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martes, 4 de agosto de 2026

LA SELKIE

La naturaleza es sorprendente. Las colinas se erigen majestuosas, rompiendo la monotonía de la campiña y su manto verde mientras el viento que llega desde el mar mece la hierba, interminable alfombra florida que entona una suave melodía. Aquello era un lujo que ahora estaba vacío y contenía viejas cuerdas de pesca en lugar de agua tratada químicamente.

Las leyendas dicen que criaturas mágicas y seres fantásticos aprovechan los días de tormenta para hacer acto de presencia, aprovechando la ausencia de seres humanos. Amparadas por la lluvia, ocultas entre las sombras, emergen de las profundidades para reclamar una tierra que antes fue suya, arrebatada y olvidada por los hombres.. Aprovechan la ocasión para dirigirse a tierra firme, en busca de incautos que desafían al dios de las tormentas, ignorando sus advertencias y osan aventurarse en su dominios.

El primer día que la vi, solo fue un movimiento en el rabillo del ojo. Una sombra fugaz, encorvada en la playa entre los restos y desechos. No es real, era todo lo que podía oír resonando en mi mente. No puede ser real porque soy el único que queda: los recuerdos se agolpan en mi cabeza, confusos y caóticos, sin saber qué es verdad y qué ficción.

El alma se encoge con su recuerdo. Su mera presencia encoge el corazón y oscurece el alma, que varias veces casi muere por falta de cuidados, el peso de su ser se nota cuando la soledad golpea el alma, que se arrastra en una vorágine hacia la oscuridad y el abismo, mientras los recuerdos se agolpan y se oscurecen por el manto de tristeza y desesperación que se adhiere al alma al recordarla. Hay que tener recuerdos de muchas noches en su presencia, ninguna igual a otra, del silencio existente cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez, noches en calma donde su mera presencia daba calor en la noche más fría y oscura, noches de tormentas donde la lluvia dibujaba su silueta que reconfortaba mi cuerpo y proporcionaba calor en un abrazo eterno, protegiéndome de la agua que empapaba mi ser y del viento frío y cortante. Su mera caricia se convierte en sangre, mirada y gesto, un calor reconfortante sin nombre y ya no separables de nosotros, solo entonces puede ser que en un instante muy singular surja en su centro la primera palabra de un verso y emerja de ellas.

Selkies las llaman algunos. Dicen que aparecen en días de tormentas, perdidas y desorientadas. Criaturas místicas, cambiapìeles que buscan escapar de su soledad y engañan a incautos viajeros y marineros.

...

Desde la ventana de mi habitación la tormenta aumentaba. Al mirar hacia el mar desde la seguridad de mi casa, unas nubes oscuras se cernían amenazadoras en el horizonte. Se acercaba una tormenta, trayendo consigo mareas altas y aguas agitadas. Así que, esa noche, deslicé los tablones protectores por sus guías en cada puerta y aseguré los postigos de todas las ventanas para mantener el exterior fuera; mientras el viento silbaba a través de las rendijas. Permanecí despierto casi toda la noche, recordando tormentas pasadas, mientras el océano rugía y el viento hacía vibrar la casa. Entretenía mis manos con una de las piedras que ella me había dejado, una que tenía un pequeño agujero en el centro. Era una «piedra solar», de la que se decía —según recordaba— que permitía vislumbrar la magia del otro mundo. Sin embargo, me daba miedo mirar a través de ella, por si no mostraba ningún cambio, tan solo la versión del mundo en la que yo estaba solo.

Tras varias semanas de recolección y observación, empecé a formar mis propios montones en las cercanías y, una vez que la bruja dejaba sus ofrendas, me las llevaba todas conmigo. Pensé que algún día se acabarían, pero, aunque los montones siempre disminuían de tamaño, nunca llegaban a desaparecer por completo. Pronto, mi casa estuvo abarrotada de fragmentos de objetos rotos y perdidos. No es que importara; tenía el resto del pueblo a mi disposición si lo necesitaba: las casas vacías de quienes habían vivido allí en tiempos pasados. Al poco tiempo, fueron las casas —y no el mar— las que albergaron los recuerdos de los muertos.
...
Por la mañana, los restos salpicaban la playa como si el mar entero hubiera enfermado y hubiera vomitado todo su contenido en la orilla. Viejas redes de pesca, envases de plástico, cilindros metálicos e interminables montones de algas, enredados y anudados con objetos rotos. De repente, todos nuestros esfuerzos de las últimas semanas parecían haber sido en vano; nuestro pequeño refugio había sido contaminado una vez más. También había seres muertos: aves atrapadas en las redes y peces arrastrados hasta la orilla —muertos antes de ahogarse en el aire, aunque era difícil saberlo con certeza.

Entonces, algo se movió entre los montones de desechos. Habría sido fácil pasar de largo. Fácil pasar de largo y ver solo los restos de una tormenta. Pero, al acercarme, supe que era ella. El corazón me golpeaba el pecho temiendo que ella tampoco estuviera durmiendo.Su cuerpo estaba en posición fetal, envuelto en una red vieja; la piel, gris y desvaída; las escamas, descascarándose.

Me arrodillé, retiré la red con cuidado y le toqué el brazo. Su piel estaba fría, pero su pecho se movía y las branquias palpitaban. Respiraba, aunque apenas, con un siseo lento y tenue.Empecé a preguntarme si ella no sería más que un montón de algas arrastrado hasta la orilla; si mi deseo de no estar solo era tan intenso que buscaba compañía donde no la había. Me quedaba allí, observando aquel montón, hasta que subía la marea y se lo llevaba. Sin embargo, el cúmulo de objetos que ella había reunido permanecía allí; yo los recogía diligentemente y guardaba las piezas en casa.

Deposité allí el pequeño montón que había traído de la playa y corrí la cubierta. Desde el balcón contemplé el mar, albergando la remota esperanza de divisar un barco, una luz o cualquier señal que no fuera la inmensidad infinita del agua. Incluso a la bruja del mar, una vez más. En su lugar, lo único que me acompañaba eran capas de nubes que se desplazaban por el horizonte.

Trencé una pulsera con viejo hilo de pescar, le añadí un trozo de vidrio marino a modo de dije y me la llevé a la playa, antes de la hora en que la selkie solía aparecer, y la dejé con cuidado donde ella acostumbraba amontonar sus cosas. Luego me senté a esperar su llegada. Mientras lo hacía, pensé
en meterme en el agua para buscarla.

Consideré sumergir la cabeza bajo las olas para ver si acechaba allí, en algún lugar de las oscuras profundidades de un frío punzante. Pero no había puesto un pie fuera de tierra firme desde que las olas se llevaron todo y a todos de este mundo y me escupieron de vuelta como restos indeseados, dejándome atrás. Incluso al pensar en tocar el agua de nuevo, sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo y me mareé ante la idea. Finalmente, el selkie salió del agua. Y esta vez, no se escondió. La observé mientras se arrastraba por la playa hacia el montón de objetos y tomaba la pulsera entre sus manos. Se volvió hacia mí, y yo no desvié la mirada. Por primera vez, ella vio mi rostro, y yo el suyo. Y fue algo hermoso.

No era humana. Pero tampoco encontraba las palabras adecuadas para describirla. Criatura, bruja, diosa... ninguna parecía encajar. Ella era simplemente ella. Radiante bajo el sol poniente, de piel luminiscente, con una brillante cabellera rojiza llena de algas que fluía, tan larga y densa que parecía brotar de su espalda, sus brazos y sus piernas. Sus ojos eran como guijarros oscuros, redondos y negros; pero también eran bondadosos, y cuando nuestras miradas se cruzaron, descubrí que no podía apartar la vista. Durante tanto tiempo nadie me había visto. Durante tanto tiempo me había preguntado si estaba condenado a ser invisible para siempre. Ser percibido después de tanto tiempo fue como un despertar, una agitación en mis entrañas, y anhelaba más.

Tras una semana, las tormentas se habían disipado por completo, dando paso a cielos despejados y calidez, y ella estaba lo bastante fuerte para volver a la playa. Sentí una punzada al bajar juntos en silenciosa procesión y verla detenerse a la orilla del agua. Tras dedicarme una mirada con sus grandes ojos negros y una sonrisa que dejaba ver los dientes, avanzó hasta que el mar le llegó a la cintura. Entonces se volvió y extendió una mano palmeada, mientras con la otra jugueteaba con la pulsera que yo le había hecho. Emitió un sonido que se perdió en el viento, y lo único que pude oír fue un murmullo.
Ven. Únete a mí.

Pero aunque lo intenté, aunque quise avanzar hacia el azul, no pude obligarme a unirme a ella.

Ven. Únete a mí.

La voz era hipnótica. Una voluntad más fuerte que la mía hacía que mis piernas flaquearan y mi cuerpo se moviera a su comando. Se volvió hacia mí, y yo no desvié la mirada. Por primera vez, ella vio mi rostro, y yo el suyo. Y fue algo hermoso. No encontraba las palabras adecuadas para describirla. Criatura, bruja, diosa... ninguna parecía encajar. Ella era simplemente ella.

Ven. Únete a mí.

Mis pies ya no me obedecían. Los pasos seguían su camino. La voz seguía guiándome como un faro en un día nubloso. Entré en su trance hipnótico, sus ojos redondos apenas se veían entre su figura hecha de restos marinos. enrolló la pulsera en la mano y las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba en una leve sonrisa, mientras las branquias de su cuello palpitaban. Me acerqué más a ella y me senté con las piernas cruzadas donde los guijarros se unían a la arena. Ella Al principio dudó, pero luego hizo lo mismo. Nos quedamos así hasta que cayó la noche y la luna brilló con intensidad sobre su piel. El tiempo se ralentizaba. La oscuridad hizo presencia y lo inundó todo. El eco de su voz resonaba en mi mente.
Ven. Únete a mí.
...

El servicio de emergencias hizo su aparición. Las últimas noticias del hombre desaparecido lo situaban en la playa el día de la tormenta ¿qué loco se aventura a salir al mar un día de tormenta? hay que estar mal de la cabeza. Esa era la última localización que tenían. Nadie sabía qué había pasado o dónde estaba. Las noticias eran contradictorias. Iba a ser un día largo de trabajo.

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