Durante esta década, las dos superpotencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética, rompieron su alianza durante la guerra y se enemistaron convirtiéndose en líderes de dos bloques: el bloque Occidental (occidental-capitalista) liderado por Estados Unidos, y el bloque del Este (oriental-comunista) liderado por la Unión Soviética y el mundo vio formarse lo que se conoció como Guerra Fría.
La globalización de la Guerra Fría: la primera crisis periférica en Corea
La proclamación de la República Popular China obligó a Truman a extender a Asia la política de contención del comunismo. La percepción de amenaza para EE.UU. se reflejó en el NSC-68, documento sobre seguridad redactado en 1950 en el Consejo de Seguridad Nacional que asumía que la URSS tenía aspiraciones de dominio mundial y trataría de fomentar conflictos en cualquier parte. EE.UU., para neutralizar ese peligro, afrontó un costoso programa e interpretó la Guerra Fría como guerra real en la que estaba en juego la civilización occidental.
En este clima estalló el conflicto de Corea (1950-1953). Liberada en 1945 por los aliados, quedó dividida en dos zonas (soviética y norteamericana) por el paralelo 38º. EE.UU. llevó la cuestión a la ONU y se decidió celebrar elecciones en ambas, aunque sólo se realizaron en el Sur. En 1948, retiradas las fuerzas de ocupación, había al norte un estado comunista apoyado por Moscú, muy militarizado, con Kim Il Sung y, en el sur, un régimen poco democrático de Sygman Rhee protegido por EEUU. Kim Il Sung, en junio de 1950, con conocimiento de China y URSS, trató de unificar. Ocupó buena parte del territorio surcoreano. Washington promovió la intervención de la ONU y pudo enviar tropas bajo su cobertura con otros 19 países. Stalin no quiso ejercer su veto porque deseaba que EE.UU. se enredara en una guerra con China para debilitar su prestigio y distraer su atención de otros frentes. Desde septiembre de 1950, el general MacArthur dirigió una contraofensiva que logró traspasar la frontera,pero hubo una rápida respuesta militar de China y los contingentes de EE.UU.-ONU retrocedieron. El frente se estabilizó en noviembre de 1951 cerca de la frontera, sin embargo la guerra siguió y el número de bajas no cesó. En julio de 1953, tras 2 millones de muertos, se cerró un acuerdo que no alteraba la frontera de 1950.
La crisis de Corea intensificó la atmósfera de miedo originando una radicalización ideológica. En la URSS se vivió de nuevo la cara dura del estalinismo. Stalin aceleró desde 1952 el programa de construcción del socialismo en Alemania Oriental buscando una especie de baluarte para la guerra con Occidente. En EE.UU., el comunismo se convirtió en el enemigo. El ambiente de temor y sospecha dio lugar al llamado McCartismo, por el nombre del senador que lo promovió. Entre 1950 y 1954, a partir de casos reales de espionaje se desató una verdadera persecución judicial contra los sospechosos de militancia comunista.
La vertiente cultural y propagandística de la Guerra Fría cobró más importancia porque las cuestiones de seguridad eran inseparables del conflicto ideológico. Dos estilos de vida: capitalismo democrático y comunismo combatían, sobre todo en Europa occidental. URSS tenía ventaja al disponer de aparatos de propaganda más eficaces que venían trabajando desde hacía décadas. Además, contaba con la simpatía de la intelectualidad y la nueva clase política europea. La propaganda anticomunista estaba desprestigiada por su uso por los fascismos y autoritarismos de preguerra. De ahí el éxito de iniciativas soviéticas como el Movimiento por la Paz Internacional, creado en 1948, que difundió una imagen positiva de las posiciones soviéticas, pacifistas, frente al militarismo e imperialismo norteamericanos. El Llamamiento de Estocolmo (1950) contra las armas nucleares fue su campaña más exitosa y tras la muerte de Stalin, la URSS pudo aprovechar las declaraciones de sus sucesores a favor de la distensión. La respuesta anticomunista tomó cuerpo con el Congreso para la Libertad Cultural (Berlín 1950), financiado por la Fundación Ford y la CIA. EE.UU. puso en marcha programas y organismos para mejorar su imagen y la de sus objetivos de política exterior: el programa Fulbright, la USIA (Agencia de Información de EE.UU.), las Casas de América, Radio Europa Libre… A su favor tuvo la influencia de la cultura norteamericana y la creciente americanización de Europa Occidental; en contra, las suspicacias en torno a las bases militares estadounidenses en muchos países, más el antiamericanismo tradicional contra una cultura estimada mediocre y de masas y un nacionalismo que los percibía como amenaza.
La Guerra de Corea también repercutió en la planificación militar de EE.UU. Las polémicas directrices del NSC-68 fueron aceptadas en 1951 como doctrina oficial por Truman. Al marcar como objetivo el freno a la expansión comunista indujeron la definitiva militarización de la estrategia de contención: expansión de la red de bases y alianzas militares alrededor del perímetro de la URSS y gran incremento de presupuestos de Defensa. Otra lección de Corea fue la ineficacia de tener armas atómicas en un conflicto limitado: era difícil señalar objetivos apropiados, se temía la reacción de la opinión pública mundial, pero sobre todo podía provocar una intervención nuclear soviética. Para neutralizar esta debilidad, Eisenhower advirtió (enero 1954) de que, en caso de agresión comunista, respondería de forma global, inmediata y con todos los medios, incluidos nucleares, en lugar de una respuesta gradual como en Corea. Esgrimía la amenaza de una destrucción mutua y optaba por estrategia de represalia nuclear que resultaba más barata y sencilla, dada la superioridad norteamericana en número de armas y bases. Además, EE.UU. dispuso de la bomba de hidrógeno a fines de 1952 y en 1954 la bomba de 15 megatones. Pasó de 300 a 800 armas nucleares, frente a unas 50 de la URSS, país que no tenía capacidad aérea para proyectarlas sobre Estados Unidos.
La Guerra de Corea abrió 2 décadas de hostilidad entre EEUU y China. EE.UU. se convirtió en el guardián de la estabilidad de la zona oeste del Pacífico. Se aceleró la independencia de Japón, lugar estratégico de EE.UU. en la región, y su rehabilitación internacional. En 1954 se creaba la SEATO (Organización del Tratado del Sureste Asiático), con EE.UU., Francia, GB, Australia, Nueva Zelanda, Filipinas, Tailandia y Pakistán. Además EEUU se comprometió a apoyar a Francia en su guerra de Vietnam y a respaldar a Chiang Kaishek en Taiwán y mandó ayuda militar a Birmania y Tailandia.
Corea contribuyó a convertir a la OTAN en una verdadera alianza militar. El miedo a que el siguiente golpe comunista fuera en Europa hizo que los aliados exigieran mayor compromiso de EE.UU. Truman aceptó y desde 1950 se enviaron más tropas de combate a Europa. El Plan Marshall, cancelado en 1951, fue sustituido por ayuda militar. En 1952 la OTAN se dotaba de estructuras civiles y militares y EE.UU. empezaba a transferir armas nucleares a Europa, aunque bajo su control. Para reforzar el flanco mediterráneo, Francia cedió a EE.UU. bases militares en Marruecos y se integraron Grecia y Turquía, lo que rebajó los estándares democráticos de la OTAN. También se firmó un acuerdo bilateral con España en 1953 que ayudó a la rehabilitación de la dictadura y su aceptación en la ONU en 1955. Incluso Tito recibió ayuda militar norteamericana.
Desaparecieron las reticencias europeas contra el rearme alemán. Hasta ese momento la solución propugnada por EE.UU. había sido auspiciar la iniciativa francesa de crear un ejército europeo, con unidades de los seis países de la CECA, donde integrar al alemán (Plan Pleven 1950), formando así la Comunidad Europea de Defensa (CED) aprobada en 1952, sin EE.UU., pero vinculada a la OTAN. Finalmente, el parlamento francés no ratificó el tratado de la CED en 1954 y, como alternativa de urgencia, el Tratado de Bruselas de 1948 se amplió a Italia y a la RFA: nacía la Unión Europea Occidental y Alemania ingresaba en la OTAN con el visto bueno francés. Además concluía el régimen de ocupación en la RFA.
La respuesta soviética en 1955 fue el Pacto de Varsovia, alianza con Albania, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Rumania, la RDA y la URSS como socios. Dicha organización no sólo protegía de cualquier agresión exterior, sino también de los peligros de subversión o revolución interna; por eso pudo ser invocado por Moscú para intervenir en Hungría en 1956. Además, la RDA fue dotada también de plena soberanía.
El primer deshielo frustrado: la desestalinización y la presidencia de Eisenhower
En 1953, Dwight D. Eisenhower, militar prestigioso, diplomático hábil y pragmático, se convirtió en Presidente y buscó potenciar la seguridad nacional al menor coste, sin descartar negociar con URSS para rebajar tensión. En marzo moría Stalin, su sucesión no se resolvió de inmediato, en principio se impuso una dirección colegiada (Malenkov, Beria y Kruschev como hombres fuertes), pero desde su inicio provocó cambios en las vertientes de la política soviética. Se abrió una oportunidad para rebajar la tensión entre las superpotencias.
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Eisenhower |
Los nuevos líderes soviéticos necesitaban concentrarse en la problemática interna y preferían menor tensión exterior.
Indujeron a Corea del Norte y China a negociar para zanjar la guerra coreana y se mostraron dispuestos a frenar la carrera armamentística. Eisenhower se mostró cauto al inicio: no reaccionó cuando tanques soviéticos aplastaron las revueltas obreras en Berlín Oriental en junio de 1953. Eisenhower también estaba interesado en conciliar seguridad con ahorro fiscal y el mejor camino era la distensión.
La confluencia de intereses de las dos hizo que se pudiera celebrar una primera conferencia de cancilleres en Berlín a principios de 1954, pero no fructificó por la incompatibilidad en las soluciones propuestas para Alemania. Los líderes soviéticos (sobre todo tras la detención de Beria y la sublevación de la zona oriental) no tenían intención de capitular ante las exigencias occidentales de elecciones libres y temían las intenciones de una Alemania occidental remilitarizada. Las condiciones soviéticas de disolver la OTAN y de mantener un estado alemán unificado pero neutralizado hubieran roto el equilibrio de poder en Europa. Eran incompatibles con el objetivo norteamericano de una RFA independiente y reconciliada con Francia, clave para lograr la integración económica y la estabilidad política de Europa occidental. Sin embargo, zanjado el tema del rearme alemán en la OTAN, Kruschev, nuevo líder desde febrero de 1955, propició la solución al problema de Trieste (entre Yugoslavia e Italia) y la firma del tratado de paz con Austria, independiente y neutral desde entonces. También por acuerdo entre las superpotencias, 20 estados entraron en la ONU entre 1955 y 1956 y tuvo lugar una reunión sobre desarme en Ginebra (julio de 1955). Aunque sus resultados sobre el control de armas fueron desalentadores, sirvió para dar confianza a Kruschev y para que la URSS reconociese a la RFA.Además, en febrero de 1956 Kruschev declaraba en el XX Congreso del PCUS la necesidad de “coexistencia pacífica” entre los dos sistemas como única alternativa a una guerra mundial. En abril Kominform se disolvía.
Este clima conciliador, llamado “espíritu de Ginebra”, apenas tuvo continuidad: se esfumó porque las crisis de 1956 (Hungría y Suez) acabaron con él. Ambas superpotencias habían seguido trabajando para incrementar su influencia en el Tercer Mundo. En la parte soviética, Kruschev confiaba en la expansión mundial del comunismo y buscó reafirmar la posición de la URSS con alianzas con otros líderes y grupos revolucionarios-nacionalistas. Creía en la superioridad del comunismo para llevar el bienestar a las masas trabajadoras y en la obligación de la URSS de apoyar a los pueblos colonizados. Además la dinámica de política interior había favorecido el discurso revolucionario-imperialista porque los líderes postestalinistas habían ofrecido a las élites soviéticas estrategias encaminadas a reforzar la influencia soviética en el mundo. Por eso la URSS multiplicó sus ayudas a los países en desarrollo, a los movimientos nacionalistas africanos y, sobre todo, árabes. En 1955 Moscú proclamó su decisión de no aceptar en adelante el monopolio de la influencia de los países occidentales en Oriente Medio, como demostró con su acercamiento a Nasser. El objetivo añadido era provocar una crisis del petróleo que generase problemas en Europa. Moscú buscó también desde entonces atraer al bloque de los países noalineados: Kruschev cerró el enfrentamiento abierto desde 1948 con la Yugoslavia de Tito y visitó India, Birmania y Afganistán en 1955.
El proyecto norteamericano quería bloquear la influencia soviética en esas áreas o hacerla retroceder. Además, no percibió el cambio soviético y su nueva flexibilidad diplomática como una oportunidad, sino como una amenaza. EE.UU. utilizó operaciones encubiertas de la CIA, que resultaban baratas y libres de control parlamentario con las que se derribaron algunos gobiernos en países que poseían materias primas o situados en puntos estratégicos y que, por sus políticas reformistas y nacionalistas, podían ser infiltrados y utilizados por el comunismo. La mayoría no constituían una amenaza directa para EE.UU., pero sí para sus aliados europeos o Japón, que podían perder fuentes de materias primas o mercados. Ejemplo fue el apoyo al golpe de estado en Guatemala que derribó a Jacobo Arbenz y abrió una larga etapa de dictaduras. Más evidente fue la operación en Irán desde 1953 contra el gobierno de Mosaddeq, que acabó con la instauración del régimen autoritario y prooccidental del sha Reza Pahlavi.
Como barrera contra el comunismo en Próximo Oriente, patrocinó en 1955 el Pacto de Bagdad, con Turquía, Irán, Pakistán y GB: una alianza militar a la que solo se adhirió Irak (hasta 1958). Además la administración Eisenhower se mostró más neutral en el conflicto árabe-israelí y, en principio, adoptó una actitud favorable a Nasser que creían podía dar más estabilidad al mundo árabe. Pero la era del nacionalismo revolucionario no había hecho más que empezar y no iba a resultar fácil de manejar desde Washington ni desde Moscú, como se vio tras la crisis de Suez.
En Asia Oriental no se había aplacado el temor a la expansión comunista. Se mantuvo el presupuesto de que, si caía Vietnam caerían otros. Cuando Francia abandonó Vietnam, EE.UU. no reconoció la división del territorio en el paralelo 17º acordada en la Conferencia de Ginebra de 1954. En el norte comunista se instauró la República Democrática de Vietnam, con capital en Hanoi. Al sur, el emperador Bo Di, marioneta francesa, siguió al mando desde Saigón. Los norteamericanos se convirtieron en sus protectores militares, con ayuda económica y militar, mientras la recién creada SEATO extendía su defensa a Vietnam del Sur, Laos y Camboya. EE.UU. apoyó un golpe de estado en Vietnam del Sur con el que comenzó la dictadura de Ngo Dinh Diem. La oposición a su régimen, el Vietcong, inició acciones para derribarlo y unificar el país.
Hacia 1958 ya había una guerra civil en la que EE.UU. estaba muy implicado.
Además la tensa relación con la China comunista se tradujo en dos crisis graves: en 1954-1955, cuando tras la ocupación de 2 islas por China, EEUU amenazó con usar armas nucleares en defensa de Taiwán, y en 1958, tras un nuevo bombardeo chino a dichas islas, cuando la amenaza nuclear fue usada por Moscú.
Por otra parte, necesidades presupuestarias y avances tecnológicos alimentaron la carrera nuclear y la retórica extremista sobre su uso. En la parte soviética, las urgencias económicas internas contribuyeron de forma indirecta a acelerar el programa nuclear. Apostó por desarrollar misiles balísticos para armas atómicas en vez de costosos bombarderos de gran autonomía. En 1955, cuando EE.UU. inicio la producción del misil intercontinental (ICBM) Atlas y del Thor, de alcance medio (IRBM), en la URSS probaron la bomba de 1,6 megatones; un año después, el primer misil balístico de alcance medio y en agosto de 1957 un misil intercontinental. En octubre, mostraron al mundo sus avances con el lanzamiento del satélite Sputnik, cuya órbita llegó a EE.UU donde cundió la alarma y durante los años siguientes se temió una superioridad tecnológica soviética acelerándose la carrera espacial (se creó la NASA) y el programa de misiles, que tranquilizó a la opinión pública. Kruschev había intentado crear la apariencia de un empate nuclear para debilitar a la OTAN y las otras alianzas militares anticomunistas y no se amedrentó por la inferioridad atómica soviética. Pensó que el miedo a una guerra nuclear en EE.UU. permitía a la URSS promocionar el comunismo en el Tercer Mundo y mantener su control sobre Europa Central sin temor a represalias. De ahí que desde 1956 (Suez) comenzase también a utilizar los misiles atómicos como argumento en las crisis internacionales.
En consecuencia, aunque en 1957 se creaba en la ONU la Agencia Internacional de Energía Atómica para controlar información y materiales nucleares y facilitar el uso pacífico de esa energía, la suspensión de experimentos nucleares, negociada en 1958 entre las dos superpotencias, no duró ni tres años. Ninguno podía prescindir de la estrategia nuclear. El único logro fue la firma en diciembre de 1959 del tratado de la Antártica, que desmilitarizaba la región y prohibía verter desechos radiactivos allí. Mientras, la opinión pública, dirigentes políticos y científicos empezaron a reaccionar ante un conflicto nuclear que podía acabar con la Humanidad: Oppenheimer, Einstein o Russell fueron pioneros en su denuncia y a finales de los 50 surgieron movimientos pacifistas en Europa y EEUU.
La década terminó con un repunte de tensión en otoño de 1958
que tuvo como escenarios Taiwán y Berlín. La crisis con China se cerró pronto,
porque EE.UU. no deseaba una escalada bélica y Pekín no recibió el apoyo
nuclear soviético que esperaba. Meses antes, la URSS, temiendo que la RFA
consiguiera el arma atómica, había propuesto una zona desnuclearizada en Europa
Central, que no fue aceptada. Kruschev reaccionó presionando en Berlín. La
ciudad, en territorio de la RDA, servía como vía de escape para los que
abandonaban el comunismo y refugiarse en Occidente. El creciente número de
deserciones desprestigiaba la RDA y la URSS. En noviembre de 1958, Kruschev
conminó a las potencias occidentales a acordar un modus vivendi sobre la ciudad
antes de seis meses: o convertían
Berlín en "ciudad libre” o cedería el control de sus
accesos occidentales a la RDA. Con este ultimátum pretendía una retirada
militar occidental para minar la credibilidad del compromiso norteamericano con
la defensa de Europa, alimentar las oposiciones neutralistas y antinucleares
que le beneficiaban y obligar a EE.UU. a negociar de igual a igual. No hubo
respuesta occidental y el tema se atascó.
Kruschev dio marcha atrás y anuló el ultimátum y pudo viajar
en visita oficial a EE.UU. en verano de 1959. Incluso se preparó una cumbre en
París en 1960 para tratar la prohibición definitiva de pruebas nucleares. Pero
el derribo de un avión espía norteamericano en territorio soviético, alteró el
clima, la conferencia se anuló y quedó sin resolver el tema de las pruebas
nucleares y la cuestión de Berlín.
En conclusión, ni en EE.UU. ni en la URSS estuvieron dispuestos a correr riesgos para alcanzar la paz en los 50. Las visiones acerca de las amenazas y oportunidades del sistema internacional siguieron prisioneras de ideologías antagónicas y de percepciones sobre seguridad nacional incompatibles. Al equipo de Eisenhower le preocupaba sobre todo la situación de Alemania y que los nacionalistas revolucionarios se pudieran alinear con el comunismo.
Eso los llevó a multiplicar sus obligaciones de seguridad externas y proseguir la carrera armamentística. Por su parte los nuevos líderes soviéticos necesitaban ganar tiempo y esfuerzo para mejorar el nivel de vida de su población, pero no podían pasar por alto la hostilidad del mundo capitalista. Kruschev creía en la obligación soviética de ayudar a expandir la revolución comunista en el mundo y además, desde 1957, se vio obligado a restaurar el prestigio de la URSS en el exterior, dañado tras los sucesos de 1956. Así que la guerra fría continuó.
Desestalinación y disidencias en el bloque comunista
En 1953 la URSS era una potencia industrial, pero a precio muy alto: el mundo rural sacrificado, bajo nivel de vida, duras condiciones laborales y represión. Cuando Stalin murió, sus sucesores trataron de restablecer el orden “constitucional” devolviendo atribuciones al estado en detrimento del partido. Diseñaron un gobierno colegiado y colectivo: Malenkov, presidente del Consejo de Ministros, con 4 vicepresidentes, de los cuales Beria era el hombre fuerte. La sucesión no terminó de resolverse hasta 1955, cuando Nikita Kruschev, que había venido desempeñando las funciones de secretario general del partido único, se hizo con el poder.
El proyecto era humanizar el comunismo. Un primer paso fue limitar la represión; decretaron la amnistía para delitos de hasta 5 años y prohibieron el uso rutinario de la tortura. Esta línea reformista promovida por Malenkov se confirmó tras la eliminación de Beria y las revueltas en los campos de trabajo siberianos. En 1955 el control de la policía política pasó al Comité Central, aunque la definitiva ruptura llegó con la denuncia de los crímenes del estalinismo que hizo Kruschev en su informe secreto al XX Congreso de febrero de 1956. Unos cinco millones de prisioneros del gulag fueron liberados desde 1953 tras la revisión de sus causas.
El otro objetivo interno fue mejorar el nivel de vida de la población. Para ello se reequilibró el V Plan Quinquenal (1951-1955) dando impulso a la industria de bienes de consumo, vivienda y más facilidades para los agricultores de los koljoses. También se flexibilizó la legislación laboral. Para disponer de recursos se previó limitar el incremento de gastos militares, lo que obligaba a mejorar o estabilizar las relaciones con Occidente, aunque temieran que EE.UU. pudiera aprovechar su debilidad.
Desde 1956, Kruschev, una vez se deshizo de sus adversarios y asumió el cargo de comandante en jefe de la URSS, profundizó las reformas. No obstante, nunca prescindió de cierto culto a la personalidad, ni rompió con la visión ortodoxa del antagonismo entre comunismo y capitalismo. Alcanzó su máximo poder entre 1958-1960, con gran popularidad por las ventajas para la población de sus cambios económicos y sus reformas sociales. Incluso permitió mayor libertad cultural, con muchas limitaciones, cierta democratización de la enseñanza superior y la rotación de los cuadros del partido. Sin embargo, al final de década el rápido ascenso del nivel de vida experimentado desde 1953 se estancó. Su programa agrícola de poner en explotación “tierras vírgenes” no dio resultado y tuvo que tomar medidas para frenar el desarrollo de explotaciones agrícolas privadas, lo que provocó escasez de algunos productos.
Por otra parte, el programa armamentístico terminó resultando más oneroso de lo previsto. La ayuda masiva a China, los subsidios a Polonia y Hungría desde 1956 y la generosidad con Egipto también incidieron negativamente, de modo que hubo que anular los tres últimos años del plan quinquenal y anunciar uno nuevo de siete años.
En el resto de países del bloque comunista europeo a principios de los 50 continuaba el proceso de homologación de sus sistemas políticos y económicos con el soviético. Se había conseguido cierto desarrollo económico y progresos en escolarización, pero a costa de graves desequilibrios que quebraron el consenso político. Las disfunciones de la modernización comunista suscitaron la crítica en las ciudades, en la nueva clase obrera, la universidad y los intelectuales. Los primeros síntomas fueron las revueltas obreras de 1953 en Berlín, en la checa de Pilsen y en Bulgaria, todas reprimidas. Tras cierta confusión inicial, los dirigentes soviéticos postestalinistas buscaron extender a los países satélites sus reformas en la planificación para mejorar el nivel de vida y relajar la represión.
En los primeros años se hicieron algunas rectificaciones económicas, se impusieron direcciones colegiadas, fueron relevados señalados estalinistas y rehabilitados algunos dirigentes víctimas de los procesos de 1948-1952. En todos los países surgieron corrientes opuestas de renovadores e inmovilistas, pero, sobre todo, se generó un clima de esperanzas de evolución, que se intensificó a raíz de la rehabilitación del Partido Comunista polaco y tras la denuncia del culto a la personalidad y los excesos de estalinistas por Kruschev en 1956. Además, la reconciliación de la URSS con la Yugoslavia de Tito en 1955 y la disolución de la Cominform (abril de 1956) parecían mostrar que Moscú permitiría a sus satélites “distintos caminos hacia el socialismo”, haciendo compatibles comunismo y libertad nacional.
Las consecuencias de la desestalinización se manifestaron en pocos meses: al descontento por el bajo nivel de vida se sumaron pulsiones nacionalistas, intelectuales críticos y un sistema con crisis de liderazgo político desde la muerte de Stalin. Los problemas comenzaron en Polonia, primero con movilizaciones obreras por conflictos laborales, que fueron reprimidas. Les siguió una oleada de protestas que pedían “paz y libertad”, la salida de los rusos y la liberación del cardenal Wyszinski. Para contener el descontento fue rehabilitado Wladyslav Gomulka, prestigioso líder comunista disidente, en la cárcel entre 1951-1954, que pronto inició un programa reformista. Cuando Moscú trató d reemplazarlo en octubre de 1956, Gomulka garantizó que mantendría el orden y no rompería con la URSS. Kruschev, ante la alternativa de una llamada a la resistencia popular, cedió y no ordenó la intervención militar soviética prevista.
En Hungría, entre 1953-1955 había gobernado el reformista Imre Nagy, con programa de liberalizaciones. Fue vetado por Moscú, relevado primero por Matias Rákosi y finalmente por el prosoviético Erno Gero. La situación se complicó desde octubre de 1956, a raíz de una conmemoración histórica que derivó en homenaje a Laszlo Rajk y otras víctimas stalinistas. Con lo que sucedía en Polonia, comenzaron manifestaciones de estudiantes organizados al margen del partido único, con programa de reformas económicas y liberalización política. Moscú accedió a rehabilitar a Nagy como presidente del consejo, pero las protestas adquirieron carácter de insurrección. Las tropas soviéticas se retiraron tras el nombramiento de Janos Kadar como secretario del partido. Pero Nagy declaró el 30 de octubre su voluntad de restaurar un sistema de partidos y salir del Pacto de Varsovia. Además existía alto riesgo de contagio: el movimiento húngaro estaba prendiendo entre estudiantes rumanos, intelectuales búlgaros y había revueltas en el Báltico y Ucrania Occidental, o manifestaciones y huelgas de hambre de estudiantes en Moscú y otras ciudades.
Kruschev tenía encima a los sectores duros del partido y a la burocracia nada proclives a la distensión. El 4 de noviembre tropas soviéticas intervinieron y aplastaron a los resistentes, que no recibieron ayuda de los países occidentales, paralizados por la crisis de Suez y la campaña presidencial norteamericana. Nagy acabó fusilado en 1958; János Kádár, su sustituto en el gobierno hasta 1989, retomó la senda reformista, sobre todo en lo económico.
La revuelta húngara tuvo importantes consecuencias dentro y fuera del bloque soviético. En la URSS el proceso de liberalización se frenó de golpe y hubo oleada de arrestos; también un intento fallido de relevar a Kruschev en 1957 promovido por sus antiguos aliados al considerar que estaba debilitando el dominio soviético en Europa Oriental. El líder salió fortalecido, pero desde ese momento introdujo cambios en política exterior para demostrar al partido y los militares su capacidad para mantener y expandir el poder internacional.
En Europa, procuró equilibrar su control de la zona con ayuda económica y cierto grado de permisividad hacia políticas de liberalización nacionales. Se abrieron las “vías nacionales hacia el socialismo”, que permitieron mayor autonomía, sobre todo en política económica. El modelo general de planificación se flexibilizó. En algunos países los criterios de elección de cargos comunistas empezaron a depender más de competencias profesionales que de la fiabilidad política y también hubo más libertad para establecer relaciones comerciales con Occidente. Sin embargo, excepto Checoslovaquia, donde la intelectualidad tuvo algo de margen, siguió el férreo control sobre la vida cultural.
Pese a las lentas mejoras del nivel de vida el sistema del “socialismo real” fue perdiendo legitimidad y surgió una disidencia de jóvenes intelectuales. En paralelo, Yugoslavia volvió a enfriar sus relaciones y optó por una orientación autónoma no alineada y por acercarse a Occidente.
Occidente también defraudó. En 1956 quedó claro que EE.UU. no intervendría para liberar a la Europa del Este: una cosa era propaganda y acciones secretas y otra, la guerra. Comienza a funcionar una especie de pacto tácito que dejaba a cada una libertad en su zona de influencia. La afiliación a partidos comunistas cayó en Europa Occidental y el aura que la URSS había tenido entre la intelectualidad de izquierda se desvaneció.
El nuevo régimen comunista de China se enfrentaba a la necesidad de desarrollar un país de más de 600 millones de personas. Para lograrlo, una de las primeras medidas fue socavar la estructura familiar patriarcal y las prácticas sociales que sostenían el mundo campesino tradicional: con la ley matrimonial de 1950 se prohibieron el matrimonio concertado y entre menores de edad, la bigamia, el concubinato y el infanticidio, se estableció el divorcio y se dio impulso a la escolarización infantil. Se aprobó una amplia reforma agraria que redistribuyó las tierras de grandes propietarios y comunidades religiosas. Como complemento se aprobó en 1953 el Primer Plan Quinquenal para una industrialización acelerada, dándose prioridad a la industria pesada sobre las necesidades del sector agrario. Estos procesos no se hicieron sin violencia.
El régimen de la República Popular de China, bajo absoluto control del partido Comunista, sancionó en 1954 una constitución centralista. Diferencias con el modelo soviético fueron la no aceptación de minorías étnicas y la inexistencia de una policía política independiente del estado. El grueso de la afiliación del partido procedía del campesinado, 69%, y funcionaba con una disciplina casi militar. La peculiar política china tenía que ver con la personalidad de Mao, comunista ortodoxo pero a la vez influenciado por el pensamiento tradicional chino, quien ejerció de árbitro entre las dos tendencias del partido: una más radical, de Mao, confiada en la capacidad China de resolver sus problemas con el trabajo y la movilización de las masas y recelosa de occidente; otra más realista y tecnocrática (Deng Xiaoping), que apostaba por una modernización gradual y equilibrada, el control de la natalidad y una mayor apertura hacia el mundo exterior.
Muchos estados y la ONU seguían reconociendo al gobierno nacionalista refugiado en Taiwán. La desestalinización tuvo su reflejo en China con el movimiento de las “cien flores”, que supuso una efímera liberalización. Sin embargo, ante las críticas al régimen, la campaña se cerró. Dada la lentitud de logros económicos, en lugar de buscar un desarrollo más equilibrado, Mao optó por criticar la desestalinización y endurecer la revolución. Se puso en marcha el “Gran salto hacia delante”, que impuso brutal colectivización rural y lanzó una irracional campaña para acelerar la industrialización en detrimento de la producción agrícola.
China puso en marcha un ejército moderno y buscó expandir su influencia exterior, sobre todo en Asia, donde se implicó en los conflictos de Corea y Vietnam. Se erigió en defensora de todos los pueblos oprimidos por el imperialismo y se opuso a la distensión con Occidente defendida por los líderes soviéticos postestalinistas. Sus relaciones con la URSS se deterioraron, sobre todo a raíz de la limitada ayuda soviética en la crisis de Taiwán con EE.UU. y de la estrategia nuclear de Kruschev, que relegaba a China a una posición secundaria en la jerarquía de las grandes potencias. También mantuvieron relaciones tensas con Japón y, al final de la década, con India. Para entonces, mientras el Gobierno desarrollaba su propio programa nuclear (sin ayuda soviética desde 1959), el país se sumía en una profunda crisis.
Las democracias occidentales y la Comunidad Europea
En EE.UU., la Guerra de Corea y el programa de rearme por la Guerra Fría fueron dos estímulos para la economía. A principios de los 50 era la primera potencia. La amplitud de su mercado interno tuvo como resultado una sociedad de consumo de masas, en la que sólo indios, negros e inmigrantes permanecían como desfavorecidos. Truman había presentado la Guerra Fría como un conflicto ideológico entre dos formas de vida para contrarrestar las tesis nacionalistas y aislacionistas republicanas. No deseaba lanzar una cruzada ideológica, pero por presión de éstos, aceptó crear los comités de lealtad, para investigar el pasado de los funcionarios federales y apoyó la legislación para crear la CIA y el Consejo de Seguridad Nacional. Su principal consecuencia fue el MacCarthismo, reacción conservadora que explica, en parte, el triunfo republicano en noviembre de 1952. El nuevo presidente Eisenhower puso en marcha su programa de “Republicanismo moderno”, que implicó reducción de impuestos y menor control sobre la economía. Sin embargo, no rompió con las políticas sociales heredadas de los demócratas. En 1954-55 el Tribunal Supremo había declarado ilegal la segregación racial en enseñanza y transportes, en 1957 se abrió la lucha contra la discriminación electoral.
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MacCartismo |
En Europa Occidental, gracias a las políticas puestas en marcha desde 1945 y al Plan Marshall, las economías recuperaron en 1953 las reservas de oro y divisas de 1938. Hacia 1950 habían estabilizado precios y mejorado su balanza exterior. La demanda por la Guerra de Corea ayudó y se entró en un crecimiento económico sostenido. La característica común fue la estabilidad. La tensión de la Guerra Fría influyó de forma positiva. Funcionó un particular consenso para evitar polarización política y enfrentamiento que pudiera tener el efecto de convulsionar el equilibrio que tanto había costado. En poco tiempo los partidos comunistas perdieron apoyos y el rebrote de la derecha fascista dejó de ser un peligro potencial. La intensa movilización política de los años siguientes al 1945 descendió y con ella el entusiasmo idealista y reformista. La izquierda socialdemócrata y los partidos democristianos reformistas siguieron monopolizando el poder, pero sus programas se moderaron y despolitizaron.
En GB los conservadores acapararon el poder entre 1951 y
1964. Tuvieron que abordar el final del imperio y mantuvieron los programas
sociales laboristas. El coste de éstos sumado a un gravoso gasto militar
constituyeron una pesada carga presupuestaria, que unida a unos salarios
elevados determinó menor competitividad y un crecimiento económico más moderado
que el resto de Europa Occidental.
En Italia, la Democracia Cristiana se mantuvo por encima del 40% de votos y gobernó en coalición con pequeños partidos de centro hasta 1963. Su principal proyecto fue la campaña para desarrollar el sur del país —reforma agraria incluida— a través de la Cassa per il Mezzogiorno, que consiguió cierto éxito, pese a la trama de clientelismo y corrupción a que dio lugar y que terminó penetrando toda la política italiana. En Bélgica y Holanda los partidos católicos reformistas también controlaron el gobierno durante dos décadas y lograron la cooperación entre las comunidades culturales que dividían históricamente ambos países. En Austria, los dos partidos mayoritarios, católicos y socialistas, optaron por gobernar en coalición hasta 1966.
La RFA, bajo Konrad Adenauer, restauró su plena soberanía, la integración político-defensiva en el occidente democrático y el resurgir de su economía con el “milagro alemán”. Las instituciones federales, con gobiernos estables y cancilleres competentes, resultaron eficaces para fomentar la paz social. En contraste con los países vecinos, mantuvo una única central sindical, que facilitó las relaciones sociales. La CDU gobernó hasta 1966, con socio minoritario, la conservadora Unión Social Cristiana (CSU). El país también se benefició de la abundante mano de obra barata procedente, primero, de los refugiados de la zona oriental y luego de los inmigrantes de Europa del Sur.
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Konrad Adenauer |
La otra cara de su éxito fue el olvido selectivo del pasado nazi. El proyecto europeísta y la prosperidad económica se convirtieron en los nuevos estímulos de la sociedad alemana.
La estabilidad de la IV República francesa fue dificultosa, en parte por los costes de las guerras coloniales (Indochina, Argelia) que determinaron alta inflación y déficit pese a una alta tasa de crecimiento económico. Hasta 1947 se dio el Tripartidismo: comunistas (PCF), socialistas (SFIO) y católicos (MRP), que se repartían el electorado. Desde la salida del gobierno de los comunistas, hasta 1951, gobernó la llamada Tercera Fuerza, una frágil coalición de partidos (SFIO, Radicales, MRP y moderados) dispuestos a defender La IV República de la presión de comunistas y gaullistas del nuevo RPF (Rassemblement du Peuple Français), defensores de un cambio constitucional. Se sucedieron inestables gobiernos de coalición, casi todos de centro que no se ponían de acuerdo, con la consiguiente parálisis gubernativa. La conflictividad laboral se mantuvo alta, en parte por la ascendencia del sindicato comunista de la CGT.
En 1956 ganó las elecciones una coalición de centro-izquierda que culminó la descolonización de Túnez y Argelia, preparó la de África Negra y firmó el Tratado de Roma, pero no pudo encarar la grave situación argelina. En mayo de 1958, ante la actitud rebelde de los militares en Argelia, el presidente Coty encargó gobierno a De Gaulle, quien consiguió de la Asamblea Nacional poderes para preparar una constitución. Tras ganar referéndum, puso en marcha la V República, con poder Ejecutivo reforzado en manos del Presidente y un sistema electoral mayoritario en dos vueltas que sustituía al proporcional.
Las dictaduras ibéricas vivieron estabilidad política y relativo estancamiento económico. En España, con la oposición muy debilitada en el exilio, Franco reforzó su liderazgo entre familias políticas del Régimen y logró sus primeros éxitos internacionales (Pactos con EE.UU., Concordato de 1953 e ingreso en la ONU en 1955). Aparecieron signos de intranquilidad a partir de 1956, crisis estudiantiles y guerra de Ifni; aunque el mayor problema era el económico, por el fracaso del modelo autárquico. En Portugal, para el Estado Novo los 50 fueron tranquilos, con la oposición muy dividida, la integración en la ONU (1955) y un atlantismo que garantizaba su estatus internacional. Los problemas afloraron al final de década: fractura en el interior del régimen entre reformistas y ortodoxos, reorganización de oposición e inicio del problema colonial en la ONU frente a la política negacionista (provincialista) de Portugal.
En los 50 se dieron pasos decisivos en el proyecto de integración continental. La primera institución europeísta, el Consejo de Europa, se creó en mayo de 1949, a partir del congreso organizado por el “Movimiento para la Unidad Europea”. Su primer logro fue la “Convención Europea de Derechos Humanos” (1950).
El Plan Marshall no había acabado con aranceles y legislaciones proteccionistas europeos y, menos, crear un área de libre cambio continental. Sólo se había formado una pequeña Unión Aduanera, el Benelux (1948). El proyecto de extenderla a Francia e Italia no fructificó. Los grandes estados solo visualizaban proyectos económicos a escala nacional. En 1950 otro obstáculo para avanzar en la integración europea era la desconfianza que aún suscitaba Alemania. El “Plan Schumann” (ideado por Jean Monnet), puso en marcha el proceso de integración de la RFA desde la creación de la CECA en abril de 1951(Tratado de París). Sólo era una especie de cártel internacional (Francia, Italia, RFA y Benelux) para carbón y acero, pero era una revolución diplomática en Europa, porque suponía la superación de la hostilidad franco alemana. Por primera vez seis países europeos aceptaban ceder una parte mínima de soberanía a favor de un organismo supranacional, la Alta Autoridad de la CECA.
Tras los avances en materia militar (estructuras europeas de la OTAN y la UEO), el siguiente paso en la integración europea fue resultado de la Conferencia de la CECA en Mesina (1955), donde se empezó a negociar lo que fue el Tratado de Roma de 1957. Nacía la Comunidad Económica Europea, un proyecto para un mercado único sin barreras aduaneras (excepción de productos agrícolas), un arancel externo único, libre circulación de mano de obra y capitales, armonización de legislación social y una institución para la investigación nuclear, EURATOM, para minimizar la dependencia del petróleo árabe tras la crisis de Suez. Además, se previó un parlamento con una función de control sobre las decisiones de la Comisión y un Tribunal de Justicia.
GB y los países escandinavos quedaron al margen. Los británicos recelaban de cualquier proyecto federal y tenían objeciones comerciales por la importancia de sus relaciones con los países de la Commonwealth. Además, estaba su nexo con EE.UU. y su desconfianza del nuevo eje continental francoalemán. Autoexcluirse del proyecto convirtió a Francia en el puntal de la Europa de los Seis. Desde Londres se auspició en 1959 un bloque comercial paralelo, aunque sólo con desarme arancelario de productos industriales y sin tarifa exterior común: la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA), con Irlanda, Austria, Dinamarca, Portugal, Noruega, Suecia, Suiza y Finlandia. Gracias a estas organizaciones económicas se incrementó el comercio intra/extracontinental europeo y se resolvió el problema del Sarre, con su integración a Alemania.
En Japón, la demanda por la Guerra de Corea sirvió para reactivar su industria. Su posterior desarrollo fue espectacular. Las exportaciones se multiplicaron en cantidad y calidad (máquinas, motos, navíos...) y EE.UU. se convirtió en su principal mercado. Las razones fueron escaso gasto militar, sistema educativo eficiente y selectivo, más la inversión de los bancos en el sector industrial, tipos de interés bajos y el papel dirigista del estado, con un sistema de aranceles que aseguró a la industria nacional el control del mercado interno. Además, la mano de obra era abundante y barata. La economía también se benefició de la estabilidad política, con dominio del partido Liberal-demócrata desde 1955. Al final de década se había recuperado y había logrado respeto internacional: en 1955 entró en GATT, en 1956 en la ONU y en 1964 organizó los Juegos Olímpicos.
El segundo impulso descolonizador: África del Norte y Oriente Medio. La crisis de Suez. El no-alineamiento y la emergencia del Tercer Mundo
En los años centrales de los 50 tuvo lugar un segundo impulso descolonizador que afectó a los territorios asiáticos de Francia (independencia de Vietnam y Camboya en 1954) y al Norte de África. En el Magreb, las reivindicaciones nacionalistas contra el dominio francés arreciaron, dirigidas por el Istiqlal (Partido de la Independencia, 1937) en Marruecos, el tunecino Neo-Destur (Partido de la Constitución, 1934) de Bourguiba, más las organizaciones de Messali Hadj y Ferhat Abbas en Argelia. Desde 1945 la única respuesta francesa fue represión y nuevas medidas asimilacionistas. El derrocamiento del sultán de Marruecos por el Residente General francés y su deportación en 1953 provocó una oleada de actos terroristas antifranceses y se inició una guerra en Argelia sostenida por el Frente de Liberación Nacional (FLN). Esos factores aceleraron la decisión de otorgar la independencia a Túnez y Marruecos en marzo de 1956. La España de Franco se vio forzada a seguir la misma política en su parte norte del Protectorado marroquí inmediatamente después y, en 1957, afrontar un conflicto militar en Ifni.
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Marruecos |
Desembarazarse de Argelia fue más complejo porque estaba
considerada parte del territorio francés.
Desde el Estatuto de Argelia, de 1947, contaban con una
Asamblea que garantizaba su preeminencia,
reforzada por la manipulación electoral ejercida contra el nacionalismo argelino. Un sector de éste optó por la lucha armada y logró el apoyo del resto: la insurrección argelina, que estalló en 1954, se prolongó durante 8 años de guerra civil. En 1958 la situación provocó la crisis definitiva de la IV República. Pero una vez al frente del Ejecutivo, en contra de lo esperado por los colonos europeos, De Gaulle propuso en 1959 la autodeterminación de Argelia, aprobada en referéndum por el 75% de los franceses metropolitanos. Los oficiales del Ejército y los colonos en Argelia se opusieron y organizaron las OAS (Organisation de l'Armée Secrète), que intentó sin éxito un golpe de Estado militar en 1961. Se cerró a partir de los Acuerdos de Évian (1962), un alto el fuego y un referéndum que permitió la independencia de Argelia en julio de este año.
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Argelia |
Libia había conseguido su independencia bajo patrocinio de la ONU en 1951, con Idris I al frente de una monarquía constitucional ultraconservadora y prooccidental. Como el resto de países árabes, formalmente independientes, no tenía control de sus recursos minerales (petróleo), en manos de compañías occidentales que, además, apoyaban al sionismo. El único intento de nacionalizar el sector petrolífero, en Irán, había sido abortado en 1953. Egipto tomó el relevo. Protectorado británico entre 1914 y 1922, había mantenido desde entonces una relación de dependencia con GB que siguió interfiriendo en la política interna de la deslegitimada monarquía egipcia. La derrota en Palestina, que conmocionó al mundo árabe, tuvo pronto consecuencias en Egipto. En 1952, el rey Faruk fue derrocado por oficiales nacionalistas contrarios a la presencia militar británica. Londres retiró sus tropas, pero ocupó el canal de Suez ante el temor de perder el acceso. En dos años el coronel Gamal Abdul Nasser se convirtió en el hombre fuerte de un nuevo régimen. Sus objetivos fueron una reforma agraria, la definitiva salida de Egipto de GB y que esta concediera la autonomía a Sudán (independiente en 1956). Londres accedió en 1954 ante el temor de perder el petróleo a través del canal. En junio de 1956 acabó la evacuación británica, pero para entonces Nasser se había erigido en líder del movimiento de países no alineados y del panarabismo. Condenaba el colonialismo y se negó a entrar en el Pacto de
Bagdad, se acercó al bloque soviético y firmó un acuerdo para el suministro de armas checoslovacas (1955), aparte de reconocer a la China Comunista. Rubricó una alianza militar antiisraelí con Arabia Saudí, Siria y Yemen y facilitó los ataques palestinos desde su territorio. Con París y Londres en contra, se enemistó con EE.UU. por su acercamiento al bloque comunista, congelando Washington la aportación para la presa de Aswan. La respuesta de Nasser fue la nacionalización de la franco-británica Suez Canal Company el 26 de julio de 1956.
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Nasser |
Mientras se celebraba una conferencia internacional en Londres para la solución pacífica del problema, Francia, GB e Israel organizaron en secreto una invasión conjunta de Egipto. Inició el ataque Israel en octubre, con la ocupación del Sinaí que sirvió de excusa para la intervención anglo-francesa. Pero sólo ocuparon la parte norte del Canal y Nasser reaccionó hundiendo barcos en el Canal, que quedó fuera de servicio y cerró el oleoducto Irak-Siria Líbano, con grave daño para el suministro petrolífero de Europa Occidental. La torpeza de sus aliados enfadó a Eisenhower, quien promovió una resolución de la ONU a favor de un alto el fuego. Ante la presión de EE.UU. y la URSS, británicos y franceses se retiraron; Israel lo hizo cuando recibió la garantía norteamericana de que sus barcos tendrían paso libre en el estrecho de Tirán, su salida marítima al Índico.
La crisis ratificó la decadencia francesa, se resintió la economía británica, su influencia en Oriente Medio y sus relaciones con EEUU. La crisis incrementó la popularidad de Nasser y estimuló sus ambiciones como líder regional.
El reforzamiento de lazos económicos y militares con el bloque soviético convirtió la región en escenario de confrontación entre superpotencias. Eisenhower logró que el Legislativo norteamericano autorizara el uso de fuerza en el área y un costoso programa de ayuda económica y militar a los países que resistieran los avances soviéticos.
Esta estrategia para llenar el vacío dejado por la influencia franco-británica se conoció como la “Doctrina Eisenhower” e incluyó el apoyo a las monarquías árabes conservadoras y a Israel. Sin embargo, no funcionó para mantener la estabilidad en la región: el sentimiento nacionalista revolucionario se expandió entre los pueblos árabes. En febrero de 1958 se creaba la República Unida, que incluía Egipto, Siria y Yemen, y en respuesta a la efímera Unión Árabe entre Irak y Jordania. La amenaza nasserista sobre Líbano y Jordania pudo neutralizarse gracias a la intervención militar angloamericana. A la larga el sueño panarabistas resultó irrealizable por la división de los países de la zona.
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Doctrina Eisenhower |
En 1963 dos golpes militares instauraron el partido Baas en Irak y Siria, sin embargo, ambos regímenes no llegaron a entenderse y, entretanto, el nuevo socialismo islámico, tanto en su versión egipcia como baasista, fue siempre rechazado por las monarquías árabes conservadoras.
La crisis de Suez contribuyó a dar más visibilidad a lo que se llamó Tercer Mundo, bloque de países recién emergido.
Jóvenes estados que echaban a andar tras luchar por su independencia y que, a pesar de fragilidad política y graves problemas de subdesarrollo, demostraron voluntad de hacerse oír y cierta reticencia a participar en la dinámica de la Guerra Fría. Se fue creando entre ellos solidaridad basada en problemas compartidos de desarrollo, defensa del principio de la autodeterminación de los pueblos y rechazo al intervencionismo. En abril de 1955, se organizó una conferencia afroasiática en Bandung bajo lema de la no alineación y la condena del colonialismo quedando definidos los principios básicos de la coexistencia pacífica. También se hacía un llamamiento al desarme. Nació una potente solidaridad política entre países afroasiáticos, que significó la "muerte del complejo de inferioridad del Tercer Mundo".
En principio las divisiones ideológicas, institucionales y culturales impidieron avanzar más al grupo. Pero la India de Nehru, la Yugoslavia de Tito, el Egipto de Nasser y la Indonesia de Sukarno, decidieron profundizar sus lazos y concertar su acción política para tratar de influir en las relaciones internacionales usando la equidistancia entre bloques con el objetivo de presionar a ambas partes y acelerar el proceso de descolonización. Ellos fueron el núcleo del movimiento de países no alineados, que bajo su liderazgo adquirió un tono antioccidental, con una organización permanente que surgió de la conferencia de Belgrado para la paz y la seguridad internacional en 1961.
Los años 50
1950
Comienza la guerra en
Corea, la del Norte, apoyada por la URSS y China, y Corea Corea del Sur apoyada
por los Estados Unidos. Entonces, se crea el famoso paralelo 38.
Se internacionaliza la guerra en Indochina. Ayuda
chino-soviética a Ho Chi Minh y apoyo norteamericano a los franceses.
Violenta campaña anticomunista en USA, encabezada por el
senador McCarthy
1951
Formación de un gobierno autónomo en Ghama
Independencia de Libia
Creación del Consejo del Pacífico -ANZUS - formado por
Australia, Estados Unidos y Nueva Zelanda.
En San Francisco se firma el tratado de paz entre Japón y
los aliados, que le devuelve la soberanía. No firma este documento la Unión
Soviética.
El Tratado de París forma la Comunidad europea del carbón y
el acero.
Balduino, rey de los belgas.
Mussaddaq, primer ministro de Irán, nacionaliza el petróleo.
1952
La revuelta triunfante proclama la República Árabe de
Egipto.
Rebelión Mau Mau, en Kenia.
Eritrea es incorporada como Estado Federal a Etiopía
Batista regresa al poder, en Cuba
Puerto Rico, estado libre asociado a Estados Unidos.
Primera explosión de Bomba de Hidrógeno en las islas
Marshall.
Isabel II, reina de Gran Bretaña.
El ejército se hace con el poder en Egipto.
Hussein es proclamado rey de Jordania.
Turquía ingresa a la OTAN.
Inicio de la revuelta Mau-mau en Kenya, que se prologará
hasta 1956.
1953
Muerte de Stalin.
Francia depone a Muhammad V, sultán de Marruecos
Establecen el sufragio universal en la Guayana británica.
Einsenhower, elegido Presidente de Estados Unidos.
1954
Laos, Cambodia y Vietnam se declaran independientes.
Revueltas nacionalistas en Argelia.
Autonomía interna de Tunisia.
Autonomía de Surinam.
Botan el primer submarino de propulsión nuclear, el
Nautilus, en USA.
Caída de Dien Bien Phu. El acuerdo de Ginebra divide en dos
a Vietnam, manteniéndose el paralelo 17. También confirma la independencia de
Camboya.
El coronel Nasser se hace con el poder en Egipto.
1955
Los países del Este firman el Pacto de Varsovia.
En Argentina, Perón es derrocado por una Junta Militar.
Deponen al emperador Bao Dai en Vietnam del Sur.
En Bandug, Conferencia afroasiática en la que se condena el
colonialismo
Locomotoras eléctricas francesas sobrepasan los 300
kilómetros de velocidad.
1956
Segunda guerra árabe-israelí.
Revuelta en Polonia. Gomulka asume el poder.
Revuelta en Hungría, repelida por la URSS.
Invasión franco-inglesa del Canal de Suez.
1957
El Sputnik soviético, primer satélite artificial.
Se firma el Tratado de Roma formando la Comunidad Económica
Europea.
Estalla guerra civil en Vietman.
Independencia de Ghana en el marco de la Commonwealth
Burguiba proclama la república de Tunisia y asume la
presidencia
Duvalier instaura su dictadura en Hatí.
Independencia de Malasia.
1958
Francia inicia con V República y De Gaulle es elegido
Presidente.
Guinea rompe sus vínculos con Francia y pasa a ser
independiente bajo el mando de Sékou Touré.
Madagascar se convierte en república autónoma.
También pasa a ser república autonómica Nyasalandia.
Mao Zedong lanza la campaña el salto hacia adelante.
1959
Triunfo de la Revolución Cubana.
Se ratifica el Tratado de Libre Comercio Europeo
Estados Unidos rompe relaciones con Cuba.
Las Naciones Unidas condenan el apartheid.
Dag Hammarskjöld asesinado en accidente de aviación.
El soviético Yuri Gagarin es el primer astronauta.
Sudáfrica se independiza.
Se construye el muro de Berlín.