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domingo, 22 de julio de 2012

ADAM SMITH: EL PADRE DEL CAPITALISMO

Hay un concepto de Adam Smith que viene a sostener que "el salario es el estímulo del trabajo, que- como otras cualidades humanas - crece en proporción al estímulo que recibe." Agreguemos que, durante mucho tiempo, la riqueza se medía por la cantidad de oro y la plata de que se era poseedor, situación que con los años se hizo a aplicable tanto al individuo como a los países; por eso, los estados prohibían toda exportación de estos metales, aunque se trataba de atraer por todos los medios el oro y la plata de las naciones vecinas. Esta norma alcanzó su mayor vigencia hasta fines del siglo XV, cuando los audaces portugueses desviaron en provecho propio y exclusivo la ruta del oro sudanés.
Dos circunstancias se sucedieron en esos años 1) Una caída general de precios y 2) Un cambio político que se apuntaba desde fines del cuatrocientos cuando Luis XI de Francia, Maximiliano de Habsburgo, Enrique VII de Inglaterra y Fernando, el Católico de España - daban por concluida la larga etapa del Feudalismo, y el rey pasaba a ser un señor entre los señores; a la vez, se preparaban para ganar una hegemonía universal, para lo cual era necesario una administración poderosa capaz de someter a la aristocracia y contratar y cumplir las exigencias de los mercenarios suizos, los mejores soldados del momento.
De la coincidencia de estos dos factores mencionados, nació el sistema llamado mercantilismo. El mercantilismo estableció que se podía permitir la exportación de los metales preciosos, siempre que se importaran productos que pudieran venderse al extranjero por un precio mayor del que se había pagado por ellos, lo que, a su vez, daba la salida a la producción nacional. Este hecho se conoció con la denominación de balanza de comercio, es decir, los países desprovistos de minas solo exportando podían acumular riquezas, por lo que debían exportar en el mayor grado posible. Mun, uno de los grandes mercantilistas ingleses, establecía como norma para el comercio exterior, verdadera fuente de la riqueza nacional, vender a los extranjeros por más valor que el de los productos que de ellos consumimos.

Y ahora, presentemos a Adam Smith que nació el 5 de junio de 1723, en la pequeña ciudad de Kirkcaldy Su padre era un modesto inspector de aduanas, que falleció pocos meses antes del nacimiento de la criatura. De esta forma la educación del niño recayó enteramente sobre su madre. Adam era de constitución enfermiza, lo que le valió ser tratado con gran indulgencia por parte de sus familiares y educadores. En compensación, el niño les pagó con una solicitud y un afecto que habían de caracterizarle toda su vida. Ningún hecho sobresaliente se registra en sus primeros años, salvo el haber sido raptado, cuando contaba tres, por una banda de gitanos. Pero el pequeño fue recuperado con facilidad. Adam asistió hasta 1737 a la escuela secundaria de Kirkcaldy. A los catorce años de edad la abandonó para cursar estudios superiores en la Universidad de Glasgow. En ella permaneció tres años, entregado al estudio de las matemáticas y de la filosofía natural. De Glasgow; Adam pasó a Oxford para completar su formación. En la famosa Universidad se aficionó a las bellas letras, a la filosofía moral y a las ciencias políticas. En conjunto se trataba de adquirir una cultura amplia, como convenía a un joven destinado a convertirse en eclesiástico.

Adam Smith, en cambio, en las ciencias políticas, supo aprovechar los avances logrados por sus predecesores y engarzarlos en un sistema coherente. El sistema librecambista, creado por él, fue un sistema capaz de sustituir plenamente, al sistema mercantilista.

Durante ciento cincuenta años, desde la aparición de La riqueza de las naciones, en 1776, hasta la primera guerra mundial, en 1914, el mundo andaría una de sus etapas más felices bajo los auspicios de las sencillas directrices trazadas por aquel modesto profesor escocés. El valor de la obra de Adam Smith para la economía ha sido comparado al de la de Locke para el pensamiento filosófico, porque representa la primera sistematización de la ciencia económica. Como no podía menos de suceder, dados sus precedentes, su punto de partida es el concepto de la riqueza. En oposición a la escuela francesa de Quesnay, Smith enseñó que el trabajo es su única fuente, y que el deseo de aumentar nuestras fortunas y prosperar -un deseo congénito a la naturaleza humana- es el origen de toda riqueza, ahorrada y acumulada.
Precisó que el trabajo es tan productivo de riquezas cuando se emplea en la industria y el comercio como en el cultivo de la tierra. Trazó los diversos medios por los cuales la labor puede hacerse más efectiva, mediante el análisis de la división del trabajo y el empleo de la riqueza acumulada, es decir, del capital, en las empresas. Y predicó que constituye siempre la mejor norma de política económica dejar desenvolverse a la iniciativa individual. Deshizo el error de la incompatibilidad de intereses económicos entre los diversos países y aclaró que todos podían participar en el deseo de un mayor bienestar para sus súbditos. Una serie de principios, en suma, que hoy nos parecen ingenuos de tan elementales como son; es el mejor elogio que se les puede tributar. Piénsese tan sólo en la confusión imperante antes de Adam Smith y en el progreso alcanzado por las naciones más avanzadas a partir de su obra.

El autor sobrevivió quince años al éxito de su teoría. Fueron años de triunfo en los que el libro fue traducido a los principales idiomas europeos, Smith era llamado a consulta por la mismísima Cámara de los Comunes y la nueva doctrina fue aceptada por un público cada vez más amplio. Sin embargo, su éxito debió atravesar una dolorosa contrapartida, porque al poco tiempo, experimentó la dolorosa pérdida de su gran amigo David Hume. Y, todavía más su éxito se vio ensombrecida por el innoble ataque del obispo de Norwich, porque tuvo la osadía de enaltecer la memoria del filósofo fallecido que toda su vida fue un completo heterodoxo en materia religiosa.

Adam Smith residió en Londres hasta 1778, en que, por indicación de su antiguo pupilo el duque de Buccieugh, fue honrado con el cargo de comisario general de las Aduanas escocesas. Como consecuencia de este nuevo destino, pasó a Edimburgo en compañía de su madre y una prima, que se encargaba de la administración familiar.

En 1787 la Universidad de Glasgow le ofreció el rectorado, función que su delicado estado de salud no le permitió desempeñar por mucho tiempo. Diremos, por último, que muertas su madre y su prima, no quedó ni solo ni desamparado para soportar su última enfermedad, pues estos cuidados los asumieron sus muchos amigos.

Adam Smith, falleció en julio de 1790

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