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viernes, 10 de febrero de 2012

VELÁZQUEZ

Nacido en Sevilla, en 1599, ingresó a los 11 años en el taller de Pacheco, con cuya hija contraería matrimonio años más tarde y del que aprendió el arte de la pintura.

Durante su etapa sevillana mantiene un estilo tenebrista y un gusto especial por los temas realistas, de escenas de la vida cotidiana, como El aguador de Sevilla, interpretado como una alegoría de las tres edades del hombre, o La vieja friendo huevos. En ambas obras muestra un gran domino de la luz, con un primer plano iluminado y el fondo en penumbra y una composición muy cuidada.

Con el apoyo de su suegro, el aval de las obras sevillanas y credenciales de los nobles locales consiguió trasladarse a la Corte y ser nombrado en 1623 pintor de cámara del rey, gozando del favor del Conde Duque de Olivares. En esa época pinta fundamentalmente retratos y temas mitológicos (Los borrachos o el Triunfo de Baco), influenciado en estos últimos por la estancia de Rubens en Madrid en 1628, quien además le aconseja que viaje a Italia. Con ayuda del rey realiza este viaje y como consecuencia de él cambiará sus preferencias cromáticas, abandonando el tenebrismo, al tiempo que se interesa por el desnudo y la perspectiva aérea. Obras de este periodo son La túnica de José y La fragua de Vulcano. En esta última obra, de tema mitológico, los personajes se representan de forma totalmente humana y con una cierta ironía.

A su regreso de Italia se afianza como el retratista de la Corte: retratos ecuestres del Príncipe Baltasar Carlos, del Conde-Duque de Olivares y una larga serie dedicada al rey Felipe IV, a quien retrata desde la juventud a la vejez, con una mirada profundamente melancólica. En estos retratos omite todo recurso escenográfico, salvo los fondos de la sierra que resaltan la importancia de las figuras, y acentúa los símbolos (la caza es uno de ellos) y la hondura psicológica de la expresión, lo que le acerca a Rembrandt, a quien no conoció. Al mismo tiempo realiza retratos de tipos curiosos, como la serie de bufones: el niño de Vallecas, a los que trata con dignidad, humanizando a personajes generalmente despreciados en la época.

La obra cumbre de este periodo es La rendición de Breda, en el que destaca su composición y la creación de profundidad mediante la técnica de la perspectiva aérea, con fondos brumosos de un tono azulado, la superposición de elementos, como las lanzas de los soldados españoles, y los escorzos de algunas figuras, como el caballo del primer plano. Al mismo tiempo, integra al espectador en la escena al representar figuras que continúan fuera del cuadro y situar a un personaje que mira directamente al observador.

En 1649 realiza un segundo viaje a Italia, con el encargo de comprar obras de arte pura para las galerías reales españolas, ya que Felipe IV era el mayor coleccionista de la época. Durante su estancia en aquel país pintó los retratos del Papa Inocencio X, y el de su propio criado Juan de Pareja.

También en Italia pinta dos pequeños paisajes: Los jardines de la villa Médicis, en los que capta la vibración lumínica mediante pequeños toques de color y las formas no son dibujadas sino que las crea la retina del espectador al mezclar las diferentes manchas de color. Su técnica se anticipa en estas obras en más de doscientos años al Impresionismo del siglo XIX.

En 1651 vuelve a la Corte, donde pintará sus obras más importantes: La Venus del espejo, Las Meninas y Las Hilanderas. Estas pinturas constituyen la plenitud del arte barroco. En ellas consigue plasmar la profundidad mediante la alternancia de zonas de diferente intensidad luminosa, creando incluso la sensación óptica que la luz circula por dentro de la tela (polvillo que flota en las habitaciones)

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