La filosofía de Spinoza estaba guiada por la primacía y la prioridad de la “necesidad” (en el mundo ordenado en razón de la única Substancia rige un orden necesario, una ley implacable). En cambio, en la filosofía de Leibniz la “posibilidad” es prioritaria y más básica que la “necesidad” (así, por ejemplo, nuestro mundo no es sino uno de los mundos posibles).
La filosofía de Leibniz, como lo fueron las filosofías de los siglos XVII y XVIII (hasta Hume), es teocéntrica. “Dios” es el fundamento último del mundo, del conocimiento, de la moral, etc. ¿Cuál es, en este autor, el papel de Dios (la substancia infinita, perfecta, etc.), en el surgimiento del mundo? Dios eligió racionalmente entre todos los mundos posibles uno de ellos; ¿cuál? El mejor, el menos imperfecto (Voltaire dedicó una novela, titulada Cándido, a rebatir esta tesis leibniciana). Pero queda en pie lo subrayado: la posibilidad precede a la necesidad (punto este en el que discrepan Spinoza y Leibniz). El mundo creado por Dios desde la nada es, pues, imperfecto, es, así, una mezcla de necesidad y contingencia (de orden y desorden, regularidad y azar; en él hay además de causas mecánicas también causas finales, y, por ello, un margen de libertad).
Cuando aborda la cuestión del conocimiento Leibniz comienza distinguiendo dos clases de verdades: verdades de hecho y verdades de razón. Las verdades de hecho se obtienen después de la experiencia (a posteriori), son contingentes y particulares y se basan en el principio de “razón suficiente” (según el cual todo sucede según una causa que aunque se ignore inicialmente puede llegar a ser esclarecida). Las verdades de razón son verdades a priori: están en el cognoscente de un modo innato (con anterioridad a la experiencia), son universales y necesarias, y se apoyan en tres principios lógicos: identidad, no contradicción, tercero excluido. El único conocimiento pleno, perfecto, completo y enteramente verificado es el conocimiento de Dios (una substancia omnisciente –que conoce el sistema de la verdad). El conocimiento humano, en cambio, es un conocimiento limitado, finito, un conocimiento que avanza convirtiendo paulatinamente en verdades de razón –ciertas y seguras- las iniciales verdades de hecho (precarias y vacilantes). Es así como, de un modo lento y nunca terminado, el conocimiento humano se va acercando todo lo que puede al conocimiento divino. ¿Cuáles son los principales apoyos a la hora de que se concrete ese acercamiento y aproximación? La matemática y la lógica –dos ciencias formales, ciertas y exactas, deductivas y demostrativas- desempeñan un papel clave en el avance del conocimiento. Este es el motivo principal por el que en el siglo XVII se dedicó un enorme esfuerzo intelectual en el desarrollo de nuevas ramas de estas dos ciencias (geometría analítica, cálculo infinitesimal, lógica combinatoria, etc.).
La metafísica leibniciana, su teoría general sobre la realidad, es una “monadología”. ¿Qué significa esto? La realidad entera está constituida por una multiplicidad de unidades (mónadas) ordenadas según relaciones de muchos tipos (una relación básica es la relación causa-efecto, pero caben otros modos de relación). Lo que radicalmente define cada mónada es su “fuerza”, su impulso interior, su actividad propia. En su entraña última, por lo tanto, los entes del mundo son dinámicos: encierran un dinamismo interno, distinto según la clase de ente que se sea en cada caso. Por esta razón la parte principal de la física, sostiene Leibniz, no es la “mecánica” –como afirmaba Descartes- sino la “dinámica” –punto en el que coincide con Newton.
Hay mónadas simples –sin partes, o sea: indivisibles- y mónadas compuestas (y por lo tanto divisibles, analizables). En general los entes o fenómenos –un ser humano, un árbol- son agregados de mónadas: cada cosa es una precisa y específica combinación de unidades; estamos aquí, por lo tanto, ante mónadas compuestas: un todo divisible en partes (hasta llegar a mónadas simples).
El mundo es el universo de las mónadas. Un universo jerarquizado: piramidal. En la cúspide está la Mónada Suprema: Dios. El resto de las mónadas se organizan según una gradación descendente; el criterio de su ubicación en esta escala de los seres es su mayor o menor potencia de acción o fuerza activa, es decir: su menor o mayor capacidad de percibir y apetecer. Un ser humano es una mónada dotada de razón que consta de percepción, apetición y apercepción (conciencia de sí misma), y su felicidad consiste en su perfeccionamiento (es decir, en el incremento de su potencia de acción).
Considerado en su conjunto el Universo de las mónadas constituye un Orden –con su margen propio de contingencia y azar- regido y gobernado por una “armonía preestablecida”; ésta indica que el orden de las relaciones entre las mónadas que componen el universo es a la vez espontáneo y planificado –siendo Dios, en último término, el principio explicativo de ese orden armonioso y regular.
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