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sábado, 8 de agosto de 2026

EL BIENIO CONSERVADOR O BIENIO NEGRO DE LA SEGUNDA REPÚBLICA ESPAÑOLA

El Bienio Conservador

El Bienio de derechas, llamado Bienio Negro por los izquierdistas, supuso la llegada de partidos conservadores al poder y la paralización de todas las reformas. 

Para las elecciones de noviembre de 1933, la izquierda no triunfó debido a su desunión y al descontento social. Los partidos más votados fueron la CEDA y el Republicano Radical, que, junto a otros partidos republicanos como el de Alcalá Zamora, que rechazaba a Gil Robles por sus tendencias monárquicas y fascistas, se unieron y formaron Gobierno. Lerroux quedó como presidente, aunque realmente Gil Robles siempre dictaminó lo que Lerroux debía hacer. Este ponía como pretexto a la unión con un partido monárquico la intención de acercarse a las clases más católicas.


Para los radicales de Lerroux, la alianza con la CEDA tan sólo intenta atraer a la derecha católica hacia la causa republicana; para Gil Robles se trata de conseguir el control del Gobierno -aun sin pertenecer a él- a la espera de ser llamado para gobernar. Las coincidencias entre el Partido Radical y la CEDA permiten dar marcha atrás a numerosas reformas emprendidas en el bienio reformista: el clero vuelve a cobrar sueldos del Estado, los colegios religiosos no cierran sus puertas… Además, los golpistas de 1932 son amnistiados. Las diferencias, por su parte, impiden la reforma del sistema político. El mayor varapalo es para el Partido Socialista, cuyo reformismo, lejos de afianzar su proyecto, le relega electoralmente. Temeroso de que el autoritarismo acabe con su supresión, tal y como ha sucedido en Italia o Alemania, el sector más izquierdista, encabezado por Largo Caballero, radicaliza su discurso revolucionario.

Se paralizó la reforma agraria, las expropiaciones de tierras mal cultivadas fueron devueltas a sus propietarios y la congelación de arrendamientos fue anulada, permitiendo la libre contratación. Se suprimió la reforma religiosa: se entabló relaciones con la Santa Sede, restituyeron a los jesuitas y se volvió a establecer la enseñanza religiosa y se propuso un presupuesto para mantener el culto y el clero. Se estipuló la amnistía para todos los encarcelados por el golpe de Sanjurjo. Las medidas educativas no se hicieron por falta de presupuesto, y en cuanto a las reformas del Estado centralista, el estatuto catalán fue aceptado, pero el vasco se frenó.

Los dos años de gobierno conservador provocó una reacción del pueblo, alentada por la CNT. En el socialismo aparecieron dos vertientes: la de Largo Caballero, que optaba una vía revolucionaria, y la de Indalecio Prieto, que proponía negociaciones con republicanos para formar una coalición contra los conservadores en las próximas elecciones. Las huelgas se sucedieron y fueron reprimidas por la Guardia Civil, el ejército y la Guardia de Asalto.

Entrada de la CEDA al gobierno: reacción en Cataluña y Asturias

Gil Robles obligó a Lerroux que incluyese a tres miembros de su partido en el equipo de Gobierno, y el Presidente cedió, lo que fue percibido como un golpe bajo a la República por el PSOE. Se produjo un gran movimiento huelguístico para octubre de 1934, especialmente en Asturias y Cataluña, que fue duramente reprimido.

En Asturias, los mineros de Oviedo y alrededores tomaron los medios de comunicación y de transportes, destituyeron a los alcaldes e impusieron el comunismo libertario durante 10 días. La Legión, dirigida por el general Franco, sofocó la situación dando lugar a más de 1000 mineros y 500 militares muertos y más de 5000 detenidos, muchos de ellos fusilados en masa.

En Cataluña, el levantamiento fue respaldado por la Generalitat de Lluis Companys. El 6 de octubre de 1934, Cataluña vuelve a proclamar la República Catalana en protesta de la entrada de las tendencias monárquicas y fascistas de la CEDA en el Gobierno, y se inició una manifestación que terminó con la represión del ejército y el encarcelamiento de Lluis Companys, de toda la Generalitat, de Largo Caballero y de Azaña.

Las consecuencias de esos sucesos fueron:
  • La suspensión de la Generalitat y la supresión de los estatutos de autonomía.
  • El fortalecimiento de la CEDA y el cumplimiento de la política conservadora.
carteles de la CEDA

Protagonistas

Gil Robles

José Mª Gil Robles y Quiñones había nacido en 1898. Catedrático de Derecho Político. Hombre entregado en cuerpo y alma a la Iglesia y sus jerarquías. Se inició en la política en las filas del partido social popular de D. Ángel Ossorio y Gallardo (quien, a raíz del golpe de estado del General Primo de Rivera en 1923, se hizo crítico de la monarquía y fue luego una destacada personalidad en la II República). Gil Robles fue diputado del partido agrario por Salamanca en 1931; luego diputado de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) por Salamanca en 1933 y 1936. Jefe de la «acción popular» que unos han visto como partido democristiano y otros como clerical-fascista. Su línea era la del reaccionarismo posibilista: llevar a la República tan a la derecha como fuera posible no planteando de momento la cuestión de la forma de gobierno; ministro en el «bienio negro» (1934-35) y responsable máximo de la dura represión del levantamiento obrero de Asturias (oct. de 1934). En 1936, con todas las demás fuerzas de la oligarquía española, se unió a la causa de la conspiración antirrepublicana y apoyó la sublevación fascista capitaneada por Francisco Franco, a cuyas órdenes mandó que se colocaran las huestes de la CEDA, que a menudo fueron de las más sanguinarias en el exterminio de los «rojos».

D. Niceto Alcalá-Zamora caracterizó así a la C.E.D.A.: `Fue el más heterogéneo conglomerado, sin más vínculo que la unión personal en Gil Robles, cuyas dotes de caudillaje se mostraron en eso mucho más que las de gobernante. Había en aquélla (en la C.E.D.A.) una buena parte de democracia cristiana, con gentes modestas y devotas, algunos clérigos transigentes y previsores, y núcleos de abolengo paradójicamente tradicionalista, [...] Hubo también otra parte o ala derecha de origen y de simpatías hacia el régimen monárquico, formada por propietarios asustadizos y aristócratas de segunda o tercera fila. En el centro bullía con agitación violenta una hueste de impulsos, métodos y fórmulas fascistas. [...] El tercero era el inadaptable, el peligroso... y lo peor fue que con éste coincidía, más bien que por la ambición por el temperamente, Gil Robles, con decidida y funesta preferencia.' (Memorias, Barcelona: Planeta, 1977; citado por Manuel Rubio Cabeza, Las Voces de la República, Barcelona: Planeta, 1985, p. 164.)

Gil Robles declaraba en 1937 (Aldo Garosci, Los intelectuales y la guerra de España, p. 203): `El ejército ha sido su iniciador [del alzamiento] y es el instrumento eficaz de la victoria. Pero, detrás de él, sin distinciones de regiones ni de clases sociales, están todos los españoles que no se han resignado a caer en las garras del comunismo. Es el levantamiento de una nación entera que, salvándose a sí misma, salvará a toda la civilización occidental'. O sea, a la propiedad privada. Entre los españoles resignados, según Gil Robles, a caer en las garras del comunismo estaban: Portela Valladares, Alcalá Zamora, Azaña, Prieto, Ossorio y Gallardo, Jiménez de Asúa, Martínez Barrio e incluso Juan Ramón Jiménez, Luis Recaséns Siches, el propio Menéndez Pidal, ninguno de los cuales se sumó al Alzamiento Nacional ni estaban «detrás» del ejército.

Gil Robles

Alejandro Lerroux

Alejandro Lerroux fue un político español  republicano(La Rambla, Córdoba, 1864 - Madrid, 1949). Militó desde joven en las filas del republicanismo radical, como seguidor de Ruiz Zorrilla. Practicó un estilo periodístico demagógico y agresivo en las diversas publicaciones que dirigió (El País, El Progreso, El Intransigente y El Radical). Su discurso populista y anticlerical, así como la intervención en diversas campañas contra los gobiernos de la Restauración, le hicieron muy popular en los medios obreros de Barcelona, que acabaron constituyendo la base de un electorado fiel. 

Fue elegido diputado por primera vez en 1901; y de nuevo en 1903 y 1905, en las candidaturas de la Unión Republicana que había contribuido a formar junto con Nicolás Salmerón. La defección de éste hacia la coalición Solidaridad Catalana en 1906, llevó a Lerroux a separarse, formando el Partido Republicano Radical (1908) en Barcelona, al que rápidamente se adscriben multitud de seguidores gracias al carisma de su líder, un personaje fogoso y algo demagógico, fustigador de los ricos y paladín de la clase obrera. y la primera Casa del Pueblo, dedicándose a enseñar a los obreros.

Hubo de exiliarse en varias ocasiones, primero para escapar a la condena dictada por uno de sus artículos (1907) y más tarde huyendo de la represión gubernamental por la Semana Trágica de Barcelona (1909). De vuelta a España, aceptó entrar en la Conjunción Republicano-Socialista, con la que volvió a ser elegido diputado en 1910. Desde entonces se vio envuelto en una serie de escándalos que le alejaron de su electorado barcelonés, entre acusaciones de corrupción (hasta el punto de que hubo de cambiar de distrito, presentándose por Córdoba en 1914). 

Bajo la dictadura de Primo de Rivera (1923-30) su partido se vio debilitado por la escisión de los Radical-Socialistas de Marcelino Domingo (1929). No obstante, continuó en la política activa, participando en el comité revolucionario que preparó el derrocamiento de Alfonso XIII y la proclamación de la Segunda República en 1931.

Uno de los políticos más singulares y complejos del siglo XX español, Alejandro Lerroux, nació en 1864 en el pueblo cordobés de La Rambla, en el seno de una familia de la clase media baja.
Gran orador y de ideas progresistas, su carrera política se inicia en 1901, cuando es designado diputado a Cortes. Su encendido manejo de la palabra ante nutridos oratorios y sus ataques a la burguesía y a la Iglesia le causan numerosos problemas, siendo varias veces procesado por difamación. Una de las frases más conocidas e incendiarias que se le atribuyen fue "¡Levantemos los velos de las novicias y hagámoslas madres!", pronunciada en un contexto de odio anticlerical que más adelante producirá la quema de iglesias y conventos.

Republicano convencido, en 1908 crea en Barcelona la primera Casa del Pueblo, dedicada a prestar asistencia jurídica, económica y educativa a los obreros. También en Barcelona funda el Partido Radical, al que rápidamente se adscriben multitud de seguidores gracias al carisma de su líder, un personaje fogoso y algo demagógico, fustigador de los ricos y paladín de la clase obrera.

La fama como político le acarrea tantos seguidores como enemigos. Si sus mítines son recibidos con entusiasmo, sus palabras le hacen ser condenado por los tribunales y pasar por la cárcel en varias ocasiones. En estos primeros años de su carrera, a pesar de no haber acabado sus estudios de bachillerato, consigue, mediante un único examen, aprobar de una vez todas las asignaturas de la carrera de Derecho de la Universidad de La Laguna.

Desde el Ayuntamiento de Barcelona, Lerroux promueve una política radical y obrerista, aunque su gestión comienza a estar salpicada por los primeros escándalos de corrupción, unas sombras que, no sin fundamento, no dejarán de acompañar en adelante a Lerroux y al Partido Radical.
En 1909, con motivo de la Semana Trágica de Barcelona, se ve obligado a dejar la ciudad, mientras en las barriadas obreras sus partidarios se enfrentan a tiros a los pistoleros de la patronal. Al mismo tiempo, sus discursos se van haciendo más moderados y conservadores.

Instalado en Madrid y dedicado de lleno a la política nacional, fue diputado en todas las legislaturas. A partir de 1923 se convierte en un feroz opositor a la dictadura de Primo de Rivera, aunque desde posiciones más moderadas que las que representaba en años anteriores. En 1931, forma parte del primer Gobierno provisional de la República, como ministro de Estado, alzándose con el primer plano del protagonismo de la vida pública española. El antiguo líder radical baja el tono de sus discursos, acepta participar en las instituciones y establece lazos de unión con curas y militares, sus viejos enemigos.

Son tiempos revueltos, en los que en la escena política y social española parece haber vientos de confrontación, como así ocurrirá poco más tarde. En 1933, su partido gana las elecciones en coalición con la CEDA del derechista Gil Robles. El nuevo gobierno del que es presidente inaugura un periodo de represión de las izquierdas y del movimiento obrero, el llamado Bienio Negro. Fuertemente presionado por los sectores más reaccionarios, el gobierno Lerroux empieza a revisar la legislación laica, amnistía entre otros a los golpistas Sanjurjo y Calvo Sotelo y paraliza la reforma agraria y el estatuto vasco.

Uno de los mayores problemas que tendrá que afrontar será la revolución de Asturias, en 1934. El rápido deterioro de las condiciones de trabajo y de vida de las minas y el campo asturianos hizo que el salario de un trabajador agrícola pasara de 12 pesetas diarias en 1931 a 4 apenas tres años más tarde. La difícil situación provocó un estallido de violencia revolucionaria que será aplastado a sangre y fuego por las tropas del gobierno.

Un nuevo escándalo de corrupción salpicará, definitivamente, el gobierno de Alejandro Lerroux y la imagen de su líder. La introducción en España de un aparato de juego de azar inventado por Strauss y Perle dio pie a un negocio fraudulento y al enriquecimiento de algunos personajes del entorno de Lerroux. Conocido el asunto y aireado por la prensa con el nombre de "caso del estraperlo", se desató una oleada de críticas hacia su persona y la coalición de gobierno, que quedó definitivamente rota.

En 1936, el estallido de la Guerra Civil le obligó a huir a Portugal, donde vivirá hasta su regreso a España en 1947. Alejado de la vida pública y totalmente desacreditado, muere en junio de 1949 uno de los personajes más controvertidos de la historia política de España en el siglo XX y quizás menos conocido en su faceta periodística, habiendo sido director de los periódicos El Radical, El País y El Progreso.
Alejandro Lerroux

Crisis del Bienio Conservador

Durante los siguientes años, la CEDA siguió dando su giro conservador al Gobierno Republicano: anuló el matrimonio civil y el divorcio, prohibió las expropiaciones de las tierras de la Iglesia y de los terratenientes y estableció el impuesto que mantenía al clero y el culto. La inclusión de la CEDA en el Gobierno no provoca la involución prevista, pero deja clara su escasa vinculación con el proyecto republicano. 

En los meses siguientes a la revolución de Asturias no hay tampoco un plan de Gobierno perceptible más allá de la represión de los revolucionarios o los intentos de inculpar a Azaña en los hechos. Las discusiones en el Parlamento ocultan su infecundidad legislativa. Gil Robles, nombrado ministro de Guerra en mayo de 1935, coloca a algunos de los generales desafectos al régimen (Mola, Franco, Fanjul…) en los puestos más destacados del ejército. A lo largo de 1935 el Partido Radical entra en una profunda crisis afectado por algunos escándalos de corrupción (la concesión de licencia a un tipo de ruleta llamada straperlo -término que se añadiría al castellano, estraperlo, como sinónimo de mercado negro- y el asunto Nombela, sobre los contratos de suministros al ejército). Alcalá-Zamora se resiste a dar el Gobierno a Gil Robles e intenta, en diciembre, una solución personal entregándoselo a Manuel Pórtela Valladares. Las presiones recibidas desde todos los grupos parlamentarios acaban con la disolución de las Cortes y la convocatoria de las elecciones de febrero de 1936.

Pero esta política fue interrumpida por dos sucesos de corrupción:
  • El caso Straperlo. En 1935, Strauss y Perel Lowan intentaron introducir en España unas ruletas trucadas, y sobornaron a miembros del partido de Lerroux para que no denunciaran el fraude. El conocimiento del caso supuso un gran escándalo.
  • El caso Nombela. Antonio Nombela, el inspector de colonias, destapó la estafa de una compañía colonial española que, colaborando con políticos, exigió una indemnización tras la pérdida fingida de un barco perdido.
Los escándalos de corrupción más las malas relaciones entre cedistas y radicales, llevaron a la dimisión de Lerroux para septiembre de 1935. Hasta que Alcalá Zamora convocase elecciones para febrero de 1936, hubo dos presidentes de partidos republicanos en el poder.

caso Straperlo

martes, 4 de agosto de 2026

LA SELKIE

La naturaleza es sorprendente. Las colinas se erigen majestuosas, rompiendo la monotonía de la campiña y su manto verde mientras el viento que llega desde el mar mece la hierba, interminable alfombra florida que entona una suave melodía. Aquello era un lujo que ahora estaba vacío y contenía viejas cuerdas de pesca en lugar de agua tratada químicamente.

Las leyendas dicen que criaturas mágicas y seres fantásticos aprovechan los días de tormenta para hacer acto de presencia, aprovechando la ausencia de seres humanos. Amparadas por la lluvia, ocultas entre las sombras, emergen de las profundidades para reclamar una tierra que antes fue suya, arrebatada y olvidada por los hombres.. Aprovechan la ocasión para dirigirse a tierra firme, en busca de incautos que desafían al dios de las tormentas, ignorando sus advertencias y osan aventurarse en su dominios.

El primer día que la vi, solo fue un movimiento en el rabillo del ojo. Una sombra fugaz, encorvada en la playa entre los restos y desechos. No es real, era todo lo que podía oír resonando en mi mente. No puede ser real porque soy el único que queda: los recuerdos se agolpan en mi cabeza, confusos y caóticos, sin saber qué es verdad y qué ficción.

El alma se encoge con su recuerdo. Su mera presencia encoge el corazón y oscurece el alma, que varias veces casi muere por falta de cuidados, el peso de su ser se nota cuando la soledad golpea el alma, que se arrastra en una vorágine hacia la oscuridad y el abismo, mientras los recuerdos se agolpan y se oscurecen por el manto de tristeza y desesperación que se adhiere al alma al recordarla. Hay que tener recuerdos de muchas noches en su presencia, ninguna igual a otra, del silencio existente cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez, noches en calma donde su mera presencia daba calor en la noche más fría y oscura, noches de tormentas donde la lluvia dibujaba su silueta que reconfortaba mi cuerpo y proporcionaba calor en un abrazo eterno, protegiéndome de la agua que empapaba mi ser y del viento frío y cortante. Su mera caricia se convierte en sangre, mirada y gesto, un calor reconfortante sin nombre y ya no separables de nosotros, solo entonces puede ser que en un instante muy singular surja en su centro la primera palabra de un verso y emerja de ellas.

Selkies las llaman algunos. Dicen que aparecen en días de tormentas, perdidas y desorientadas. Criaturas místicas, cambiapìeles que buscan escapar de su soledad y engañan a incautos viajeros y marineros.

...

Desde la ventana de mi habitación la tormenta aumentaba. Al mirar hacia el mar desde la seguridad de mi casa, unas nubes oscuras se cernían amenazadoras en el horizonte. Se acercaba una tormenta, trayendo consigo mareas altas y aguas agitadas. Así que, esa noche, deslicé los tablones protectores por sus guías en cada puerta y aseguré los postigos de todas las ventanas para mantener el exterior fuera; mientras el viento silbaba a través de las rendijas. Permanecí despierto casi toda la noche, recordando tormentas pasadas, mientras el océano rugía y el viento hacía vibrar la casa. Entretenía mis manos con una de las piedras que ella me había dejado, una que tenía un pequeño agujero en el centro. Era una «piedra solar», de la que se decía —según recordaba— que permitía vislumbrar la magia del otro mundo. Sin embargo, me daba miedo mirar a través de ella, por si no mostraba ningún cambio, tan solo la versión del mundo en la que yo estaba solo.

Tras varias semanas de recolección y observación, empecé a formar mis propios montones en las cercanías y, una vez que la bruja dejaba sus ofrendas, me las llevaba todas conmigo. Pensé que algún día se acabarían, pero, aunque los montones siempre disminuían de tamaño, nunca llegaban a desaparecer por completo. Pronto, mi casa estuvo abarrotada de fragmentos de objetos rotos y perdidos. No es que importara; tenía el resto del pueblo a mi disposición si lo necesitaba: las casas vacías de quienes habían vivido allí en tiempos pasados. Al poco tiempo, fueron las casas —y no el mar— las que albergaron los recuerdos de los muertos.
...
Por la mañana, los restos salpicaban la playa como si el mar entero hubiera enfermado y hubiera vomitado todo su contenido en la orilla. Viejas redes de pesca, envases de plástico, cilindros metálicos e interminables montones de algas, enredados y anudados con objetos rotos. De repente, todos nuestros esfuerzos de las últimas semanas parecían haber sido en vano; nuestro pequeño refugio había sido contaminado una vez más. También había seres muertos: aves atrapadas en las redes y peces arrastrados hasta la orilla —muertos antes de ahogarse en el aire, aunque era difícil saberlo con certeza.

Entonces, algo se movió entre los montones de desechos. Habría sido fácil pasar de largo. Fácil pasar de largo y ver solo los restos de una tormenta. Pero, al acercarme, supe que era ella. El corazón me golpeaba el pecho temiendo que ella tampoco estuviera durmiendo.Su cuerpo estaba en posición fetal, envuelto en una red vieja; la piel, gris y desvaída; las escamas, descascarándose.

Me arrodillé, retiré la red con cuidado y le toqué el brazo. Su piel estaba fría, pero su pecho se movía y las branquias palpitaban. Respiraba, aunque apenas, con un siseo lento y tenue.Empecé a preguntarme si ella no sería más que un montón de algas arrastrado hasta la orilla; si mi deseo de no estar solo era tan intenso que buscaba compañía donde no la había. Me quedaba allí, observando aquel montón, hasta que subía la marea y se lo llevaba. Sin embargo, el cúmulo de objetos que ella había reunido permanecía allí; yo los recogía diligentemente y guardaba las piezas en casa.

Deposité allí el pequeño montón que había traído de la playa y corrí la cubierta. Desde el balcón contemplé el mar, albergando la remota esperanza de divisar un barco, una luz o cualquier señal que no fuera la inmensidad infinita del agua. Incluso a la bruja del mar, una vez más. En su lugar, lo único que me acompañaba eran capas de nubes que se desplazaban por el horizonte.

Trencé una pulsera con viejo hilo de pescar, le añadí un trozo de vidrio marino a modo de dije y me la llevé a la playa, antes de la hora en que la selkie solía aparecer, y la dejé con cuidado donde ella acostumbraba amontonar sus cosas. Luego me senté a esperar su llegada. Mientras lo hacía, pensé
en meterme en el agua para buscarla.

Consideré sumergir la cabeza bajo las olas para ver si acechaba allí, en algún lugar de las oscuras profundidades de un frío punzante. Pero no había puesto un pie fuera de tierra firme desde que las olas se llevaron todo y a todos de este mundo y me escupieron de vuelta como restos indeseados, dejándome atrás. Incluso al pensar en tocar el agua de nuevo, sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo y me mareé ante la idea. Finalmente, el selkie salió del agua. Y esta vez, no se escondió. La observé mientras se arrastraba por la playa hacia el montón de objetos y tomaba la pulsera entre sus manos. Se volvió hacia mí, y yo no desvié la mirada. Por primera vez, ella vio mi rostro, y yo el suyo. Y fue algo hermoso.

No era humana. Pero tampoco encontraba las palabras adecuadas para describirla. Criatura, bruja, diosa... ninguna parecía encajar. Ella era simplemente ella. Radiante bajo el sol poniente, de piel luminiscente, con una brillante cabellera rojiza llena de algas que fluía, tan larga y densa que parecía brotar de su espalda, sus brazos y sus piernas. Sus ojos eran como guijarros oscuros, redondos y negros; pero también eran bondadosos, y cuando nuestras miradas se cruzaron, descubrí que no podía apartar la vista. Durante tanto tiempo nadie me había visto. Durante tanto tiempo me había preguntado si estaba condenado a ser invisible para siempre. Ser percibido después de tanto tiempo fue como un despertar, una agitación en mis entrañas, y anhelaba más.

Tras una semana, las tormentas se habían disipado por completo, dando paso a cielos despejados y calidez, y ella estaba lo bastante fuerte para volver a la playa. Sentí una punzada al bajar juntos en silenciosa procesión y verla detenerse a la orilla del agua. Tras dedicarme una mirada con sus grandes ojos negros y una sonrisa que dejaba ver los dientes, avanzó hasta que el mar le llegó a la cintura. Entonces se volvió y extendió una mano palmeada, mientras con la otra jugueteaba con la pulsera que yo le había hecho. Emitió un sonido que se perdió en el viento, y lo único que pude oír fue un murmullo.
Ven. Únete a mí.

Pero aunque lo intenté, aunque quise avanzar hacia el azul, no pude obligarme a unirme a ella.

Ven. Únete a mí.

La voz era hipnótica. Una voluntad más fuerte que la mía hacía que mis piernas flaquearan y mi cuerpo se moviera a su comando. Se volvió hacia mí, y yo no desvié la mirada. Por primera vez, ella vio mi rostro, y yo el suyo. Y fue algo hermoso. No encontraba las palabras adecuadas para describirla. Criatura, bruja, diosa... ninguna parecía encajar. Ella era simplemente ella.

Ven. Únete a mí.

Mis pies ya no me obedecían. Los pasos seguían su camino. La voz seguía guiándome como un faro en un día nubloso. Entré en su trance hipnótico, sus ojos redondos apenas se veían entre su figura hecha de restos marinos. enrolló la pulsera en la mano y las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba en una leve sonrisa, mientras las branquias de su cuello palpitaban. Me acerqué más a ella y me senté con las piernas cruzadas donde los guijarros se unían a la arena. Ella Al principio dudó, pero luego hizo lo mismo. Nos quedamos así hasta que cayó la noche y la luna brilló con intensidad sobre su piel. El tiempo se ralentizaba. La oscuridad hizo presencia y lo inundó todo. El eco de su voz resonaba en mi mente.

Ven. Únete a mí.
...

El servicio de emergencias hizo su aparición. Las últimas noticias del hombre desaparecido lo situaban en la playa el día de la tormenta ¿qué loco se aventura a salir al mar un día de tormenta? hay que estar mal de la cabeza. Esa era la última localización que tenían. Nadie sabía qué había pasado o dónde estaba. Las noticias eran contradictorias. Iba a ser un día largo de trabajo.