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jueves, 2 de febrero de 2012

EL BÚHO

Paseo por el bosque, sintiendo la suave brisa cargada de aromas de romeo y flores que hacen sentir en mi ser, una sensación de infinita felicidad, de estar en un Edén dorado, donde las fragancias del mundo fluyen de las manos del Altísimo.
Me siento en una piedra, rodeada de musgo y observo un ejemplar de un árbol desconocido de gigantescas proporciones. Su corteza me recuerda a los rostros llenos de arrugas de los ancianos; arrugas que guardan infinita sabiduría y experiencia que manan en forma de palabras y sonrisas buscando mis oídos, prestos para captar cualquier ruido, cualquier palabra que me reconforta y me sumerge en el mar de la imaginación.
El árbol tiene ramas secas, antaño poderosas como los brazos de un gigante. Oigo un ruido. Un batir de alas. Mas no me refiero al amor narrado por Gustavo Adolfo Bécquer, sino a un búho.
Me mira con sus ojos brillantes, con su iris negro en esas pupilas naranjas. Por un instante, siento miedo y retornan en mí historias de brujos, fantasías infantiles, siervos del diablo que, desde sus oscuros refugios, reaparecen en forma animal.
Pasado el miedo, le miro fijamente a los ojos. Se para el tiempo. Impera el silencio. Sólo estamos nosotros: el búho y yo.
Parece que me está estudiando y entabla conmigo un silencioso diálogo, roto por los batir de alas de los demás ejemplares de aves.
Cada vez que le veo, siento más admiración por él. Es el silencioso maestro que escucha, observa y analiza con sus ojos color ámbar al alumno, mi ser, que se sorprende y guarda silencio mientras lo mira.
Miles de preguntas retumban en mi mente, y siento cómo el animal va respondiendo una a una, sin establecer diálogo, pero saciando mi sed de curiosidad.
Pasa el tiempo. Llega el amanecer. El búho ulula y bate las alas, tal vez en busca de un majar que degustar, tal vez en busca de un hueco en el árbol donde refugiarse… No lo sé.
Mi imaginación se desborda como un río cargado por las lluvias; pero dejo paso a la razón y lo analizo, poco a poco, pluma a pluma.
El búho se interna en el interior del bosque, donde la oscuridad predomina entre la espesura de los árboles y las barbas de plata de un riachuelo.
Con él se van mis dudas y mis pensamientos. ¿A dónde? No lo sé. ¿Volveré a verlo? Lo desconozco. Pero, siempre perdurará en mis recuerdos la imagen de este ser de la naturaleza que me sorprende y me causa respeto al mismo tiempo.

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