Hoy amaneció gris. Un manto inerte, opaco, se ha extendido sobre el cielo, pero sin el noble gesto de la lluvia. No me gustan los días grises que son solo eso: un gris estéril. Preferiría mil veces la caricia fría y el sonido constante del agua golpeando la ventana, que trae consigo una excusa justificada para el recogimiento. Acelero el paso de mis pies. Tengo muchas cosas que hacer al llegar a casa. Será mejor que me apure.
Este tipo de día, seco y tristemente iluminado, me pone melancólico de una forma silenciosa y profunda. Es una melancolía sin drama, solo la certeza de que algo falta, de que la paleta del mundo está incompleta, igual que mis ganas de sonreír. El día es tan solo una promesa de lluvia que nunca llega, y yo me siento esperando ese aguacero purificador que no se atreve a caer.
El cansancio se nota cada vez más. Mis piernas pesan mientras mis pies se arrastran por el suelo. Quiero llegar a casa, a mi hogar. Hogar. Es una palabra que usamos con tanta naturalidad. Como si no tuviera significado. Solo una sílaba para un lugar que habitamos. Pero esa palabra está llena de significado, mientras que otras son solo cáscaras vacías. Hogar… ¿Sientes su peso en tu boca? ¿Sientes cómo todo tu ser clama por él? Es como si al decirlo, tu corazón vibrara a una frecuencia que solo tú puedes sentir, pero es una palabra de anhelo y consuelo a la vez. Pero todos tenemos ese mismo anhelo, ¿no? ¿No lo tienes?
Atravieso el parque donde siempre es tarde en el año. El parque donde las colinas se funden y desaparecen entre la niebla y los ríos bruma; donde los mediodías pasan rápido, los atardeceres y crepúsculos se prolongan, y las medianoches se quedan. El parque donde sombras fugaces pasan inadvertidas, buscando un lugar cálido donde resguardarse, ensimismadas en sus pensamientos. Gente de otoño, que solo piensa en cosas de otoño, mirando al cielo gris temerosos de que descargue en cualquier momento.
El viento empieza a soplar suave entre las ramas desnudas. Camino despacio por el sendero de tierra, con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo y el sonido de las hojas crujiendo bajo sus pasos. La prisa ya no es importante en este momento. A mi alrededor, el bosque cambia de color. El verde intenso del verano da paso al amarillo, al naranja y al cobre del otoño. Un rayo de sol se filtra con timidez entre la neblina de la mañana, iluminando el vapor que sale de su respiración.
Llegó el otoño. Mis pasos y mis ojos observan cómo la naturaleza ha mudado su manto verde y ha aceptado una nueva vestimenta. La naturaleza se ha vestido de gala, convirtiéndose en un milagro multicolor. Una triste canción otoñal resuena en el jardín. Las hojas danzan al son de la melodía de "La nana del viento", cayendo sobre la tierra húmeda. Los árboles pierden sus hojas y las ramas tiemblan con el viento. Pronto, el frío invierno hará acto de presencia, impidiendo que las ramas se calienten y descansen. No hace mucho, en compañía de un amigo silencioso y un poeta ya famoso a pesar de su juventud, di un paseo por un campo estival en plena floración. El poeta admiraba la belleza de la naturaleza que nos rodeaba, pero la encontraba impasible. Le atormentaba la idea de que toda esa belleza estaba destinada a perecer, que con la llegada del invierno desaparecería: como toda belleza humana, como todo lo bello y noble que los hombres han creado y crearán jamás. Todo lo que de otro modo habría amado y admirado parecía degradado por la transitoriedad a la que estaba destinado. El brillante otoño deja su huella en la naturaleza, transformándola en un mágico cuento de hadas. El hermoso canto de los pájaros ya no se oye en el jardín; no se han marchado a países cálidos y tal vez esperan la llegada de la primavera para regresar como nuestros invitados. Las hojas danzan su juego entre sí.
Sigo caminando. Ya estoy cerca de casa. No está sucio el parque, está renovándose, muriendo para renacer. Sus hojas son decorativas como huellas del cambio, como la evolución de esas increíbles hectáreas de área verde, de jardines con paseos, lago, entradas emblemáticas, monumentos, fuentes, un palacio, y en otoño… inigualable. Por fin he llegado. abro la pesada puerta de madera mientras el calor de mi hogar me arropa. Me quito el pesado abrigo y me preparo un café caliente. El calor de la taza y el olor del café recién hecho me recuerda que estoy a salvo. Mientras el café calienta mi cuerpo, observo la ciudad resguardada. El otoño tiene algo inspiracional, algo que invita a la reflexión. En este otoño pensaré en los ciclos, en la representación de la caída de esas hojas, la muerte que representa la vida y la transmisión de una paz radicada en los colores. Etapas que se dan una y otra vez pero nunca con el mismo efecto, ciclos que cierran y se abren pero nunca se repiten, no son las mismas hojas, ya no vuelven. Así como las decisiones. Pensar, no he hecho más que pensar en este otoño.
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