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jueves, 2 de febrero de 2012

LOS MONJES COPISTAS

El legado literario-cultural romano se salvó, tras la ocupación del imperio de Occidente por los distintos pueblos bárbaros, gracias a la intervención de los monjes de los monasterios medievales, especialmente durante la Alta Edad Media.
Es verdad que sólo se conservó un número pequeño de obras, fragmentadas en muchos casos y con errores que aún hoy traen de cabeza a los especialistas. Pero es tal el valor de lo que nos ha quedado, que nuestra deuda con ellos es incalculable.
Sin esas obras nuestra cultura no habría sido tal como la conocemos, sino habría dejado lugar a otra totalmente diferente. Y todo porque en unos pocos monasterios, en lugares remotos de la nueva Europa que estaba naciendo, un puñado de hombres cultos se dedicaron pacientemente a copiar los manuscritos salvados de la quema, de la destrucción, de la ignorancia que se enseñorearon de nuestro continente al final del mundo antiguo.
En los primeros siglos, donde más floreció la cultura monástica y, como consecuencia, donde más se preocuparon de la copia de antiguos códices fue en Irlanda e Inglaterra.
Los monjes irlandeses e ingleses, a partir del siglo VII, se dedicaron a fundar monasterios, también en el continente, multiplicando así el número de talleres de copistas.
En nuestras grandes bibliotecas, en los museos catedralicios o de algunos grandes monasterios, podemos contemplar algunos ejemplares magníficos de la inestimable contribución de estos monjes a la transmisión de la cultura, tanto religiosa como profana.

Las bibliotecas monacales

En los grandes monasterios medievales, había una biblioteca, surtida de libros religiosos, pero éstas también albergaban obras clásicas de filosofía, derecho, retórica, medicina e incluso de literatura en sentido estricto.
Se puede decir que en esas bibliotecas estaba ya, en el siglo IX, la práctica totalidad de las obras de la literatura clásica romana.
Para enriquecer sus fondos, los monasterios acudían a los intercambios o a préstamos temporales. Las obras prestadas eran copiadas por los monjes en el scriptorium anejo a la biblioteca.

Materiales y técnicas

Los copistas escribían sobre pergamino con una pluma de ave. Para que las líneas les salieran derechas, trazaban primero con un carboncillo los márgenes y las rayas sobre las que iban reproduciendo el texto con tinta negra.

Un trabajo minucioso

Los copistas eran elegidos entre los monjes más cultos. Trabajaban cada uno en un libro durante meses, en condiciones muy duras. Cuando al monasterio le interesaba y se podía permitir hacer varias copias de las mismas obras, un monje leía y los demás copiaban. Ellos mismos se encargaban de la confección de los códices.

Capitulares y miniaturas

Los copistas solían adornar las letras que encabezaban los diferentes capítulos. Las ilustraciones se denominaban miniaturas y llegaron a ser de una riqueza, belleza y expresividad asombrosas. Podían aparecer en los márgenes o llenar incluso páginas enteras. Solían estar escritas en color rojo, realizado con polvo de minio ( de ahí el nombre de miniatura).
Constituyen una de las manifestaciones más deslumbrantes del arte medieval y una de las fuentes más importantes para conocer su mundo imaginario y su vida cotidiana. En algunos casos son más importantes que el texto ( Ej: las copias españolas del comentario del Apocalipsis de San Juan)

La letra minúscula

Finalmente, expresar su perfeccionamiento en la letra minúscula, empleada ya en épocas antiguas. Se utilizó en el periodo carolingio ( del emperador Carlomagno), que es de la que deriva nuestra letra actual.

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