Una fila interminable de personas desfiló por aquel páramo helado. Envueltos en mantas, la gente huía de la batalla con lo puesto: ropa, utensilios, fotografías, recuerdos.... Sus rostros reflejaban cansancio y tristeza. Llevaban varios días de camino y no había nada de comer. En silencio, los hombres, mujeres y niños caminaban sin volver la vista atrás, siempre adelante. Caminaban cabizbajos, uno tras otro, enmudecidos como sombras. Hacía frío, mucho frío, pero bajo el peso de la mochila llena de municiones, él sudaba. De vez en cuando alguien caía en la nieve y luchaba por levantarse. Y el viento se había calmado. Al principio casi insensible, luego fuerte hasta convertirse en tormenta. El viento de la estepa sin límites. En el frío oscuro nos encontró, pobres criaturas perdidas en la guerra, sacudiéndolos, haciéndolos tropezar. Tuvieron que sujetarse a la manta que nos remendaba la cabeza y los hombros. Pero la nieve entraba por debajo y nos picaba la cara, el cuello, las muñecas como agujas de pino. Caminaban cabizbajos, uno tras otro. Bajo la manta y bajo la bata blanca, él sudaba, pero tenía que detenerse un momento para temblar de frío. Y hacía un frío glacial. La mochila llena de municiones aumentaba de peso a cada paso; parecía, de un momento a otro, que tenía que estrellarse como un abeto joven cargado de nieve.
Anselmo dejó caer su fusil, abatido por el cansancio. Rebuscó en sus bolsillos en busca de su pipa. Necesitaba fumar. Necesitaba algo de calor. Necesitaba olvidar. Pequeños vehículos circulaban a gran velocidad. Muchas veces un oficial iba sentado al lado del chofer y otras en el asiento posterior. Estos coches levantaban más barro que los camiones, y si uno de los oficiales de detrás era pequeño, tan pequeño que sólo se le podía divisar el casco, y estaba sentado entre dos generales y su espalda era estrecha, y si el vehículo corría a toda velocidad, entonces había muchas posibilidades de que fuese el rey. La nieve cortaba el viento, cubrió la tierra y los troncos de los árboles se destacaron muy negros. También cubrió los cañones y pronto se formaron en la nieve pequeños caminos que conducían a las enramadas de detrás de las trincheras.
se moriría. Sí, pero detodas maneras, ¿y si se muriera?... No, no se moriría. Es un mal rato que hay que pasar, esto es todo. . Pero ¿y si se moría?... No puede morirse...los recuerdos se agolpaban en su cabeza: el dolor, las visiones borrosas, las batallas, el olor de la muerte, la sangre seca en el suelo, el barro, la lluvia, el sonido de los obuses, las balas fugaces que traspasaban las trincheras... había escapado innumerables veces de la muerte. Sí, pero no obstante, ¿y si se ésta seguía achechándole? No puede morirse, digo que no hay que ser estúpido. Es un mal rato que se tiene que pasar, esto es todo. Es sencillamente la naturaleza que la molesta. . Sí, pero ¿y si se moría?... No puede morirse... ¿Por qué tendría que morirse?... ¿Qué motivos hay para que se muera? . Pero ¿y si se muriera? No se morirá. Está muy bien. Pero, de todas formas, ¿y si se muriera?.. No puede morirse... Pero ¿y si se muriera? ¿Qué es lo que dirías, eh, si se muriera?
-¡Guillermo!-gritó.
El aludido volvió la cabeza, y sus pensamientos desaparecieron por instante. La realidad le golpeó. Le hizo un gesto con la mano y se acercó. Con una barba rojiza de varios días, le sonrió mostrando una fila de dientes blancos y relucientes. Hacía mucho tiempo que veía a nadie sonreír.
- Me alegro de verte- le saludó Guillermo.-Pensaba que habías caído.
- Tal vez hubiera sido mejor así- respondió Anselmo- Tanto horror, tanta muerte... Ningún hombre se merece tal sufrimiento.
- Lo importante es que estás vivo. Necesitas un trago.
Guillermo sacó de su mochila una botella de coñac. Anselmo tomó un sorbo largo. El coñac le calentó el cuerpo. Notó cómo volvía a fluir la sangre y la vida dentro de su ser. El alcohol aliviaba el mal trago que habían pasado, pero no era suficiente. El dolor, la tristeza, la desesperación... se iban acumulando y convirtiendo en una carga pesada, que hundía las almas y las conciencia. Ese sentimiento amargo iba lentamente royendo sus cuerpos y era más peligroso que el frío del camino.
- ¿Tienes un fósforo?
-Sí. ¿te queda tabaco?. Necesito un cigarro
Anselmo le pasó la petaca. Guillermo se lio un cigarro y lo encendió. Le pasó la lumbre a su compañero mientras las nubes de tabaco inundaban el gélido ambiente. Fumar aliviaba, ayudaba a pasar el frío camino que iba haciendo mella en ellos. El cansancio, la fatiga, el frío, el hambre... iban pasando factura, dificultando el ya peligroso y largo camino. Pero tenían que seguir. No podían quedarse. No podían parar.
- ¿En qué piensas?
- En que hemos perdido. La humanidad está pérdida. Pronto habrá guerra. Millones se quemarán y caerán en las trincheras. Millones perecerán en la enfermedad y la miseria. ¿Es eso lo que nos pasa? Vivimos en un eterno conflicto: Una vida de conflicto sin tiempo para amigos... para que cuando termine, solo nuestros enemigos dejen rosas donde cayeron los suyos. Mientras nosotros caemos en el olvido, abandonados a nuestra suerte, sin saber cómo acabaremos y sin saber si nos recordarán. Vidas violentas, terminando violentamente, cayendo en el olvido y en el polvo.
- No pienses eso. Todavía hay esperanza
-No, la esperanza se ha desvanecido. Ya nos hay dios, nos hay paraíso. no hay nada. Sólo queda el infierno. El infierno está aquí, entre nosotros. Detrás de cada pared, de cada ventana...Es el mundo detrás del mundo. Cada rincón, cada calle, cada casa... es un centro de exterminio privado y particular. La desesperanza reina por las calles. La maldita apatía. Nada destruye más al hombre que la estupidez ignorante y la conformidad. ¿Cómo acabará esto? Algún día volveremos y habrá que seguir viviendo. Y todos querrán saber si luchamos cuerpo a cuerpo. Y seremos como viajeros en un paisaje del pasado...
Veo esa oscuridad fría y vacía que se extiende hasta el infinito y veo que estamos solos. Vivimos nuestras vidas, puesto que no tenemos nada mejor que hacer, pero una vida basada en la supervivencia. Más adelante, ya les buscaremos un sentido. Venimos de la nada; Tenemos hijos, que se encuentran atados a este infierno al igual que nosotros, y volvemos a la nada. No hay nada más. La existencia es algo fortuito. No hay ningún patrón salvo el que imaginamos cuando nos quedamos mirando fijamente durante mucho tiempo. No tiene ningún sentido, salvo el que decidimos imponer. Este mundo que vaga a la deriva no está moldeado por vagas fuerzas metafísicas. No es Dios quien mata a los hombres. Ni es el destino el que los despedaza, ni es la casualidad la que se los da de comer a los perros. Somos nosotros. Sólo nosotros.
-No pierdas la esperanza. En el mundo las cosas están empezando a moverse. Podemos frenarlos antes de que actúen. Luchamos por un mundo mejor y venceremos porque sabemos que tenemos la razón y las ganas para combatir. Bienaventurados aquellos que luchan y sufren porque serán recompensados. Siempre hay que seguir luchando. Ellos han de haber visto lo que ha pasado aquí y deben reaccionar. No pueden cerrar los ojos a lo que les viene encima
- No me vengas con sermones religiosos ahora. ¿Dónde está ese Dios del que tanto hablan? Quizá sea cierto, quizá Dios haya apostado demasiado a los dados y haya perdido el planeta. ¿El mundo ? El mundo cerró los ojos ante lo que estaba pasando aquí, dándonos la espalda: ha preferido arrancarse los ojos antes de toparse con la realidad. El mundo no quiere ver: ha mirado hacia otro lado y ha enmudecido. No quiere saber qué ha pasado aquí. Han callado y han cerrado los ojos mientras la gente era masacrada. Nunca quiere ver... no les importamos lo más mínimo.
- Eres un pesimista. Siempre ves el mundo negro. Todavía queda esperanza.- Esto nunca terminará. El mundo está al borde de la destrucción, cada vez se asoma al precipicio y sueña con arrojarse al vacío y sumergirse en la oscuridad.- murmuró Anselmo-Nunca terminará...
-Vamos- le apremió Guillermo-tenemos que seguir. La caravana se pone en marcha. No debemos quedarnos atrás. Nos queda un largo camino.
Cogiéndole del brazo, Guillermo levantó a Anselmo y le ayudó a caminar. Siguieron a la larga fila de personas que cruzaban las montañas. Las dificultades del camino se agravaban y el destino les aguardaba caprichoso, sin que los viandantes supieran que su suerte no iba a mejorar. Recibidos en silencio por los transeúntes, que los miraban con indiferencia. Recordad, viandantes, que estos que veis ahora deshechos, maltrechos, furiosos, aplanados, hechos un asco, destrozados, son sin embargo —nunca los olvidéis, caminantes y curiosos, no lo olvidéis nunca pase lo que pase— son lo mejor de España.
Llegaba la primavera. Y el fascismo triunfaba en España.
“Podéis arrancar al hombre de su país, pero no podéis arrancar el país del corazón del hombre.”
JOHN DOS PASSOS
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