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martes, 15 de noviembre de 2011

LA GUERRILLA

Amanecía. Los rayos del sol lamían lentamente las piedras que salpicaban las faldas de las montañas, despertando al viento que soplaba, juguetón, creando una suave brisa que agitaba el césped y las hojas de los árboles, elaborando una armonía natural de paz y tranquilidad.
Pero, a pesar de la atmósfera reinante, la realidad distaba de ser tranquila. Al contrario, entre las matas de los árboles del territorio, camuflados entre el verde espesor del bosque, había un grupo de personas armadas. Algunos eran campesinos que habían abandonado sus tierras y se dedicaban al pillaje; otros eran vagabundos; otros, ladrones, fugitivos de la justicia.
Eran una mezcla variopinta de razas: había gente de piel tostada por el sol del sur, curtida por el trabajo como jornalero, gente de tez pálida, e incluso, negros de las regiones más meridionales. Todos eran nadie y uno al mismo tiempo.
Eran la Guerrilla.
Desterrados de su Patria natal, abandonados a su suerte tras años de fidelidad distintas banderas, a distintos señores… alejados de la familia, del hogar, de un fuego acogedor, de un pan diario y de una bolsa de monedas.
Todos portaban un distintivo: llevaban boinas negras con una estrella roja y llevaban cosidos una bandera con una estrella roja en las chaquetas.

Cantaban una alegre melodía que se camuflaba con el viento, traspasando montes y ciudades.
Así decía la canción:

Somos desterrados
Por nuestra patria
Caímos en desgracia
Pero nos hemos levantado
No seguimos ya la antigua bandera;
Seguimos al pueblo
Al que volvemos
En esta nueva era
Sirvámosle con honor
Sin distinguir
Raza, credo o color
Pues hay una meta final:
La igualdad
Mediante revolución
La sintonía calentaba el ánimo y la sangre de aquellos que luchaban por sus ideales. La melodía se fundía con el viento, llegando al corazón del guerrillero, proporcionándole calor y vida par seguir en combate, creando una ola que seguía creciendo y no pararía nunca.

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