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martes, 11 de marzo de 2025

LOS AÑOS TREINTA: EL CAMINO HACIA LA GUERRA

Los años treinta se inauguran con el fatídico “crack del 29” y la posterior crisis económica, que sumirá a Estados Unidos y a Europa en la “Gran Depresión”. Esta crisis, que afectó por igual a países ricos y pobres, tuvo efectos devastadores y sus consecuencias se prolongaron hasta el comienzo de la II Guerra Mundial.

La quiebra de la seguridad colectiva (1931-1936)

Manchuria: el arranque del expansionismo japonés 

La primera iniciativa contra el orden internacional procedió de Japón, cuyo desarrollo y presión demográfica se vieron comprometidos por el cierre de los mercados internacionales por la crisis económica. Desde finales del XIX Japón se había convertido en la potencia dominante en Extremo Oriente. Aliado de los occidentales en la guerra de 1914, la victoria de 1919 había reforzado sus posiciones en la región. 



Esta situación preponderante era inaceptable para Inglaterra y sobre todo para EE. UU. La alianza anglo-japonesa fue denunciada en 1921 y la presión norteamericana obligó a Tokio a aceptar una conferencia en Washington sobre Extremo Oriente (noviembre 1921 a febrero 1922), cuyos acuerdos lo forzaban a renunciar a las ventajas territoriales de 1919 (Shangtung y la Provincia Marítima), comprometiéndolo a respetar el statu quo y a limitar su rearme naval. 

Tokio conservaba sus privilegios en Manchuria meridional y archipiélagos alemanes en el Pacífico. La presión demográfica y los intereses económicos mantenían el expansionismo sostenido por sectores militares. La idea de que en las 3 provincias manchúes había que liquidar la administración china para desarrollar la expansión poblacional y económica pasó a ser objetivo persistente, estimulado por la actitud antijaponesa del gobierno chino del Kuomintang, que había restablecido más o menos la unidad del Estado. Hasta fines de década se había impuesto la política del sector liberal encarnada en el ministro de Exteriores, Shidehara, partidario de procedimientos pacíficos de penetración comercial. Pero en 1930 el poder se desplazó hacia los medios militares, representantes de un nacionalismo agresivo. El inmenso territorio vecino del Estado chino, que vivía en una situación de crónica debilidad, se ofrecía como la mejor perspectiva para el expansionismo japonés. 


Desde 1905 las tropas niponas ocupaban la “zona del ferrocarril” meridional de Manchuria, donde Japón ejercía su influencia económica. El estallido en septiembre de 1931 de una bomba en el ferrocarril fue el pretexto para una acción militar que en pocas semanas se extendió por toda la provincia. El 1 de Marzo de 1932 se proclamó la independencia, respecto a China, de Manchuria, que, bajo el nombre de Manchukúo y el poder nominal del príncipe Pu-Yi, quedaba de hecho como un protectorado de Tokio. 
Manchukuo

Era una iniciativa doblemente grave porque China era también miembro de la Sociedad de Naciones, a la que Pekín apeló. Los resultados de la respuesta internacional a esta agresión a los tratados resultaron débiles. La Sociedad de Naciones comenzó por evitar calificar a Japón de agresor, aceptando la posibilidad de una ampliación de los privilegios económicos nipones en la región. Y, cuando vino a constituirse el Estado fantasma de Manchukúo, a pesar de no reconocerlo, surgió la solución de que las provincias manchúes recibieran un régimen de autonomía administrativa. Sólo cuando la firmeza de Tokio tornó inviable cualquier solución de compromiso, la Sociedad de Naciones exigió, en febrero de 1933, la retirada de las fuerzas japonesas y declaró formalmente que no reconocía a Manchukúo. Pero ni calificó a Japón de agresor, ni contempló aplicar las sanciones previstas en el artículo 16 del Pacto. La debilidad de la Sociedad de Naciones era reflejo de la debilidad de las grandes potencias con intereses en la zona, Inglaterra y EE.UU., que no se atrevieron a enfrentarse a Japón. 

La crisis de Manchuria fue mortal a los principios, tratados y organizaciones internacionales. Se había atentado contra la soberanía de un Estado sin que el agresor sufriera otra sanción que la condena moral. Incluso la réplica a esa condena fue el abandono de Japón de la Sociedad de Naciones el 27 de marzo de 1932. 
Manchukuo

Etiopía en el objetivo expansionista italiano
 
La frustración del nacionalismo italiano por los acuerdos de Paz había estado en el origen de la dictadura fascista en 1922. Su política revisionista se había reflejado desde otoño de 1923 en una reactivación de su acción colonial en África Oriental donde poseía Somalia y Eritrea. El sentido de estas colonias era la expansión hacia el Estado independiente de Etiopía, que podía suministrar mercados y un territorio a la emigración italiana. La dictadura fascista basaba sus pretensiones de expansión económica o política en Etiopía en el acuerdo firmado el 13 de diciembre de 1906 con Francia y GB delimitando sus zonas de influencia en el Estado etíope. En 1925 Roma había suscrito otro con Inglaterra, obteniendo el plácet británico para construir un ferrocarril y acometer una política de realizaciones en su zona de influencia exclusiva. Sin embargo, en los años siguientes la resistencia del gobierno etíope frente a las ofertas económicas italianas decidió al gobierno fascista a despejar la oposición del gobierno de Negus por la fuerza. Desde 1932 se estudió realizar una acción militar y a finales de 1933 Mussolini consideraba que en tres años el problema debía quedar zanjado. Daba igual que Etiopía fuera miembro de la Sociedad de Naciones, ante la que en 1926 el gobierno del Negus había denunciado el tratado anglo-italiano como una amenaza para su independencia. A principios de los 30, Italia estaba dispuesta a anexionarlo. Francia e Inglaterra conocían estas intenciones y se veían afectadas, pero las posibilidades de una respuesta de las grandes democracias eran escasas. 


Los franceses, temerosos de las intenciones alemanas de anexionar Austria, precisaban el apoyo de Italia para frenar las iniciativas germánicas, mientras que las fuerzas armadas y la marina británicas estaban aún muy disminuidas. 

Los primeros pasos del revisionismo alemán 

Las primeras iniciativas alemanas para liquidar los acuerdos de posguerra fueron anteriores a la llegada de los nazis. 

Los últimos gobiernos conservadores de la República de Weimar se vieron presionados por la crisis económica y por el sentimiento nacionalista. Pretendieron además evitar el ascenso arrollador del nacionalsocialismo retirándole los argumentos patrióticos en que basaba su estrategia. 

La declaración del canciller Brüning, en junio de 1931, de que Alemania dejaría de pagar las reparaciones de guerra fue la primera medida de revisión. La posición comprensiva de Inglaterra y EE.UU. dejó aislada a Francia, que tuvo que cancelar unilateralmente las deudas interaliadas. Otro éxito del revisionismo alemán, en diciembre de 1932, fue cuando el canciller Von Papen consiguió, también con beneplácito de Londres, que en la conferencia internacional de desarme reunida en Ginebra en febrero se aceptase el principio de igualdad de derechos. Probablemente las potencias democráticas temieron que una negativa acelerase la llegada de Hitler. Alemania tuvo que renunciar en septiembre de 1931 a un proyecto de unión aduanera con Austria (marzo de 1931), para combatir los efectos de la crisis, que hubiera sido la antecámara de una unión política. 

La llegada del nacionalsocialismo al poder en enero de 1933 supuso una aceleración brusca de un revisionismo expansionista que en 6 años condujo a la guerra. Los objetivos hitlerianos apuntaban en una primera fase a la reconstrucción de las fuerzas armadas y a la incorporación al Reich de las poblaciones alemanas de otros Estados, antes de acometer la conquista del “espacio vital” en dirección al Este.

La política de incorporación de población alemana sólo tuvo éxito en el Sarre, cuya población segregada de Alemania en 1919 y puesta bajo jurisdicción de la Sociedad de Naciones, debía decidir su futuro mediante referéndum. La consulta del 13 de enero de 1935 arrojó un 90% de votos a favor del regreso a Alemania. 

El objetivo de anexionarse Austria fracasó. Hitler actuó con cautela en el tema de las poblaciones alemanas en el exterior y la cuestión de los alemanes en Polonia y las disputas por el pasillo de Dantzig, fueron relegadas. A propuesta alemana, en enero de 1934 Varsovia y Berlín suscribieron un pacto de renuncia a la guerra, que, además de tranquilizar a Hitler por el este, debilitaba enormemente la alianza franco-polaca. 

La política de paz hacia Polonia tuvo su contrapartida en las iniciativas para incorporar a Austria Aunque desde el ascenso de Hitler el mayoritario apoyo de la opinión austriaca al Anschluss había sido sustituido por rechazo, el gobierno alemán tenía dos bazas a favor: un partido nacionalsocialista austriaco y las luchas internas que enfrentaban al socialismo con el gobierno del partido cristiano-social del canciller Dollfuss. Del 11 al 13 de febrero de 1934 Viena vivió una batalla entre milicias socialistas y fuerzas gubernamentales y el 1 de mayo se instauró una constitución autoritaria. El partido nazi austriaco trató de explotar la crisis interna preparando un golpe de Estado que acabó con la vida del canciller Dollfuss (25 de julio de 1934), pero no cuajó, carente del respaldo de la población y las 
fuerzas del Estado. El nuevo canciller Schusschnigg ocupó el poder sin oposición. Berlín no se movió en apoyo de los nazis austriacos por la oposición de Italia que había advertido su decisión de proteger, incluso por las armas, la independencia austriaca. En cambio, las potencias democráticas estuvieron menos firmes, evitando vincularse de forma directa a la posición del gobierno italiano. 

Dolfuss y Schusschnigg 

La dictadura nazi actuó con contundencia en la cuestión del rearme, violando los compromisos y obligaciones internacionales. Francia, abandonada por Inglaterra, había aceptado en diciembre de 1932 la igualdad de derechos, pero, a la hora de llevarla a cabo, proponía cuatro años para que pudieran entrar en juego mecanismos de control por la Sociedad de Naciones. En mayo del 33 Hitler reclamó la puesta en práctica de la igualdad de derechos y, ante la negativa francesa, el 14 de octubre abandonó la Conferencia de Desarme y la Sociedad de Naciones. Fue el comienzo de un rearme clandestino que, desde marzo del 35, pasó a declararse abiertamente por el gobierno alemán, con el anuncio del restablecimiento del servicio militar obligatorio y de la constitución de un ejército. Hitler sabía que era un paso al margen de la legalidad internacional. Los británicos y los franceses no se enfrentaron de forma eficaz a las iniciativas germánicas y esta pasividad dio una fácil victoria a Hitler. 

Fracaso de la contención e impulso del bloque fascista 

Ante el derrumbe de las estructuras internacionales para poner coto al revisionismo alemán, la diplomacia francesa buscó desde 1934 el entendimiento con los países afectados por la política alemana: URSS e Italia. Stalin, consciente de este peligro nazi, había pasado en 1935 a orientar la estrategia del comunismo hacia el establecimiento de acuerdos con los partidos democráticos, impulsando la formación de frentes populares. Esta barrera frente al peligro germánico se concretó en la declaración de clausura de la Conferencia de Stresa (16 de abril de 1935) por Francia, GB y en el tratado franco-ruso de ayuda mutua (mayo de 1935). Por la declaración de Stresa, se comprometían a oponerse a cualquier medida que violara los tratados internacionales, mientras que el pacto franco-soviético comprometía a ayuda inmediata frente a agresión no provocada. 

Conferencia de Stresa 

Ambos instrumentos diplomáticos estaban llenos de reservas. Los acuerdos de Stresa incluían arreglos coloniales concernientes a los intereses italianos en Etiopía. Mussolini daba por sentado que Francia aceptaba sus pretensiones, mientras ésta, habiéndose mostrado complaciente, alegaba que en sus cálculos sólo entraba el control económico del territorio. En suma, el Duce vinculaba sus esfuerzos en 
defensa del statu quo europeo que tanto interesaba a Francia, a la obtención de mano libre en su proyecto etíope. El acuerdo de Stresa nacía lastrado por un equívoco que a ninguno interesaba despejar porque era resultado de intereses contradictorios. 

Tampoco el pacto franco-soviético gozaba de entusiasmo en Moscú ni París, donde se lo consideraba más una forma de descargar los compromisos de Francia con Polonia y la Pequeña Entente e incluso de inquietar a Berlín induciéndole a entablar negociaciones, que una extensión del sistema francés de alianzas en la retaguardia germánica. 

Por eso Francia eludió la oferta de URSS para concretar el acuerdo con un pacto militar. 


El frágil dique de Stresa se cayó ante la invasión italiana a Etiopía a primeros de octubre de 1935. La única posibilidad de mantenerlo hubiera sido aceptar la conquista italiana que concluyó en marzo de 1936. Pero ante un hecho de tanta gravedad las grandes potencias democráticas revelaron debilidad. Londres descartó la fuerza y optó por las sanciones de la Sociedad de Naciones. Se prohibía suministro de armas a Italia, concesión de créditos e importaciones de la península. Pero no se contemplaban medidas como el bloqueo o el derecho de visitas, para hacer efectivas las sanciones, mientras que el petróleo continuó siendo abastecido por los EE.UU. 

La actitud francesa fue aún más débil. Apoyaba a Inglaterra si se producía un enfrentamiento con Italia, aunque no realizó ninguna exhibición de fuerza y votó por las sanciones. Ante la agresión, atrajo en diciembre al ministro británico de Exteriores a la propuesta de un vergonzoso plan de reparto que entregaba a Italia 2/3 del territorio etíope. 

La frontal oposición del parlamento de Londres echó por tierra el proyecto. Hoare hubo de dimitir, sustituido por Eden, y poco después Laval. El 9 de mayo de 1936 el rey de Italia era proclamado emperador de Etiopía. 

La diplomacia franco-británica pretendía oponerse a la agresión italiana sin pagar el precio de una ruptura del frente de Stresa, vital para contener al peligro nazi. La determinación del Duce evidenció la debilidad de las democracias ante las iniciativas revisionistas de las potencias dictatoriales. En diciembre de 1935 el gobierno fascista respondía a las sanciones con la denuncia de los acuerdos francoitalianos de enero de 1935 y de la declaración de Stresa, de abril de ese mismo año.
 
Entretanto, el tratado franco-ruso de mayo había entrado en una vía muerta. El gobierno francés desoyó las propuestas soviéticas para un acuerdo militar y retrasó hasta febrero de 1936 la ratificación parlamentaria del tratado. 

El debilitamiento de la relación y la liquidación del acuerdo entre las potencias democráticas y la Italia fascista habían destruido el frágil muro diplomático que protegía la legalidad internacional.

Cuando la crisis de Etiopía tocaba a su fin, Alemania aprovechó para dar un paso más en la liquidación del Tratado de Versalles. Pretextando que el pacto franco-soviético estaba en contradicción con los acuerdos de Locarno, en marzo de 1936 Hitler anunció la entrada en la zona desmilitarizada de Renania, convencido de que Francia no reaccionaría, porque carecía el apoyo de Italia y de que Inglaterra, que en junio del 35 había firmado un ventajoso acuerdo naval con Alemania, no querría perderlo. Hitler no se equivocó. 

Francia, afectada por la remilitarización, no reaccionó. La actitud británica aceptó, con malestar pero resignación, y recomendó prudencia a los franceses, influyendo en la actitud del gobierno de París, paralizado también por la impresión de que, a pesar de la alianza franco-polaca, el gobierno de Varsovia y en general las “alianzas de retaguardia” no eran muy seguras en caso de guerra con Alemania. De nuevo se había impuesto en las democracias occidentales el espíritu conciliador y acomplejado que se revelara en anteriores ocasiones. 


Hacia la guerra (1936-1939) 

Los conflictos periféricos: la guerra de España y la guerra chino-japonesa 

En julio del 36, comenzaba en España la guerra civil. Esta obedeció sólo a circunstancias internas, aunque enseguida adquirió dimensión internacional. Las dos “Españas” confrontadas recibieron apoyos del exterior.

La España franquista fue eficazmente auxiliada por Alemania, Italia y Portugal. Roma contemplaba un refuerzo de sus posiciones en el Mediterráneo, con la obtención de bases en Baleares, la amenaza a Inglaterra en Gibraltar y, en general, cierta satelización española a sus intereses en la región. Alemania valoraba la posibilidad de crear una amenaza contra Francia en la frontera de los Pirineos y el acceso a importantes materias primas para su industria de guerra. Para Portugal, la victoria franquista era políticamente deseable, puesto que el salazarismo entendía que la alternativa en España era el triunfo de una situación revolucionaria que representaría una amenaza tanto para el Estado Novo como para la propia independencia nacional, que la naturaleza federal e internacionalista de la España republicana no respetaría. 

Franco, Hitler y Musolinni

Las tres apoyaron decididamente a Franco, aunque con aportaciones distintas. La alemana con envío de especialistas, recursos técnicos y armamentísticos. La italiana, suministro de armas y blindados ligeros y un contingente de voluntarios. El portugués en hombres fue modesto; en cambio, el logístico desde la frontera peninsular, el respaldo propagandístico al franquismo y, sobre todo, el auxilio diplomático en el marco de sus privilegiadas relaciones con Inglaterra, resultaron extraordinariamente útiles a la causa de Franco. 

La contrapartida fue sobre todo el apoyo que la URSS prestó a la República, a partir del otoño de 1936, bien directamente, bien con su patrocinio de la Internacional Comunista que organizó las Brigadas Internacionales, decisivas en la defensa de Madrid. También la frontera francesa, tanto la pirenaica como la marítima, canalizó periódicamente armas y hombres, franceses o no, con destino a la zona republicana. 

Las potencias democráticas, Francia e Inglaterra, pretendieron aislar internacionalmente el conflicto español ante el temor de que pudiera provocar una guerra general. Sus opiniones públicas distaban de sentir simpatía hacia la República. Franceses y británicos impulsaron la firma de un acuerdo de “no intervención”, con un Comité de control en Londres.

La asimetría de los apoyos favoreció a la España franquista, colaborando a su victoria. La no intervención y su incumplimiento fueron reflejo de la política de apaciguamiento de las potencias democráticas frente a las ofensivas fascistas. 

El resultado fue un paso más en los desafíos de las dictaduras y un primer avance en el establecimiento de una expresa solidaridad entre ellas a partir de su común actitud ante la guerra de España. En octubre de 1936 Italia y Alemania firmaron un protocolo de solidaridad; nacía así el Eje Roma-Berlín. 

Japón dio comienzo en julio del 37 una ofensiva contra China que se prolongaría durante la IIGM. Después del establecimiento de su protectorado en Manchuria, en 1932, los japoneses habían proseguido su presión expansionista. Las razones fueron políticas y, sobre todo, económicas, puesto que la fuerte presión demográfica y la crisis de las exportaciones agrarias e industriales obstaculizaban la recuperación y extendían la pobreza y el paro. La presión militar sobre China había continuado de forma intermitente tras la ocupación de Manchuria. El 25 de noviembre de 1936 Tokio y Berlín suscribieron el Pacto AntiKomintern, contra el comunismo internacional al que un año más tarde se adhirió Italia. La respuesta de Moscú consistió en favorecer la aproximación de los comunistas chinos y los nacionalistas para luchar juntos contra Japón. 


Después de que en marzo de 1937 el gobierno de Tokio cayera en manos de los nacionalistas más intransigentes y ante la resistencia china a abrirse a los intereses económicos de Japón, en julio de 1937 la estrategia de presión armada dejó paso a la guerra abierta. Las campañas de 1937 y 1938 pusieron en manos de Japón la China del Norte, numerosos puertos y el valle medio e inferior del Yang-Tsé-Kiang, territorio extendido por las regiones más importantes desde el punto de vista económico. Pero el espacio rural y la guerrilla de nacionalistas y comunistas se le escapaban de las manos. A fines de 1938 los japoneses detuvieron las ofensivas masivas, comprendieron que la forma de acabar con la resistencia de Chiang Kaishek era asfixiarle mediante el corte de vías de abastecimiento. 

China no acababa de doblegarse y la guerra se prolongaría años. 

Sin embargo, Japón había extendido sus tentáculos por el continente, con perjuicio de los intereses geopolíticos de la URSS en la frontera norte y de la importante presencia económica de las potencias occidentales (Inglaterra y EE.UU.), en las ciudades chinas. Pese a lo cual la reacción internacional fue inexistente por el alineamiento japonés con las potencias fascistas. 
 
La expansión nazi en Europa Centro-oriental: Austria, Checoslovaquia, Polonia 

A fines de 1937 Alemania había destruido las cláusulas no territoriales del Tratado de Versalles, rearmándose y remilitarizando Renania. En noviembre, Hitler anunció a sus colaboradores que había que acometer su programa de expansión territorial, incorporando al Reich a las poblaciones alemanas del exterior, antes de pasar a la conquista del espacio vital en el Este. Los objetivos inmediatos serán por tanto Austria y Checoslovaquia. 

En febrero de 1938 impuso al canciller austriaco Schuschnigg la entrada en el gobierno del nazi Seyss-Inquart, que con el control de la policía debía realizar desde dentro la unión con Alemania. Cuando el canciller trató de despejar la presión de Berlín mediante un plebiscito sobre el Anschluss, Hitler lo forzó a renunciar, sustituido por el propio Seyss￾Inquart (11 de marzo), que al día siguiente abría las puertas a las tropas alemanas. La unión quedó proclamada y “legalizada” por un plebiscito en ambos países (97% sí).


Las potencias no se movieron. Francia, como era habitual, mantuvo una actitud estrechamente dependiente de Inglaterra, sin cuyo apoyo no se atrevía a actuar. Londres siempre había mostrado un claro rechazo a involucrarse en los asuntos continentales y su gobierno conservador era partidario de una política de “apaciguamiento”. Italia, tradicionalmente interesada en la Europa danubiana y siempre opuesta al Anchsluss, que haría sentir sobre su frontera el peso de 70 millones de habitantes, había tenido que distraer gran parte de sus efectivos militares para las campañas de Etiopía y España, que al mismo tiempo la iba aproximando a Alemania. Por tanto, había ido aceptando lo inevitable, conformándose con que Berlín la previniera con antelación, lo que por otra parte no sucedió. 

A raíz de la imposición alemana al canciller Schuschnigg, hubo cierto amago de reconstrucción del frente anglo￾franco-italiano de abril de 1935 para oponerse a la anexión austriaca. Italia sugería el reconocimiento por Londres de la anexión de Etiopía y la satisfacción a los intereses italianos en el Mediterráneo. Chamberlain se mostraba proclive, pero el ministro del Foreing Office, Eden, condicionaba el acuerdo a la retirada de las tropas italianas de España. En cualquier caso, la tentativa de reconstruir el dique contra el expansionismo nazi no pasó de allí. Pero el Duce estaba ya decidido a orientar sus aspiraciones de grandeza hacia el Mare Nostrum, lo que exigía el apoyo de Berlín y la aceptación de las pretensiones nazis. 

Hitler se volvió hacia Checoslovaquia, con una minoría alemana de 3,2 millones en los Sudetes. La negativa del presidente de la República checa, Benes, a negociar una solución bilateral con los alemanes de los Sudetes y los ataques de la prensa germánica acabaron por desencadenar la crisis desde abril de 1938. En septiembre Hitler dejó claro que la solución no sería la autonomía, sino la incorporación a Alemania. 


Una vez más, todo dependía de la actitud de las otras potencias. La responsabilidad afectaba a Francia y URSS, puesto que Inglaterra, cuando se firmaron los tratados de Locarno (1925), se negó a garantizar las fronteras de Checoslovaquia. Francia lo había hecho en el tratado de alianza firmado con Praga en octubre de 1925, y URSS, que había suscrito una alianza con Checoslovaquia (mayo de 1935), se había comprometido a apoyo armado si París cumplía. El retraimiento francés se apoyaba en la inferioridad militar, en las vacilaciones de los gobernantes checos y en la ausencia de energía por parte de las otras potencias. Efectivamente, en Inglaterra la opinión y los medios políticos se mostraban proclives al pacifismo, respaldando en general la política appeaser del jefe del Gobierno, Chamberlain, que consideraba que Hitler se detendría después de haber reunido en el Reich a las poblaciones alemanas. La URSS, que no tenía fronteras con Checoslovaquia, precisaba la autorización de tránsito de tropas por Polonia o Rumanía lo que ninguno aceptó. EE.UU. se mantuvieron como espectadores de los asuntos europeos. 

La crisis alcanzó su punto más alto en septiembre. El 15 Chamberlain viajó a Berchtesgaden para escuchar de Hitler su voluntad de anexionar los Sudetes. Un ultimátum franco-británico forzó al presidente checo a aceptar la segregación. Pero ahora Hitler exigía también que antes de octubre la población checa abandonase el territorio sin sus bienes. La negativa franco-británica parecía que conduciría a la guerra, que se evitó por una iniciativa de Mussolini, a sugestión de Chamberlain, de reunir una conferencia en Múnich (29-30 de septiembre). En ella Hitler aceptó escalonar entre el 1 y el 10 de octubre la ocupación de los Sudetes y la liquidación de sus bienes por la población checa. La paz se había salvado de momento. 


Las consecuencias de Acuerdos de Múnich (1938) fueron desastrosas: se había dado vía libre a la fuerza. Francia, perdió su prestigio, y URSS, comprendiendo que no podía esperar nada de las democracias, se aproximó a Alemania. Tras un ultimátum, en octubre, Polonia se anexionó el territorio checo de Teschen, mientras que Hungría se vio adjudicar por el Arbitraje ítalo-alemán de Viena, en noviembre, un territorio al sur de Eslovaquia. Alemania se dispuso a acabar con Checoslovaquia. Forzado por Hitler bajo amenaza de bombardeo, el nuevo presidente checo, Hacha, aceptó la llamada de las tropas nazis, que entraron en Bohemia. Hitler creó el “Protectorado de Bohemia y Moravia”, mientras que Eslovaquia se segregaba como satélite de Alemania. Hungría se anexionaba la Rutenia subcarpática y Hitler incorporaba la antigua ciudad prusiana de Memel. Mussolini, que no quería desperdiciar la ocasión para fortalecerse en el control del Adriático, conquistaba Albania. 

Liquidada Checoslovaquia, Hitler dirigió sus objetivos expansionistas hacia Polonia, con la que en enero de 1934 había firmado un acuerdo por diez años de renuncia a la guerra. En marzo de 1939, el ministro de Extranjeros, Von Ribbentrop, planteaba al embajador polaco las reivindicaciones alemanas: la ciudad de Dantzig y la concesión de un pasillo extraterritorial de comunicación a través de territorio polaco con la Prusia Oriental. En realidad, el objetivo era acabar con Polonia. Desde abril se había fijado la fecha del 1 de septiembre para invadir. Ya plenamente conscientes de la dinámica expansionista nazi, las potencias occidentales reaccionaron. El 31 de marzo el premier se declaró dispuesto a ir a la guerra para defender la independencia de Polonia, y en agosto se formalizó una alianza anglo￾polaca, que completaba de la París y Varsovia de 1921. 

Con las vistas en una guerra inevitable, desde la primavera del 39 se activaron los preparativos diplomáticos. La Italia fascista, que desde la guerra civil española había ido estrechando su solidaridad con la Alemania nazi, firmó el 22 de mayo una alianza ofensiva con Berlín, el llamado Pacto de Acero. 



La atracción de la URSS era clave para las democracias y para Alemania. Las negociaciones de franceses y británicos con Moscú comenzaron en abril. Pese a las diferencias sobre la suerte de los países bálticos, a los que aspiraba la URSS, el 24 de julio estaba listo el acuerdo. Ahora el obstáculo provino de Polonia que, temiendo más a los rusos que a los alemanes, se negó a permitir la entrada en su territorio de tropas rusas. 

Mientras los soviéticos negociaban también con los alemanes. Stalin desconfiaba de las democracias desde la conferencia de Múnich. La URSS deseaba también expandirse a costa de los Estados bálticos, Polonia y Rumania, y sabía que encontraría más facilidades en Alemania que en las democracias. El hecho cierto es que ambos procesos —absolutamente incompatibles— discurrieron en paralelo. Aunque las sugerencias aliancistas procedentes de la URSS databan de abril-mayo, fue Alemania la que el 26 de julio, ya con la fecha fijada del 1 de septiembre para el comienzo de la invasión de Polonia, propuso formalmente la firma de un acuerdo y de un protocolo de reparto territorial. El 23 de agosto Alemania y URSS firmaron un pacto de no agresión, que en la práctica daba luz verde a la invasión de Polonia y un protocolo secreto, que dividía entre ambas Polonia y entregaba como zona de influencia y de expansión soviética los Estados bálticos (Estonia, Letonia, Lituania, Finlandia) y Besarabia, en poder de Rumania. 

Franceses y británicos hicieron en vano una llamada a Alemania y trataron de promover negociaciones germano￾polacas. Italia trató de organizar una conferencia similar a la de Múnich, que las potencias occidentales únicamente admitían si se evacuaba Polonia. El 3 de septiembre, Francia e Inglaterra declaraban la guerra a Alemania. 

Las grandes potencias ante la guerra 

La Italia de Mussolini gozaba de prestigio en los sectores conservadores internacionales porque había reconstruido la economía nacional y era una barrera frente a amenazas revolucionarias, sin caer en los peores excesos de los regímenes totalitarios. Estaba presente en las grandes decisiones internacionales y había conseguido una situación dominante en el Mediterráneo. Su poder militar había resurgido mediante un aumento muy significativo de los gastos de defensa. 

Pero no tenía el respaldo de una economía sólida. La política de apoyar la economía agraria para evitar la emigración, reducir la dependencia de alimentos extranjeros e impedir el aumento de las tensiones sociales urbanas, limitaba las posibilidades de modernización económica. Los gastos del Estado en la preservación de una agricultura, atrasada y poco rentable, y el impulso a las fuerzas armadas, limitaban la inversión en actividades industriales. La política autárquica, que favorecía la ineficacia empresarial, obstaculizaba la entrada de capitales extranjeros que hubieran contribuido al desarrollo. Su dependencia de las importaciones de materias primas y petróleo, le hacían muy vulnerable, mientras que la escasez de divisas era obstáculo a la importación de bienes. 

Sus fuerzas armadas llegaban a fines de los 30 en mala situación. Las guerras de Abisinia y España habían consumido recursos y desgastado el poder militar, que la carencia de divisas para importar máquinas de fabricación armamentística y las limitaciones tecnológicas impedían su renovación. Por último, Mussolini no tenía ni mucho menos el poder de Hitler. Italia era a finales de los 30 una potencia mucho más aparente que real. 

Alemania en los 20 era una potencia limitada en su libertad de acción por los vencedores. Todo cambió en los 30 por la crisis económica y el ascenso de Hitler al poder. Pero había continuidades fundamentales: el intenso espíritu nacionalista y revisionista, que concitó indiscutible apoyo social al régimen y el fuerte potencial industrial que conservaba, a pesar de las crisis que había atravesado desde el final de la IGM. Hitler poseía un régimen sólido y muy popular, con estructura y espíritu económicos favorables para convertir al país en la gran potencia mundial. El rearme alemán, sobre todo desde 1935, fue espectacular. 

Pero para afrontar este esfuerzo armamentístico la economía carecía de recursos a largo plazo. La planificación económica era poco coherente y no tenía en cuenta las posibilidades reales de la economía. Para importar las materias primas para el esfuerzo militar, ya no podía contar con los ingresos de sus exportaciones de artículos industriales, ya que la actividad estaba ahora centrada en fabricar armamento y los mercados exteriores se hallaban cerrados por la crisis internacional, mientras que los gastos de la IGM y el pago de las reparaciones habían acrecentado el déficit de divisas con las que hacer frente a las importaciones. Estas limitaciones sólo podían subsanarse con una fuerte presión sobre los recursos individuales, acuerdos comerciales de trueque que impidiesen la salida de divisas con los países de Europa suroriental sobre los que ejercía una tutela y una política de pillaje para obtener materias primas estratégicas y oro de los bancos centrales de los Estados anexionados (Austria, Checoslovaquia, Polonia) 

La incapacidad de la economía alemana para afrontar los gastos armamentísticos impulsaba su política expansionista abocada a una guerra, que Hitler preparaba para mediados de los 40, suponiendo erróneamente que las potencias occidentales aceptarían la anexión de Polonia. 

Japón había salido fortalecido de la IGM, que le había permitido aumentar su potencial industrial. Había liquidado sus deudas, convirtiéndose en acreedor. En los 30 su actividad industrial había progresado a ritmo muy superior al de todas las potencias, con excepción de la URSS. A pesar de las limitaciones por el tratado de Washington (1922), había desarrollado una marina poderosa y moderna. Además de las fuerzas armadas, estaban bien instruidos e imbuidos de un espíritu de abnegación y sacrificio, lo que representaba un valor militar añadido de primer orden. 

Si la expansión nipona en los 30 había obedecido en gran medida a necesidades económicas (materias primas, alimentos y mercados), la dependencia estratégica exterior era su vulnerabilidad. El radio de su expansión por Asia era enorme. La intervención en China desde 1937 no aseguró una victoria definitiva y exigía más esfuerzo. Para aislar a China y acceder al petróleo y otras materias primas, se veía obligado a expandirse por el sudeste asiático, mientras en el norte sostenía la presión militar de URSS. Dada su superioridad se imponía a holandeses, franceses e incluso británicos, pero otra cosa era enfrentarse al tiempo con rusos y norteamericanos. La guerra con EE.UU. era un riesgo excesivo, pero que resultaba inevitable por el potencial económico y la capacidad de estrangulamiento de suministros estratégicos vitales que poseían los EE.UU. 


Francia era la potencia más débil. En los años 20 aún dominaban en prestigio e incluso económica. En 1930 poseía una industria moderna y reservas de oro importantes. Pero en los años siguientes la deflación por la política de ortodoxia monetaria y financiera de los gobiernos fue agravando su posición económica. Las dificultades económicas repercutieron en la capacidad militar. Entre 1930 y 34 los gastos de defensa bajaron y sólo se incrementaron desde 1937, aunque la mayoría se destinó a reparar deficiencias. Sólo la marina, lo menos importante contra una ofensiva alemana, tenía calidad, la fuerza aérea realizó escasos progresos. La mayor debilidad militar es que no existía estructura de coordinación y planteamiento estratégico de defensa. 


Si la postración económica y el conservadurismo de los jefes militares limitaban su capacidad militar, la situación sociopolítica constituía un serio agravante. La sociedad carecía de vigor demográfico y acusaba un cansancio y un espíritu pacifista nada favorables a la realización de esfuerzos colectivos. El régimen político de la III República estaba muy desacreditado. La derecha radical temía y detestaba más a los “rojos” de dentro que a los nazis, mientras que la extrema izquierda se oponía al aumento de los gastos de defensa. Encaraba la futura guerra en estado de profunda desmoralización. Los medios políticos se enfrentaban a la amenaza alemana con talante defensivo, entregado a que, llegado el momento, la opción más razonable era resistir la ofensiva y esperar que el auxilio británico y norteamericano impusiera la victoria aliada. De hecho, la diplomacia francesa había actuado con 
dependencia de la actitud adoptada por las potencias anglosajonas. 

Inglaterra había salido de la IGM en mala situación para otro esfuerzo. El espíritu pacifista estaba extendido por el cansancio y el escepticismo con los problemas internacionales. La cuestión social concentraba la atención de la opinión y de los gobernantes. Aunque la crisis había sido menos intensa que en otras potencias, reducía las posibilidades de las necesidades de defensa. Los gastos militares comenzaron a subir en 1936 y 2 años más tarde se inició un rearme grande. Las debilidades de la economía, la preocupación de los gobernantes por el equilibrio presupuestario o el gasto social fueron obstáculos que limitaron el desarrollo de las fuerzas armadas. Por otra parte, las tendencias aislacionistas, que rechazaban complicar al país en los asuntos europeos, y la oposición de los 
dominios de la Corona (Canadá, Sudáfrica, Eire) a toda implicación en problemas continentales, no favorecían la resistencia frente al expansionismo de las potencias fascistas. 



Inglaterra seguía siendo un poder mundial que tenía que defender intereses en lugares muy distantes, pero sus recursos económicos y militares eran notablemente inferiores a los que había dispuesto antes de 1914. Su participación en la industria mundial se había reducido mucho, mientras que los ingresos "invisibles" (transporte marítimo, seguros, inversiones exteriores) ya no eran capaces de compensar el desequilibrio de la balanza comercial. 

Tampoco gozaba ahora Londres de las alianzas estratégicas de 1914. Rusia vivía retraída y generaba profundas desconfianzas, y Japón e Italia habían pasado a ser adversarios en el extremo Oriente y en el Mediterráneo, dos de las áreas vitales del imperio británico, mientras que el encerramiento de los Estados Unidos de los años 30 constituía una inquietante realidad. Tenía intereses fuera de Europa, pero carecía de poder suficiente para defenderlos de forma aislada y había perdido apoyos estratégicos vitales. Se le suma el espíritu pacifista y reacio a las implicaciones europeas que exhibía la opinión, se entiende la diplomacia de transigencia con las potencias revisionistas que caracterizó a la política externa británica hasta el año 39. 

La suerte de las armas en una confrontación mundial dependería de las dos grandes potencias periféricas que después de 1945 se repartirían la hegemonía mundial: URSS y EE.UU. Pero en los 30 sus capacidades eran sobre todo potenciales y sus posiciones ante un conflicto europeo no estaban claramente definidas. 

Tras el hundimiento entre 1917 y 1922, la potencia económica y militar de la URSS había despegado desde fines de los 20 por el asentamiento estalinista y los Planes Quinquenales. La “revolución agrícola”, con colectivización forzosa, había lanzado masas de trabajadores al sector industrial, mientras que la reducción de la renta para el consumo había permitido acumular formidables inversiones de capital en formación de trabajadores y técnicos y en el desarrollo de la industria de bienes de equipamiento, ahora planificada desde el poder. 

El agravamiento de la situación internacional dio enorme impulso a los gastos militares. Su potencia militar residía más en la cantidad que en la calidad de sus armamentos, muy por debajo de la de los alemanes. La URSS se encontraba en una situación delicada entre el expansionismo japonés y los designios alemanes de avanzar al Este. La desconfianza hacia las potencias de Europa occidental acabó por llevar a concertar con Berlín un entendimiento de reparto territorial en los confines europeos de ambas, del que fue principal e inmediata víctima Polonia. 


En 1920 el poder mundial de EE.UU. era alto por su capacidad económica y la debilidad del resto, sobre todo de Alemania y URSS. Era con diferencia la primera potencia en producción industrial y agrícola, en capacidad financiera y reservas de oro. El aislacionismo de la opinión y la ausencia de rivales en el mundo explican el repliegue de la diplomacia y la escasa atención dedicada a la expansión de las fuerzas armadas. 

La crisis económica de los 30 contrajo la economía norteamericana más que la de cualquier otra potencia. Entre 1929 y 1933 el PNB se había reducido más de la mitad, el valor de los artículos manufacturados había caído un 75% y los parados casi se habían cuadruplicado. La gravedad de la crisis económica y la consecuente prioridad de las cuestiones internas reforzaron las tendencias aislacionistas, debilitándose los vínculos con París y Londres para poner coto al revisionismo de las potencias fascistas. 

Desde 1937-1938 Roosevelt comenzó más comprometido con las democracias europeas y también se impulsaron los gastos militares. Las dos debilidades de EE.UU. ante los desafíos al orden internacional eran el sentimiento aislacionista dominante y los déficits en defensa. A finales de los 30 su economía estaba infrautilizada y su potencial de crecimiento era altísimo. Los alemanes y japoneses lo sabían y parece que esta previsión sobre las posibilidades norteamericanas de desequilibrar su capacidad militar les indujo a no retrasar más sus iniciativas bélicas

lunes, 10 de marzo de 2025

LA GRAN CRISIS DE LOS AÑOS 30 DEL SIGLO XX

La crisis económica: el mundo empieza y no acaba en Wall Street 

En octubre de 1929 el desplome de la cotización de las acciones de la Bolsa de NY comenzó una crisis económica mundial de intensidad desconocida. Su punto más alto fue en 1933. Siguió una moderada recuperación, con recaída, menos acusada, en 1937-38. Ninguna política consiguió atajarla, fue la guerra. Su gravedad trascendió cualquier explicación cíclica, con efectos demoledores sobre el orden social, la estabilidad política y la paz internacional. 



A finales del 29 llegó a su término la precaria prosperidad de los años 20. Los precios, el comercio internacional y la actividad de las empresas se hundieron, las inversiones se paralizaron y los parados alcanzaron niveles desconocidos. Bajo el gran crecimiento del segundo lustro de los veinte, en gran medida estimulado por la expansiva política crediticia del Banco de Inglaterra y de la Reserva Federal, se ocultaban deficiencias: abundantes recursos desempleados en el sector industrial; excedentes en el agrario; dependencia del capital extranjero y de los pagos por reparaciones y deudas interaliadas, mientras que el sistema monetario internacional era inestable y precario. 

En EE.UU. esta situación podía resultar grave por la combinación de las deficiencias de la economía real con los excesos de una financiación derivada hacia la especulación en Bolsa. La débil presión de la demanda sobre el exceso de recursos era dramática en la agricultura, donde tras la guerra la superproducción estaba hundiendo precios y arruinando familias endeudadas. La debilidad de la demanda frente a la capacidad productiva impulsada por las nuevas tecnologías pudo neutralizarse algunos años con las facilidades crediticias al consumo, la exportación de capitales y la canalización hacía el negocio bursátil de los excedentes del capital. Alimentados por una espiral especulativa, la cotización de los títulos de las empresas en la bolsa se disparó, mientras que sus beneficios reales no reflejaban los precios del mercado financiero. Cuando la realidad se impuso, con el pinchazo de la burbuja bursátil, ésta arrastró al conjunto de la economía. El sistema crediticio, puesto al servicio de la especulación, se colapsó; la actividad de las empresas se desplomó, los precios se hundieron y el paro representó el 27% de la población activa. 

La crisis se extendió rápidamente por la creciente mundialización de la economía y del peso de la norteamericana. El cierre del mercado de EE.UU. y la repatriación de capitales contribuyeron a la mundialización de la crisis. Entre 1929-1932 la industria mundial se desplomó un 37% y los intercambios un 25%. 

Todo el planeta se vio afectado, más los países cuyas economías eran más dependientes del sistema económico y financiero internacional, mientras que las más proclives a la autarquía fueron menos sensibles. Países pobres o poco industrializados, dependientes de las exportaciones como los de Latinoamérica, la padecieron gravemente. Los del área más desarrollada, pero dependientes de capitales y mercados extranjeros, como Alemania, también. Otros, menos expuestos al exterior como España o Francia, se resintieron menos. Los modelos cerrados al exterior y a las leyes del mercado, como la URSS, conocieron en los 30 un espectacular crecimiento. 

La naturaleza internacional de la crisis reflejaba una economía que desde finales del XIX venía internacionalizándose a gran velocidad. Pero mientras que antes de 1914 el sistema internacional de pagos y los equilibrios, dominados por la libra-oro y el poder británico, creaban estabilidad, tras la Gran Guerra ni el sistema monetario ni el poder internacional eran sólidos, ni capaces de asegurar un escenario estable a la internacionalización de la economía. Las respuestas que generó acentuaron el proteccionismo, en la línea del acentuado nacionalismo, soluciones unilaterales que lejos de aportar soluciones agravaron el problema. 

La colaboración internacional brilló por su ausencia. El fracaso de la conferencia económica de Londres (1933) demostró la falta de solidaridad entre naciones y generalizó las prácticas económicas nacionalistas: devaluaciones, políticas proteccionistas y tratados bilaterales. El esfuerzo realizado en septiembre de 1936, con el acuerdo tripartito entre EEUU., Inglaterra y Francia para la reducción progresiva de las restricciones a la libertad de cambios, se vio abocado al fracaso por la recesión de 1937-38. Los únicos efectos positivos de colaboración se concretaron en pactos regionales preferentes, como el convenio de Oslo de 1930, que vinculó a los países escandinavos con Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Pero este tipo de convenios perjudicaba también la relación con las zonas no incluidas en la preferencia. 

La crisis se mantuvo toda la década, aunque con situaciones variables de uno a otro país: las dificultades fueron muy grandes en EE.UU., Francia, Austria y Checoslovaquia. En Suecia y Gran Bretaña hubo una apreciable recuperación, que en Alemania fue espectacular, mientras que URSS vivió un impresionante impulso de transformación económica. 

Los países que, como Alemania o URSS, actuaron al margen del sistema de mercado, pudieron eludir los efectos de la crisis. Aquellos que lo respetaron tuvieron graves dificultades. La protección y las devaluaciones tuvieron escaso efecto por ser tan generalizada. 

En la medida que hubo recuperación obedeció más a las fuerzas reales de la economía que a las de los gobiernos; y se apoyó más en los mercados interiores que en los de exportación. 


Las respuestas en el sistema 

La crisis económica repercutió en todos los órdenes de la vida, agravando las tensiones ideológicas y las confrontaciones de clase de una sociedad que se estaban instalando en la “era de las masas”. Las potencias que encarnaban el poder y la esencia de las libertades públicas, la democracia representativa y el dominio de la economía liberal tuvieron que enfrentarse a una problemática gestión económica para superar la crisis, atajar el desempleo, neutralizar la crecida de las tensiones sociales y asegurar la legitimación del sistema demoliberal. Otros Estados, sin tradición democrática tan sólida, se deslizaron a formas autoritarias o totalitarias de un nacionalismo radical. El desprestigio del modelo demoliberal dio fuerza a URSS que se convirtió en gran potencia y referencia de las esperanzas revolucionarias proletarias. 


La crisis económica iniciada en los Estados Unidos tuvo allí una brutal repercusión, aún más visible por contraste con la prosperidad anterior. Entre 1929-32 la renta nacional cayó un 67%, la agrícola un 70%. El presidente Hoover puso en práctica una política intervencionista de gasto público, estímulos a la producción y apoyo al sostenimiento de los salarios. Promovió la inflación del crédito, redujo los impuestos, incrementó las ayudas gubernamentales a través de los bancos e incurrió deliberadamente en un enorme déficit. Una política bastante keynesiana cuyos resultados no consiguieron doblegar la crisis económica, que en 1932 alcanzaba su punto alto. La crisis le pasó factura política. La influencia republicana, dominante en las cámaras en 1928, había sido sustituida por la de los demócratas en el 32, cuando fue elegido el demócrata, Franklin Delano Roosevelt



Roosevelt tenía una voluntad férrea, sentido pragmático y gran capacidad persuasiva. Fue un líder de la opinión pública, con amplio apoyo en los medios populares. Estaba convencido de que la crisis exigía dotar al gobierno federal de los medios necesarios para intervenir activamente en la vida económica; presentó como proyecto lo que denominó New Deal, una versión, bien publicitada, de la estrategia de su predecesor. 

Asesorado por un brain trust de profesores de economía política de la Universidad de Columbia, el New Deal se concretó en un conjunto de medidas, la mayoría adoptadas en los primeros cien días presidenciales. En el plano monetario y financiero se abandonaba el patrón oro (junio 1933), devaluando el dólar un 40% para favorecer las exportaciones y aliviar las deudas de los productores; se rebajaban los tipos de interés y se favorecían los créditos a los granjeros y pequeños propietarios; se controlaba a la banca, estableciendo una garantía para los depósitos; se adoptaban medidas para combatir la especulación financiera y bursátil. 

En el sector agrícola puso en marcha generosas subvenciones (Agricultural Adjustment Act, mayo 1933) para reducir áreas de cultivo de producciones fundamentales, como el algodón, permitiendo así el aumento de los precios. El coste de la política agraria fue muy elevado. 

La política industrial (National Industrial Recovery Act, junio 1933) trataba de reactivar la actividad de las empresas, evitando la superproducción, impulsando la recuperación de precios, aumentando salarios y disminuyendo horas laborales. Para ajustar la producción al mercado se favoreció la cartelización de empresas y se impulsó una política social que favorecía a los asalariados y animaba la recuperación de la demanda. Se elaboró un código de trabajo modelo. El gobierno federal intervino como mediador en conflictos laborales desde una Oficina Nacional de Trabajo,protegió la acción sindical y el derecho de huelga y, en 1935, estableció un sistema de jubilación por edad. Para combatir el paro, en mayo de 1933 se estableció un fondo de ayuda a los desempleados. El modelo intervencionista más acabado del New Deal fue la creación de una sociedad investida de poderes gubernamentales (Tennessee Valley Authority) para el desarrollo integral de los recursos de la cuenca del Tennessee. 

El balance económico del New Deal no fue positivo. La inversión privada permaneció débil e incluso pudo verse desalentada por el intervencionismo estatal. Después de una recuperación desde el punto alto de la crisis en 1933, la depresión volvió a acentuarse en 1937-38. Sin embargo, si el gasto público no hubiera acudido a suplir el hundimiento de las inversiones del sector privado, la crisis hubiera sido aún más intensa. La alternativa al intervencionismo gubernamental de Hoover-Roosevelt sólo podía ser el ajuste automático de la economía, pero el coste social habría equivalido a una tragedia colectiva que nadie estaba dispuesto a aceptar. 

En el terreno político y de la política económica y social el New Deal difundió cambios de hondo calado. Las medidas resultaron innovadoras, sacrificando la ortodoxia monetaria y financiera en beneficio de una reactivación económica que pasaba por el déficit público, la inflación, la reglamentación del sistema productivo y financiero, el aumento de las rentas salariales y todo mediante el refuerzo de los poderes presidenciales. La oposición conservadora de la Corte Suprema, que sentenció inconstitucionales parte de las medidas del New Deal, fue dominada por Roosevelt y su prestigio le valió la relección en 1936, 40 y 44, hasta su muerte en 1945. 

Contrariamente a lo que sugerían sus opositores, Roosevelt no trataba de hacer una revolución para acabar con el sistema, sino adaptarlo para que sobreviviese. Su reformismo fue intenso, al punto que, al doblegar la oposición del poder judicial, pudo hablarse de verdadera reforma constitucional de 1937. Confrontada a los intensos desafíos económicos y sociales de los 30, la política norteamericana introdujo dos cambios profundos: el refuerzo del poder Federal encarnado sobre todo en la Presidencia; y la noción de que el sistema capitalista no podía dejarse a merced de la autorregulación del mercado y de que la protección de los intereses de los trabajadores constituía no sólo un deber de justicia social, sino un instrumento ineludible de recuperación de la actividad económica. 


El contramodelo francés 

La Francia de entreguerras era una nación cansada, no sólo por el esfuerzo entre 1914-1919, sino por la agudización de la debilidad demográfica, lastrada desde el XIX y crecida por la guerra, llegando a reducirse, afectando en su mayoría a la población activa. El envejecimiento de la población favoreció la intensificación de una psicología colectiva dominada por valores conservadores, que se inscribían con naturalidad en el aburguesamiento del régimen y en el peso del mundo rural. Se les oponía la sociedad de trabajadores industriales, los partidos de izquierda y sindicatos, cuyas penurias dificultaban la modernización e integración social, que se expresaban en discontinuos impulsos de lucha obrera. Las tensiones ideológicas de derechas reaccionarias e izquierdas revolucionarias acabaron por generar en polarización entre dos países y el debilitamiento del colectivo nacional para superar las dificultades. 

La realidad institucional y política de la III República se ajustaba mal al primado de lo económico y de lo social, que desde el final de la Primera Guerra se imponía en todas partes. La parálisis de los gobiernos y de los parlamentos ante la crisis monetaria y financiera de 1924-26 y frente a la recesión de los 30, generalizó la necesidad de reformas profundas. El inmovilismo, reflejado en una notable estabilidad del cuerpo electoral, engendraba una profunda inestabilidad de mayorías y gobiernos. El partido radical, centro que configuraba mayorías a derecha o a izquierda según conviniera a su interés, representaba la combinación de inmovilismo e inestabilidad. Pero la inestabilidad obedecía sobre todo a un excesivo dominio del poder legislativo sobre el ejecutivo: en 21 años Francia tuvo 42 gobiernos. 

La dimisión de Poincaré por salud, en julio de 1929, abrió una inestabilidad donde se sucedieron efímeros e inoperantes gobiernos ante cuya impotencia sobrevino la catástrofe económica. Ésta alcanzó a Francia más tarde y más moderadamente, puesto que las barreras aduaneras y la estructura más familiar de su agricultura y sus empresas industriales la hacían menos vulnerable a la recesión internacional. Se dejó sentir desde 1931 y resultó más continuada e intensa, sobre todo porque las autoridades respondieron tarde y con medidas contraproducentes. 

Poincaré 

Las legislativas de mayo de 1932 dieron un gobierno presidido por Herriot, con socialistas y radicales. La caída del gabinete, en diciembre, liquidó esta reedición del “bloque de izquierdas” del 24, para orientarse hacia el centroderecha, siempre con los radicales. Los importantes recursos de oro del Banco de Francia y la estabilización del franco en 1928 a niveles competitivos habían permitido suponer que se encontraba bien pertrechado para enfrentarse a la crisis. Pero el incremento comparativo de los precios franceses ante la ola de devaluaciones, sobre todo de la libra (1931) y del dólar (1932), dispararon el déficit. Los sucesores de Herriot, empeñados en evitar el déficit, optaron por la deflación de precios y salarios. Las consecuencias, desastrosas: la caída de precios internos no pudo competir con las devaluaciones, pero la actividad económica se contrajo más, el paro aumentó, y los efectos sobre rentas de productores, campesinos y asalariados se dejaron sentir en un descenso brusco del nivel de vida. La crispación social y la polarización ideológica se agravaron, amenazando la paz social y el sistema político. 

En febrero de 1934, a consecuencia de un asunto de corrupción (el “caso Stavisky”), el día 6 más de 100.000 personas, movilizadas contra el sistema por organizaciones de la derecha radical, intentaron asaltar el Parlamento. 

caso Stavisky


Se saldó con un centenar de víctimas por las cargas policiales y dio lugar a una acción de protesta de comunistas y socialistas que los días 9 y 12 llenaron también las calles de París con decenas de miles de manifestantes. 

Los gobiernos de centroderecha que se sucedieron tras la caída del gabinete de Daladier fueron incapaces de superar la fractura política y social, al tiempo que se aferraban al recurso deflacionista. Frente a la amenaza de la derecha radical, animada por la experiencia fascista, la crisis de febrero de 1934 fue el arranque de la unión de izquierdas para formar un “frente popular”. Los comunistas, siguiendo consignas de la III Internacional (es decir, Stalin) desde 1935, impulsaban ese “frente único” con socialistas y partidos burgueses democráticos para cerrar el paso al fascismo. Era una alianza electoral, sin programa común, aunque con objetivos mínimos: defensa liberal, de las libertades sindicales y abandono de la política económica ortodoxa para combatir la crisis. En torno a las alternativas polarizadas de izquierda y derecha, Francia vivió en 1935 y principios de 1936 un ambiente de intensa movilización que el 26 de abril de 1936 llevó a las urnas a casi un 85% del cuerpo electoral. Triunfó la coalición de centro izquierda. 



El gobierno estaba integrado por radicales y socialistas, los comunistas debían asegurarle su apoyo. Presidido por Léon Blum, de familia judía, suscitó tanto entusiasmo por parte de la izquierda como rechazo de sectores radicales de la derecha que expresaron su antisemitismo con una propaganda injuriosa contra el presidente. Los comunistas no tardaron en acusar al gabinete de debilidad y promovieron un movimiento de huelgas con ocupación de fábricas. La guerra civil de España acumuló mayor tensión sobre la opinión francesa, dividida entre derecha e izquierda, al punto de que el gobierno hubo de renunciar a apoyar a la República ante el temor a provocar una confrontación en Francia. 

León Blum

Entre junio de 1936 y marzo de 1937 el gobierno de Blum puso en marcha una política similar a la del New Deal. Los Acuerdos de Matignon (junio 1936) entre patronal y obreros establecieron el sistema de convenios colectivos, elevación de salarios, reducción a 40 horas de la semana laboral y vacaciones pagadas. Trataba de mejorar la situación de los trabajadores y estimular la demanda. Para favorecer las exportaciones, el franco perdió su paridad de 1928, devaluándose hasta 4 veces entre octubre de 1936 y mayo de 1938. Los resultados fueron decepcionantes. El empleo aumentó, pero la situación económica no logró enderezarse, al no obtenerse un aumento de productividad, la producción tendió a retraerse y el aumento de sus costes salariales se trasladó a los precios, que muy pronto superaron a los salarios, la manteniéndose las causas del descontento y de las agitaciones sociales. 

En junio de 1937 el bloqueo en el Senado de un proyecto que hubiera dado al Gobierno plenos poderes en materia financiera echó por tierra el gabinete de Léon Blum y con la experiencia frentepopulista que no se mantuvo con los gabinetes radicales de Chautemps y Dadalier, orientados hacia los moderados. 

Inglaterra: el relativo éxito del sentido común 

GB resolvió bastante bien la crisis y no padeció las tensiones políticas francesas. De hecho, en los 20 cuando perdió su hegemonía mundial y las desastrosas consecuencias del regreso al patrón oro (1925) provocaron un fuerte impacto sobre sus posiciones económicas, generando importante contestación social. En general la recesión de los 30 fue combatida con medidas razonables, desde un sistema caracterizado por estabilidad y sentido de la responsabilidad nacional. 

Fue un segundo gobierno laborista presidido por MacDonald, tras las elecciones de mayo de 1929, el que se enfrentó a la llegada de la crisis. Los parados subieron de 1,2 millones en 1929 a 2,4 un año después. En julio de 1931 los generosos préstamos al Estado y a Alemania habían dejado baja la solvencia del Banco de Inglaterra sujeto a masivas retiradas de oro. Sin posibilidad de obtener créditos del extranjero, la libra se hundía. Los medios políticos estaban divididos sobre las medidas para la crisis: la mayoría del laborismo postulaba un aumento de impuestos, la oposición conservadora reclamaba austeridad en el gasto y un sistema proteccionista, manteniéndose el librecambio en las relaciones con el Imperio. El primer ministro se inclinó por la conservadora. El grueso del partido le dejó, pero MacDonald formó un gobierno con laboristas, conservadores y liberales. Fórmula de unión nacional hasta 1935. 
MacDonald

Las medidas para combatir la recesión fueron mezcla de ortodoxia y heterodoxia económicas, combinadas con sentido pragmático. Se evitó financiar la recuperación con déficits y se tomaron medidas para favorecer la actividad económica y el empleo. El gobierno prestó ayuda a los parados, favoreció el desplazamiento de la mano de obra a regiones con índices bajos de desempleo y trató de estimular la actividad industrial, facilitando a los empresarios el acceso a las infraestructuras. Resultó innovadora la devaluación de la libra, que permitió reactivar las exportaciones, y la implantación de medidas proteccionistas para reservar el mercado interno. 

Se echaba por tierra una larga tradición librecambista. Fue asimismo innovador el acuerdo adoptado en la conferencia imperial de Ottawa (julio-agosto 1932) de un sistema de “preferencia imperial”, que trataba de favorecer el comercio en el interior del espacio británico. 

conferencia imperial de Ottawa

Los resultados fueron desiguales según sectores. Los grandes centros textiles y construcción naval no recuperaron los niveles de 1929, en cambio se desarrollaron las nuevas industrias (mecánica y química) en la región de Londres, y la construcción de viviendas creció vertiginosamente. El número de parados descendió de 3 millones a 1,7 en 1937. 

Tras la dimisión de MacDonald, en junio de 1935, le sucedió el conservador Stanley Baldwin. Los conservadores revalidaron su mayoría en las elecciones generales de noviembre de 1935. Bajo Baldwin primero y con Neville Chamberlain como primer ministro desde mayo de 1937, gobernaron el país hasta 1940. La política británica estuvo cada vez más absorbida por los problemas internacionales por el expansionismo hitleriano. Los gastos militares comenzaron a subir desde 1935, pero la pacifista opinión pública tardó en comprender la amenaza nazi y el gobierno hizo lo que pudo, con concesiones, para frenar con concesiones el expansionismo germano. 

Chamberlain 

España: una democracia extemporánea 

La crisis económica, con sus tensiones sociales e ideológicas, se había dejado sentir en las grandes democracias, aunque, salvo en Francia donde el sistema tenía cada vez más en contra a amplios sectores, su capacidad de resistencia a los vientos autoritarios estaba fuera de dudas. El bloque demoliberal de Occidente se había agrandado con España que, tras la caída de Primo de Rivera (1930) y la imposibilidad de una regeneración dentro de la Monarquía, había establecido en abril de 1931 una república democrática (la II República) con tintes muy avanzados en materia social. Hasta noviembre de 1933 el gobierno estuvo en manos de una coalición de republicanos de izquierda y socialistas, que trató de llevar a cabo reformas políticas, sociales, territoriales y militares profundas, mientras que apostaba por un pacifismo internacionalista basado en la Sociedad de Naciones. Pero las circunstancias eran las peores posibles para ese ensayo progresista. Acosado por la izquierda revolucionaria del anarcosindicalismo y por la derecha contrarrevolucionaria, la coalición de centroizquierda se vino abajo, siendo sucedida en otoño de 1933 por un gobierno de centroderecha, que se dedicó a desmontar la obra del primer bienio. 

Proclamación de la II república española

Los socialistas se echaron en brazos de la revolución con el pretexto de que el advenimiento de las derechas a las instituciones anunciaba el triunfo del fascismo en España. La revolución de octubre de 1934, duramente reprimida, no trajo el fascismo, pero fue un punto sin retorno en la confrontación entre las “dos Españas”. La victoria de un “frente popular” en las elecciones de febrero de 1936, constituyó ya el pórtico de una larga guerra civil (julio 1936-abril 1939) que, ubicada en el escenario de las tensiones internacionales conducentes a la Segunda Guerra Mundial, vendría a concluir con el establecimiento de la larga dictadura del general Franco (1939-1975)

Las respuestas contra el sistema 

La crisis de los 30 (política, social, ideológica) fue terreno abonado para el ascenso de las tendencias opuestas al sistema liberal, desde posiciones revolucionarias o contrarrevolucionarias. 

La URSS de Stalin o el nacimiento del otro mundo 

La Rusia soviética de los años treinta no debió nada a la crisis del 29, sino que su sistema político y económico, opuesta al demoliberalismo y al sistema de mercado, era consustancial al proyecto revolucionario de los bolcheviques desde su triunfo a fines de 1917. Un año antes del crash de Wall Street, Stalin se había impuesto a Trotsky y el primer plan quinquenal ponía término al occidentalismo de la NEP (Nueva Política Económica). Frente al internacionalismo revolucionario y la “revolución permanente” de Trotsky, Stalin imponía una revolución nacional, identificada con un poder revolucionario sobre el partido, sobre el Estado y sobre el proletariado, cuya dictadura pretendía encarnar. Este sistema realizó una brutal revolución desde arriba para transformar al país en una potencia industrial. Los planes quinquenales fueron la expresión en el terreno de la economía. 

Stalin

En la década se pusieron en marcha tres planes quinquenales (1929-1933; 1933-1937; 1938-1941), el último, interrumpido por la invasión alemana. Se trató de un gigantesco esfuerzo de revolución industrial impuesta desde el poder, desagrarizando y transfiriendo gran parte del potencial demográfico rural a la industria, modernizando el sector agrícola y desarrollando la producción de bienes de capital. Los recursos de inversión procedieron básicamente de las plusvalías del trabajo nacional “confiscadas” por el Estado mediante impuestos, bajos salarios y escasas prestaciones sociales y hasta una propaganda enaltecedora (stajanovismo) para aportar horas de patriótico trabajo a la causa suprema de la nación revolucionaria. Los resultados fueron espectaculares. En términos generales los planes sobrepasaron los objetivos. Y en vísperas de la guerra, la URSS era una gran potencia.

Mediante los planes de colectivización traza­ dos bajo la dirección personal de Stalin, la agricultura en la URSS pasó a ser la más avanzada del mundo, constituyéndose más de 242.000 koljoses (cooperativas socialistas) y más de 4.000 sovjoses (granjas estatales).

Durante los años 1927-1928 se llevó a cabo un gran esfuerzo por reforzar la entrega de tractores y maquinaria agrícola a los cooperativistas y a las granjas estatales. Apoyándose esencialmente en el campesinado pobre, se pasó a la colectivización del conjunto de la agricultura, derrotando así en la práctica sobre bases sólidas a los kulaks (campesinos medios y ricos que se oponían al régimen socialista).

De igual modo, Stalin convirtió en realidad los planes de electrificación de todo el país, que había previsto antes de morir el camarada Lenin, lo que permitió acelerar la industrialización de todo el país en condiciones óptimas.

Pero el coste social había sido tremendo. La industria de bienes de consumo fue sacrificada en beneficio de la de bienes de producción. La industrialización se había financiado con enorme sacrificio de los recursos familiares. En el campo, las colectivizaciones (en la práctica estatalizaciones) fueron traumáticas por la oposición de los campesinos que preferían destruir sus propiedades antes que entrar en las granjas colectivas. El saldo en términos de víctimas fue enorme y los resultados económicos de esta revolución agrícola resultaron muy inferiores a los de la industria. 



En el poder político, desde diciembre de 1934 dio lugar a una masiva represión de disidentes y sospechosos frente al dominio de Stalin. Las “purgas” se tradujeron en decenas de miles de deportaciones de bolcheviques a Siberia, donde fueron sometidos a trabajos forzados o eliminados. Acusados de traición o de espionaje, muchas personalidades del régimen, como Zinoviev, Kamenev (1936), Radek, generales como el mariscal Tukhachevski y otros (1937), Ryckov o Bujarin (1938) fueron ejecutados, obligándoles a autoinculparse de crímenes políticos inexistentes. Mediante la “autocrítica” el partido quedó depurado de cualquier futura oposició. Las universidades fueron saneadas, los historiadores y escritores silenciados o forzados a ponerse al servicio del culto a la personalidad de Stalin. 

Esta URSS fue percibida en los 30 por los comunistas y una parte de la intelectualidad occidental, como el santuario de una revolución mundial que debía redimir al proletariado internacional de la miseria y de la nueva esclavitud generada por el capitalismo. La III Internacional (comunista) fue el instrumento del imperialismo ideológico de Stalin. La juventud que en los años 30 se rebelaba contra la corrupción de la democracia liberal y contra la miseria social que extendía por doquier su aliada, la plutocracia capitalista, tendía a enrolarse en las filas de las dos revoluciones antisistema: la comunista o la fascista, unidas por su odio al demoliberalismo. La llegada de Hitler al poder y el avance de autoritarismos de derecha hizo comprender a la URSS que el combate al fascismo resultaba prioritario, llevándola desde 1935 a promover “frentes populares” con las “caducas” fuerzas de las democracias burguesas” para poner dique al avance del enemigo común. 



Hitler en Alemania: la solución de la guerra 

El derrumbe del edificio democrático europeo, aparentemente en plenitud tras la victoria aliada en la IGM, comenzó en 1922 con la dictadura de Mussolini. En los años siguientes se habían impuesto otras en España, Portugal, Polonia, Grecia, Hungría, Yugoslavia. 

Pero fueron las consecuencias de la crisis y la influencia de la “revolución” hitleriana los catalizadores de la “era fascista” que para muchos anunciaba una nueva fase histórica. 

En Alemania, la insatisfacción nacionalista por la derrota de 1918 y las duras imposiciones de los vencedores, aliada a las consecuencias de la crisis, proyectaron el ascenso electoral del partido nazi. La economía alemana fue especialmente sensible a la crisis del 29 por la dependencia de los capitales extranjeros. En julio de 1931 el Reichsbank hubo de suspender pagos al exterior. Ante la caída de precios internacionales, el gobierno optó por una política deflacionaria, decretando en diciembre de 1931 la reducción de salarios a nivel de 1927, que debía producir una reducción equivalente de precios. Esa disminución no pudo competir con las devaluaciones de otros países, mientras que la deflación agravó hasta límites desconocidos los efectos de la crisis, acentuando la inhibición de productores y consumidores y disparando el paro. El país se había hundido. La respuesta fue el advenimiento al poder del Partido Alemán Nacional-Socialista de los Trabajadores convertido por Hitler en una fuerza política arrolladora. 

Hitler


El proyecto hitleriano, expreso en Mi lucha, de 1925, se basaba en un nacionalismo racista que aspiraba a reunir bajo el Reich al conjunto de población alemana dispersa en otros Estados y a ampliar el “espacio vital” europeo de la nueva Alemania al Este. El objetivo declarado era la expansión territorial; su condición previa, el establecimiento de un poder totalitario; el camino final, la guerra. 

Mein Kampf 

Mein Kampf de Adolf Hitler es en parte una autobiografía y en parte un tratado político. Mein Kampf (que significa “Mi lucha”) promovía los componentes fundamentales del nazismo: un antisemitismo rabioso, una visión racista del mundo y una política exterior agresiva orientada a obtener espacio vital (Lebensraum) en Europa oriental. 

Hitler comenzó a escribir Mein Kampf en 1924 en la prisión de Landsberg, después de ser condenado por alta traición al intentar derrocar la república alemana en noviembre de 1923, durante el denominado Putsch de la cervecería. Aunque su golpe fracasó, Hitler utilizó ese juicio como púlpito para difundir la propaganda nazi. Era muy poco conocido antes de este acontecimiento, pero de inmediato adquirió fama en la prensa alemana e internacional. El tribunal lo condenó a cinco años de prisión, de los cuales cumplió menos de nueve meses. Como su carrera política estaba en el punto más bajo, esperaba que la publicación del libro le permitiera ganar algo de dinero y le sirviera de plataforma propagandística para ventilar sus opiniones radicales y atacar a quienes acusaba de haberlo traicionado a él y a Alemania.

Originalmente tituló el libro “4 ½ años de lucha contra la mentira, la estupidez y la cobardía. Un juicio” (4 ½ Jahre Kampf gegen Lüge, Dummheit und Feigheit. Eine Abrechnung), pero acabó por acortarlo a Mi lucha (Mein Kampf). En 1925, la editorial del Partido Nazi (Franz Eher Verlag) publicó el primer volumen. El segundo volumen se publicó al año siguiente.

En el verano de 1928, Hitler escribió otro libro en el que exponía con más detalle sus puntos de vista sobre la política exterior, pero este nunca se publicó. El texto no se descubrió hasta 1958, cuando se encontró el manuscrito mecanografiado en los Archivos Nacionales de Estados Unidos entre los millones de páginas de documentos incautados después del final de la Segunda Guerra Mundial.

Mein Kampf no se convirtió de inmediato en un éxito de ventas. La primera edición de 10,000 ejemplares casi se agotó y se publicó una segunda edición, pero las ventas disminuyeron rápidamente a partir de entonces. Esto cambió en 1930, cuando el Partido Nazi obtuvo enormes logros en las elecciones parlamentarias. En 1928, los nazis solo controlaban 12 escaños de los casi 500 que había en el parlamento (Reichstag) alemán. En 1930 obtuvieron 107 escaños, y en el verano de 1932 aseguraron 230 y se convirtieron en el partido político con mayor representación. Las ventas de Mein Kampf aumentaron de acuerdo con ello. Para finales de 1932, se habían vendido casi 230,000 ejemplares.

Después del nombramiento de Hitler como canciller alemán el 30 de enero de 1933, la popularidad de Mein Kampf se disparó y su autor se volvió multimillonario. Tan solo en ese año se vendieron más de 850,000 ejemplares. El editor utilizó una agresiva comercialización para presionar al pueblo, a las instituciones alemanas y a las organizaciones nazis para que compraran ejemplares. Además, la maquinaria propagandística nazi que transformó a Adolf Hitler de un simple soldado y político alemán en un líder infalible y divino, también impulsó las ventas en gran medida. Para finales de 1944 se habían impreso más de 12 millones de ejemplares, la mayoría después de 1939.



Toma del poder

Su asalto al poder fue consecuencia del impacto económico y social de la crisis del 29. Sus consecuencias políticas se reflejaron en una erosión del espectro de centro (socialdemócratas, católicos, liberales), soporte del régimen constitucional de Weimar, y un crecimiento de las alternativas extremas, comunista y nazi. Los procesos electorales entre 1930 y 1932 convirtieron al partido de Hitler en fuerza mayoritaria, sin la cual era imposible gobernar. Señor de la calle, a través de una milicia partidaria (las S.A.) y capitalizando la conciencia nacionalista del alemán medio, demagógicamente atraído con el señuelo “revolucionario” del doble combate a la “plutocracia” y al comunismo, en enero de 1933 Hitler fue designado canciller por Hindenburg. 

Hindenburg

La imposición de la dictadura nazi fue rápida. En febrero de 1933, el incendio del Reichstag, del que se culpó a los comunistas, puso en marcha su implantación. Los nazis culparon al comunista holandés Marinus van der Lubbe y afirmaron que los comunistas estaban complotando contra el gobierno. El incendio sirvió para aprobar el Decreto del Incendio del Reichstag y consolidar a los nazis en el poder. En la actualidad el incendio está considerado como una operación de falsa bandera. La Gran Guerra que comenzó a principios del siglo pasado, dejó a Alemania en una situación delicada política, económica, social y bélicamente. El clima de inestabilidad en Alemania se tradujo en varios levantamientos insurreccionales, por un lado, los espartaquistas liderados por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht apoyaron el Levantamiento Espartaquista para comenzar una revolución en Alemania, y, por otro lado, los nacionalsocialistas guiados por Adolf Hitler dieron el “Putsch de Múnich” para derrocar la República de Weimar e implantar el fascismo en Alemania. Ambas, insurrecciones fueron aplastadas, pero la inestabilidad en Alemania no cesó. Poco a poco, la antigua Prusia, comenzó a polarizarse ideológicamente obligando a los ciudadanos mostrar el apoyo a los comunistas o los nazis. Hitler, tras salir de prisión por haber organizado el “Putsch de Múnich”, salió de su celda convencido de tomar el poder gubernamental alemán. De este modo, los nazis organizados en el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) comenzaron su carrera electoral. Los nazis usaron muy bien la manipulación para atraer votantes y fueron ganando adeptos por toda Alemania. Los nazis debían eliminar a sus rivales políticos, a los comunistas, y para ello realizaron una “Operación de Falsa Bandera” para criminalizar a los comunistas. Asimismo, a las 21:14 horas del 27 de febrero de 1933 el Reichstag, el Parlamento Alemán fue incendiado provocando un enorme malestar en la ciudadanía. Rápidamente, los nazis culparon a los comunistas del incendio del Reichstag, puesto que un comunista holandés llamado Marinus van der Lubbe fue detenido en las inmediaciones del parlamento. Nunca se ha demostrado la implicación de los comunistas, pero los nazis obtuvieron el poder de Alemania gracias al incendio.

Incendio del Reichstag

Una nueva Cámara, tras las elecciones de marzo, con el 44% para el partido nazi, dio a Hitler plenos poderes. La constitución de Weimar moría. Al régimen de libertades sucedió un Estado policial encarnado en el Führer, que persiguió todo tipo de oposición y depuró a su propio partido en junio de 1934. Tras la muerte de Hindenburg, en agosto, la celebración el día 19 de un plebiscito, que arrojó un 90% de votos favorables, puso también en manos de Hitler la jefatura del Estado, completando así el control de las instituciones. 
  • La pregunta del referéndum proponía que Hitler asumiera todos los poderes del Estado y nombrara a su sucesor.
  • El proceso estuvo marcado por intimidación, propaganda y fraude electoral. Se colocaron miembros de las Camisas Pardas en los colegios electorales y se manipuló el conteo de votos.
Este hecho fue el último golpe a la República de Weimar, y dio inicio formal a la dictadura nazi, que duraría hasta 1945, conduciendo a Alemania a la peor guerra de su historia.

La lucha contra la crisis, consonante con la naturaleza dictatorial del régimen, estableció una estricta política de controles (salarios, precios, comercio exterior, cambios, mercados monetarios y de capitales), de planificación selectiva y de impulso a las inversiones públicas, orientadas desde 1936 al rearme. El gasto gubernamental se disparó a costa del privado y del consumo. Para hacer frente al enorme gasto público, se sacaron recursos del sector privado, limitando las inversiones en industrias de consumo y frenando su demanda mediante estrictos controles de salarios y precios, aumento de los impuestos y ahorro forzoso. El comercio exterior fue objeto de estricta regulación, limitando las importaciones no esenciales y estimulando las exportaciones. Para evitar la salida de divisas, se firmaron acuerdos bilaterales de clearing, sobre todo con países de la Europa sudoriental, que fueron entrando en la órbita económica del Reich, preparando así su satelización política. Los resultados fueron espectaculares: el paro era prácticamente inexistente en 1938. 


La eficacia contra la crisis, la utilización de una propaganda movilizadora y una máquina represiva aseguraron el éxito de una extremosa experiencia totalitaria. Estaba condenada al desastre (de Alemania y de Europa) puesto que, carente de divisas y mercados de exportación, y por tanto de los recursos propios de una normal economía de mercado, sólo el pillaje internacional y la política armamentística eran capaces de sostener la regeneración alemana. 

La propaganda nazi

Hitler y los nazis crearon las leyes fundamentales de la propaganda: Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único Símbolo; Individualizar al adversario en un único enemigo.

Paul Joseph Goebbels fue nombrado en 1929 jefe de la propaganda del partido nazi y desde 1933 a 1945, Ministro de Propaganda.
  • Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo; Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.
  • Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”.
  • Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.
  • Principio de la vulgarización. “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”.
  • Principio de orquestación. “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas”. De aquí viene también la famosa frase: “Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”.
  • Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que cuando el adversario responda el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
  • Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias.
  • Principio de la silenciación. Acallar sobre las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.
  • Principio de la transfusión. Por regla general la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.
  • Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente que se piensa “como todo el mundo”, creando impresión de unanimidad.
Para poder desarrollar estas leyes, los nazis utilizaron varios estereotipos para clasificar a la población, señalando a los enemigos y los disidentes: a través de la idea de la raza aria, excluyeron a los judíos, a los gitanos (ambos eran las antípodas de los arios), a los eslavos (quienes estaban destinados a ser esclavos de los arios) y a los latinos (quienes estaban destinados a ser pastores de ganados. Se referían a los pueblos de la parte meridional de Europa)

Una de sus principales medidas fue el control de los medios de comunicación, subordinados al régimen nazi y principales cauces de propaganda: La propaganda nazi no formaba parte de un todo, sino que era en sí misma el todo. Hitler y Goebbels se reunían diariamente para enterarse de las novedades y transmitir su opinión personal.

La propaganda hitleriana se centraba en un tipo de mensaje emocional que se dirigía, sobre todo, a un público poco educado políticamente, susceptible de interiorizar la emoción y no la racionalidad. A su salida de la cárcel, Hitler aprovechó la prohibición de hablar en público en Alemania para llevar a cabo su primera gran campaña de propaganda: El Führer estudiaba sus discursos minuciosamente, pues leía mal en voz alta. Empezaba con palabras relajadas, comunicando de una forma monótona, hasta un punto en que su voz subía de tono acompañada por fuertes gestos de su brazo derecho.

Destacan también los aspectos más importantes de la escenografía nazi: los grandes desfiles al aire libre, largos mítines políticos en locales cubiertos, las canciones, los saludos (“Sieg Heil”), las antorchas, la profusión de banderas y estandartes o el desfile de las fuerzas paramilitares, entre otros.

Antes de cualquier movimiento militar, la máquina propagandística alemana era puesta en marcha. Como ejemplo, antes de que Checoslovaquia fuese invadida se transmitió a través de la radio el mensaje de que las minorías alemanas estaban siendo perseguidas en aquel país. Los hechos se fabricaban para que los actos de invasión pudiesen ser justificados. Con Francia se hizo algo semejante: los agentes alemanes distribuirían propaganda que anunciaba los primeros indicios de la derrota francesa. Esto tipo de acciones crearon divisiones políticas, insatisfacción, miedo de la superioridad bélica alemana, hasta mayo de 1940, fecha en la que la resistencia francesa entró en colapso y las tropas de Adolph Hitler marcharon en París.

Y, porque, en último término, la confesada razón de ser de ese Estado totalitario era la realización de unos objetivos imperialistas que pasaban por la guerra y la destrucción. 



El triunfo de la voluntad

El triunfo de la voluntad (en alemán, Triumph des Willens) es una película propagandista nazi dirigida por Leni Riefenstahl. Muestra el desarrollo del congreso del Partido Nacionalsocialista en 1934 en Núremberg. La película incluye imágenes de miembros uniformados del partido desfilando (aunque aparecen relativamente pocos soldados alemanes) al son de conocidas marchas, además de partes de discursos de varios líderes nazis en el Congreso como Adolf Hitler. Fue Hitler quien encargó el filme y su nombre figura en los créditos iniciales. El tema principal de El triunfo de la voluntad es el regreso de Alemania a la categoría de potencia mundial, con Hitler como una especie de mesías que devolverá la gloria a la nación.

El documental en sí empieza con un plano de una avioneta sobrevolando un cielo con nubes. Éstas impiden ver la ciudad que se esconde bajo, lo que le da un halo de misterio. Por su parte, la avioneta, por su posición en el espacio, da una sensación de distanciamiento, de superioridad de aquellos que están en ella con respecto a la ciudad que tienen a sus pies.

Poco a poco, la avioneta empieza a descender y permite observar por unas escenas la arquitectura alemana y algunas de sus gloriosas edificaciones. Con esto, el objetivo del film es doble:

Por una parte, se pretende mostrar una continuidad con el pasado basado en la historicidad de los edificios y, por la otra, engrandecer al pueblo alemán a partir de la belleza de sus documentos.

También es bastante conocida la escena que se da justo a continuación, en la que se ve la sombra de la avioneta sobrevolando la ciudad, lo que se puede entender como la enorme sombra del guía Adolf Hitler y del partido nazi, vigilante siempre de lo ocurrido en la nación alemana.

Posteriormente, se le dota de humanidad al documental enfocando a las masas esperando el aterrizaje del gran líder, mostrándose éstas altamente homogéneas en contraposición a la clara diferenciación con respecto a Hitler.

Ya al bajar de la avioneta, se puede ver que Hitler va acompañado, entre otros, por Goebbels, quién destacaría por ser su Ministro de Propaganda y su mano derecha durante la mayor parte del totalitarismo nazi, e incluso antes.

También sorprende el culto a la juventud que realizaban los nazis, el cual se distingue entre la muestra de imágenes de robustos adultos jóvenes que representan la fortaleza y las imágenes de niños pequeños, que pretenden dotar de una cierta inocencia al movimiento, además de proyección de cara al futuro. Esto era también muy característico de la propaganda nazi, que intentaba relacionar al movimiento con valores positivos: fortaleza, juventud, vigor, descendencia…

Ya la noche antes del día central del Congreso, en el que realiza el discurso Hitler, se puede ver un impresionante juego de cámaras, en las que se contrapone la oscuridad general de la escena con la iluminación que ofrecen las antorchas, con el fuego como símbolo de la pasión y la fuerza. Esta escena acaba con el amanecer hacia el nuevo día, que representa el resurgir del pueblo alemán.

Por lo que hace a la realización de «El triunfo de la voluntad», sin duda alguna su objetivo es el de exaltar la figura de Adolf Hitler, ayudándose de todas las herramientas de sonido, iluminación, composición, perspectiva y montaje que se tenían a su disposición. Además, según se puede documentar, se contaba con un equipo profesional de 120 técnicos, 30 cámaras y un numeroso material técnico que permite filmar los planos elevados que se observar durante el conjunto del documental.

Gracias a todo esto, y de la mano de la directora Leni Riefenstahl, se consigue una narración visual con un gran ritmo, la cual consigue captar la atención del espectador a través de la combinación de planos y secuencias rápidas con el detenimiento en escenas a las que se dota de una mayor importancia.




Salazar en Portugal: “un Estado tan fuerte que no precise ser violento”

Inscritas dentro del fenómeno de crisis del Estado liberal, las experiencias dictatoriales se extendieron en el período de entreguerras y alcanzaron su máxima expresión en los 30. La Italia fascista había creado un modelo desde 1922 que se radicalizó en los 30, pero perdió también en gran medida su liderazgo como referente desde el ascenso nazi. 

Otras dictaduras se habían ido imponiendo en España (1923, 1939), en Portugal y Polonia (1926), en Grecia (1928), en Yugoslavia (1929), en Hungría (1932), en Austria y en Rumanía (1933), en Bulgaria (1934) y en los Estados bálticos. Sin embargo, la naturaleza de estos regímenes era más autoritaria que totalitaria. Bajo una parafernalia simbológica y/o institucional de aspecto fascistoide, encubrían a menudo simples dictaduras conservadoras cuyos objetivos eran siempre más de control que de movilización social. 


En Portugal, la crisis permanente de la República parlamentaria establecida en octubre de 1910 acabó desembocando en un amplio movimiento militar (28 de mayo de 1926) que impuso una dictadura. Sin embargo, los militares fueron gestores desastrosos, agravando la situación de la Hacienda Pública, e incapaces de articular un sistema alternativo estable que conciliara la tradición liberal-constitucional con la eficacia administrativa y la solidez del poder. En abril de 1928 fue invitado a hacerse cargo de Finanzas el Dr. António de Oliveira Salazar; éste exigió poderes excepcionales en materia financiera y logró enderezar las cuentas del Estado. El éxito agrandó su poder, pasando a ocupar la Presidencia del Consejo de Ministros en julio de 1932, que no abandonaría hasta su retirada, por enfermedad, en septiembre de 1968. La clave del ascenso y consolidación del poderoso ministro fue aportar a la dictadura ideas e instituciones que transformaron una desorientada situación política de facto, de naturaleza militar, en un régimen de estirpe civilista y fundamentación jurídica, estable y autoritario, a la vez que dotado de un entramado institucional no frontalmente antidemocrático y de una praxis dictatorial relativamente templada. 


La estructura del llamado Estado Novo quedó configurada en los primeros años treinta con la publicación del Acta Colonial (1930), que establecía la indisoluble unión de Portugal y sus colonias; la formación de la Unión Nacional (1932), mezcla de partido único y plataforma cívica de apoyo y legitimación del régimen; la Constitución política (1933), modelo “ecléctico” que combinaba elementos autoritarios con otros del constitucionalismo liberal clásico; y los decretos de organización corporativa (1933). La política económica salazarista (conciliando ortodoxia financiera, devaluación del escudo, inversiones públicas y cartelización industrial) contribuyó a amortiguar los efectos, en sí mismo débiles, de la crisis mundial. Las tensiones internacionales y la guerra de España (en las que Salazar intervino en apoyo del franquismo) acentuaron los perfiles “fascistas” de la dictadura: creció la represión y se crearon organizaciones tan representativas del nuevo estilo como la Legión Portuguesa y la Juventud Portuguesa. Pero el régimen nunca llegó a alcanzar los niveles de crispación de otros países, la represión fue comparativamente moderada y el propio Salazar marcó expresas distancias con los regímenes totalitarios, que decía comprender, pero que también condenaba por despóticos y ajenos a los valores de la sociedad. Como el franquismo, y aún de forma menos problemática y más confortable, su neutralidad en la Segunda Guerra Mundial, permitió al salazarismo sobrevivir a la caída de los fascismos en 1945 y prolongar la dictadura del Estado Novo hasta su derrumbe en abril de 1974