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jueves, 2 de febrero de 2012

SOLEDAD

Se hizo el silencio.
 
Una sensación de vacío se apoderó de su ser, haciéndolo parecer insignificante, como si fuera un grano de arena más en el gran desierto del tiempo.

La angustia empañó su rostro, mientras varias perlas de sudor caían por su frente, haciendo brillar su blanca tez. La única luz que quedaba encendida era la del último cigarrillo de la cajetilla que descansaba en su mano, ya casi consumido. El sol se había ocultado unas horas antes, aunque si se asomaba a uno de los agujeros que dejaba la persiana bajada todavía podía vislumbrar algún pequeño rayo que escapaba de la tierra. Permanecer en aquella posición, espiando a la nada, resultaba agotador, así que no tardó en dejarme caer en el suelo. El frío le estremeció. Siempre me había parecido una sensación aterradora. Al fin y al cabo, relacionar la muerte con el frío es más que una leyenda popular. 

Sintió pena y rabia por el reciente fallecimiento de su esposa. Un dolor eterno que se agolpaba en su pecho le oprimía, sumergiéndolo en un abismo donde la luz desaparecía y la oscuridad ocupaba cada rincón. Los recuerdos se agolpaban en su memoria, mientras el dolor renacía.

Ella se fue, sin decir adiós, sin despedirse; y él, se quedó impotente e inútil al ver como la vida de su amada se deshacía entre sus manos, precipitándose hacia el abismo. Su esposa traspasó la barrera de la vida, mientras él la tomaba por la mano y la apretaba con toda su fuerza.

La oscuridad se cernió sobre él, convirtiéndose en una parte imprescindible de su ser.  Quería un lugar frío. Un lugar tan frío que le impidiese olvidar el dolor de su niñez y adolescencia para poder seguir sintiendo algo. Aquella fue la última vez que dejó que las lágrimas se le escaparan. Había empezado a odiar aquella presión en el pecho que le impedía respirar y le obligaba a gritar para amortiguar el dolor. 
Era como una droga que lo dejaba confuso, atontado, mientras se sumergía en los bárbaros abismos del tiempo, avivando el recuerdo y cruzando una de las numerosas barreras que encontraría en su largo caminar.

La lejanía le invadió, proporcionándole una sensación de incomodidad, temor y angustia. Dejó que su mirada se perdiera en un horizonte inexistente al tiempo que el tic tac del reloj se instalaba como el único sonido que marcaba el avance del atroz silencio. Y el desierto de lo real se instaló en todo su esplendor. Se sintió solo. Absolutamente solo. Desesperantemente solo.

El frío se hizo intenso, bordeando lo insoportable, mientras la boca de su estómago se angostaba ante la presión de la infinita angustia que lo embargaba y alguna lágrima buscaba el piso como destino final.
Lejos de querer evitar el dolor, se dejó caer al vacío sin miedo. Y vagó mentalmente sin rumbo alguno por caminos oscuros y senderos desconocidos. Cada paso era un tormento que desagarraba su carne y perforaba su alma

Tras la lejanía, volvió la pena a inundar su cuerpo, convirtiéndose en una carga, en un estorbo. Un peso que le arrastraba al abismo, ala oscuridad infinita donde la luz no era más que una leyenda y un vago recuerdo. donde las horas se convertían en eones y el tiempo perdía su importancia. Un bucle infinito.  Un eterno tormento.

Dio rienda suelta al llanto con el fin de librarse de ella y de la desesperación, el temor y el sufrimiento.
Avivando el recuerdo, le llegó a la memoria la letra de una vieja canción celta:
¿Por qué llorar? ¿Por qué amar?
La vida transcurre sin poder volver jamás
¿Por qué llorar? ¿Por qué amar?
Ella se fue a un mundo mejor, sin poder retornar
¿Por qué llorar? ¿Por qué amar?
La oscuridad sobre ella se cernió sin poderse lamentar.
¿Por qué llorar? ¿Por qué amar?
La muerte de un ser querido, nos llena de angustia y temor
Mas no podremos volver a llorar.

Sentándose en un sillón, donde siguió dando rienda suelta a su dolor, empezó a preguntarse el por qué de su inutilidad. Fue allá, en los confines de la Nada misma, donde se encontró con él. Volvió del abismo en que se había sumergido por un rato y se encontró tan solo como cuando se había sentado a escribir. Recuperó la mirada perdida y levantó la vista.

Alzando los ojos y con el puño en alto, maldijo a Dios y a los demás dioses, exigiéndoles una explicación de por qué no habían querido salvarla.

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