Hay una controversia sobre si Nietzsche abogaba por un único punto de
vista de comprensión filosófica. Muchos cargan contra Nietzsche por la
contradicción de sus pensamientos e ideas.
Una tesis alternativa en la contradicción de los escritos de
Nietzsche es el de la perspectiva, o la idea de que Nietzsche usaba
múltiples puntos de vista en su trabajo como un medio para retar al
lector a considerar varias facetas de un tema. Si uno acepta su tesis,
la variedad y número de perspectivas sirven como una afirmación de la
riqueza de la filosofía. Esto no quiere decir que Nietzsche viera todas
las ideas como igualmente válidas. Tenía aspectos en los que no estaba
de acuerdo con respecto a otros filósofos como Kant.
Tampoco está claro dónde se posicionaba Nietzsche en cada tema. De
cualquier modo, si uno mantiene los elementos en conflicto de sus
escritos como algo intencionado o no, hay pocas dudas de que sus ideas
siguen siendo influyentes.
Algunos filósofos han signado al estilo aforístico de Nietzsche como
el responsable de estas aparentes contradicciones en su pensamiento,
llegando a decir por ejemplo que «hay tantos Nietzsches como lectores».
Esta afirmación resulta excesivamente cómoda ya que sólo pretende
facilitar la explicación de las contradicciones sin intentar desentrañar
su sentido final.
La filosofía de Nietzsche se halla atravesada esencialmente por la
herencia de la cosmología clásica, en particular por los conceptos de la
cosmogonía griega. Esto es, la identificación del carácter más humano
del hombre en relación con el vínculo que guarda con sus dioses.
Hablamos de la dualidad de lo apolíneo contra lo dionisíaco. Nietzsche,
aunque no descarta por completo la regencia de lo apolíneo en la vida
como ha sido heredada, particularmente desde la modernidad, se inclina
por resaltar y adoptar una postura en esta línea de lo dionisíaco. En
ello consiste precisamente su crítica a la sociedad contemporánea y éste
será el hilo conductor que permea de forma constante su obra y su vida.
CONCEPTOS FILOSÓFICOS CLAVES PARA ENTENDER LA OBRA DE NIETZSCHE
Nihilismo y muerte de Dios
Nietzsche ha llevado a cabo en sus escritos un diagnóstico del mundo actual orientado a encontrar una posible terapia en la que consiga, tal vez, sanar de sus males. Augura Nietzsche que en el periodo que le tocó vivir -la segunda mitad del siglo XIX- comenzaba a fraguar discretamente, con lentitud, pero de un modo inexorable, una profunda crisis que iba a marcar decisivamente el futuro de la era moderna del mundo. En sus textos, por lo tanto, trató de detectar una serie de síntomas en los que la cultura de occidente expresa sus subterráneos desajustes y sus grietas internas. ¿A qué fórmulas acude para denominar a esta crisis radical? A estas: “muerte de Dios” y “nihilismo”. Veamos con brevedad su significado.
Para Nietzsche, la sociedad se encuentra sumida en un profundo nihilismo que ha de superar si no quiere ver su fin. El nihilismo (que tiene distintas formas ) es un advenimiento de unas repetidas frustraciones en la búsqueda de significado, o más precisamente, «la desvalorización de los valores supremos». El nihilismo en Nietzsche se refiere al proceso histórico que surge en el reconocimiento de un valor sumo y termina en la asunción o reconocimiento de múltiples cosas valorables, al volverse inoperante lo que antes se mostraba como lo supremo. El nihilismo acontece en nuestro tiempo como manifestación de la ausencia de una medida única y, al mismo tiempo, como la proliferación de múltiples medidas que, en cada caso, pueden aparecer como válidas. Nietzsche ve en el despliegue del nihilismo toda fundación de cultura europea, la que surge como destino necesario de este proceso. La visión religiosa del mundo había sufrido ya un gran número de cambios por perspectivas contrarias, cayendo en el escepticismo filosófico, y en las teorías científicas evolucionistas y heliocéntricas modernas, lo que no hace más que confirmar la desvalorización de los valores supremos. A lo ya señalado, hemos de sumar una creciente presencia de lo democrático, la que se muestra como la afirmación de una individualidad independiente de Dios y acreedora de la igualdad, de la medianía. La democracia aparece, a los ojos de Nietzsche, como un momento del despliegue del nihilismo igualmente negador de la vida que los que la antecedieron. Ambas manifestaciones del nihilismo se muestran a Nietzsche como negaciones de la vida, al negar u olvidar dimensiones de la misma que, a su parecer, aparecen como constitutivas de ella e inalienables a lo que él considera vida. Estas dimensiones negadas de la vida se muestran en ámbitos tan determinantes como el constante darse del devenir y las diferencias entre los hombres.
Nietzsche ve esta condición intelectual como un nuevo reto para la cultura europea, lo que se ha extendido, asimismo, más allá de un pequeño punto de no-retorno. Nietzsche conceptualiza esto con su famosa frase, «Dios ha muerto», que aparece en la gaya ciencia y en Así habló Zaratustra. Esta frase fue dada también por Hegel veinte años antes de que Nietzsche naciera. Este aforismo, por una parte, señala el fin de eso que antes aparecía como lo imperante, y por otra, indica un terreno fértil, un terreno inexplorado, en el cual el propio Nietzsche es un colono. A partir de la frase «Dios ha muerto», Nietzsche se refiere tanto a la ceguera del pasado en tanto incapacidad de ver esto, como a la asunción de una nueva posibilidad de relacionarse con lo que es, posibilidad dada por la asunción de dicha muerte.
Nietzsche trata esta frase más que como una mera declaración provocativa, casi como una revelación, como si representase el potencial de nihilismo que arrastra el alzamiento y el progreso, en el contexto de un concepto absurdo y sin significado.
Según Nietzsche, el hombre europeo descendiente de los hiperbóreos ha de asumir la gran e inevitable consecuencia de la muerte en la sociedad occidental de Dios, del Dios judeo-cristiano, el vengativo y cruel Yahvé. La consecuencia de la muerte de Dios es que los valores vigentes en la sociedad occidental se vienen abajo ellos solos, según el nihilismo, o no se vienen abajo sino que los hombres los destruimos. Según Nietzsche la superación del nihilismo se producirá cuando el Superhombre imponga los nuevos valores de la moral de señores, destruyendo los valores de la moral de esclavos. Resumiendo, destruimos los valores de los hombres para poner en su lugar los valores del Superhombre, que ocupará el lugar de Dios.
“¿No oísteis hablar de aquel loco que en pleno día corría por la plaza pública con una linterna encendida, gritando sin cesar: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”. Como estaban presentes muchos que no creían en Dios, sus gritos provocaron la risa. [...] El loco se encaró con ellos, y clavándoles la mirada, exclamó: ¿Dónde está Dios? Os lo voy a decir. Le hemos matado; vosotros y yo, todos nosotros somos sus asesinos. Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo pudimos vaciar el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hemos hecho después de desprender a la Tierra de la órbita del sol? [...] ¿No caemos sin cesar? ¿No caemos hacia adelante, hacia atrás, en todas direcciones? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿Flotamos en una nada infinita? ¿Nos persigue el vacío [...]? ¿No hace más frío? ¿No veis de continuo acercarse la noche, cada vez más cerrada? [...] ¡Dios ha muerto! [...] ¡Y nosotros le dimos muerte! ¡Cómo consolarnos nosotros, asesinos entre los asesinos! Lo más sagrado, lo más poderoso que había hasta ahora en el mundo ha teñido con su sangre nuestro cuchillo. ¿Quién borrará esa mancha de sangre? ¿Qué agua servirá para purificarnos? [...] La enormidad de este acto, ¿no es demasiado grande para nosotros?” Friedrich Nietzsche en La Gaya ciencia.
Nietzsche ve esta condición intelectual como un nuevo reto para la cultura europea, lo que se ha extendido, asimismo, más allá de un pequeño punto de no-retorno. Nietzsche conceptualiza esto con su famosa frase, «Dios ha muerto», que aparece en la gaya ciencia y en Así habló Zaratustra. Esta frase fue dada también por Hegel veinte años antes de que Nietzsche naciera. Este aforismo, por una parte, señala el fin de eso que antes aparecía como lo imperante, y por otra, indica un terreno fértil, un terreno inexplorado, en el cual el propio Nietzsche es un colono. A partir de la frase «Dios ha muerto», Nietzsche se refiere tanto a la ceguera del pasado en tanto incapacidad de ver esto, como a la asunción de una nueva posibilidad de relacionarse con lo que es, posibilidad dada por la asunción de dicha muerte.
Nietzsche trata esta frase más que como una mera declaración provocativa, casi como una revelación, como si representase el potencial de nihilismo que arrastra el alzamiento y el progreso, en el contexto de un concepto absurdo y sin significado.
Según Nietzsche, el hombre europeo descendiente de los hiperbóreos ha de asumir la gran e inevitable consecuencia de la muerte en la sociedad occidental de Dios, del Dios judeo-cristiano, el vengativo y cruel Yahvé. La consecuencia de la muerte de Dios es que los valores vigentes en la sociedad occidental se vienen abajo ellos solos, según el nihilismo, o no se vienen abajo sino que los hombres los destruimos. Según Nietzsche la superación del nihilismo se producirá cuando el Superhombre imponga los nuevos valores de la moral de señores, destruyendo los valores de la moral de esclavos. Resumiendo, destruimos los valores de los hombres para poner en su lugar los valores del Superhombre, que ocupará el lugar de Dios.
“¿No oísteis hablar de aquel loco que en pleno día corría por la plaza pública con una linterna encendida, gritando sin cesar: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”. Como estaban presentes muchos que no creían en Dios, sus gritos provocaron la risa. [...] El loco se encaró con ellos, y clavándoles la mirada, exclamó: ¿Dónde está Dios? Os lo voy a decir. Le hemos matado; vosotros y yo, todos nosotros somos sus asesinos. Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo pudimos vaciar el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hemos hecho después de desprender a la Tierra de la órbita del sol? [...] ¿No caemos sin cesar? ¿No caemos hacia adelante, hacia atrás, en todas direcciones? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿Flotamos en una nada infinita? ¿Nos persigue el vacío [...]? ¿No hace más frío? ¿No veis de continuo acercarse la noche, cada vez más cerrada? [...] ¡Dios ha muerto! [...] ¡Y nosotros le dimos muerte! ¡Cómo consolarnos nosotros, asesinos entre los asesinos! Lo más sagrado, lo más poderoso que había hasta ahora en el mundo ha teñido con su sangre nuestro cuchillo. ¿Quién borrará esa mancha de sangre? ¿Qué agua servirá para purificarnos? [...] La enormidad de este acto, ¿no es demasiado grande para nosotros?” Friedrich Nietzsche en La Gaya ciencia.
Nietzsche, como un profeta, anuncia -entre el júbilo y la consternación, pues se trata de un suceso “grave”, lleno de consecuencias- la “muerte de Dios”. Inicialmente alude a la pérdida paulatina en la fe en el Dios del cristianismo (el cual ha troquelado vetas profundas del mundo de occidente). Pero de un modo más básico que “Dios” muera indica la pérdida para el mundo de lo que operaba como su Fundamento (eso que lo atraviesa y lo sostiene, un suelo eterno, un cimiento absoluto, firme, universal y necesario). Tradicionalmente el Fundamento concentraba y reunía en él la Verdad, el Bien y la Belleza, es decir, los Valores Supremos de una cultura. Si Dios muere -si el Fundamento se derrumba- deja de existir, de repente, el faro que orientaba la navegación en la que estamos embarcados: el conjunto de la cultura -su ciencia, su arte, su política, etc.- se queda sin puntos cardinales que guíen su rumbo. Con el ocaso del Fundamento la cultura se desorienta: pierde el Norte, y, así, viaja a la deriva. De un plumazo, con este crucial acontecimiento, se esfuma la autoridad desde la que se articulaba y se explicaba el entero orden del mundo.
El término “nihilismo”, por su parte, pretende retratar “lo que queda” en el mismo instante en el que ha muerto “Dios” (cuando se ha disuelto el Fundamento del mundo como el azúcar en el café y “todo lo sólido se desvanece en el aire”). Cuando el nihilismo irrumpe se da, en el conjunto de la cultura. un paso -a la vez repentino y largamente madurado- del Todo (el reino platónico de las Ideas o Esencias, el Dios inmutable y omnipotente del cristianismo, etc.) a la “nada” (“nihil”). Con la llegada y la implantación en el corazón del mundo moderno del nihilismo empiezan a irradiar por doquier los efectos devastadores de la ausencia de un Fundamento trascendente. Dice Nietzsche metafóricamente: con el nihilismo “el desierto crece”; la vida decae por falta de aliento y estímulo, los pozos de los que se saca el agua con el que se riega el árbol del saber -del arte, de la ciencia, de la política- se secan y todo se va deteriorando, destruyendo, descomponiendo, marchitando.
El nihilismo, examinado con un poco más de detalle, encierra tres vertientes o incluye tres aspectos o fases: una puramente negativa, otra positiva, otra propositiva o transformadora. Veámoslas.
En su vertiente negativa el nihilismo implica caer en la cuenta con estupor que hemos sufrido un engaño grandioso: lo que tradicionalmente decía ser el Fundamento de todas las cosas -por ejemplo Dios- era poco más que una ilusión y una mentira. Esta decepción desorienta a la vida cultural que viaja entonces a la deriva, sin rumbo alguno.
En su vertiente positiva el nihilismo es una enorme oportunidad: en esta radical crisis el ser humano se libera por fin de la creencia en un falso ídolo (“Dios” o cualquiera de sus sucedáneos) y puede intentar ejercer su creatividad cultural sin tutelas ni coartadas, creando unos valores -científicos, morales, políticos, artísticos- que estimulen y favorezcan la vitalidad en vez de reprimirla, encorsetarla, aplastarla.
La tercera vertiente del nihilismo remite al carácter reformador o transformador que incluye este proceso histórico en el que está sumido el occidente moderno. Nietzsche considera que sería un error permanecer sin más en el puro nihilismo (en el que “todo vale” porque “nada vale nada” -parece que nada merece la pena, que todo es intercambiable, que los valores son indiferentes, que la decadencia es inevitable y que hay que resignarse a la destrucción del mundo, etc.). La oportunidad que se ha abierto con la “muerte de Dios” tiene que aprovecharse efectivamente, de un modo valiente y decidido. Pero esto requiere que el nihilismo sea superado. ¿Cómo? Este es el grave problema al que se enfrenta la modernidad occidental afectada por una crisis profunda que socava sus propias premisas. ¿Cómo crear algo valioso sin tener que abrazar el dogma de un Dios único (de una única perspectiva válida, de un único mundo verdadero fijado de una vez por todas y para siempre, etc.)? Esta es la dificultad que a la vez nos paraliza y nos espolea.
La crítica de la cultura occidental
La filosofía de Nietzsche culmina con un proyecto de renovación cultural de signo vitalista: el centro de gravedad de un mundo de cultura tiene que estar, subraya el autor, en la vida mundana, siendo el criterio desde el que enjuiciar un sistema de valores evaluar en qué grado y medida éste potencia e intensifica la vitalidad de la vida o contribuye a su debilitamiento y pérdida de vigor creativo (la vida humana se desarrolla siempre en el seno de una cultura, es decir, nutriéndose de un concreto sistema de valores, y éstos pueden tanto engrandecerla como deprimirla, desvitalizarla). La filosofía de Nietzsche se orienta así hacia la meta de una “transvaloración” de los valores, es decir, la propuesta de una nueva “tabla de valores” en la que éstos se criben con el rasero de la vitalidad: será verdadero, bueno y bello todo lo que fortalezca y expanda la vida terrenal (el cuerpo y sus impulsos, sus pasiones, sus placeres, etc.). Resumiendo: Nietzsche emprende una crítica de la cultura de occidente orientada hacia una reforma en la que ésta resulte mejorada y perfeccionada desde la óptica de los valores vitales.
El proyecto nietzscheano de renovación del sistema de valores de la cultura occidental -de la verdad, el bien y la belleza- parte de un diagnóstico preciso: en el seno del mundo moderno, definiendo su interna crisis, se está implantando paulatinamente un nihilismo que, en un primer momento al menos, tiene solo un carácter destructivo y aniquilador (“si Dios ha muerto entonces vale todo, o sea, ya nada vale nada, y no importa por ello que todo sea pulverizado y reducido a cenizas”). Ante este fenómeno histórico -la llegada y la implantación del nihilismo en una cultura- Nietzsche pregunta: ¿es un suceso casual u obedece a algo que lo ha suscitado? ¿cuál es su origen si lo hubiera? ¿es este origen próximo o remoto? Para responder a estas cuestiones aplica un “método genealógico”: se trata, para empezar, de rastrear en el pasado cuál es el origen del nihilismo.
Indagando en el origen remoto del nihilismo que hoy día atenaza a la modernidad occidental -conduciéndola hacia el abismo de la autodestrucción- se topa Nietzsche con una peculiar paradoja: el nihilismo (“nada vale nada”) ha surgido de lo que es aparentemente su contrario. El nihilismo anida secretamente en la tesis de que hay una serie de Valores Supremos: la Verdad, el Bien y la Belleza absolutas (unos valores fijos, eternos, definitivos, definidos de una vez por todas). Es decir: el nihilismo está camuflado y latente en la tesis -configuradora de todo un mundo de cultura (una ciencia, una moral, un arte)- de que todas las cosas remiten a un único Fundamento trascendente, inamovible. El momento nihilista en el que, con la “muerte de Dios”, los Valores Supremos pierden de repente su antiguo valor y se disuelven en la nada está por lo tanto implícito precisamente en el postulado de que hay una única Verdad, Bien y Belleza ubicadas en un reino ideal, puro, suprasensible, anterior y superior a “este mundo” (inferior, menor, secundario, subordinado, lugar de la falsedad, la maldad y la fealdad).
¿Cuál es el origen remoto -dentro de occidente- del nihilismo que se extiende en la actualidad por todas partes (afectando a la ciencia, al arte, a la religión, a la moral, a la política)? Nietzsche lo encuentra en la cuna misma de nuestra civilización: en el mundo griego. La indagación genealógica concluye que el nihilismo habita la entraña misma de la metafísica de Platón (heredada después por el cristianismo medieval y secularizada a continuación por la era moderna del mundo).
Platón sostuvo dos dualismos jerárquicos:
- a) la realidad está dividida en dos partes, una superior -el reino ideal de esencias eternas, necesarias, universales, idénticas y permanentes- y otra inferior -el mundo sensible, poblado por efímeras y evanescentes apariencias-;
- b) en el ser humano hay, también, dos mitades: un alma inmortal perteneciente al Mundo Suprasensible -la auténtica realidad donde habita la razón y con ella el Bien, la Belleza y la Verdad-, y, por debajo, un pobre y desdichado cuerpo mortal concebido como una rastrera cárcel de la angélica pureza del alma.
Este dualismo metafísico -que separa todo en dos y sitúa una parte encima y otra debajo- no es solo una abstracta teoría filosófica, es algo más que eso: es la matriz desde la que se ha organizado, elaborado y desplegado todo un mundo de cultura, todo un específico sistema de valores que ha alimentado un concreto tipo de vida humana (esa que, por ejemplo, anhela una “vida mejor” en “otro mundo” y que, por ello, rechaza y reprime los impulsos y las pasiones del cuerpo porque odia todo lo relacionado con el “mundo sensible”).
Siguiendo la indagación genealógica pregunta Nietzsche: ¿cuál es la raíz de la metafísica platónica (decisiva en el troquelado de la civilización de occidente a través de su vulgarización por parte del cristianismo)? Un profundo temor a la vida terrenal y, como reacción del resentimiento contra ella, un enorme desprecio de todo lo mundano; es esto lo que conduce inexorablemente a “fantasear” con una realidad “perfecta y mejor” en términos absolutos, una realidad que tiene que estar “por encima de este mundo” (bajo, inferior, deplorable). Desde esta peculiar forma “metafísica” de organizarse culturalmente la vida -a través de un arte, una religión, una ciencia, una moral, etc.- todo lo relacionado con el mundo sensible (por ejemplo, el cuerpo y sus emociones, etc.) es declarado falso, malo y feo: los Valores Supremos están en un Mundo ideal, un Mundo trascendente, un Mundo abstracto. Por su parte, siguiendo esta forma de cultura, los seres humanos están obligados a aspirar a esa realidad intangible superior aún a costa de despreciar y vilipendiar sus energías vitales: todo debe sacrificarse para aproximarse a ese Mundo Verdadero.
Es así, en este punto concreto, donde anida el nihilismo latente e implícito en esta concepción metafísica del mundo y de la vida: un nihilismo que irrumpe y se expande cuando el postulado de un Fundamento absoluto sobre el que se sostiene un único orden racional del mundo ya no da más de sí y, por puro agotamiento, deja de ser creído y aceptado (¿puede el hombre creer indefinidamente que debe estar subordinado a un Dios todopoderoso? Se pregunta Nietzsche, ¿no llega un momento en que despierta de esa ingenuidad infantil?).
Un destacado ejemplo del complejo proceso por el cual el absolutismo se convierte en relativismo -y el postulado de un fundamento único de un mundo verdadero desemboca en la destrucción nihilista de todo- lo encuentra Nietzsche en el terreno de la moral. La moral única de la metafísica platónico-cristiana es una moral que convierte a los seres humanos -a través de inculcarles en su educación el temor al pecado y el sentimiento de culpa- en dóciles corderos de un rebaño uniforme dominado por un astuto pastor que se aprovecha de sus fieles (incumpliendo sistemáticamente todos los deberes que impone a sus adocenados esclavos). En esta moral tradicional -la predominante en occidente en razón de su raíz platónica y cristiana- el “bien ético” se sustenta en una constante represión de todo lo vital, lo sensual, lo placentero, lo gozoso y alegre; esta represión se extrema y agudiza hasta que la vida se harta de este empobrecedor corsé y cae en la cuenta de que los Valores Supremos de la moral del rebaño en la que le han domesticado no valen propiamente nada. Llega así el inicial desconcierto nihilista (pues el relativismo moral razona así: “puesto que ya no valen los viejos valores tampoco ya nada vale nada”). ¿Qué se precisa en este difícil momento en el que el nihilismo expande su poder aniquilador? Nietzsche afirma que se necesita otra moral, una moral esta vez enraizada en los valores vitales desde los que volver a definir el bien y el mal; desde esta moral reformada será bueno lo que intensifique las energías vitales, lo que potencie el vigor de la vida, lo que estimule sus impulsos ascendentes y encauce su expansión creativa.
«Moral de señores» y «moral de siervos»
Nietzsche pensaba que había dos clases de hombres: los señores y los siervos, que han dado distinto sentido a la moral. Para los señores, el binomio «bien-mal» equivale a «noble-despreciable». Desprecian como malo todo aquello que es fruto de la cobardía, el temor, la compasión, todo lo que es débil y disminuye el impulso vital. Aprecian como bueno, en cambio, todo lo superior y altivo, fuerte y dominador. La moral de los señores se basa en la fe en sí mismos, el orgullo propio.
Por el contrario, la moral de los siervos nace de los oprimidos y débiles, y comienza por condenar los valores y las cualidades de los poderosos. Una vez denigrado el poderío, el dominio, la gloria de los señores, el esclavo procede a decretar como «buenas» las cualidades de los débiles: la compasión, el servicio —propios del cristianismo—, la paciencia, la humildad. Los siervos inventan una moral que haga más llevadera su condición de esclavos. Como tienen que obedecer a los señores, los siervos dicen que la obediencia es buena y que el orgullo es malo. Como los esclavos son débiles promueven valores como la mansedumbre y la misericordia. Critican el egoísmo y la fuerza.
Enfoque etimológico
La crítica de Nietzsche a la moral tradicional se centraba en la tipología de moral de «amo» y de «esclavo» y en la descripción de la dinámica que generan; esta dinámica o dialéctica debe ser conocida por los «espíritus libres» para conducir a la humanidad a su superación: una sucesión de continuas superaciones — la moral deja de ser algo cerrado para ser visto como una dinámica de morales yuxtapuestas y reconocibles en la dinámica de las lenguas. Examinando la etimología de las palabras alemanas gut («bueno»), schlecht («malo») y böse («malvado»), Nietzsche sostuvo que la distinción entre el bien y el mal fue originalmente descriptiva, o sea, una referencia amoral a aquellos que eran privilegiados (los amos), en contraste con los que eran inferiores (los esclavos). El contraste bueno/malvado surge cuando los esclavos se vengan convirtiendo los atributos de la supremacía en vicios. Si los favorecidos (los «buenos») eran poderosos, se decía que los sumisos heredarían la Tierra. El orgullo se volvió pecado. Caridad, humildad y obediencia reemplazaron competencia, orgullo y autonomía. Clave para el triunfo de la moral de esclavo fue su presunción de ser la única verdadera moral. La insistencia en la absolutidad (Absolutheit) es esencial tanto en la ética religiosa como filosófica. Aunque Nietzsche dio una genealogía de la moral de esclavo y de amo, siempre sostuvo que esta genealogía era una tipología ahistórica de rasgos en toda persona.
Voluntad de poder
La voluntad de poder(der Wille zur Macht) es un concepto altamente controvertido en la filosofía nietzscheana, generando intenso debate e interpretaciones varias, algunas de las cuales, como la notoria interpretación dada por los intelectuales nazis, fueron intentos deliberados de justificación de tácticas políticas.
Una manera de abordar este concepto es por medio de la crítica nietzscheana a la teoria darwiniana de la evolución. Nietzsche veía en los instintos una fuerza que iba más allá del sólo impulso a sobrevivir, protegerse y reproducirse de todos los seres vivos, de sólo ser esto la vida se estancaría. La supervivencia era una de las consecuencias de un deseo aún mayor, impulso hacia una supravivencia, un deseo perpetuo de todo ser vivo por ir más allá de todos, el todo y hasta más allá de sí mismo, más allá de la muerte. Este impulso irracional o deseo perpetuo por expandirse impreso en cada ser es lo único que da sentido a la existencia, paradójicamente «razón de ser» y es la fuerza principal dentro de la visión trágica o dionisiaca de Nietzsche.
Las teorías posteriores de Freud respecto al inconsciente probablemente fueron inspiradas en gran parte por los conceptos de lo Dionisíaco y la voluntad de poder, las cuales Freud relacionó a los instintos sexuales primitivos, por encima de cualquier otro instinto, y su represión y control excesivo por el consciente o parte Apolínea del ser como generadores de la histeria y otras dolencias.
Amor fati y eterno retorno
La idea del eterno retorno ha sido tratada como un concepto importante en Nietzsche por muchos, aunque no en todos los intérpretes.
Nietzsche encuentra la idea en los trabajos de Heinrich Heine, quien especulaba que llegaría el día en el que la persona volvería a nacer con el mismo proceso de él mismo, y con el mismo en todas las demás personas. Nietzsche expandió este concepto para formar su teoría, la cual resaltó en La gaya ciencia y desarrolló en Así habló Zaratustra. En las lecturas de Nietzsche sobre Schopenhauer, le saltó la idea del eterno retorno. Schopenhauer sentenciaba que una persona que firmara en la vida incondicionalmente lo haría incluso si todo lo que le había pasado le ocurriera de nuevo de forma repetida.
En unas pocas ocasiones en sus notas, Nietzsche discurre la posibilidad del Eterno retorno como verdad cosmológica (véase el libro de Arthur Danto Nietzsche como filósofo para un análisis en detalle de estos esfuerzos), pero en los trabajos que él preparó para publicar está tratado como el método más vanguardista de afirmación de la vida. Según Nietzsche, requeriría un sincero Amor fati («Amor al destino»), no simplemente para sobrellevar, sino para desear la ocurrencia del eterno retorno de todos los eventos exactamente como ocurrieron, todo el dolor y la alegría, lo embarazoso y la gloria, esta repetición, más de emociones y sentimientos que de hechos, es lo que configuraría el tipo y la raza universal y global del por venir, no como una raza de las ya existentes, sino como una posibilidad abierta del hombre inacabado como especie genética y lingüística que debe ser perfilada por el eterno retorno de la superación de sus previos pensamientos y hechos.
Nietzsche menciona la idea de lo «horrible y paralizante», y también mantiene que la carga de esta idea es el peso más pesado imaginable (Das schwerste Gewicht). El deseo del eterno retorno de todos los eventos marcaría la afirmación de la vida definitiva.
Según algunos intérpretes, el eterno retorno es más que el mero concepto intelectual o reto, refleja una Kōan, o una característica psicológica que ocupa la estimulación consciente etérea, una transformación de consciencia conocida como metanoia.
Alexander Nehamas escribió en Nietzsche: vida como literatura que hay tres maneras de ver el eterno retorno: (a) Mi vida volverá del mismo modo. Esto es una aproximación fatalista a la idea; (b) Mi vida puede ocurrir del mismo modo. Esta segunda visión es una aserción condicional de cosmología, pero falla al captar lo que Nietzsche se refiere en La gaya ciencia; (c) Es mi vida por re-ocurrir, entonces podría re-ocurrir sólo en idéntico modo. Nehamas muestra que esta interpretación es totalmente independiente de la física y no presupone la verdad de la cosmología. La interpretación de Nehamas es que los individuos constituyen ellos mismos a través de las acciones y la única manera de mantenerse a ellos mismos como son es vivir en una reocurrencia de acciones pasadas.
El Eterno retorno cumple pues dos funciones en la filosofía de Nietzsche. La primera es remarcar el amor a la vida. Los cristianos postulan un paraíso, Platón el mundo de las ideas. Nietzsche dice que después está otra vez la tierra, el mundo: porque no hay nada más. Por otro lado cumple una función ética. Quien acepta el Eterno Retorno, se previene y acepta sus actos. Con el dolor que puedan contraer, con el placer que puedan conllevar: no hay lugar para el arrepentimiento.
El Superhombre
El hombre es un ser incompleto, pues todo animal da lugar a algo superior. Es un puente entre el simio y el Übermensch (término que ha sido traducido con frecuencia, aunque no con excesiva fortuna, como «superhombre» o «suprahombre», existiendo autores que prefieren su traducción como "ultrahombre"). El hombre es, por tanto, algo que debe ser saltado, superado. El Superhombre es aquel ser que tiene una moral de nobles, es un noble, y acepta la voluntad de poder: es un hombre legislador, él crea sus propias normas, morales y de todo tipo, además es un hombre que somete las cosas a su voluntad, es un hombre vital: ama la vida y este mundo. Además es un ser que acepta el Eterno Retorno, pues cuando toma una decisión realmente la quiere tomar, y no se arrepiente de sus actos. Sabe que la vida es en parte dolor y en parte placer, pero no reniega de ello.
Hay controversia sobre qué o a quién consideraba Nietzsche como Superhombre. No sólo hay cierta base para pensar que Nietzsche era escéptico sobre la identidad individual y la noción de sujeto, sino que habría un ejemplo concreto del Superhombre como algo nuclear. Las interpretaciones modernas de Nietzsche, especialmente después del trabajo de Walter Kaufmann, sugieren que la visión de Nietzsche sobre el Superhombre está más en línea con el concepto de hombre renacentista, como Goethe o Da Vinci. Pero Nietzsche ve al niño como el verdadero Superhombre, este que es inocente, cree en su propia moral, sigue sus propios valores.
Normalmente se traduce como «superhombre»; sin embargo esta traducción es errónea ya que el prefijo alemán über significa «superior» como adjetivo, o «sobre» (como el over inglés). Además Mensch significa «humano», «persona», esto es, «hombre» en términos de especie, y no de sexo. En castellano puede dar lugar a equívocos si se lo lee con mala intención. Por lo tanto, la traducción más correcta al castellano sería «suprahumano» o "lo sobrehumano", pero en el uso más convencional sería «suprahombre», o bien, «ultrahombre», tal como el filósofo Vattimo lo ha sugerido.
Siempre debe recordarse que el concepto se contrapone a cualquier término sexista y al de el «último hombre», el que presenciará el gran mediodía que representa el último paso de superación del hombre moral y septentrional, y la etapa final del nihilismo. Es en este sentido en que debe entenderse al super-hombre como uno de los objetivos nietzscheanos, y no como una «calidad» a la que se pueda acceder, o una «categoría» que se pueda obtener.
La idea del eterno retorno ha sido tratada como un concepto importante en Nietzsche por muchos, aunque no en todos los intérpretes.
Nietzsche encuentra la idea en los trabajos de Heinrich Heine, quien especulaba que llegaría el día en el que la persona volvería a nacer con el mismo proceso de él mismo, y con el mismo en todas las demás personas. Nietzsche expandió este concepto para formar su teoría, la cual resaltó en La gaya ciencia y desarrolló en Así habló Zaratustra. En las lecturas de Nietzsche sobre Schopenhauer, le saltó la idea del eterno retorno. Schopenhauer sentenciaba que una persona que firmara en la vida incondicionalmente lo haría incluso si todo lo que le había pasado le ocurriera de nuevo de forma repetida.
En unas pocas ocasiones en sus notas, Nietzsche discurre la posibilidad del Eterno retorno como verdad cosmológica (véase el libro de Arthur Danto Nietzsche como filósofo para un análisis en detalle de estos esfuerzos), pero en los trabajos que él preparó para publicar está tratado como el método más vanguardista de afirmación de la vida. Según Nietzsche, requeriría un sincero Amor fati («Amor al destino»), no simplemente para sobrellevar, sino para desear la ocurrencia del eterno retorno de todos los eventos exactamente como ocurrieron, todo el dolor y la alegría, lo embarazoso y la gloria, esta repetición, más de emociones y sentimientos que de hechos, es lo que configuraría el tipo y la raza universal y global del por venir, no como una raza de las ya existentes, sino como una posibilidad abierta del hombre inacabado como especie genética y lingüística que debe ser perfilada por el eterno retorno de la superación de sus previos pensamientos y hechos.
Nietzsche menciona la idea de lo «horrible y paralizante», y también mantiene que la carga de esta idea es el peso más pesado imaginable (Das schwerste Gewicht). El deseo del eterno retorno de todos los eventos marcaría la afirmación de la vida definitiva.
Según algunos intérpretes, el eterno retorno es más que el mero concepto intelectual o reto, refleja una Kōan, o una característica psicológica que ocupa la estimulación consciente etérea, una transformación de consciencia conocida como metanoia.
Alexander Nehamas escribió en Nietzsche: vida como literatura que hay tres maneras de ver el eterno retorno: (a) Mi vida volverá del mismo modo. Esto es una aproximación fatalista a la idea; (b) Mi vida puede ocurrir del mismo modo. Esta segunda visión es una aserción condicional de cosmología, pero falla al captar lo que Nietzsche se refiere en La gaya ciencia; (c) Es mi vida por re-ocurrir, entonces podría re-ocurrir sólo en idéntico modo. Nehamas muestra que esta interpretación es totalmente independiente de la física y no presupone la verdad de la cosmología. La interpretación de Nehamas es que los individuos constituyen ellos mismos a través de las acciones y la única manera de mantenerse a ellos mismos como son es vivir en una reocurrencia de acciones pasadas.
El Eterno retorno cumple pues dos funciones en la filosofía de Nietzsche. La primera es remarcar el amor a la vida. Los cristianos postulan un paraíso, Platón el mundo de las ideas. Nietzsche dice que después está otra vez la tierra, el mundo: porque no hay nada más. Por otro lado cumple una función ética. Quien acepta el Eterno Retorno, se previene y acepta sus actos. Con el dolor que puedan contraer, con el placer que puedan conllevar: no hay lugar para el arrepentimiento.
El Superhombre
El hombre es un ser incompleto, pues todo animal da lugar a algo superior. Es un puente entre el simio y el Übermensch (término que ha sido traducido con frecuencia, aunque no con excesiva fortuna, como «superhombre» o «suprahombre», existiendo autores que prefieren su traducción como "ultrahombre"). El hombre es, por tanto, algo que debe ser saltado, superado. El Superhombre es aquel ser que tiene una moral de nobles, es un noble, y acepta la voluntad de poder: es un hombre legislador, él crea sus propias normas, morales y de todo tipo, además es un hombre que somete las cosas a su voluntad, es un hombre vital: ama la vida y este mundo. Además es un ser que acepta el Eterno Retorno, pues cuando toma una decisión realmente la quiere tomar, y no se arrepiente de sus actos. Sabe que la vida es en parte dolor y en parte placer, pero no reniega de ello.
Hay controversia sobre qué o a quién consideraba Nietzsche como Superhombre. No sólo hay cierta base para pensar que Nietzsche era escéptico sobre la identidad individual y la noción de sujeto, sino que habría un ejemplo concreto del Superhombre como algo nuclear. Las interpretaciones modernas de Nietzsche, especialmente después del trabajo de Walter Kaufmann, sugieren que la visión de Nietzsche sobre el Superhombre está más en línea con el concepto de hombre renacentista, como Goethe o Da Vinci. Pero Nietzsche ve al niño como el verdadero Superhombre, este que es inocente, cree en su propia moral, sigue sus propios valores.
Normalmente se traduce como «superhombre»; sin embargo esta traducción es errónea ya que el prefijo alemán über significa «superior» como adjetivo, o «sobre» (como el over inglés). Además Mensch significa «humano», «persona», esto es, «hombre» en términos de especie, y no de sexo. En castellano puede dar lugar a equívocos si se lo lee con mala intención. Por lo tanto, la traducción más correcta al castellano sería «suprahumano» o "lo sobrehumano", pero en el uso más convencional sería «suprahombre», o bien, «ultrahombre», tal como el filósofo Vattimo lo ha sugerido.
Siempre debe recordarse que el concepto se contrapone a cualquier término sexista y al de el «último hombre», el que presenciará el gran mediodía que representa el último paso de superación del hombre moral y septentrional, y la etapa final del nihilismo. Es en este sentido en que debe entenderse al super-hombre como uno de los objetivos nietzscheanos, y no como una «calidad» a la que se pueda acceder, o una «categoría» que se pueda obtener.
La cristiandad como institución y Jesús
En su libro llamado El Anticristo, Nietzsche escribe sobre cómo la cristiandad se ha convertido en una ideología establecida por instituciones como la Iglesia, y cómo las iglesias han fallado a la hora de representar la vida de Jesús. Es importante, para él, distinguir entre la religión de la cristiandad y la persona de Jesús. Nietzsche explicó la religión cristiana como si fuera representado por iglesias e instituciones a las que llamaba su «transvaloración» (del alemán Umwertung) de los valores instintivos saludables. Transvaloración es el proceso por el cual el significado de un concepto o ideología puede ser puesto al revés de lo expresado por su etimología. Fue más allá del pensamiento de los agnósticos o ateos de la Ilustración, quienes sentían que la Cristiandad era simplemente falsa. Él afirmaba que ha podido ser deliberadamente infundida como una religión subversiva (como un arma psicológica subversiva) dentro del Imperio Romano por el apóstol Pablo como una forma de cobrar venganza por la destrucción romana de Jerusalén y el Templo durante la Guerra Judía.
Nietzsche contrasta a los cristianos con Jesús, a quien admiraba de gran modo. Nietzsche argumenta que Jesús transcendió las influencias morales de su tiempo creando su propio sistema de valores. Jesús representaba un paso hacia el Übermensch. Al final, Nietzsche clama sin embargo: en contraste con el suprahombre, quien abraza la vida, Jesús negaba la realeza en favor de su «Reino de Dios». La negación de Jesús para defenderse a sí mismo, y su muerte, eran consecuencias lógicas de su desajuste de sistema de ideas. Nietzsche entonces analizó la historia de la Cristiandad, descubriendo una distorsión progresiva de modo grotesco de las enseñanzas de Jesús. Él critica a los primeros cristianos por convertir a Jesús en un mártir y la vida de Jesús dentro de la historia de la salvación de la humanidad como motivo para dominar a las masas, encontrando a los apóstoles cobardes, vulgares y resentidos. Argumenta que las sucesivas generaciones malentendieron la vida de Jesús, mientras la influencia de la cristiandad crecía. En el siglo XIX, Nietzsche concluye, la cristiandad se ha vuelto tan mundana para hacerse una parodia de sí misma, una total manipulación que ha sufrido desde que murió Cristo. Por eso sentenció, en una de sus frases más conocidas: "El último cristiano murió en la cruz", refiriéndose a que nadie siguió las enseñanzas de Cristo, y que Pedro y los que siguieron con la doctrina cristiana sólo hicieron negocio con la figura de Cristo, por lo tanto, él ha sido el único cristiano (al ser el Cristo).
En su libro llamado El Anticristo, Nietzsche escribe sobre cómo la cristiandad se ha convertido en una ideología establecida por instituciones como la Iglesia, y cómo las iglesias han fallado a la hora de representar la vida de Jesús. Es importante, para él, distinguir entre la religión de la cristiandad y la persona de Jesús. Nietzsche explicó la religión cristiana como si fuera representado por iglesias e instituciones a las que llamaba su «transvaloración» (del alemán Umwertung) de los valores instintivos saludables. Transvaloración es el proceso por el cual el significado de un concepto o ideología puede ser puesto al revés de lo expresado por su etimología. Fue más allá del pensamiento de los agnósticos o ateos de la Ilustración, quienes sentían que la Cristiandad era simplemente falsa. Él afirmaba que ha podido ser deliberadamente infundida como una religión subversiva (como un arma psicológica subversiva) dentro del Imperio Romano por el apóstol Pablo como una forma de cobrar venganza por la destrucción romana de Jerusalén y el Templo durante la Guerra Judía.
Nietzsche contrasta a los cristianos con Jesús, a quien admiraba de gran modo. Nietzsche argumenta que Jesús transcendió las influencias morales de su tiempo creando su propio sistema de valores. Jesús representaba un paso hacia el Übermensch. Al final, Nietzsche clama sin embargo: en contraste con el suprahombre, quien abraza la vida, Jesús negaba la realeza en favor de su «Reino de Dios». La negación de Jesús para defenderse a sí mismo, y su muerte, eran consecuencias lógicas de su desajuste de sistema de ideas. Nietzsche entonces analizó la historia de la Cristiandad, descubriendo una distorsión progresiva de modo grotesco de las enseñanzas de Jesús. Él critica a los primeros cristianos por convertir a Jesús en un mártir y la vida de Jesús dentro de la historia de la salvación de la humanidad como motivo para dominar a las masas, encontrando a los apóstoles cobardes, vulgares y resentidos. Argumenta que las sucesivas generaciones malentendieron la vida de Jesús, mientras la influencia de la cristiandad crecía. En el siglo XIX, Nietzsche concluye, la cristiandad se ha vuelto tan mundana para hacerse una parodia de sí misma, una total manipulación que ha sufrido desde que murió Cristo. Por eso sentenció, en una de sus frases más conocidas: "El último cristiano murió en la cruz", refiriéndose a que nadie siguió las enseñanzas de Cristo, y que Pedro y los que siguieron con la doctrina cristiana sólo hicieron negocio con la figura de Cristo, por lo tanto, él ha sido el único cristiano (al ser el Cristo).
La razón, el conocimiento y la verdad
Nietzsche llevó a cabo una profunda crítica del “racionalismo occidental” en tanto se sustenta en una pura “fe en la Razón” de carácter ilusorio y fantasioso. Este “racionalismo” nace con Platón pero desde este núcleo irradiante se expande por todos los rincones de la civilización de occidente; cabe citar, a título de ejemplo, a autores modernos como Descartes, Kant o Hegel: todos ellos, en la estela del platonismo y del cristianismo, creen que el progreso de la Razón es idéntico al progreso de la Historia Universal, al término del cual lo real será por fin enteramente racional, y así, toda falsedad, maldad y fealdad serán desterradas para siempre una vez se impongan definitiva y completamente los Supremos Valores de la Verdad, el Bien y la Belleza.
Pero, afirma Nietzsche, esta ingenua fe en la Razón está alentada por un optimismo injustificado. Vayamos con el ejemplo del conocimiento de la verdad para comprobar los estragos del racionalismo predominante en occidente. La fe en la Razón induce la creencia exagerada de que todo es completa y exhaustivamente cognoscible: todo puede ser perfectamente explicado, calculado, previsto, controlado (por ejemplo, introduciéndolo en una cadena determinista de causas y efectos). ¿Por qué se supone algo así respecto al conocimiento y su búsqueda de la verdad? Porque -eso se cree- hay un Orden fijo e inmutable en el mundo y la Razón -a través del conocimiento conceptual del reino ideal de las esencias- puede reflejar sin distorsión alguna, como en un pulido espejo, el conjunto estable de sus leyes eternas. Pero esta convicción en la absoluta “racionalidad” del conocimiento del mundo es, como se ha señalado, exagerada. El mundo puede ser conocido parcialmente, sin duda, pero es también siempre un enigma y un misterio. Y no hay ningún fundamento -sea la Idea platónica, el Dios cristiano o el Sujeto kantiano- que asegure de antemano -por mucha fe que se ponga en creer algo así- que todo es absolutamente inteligible y perfectamente cognoscible (con el desarrollo del conocimiento lo que va cambiando son los límites entre lo que sabemos y lo que ignoramos, pero nada garantiza que alguna vez pueda alcanzarse una sistemática “teoría del todo”).
En definitiva, Nietzsche sostiene que la desmesura del racionalismo alentada por Platón ha fracasado tanto en la ciencia, como en la moral o el arte. La irrupción del nihilismo -el fenómeno histórico que define nuestro mundo en crisis- es una prueba palpable de este fracaso. ¿Por qué ha fracasado esta Razón y la fe en la que se asienta? Porque ha tratado de imponer a toda costa unos ideales excesivos que cuando se revelan inalcanzables conducen a un nihilismo del que, a pesar de que no sea una situación enteramente deseable, se puede extraer una lección positiva: una vez se pierde la fe en esta Razón ilusoriamente idealizada, una vez se constata en medio del nihilismo que “el sueño de la Razón produce monstruos”, surge el reto de buscar una idea de razón más moderada y prudente y menos engreída y fanfarrona.
Una vertiente de la renovación del concepto de “razón” por parte de Nietzsche -una vez asumido a partir de la irrupción del nihilismo que ésta no remite a un Fundamento ni habita en un ideal Mundo Verdadero- pasa por proponer una teoría del conocimiento y, con ella, una nueva definición de la verdad. Solo así la endiosada “razón” bajará del Cielo etéreo de las puras Ideas y se mezclará por fin con el barro de la vida terrenal.
En su propuesta Nietzsche se acerca y, a la vez, se aleja de lo expuesto por Kant. Acepta de éste que el conocimiento no es un puro reflejo en un espejo de una realidad absoluta definida de antemano: el conocimiento de la verdad de los fenómenos es un “producto humano”. Pero lo que Nietzsche rechaza es la tesis kantiana de que el conocimiento es la creación de un puro y ahistórico Sujeto racional. En la “producción humana del conocimiento” -en general en cualquier creación de valores en los que cuaja y cristaliza un mundo cultural concreto- intervienen tanto factores “racionales” -por ejemplo, los “conceptos”- como elementos sensoriales y pasionales. El conocimiento, por lo tanto, y es la tesis principal de Nietzsche, reposa en la “voluntad de poder” (ésta es el núcleo de la vida en tanto busca espontáneamente incrementar o aumentar su capacidad de actuar).
Una de las distintas implicaciones de la tesis de que la fuente del conocimiento es la voluntad de poder inherente a la vida terrenal es la siguiente: es habitual -un tópico del sentido común- que la ciencia se rodee de una atmósfera de neutralidad y asepsia. Pero esto, sostiene Nietzsche, es ilusorio, engañoso, propagandístico: una mera cortina de humo. La ciencia es una empresa atravesada siempre por distintos tipos de intereses, y unos son, por otra parte, más nobles que otros; por ejemplo: muchas veces la ciencia cuanto está volcada exclusivamente en propósitos técnicos (la “tecnociencia” como se la suele llamar) se mueve solo por una finalidad económica (como la química farmacéutica o la industria militar, la fabricación de transgénicos, etc.); dicho gráficamente: lo que apunta Nietzsche es que en vez de vestir con impolutas batas blancas sería menos engañoso que los científicos vistiesen con monos de trabajo llenos de lamparones y, a veces, con sus correspondientes manchas de sangre. Sucede, en definitiva, que el conocimiento no es ajeno al controvertido y complicado territorio en el que pugnan los valores y los intereses; ¿por qué? Porque la raíz del conocimiento está en la voluntad de poder de la vida.
La teoría del conocimiento propuesta por Nietzsche puede definirse, resumiendo su planteamiento en una única expresión, como un “perspectivismo de la interpretación”. Veamos con brevedad en qué consiste.
El conocimiento solo alcanza el mundo -la realidad, los fenómenos- desde una perspectiva; y los puntos de vista son, por definición, parciales, plurales, cambiantes. Cada perspectiva -cada individuo embarcado en la búsqueda de la verdad del conocimiento en tanto espoleado por la voluntad de poder que encarna su cuerpo- converge con otras perspectivas en ciertos aspectos y diverge de otras en otros. Esta concepción perspectivista del conocimiento excluye la hipótesis tradicional de que hay -o que debe haber- una única perspectiva privilegiada que capta sin más el conjunto de un modo perfecto y completo; esta idea se encuentra, por ejemplo, en la tesis de la omnisciencia de Dios: ahora bien, si no hay un único y fijo Mundo Verdadero -apunta Nietzsche- tampoco cabe propiamente algo así como una Perspectiva Única que lo abarque todo desde su atalaya. En tanto las múltiples perspectivas no se ajustan enteramente entre sí hay aquí un conflicto o una discrepancia que debe dirimirse en cada ocasión y circunstancia cognoscitiva. Entre las distintas perspectivas -precisamente porque unas buscan “imponerse” sobre las otras pues cada individuo pretende que su opinión es la acertada- caben negociaciones y acuerdos -aunque estos son provisionales, volátiles, fluidos, inestables: la dinámica del conocimiento es imparable y solo se detiene momentáneamente, mientras los consensos no salten por los aires en base al inevitable pluralismo de las perspectivas desde las que se capta el mundo.
El conocimiento, además de moverse por el mar más o menos calmado o tormentoso de la multiplicidad de las perspectivas, es, afirma este autor, enteramente “interpretativo”. ¿Qué es, básicamente, “interpretar”? Nietzsche llama “interpretación” a la imposición de un orden -una regularidad, una legalidad- al caos, es decir al fluido devenir del mundo. Interpretando los seres humanos moldean un material amorfo desde una forma en la que ese material recibe una organización interna estable de la que inicialmente carecía. El proceso interpretativo del conocimiento despunta a partir de la voluntad de poder propia de la vida terrenal: un orden “constante y permanente” se imprime en el caos porque vivir en el puro desorden es imposible (una vida así sería insoportable). ¿Cómo se interpreta? Se interpreta gracias a los conceptos del lenguaje, a las imágenes, a los modelos estilizados (por ejemplo, cuando se acude al “modeló atómico de la materia) y a otros recursos de esta índole; con su auxilio de un modo siempre parcial y precario se domestica el caótico devenir del mundo. Insiste Nietzsche en que el orden interpretativo alcanzado provisionalmente por el conocimiento no debe olvidar nunca que por debajo de él, de un modo latente y acechante, está precisamente el caos, el desorden (cuando olvida esto cae fácilmente en la ilusión de creer que solo hay un orden verdadero fijado de una vez por todas y para siempre, como le sucedió a Platón y toda la tradición que de él depende). Así pues, no hay que olvidar que el caos es el punto de partida del conocimiento: el orden sale del caos y a él retorna una y otra vez, eternamente.
Esta teoría del conocimiento -este “perspectivismo interpretativo”- incluye también una peculiar definición de la “verdad”. La verdad ya no es ni absoluta ni definitiva, tampoco es en sentido estricto necesaria o universal. ¿Qué es entonces la verdad en la que desemboca y culmina el proceso del conocimiento? La verdad es ante todo un valor vital; es decir: la verdad tiene que estar al servicio de la vida, favoreciendo su crecimiento y expansión, esto es, la verdad no solo es una detención del empuje de la voluntad de poder de la vida terrenal, tiene que, además, estimularla, impulsarla, intensificarla, ampliar su radio de acción.
Falta aún responder con más detalle a la pregunta ¿quién interpreta el mundo? En este punto Nietzsche coincide inicialmente con Kant: las interpretaciones son creaciones humanas. Pero profundizar en esta idea es el propósito del último apartado del tema.
El sujeto: ¿unidad y pluralidad?
El conocimiento -y con él el conjunto de campos de la cultura (la moral, el arte, etc.)- es una interpretación de los fenómenos producida por los seres humanos. Por lo tanto, Nietzsche acepta la crítica kantiana de la teoría realista del conocimiento y se decanta entonces hacia una peculiar versión de la tesis idealista basada en el modelo “sujeto → objeto”. Ahora bien, Nietzsche rechaza la tesis de Kant según la cual tiene que haber un Sujeto (“transcendental”) del conocimiento, un Sujeto racional, único, ahistórico y abstracto que garantiza la “objetividad” -la validez necesaria y universal- de los conocimientos producidos.
¿Quién interpreta, entonces, si no es el hombre universal, el Sujeto único de la razón? Interpretan los múltiples individuos; ellos son los que producen o crean las interpretaciones en las que el caos inicial resulta provisionalmente ordenado, estabilizado, detenido. Nietzsche resalta -volviendo así más complejo el panorama del conocimiento- que los individuos carecen de unidad en un doble sentido: a) hacia fuera porque los individuos son siempre una multiplicidad (nos topamos aquí otra vez con el aspecto perspectivista del conocimiento que ya hemos comentado), b) hacia dentro porque cada individuo encierra dentro de sí mismo una peculiar pluralidad (ningún ser humano concreto y particular es, por así decirlo, “de una pieza”: cada yo es una específica superposición de “máscaras” que van aflorando según las ocasiones y las circunstancias).
Por otro lado, Nietzsche discute con detalle la tesis de Descartes en la que se afirma que lo principal y superior en el hombre es la “conciencia” (o la “autoconciencia”: la conciencia de sí mismo alcanzada en la reflexión). En los seres humanos hay, desde luego, una parte consciente, pero hay también una parte inconsciente que en modo alguno es secundaria o irrelevante (en este punto Nietzsche coincide con la propuesta de Freud y el psicoanálisis).
Mencionaremos por último un controvertido concepto de Nietzsche, el concepto de “superhombre”. Con él se refiere a los seres humanos que han escapado del nihilismo atravesándolo, es decir, aceptando los elementos positivos implicados en la muerte de Dios (por ejemplo, la definitiva ausencia de Absolutos, de Valores Supremos, de puntos de referencia únicos, etc.). Nietzsche acude a este término para enfatizar que este ser humano está “más allá” del hombre agotado, candado, inapetente y aturdido que vive inmerso y desorientado en el vértigo del nihilismo que marca la crisis del mundo moderno. Asumiendo el nihilismo -pero dejando atrás su elemento negativo (ese que postula que “nada vale nada” o que “todo vale por igual”)- el “superhombre” se lanza con ímpetu y energía a la estimulante tarea cultural de la creación de valores en la ciencia, la moral o el arte, partiendo, por otro lado, de las directrices y el aliento de un “vitalismo trágico” (en el que van entretejidas la voluntad de poder y el eterno retorno). El “superhombre”, en definitiva, es el hombre del futuro, pues esta figura de la humanidad aún está por llegar y concretarse; y es que, sostiene Nietzsche, aún estamos en medio de un complejo y peligroso proceso -la irrupción del nihilismo entendido como la crisis interna al mundo moderno- que apenas acaba de comenzar y cuyos estragos están todavía que llegar. Por lo tanto, la respuesta a la pregunta de si alguna vez el nihilismo será “superado” no está escrita: es el reto de futuro que desafía a nuestro mundo.
NIETZSCHE Y LA ÉTICA
Nietzsche aborda la ética desde diferentes perspectivas. En términos de hoy en día, podemos decir que sus obras tocan los ámbitos de la metaética, la ética normativa, y la ética descriptiva.
En lo referente a la metaética, Nietzsche puede ser clasificado quizá como un escéptico moral. Esto es en la medida en que afirma que todas las sentencias éticas son falsas, porque cualquier tipo de correspondencia entre sentencias morales y hechos es ilusoria y mendaz. Esta afirmación forma parte de aquella otra más general según la cual no existe una verdad universal, pues ninguna corresponde a la realidad más que de una forma aparente. En realidad, las afirmaciones éticas, como todas las afirmaciones, son meras interpretaciones como mínimo siempre parciales sobrepuestas a la realidad, fundamentalmente ininterpretable.
A veces, Nietzsche puede parecer tener opiniones muy definidas en lo que es moral e inmoral. Hay que notar, no obstante, que las opiniones morales de Nietzsche se pueden explicar sin atribuirle la afirmación de que son ciertas. Según Nietzsche, no necesitamos descartar una afirmación simplemente porque sea falsa. Al contrario, a menudo afirma que la falsedad es esencial para la vida. Curiosamente, en sus discusiones figuradas con Wagner en El caso Wagner menciona la mentira deshonesta, como opuesta a la mentira honesta. Posteriormente menciona a Platón como referente sobre ésta última. Esto debería dar una idea de los múltiples niveles interpretativos, a menudo aparentemente paradójicos si no se toman las debidas cautelas hermenéuticas, de su trabajo.
En la disyuntiva entre ética normativa y ética descriptiva distingue entre la moral de señor y la moral de esclavo. Aunque reconoce que es muy difícil encontrar un ejemplo real de alguien que mantenga una u otra moral pura sin algún tipo de yuxtaposición (de hecho era consciente de estar haciendo historia al vislumbrar «genealógicamente» esta distinción), las presenta, a lo largo de la historia y actualmente en tanto que pulsiones humanas atemporales, una en contraste de la otra. Algunos de estos contrastes de una moral frente a la otra son:
- Interpretación de lo «bueno» y lo «malo» en oposición a la interpretación de lo «bondadoso» y lo «malvado».
- Moral de la aristocracia frente a la moral del rebaño, de los esclavos, los oprimidos, los rencorosos por constitución.
- Determinación de valores independientemente de fundamentos predeterminados (Naturaleza) por oposición a valores establecidos sobre fundamentos determinados previamente y no discutidos (dogma).
También es conocido como hemos dicho por su frase Dios ha muerto, mientras en la creencia popular se cree que es Nietzsche de donde procede esta frase, es puesta en verdad en boca de un personaje, un hombre loco, en La gaya ciencia. Fue más adelante dicha por el Zaratustra de Nietzsche. Estas frases malinterpretadas no proclaman una muerte física, sino un final natural a la creencia de dios. Está altamente malentendido como una declaración de regocijo, cuando es descrito como un lamento trágico por el personaje de Zaratustra.
Dios ha muerto es más una observación que una declaración. Nietzsche no dio argumentos para el ateísmo, sino meramente observó que, para todos los efectos prácticos, sus contemporáneos vivían como si Dios estuviera muerto. Nietzsche creía que esta muerte minaba los fundamentos de la moral y que acabaría por desembocar en el más completo nihilismo y relativismo moral. Para evitar esto, él creía en la revaluación de los fundamentos de la moral para comprender mejor los motivos y orígenes subyacentes de los primeros. De esta manera los individuos podrían decidir por sí mismos si un valor moral es obsoleto o está desviado por imposiciones culturales o quieren realmente tomar ese valor como cierto.
NIETZSCHE Y LA POLÍTICA
Mientras un aire político fue fácil de ver en los escritos de Nietzsche, su trabajo no está de ningún modo pensado para ser un panfleto político. La influencia que Nietzsche ejerció sobre la política de la "nueva derecha" fue realmente extensa. Afirmó que el poder de un sistema es signo de falta de integridad, no propuso un sistema de gobierno específico como solución, y nunca se vinculó a sí mismo con movimientos de masas, organizaciones sociales o partidos políticos. En este sentido, Nietzsche casi podría ser llamado un pensador anti-político. Walter Kaufmann enfatiza la visión de que el poderoso individualismo expresado en sus escritos sería desastroso si se practicara en las bases reales de los políticos. Escritores posteriores, guiados por la izquierda intelectual francesa, han propuesto maneras de usar la teoría nietzscheana en lo que se ha llegado a conocer como las políticas de diferencias, en especial formulando teorías sobre resistencia política y sobre diferencias sexuales y morales.
Revisando ampliamente los escritos de Kauffmann y otros, el espectro del nazismo ha sido hoy en día casi extinto de sus escritos. Nietzsche a menudo se refería como «el rebaño» a los participantes de los movimientos de masas que comparten una psicología común de la masa. Valoraba el individualismo y el lenguaje como obra común que nos construye, y era en especial opuesto a la pena y el altruismo, pero consideraba sus obras como regalos a la humanidad (una de las cosas que más detestaba de la cristiandad era su énfasis en la piedad y como esto supuestamente elevaba a los de mente débil). Despreciaba al Estado moderno, Nietzsche también habló negativamente de demócratas y socialistas y dejó claro que sólo ciertos individuos podían romper la moral del rebaño. Pero son sus propias palabras las que deberían alejar cualquier sospecha de simpatía con el nazismo:
"Nosotros no amamos a la humanidad, pero también estarnos muy lejos de ser lo bastante alemanes (en el sentido en que hoy se emplea la palabra) para convertirnos en voceros del nacionalismo y de los odios de razas, para regocijamos con las aversiones y el modo de hacerse mala sangre los pueblos, a que se debe que en Europa se atrincheren unos contra otros cual si quisieran separarse con cuarentenas. [...] Nosotros, los sin patria, somos demasiado variados, demasiado mezclados de razas y de origen para ser hombres modernos, y por consiguiente, nos sentimos muy poco inclinados a participar en esa mentida admiración de sí mismas que hoy practican las razas y en ese descaro con que hoy se ostenta en Alemania, a modo de escarapela, el fanatismo germánico, ... " La gaya ciencia, § 377
Al pueblo se refería como "perro de fuego". En Zaratustra desarrolla esta idea como fuerzas dinámicas de las que hay que tomar partido en el desarrollo histórico. El perro de fuego representa los ideales populares por diferenciarse de otros pueblos. En "De viejas y nuevas tablas" desarrolla también la idea de cómo ciertos valores morales acaban por ser institucionalizados en normas de domesticación y a eso llaman nacionalismo... ¡domesticar a favor del estado al perro de fuego que cometió esos desmembramientos de cabeza y dio su apoyo popular a Napoleón! Sólo el individuo alienado de las masas puede comprender su situación con respecto al resto.
NIETZSCHE Y LAS MUJERES
Los comentarios de Nietzsche sobre las mujeres han provocado una gran polémica. El hecho de que Nietzsche también ridiculizara a los hombres y a la masculinidad no le salva de la carga del sexismo. Sin embargo, las mujeres con las que tuvo contacto dijeron que era admirable y que trataba sus ideas y consideraciones con más respeto del esperado en un hombre educado en ese período. Muchos comentarios de Nietzsche sobre las mujeres y los hombres deberían ser leídos a la luz de su revaluación de la moral y de su deseo de evolución del individualismo. Además, algunas de sus afirmaciones sobre las mujeres parecían prefigurar la crítica del post-feminismo contra las versiones primerizas del feminismo, particularmente aquellas que afirman que el feminismo ortodoxo discrimina a las propias mujeres en función de su posición social privilegiada. En este contexto, el pensamiento de Nietzsche ha sido relacionado con el opúsculo de Schopenhauer «Sobre las mujeres» , habiendo sido muy probablemente influenciado por él en algún grado.
La visión de Nietzsche de la mujer no se centra en el papel de madre en potencia sino en la participación de la mujer en la construcción por su propio destino, definir la identidad de las mujeres le compete a las propias mujeres y no a los hombres. Tal vez por eso no quiso explicar su concepto de mujer. Deja a su esperanza decir «¡Quizá tendré al suprahombre en mis entrañas!» («Las jóvenes y las viejas» de Así Habló Zaratustra, libro I, sec. 18).

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