El fascismo se propuso como una tercera vía ante las democracias liberales (como la estadounidense) y el socialismo (la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). Además del régimen de Mussolini en Italia, se califica como fascistas a la Alemania de Adolf Hitler y la España de Francisco Franco.
El fascismo se basa en un Estado todopoderoso que dice encarnar el espíritu del pueblo. La población no debe, por lo tanto, buscar nada fuera del Estado, que está en manos de un partido único. El Estado fascista ejerce su autoridad a través de la violencia, la represión y la propaganda (incluyendo la manipulación del sistema educativo).
El líder fascista es un caudillo que aparece por encima de los hombres comunes. Mussolini se autodenominaba como Il Duce, que deriva del latín Dux (“General”). Se trata de liderazgos mesiánicos y autoritarios, con un poder que se ejerce de manera unilateral y sin ningún tipo de consulta.
Además de todo ello hay que resaltar el hecho de que el Fascismo en Italia llevó a que se desarrollaran y promulgaran las que se dieran en llamar “leyes raciales”. Estas eran un compendio de medidas de discriminación y de persecución hacia todas aquellas personas que fueran o estuvieran en relación con los judíos italianos.
Dicha legislación dio lugar no sólo a que se llegara a hablar de una raza italiana “pura” sino también a que se abrieran campos de concentración donde los judíos eran recluidos, sometidos a trabajos forzosos, objetivos de todo tipo de torturas y abusos e incluso algunos de ellos fueron también asesinados.
La clave del éxito del fascismo surge durante la I Guerra Mundial: Italia, tras abandonar la Triple Alianza con Alemania y el Imperio Austrohúngaro, decide ponerse del bando de los aliados. Las consecuencias fueron desastrosas: hubo un enorme número de bajas humanas y materiales, de los territorios prometidos ( Trieste, Fiume y el Tretino) solamente recuperó éste último. Esta victoria pírrica fue clave para el ascenso fascista en Italia.
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| Gabriele D'Annunzio |
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| Marcha sobre Roma |
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| Giacomo Matteotti |
El régimen fascista necesitaba el apoyo popular para perpetuarse en el poder, y ese apoyo popular estaba en el fútbol, que se convirtió en una herramienta clave para crear la unidad nacional y obtener un prestigio internacional. Creó la Serie A como la primera liga nacional en 1929 y, una vez que se inició la Copa del Mundo en 1930, hizo una oferta a la que la FIFA no podía negarse: celebrar el próximo mundial de fútbol en Italia. El triunfo de la Italia fascista en el Mundial de 1934 fue utilizado por la propaganda del régimen de Mussolini como una demostración más de la superioridad del pueblo italiano y la justificación de su racismo, llegando incluso a crear su propio trofeo: la copa del Duce. El triunfo de la selección italiana de fútbol y la posterior celebración del pueblo italiano de esa victoria equivalían a celebrar el fascismo. El Lazio de Roma es el único recuerdo de la época. Era el equipo de Mussolini y sigue jugando en el estadio que construyó para ellos. Tratan de no contratar jugadores de color y sus partidarios son famosos por su racismo y antisemitismo. Uno de sus jugadores, Paolo di Canio, llevaba tatuados emblemas fascistas y hacía el saludo fascista cada vez que anotaba. Afortunadamente esos días han pasado. Ya es bastante malo que tanto dinero dependa de quién gana o pierde, pero los regímenes fascistas además tenían que ganar por razones políticas.
En 1938 Mussolini envió un telegrama al equipo italiano de la Copa del Mundo diciendo: “Vencer o morir” .Éste era en realidad un eslogan fascista estándar, pero cuando los húngaros perdieron 4-2 ante Italia en la final, eso le dio al portero húngaro, Antal Szabo, una excusa que otros cancerberos envidiarían: “Con los cuatro goles que me hicieron, le salvé la vida a once seres humanos”.
Los fascismos alemán e italiano se enfrentaron no sólo a la creciente movilización de la clase obrera sino a la pujanza de las oligarquías financieras de las potencias capitalistas que ya habían conquistado los mercados exteriores vitales para el proceso de acumulación de capital. En consecuencia el fascismo alemán e italiano también fue la contestación monopolista de los capitalismos que llegaron tarde al colonialismo, surgió fruto de la rivalidad interimperialista que provocó la I Guerra Mundial por el reparto territorial del mundo. El fascismo se coloca en el período de maduración y crisis en la fase inicial del imperialismo donde el modelo de acumulación capitalista requería la puesta en marcha del militarismo para la búsqueda de mercados exteriores para canalizar la producción metropolitana, exportar capitales y asegurar el abastecimiento de materias primas y alimentos, optimizando la tasa de ganancias aprovechando las ventajas de las regiones colonizadas.








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