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viernes, 31 de mayo de 2013

ALGO DUELE EN EL ALMA CUANDO UN SER QUERIDO SE VA



Pedro lloraba. Grandes lágrimas caían como dagas plateadas, rasgando el paisaje desolador y oscuro de su habitación. El dolor era insoportable. Las lágrimas formaban un pequeño charco, iluminado por la tenue luz de la luna que observaba, impotente, el rastro de esa miseria.
Gotas rojas manaban de sus innumerables cortes en sus brazos. Las cicatrices no acaban nunca de desaparecer: las exteriores se pueden cubrir con ropajes, con crema y vendas; mas aquellas otras rasgan el corazón.
Estaba en una gran sala llena de libros. Grandes volúmenes decoraban la habitación. Libros de todo tipo: cuentos, novelas, poesía… pero destacaba uno en particular por sus tapas negras.
Cogió el volumen, lo hojeó. Era una pequeña novela de su padre. Él había muerto hace unos años a causa de un cáncer. Pese a aquella enfermedad, su padre no perdió su aire juvenil y su gran sonrisa.
El recuerdo de su padre muerto le hizo sollozar.
Lanzó con furia aquel tomo que chocó contra la pared. Todo lo aprendido no le había servido para nada. ¿Qué importaban aquellos libros que lo único que hacen es evadirte de la realidad como si fuera una droga?
Se hallaba en la iglesia, solo. El párroco se acercó al ver que sollozaba.
- ¿Qué te pasa, hijo mío?
- Mi padre está muy enfermo- contestó.
- No te preocupes- le consoló el religioso- Después de esta vida hay una vida mejor, donde todos los hombres se dirigen a la casa de Dios, que ha sido quien los ha criado y salvado gracias a su hijo Jesucristo.
- Pero yo no quiero que se muera- dijo, llorando.
- La vida es efímera, pero siempre nos espera un lugar mejor.
¿Un lugar mejor? ¿Qué lugar mejor? Su padre se hallaba metido en una maldita caja de pino, muerto y enterrado. ¿Ese era un lugar mejor? ¡Maldita sea el ser humano que cree tener respuestas para todo¡
Se dirigió a la biblioteca. Descargando su furia, cogió volúmenes de libros, rompiendo las páginas, arrancando encuadernaciones, derribando estanterías… La lectura nunca consuela la pérdida de un familiar.
¿Acaso iba a encontrar consuelo leyendo a Unamuno, a Larra, a Quevedo, a Santa Teresa, a los grandes místicos…? ¡Qué se fuera al carajo! Esos eran los intelectuales, personas que tratan de imponer sus ideas al resto de la humanidad, criticando todo aquello que es contrario a sus dictámenes, creyéndose una especie de salvadores de la humanidad.
Alzó los ojos. La furia se desbordaba de sus órbitas. La pena había sido ahogada, pero de ella había brotado una llama roja de odio, rabia y dolor.
Arrancó con furia las páginas de los libros. Los papeles arrancados formaban grandes montones que, lentamente, iban creciendo más y más.
Cansado de la rabia, del sufrimiento y del dolor, lanzó un grito que resonó en toda la habitación:
Dios, ¿Por qué te has llevado a mi padre?


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