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jueves, 2 de febrero de 2012

SOLEDAD

Se hizo el silencio.
Una sensación de vacío se apoderó de su ser, haciéndolo parecer insignificante, como si fuera un grano de arena más en el gran desierto del tiempo.
La angustia empañó su rostro, mientras varias perlas de sudor caían por su frente, haciendo brillar su blanca tez.
Sintió pena y rabia por el reciente fallecimiento de su esposa.
Ella se fue, sin decir adiós, sin despedirse; y él, se quedó impotente e inútil al ver como la vida de su amada se deshacía entre sus manos, precipitándose hacia el abismo.
Su esposa traspasó la barrera de la vida, mientras él la tomaba por la mano y la apretaba con toda su fuerza.
La oscuridad se cernió sobre él, convirtiéndose en una parte imprescindible de su ser.
Era como una droga que lo dejaba confuso, atontado, mientras se sumergía en los bárbaros abismos del tiempo, avivando el recuerdo y cruzando una de las numerosas barreras que encontraría en su largo caminar.
La lejanía le invadió, proporcionándole una sensación de incomodidad, temor y angustia.
Tras la lejanía, volvió la pena a inundar su cuerpo, convirtiéndose en una carga, en un estorbo.
Dio rienda suelta al llanto con el fin de librarse de ella y de la desesperación, el temor y el sufrimiento.
Avivando el recuerdo, le llegó a la memoria la letra de una vieja canción celta:
¿Por qué llorar? ¿Por qué amar?
La vida transcurre sin poder volver jamás
¿Por qué llorar? ¿Por qué amar?
Ella se fue a un mundo mejor, sin poder retornar
¿Por qué llorar? ¿Por qué amar?
La oscuridad sobre ella se cernió sin poderse lamentar.
¿Por qué llorar? ¿Por qué amar?
La muerte de un ser querido, nos llena de angustia y temor
Mas no podremos volver a llorar.
Sentándose en un sillón, donde siguió dando rienda suelta a su dolor, empezó a preguntarse el por qué de su inutilidad.
Alzando los ojos y con el puño en alto, maldijo a Dios y a los demás dioses, exigiéndoles una explicación de por qué no habían querido salvarla.

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