabes”.

A partir del año 2008, se impone por parte de Israel un bloqueo a la franja de Gaza, controlada por el movimiento islamista Hamás, y se suceden diversas ofensivas relámpago israelíes: Plomo Fundido (entre el 27 de diciembre de de 2008 y el 18 de enero de 2009), Pilar Defensivo (noviembre de 2012) y la más mortífera de todas Margen Protector, con un saldo de más de 2000 muertos, quedando las infraestructuras civiles del enclave seriamente dañadas.

Durante la Primera Guerra del Golfo (1990-1991),  aparece una nueva protesta árabe en Israel: La Intifada ( O lucha Popular). La Primera Intifada empezó en 1987 con la famosa "Guerra de las piedras". Las imágenes televisadas mostraban batallas callejeras entre palestinos y miembros de las Fuerzas de Defensa de Israel, en la que los palestinos atacaron con piedras y otros objetos al ejército de Israel, y este respondió con balas, de ahí el nombre de "Guerra de las piedras" o "Piedras contra balas"; la violencia decayó en 1991 y tocó a un fin más completo (aunque no decayó totalmente) con la firma de los Acuerdos de Oslo (13 de septiembre de 1993) y la creación de la Autoridad Nacional Palestina, que gestionaría Gaza y Cisjordania. El acuerdo fue firmado entre Yasser Arafat y el primer ministro israelí Isaac Rabín, laborista. Sin embargo, Rabín sería asesinado en 1994 por un grupo ultraortodoxo ligado al Likud (derecha sionista). La guerra continúa en la actualidad.

Desde el 9 de diciembre de 1987 hasta la fecha de la firma de los citados Acuerdos, 1.162 palestinos y 160 israelíes murieron a causa de los enfrentamientos de la Primera Intifada.

domingo, 29 de junio de 2014

LITERATURA Y PUBLICIDAD. Federico García Lorca como reclamo publicitario


Los creativos publicitarios recurren a técnicas literarias que siempre han sido el mejor y más estético cauce de transmisión de ideas. El cuidado de la estética es uno de los mejores mecanismos para conseguir que un anuncio permanezca en la memoria de los consumidores.

El anuncio de cruzcampo de 2004 es un claro ejemplo. El actor que representa la figura de Federico García Lorca  empieza recitar la cancioncilla del primer deseo cuando le sirven la cerveza en un bar de aquella época. El actor está como Lorca en sus años de madurez, produciendo cierto símil con el retrato del poeta.
El poema está cargado de rasgos simbólicos y modernistas: El poema empieza con en la mañana fría, quería ser corazón, corazón representando la mañana con el despertar frío donde el amor está floreciendo y la tarde madura con el desarrollo del romance representando el paso del tiempo , donde canta el ruiseñor que llama a la noche.

En el poema, Lorca pide al alma que se ponga de color naranja. En este verso, alma, ponte color naranja; alma ponte color de amor podemos observar un rasgo simbolista en el que el color naranja representa la vida, la plenitud y la alegría. (Por eso, cruzcampo utiliza este momento donde la cerveza con su color naranja representaría los mismos sentimientos que representa ese color en el poema de Lorca).

Cuando termina de recitar la primera estrofa, se oye un tañido de guitarra. La guitarra es un elemento de refuerzo para el poema, puesto que Lorca era andaluz y  en su poesía podemos encontrar la ubicación meridional de Granada, donde se encontraba viva la herencia mora, el folclore, el oriente y una geografía agreste, quedó impresa en toda su obra poética, donde los romanceros y la épica se funden de manera perceptible.

Lorca consigue en su poesía crear un momento de lucidez e intensidad emotiva y estética transformando objetos de la realidad en vivencias profundas, de naturaleza sensible en un momento y tiempo determinados gracias a las imágenes (el tablao flamenco), la melodía (la imagen de Paco de Lucía, figura clave en el flamenco, tocando la guitarra) y la escenografía que representa una imagen folclórica de Andalucía.


La poesía pretende llevar a los lectores a una vivencia similar a la que ha vivido el poeta, por lo que los receptores deben romper su aislamiento e implicarse íntimamente para vivir las mismas sensaciones que el poeta.




PIDO LA VOZ Y LA PALABRA

Este 29 de junio se cumple el aniversario de la muerte del poeta Blas de Otero, cuyos días tocaron a su fin en Majadahonda. Considerado como uno de los grandes poetas del siglo XX, su obra buscó dar respuesta a temas universales como el hombre y su destino, la paz y la justicia, la solidaridad entre los pueblos y sus gentes, y el enigma de España como patria y como lengua.

Como dijo el poeta Blas de Otero
pido la voz y la palabra
con el fin de que mis versos abran
las mentes y los corazones de aquellos a los que quiero

pido la palabra y la voz para lanzar un grito
para derruir los muros de la necedad y de la censura
con mis versos que emanan paz, esperanza y ternura
para crear un futuro que aún no se ha escrito

pido de nuevo la voz y la palabra
para reclamar el derecho a protestar
en una época macabra
donde todavía quedan muchas batallas por librar

Sus aciertos y errores a la vista
muerto y enterrado como tantos
antes de él

pero no hay tiempo para llantos
Blas Otero, poeta y comunista
siempre leal a la hoz y martillo, siempre fiel

Nos deja el poeta, pero queda su palabra
Palabra y activismo de la hoz que labra
y el martillo que golpea
contras las injusticias mientras su voz se eleva

que esa voz se convierta en una ola gigante
que nunca la diluya la mar
y que recuerde al caminante
que el camino se hace al andar

Blas de Otero

domingo, 22 de junio de 2014

EL MATERIALISMO HISTÓRICO Y DIALÉCTICO: KARL MARX

De Hegel a Marx

Hegel fue la cima del Idealismo alemán. Su tesis básica es que el “Espíritu” (el Sujeto humano en su esencia racional) se realiza a sí mismo en la Historia Universal, la cual alcanza su fin cuando lo real es adecuado a la razón y el Espíritu absoluto es plenamente autoconsciente Marx estudió la obra de Hegel viéndola como un reflejo de los anhelos de la burguesía que resultó triunfante en la revolución política del siglo XVIII. A pesar de que Marx rechazó tanto el Idealismo como asumir sin más el auge de la burguesía consideraba que en la obra hegeliana había una serie de elementos que pueden ser recogidos por una filosofía materialista. Por ejemplo la “dialéctica” y el concepto de “alienación”, entre otros.


La “dialéctica”, sostenía Hegel, es el auténtico y último motor de la Historia: lo que conduce inexorablemente desde las fases inferiores a las fases superiores (siendo el mundo moderno el fin de la Historia Universal: su meta, su culminación, la cima del Progreso). ¿En qué consiste la dialéctica de la historia (como historia del espíritu humano que anhela coincidir consigo mismo realizando en el tiempo su esencia eterna)? En que la contradicción entre una “tesis” (una afirmación) y su “antítesis” (la negación de lo previamente afirmado) da paso a una síntesis de ambos extremos, a una superación dialéctica en la que tesis y antítesis resultan a la vez suprimidos, conservados y armonizados o reconciliados. Un ejemplo: el mundo moderno, explica Hegel, es una síntesis surgida de la contradicción entre el mundo grecolatino y el mundo cristiano medieval. Marx acepta la idea de que la historia y el mundo se mueven “dialécticamente” aunque entiende que este proceso desde una clave “materialista” en la que se rechaza el idealismo espiritualista hegeliano.

Otro elemento que Marx recoge de Hegel es la temática de la “alienación”. Este concepto se refiere a un estado negativo del hombre: el hombre alienado es el hombre expropiado de su esencia, despojado de su auténtica realidad y verdad, es el hombre “enajenado”; puesto que –según el pensar dialéctico- lo negativo remite a lo positivo como una fase larvaria de su afianzamiento y realización sucede que el hombre debe reconocer ese estado negativo y superarlo: debe liberarse o emanciparse de lo que le arrebata su esencia, debe recobrar o recuperar su esencia provisionalmente perdida. Un ejemplo: Hegel sostiene que el hombre cristiano cuando se concibe como “hijo de Dios” –o sea, cuando se considera a sí mismo subordinado a una instancia superior y anterior- es un hombre alienado, ¿por qué? Porque el Hombre (Espíritu) es el Sujeto de la Historia, es el Fundamento del mundo y por lo tanto es la instancia soberana y suprema (¿Cómo, afirma Hegel, el Hombre va a estar sometido a Dios?; Hegel, desde luego, sigue aquí el antropocentrismo kantiano llegando a decir que para el Hombre moderno solo hay un auténtico y único “Dios”: él mismo). Marx retomó el concepto de “alienación” de Hegel afirmando que en la “sociedad moderna capitalista” el hombre vive en general “alienado” (volveremos más adelante sobre esta cuestión).


Marx rechazó la concepción de la filosofía según la cual el pensamiento va de una idea a otra y así sucesivamente hasta el infinito. Las ideas abstractas –por necesarias que sean- deben detenerse en un punto y tocar tierra (si no lo hacen se mueven en el vacío en un universo etéreo y flotante). Es decir, el juego de las ideas filosóficas tiene que estar conectado con la realidad práctica, con la acción. Así una teoría filosófica debe pensar el mundo –plasmarlo en ideas generales o conceptos abstractos- no ya solo para “conocerlo” –para contemplarlo pasivamente desde la distancia- sino también y ante todo para “transformarlo”. El pensamiento, por lo tanto, cuando es verdadero, está anclado en la realidad, conectado con la “praxis”: de ella surge y sobre ella vuelve. La meta final del pensamiento está en la transformación del mundo (y no solo en su “interpretación”). Pero ¿por qué la “sociedad moderna” (surgida de la confluencia de la revolución industrial y de la revolución política) tiene que ser a la vez pensada y finalmente transformada? Porque está atravesada, en su núcleo mismo, por profundas “contradicciones” (y éstas se expresan en el auge de fenómenos negativos: explotación, alienación, etc.); unas contradicciones que son la semilla que conducirá a otra cosa (a una superación o una síntesis dialéctica, etc.). Así el pensamiento filosófico se encarga de explicitar las ocultas y escondidas “contradicciones” del mundo y la “acción revolucionaria” del proletariado –la clase social que padece en sus carnes las consecuencias negativas de las contradicciones- será quien las supere dialécticamente, quien las resuelva definitivamente alcanzando el fin y la meta de la Historia Universal (el punto en el que lo real es racional y los ideales están encarnados en el mundo).

Marx concibió la Historia de la Humanidad dialécticamente, siguiendo pues, aunque solo en parte, el idealismo hegeliano. Que la Historia posea una entraña o una trama “dialéctica” implica que hay una Ley que prefigura y gobierna su desarrollo, sus cambios (el materialismo de Marx le conduce, como iremos viendo, a situar esa Ley de la Historia Universal en la “estructura económica”). ¿Qué “augura” según Marx esa Ley dialéctica de la Historia? Que el “Capitalismo” –el núcleo duro del mundo moderno- perecerá víctima de sus contradicciones y que de la superación de éstas surgirá la “sociedad sin clases” (el “socialismo” o el “comunismo” marca así el fin de la Historia, la cima del Progreso, su “happy end”). En este mundo nuevo surgido de las cenizas de la modernidad capitalista el Hombre recuperará y realizará en el mundo su Esencia, conseguirá des-alienarse, logrará su liberación y su emancipación, será, por fin, el “Sujeto”, el “soberano”. Desde luego en estas tesis de Marx –en las que modula en clave materialista afirmaciones del idealismo filosófico de la modernidad- laten muchos problemas y dificultades; aludiremos ahora solo a una de ellas: ¿cómo conjugar la “necesidad” marcada por la Ley dialéctica de la Historia con la idea de que la meta de la Historia, su culminación, es la Libertad del Hombre? Etc.

El idealismo hegeliano sostiene la primacía del “Espíritu” sobre la “naturaleza”. Marx realiza una inversión de este planteamiento: postula la prioridad de la Naturaleza –de la “materia y lo material”- sobre el “espíritu”. Partiendo de esta inversión Marx lleva a cabo una crítica de la tesis idealista referida a la esencia humana. Según el Idealismo alemán –desde Kant hasta Hegel- la “autoconciencia” (el ensimismamiento reflexivo) es lo que define esencialmente a los seres humanos (gracias a la “reflexión” se percatan de que no son simples “seres naturales” sino que son –en virtud de la “razón” que localizan en su interior- nada menos que el fundamento del mundo, el Sujeto de todo, su origen y su fin o su meta –esta es la tesis central del antropocentrismo moderno; así, por ejemplo, desde esta óptica se sostiene que la naturaleza debe estar “al servicio del Hombre”, es decir: ser apta para ser dominada y controlada para sus propósitos, etc.).

Pues bien: Marx sostiene que la esencia humana no está en algo tan etéreo y abstracto como la “autoconciencia” (la reflexión en la que se revela la identidad humana, lo que Fichte denominaba “Yo = Yo”). ¿Qué define entonces su esencia? No la interiorización reflexiva (la cual encierra al hombre en su pura conciencia, en un flujo de meras representaciones internas de lo externo y lo mundano) sino el “Trabajo”. ¿Qué es el “trabajo”? Es la “acción técnica”, por ejemplo la fabricación de artefactos que satisfagan sus necesidades. Esta actividad técnica –producir, fabricar, manufacturar- opera sobre la naturaleza, el entorno material, transformándolo. Con esta transformación de la Naturaleza se consigue, nada menos, adaptarla al Hombre (el cual es, por ello, el Sujeto –el fundamento- de la técnica, su origen y su fin; el hombre, por lo tanto, “crea” su entorno “a su imagen y semejanza”).

¿A qué afirmación conduce esta tesis de Marx según la cual el trabajo es la esencia del hombre universal (una inversión del idealismo que, sin embargo, conserva su esquema básico, su modelo central)? Siguiendo su esencia –su identidad necesaria, su naturaleza permanente- el Hombre se realizará a sí mismo –logrando su plenitud y su perfección- en el Trabajo. Ahora bien: a pesar de este “esencialismo” –antropocéntrico- Marx no ignora que el trabajo está determinado (organizado, sistematizado) por unas condiciones sociales e históricas. Es decir: cuando la sociedad –según su “desarrollo histórico”- no es la adecuada a la esencia humana el trabajo en vez de realizar al hombre lo aliena y lo enajena: lo despoja de su esencia, se la arrebata. Y esto es –a juicio de Marx- lo que sucede en la sociedad moderna vertebrada por la economía capitalista –ese sistema de organización de lo económico en al que la propiedad de los medios de producción es privada, etc.

El materialismo histórico y dialéctico

El materialismo histórico es la teoría marxista de la historia. Se basa en la idea de que la fuerza motriz de la historia es la actividad económica. El punto de partida del materialismo histórico es un análisis de cómo las personas se ganan la vida y cómo intercambian su trabajo por dinero para vivir.

Marx consideraba a la dialéctica como el único método lógico de explicar una materia de estudio en constante desarrollo, es una ley de lógica.
Pensaba que los estudios sociales podrían alcanzar la misma certeza que los demás. Su dialéctica aplicaba una flexibilidad a la lógica que le impedía distinguir entre probabilidad y rígida necesidad o reconocer que los supuestos son condicionales. La religión aporta sensaciones ficticias o imaginarias que desvían al esfuerzo por encontrar satisfacciones reales.


Para los marxistas es la base fundamental filosófica del marxismo, ya que como su nombre indica, es una combinación de la dialéctica hegeliana y el materialismo filosófico de Ludwig Feuerbach, Karl Marx y Friedrich Engels.

Marx intentó entender la historia –lo histórico, la historia del mundo y el mundo de la historia- bajo una clave a la vez “dialéctica” y “materialista”.

Según la “dialéctica” el motor del desarrollo histórico se localiza en la contradicción (oposición, enfrentamiento) de una tesis (afirmación) y una antítesis (negación) que conduce necesaria e inexorablemente a una síntesis superadora entre lo que anteriormente estaba contrapuesto. La “dialéctica” por lo tanto es lo que define la Ley del desarrollo de la historia humana (social, política, etc.).

El “materialismo” de Marx se concentra en dos tesis distintas (cuya articulación, por cierto, nunca resulta nítida y clara):
  • Hay una primacía o prioridad de la Naturaleza (la realidad material) sobre el espíritu (la cultura, la sociedad, la conciencia, etc.). Marx nunca expuso esta afirmación de un modo sistemático y argumentado; sí lo intentaron primero su discípulo Engels y después Lenin y otros autores: los seguidores de Marx pretendían superar el materialismo mecanicista anterior –surgido en el siglo XVII con Hobbes y bastante común en la ilustración francesa- a favor de un materialismo articulado según una “dialéctica de la naturaleza” (la cual a pesar de que pretende apoyarse en las ciencias empíricas es en realidad muy poco científica –es una especulación abstracta y confusa apoyada sobre un monismo materialista poco consistente).
  •  La centralidad y fundamentalidad del trabajo: en y con la actividad técnica se consigue satisfacer las distintas necesidades vitales (alimentación, abrigo y cobijo, etc.), es decir, se proporcionan los medios de subsistencia, se logran mantener las condiciones “materiales” de vida. Según esta tesis, por lo tanto, la “base económica” es lo que define y determina un sistema social en su conjunto: las instituciones que organizan la vida moral (familia, etc.), el Estado, el derecho y la justicia, la religión, el arte, etc.
El materialismo histórica se sostiene, a la postre, sobre dos ideas. Por un lado se dice que el ser humano –como ser social avocado al “trabajo”- es un producto de la Naturaleza (pesa aquí el darwinismo que Marx conoció y aplaudió). Pero a su vez –y aquí tenemos una tesis idealista modulada de una manera “materialista”- la Historia es un producto del Hombre; él es, entonces, el Sujeto de la Historia –la cual es “construida” o “creada” por él, desde él y para él-: el hombre es su principal protagonista, eso que marca su principio y define su fin (¿cuál es este fin o esta meta? La realización de la esencia humana en un mundo adecuado a su razón y su libertad, etc.). ¿En qué consiste, pues, la modulación materialista de la tesis idealista según la cual el hombre es el Sujeto de la historia (su fundamento, su alfa y su omega)? Por un lado Marx niega que la esencia humana esté en la “conciencia” (y en las ideas o representaciones que contiene) pero, positivamente, como hemos dicho ya, sostiene que la esencia humana se localiza en el trabajo, en la técnica; por eso Marx concluye –y esta es la entraña del “materialismo histórico”- que el principal motor de la historia se encuentra en al surgimiento y el desarrollo de los “sistemas productivos”, en la “estructura económica” de la sociedad.



Los conceptos fundamentales del marxismo

Repasaremos una serie de conceptos centrales en Marx y en el marxismo: el par infraestructura y superestructura, la ideología (entendida como “falsa conciencia” o como “distorsión cognitiva”, etc.), la alienación humana y sus clases, el concepto de “modo de producción”, la noción económica de “plusvalía” (en la que se concreta la tesis de la explotación de los trabajadores por los propietarios de los medios de producción), la constatación de la “lucha de clases” y el anhelo de una “revolución proletaria”, el objetivo utópico de una “sociedad sin clases”.
  • Infraestructura y superestructura
Una de las tesis principales del materialismo marxista es esta: la base de una sociedad –su infraestructura- está en el “sistema productivo”, en la organización del trabajo, en la “estructura económica”, en definitiva. Todos los demás aspectos de la sociedad dependen, según esta afirmación, de esta base: están determinados por ella y desde ella; por ejemplo la vida moral, la esfera política del Estado (el derecho, etc.), la religión, el arte, etc. Esta tesis define, desde luego, un determinismo economicista que ha sido discutido en numerosas ocasiones por considerarlo exagerado (¿es cierto que todo se explica y se entiende desde lo económico por importante que sea?)

  • La ideología
El término “ideología” tiene en principio un significado neutral: alude solo a las ideas o representaciones de la conciencia de los individuos (ideas que reflejan y concretan su interpretación de la realidad). Sin embargo Marx subraya que la conciencia del individuo a pesar de que ingenuamente se cree autosuficiente e independiente no define por si solo ni lo que alguien es ni tampoco lo que alguien sabe o alguien cree: lo que define a cada uno especificando sus creencias o representaciones está –aunque lo ignore- definido por su lugar en el conjunto de la sociedad, especialmente por su sitio en las relaciones económicas de producción.

Tirando de este hilo Marx abandona y rechaza la concepción neutral de la ideología y elabora sobre ella un conjunto de consideraciones enteramente negativas: lo ideológico –distribuido difusamente por la sociedad- es una “falsa conciencia”, una profunda e inadvertida “distorsión cognitiva”. Así pues la “ideología” es un velo implícito –y por eso enormemente poderoso (por ser para los individuos “inconsciente”)- que encubre y desfigura la verdadera realidad social. ¿Quién impone, según distintas vías (por ejemplo los medios masivos de comunicación, etc.), la “ideología” que predomina en la sociedad? La clase dominante, la clase más poderosa: la clase social que controla la economía y se beneficia de ella. Es ella la que, con el propósito de ocultar sus intereses, forja y difunde una ideología que, en último término, engaña y adocena a las clases subordinadas o dominadas.

La tarea que según Marx debe emprenderse es la de una “crítica de la ideología” gracias a la cual la “falsa conciencia” sea sustituida por una “conciencia verdadera” (esa que ha desenmascarado los discursos meramente ideológicos).

La alienación y sus clases

El concepto de “alienación” (sinónimo de enajenación o extrañamiento) procede de Hegel. Marx lo elabora, por su parte, desde una clave materialista. La alienación es el estado del hombre en el que por causas exteriores ha perdido su identidad (está separado o alejado de su esencia por algo externo que impide que sea en la realidad lo que ya es por derecho). Así pues la alienación deshumaniza el hombre y le marca la tarea de re-humanizarse: de recobrar o recuperar su humanidad extrañada o enajenada (expropiada, confiscada, robada).

Si la esencia del hombre es –según la tesis antropológica del materialismo- el trabajo entonces ocurre que cuando el hombre produce algo se realiza a la vez a sí mismo (llega a ser él mismo, se identifica o asimila con su esencia, coincide consigo mismo). Pero esto, aunque sea así en el reino ideal y eterno de la esencia, no es siempre real: no está sin más garantizado por las condiciones externas en las que viven los hombres concretos, los hombres sociales e históricos. Y es aquí donde actúa la alienación: cuando algo obstaculiza e impide la realización plena y completa de la esencia humana universal. Por ejemplo: si lo que el hombre ha producido con su esfuerzo no es una posesión suya sino de otros (por ejemplo del señor feudal que exige el diezmo o el empresario capitalista que acumula la plusvalía) estamos ante un factor alienante, ante algo que arrebata al hombre su esencia.

Marx distingue dos tipos de alienación: una alienación principal, la alienación económica, y una alienación subordinada a ella y explicada por ella, la denominada alienación ideológica.
  • La alienación económica, en el caso que a Marx le importa, en la sociedad moderna definida por el modo de producción capitalista, consiste en una doble desposesión: el trabajador es por una lado desposeído del resultado de su trabajo –de lo que ha producido- y por otro lado es desposeído del acto mismo de producir (por ejemplo con la imposición de unos ritmos de trabajo, unos horarios, etc.). Juntando estos dos aspectos de la alienación económica se concreta, según Marx, una deshumanización total y completa del ser humano en la medida en que sufre una enajenante explotación laboral.
  • La alienación ideológica –supeditada a la anterior- consiste en general en el desarrollo por los miembros de la sociedad de una “falsa conciencia”: el individuo alienado ignora quién es y cuáles son sus verdaderos intereses estando por ello obnubilado por erróneas creencias y deformantes representaciones (vive en una gran mentira sin saberlo, anestesiado por un conformismo y una docilidad inducida por la ideología dominante). La alienación ideológica tiene una vertiente social, otra política y otra religiosa.
La sociedad moderna está dividida, subraya Marx, en dos clases antagónicas: la de los propietarios y la de los proletarios; pero la alienación social lleva a que los individuos de la clase trabajadora se olviden de a qué clase pertenecen e ignoren así sus propios intereses de clase oprimida y explotada.

La alienación política consiste en la falsa creencia de que el Estado –vertebrado por el Derecho- es una institución neutral que defiende constantemente el interés general (en realidad, aunque sea revestido por el manto de la “legalidad”, el Estado está al servicio de la clase dominante y protege ante todo los intereses particulares de ésta).

Por su parte la alienación religiosa consiste en creerse a pie juntillas las ideas que apuntan a que la vida auténtica y feliz tendrá lugar en el más allá, etc.; de esta manera de un modo indirecto se aprueban o al menos se toleran las injusticias que tienen lugar en este mundo.

¿Cuándo, según Marx, desaparecerá definitivamente la alienación humana (sea la alienación económica o la ideológica)? En una sociedad sin clases (en la que la propiedad de los medios de producción no sea privada y no exista entonces el trabajo asalariado, etc.).

       

Es el método mediante el cual una sociedad utiliza sus recursos, es la fuente de su existencia, su modo de producción explica su situación política y los cambios en el modo de producción se corresponden a sus cambios políticos.

Esta teoría le ha permitido analizar a la Revolución Francesa como una revolución burguesa que promociono los derechos de una clase media. Pensaba que en la revolución de una sociedad no puede perderse nada valioso.

En las revoluciones de su tiempo ve un levantamiento por la toma de conciencia de la clase trabajadora ante su propia degradación.

Por otra parte, no valoró ningún sistema de reforma.

Karl Marx se dedicó a analizar el capitalismo, la forma de producción de su época. Para Marx, el capitalismo se sustenta en la existencia de dos clases cuyos intereses son contradictorios: una es dueña de los medios de producción, los burgueses; y la otra clase es dueña únicamente de su fuerza de Trabajo, los proletarios. Burgueses y proletarios están enfrentados en lo que el autor define como "lucha de clases"; es decir, dos grupos antagónicos con intereses contrapuestos.

Este conflicto no era algo nuevo. Según Marx, siempre había existido a través de la historia en las sociedades de clases. Antiguamente, se enfrentaron esclavos con hombres libres, luego siervos con señores. Por lo tanto, la pugna que se daba en el Capitalismo era la reproducción de relaciones económicas basadas en la explotación.

Otro factor importante en la obra de Marx es la división del Trabajo. Para los autores clásicos era fuente de la Riqueza de una nación (aun cuando le reconocía algunos elementos negativos), Marx identifica el factor de alienación que ésta genera. A medida que la división del Trabajo se va consolidando -algo que se veía con fuerza en la época- éste se hace cada vez más fragmentado, lo que genera conflictos de intereses que se agravan a causa de la institución de la Propiedad privada. Cada trabajador se convierte, según Marx, en un especialista en cierta materia determinada y no sabe hacer nada más. Si una máquina reemplaza esa tarea, el obrero pasaría a ser una "Mercancía de desecho".

El fin del capitalismo

Marx consideró al capitalismo no como un orden social inmutable, sino como un eslabón de una cadena. A su juicio, este sistema tenía contradicciones inherentes que generarían su propio fin. ¿Por qué el capitalismo necesariamente se iba a acabar? Marx estableció básicamente cinco razones o leyes.
En primer lugar, lo que ocurría en el capitalismo era que la tasa de Beneficio de las empresas iba bajando cada vez más. Marx tomó este argumento de los economistas clásicos (especialmente de David Ricardo) y adquirió un rol clave en su análisis.

En segundo lugar, la tasa decreciente de Ganancia permitía competir sólo a los más eficientes, por lo que las pequeñas empresas no tenían posibilidad alguna de hacerlo. Así, su propietario o comerciante debía abandonar el negocio porque no era rentable y debía incorporarse como proletario a la gran fábrica. Es decir, la Propiedad se iría concentrando cada vez más en menos manos.
En tercer lugar, la sustitución de trabajadores por maquinaria haría que el Desempleo se incrementara, generando lo que Marx llama un creciente ejército industrial de desempleados. De este modo, aumentaría progresivamente la miseria de la gente, ya que por una parte habría más desempleados y, por otra, los que estuvieran empleados serían cada vez más explotados para compensar la baja de los beneficios de los empresarios.

Finalmente, y Producto de todo lo ya señalado, Marx predijo que las crisis y depresiones serían cada vez mayores y que afectarían cada vez a más personas.

La consecuencia lógica de estas leyes para Marx era la revolución del proletariado. En algún momento, la gran masa se iba a levantar, generando una revolución de la cual surgiría una nueva Sociedad: la Sociedad comunista, donde no existirían relaciones de explotación en lo económico, ni relaciones de dominación en lo político e ideológico.

La revolución y la lucha de clases

Según la teoría marxista de la historia lo decisivo de esta está preferentemente en los cambios (por ejemplo en el cambio de la antigua sociedad esclavista a la sociedad feudal medieval, etc.). Y la pregunta principal aquí es: ¿cuál es el motor último del cambio social, político, etc.?

Respecto al cambio histórico Marx destaca que por relevante que sea no basta la crítica de la ideología que encubre y legitima el statu quo pues ésta solo opera al nivel de la superestructura. Lo esencial del cambio histórico está, dice Marx, en una transformación de la infraestructura, de lo económico, de la base material de la vida humana; solo así cambiará también la superestructura (moral, derecho, política, religión, etc.).

La sociedad moderna está profundamente marcada por el modo de producción capitalista. Este implica, entre otras cosas, que la sociedad está dividida y organizada según dos clases antagónicas, dos clases enfrentadas por unos intereses inconciliables: la burguesía capitalista (la clase dominante y poderosa) y el proletariado (la clase dominada, subordinada, debilitada, dividida y vencida). Entre esas dos clases sociales –determinadas y definidas por el sistema económico- hay, aunque sea de un modo latente y soterrado, una “lucha”: la lucha de clases –presidida por una dialéctica de la contradicción.

La lucha de clases es un concepto o una teoría que intenta explicar la existencia de un conflicto de intereses entre diferentes clases sociales, donde este sería un antagonismo inherente a toda sociedad estratificada en clases dominadas y clases dominantes.

Según Karl Marx la lucha entre las clases sociales es el motor de la historia, es decir que el conflicto entre clases sociales en sentido marxista, es decir la relación de los diferentes grupos de una sociedad con los medios de producción, ha sido la base sobre la que se produjeron los hechos que dan forma a la historia.

Esta lucha se da entre dos clases sociales antagónicas características de cada modo de producción. En las sociedades primitivas cuando la producción apenas alcanzaba para la subsistencia no existían clases sociales pero a partir de las sociedades esclavistas nos encontramos con dos clases antagónicas, esclavos y esclavistas, en el paso por la sociedad feudal nos encontramos con siervos y señores feudales y por último en la sociedad capitalista nos encontramos con el proletariado y la burguesía.

Esta lucha de clases se define por las características inherentes a cada una, de un lado la clase explotada, oprimida pero a su vez productora de bienes y servicios, creadora y modificadora de la realidad que la rodea y por la misma razón revolucionaria en tanto pretende cambiar el orden establecido. Del otro lado está la clase explotadora defensora de los beneficios que goza a expensas de la otra clase, sin interés en modificar la realidad que les beneficia y por la misma razón reaccionaria.

Para Marx el fin último de la historia es la eliminación de las clases sociales cuando la clase más desvalida y universal (el proletariado creado por el modo de producción capitalista) consiga "emancipar" a toda la humanidad.

El marxismo considera que las clases sociales aparecen en las sociedades con división social del trabajo, y que no todo el mundo trabaja de la misma manera, ni se relaciona del mismo modo con las fuerzas productivas.

Con la aparición de la propiedad privada la sociedad se divide en dos grandes grupos o clases: una fue la de las personas que poseen propiedad privada, que son dueñas de los medios de producción (tierras, fábricas) y por otra parte estaban aquellas personas que no son dueñas de dichos medios y sólo disponen de la fuerza de su trabajo para sobrevivir.

De esta forma, son básicamente dos las clases sociales en toda sociedad que admite la propiedad privada de los medios de producción.

En esta teoría Marx propuso que el obrero se uniera para hacer que sus derechos no fueran marginados y así controlar la burguesía

La dinámica del capitalismo –con su tendencia a los monopolios, a las crisis cíclicas entre una fase de expansión y otra de recesión, su paro estructural, etc.- conduce hacia un paulatino empobrecimiento de la clase trabajadora en la medida en que se deprecia constantemente el valor del trabajo con el fin de competir en el mercado con mercancías de bajo precio y aumentar a la vez los beneficios de los propietarios de los medios de producción.

El empobrecimiento de la mayoría social –paralelo al enriquecimiento de una élite privilegiada- llegará hasta un punto insostenible en el que cuaja un estallido social violento: una revolución proletaria en la que se transformará la infraestructura económica aboliendo el capitalismo. Se llegará así, cree Marx, al final de la Historia: la sociedad sin clases.


La utopía de una sociedad sin clases

Marx, a pesar de rechazar su idealismo filosófico, comparte con Hegel dos tesis: hay un fin de la Historia (una cima del Progreso); el motor del cambio histórico –la ley del cambio- es la dialéctica (la contradicción entre una tesis y una antítesis y una síntesis superadora de lo contradictorio en la que la oposición inicial es dejada atrás, etc.).

Según su análisis económico en el modo producción propio del mundo moderno –el capitalismo- anida una contradicción que lo terminará, tarde o temprano, destruyendo y dinamitando desde dentro. La contradicción del sistema económico capitalista se revela, por ejemplo, en dos de sus leyes económicas: la concentración del capital (que lleva a una lucha sin tregua entre oligopolios por aumentar sus beneficios e incrementar su poder); las crisis cíclicas por la conjunción de sobreproducción y la bajada del valor del trabajo. El efecto de esas leyes es, en general, un empobrecimiento creciente de la clase trabajadora. La reacción del proletariado ante las consecuencias negativas del capitalismo (paro estructural, bajada de salarios, etc.) será, en primer lugar, una toma de conciencia del proletariado como clase explotada y oprimida y, así, su unión como fuerza social animada por el propósito de acabar con la injusticia social provocada por la dinámica del sistema productivo capitalista.

La lucha de clases y la revolución a la que conduce está orientada por la utopía de la meta última de la Historia: una sociedad sin clases. En ella, por ejemplo, habrá desaparecido la propiedad privada de los medios de producción, el trabajo asalariado y, también, el valor de cambio estará subordinado al valor de uso, etc. ¿Por qué la sociedad sin clases marca el fin de la Historia? Porque en ella se habrán superado todas las contradicciones. Si la esencia humana está en el trabajo cuando la humanidad sea dueña de su trabajo se realizará esa esencia y surgirá el hombre libre y feliz.

Por lo tanto el anhelo utópico del proletariado es el del paraíso en la tierra, una arcadia feliz y armónica en el que triunfarán por fin la libertad, la igualdad y la fraternidad.

El marxismo como ciencia social

El trabajo como categoría gnoseológica

En Marx se apunta hacia una teoría del conocimiento en la que se explica el proceso de conocer desde la categoría o el concepto de “trabajo”. Se insinúa, de esta manera, una teoría materialista del conocimiento.

Recuérdese que Marx a la vez que se nutrió del Idealismo de Kant o de Hegel le opuso siempre una posición filosófica de cuño materialista y aquí, en este tema, se ponen de manifiesto estas dos cosas.
La filosofía idealista afirma que la esencia humana está en la reflexión (autoconciencia) del Sujeto humano; un Sujeto que a la vez que está encerrado en la interioridad de sus representaciones (intuiciones, conceptos, ideas) objetiva con ellas los objetos externos (la realidad física). Si, según el Idealismo, el Sujeto humano es el fundamento del mundo (o de la naturaleza) entonces la realidad es algo construido, constituido o creado por él, desde él y para él (el antropocentrismo idealista sustituyó al teocentrismo anterior conservando su misma tesis de fondo –situando ahora al Hombre donde antes estaba Dios).

Marx rechaza la idea de un sujeto reflexivo, de una conciencia humana pura, etérea, abstracta. La esencia humana está en el Trabajo (en la actividad técnica, productiva, etc.).

El trabajo es aquí una mediación (síntesis dialéctica) entre dos elementos enfrentados y contrapuestos: el hombre y la naturaleza (el sujeto y el objeto). El hombre crea su mundo produciéndolo tal y como fabrica utensilios un artesano: dando forma (orden) a una materia informe.

Si el conocimiento del mundo tiene su raíz y su principio explicativo en el Trabajo sucede que el sujeto del conocimiento es el hombre concreto (con su cuerpo, sus necesidades, etc.); y lo conocido (mundo, naturaleza) resulta conocido finalmente solo cuando es “producido” no ya por una actividad mental que tiene lugar en el interior de la conciencia (idealismo) sino cuando es, literalmente, “fabricado” con las manos del hombre. La matriz del conocimiento está, en definitiva, según Marx, en el saber técnico.

Subsiste aquí, de todos modos, una duda o una dificultad que nunca ha dejado de rondar al marxismo: esta teoría “materialista” del conocimiento se despliega a partir del esquema básico del idealismo filosófico moderno: el modelo “Sujeto → objeto”. Así, tal vez, esta teoría materialista no sea tan novedosa ni tan acertada como pretende. En conclusión queda abierta la hipótesis de que una auténtica teoría materialista del conocimiento solo será novedosa en la medida en que consiga desterrar de ella misma los esquemas idealistas, renunciando en última instancia al núcleo antropocéntrico del idealismo filosófico.

Producción y autoproducción

En su antropología filosófica –es decir, en su respuesta a la pregunta “¿qué es el hombre?”- Marx sostuvo que la esencia de la especie humana está en el trabajo, en la actividad técnica. Esta tesis es distinta de la propuesta tanto por la filosofía antigua y medieval –en la que la esencia humana se localiza en la “vida contemplativa”- como por la planteada por el idealismo moderno (Kant o Hegel) según la cual la esencia del hombre es la reflexión o la autoconciencia (gracias a la cual se reconoce y asume como “sujeto”, esto es: como fundamento último de todo).

En la respuesta de Marx hay, sin embargo, latente una tensión: ¿cómo se compatibiliza la tesis de que hay una esencia humana (única, idéntica y permanente, eterna e inmutable) con la tesis de que el ser humano es radicalmente histórico (siendo así también históricos los distintos modos de producción)?
La solución que se le ocurrió a Marx para este problema se resume en los conceptos de “producción” y de “autoproducción”, y dice así: produciendo algo (por ejemplo fabricando utensilios o máquinas) el hombre se autoproduce a sí mismo (en la sociedad, en la historia, en el mundo). Así pues la autoproducción de la especie humana tendría, a la vez, un lado “esencial” y un lado “histórico”.
Surge aquí, de todos modos una duda: ¿es esta “solución” al problema planteado enteramente satisfactoria? No lo parece. ¿Por qué? Porque en el materialismo de Marx –en la tesis de que la esencia del hombre se “produce” históricamente- opera, en el fondo, implícitamente, el idealismo filosófico moderno: el modelo “sujeto → objeto” combinado con el esquema reflexivo “sujeto → sujeto”). Por lo tanto, y en definitiva, en la tesis de que la especie humana se auto-produce produciendo algo (herramientas o utensilios, etc.) hay un núcleo idealista (kantiano, hegeliano, etc.) que Marx no fue nunca capaz de extirpar o eliminar.

Fuerzas de producción y conciencia

La infraestructura de una sociedad está, según Marx, en su modo de producción, en la manera de estar organizado y sistematizado el trabajo, la actividad técnica (en la que se satisfacen necesidades vitales, etc.). Un modo de producción, a su vez, es la conjunción entre las fuerzas de producción y las relaciones de producción; y el motor de la historia, el impulsor del cambio histórico, está en las contradicciones entre ambos componentes.

Por su parte la “conciencia” de los individuos –los agentes o actores sociales- forma parte de la “superestructura”, es decir: se basa en la posición de cada uno en las relaciones (sociales) de producción. Esta “conciencia” puede ser “falsa”, estar dominada inconscientemente por la ideología, por ejemplo cuando un proletario ignora los intereses y aspiraciones de su clase social y deposita su voto a favor de un partido político “burgués”. Pero la “conciencia” de los individuos puede también ser una conciencia “verdadera”, por ejemplo cuando el proletariado conoce su auténtica posición en la sociedad como clase subordinada y defiende sus genuinos intereses sociales



El estatus de la ciencia marxista

Marx opone ciencia e ideología de un modo semejante a como, por ejemplo, opone “verdadera conciencia” y “falsa conciencia”. La ciencia refleja la verdad, la ideología deforma y desfigura la realidad.

En general Marx considera que sus propuestas son “científicas”: tanto su teoría económica como también el materialismo histórico y dialéctico (pero eso Marx contrapone el “socialismo utópico” –Fourier, Owen, etc.- a su “socialismo científico”).

Pero esta tesis –la ciencia es ajena a la ideología como la verdad se distingue y separa de la falsedad- es problemática si se aplican las propias coordenadas propuestas por Marx. Por ejemplo: ¿la ciencia pertenece a la superestructura o a la infraestructura? En definitiva: el estatuto de la pretendida “ciencia marxista” es oscuro y confuso.

Marxismo y sociología del conocimiento

La más destacable consecuencia del marxismo en las “ciencias sociales” (la ciencia de la historia, la antropología social y cultural, la sociología, la psicología) ha sido proponer la primacía de lo económico (considerado la infraestructura de la vida social y cultural).

La tesis central de este determinismo económico (o “economicismo”) es, por lo tanto, que todos los procesos y los fenómenos sociales y culturales (sean las relaciones de parentesco, las instituciones sociales, etc.) deben poder ser “reducidos” a los procesos económicos. En última instancia –esta es la hipótesis del marxismo- todo debería explicarse en razón de causas económicas.

Esta tesis es, por un lado, interesante, pues no es lógico ignorar enteramente la relevancia de los factores económicos (como suele hacerse desde el idealismo espiritualista). Pero, por otro lado, se trata de una tesis exageradamente reduccionista en la que se pasa por alto la complejidad del mundo y su pluralidad de niveles (cada uno con su estructura y dinámica propia). Un notable contraejemplo respecto a esta hipótesis del materialismo marxista la encontramos en el célebre libro del sociólogo Max Weber titulado La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905); en él se explica la enorme relevancia de la religión y la moral el surgimiento del capitalismo: con esta investigación Weber mostró que es unilateral –y por lo tanto escasamente científico- conceder una absoluta primacía a la infraestructura –a lo económico- sobre la superestructura (en ese caso una moral religiosa concreta).

Principios metodológicos de la ciencia social marxista

La “ciencia social” inspirada en el marxismo se sustenta sobre tres principios metodológicos: principio de la especificación, principio del cambio, principio de la crítica.

El principio de especificación indica que se trata de comprender la especificidad de los procesos históricos y sociales sin entenderlos y abordarlos como puras realidades “naturales” (estáticas, irreversibles, etc.). Aunque, eso sí, siempre desde la hipótesis de que la causa última explicativa está en la infraestructura económica (pues esto es lo propio del materialismo).

El principio del cambio afirma que la ley del cambio histórico es la contradicción surgida en el seno de un modo de producción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, etc. Así, por ejemplo, fue la contradicción propia del feudalismo la que condujo al capitalismo y será la contradicción de este la que lleve al socialismo o el comunismo (la meta o el fin de la Historia universal).

El principio de la crítica, por último, afirma que la ciencia social tiene que desarrollar una crítica de la realidad existente, del statu quo y la ideología que lo ampara y legitima. La crítica es, por lo tanto, un factor del cambio de la estructura social (aunque no sea el factor último y principal).

Ideología según el marxismo

En sociología se llama ideología a todo conjunto más o menos sistemático de creencias que intentan explicar al hombre y el mundo, a la vez que orientar su conducta a partir de ciertos valores aceptados como correctos. En este sentido general, toda teoría del mundo es una ideología: lo es tanto el punto de vista reaccionario como el conservador, tanto el progresista como el radical (incluido el propio marxismo). En todas las sociedades encontramos teorías del mundo o ideologías puesto que, como señaló Engels, "todo lo que mueve a los hombres tiene que pasar necesariamente por sus cabezas". Pero el marxismo añade a este concepto general las siguientes peculiaridades:
  • entiende la ideología de un modo tan amplio que acaba identificando ideología con cultura; en la “Crítica de la economía política” nos dice Marx que la ideología abarca el derecho, la política, la religión, el arte, la filosofía, y (sugiere) hasta la misma ciencia;
  • las ideologías no describen al hombre y su situación en el mundo y la sociedad de un modo correcto, sino de un modo deformado, falso;
  • esa deformación en la descripción del hombre es consecuencia del interés de la clase dominante por mantenerse en su situación de dominio; como nos dice Marx en “La ideología alemana” “las ideas de la clase dominante, son, en todas las épocas, las ideas dominantes”. La clase dominante dispone de los medios de producción material, pero también del control y producción de los bienes espirituales, de la producción de la cultura, por lo que las ideas que en una sociedad triunfen serán las que la clase dominante quiera que dominen;
  • las ideologías son un “producto social”: los pensamientos de los hombres son conse­cuencia de la sociedad en que viven, particularmente del orden económico vigente;
  • como resultado de la tesis anterior, las distintas formas de ideología (religión, política, filosofía) no tienen historia ni desarrollo propio; esto quiere decir, por ejemplo, que una historia de la filosofía que explique los distintos sistemas filosóficos a partir de los problemas y las soluciones que los filósofos han presentado (una historia “interna” de la filosofía) es una mala historia de la filosofía; la “buena” historia de la filosofía debe mostrar la relación entre los sistemas filosóficos que aparecen a lo largo de la historia y las circunstancias económicas de las que son un reflejo.
Dada esta interpretación de la ideología como una forma de alienación, una de las tareas fundamentales de la filosofía será la de desenmascarar el supuesto carácter objetivo de las descripciones ideológicas; la filosofía se concibe esencialmente como filosofía crítica. Esto es lo que intenta hacer el marxismo, por ejemplo, con su crítica a la religión y a la economía política clásica. Y es también lo que lleva al marxismo a creer que una de las tareas más difíciles será lograr en el proletariado una conciencia de clase pues, dado el control que tiene la clase explotadora de las distintas formas de producción espiritual, lo más probable es que el propio proletariado defienda ideas que no le convienen, ideas que son las que a la clase dominante le interese que piense. La superación definitiva de las ideologías sólo podrá realizarse con la desaparición de la explotación del hombre por el hombre.

En el siguiente texto, Karl Marx presenta el concepto de ideología como las representaciones que el hombre se hace de la realidad ligadas a las condiciones materiales de existencia, las condiciones reales en las que se desenvuelve la vida humana.

"Los hombres son los productores de sus representaciones, de sus ideas, etc., pero los hombres son reales y actuantes, tal y como se hallan condicionados por un determinado desarrollo de sus fuerzas productivas y por el intercambio que a él corresponde, hasta llegar a sus formaciones más amplias. La conciencia no puede ser nunca otra cosa que el ser consciente, y el ser de los hombres es su proceso de vida real. Y si en toda la ideología los hombres y sus relaciones aparecen invertidos como en la cámara oscura, este fenómeno responde a su proceso histórico de vida, como la inversión de los objetos al proyectarse sobre la retina responde a su proceso de vida directamente físico. Totalmente al contrario de lo que ocurre en la filosofía alemana, que desciende del cielo sobre la tierra, aquí se asciende de la tierra al cielo. Es decir, no se parte de lo que los hombres dicen, se representan o se imaginan, ni tampoco del hombre predicado, pensado, representado o imaginado, para llegar, arrancando de aquí, al hombre de carne y hueso; se parte del hombre que realmente actúa y, arrancando de su proceso de vida real, se expone también el desarrollo de los reflejos ideológicos y de los ecos de este proceso de vía. También las formaciones nebulosas que se condensan en el cerebro de los hombres son sublimaciones necesarias de su proceso material de vida, proceso empíricamente registrable y sujeto a condiciones materiales. La moral, la religión, la metafísica y cualquier otra ideología y las formas de conciencia que a ellas corresponden pierden, así, la apariencia de su propia sustantividad. no tienen su propia historia ni su propio desarrollo, sino que los hombres que desarrollan su producción material y su intercambio material cambian también, al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de su pensamiento. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia. Desde el primer punto de vista, se parte de la conciencia como del individuo viviente; desde el segundo punto de vista, que es el que corresponde a la vida real, se parte del mismo individuo real viviente y se considera la conciencia solamente como su conciencia."
Marx, La ideología alemana

Teoría sobre el Hombre Nuevo

Marx, en oposición de la mayor parte filosófica (y especialmente a Aristóteles, que había visto la esencia del hombre en la razón teórica en donde la meta es la pura contemplación), concebirá el hombre un ente que se produce a si mismo. Y este acto autogenerador del hombre es el trabajo.

Para marx, lo que el hombre es no puede terminarse a partir del espíritu ni de la Idea, sino a partir del hombre mismo de lo que este es concretamente el hombre real, corpóreo. El hombre no es un ser abstracto, fuera del mundo, sino que el hombre es en el mundo, esto es el estado y la sociedad.
Esto significa que, en vez de buscar la esencia del hombre como determinación interior, Marx buscará relaciones exteriores en virtud del intercambio que cada hombre mantiene con la naturaleza y con los otros hombres.

Para Marx el hombre es ante todo el conjunto de sus relaciones sociales, por este pensamiento, su opinión era "... la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de sus relaciones sociales…"

(a)      Ideas filosóficas

Durante su juventud, y tras su formación en filosofía, Marx recibió la influencia del filósofo alemán predominante en Alemania en aquel tiempo, Hegel. De este autor tomó el método del pensamiento dialéctico, al que, según sus propias palabras, pondría sobre sus pies; significando el paso del idealismo dialéctico del espíritu como totalidad al materialismo histórico.

Una interpretación sobre el desarrollo de la obra de Marx, interpretación del francés Louis Althusser, considera que los escritos de Marx se dividen en dos vertientes. Esta interpretación es relevante en la exegética marxista, pero a la vez es muy polémica y pocos autores la mantienen al día de hoy. Althusser encuentra dos etapas:

En la primera etapa, Marx hasta 1845 pasó un periodo en que estudia la alienación y la ideología, desde una perspectiva cercana al humanismo influida en gran parte por la filosofía de Ludwig Feuerbach.

Paralelamente a estas ideas describe al hombre con diversas concepciones: lo considera un ser real de carne y hueso; es únicamente el resultado de la historia económica, un predicado de la producción de la misma.

Además, piensa que el hombre se realiza modificando la naturaleza para satisfacer sus necesidades en un proceso dialéctico en que la transformación de agente y paciente es transformación mutua.
Cuando Marx habla de 'realidad' hace referencia al contexto histórico social y al mundo del hombre y asegura que el hombre es sus relaciones sociales.
Para Marx, lo que el hombre es no puede determinarse a partir del espíritu ni de la Idea sino a partir del hombre mismo, de lo que éste es concretamente, el hombre real, corpóreo, en pie sobre la tierra firme. El hombre no es un ser abstracto, fuera del mundo sino que el hombre es en el mundo, esto es el Estado y la sociedad.

La libertad, la capacidad de actuar eligiendo, está limitada a las determinaciones históricas, pero es, al mismo tiempo, el motor de aquellas cuando las relaciones sociales y técnicas entran en crisis.
“Dios, la Filosofía y el Estado constituyen alienaciones en el pensamiento, alienaciones dependientes de la alienación económica” era lo que Marx consideraba una única enajenación real.
Políticamente, el pensador alemán aboga por una sociedad comunista. Entre el hombre alienado (aquel que no coincide consigo mismo) y el hombre comunista (aquel que finalmente es igual a hombre) se coloca el proceso transformador. Sólo en la sociedad comunista habrá desaparecido toda alienación.

En la segunda etapa, Marx maduró (1845-1875): Según Althusser, 1845, el año de La ideología alemana y las Tesis sobre Feuerbach, marca la ruptura epistemológica , a partir de la cual Marx rompe con su etapa anterior, ideológica y filosófica, e inaugura un período científico en el cual desarrolla estudios económicos e históricos usando el método del materialismo histórico.
Marx inaugura el continente historia, el cual es eminentemente el período de su magna obra: El capital. Crítica de la economía política.

El marxismo y la religión

Los marxistas revolucionarios sostienen que es necesario luchar contra un sistema social que sólo produce miseria y opresión para millones de personas. Y no rechazan la disposición a luchar por acabar con este sistema de nadie, aun cuando adhiera a cualquier religión. Sin embargo, sostienen e intentan demostrarle a sus compañeros de lucha que para transformar la sociedad de raíz, el marxismo permite adoptar la perspectiva más adecuada para comprender científicamente la realidad, tanto como para elaborar un programa y una estrategia revolucionaria.

Para el marxismo, el universo es materia en movimiento y las ideas están determinadas por este movimiento de la materia. Dicho en palabras de Marx: “todas las relaciones sociales y políticas, todas las concepciones teóricas que aparecen en la historia, sólo se explican por las condiciones de existencia materiales de la época en cuestión. No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino que, por el contrario, sus condiciones de existencia social determinan su conciencia.”

En este sentido, para los marxistas, las religiones son el producto de determinadas condiciones sociales de existencia. Dios no ha creado al hombre a su imagen y semejanza. Más bien, sostenemos que fueron los hombres los que crearon a Dios a imagen y semejanza de sus relaciones sociales.