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domingo, 27 de noviembre de 2011

CARTA A UN CAMARADA

Querido camarada:
Te escribo desde un rincón oculto de Madrid para informarte de nuestra situación: Hace ya tiempo que realizamos una manifestación donde recalcamos nuestro compromiso social y político con estas tierras que algunos llaman España y las apropian como suyas, negando al pueblo la historia de dichos pueblos que la transformaron en lo que ahora es. Pecaré de trotskista al denominarlo como pueblos, pero esa es la realidad: no existió un pueblo español, así como existió un pueblo franco, o unos pueblos anglos y sajones, que forman la actual Inglaterra. Debemos referirnos, pues, a nuestra historia colectiva para explicar nuestras ideas revolucionarias.
España ha sido, y es, un país anclado en sus tradiciones más antiguas. Todavía algunos se creen que somos el ombligo del mundo, posición que perdimos tras la batalla de Rocroi en 1643, cediéndoles el puesto a nuestros vecinos franceses. El imperialismo reinante en la sociedad, mezclándose con la xenofobia hacia todo aquello que suponga cambios en los pueblos de esta región de tierra, es concebido como una espada que pretende desvertebrar la llamada nación. Un derecho alcanzado en 1948, con la firma de la Declaración de Derechos Humanos, fue el derecho de los pueblos a decidir sus futuro en el mundo próximo, y, a pesar de que somos comunistas y nos declaramos herederos de las doctrinas de Marx y de Engels, no debemos olvidar que el ser humano es un ser cambiante, dúctil, moldeable… que debe adaptarse a nuevos tiempos y nuevas situaciones. Stalin y Trotsky son ideales del siglo pasado, pero las ideas marxistas de cambio e igualdad siguen vigentes en las futuras generaciones, porque una revolución siempre es permanente, sino tiende a convertirse en una forma más de gobierno despótico y dictatorial que beneficia a una sola clase, perjudicando al pueblo.
Nuestro compromiso, afirmo, es la unión de las diversas doctrinas revolucionarias mediante una vía política y social, como medio de cambio: no nos sirve de nada realizar revueltas callejeras en Euskadi para alcanzar la independencia, por ejemplo, no hace sino alejarnos de la sociedad que nos llama vándalos y somos perseguidos por un estado que trata de mantener el orden y la armonía entre sus ciudadanos. Fijemos en los ejemplos de Alemania Y Francia, donde la acción sindical unida al apoyo de las clases trabajadoras, pequeño burguesas de tintes progresistas, los partidos de izquierdas y movimientos sociales alternativos nos dan un claro esquema de que juntos podemos cambiar el mundo si nos organizamos y nos unimos bajo una nueva bandera, siempre roja: la bandera del llamado socialismo del siglo XXI.
No sobrarán palabras déspotas y comentarios burlescos, unidos a una campaña de represión y desprestigio por parte de las clases dirigentes, pues si algo se aprende de la historia es que aquel o aquellos que consiguen el poder no quieren compartirlo pues forma parte de nuestra naturaleza humana, el gen egoísta.
Pero albergaremos la esperanza de una evolución de la raza humana, aunque, en algunos casos, parecemos retroceder al medievo.
Sin más, un saludo revolucionario.
Socialismo o barbarie, que diría la camarada Luxemburgo y, al que añadiremos la frase de Marx de que el fantasma del comunismo recorre Europa y hace temblar los cimientos del mundo entero.

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