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lunes, 3 de septiembre de 2012

LA ÚLTIMA BATALLA

 La tierra empezaba a teñirse de un color púrpura mientras la sangre manaba de miles de muertos y heridos en el campo de batalla. La melodía de los pájaros y los árboles era interrumpida de vez en cuando con algún disparo de algún mosquetón o con el aterrador rugido de un cañón destrozando las fortificaciones, haciendo volar astillas y derruiendo las paredes de piedra que protegían a los soldados y al campamento.
El comandante Luis García se hallaba combatiendo espada en mano con un mercenario tudesco al pie de la puerta del campamento. Blandió su espada intentando buscar un hueco en la armadura de su enemigo. Por fin lo encontró y consiguió atravesarlo.
La sangre del mercenario empezó a manar abundantemente mientras sus ojos se volvían blancos. Exhalando un último suspiro, el cuerpo inerte del mercenario cayó al suelo para no levantarse más.
una voz ronca le devolvió a la realidad.
- Comandante- gritó la enfurecida y ronca voz del cabo Fernández- ¡Nos atacan por el flanco oeste!
- Pérez- ordenó la voz autoritaria del comandante García- Casi no nos queda munición. Vaya al polvorín a por más armas.
- Como ordene, mi comandante- respondió Pérez, y salió corriendo en dirección del polvorín.
- Comandante, comandante- rugió la voz de un soldado tuerto y cubierto de sangre- Han tomado nuestras bases periféricas. Los civiles han huido a las montañas. Estamos completamente rodeados.
- !Resistiremos¡ En peores situaciones hemos estado.
La caballería enemiga cabalga veloz, cortando los caminos y cercando cada vez más la fortaleza. Los caballos golpeaban sin piedad a los sitiados, rompiendo cabezas con sus cascos y avanzando con dificultad entre los charcos de sangre y los muertos yacientes en el campo de batalla. Los cañones  del enemigo hacían retumbar el suelo en cada disparo, destruyendo las defensas y a la infantería con cada proyectil, mientras
los arcabuceros enemigos disparaban sin cesar, turnándose para acabar con la resistencia, realizando una campaña de desgaste de las fuerzas de la fortaleza.
Los morteros destruían las murallas de roca, creando flancos por donde podían entran y asaltar la fortaleza. Las tropas enemigas comenzaron a penetrar por las hendiduras abiertas y emepezaron a saquear sin piedad, a violar y a eliminar a culaquiera que se les interpusiese en su camino.
En medio de esa orgía de sangre, violaciones y muertes, el comandante  Luis García observó meditadamente la batalla y alzó la vista al cielo. Si tenía que morir, moriría con honor para que Dios los enviase al cielo.
- Pérez – gritó el comandante- Repliéguense hacía el polvorín. ¡ Repliéguense!
- Si, mi comandante- respondió.-¡ Replegaos! ¡Retirada hacía el polvorín!
Las fuerzas del comandante García corrieron apresuradamente, abandonando las armaduras y las armas.
El enemigo atacó con la caballería al ver que intentaban escapar. Veloces caballos montados por sanguinarios caudillos persiguieron a las tropas provocando una gran carnicería.
El comandante García con un puñado de hombres, dispuestos a defenderlo hasta la muerte, miró el cielo. Era un cielo completamente azul, sin ninguna nube, pero tenía la sensación de que Dios no les ayudaría.
Los morteros enemigos destruyeron las pocas defensas que quedaban en pie. El ejército enemigo entró, triunfante, en la fortaleza.
Desvanecida ya toda esperanza de victoria, el comandante salió a su encuentro, espada en mano. Sus hombres dispararon y consiguieron provocar algunas bajas en las filas enemigas, pero éstas les superaban en tres a uno.
Uno a uno, los soldados del comandante cayeron bajo las espadas y arcabuces del enemigo hasta que el comandante se vió solo, rodeado de enemigos.
Estaba paralizado de terror. No podía moverse. Perdió el valor y sintió impulsos de salir corriendo y alejarse de esa carnicería, pero una voluntad mayor que la suya se lo impedía. Cuatro soldados le agarraron de las piernas y los brazos y le ataron a un poste ensangrentado situado delante de la muralla ya derruida y cargaron sus armas.
El comandante miró a los ojos de sus enemigos. Podía ver claramente el rostro frío y dulce de la muerte en cada soldado enemigo. Alzó la vista al cielo y empezó a murmurar miles de oraciones pidiendo perdón por su pecados, rogando ser acogido en el reino de los cielos, arrepintiéndose de todos sus actos impíos y sacrílegos.
Veinticinco proyectiles acertaron de lleno en su pecho, cara y brazos, pero sus voluntad no vaciló. Antes de caer al suelo, aniquilado, dio gracias a Dios por acoger su alma en su seno.
Y cayó sumido en una profunda oscuridad, atravesando muchas barreras hasta hallar la luz

1 comentario:

  1. Estupidez humana la de perder la vida por un terruño, por una ideología ,por un sanguinario placer de lucha, porque en definitiva nada nos pertenece, estamos de inquilinos en un planeta que sucumbe, gracias a esa estupidez.
    Si entiendo el derecho a la revelión, a revolucionar sistemas y luchar por los derechos humanos, los primordiales, el alimento, la vivienda , el trabajo. Pero deberían haber opciones más civilizadas, si es que nos llamamos seres pensantes e inteligentes, lo se, es pura utopía; pero sigo esperanzada en que el mundo algún día mejorará, a costa de mucha sangre, como hasta ahora.

    un saludo

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