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sábado, 26 de mayo de 2012

OSIRIS



Ya desde una época muy remota, la muerte era considerada en Egipto como un tránsito a otra vida semejante a la vida terrenal. Pero la suerte que, en la existencia ultraterrena esperaba a los faraones, era muy distinta de la que estaba reservada a sus súbditos. Mientras a estos últimos les esperaba una existencia oscura y miserable, los soberanos, mediante la aplicación de los ritos mágicos que habían resucitado a Osiris, alcanzaban una inmortalidad gloriosa, convertidos en un Osiris triunfante y justificado. Osiris, personificación del Nilo, que regaba el desierto árido y seco, según un viejo mito egipcio, era un rey poderoso a quien mató su hermano Seth, gracias a la sabiduría de su esposa Isis, la tierra fértil, que reconstruyó su cuerpo y lo hizo incorruptible mediante las prácticas de embalsamiento que le enseñó Anubis, Osiris se transformó en un dios inmortal, que reinaba sobre los muertos. Era venerado en todo Egipto, aunque su templo principal radicaba en Busiris.

Se le representaba bajo la forma de un rey coronado que sostenía, en sus manos cruzadas, el cayado de pastor y el látigo de boyero. Ante su tribunal era pesado el corazón del difunto para ver si permanecía en equilibrio con el símbolo de la justicia y la verdad, colocado en el otro platillo de la balanza. En caso afirmativo, era admitido a la vida eterna, transformado como el faraón de otros tiempos, en un Osiris justificado ; de lo contrario, era devorado por un monstruo de cuerpo de hipopótamo y cabeza de cocodrilo que esperaba, al pie del trono divino, la sentencia.

El libro de los Muertos, colección de plegarias, que, como talismán, era depositado sobre la momia del difunto, relataba y representaba este juicio. Llamado a ocupar tan alto lugar en la otra vida, el hombre del pueblo mejoró también de condición en la vida presente.

La democratización del culto funerario fue una consecuencia de la elevación de las clases humildes a una situación de mayor igualdad , durante la dinastía XII, con respecto a los nobles y aun con relación al mismo faraón. Aunque la tierra siguió considerándose propiedad del soberano, que era su señor eminente, el campesino, desde el Imperio Medio, poseyó ya libremente su lote, que podía transferir por donación, venta o cambio, o legar por testamento a los suyos. El artesano dejó de ser la cosa de los talleres reales, o de los señores, o de los templos, para convertirse en un trabajador libre que disponía del fruto de sus afanes : todos, en fin, tenían acceso a las funciones públicas; desapareció el abismo entre las clases sociales, y el faraón garantizó a todo el mundo sus derechos. Todo este avanzado edificio social empezó a desmoronarse en las dos dinastías siguientes y rápidamente en tiempos de la dinastía XIV, bajo el impulso de la invasión de los hicsos.

Hacia el año 1650 a.C., los egipcios vieron llegar a su país a estos nómadas asiáticos procedentes del Nordeste, del lado de Palestina. Llevaban armas de hierro y caballos, y con estos medios de guerra, que los egipcios desconocían, obtuvieron una fácil victoria.

Los nuevos amos cometieron en el país toda clase de excesos; destruyeron templos, esclavizaron al pueblo, y la tradición egipcia recordó siempre, con horror, su paso por las tierras regadas por el Nilo. Pero no consiguieron subyugarlo por entero, sino que su dominio quedó limitado al Bajo Egipto, mientras los príncipes de Tebas se hicieron fuertes en el Alto Egipto (XVII dinastía) y emprendieron desde allí la reconquista del país. El príncipe tebano Ahmes, o Amosis, logró, finalmente, expulsarlos de todo el Egipto (1600 a. de J. C.) y abrió una nueva período que llenan las dinastías XVIII y XIX, durante la cual, Egipto alcanzó su mayor esplendor y poderío. Era la época del Imperio Nuevo o del segundo Imperio Tebano



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