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domingo, 14 de febrero de 2016

LA ESPIRAL DEL SILENCIO

Los seres humanos somos seres sociales: necesitamos vivir en sociedad para cubrir nuestras necesidades básicas. El deseo de evitar el aislamiento en la sociedad es un hecho latente que afecta a todos por igual y que determina y explica muchos de los procesos sociales.
La sociedad se sostiene por el consenso y los valores comunes: todo aquel que discrepe  de la ideología dominante sufrirá  la amenaza del aislamiento.  El  individuo que no actúe de acuerdo con esos valores será aislado, se le retira el trato y se le hace el vacío. La amenaza persiste cuando no hay acuerdo sobre los valores, es decir, cuando la sociedad, por una u otra razón, busca nuevas perspectivas y nuevos valores y encuentra muchos.

Existen una serie de personas que, por afinidad al sistema vigente, se encargan de perpetuarlo en el tiempo a través de valores culturales: los líderes de opinión, los escritores, los directores de periódicos, los artistas, los profesores y otros creadores perpetúan la ideología dominante a través de la cultura en el sentido amplio del término.

Esta opinión dominante que ha surgido como consecuencia de los medios de comunicación, de la mediatización de los mensajes y del trasvase de información, que son canales de los cuales procede la estimación, al menos en un primer momento, del clima de opinión. Los medios se constituyen en empresas informativas, las cuales tienen unos intereses propios que ponen, en ocasiones, en boca de los periodistas. Que un individuo se vea apoyado por los medios de comunicación con respecto a un tema en cuestión le hace tender a la elección de la expresión pública, porque en cierto modo se siente respaldado por una gran fuerza y le hace perder ese miedo constante que tenemos al aislamiento, que nos hace evaluar continuamente el clima de opinión.

La sociedad amenaza con la exclusión a quienes se alejan del consenso; de lo moral y supuestamente válido; de lo establecido, que es establecido, a su vez, por ellos mismos y por los medios de comunicación de masas, en contra de cuyos criterios asentados nos cuesta tanto opinar. Ese temor al aislamiento forma parte integrante de todos los procesos de opinión pública. Aquí reside el punto vulnerable del individuo; en esto los grupos sociales pueden castigarlo por no haber sabido adaptarse. Hay un vínculo estrecho entre los conceptos de opinión pública, sanción y castigo.
Maquiavello, en el siglo XVI, es quien se aproxima a la raíz de esta teoría de la espiral del silencio cuando diferenció la política de la moral y anunció que nunca hay que parecer contrario a la opinión que tenga la mayoría: “Todos  ven lo que tú aparentas, pero pocos sienten lo que eres, y estos pocos no se atreven a oponerse a la opinión de la mayoría”.

Este miedo al aislamiento es el que pone en marcha la hipótesis del silencio: “Correr en el pelotón constituye un estado de relativa felicidad; pero si no es posible, porque no se quiere compartir públicamente una convicción aceptada aparentemente de modo universal, al menos se puede permanecer en silencio como segunda mejor opción, para seguir siendo tolerado por los demás”.


En consecuencia, los ciudadanos con opiniones distintas a las de la mayoría se sienten a menudo tentados a mantenerse callados. Su silencio les hace invisibles en la esfera pública, lo que provoca que acaben teniendo la sensación de que su opinión es más marginal de lo que es en realidad. Esto refuerza aún más su temor al rechazo social, creándose así una espiral donde las voces minoritarias van progresivamente enmudeciendo.

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