¿POR QUÉ ESCRIBIMOS?

AL NO PODER ACEPTAR QUE SOMOS LIBRES EN JAULAS, NOS MOVEMOS EN MUNDOS DE PALABRAS QUERIENDO SER LIBRES

COMPAÑEROS DE LUCHA EN PLUMA AFILADA

AVISO TODOS LOS TEXTOS ESTÁN REGISTRADOS

Blog bajo licencia Creative Commons

Licencia de Creative Commons

TODOS LOS TEXTOS ESTÁN REGISTRADOS

POEMAS, CUENTOS Y ESCRITOS REVOLUCIONARIOS DE DANIEL FERNÁNDEZ ABELLA is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License. Para utilizar primero y siempre sin ánimo de lucro ha de consultar al autor. Daniel Fernández Abella todos los derechos reservados.

lunes, 2 de abril de 2012

HENRI TOULOUSE-LAUTREC




Henri de Toulouse-Lautrec nació el 24 de noviembre de 1864 en Albi. Era descendiente de los gobernantes de la región albigense de Francia. Su padre, el conde Alphonse de Toulouse-Lautrec-Monfa, era un hombre excéntrico que paseaba sobre una yegua blanca por los caminos de herradura de los parques parisienses, desmontaba, ordeñaba la yegua y luego, impertérrito, apuraba la leche. Vivía en un pasado caprichoso y, con excepción de las carreras de caballos, odiaba al mundo moderno, especialmente al arte moderno.


La niñez de Henri transcurrió entre el castillo de la familia en Albi y una casa que tenían en París, donde asistió al Liceo Condorcet. Aprendía con rapidez, era inteligente y aplicado en sus estudios, ganaba fácilmente la amistad de sus condiscípulos y dibujaba sin descanso. Observaba con delicia caballos y animales y hacía incontables bosquejos de ellos.


Cuando tenía catorce años, Henri resbaló en el pulido piso de la biblioteca del castillo y se rompió una pierna; transcurrió un tiempo inusitadamente largo para que sanara la fractura. Cierto día, cuando ya caminaba penosamente con muletas, salió de paseo con su madre. Resbaló una muleta y cayó en una zanja, rompiéndose la otra pierna. Contaba entonces quince años. Siguieron dos años de invalidez, enfermedad y sufrimientos, al terminar los cuales se vio que las piernas habían dejado de crecer. El resto del cuerpo se desarrolló normalmente, sin embargo, en la edad adulta, el hermoso niño se convirtió en un monstruo de hinchada nariz, labios demasiado gruesos y una boca acentuada bruscamente por la corta y negra barba. Había quedado deforme -su estatura no llegaba a un metro veinticinco centímetros-, y el cuerpo viril montado sobre las delgadas pernezuelas le daba una apariencia ridícula y repulsiva. El padre, defraudado por la monstruosidad de su hijo, dejó el futuro de Henri al cuidado de la bondadosa madre del muchacho, que lo animó a terminar su educación y a entregarse seriamente al estudio del arte. Un amigo recomendó el taller de Bornadt, pero Bonnat, académico engreído, no podía soportar la originalidad y declaró que Lautrec nunca aprendería a dibujar. Tuvo otro maestro, Fernand Cormon, que era un pintor rutinario era de una disciplina tolerante; y en su estudio, Henri, a Van Gogh y a otros jóvenes pintores experimentales.


A los veinte años se trasladó a Montmartre, barrio de París que se encontraba fuera de la ciudad y, además, fuera de la ley, que se distinguía por la mala reputación de sus tabernas y sus lupanares, pero por 1880 los artistas comenzaron a abandonar el Barrio Latino y buscaron las ventajas de Montmartre. Lautrec se convirtió en asiduo concurrente de estas guaridas y salones de baile. El salón preferido de Henri fue el Molin Rouge y pintó a todas las mujeres y personajes que visitaban el local para el que realizó una buena cantidad de carteles publicitarios, aunque no lo atraía tanto la grosera vida nocturna cuanto su colorido, movimiento, animación y alegría, que excitaban su inteligencia de observador sensible a lo diferente. Además, entre los fracasados, los anormales y los extravagantes, podía vivir su personalidad y se mezclaba con la gente de circo y con los jockeys; no se cansaba de hacer bocetos de jinetes, bailarinas, acróbatas, trapecistas. Lautrec, pese a su deformidad, era normal sexualmente, pero solo inspiraba repugnancia a las prostitutas que se llevaba con él. Entre los veinticinco y treinta años Toulouse-Lautrec produjo más de 1.000 dibujos, litografías y pinturas, pero también pintó lienzos de gran profundidad, especialmente, el tierno perfil de su madre y los magníficos retratos de Van Gogh y de Oscar Wilde.

Lautrec había bebido durante muchos años y, aparentemente, el alcohol no dañaba su salud, pero la bebida y otros excesos, le provocaron un colapso en 1899 y fue llevado a sanatorio de Neuilly. Para distraerse en este confinamiento, de memoria, produjo la ahora famosa serie "El circo". Cuando lo dieron de alta, tenía una especie de guardia que lo acompañaba a las cantinas. Le compraba bebidas y su gusto era regresar a la clínica, él completamente sobrio, y su guarda completamente borracho. Sin embargo, a los pocos meses de vivir abstemio, volvió a la bebida con una inusitada fiereza y en el verano de 1901 sufrió un ataque de parálisis. Su madre lo llevó al castillo familiar de Malrome, donde murió el 9 de septiembre.

No había cumplido aún los treinta y siete años de edad.

Lautrec se preocupó, sobre todo, por la dinámica, los movimientos de los seres humanos y de los animales. Apenas se interesó por la literatura y la música; consideraba que la Naturaleza carecía de interés. "Solo existe la figura - afirmaba -, el paisaje no tiene valor y solo debe constituir un elemento secundario: el pintor de paisajes puros, es un idiota. El paisaje debe usarse solamente para dar mayor inteligibidad al carácter de la figura. Mack escribió que Toulouse.Lautrec consiguió elevar el diseño a la altura de las bellas artes. No toleró ninguna distinción, ninguna barrera arbitraria y petulante entre el arte comercial y el arte puro". Alma atormentada y de gran delicadeza, reprimía sus emociones y abominaba del sentimentalismo. No fue un moralista ni un misántropo, sino, un testigo.


Había jurado hablar sin odio y sin temor. Ignoró a la sociedad y analizó al individuo con terrible sangre fría. Examinaba con incesante curiosidad; contemplaba sin reservas la colección de tipos humanos que se le ofrecía en aquellos lugares públicos que no son el cielo ni el infierno. Sus modelos fueron las bailarinas, los beodos, los payasos, los llamados hijos de la vida alegre. Pero no hay alegría -ni siquiera la alegría del color- en su obra. Las bailarinas son graves, los payasos están exhaustos, los beodos son insulsos, las prostitutas son horribles. Mas su perspicacia psicológica es profunda; el creador y el inválido son superados por el realista que se encuentra más allá de la felicidad y de la miseria. El arte de Toulouse-Lautrec es el arte del observador que no rinde un veredicto, sino que ofrece al mundo sus testimonios transparentes, escrupulosamente sinceros, en los que, a pesar de todo, no falta la compasión.















No hay comentarios:

Publicar un comentario