¿POR QUÉ ESCRIBIMOS?

AL NO PODER ACEPTAR QUE SOMOS LIBRES EN JAULAS, NOS MOVEMOS EN MUNDOS DE PALABRAS QUERIENDO SER LIBRES

TRADÚCEME

COMPAÑEROS DE LUCHA EN PLUMA AFILADA

AVISO TODOS LOS TEXTOS ESTÁN REGISTRADOS

Blog bajo licencia Creative Commons

Licencia de Creative Commons

TODOS LOS TEXTOS ESTÁN REGISTRADOS

POEMAS, CUENTOS Y ESCRITOS REVOLUCIONARIOS DE DANIEL FERNÁNDEZ ABELLA is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License. Para utilizar primero y siempre sin ánimo de lucro ha de consultar al autor. Daniel Fernández Abella todos los derechos reservados.

viernes, 26 de junio de 2026

SCHOPENHAUER

La necesidad metafísica del hombre

Kant había sostenido que la metafísica -un presunto conocimiento de lo suprasensible (Mundo, Alma, Dios)- era inviable (rechazando así, por ejemplo, lo que proponía Descartes); la metafísica no es un conocimiento válido racionalmente pues este debe moverse dentro de los límites de la experiencia sensible, dentro del mundo fenoménico. Kant, por lo tanto, llevó a cabo una profunda crítica de la metafísica tradicional (por ejemplo afirmando que no cabe ninguna prueba de la existencia de Dios o de la inmortalidad del alma). A la vez, sin embargo, Kant situaba en el hombre un profundo anhelo metafísico pues éste demanda respuestas omniabarcantes a sus preguntas, por eso, en último término, decía que Mundo, Alma y Dios son Ideas de la razón que aunque no sean propiamente objetos que existen en la realidad guían de todos modos -como faros en la niebla- el Progreso de la humanidad en el terreno del conocimiento y de la moral.

SCHOPENHAUER

Schopenhauer parte de aquí. Comienza aceptando estas tesis kantianas aunque la asume en un contexto distinto. Por ejemplo, el rechazo de la existencia de Dios -es decir, la constatación de la insuficiencia de las pruebas o demostraciones que tradicionalmente se habían dado en la “teología racional”- afecta, según su planteamiento, al conjunto de la fe religiosa, hasta el punto de que Schopenhauer defiende un completo ateísmo (Kant nunca había llegado tan lejos, dejando un pequeño sitio a la fe).

En general Schopenhauer -partiendo de Kant- propuso una metafísica renovada en la que la “razón” termina pasando a ser algo secundario o subordinado. La metafísica de este autor, como se irá viendo en el conjunto de la exposición, es una Metafísica de la Voluntad. Pero, ¿por qué Schopenhauer, a pesar de aceptar la crítica kantiana, sigue proponiendo una “metafísica”? La respuesta que ofrece es la siguiente: respecto al ser humano la metafísica es de algún modo necesaria según tres coordenadas: 
  • a) hay una necesidad teórica satisfecha gracias al conocimiento del mundo (estamos aquí en el nivel de la “representación”); 
  • b) hay una necesidad moral en tanto los hombres necesitan algún tipo de orientación para sus conductas (es la tarea de la ética, de lo que Kant llamaba “razón práctica”); 
  • c) por último, pero de un modo aún más fundamental, los hombres necesitan de la metafísica una ayuda y una guía para conseguir lo más difícil y lo más urgente: liberarse de lo negativo de la vida (el dolor, el sufrimiento, el asedio perpetuo del mal, la fealdad, la falsedad; es por esto que la filosofía tiene que “sustituir” a la religión pues esta es propiamente incapaz de satisfacer las necesidades metafísicas de los seres humanos).
Respecto a la filosofía y la religión Schopenhauer comienza destacando que ambas tienen un origen común: la “admiración” -o el “asombro”- ante el hecho (sorprendente y misterioso) de la existencia del mundo y el hombre (¿es necesario o es contingente? ¿por  qué hay algo en vez de nada?). ¿Por qué la vida humana en el mundo suscita sorpresa y estupor y reclama algún tipo de “explicación” que dé razón de este hecho innegable? Porque, subraya Schopenhauer, se trata de un hecho esencialmente “negativo” (nos encontramos aquí ante el radical “pesimismo” de este autor). La vida en el mundo es enteramente “miserable”: está marcada por el dolor, la enfermedad, la frustración, el desengaño y la desilusión, la maldad y la muerte, la ignorancia y la fealdad, etc. La meta que se dibuja ante este aciago y siniestro panorama es aplacar o contrarrestar todos los componentes negativos indisociables de la existencia mundana (liberarse del dolor, la angustia, el miedo, la ignorancia, etc.).

A partir de ese origen común y de que tratan en el fondo de satisfacer una meta semejante la filosofía y la religión se separan completamente: caminan en direcciones opuestas, siguen rutas contradictorias e incompatibles. ¿En qué se distinguen? A juicio de Schopenhauer la religión ofrece una salvación o una liberación indigna de la existencia humana: se trata de una vía de escape infantil, un salida ilusoria que tiene el estatuto de los cuentos de hadas (por ejemplo cuando se le promete a los hombres un paraíso en el que serán absolutamente felices “en otra vida”; no hay nada más que una vida: la que tiene lugar en este terrible mundo, insiste este filósofo alemán, a lo que añade: ¡y pobre del que se consuele con historietas tranquilizadoras que nos toman por ingenuos o algo peor!). En cambio, la filosofía, pretende orientarnos en la satisfacción, en lo posible pues esta no puede ser garantizada por arte de magia, de los tres anhelos “metafísicos” del hombre anteriormente señalados, pero siempre manteniéndose en el terreno de la “verdad”, sin prometer arbitrariamente algo irreal que solo genera, al final, una mayor frustración y un más profundo desasosiego (las “mentiras” de la religión no consuelan, solo “anestesian”, por lo que la religión es en el fondo “el opio del pueblo”).

El mundo como Voluntad y Representación

La metafísica de Schopenhauer -su propuesta filosófica- se articula en torno a dos conceptos: Representación y Voluntad. Veamos a continuación su significado.

El Mundo de la Representación define el territorio del conocimiento, el campo propio y exclusivo de la ciencia, de lo que puede ser científicamente explicado (por ejemplo a través de experimentos, etc.). En la ciencia el sujeto (humano) conoce objetos ubicándolos en el espacio y en el tiempo y estableciendo entre ellos una serie de relaciones causales que es los casos óptimos son formulables matemáticamente. ¿Cómo conoce objetos el sujeto de la ciencia? La respuesta de Schopenhauer es aquí parecida a la ofrecida por Kant: el Sujeto humano “objetiva” los objetos que conoce científicamente a partir de una síntesis de sus “representaciones”, es decir, de las formas a priori radicadas en sus facultades (espacio y tiempo en la sensibilidad, la categoría de causa y efecto en el entendimiento). La ciencia es, además, un conocimiento racional del mundo en tanto este se aparece -a la luz de lo que sobre él proyecta el sujeto cognoscente- como una totalidad ordenada, regular, previsible, calculable (esto es, un sistema científicamente dominable, y técnicamente controlable). La concepción de la “naturaleza” -o del conjunto de lo que puede ser conocido- de Schopenhauer es, por lo tanto, “mecanicista”, o, también, “determinista”: todos los objetos están incluidos o insertados en una férrea cadena de causas y efectos. Sin embargo, y este es un matiz importante, el Mundo del conocimiento (el “mundo como representación”), en tanto tiene su límite en lo empírico (en la experiencia sensible), es un mundo “superficial”. Aunque la ciencia alcanza verdades ciertas y demostradas -por ejemplo, cuando predice sucesos futuros gracias a disponer de leyes causales- sin embargo no toca o no roza la verdad última y definitiva. ¿Cuál es, entonces, el radical “mundo verdadero” (el mundo más básico y profundo, el mundo esencial)? Para decir algo sobre él tenemos que fijarnos en el significado del concepto de “Voluntad”.

El Mundo Verdadero -la realidad básica, profunda, fundamental, originaria, primordial- escapa a la ciencia y al juego de sus representaciones (sintetizadas por el sujeto cognoscente). Es un Mundo a la vez anterior y superior al campo de la representación: al universo de lo científicamente cognoscible, de lo que puede ser explicables estableciendo una cadena de causas y de efectos. Es el mundo oculto y escondido de la Voluntad: el mundo que tiene en la Voluntad su principio y su origen. ¿Cómo se llega a esta conclusión si habitualmente vivimos en el mundo superficial de la representación en el que captamos un fenómeno como causa o como efecto de otro fenómeno? ¿Cómo se prueba una tesis así (“el mundo es voluntad”)? ¿Cómo se “sabe” algo de ese recóndito “mundo de la voluntad” si es inalcanzable desde el conocimiento? La Voluntad -como principio y origen del mundo verdadero o de la realidad originaria- es directa e inmediatamente experimentada por cada uno de nosotros en nuestro cuerpo, el cual, en este nivel básico, es un manojo caótico de impulsos y de instintos, un conjunto de apetitos e inclinaciones, una trama fluida de emociones, afectos, pasiones y sentimientos.

Si el mundo de la representación es un mundo “racional” (ordenado, regular, uniforme, previsible, etc.) el Mundo de la Voluntad es -en tanto se manifiesta primordialmente en las pasiones e instintos- “irracional” (caótico, convulso, tenso, imprevisible). Recapitulando podemos decir que ya hemos dado con dos de los rasgos principales de la filosofía de Schopenhauer: el pesimismo (pues la vida es dolor, aflicción, malestar) y el irracionalismo (pues el mundo verdadero está gobernado por la pura Voluntad, una voluntad que no quiere o no busca, en el fondo, nada distinto a sí misma y que no se atiene a “razones” en su afán de alcanzarse una y otra vez, incesantemente).

La realización moral de la metafísica

El Mundo -en su esencia, en su realidad fundamental- es Voluntad. Por ello la metafísica -en tanto acceso a lo “suprasensible” (a lo que escapa a la representación: al conocimiento racional)- se desenvuelve preferentemente en el terreno de la moral: en el campo de las conductas y las acciones de los seres humanos (es aquí donde el hombre tiene su más profunda realidad: en la “esfera práctica” en la que unos seres humanos se relacionan con otros de muchas maneras y se conducen animados por fines, normas y motivos).

Tradicionalmente se ha afirmado que la propiedad esencial de la Voluntad es la Libertad. Schopenhauer está de acuerdo con esto, pero sólo en un sentido “negativo”: en efecto la Voluntad es “libre”, pero solo lo es en la medida en que es ajena a las leyes de causalidad que definen el mundo fenoménico (el nivel de la representación y del conocimiento). La Voluntad, por un lado, por lo tanto, escapa a la “necesidad natural”, al “determinismo físico”: es una zona de excepción al orden racional de las causas y los efectos empíricamente comprobables. Pero por otro lado, y esto es lo principal, la Voluntad es un impulso ciego, es una fuerza implacable; una apetito voraz e insaciable que en el fondo nunca se aquieta definitivamente: nunca se conforma con las metas alcanzadas. La Voluntad, en su esencia más pura, quiere siempre más y más, y lo quiere todo; sin descanso, sin tregua, caiga quien caiga.

En el hombre la Voluntad -la esencia última del mundo- se manifiesta de dos maneras estrechamente enlazadas: a) es un “querer vivir” (un incondicional aferrarse a la vida temeroso de la muerte, un arraigado instinto de supervivencia); b) define un extremo “egoísmo”. El yo individual -movido por la Voluntad que habita en él y en él se expresa- lo quiere todo aquí y ahora, sin admitir de buena gana cualquier dilación o postergación de su apetito. Además, nunca tiene suficiente: cualquier meta alcanzada, cualquier logro conseguido enseguida le sabe a poco. ¿Por qué ocurre esto? Porque la Voluntad es una aspiración indefinida e indeterminada, es la ausencia de una meta concreta: no hay, para la Voluntad, por lo tanto, un fin último al que tienda o persiga. La Voluntad es, pues, ajena a cualquier clase de “teleología racional”: es decir, rechaza de antemano dar por definitivamente bueno y satisfactorio algún fin determinado, alguna meta parcial (siempre juega al juego de “o todo o nada”). En definitiva: la Voluntad no se atiene a motivos o razones que estén más allá de sí misma (es, por decirlo paradójicamente, una pura “voluntad de voluntad”, un “querer el querer”). Es “irracional”.

Esta irracionalidad de la Voluntad en el nivel de la vida humana tiene principalmente dos consecuencias: 1) el egoísmo impone una continua lucha de unos individuos con otros, conduciendo a un conflicto incesante por cualquier cosa, por nimia y vulgar que sea; 2) el impulso de quererlo todo instantáneamente choca una y otra vez contra la “cruda realidad” y ocasiona a los seres humanos -que continuamente se dan de cabezazos contra un muro- un permanente sufrimiento, un padecimiento continuo, una ausencia de sosiego, un constante sentimiento de malestar, una insatisfacción profunda.

¿Cuál es la “solución”, si hubiera alguna, ante este panorama pintado con unos tintes tan radicalmente “pesimistas”? Subraya Schopenhauer que no hay una solución completa y definitiva. Solo apaños y componendas. El remedio es frágil, precario, inestable, parcial (pues el impulso de la Voluntad es férreo, insistente, implacable). ¿Qué nos libera provisionalmente del dolor de la vida o del drama de la existencia? Nada menos que el “ascetismo” (una forma de recogimiento, de renuncia al mundo); pero este es el tema del apartado siguiente.



El horizonte de la liberación

Define Schopenhauer la filosofía como un “conocimiento” sistemático de la esencia del mundo. Este peculiar y especial conocimiento se apoya en la intuición de la propia vida y sus experiencias y se desarrolla a partir de la explicitación de lo intuido en conceptos y argumentos. En su propuesta filosófica distingue, como hemos visto ya, dos niveles: el nivel superficial de la Representación (la ciencia y las leyes causales del mundo fenoménico) y el nivel profundo de la Voluntad (la raíz última de todo, su fundamento “suprasensible”, su fondo oscuro, el reverso tenebroso de la luz de la representación).

Pero además de poner de relieve la esencia del mundo la filosofía está destinada a indicar cuál es -si es que la encuentra- la vía propia de la “liberación” (eso que engañosamente, en tanto la sitúan en “otro mundo”, muchas religiones llaman “salvación”). ¿Qué libera a la vida mundana de sus profundos y pesados males? El ascetismo. ¿En qué consiste el ascetismo? En “negar la voluntad”, en suspender -aunque solo se de modo provisional y parcial- su impulso o su empuje. El titánico esfuerzo se concentra, por lo tanto, en “dejar de querer algo” y así, en despegarse paulatinamente de lo mundano. La filosofía señala que este ascetismo de la vida se realiza o se concreta según dos vías: la vía moral y la vía estética (o artística).

El ascetismo, en la esfera práctica, en el terreno moral, negando la fuerza de la Voluntad, consigue aplacar los impulsos egoístas y permite que emerjan tímidamente el amor al prójimo, la compasión, la piedad, la simpatía. El ascetismo se concreta aquí, por lo tanto, en una moral altruista que abre un precario sitio a la solidaridad frenando provisionalmente los instintos egoístas de los individuos que solo miran por su propio interés y la satisfacción exclusiva de sus apetitos.
La otra vía de liberación del sufrimiento de la vida mundana, el otro cauce del ascetismo en tanto negación del supremo poder de la Voluntad, está en la contemplación estética: en el territorio del arte. ¿Por qué? Porque el contacto con las obras de arte solo es posible cuando es “desinteresado”: cuando se suspenden los propósitos y afanes propios de la vida cotidiana. La obra de arte, cuando está lograda, nos transporta, sin salirse sin embargo del mundo fenoménico (pues el arte se plasma en la piedra, en el lienzo, en el sonido, en el escenario de un teatro, etc.), “a otro mundo” (un mundo “esencial y eterno” captado -intuido- por el genio del artista y plasmado en obras de arte). El arte, sostiene Schopenhauer, aplaca o calma la “fiera” que somos habitualmente en tanto estamos poseídos por la Voluntad. De todas las distintas artes Schopenhauer defiende la primacía, como arte supremo, a la música; la pintura o la escultura, afirma, alcanzan la belleza, pero solo la música consigue exponer lo sublime (lo absoluto e infinito está, así, en una sinfonía de Beethoven o en una ópera de Wagner).

En conclusión, Schopenhauer desarrolló una propuesta filosófica que tiene su centro de gravedad en una Metafísica de la Voluntad de corte pesimista e irracionalista; una filosofía que localiza como única vía de escape y liberación el logro de una vida ascética que da paso a una moral altruista y que se consuela especialmente con el arte musical.

No hay comentarios:

Publicar un comentario